
PARTE 1. SMITH, MARX, KEYNES
Los dos errores opuestos del pesimismo se demostrarán equivocados en nuestro propio tiempo: el pesimismo de los revolucionarios, que creen que las cosas están tan mal que no nos puede salvar más que un cambio violento, y el pesimismo de los reaccionarios, que consideran tan precario el equilibrio de nuestra vida económica y social que piensan que no debemos correr el riesgo de experimentar.
(«Las posibilidades económicas de nuestros nietos», JOHN MAYNARD KEYNES)
ALGO MÁS QUE UN ECONOMISTA
El mundo moderno no puede entenderse sin tres economistas excepcionales: Adam Smith, Karl Marx y John Maynard Keynes. Aunque en muchos aspectos su obra es casi totalmente incompatible, en otros se complementa e hizo avanzar al planeta hacia el progreso. Dados en numerosas ocasiones por muertos y enterrados, La riqueza de las naciones, El capital y la Teoría general del empleo, el interés y el dinero resurgen en cada mutación, en cada disrupción, en cada crisis económica, y se vuelven a buscar en estos libros (y en otros de los mismos autores) las claves de lo que sucede en cada momento, así como las soluciones para mejorar las cosas y volver a la senda de lo que el último de ellos denominaba «la buena vida».
Los tres padres de la economía como ciencia, Smith, Marx y Keynes, constituyen una buena muestra de que el buen economista es aquel ciudadano cuyos intereses y obligaciones desbordan el terreno de la economía y la imbrican en el seno de otras disciplinas científicas y de la vida. Smith era un moralista, Marx un filósofo y Keynes un hombre muy polivalente que, como veremos, combinó con amplitud la faceta de economista con las de inversor, empresario, académico, animador cultural y artístico, funcionario...
Sylvia Nasar es una periodista estadounidense, colaboradora de The New York Times, que ha escrito una monumental y heterodoxa historia del pensamiento económico que adopta la forma de una crónica (La gran búsqueda). En ella se parte de la idea de que la nueva ciencia económica que emergió después de las dos guerras mundiales, que se identifica en buena parte con el keynesianismo, acabaría transformando la vida de todos los habitantes del planeta. Esa corriente, surgida en los felices veinte, la época dorada posterior a la Primera Guerra Mundial, fue puesta en tela de juicio por las dos grandes conflagraciones, la ascensión de los gobiernos totalitarios y la Gran Depresión, pero tras todo ello adquirió velocidad de crucero y fue hegemónica durante al menos un cuarto de siglo, denominado la edad de oro del capitalismo. En esa aspiración —resolver el problema político de la humanidad combinando la eficiencia económica, la justicia social y la libertad individual— se inspiraron la vida y la obra de Keynes (1883-1946). El texto de Nasar dedica a ellas muchas de sus páginas y muestra cómo Keynes ha sido uno de los hombres más influyentes, de esos a los que les gusta trabajar siempre que pueden entre bambalinas. Hasta sus críticos reconocían que era «lúcido, seguro, de memoria infalible», y la autora le describe físicamente del siguiente modo: «Su nariz respingona y sus labios carnosos le habían valido el apodo de “Morritos” en sus años escolares, y su mirada mostraba la avidez de quien “ansiaba trabajo, fama, influencia, dominio, admiración”, según el desdeñoso comentario de Lady Ottoline Morrell, una de las amantes de Bertrand Russell. La arrogancia de Keynes podía ser cargante, su trato brusco y su forma de vestir desaliñada, pero su mirada luminosa, sus rasgos vivaces y su aplomo lo volvían atractivo. Hombres y mujeres encontraban irresistible su voz melodiosa y profunda».
Su vínculo intelectual le unía a los filósofos más valiosos de la época, como, por ejemplo, G. E. Moore, Bertrand Russell o Ludwig Wittgenstein. Su esposa Lydia Lopokova sentenció que Keynes fue «más que un economista». Y él mismo, al escribir la necrológica de su maestro Alfred Marshall, define esta profesión del siguiente modo: «El gran economista debe poseer una rara combinación de dotes […] Debe ser matemático, historiador, estadista y filósofo (en cierto grado). Debe comprender los símbolos y hablar con palabras corrientes. Debe contemplar lo particular en términos de lo general y tocar lo abstracto y lo concreto con el mismo vuelo del pensamiento. Debe estudiar el presente a la luz del pasado y con vistas al futuro. Ninguna parte de la naturaleza del hombre o de sus instituciones debe quedar por completo fuera de su consideración. Debe ser simultáneamente desinteresado y utilitario: tan fuera de la realidad y tan incorruptible como un artista, y sin embargo, en algunas ocasiones, tan cerca de la tierra como el político». Esta descripción se asemeja bastante a la figura del propio Keynes.
Cualquier estudio o intento de aproximación a ella es deudor, sobre todo, de la monumental biografía escrita por el profesor británico Robert Skidelsky (publicada en su última versión, en castellano, en 2003, tras muchos años de trabajo), que se define a sí mismo «como un historiador que sabe leer y escribir sobre economía». Le debemos mucho del conocimiento de Keynes. Años después de esa biografía canónica, Skidelsky escribió una especie de segunda parte, titulada El regreso de Keynes (2009), que argumentó así:
El economista John Maynard Keynes vuelve a estar de moda. El guardián de la ortodoxia del libre mercado, el Wall Street Journal, le dedicó un reportaje a toda página el 8 de enero de 2009. La razón es evidente. La economía global está en recesión; los «paquetes de medidas de estímulo» constituyen el último grito. Pero la importancia de Keynes no estriba en su condición de progenitor de políticas de «estímulo». Los gobiernos han sabido cómo «estimular» economías enfermizas —por lo común mediante la guerra—, suponiendo que hayan sabido hacer algo. La importancia de Keynes radica en el hecho de que tenía que proporcionar una «teoría general» que explicase cómo caen las economías en estos agujeros e indicara las políticas e instituciones necesarias para mantenernos fuera de ellos. En la actual situación es mejor no tener ninguna teoría que tener una mala teoría, pero es mejor tener una buena teoría que no tener ninguna. Una buena teoría puede ayudarnos a evitar respuestas impulsadas por el pánico y darnos una nueva percepción de las limitaciones de los mercados y gobiernos. En mi opinión, Keynes suministra la clase de teoría que es correcta, aun cuando la suya no sea claramente la última palabra sobre los acontecimientos que están sucediendo 63 años después de su muerte.
También subraya la elasticidad de su biografiado para diferenciar entre las fortificaciones centrales que tenían que ser defendidas y los puestos fronterizos que podían cederse en la controversia: «La certeza de los principios generales y la gran flexibilidad y astucia en aplicarlos era la receta de Keynes para el éxito político. En algunos aspectos tenía la mentalidad de un funcionario; a diferencia de Meade [James Meade, discípulo y premio Nobel de Economía] entendía rápidamente las restricciones políticas y se adaptaba a maniobrar sus fuerzas dentro de ello».
El economista que proporcionó una teoría para combatir y salir de la Gran Depresión de los años treinta del siglo pasado vuelve a tener un papel central durante la Gran Recesión que comienza en el año 2007 y que supone otra de las mayores crisis del capitalismo, junto a las dos guerras mundiales y a la Gran Depresión. En esas cuatro circunstancias las ideas de Keynes han tenido un rol determinante. Al igual que en ese pasado, muchos podrían decir a partir de 2007, como hicieron en distintos ambientes Richard Nixon o Milton Friedman, «hoy todos somos keynesianos». O como escribió el premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz, la reivindicación del keynesianismo como parte de la solución a los problemas de hoy ha supuesto «para quienes éramos keynesianos, el triunfo de la razón contra el fundamentalismo del mercado».
Muchos le consideran el economista más importante e influyente del siglo XX, una especie de inventor de la macroeconomía moderna al tratar la economía en su conjunto. Su poder de persuasión destacaba por encima de cualquier otra característica. Skidelsky aporta cuatro razones del mismo:
1. Su deseo y capacidad de conectar la economía con el sentido común; superar la distancia, a veces tan larga, entre las conclusiones de la teoría económica y las de ese sentido común.
2. El toque de urgencia que daba a todos sus trabajos con el objeto de superar cuanto antes los problemas. Ello era muy apreciado tanto en el mundo de la política como en el de la burocracia. Su costumbre era llegar a las reuniones con borradores prácticamente cerrados, mientras sus colegas parloteaban. Keynes no apreciaba el trabajo a largo plazo porque creía que era una guía errónea para los asuntos del día. Hizo célebre la frase de «a largo plazo, todos muertos» y entendía que los economistas se adjudican a sí mismos una tarea demasiado fácil y demasiado inútil si en época de tormentas y tsunamis sólo sirven para decir al resto de los mortales que cuando el temporal haya pasado el océano volverá a estar en calma.
3. Su convicción moral de que el mundo puede ser mejorado a través de la acción pública, de la acción gubernamental. Antes de él, hubo una incapacidad de la teoría clásica para comprender la economía en estos términos. En este sentido, ya no quedan economistas prekeynesianos. Keynes había bebido de la corriente ética de su amigo G. E. Moore, que pensaba que «cuanto más rápido se pudiera obtener que el sistema cumpliese su promesa de generar riqueza para todos, más pronto estaría la humanidad en disposición de disfrutar de la buena vida», que consistía en valorar el presente sobre el futuro, los fines sobre los medios, lo bueno sobre lo malo. Resolver el problema económico era una condición necesaria, aunque no suficiente, de la civilización.
4. Su auctoritas. Era una rara combinación de genio y talento, de carisma y creatividad, una mente a la vez conceptual e institucional, estratégica y táctica. Algunos de los más cercanos a su persona han comparado su papel en la economía con el de Churchill en la política (ambos fueron llamados por su país en una hora de necesidad) o el de Einstein en la ciencia. En el ámbito metodológico, se ha destacado que creó una nueva estructura según la cual la economía era una técnica del pensamiento y no un conjunto de conclusiones definitivas; en el perímetro de lo práctico, el papel que desempeñó en la lucha de su país, Gran Bretaña, para su supervivencia durante la Segunda Guerra Mundial. El liberal Lionel Robbins, encargado de Asuntos Económicos en el gabinete de la época, con quien tanto disputó en el terreno de la teoría, escribe una carta a la viuda de Keynes, Lydia Lopokova, en la que dice: «Maynard dio la vida por su país como si hubiera caído en el campo de batalla».
Alfred Marshall, su maestro, calificó la economía moderna de organon, concepto griego que significa «herramienta», para indicar que más que un conjunto de verdades era un «motor de análisis» y un instrumento que nunca sería absolutamente perfecto sino que requeriría de continuas mejoras, adaptaciones e innovaciones. Keynes le sigue en esta idea al calificar la economía como un «aparato de la mente» cuyo cometido, como el de cualquier otra ciencia, era analizar el mundo moderno y aprovechar al máximo sus posibilidades. La economía como instrumento de conocimiento.
A partir de su obra, el frente de batalla de las ideas en el mundo de la economía se dividió entre los economistas prekeynesianos y los poskeynesianos. Sus tesis permean la atmósfera económica desde los años veinte y treinta del siglo pasado, una atmósfera de la cual las personas prácticas obtienen sus nutrientes intelectuales, dice Skidelsky. En la actualidad la mayoría de las personas —salvo los que no quieren ver— creen que los gobiernos y las intervenciones públicas pueden y deben evitar las depresiones y las recesiones y sus correspondientes consecuencias en el desempleo masivo y el empobrecimiento. Ni siquiera una persona entre mil sabe que esta idea, y su correspondiente desarrollo técnico, es de Keynes, que defendía —frente al marxismo— que son las ideas (y las ideologías, como plasmaciones de la realidad) y no los intereses las que son peligrosas, para bien o para mal. La teoría de que la economía podía «gestionarse» para garantizar objetivos como el pleno empleo o los precios bajos hubiera parecido una excentricidad incomprensible para los economistas victorianos, que tenían la pretensión inmutable, natural, casi religiosa, de que una economía prosperaba mucho mejor cuando se dejaba vía libre a las fuerzas del mercado (el laissez-faire de Adam Smith). Los economistas del siglo XIX sobreentendían que la política más liberal garantizaba la prosperidad económica, mientras que Keynes le dio la vuelta y sostuvo, por primera vez, que la prosperidad económica sería la única garantía segura para aplicar una política liberal. Cuando hay dificultades y necesidades —en todas las coyunturas— se precisa de la intervención.
Cuando muere en su casa de Tilton (Gran Bretaña), en 1946, el diario The Times escribe un obituario en el que dice que «para encontrar un economista con una influencia comparable [a la de Keynes] uno debería volver atrás, hacia Adam Smith». Su colega James Meade se refirió a él como «mi dios» y dijo que era el mayor genio que había conocido nunca. Su gran contrincante ideológico, Friedrich von Hayek, le reconoció como «el hombre más grande que he conocido nunca, y por el que siento una admiración sin límites. El mundo será un mundo más pobre sin él». Finalmente, el historiador Charles Webster escribió: «Era la mayor fuerza intelectual de nuestra generación y una más de los más grandes hombres de acción».
Su curiosidad era infinita, así como su capacidad de trabajo. Dicen que Keynes hubiese deseado que el día tuviese 36 horas y la semana 14 días, para poder dedicar tiempo a todo lo que le interesaba. Tenía una facilidad poco común para cerrar un tema y abrir otro de los que le obsesionaban, en el mismo instante, sin perder la concentración.
Nacido en Cambridge el 5 de junio de 1883, de una familia acomodada con alto nivel cultural (su padre era profesor de Economía y de Filosofía —¡qué extraordinaria unión de disciplinas!— en la Universidad de Cambridge; su madre, una de las primeras mujeres que consiguió estudiar en las universidades británicas), John Maynard Keynes se formó en los más selectos y elitistas centros de la educación británica (Eton y King’s College de la Universidad de Cambridge, que luego dirigió) y con los mejores maestros (entre ellos, los economistas Alfred Marshall y Arthur Pigou).
Su principal actividad tuvo lugar en la Administración de su país, primero como funcionario del Home Civil Service, donde fue destinado inicialmente al estudio del sistema financiero indio (escribió un libro titulado Moneda y finanzas en la India) y más adelante como consejero del Tesoro. Tras finalizar la Primera Guerra Mundial formó parte de la delegación del Reino Unido en la Conferencia de Paz de París de 1919 que firmó el Tratado de Versalles, puesto del que dimitió por estar disconforme, sobre todo, con el régimen de indemnizaciones y reparaciones que se impusieron a la potencia perdedora, Alemania. Al volver a Gran Bretaña escribió, sobre ese mismo tema, su libro más famoso y vendido, Las consecuencias económicas de la paz, que se consideró premonitorio de la Segunda Guerra Mundial.
Sostiene Skidelsky que las vidas de Keynes y de la gente de su generación fueron arruinadas por su incapacidad para superar las secuelas profundas de la Primera Guerra Mundial, y siempre estuvieron marcadas por ella. El sistema internacional restaurado de forma inestable (como denunció en Las consecuencias...) se desmoronó con el crac de 1929, la Gran Depresión y la segunda gran conflagración global, en 1939. El totalitarismo ganó bastantes adhesiones entre una buena parte de la población y Keynes vivió lo suficiente para ver al imperio soviético levantarse en Europa oriental sobre las ruinas del imperio nazi.
Keynes fue asesor, sin remuneración y sin cartera, de tres ministros de Hacienda durante la Segunda Guerra Mundial. Algunos analistas han subrayado la curiosidad (que no lo es tanto, forma parte de sus relaciones) de que Winston Churchill sólo lo mencione una vez en los cinco volúmenes de su historia de la segunda gran guerra pese a conocerlo muy bien y a saber de su enorme actividad en el seno de sus gabinetes, entre otros aspectos porque Keynes era miembro, desde 1927, del grupo Other Club, fundado por Churchill en 1919. Unos (como Skidelsky) creen que esa omisión no se debe a una falta de estima por Keynes sino que más bien refleja la indiferencia del político con respecto a los aspectos económicos y financieros de la guerra. Parece increíble. Otros entienden que es la revancha del primer ministro británico, y futuro y sorprendente premio Nobel de Literatura, a la animadversión de Keynes hacia él. Por ejemplo, en su ensayo Liberalismo y laborismo, de 1926, Keynes no se esconde: «Creo que sería saludable para el partido [Liberal] que todos aquellos que creen —con Churchill y sir Alfred Mond— que la lucha política que se avecina está mejor descrita como capitalismo versus socialismo, y pensando en otros términos, que significa luchar hasta quemar el último cartucho, nos dejaran». Y más adelante: «Coincido con el laborismo en rechazar la idea de cooperación con un partido que cuenta entre sus miembros, hasta el otro día, con Churchill y sir Alfred Mond, amén de otros varios de la misma especie».
EL PACIFISTA QUE ESTUVO EN LAS DOS GUERRAS
Keynes estuvo en el Tesoro británico entre agosto de 1940 hasta su muerte en 1946, siempre en esa frontera difusa entre un funcionario y un ministro, con una influencia que derivaba de su autoridad intelectual y profesional y no de cargo oficial alguno. Distinguió entre las diferentes obligaciones entre el intelectual y el político en activo: el deber del intelectual era decir la verdad ante las mentiras políticas necesarias. Es muy sugerente esa participación en la defensa de su país y de la civilización de la democracia siendo un activo pacifista. Esta aparente contradicción le generó algunos problemas con sus compañeros de Bloomsbury. Como mínimo, al menos media docena de sus amigos eran pacifistas radicales que habían decidido no combatir y que no paraban de insistirle en que dejara de ser cómplice de una guerra (1914-1918) que decía denostar. Cuenta Nasar que la reacción de Keynes ante la Gran Guerra fue una curiosa mezcla de patriotismo, oportunismo y pragmatismo, que cuando Inglaterra declaró la guerra a Alemania en agosto de 1914 no tenía una opinión formada y que, con su optimismo incorregible, fue de aquellos tantos que secundaron la tesis de que el enfrentamiento acabaría a los pocos meses, cuando no en pocas semanas. En enero de 1915 se incorporó oficialmente al Ministerio de Economía, donde se le asignaron las finanzas de guerra. La introducción en 1916 del servicio militar, obligatorio para los varones de entre 18 y 41 años, le complicó su vida personal porque desde ese momento pasó a formar parte de la maquinaria de guerra. En cierta ocasión, su amigo Lytton Strachey le dejó una nota en la mesa de la cena que decía: «Querido Keynes, ¿por qué está usted todavía en Hacienda?». Mientras trabajaba para ese departamento, Keynes no corría peligro de ser movilizado, porque los ciudadanos que «participaban en una tarea de importancia nacional» estaban exentos. Pero ante la insistencia de sus amigos amenazó varias veces con dejar el puesto, y en febrero de 1916 solicitó formalmente el estatus de objetor de conciencia. En la petición dejaba claro que se oponía al carácter coercitivo de la conscripción militar, más que a la guerra. Sus motivos eran más libertarios que pacifistas, concluye Nasar.
Su segunda actividad, por orden de significación, se centró en la universidad. Allí frecuentó el círculo de Los Apóstoles (Cambridge Conversazione Society), la sociedad más selecta y secreta de la Universidad de Cambridge, a la que se afiliaban de por vida los mejores (entre otros, Lytton Strachey, Leonard Woolf, E. M. Forster, Bertrand Russell, G. E. Moore, Roger Fry, Ludwig Wittgenstein... o algunos de los que luego emergerían como agentes soviéticos camuflados, como Anthony Blunt y Guy Burgess). Se reunían para discutir el trabajo presentado por uno de ellos. La condición de «apóstol» era vitalicia y establecía relaciones personales intensas; constituía un núcleo de iniciación filosófica, ética y estética que imprimía un sentimiento elitista de superioridad. El «apóstol» que ejerció más influencia en Keynes fue G. E. Moore, el autor de los Principia Ethica.
Nunca se licenció en Economía, aunque estuvo en la Escuela de Economía de Cambridge, fundada por Alfred Marshall y continuada por Pigou. Rechazó la posibilidad de convertirse en el siguiente profesor de Economía de Cambridge después de la jubilación de Pigou, en 1943, explicándole a su discípula predilecta, Joan Robinson (que le presionaba para que siguiese la secuencia de Marshall y Pigou), que no podía regresar a la monotonía de la docencia después de la guerra. En cambio, fundó el Political Economic Club, la institución más famosa de la facultad de Económicas de Cambridge, con el objeto de generar un debate permanente (por ejemplo, uno de los temas que abordaron sus miembros era en qué medida son responsables los banqueros de la alternancia de crisis y depresiones).
Perteneció al citado grupo de Bloomsbury, una comunidad de escritores, pintores, filósofos, novelistas, editores, poetas, artistas y bohemios residentes en Londres, que ponían en cuestión la moral victoriana y proponían un nuevo orden social. Keynes, como hombre vinculado a la economía y a los «aspectos prácticos», era bastante excepcional en ese ambiente pero no solo perteneció a él sino que fue parte de su núcleo central. Bloomsbury fue, posiblemente, el círculo cultural más poderoso de la Inglaterra de su tiempo. Sus componentes (Virginia y Leonard Woolf, Vanessa y Clive Bell, Bertrand Russell, Ludwig Wittgenstein, Gerald Brenan, Dora Carrington, Lytton Strachey, E. M. Forster, Katherine Mansfield, Duncan Grant...) devinieron en jueces del buen gusto, que pretendían inyectar en la clase gobernante. Si hay un lugar por excelencia en el que se manifiesta la «aristocracia intelectual» de nuestro economista, ése es Bloomsbury, cuyos componentes tenían escaso interés en conectar con la mentalidad de las masas, ni a través de la «cultura proletaria» ni de la «cultura capitalista». Su idea de civilización se basaba en tener a alguien que hiciera el trabajo sucio. Cuenta el economista español Luis Ángel Rojo, en un texto sobre Keynes que presenta las líneas centrales de su pensamiento y las sitúa en el contexto de su sociedad y de los problemas e ideas de su época (Keynes, su tiempo y el nuestro), que los participantes en el grupo de Bloomsbury eran partidarios de una nueva sociedad que debía ser libre, racional, civilizada, orientada a la verdad y a la belleza; procedían, en general, del estrato profesional e ilustrado de la clase media británica, aunque se rebelaban contra sus ideas y sus valores. No sentían el deber social y, si se interesaban por la condición de las clases inferiores, era por razones de conciencia, no de solidaridad. Aspiraban a cambiar la sociedad transformando a la clase dominante desde la libertad, la razón, la tolerancia y —muy importante— la estética. Exclusivismo, afectación, intelectualismo y sentido de la superioridad moral eran sus características más significativas. En ese ambiente, Keynes era un poco especial, como hemos dicho; lo consideraban un ser frío, carente de sentido estético (lo que no era cierto), que utilizaba su inteligencia como si fuera «una máquina de escribir» (Lytton Strachey). Virginia Woolf dijo de él: «Maynard me parecía muy truculento, muy formidable. Era como un retrato de Tolstói joven, capaz de acabar una discusión que se pusiera a su alcance con un zarpazo, y sin embargo ocultaba, como dicen los novelistas, un corazón amable y sencillo bajo aquella armadura intelectual tan impresionante».
Keynes siempre miró desde las alturas. Esa aristocracia de la inteligencia le podía emparentar con el español Ortega y Gasset. Su deslumbrante intelecto le daba una posición de autoridad, y despreciaba a los que él consideraba idiotas. No sólo era un hombre del establishment sino de la élite del establishment. Entendía que era la estupidez y no la maldad la que estaba arruinando el mundo: en el siglo XX el derecho a gobernar se basaría en la competencia, no en los ideales. En este aspecto se asemejaba a lo que luego se denominaría tecnocracia. Pretendía que sus oponentes ideológicos le hicieran frente dialécticamente, pero inspiraba tanta inseguridad en el contrario que pocos aprovecharon la oportunidad.
Uno de los que se confrontaron con Keynes fue Hayek, el futuro premio Nobel de Economía y representante del ala más liberal del pensamiento económico. Su debate fue un ensayo en vida de Keynes de lo que a partir de los años ochenta del siglo XX constituiría la gran polémica entre keynesianos, poskeynesianos y «keynesianos bastardos» (según la expresión de su discípula Joan Robinson), que elaboraron una síntesis clásico-keynesiana, y por otro lado los monetaristas de la Escuela de Chicago. En el año 1933 hay un premonitorio intercambio de cartas en el diario The Times, que muestran a la profesión económica alineada en dos bandos, el de Cambridge y el de la London School of Economics. En el primero, Keynes y Pigou entre otros, que justificaban que reducir el consumo en periodos de dificultades como el que se estaba viviendo, en plena Gran Depresión, generaba desempleo, y que era preciso despertar la inversión pública; en el segundo, Hayek, Lionel Robbins y otros que apoyaban la política de equilibrio presupuestario a ultranza.
Hayek escribió un libro titulado muy explícitamente Contra Keynes y Cambridge. El profesor Bruce Caldwell, en el prólogo a la edición de ese texto, explica el contexto del enfrentamiento entre ambas cimas del pensamiento económico: a pesar de contemplar y habitar ambos un mismo mundo, Keynes y Hayek diferían de modo radical en las soluciones que proponían. El primero veía la salvación en una revisión a fondo del orden liberal, mientras que Hayek, muy al contrario, la centraba en el redescubrimiento de ese mismo orden. Según Caldwell, se manifestó entre ambos «una batalla por hacerse con la mente de los economistas británicos en formación». Eran los años en que un grupo extraordinario de economistas se reunían en una especie de club denominado The Circus para leer la asombrosa obra de Keynes: Joan Robinson, Piero Sraffa, Nicholas Kaldor, John Hicks, Abba Lerner, Richard Kahn, James Meade, Austin Robinson, F. Harrod… Algunos de ellos serían posteriormente premios Nobel y otros lo merecieron, pero no obtuvieron el galardón. En el año 1931, el joven Hayek cuestionó las teorías económicas de Keynes (todavía no había publicado su Teoría general), cuando la revista Economica publicó su crítica al Tratado sobre e
