Argentina ha atravesado, como la mayoría de los países latinoamericanos, un sinuoso camino en la búsqueda de su lugar en el mundo. La forma de inserción del país ha ido variando con el correr del tiempo, de acuerdo con el escenario político y económico internacional y con la situación política e ideológica en el ámbito interno. Desde la tormenta iniciada con la crisis de 1930, Argentina dejó de ocupar su lugar entre los países con mayor ritmo de crecimiento, donde se había ubicado en los años dorados del comercio agroexportador. Esta pérdida de dinamismo ha llevado a muchos autores a sostener que, desde mediados del siglo XX, Argentina sufrió un proceso de «declinación económica», afirmación que merece ser discutida o, al menos, precisada. Este derrotero ha conformado un imaginario colectivo caracterizado por un anhelo de «volver al pasado». En contraste con la construcción de pujanza brasileña como «país del futuro», la identidad argentina considera su presente problemático, a la vez que ubica el futuro en el pasado, en la Argentina desarrollada y de prestigio internacional que alguna vez fue. Es por eso que en momentos de su historia ha convivido con la idea de «reinsertar» el país en aquel paraíso perdido.
La sensación de sentirse enlazada al Viejo Continente había predominado hasta la década de 1930, apoyada en las intensas relaciones comerciales y culturales que la élite argentina mantenía con Europa Occidental, diferenciándose de la región y los vecinos más próximos. La crisis de 1930 puso fin a esta visión al hacer eclosión aquel mundo en el que se desenvolvía el país. La frustración comenzó a desaparecer durante el gobierno de Perón, quien, impulsando el modelo de capitalismo de Estado con sustitución de importaciones, intentó conducir a la Argentina hacia un nuevo lugar en el esquema mundial y regional. Los principales debates de la época se centraron en cuáles debían ser las alianzas que el país debía fortalecer para recuperar su relevancia en el mundo. En este contexto, algunas voces comenzaban a señalar las ventajas que una alianza con Estados Unidos podría tener para atraer inversiones modernizadoras y sustentar el crecimiento de las industrias «naturales», elaboradoras de materias primas. Al mismo tiempo, se planteaba la posibilidad de estrechar lazos con Brasil y América Latina con el fin de superar la estrechez del mercado interno y de diversificar los externos, ya que desde 1949 comenzaron a descender los precios internacionales de los granos, que se mantuvieron en valores bajos hasta la cortísima bonanza que tuvo lugar de 1973 a 1974.
En esa búsqueda, las alianzas con los demás países ocuparon un lugar central en la agenda de los sucesivos gobiernos. Argentina fue ágil en reconfigurar periódicamente su política de alianzas globales, en un principio con Europa —y en especial Gran Bretaña—, luego con Estados Unidos y América Latina, y más tarde buscando otras complementariedades.
El bicentenario es una oportunidad más que propicia para repasar el camino recorrido en la última mitad del siglo XX y analizar el desenvolvimiento de Argentina en el sistema internacional. Para ello se analizarán las diversas formas de inserción que adoptó el país durante esos años, poniendo énfasis en sus opciones de política exterior y de política de inserción en el contexto internacional.
Cooperación y confrontación en América Latina (1960-1982)
Los años que van desde la década de 1960 hasta la llegada de la democracia en 1983 se caracterizaron por numerosos cambios respecto de la política adoptada durante la primera mitad del siglo. La herencia peronista ubicó al país en una postura tercerista, marcada por la no alineación estratégica y el alejamiento de los organismos internacionales de crédito. Finalmente, debido a los crecientes problemas del sector externo, Argentina ingresó en el Banco Mundial y en el Fondo Monetario Internacional en 1956. De la mano del presidente Arturo Frondizi (entre 1958 y 1962), la década de 1960 se inició con un ímpetu desarrollista y modernizante en pos de la inversión extranjera y la búsqueda de un acercamiento económico y político a los países latinoamericanos. Las políticas económicas adoptadas se orientaron primero a reducir el aparato regulatorio e intervencionista heredado del peronismo, a resolver los problemas del sector externo a través del desarrollo de las industrias básicas y de la rama automotriz y a una mayor integración del aparato productivo. En el ámbito regional, fue un momento de cooperación que se vio reflejado en la creación del Banco Interamericano de Desarrollo (1959), con el objetivo de catalizar regionalmente la inversión pública, y de la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio (1960), orientada a suprimir las importaciones. Esta incipiente construcción brindó oportunidades que no fueron desaprovechadas. Argentina desempeñó un rol particular debido sobre todo a la evolución de su postura frente a los asuntos de la región. El lugar ocupado por el país ha estado marcado por la búsqueda de su identidad, que en esa época comenzaba a reorientar su mirada hacia el continente. Al igual que Brasil y Chile, cuando comenzó a configurarse el continente como actor político —en los últimos años del decenio de 1950—, Argentina asumió un proceso de «latinoamericanización» y reconfiguró sus alianzas.
Uno de los hechos centrales que implicó un cambio estuvo relacionado con el triunfo de Fidel Castro en Cuba, que significó un antes y un después en el accionamiento de los diferentes gobiernos latinoamericanos. La Guerra Fría y sus fantasmas generaron fuertes tensiones acerca de la postura que debía adoptarse frente a la necesidad de mantener autonomía respecto de Estados Unidos, que temía una expansión comunista en su patio trasero. En un contexto en el que el mundo era interpretado en clave este-oeste, todos los países debieron maniobrar en ese escenario de polarización. La posición que se tomó fue cambiante y ambivalente debido a las presiones de Washington y a las promesas de cooperación económica a cambio de apoyo para aislar a Cuba y demostrar la inefectividad del modelo del gobierno revolucionario. Ejemplos de éstas fueron la Alianza para el Progreso, los fondos para la capitalización inicial del Banco Interamericano de Desarrollo y el levantamiento del veto a la creación de la Asociación Latinoamericana de Integración.
En 1960 las Naciones Unidas inauguraron la «década del desarrollo». El presidente argentino aspiraba a catalizar la modernización desarrollista, con la intención de conducir al país hacia el liderazgo continental que, a su vez, diera un gran impulso a la política exterior argentina. Su objetivo era crear en el Cono Sur una estructura fuerte integrada por Argentina, Brasil, Chile, Uruguay y Perú. La idea básica era la ayuda mutua en la esfera económica y una fuerza aglutinante capaz de enfrentar políticamente a los poderes mundiales. Sin embargo, se enfrentó no sólo a las presiones de Estados Unidos sino también a las internas, encabezadas por las fuerzas armadas, autoungidas desde el derrocamiento de Perón en guardianas del orden y en árbitras de la aceptabilidad o no de una política. Respecto de Cuba, el gobierno de Frondizi intentó inicialmente proteger la autonomía de la isla y respetar su soberanía ante la insistencia estadounidense de excluir a Cuba de la Organización de los Estados Americanos (OEA). Para el gobierno de Frondizi, Cuba era v
