Un domingo como otro cualquiera

Liane Moriarty

Fragmento

libro-4

1

Esta historia comienza con una barbacoa —dijo Clementine. El micrófono amplificaba y regulaba su voz, haciéndola más autoritaria, como si la hubiesen trucado—. Una barbacoa en un patio trasero corriente de un barrio corriente.

Bueno, no era precisamente un patio trasero «corriente», pensó Erika. Cruzó las piernas, metió un pie por detrás del tobillo y sorbió con la nariz. Nadie calificaría como corriente el patio trasero de Vid.

Erika estaba sentada en el centro de la última fila de butacas del salón de actos contiguo a aquella biblioteca tan elegantemente reformada de un barrio residencial a cuarenta y cinco minutos de la ciudad, no a treinta, que quede claro, como había indicado la persona de la empresa de taxis de la que podría pensarse que era algo así como una experta en el asunto.

Habría quizá unas veinte personas en el público, aunque habían dispuesto sillas plegables para el doble de gente. La mayor parte del público estaba compuesta por ancianos con rostros animados y expectantes. Se trataba de ciudadanos de la tercera edad inteligentes y bien informados que se habían acercado esa mañana de lluvia (otra vez, ¿terminaría en algún momento?) para hacerse con nueva y fascinante información en la «Reunión sobre asuntos comunitarios» de su barrio. «Hoy ha hablado una mujer de lo más interesante», querían contarles a sus hijos y sus nietos.

Antes de llegar, Erika había consultado la página web de la biblioteca para ver qué decía sobre la charla de Clementine. El anuncio era escueto y no daba mucha información: «Ven a escuchar la historia de esta madre y conocida violonchelista de Sídney, Clementine Hart: “Un día como otro cualquiera”».

¿De verdad era Clementine una «conocida» violonchelista? Eso le parecía algo exagerado.

La entrada de cinco dólares para el evento de ese día incluía dos ponentes, un delicioso desayuno casero y la oportunidad de ganar un premio con el número del tique. El orador que intervendría detrás de Clementine iba a hablar sobre el polémico plan de remodelación de la piscina municipal. Erika oía el lejano y leve tintineo de las tazas y platos que estaban colocando para el desayuno. Sostenía en su regazo el endeble tique para el sorteo del premio. No iba a molestarse en meterlo en el bolso para, después, tener que buscarlo cuando hicieran la rifa. Azul, E 24. No tenía aspecto de ser un tique ganador.

La señora que estaba sentada justo delante de Erika tenía su cabeza de pelo canoso y rizado inclinada hacia un lado con gesto concentrado y empático, como si estuviese dispuesta a estar de acuerdo con todo lo que Clementine tuviese que decir. La etiqueta de la blusa le salía por fuera. Talla cuarenta y dos. Almacenes Target. Erika estiró la mano y se la bajó.

La señora giró la cabeza.

—La etiqueta —susurró Erika.

La señora le dio las gracias con una sonrisa y Erika vio cómo la nuca se le volvía de un rosa pálido. Un hombre más joven que estaba sentado a su lado, su hijo quizá, que parecía rondar los cuarenta y tantos años, tenía un código de barras tatuado en la parte posterior de su bronceado cuello, como si fuese un artículo de supermercado. ¿Se suponía que eso era gracioso? ¿Irónico? ¿Simbólico? Erika quiso decirle que, en realidad, resultaba estúpido.

—Era un domingo como otro cualquiera, una tarde corriente —dijo Clementine.

Evidente repetición de la palabra «corriente». Clementine debía de haber decidido que era importante resultar «cercana» para aquellas personas corrientes de aquel barrio corriente. Erika se imaginó a Clementine sentada a la mesa de su pequeño comedor o, quizá, en el antiguo escritorio sin restaurar de Sam, en su desvencijada pero elegante casa adosada de piedra con sus «pequeñas vistas al agua», escribiendo su discurso dirigido a la comunidad mientras mordía el extremo de su bolígrafo y se colocaba su abundante pelo moreno por encima del hombro para acariciarlo de esa forma tan suya, sensual y ligeramente presumida, como si fuese Rapunzel diciéndose a sí misma: «Corriente».

«De verdad, Clementine, ¿cómo vas a conseguir que la gente corriente te comprenda?».

—Era a comienzos del invierno. Un día frío y lúgubre —añadió Clementine.

Pero ¿qué mier…? Erika se removió en su asiento. Había sido un día precioso. Un día «espléndido». Esa era la palabra que Vid había usado.

O posiblemente «glorioso». En fin, algo por el estilo.

—Era un día de auténtico frío —continuó Clementine y, de hecho, se estremeció con un gesto teatral y, desde luego, innecesario, pues aquella sala estaba caldeada, tanto que un hombre que estaba sentado pocas filas delante de la de Erika parecía haberse quedado dormido. Tenía las piernas extendidas hacia delante y las manos cómodamente agarradas por encima de su vientre, la cabeza inclinada hacia atrás como si se estuviera echando una siesta sobre una almohada invisible. Quizá estuviese muerto.

Puede que el día de la barbacoa hiciese frío, pero, desde luego, no era sombrío. Erika sabía que las declaraciones de los testigos no eran de fiar porque la gente pensaba que simplemente tenían que apretar el botón de rebobinado de la pequeña grabadora que tenían instalada en la cabeza cuando, en realidad, construían sus recuerdos. «Creaban sus propios relatos». Y así, cuando Clementine rememoraba la barbacoa, recordaba un día frío y sombrío. Pero Clementine se equivocaba. Erika recordaba (lo recordaba; para nada estaba construyendo el recuerdo) que la mañana de la barbacoa Vid se había inclinado sobre la ventanilla de su coche. «¿No hace un día espléndido?», había dicho.

Erika estaba bien segura de que eso era lo que él había dicho.

O quizá dijese «glorioso».

Pero era una palabra con connotaciones positivas. Estaba segura.

(Ojalá Erika le hubiese respondido: «Sí, Vid, desde luego que hace un día espléndido/glorioso» y hubiera vuelto a poner el pie sobre el acelerador).

—Recuerdo que había abrigado demasiado a mis hijas —continuó Clementine.

Probablemente fue Sam quien vistiera a las niñas, pensó Erika.

Clementine se aclaró la garganta y se agarró a los lados del atril con ambas manos. El micrófono le quedaba muy alto, y parecía como si estuviese de puntillas para tratar de acercar la boca lo suficiente. Tenía el cuello estirado, lo que acentuaba la nueva delgadez de su rostro.

Erika consideró la posibilidad de abrirse paso discretamente por el lateral del salón y acercarse rápidamente para ajustarle el micrófono. Solo tardaría un segundo. Se imaginó a Clementine mirándola con una sonrisa de agradecimiento. «Gracias a Dios que has hecho eso», le diría después mientras tomaban un café. «La verdad es que me has salvado».

Solo que, en realidad, Clementine no quería que Erika estuviese presente ese día. A Erika no se le había pasado por alto la expresión de horror que apareció en el rostro de Clementine cuando sugirió que quería acercarse a oír su charla, aunque Clementine se había recompuesto rápidamente y le había dicho que vale, que qué bien, que qué detalle, que podrían tomar un café después en un restaurante del centro comercial.

—Había sido una invitación de última hora —prosiguió Clementine—. La barbacoa. No conocíamos muy bien a nuestros anfitriones. Eran…, bueno, amigos de amigos. —Bajó la mirada hacia el atril, como si hubiese perdido el hilo. Había llevado un pequeño montón de fichas escritas a mano al subir al atril. Había algo desgarrador en aquellas tarjetas, como si Clementine hubiese recordado aquel pequeño consejo de sus clases de oratoria en el instituto. Debió cortarlas con tijeras. No las del mango nacarado de su abuela. Esas habían desaparecido.

Resultaba extraño ver a Clementine «en escena», por así decir, sin su violonchelo. Tenía un aspecto de lo más convencional, con sus vaqueros azules y su «bonita» camiseta de flores. El atuendo de una madre de barrio residencial. Clementine tenía unas piernas demasiado cortas como para llevar vaqueros y lo parecían aún más con aquellas bailarinas que se había puesto. En fin, las cosas como son. Su aspecto era casi —aunque pareciera una deslealtad usar esa palabra para referirse a Clementine— desaliñado cuando había subido al atril. Cuando actuaba, se levantaba la melena, se ponía tacones y vestía toda de negro: faldas largas de tejidos vaporosos, lo suficientemente anchas como para poder colocarse el violonchelo entre las piernas. Ver a Clementine sentada con la cabeza inclinada tierna y apasionadamente sobre el violonchelo, como si lo estuviese abrazando, con un largo mechón de pelo cayendo casi por encima de las cuerdas, con el brazo flexionado en ese ángulo extraño y geométrico, resultaba siempre muy sensual, muy exótico, muy diferente a Erika. Cada vez que veía actuar a Clementine, incluso después de tantos años, Erika experimentaba de manera inevitable una sensación parecida a la de pérdida, como si deseara conseguir algo inalcanzable. Siempre había supuesto que esa sensación representaba algo más complicado e interesante que la envidia, pues ella no tenía ningún interés en tocar ningún instrumento musical, pero puede que no fuese así. Quizá todo fuera cuestión de envidia.

Ver a Clementine dar esta pequeña, vacilante y, desde luego, inútil charla en este pequeño salón que daba al concurrido aparcamiento del centro comercial en lugar de en las silenciosas salas de conciertos de techos altísimos donde normalmente actuaba provocaba en Erika la misma satisfacción bochornosa que sentía al ver a una estrella de cine en una revista barata sin maquillar: al final, no eres tan especial.

—Estábamos seis adultos ese día —continuó Clementine. Se aclaró la garganta, se balanceó hacia atrás sobre sus talones y, a continuación, volvió a balancearse hacia delante—. Seis adultos y tres niños.

Y un perrito que no paraba de ladrar, pensó Erika. «Guau, guau, guau».

—Como decía, no conocíamos mucho a nuestros anfitriones, pero lo estábamos pasando todos muy bien. Estábamos disfrutando.

Tú estabas disfrutando, pensó Erika. Tú.

Recordó cómo las claras y tintineantes carcajadas de Clementine se elevaban y disminuían al unísono con la risa grave de Vid. Vio cómo los rostros de la gente entraban y salían de las oscuras sombras, sus ojos como pozos negros, con repentinos destellos de los dientes.

Habían tardado demasiado tiempo esa tarde en encender las luces de exterior de aquel absurdo patio trasero.

—Recuerdo que en un momento dado se oyó música —dijo Clementine. Bajó los ojos hacia el atril que tenía delante y, después, los levantó de nuevo, como si hubiese visto algo en el lejano horizonte. Su mirada carecía de expresión. Ya no parecía una madre de barrio residencial—. Después de un sueño, del compositor francés Gabriel Fauré. —Por supuesto, lo pronunció con buen acento francés—. Es una hermosa pieza musical. Hay en ella una tristeza exquisita.

Se detuvo. ¿Había notado el ligero movimiento en los asientos, la incomodidad en su público? «Tristeza exquisita» no era la expresión adecuada para aquel público: demasiado excesivo, demasiado afectado. Clementine, querida mía, somos demasiado corrientes para tus intelectualoides referencias a compositores franceses. En fin, también sonó esa noche November Rain, de los Guns N’ Roses. No tan afectados.

¿No había estado el sonido de November Rain relacionado de algún modo con la revelación de Tiffany? ¿O fue antes? ¿Exactamente cuándo contó Tiffany su secreto? ¿Fue cuando la tarde había empezado a licuarse y disolverse?

—Habíamos estado bebiendo —continuó Clementine—. Pero nadie se había emborrachado. Quizá un poco achispados.

Sus ojos miraron a los de Erika, como si todo el tiempo hubiese sabido exactamente dónde estaba sentada y hubiera estado evitando mirarla, pero ahora estuviera tomando la decisión deliberada de buscarla. Erika le devolvió la mirada y trató de sonreír, como una amiga, la mejor amiga de Clementine, la madrina de sus hijas, pero sentía que la cara se le había paralizado, como si hubiese sufrido un derrame cerebral.

—En fin, era la última hora de la tarde y todos estábamos a punto de tomar el postre. Todos nos estábamos riendo —dijo Clementine. Dejó de mirar a Erika para dirigir sus ojos a otra persona del público que estaba en la primera fila y aquello le pareció despectivo, incluso cruel—. Por algo. No recuerdo qué.

Erika se sintió mareada, con una sensación de claustrofobia. Aquella sala se había vuelto insoportablemente sofocante.

De repente, la necesidad de salir se hizo acuciante. Ya estamos, pensó. Ya estamos otra vez. Reacción de lucha o huida. Activación de su sistema nervioso simpático. Un cambio en los componentes químicos de su cerebro. Eso era. Perfectamente natural. Trauma infantil. Había leído todas las publicaciones. Sabía exactamente qué le estaba pasando, pero el saberlo no cambiaba nada. Su cuerpo siguió adelante y la traicionó. El corazón se le aceleró. Las manos le temblaban. Podía oler su infancia, un olor denso y real en sus orificios nasales: humedad, moho y vergüenza.

«No combatas el pánico. Afróntalo. Flota por él», le había dicho su psicóloga.

Su psicóloga era excepcional, valía cada céntimo que le pagaba, pero, por el amor de Dios, no se puede flotar cuando no hay espacio por ningún sitio, por encima, por debajo, cuando no se puede dar un paso sin sentir la mullida elasticidad de algo que se pudre bajo tus pies.

Se levantó, se tiró de la falda, que se le había quedado pegada por la parte posterior de las piernas. El tipo del código de barras giró la cabeza hacia ella. La compasiva preocupación de sus ojos le provocó una pequeña conmoción. Fue como mirar los ojos desconcertantemente inteligentes de un simio.

—Lo siento —susurró Erika—. Tengo que… —Señaló hacia su reloj y arrastró los pies de lado mientras pasaba junto a él, intentando no darle en la parte posterior de la cabeza con la chaqueta.

Cuando llegó al fondo de la sala, Clementine dijo:

—Recuerdo que hubo un momento en que mi amiga me llamó gritando. Un sonido tan fuerte que nunca lo olvidaré.

Erika se detuvo con la mano sobre la puerta, de espaldas a la sala. Clementine debía de haberse inclinado sobre el micrófono porque, de repente, su voz inundó la sala:

—Gritó: «¡Clementine!».

Clementine había sido siempre una imitadora excelente. Como intérprete de música, tenía oído para las entonaciones exactas en las voces de las personas. Erika pudo oír el auténtico terror y la aguda urgencia en esa única palabra. «¡Clementine!».

Sabía que ella era la amiga que había gritado el nombre de Clementine esa noche, pero no tenía recuerdo alguno de ello. No había más que un espacio en blanco puro en el lugar donde ese recuerdo debería estar alojado, y, si no podía recordar un momento así, bueno…, era indicativo de un problema, una anomalía, una discrepancia; una discrepancia extremadamente significativa y preocupante. La oleada de pánico llegó a su punto álgido y casi la hizo caer al suelo. Empujó el pomo de la puerta y salió tambaleándose a la incesante lluvia.

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2

Así que ha estado en una reunión —dijo el taxista que llevaba a Erika de vuelta a la ciudad. La miró con una sonrisa paternal por el espejo retrovisor, como si le pareciera encantadora la forma como trabajaban ahora las mujeres, vestidas con trajes, casi como si fuesen mujeres de negocios de verdad.

—Sí —respondió Erika. Agitó con fuerza su paraguas sobre el suelo del taxi—. Mantenga los ojos en la carretera.

—¡Sí, señora! —El taxista se golpeó la frente con dos dedos con un fingido saludo militar.

—La lluvia —añadió Erika a la defensiva. Señaló hacia las gotas de lluvia que golpeaban con fuerza contra el parabrisas—. Carreteras resbaladizas.

—Acabo de llevar a un pavo al aeropuerto —dijo el taxista. Dejó de hablar mientras cambiaba de carril, con una mano sobre el volante y el otro brazo colgando con despreocupación por el respaldo del asiento, dejando a Erika con la imagen de un gran pavo de verdad sentado en el asiento de atrás del taxi—. Decía que toda esta lluvia tiene que ver con el cambio climático. Yo le he dicho: Oiga, amigo, no tiene nada que ver con el cambio climático. ¡Es La Niña! ¿Sabe lo que es La Niña? ¿El Niño y La Niña? ¡Fenómenos naturales! Lleva pasando miles de años.

—Cierto —contestó Erika. Deseó que Oliver estuviera allí. Él habría continuado la conversación por ella. ¿Por qué los taxistas se empeñaban tanto en dar lecciones a sus pasajeros?

—Sí. La Niña —repitió el taxista, con cierta entonación mexicana. Estaba claro que le gustaba decir La Niña—. Así que hemos batido el récord, ¿eh? El periodo más largo de días consecutivos lloviendo en Sídney desde 1932. ¡Bravo por nosotros!

—Sí —repuso Erika—. Bravo por nosotros.

Era 1931. Nunca olvidaba un número, pero no había necesidad de corregirle.

—Creo que sabrá usted que fue en 1931 —dijo al fin. No pudo evitarlo. Era un defecto de su carácter. Lo sabía.

—Sí, eso es. 1931 —respondió el taxista como si fuese eso lo que él había dicho desde el principio—. Antes habían sido veinticuatro días en 1893. ¡Veinticuatro días lloviendo sin parar! Esperemos que no superemos también ese récord, ¿eh? ¿Cree que pasará?

—Esperemos que no —contestó Erika. Se pasó un dedo por la frente. ¿Era sudor o lluvia?

Se había calmado mientras esperaba al taxi bajo la lluvia en la puerta de la biblioteca. Su respiración volvía a ser regular, pero el estómago seguía sacudiéndose y agitado y ella se sentía exhausta, agotada, como si hubiese corrido una maratón.

Sacó el teléfono y le escribió a Clementine: «Lo siento, he tenido que salir corriendo, problema en el trabajo, has estado fantástica, hablamos luego. E».

Cambió «fantástica» por «estupenda». Fantástica era exagerado. También inexacto. Pulsó «Enviar».

Había sido un error dedicar un valioso tiempo de su jornada laboral a ir a escuchar la charla de Clementine. Solo había ido para dar su apoyo y porque quería clasificar sus sentimientos sobre lo que había ocurrido de forma ordenada. Era como si su recuerdo de aquella tarde fuese un trozo de una película antigua y alguien hubiese cogido unas tijeras y cortado algunos fotogramas. Ni siquiera eran fotogramas completos. Eran tiras. Finas tiras de tiempo. Ella solo quería rellenar esos huecos sin tener que confesar ante nadie: «No lo recuerdo todo».

Apareció ante ella una imagen de su propio rostro reflejado en el espejo de su baño, sus manos temblando con intensidad mientras trataba de romper por la mitad aquella pastillita amarilla con la uña del pulgar. Sospechaba que las lagunas de su memoria estaban relacionadas con la pastilla que se había tomado esa tarde. Pero se la habían recetado. No era como si se hubiese metido un éxtasis antes de ir a una barbacoa.

Recordó que se sintió rara, un poco distante, antes de que fueran a la barbacoa en la casa de al lado, pero eso seguía sin explicar las lagunas. ¿Demasiado alcohol? Sí. Demasiado alcohol. Reconócelo, Erika. El alcohol te había afectado. Estabas «borracha». A Erika le costaba creer que esa palabra pudiese aplicarse a ella, pero parecía que ese era el caso. No había duda de que se había emborrachado por primera vez en su vida. Entonces, ¿tal vez esos lapsos fueran lagunas provocadas por el alcohol? Como con los padres de Oliver. «No pueden recordar décadas enteras de su vida», dijo una vez Oliver delante de sus padres, y los dos se rieron encantados y levantaron sus copas a pesar de que Oliver no sonreía.

—¿Cómo se gana la vida, si me permite preguntarlo? —quiso saber el taxista.

—Soy contable —respondió Erika.

—¿De verdad? —exclamó el taxista con demasiado interés—. Qué coincidencia, porque justo estaba pensando…

El teléfono de Erika sonó y ella se sobresaltó, como siempre le pasaba cada vez que sonaba su teléfono. («Es un teléfono, Erika», no dejaba de decirle siempre Oliver. «Se supone que funcionan así»). Vio que era su madre, la última persona en el mundo con la que quería hablar en ese momento, pero el taxista se removía en su asiento con la mirada puesta en ella en lugar de en la carretera, prácticamente relamiéndose ante la expectativa de todo el asesoramiento contable gratuito que iba a sacarle. Los taxistas sabían un poco de todo. Él le querría hablar de un increíble vacío legal del que le había informado uno de sus clientes habituales. Erika no era de ese tipo de contables. «Vacío legal» no era una expresión que le gustara. Quizá su madre fuera el menor de los dos males.

—Hola, mamá.

—¡Vaya! ¡Hola! No esperaba que respondieras. —Su madre parecía tan nerviosa como desafiante, lo cual no presagiaba nada bueno—. Estaba preparada para dejar un mensaje de voz —añadió Sylvia con tono acusador.

—Siento haber contestado —repuso Erika. Lo sentía de verdad.

—No tienes que lamentarlo, desde luego. Solo necesito recuperarme de la sorpresa. Te diré lo que haremos. ¿Por qué no te limitas a escuchar mientras yo finjo que te dejo el mensaje que tenía preparado?

—Adelante —respondió Erika. Miró hacia la calle lluviosa, donde una mujer se peleaba con un paraguas que quería ponerse del revés. Erika vio maravillada cómo, de pronto, la mujer perdía los nervios y lanzaba el paraguas a una papelera sin perder el paso y seguía caminando bajo la lluvia. Bien hecho, pensó Erika, eufórica por aquel pequeño espectáculo en vivo. Tíralo sin más. Tira ese maldito trasto.

Oyó en su oído la voz de su madre con más fuerza, como si se hubiese colocado mejor el teléfono.

—Iba a empezar con esto: Erika, cariño. Iba a decir: Erika, cariño, sé que no puedes hablar ahora mismo porque estás en el trabajo, lo cual es una pena, estar encerrada en un despacho en un día tan bonito, no es que sea realmente un día bonito, la verdad, lo cierto es que es un día terrible, un día espantoso, pero normalmente en esta época del año tenemos unos días gloriosos y cuando me despierto y echo un vistazo al cielo azul, pienso: ¡Ay, qué pena, pobrecita Erika, encerrada en su despacho en un día tan bonito! ¡Eso es lo que pienso, pero es el precio que hay que pagar por el éxito empresarial! Ojalá hubieses sido guardabosques o cualquier otra profesión al aire libre. La verdad es que no iba a decir lo de guardabosques, eso se me ha ocurrido sin más, y lo cierto es que sé por qué se me ha ocurrido, porque el hijo de Sally acaba de dejar el instituto y va a ser guardabosques, y cuando ella me lo estaba contando pensé, ya sabes, que qué trabajo tan maravilloso, qué buena idea, en lugar de estar encerrado en un pequeño cubículo como lo estás tú.

—Yo no estoy encerrada en un cubículo —dijo Erika con un suspiro. Su despacho tenía vistas al puerto y flores frescas que cada lunes por la mañana compraba su secretaria. Le encantaba su despacho. Le encantaba su trabajo.

—Ha sido idea de Sally, ¿sabes? Que su hijo sea guardabosques. Qué lista es. No es nada convencional Sally. Tiene una forma de pensar fuera de lo común.

—¿Sally? —se extrañó Erika.

—¡Sally! ¡Mi nueva peluquera! —exclamó su madre con impaciencia, como si Sally llevase varios años en su vida y no un par de meses. Como si Sally fuese a ser su amiga para toda la vida. Ja. Sally seguiría la senda del resto de maravillosos desconocidos que habían pasado por la vida de su madre.

—¿Y qué más ibas a decir en tu mensaje? —preguntó Erika.

—A ver… Después iba a decir, como si tal cosa, como si se me acabara de ocurrir: ¡Ah, oye, cariño, por cierto!

Erika se rio. Su madre siempre sabía cómo fascinarla, incluso en los peores momentos. Justo cuando Erika creía que había terminado, que ya estaba bien, que no aguantaba más, su madre volvía a cautivarla para que siguiera queriéndola.

Su madre también se rio, pero con una risa agitada y chillona.

—Iba a decir: Oye, cariño, me estaba preguntando si tú y Oliver querríais venir a comer a mi casa el domingo.

—No —contestó Erika—. No.

Tomó aire como si lo hiciera a través de una pajita. Notó que los labios se le torcían.

—No, gracias. Iremos a tu casa el día 15. Ese es el día que iremos, mamá. Ningún otro. Ese es el trato.

—Pero, cariño, creo que te sentirías muy orgullosa de mí por…

—No —insistió Erika—. Te veré en cualquier otro sitio. Podemos salir a comer este domingo. A un buen restaurante. O puedes venir tú a nuestra casa. Oliver y yo no tenemos ningún plan. Podemos ir a cualquier otro sitio, pero no vamos a ir a tu casa. —Hizo una pausa y lo repitió, con voz más alta y clara, como si estuviese hablando con alguien que no entendiera bien su idioma—. No vamos a ir a tu casa.

Hubo un silencio.

—Hasta el 15 —añadió Erika—. Está en la agenda. Está en nuestras dos agendas. ¡Y no olvides que tenemos esa cena con los padres de Clementine el jueves por la noche! Así que eso también nos hará ilusión. —Sí, realmente iba a ser muy divertido.

—Tenía una receta nueva que quería probar. He comprado un libro de recetas sin gluten, ¿te lo había dicho?

Fue el tono frívolo lo que lo provocó. Esa vivacidad calculadora y cruel, como si creyera que había una posibilidad de que Erika jugara con ella a lo que siempre habían jugado todos esos años, donde las dos fingían que eran una madre y una hija normales que estaban teniendo una conversación normal, aunque ella sabía que Erika ya no jugaba, aunque las dos habían acordado que el juego se había terminado, aunque su madre había llorado y se había disculpado y había hecho promesas que ambas sabían que nunca podría cumplir, pero ahora quería fingir que ni siquiera había llegado a hacer nunca esas promesas.

—Mamá. Por Dios.

—¿Qué? —Falsa inocencia. Esa exasperante voz de niña.

—¡Me prometiste sobre la tumba de la abuela que no ibas a comprar más libros de recetas! ¡Tú no cocinas! ¡No tienes alergia al gluten! —¿Por qué le temblaba de rabia la voz cuando nunca había esperado que fuera a cumplir esas melodramáticas promesas?

—¡Yo no he prometido tal cosa! —protestó su madre, y dejando la voz de niña tuvo el descaro de responder a la rabia de Erika con la suya propia—. De hecho, últimamente he tenido una terrible hinchazón abdominal. Tengo intolerancia al gluten, que lo sepas. Perdón por preocuparme por mi salud.

No entres. Apártate de ese campo de minas emocional. Para eso estaba invirtiendo miles de dólares en terapia, exactamente para esas situaciones.

—Muy bien. En fin, mamá, me alegra hablar contigo —se apresuró a decir Erika sin dar a su madre la oportunidad de hablar, como si fuese una vendedora telefónica—, pero estoy en el trabajo, así que ahora tengo que colgar. Hablamos luego. —Colgó antes de que su madre pudiese hablar y dejó caer el teléfono sobre su regazo.

Los hombros del taxista estaban visiblemente inmóviles sobre la funda de cuentas de madera del asiento, y solo sus manos se movían por la parte inferior del volante, fingiendo que no había estado escuchando. ¿Qué clase de hija se niega a ir a la casa de su madre? ¿Qué clase de hija le habla a su madre con esa fiereza por haber comprado un libro de recetas?

Ella pestañeó con fuerza.

Su teléfono volvió a sonar y dio tal respingo que casi se le cayó del regazo. Sería su madre otra vez, que llamaba para quejarse por el maltrato.

Pero no se trataba de su madre. Era Oliver.

—Hola —dijo, y casi lloró de alivio al oír su voz—. Acabo de tener una divertida conversación telefónica con mi madre. Quería que fuésemos a comer el domingo.

—No tenemos previsto ir hasta el mes que viene, ¿no? —repuso Oliver.

—No —contestó Erika—. Se estaba saltando los límites.

—¿Estás bien?

—Sí. —Se pasó un dedo por debajo de los ojos—. Estoy bien.

—¿Seguro?

—Sí. Gracias.

—No lo pienses más —dijo Oliver—. Oye, ¿has ido a la charla de Clementine en esa biblioteca de no sé dónde?

Erika echó la cabeza hacia atrás para apoyarla en el asiento y cerró los ojos. Maldita sea. Claro. Por eso llamaba. Clementine. El plan era que hablaría con Clementine después de su charla, mientras tomaban café. Oliver no había mostrado mucho interés por los motivos de Erika para asistir a la charla de Clementine. No comprendía su deseo obsesivo por llenar esos huecos vacíos de su memoria. Le parecía irrelevante, casi estúpido. «Créeme, ya has recordado todo lo que vas a recordar nunca», le había dicho. (Apretó la boca y la miró con dureza al pronunciar la palabra «Créeme». Solo un leve destello de dolor que nunca podía contener y que probablemente negaría estar sintiendo). «Es normal tener lagunas mentales cuando se bebe demasiado». Para ella no era normal. Pero Oliver había visto en aquello la oportunidad perfecta para hablar con Clementine y poder acorralarla por fin.

Debería haber dejado que esa llamada pasara también al buzón de voz.

—Sí que he estado —contestó—. Pero me he ido a la mitad. No me encontraba bien.

—Entonces, ¿no has llegado a hablar con Clementine? —preguntó Oliver. Ella notó que él se esforzaba al máximo por ocultar su frustración.

—Hoy no —respondió—. No te preocupes. Encontraré el momento adecuado. El centro comercial no era de todos modos el mejor lugar.

—Acabo de mirar en mi agenda. Ya han pasado dos meses desde la barbacoa. No creo que resulte ofensivo ni una falta de sensibilidad hacerle la pregunta sin más. Llamarla. No hace falta que sea cara a cara.

—Lo sé. Lo siento.

—No tienes por qué sentirlo —dijo Oliver—. Es difícil. No es culpa tuya.

—Fue culpa mía que fuéramos a la barbacoa, para empezar —repuso ella. Oliver no la absolvería de eso. Era demasiado riguroso. Siempre habían tenido eso en común: la pasión por la rigurosidad.

El taxista pisó el freno.

—¡Maldito conductor idiota! ¡Payaso!

Erika puso la palma de la mano sobre el asiento de delante para mantener el equilibrio mientras Oliver le contestaba:

—Eso no tiene relevancia.

—Para mí la tiene —replicó ella. Oyó un pitido del teléfono que le indicaba que tenía otra llamada. Sería su madre. El hecho de que hubiese tardado un par de minutos en volver a llamar significaba que había optado por las lágrimas en lugar de las quejas. Las lágrimas necesitaban más tiempo.

—No sé qué quieres que diga al respecto, Erika —señaló Oliver con tono de preocupación. Él creía que había una reacción correcta. Una respuesta al final del libro. Creía que había un conjunto de normas secretas de la relación que ella debía conocer, porque era la mujer y las estaba ocultando de forma deliberada—. ¿Vas… a hablar con Clementine?

—Hablaré con Clementine —respondió Erika—. Te veo esta noche.

Puso su teléfono en modo silencio y lo metió en su bolso, a sus pies. El taxista encendió la radio. Debía haber renunciado ya a pedir su consejo como contable; probablemente pensara que, a juzgar por su vida personal, su consejo profesional no era de fiar.

Erika pensó en Clementine, que ya estaría terminando su pequeña charla en la biblioteca, posiblemente recibiendo un respetuoso aplauso del público. No habría ningún «¡bravo!», ni ovaciones con el público en pie ni ramos de flores.

Pobre Clementine, sintiendo que tenía que rebajarse de esa forma.

Oliver tenía razón: la decisión de ir a la barbacoa no tenía relevancia alguna. Era un coste irrecuperable. Echó la cabeza sobre el asiento, cerró los ojos y recordó un coche plateado que se dirigía hacia ella, rodeado de un torbellino de hojas de otoño.

libro-6

3

El día de la barbacoa

Erika entró con el coche en su calle sin salida y la recibió una extraña y casi hermosa visión: alguien estaba utilizando por fin el BMW plateado que llevaba aparcado en la puerta de la casa de los Richardson desde hacía seis meses, y quienquiera que lo llevara no se había molestado en quitar la capa de hojas rojas y doradas del otoño que se habían acumulado en el capó y el techo del coche, de tal modo que, al avanzar (demasiado rápido para una zona residencial), se formó un torbellino de hojas, como si el coche llevase detrás un minitornado.

Cuando las hojas fueron cayendo, Erika vio a su vecino de al lado, Vid, al final del camino de entrada a su casa, mirando el coche, mientras un único rayo de luz rebotaba en sus gafas de sol, como el destello del flash de una cámara.

Erika frenó a su lado a la vez que abría la ventanilla del asiento del pasajero.

—Buenos días —gritó—. ¡Por fin han movido ese coche!

—Sí, deben de haber terminado su negocio de drogas, ¿sabes? —Vid se inclinó hacia el coche y se subió las gafas de sol a su cabeza de frondosa cabellera canosa—. O puede que fuera la Mafia, ¿sabes?

—¡Ja, ja! —Erika se rio con poca convicción, pues el mismo Vid tenía aspecto de ser un mafioso de éxito.

—Hace un día fenomenal, ¿eh? ¡Mira! ¿No tengo razón? —Vid señaló con satisfacción al cielo, como si él personalmente hubiese comprado ese día y hubiese pagado un precio elevado por él a cambio de recibir el producto de calidad que merecía.

—Es un día precioso —dijo Erika—. ¿Has salido a dar un paseo?

Vid reaccionó con un casi imperceptible gesto de asco ante la idea.

—¿Un paseo? ¿Yo? No. —Le enseñó un cigarro encendido que tenía entre los dedos y el periódico del domingo enrollado y envuelto en plástico en la otra mano—. Solo he bajado a recoger mi periódico, ¿sabes?

Erika se esforzó por no contar el número de veces que Vid decía «¿sabes?». Tomar nota de las muletillas que utiliza alguien en las conversaciones raya casi en el trastorno obsesivo-compulsivo. (Récord actual de Vid: once veces en una diatriba de dos minutos sobre la eliminación de la pizza de panceta ahumada en el menú de la pizzería del barrio. Vid no podría creérselo, es que no se lo podía creer, ¿sabes? Los «¿sabes?» se sucedían con más rapidez cuando se excitaba).

Erika era muy consciente de que algunos de sus comportamientos podrían clasificarse como obsesivos-compulsivos.

«Yo no me dejaría llevar mucho por las etiquetas, Erika», le había dicho su psicóloga con esa sonrisa estreñida que solía poner cuando Erika se «autodiagnosticaba». (Erika se había suscrito a la revista Psicología Hoy cuando empezó con la terapia para informarse un poco de cuál sería el proceso y le había resultado todo tan fascinante que recientemente había empezado con la lista de lecturas para el primer año de estudios de ciencias de la psicología y el comportamiento en Cambridge. Solo por informarme, le había dicho a su psicóloga, que no parecía amenazada por esto pero tampoco se mostró precisamente entusiasmada).

—Ese maldito niñato pasa siempre a toda velocidad por la calle y los tira desde su coche como si lanzara una granada en la maldita Siria, ¿sabes? —Vid hizo un gesto como si lanzara una granada con el periódico enrollado—. ¿Y qué haces tú? ¿Has ido a la compra?

Miró el pequeño montón de bolsas de plástico del asiento del pasajero del coche de Erika y dio una fuerte calada a su cigarro para después lanzar un chorro de humo por el lateral de su boca.

—No es exactamente la compra. Solo algunos… eh… chismes que necesitaba.

—Chismes —repitió Vid pronunciando aquella palabra como si nunca antes la hubiese oído. Quizá no. Observó a Erika con su mirada escrutadora y desilusionada, como si hubiese esperado algo más de ella.

—Sí. Para merendar. Van a venir luego Clementine y Sam a merendar con sus hijas. Mis amigos Clementine y Sam, ¿te acuerdas? Los conociste en mi casa. —Sabía de sobra que Vid los recordaba. Le estaba hablando de Clementine para aparentar ser más interesante. Eso era lo único que tenía que ofrecerle a Vid: Clementine.

La cara de Vid se iluminó al instante.

—¡Tu amiga la violonchelista! —exclamó con tono alegre. Prácticamente chasqueó los labios con la palabra «violonchelista»—. Y su marido. ¡Que no tiene oído! Qué desperdicio, ¿no?

—Bueno, a él le gusta decir que no tiene oído —repuso Erika—. Yo creo que técnicamente es…

—¡Un mandamás! Era un…, ¿cómo se dice? Un director de marketing de una FMCG, que quiere decir empresa de bienes…, no me lo digas, no me lo digas…, bienes de consumo de alta rotación. Lo que sea que quiera decir eso. Pero ¿has visto? Buena memoria, ¿eh? Mi mente es como una trampa para ratones, es lo que siempre le digo a mi mujer.

—Bueno, lo cierto es que ha cambiado de trabajo. Ahora está en una empresa de bebidas energéticas.

—¿Qué? ¿Bebidas energéticas? ¿Bebidas que te dan energía? En fin, Sam y Clementine. Buena gente. Gente estupenda, ¿sabes? Deberíais venir todos a nuestra casa y hacemos una barbacoa, ¿sabes? ¡Sí, haremos una barbacoa! ¡Disfrutaremos de este tiempo tan increíble! ¿Sabes? Insisto. ¡Tenéis que venir!

—Ah —respondió Erika—. Es un detalle por tu parte. —Debería haber dicho que no. Era perfectamente capaz de decir que no. No le costaba decirle no a la gente. De hecho, se enorgullecía por su capacidad para hacerlo y Oliver no iba a querer que cambiaran sus planes para ese día. Era demasiado importante. Era un día crucial. Era un día que podía suponer un cambio en sus vidas.

—¡Pondré a asar un cerdo! Al estilo esloveno. Bueno, en realidad, no es al estilo esloveno, sino a mi estilo. Pero no habréis probado nada igual en vuestra vida. Tu amiga, Clementine, recuerdo que le gusta la buena comida. Como a mí. —Se dio una palmada en el estómago.

—Bueno —dijo Erika. Volvió a mirar las bolsas de plástico del asiento del pasajero. Durante todo el trayecto hasta casa desde la tienda no había dejado de mirar sus compras, preocupada por que no hubiese acertado. Debería haber comprado más. ¿Qué le pasaba? ¿Por qué no había comprado para un banquete?

Además, las galletas saladas que había elegido tenían semillas de sésamo y las semillas de sésamo tenían su importancia. ¿A Clementine le encantaban las semillas de sésamo o las odiaba?

—¿Qué me dices? —preguntó Vid—. A Tiffany le encantaría veros.

—¿Sí? —A la mayoría de las mujeres no les gustaría la idea de una barbacoa improvisada, pero la mujer de Vid parecía casi tan sociable como Vid. Erika recordó la vez en que presentó a sus amigos más íntimos a sus extrovertidos vecinos de al lado, cuando ella y Oliver habían dado una copa de Navidad en su casa el año pasado en un ataque de «finjamos que somos la clase de personas a las que les gusta tener invitados y disfrutan de esa locura». Ella y Oliver habían detestado cada segundo. Recibir visitas suponía siempre una situación de tensión para Erika, pues no tenía experiencia con esas cosas y una parte de ella siempre creía que a las visitas había que temerlas y despreciarlas.

—Y tienen dos hijas pequeñas, ¿verdad? —continuó Vid—. A nuestra Dakota le encantará jugar con ellas.

—Sí, pero recuerda que son mucho más pequeñas que Dakota.

—¡Mejor aún! A Dakota le encanta jugar con niñas pequeñas, ¿sabes? Fingir que es la hermana mayor, ¿sabes? Hacerles trenzas, pintarles las uñas, ¿sabes? Todas se van a divertir.

Erika pasó las manos por el volante. Miró a su casa. El pequeño seto que bordeaba el camino hasta la puerta estaba recién podado con una sorprendente y perfecta simetría. Las contraventanas estaban abiertas. Las ventanas estaban limpias y sin manchas en los cristales. Nada que ocultar. Desde la calle se podía ver su roja lámpara de mesa Veronese. Eso era todo. Solo la lámpara. Una lámpara elegante. La simple visión de esa lámpara desde la calle cuando llegaba con el coche a casa proporcionaba a Erika una sensación de orgullo y de paz. Oliver estaba ahora en casa pasando la aspiradora. Erika la había pasado ayer, así que era excesivo. Limpieza excesiva. Vergonzosa.

Cuando Erika se fue de su casa, una de las muchas normas de funcionamiento que le preocupaba de la vida doméstica era tratar de averiguar con qué frecuencia pasaba la gente normal la aspiradora. Fue la madre de Clementine la que le dio una respuesta definitiva: una vez a la semana, Erika. Los domingos por la tarde, por ejemplo. Escoges un momento que te venga bien siempre y lo conviertes en costumbre. Erika había seguido religiosamente las normas de vida hogareña de Pam mientras que Clementine se había empeñado en no hacerles caso.

—Sam y yo incluso nos olvidamos de que existe la aspiradora —le había dicho una vez a Erika—. Pero nos sentimos mejor cuando la pasamos y, entonces, decimos: ¡Hay que pasar la aspiradora con más frecuencia! Más o menos, es parecido a cuando nos acordamos de tener sexo.

Erika se había quedado asombrada, tanto por lo de la aspiradora como por lo del sexo. Sabía que ella y Oliver eran más formales entre sí en público que otras parejas. No se gastaban bromas el uno al otro (les gustaban las cosas claras y que no dieran lugar a malinterpretaciones) pero, Dios mío, jamás se olvidaban de tener sexo.

Una casa a la que se le hubiera pasado la aspiradora no iba a cambiar el resultado de la reunión de ese día más que las semillas de sésamo.

—Un cerdo asado, ¿eh? —le dijo Erika a Vid. Inclinó la cabeza a un lado con un gesto de coquetería, tal y como habría hecho Clementine en una situación así. A veces, tomaba prestados gestos de Clementine, pero solamente cuando Clementine no estaba delante, por si se daba cuenta—. ¿Quieres decir que tienes un cerdo por ahí esperando a que lo asen?

Vid sonrió, encantado con ella, guiñó un ojo y la apuntó con su cigarro. El humo se metió en el coche como si viniera de otro mundo.

—No te preocupes por eso, Erika. —Acentuó la segunda sílaba. Erika. Aquello hizo que su nombre sonara más exótico—. Lo tendremos todo dispuesto, ¿sabes? ¿A qué hora viene tu amiga la violonchelista? ¿A las dos? ¿A las tres?

—A las tres —contestó Erika. Ya se estaba arrepintiendo de su gesto de coquetería. Ay, Dios. ¿Qué había hecho?

Miró por detrás de Vid y vio a Harry, el anciano que vivía solo al otro lado de la casa de Vid, en su patio delantero, junto a su camelia, con unas tijeras de podar. Se miraron a los ojos y ella levantó la mano para saludarlo, pero él apartó la vista de inmediato y desapareció de su vista por el rincón del jardín.

—¿Está nuestro amigo Harry espiando? —preguntó Vid sin darse la vuelta.

—Sí —contestó Erika—. Ya se ha ido.

—Entonces, ¿a las tres? —preguntó Vid. Golpeteó con fuerza el lateral del coche de ella con los nudillos—. ¿Nos vemos a esa hora?

—De acuerdo —respondió Erika en voz baja.

Vio que Oliver abría la puerta de su casa y salía al porche delantero con una bolsa de basura. Se iba a enfadar mucho con ella.

—Perfecto. ¡Genial! —Vid se incorporó para apartarse del coche y vio a Oliver, que le saludó con una sonrisa.

—¡Luego nos vemos, colega! —gritó Vid—. ¡Barbacoa en nuestra casa!

La sonrisa de Oliver desapareció.

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4

Clementine salió del aparcamiento de la biblioteca con cierto pánico, con una mano en el volante y la otra toqueteando el antivaho porque, repentina, cruelmente, su parabrisas se había empañado tanto que prácticamente era opaco por algunas partes. Estaba saliendo veinte minutos más tarde de lo que había planeado.

Después de terminar su charla y tras el habitual, vacilante y débil aplauso, como si la gente no estuviese segura de si era apropiado aplaudir, se había visto atrapada en conversaciones mientras trataba de llegar a la puerta (tan cerca, pero tan lejos) a través del pequeño pero inexpugnable grupo de personas que ahora estaba dando buena cuenta de su obsequioso desayuno casero. Una mujer quiso abrazarla y acariciarle la mejilla. Un hombre, que después vio que tenía un código de barras tatuado en la nuca, quería saber su opinión sobre los planes del ayuntamiento para la reforma de la piscina y no pareció creerla cuando ella respondió que no era de allí y que, por tanto, no podía opinar. Una diminuta señora de pelo blanco quiso que probara un trozo de tarta de zanahoria envuelta en una servilleta de papel rosa.

Se comió la tarta de zanahoria. Era una tarta de zanahoria muy buena. Menos mal.

El parabrisas se aclaró como si se tratara de un pequeño regalo y ella giró a la izquierda para salir del aparcamiento porque, por defecto, ella siempre giraba a la izquierda cuando no tenía ni idea de adónde iba.

—Empieza a hablar —le dijo a su GPS—. Tienes una única obligación. Cúmplela.

Necesitaba que el GPS la guiara rápidamente hacia su casa para poder recoger su violonchelo antes de salir corriendo hacia la casa de su amiga Ainsley, donde iba a tocar sus piezas ante Ainsley y su marido Hu. La audición tendría lugar dentro de dos semanas.

—Entonces, ¿todavía quieres ese trabajo? —le había preguntado su madre la semana pasada con un tono de sorpresa y, posiblemente, juzgándola, pero últimamente Clementine pensaba que todo el mundo la juzgaba, así que podría ser que se lo hubiese imaginado.

—Sí, sigo queriendo ir a la audición —respondió con frialdad, y su madre no dijo nada más.

Conducía despacio, esperando instrucciones, pero su GPS estaba en silencio. Se lo estaba pensando.

—¿Vas a decirme por dónde ir? —le preguntó.

Al parecer, no.

Llegó a un semáforo y giró a la izquierda. No podía seguir girando a la izquierda sin más, porque, de ser así, se pondría a dar vueltas, ¿no? Cuando llegara a casa le contaría esto a Sam. Él se reiría, se burlaría y la compadecería y se ofrecería a comprarle un GPS nuevo.

—Te odio —le dijo Clementine a su mudo GPS—. Te odio y te desprecio.

El GPS no le hizo caso y Clementine miró por la ventanilla a través de la lluvia buscando alguna señal. Empezaba a notar el comienzo de un dolor de cabeza por la fuerza con la que fruncía el ceño.

No debería estar allí, recorriendo todo ese trayecto hasta la otra punta de Sídney bajo la lluvia hasta ese barrio residencial tan soso, gris y desconocido. Debería estar en casa, practicando. Eso era lo que debería estar haciendo.

Cualquiera que fuera el lugar adonde iba o fuera lo que fuera lo que estuviese haciendo, parte de su mente estaba siempre imaginándose una vida hipotética que iba en paralelo a la real, una vida en la que, cuando Erika llamaba y decía: «Vid nos ha invitado a una barbacoa», Clementine respondía: «No, gracias». Dos sencillas palabras. A Vid no le habría importado. Apenas les conocía.

Vid no estaba en la sinfonía la noche anterior. Fue su mente la que le estaba gastando bromas pesadas colocando aquella gran cabeza justo en medio de un mar de rostros.

Al menos, estaba preparada para ver ese día a Erika entre el público aunque, aun así, su estómago le había dado un respingo cuando la vio por primera vez, sentada tan rígida en la fila de atrás, como si estuviese en un funeral, con un atisbo de sonrisa cuando cruzó su mirada con la de Clementine. ¿Por qué le había pedido asistir? Resultaba raro. ¿Se pensaba que iba a ser como ir a ver un concierto de Clementine? Y aunque lo pensara, no era propio de Erika sacar tiempo de su horario laboral y conducir hasta allí desde el norte de Sídney para escuchar cómo Clementine contaba una historia que ya conocía. ¡Y luego se había puesto de pie y se había ido cuando iba por la mitad! Le había enviado un mensaje para decirle que tenía un problema en el trabajo, pero a Clementine no le parecía muy creíble. Seguro que no habría ningún problema de contabilidad que no pudiese esperar veinte minutos.

Había sido un alivio verla marcharse. Le había resultado desconcertante tratar de hablar con aquel pequeño rostro intenso atrayendo su atención como un imán. En un momento dado, se le había cruzado por la cabeza la idea irrelevante y molesta de que el pelo rubio de Erika tenía un corte idéntico al de la madre de Clementine. Un corte estudiado y simétrico a la altura del hombro con un largo flequillo justo por encima de las cejas. Erika tenía idealizada a la madre de Clementine. Era una imitación deliberada o inconsciente pero, desde luego, no era ninguna coincidencia.

Vio una señal que apuntaba hacia la ciudad y enseguida cambió de carril justo cuando el GPS se activó y le indicó «gire a la derecha» con una voz femenina de engolado acento inglés.

—Sí, ya lo he averiguado yo sola. Gracias de todos modos —dijo.

Empezó a llover de nuevo y puso en marcha los limpiaparabrisas.

Un trozo de goma de uno de los limpiaparabrisas se había soltado y a cada tres pasadas chirriaba con fuerza, como una puerta que se abre lentamente en las películas de miedo.

«Ñiiiiiic». Dos. Tres. «Ñiiiiiic». Dos. Tres. Le recordaba a unos muertos vivientes bailando un torpe vals.

Llamaría hoy a Erika. O mañana por la mañana. Le debía una respuesta a Erika. Había pasado suficiente tiempo. Solo había una respuesta, por supuesto, pero Clementine había estado esperando el momento adecuado.

No pienses ahora en eso. Piensa solo en la audición. Tenía que dividir su mente en compartimentos, tal y como sugerían los artículos de Facebook. Se supone que a los hombres se les da bien compartimentar. Dedican toda su atención a lo que sea que estén haciendo aunque lo cierto era que a Sam nunca le había costado hacer varias cosas a la vez. Podía hacer un risotto mientras vaciaba el lavavajillas y, al mismo tiempo, jugaba con las niñas a algún juego educativo. Era Clementine la que se dispersaba. Cogía su violonchelo y se olvidaba de que tenía algo en el horno. Era ella la que una vez se había olvidado (para vergüenza suya) de recoger a Holly de una fiesta de cumpleaños, cosa que a Sam nunca le pasaría. «Vuestra madre va por ahí en un permanente aturdimiento», les solía decir Sam a las niñas, pero lo decía con cariño, o eso creía ella. Puede que ella se imaginara lo del cariño. Ya no estaba segura de lo que de verdad pensaban los demás de ella: su madre, su marido, su amiga. Todo parecía ser posible.

Volvió a pensar en el comentario de su madre: «Entonces, ¿todavía quieres ese trabajo?». Nunca había dedicado muchas horas a ensayar para una audición. Ni siquiera antes de que nacieran las niñas. Todo ese gimoteo autocomplaciente que se traía: «¡Soy una madre trabajadora con dos niñas pequeñas! ¡Pobre de mí! ¡No hay suficientes horas en el día!». En realidad, había bastantes horas más si simplemente se dormía menos. Ahora se acostaba a las doce en lugar de a las diez de la noche y se levantaba a las cinco en lugar de a las siete.

La vida con menos horas de sueño le proporcionaba una sensación nada desagradable de cierta sedación. Se sentía apartada de todos los aspectos de su vida. Ya no tenía tiempo para sentir. Todo ese tiempo que malgastaba sintiendo, y analizando lo que sentía, como si se tratara de algún asunto de importancia nacional. «¡Clementine se siente extremadamente nerviosa por su próxima audición! Clementine no sabe si es suficientemente buena». Bueno, dejémonos de presiones, analicemos los nervios por las audiciones, hablemos en serio con amigos músicos, busquemos una sensación de confianza constante.

Para. La continua burla de sí misma, de la persona que era antes, tampoco resultaba nada productiva. Dedica el tiempo a centrarte en cuestiones técnicas. Buscó en su mente algún problema técnico que la distrajera. Por ejemplo, la digitación para el primer arpegio de la pieza de Beethoven. Siempre cambiaba de opinión. La opción más complicada podía tener un mejor resultado musical, pero corría el riesgo de cometer un error cuando estuviese bajo presión.

¿Eso de delante era un atasco? No debía llegar tarde. Sus amigos iban a dedicar su tiempo a hacer esto por ella. No sacaban nada de ello. Puro altruismo. Miró los coches detenidos y, de nuevo, estuvo en el coche de Tiffany, atrapada en un mar de luces rojas de freno, el cinturón de seguridad como una contención que se apretaba con fuerza contra su cuello.

El tráfico siguió moviéndose. Bien. Se oyó a sí misma soltar el aire, aunque no había sido consciente de estar conteniendo la respiración.

Le preguntaría esa noche a Sam cuando salieran a cenar si su mente seguía atrapada como la de ella en un absurdo y continuo «¿y si…?». Puede que eso diera lugar a una conversación. A una «conversación sanadora». Ese era el tipo de expresión que su madre utilizaría.

Iban a salir esa noche en plan «cita de pareja». Otra expresión moderna que su madre había elegido. «¡Hijos, lo que necesitáis es una cita de pareja!». Tanto ella como Sam aborrecían la expresión «cita de pareja», pero iban a tener una, en un restaurante sugerido por la madre de Clementine. Su madre cuidaría de las niñas e incluso había hecho la reserva.

—Perdonar es propio de los fuertes. Creo que fue Gandhi quien lo dijo —había comentado su madre. La puerta del frigorífico de su madre estaba llena de citas inspiradoras escritas en pequeños papeles sujetos por imanes de frigorífico. Los imanes tenían también citas.

Puede que esa noche fuera bien. Puede que incluso fuera divertida. Estaba intentando ser positiva. Uno de ellos tenía que serlo. Su coche se acercó a la cuneta y una gigantesca

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