Los hombres son perros, se atacan los unos a los otros en la miseria, se revuelcan en la mugre sin poder escapar, se lamen el pelo y se lamen el sexo durante todo el día, tendidos en el polvo, dispuestos a todo por unos despojos o el hueso podrido que puedan echarles, y yo, lo mismo que ellos, soy un ser humano, un detritus vicioso esclavo de sus instintos, un perro, un perro que muerde cuando tiene miedo y que busca las caricias. Lo veo claro en mi niñez; en mi vida de cachorro en Tánger; en mis andanzas de joven chucho, en mis gemidos de perro abatido; entiendo mi delirio entre las mujeres, que yo tomaba por amor, y entiendo sobre todo la ausencia del maestro, que nos hace vagar tras su rastro en la oscuridad olfateándonos los unos a los otros, perdidos, sin una meta. En Tánger yo hacía cinco kilómetros a pie dos veces al día para ver el mar, el puerto y el Estrecho, ahora sigo caminando mucho, también leo, cada vez más, una forma agradable de engañar el aburrimiento, la muerte, de engañar el propio pensamiento distrayéndolo, alejándolo de la verdad, la única, que es esta: somos animales enjaulados que viven para disfrutar, en la oscuridad. Nunca regresé a Tánger, aunque me he cruzado con tipos que soñaban visitarla como turistas, alquilar un hermoso chalet con vistas al mar, beber té en el Café Hafa, fumar hachís y follarse a algún indígena, indígenas masculinos casi siempre aunque no solo, los hay que esperan tirarse a alguna princesa de Las mil y una noches, os lo aseguro, cuántos no me habrán pedido si les podía arreglar un viajecito a Tánger, con hachís y autóctonas, para descansar, si ellos supiesen que el único culo que vi antes de tener dieciocho años fue el de mi prima Meryem se hubiesen caído de espaldas o no me hubiesen creído, hasta tal punto asocian Tánger con una sensualidad, con un deseo, con una permisividad que para nosotros nunca existió, pero que allí se le ofrece al turista a cambio de dinero contante y sonante depositado en el monedero de la miseria. A nuestro barrio, no venían turistas. La casa donde crecí no era ni rica ni pobre, mi familia tampoco, mi padre era un hombre piadoso, lo que se llama un hombre de bien, un hombre de honor que no maltrataba a su mujer, ni tampoco a sus hijos (aparte de alguna patada en las posaderas de vez en cuando, algo que nunca ha hecho mal a nadie). Hombre de un solo libro, pero de uno bueno, el Corán, allí estaba todo cuanto necesitaba para saber qué debía hacer en esta vida y lo que le esperaba en la otra, rezar cinco veces al día, ayunar, dar limosna, su único sueño era ir en peregrinaje a La Meca, que nosotros llamamos Hadj, Hadj Mohsen, esa era su única ambición, tanto le daba transformar a base de trabajo su colmado en un supermercado, tanto le daba ganar millones de dirhams, él tenía el Libro los rezos el peregrinaje y punto; mi madre lo reverenciaba, y rendía una obediencia casi filial a la servidumbre doméstica; así es como crecí, entre los suras, la moral, las historias del Profeta y de los tiempos gloriosos de los árabes, fui a una escuela media donde aprendí un poco de francés y de español y todos los días bajaba al puerto con mi amigo Basam, a la parte baja de la Medina y al Gran Zoco para ver a los turistas, desde que nos salió pelo en los cojones esa fue para Basam y para mí nuestra actividad principal, mirar a las extranjeras, sobre todo en verano, cuando se ponen pantalones y faldas cortas. De todas formas, en verano no había mucho que hacer aparte de seguir a las chicas o ir a la playa a fumar porros cuando alguien nos pasaba algo de hachís. Leía un montón de viejas novelas de detectives francesas que le compraba a un librero de viejo por unas monedas, novelas de detectives porque a veces había carne, había rubias, cochazos, whisky y pasta, todo cosas que nos faltaban tanto como soñar, atrapados como estábamos entre los rezos, el Corán y Dios, que era un poco como un segundo padre, sin contar las patadas en el trasero. Nos instalábamos en lo alto del acantilado de cara al Estrecho, rodeados de tumbas fenicias, que no eran más que agujeros en la roca, llenos de paquetes de patatas fritas y latas de Coca-Cola en lugar de fiambres antiguos, cada uno un walkman en las orejas, y mirábamos las idas y venidas de los ferrys entre Tánger y Tarifa durante horas. Nos aburríamos a base de bien. Basam soñaba con largarse, probar suerte en el otro lado como él decía, su padre era camarero en un restaurante para ricos frente al mar. Yo no pensaba demasiado en el otro lado, en España, en Europa, me gustaba lo que leía en mis novelitas de detectives, pero eso es todo. Con ellas aprendía un idioma, descubría países; estaba orgulloso de conocerlos, de tenerlos para mí solo, no necesitaba que ese patoso de Basam los contaminase con sus ambiciones. Lo que de verdad me tentaba en aquellos tiempos era Meryem, la hija de mi tío Ahmed; vivía sola con su madre, en el mismo rellano que nosotros, su padre y sus hermanos trabajaban en los campos de Almería. No era demasiado guapa, pero tenía unas buenas tetas y un culo bien rollizo; en casa solía llevar pantalones ajustados o ropa interior semitransparente, Dios mío, Dios mío, cómo me ponía, me preguntaba si lo hacía adrede, y en mis sueños eróticos antes de dormirme imaginaba que la desnudaba, que la acariciaba, que ponía mi cara entre sus enormes tetas, pero era incapaz de dar el primer paso. Era mi prima, podía casarme con ella pero no meterle mano, eso no estaba bien. Me contentaba con soñar, con hablar de ella con Basam, durante nuestras tardes contemplando la estela de los barcos. Hoy me ha sonreído, hoy llevaba esto o aquello, creo que llevaba un sostén rojo, etcétera. Basam movía la cabeza diciéndome te quiere, está claro, le molas, si no no haría esos numeritos, ¿qué numeritos?, le respondía yo, es normal que se ponga un sujetador, ¿no? Sí, pero rojo, venga, hombre, venga, ¿no te das cuenta? El rojo es para excitar, y así durante horas. Basam tenía una buena cabezota de pobre, redonda y de ojos pequeños, iba a la mezquita todos los días con su viejo. Se pasaba el tiempo haciendo planes para emigrar de forma clandestina, disfrazado de aduanero, de policía; soñaba con robarle los papeles a un turista y, bien vestido, con una hermosa maleta, tomar tranquilamente el barco como si nada. Yo le preguntaba: pero ¿qué vas a hacer en España sin pasta? Curraré un poco para ahorrar, luego me iré a Francia, me contestaba, a Francia y luego a Alemania y de ahí a Estados Unidos. No sé por qué pensaba que sería más fácil ir a Estados Unidos desde Alemania. En Alemania hace mucho frío, le decía yo. Además, allí no les gustan los árabes. Eso es mentira, decía Basam, los marroquíes sí que les gustan, mi primo es mecánico en Dusseldorf y bien contento que está. Solo tienes que aprender alemán y, aunque suene raro, según parece, te respetan. Y dan los papeles con más facilidad que los franceses.
Hacíamos castillos en el aire: o las tetas de Meryem o la emigración; meditábamos así durante horas, frente al Estrecho, y luego volvíamos a casa a pie, él para ir a su oración de la tarde, yo para tratar de ver a mi prima una vez más. Teníamos diecisiete años, pero una edad mental de doce. No éramos muy astutos.
Unos meses más tarde me daban mi primera paliza, una avalancha de golpes como nunca había conocido, terminé medio aturdido y llorando, tanto por el dolor como por la humillación, mi padre también lloraba, de vergüenza, y recitaba fórmulas de conjuración, Dios nos guarde de todo mal, Dios nos ayude, no hay más Dios que Dios y todo eso, añadiendo bofetadas y golpes con la correa; mientras, mi madre gimiendo en un rincón, ella también lloraba y me miraba como si yo fuera el diablo en persona, y cuando mi padre quedó agotado, cuando ya no era capaz de seguir golpeando, se produjo un gran silencio, un silencio inmenso, me miraban los dos fijamente. Yo era un extraño, sentí que aquellas miradas me propulsaban hacia el exterior, me sentía humillado y aterrorizado, mi padre tenía los ojos llenos de odio, me escapé corriendo. Cerré la puerta tras de mí, en el rellano oí llorar y gritar a Meryem a través de la puerta, se oían golpes, también insultos, perra, puta, bajé corriendo las escaleras, una vez fuera me di cuenta de que estaba sangrando por la nariz, solo llevaba una camisa, apenas tenía diez dirhams en el bolsillo y ningún sitio al que ir. Era a principios del verano, por suerte la noche era templada, el aire salado. Me senté en el suelo contra el tronco de un eucalipto, me cogí la cabeza con las manos y me puse a gimotear como un niñato, hasta que cayó la noche y llamaron a la oración. Me levanté, tenía miedo; sabía que no iba a volver a casa, que ya no volvería, era imposible. ¿Qué iba a hacer? Me fui a la mezquita del barrio, a ver si podía pillar a Basam a la salida. Él me vio, abrió los ojos como platos, yo le dije por señas que dejase a su padre y viniese conmigo. Mierda, ¿te has visto la cara? ¿Qué te ha pasado? Mi viejo nos ha pillado a mí y a Meryem desnudos, le dije, y el solo recuerdo de aquel momento me hacía apretar los dientes, las lágrimas de rabia me inundaban los ojos. La vergüenza, la terrible vergüenza de ser descubierto desnudo, nuestros cuerpos expuestos, la vergüenza abrasadora que aún hoy me paraliza. Basam masculló vaya putada, la que te ha debido de caer, eso mismo, dije yo, eso mismo, sin entrar en detalles. ¿Y ahora qué vas a hacer? No sé nada. Pero no puedo volver a casa. ¿Dónde vas dormir?, me preguntó Basam. No tengo ni idea. ¿Tienes dinero? Veinte dirhams y un libro, eso es todo. Me dio unas monedas que llevaba encima. Tengo que irme. ¿Nos vemos mañana? ¿Como de costumbre? Yo dije de acuerdo, y se fue. Di una vuelta por la ciudad, un poco perdido. Subí por la avenida Pasteur, luego bajé hacia el mar por las pequeñas calles empinadas; había luces rojas en los bares, camareras haciendo de gancho en la puerta, tipos turbios sentados delante de los escaparates. En la cornisa, las parejas paseaban tranquilamente cogidas del brazo, eso me hizo pensar en Meryem. Volví al puerto y me dirigí hacia las Tumbas, me senté frente al Estrecho, había luces hermosas en España; me imaginé a la gente bailando en las playas, la libertad, las mujeres, los coches; ¿qué iba a hacer ahora, sin un techo, sin dinero? ¿Pedir limosna? ¿Trabajar? Debería volver a casa. Esa perspectiva me estaba destruyendo por adelantado. Imposible. Me acosté, miré las estrellas durante un buen rato. Dormité hasta que el frío del amanecer me obligó a levantarme y a caminar para entrar en calor. Me dolía todo, los golpes, pero también el entumecimiento de la noche entre las rocas. De haberlo sabido, hubiese vuelto a casa prudentemente, hubiese implorado el perdón de mi padre. De no haber sido tan orgulloso, eso es lo que debería haber hecho, me hubiese ahorrado muchas humillaciones y heridas, puede que hubiese llegado a ser tendero, puede que hubiese desposado a Meryem, puede que a estas horas estuviese en Tánger, cenando en un bonito restaurante frente al mar o dándole la tabarra a mis críos, toda una camada de cachorros hambrientos y gritones.
He pasado hambre, he devorado las frutas podridas que los hortelanos les dejaban a los mendigos, he tenido que luchar por manzanas mordidas, por naranjas mohosas, dando manotazos a tarados de todo tipo, gente con una sola pierna, mongólicos, una horda de muertos de hambre que merodeaban como yo por el mercado; he pasado frío, he pasado noches empapado en otoño, cuando las tormentas se cernían sobre la ciudad, persiguiendo a pordioseros bajo las arcadas, en los rincones de la Medina, en los edificios en construcción donde había que sobornar al guardia para que nos permitiese mantenernos al raso; en invierno partí hacia el sur, donde no hallé nada aparte de unos policías que acabaron moliéndome a palos en una infecta comisaría de Casablanca para animarme a regresar a casa de mis padres; di con un camión para volver a Tánger, y con un buen tipo que me dio la mitad de su almuerzo y un guantazo porque me negué a servirle de mujer y cuando fui a ver a Basam, cuando me atreví a poner un pie en el barrio, había perdido sabe Dios cuántos kilos, mi ropa estaba hecha jirones, no había leído un libro desde hacía meses y acababa de cumplir dieciocho años. No era probable que me reconociesen. Estaba agotado. Temblaba. Estaba medio limpio, me lavaba en el agua de las mezquitas, bajo la mirada de desaprobación de los conserjes y los imanes, luego tenía que hacer como que rezaba para calentarme un poco en las acogedoras alfombras, cogía un ejemplar del Corán y me dormía sentado en un rincón, el volumen sobre las rodillas, con un aire inspirado, hasta que un verdadero creyente se hartaba de verme roncando sobre el Texto Sagrado y me echaba fuera con una patada en el culo y a veces diez dirhams para que me fuese a otra parte. Quería ver a Basam para que visitase a mis padres, decirles que lo sentía, que había sufrido mucho y que quería volver a casa. Lo recuerdo, pensaba a menudo en mi madre. En Meryem, también. En los momentos más duros, los momentos horribles en que tuve que humillarme ante el vigilante de un aparcamiento o ante un policía, cuando el olor atroz de mi vergüenza escapaba de los pliegues de su ropa, cerraba los ojos y pensaba en el perfume de la piel de Meryem, en aquellas pocas horas con ella. Estaba aturdido por la velocidad a la que el mundo podía cambiar.
Uno se convierte en el equivalente humano de la paloma o la gaviota. La gente te ve sin verte, te da patadas para que desaparezcas y pocos, muy pocos, llegan a imaginarse en qué borda, en qué balcón duermes por la noche. Me pregunto en qué pensaba en aquella época. Cómo lo soporté. Por qué no me limité a regresar a casa de mis padres al cabo de un par de días y derrumbarme en el sofá del salón; por qué no fui al Ayuntamiento o Dios sabe dónde a buscar ayuda, quizá porque hay en la juventud una fuerza infinita, un poder que hace que todo se deslice, que hace que nada te afecte realmente. Por lo menos al principio. Pero luego, después de diez meses de fuga, trescientos días de vergüenza, no podía más. Ya había pagado, puede que sí. No me venían poemas, ni consideraciones filosóficas sobre la existencia, ni arrepentimiento sincero, apenas un odio sordo y una desconfianza creciente hacia todo lo que era humano.
Antes de ir a ver a Basam, lo recuerdo, me bañé. Era una hermosa mañana de primavera, había dormido en una grieta en la parte inferior del acantilado, en dirección a Cabo Espartel, a pocos kilómetros del centro de Tánger, después de ingerir una lata de atún y un pedazo de pan, ahumado por un fuego hecho con trozos de cajas y periódicos. Andaba envuelto en el largo abrigo de lana sisado en un mercado que me había acompañado durante todo el invierno y estaba adormecido, arrullado por las olas. Por la mañana, el Mediterráneo estaba en calma, en calma y de un azul profundo, el sol naciente acariciaba con suavidad las manchas de arena entre las rocas. Mala suerte, iba a congelarme pero aquella belleza me tenía cautivado, aquella paz líquida. El agua estaba terriblemente fría. Entré un poco en calor nadando rápidamente hacia el norte, a unos cien metros tal vez, la corriente era fuerte, tuve que luchar para llegar a la costa. Me desplomé sobre la arena, bajo el sol; no había viento, solo la cálida caricia de sílice, volví a dormirme, agotado y casi feliz. Cuando me desperté dos o tres horas más tarde, el sol de abril calentaba intensamente y yo tenía hambre. Me comí el resto del pan del día anterior, bebí mucha agua; metí el abrigo en mi bolsa y puse un poco de orden en mi ropa, la camisa estaba desgarrada en las axilas, tenía manchas de grasa en la espalda, mis pantalones estaban completamente raídos en el dobladillo, ya no se distinguían las rayas de mi chaqueta gris, obtenida en un centro de solidaridad islámica para desheredados. A pesar de todo, me sentía en forma. Basam me pasaría una camisa limpia y unos pantalones. No lo había visto desde finales de diciembre, desde que me marché a Casa; me había ayudado tanto como había podido, dándome un poco de dinero, papeo e incluso, una vez, noticias de Meryem: su madre la había enviado a vivir con su hermana a lo más profundo del Rif. Tanto como decir en prisión. Basam seguía con el cuento de la lechera para llegar a España y la última vez que lo había visto, siempre en el mismo lugar, frente al Estrecho, de cara a Tarifa la inalcanzable, me dijo no te preocupes. Ve a Casa y cuando vuelvas habré dado con una forma para llegar al otro lado. Yo seguía sin ver qué íbamos a hacer nosotros en España sin papeles y sin dinero, aparte de vagabundear y acabar arrestados y expulsados, pero bueno, era un sueño hermoso.
Pasé por su casa al mediodía, sabía que su padre estaría en el trabajo. Reencontrarme con las calles del barrio me encogió el corazón. Caminé muy rápido, evité cuidadosamente pasar por delante del colmado familiar, llegué al edificio de Basam, subí a toda prisa y llamé a su puerta como un loco, como si fuese un fugitivo. Allí estaba. Me reconoció de inmediato, lo cual me tranquilizó acerca de mi apariencia. Me hizo entrar. Me olió y me dijo que para ser un vagabundo tampoco olía tan mal. Eso me hizo reír. Es posible, en efecto, pero aun así me gustaría ducharme y comer algo, le dije. Tenía la impresión de haber llegado por fin a alguna parte. Me pasó ropa limpia, debí de estar al menos una hora en el baño. Nunca habría pensado que disponer de agua abundante pudiese ser un lujo divino. Mientras tanto él me había preparado un desayuno, huevos, pan, queso. Sonreía todo el tiempo, con aire de conspirador. Apenas me preguntó qué había estado haciendo durante los últimos tres meses, solo: entonces, ¿bien, en Casa?, sin insistir. Estaba agitado, no paraba de levantarse y sentarse, sin dejar de sonreír. Venga, desembucha, le dije final mente. Él hizo una mueca como si hubiese robado una gallina. Que desembuche ¿qué? ¿Por qué dices eso? Ok, te cuento, creo que he encontrado algo para ti, un lugar donde puedes quedarte tranquilamente, donde se ocuparán de ti. Y volvió a su aire de conspirador sonriente. ¿Qué es este lugar, un asilo? Yo me imaginaba que detrás de todo aquello había un proyecto de viaje demencial, una de esas historias típicas de Basam. No, colega, no, no es un asilo, ni un hospital tampoco, mejor todavía: una mezquita.
Pero ¿qué crees que puedo hacer yo en la mezquita?, le pregunté.
No es un lugar como los otros, dijo Basam, ya verás, es gente distinta.
En efecto, para qué negarlo, eran distintos. Barbudos, vestidos con estrictos trajes oscuros. Aparte de eso, es cierto que eran bastante amables y generosos, aquellos islamistas. Cuando Basam nos presentó, el jeque Nuredine (se hacía llamar Jeque, pero no debía de tener más de cuarenta años) me pidió que le contara mi historia: aquí lo tienes, este es de quien te hablé, Jeque, es un verdadero creyente, pero está necesitado. Entonces Dios proveerá, respondió el otro. La mezquita no era realmente una mezquita, era la planta baja de un edificio, con moqueta en el suelo y una placa de bronce en la puerta que decía «Grupo Musulmán para la Difusión del Pensamiento Coránico». Basam parecía muy orgulloso de haberles llevado a una oveja descarriada. Yo lo conté todo, con pelos y señales, o casi. El jeque Nuredine me escuchó atentamente mirándome a los ojos, sin parecer sorprendido, como si ya conociese toda la historia. Cuando terminé permaneció en silencio por un momento sin dejar de mirarme, y me preguntó: ¿eres creyente? Yo me las arreglé para contestar sí sin parecer que dudaba. Tú no has pecado, mi joven amigo. Te dejaste atrapar en la trampa de esa chica. La responsable es ella, tu padre no ha sido justo. Tú has sido débil, eso es cierto, pero es tu juventud quien ha hablado. El culpable es tu padre, es él quien debería haber vigilado a las mujeres de su familia, inculcarles la decencia. Si tu prima hubiese sido decente, nada de todo esto hubiese sucedido. Basam lo interrumpió: Jeque, su padre va gritando por el barrio que ya no tiene hijo, que lo ha desheredado.
Nuredine sonrió tristemente. Todo eso se arreglará, puede que con el tiempo. Ahora lo importante eres tú. Basam me dice que eres piadoso, serio, trabajador y que amas los libros, ¿es cierto? Desde luego. Eh, me refiero a los libros, murmuré.
En cinco minutos ya estaba contratado como bibliotecario del Grupo para la Difusión del Pensamiento Coránico; me ofrecieron una pequeña habitación en la parte trasera y un sueldo. No era una mina de oro, pero en cualquier caso era algo de dinero para gastar. No me lo acababa de creer. Le di las gracias efusivamente al jeque Nuredine, sin descartar que un imprevisto lo mandase todo al traste. Pero no. Un auténtico milagro. Me dieron unos pocos dirhams por adelantado, para que fuese a comprarme ropa y unos zapatos; Basam me acompañó. Estaba muy orgulloso y sonreía todo el rato. Te lo dije, decía, te dije que había encontrado una solución. ¿Ves lo útil que resulta ir a la mezquita?, dijo.
Él había encontrado este Grupo de Pensamiento en la oración del viernes, con su padre. De tanto verlos, acabó por simpatizar con ellos. Son gente como corresponde, decía Basam. Vienen de Arabia y tienen mucha pasta.
Recorrimos el centro como nababs para comprar tres camisas, dos pantalones, calzoncillos y unos zapatos negros un tanto apretados al final, un poco puntiagudos. También adquirí un peine, una loción para el pelo y betún, estaba de nuevo sin blanca, o casi, pero feliz, y Basam también, por mí. Se sentía tan contento de tenerme fuera de peligro que daba gusto verlo. Aquello me reconfortó por lo menos tanto como mis relucientes zapatos. Lo tomé en mis brazos y le revolví su pelambrera rizada. Ahora vamos a cambiarnos y luego a dar una vuelta, le dije. Vamos a ligar con unas chavalitas, localizamos a dos hermosas turistas y les descubrimos el paraíso de Alá. Y tal vez hasta nos paguen un par de cervezas después para darnos las gracias. Basam refunfuñó no sé qué, y luego sí sí, buena idea, ¿por qué no? Él sabía muy bien que a menos que se produjese un segundo milagro en el mismo día no íbamos a dar con un par de minifaldas acogedoras, pero me siguió el juego. De vuelta a la Difusión del Pensamiento Coránico para estrenar mis trapos, aquello estaba lleno; era la hora de la oración de la tarde y nos tocó tragárnosla. Hice cuatro postraciones detrás del jeque Nuredine, aquello me pareció muy largo.
Solo fue por falta de práctica. Durante los dos años siguientes, tuve toda la tranquilidad necesaria para acostumbrarme. Mi trabajo en el Pensamiento era de lo más tranquilo, así que me dejaba un montón de tiempo libre para el estudio y la oración. Librero, la cuestión consistía en recibir las cajas de libros, abrirlas, retirar el plástico, ponerlos en pilas en las estanterías y, una vez a la semana, el viernes, sacar una mesa a la puerta de la mezquita para venderlos. En fin, venderlos sería decir demasiado. La mayoría (pequeños libros de bolsillo, un poco como manuales escolares baratos) costaba 4,90 dirhams. Un infierno, había que tener cajas de monedas para devolver el cambio, casi tantas como para los libros. A ese precio podríamos regalarlos, le dije al Jeque. No, no, imposible, la gente debe ser consciente de que ese papel tiene un valor, de lo contrario se desharían de ellos o los utilizarían para encender el fuego. Entonces podríamos venderlos a cinco dirhams, eso me ayudaría con las monedas. Demasiado caro, respondió el Jeque. Deben ser accesibles a todos.
Aquellos manuales tenían un gran éxito. Nuestro best seller: La sexualidad en el islam; vendí cientos de ellos, seguramente porque todo el mundo pensaba que tenía chicha, recomendaciones sobre posturas o argumentos religiosos de peso para que las mujeres admitiesen ciertas prácticas, pero nada de eso, allí se hablaba del acto como «el coito», «la cópula» o «el encuentro» y en conjunto constituía una compilación comentada de frases de grandes juristas medievales nada excitante; en mi opinión una estafa, aunque solo costase cinco dirhams. Los compradores de ese manual eran hombres en un noventa y cinco por ciento de los casos. Nuestra mejor venta femenina era Las heroínas del islam, un panfleto más bien simple y eficaz sobre el mundo contemporáneo, sobre la injusticia de los tiempos y sobre cómo solo el regreso de las mujeres a la religión podría salvar el mundo, apoyándose en los ejemplos de las grandes damas del islam, sobre todo Jadiya, Fátima y Zaynab.
El resto de nuestro catálogo era más caro, 9,90 el volumen. Se trataba de libros encuadernados, por lo general en varios tomos, que pesaban más que una vaca en brazos. La colección se titulaba El patrimonio del islam e incluía reediciones de obras de autores clásicos: vidas del Profeta, comentarios sobre el Corán, libros de retórica, teología, gramática. Como esos tochazos tenían unos hermosos lomos de polipiel caligrafiados en color, servían sobre todo para decorar los comedores de todo el barrio. Hay que admitir que el árabe de hace mil años no es precisamente lo más fácil de leer. También vendíamos grabaciones en CD del Corán, e incluso un DVD de una enciclopedia coránica bastante interesante, ya que te evitaba tener que acarrear con los cincuenta volúmenes de comentarios diversos que contenía. El sueño de todo librero, vaya.
El Pensamiento estaba abierto todo el día, y mi librería con él, pero había pocos clientes. Algunos pasaban de vez en cuando a comprar alguno de los títulos que no me estaba permitido poner en las mesas. Le pregunté al jeque Nuredine si estaban prohibidos por la censura, me dijo por supuesto que no, lo que pasa es que son textos que requieren de un mayor conocimiento, que podrían ser malinterpretados. Entre ellos estaba El islam contra la conspiración sionista y panfletos de Sayyid Qutb.
Una de mis tareas (la más agradable, de hecho) consistía en ocuparme de la página web y del Facebook de la asociación para informar de las actividades (por otro lado escasas), lo cual me permitía tener acceso a internet durante todo el día. Yo hacía mi trabajo con esmero. El jeque Nuredine era agradable, culto y amable. Me explicó que había estudiado la teoría en Arabia Saudí y la práctica en Pakistán. Me recomendaba lecturas. Cuando me hartaba de porno en la red (un pequeño pecado no hace daño a nadie) me pasaba horas leyendo, cómodamente tumbado en la alfombra; poco a poco me fui acostumbrando al árabe clásico, que es una lengua sublime, poderosa, cautivadora, de una extraordinaria riqueza. Me pasaba horas descubriendo las bellezas del Corán a través de los grandes comentaristas; la sencilla complejidad del Texto me dejaba boquiabierto. Era un océano. Un océano de luces. Me gustaba imaginar al Profeta en su cueva, envuelto en su manto, o rodeado de sus compañeros, de camino a la batalla. Pensar que yo reproducía sus gestas, que repetía las frases que ellos mismos habían salmodiado me ayudaba a soportar la oración, que seguía siendo una penitencia interminable.
Tenía la impresión de redimirme, de librarme de la culpa de mis meses de errar perdido. Incluso podía imaginar que me cruzaba con mi padre o mi madre sin vergüenza. Con frecuencia le daba vueltas a esa cuestión, el viernes detrás de mi mesa; llegará el día en que me encuentre con ellos, es inevitable. Sabía que se negaban siquiera a mencionar mi nombre en público; sentía vagamente que Basam me estaba ocultando algo, que evitaba hablarme de mi familia cuando yo le preguntaba: solo respondía descuida, descuida, se les pasará, y cambiaba de tema. Yo echaba de menos a mi madre.
Por la noche, salía a dar un paseo con Basam. Cada vez pasábamos menos tiempo contemplando la costa española y más mirándoles el culo a las chicas en la calle. Tánger tenía la ventaja de ser lo suficientemente grande como para sentirnos libres fuera de nuestro barrio; de vez en cuando hasta nos permitíamos un par de cervezas en un bar discreto; me tocaba insistir durante horas para que Basam aceptase, dudaba hasta el último momento, pero la perspectiva de encontrarnos con alguna extranjera siempre me ayudaba a llevarme el gato al agua. Una vez en el bareto, todavía tardaba en decidirse, una Coca-Cola o una cerveza, pero siempre acababa tomando alcohol, luego se sentía culpable durante horas y se comía un kilo de caramelos de menta para ocultar el olor. No muy lejos del bar había una hermosa librería francesa rehabilitada en la que me encantaba trastear, aunque nunca compraba nada porque los libros eran demasiado caros para mí. Pero al menos podía echarle un ojo a la librera, después de todo éramos colegas. Nunca me atreví a hablar con ella. En cualquier caso, llevaba una alianza y era mucho mayor que yo.
Luego, invariablemente, acompañaba a Basam a casa y volvía a mi habitación minúscula en la Difusión, cogía una novelita de detectives y leía una o dos horas antes de dormirme. El librero del barrio tenía un botín inagotable en la trastienda, no tengo ni idea de dónde los sacaba: Río Negro (los más baratos), Máscara, Serie Negra (mis favoritos) y otras colecciones oscuras de los años sesenta y setenta. Todos aquellos títulos en los
