The Pacific

Hugh Ambrose

Fragmento

Agradecimientos

AGRADECIMIENTOS

LA HISTORIA DE CÓMO LLEGUÉ A ESCRIBIR ESTE LIBRO COMIENZA cuando mi padre, el historiador Steve Ambrose, me llamó en 1992, mientras yo estaba enfrascado con los trabajos finales del Máster de Historia Norteamericana, para preguntarme si podía hacer «algo de investigación» para él, añadiendo las palabras mágicas: «Te pagaré». A lo largo de aquella tarea, destinada a un libro titulado Undaunted Courage, nos sorprendió gratamente descubrir que disfrutábamos mucho trabajando juntos. Conforme pasaban los años y crecía el número y la variedad de los proyectos, mi progenitor, generosamente, fue dejándome cada vez más espacio como investigador contratado, agente y recaudador de fondos para organizaciones no gubernamentales. Disfrutamos mucho.

Cuando terminamos su libro sobre la primera línea ferroviaria transcontinental de Norteamérica, le sugerí hacer otro sobre los «días D» de la guerra del Pacífico. No es que fuera una idea muy original si se tiene en cuenta el enorme éxito de su obra sobre el día D de Normandía. «Hagámoslo», me contestó. Mientras estábamos desarrollando una nueva colección de historias originales, nuestro trabajo llegó a los oídos del amigo de mi progenitor, el director de cine Steven Spielberg, también interesado en crear una historia sobre la guerra del Pacífico. El quehacer en estrecha colaboración con este gran cineasta nos llevó a realizar un gran número de proyectos excitantes e inesperados, el más importante de ellos el documental Price for Peace. Mi padre y yo nos enorgullecíamos mucho de nuestra participación en esta película, dirigida por James Moll.

Cuando mi padre enfermó, decidió que no podía terminar el tomo sobre la guerra contra Japón. «Simplemente es demasiado grande», adujo. Me pidió que lo terminase yo. A su muerte, en el año 2002, no estaba seguro de cómo podría llevar a buen puerto semejante proyecto, hasta que recibí una llamada de Steven Spielberg a principios de 2003. Él y sus amigos Tom Hanks y Gary Goetzman habían decidido que la guerra del Pacífico debería ser contada de manera similar a cómo se había hecho la miniserie de HBO Hermanos de sangre. Tenía que ser una historia representativa de la experiencia en su totalidad, y debía enlazar las batallas más importantes. Steven (a través de su empresa DreamWorks) y Tom y Gary (a través de la suya, Playtone) habían contratado al guionista Bruce McKenna para desarrollar la historia de dicha contienda. A mí me contrataron para ayudar a Bruce, autor de algunos episodios de Hermanos de sangre, y a su equipo de guionistas en la tarea de encontrar historias para la miniserie. De nuevo, la suerte estaba de mi lado y enseguida acepté, agradecido. Nos hallábamos ante un gran reto. La guerra contra Japón era más compleja que la de Europa. Todas las ramas de los servicios militares de Estados Unidos desempeñaban papeles fundamentales en muchas batallas distintas, y en diferentes países. No iba a ser fácil encontrar un hilo argumental capaz de entrelazar un conjunto representativo de aquellos enfrentamientos.

Bruce ya había comenzado a documentarse y me habló de dos libros que le encantaban: Diario de un marine, de E. B. Sledge, y Mi casco por almohada, de Robert Leckie. Me pareció una buena señal. Había identificado dos de las más importantes crónicas de la guerra del Pacífico. No sólo se diferenciaban en lo referente al lugar y el momento en que los autores habían servido, sino que también eran muy diferentes desde el punto de vista de cómo los dos hombres habían respondido a la experiencia. A petición suya, le puse en contacto con la familia Sledge. Ésta manifestó su interés por el proyecto y presentaron a Bruce al doctor Sidney Phillips. La siguiente vez que Bruce me llamó, estaba en éxtasis. Sidney Phillips había servido en la misma compañía que Robert Leckie y era uno de los mejores amigos de Eugene. Bruce había encontrado una manera de conectar la primera batalla de la guerra con la última. El doctor Phillips ya había escrito unas magníficas memorias de su vida militar tituladas You’ll Be Sor-ree! (¡Lo lamentarás!). La historia de John Basilone se añadió a la mezcla posteriormente, cuando dimos con el momento clave para relacionar a John Basilone con Phillips y Leckie. Aquella conexión permitió la inclusión en la miniserie de Manila John, un personaje único con unas experiencias importantes y muy distintas a las de los otros dos.

DreamWorks y Playtone llevaron su visión de la miniserie, que debía cubrir una amplia sección de la guerra, contemplada a través de los ojos de unos pocos hombres fascinantes, a HBO, el único lugar posible para hacerla realidad. Con HBO a bordo, todo quedó definido en lo que nos atañía a Bruce y a mí. Mientras los productores de la serie supervisaban el trabajo de Bruce y su equipo durante el desarrollo del guión, yo continué realizando la investigación original acerca de aquellos aspectos que iban a necesitar una explicación más extensa. Otras muchas historias fueron exploradas a lo largo de varios años en nuestro empeño por rastrearlo todo a fondo. Trabajar para los escritores y productores de The Pacific ha sido una fabulosa experiencia para mí. Su amor por los hombres y las mujeres que sirvieron a Estados Unidos de manera tan magnífica era evidente desde el primer momento. Fui parte de un proceso enorme y aprendí muchísimo de Steven, Tom, Gary y Bruce, así como de otras personas clave del proyecto, como Tony To y Tim Van Patten, en lo concerniente al arte de narrar un argumento.

Finalmente, los productores eligieron las historias destinadas a formar parte de la miniserie. Entretanto, yo había empezado a interesarme por otros dos personajes, Austin Shifty Shofner y Vernon Mike Micheel. Aunque E. B. Sledge menciona a Austin Shofner en su libro, no me había llamado mucho la atención hasta que conocí al coronel Otto Melsa, otro veterano de guerra y un gran admirador de Shofner. Su entusiasmo me impulsó a profundizar más en el tema. También deseo dar las gracias a Arnold Olson, un veterano del USS Enterprise y uno de los fundadores de la página web www.cv6.org. Olson no me conocía de nada, pero tuvo la generosidad de facilitarme los datos de contacto de un gran número de fascinantes pilotos de la Armada, entre ellos Vernon Mike Micheel. Cuanto más aprendí sobre Mike y Shifty, más me convencía de que sus historias encajaban a la perfección con las otras y comenzó a cobrar forma la idea de escribir un libro como posible acompañamiento de la serie.

Como gran admirador del doctor Sidney Phillips, me sentí privilegiado al poder pasar un fin de semana con él (a los más afortunados nos invitó a tomar una cerveza y a fumar un puro con él). En un momento de la entrevista mencionó que su amigo John Wesley Deacon Tatum había llevado un diario de guerra. El señor Tatum me permitió usar su diario, un documento absolutamente increíble que nos permitió narrar la batalla de Guadalcanal desde un punto de vista mucho más íntimo. Para la historia sobre Basilone, su sobrina, Diane Hawkins, nos dio acceso completo a la colección de la familia, donde hay abundante material sobre su tío. Este tesoro de información inédita, junto con el recogido en la Sala de Lectura Basilone de la Biblioteca Pública de Raritan y el apoyo de los amigos de Basilone (Richard Greer, Clinton Watters, Chuck Tatum, Barbara Garner y otros), nos ayudó a encontrar al verdadero Basilone. Hallamos las últimas piezas del puzle cuando visité los Archivos y Colecciones Especiales de la Universidad de Auburn. Dwayne Cox y su ayudante John Varner fueron tan generosos como eficientes. Los documentos de Eugene Sledge revelaron más datos sobre él y sobre la compañía King.

Al poder contar con todas estas piezas, tuve una nueva idea para este libro. En un principio había pensado llevarlo a cabo de manera similar a como mi padre había escrito El día D. Entrelazaría las historias de cientos de veteranos hasta crear una entidad orgánica completa. Había acumulado una colección de nuevas investigaciones lo bastante amplia como para hacer viable una obra de esas características. Con la maravillosa historia construida por los productores y escritores de The Pacific bien presente en mi cabeza, y equipado de información nueva, decidí realizar algo inusual. Utilizaría las conexiones existentes entre los veteranos para relacionar momentos clave de la guerra que no habían sido tratados en la miniserie. Por ejemplo, hubiera sido imposible ganar la contienda sin la flota de portaaviones y sus pilotos. También era importante hacerse una idea clara acerca del tipo de imperio que querían fundar las autoridades japonesas. Un libro está en condiciones de explorar un territorio mucho más amplio que una miniserie de diez horas, pero aun así no se puede esperar que el lector sea capaz de seguir un número ilimitado de hilos argumentales a través de este gran conflicto. En consecuencia, para poder añadir las batallas de Batán y Midway, necesitaba eliminar a uno de los personajes presentes en la miniserie. Fue una elección difícil. Al final decidí que no iba a poder añadir gran cosa al extraordinario relato de primera mano de Leckie, y que la pérdida de su voz, aunque desafortunada, permitiría mantener la eficacia de este ejemplar como herramienta auxiliar de la serie, así como abarcar un área más amplia de este océano de animosidad que llamamos la guerra del Pacífico. La visión del libro se describe con más detalle en la introducción reproducida a continuación. Me gustaría dar las gracias a Steven Spielberg y a mis amigos de Playtone, y también a Kary Antholis y James Costos de HBO, por permitirme dar mayor profundidad a The Pacific.

Durante todos estos años de investigación, he contado con la amable ayuda de muchísima gente. Desafortunadamente, los límites de tiempo y espacio me impiden mencionarlos a todos aquí. Lo que sigue es la versión breve. Las familias de los cuatro hombres que ya habían fallecido cuando inicié mi trabajo (Basilone, Sledge, Leckie y Shofner) me han ayudado de manera inestimable. Tuve la fortuna de poder entrevistar en profundidad a Phillips y Micheel, y contar con la plena colaboración de los Shofner, en particular Stewart, Alyssa y William Wes Shofner. Me gustaría expresar mis agradecimientos a Vera Leckie, Joan Salvas y a los otros miembros de la familia de Robert Leckie. Todos se tomaron muchas molestias por ayudarnos a contar la historia de Lucky Leckie en la pequeña pantalla. La familia del doctor Eugene Sledge —la señora Jeanne Sledge y sus hijos, John y Henry— contribuyó amablemente en todo cuanto pudieron para ayudarnos a Bruce, a mí y al resto del equipo a comprender mejor cómo era. He disfrutado enormemente del tiempo pasado junto a todos ellos. Espero que la información que los veteranos y sus familias encuentren en las páginas siguientes justifique la fe depositada en mí.

La Asociación de la 1ª División de Marines me dio la oportunidad de localizar a las personas que habían servido con los cinco individuos retratados en este libro; las entrevistas con estos hombres han marcado la diferencia. El Cuerpo de Marines de Estados Unidos, bien a través de su División de Historia, bien mediante su Oficina de Enlace con Producciones Cinematográficas y de Televisión, ha dado respuesta a muchas de mis extrañas preguntas. La BOMRT (Battle of Midway Roundtable, Mesa Redonda de la Batalla de Midway, una conversación en Internet entre los veteranos de Midway), los historiadores especializados y los expertos en esta batalla, junto con cientos de aficionados, me han enseñado muchas cosas sobre este acontecimiento. La BOMRT continúa expandiendo nuestros conocimientos sobre este evento tan crucial con gran espíritu de colaboración. Para mí, representa la promesa de Internet hecha realidad.

También agradezco la ayuda de Judy Johnson, que encabeza el equipo de archiveros de la Tecnológica de Georgia; de Hill Goodspeed, historiador del Museo Nacional de la Aviación Armada y de mi buen amigo Tom Czekanski, del Museo Nacional de la Segunda Guerra Mundial.

Me gustaría dar las gracias al presidente y director ejecutivo del Museo Nacional de la Segunda Guerra Mundial, el doctor Gordon H. Nick Mueller, por permitirme continuar en el museo a tiempo parcial en estos últimos años. Me he beneficiado de una sinergia muy positiva con él.

Cuando me ha sido posible, he contratado a varias personas durante breves períodos de tiempo para ayudarme con algunas de las facetas más exigentes de la investigación: transcribir entrevistas, escanear documentos, etcétera. Me gustaría dar las gracias a: Julie Mitchell, Kirt García, Rob Lynn, Beth Crumley, Robert Carr, Kristin Paridon, Seth Paridon, Dustin Spence (que encontró a Barbara Garner), David Zeiler, Lacey Middlestead, Jonathan Wlasiuk, Warren Howell y Kevin Morrow. Dick Beilen, del Servicio de Localización de los Estados Unidos, aportó las copias de los documentos militares que necesitaba y además es muy fácil trabajar con él. También quiero agradecerle a mi equipo de expertos: el abogado Mike McMahon, el contable Mike Lopach y el agente Brian Lipson, que estuvieran a mi lado durante tantos años difíciles.

El equipo de Penguin/NAL comprendió inmediatamente mi visión del libro y la apoyaron con entusiasmo. En particular, doy gracias a Natalee Rosenstein y Michelle Vega por haber hecho todo lo posible para que el proyecto saliera adelante.

Un buen número de amigos y conocidos me han ayudado de muchas maneras diferentes durante el largo proceso de redacción de este libro. Me gustaría agradecerle a James Moll sus sabios consejos; a Kristie Macosko todos los favores que me ha hecho; a mi tutor de carrera, el doctor Michael Mayer de la Universidad de Montana, que ha sido un profesor y mentor muy importante para mí (su revisión de la primera mitad del manuscrito fue importantísima). Me gustaría dar las gracias, por compartir sus conocimientos conmigo, a los siguientes historiadores: coronel Joseph Alexander, coronel Jon T. Hoffman, doctor Donald Miller, Augustine Meaher IV, Alf Batchelder, Eric Hammel, doctor Allan Millett y Barrett Tillman. Deseo agradecer a Barry Zerby, de los Archivos Nacionales, y a John Heldt, bibliotecario de referencia de la Biblioteca del municipio de Lewis and Clark, por allanar el camino hacia el hallazgo de los documentos. Mi amigo Martin K. A. Morgan, un brillante historiador militar, me ha ayudado de muchas maneras, entre otras cosas con el diseño de los pequeños mapas insertados en el texto. Mis amigos John Schuttler y Kate Cholewa leyeron un primer borrador de la primera sección; sus consejos y ánimo fueron muy apreciados. John también investigó un poco para mí. Lou Reda, de Lou Reda Productions, ayudado por Greg Miller, me proporcionó transcripciones de entrevistas con Eugene Sledge. Los voluntarios del Museo Nacional de la Segunda Guerra Mundial me avisaban cada vez que un veterano de Iwo Jima entraba por la puerta. John Innes, apodado Nuestro hombre en Honiara por Bruce McKenna, me ha guiado en dos oportunidades por los campos de batalla de Guadalcanal; se los conoce como la palma de la mano. Tangie Hesus me ha llevado dos veces a dar la vuelta a Peleliu. Chris Majewski es la «rata de túneles» por excelencia y me ha llevado en dos ocasiones en coche alrededor de Okinawa. También debo dar las gracias al comandante Jack Hanzlik, de la Armada de Estados Unidos, que consiguió que Bruce y yo pudiéramos subir a bordo del USS Ronald Reagan, pasar una velada con su estupenda tripulación y ser catapultados desde su pista de vuelo al día siguiente. Vaya.

La experiencia de reconstruir el trazado de las batallas y la investigación llevada a cabo han dejado una huella imborrable en todos cuantos formamos parte del proceso. La guerra contra Japón, aunque constituía una parte de la Segunda Guerra Mundial, fue distinta de la librada contra Alemania. La victoria norteamericana cambió el mundo. Posibilitó el avance de la civilización humana. Quienes ganaron la guerra del Pacífico tuvieron que pagar un precio muy alto. Ese sacrificio nos conmovió una y otra vez. Estamos agradecidos a todos los hombres y mujeres que lo pagaron. Queríamos homenajearles con una presentación de su historia tan amplia como fuera posible, escrita de la manera más honesta posible.

Mi madre, Moira Buckley Ambrose, leyó el primer borrador de la primera sección de este trabajo. Sus ánimos y sugerencias lo significaron todo para mí; éste habría sido un libro mejor si ella hubiera vivido para leer el borrador completo. Guardo muy cerca mis recuerdos sobre ella. Que descanse en paz con su querido esposo, Steve.

Termino estos agradecimientos con la persona más importante de todas, Andrea Ambrose. Mi bella y talentosa mujer es mi compañera en todo. Hicimos juntos el largo viaje que llamamos The Pacific. Soy un tipo afortunado.

Introducción

INTRODUCCIÓN

EL OBJETIVO DE THE PACIFIC ES LLEVAR AL LECTOR A TRAVÉS DE la guerra del Pacífico de principio a fin, mostrándola a través de los ojos de unos pocos elegidos que lucharon en ella. De esta manera, el lector disfrutará de la inmediatez de la narración individual a la vez que obtendrá una visión global de la conflagración. Las cinco historias incluidas en este libro fueron seleccionadas para alcanzar este objetivo por ser representativas de dicha experiencia. El conjunto de estos hombres luchó en muchas de las grandes batallas de la guerra del Pacífico. Las coincidencias y relaciones entre ellos permiten que sus experiencias lleguen al lector en el contexto en el cual ocurrieron. La perspectiva histórica emerge de muchas maneras diferentes. Tras seleccionar cuidadosamente las historias más adecuadas y desarrollarlas hasta exprimir lo máximo de las mismas, el autor ha decidido utilizar sólo un leve velo de omnisciencia. Naturalmente, este trabajo no pretende ser una historia definitiva de la guerra en su totalidad, ni siquiera de las batallas narradas.

El intento de contar la historia de individuos conlleva ciertos riesgos. Las fuentes se contradicen. La violencia del conflicto deja impresiones equivocadas. El paso del tiempo aumenta estas malinterpretaciones. Algunos documentos se encuentran incompletos, a veces son incorrectos, y siempre resultan más reveladores de la experiencia global que la del individuo. He podido solucionar la mayoría de estos problemas al basar la narración en cartas, informes y diarios escritos durante el conflicto.

Los libros de historia relatan lo ocurrido. Este trabajo se centra en lo que los hombres pensaron que iba a ocurrir, lo que soportaron o presenciaron y lo que creyeron que había sucedido. Resulta sumamente problemático determinar lo que una persona pudo pensar en un momento determinado, antes de que sus presunciones fueran completadas con más información. Los testimonios contemporáneos siguen siendo el recurso más fiable y forman la base del presente libro. Por razones que se harán evidentes, decidí no distinguir entre comentarios hechos en su momento y los realizados muchos años después. En vez de eso, procuré asegurarme de que el rosado resplandor del recuerdo no oscureciese lo acaecido.

Los diarios, las cartas y los informes de Austin Shofner, de John Deacon Tatum, el amigo de Sid, de John Basilone y de Eugene Sledge son aportaciones nuevas al corpus de investigación sobre la contienda. Son documentos singulares y extremadamente valiosos: me han permitido contar las historias intensas e implacables reproducidas en las páginas siguientes y también ofrecen una nueva comprensión e información añadida sobre acontecimientos fundamentales e individuos importantes, tal y como apreciará el historiador militar ávido.

El material para la investigación acerca de cuatro de los individuos cuyas vidas quedan retratadas en el presente libro (Sidney Phillips, Austin Shofner, Vernon Micheel y Eugene Sledge) lo constituye un grupo de documentos concretos: sus respectivos registros militares, cartas, diarios, memorias, memorias de amigos, fotografías y entrevistas. Puesto que este libro pretende contar la historia de estos soldados con sus propias palabras, en la medida de lo posible, las mencionadas fuentes son citadas y parafraseadas libremente, excepto en el caso de las memorias de Eugene Sledge. Para que las notas finales de esta obra sean menos aparatosas, las fuentes serán citadas en la primera nota correspondiente a cada historia, en una «nota final superior». El material adicional utilizado se citará en el texto cuando sea necesario. Por otro lado, no ha podido manejarse la historia del quinto veterano de la misma manera. La historia de John Basilone ha sido reconstruida con la ayuda de cientos de fuentes distintas, y ninguna de ellas ofrece más que un fragmento de la totalidad.

Los Protagonistas

LOS PROTAGONISTAS

AL RECORRER EL CAMINO DE CINCO INDIVIDUOS A TRAVÉS DE LA vasta y compleja guerra contra Japón, podemos comprender mejor el conflicto. En el día en que empezó la guerra del Pacífico estos cinco individuos eran (por orden de aparición):

Teniente Austin C. Shifty Shofner. Descendiente de una prominente familia con un largo historial de servicio militar, se consideraba un marine profesional. Había visto de cerca las barbaridades de la ocupación japonesa y ardía en deseos de dirigir a hombres en combate.

Alférez Vernon Mike Micheel. En otoño de 1941, la campaña de reclutamiento le había obligado a dejar la granja familiar y recibir instrucciones de vuelo para servir en la Armada. El reto de ser un piloto de la Armada crecía en su interior cada vez más.

Sidney C. Phillips. El despreocupado adolescente se alistó al inicio de la guerra porque su amigo William W. O. Brown dijo que debían hacerlo. Querían unirse a la Armada porque Mobile, Alabama, era un pueblo con una base naval.

Sargento Manila John Basilone. El hijo de inmigrantes había encontrado la felicidad en la vida austera y exigente de un marine. John ya conocía la política exterior poscolonial de Estados Unidos tras un período de servicio en el extranjero. En su opinión, merecía la pena luchar por ella.

Eugene B. Sledge. El hijo serio e inteligente de un famoso médico vio cómo su mejor amigo, Sidney Phillips, se alistó sin él. Esto le mortificó. Durante un año hizo caso a su familia, que insistía en que el servicio de su hermano mayor Edward representaría la contribución de la familia a la guerra.

Robert Lucky Leckie. Los espectadores de la miniserie de HBO The Pacific se percatarán de que Robert Leckie, uno de los personajes centrales de la misma, sólo aparece de manera fugaz en el presente libro y también se darán cuenta de que éste incorpora dos hombres no mencionados en la serie televisiva: Austin Shofner y Vernon Micheel. Esto se debe a los imperativos de la palabra escrita frente al lenguaje cinematográfico. El libro y la miniserie comparten el relato nuclear, pero son dos medios diferentes. Cada uno debe hacer lo que mejor hace.

Acto I. «Castillo de Naipes»

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ACTO I
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«CASTILLO DE NAIPES»

Diciembre, 1941 — junio, 1942

EL IMPERIO DE JAPÓN APENAS PREOCUPABA A LOS Norteamericanos a finales de los años treinta y comienzo de los cuarenta del siglo pasado. Los estadounidenses estaban más pendientes de su economía, que llevaba una década tambaleándose al borde del abismo, y deseaban estar lejos de los problemas del mundo. Sin embargo, la rapidez con la que la Alemania nazi había llegado a dominar Europa aportó suficiente capital político a Franklin Roosevelt como para dar los primeros pasos hacia la preparación de la defensa de la nación. El presidente y su Estado Mayor también se oponían al empeño nipón por controlar grandes territorios en China. El Gobierno japonés, dominado por una cúpula militar que incluía al emperador Hirohito, había creado una ideología para justificar sus conquistas coloniales y había construido un aparato militar capaz de llevarlas a cabo. Evidentemente, Japón pretendía anexionarse otros territorios importantes de los países de la costa del Pacífico. Estados Unidos controlaba algunas de estas valiosas zonas y esperaba mantenerlas abiertas al comercio. Roosevelt pretendía impedir la expansión nipona con una serie de medidas económicas y diplomáticas, apoyadas por el aparato militar norteamericano, la fuerza más pequeña y peor equipada de todas las naciones industrializadas del mundo.

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EL TENIENTE AUSTIN SHOFNER[1] SE DESPERTÓ CON LA CONVICCIÓN de que los aviones enemigos iban a aparecer en el cielo de un momento a otro. Pasadas las tres de la madrugada, su amigo Hugh había entrado ruidosamente en la cabaña en cuyo suelo él dormía, diciendo:

—Shof, Shof, despierta. Acaba de llegar un mensaje de CinCPAC diciendo que se va a declarar la guerra a Japón dentro de una hora. He repasado todas las instrucciones del oficial de servicio y no dice nada sobre qué hacer cuando se declara la guerra.

Ante la inminencia de un ataque enemigo, el teniente Shofner dio el siguiente paso lógico:

—Ve a despertar al viejo.

—Oh —contestó Hugh—, no podría hacer eso.

Incluso aturdido por el sueño, Shofner comprendía su vacilación. La cadena de mando dictaba que el teniente Hugh Nutter informase al comandante de su batallón, y no directamente al comandante del regimiento. Hablar a un coronel del Cuerpo de Marines era como hablar con Dios. Aun así, la situación lo exigía.

—Muévete, maldito inútil, pásale el recado.

Ante estas palabras, Hugh echó a correr a través de la oscuridad que envolvía la base naval de la península de Batán, en las Filipinas.

Shofner le siguió rápidamente, corriendo hacia el viejo almacén del muelle donde estaban alojados los reclutas. Vio cómo Hugh se tropezaba y caía a un hoyo, pero no se detuvo a ayudarle. Se oía la sirena de la central eléctrica y el centinela de la puerta principal hacía repicar la campana de la vieja nave, por lo cual los hombres ya estaban despiertos y gritando cuando Shofner entró a la carrera en el barracón para mandarles salir. Entonces sonó la alarma de máxima alerta. Alguien ordenó que no se encendieran las luces con el fin de no ofrecer posibles blancos a los aviones enemigos.

Los hombres necesitaron un par de minutos para vestirse y formar. Shofner corrió en busca de los cocineros para que se pusieran a preparar comida. Después fue a buscar al comandante del batallón. Más allá del destartalado almacén donde se alojaban sus hombres, alejada de las largas hileras de tiendas de campaña montadas en el campo de tiro donde dormían los otros, se erguía una bonita fortaleza construida por los españoles. Hacía mucho que los elegantes arcos habían sido ajardinados, así que Shofner siguió por un camino flanqueado de acacias hacia un sendero flanqueado por hibiscos y gardenias de color rojo brillante[2]. Encontró reunidos a algunos de los oficiales de mayor rango del 4° Regimiento de Marines[1]. Habían recibido noticias desde el Estado Mayor del almirante Hart en Manila, a unos 100 kilómetros de distancia, de que los japoneses habían bombardeado Pearl Harbor. Le sorprendió la calma con que se lo tomaban.

Shofner no debería haberse extrañado. Todos los presentes en aquella habitación habían esperado una guerra contra el Imperio del Sol Naciente. Habían pensado que el conflicto empezaría en otro lugar, probablemente en China. Hasta hacía una semana, el regimiento había tenido su base en Shanghái. Habían visto cómo las tropas del emperador avanzaban sin prisa pero sin pausa a través del territorio chino, mientras desembarcaban cada vez más divisiones del Ejército Imperial de Japón. El gobierno nipón había establecido una delegación gubernamental con el fin de dominar una amplia zona en el norte de China, a la cual denominaba Manchukuo.

El 4° de Marines, que con ochocientos hombres estaba lejos de contar con plena capacidad operativa, no había podido defender sus posiciones en Shanghái, ni mucho menos proteger los intereses norteamericanos en China. La situación había llegado a ser tan tensa que sus oficiales tuvieron que idear un plan de emergencia para prever el caso de un repentino ataque. Se abrirían paso hacia una zona china no conquistada por Japón. Si el regimiento fuera interceptado, la orden para los hombres sería en esencia la de «Sálvese quien pueda»[3]. Los oficiales sentados alrededor de la mesa aquella mañana estaban agradecidos de que, a finales de noviembre de 1941, el Gobierno estadounidense finalmente hubiera reconocido el dominio del imperio y se hubiera decidido a sacar sus tropas a tiempo. Ahora, mirando hacia atrás, parecía haber sucedido en el último suspiro.

El 1 de diciembre, a su llegada a la base naval de Olóngapo, el regimiento entró a formar parte de la flota asiática del almirante Hart, cuyos cruceros y destructores se hallaban anclados en el puerto de Manila, en el otro lado de la península en la que se encontraban. Junto con la flota, las fuerzas norteamericanas incluían a los 31.000 soldados del ejército del general Douglas MacArthur, así como a 120.000 oficiales y hombres del Ejército Nacional de Filipinas. Hart y MacArthur llevaban años preparándose para una contienda contra el Imperio de Japón. El emperador debía de estar loco para atacar la flota estadounidense del Pacífico, en Pearl Harbor. Una vez realizado el ataque, sus naves y aviones seguramente estarían de camino a este lugar, la isla de Luzón, que albergaba la capital del Gobierno filipino y el Estado Mayor de las fuerzas armadas norteamericanas. Los oficiales pensaban que el primer golpe del enemigo probablemente provendría de bombarderos procedentes de Formosa[2].

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Shofner se dio cuenta de que no iba a recibir órdenes concretas al ver tanto debate sobre estrategias, de modo que regresó con sus tropas. La compañía de la plana mayor del regimiento se había reunido en la plaza de armas junto a los hombres de las compañías de infantería. El rumor propagado entre la tropa era conciso: «Los japoneses han barrido Pearl Harbor». Él confirmó las noticias no con miedo, sino con cierta expectación, pues al teniente Austin Shifty Shofner, de Shelbyville, Tennessee, siempre le habían gustado las buenas peleas. De mediana estatura, pero con una constitución robusta, le encantaban el fútbol americano, la lucha y todo tipo de juegos de azar. A los japoneses no les tenía mucho en cuenta. Informó a sus hombres de que se esperaba un ataque en cualquier momento y de que se repartiría la munición de inmediato. A continuación esbozó una sonrisa socarrona y dijo:

— Los días de ocio se han terminado, ahora empezaremos a ganarnos el sueldo[4].

Los marines aguardaron en la plaza de armas hasta que el comandante del batallón llegó para dirigirse a ellos. Todos los permisos estaban cancelados. La banda del regimiento quedaba disuelta, así como una pequeña unidad de marines que estaba encargada de la estación naval antes de la llegada del regimiento. Estos soldados formarían pelotones, que a su vez se repartirían entre las compañías de fusileros[5]. Se necesitaba hasta el último hombre, pues debían proteger no sólo la estación naval de Olóngapo, sino también otra más pequeña en Mariveles, sita en la punta de la península de Batán, cuya defensa recayó sobre el 1er Batallón, que partía de inmediato.

La marcha de éstos redujo el regimiento a poco más de la mitad. Sólo quedaban el 2° Batallón, la plana mayor y la compañía de servicios de Shofner, además de una unidad de personal médico de la Armada. Los fusileros comenzaron a preparar las posiciones defensivas: cavaron escondrijos, emplazaron los cañones y tendieron alambre espinoso para frenar posibles ataques desde la playa. Escondieron munición en lugares convenientes y rodearon los depósitos con sacos de arena. La defensa de Olóngapo también comprendía la protección del escuadrón de aviones de reconocimiento de largo alcance de la Armada, los PBY. Estos hidroaviones estaban varados a poca distancia del muelle cuando no se encontraban en servicio activo. Los marines emplazaron las ametralladoras a fin de poder disparar a los aviones atacantes e instalaron puestos de control en los caminos próximos, aunque esto no requirió mucho esfuerzo, ya que el único vestigio de civilización cercano era la pequeña ciudad de Olóngapo.

Los hombres arrimaron el hombro de buena gana para llevar a cabo el trabajo. Todos los marines habían visto a los soldados imperiales en acción al otro lado de las barricadas callejeras en Shanghái. Habían presenciado el comportamiento brutal y violento demostrado en el trato a civiles desarmados. La mayoría de ellos había oído hablar de lo que habían hecho a la gente de Nankín, así que sabían qué cabía esperar de una invasión nipona. Shofner tuvo una repentina sensación de vergüenza al pensar que estas medidas no se habían tomado antes. El mayor esfuerzo realizado desde su llegada había sido bañarse en una playa. Shofner pensó en el día anterior, el 7 de diciembre, cuando había pasado el día entero en busca de un lugar adecuado para proyectar películas. Borró esos pensamientos de la mente. Ahora, la tarea consistía en crear un vivaque para el batallón a cierta distancia de la estación naval. Sin lugar a dudas, los bombarderos del enemigo irían a por los almacenes y la fortaleza. Hacia el mediodía del día 8 actuó con la premura por la que se le conocía. Llevó a su compañía por el campo de golf, cruzó un río y comenzó a montar el vivaque en un manglar.

LA TARDE DEL 7 DE DICIEMBRE, EN EL OTRO LADO DE LA LÍNEA Internacional de Cambio de Fecha, el alférez Vernon Mike Micheel, de la Armada de Estados Unidos se preparaba para luchar contra la Armada Imperial de Japón. Caminaba por la base naval aérea de la Armada, en San Diego, conocida como North Island, con un fajo de folios en las manos. A pesar del frenesí circundante, Mike caminaba con suma atención y se detenía en los diferentes departamentos de la base —Sincronización, Almacenaje, Jefatura de Instrucción de Vuelo, etcétera— con el propósito de llevar a cabo sus tareas administrativas.

Hacía unas pocas horas, él y los otros aviadores de su unidad de entrenamiento, oficialmente conocida como la Unidad Avanzada de Entrenamiento de Portaaviones, habían sido informados de que los japoneses habían bombardeado Pearl Harbor. El adiestramiento cesó de inmediato. Embarcarían en el USS Saratoga rumbo a la contienda de forma inmediata.

El Sara, como lo llamaba su tripulación, resultaba visible casi desde cualquier lugar por donde anduviera Mike. Era el mayor portaaviones de la Armada y se elevaba por encima de North Island, el conjunto de pistas de vuelo y hangares de aviones ubicados en el estrecho istmo que daba forma al puerto de San Diego. Rodeado de grúas y pasarelas, era el centro de atención. Ya se estaban embarcando varios escuadrones, entre los cuales figuraban el personal de mantenimiento, los pilotos y los artilleros, y subían a bordo los aviones. La mayoría de estos marinos había recibido la orden de embarcar en el Sara ese mismo día. El enorme portaaviones había sido remodelado en un astillero situado más al norte y, aunque parecía mentira, había llegado sólo unos minutos antes de la declaración de guerra[6]. Sin embargo, los novatos como Mike no habían esperado un acontecimiento semejante ni por asomo.

Micheel se preparaba para el servicio activo sin aquel ferviente deseo de vengarse del vil enemigo que poseía a la mayoría de quienes le rodeaban. No estaba preparado, lo sabía. Nunca había aterrizado en un portaaviones. Había realizado la mayor parte de sus horas de vuelo en biplanos y algunas horas en aviones de metal normales, pero acababa de comenzar a pilotar el nuevo avión de combate de la Armada. Incluso cuando sonó la alarma antitorpedos del Sara y el ataque parecía inminente, Mike no dejó que la ira ni las circunstancias afectaran su juicio[7].

No se consideraba un aviador nato, ni había pasado su infancia jugando con avionetas de papel, ni había seguido las hazañas de pioneros como Charles Lindbergh. En 1940, el granjero de veinticuatro años acudió a las oficinas de reclutamiento y descubrió que no le obligarían a entrar en servicio hasta principios de 1941. Podría elegir destino si optaba por alistarse. Sus experiencias en el ROTC[3], que le había ayudado a pagar sus estudios, le habían inculcado una gran aversión hacia las tiendas de campaña y las raciones frías.

Aconsejado por un amigo, acudió a un reclutador de la Armada. Éste le aseguró que la vida en la Armada era mucho mejor que en la Infantería, pero luego le vio el título universitario y le dijo:

—Verás, tenemos otro sitio donde podrías encajar: el cuerpo aéreo de la Armada… Es como estar en la nave con la tripulación, pero te pagan mejor.

—Bueno, suena bien —contestó Mike sin entusiasmo—. He montado en avión una vez. Estuvo bien —explicó—, pero no me pareció demasiado excitante.

El reclutador le contestó como todos los buenos reclutadores:

—Bien, te damos la opción de probarlo. Si no te gusta, siempre puedes volver a la Armada regular.

Más de un año después, Mike llegó a North Island con una misión que le puso en la vanguardia de las operaciones modernas de guerra naval. Cuando los civiles miraban las alas doradas de su uniforme de gala, normalmente asumían que era un piloto de combate. Los recuerdos de la nación de la Primera Guerra Mundial estaban íntimamente vinculados a las historias de pilotos de combate que mantenían en los cielos duelos con el enemigo a cientos de kilómetros por hora. Aquella mezcla embriagadora de glamur y prestigio también había encendido la imaginación de los hombres con los que Mike había hecho el entrenamiento de vuelo. Cada cadete se esforzaba en ser el mejor porque sólo los mejores podían convertirse en aviadores de combate. Los nuevos oficiales debían rellenar una lista de sus preferencias de servicio cuando se licenciaban en la Escuela de Vuelo de la Armada, en Pensacola.

Aunque había terminado entre los mejores de su promoción y le habían ofrecido la posibilidad de ser instructor, el alférez Micheel puso «Bombardero en picado» en el primer lugar de su lista. Pocos habían oído hablar de esta categoría antes del entrenamiento, pero el bombardero en picado también era un avión destinado a los portaaviones. Servía en la primera línea de las fuerzas armadas norteamericanas. En vez de derribar a los aparatos del enemigo, su misión consistía en encontrar las naves del adversario y hundirlas. Mike quería volar desde un portaaviones. Con su sangre fría habitual, se dio cuenta de que la mejor manera de convertirse en piloto de portaaviones era pilotar un bombardero. Muchos de sus compañeros de clase habían puesto como primera opción piloto de combate. Buena parte de los mismos iba a terminar bajo el yugo de un bombardero cuatrimotor. Aunque oficialmente fue destinado a un escuadrón de reconocimiento, en la práctica le concedieron su primera elección. Los pilotos de reconocimiento y los de bombardeo utilizaban el mismo avión y compartían la misma misión. Mike llegó a North Island para mejorar su navegación lo suficiente como para convertirse en un gran piloto de reconocimiento, pero también para aprender el arte de destruir naves, especialmente los portaaviones del enemigo.

Ahora estaba archivando su trabajo administrativo antes de dirigirse al barracón de los suboficiales y hacer el equipaje sin haber realizado ni una sola de las complejas maniobras de bombardeo en picado. La orden de apagar todas las luces cuando se puso el sol añadió una nueva dimensión a la confusión y la tensión. Seguían llegando hombres que habían estado exentos de servicio o que habían estado de permiso, con mil preguntas. Micheel y los otros aviadores nuevos se dirigieron al Sara. Se acercaba el momento para el cual se habían preparado: embarcaron en un portaaviones por primera vez. Pilotos, mecánicos, aviones, munición y bombas abarrotaban hasta el último rincón. Los rumores se extendieron como el fuego. Los nuevos pilotos trataron de encontrar la zona de la cubierta donde se encontraban los camarotes de los oficiales.

El trabajo de carga continuó a lo largo de toda la noche sin iluminación exterior. Después despuntó el alba. El Sara partió de North Island justo antes de las diez de la mañana del día 8 de diciembre. El sonido metálico de la alarma que señalaba el momento de acudir a los puestos de combate rompió el silencio minutos más tarde. Sin embargo, antes de que zarpara la nave, algunos mandos con las cabezas más frías habían ordenado desembarcar a Micheel y a los otros cadetes. Cuando la gran embarcación saliera del puerto, quienes la mirasen desde el muelle pensarían que el Sara y su escolta de tres destructores estaban poniendo rumbo directo al combate.

Los periódicos del lunes informaron del «ataque japonés a Pearl Harbor», y también del aviso por parte de los líderes militares y civiles de que era probable un ataque a la Costa Oeste. A los hombres de servicio en North Island les tocaba defender San Diego. La unidad de marines comenzó a atrincherarse y se dispuso a emplazar sus armas y proteger edificios importantes amontonando sacos de arena. Los aviadores no tenían muy claro cómo prepararse. El Sara se había llevado todos los aviones de combate de la unidad de entrenamiento de Mike. Todo cuanto quedaba eran los viejos Brewster Buffalo y los SNJ, también conocidos con el nombre de Peligro Amarillo por su color claro y por la inexperiencia de los cadetes encargados de pilotarlos.

LA MAÑANA DEL LUNES 8 DE DICIEMBRE, SIDNEY PHILLIPS COGIÓ la bicicleta y se dirigió a Bienville Square, en el centro de la ciudad, para reunirse con su amigo William Oliver Brown, tal y como habían quedado. Anduvieron hasta el edificio federal, que albergaba las oficinas de reclutamiento de todas las ramas de servicio. La fila de hombres a la espera para alistarse en la Armada comenzaba en la oficina de reclutamiento, continuaba por el pasillo, atravesaba la puerta, bajaba las escaleras, seguía por la calle St. Georgia hasta la esquina y continuaba por St. Louis a lo largo de media manzana[8]. Mobile, Alabama, era una ciudad con base naval. Los enojados varones de la fila no dejaban soltar la palabra japos. Sid y William, a quien todo el mundo llamaba W. O., no eran de los que se resignaban a ocupar un lugar en la parte final de la multitud, así que fueron directamente al inicio de la fila para ver qué ocurría. Un reclutador de los marines vio a los dos adolescentes, se acercó a ellos y les preguntó:

—Eh, chicos, ¿estáis interesados en matar japoneses?

—Claro —contestó Sidney—, ésa es la idea.

—Vale, pero todo lo que vais a hacer en la Armada es fregar cubiertas. —El reclutador explicó que si de veras querían matar japoneses debían unirse a los marines—. Os aseguro que el Cuerpo de Marines os pondrá cara a cara con ellos.

Ni Sid ni W. O. habían oído hablar de los marines, sólo conocían el nombre. No estaban solos, lo cual explicaba por qué el reclutador se movía por las masas para informarles. El reclutador les dijo que los marines formaban parte de la Armada; de hecho, constituían «la mejor parte». Luego lo intentó con otra táctica, la socarronería:

—En cualquier caso no vais a poder entrar en la Armada. Vuestros padres están casados.

Sid se partió de risa. Miró a W. O. y vio que estaba pensando lo mismo. El Cuerpo de Marines podría ser la unidad que estaban buscando, pero ninguno de los dos iba a poder firmar el contrato al instante; tenían diecisiete años y necesitaban llevar los papeles a casa para que los firmasen sus progenitores. Un rápido test de estado físico reveló también que Sid tenía una disminución en la percepción del color.

—No hay que preocuparse —repuso el reclutador—, ya que es casi seguro que modifiquen la prueba de color en breve.

Pidió a Sid que volviera después de Navidad. W. O. se declaró dispuesto a esperar.

Sid fue a casa y descubrió que era un poco más difícil de lo esperado conseguir el permiso paterno. Su madre ya tenía dos hermanos en la Armada —Joe Tucker era piloto y prestaba servicio en Pearl Harbor— y le parecía que eso era suficiente. Sin embargo, su padre, el director del Murphy High School, daba por hecho que en breve llamarían a filas a su hijo. Muchos jóvenes ya estaban siendo requeridos y aquel día el presidente Roosevelt había declarado la guerra a Japón de manera oficial, pero había algo más. La amenaza era real. El padre de Sid había servido en la Primera Guerra Mundial y había educado a sus hijos para que amaran a su país lo suficiente como para querer protegerlo. Cuando su único hijo quería dar el paso, no podía negárselo.

La discusión entre sus padres acababa de empezar, pero Sid suponía que su padre acabaría convenciendo a su madre a tiempo de ir con W. O. Sin embargo, no parecía que el otro amigo del alma de Sid fuera a unirse a ellos. Eugene Sledge también quería alistarse, pero sus padres se lo habían prohibido. Disponían de muchos argumentos: Eugene debía terminar el bachillerato, tenía un soplo en el corazón y su hermano ya se había incorporado a la Infantería. Ninguno de ellos satisfacía a su hijo menor. Como Sid, Eugene consideraba que alistarse era su obligación. En parte, esto se debía al carácter furtivo del ataque. Su sentido del deber también venía de una larga tradición familiar de servicio militar. Su padre, un médico, había servido en la Primera Guerra Mundial. Sus dos abuelos habían luchado en la Guerra de Secesión.

Eugene y Sidney tenían muchos intereses en común, pero lo que más les unía era su pasión por la historia de esa guerra. Casi todos los fines de semana visitaban los campos de batalla en las afueras de Mobile. Los padres de Eugene ponían un coche a disposición de su hijo, un lujo casi inusitado, para que pudieran desplazarse hasta Fort Blakeley o Spanish Fort. En parte, estas excursiones suponían una evasión de las vidas tan estrictas que llevaban. Las ruinas de las fortalezas estaban abandonadas y descuidadas, de modo que Sid y su amigo Ugin podían hacer lo que se les antojara. Les encantaba cavar en la tierra de los muros de contención en busca de artefactos tales como bolas de Minié y hebillas de cinturón de los Estados Confederados. Eugene llevaba sus armas a menudo y practicaban el tiro con dianas. También leían mucho sobre la contienda y sobre la batalla librada en aquel lugar. El Ejército de los Estados Confederados había continuado con la defensa de Fort Blakeley incluso después de que los yanquis cerraran el puerto de Mobile y conquistaran Spanish Fort. El mismo día que el general Lee firmó la rendición en Appomattox, unos 20.000 hombres combatieron en la última gran batalla de la guerra en Blakeley. El 82° de Ohio encabezó el ataque de los yanquis, que al final forzó la derrota de las tropas confederadas, inferiores en número y armamento. A Sid y Eugene les encantaba trazar los movimientos de cada unidad, reviviendo la lucha desde las posiciones de los morteros, los puestos de los fusileros y los grandes reductos de la artillería.

Sin lugar a dudas, el enfrentamiento contra Japón llegaría a ser tan importante como la Guerra de Secesión. Los «sucios japoneses», tal y como les llamaban la mayoría de los norteamericanos, habían realizado un ataque sorpresa mientras sus embajadores en Washington DC hablaban de paz. Eso era traición. El deseo de tomar parte en la gloriosa victoria de su nación inflamaba los pechos de Sid y Eugene. Al igual que los rebeldes de Fort Blakeley, que habían luchado hasta la muerte mucho después del fin del conflicto, anhelaban dejar una huella imborrable de su valor. Partirían ahora mismo, con tal de que les dejaran sus padres.

* * *

MIENTRAS TODO EL MUNDO HABLABA SIN CESAR DE PEARL HARBOR, el cabo John Basilone estaba indignado por el ataque nipón a las Filipinas. Su reacción no sorprendió a nadie en la compañía. A pesar de ser cabo de los marines, había pasado dos años en el Ejército, la mayor parte del tiempo en Manila, hacía ya un tiempo. Había relatado tantas historias sobre el lugar que sus amigos le habían puesto el mote de Manila John[9]. Cada marine contaba historias del mar. Se hallaban estacionados en un campamento de tiendas de campaña en la costa de Carolina del Norte y había pocas posibilidades de ocio aparte de contarse historias. El tatuaje del bíceps derecho de John mostraba una bella mujer que suscitaba comentarios y preguntas. Les explicó que su nombre era Lolita y que la había conocido en Manila «por casualidad, durante una de esas tormentas que estallaban de repente»[10]. Entró en un pequeño club buscando refugio de la lluvia que azotaba las calles y allí estaba ella.

John no conocía ni a los filipinos ni a su país antes de que Lolita se los enseñara. A pesar de ser pobres, los filipinos —que pronunciaban la palabra Fi-li-pinos— eran trabajadores y se sentían orgullosos de su identidad. Habían luchado en una guerra prolongada para conseguir su independencia y habían obligado al Gobierno norteamericano a firmar un plan para la retirada de las tropas. El asunto de la independencia ya estaba arreglado cuando llegó John, y él conoció a una mujer y un pueblo amistoso con Norteamérica del que buscaban ayuda. El primer presidente de Filipinas había pedido al general Douglas MacArthur que le ayudara a construir el Ejército de la nación y dirigirlo en calidad de mariscal de campo. El Ejército estadounidense mantenía fuerzas de importancia considerable en el lugar para proteger a la recién instaurada democracia hasta que fuera capaz de defenderse por sí misma. Incluso un soldado de poca importancia como Basilone entendía que la amenaza más grande venía de Japón[11]. Llevaba años intentando desplazar a Estados Unidos del Lejano Oriente.

El 9 de diciembre llegaron noticias de ataques nipones a otros países e islas del Pacífico. Mientras las dimensiones de sus conquistas en el Pacífico aturdían a la nación, John dijo a todo el mundo que Manila no caería[12]. El general MacArthur contaba con una fuerza poderosa desde su suite en la parte alta del hotel Manila, que ofrecía unas vistas panorámicas tanto de la bahía como del centro neurálgico de la ciudad, Dewey Boulevard. El norte de Luzón disponía de varios puntos de defensa impresionantes. John había visto el más importante de ellos en un viaje en barca con Lolita[13]. Ella había dirigido la lancha hasta la salida de la bahía de Manila, donde había rodeado la punta de la península de Batán para luego entrar en la bahía de Subic. Navegando a motor, continuaron a lo largo de la costa norte de Batán, en dirección a Olóngapo, y terminaron el viaje con una cena en un restaurante especial. Había sido una noche memorable en muchos sentidos. John también recordó el momento en que pasaron por la fortaleza isleña que protegía la entrada a la bahía de Manila, Corregidor, conocida como la Roca. Las antiguas murallas de piedra, coronadas por unas gigantescas piezas de artillería costera, se elevaban por encima de los buques de guerra más grandes que se habían construido jamás.

Para cuando expiró su contrato con el Ejército, John había decidido volver soltero a casa. Lolita fue a buscarle justo antes de que zarpara. Después, él solía bromear que había tenido suerte de no encontrarse con ella, pues había traído un machete para cortarle el petate por la mitad[14]. Siendo marine, sus amigos creían aproximadamente la mitad de lo que les contaba[15]. Pero John no trataba de ensalzar sus propias virtudes con este tipo de historias. Le gustaba echar unas risas e intercambiar anécdotas. Sin embargo, un interlocutor perspicaz hubiera deducido algo más. John amaba Manila porque fue allí donde se encontró a sí mismo. La vida aventurera y físicamente exigente de un soldado profesional había apaciguado una fuerte tendencia errante en él. A diferencia de sus problemas en la vida civil, John había descubierto su verdadera vocación en la vida militar.

El camino de Manila John, desde el Ejército hasta el Cuerpo de Marines, no había sido ni despejado ni fácil, pero al final, el recorrido iniciado en Manila le llevó a la sección de ametralladoras de la compañía Dog, del 1er Batallón del 7° Regimiento de Marines (D/1/7). Se preparaba para la guerra con la seguridad de saber cuál era su lugar en el mundo. Le encantaba ser marine. Conocía bien su trabajo. En vez de ser una fuente de preocupación para sus padres, mandaba cuarenta dólares al mes a su madre[16]. Aquella sensación de paz sacaba lo mejor de él: era un espíritu alegre, bonachón, despreocupado, que atraía a los demás[17]. Sus sentimientos estaban grabados en su hombro izquierdo. El tatuaje mostraba una bandera partida por una espada con el lema: «Antes muerte que deshonra».

LA GUERRA DEL TENIENTE SHOFNER CRECÍA LENTAMENTE A SU alrededor. El enemigo bombardeó durante unos días las bases militares norteamericanas en las inmediaciones de Luzón, antes del 10 de diciembre, cuando inició el desembarco. Los japoneses elegían zonas aisladas y sus tropas entraban caminando por las playas. Cada hora llegaban informes al 4° de Marines acerca de los movimientos del enemigo, mientras los altos mandos de Manila luchaban por trazar planes y las diferentes unidades intentaban llevarlos a cabo. El 4° continuaba firme en su puesto de Olóngapo a pesar de los rumores que hablaban de otras misiones. Durante las horas de luz los marines preparaban la defensa de las playas. La alarma de ataque aéreo sonaba a menudo, pero hasta el momento no se había producido ninguno. Por la noche regresaban a su vivaque en la ciénaga. Seguía vigente la orden de mantener apagadas todas las luces para no ser visibles desde los aviones enemigos. Debían racionar la comida. Comían dos veces al día o, como rezaba el dicho, «el desayuno antes del alba y la cena en la oscuridad»[18]. Habían notado que en menos de dos semanas habían pasado de pato de Pekín a raciones C frías. Unos pocos días de mal tiempo convirtieron el campamento en una zona miserable, aunque al menos la tormenta trajo una disminución de los informes sobre nuevos ataques.

El día 12 amaneció con cielos despejados, así que los marines pudieron ver cómo amerizaban en la bahía algunos de los PBY de la Décima Patrulla de Reconocimiento de la Armada. La misión matutina había terminado y los marineros ya habían asegurado los aparatos cuando éstos fueron atacados por cinco cazas del enemigo. Con sus potentes ametralladoras y cañones de 20 mm, los japoneses no tardaron en destruir siete hidroaviones, el escuadrón entero. Dos o tres atacantes se dirigieron a la base de los marines sin dejar de escupir balas. Unas cuarenta ametralladoras de calibre 30 devolvieron el fuego, mas ninguna dio en el blanco, pues no habían sido diseñadas para ser usadas contra aviones. Los marines dispararon de todos modos. Uno de ellos, en su afán por derribar al enemigo, giró el arma tanto que perforó la torre del depósito de agua.

Al día siguiente, la alarma sonó a las diez y media de la mañana, por quincuagésima vez según la estimación de Shofner. En calidad de CO (Commanding Officer, comandante en jefe) de la compañía de la Plana Mayor, llevó de nuevo a sus soldados por el campo de golf y hasta la ciénaga. Oteó el cielo, contó veintisiete bombarderos nipones y escuchó un ruido que jamás había oído con anterioridad. El ruido de las bombas que caían hacia él era insoportable. Las explosiones se produjeron cuando los aviones ya se alejaban. Shofner volvió a la base. Se enteró de que un repentino golpe de viento había llevado las bombas más allá de la base para acabar estallando en el núcleo urbano. La ciudad estaba en llamas y los marines fueron enviados para ayudar a sofocarlas. Descubrieron que unos doce civiles habían muerto y muchos más estaban heridos. Algunas bombas habían estallado cerca del hospital de campaña del regimiento, a pesar de que las tiendas, señalizadas con grandes cruces rojas sobre un fondo blanco, estaban colocadas a kilómetro y medio de distancia de la ciudad. Los marines pensaban que el hospital había sido el objetivo de la fuerza aérea imperial, y esto les molestó.

El ataque obligó a recapacitar al comandante en jefe del regimiento. No podía permitir que sus hombres murieran antes de que se iniciara la campaña por tierra. Las defensas estaban sobradamente preparadas si el ataque comenzaba en Olóngapo, pero su unidad no iba a permanecer sentada sobre un blanco. El 4° de Marines movió el campamento unos kilómetros, hasta las colinas donde la selva les escondía de los bombarderos. Un pequeño destacamento servía en la base, durante el día, pero el resto se preparaba para una batalla que llegaría en cualquier momento y en cualquier lugar. El enemigo estaba moviéndose. Como oficial responsable de los suministros del batallón, Shofner centró su trabajo en mover los suministros necesarios hasta el nuevo campamento. No levantaba cajas, por supuesto, ya que era oficial, pero debía decidir qué cosas se cargarían en los pocos camiones disponibles. Mientras tanto, los marines de las compañías de fusileros reunieron a todos los japoneses civiles de Olóngapo y los entregaron a la Policía Militar del Ejército[19].

Cuando las líneas de comunicación con Manila dejaron de estar operativas de forma repentina, todo el mundo supuso que se debía a un acto de sabotaje. Las noticias de otros desembarcos japoneses seguían llegando, tanto a través de mensajeros como por radio. Los bombarderos nipones hicieron otra visita a Olóngapo en la noche del 22 de diciembre, cuando el regimiento acababa de entrar en alerta máxima, alrededor de la una y media de la madrugada. El primer informe decía que quince buques de transporte habían permitido el desembarco de tropas enemigas en el golfo de Lingayén. Los altos mandos norteamericanos siempre habían pensado que el ataque principal llegaría por las playas de Lingayén. El 4° de Marines recibió la orden de desplazarse hasta el lugar para frenarlo. La siguiente comunicación hablaba de «ochenta y siete buques de transporte de japos». La noche fue larga y tensa. El regimiento permaneció en sus posiciones. Shofner suponía que esto se debía a que sólo contaban con quinientos hombres. Más tarde se enteró de que el regimiento había sido puesto a disposición del general MacArthur. Mientras que el 4° esperaba nuevas órdenes, los buques de transporte enemigos fueron avistados en la bahía de Subic. Los marines acudieron rápidamente a la defensa de Olóngapo, pero encontraron un océano vacío.

El comandante del 4° de Marines se desplazó en coche a Manila para analizar la situación. A las seis de la tarde del 24 de diciembre, Shofner vio cómo el coche del coronel volvía al campamento a gran velocidad. Se convocó una reunión de los oficiales del batallón. El coronel Howard les informó de que había recibido órdenes de retirarse inmediatamente a la pequeña base situada en Mariveles, en la punta de la península de Batán. Las unidades del Ejército Imperial de Japón habían arrasado toda oposición y avanzaron hasta situarse a menos de 60 kilómetros de su posición. Es probable que ante los oficiales también admitiera la gravedad de la situación. De la conversación con el almirante Hart y, más tarde, con el general MacArthur y su equipo, se había desprendido que las fuerzas americanas estaban desordenadas. El jefe del equipo de MacArthur, el general Richard Sutherland, le había dicho a Howard que los japoneses se acercaban a Manila «desde tres direcciones diferentes»[20]. Las fuerzas aéreas del adversario habían destruido la mayor parte de los treinta y siete nuevos bombarderos B-17; los demás habían volado hacia Mindanao, en el sur. El almirante Hart había partido con un submarino para llevar hacia el sur lo que quedaba de su flota. El general MacArthur también abandonó Manila y ordenó a todas sus tropas que se preparasen para defender la península de Batán. Su Estado Mayor se estaba desplazando a la isla de Corregidor. Ordenó al 4° de Marines que recogiera a su 1er Batallón en Mariveles y acudiera a Corregidor con la misión de proteger al Estado Mayor. El coronel Howard conminó a sus oficiales para que levantaran el campamento inmediatamente.

El trabajo del teniente Shofner como oficial responsable de la logística del batallón le exigía que lo diera todo para conseguir cargar el equipamiento completo y los suministros a los camiones y lo llevara hacia el sur por caminos de tierra. El primer convoy de camiones partió sobre el mediodía, en el día de Navidad. Shofner y su amigo, el teniente Nutter, se llevaron a algunos hombres de vuelta a la estación naval. Disponían de unas pocas horas para recoger las cosas necesarias. En cuanto al equipo personal, cada marine podía llevarse un macuto. Más allá de esto, el coronel había permitido un baúl para los oficiales. Todo lo demás debía ser abandonado.

A Shofner no le gustaba ni pizca la idea de dejar atrás la variada colección de objetos personales que había guardado en el almacén del muelle. La orden le pilló desprevenido. Siendo el vástago de una familia pudiente, se había convertido en un oficial y un caballero tras servir como presidente de su fraternidad (Kappa Alpha), ser miembro destacado del equipo de fútbol de la Universidad de Tennessee, y obtener una beca del Club T por ser «el atleta con las mejores notas». Su voluminoso equipaje incluía no sólo una colección de uniformes militares y equipo deportivo de todo tipo, sino también varias docenas de trajes para las más diversas ocasiones, desde corbatas negras hasta prendas de seda y de piel de tiburón. En Shanghái había acumulado una impresionante colección de muebles chinos, objetos de decoración, arte y atavíos en general. Algunas de las polainas de seda y las esculturas de jade estaban sin duda destinadas a ser regalos para su novia, su madre o para otras personas de su numerosa familia. Desde que le destinaron a Shanghái, hacía seis meses, le seducía la idea de que la guerra era inminente. Los miembros de la familia Shofner habían participado en todas las guerras norteamericanas. Sin embargo, jamás se le había pasado por la cabeza una retirada.

Metió lo indispensable en el baúl y abandonó todo lo demás, salvo un pequeño recuerdo: una placa conmemorativa con el emblema del Cuerpo de Marines, en concreto del Club del 4° de Marines. Mientras se alejaba a toda prisa, deseó que algún filipino local encontrara las alfombras persas y las estatuillas de marfil.

Shofner llegó esa misma noche a Camp Carefree, un campamento del Ejército situado en la punta de Batán, destinado al descanso de las tropas, donde disfrutó de un sándwich de pavo que hizo las veces de cena del día de Navidad. Según pudo ver, Batán no había sido preparada para acciones defensivas. Encontró una litera vacía en el alojamiento de los oficiales y se quedó dormido, agotado. La sirena de alerta de ataques aéreos le despertó a medianoche. Todos salieron afuera y, siguiendo órdenes, se tumbaron en un campo abierto. Desde el lugar donde estaba, Shofner pudo ver un carguero en llamas a poca distancia de la costa y, un poco más allá, la ciudad de Manila, iluminada por un centenar de incendios virulentos. MacArthur había ordenado a sus tropas abandonar la ciudad conocida como la Perla de Oriente. Informó al Ejército Imperial de Japón de que tenía vía libre para entrar. La bombardearon a pesar de todo.

El adversario disponía de una ventaja clara sobre Estados Unidos. Eso se hizo evidente el día de Navidad. Los oficiales y los soldados del 4° de Marines se dedicarían a aguantar el tipo hasta que la Armada apareciera con refuerzos. Entonces iban a enterarse esos bastardos.

SID, W. O. Y OTROS MÁS JURARON BANDERA AL DÍA SIGUIENTE DE Navidad. Así, de repente, se habían convertido en marines. A estas alturas, la gente ya había oído hablar de los marines. Habían defendido la isla de Wake y habían repelido el primer intento nipón de invadir la isla unos días después del ataque a Pearl Harbor. Después, cuando le preguntaron al oficial al mando por sus necesidades de suministros, había enviado el mensaje por radio: «¡Que nos envíen más japos!»[4]. La isla de Wake había sido invadida el día de Nochebuena, pero no faltó el espíritu de resistencia del que los norteamericanos habían carecido en otros lugares. Mientras se preparaba para partir, Sid quedó con Eugene. Éste le entregó un ejemplar de Baladas del cuartel, de Rudyard Kipling, como regalo de despedida. El libro contenía su poema favorito, Gunga Din. Los dos eran capaces de recitar determinados pasajes de memoria, como por ejemplo la estrofa inicial:

Puedes hablar de ginebra y cerveza

cuando estás lejos de la batalla…

Pero si llegas a luchar

lo harás en el mar,

y lamerás las botas de quien lo tenga.

Aquí en la India, con su soleado clima,

el trabajo que me cayó encima

era servir a Su Majestad la Reina,

de todas las caras negras de la tripulación

el que mejor me caía, y con razón,

era el aguador del regimiento, Gunga Din.

Iba «¡Din! ¡Din! ¡Din!

Limpia el polvo del suelo, ¡Gunga Din!».

Sid no abrió el ejemplar hasta embarcar en el tren de vapor que le llevaba a Parris Island, en Carolina del Sur. La nueva vida le embriagaba. Él, W. O. y los demás compañeros del tren cantaban canciones. A su llegada, Sid fue informado de que no era un marine. Era un inútil sin remedio. En opinión del instructor, que se lo dejó así de claro, en voz alta y a poca distancia, Sid Phillips jamás llegaría a la elevada cima que ocupaban los marines. Era un accidente de su madre. Después había que correr: correr para recoger el equipo, correr a los barracones, correr a la plaza de armas, ¡correr, correr, correr! Para la total sorpresa de Sid, su entrenamiento estaba centrado en ganarse el derecho a ser un marine de Estados Unidos. Sólo en ocasiones cavaba trincheras, clavaba la bayoneta en muñecos de paja o aprendía cosas relacionadas con matar a soldados japoneses. El Cuerpo de Marines mantenía unas exigencias muy elevadas, con todos los rigores de un campamento de entrenamiento de reclutas de la Armada. La humillación y las profanaciones que debían soportar, junto con los esfuerzos exigidos a todos los niveles, eran mucho mayores que en cualquier otra rama de las fuerzas armadas. Había que llevar a cabo cada acción de la manera establecida por el Cuerpo de Marines, usando la terminología del Cuerpo de Marines, y si no…

Sidney, W. O. y su nuevo amigo John Tatum, también procedente de Alabama, habían sido educados en el respeto y la obediencia a la autoridad. Se adaptaron al campamento de reclutas con bastante facilidad. Privados no sólo de su pelo, sino también de toda privacidad, a Sid no le gustaba usar el inodoro delante de otros sesenta soldados, ni ponerse en la fila para que le inspeccionaran el pene en busca de gonorrea. La posibilidad de convertirse en el mejor soldado del mundo, tal y como prometían sus instructores, hacía que el esfuerzo pareciera valer la pena. El primer día, cada recluta recibía un fusil de cerrojo Springfield de tiro simple, y Sid ya tenía ganas de que le enseñaran a usarlo. La instrucción de manejo de armas se reservaba para el final. Mientras tanto, él y sus compañeros se sometían a las interminables sesiones de instrucción, aprendiendo a marchar en formación. Para sobrevivir, tuvieron que aprender la cadencia de marcha particular de su instructor. Ningún instructor gritaba «En marcha, un, dos, tres». Esto suponía demasiado esfuerzo para las cuerdas vocales. Además, el instructor que de verdad quisiera airear su disgusto con los inútiles sin remedio gritaría algo parecido a «¡HAWRSH! ¡AWN! ¡UP! ¡REEP!»[21].

CORREGIDOR INSPIRABA CONFIANZA EN LOS HOMBRES DEL 4° DE Marines. Tras llegar en transbordador al muelle norte, dejaron su equipo en un vagón de tranvía y comenzaron a subir la empinada colina. Todos habían oído que la Roca era una fortaleza inexpugnable. Su escolta describió los grandes túneles excavados en la piedra que pisaban y los enormes puestos de artillería costera colocados en las colinas sobre sus cabezas. La isla tenía forma de renacuajo; la cola estaba metida en el puerto de Manila y la redonda cabeza miraba al mar de China Meridional. La estrecha cola consistía sobre todo en rocas y playas. Dominada por la colina Malinta, la cola del renacuajo albergaba los muelles, la central eléctrica y los almacenes; esta zona era conocida como la Parte de Abajo. Más allá de colina Malinta, llegaron al elevado cerro llamado la Parte del Medio, donde se encontraban los barracones, junto con un hospital y un club recreativo. Más allá de la Parte del Medio, otra colina, llamada la Parte de Arriba, más empinada aún, se extendía sobre casi la totalidad de la amplia cabeza del renacuajo. En la Parte de Arriba, la frondosa selva dejaba paso a un césped bien cuidado que rodeaba las elegantes mansiones para oficiales, un campo de golf y una considerable cantidad de casamatas que protegían las gigantescas piezas de la artillería costera. Aquí estaban emplazados más de cincuenta grandes cañones, con calibres desde 3 hasta 12 pulgadas. La Roca lo tenía todo, pues era más fresca que la tierra firme gracias a la brisa del mar.

Tras llegar a los barracones de la Parte del Medio en la noche del 27 de diciembre, los marines dedicaron dos días a instalarse. Shofner estaba muy atareado con la organización de los suministros. Su regimiento, que ahora también incluía el 1er Batallón, así como un destacamento de cuatrocientos marines de otra base, trajo raciones suficientes para alimentar a los 1.200 hombres durante al menos seis meses; munición suficiente para diez días de combate intenso; uniformes caqui para dos años; así como medicamentos y equipamiento para un hospital de cien camas. Evidentemente, aparte de todo esto, Corregidor contaba con montañas de munición ya almacenada.

Nadie hizo demasiado caso a las sirenas de ataque aéreo cuando sonaron alrededor del mediodía del 29 de diciembre. Los japoneses nunca habían bombardeado Corregidor. Shofner estaba en las inmediaciones del barracón cuando vio la formación enemiga. Los cañones de artillería antiaérea comenzaron a disparar. El sol destellaba en los bultos de metal que caían hacia él. Se metió corriendo en el refugio antiaéreo, donde se unió al resto del regimiento: todos los hombres del mismo yacían tumbados bocabajo. Una bomba traspasó el tejado, pero estalló en un piso superior; se oyó el ruido de otra más que también entró, mas no llegó a explotar; otras muchas estallaron cerca. «Y así empezó —escribió Shofner en su diario— el peor día de mi vida».

Una bomba había herido a un marine. Le llevaron al hospital mientras todos los demás abandonaban los barracones de la Parte del Medio, que se había convertido en un blanco enorme y hacia donde venían nuevas oleadas de aviones. Shofner se encontró con algunas enfermeras en busca de un médico; las bombas habían estallado en la parte trasera de su cuartel. Tan sólo logró encontrar a un dentista, pero lo envió con ellas. Otro escuadrón de bombarderos apareció en el cielo, luego otro, y otro más. Perdió la cuenta después de que una docena de formaciones hubieran soltado sus pesadas cargas de explosivos de alta potencia. La mayor parte del tiempo se encontraba tumbado bocarriba, viendo cómo los proyectiles de las baterías antiaéreas, los ack-ack de la Roca, explotaban muy por debajo de sus objetivos. Se preguntaba si los aviones se encontraban demasiado lejos, si los cañones estaban mal calibrados, si faltaban los mecanismos de detonación o si los malos tiros eran producto de la falta de competencia del personal. No había forma de saberlo. Las bombas caían aleatoriamente, así que sólo cabía desear, intensamente, que no le cayeran a él. El último eco se perdió en la distancia cuatro horas más tarde. Los marines tuvieron cuatro heridos, uno de los cuales murió más tarde. Los edificios de la Parte del Medio, incluido el barracón de Shofner, perdieron su capacidad de ofrecer algo parecido a un refugio, y mucho menos una promesa de seguridad.

Irritado por las dudas por vez primera, Shofner puso manos a la obra. Su compañía recibió la orden de montar un campamento en la quebrada James Ravine. Había que instalar una cocina para alimentar a la tropa, tender cables de comunicación y hacer otros preparativos. Trabajó toda la noche. Las restantes unidades del regimiento se movieron a sus respectivos sectores y comenzaron a preparar la defensa de las playas de Corregidor. El 1er Batallón se hizo cargo del sector más vulnerable, que comprendía la colina Malinta y la Parte de Abajo. Al batallón de Shofner se le encomendó la tarea más sencilla: asegurar la Parte del Medio, donde él se encontraba, y la Parte de Arriba. Esa posición se consideraba como una retaguardia, dada la improbabilidad de que el enemigo desembarcase en cualquier lugar que no fuera la Parte de Abajo. Aun así, todos arrimaron el hombro y dedicaron días y días a tender alambre espinoso, colocar minas de tierra, cavar trincheras, preparar trampas antitanque y cuevas de refugio. En ocasiones, la alarma antiaérea no funcionaba adecuadamente y algunas veces las bombas estallaron cerca de él. Como oficial a cargo del comedor del batallón, Shofner era el responsable de que todos los hombres tuvieran dos comidas diarias. Por suerte, había mucha agua potable y podían bañarse en el mar. Les costaba mantenerse cerca de los refugios y correr hacia ellos en cuanto se escucharan los motores de los aviones. En los siguientes diez días murieron treinta y seis marines y otros ciento cuarenta resultaron heridos[22].

EL MES DE DICIEMBRE HABÍA TRANSCURRIDO EN NORTH ISLAND sin apenas tener clases de vuelo. Mike había volado una vez. El régimen de instrucción diaria se había reanudado en enero. Los pilotos de la Unidad Avanzada de Entrenamiento de Portaaviones lo habían hecho muy mal, una y otra vez. Cada día, durante una semana entera, alguno de los colegas de Mike había aterrizado sin antes bajar el tren de aterrizaje o había volcado el aparato una vez en tierra. Los errores podían deberse a la interrupción del entrenamiento o tal vez fueran consecuencia de los nervios que la guerra producía en los pilotos. Cuando volvió a ocurrir el 12 de enero, el comandante hizo formar a sus pupilos en el hangar a las cuatro y media de la tarde.

—No quiero más accidentes —bramó el comandante Moebus—. ¡El primer tío que sufra uno va a enterarse de lo que he dicho porque no tendrá ninguno más!

Después de la reunión, Micheel despegó a bordo de un SNJ de color amarillo claro para practicar vuelo nocturno. Voló durante más de una hora y regresó a la pista de aterrizaje antes de que estuviera del todo oscuro.

—¡Aterrizaje desautorizado! ¡Aléjese! —le avisó por radio la torre de control justo cuando las ruedas comenzaban a rozar la pista—. ¡Hay un avión en la pista!

Mike consiguió levantar de nuevo el morro del avión. Mientras sobrevolaba la pista, logró ver el otro aparato, lejos de su trayectoria. Tras esta reprimenda, decidió no realizar una aproximación completa por la vía habitual. Mantuvo el avión preparado para aterrizaje: la hélice a revoluciones bajas, una mezcla adecuada de combustible y aire, alerones bajados. Volvió rápido y comenzó la maniobra de aterrizaje de nuevo, con el morro contra el viento. La torre de control le comunicó que tenía permiso. Justo antes de tocar la pista, el claxon de la torre de control comenzó a sonar, indicando que tenía levantado el tren de aterrizaje. Mike había replegado las ruedas tras el primer intento. Empujó el acelerador hacia delante, pero fue demasiado tarde. El Peligro Amarillo se deslizó sobre su barriga. Tener que bajar por la pista central de esa manera, con un ruido chirriante, le dejó con las mejillas enrojecidas de vergüenza.

La hélice del avión estaba estropeada y el motor necesitaba mantenimiento debido al repentino parón. Los mecánicos iban a tener que cambiar los alerones y recolocar las partes metálicas del fuselaje, que estaban tocadas. El SNJ tenía arreglo, pero ahora Micheel debía enfrentarse al comandante Moebus. El alférez se presentó ante su comandante y admitió haberse distraído lo suficiente como para olvidarse de repasar el protocolo de aterrizaje por segunda vez. Tal y como Mike temía, el comandante estaba cabreado. Acusó a Mike de «desobediencia directa de sus órdenes» y de inmediato le relegó a servicio de tierra. Moebus decidió darle un castigo ejemplar para enseñar a sus alumnos. Escribió al Comité de Navegación de la Armada, el organismo rector de la aviación naval. Tras explicar los problemas persistentes con sus alumnos, Moebus mencionó el aviso que había dado a Micheel justo antes de despegar y solicitó que relegaran al alférez Vernon Micheel a un «servicio que no conllevara el pilotaje de aviones». Sólo con una medida tan drástica espabilaría a sus alumnos.

Sin embargo, la carta de Moebus revelaba algo más que la exasperación de un comandante. Atribuía los problemas de su unidad a «la ineptitud derivada de la admisión de un elevado contingente de cadetes y el forzado método de entrenamiento que, debido al gran tamaño de los centros, no siempre consigue eliminar material mediocre». Dicho de otra manera, el nuevo programa de entrenamiento de la Armada estaba fallando. El comandante L. A. Moebus expresaba la frustración que muchos de los licenciados de la Academia de la Armada de Annapolis sentían hacia las hordas de civiles que ahora pasaban por el programa de la Aviación Naval. Hombres como Vernon Micheel, que había ido a la universidad para trabajar en una granja lechera, nunca llegarían al mismo nivel de profesionalidad que un hombre hecho en Annapolis.

Moebus ordenó a su errático alférez que se quedara con el dañado SNJ en tanto se recibía la respuesta del comité. Al día siguiente, mientras los mecánicos reparaban el avión, el alférez empezó a preparar un informe que detallaba el coste de cada nueva pieza de repuesto y del trabajo realizado. El rugido de los motores de las aeronaves retumbaba continuamente entre las paredes del gran hangar. Mike intentaba no pensar en dónde acabaría en el caso de que le expulsaran de la unidad de entrenamiento.

LOS JAPONESES DEJARON DE BOMBARDEAR LA ROCA A MEDIADOS de enero, para alivio del teniente Shofner. El respiro dio tiempo a los norteamericanos a prepararse. El general MacArthur emitió una declaración a todos los comandantes de unidad. Ordenó a cada compañía difundir el siguiente mensaje:

La ayuda desde Estados Unidos está en camino. Se están enviando miles de soldados y cientos de aviones. No se conoce la fecha exacta de la llegada de los refuerzos […] Es de suma importancia que nuestras tropas resistan hasta recibirlos. No existe otra vía de retirada. Tenemos más tropas en Batán de las que los japoneses disponen para luchar contra nosotros; disponemos de grandes cantidades de suministros; una defensa decidida acabará con el ataque enemigo. Ahora es una cuestión de coraje y determinación. Si luchamos, ganaremos; si nos retiramos, nos destruirán[23].

El mensaje levantó la moral en la isla, a pesar de que ya se oían los ruidos de la batalla de Batán.

A principios de febrero, la artillería nipona comenzó a lanzar granadas sobre Corregidor. Todo el mundo se dio cuenta enseguida de que los obuses de los grandes cañones causaban un daño mucho mayor que las bombas lanzadas desde una altura de 6.000 metros. El ruido sibilante de los proyectiles duraba sólo unos segundos, a diferencia del zumbido largo y monótono de los escuadrones de bombarderos. El silbido llegaba en los días de lluvia y por la noche. Convertía cualquier paseo fuera de los túneles en una empresa de lo más azarosa. Los marines se alojaban en la cima de la isla y no tardaron en envidiar al Ejército, la mayor parte del cual estaba destinado en el túnel de Malinta, muy por debajo de la Roca.

Shofner fue ascendido a capitán el 5 de enero y tomó el mando de la compañía de reserva del 2° Batallón. Sus dos pelotones de fusileros y el pelotón de ametralladoras estaban preparados para acudir en ayuda de las unidades estacionadas en las playas. Sin embargo, las granadas destruían los cables de comunicación con suma frecuencia, por lo que cada vez había más períodos de tiempo en los que la única información disponible era la que veía él mismo. Ordenó a sus hombres que reforzaran con tierra las paredes de los barracones de la Parte del Medio para protegerlos contra los bombardeos.

Shofner, apodado Shifty[5] por los amigos debido a su facilidad para encontrar soluciones y atajos poco convencionales, había empezado a notar los problemas con las famosas defensas de la isla. Algunos de los cañones de 10 pulgadas no podían ser dirigidos hacia las posiciones de la artillería del enemigo porque habían sido construidos para enfrentarse a buques procedentes del mar. Otras baterías principales ya habían sido destruidas debido a que sus barbetas de cemento las dejaban desprotegidas de ataques aéreos. La central eléctrica de la isla se encontraba expuesta. El 4° de Marines aprendió enseguida cómo ponerse a cubierto. Sufrieron menos bajas en febrero que en enero a pesar de soportar más fuego enemigo. Por la noche estaban en sus puestos, atentos a la posible llegada de botes de desembarco y esperando que apareciese la Armada estadounidense. Si una tormenta eléctrica traía relámpagos, alguno de los guardas de Shofner informaba de inmediato:

—Ahí llega nuestra flota.

Resultó imposible evitar que los hombres se enterasen de que el presidente de Filipinas, Manuel Quezón, había salido del país. Ya habían sacado el oro y la plata del Tesoro. Estas señales inquietantes pusieron las mismas preguntas en los labios de todo el mundo: «¿Dónde demonios está la Armada?», y «¿Qué problema hay en casa?»[24].

EL ALFÉREZ MICHEEL CALCULÓ EL COSTE DE LA REPARACIÓN DEL avión sin una sola queja. Mientras los aviones de sus colegas rugían en el cielo, él se dedicaba a ver el trabajo de los mecánicos. Disfrutaba aprendiendo sobre los detalles de los motores y de los alerones. Pasaron tres semanas antes de recibir la orden de presentarse en el despacho de su comandante, donde fue informado de que había recuperado su antiguo puesto. Moebus no entró en detalles, pero Mike pudo adivinar la verdad. El jefe del Comité de Navegación de la Armada había revisado su expediente, había llegado a la conclusión de que el aterrizaje sin ruedas se trataba de un caso aislado y había mandado una respuesta a Moebus que, más o menos, venía a decir algo así como: «Oye, estamos en guerra, ¿no te has enterado?».

Mike se había perdido las instrucciones avanzadas de vuelo táctico, de navegación y de reconocimiento. Hizo su primer ensayo en el asiento trasero de un SNJ, viendo cómo uno de sus colegas solucionaba un problema de navegación. El programa de entrenamiento estaba basado en una mezcla entre instrucciones de aula y prácticas de vuelo. A los diez días, el 19 de febrero, la Unidad de Entrenamiento Avanzado de Portaaviones recibió las nuevas aeronaves de combate de la Armada. Para algunos de sus amigos, esto significaba subirse a un F4F Wildcat, el mejor caza que había. Para Mike, suponía meterse en el SBD Dauntless, un avión de bombardeo y de reconocimiento de la Armada. Su escuadrón había recibido los últimos modelos de unos SBD-3. Comenzó a volar una hora al día, más o menos. A veces un instructor hacía las veces de piloto, con Micheel viajando en al asiento del artillero de cola, pero normalmente Mike volaba solo formando parte de un escuadrón dirigido por un instructor. Aunque las instrucciones diarias eran relativamente variadas, se hacía hincapié en dos maniobras avanzadas muy concretas.

Micheel realizó sus primeros intentos de bombardeo en picado. Poner un avión en un ángulo de 70 grados desde una altitud de 4.000 metros y dejarse caer a plomo requirió todo el valor del joven. Mediante la colocación de alerones especiales, llamados frenos de picado, el piloto podía mantener el aparato a una velocidad inferior a los 400 kilómetros por hora, pero el descenso en ángulo tan pronunciado le levantaba de su asiento y le dejaba suspendido en su arnés, con una mano en la palanca de mando y un ojo fijo en el telescopio que estaba incrustado en el parabrisas del Dauntless. A través de la mira de bombas, veía cómo el blanco crecía de tamaño rápidamente. Activaba la palanca de lanzamiento de proyectiles cuando estaba a unos 700 metros del objetivo e interrumpía la maniobra de picado. La fuerza de la gravedad le aplastaba contra el asiento.

Todos los días debía dedicar un rato a aprender el otro gran reto de la aviación naval: aterrizar en la cubierta de un portaaviones. La dificultad de este tipo de maniobras había estado presente desde sus primeros días de instrucción, cuando, lógicamente, los pilotos lo practicaban en un tramo de la pista de aterrizaje marcado con el contorno y las dimensiones de una cubierta de portaaviones.

Todo comenzaba con una maniobra especial de aproximación. El piloto se acercaba a la nave desde atrás, pasaba junto al portaaviones por estribor, el lado derecho, a una altitud de unos 300 metros y se colocaba «en la espiral». Cuando se encontraba a unos 800 metros por delante del portaaviones, en función de cuántos pilotos hubiera en la espiral, realizaba un viraje hacia la izquierda y volvía hacia la nave. Una vez había bajado los alerones de aterrizaje, el tren y, lo más importante, el gancho de cola, o apontaje, el piloto ya había realizado los últimos preparativos de cara a la maniobra. Al mirar hacia su izquierda, mientras se aproximaba a la proa de la embarcación, disponía de una vista despejada que le permitía averiguar la posible presencia de más aparatos aterrizando en la pista. Los observadores de la cubierta del portaaviones avisaban de posibles problemas con el avión o la presencia de obstáculos en la pista.

Cuando el piloto llegaba a la altura de la popa de la nave comenzaba un viraje brusco de 180 grados hacia la izquierda que le colocaba justo encima de la popa. En este punto, podía mirar hacia abajo y ver a un hombre en la esquina de babor de la popa del buque con un par de grandes paletas en las manos. El LSO (Landing Signal Officer, oficial de señalización de aterrizaje) solía vestir un traje de color amarillo con el propósito de resultar claramente visible, e indicaba la dirección al piloto moviendo las paletas y el cuerpo. Haría un movimiento cortante sobre el cuello, con una de las paletas, si el piloto seguía las instrucciones adecuadamente. Entonces, éste cerraba el gas y su avión descendía a la cubierta, el gancho de cola enganchaba un cable de detención, y estaba a salvo, en casa. Se trataba de un aterrizaje de emergencia controlado sobre una pista en movimiento.

Mike y sus compañeros de clase habían dedicado muchas horas a dominar el fundamento de los aterrizajes en una sección remota de la pista de un portaaviones. Un piloto no podía aproximarse ni muy deprisa ni muy despacio, ni desde una altitud demasiado elevada ni demasiado baja. El aparato también debía mantener una posición adecuada en al aire: el morro levantado y el gancho hacia abajo con el fin de poder efectuar un aterrizaje perfecto de tres puntos, uno por cada rueda.

Durante unas horas de vuelo, los pilotos simulaban el mayor número posible de aterrizajes: circundar la cubierta, entrar «en la espiral», aterrizar, forzar el motor de nuevo, y otra vez para arriba. Después se reunían nuevamente en las aulas con los LSO, que repasaban su técnica en detalle.

Sus prácticas nunca tuvieron lugar en un portaaviones. En la Armada éstos no sobraban —de eso se enterarían los cadetes por radio macuto—. El Saratoga había sido atacado con torpedos en enero y había ido a Bremerton, Washington, para ser reparado. Su estado no se había hecho público para que el enemigo no supiera si estaba hundido o no. En lugar de esto, los rotativos publicaban noticias sobre el uso del Enterprise del almirante Halsey para atacar fortalezas japonesas en las Islas Marshall, en medio del Pacífico. «Pearl Harbor, vengado», rezaba el titular de uno de los periódicos, aunque poco después cayó la fortaleza británica en Singapur[25]. El enemigo ya controlaba la mitad del océano Pacífico. En las tertulias del club de oficiales, los pilotos hablaban del futuro de los tres portaaviones que además del Enterprise operaban en esta zona: el Yorktown, el Lexington y el Hornet, que entraría en servicio a principios de abril. Cada uno ya había sido destinado a una nave. El alférez Micheel sabía que se uniría al USS Enterprise. Como piloto de bombardeo en picado, Mike se preguntaba cuántos portaaviones tenía exactamente el enemigo, ya que su misión consistía en hundirlos.

LOS SOLDADOS RASOS SIDNEY PHILLIPS, W. O. BROWN Y JOHN Tatum, a quien habían comenzado a llamar Deacon[6] por su tendencia a citar las escrituras, partieron de Parris Island con el emblema del Cuerpo de los Marines: un águila, un globo terráqueo y un ancla con una cadena enrollada. Unos pocos miembros de su promoción se habían quedado fuera, pero al menos habían obtenido algunas convicciones firmes. El USMC[7] era la mejor unidad del mundo. Los marines eran los primeros en entrar en combate. Su misión, el ataque anfibio, era la maniobra militar más difícil. Una vez que los marines hubieran asegurado una playa, los «perritos» del Ejército entrarían para mantenerla controlada. Estas convicciones habían sido grabadas a fuego mientras aprendían a llevar a cabo los ejercicios en la plaza de armas, con precisión, golpeando sus fusiles con tanta fuerza que se oía el ruido a cien metros. Formar parte de este gran equipo causaba en Sid una sensación de fuerza y seguridad sin parangón, incomparable con nada que hubiera sentido antes.

Tras llegar en tren a New River, Carolina del Norte, en una tarde de mediados de febrero, formaron en un enorme campo embarrado. Delante de ellos había una gran tienda de campaña, cuyos faldones abiertos revelaban brillantes luces y dejaban entrever una actividad frenética. Los hombres eran llamados a entrar de uno en uno. Dentro de la tienda le entrevistaron unos NCO[8]. Sid caminó por el barro, contestó a las preguntas de los suboficiales, y fue destinado a la compañía How del 2° Batallón, del 1° de Marines (H/2/1). W. O. y Deacon recibieron el mismo destino. «Menuda suerte», pensaron ellos. Al cabo de un tiempo, Sid se dio cuenta de que todos los soldados de su promoción habían sido destinados al 2° Batallón del 1° de Marines.

Los tres amigos se mantuvieron unidos y compartieron barracón. Se levantaron al día siguiente para descubrir que había ocho centímetros de nieve en la calle y ninguna orden especial. Durante los siguientes días se dedicaron sólo a mantener caliente la estufa de la tienda. Llegaron más hombres, junto con el nuevo uniforme de los USMC, el uniforme de faena. Éste consistía en dos piezas de tejido fuerte y pesado; estaba hecho tanto para su uso en el campo como en combate, y era la primera entrega del nuevo equipo diseñado para la nueva contienda en vez de para la Primera Guerra Mundial. A Sidney le gustaba más que su uniforme caqui, pues tenía grandes bolsillos y una reproducción del emblema del cuerpo en el pecho. Le cubría la cabeza un casco del mismo tipo que su padre había llevado en Francia.

La instrucción comenzó el 18 de febrero, cuando los suboficiales les enseñaron algunas de las armas usadas en la compañía: la ametralladora Browning de calibre 30 y el mortero de 81 mm. Se les explicó que con éstas y las demás armas pesadas de la compañía How, darían apoyo a las maniobras de asalto llevadas a cabo por los fusileros de otras compañías de su batallón (Easy, Fox y George). El mortero atrajo la atención de Sid y Deacon. Las armas pesadas siempre les habían fascinado y se aseguraron de que su suboficial se diera cuenta de ello. W. O. estaba encantado de acompañarles. Otros hombres denigraban el mortero de 81 mm con nombres como «tubo de estufa» e intentaban recibir otro encargo. La autoselección funcionó. Después de unas semanas, los suboficiales asignaron a los tres amigos al mismo pelotón y la misma unidad, la 4ª, del pelotón de morteros de 81mm. Todos los miembros de la misma procedían de los Estados del sur, a excepción de Carl Ransom, que había nacido en Vermont. Ransom, al oír que los otros se llamaban a sí mismos la unidad de los Rebeldes, declaró rápidamente que siempre había dormido en una habitación de la parte sur de su casa, que a su vez estaba situada en el lado sur de la calle.

Aunque todos los días recibían formación de otras materias, la 4ª de morteros no tardó en centrarse en su arma. Sid recitaba las secciones del manual una y otra vez, cantándolas como si fuera una letanía. El mortero de 81 mm era del tipo «cañón pulido, carga manual por la boca, de ángulo elevado…». Benson, el jefe de la unidad 4ª, comenzó a enseñarles los movimientos precisos para montar y disparar los morteros, repitiéndolo una y otra vez. A la orden de Benson, un hombre colocaba la base y otro el soporte de dos patas, mientras un tercero se hacía cargo del cañón. El trabajo de montar las tres piezas le tocó, de manera natural, a Deacon. John Tatum era un poco más alto y algo mayor que los demás, y se tomaba todo más en serio que Sidney y W. O. El cabo primero Benson sacaba las miras del mortero de las fundas y las ajustaba.

Las interminables repeticiones y las melopeyas del manual no tardaban en fomentar un espíritu competitivo entre las unidades. Deacon quería ser el más rápido. Estudiaba el «Manual del Marine», el libro rojo que todos los soldados habían recibido. A principios de marzo, Deacon fue nombrado cabo primero incluso antes de haberse ganado los galones de cabo. Sid y W. O. no deseaban ningún ascenso. Al mismo tiempo, disfrutaban de la rivalidad, y su unidad ya montaba su mortero en unos respetables cincuenta y cinco segundos. El cabo primero Benson nunca los elogiaba. Les consideraba demasiado blandos para ser buenos marines, al igual que la mayoría de los suboficiales.

Cuando los novatos se quejaban del frío se les decía que esperasen al verano, cuando volvieran los tábanos y los mosquitos. A los nuevos marines que, el 9 de marzo, celebraron la llegada de las nuevas literas de metal les llamaron nenes mimados. Benson había pasado varios meses en una tienda de campaña en una isla llamada Culebra y eso, les aseguró, había sido mucho peor. Algunas veces, cuando su unidad ganaba a las otras unidades del pelotón de morteros, Benson podía dejarse llevar por la inspiración y contar historias de la vida de un marine en Puerto Rico, la bahía de Guantánamo o Cuba. El 1° de Marines había pasado gran parte de los últimos tres años en el Caribe, practicando las técnicas de desembarco anfibio. Llevaban tanto tiempo en el campo que se hacían llamar a sí mismos «los marines del culo pelado». Benson había aprendido a jurar en castellano y cuando comenzaba a blasfemar siempre conseguía sacar una torcida sonrisa socarrona a Sid. Deacon se escandalizaba, pero a Sidney Phillips le encantaba echarse unas buenas risas.

LA GRAN AFLUENCIA DE NUEVOS MARINES PROPICIABA LA PROMOCIÓN de los más veteranos. Hacía unas semanas, a Manila John le habían ascendido a sargento[26]. Su compañía no sólo recibía novatos, sino también unos cuantos hombres experimentados que habían pedido el traslado. El regimiento de John, el 7°, se consideraba un buen destino porque para principios de marzo ya estaba claro que iría en la vanguardia del ataque contra los japoneses. Tenía el porcentaje más alto de marines veteranos y era el primero en recibir todo el equipo nuevo. Mientras se preparaban para el primer ataque anfibio, que, pese a todo lo que se decía, iba ser el primero del Cuerpo de Marines contra un enemigo real, los hombres de la sección de ametralladoras de John se dieron cuenta de que tenían un sargento fuera de lo común. No era por sus historias sobre la vida de los marines, ni tampoco por su promesa de que iba a «desembarcar en Dewey Boulevard y liberar a Manila»[27]. Todos los sargentos contaban historias del mar y algunos de ellos deseaban liberar Shanghái. El sargento Basilone, con su físico de boxeador y piel morena, causaba una gran impresión, pero su actitud relajada delataba que era «uno de los chicos».

A la mayoría de los suboficiales les gustaba asustar a sus hombres. Manila John consideraba que sus chicos, tanto los novatos como los veteranos, formaban parte de una hermandad[28]. Él no necesitaba luchar para imponer una buena disciplina; predicaba con el ejemplo[29]. Le encantaba ser marine y esperaba de todos los demás que sintieran lo mismo. Daba por hecho que iban a obedecer sus órdenes porque eso era lo que hacían los marines. Esperaba de ellos que se entrenaran duramente durante la semana y que después salieran a tomar unas cervezas con sus amigos en Wilmington o Jacksonville. Eso era lo que él hacía. El mejor amigo de Manila era otro sargento llamado J. P. Morgan. Al igual que John, Morgan, conocido por ser un hombre problemático, también llevaba un tatuaje, con la diferencia de que el suyo estaba en la base del pulgar. El tatuaje había simbolizado sus lazos con la población indígena algunos años atrás, pero cuando alguien lo miraba en el año 1941 sólo veía la esvástica, el símbolo del Partido Nazi de Hitler[30]. El tatuaje hacía poco por mejorar la reputación de J. P.

John y J. P. estaban al mando, cada uno, de una sección de ametralladoras de calibre 30 de la compañía Dog. Por el momento, Manila pasaba la mayor parte del tiempo instruyendo a los hombres de su compañía, y hasta cierto punto a los hombres del batallón, en el manejo de la ametralladora Browning de refrigeración por agua de calibre 30. La reputación de la ametralladora como arma de gran potencia atraía a muchos jóvenes entusiastas. No recibían clases teóricas de su sargento; presenciaban demostraciones prácticas. La elegancia y facilidad con la que John manejaba el arma contrastaba con las breves y cortantes frases utilizadas para describirla[31]. A pesar de la idea general prevalente, no era una manguera por cuya boca salía un riego interminable de balas. El cañón se quemaba si se apretaba el gatillo sin cesar, y sustituirlo llevaba su tiempo. Eso de escupir un chorro de balas tal vez funcionara en distancias cortas, pero impediría al usuario controlar el campo de batalla de la manera en que debía hacerlo.

Dominar el campo de batalla significaba impedir la aproximación del enemigo.

—Disparad ráfagas cortas. —Ésa era la recomendación de John.

Eso mantenía la ametralladora fría. Para conseguir que las series fueran eficaces, no había que apuntar a ojo. Debían utilizar el T&E, el mecanismo de desplazamiento lateral y de elevación. Unos leves giros de estos mecanismos producían pequeños ajustes en la puntería, lo cual conseguía cambios significativos a 200 metros de distancia. Los buenos servidores de ametralladora nunca apuntaban a soldados concretos. Creaban zonas de muerte en el campo de batalla. Mataban al enemigo en grupos grandes o le obligaban a buscar refugio durante intervalos de tiempo suficientemente largos como para permitir el avance de los marines. Un buen servidor de ametralladora también conocía íntimamente su máquina. Para ello era necesario saber desmontarla, o destriparla, hasta sacar los componentes básicos y limpiarlos. Sin embargo, al igual que cualquier máquina, la ametralladora admitía ajustes. Era posible modificar la velocidad de disparo y, al igual que hacían todos los sargentos en la unidad de ametralladoras, John las ajustaba a su ritmo cíclico preferido, el que a su juicio suponía el mejor equilibrio entre durabilidad y potencia.

En el mes de marzo, los hombres del batallón de Manila John pasaron mucho tiempo en zonas remotas de la base, en sus tiendas de campaña. El comandante del 1/7, Lewis Puller, les obligaba a trabajar duramente. A diferencia de otros oficiales, les acompañaba en las marchas a las seis de la mañana, siguiendo cada paso. Le gustaba colocarse cerca del lugar en que las unidades de artillería disparaban sus cañones de 75 mm y 105 mm para ver cómo resolvían los problemas planteados[32].

Se rumoreaba que el comandante Puller había demostrado su valía en las guerras de guerrillas de Sudamérica. El mote de Puller, Sacapechos, no se debía a lo musculoso de su torso, sino a que estaba deformado. No había nada en el físico del comandante que recordara a los marines los carteles de reclutamiento. Sin embargo, Puller se caracterizaba por una actitud directa y agresiva. Los veteranos del 1/7 solían contar la historia de una tarde en que el comandante había marchado con el batallón al bosque. Un bocazas de otra unidad se había burlado de ellos por su camuflaje. Mientras sus compañías pasaban de largo, Puller había avistado al soldado Murphy, de la compañía Charlie.

—Tío —le había dicho Puller a Murphy—, ¿vas a tolerarle que diga estas cosas sobre tu compañía?

Murphy había salido de la formación, le había atizado un mamporro en plena cara al bocazas y después había vuelto a la fila sin que nadie perdiera el ritmo[33]. Los recién llegados llevaban el tiempo suficiente para no creerse todo lo que se les decía, pero también sabían que la anécdota encarnaba el espíritu del Cuerpo de Marines que se les estaba inculcando.

SHOFNER HABÍA ENCONTRADO MONTONES DE MONEDAS DE PLATA abandonadas a lo largo de las últimas semanas. Los marines las habían sisado mientras ayudaban a cargar los botes con los efectos de la tesorería general de Filipinas, pero ahora se habían dado cuenta de que el dinero carecía de todo valor. Trescientos dólares de plata, que hacía poco había sido una suma importante, ya se consideraba un peso muerto. Sus marines daban por hecho que les esperaba un futuro de despiadados golpes, similares a los que estaban destrozando a sus compañeros en Batán. A pesar de ser algo fuera de lo común, el dinero abandonado tenía más sentido para Shifty que las noticias recibidas por la radio. Una estación de San Francisco emitía regularmente los comunicados del general MacArthur, que habían sido enviados desde los túneles debajo del 4° de Marines.

En sus discursos al pueblo estadounidense, MacArthur describía una guerra diferente: una guerra que él estaba ganando. Su Estado Mayor había informado de que «el teniente general Masaharu Homma, comandante en jefe de las fuerzas japonesas de Filipinas, se había practicado el haraquiri». El general Homma había caído en desgracia por sus derrotas ante MacArthur. «Un detalle interesante e irónico de la historia —continuaba el comunicado—, es que el suicidio y los ritos funerarios tuvieron lugar en la suite del hotel Manila que ocupaba el general MacArthur antes de la invasión de Manila»[34]. Tres noches después de emitir esta fanfarronada insustancial, MacArthur y su equipo embarcaron en unos torpederos para huir a Australia.

La partida de MacArthur había sido indicativa de la derrota, un fracaso que ya era inminente en la última semana de marzo. La artillería pesada japonesa comenzaba a desviarse de Batán con la intención de dirigirse a Corregidor, mientras que sus bombarderos más potentes volvían a la carga. Las tropas estadounidenses de la Roca impedían que la Armada Imperial de Japón pudiera usar el puerto de Manila, por lo cual era importante eliminar toda la resistencia cuanto antes.

La destrucción exigía grandes esfuerzos. El 24 de marzo, un ataque aéreo causó incendios en las casas situadas alrededor del barracón de Shofner. Él organizó a la gente que trataba de apagar el fuego. Mientras luchaban contra las llamas, una enorme explosión sacudió toda la zona. Una bomba había caído sobre un almacén de 40.000 granadas de 75 mm. Las granadas se pusieron a estallar, mandando metralla por todas partes. Shofner y sus hombres impidieron la propagación de las llamas, y después sacaron a un hombre herido de la zona del incendio. A la noche siguiente encabezó un grupo para salvar del fuego una central de radiocomunicaciones. Dos noches más tarde, unas bombas incendiarias prendieron fuego a los edificios contiguos a los barracones de la Parte del Medio, y parecía que varios iban a ser pasto de las llamas hasta que llegó Shofner con sus hombres para apagar el fuego. Tenía la impresión de que algunas de las bombas de fósforo del enemigo llevaban un mecanismo de detonación con retardo; parecían diseñadas para matar a quienes acudieran para combatir el fuego. A la noche del siguiente día tuvo que apagar un incendio en un depósito de munición de calibre 50, una tarea rematadamente peligrosa e importante: no estarían en condiciones de detener una invasión sin aquella munición. Shofner oyó gritos de auxilio en el camino de vuelta al refugio. Una cueva se había derrumbado. Encontró a algunos hombres y a un doctor para ayudarles. Rescataron a dos soldados heridos y sacaron dos cadáveres. Después, sus superiores le comunicaron que estaban redactando cartas de recomendación por sus acciones.

Shofner supo la verdad de lo acaecido en Batán conforme los bombardeos se intensificaban en Corregidor. Durante semanas, habían ido llegando tanto americanos como filipinos de todas las ramas de las fuerzas armadas, huyendo de la batalla en la península. Estos hombres acudían necesitados de comida y ropa, y también de armas. Algunos no habían recibido ningún tipo de formación militar. Aun así, habían sido repartidos por todas las unidades militares de la isla. El 4° de Marines, como las restantes unidades, trataba de entrenarles. Shofner ya conocía algunos detalles de lo que estos refugiados contaban, pero el puzle completo fue tomando forma lentamente, una pieza tras otra.

Las fuerzas militares norteamericanas y filipinas de Batán habían sufrido desde el principio por la carencia de comida y medicamentos, y muy pronto se habían quedado sin munición, apoyo de artillería, apoyo aéreo, y todo lo demás. Y lo peor de todo era que aquel desastre no tenía que haberse producido. Se suponía que Batán había sido preparada precisamente para este tipo de defensa militar. Durante décadas, Estados Unidos había reconocido que en caso de una guerra contra Japón, las tropas destinadas en Luzón tendrían que retirarse a la península de Batán y esperar la llegada de refuerzos. Sin embargo, a finales de la década de los años treinta, el general Douglas MacArthur había decidido que era necesario modificar ese plan. El ejército de Filipinas creado por él y el Ejército de Estados Unidos, que ahora comandaba, destruirían al enemigo en la costa. La consecuencia de esta decisión era que Batán no contaba con suficientes suministros, ni había sido especialmente preparada por la ingeniería militar.

La actuación de MacArthur no había mejorado tras recibir las noticias de Pearl Harbor. Muchas horas después del inicio de la guerra, los aviones del enemigo habían encontrado la flota de las recién construidas Fortalezas Volantes, estacionadas en tierra, ala con ala. Los pocos aviones intactos se habían visto obligados a huir. Una vez que el Ejército Imperial de Japón entró en juego, había barrido a los ejércitos de MacArthur. Los americanos y los filipinos habían luchado hasta donde se lo permitía su nivel de entrenamiento, equipo y experiencia. El coraje en sí mismo no bastaba para frenar a un enemigo experimentado y bien equipado. Cuando MacArthur finalmente envió la orden de retirada de Batán, ya era tarde. Las unidades de combate se replegaron con mucho orden, pero se vieron obligadas a abandonar toneladas de suministros y equipamiento. Decenas de miles de soldados y marineros americanos y filipinos, así como guardias nacionales, aviadores, marines, enfermeras y hombres de la guardia costera, habían aguantado las embestidas del ejército japonés a lo largo de los últimos meses con una dieta de pan y agua. MacArthur sólo había visitado Batán en una ocasión.

Cuanto más aprendía Austin Shofner sobre Douglas MacArthur, más profundo y persistente se volvía su enfado, y no era el único. Algunos debatían acerca de quién era responsable de qué, pero él no. El capitán Shofner insistía en que el mariscal de campo, contratado para proteger a Filipinas, era el único responsable de la debacle. Otros muchos estaban de acuerdo. Le pusieron un mote: «Doug de las trincheras».

El 6 de abril se extendió el rumor de que la caída de Batán era inminente. Shofner estaba tratando de acomodar a algunos de los hombres nuevos en un barracón cuando una granada estalló en el otro extremo del edificio. La explosión reventó la puerta donde se estaba apoyando y él cayó encima de otro hombre situado a su lado. Al recuperarse, acudió al lugar de la explosión. Lo terrible de la escena le impactó. Había cinco muertos y veinticinco heridos. Con la ayuda de los demás, Shofner cargó los heridos en un camión y él mismo se encargó de conducirlo, a través de las explosiones, hasta el hospital. El Imperio disponía de cantidades interminables de granadas.

—¡Déjame morir! ¡Déjame morir! —gritó poco después un enfermero del ejército que había resultado herido, mientras Shofner intentaba colocarlo en una camilla.

El propio Shofner estuvo cerca de morir en varias ocasiones durante las siguientes horas. Las ondas expansivas les hacían perder el conocimiento a él y a sus hombres. Pasaron gran parte de su tiempo en las cuevas y los túneles, donde las sacudidas y los temblores fueron una tortura.

El 9 de abril, el día de la rendición de Batán, un puñado de desesperados trataron de llegar a Corregidor en pequeños botes. Los marines podían verlos. Los primeros disparos de la artillería del enemigo levantaron enormes géiseres de agua. Sin embargo, los japoneses afinaron la puntería poco a poco. Algunas granadas cayeron lo suficientemente cerca como para dañar uno o dos botes. Los ocupantes de éstos saltaron al agua e intentaron nadar. Había casi cuatro kilómetros entre las dos orillas. Pocos lo consiguieron. El 4° de Marines pasó la noche en alerta, esperando una invasión en cualquier momento. Lo que ya no esperaban era la ayuda de sus compatriotas. El general Wainwright, que había tomado el mando tras la partida de MacArthur, les había dicho la verdad: los estaban sacrificando.

LA NOCHE DEL 10 DE ABRIL, MANILA JOHN ESTABA EN MEDIO DEL Atlántico, a bordo del USS Heywood. Las sospechas se habían confirmado: el 7° de Marines iba a encabezar el contraataque. Junto con los camiones, los talleres mecánicos, los tanques, las unidades purificadoras de agua y los cañones antiaéreos, también iba acompañado de baterías de artillería y compañías de ingenieros[35]. También se unió a ellos el Primer Batallón de Raiders, una nueva unidad en el cuerpo diseñada para realizar operaciones tras las líneas enemigas. Colocados en la cubierta, a la intemperie, Manila John y su compañero, el sargento J. P. Morgan, habían visto los oscuros bultos de los otros buques y destructores de la escolta. Viajaban en la más completa oscuridad. La pregunta era: ¿adónde se dirigían? A lo largo del mes, se había especulado con destinos como Islandia, donde se encontraba el 2° de Marines, y Alaska. No se les había dicho nada, pero los marines sabían que navegaban hacia el sur, y ese rumbo seguramente no iba a llevarles a Europa. La sospecha de que iban a servir en el Pacífico se convirtió en certeza cuando llegaron al canal de Panamá. La pregunta, entonces, fue la siguiente: ¿dónde comenzaría la lucha contra los japoneses? Manila había caído, al igual que Guam y Wake; sólo los hombres de Corregidor seguían defendiendo sus posiciones.

NO HUBO EXAMEN FINAL. DIEZ DÍAS ATRÁS, MIKE HABÍA OÍDO DE los otros pilotos que embarcarían en breve. Minutos m

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