El aries que vivía peligrosamente
Antes de que a alguien se le ocurra preguntarlo, soy una chica normal.
Bueno, chica… Tengo ya treinta y cinco años, pero no hay que olvidar que hoy en día la juventud es un estado de ánimo, no una cuestión de registro civil.
Definir la normalidad es, sin embargo, harina de otro costal…
Como todas las chicas (en el sentido amplio del término) normales, deseo la felicidad y, también en este caso, «la normalidad» consiste en encontrar-al-hombre-adecuado-y-casarse-lo-antes-posible. Casi tan fácil como decir supercalifragilisticoespialidoso.
Pero yo no tiro la toalla y, dado que en la vida no hay que tener prejuicios, esta noche he decidido buscar a Don Perfecto en una cita rápida.
Es algo así como participar en El precio justo o en el viejo Juego de las parejas, solo que, dado que estamos en 2015, todo se desarrolla a una velocidad supersónica.
Trescientos segundos para comprender si vale la pena frecuentar a la persona que tienes delante y, en caso contrario, adiós muy buenas.
Hay que ser espabiladas, listas, artistas de la comunicación rápida, histriónicas vendedoras a domicilio, lo necesario para hacernos merecedoras del premio final.
Pocas preguntas pero precisas. Las necesarias para encontrar a Don Perfecto o, en su defecto, a sus sucedáneos.
La maniática de los archivadores en forma de acordeón preguntará por el trabajo, con el riesgo de tener que soportar trescientos segundos de monólogo sobre sofás modulares o sobre el funcionamiento —¡qué interesante!— de las descargas de alta velocidad. La más fantasiosa se tirará de cabeza a los hobbies y, pese a que reconozco que saber si el tipo en cuestión colecciona insectos raros o fabrica relojes de cuco puede ser útil (y, a buen seguro, me ahorraría algo de tiempo), yo prefiero hacerle otra pregunta.
La fundamental. La única que tiene de verdad sentido para mí.
«¿De qué signo eres?».
Antes de que me cataloguéis de loca o de hippy New Age sin remedio, debéis saber que la práctica de la discriminación astrológica puede ayudar bastante a hacer una primera y amplia criba. Conocer las características básicas de los signos zodiacales e identificarlas después en los hombres que te presentan ayuda a sortear los timos.
El tipo que tengo delante, sin ir más lejos, con su tez marrón tipo Los vigilantes de la playa y el aire rudo del vaquero que nunca pide nada, es, a todas luces, aries.
Nada más entrar me percaté de sus hombros anchos y su culito musculoso.
Lo habría aceptado sin pensármelo dos veces si fuera una de esas mujeres que se dejan engatusar por los torsos tonificados. Quiero decir que una, al menos una vez en la vida, también se concede una vuelta en tiovivo con un tipo que, si bien no es el más brillante de los oradores ni ve ninguna película en que no haya un mínimo de tres tiroteos y cuente con la participación de Rambo o, cuando menos, de Steven Seagal, tiene una cara B que haría palidecer de envidia al David de Miguel Ángel.
Así que remoloneo con el bolígrafo al lado de su nombre, tentada de ponerle un asterisco en lugar de tacharlo mientras él me describe sus proezas viriles consistentes en escaladas, rafting y submarinismo en unos atolones cuyo nombre no he oído en mi vida.
Guay.
El problema es que, si saliera con él, debería participar en todas esas actividades, porque los aries no templan sus extremidades en extenuantes, pero seguras, sesiones de gimnasio, sino practicando unos deportes que definir como extremos sería como decir que Nadia Comăneci daba alguna que otra voltereta.
Es evidente que, de esa forma, podría admirar a menudo su trasero. Quizá en el curso de una larga cordada en la montaña, justo ante
