PRÓLOGO
Resulta evidente, por el modo en que están insertadas las piedras en la falda de la colina, que este sendero fue construido por unas manos que trabajaron con ahínco. Ahora está cubierto de maleza, y a un lado se aprecia vagamente el hueco de una acequia. El hombre va bajando por él con cuidado, en dirección a lo que queda de la aldea, perseguido por la extrañísima sensación de estar volviendo sobre sus propios pasos. Y ello a pesar de que es la primera vez que viene a este lugar.
Siguiendo el contorno de la colina desnuda de árboles, allá arriba, discurre la silueta de un muro de piedra seca derruido. El hombre sabe que, al otro lado, hay una media luna de arena color plata que se extiende hacia el cementerio y las moles de piedra que descansan, verticales, en lo alto del cerro. A sus pies se distinguen a duras penas los cimientos de varias casas, entre el suelo de turba y la alta hierba que se mece y cabecea al viento: el último vestigio de unas paredes que antaño cobijaron a las familias que vivieron y murieron aquí.
El hombre sigue el sendero que avanza entre las ruinas, en dirección a la playa de guijarros, en la que una desigual hilera de piedras toscamente talladas desaparece entre las olas que arrojan su espuma contra la orilla, resoplando y escupiendo. Esa hilera de piedras es lo único que queda de la pretensión, ya olvidada hace mucho tiempo, de construir un embarcadero.
Puede que, por aquel entonces, hubiera aquí unas diez o doce casas. Sus techumbres de paja se combaban sobre los gruesos muros de piedra, y por las grietas y las hendiduras que había en ellas escapaba un humo de turba que enseguida se disipaba en el viento helado de los temporales de invierno. Al llegar al corazón de la aldea, el hombre se detiene para rememorar el lugar exacto en que yacía el viejo Calum, desangrándose con el cráneo abierto, todos sus años de heroísmo borrados de un solo golpe. Se agacha en cuclillas para tocar la tierra, y al hacerlo se siente en conexión directa con la historia, en comunión con los espíritus, porque él mismo es un fantasma que persigue su pasado. Aun así, ese pasado no es el suyo.
Cierra los ojos e imagina cómo debió de ser, qué debió de sentirse, consciente de que aquí es donde comenzó todo, en otra época, en la vida de otra persona.
CAPÍTULO 1
Por la puerta principal de la casa de verano se entraba directamente en el cuarto de estar, después de dejar atrás un mosquitero que había en el porche. Era una estancia grande, y ocupaba la mayor parte de la planta baja de una casa que el asesinado utilizaba para alojar a unos invitados que nunca tenía.
Un estrecho pasillo situado al pie de la escalera llevaba hasta un cuarto de baño y un dormitorio pequeño que había en la parte de atrás de la vivienda. En el salón había una chimenea abierta, enmarcada por un cerco de piedra. El mobiliario era oscuro y macizo, y acaparaba casi todo el espacio disponible. Sime se dijo que, aunque la casa había sido remodelada, aquellos muebles debían de ser los originales. Era como viajar al pasado. Sillones generosos y antiguos provistos de antimacasares, alfombras raídas extendidas sobre unos suelos de tablones desiguales pero recién barnizados, óleos de marcos gruesos colgados en las paredes, y hasta el último centímetro disponible atestado de adornos y fotos familiares. Allí dentro incluso olía a viejo, y aquel olor le trajo a la memoria la casa que tenía su abuela en Scotstown.
Había un cable de color blanco que iba hasta el dormitorio de atrás, donde él pensaba instalar sus monitores. Sime colocó dos cámaras con trípode una junto a la otra y las enfocó hacia el sillón que estaba orientado hacia el ventanal, un lugar en el que la mujer que acababa de enviudar estaría bien iluminada. Después, situó el sillón donde se sentaría él de espaldas a la ventana para que la mujer no pudiera verle el rostro; sin embargo, él podría captar con toda claridad hasta el más minúsculo gesto que cruzara el semblante de ella.
Oyó un crujido de tablones en el piso de arriba y se volvió hacia la escalera en el preciso instante en que una agente de policía bajaba; la luz le daba de lleno, y su expresión era de desconcierto.
—¿Qué está haciendo?
Sime le explicó que estaban preparándolo todo para la entrevista.
—Supongo que ella está en la planta de arriba —dijo.
La agente asintió con la cabeza.
—Pues entonces dígale que baje —pidió.
Sime permaneció unos momentos junto a la ventana, sosteniendo el visillo hacia un lado, y recordó lo que les dijo el investigador de la policía que conocieron en el único puerto que había en la isla: «Al parecer, fue ella quien lo hizo.» El sol le daba en la cara, de modo que se vio reflejado en el cristal. Observó sus delgadas facciones, tan familiares, y su mata de cabello rubio y tupido. Advirtió el cansancio que reflejaban sus ojos y las sombras que le hundían las mejillas, y de inmediato dirigió la mirada a lo lejos, hacia el mar. La alta hierba del borde del acantilado se zarandeaba empujada por el viento, y los penachos blancos del oleaje recorrían la extensión del golfo, procedentes del suroeste. A lo lejos, divisó un amenazador frente de nubes negras que se formaba con rapidez en el horizonte.
El crujido de la escalera hizo que se volviera de nuevo, y, durante un momento que se le antojó una eternidad, su mundo se detuvo.
La mujer estaba de pie en el último peldaño, con su melena castaña echada hacia atrás. Eso le permitía apreciar las delicadas facciones de su rostro. Tenía el cutis de color claro manchado de sangre seca. Sobre los hombros, llevaba una manta que cubría parcialmente su camisón, también manchado de sangre. Sime observó que era alta y que se mantenía erguida, como si el orgullo le impidiera dejarse acobardar por las circunstancias.
Sus ojos eran azules oscuros, como de cristal tallado, con un cerco casi negro alrededor de las pupilas. Eran unos ojos tristes, llenos de tragedia. Sime se fijó en las ojeras que los bordeaban, producto de las horas que llevaba sin dormir; era como si alguien le hubiera dibujado sendos trazos en las mejillas con el dedo manchado de hollín.
Oyó el lento tictac de un viejo reloj de péndulo que reposaba sobre la chimenea y distinguió un sinfín de motas de polvo suspendidas en la luz que se filtraba oblicuamente por las ventanas. Vio que la mujer movía los labios, aunque no emitía sonido alguno. Los movió en silencio una vez más, formando unas palabras que él no logró oír, hasta que de repente se percató del tono de irritación que traslucía su voz:
—¿Hola? ¿Hay alguien en casa?
Fue como si alguien hubiera soltado el botón de pausa y el mundo hubiera vuelto a girar. Sin embargo, el sentimiento de confusión persistió.
—Perdone —se disculpó Sime—. ¿Usted es...?
En aquel momento captó el estado de ansiedad de la mujer.
—Soy Kirsty Cowell. Me han dicho que deseaba hacerme unas preguntas.
Y en medio del torbellino que le cegaba los sentidos, se oyó decir a sí mismo:
—Yo la conozco.
La mujer frunció el ceño.
—Me parece que no.
En cambio, Sime estaba seguro de conocerla. No sabía dónde la había visto, ni en qué circunstancias, ni cuándo, pero sabía con absoluta certeza que la conocía. Y, de pronto, el sentimiento que había experimentado a bordo de la avioneta volvió a invadirlo y estuvo a punto de abrumarlo del todo.
CAPÍTULO 2
I
Costaba creer que sólo unas horas antes estuviera tumbado en su cama a más de mil kilómetros de allí, en Montreal, con los brazos y las piernas enredados en las sábanas, sudando donde éstas lo cubrían y helándose en las partes que quedaban desnudas. En aquel momento tenía los ojos llenos de arenilla y la garganta tan reseca que apenas podía tragar saliva.
Durante aquella larga noche había perdido la cuenta del número de veces que había mirado la pantalla digital del reloj de la mesita. Era una necedad, ya lo sabía; cuando uno no puede conciliar el sueño, el tiempo avanza tan despacio como el inequívoco caminar de una tortuga gigante. Y el hecho de contemplar cómo las horas van transcurriendo penosamente sólo sirve para incrementar la frustración y reducir aún más las posibilidades de dormirse. Justo detrás de sus ojos aguardaba un leve dolor de cabeza, como todas las noches; una jaqueca que aumentaba de intensidad conforme se acercaba el amanecer y que lo empujaría hacia el analgésico que burbujearía frenéticamente en el vaso cuando por fin llegara la hora de levantarse.
Al darse la vuelta sobre el costado derecho, vio el espacio vacío que había a su lado y lo sintió como una reprimenda. Un recordatorio constante de su fracaso. Donde antes hubo calor, ahora sólo quedaba un vacío helado. Podría haber ocupado toda la cama con los brazos y las piernas muy abiertos, para entibiarla con el calor de su cuerpo, pero se sentía atrapado en el lado del colchón en el que tantas veces se había recluido, callado y tenso, tras una de sus peleas. Unas peleas que, según su parecer, nunca iniciaba él. Y aun así, después de las largas horas de insomnio de las últimas semanas, había empezado a dudar incluso de aquello. Las palabras pronunciadas con tanta dureza se repetían una y otra vez para venir a llenar el lento pasar del tiempo.
Al final, en el preciso instante en que empezaba a sumirse dulcemente en la nada, el agudo timbre del teléfono móvil, que había dejado en la mesita de noche, lo despertó con un sobresalto. ¿De verdad había llegado a quedarse dormido? Se sentó de golpe en la cama y, con el corazón acelerado, miró el reloj: apenas pasaban unos minutos de las tres. Manoteó buscando el interruptor de la luz y, parpadeando al sentir el brillo repentino de la lamparilla, cogió el teléfono.
Desde su apartamento de Saint-Lambert, situado junto al río, se podía tardar hasta noventa minutos, en hora punta, en cruzar el puente de Jacques Cartier hasta la isla de Montreal. Pero, a aquellas horas, el gigantesco entramado de vigas curvadas que se alzaba sobre la isla Santa Helena soportaba tan sólo un delgado reguero de tráfico que atravesaba las lentas aguas del río San Lorenzo.
Rodeado por las luces de numerosos edificios ahora vacíos, tomó la rampa de salida y se incorporó a la avenida de Lorimier. Un poco más adelante, giró en dirección noreste y enfiló la Rue Ontario, con la oscura silueta del Mont Royal dominando el cielo en su espejo retrovisor. El trayecto hasta el número 1701 de la Rue Parthenais duró menos de veinte minutos.
La Sûreté de Police ocupaba un edificio de trece pisos situado en el lado este de la calle, y disfrutaba de vistas al puente, a la emisora de televisión y a la montaña. Sime tomó el ascensor hasta la Division des enquêtes sur les crimes contre la personne, ubicada en la cuarta planta. Siempre le había hecho gracia que la lengua francesa necesitara nueve palabras cuando la inglesa se arreglaba con una sola. «Homicidios», habrían dicho los estadounidenses.
El capitán Michel McIvir estaba volviendo a su despacho con un café, y Sime lo alcanzó y se puso a caminar a su lado por aquel pasillo lleno de fotografías en blanco y negro —todas enmarcadas— de antiguos escenarios del crimen de los años cincuenta y sesenta. McIvir tenía apenas cuarenta años, sólo unos pocos más que él, pero desprendía un aire de autoridad que Sime sabía que a él nunca le sentaría bien. El capitán observó a su sargento enquêteur con mirada sagaz.
—Tienes una cara horrible, Sime.
El agente hizo una mueca.
—Gracias, ahora me siento mucho mejor.
—¿Sigues sin poder dormir?
Sime se encogió de hombros, reacio a reconocer lo grave que era su problema.
—Unos días sí y otros no —contestó, y enseguida cambió de tema—. Bueno, ¿por qué estoy aquí?
—Se ha cometido un asesinato en las islas de la Magdalena, en el golfo de San Lorenzo. —Las llamó por su nombre en francés: les Îles de la Madeleine—. El primero de la historia. Voy a enviar un primer equipo de ocho.
—Pero ¿por qué yo? No estoy en la lista de rotación.
—Sime, ese asesinato ha sido perpetrado en l’Île d’Entrée, más conocida por sus habitantes como Entry Island. Los magdalenenses son francófonos en su mayoría, pero en esa isla hablan únicamente inglés.
Sime asintió con la cabeza, mostrando comprensión.
—Tengo una avioneta aguardando en el aeródromo de Saint Hubert. El vuelo hasta las islas os llevará unas tres horas. Quiero que te encargues tú de dirigir los interrogatorios. Thomas Blanc hará la supervisión. Tu jefe de equipo será el teniente Crozes, y el sargento supervisor Lapointe se ocupará de la administración y la logística. —El capitán titubeó un instante, algo muy poco habitual en él. A Sime no le pasó inadvertido.
—¿Y el investigador especialista en escenarios del crimen? —Lo planteó como una pregunta, pero ya conocía la respuesta.
McIvir apretó los labios en un gesto de tozudez.
—Marie-Ange.
II
El aparato, un King Air B100 con capacidad para trece pasajeros, llevaba más de dos horas y media en el aire. Durante ese tiempo, los ocho integrantes del equipo de agentes enviados a investigar el asesinato que se había cometido en Entry Island apenas habían intercambiado media docena de palabras.
Sime iba sentado delante, solo, muy consciente de todo lo que lo separaba de sus colegas. No era un miembro habitual de aquel equipo, lo habían obligado a formar parte de él únicamente porque hablaba inglés. Los demás eran franceses de origen, todos hablaban inglés en mayor o menor medida, pero ninguno lo dominaba. Sime tenía antepasados escoceses. Habían llegado a Canadá hablando en gaélico, pero en el curso de un par de generaciones prácticamente ninguno hablaba ya su lengua de origen, que había sido reemplazada por el inglés. Después, en los años setenta, el gobierno de Quebec decidió que la lengua oficial fuera el francés, y en el éxodo masivo que tuvo lugar en aquellos años abandonaron dicha provincia medio millón de angloparlantes.
El padre de Sime, sin embargo, se negó a marcharse. Afirmó que sus tatarabuelos se habían labrado un lugar en aquella tierra, y que por nada del mundo iban a obligarlo a dejarla atrás. De modo que la familia Mackenzie se quedó y se adaptó al nuevo mundo francófono, aunque aferrándose a su propio idioma y a sus propias tradiciones. Sime suponía que tenía mucho que agradecerle. En casa, él se sentía igualmente a gusto con el inglés y con el francés; sin embargo, en ese momento, a bordo de aquel vuelo que lo llevaba a investigar un asesinato cometido en un archipiélago lejano, aquel detalle era lo que lo separaba de sus compañeros. Justo lo que siempre había querido evitar.
Miró por la ventanilla y vio el primer resplandor en el cielo, hacia el este. A sus pies sólo se veía el océano, y ya hacía un rato que habían dejado atrás la boscosa península de la Gaspesia.
De pronto, de la minúscula cabina del piloto emergió la imponente figura del sargento supervisor, con un fajo de papeles en la mano. Él era quien se ocuparía de proveerlos de todo: alojamiento, transporte, requisitos técnicos... Y también quien regresaría con el cadáver de la víctima a Montreal, para que le practicaran la autopsia en el sótano del número 1701 de la Rue Parthenais. Lapointe era un hombre mayor que él, tendría unos cincuenta y tantos, sufría artritis en las manos y lucía un bigote negro y puntiagudo veteado de hebras grises.
—Muy bien —dijo, elevando el tono de voz para que lo oyeran por encima del rugido de los motores—. He hecho una reserva en el hostal Madeli, situado en la isla Cap-aux-Meules. Es la principal isla administrativa, y de ella es de donde zarpa el ferry que va a Entry. El trayecto es de aproximadamente una hora. —Consultó sus notas—. El aeródromo se encuentra en la isla Havre-aux-Maisons, y por lo visto está comunicado con Cap-aux-Meules por un puente. Sea como sea, la policía local irá a buscarnos con un minibús, y parece ser que nos dará tiempo a tomar el primer ferry del día.
—¿Quiere decir que han partido sin nosotros?
El teniente Daniel Crozes levantó una ceja. El jefe del equipo tenía casi la misma edad que Sime, pero era un poco más alto. Estaba moreno y era un hombre muy atractivo. Misteriosamente, siempre se las arreglaba para conservar el bronceado, lo cual representaba toda una hazaña durante los largos y fríos inviernos de Quebec. Sime solía preguntarse si aquel moreno era de rayos o de bote.
—¡Ni lo sueñes! —repuso Lapointe con una sonrisa de oreja a oreja—. Es la única manera que hay aquí de moverse. Ya les dije que era capaz de hundir ese ferry si no nos esperaban. —A continuación, inclinó la cabeza hacia un lado—. Además, por lo que parece no afectará a lo planeado. Y no nos vendrá mal tener a la gente de aquí de nuestra parte.
—¿Qué es lo que sabemos de Entry, Jacques? —preguntó Crozes.
El gigante se atusó el bigote.
—No mucho, teniente. La industria principal es la pesca. La población está disminuyendo, y todos hablan inglés. No llegan a los cien habitantes, creo.
—Ahora son uno menos —replicó Crozes. Varias risitas amortiguadas siguieron a su comentario.
Sime miró hacia el otro lado del pasillo y vio que Marie-Ange también sonreía. Su cabello corto y castaño con algunos mechones rubios y su figura atlética le daban cierto aire masculino; en cambio, no había nada de varonil en sus ojos, de un color verde agua, ni en aquellos labios carnosos y rojos que enmarcaban unos dientes blancos y una sonrisa que desarmaba a cualquiera. Se dio cuenta de que Sime estaba mirándola, y la sonrisa desapareció al instante.
El sargento se volvió de nuevo hacia la ventana y sintió que se le taponaban los oídos cuando la avioneta hizo un viraje a la derecha e inició el descenso. Por un momento, la luz rojiza del sol se reflejó en el océano y lo deslumbró; luego la avioneta viró de nuevo, y Sime pudo ver por primera vez las islas de la Magdalena. Formaban un rosario de montículos de tierra unidos por carreteras y bancos de arena, dispuestos sobre un eje que iba del sureste al noreste. Por extraño que pudiera parecer, en conjunto el archipiélago tenía una forma parecida a un anzuelo, y abarcaba unos sesenta kilómetros de largo.
Mientras giraban para realizar el descenso final hacia el aeródromo de Havre-aux-Maisons, el piloto les dijo que, si miraban a su derecha, verían Entry Island, solitaria, al este de la bahía de Plaisance.
Sime la vio por primera vez, con su silueta recortada contra el sol naciente y posada en el horizonte con sus dos promontorios característicos, como si fuera una estatua caída de la isla de Pascua, casi difuminada en la neblina rosa de primera hora de la mañana que se elevaba del mar. Y, de manera bastante inesperada, sintió un escalofrío de inquietud que le recorrió la columna vertebral.
III
Sime estaba en el embarcadero golpeando el suelo con los pies para combatir el frío. Su respiración formaba nubecillas a la tenue luz del amanecer, mientras Lapointe, al volante del minibús, daba marcha atrás para embarcarlo a bordo del ferry Ivan-Quinn. Sujetas al techo del vehículo iban varias maletas que contenían el equipo. Sime llevaba unos vaqueros, unas botas de cuero y una chaqueta de algodón con capucha, y se mantenía un poco apartado del resto. Dicha distancia no significaría nada para cualquiera que estuviera mirándolos; en cambio, para él era un precipicio tan profundo como el Gran Cañón. No era el idioma lo único que lo separaba de los demás.
Blanc salvó el precipicio para ofrecerle un cigarrillo. Si lo conociera mejor, el supervisor habría sabido que aquel ofrecimiento no era muy adecuado en su caso. Pero Sime agradeció el gesto.
—Lo he dejado —respondió.
Blanc sonrió.
—Es lo más fácil del mundo.
Sime alzó una ceja en un gesto interrogante.
—¿Usted cree?
—Pues claro. Yo lo he hecho cientos de veces.
Sime sonrió, y ambos se quedaron en silencio unos instantes mientras observaban cómo maniobraba Lapointe para subir el minibús a la estrecha cubierta para dos vehículos del ferry. Luego miró a su compañero de interrogatorio. Blanc medía quince centímetros menos que él, pero cargaba con bastante más peso corporal. Tenía una cabellera negra, tupida y rizada, que empezaba a clarearle en la coronilla, una futura tonsura de monje.
—¿Qué tal lleva el inglés? —le preguntó.
Blanc hizo una mueca de disgusto.
—Lo entiendo sin problemas, pero no lo hablo tan bien. —Señaló con un gesto de la cabeza más allá del puerto, hacia ningún sitio en particular—. Tengo entendido que los habitantes de esta isla se niegan a hablar francés. —Soltó un bufido—. Me alegro de que usted se encargue de la entrevista.
Sime asintió. Blanc se quedaría sentado en otra habitación, al otro extremo de un cable, con dos monitores y una grabadora, tomando notas, mientras él llevaba a cabo los interrogatorios frente a una cámara. Hoy en día se grababa todo.
Lapointe terminó por fin de embarcar el minibús, y los demás integrantes del equipo subieron por la rampa para vehículos, abordaron el ferry y enfilaron por un estrecho pasillo para dirigirse a la zona de los asientos, situada en la proa. Sime no los siguió, subió la escalerilla que llevaba a la cubierta superior, rodeó el puente de mando y se dirigió a la parte delantera de la embarcación. Una vez allí, se apoyó sobre la barandilla, bajo una raída bandera de la CTMA, y contó tres cruceros amarrados en diversos muelles.
Transcurrieron otros diez minutos hasta que el ferry abandonó el puerto y dejó atrás el rompeolas para salir a un mar que parecía un espejo. Entry Island se divisaba allá a lo lejos, en el otro extremo de la bahía, iluminada por un sol que tan sólo en ese momento se elevaba por encima de un puñado de oscuras nubes matinales. Aquel trozo de tierra atrajo su atención, y ya no dejó de contemplarlo, casi como si estuviera en trance, mientras el sol le enviaba sus rayos y creaba algo semejante a una aureola alrededor de la isla. Tenía algo mágico. Casi místico.
IV
Ninguno de los integrantes del equipo sabía si era habitual que acudiera tanta gente a recibir al ferry, pero lo cierto es que, cuando éste amarró en el puerto de Entry, el diminuto muelle estaba abarrotado de vehículos y de isleños llenos de curiosidad. También se encontraba allí para recibirlos el sargento enquêteur André Aucoin, de la Sûreté de Cap-aux-Meules. De mediana edad, pero falto de experiencia, se sentía intimidado por la llegada de unos policías de verdad procedentes del continente. Aun así, estaba disfrutando de sus quince minutos de gloria bajo el sol. Aquél era su primer asesinato. Tomó asiento al lado de Lapointe en la parte delantera del minibús y fue informando al equipo a lo largo del recorrido lleno de baches que los llevó al interior de la isla.
Señaló un grupo de construcciones que había por encima de la carretera sin asfaltar, nada más pasar el restaurante de Brian Josey y el supermercado de Main Street.
—Desde aquí no se ve, pero ahí arriba está el aeródromo. Cowell tenía una avioneta propia, de un solo motor, y la utilizaba para ir y venir de Havre-aux-Maisons. Desde allí resulta fácil viajar con un vuelo comercial a Quebec o a Montreal para acudir a reuniones de trabajo. Cowell también tenía un Range Rover, que dejaba junto al aeródromo.
—¿A qué se dedicaba? —preguntó Crozes.
—Al negocio de las langostas, teniente —respondió Aucoin con una risita—. ¿A qué otra cosa puede dedicarse uno en las islas de la Magdalena?
Sime se fijó en los millares de cestas para pescar langostas que descansaban apiladas contra las casas y los graneros de madera. Aquellas edificaciones, pintadas de vivos colores y algo apartadas del camino principal, aparecían diseminadas por los verdes pastos del interior de la isla. No había árboles, tan sólo postes de telégrafo inclinados en ángulos extraños y cables que colgaban entre unos y otros. La reciente siega de la hierba del verano había dejado enormes balas de heno que salpicaban el paisaje, y a lo lejos distinguió el chapitel de una iglesia de madera pintada de blanco y las sombras alargadas de unas lápidas que descendían por la ladera bajo la luz amarilla de la mañana.
—Cowell administraba la mitad de los barcos langosteros que hay en las Magdalenas, y facturaba aproximadamente quince millones de dólares al año. Por no mencionar la fábrica de procesado y de conservas que tenía en Cap-aux-Meules.
—¿Era oriundo de las islas? —quiso saber Sime.
—Magdalenense de nacimiento y de crianza. Pertenecía a la comunidad angloparlante de Old Harry, en el norte, pero hablaba bien el francés. Nadie habría dicho que no era su lengua materna.
—¿Y su mujer?
—Kirsty nació en Entry. Por lo visto, no ha salido de aquí desde que se graduó, hace diez años, en la Universidad de Bishop, en Lennoxville.
—¿Ni una sola vez? —El tono de Crozes transmitía incredulidad.
—Eso dicen.
—¿Y qué fue lo que ocurrió anoche?
—Al parecer, fue ella quien lo hizo.
—No le he pedido su opinión, sargento —replicó Crozes en tono cortante—, sólo quiero los hechos.
Aucoin se sonrojó.
—Según Kirsty Cowell, había un intruso. Un tipo que iba cubierto con un pasamontañas. El hombre la agredió, y, cuando el marido intervino, le pegó una puñalada y salió huyendo. —No consiguió disimular su incredulidad, así que una vez más dio su propia interpretación de los hechos—: Me parece bastante raro. A ver, los expertos son ustedes, pero es que aquí, en Entry, no tenemos allanadores. Desde que suprimieron el servicio aéreo, la única forma de llegar es en ferry o en una embarcación particular. Es poco probable que alguien pueda entrar con un bote en el puerto y volver a salir sin que nadie se dé cuenta. Además, en la isla sólo hay otro muelle, uno privado que construyó Cowell al pie de los acantilados que hay bajo su casa. Pero como las corrientes lo convierten en un lugar muy traicionero, rara vez se utiliza.
—Otro isleño, entonces —sugirió Sime.
La mirada que le dirigió Aucoin iba cargada de sarcasmo.
—O un producto de la imaginación de la señora Cowell.
Dejaron el faro a la derecha y comenzaron a subir la cuesta que llevaba hasta la casa de Cowell. La mayoría de las viviendas de la isla habían sido construidas siguiendo un diseño tradicional: armazones de madera y paredes con revestimiento de piedra o tablas, y tejados de tejas planas fuertemente inclinados. Todas estaban pintadas de colores primarios muy vívidos: rojo, verde, azul, y en algunos casos de tonos más estrafalarios como el morado o el ocre, y con los marcos de las ventanas destacados en blanco o en amarillo canario. Los jardines estaban bien cuidados; por lo visto, eso era algo que preocupaba a los habitantes, y de hecho vieron a varios isleños trabajando al aire libre con sus cortadoras de césped, aprovechando el sol del otoño.
La casa de Cowell destacaba entre las demás, y no sólo por su tamaño, sino también por su estilo. En cierto modo estaba fuera de lugar, igual que le ocurriría a un árbol de Navidad en medio de un bosque de pinos silvestres. No pertenecía a aquella isla. Era una construcción alargada, revestida de tablones pintados de color amarillo, y provista de un tejado rojo interrumpido por buhardillas y torretas. También tenía un amplio ventanal con forma de arco. Al avanzar por el camino de grava que bordeaba el acantilado, los integrantes del equipo vieron que había un salón acristalado construido a lo largo de casi toda la fachada sur, y que los ventanales daban a un cuidado césped que se extendía hasta una valla que discurría por el borde del precipicio.
—Esto es enorme —comentó Lapointe.
Aucoin resopló frunciendo los labios, saboreando la importancia que le daban los conocimientos que poseía de aquel lugar.
—Antes era un salón parroquial —dijo—, y tenía un campanario. Estaba en Havre-Aubert, pero Cowell lo dividió en tres partes e hizo que lo transportaran hasta aquí en barcazas traídas especialmente desde Quebec. Volvieron a montarlo en los acantilados, y después lo reformaron por dentro y lo decoraron a la última. El interior es espectacular. Al parecer, lo hizo para su mujer; nada era demasiado bueno ni caro para su Kirsty, según los vecinos.
La mirada de Sime se desvió hacia otra propiedad, más pequeña, que había apenas a cincuenta metros de allí. Estaba situada un poco más abajo, en la misma ladera, y era la típica casa tradicional de la isla, azul y blanca, con un porche cubierto que daba a los acantilados. Parecía estar dentro de la misma parcela.
—¿Quién vive ahí?
Aucoin siguió la mirada de Sime.
—Ah, ésa es la casa de ella.
—¿De Kirsty Cowell?
—Así es.
—¿Quiere decir que vivían en casas separadas?
—No, ésa es la vivienda en la que se crió y que heredó de sus padres. Ella vivía con su marido en la casa grande que construyó Cowell. La vieja la reformaron. Parece ser que la utilizaban como casa de verano o como pabellón de invitados. Aunque, según las personas con las que hemos hablado, nunca tenían ninguno. Ningún invitado, me refiero. —Volvió a mirar a Sime—. En este momento, la esposa está ahí dentro, acompañada por una agente de policía. No quería que alterase el escenario del crimen. —Esperaba recibir una palmadita en la espalda y se quedó desilusionado al ver que nadie se la daba—. O al menos —añadió—, que no la alterase más.
—¿A qué se refiere? —dijo Marie-Ange, hablando por primera vez. Su tono era cortante. Estaba metiéndose en su territorio.
Aucoin se limitó a sonreír.
—Ahora lo verá, señora.
Le quedaba poco tiempo para dejar de servirles de algo, y estaba decidido a exprimirlo al máximo mientras pudiera.
Aparcaron fuera de la casa, junto a lo que supuestamente era el Range Rover de Cowell. Varios agentes de Cap-aux-Meules habían clavado estacas y extendido entre ellas una cinta de la policía para delimitar el escenario del crimen, tal como habían visto hacer en las películas, sin ninguna duda. Ahora, la cinta se agitaba y silbaba, movida por el viento, que soplaba cada vez con más fuerza. Marie-Ange bajó su maleta del techo del minibús y se puso un traje de polietileno con capucha y unas fundas protectoras de plástico en las deportivas. Los otros también se enfundaron los protectores y se pusieron guantes de látex. Aucoin los observaba con admiración y envidia. Marie-Ange le pasó unas fundas para los zapatos y unos guantes.
—Sé que seguramente ya se habrán paseado por todo el escenario del crimen, pero vamos a procurar no joderlo más todavía.
Aucoin se ruborizó de nuevo y le lanzó una mirada de profundo odio.
El equipo entró en la casa con sumo cuidado por unas puertas correderas que daban a un solárium con suelo de baldosas, en el que había un jacuzzi. Lo atravesaron y entraron en el salón acristalado, lleno de sillones abatibles y mesas de cristal. Una de ellas estaba hecha añicos. Notaron el crujido de los cristales rotos bajo sus pies. A continuación, esquivando un rastro de pisadas de sangre seca, subieron dos escalones y entraron en la zona principal de la vivienda.
Los amplios suelos de madera delineaban un espacio que se alzaba hasta el techo abovedado. A mano izquierda había una larga mesa de comedor con sus sillas, y al fondo se abría una cocina americana separada de la entrada principal por un aparador. A la derecha, una escalera en ángulo recto llevaba al piso de arriba, y a la izquierda había tres escalones en curva que conducían a una sala de estar con un piano de cola y un tresillo colocado alrededor de una chimenea.
Casi en el centro de la estancia había un hombre, tumbado boca arriba, con un brazo caído hacia la derecha y el otro a un costado. Vestía un pantalón azul oscuro y una camisa blanca que estaba empapada de sangre. Tenía las piernas extendidas, ligeramente separadas, y los pies, calzados con unos zapatos italianos, se inclinaban a derecha e izquierda. Tenía los ojos abiertos de par en par, igual que la boca. Un gesto antinatural. Sin embargo, el detalle más sorprendente lo conformaban las manchas de sangre que aparecían restregadas por el suelo, alrededor del cadáver: a modo de brochazos y charcos, y formando dibujos aleatorios. Las pisadas de sangre seca daban la sensación de rodearlo. Pertenecían a unos pies desnudos que habían dejado un rastro que iba del cadáver a la cocina y luego regresaba. Las huellas se iban desvaneciendo, pero a continuación aquellos pies habían pisado sangre nueva y las huellas volvían a ser uniformes, continuaban hasta el salón acristalado y se perdían escalones abajo. Los charcos más grandes ya estaban casi secos, y la sangre se veía coagulada y pegajosa. Había adquirido un tono oscuro.
—¡Dios! —exclamó Marie-Ange con un resoplido—. Ahora veo que cuando dijo usted que esto era un verdadero estropicio lo decía en serio.
—Así estaba cuando llegamos nosotros —aseguró Aucoin—. La señora Cowell afirma que intentó reanimar a su marido y detener la hemorragia, pero sin éxito.
—Obviamente —repuso Marie-Ange con ironía.
Aucoin se movió, incómodo, en el sitio.
—Las pisadas son de ella. Fue corriendo a la cocina para coger un paño y frenar la hemorragia. Uno de mis hombres encontró dicho paño ahí fuera, en el césped, al amanecer. Al ver que no lograba revivir a su marido, Kirsty Cowell corrió hasta la casa de un vecino para pedir ayuda. —Aucoin calló unos instantes y luego continuó—. O al menos ésa es la historia que ha contado.
Marie-Ange se movía alrededor del cadáver igual que un gato, examinando cada charco y salpicadura de sangre, cada pisada y rastro dejados en el suelo. A Sime le resultaba difícil observarla.
—Aquí hay más pisadas —anunció—. Es una huella de zapato.
—Será la de la enfermera —señaló Aucoin—. Llegó tras la llamada efectuada por los vecinos. Verificó que el marido estaba muerto. Después, nos llamó a nosotros.
—Si la esposa intentó reanimarlo, ella misma debió de quedar toda manchada de sangre —razonó Crozes.
—Sí, señor, así es —respondió Aucoin, asintiendo con gesto grave.
—Espero que no le hayan permitido cambiarse de ropa ni lavarse —dijo Marie-Ange al tiempo que le dirigía una mirada casi tan áspera como su tono de voz.
—No, señora.
Marie-Ange se volvió hacia Lapointe.
—Vamos a necesitar que la fotografíen y le hagan una exploración médica para buscar fibras y heridas. Quiero muestras de lo que lleve debajo de las uñas. Usted tiene que meter su ropa en una bolsa y llevársela a Montreal para que la examinen los forenses.
Acto seguido, centró de nuevo su atención en Aucoin.
—¿Hay un médico en la isla?
—No, señora, sólo una enfermera. Son dos. Vienen una semana cada una.
—Pues en ese caso tendremos que apañarnos con ella. E imagino que, dado que es una mujer, el agente que la examine tendré que ser yo.
—¿Había alguna señal de allanamiento? —preguntó Blanc.
La carcajada de Aucoin fue involuntaria, pero se rehízo enseguida.
—No. Aunque si alguien hubiera intentado entrar en la casa no habría necesitado forzar ninguna puerta. En esta isla, nadie cierra con llave.
El teniente Crozes dio una palmada.
—Muy bien, pues vamos a empezar. Sargento Aucoin, ¿ha entrevistado a la esposa?
—No, señor. He tomado declaración a los vecinos, nada más.
—Bien. —Crozes se volvió hacia Sime—. ¿Por qué no os instaláis Blanc y tú en la casa de verano y tomáis una declaración inicial antes de que nosotros realicemos la exploración médica?
CAPÍTULO 3
El sonido de su voz resultaba casi hipnótico. Monótono, carente de emoción. La mujer rememoraba lo sucedido la noche anterior como si estuviera leyéndolo por enésima vez en un papel impreso. Y sin embargo, las imágenes que provocaba aquel relato en Sime eran sumamente vívidas, como si hubieran sido revestidas con los detalles de la imagen que se había hecho él mismo de la escena del crimen.
Aun así, era una imagen que iba y venía, que en un momento dado estaba nítida y al siguiente desenfocada. Todo en aquella mujer lo distraía. El modo en que le caía el cabello sobre los hombros, ahora lacio pero todavía animado por una onda natural, y tan oscuro que parecía casi negro. Los ojos, extraños de tan faltos de sentimiento, que daban la sensación de taladrarlo de parte a parte hasta tal punto que tuvo que interrumpir el contacto visual y fingir que estaba pensando en la siguiente pregunta. La manera en que cruzaba las manos sobre el regazo, una dentro de la otra, con aquellos dedos largos y elegantes apretados a causa de la tensión. Y su voz, teñida de aquel lento acento canadiense, sin el menor rastro de entonación francesa.
Las nubes amenazadoras que había visto en el horizonte ya estaban en el golfo, retirándose hacia el sur de las islas, y el sol salía y se ocultaba en instantes efímeros para iluminar brevemente el mar y provocar súbitos fogonazos de luz cegadora. El viento azotaba la casa. Sime no sólo lo oía, también lo sentía en el cuerpo.
—Estaba preparándome para irme a dormir —dijo ella—. Nuestro dormitorio está abajo, en un extremo de la casa. Las puertas dan al salón acristalado, pero las luces estaban apagadas. James se encontraba en el piso de arriba, en su estudio. No hacía mucho que había llegado a casa.
—¿Dónde había estado?
Ella titubeó un momento.
—Había venido en avión desde Havre-aux-Maisons y había cogido su Range Rover en el aeródromo. Siempre lo deja ahí. —Hizo una pausa para rectificar—: Siempre lo dejaba, quiero decir.
Sime sabía por experiencia profesional lo difícil que era referirse de repente a un ser querido en tiempo pasado.
—Oí un ruido en el salón acristalado y lo llamé, pensando que era James.
—¿Qué clase de ruido?
—No lo sé... En este momento no lo recuerdo. Simplemente un ruido. Como el que hace una silla al rozar contra las baldosas o algo parecido. —Entrelazó los dedos sobre el regazo—. En fin, como no me contestó, bajé a echar un vistazo, y entonces fue cuando un hombre salió de la oscuridad y se me tiró encima.
—¿Consiguió verlo?
—En aquel momento, no. Como ya he dicho, estaba oscuro. No fue más que una sombra que surgió de la nada. Pero llevaba guantes. Lo sé porque me puso una mano en la cara y noté el olor y el tacto del cuero. —Sacudió la cabeza—. Resulta extraño, ¿no cree? Las cosas que somos capaces de percibir en los momentos de estrés. —Esta vez fue ella la que interrumpió el contacto visual, y su mirada pareció perderse a media distancia, como si estuviera intentando reconstruir el momento—. Chillé, forcejeé y pataleé, y él intentó sujetarme los brazos a los costados, pero caímos sobre una silla y aterrizamos en una de las mesas de cristal. Cedió bajo nuestro peso y se hizo pedazos en el suelo. Creo que yo debí de caer encima de él, porque durante un momento pareció incapaz de moverse. Supongo que le faltaba el aliento. Entonces vi el reflejo de la luz de la sala de estar en la hoja de su cuchillo, me puse de pie y eché a correr como loca. Subí por la escalera hasta la sala, llamando a James a gritos.
Su respiración iba volviéndose más agitada con el ritmo del relato, y cuando ella volvió a mirarlo, Sime se percató del color que ahora encendía sus mejillas y le rodeaba los ojos.
—Sabía que lo tenía justo a mi espalda, y de repente noté que me empujaba con el hombro en la parte posterior de las piernas. Me derrumbé igual que una torre de ladrillos y choqué con tal fuerza contra el suelo que expulsé todo el aire que tenía en los pulmones. No podía respirar, no podía gritar. Sólo veía lucecitas, como destellos. Intenté zafarme y ponerme boca arriba para poder verle la cara. Y entonces lo conseguí. Estaba sobre mí, de rodillas.
—Ésa fue la primera vez que logró verlo con claridad.
Ella asintió.
—No es que pueda decirles gran cosa. Llevaba unos vaqueros, me parece. Y una chaqueta de color oscuro, no sé de qué tipo. Y la cabeza tapada con un pasamontañas negro. Pero la verdad, señor Mackenzie, yo centraba toda mi atención en el cuchillo que sostenía en la mano derecha. Lo tenía levantado en alto y estaba a punto de clavármelo. En aquel momento tuve la seguridad de que iba a morir. Y de pronto lo vi todo nítido, como si estuviera viendo una película en alta definición y a cámara lenta. En la hoja de aquel cuchillo vi reflejadas cada una de las superficies de la habitación. Los dedos enfundados en el guante de cuero cerrados alrededor del mango. Una extraña intensidad en los ojos que asomaban por el pasamontañas.
—¿De qué color eran?
—¿Los ojos?
Sime asintió.
—Supongo que debería acordarme. Me parecieron oscuros. Negros. Pero a lo mejor era porque tenía las pupilas muy dilatadas. —Inspiró para tomar aire—. Un instante después, vi a James detrás de él. Agarró el cuchillo con las dos manos para apartarlo y tiró del intruso para separarlo de mí. Vi que intentaba arrancarle el pasamontañas y que él le lanzaba un puñetazo a la cara. Los dos se alejaron unos metros, forcejeando. Luego cayeron al suelo con un estruendo terrible, y el intruso quedó encima de James.
—¿Qué hizo usted?
La mujer negó con la cabeza.
—Nada que tuviera mucho sentido. Crucé la habitación y me subí de un salto a la espalda de aquel hombre. ¡Como si yo tuviera fuerza suficiente para dominarlo! Me puse a pegarle y a darle patadas, chillando sin parar, y noté que James se revolvía debajo de nosotros. De repente, un codo, tal vez un puño, me golpeó de lleno en este lado de la cabeza. —Alzó una mano para pasarse los dedos con cuidado por la sien derecha—. Me han contado que algunas personas dicen ver las estrellas cuando reciben un golpe así. Bueno, pues es cierto, yo vi las estrellas, señor Mackenzie. La cabeza se me llenó de luces, y eso me robó toda la fuerza de los brazos y de las piernas. Me caí de espaldas y pensé que iba a vomitar. No podía hacer nada. Oí gritar a James, luego un chillido terrible y como unos golpes, y después el intruso pasó corriendo por mi lado, bajó los tres escalones y salió atravesando el salón acristalado.
Sime la observó con atención. Había empezado contando de forma desapasionada un acontecimiento traumático, y sin embargo ahora se había involucrado del todo, emocionalmente. En sus ojos vio miedo y aprensión. Y retorcía las manos sobre el regazo.
—¿Y luego, qué hizo?
Ella tardó unos instantes en responder, como si estuviera obligándose a sí misma a abandonar los recuerdos y regresar al presente. Todo su cuerpo se relajó.
—Conseguí ponerme de rodillas y vi a James tendido de costado, hecho un ovillo, casi en posición fetal. Estaba de espaldas a mí, y hasta que llegué a su lado no vi el charco de sangre que empezaba a formarse en el suelo. Seguía vivo, y se agarraba el pecho como si intentase detener la hemorragia, pero vi que la sangre se le colaba entre los dedos con cada latido del corazón, cada vez más débil. Salí corriendo hacia la cocina para coger un paño e intentar frenar yo misma la hemorragia, pero como iba descalza resbalé en el charco de sangre y me caí. Fue como si el suelo se hubiera vuelto todo de cristal, porque no hacía más que resbalar y patinar como si fuera idiota. Supongo que fue culpa del pánico.
Cerró los ojos, y Sime la imaginó visualizando aquel momento detrás de sus párpados inquietos. Reviviéndolo. O inventándolo. Todavía no estaba seguro. Sin embargo, ya era consciente de que deseaba que su versión de lo sucedido fuera cierta.
—Para cuando volví junto a él, estaba yéndose. Se lo noté en la respiración: rápida y superficial. Tenía los ojos abiertos, y vi que iban apagándose. Fue como ver ponerse el sol. Me arrodillé en medio de aquel charco de su sangre y lo empujé para tenderlo boca arriba. La verdad es que no sabía qué era lo que debía hacer, así que le apreté el paño enrollado contra el pecho, intentando detener la sangre que no dejaba de brotar. Pero en el suelo ya había mucha... De pronto, dejó escapar una larga exhalación, con la boca abierta, como un suspiro, y luego se fue.
—Usted les ha dicho a los vecinos que intentó reanimarlo haciéndole un masaje cardíaco.
La mujer asintió.
—Lo he visto en la televisión, pero en realidad no tenía ni idea de lo que debía hacer. De modo que le presioné el pecho con las dos manos, varias veces, con todas mis fuerzas. Intentaba que su corazón volviera a latir. —Negó con la cabeza—. Pero no pasó nada, no hubo ninguna señal de vida. Creo que estuve unos dos minutos tratando de reanimarlo, puede que más tiempo. Me pareció una eternidad. Luego lo dejé y probé con el boca a boca. Le abrí la mandíbula, le pincé la nariz y le insuflé aire de mi boca a la suya.
Miró a Sime con los ojos llenos de lágrimas provocadas por los recuerdos.
—Sentí el sabor de la sangre en los labios y en la boca. Pero en el fondo sabía que aquello no estaba funcionando. James había muerto, y no había forma de devolverlo a la vida.
—¿Y entonces fue cuando salió corriendo a casa de sus vecinos?
—Sí. Imagino que debía de estar bastante histérica. Al salir me corté en los pies con los cristales rotos. Ya no era capaz de distinguir qué sangre era la mía. Creo que les di un susto de muerte a los McLean.
Cuando parpadeó, las lágrimas resbalaron por sus mejillas, recorriendo los mismos surcos que las que había derramado anteriormente. Después se quedó mirando a Sime, como si estuviera aguardando la siguiente pregunta, o quizá desafiándolo a que la contradijera. Él, sin embargo, se limitó a devolverle la mirada, medio perdido en la visualización de aquel relato: una parte de él estaba en conflicto con el escepticismo que le generaban su experiencia y su entrenamiento como investigador; la otra se sentía embargada por un sentimiento de empatía. Y, aun así, seguía invadiéndolo la sensación, irresistible y turbadora, de conocer a aquella mujer. No tenía ni idea de cuánto tiempo duró aquel silencio.
—¿Interrumpo algo, Simon? —preguntó Marie-Ange, y su voz disipó el momento. Sime se volvió, sobresaltado, hacia la puerta—. No sé... ¿Ya ha terminado la entrevista o qué? —Habló en inglés, sosteniendo la puerta de rejilla entreabierta, y lo miraba con curiosidad.
Sime se puso de pie. Se sentía desorientado, confuso, como si hubiera perdido el conocimiento durante unos instantes. De repente algo atrajo su atención, un movimiento en el pasillo, más allá de la escalera, y vio a Thomas Blanc allí de pie, con una expresión extraña. Blanc hizo un gesto afirmativo con la cabeza, sin decir nada, y Sime contestó:
—Sí, por ahora hemos terminado.
—Bien. —Marie-Ange se volvió hacia Kirsty Cowell—. Quiero que me acompañe al centro médico. Vamos a hacerle unas cuantas fotos, la enfermera le realizará una exploración médica, y después podrá lavarse. —Miró a Sime, pero éste eludió el contacto visual, de modo que la agente se volvió otra vez hacia la viuda—. La espero fuera. —Dejó que la puerta se cerrase sola y salió.
Sime miró de nuevo hacia el pasillo, pero Blanc había regresado al dormitorio.
Kirsty se puso de pie al tiempo que le lanzaba una mirada extraña, de complicidad.
—Esa agente lo ha llamado Simon, pero usted me ha dicho que se llama Sheem.
Sime se sintió profundamente avergonzado.
—Así es. Es la forma de Simon en gaélico. Se escribe S-I-M-E. O por lo menos así es como lo escribía mi padre. Y así es como me llama todo el mundo.
—Excepto ella.
Sime sintió que se ruborizaba y se encogió de hombros.
—¿Son amantes?
—Mi vida privada no viene a cuento.
—Entonces son antiguos amantes.
Sime pensó que tal vez el cansancio y el estrés fueran lo que la hacía ser tan directa, porque Kirsty Cowell ni siquiera parecía tener interés. Aun así, se sintió empujado a responderle.
—Estuvimos casados. —Y luego agregó a toda prisa—: En pasado. —Y por último añadió—: Esta entrevista no ha terminado. Volveré a hablar con usted después de la exploración médica.
La viuda le sostuvo la mirada unos instantes, luego dio media vuelta, empujó la puerta de rejilla y salió al porche.
Sime salió momentos después y se encontró con Marie-Ange, que estaba esperándolo. La viuda del asesinado había subido a la parte de atrás del minibús. Lapointe estaba sentado al volante, con el vehículo al ralentí, pero el silbido del viento se llevaba el ruido del motor. Marie-Ange se acercó a Sime en un ademán que casi podría haber parecido íntimo, si no hubiera sido por su lenguaje corporal, que resultó muy hostil. Bajó la voz para decirle:
—Vamos a dejar bien claras, desde ahora, las reglas básicas.
Sime la miró con incredulidad.
—¿Qué reglas?
—Es muy sencillo, Simon. —Desde que rompieron, Marie-Ange había vuelto a llamarlo por su nombre formal—. Tú haces tu trabajo y yo hago el mío. Salvo cuando haya alguna tarea que hacer en común, no tenemos nada de que hablar.
—Llevamos meses sin tener nada de que hablar.
Marie-Ange bajó el tono de voz hasta transformarlo en un susurro apenas audible por encima del viento.
—No quiero peleas entre nosotros. Y menos delante de mi equipo.
Su equipo. Un recordatorio innecesario de que allí el intruso era él. La mirada de Marie-Ange era tan fría que Sime estuvo a punto de encogerse, y se acordó de lo mucho que ella lo había amado en otra época.
—No va a haber ninguna pelea.
—Bien.
—Pero cuando quieras puedes venir a recoger el resto de tus cosas. La verdad, no quiero verlas desperdigadas por mi apartamento.
—Me sorprende que te hayas dado cuenta. Cuando estuve viviendo contigo, apenas te fijabas en mí.
—A lo mejor era porque nunca estabas en casa.
Marie-Ange dejó pasar este último comentario.
—¿Sabes qué es lo más interesante de todo? Que no quiero recoger mis cosas. No las echo de menos. No echo de menos lo nuestro. ¿Por qué no las tiras a la basura?
—¿Como hiciste tú con nuestro matrimonio?
—No me vengas con ésas. Eres un témpano de hielo, Simon. No tienes nada que dar. Lo único que lamento es haber tardado tanto tiempo en darme cuenta. Dejarte es lo mejor que he hecho en la vida. No tienes ni idea de lo libre que me siento.
Todo el dolor y el sentimiento de saberse traicionado se hicieron patentes en la tristeza que había en sus ojos castaños cuando la miró. A menudo se había preguntado si habría una tercera persona, pero ella siempre lo había negado. Todo era culpa de él. Las peleas, los silencios, la ausencia de sexo. Y ahora era Sime quien estaba pagando el precio de la libertad de Marie-Ange.
—Pues en ese caso espero que lo disfrutes —fue todo lo que dijo.
Ella le sostuvo la mirada un momento más, y después se volvió para bajar los escalones del porche rápidamente y dirigirse al minibús, que la aguardaba. Al mirar hacia allí, Sime vio que Kirsty estaba observándolo al otro lado del reflejo de la ventanilla.
CAPÍTULO 4
No era raro que, después de varios fracasos sentimentales, hubiera perdido la confianza en sí mismo. El punto crucial lo alcanzó cuando emp
