Capítulo 1
Londres, octubre de 1817
Dos pares de pies apenas repiqueteaban en el lustroso y brillante suelo del grandioso edificio. Los que dirigían el paso eran zancadas seguras y grandes, mientras que los de Georgia les seguían deprisa y un tanto inseguros.
Dejaron atrás los pasillos amplios y elegantes para adentrarse en uno más estrecho. Georgia imaginaba que el público tendría prohibido el paso. Solo los empleados, los artistas y ella. Atrás quedaba el patio de butacas lleno de los ciudadanos más humildes que no podían costearse una entrada en una interpretación corriente. En esa ocasión, y como algo excepcional, se habían abierto las puertas durante el ensayo con unas entradas a precios ridículos para la nobleza, pero asequibles para el resto de sus conciudadanos. Los había dejado mientras escuchaban embobados el aria interpretada por el Gorrión, alias con el que se nombraba a la popular cantante de ópera Deborah Stanley. Ella misma la había visto interpretar el primer acto y casi se le habían saltado las lágrimas de la emoción al escucharla, aunque no era la primera vez que la veía cantar.
—Es aquí. —El hombre abrió una puerta y entró a oscuras en una habitación para encender, acto seguido, unas velas—. Puede esperarla en esa silla junto a la mesita y puede ir preparándose. La señora Stanley vendrá en cuanto la función termine.
—Gracias. —Se acercó al mobiliario y dejó la bolsa de cuero encima.
—¿Puedo ofrecerle alguna otra cosa?
—No será necesario. —Le sonrió—. Gracias.
Tras un asentimiento la dejó sola.
Georgia se alisó la falda del vestido antes de empezar a rebuscar en su bolsa. Aun no siendo su vestimenta la más refinada que poseía, el saco de cuero que siempre la acompañaba en sus entrevistas seguía desentonando. Del interior sacó unos papeles enrollados, un tintero y una pluma envuelta en un trapo manchado de tinta.
Estaba emocionada. Después de mucha insistencia, la gran operista por fin había accedido a reunirse con ella para conversar sobre sus logros. La mujer era muy reservada en todos los aspectos. Lo que se sabía de ella, dentro y fuera del escenario, era muy poco. Eso sí, rumores había cientos. Uno de ellos, y el que más interés despertaba —por mucho que a Georgia le fastidiara que la gente se centrara en esas cosas tan banales e íntimas—, era la identidad de su mecenas y si de verdad era su amante. Sería un dato por el que los lectores de Le Chrysanthème Gazette correrían a comprar la revista. Estaba incluso segura de que eso arrastraría a decenas de lectores más. Sin embargo, resolvió no hacerlo poco después de planteárselo. Sus entrevistas en la revista no seguían ese camino, así como tampoco las biografías de personajes históricos que realizaba. Respecto al Gorrión, tenía muchas preguntas anotadas, y tan interesantes o más que quién la mantenía o con quién pasaba las noches. Además, a Georgia tampoco le importaba demasiado aparte del mero cotilleo. Si la mujer era libre, bien podía hacer con su vida lo que le pareciera mejor. De ser así, poco importaba qué hombre la veneraba en la cama y fuera de ella. Solo le concernía a la cantante y Georgia no iba a indagar sobre ello; no fuera el caso que, por una pregunta indiscreta, se negara a continuar la entrevista.
Un tiempo después, el atronador sonido de los aplausos llegó hasta ella. Estos duraron y duraron hasta que Georgia no pudo menos que imaginar a un público entregado y eufórico por tal interpretación, con el consecuente regocijo de la intérprete. Como le habían advertido que no tardaría, enderezó la espalda y trató de parecer profesional. No sería la primera ocasión en que el sujeto a entrevistar la considerara un ser inferior carente de inteligencia y la despreciara solo por su condición femenina. Y sí, las pocas mujeres que se salían de lo establecido también podían responder de ese modo y resultar tan clasistas como el más rimbombante de los duques.
Estornudó una vez y tres más. Supuso que los culpables eran esos ramos impresionantes dispuestos por toda la estancia. Ese pequeño camerino parecía la mejor floristería de Londres y el perfume que empezaba a instalarse en su nariz resultaba demasiado abrumador.
«Menudas muestras de agradecimiento», pensó.
Oteó hacia el tocador e imaginó bellas joyas brillantes en esas cajas de terciopelo que descansaban encima de la repisa. Debía de tratarse de regalos costosos que enviaban quienes serían parte del público nocturno. Se preguntaba si habría alguien en el mundo que la admirara tanto que no escatimara en gastos para impresionarla.
«No seas tonta. ¿Quién se tomaría la molestia de adorarte así?».
De llegar la ocasión, imaginaba más bien un noviazgo sereno y discreto; sin grandes regalos, ostentaciones ni grandilocuencias. Con toda probabilidad se casaría con un abogado como su padre o un modesto comerciante, pero todo eso eran puras especulaciones porque, a sus veintiún años, no había ningún hombre que le interesara.
—Que Lisbeth me espere detrás. —La repentina presencia femenina la sobresaltó. Entró como un torbellino hablando con su asistente—. Dile también al cochero que esté preparado. Como siempre, llegaré tarde.
Para Georgia estaba claro que nadie se había fijado en ella. La deslumbrante cantante brillaba con luz propia y tuvo que admitir que toda la admiración que recibía no relacionada con su voz y sí con su aspecto estaba justificada. Era, para decirlo con sencillez, lo que ella no: pura perfección femenina. Con su altitud, delgadez y con curvas en los lugares pertinentes, así como un cabello maravillosamente pelirrojo y unos ojos verdes, claros como el agua, la señora Stanley no pasaría jamás desapercibida, cantara o no.
Tuvo que carraspear; y entonces sí consiguió atención.
—¿Quién es usted?
Se levantó con presteza.
—Soy la señorita Cromfrod.
—No conozco a nadie con ese nombre. —Incluso su alzamiento de cejas resultaba refinado.
—Vengo de parte de Le Chrysanthème Gazette. Accedió a que le hiciera algunas preguntas para la revista.
—¿Charlie?
Se dirigió al hombre que tenía a su lado. Había palidecido y Georgia se temió lo peor.
—Lo siento, señora Stanley, olvidé recordárselo.
—¿Y tiene que ser ahora? —De nuevo, parecían haber relegado a un rincón de su mente que había alguien más—. Sabes que he adquirido el compromiso. Tengo que irme.
Viendo que el trabajo se le escurría entre los dedos, Georgia pensó una solución a toda velocidad. Los artistas eran tan temperamentales que intuía que iban a ponerla de patitas en la calle.
—No tardaré demasiado.
Sin embargo, la mujer sonrió con pesar.
—Me temo que ha habido un error. Tengo que marcharme y es imposible postergarlo, puesto que después he de regresar para la función de esta noche. No creo que tenga tiempo de escribir lo que desea preguntar. Mejor dejarlo para otra ocasión.
Sabía que eso podía darse dentro de meses o años. Ella lo olvidaría y tendría que volver a pelear por una cita que podía darse o no. De hecho, llevaba casi trece meses tras la mujer. No veía viable repetir la proeza.
—Tengo buena memoria —soltó con rapidez—. Ya lo transcribiré en casa. Traigo anotadas todas las preguntas, así que no hay problema.
La cantante pareció valorar su determinación y Georgia cruzó los dedos.
—Está bien —dijo tras unos segundos—. Si me comprometí también con usted, me entristece decepcionarla. Lo haremos mientras me cambio. Espero que ese tiempo sea suficiente.
—Lo será —dijo con una sonrisa. O eso esperaba.
No contaba con que tendría que ser la ayudante de vestuario. Cuando el asistente las dejó a solas, la cantante se situó tras un amplio y exótico biombo con motivos chinos. Mientras le desataba el corsé e iba cambiando unas capas de seda por otras, Georgia descubrió a una mujer cálida, con sentido del humor y con un pasado impregnado de cierta tristeza en el que no quiso ahondar. Se centró más en sus inicios, los méritos y proyectos futuros. Cuando terminó, Georgia la sintió más accesible que cualquier persona de la que hubiera hecho una pequeña biografía. Aprovechó cada segundo empapándose de sus respuestas y el modo en que las decía. Le hubiera gustado disponer de más tiempo, tal como se lo dijo a ella.
—Por increíble que parezca, a mí también me hubiera gustado —respondió la cantante—. Es muy inteligente, respetuosa y agradable. Le confieso que no lo esperaba. Ojalá fueran todos así.
El comentario indicaba que no tenía gratas experiencias. Tal vez no se tratara solo de mantener su intimidad, sino de la aversión a ciertas personas y a su modo de hacer las cosas.
—Le agradezco el cumplido —contestó ella—. Me esfuerzo por crear un ambiente cordial. Mi trabajo es muy importante. Como el suyo.
La señora Stanley la miró de un modo distinto de como lo había hecho con anterioridad. Pudieran ser imaginaciones suyas, pero le pareció entrever cierto respeto en sus ojos.
—Gracias, señorita Cromfrod, de verdad. Y sí, mi trabajo es muy importante para mí. Deseo que nadie trate de romper sus alas.
Eso era difícil siendo mujer. En algún momento, algún hombre le pediría que abandonase su trabajo en la revista para dedicarse a su hogar, a él y a los hijos. Quería ser madre y esposa, pero ¿a costa de renunciar a una parte de sí misma?
—Yo también lo deseo. —La ayudó a ponerse el abrigo—. Ya está.
—Sí. Tengo que irme. ¿Por qué no me acompaña hasta la parte trasera donde me esperan? Hay que cruzar todo el edificio, pero es una salida discreta. Así tendremos más tiempo para conversar. Después puede regresar a por sus cosas. ¿Qué le parece? ¿O prefiere que la acerque a algún sitio?
Georgia asintió con entusiasmo y rechazó el ofrecimiento de llevarla de vuelta. Tenía que recogerlo todo y no era tan tarde como para no poder alquilar un carruaje de vuelta a casa. Había algunas oportunidades que no debían desperdiciarse, y esa era una de ellas.
—Le enviaré algunas entradas por si desea ver la ópera entera —le prometió ella ya dentro del carruaje.
—Es muy amable. Se lo agradeceré.
—Espero que volvamos a vernos pronto. —Le lanzó un beso al aire, le cerraron la puerta y se marchó.
De vuelta al camerino apenas oyó nada. Los pasillos estaban bastante silenciosos y solo se cruzó con unas jóvenes que ya se marchaban. Deducía que iban a descansar y así estar frescas para la representación nocturna dedicada a la nobleza de la ciudad. En la estancia ya no estaba todo tal cual lo dejaron: los ramos y los regalos habían desaparecido, así como las ropas tiradas. Solo sus pertenencias personales y su abrigo permanecían intactos. Se habían dado prisa.
—Deborah.
La repentina voz masculina en el quicio de la puerta la asustó.
—¡Dios! —exclamó ella.
—Lo siento, no quería molestarla. Usted no es Deborah.
El hombre le resultó conocido. Un cuerpo grande, hombros anchos y boca curvada hacia arriba. Tuvo que hacer un esfuerzo por recordar su rostro, sin embargo, lo consiguió antes de hablar.
—No, no lo soy. Si está buscando a la señora Stanley, lord Farleyworth —matizó—, me temo que se ha marchado.
Que supiera quién era debió de intrigarle.
—Perdone, ¿nos conocemos?
—En efecto, aunque de un modo muy fugaz. Soy amiga de su prima Phoebe. Nos presentaron hace tiempo y hemos coincidido muy pocas veces.
Él arrugó el entrecejo, pensando.
—Oh, sí, sí, por supuesto —dijo mientras asentía—. Ahora la recuerdo. Siento no haberla reconocido. No es un sitio en el que esperara encontrarla. La hija del abogado del duque de Easton, ¿verdad? ¿Cramford?
—Cromfrod —rectificó—. Y sí, así es.
—Y bien, señorita Cromfrod, ¿qué hace alguien como usted aquí?
Le molestó la pizca de condescendencia que parecían llevar sus palabras. O quizá solo
