Prólogo
Escocia, 1100
La vigilia por la muerta había terminado.
Por fin, la mujer de Alec Kincaid iría a su descanso final. El tiempo era tan sombrío como los semblantes de los escasos miembros del clan, reunidos en el lugar de la sepultura en la cima del árido acantilado.
Helena Louise Kincaid no sería depositada en tierra sagrada, pues la flamante esposa del poderoso señor había dispuesto de su propia vida y, por lo tanto, estaba condenada a descansar fuera del cementerio cristiano. La Iglesia no permitía que el cuerpo de una persona que había cometido un pecado mortal yaciera en suelo bendito. Los jefes de la Iglesia consideraban que un alma corrupta era como una manzana podrida, y era imposible pasar por alto la posibilidad de que ese espíritu manchado contaminase a los puros.
Sobre los hombres del clan caía una lluvia intensa. El cuerpo, envuelto en el manto de los Kincaid, rojo, negro y del color de los brezos, rezumaba agua y parecía pesado cuando lo depositaron dentro de la caja nueva de pino. El mismo Alec Kincaid se ocupó de hacerlo. No permitió que nadie tocara a su esposa muerta.
El padre Murdock, el anciano sacerdote, permanecía de pie a respetable distancia de los demás. No parecía sentirse muy a sus anchas por el hecho de que no se desarrollara la ceremonia habitual: no existían plegarias destinadas a los suicidas. Por otra parte, ¿qué consuelo podría ofrecerles a los dolientes, si todos sabían que Helena iba camino del infierno? Era la misma Iglesia la que había decretado ese penoso destino. El único castigo para el suicidio era el fuego eterno.
No fue fácil para mí. Estoy de pie junto al sacerdote con expresión tan grave como la de todos los demás miembros del clan, y también elevo una plegaria, pero no por Helena, no, doy gracias al Señor por haber cumplido al fin mi cometido.
Helena tardó mucho en morir: Tuve que soportar tres días completos de agonía y de suspenso, y rogar que no abriese los ojos ni dijera la horrible verdad.
Al negarse a morir de inmediato la desposada de Kincaid me sometió a una dura prueba; claro que lo hizo para obligarme a arder por dentro. La tortura terminó cuando por fin tuve la posibilidad de asfixiarla apretando sobre su cara el manto de los Kincaid. No me llevó mucho tiempo, y Helena, ya muy débil, casi no opuso resistencia.
¡Dios, qué instante de satisfacción! Aunque me sudaban las manos por el temor de que me descubrieran, al mismo tiempo la excitación me hizo correr un estremecimiento por la espalda.
¡Cometí un asesinato sin que me descubriesen! ¡Cómo me gustaría jactarme de mi audacia! Pero sé que no puedo decir una palabra, y no me atrevo a revelar la alegría en la mirada.
Ahora observo a Alec Kincaid. El esposo de Helena está de pie junto al hoyo de la sepultura. Tiene los puños apretados a los lados y la cabeza inclinada y me pregunto si siente pena o cólera por la muerte pecaminosa de su esposa. No es fácil saber qué es lo que le pasa por la mente, pues siempre sabe ocultar sus emociones.
En realidad, no importa lo que sienta en este momento. Pasado cierto tiempo superará la muerte de su esposa. Y yo también necesito tiempo antes de desafiarlo para ocupar el lugar que me corresponde.
De improviso, el sacerdote tose con un sonido ronco y doloroso que vuelve mi atención hacia él. Tiene el aspecto de quien desea llorar, y lo observo hasta que recobra la compostura. Entonces comienza a menear la cabeza y yo sé lo que está pensando: la idea está impresa en su rostro y cualquiera puede verla.
La mujer de Kincaid los avergonzó a todos.
¡Que Dios me ayude; no debo reírme!
1
Inglaterra, 1102
Se decía que había asesinado a su primera esposa.
Papá afirmó que quizá la mujer merecía la muerte. Fue desafortunado hacer semejante afirmación frente a las hijas, y el barón Jamison se dio cuenta de su torpeza en el mismo instante en que las palabras brotaron de su boca. Desde luego, muy pronto tuvo que lamentar ese comentario tan poco piadoso.
Ya tres de las hijas del barón habían tomado en serio el espantoso rumor referido a Alec Kincaid y, por otra parte, no les importaba demasiado la opinión de su padre al respecto. Agnes y Alice, las hijas mellizas del barón, sollozaron con fuerza y al unísono de acuerdo a una costumbre irritante que tenían, mientras que la otra hermana, Mary, de carácter más dulce, rodeó con paso ágil la mesa alargada del salón grande, donde su padre se acurrucaba confundido bebiendo una copa de cerveza, procurando recobrar la calma. En medio del ruidoso coro de las mellizas, Mary intercaló una serie de observaciones escandalosas acerca del guerrero de las Tierras Altas, que llegaría al hogar de los Jamison en apenas una semana.
Queriéndolo o no, Mary provocó en las mellizas una oleada de resoplidos y chillidos. Era suficiente para acabar hasta con la paciencia del mismo demonio.
El padre intentó defender al escocés y, como solo había oído comentarios funestos e irrepetibles con respecto al carácter sombrío de aquel hombre, se vio obligado a inventar las observaciones favorables.
Pero todo fue inútil.
En efecto, fue un esfuerzo vano, pues las hijas no le prestaban la menor atención a lo que decía. No tendría que asombrarme —reconoció con un gruñido y un sonoro eructo—, pues mis ángeles nunca hacen caso de mis opiniones.
El barón no tenía la menor habilidad para calmar a sus hijas cuando se ponían así, y hasta ese momento esa incapacidad no le había preocupado en absoluto. Pero ahora le parecía fundamental imponerse, ya que no quería quedar como un tonto frente a los visitantes, fuesen escoceses o no, y si sus hijas continuaban ignorando sus órdenes, sin duda quedaría como tal.
El barón bebió otro trago de cerveza y se armó de valor. Dio un puñetazo sobre la mesa de madera para llamar la atención; y afirmó que todas esas afirmaciones sobre el escocés eran una sarta de majaderías.
Al ver que la afirmación no despertaba la más mínima reacción, ni aun atención, se dejó llevar por la cólera. Entonces pensó que si los rumores resultaban ciertos, tal vez fuese que la esposa del escocés mereciera ser víctima del crimen. «Habría comenzado como una paliza —especuló—, y, como suele ocurrir, los golpes fueron excesivos.»
Para el barón Jamison la explicación fue coherente. Y conquistó la atención de sus hijas, pero las expresiones atónitas de las muchachas no eran lo que esperaba lograr. Sus preciosos ángeles lo miraban horrorizadas, como si acabaran de ver una sanguijuela colgando de la nariz de su padre. De pronto, comprendió que lo creían loco y entonces el temperamento débil del barón explotó. Bramó que sin duda la mujer habría agotado la paciencia de su amo y señor. Y que estas muchachas irrespetuosas harían bien en aprender la lección.
La única intención del barón era inspirar el temor de Dios a sus hijas, pero comprendió que había fracasado cuando las mellizas comenzaron a gritar otra vez. Se cubrió los oídos con las manos para protegerse de ese barullo que le destrozaba los nervios, y cerró los ojos para no ver la mirada hostil que le dirigía Mary. Se hundió más aún en la silla, casi hasta que las rodillas rozaron el suelo. Con la cabeza gacha, ya perdido todo coraje, desesperado, recurrió a Herman, su fiel criado, y le ordenó que buscara a su hija menor.
El sirviente de cabellos grises pareció aliviado por la orden, hizo varios gestos de asentimiento y luego salió del salón arrastrando los pies, para cumplir la indicación del amo. El barón hubiese jurado por la Santa Cruz que, mientras salía el criado, había murmurado por lo bajo que ya era hora de que diese esa orden.
Menos de diez minutos después la tocaya del barón apareció en medio del caos y, de inmediato, el barón se irguió en la silla. Dirigió a Herman una mirada severa para indicarle que lo había oído murmurar y luego abandonó la expresión ceñuda. Al volverse a observar a su hija menor, lanzó un prolongado suspiro de alivio.
Su Jamie se haría cargo de todo.
El barón Jamison supo que estaba sonriendo y reconoció que era imposible mantener un humor agrio en presencia de Jamie.
La muchacha era un espectáculo fascinante. Era tan grato mirarla que al hacerlo un hombre olvidaba todas las preocupaciones. La presencia de Jamie era tan imponente como su belleza, ya que había heredado la hermosura de su madre. Tenía cabellos negros como el ala de un cuervo, ojos de color violeta que a su padre le recordaban la primavera, y una piel tan inmaculada como su corazón.
Si bien el barón se jactaba de amar a todas sus hijas, Jamie era su orgullo y su alegría. Cosa sorprendente, pues en realidad no era su padre carnal. La madre de Jamie fue la segunda esposa del barón. Llegó hasta él casi a punto de dar a luz a su hija. El padre de Jamie murió en el campo de batalla un mes después de casarse con la madre y de concebir a la niña.
El barón había aceptado a la niñita como propia y prohibió que se la llamara hijastra. Desde el momento en que la tuvo en los brazos la consideró su propia hija.
Jamie era la menor y la más esplendorosa de sus ángeles. Tanto las mellizas como Mary estaban dotadas de una belleza serena, esa clase de belleza que los hombres advertían con el tiempo, pero la pequeña y querida Jamie impactaba a primera vista. Se decía que la sonrisa de Jamie era capaz de hacer desmontar a un caballero... o al menos eso era lo que solía decir su padre.
Sin embargo, no existían celos entre las muchachas. Por instinto, Agnes, Alice y Mary recurrían a la hermanita menor en procura de guía en cualquier asunto de importancia. Acudían a ella casi con tanta frecuencia como el padre mismo.
En esos momentos Jamie era la verdadera señora del hogar. Desde el día del entierro de su madre, la hija menor se había hecho cargo de la dirección de la casa. Desde muy temprano demostró sus cualidades y, como al barón le agradaba el orden pero era incapaz de establecerlo, se sintió aliviado de cargar la responsabilidad sobre Jamie.
Nunca lo decepcionó. Jamie era una hija sensata y no causaba dificultades. Además, desde el día de la muerte de su madre jamás lloró. Agnes, Alice y Mary harían bien en aprender de ella, pensaba el barón. Lloraban por casi todo. El padre creía que solo el hecho de que fuesen bonitas las salvaba de ser insignificantes, y compadecía a los lores que algún día tuviesen que cargar con aquellas muchachas tan sensibles.
La que más lo preocupaba era Mary. Aunque no lo decía en voz alta, sabía que la muchacha era un poco más egoísta de lo conveniente. Ponía sus caprichos por encima de los de sus hermanas. Pero lo peor de todo era que los antepusiese a los de su padre.
Sí, Mary no solo era una preocupación sino también una embrollona. Le gustaba provocar líos por puro placer. El barón sospechaba que era Jamie la que daba a Mary ideas poco dignas de una dama, pero nunca se atrevió a expresarlo por temor a equivocarse y perder el favor de su hija menor.
Pero aunque Jamie fuese la preferida, el padre reconocía los defectos de la joven: tenía un temperamento capaz de incendiar un bosque, si bien raras veces se descontrolaba. En el carácter de la muchacha existía un matiz de obstinación. Había heredado de su madre la habilidad para curar, pero el padre prohibió esa práctica de manera expresa. No, al barón no le agradaba esa inclinación, pues tanto los siervos como los criados de la casa la distraían con frecuencia de la principal obligación de Jamie: ocuparse de la comodidad de su padre. Lo que menos le importaba al barón eran las llamadas nocturnas pues, por lo general, en esas ocasiones dormía profundamente y, en consecuencia, no lo molestaba, pero lo irritaban las interrupciones que ocurrían durante el día, cuando tenía que esperar la cena porque su hija estaba ocupada atendiendo a los heridos o a los enfermos.
Esa idea lo hizo suspirar apesadumbrado, y luego advirtió que las mellizas habían dejado de chillar. Jamie ya había capeado la tormenta. El barón Jamison indicó al mayordomo que volviese a llenarle la copa y se reclinó para observar cómo su hija continuaba ejerciendo esa magia particular.
En el instante en que entró en el salón, Agnes, Alice y Mary se precipitaron hacia la hermana menor y cada una trataba de darle su propia versión de la historia.
Jamie no hallaba ni pies ni cabeza en los relatos que oía.
—Venid, sentaos a la mesa, junto a papá —sugirió con su característica voz grave—. Así podremos resolver el problema como una familia —agregó con sonrisa alentadora.
—Esta vez es más que un problema —gimió Alice, enjugándose las lágrimas—. Jamie, no creo que podamos resolverlo. De verdad, no lo creo.
—En esta ocasión la culpa es de papá —murmuró Agnes. La menor de las mellizas arrastró un taburete junto a la mesa, se sentó, y dirigió al padre una mirada feroz—. Como siempre, es culpa de él.
—Esto no es culpa mía —se quejó el barón—. Señorita, ya puedes dejar de mirarme así. No hago otra cosa que obedecer una orden de mi rey.
—Papá, por favor, no te inquietes —le advirtió Jamie, dándole al padre una palmada en la mano para luego volverse hacia Mary—. Tú pareces la más controlada. Agnes, por favor, deja de sollozar, así puedo escuchar qué es lo que ha sucedido. Mary, ¿puedes explicármelo, por favor?
—Ha llegado una carta del rey Henry —respondió Mary. Se detuvo para apartar un mechón de cabello castaño claro sobre el hombro y luego apoyó las manos sobre la mesa—. Al parecer, nuestro rey está otra vez disgustado con papá.
—¿Disgustado? ¡Mary, está furioso! —intervino Agnes.
Mary asintió y luego prosiguió:
—Papá no le envió el dinero de los impuestos —informó, mirando ceñuda a su padre—. El rey quiere dar un escarmiento a través de nuestro padre.
Las mellizas dirigieron a un tiempo miradas hostiles al padre y Jamie dejó escapar un suspiro de fatiga.
—Por favor, Mary, prosigue —pidió—. Quiero oírlo todo.
—Bien, desde que el rey Henry se casó con esa princesa escocesa... ¿Cómo se llamaba, Alice?
—Matilda.
—Sí, Matilda. ¡Señor, cómo he podido olvidar el nombre de nuestra reina!
—A mí me parece fácil explicar cómo lo has olvidado —dijo Agnes—. Papá nunca nos ha llevado a la corte y jamás hemos tenido una sola visita importante. Estamos aquí, aisladas como leprosas, en medio de la nada.
—Agnes, te desvías del tema —afirmó Jamie, en tono cargado de impaciencia—. Mary, continúa.
—Bien, parece que el rey Henry quiere que todas nos casemos con escoceses —afirmó Mary.
Alice sacudió la cabeza.
—No, Mary. No quiere que todas nos casemos con escoceses sino solo una de nosotras. Y ese bárbaro viene a elegir entre nosotras. ¡Que Dios me ampare, es tan humillante!
—¿Humillante? Cualquiera de nosotras que resulte elegida sin duda se encaminará a la muerte, Alice. Si ese hombre mató a una esposa es probable que mate a otra. Y eso, hermana, es algo más que humillante —dijo Mary.
—¿Qué? —exclamó Jamie, apabullada por lo que decía su hermana.
Alice, sin hacer caso de la exclamación de Jamie, intervino:
—He oído decir que la primera esposa se mató.
—¡Papá!, ¿cómo pudiste? —gritó Mary, con una expresión que insinuaba que quería matar a su padre, pues tenía el rostro sonrojado y las manos apretadas entre sí—. ¡Sabías que el rey se enfadaría si no pagabas los impuestos! ¿Acaso no pensaste en las consecuencias?
—Alice, por favor, baja la voz. Los gritos no cambiarán la situación —dijo Jamie—. Nosotras ya sabemos que papá es muy olvidadizo. Es probable que hasta haya olvidado enviar el dinero de los impuestos. ¿No fue así, papá?
—Algo así, mi ángel —se defendió el barón.
—¡Oh, Dios mío! Gastó las monedas —gimió Alice.
Jamie alzó la mano pidiendo silencio.
—Mary, termina la explicación antes de que yo comience a gritar.
—Jamie, tienes que entender lo difícil que resulta para nosotras enfrentarnos con semejante atrocidad. Sin embargo, me propongo ser fuerte y explicártelo todo, pues veo que estás confundida.
Mary enderezó los hombros tomándose su tiempo, y Jamie sintió deseos de sacudirla, pues estaba agotándosele la paciencia. Pero sabía que sería inútil pues a Mary le agradaba estirar los relatos, cualesquiera que fuesen las circunstancias.
—¿Y? —la instó.
—Según tengo entendido, la semana próxima vendrá aquí un bárbaro de las Tierras Altas y elegirá a una de nosotras, Agnes, Alice o yo, como segunda esposa. Tú no estás incluida en esto, Jamie. Papá nos dijo que nosotras éramos las únicas mencionadas en la carta del rey.
—Estoy segura de que no mató a su primera esposa —dijo Alice—. La cocinera dice que la mujer se suicidó —agregó, persignándose.
Agnes sacudió la cabeza.
—No, yo pienso que la asesinaron. No creo que se suicidara, por malo que fuese su esposo con ella, sabiendo que si lo hacía pasaría la eternidad en el infierno.
—¿Supones que pudo haber muerto por accidente? —sugirió Alice.
—Se dice que los escoceses son torpes —dijo Mary, encogiéndose de hombros.
—Y tú das crédito a cualquier comadreo que escuchas —dijo Jamie en tono duro—. Mary, explícame qué significa que elegirá —agregó, tratando de ocultar el horror que sentía.
—Elegir a la novia, claro. ¿Acaso no has escuchado, Jamie? Nosotras no tenemos voz en la cuestión, y los contratos ya están preparados para cuando haga la elección.
—Tendremos que desfilar ante ese monstruo como si fuéramos caballos —gimió Agnes.
—¡Oh, casi lo olvidaba! —exclamó Mary—. Edgar, el rey escocés, también apoya este matrimonio, Jamie. Nos lo ha dicho papá.
—Eso significa que este lord tiene que obedecer al rey y tampoco debe de querer casarse —dijo Alice.
—¡Oh, Señor, no había pensado en eso! —barbotó Alice—. Si no quiere casarse, tal vez mate a la novia antes aun de llegar a su hogar, dondequiera que sea.
—Agnes, ¿quieres intentar calmarte? Estás gritando otra vez —murmuró Jamie—. Si sigues así, te arrancarás todo el pelo. Por otra parte, no puedes saber si las circunstancias de la muerte de su esposa son ciertas o no.
—Es un Kincaid, Jamie, y es un asesino. Papá dijo que golpeó a la primera esposa hasta matarla —advirtió Agnes.
—¡Yo no he dicho tal cosa! —vociferó el barón—. Solo insinué...
—Emmett nos dijo que la arrojó por un acantilado —intervino Mary, y tamborileó con los dedos sobre la mesa mientras aguardaba la reacción de Jamie.
—Emmett no es más que un mozo de cuadra, y bastante holgazán, por cierto —replicó Jamie—. ¿Por qué haces caso de sus cuentos?
Jamie aspiró profundamente tratando de aquietar el estómago revuelto. El miedo de sus hermanas era contagioso e intentó luchar contra él. Sintió que un estremecimiento le recorría la espalda, pero sabía que no debía expresar sus temores, pues si lo hacía volvería a desatarse el manicomio.
Las hermanas, con expresiones confiadas, la contemplaban expectantes, ya que habían dejado caer el problema sobre ella y esperaban que Jamie diese con la solución.
Jamie no quería fallarles.
—Papá, ¿existe algún modo de aplacar a nuestro rey? ¿No podrías enviarle el dinero de los impuestos y agregar algo más para calmar su enfado?
El barón Jamison movió la cabeza.
—Tendría que volver a cobrar los tributos, y sabes tan bien como yo que los siervos están agobiados por sus propios problemas. Por otra parte, la cosecha de cebada no fue buena. No, Jamie, no puedo volver a pedirles.
Jamie hizo un gesto de asentimiento y trató de ocultar la decepción. Esperaba que aún quedara algo de lo reunido, pero la respuesta del padre confirmó su temor de que ya se hubiese gastado todo.
—Emmett dice que papá ya ha gastado todas las monedas —murmuró Mary.
—Emmett es como una vieja chismosa —replicó Jamie.
—Sí —confirmó el padre—. Siempre está deformando la verdad. No hay que hacer caso de sus desvaríos.
—Papá, ¿por qué me han excluido? —preguntó Jamie—. ¿Acaso el rey ha olvidado que tienes cuatro hijas?
—No, no —se apresuró a aclarar el barón, y volvió la mirada hacia la copa por temor a que su hija menor leyera la verdad en sus ojos. El rey Henry no había excluido a Jamie, ya que en la carta decía «hijas». Fue el barón Jamison el que decidió excluirla por miedo de no poder vivir sin los cuidados de su hija menor. Y pensó que el plan era muy astuto—. El rey solo se refirió a las hijas de Maudie.
—Bueno, para mí, eso no tiene sentido —señaló Agnes entre suspiros y resoplidos.
—Quizá sea porque Jamie es la menor —sugirió Mary, y agregó, encogiéndose de hombros—: ¿Quién puede saber qué hay en la mente del rey? Jamie, alégrate de no estar incluida en la orden. ¡Si fueses la elegida no podrías casarte con tu Andrew!
—Es por eso —intervino Agnes—. El barón Andrew es muy poderoso y está bien relacionado: él nos lo dijo. Debe de haber convencido al rey. Jamie, todos sabemos lo enamorado que está de ti.
—Esa podría ser la razón —musitó Jamie—. Si Andrew es tan poderoso como afirma serlo...
—Yo no creo que en realidad Jamie quiera casarse con Andrew —dijo Mary a las mellizas—. No me mires así, Jamie; pienso que ni siquiera te gusta.
—A papá le agrada —dijo Agnes. Miró ceñuda a su padre y agregó—: Apuesto a que eso se debe a que Andrew prometió vivir aquí, y así Jamie podría seguir esclavizándose a...
—¡Vamos, Agnes, no empieces otra vez con eso! —suplicó Jamie.
—No entiendo por qué te parece tan terrible que quiera conservar a Jamie después de casarse —murmuró el barón.
—Al parecer, tú no entiendes nada —murmuró Mary.
—¡Fíjate en lo que dices, jovencita! —replicó el hombre—. No permitiré que me hables de manera tan irrespetuosa.
—Yo conozco el motivo verdadero —dijo Alice—, y se lo diré a Jamie: Andrew le pagó a papá tu dote, Jamie, y...
—¿Qué dices? —exclamó Jamie, y estuvo a punto de levantarse de un salto—. Alice, estás equivocada. Los caballeros no entregan dote. Papá, no aceptaste dinero de Andrew, ¿verdad?
El barón Jamison no respondió. Parecía muy concentrado en agitar la cerveza en la copa.
El silencio lo condenaba.
—¡Oh, Dios! —susurró Mary—. Alice, ¿comprendes acaso lo que estás insinuando? ¡Si lo que dices fuese cierto, significaría que nuestro padre vendió a Jamie a Andrew!
—¡Vamos, Mary, no enfurezcas a Jamie! —advirtió el barón.
—Yo no he dicho que papá vendiera a Jamie a Andrew —dijo Alice.
—Lo hiciste —repuso Mary.
—Yo dije que Andrew le dio a papá un saco lleno de monedas de oro.
Jamie sintió que la cabeza le latía. Estaba decidida a llegar al fondo de esa cuestión de las monedas, por mucho tiempo que le llevara y a pesar del dolor de cabeza. ¡Vendida...! La sola idea le revolvía el estómago.
—Papá, de verdad no aceptaste monedas por mí, ¿no es cierto? —preguntó, sin poder ocultar el temor que traslucía su voz.
—No, claro que no, mi ángel.
—Papá, ¿sabes que solo nos llamas tus ángeles cada vez que haces algo vergonzoso? —gimió Agnes—. Dios es testigo de que comienzo a odiar ese nombre cariñoso.
—¡Os aseguro que vi a Andrew dando a papá esas monedas! —insistió Alice.
—Me pregunto cómo sabías lo que había dentro del saco —arguyó Mary—. ¿Acaso tienes una visión especial?
—Dejó caer el saco y algunas monedas se cayeron —exclamó Alice.
—Fue solo un pequeño préstamo —bramó el padre para concitar la atención de las hijas—. Dejad ya de decir que he vendido a mi niñita.
Los hombros de Jamie se relajaron de alivio.
—¿Lo ves, Alice? Solo se trató de un préstamo que Andrew le hizo a papá. Me has hecho preocupar por nada. Y ahora, ¿podemos volver al problema original?
—Otra vez papá tiene una expresión culpable —advirtió Mary.
—Claro que tiene expresión culpable —dijo Jamie—. No es necesario que le frotes sal en la herida. Estoy segura de que se siente bastante mal.
El barón Jamison dedicó una sonrisa a su hija en agradecimiento por defenderlo.
—Eres mi angelito bueno —la alabó—. Bien, Jamie, quiero que te escondas cuando lleguen los escoceses. No tiene sentido tentarlos con algo que no podrán obtener.
El barón no advirtió el desliz hasta que Alice se lo hizo notar.
—¿Los escoceses, papá? Te refieres a más de uno. ¿Eso significa que ese demonio llamado Kincaid traerá a otros consigo?
—Quizá traiga a la familia para que presencie el matrimonio —le sugirió Agnes a su gemela.
—¿Eso es todo? —le preguntó Jamie al padre. Se esforzaba por concentrarse en el problema, pero su mente estaba fija en el tema de las monedas de oro. ¿Por qué su padre había aceptado un préstamo de Andrew?
El barón tardó en responder.
—Papá, tengo la sensación de que hay algo que no quieres decirnos —lo instó Jamie.
—¡Por Dios! —exclamó Mary—. ¿Crees que hay más?
—Papá, ¿qué otra cosa nos ocultas? —gritó Alice.
—¡Dilo, papá! —exigió Agnes.
Jamie volvió a pedir silencio. Ansiaba aferrar la chaqueta gris de su padre y sacudirlo para que hablara. Sentía que su temperamento comenzaba a bullir.
—¿Podría leer la carta del rey? —preguntó.
—En realidad, tendríamos que haber aprendido a leer y a escribir cuando mamá comenzó a enseñarnos —señaló Agnes lanzando un suspiro apesadumbrado.
—¡Tonterías! —se burló Alice—. Una dama noble no necesita instrucción. Lo que de verdad tendríamos que haber aprendido es esa espantosa lengua galesa, como Jamie —afirmó—. Sabes que no pretendo ofenderte, Jamie —se apresuró a aclarar al ver el entrecejo fruncido de la hermana—. Lo cierto es que yo quería aprender ju
