Los sueños de la niña de la montaña

Eufrosina Cruz Mendoza

Fragmento

Los sueños de la niña de la montaña

Primer desafío, salir de Quiegolani

Cuando confronté a mi papá, le dije: “Yo no me voy a casar, porque no me voy a casar”. Me respondió, enojado, que sí tenía que casarme. Ahí comenzó la tensión. “Me quiero ir”, yo arremetía. Y él me contestaba: “¿Y a dónde te vas a ir?” Y ya envalentonada: “Pues a donde sea, a Salina Cruz”. Dije eso porque ahí vivían unos tíos. “No, porque no tenemos dinero”, fue la seca respuesta de mi papá, la misma respuesta repetida en la adversidad económica de mi familia. Ante eso empecé, ahora sí, a pelear, a chantajear incluso. Dejé de comer para defender mi posición y finalmente mi papá cedió, aunque me advirtió: “Pero te olvidas de nosotros. Tú sabrás si comes o no comes. Yo voy a ir a dejarte, pero no hay ni un peso”. Respiré hondo y alcancé a decir: “No importa, me voy”. Yo tenía 12 años.

Una pesada caja de sueños

La niña que yo era desafió la realidad impuesta. Cuando salí de Quiegolani la primera vez, caminé más de 12 horas para llegar al pueblo donde salía el autobús. Me acuerdo que salimos a las dos de la mañana. Horas después llegamos a Santa María Ecatepec, Oaxaca, con los pies destrozados. Mi mamá me había puesto en una cajita mis “mejores” vestiditos y una red, porque no había mochila. Y mi papá, apurando el paso, se volteaba y me decía: “Pues era lo tú querías, ¿no?” No me ayudó a cargar la caja, nada. “Pues sí”, yo le respondía con el coraje que pude reunir.

En esa caja, lo sé ahora, llevaba yo un chingo de sueños, aunque no sabía para dónde iba. Ese recuerdo me duele mucho, pero dejé de responsabilizar a mi papá. Él pensaba, quizá, que no dejarme salir era una manera de protegerme. ¿Qué tal que me pasaba algo malo? Al menos en el pueblo ya tenía casamiento asegurado.

A Santa María Ecatepec llegamos con unos conocidos de mi papá. Nos regalaron una tacita de café y nos dormimos pronto, porque al otro día temprano salía el transporte a Tehuantepec, y ya imaginan lo que me pasó en el autobús: como en mi vida me había subido yo a un automóvil, vomité varias veces. Pero al final llegué a la gran ciudad luego de cuatro horas de carretera. Y hacía muchísimo calor. Yo, que soy de la fría montaña. Además, toda la gente hablando “diferente”. Inevitablemente me pregunté qué estaba haciendo ahí.

Las personas me veían raro porque llevaba mi cajita, mi bolsita, mis huaraches de plástico y, pues, según mi mamá, me puso el mejor vestido y un suetercito azul con botoncitos. Advertí esas miradas raras. Yo no conocía la palabra discriminación en mi entorno, pues en el pueblo todos nos conocíamos. Yo sabía quién era doña Juana, doña María. Pero en Tehuantepec comenzaron a dolerme las miradas, no sabía que eso era discriminación.

Mi papá olía a montaña, porque en la casa no conocíamos esa cosa que se llama crema o desodorante, y él ya había caminado. En los pueblos no te bañas todos los días, y por supuesto sudas. Así que esas miradas empezaron a dolerme, pero no entendía por qué. Después entendí que eso se llamaba discriminación, indiferencia. Comprendí lo ofensivo de frases como “pinches indios, pinches patas rajadas, la muchacha, la chacha”.

Vencer eso es todavía el gran reto de nuestro país. Pareciera que los indígenas no tenemos derecho a construir una realidad propia. Entonces, cuando te atreves a pensar o decir lo contrario, empiezas a vivir esta hostilidad. Yo todavía no entendía qué significaban, pero no me gustaban las miradas.

Y así llegué a la casa de unos tíos en Salina Cruz. Si acaso viví un tiempo ahí, nada más. Esa parte casi no la cuento porque hubo mucho dolor, abuso. Por eso hoy fomento las becas para los jóvenes, los albergues. Si eres mujer, indígena y no cuentas con el apoyo de nadie, entonces es bien difícil arrebatarle a la realidad lo que mereces, pero eso no significa que sea imposible.

Ése es mi punto: entiendes que vas a llorar mucho, que vas a sentir mucha frustración, vas a reclamarle a la vida por qué esa indiferencia de la sociedad, por qué ves a gente con su casota grandota y tú con tu morralito para sobrevivir. Y ahí nace un sentimiento llamado rencor, sientes ya cómo odias esa circunstancia, esa realidad. Pero pasa el tiempo y vas entendiendo muchas cosas y vas sanando también, aunque se trata de todo un proceso.

Un libro que diga: soy libertad

¿Cómo sueño este libro? Quiero que cuando lo lean inspire rebeldía, libertad, y que el lector sepa que, a base de constancia, terquedad, persistencia y rebeldía, se pueden cambiar muchas realidades. Que sea un libro para toda la sociedad, no sólo para los pueblos indígenas. Que sirva para que el gobierno entienda que no somos “población vulnerable”, que no somos “los jodidos”, que ya no queremos ser objetos de estudio, de estadísticas, de investigación. No. Que entienda que queremos ser sujetos de derechos y obligaciones, de desarrollo, pero con nuestra participación, nuestro talento y nuestra capacidad.

Siempre me han llamado la atención las frases: “el asunto indígena”, “la cuestión indígena”, “el problema indígena”, “el tema indígena”, como si fueran algo ajeno o no existieran. Los indígenas no somos un asunto, no somos un expediente. Somos personas. Somos comunidades y somos territorio. Somos rostros, somos pensamientos.

No quiero que nos consideren “población vulnerable”, porque ésa es una forma “amable” de decir que no tenemos capacidad, independencia y el poder de tomar decisiones, se nos ha hecho creer que somos dependientes, niños chiquitos. A mí se me hizo pensar que no podía razonar por mí misma, que no sabía opinar, que era la que tenía que agacharme, que era la de la ropa de manta. No. No soy eso. Sí soy cultura, soy lengua, soy comida, soy vestimenta y soy capacidad. Soy desarrollo, soy independencia y soy libertad.

Eso es lo que quiero plasmar en el libro. Que el gobierno y la sociedad entiendan también que nosotros lo gritamos, porque lo que no se grita, no se defiende. Lo que no se menciona, no se ama. Yo quiero que en mi libro quede clarito el sueño de la niña de la montaña, que nunca imaginó cambiar la Constitución de su país, ir a la ONU o escribir un libro para todo el mundo y logró cambiar la historia de su familia.

Porque yo ya no estoy dentro de esa estadística de pobreza y marginación, que todo mundo piensa que es marginación alimenticia, pero no, porque en casa había maíz, chayotes, duraznos, zarzamoras, quintoniles, verdolagas, hongos. No, yo hablo de la pobreza de la mente, pues cuando una mente no se educa, tiene miedo de defender su libertad, su dignidad, de defender la idea de que no pertenece a un grupo vulnerable, que es tan igual como los otros y que nadie decide por ti. Pienso que es así. Lo creo.

Eso es lo que quiero decirle a mi hijo, Diego; a las mujeres de Quiegolani y a todos los que se acerquen a este libro: no somos víctimas, somos posibilidad.

Quiero que este libro sea las alas para volar de mucha gente, pero también quiero que sea un grito de atención y esperanza para quienes tenemos el derecho de ser escuchados.

Yo no busco protagonismos. Mi historia es mía, de mi familia y de nadie más, pero lo que padecimos es lo que padecen miles de indígenas en mi tierra y en México.

No somos un pretexto ni una causa, somos el origen de esta tierra que nos vio nacer y en la que un día descansaremos.

Todo esto habrá valido la pena si cuando nos despidamos de este mundo, lo hemos convertido en uno mejor. Es por eso que lucho, es por eso que canto y grito: es por eso que vuelo.

Los sueños de la niña de la montaña

En el origen, el dolor

Recuerdo cuando yo tenía cuatro o cinco años, y mi hermano Lorenzo tenía 16. Él falleció a esa edad por falta de oportunidades, pues el hospital más cercano estaba y sigue estando lejísimos. Eso fue hace casi 30 años. Mi hermanito Lencho, un habitante de una comunidad sin energía eléctrica, sin carretera ni hospitales.

La casa de mis papás era de adobe y piso de tierra. En el cuarto estaban el fogón y el molino de nixtamal. Las mujeres dormíamos ahí. Mi hermanito siempre me llevaba con él a sus paseos. Él me ayudó a ser rebelde desde niña. El recuerdo que tengo de él es vago, y eso se debe al dolor. Me dolió demasiado su partida, porque era el que me quería, el que me forjó el carácter. Me enseñó a salir, a desafiar las reglas.

En ese pueblito no había más de 1 200 personas, sin luz, con escuela de piso de tierra, tablones como pupitres, y en época de lluvias había montones de hoyos. Mi hermano Lencho me sacaba de ese entorno que se llamaba casa. Creo que mi papá no lo regañaba porque Lencho era hombre, y como yo era niña, no estaba mal visto que la niña acompañara a su hermano a echarse una platicadita en el centro del pueblo. Ésa era la costumbre entre los muchachos.

A esa edad, tan joven, la salud de mi hermano se fue deteriorando. A esa circunstancia se le llama pobreza y marginación; mi hermano falleció porque se cayó y se quebró la cabeza. Duró seis meses en cama.

Y así como la de mi hermano, hay muchas de esas historias. Por eso estoy aquí, para contribuir a cambiar eso; el gobierno tiene que actuar para que no sea tan dolorosa esa soledad, para modificar esas circunstancias. No puede ser que mi historia sea tan extraordinaria en un país donde debiese ser normal estudiar, debiese ser normal ser indígena, debiese ser normal ser mujer, debiese ser normal caminar por tu ciudad con tu traje, con tus lenguas. Pero no, eso sigue siendo un elemento de exclusión, de discriminación. Sigue siendo un elemento “de los chiquitos”.

Así que la primera parte de mi vida la nutre mi hermano Lorenzo, que me transmitió esa rebeldía. Las imágenes se me vienen como un chispazo. Dice mi mamá que fue tanto el dolor que, para que yo me despegara de él y él se fuera en paz, debieron hacer muchos rituales funerarios según la costumbre del pueblo. Dice mi mamá que era tanto mi dolor que yo iba al panteón y con mis manitas escarbaba, que yo decía que ahí estaba mi hermanito y que yo lo quería de regreso.

También en nombre de él no puedo fallar, porque se fue por una circunstancia dolorosamente cotidiana en Oaxaca y en muchos pueblos indígenas: la falta de acceso a la salud. Y eso nadie me lo va a contar, porque es donde inicia mi historia, en el recuerdo de mi hermano Lencho. Creo que me dejó la fuerza para decirle a mi papá: “¿Por qué yo voy a hacer las tortillas, por qué voy a servir a mis hermanos, por qué?” Desde que tengo uso de razón, mi papá me decía: “Tienes que hacerlo porque lo tienes que hacer”.

Yo lo hacía, pero protestando, y mi papá me daba mis chingas, porque yo era una hija de su madre desde que adquirí conciencia. A veces me mandaban a darle de comer al marrano, y ahí iba la niña. Los marranos se amarraban a la orilla del pueblo y como niñas teníamos que darles de comer. Ya sabías cuál era el marrano de tu mamá.

Le daba el agua de la masa que sobraba, y ya de regreso veía a los niños jugando en los barrancos, en las resbaladillas, que eran “rústicas”, porque cortábamos ramas y las usábamos como tablones. Tomabas unos pedazos, los clavabas debajo para no ensuciarte tanto y ¡mócatelas!, ahí ibas hasta el fondo del barranco.

A mí me encantaba. Nunca los niños me cuestionaron o me corrieron por ser niña. Nunca. Entonces concluyes: la diferencia de género la construimos los adultos.

La necesaria visión infantil

Los niños, sean de ciudad o de una comunidad, no consideran que entre ser hombre o ser mujer exista una diferencia, sólo la inocencia está presente. Más allá de las actividades que hacía de niña, como desgranar la mazorca, levantarme con mamá para hacer tortillas, darle de comer al marranito. Pero más allá de eso, que supuestamente debes hacer para toda la vida, hay inocencia. Esos niños de la comunidad nunca me dijeron: “¿Por qué vienes con nosotros o por qué vas a jugar lo mismo?” Jugar en un sentido, porque en el pueblo los niños no juegan con muñecas o con carritos, juegan con su imaginación. Nosotros cortábamos las ramas y eso era nuestra resbaladilla; luego te ibas al barranco y eso era divertido. Lo que digo es que los adultos hemos hecho que la sociedad piense que ser mujer equivale a carecer de derechos. En los niños no hay nada de esa malicia.

Algo que marcó mi vida desde pequeña fue el hecho de no entender la diferencia en el trabajo de las niñas y los niños. Por ejemplo, yo acompañaba a mi papá y a mis hermanos a limpiar la milpa, ¿pero por qué, además, tenía que levantarme con mi mamá para ayudarla a quebrajar el nixtamal en el molinito y por qué tenía que servir el café a mis hermanos, mientras ellos se levantaban hasta las seis? Nosotras, las niñas, teníamos que hacer todo eso extra y todavía, de regreso, debíamos ayudar a mamá a servir a sus hijos varones y ellos no eran capaces de levantar una taza.

Desde ahí empecé a cuestionar eso. Yo no estaba de acuerdo con esa distribución. Mi mamá era la primera en levantarse y la última en acostarse. Sus manos estaban demasiado callosas porque la cal reseca la piel. Mis manos siguen secas por más cremas que he ocupado, porque la marca ya quedó por las tortillas que hacía de niña. Yo creo que todo eso me motivó a entender que esa situación me disgustaba.

Pero luego llegó un maestro al pueblo. Un gran maestro. Se llamaba Joaquín, y es lo único que sé de él. Y observé que, en mi mismo entorno, él vivía diferente. Él no dormía en el petate, a él le preparaban su comida; él tenía unas fotografías, unos dibujos bien bonitos en su cuarto, y yo me preguntaba: “¿Cómo se hace para alcanzar eso?, ¿qué hago yo para ser un día como mi maestro?” Por eso, yo hablo de generar oportunidades, no de esos programas políticos en donde te regalan cosas. No, eso no genera aspiración, eso no te despierta nada. Eso te genera conformidad y mediocridad. Es decir, no te crea aspiraciones.

Allá la única oportunidad es casarte y repetir la historia de tu entorno. Pero entonces llegó esta posibilidad, aunque fuera en forma de una imagen pegada en la pared del cuarto de un buen maestro, y algo tan sencillo permitió que los niños —y esta niña— interactuaran con otras realidades, con otros mundos, que supieran que pueden ser astronautas, médicas, que pueden viajar.

Estas imágenes pueden cambiar el entorno de los niños y las niñas, y van a tener curiosidad y a preguntarse cómo se hace eso, primero solitos, en su cabecita. Así yo aprendí a comunicarme conmigo misma, a platicar conmigo misma, cuando iba a dejarle la comida al marrano o cuando iba a traer leña en el burro. Me paraba en una piedrita de Santa María Quiegolani a comerme unos duraznitos que estaban en el camino, y me sentaba y divisaba mi inmensa montaña, inmensa como mis sueños.

Tengo una foto de mi montaña, se distinguen sus caminos. Ahora ya hay carretera, pero antes sólo veredas. Se ve el cielo y las nubes abrazándose; la nube es libre. Y ahí, enclavado al fondo de la foto, está mi pueblito: Santa María Quiegolani.

Mi pueblo es una montaña, su bosque, el canto de sus pájaros, nubes, un río.

Ahí, encima de la piedra se mira todo esto, y comenzaba a imaginar lo que habría más allá, me preguntaba de dónde salió mi maestro, cómo llegó. Claro, quizá otras personas no vean eso como posibilidades, pero como imágenes, para mí, lo fueron. Esas posibilidades se convirtieron en hambre, en rebeldía, en la decisión de no casarme, porque en mi pueblo las mujeres de mi edad ya son abuelas. Tacha, Berta, muchas… Sólo algunos de sus hijos e hijas han estudiado, y eso me da muchísimo gusto. Ahora los voy a ayudar para que ingrese al magisterio, para que tengan la posibilidad que tuve yo. Ese niño puede cambiar la posibilidad de su familia, porque va a ser el primer profesionista de una de mis compañeras de la primaria que se quedó allá.

Pensar en eso me obliga a seguir abriendo caminos para que otras niñas y niños los recorran. Ése es mi punto: cómo el olor de un libro nuevo, la bolsa que funcionaba como mochila, los recortes de periódico con que forrábamos los libros, las velas que nos proporcionaban luz a falta de energía eléctrica pueden significar la posibilidad de una vida mejor.

Hoy uno de esos muchachos ya es licenciado en educación media superior intercultural, ¡y qué bonito! Si Dios y la vida me lo permiten, veré si pueden contratarlo para que regrese allá, al pueblo, cerca de una comunidad donde vamos a hacer un proyecto piloto, en donde todavía las niñas se casan a los 13 o 14 años, y entonces pueda desempeñarse como ese maestro que me cambió la vida. De hecho, me piden un maestro que hable zapoteco. Hablaré con el director del programa y, si lo aceptan, se convertirá en mi maestro Joaquín, para que las otras niñas no repitan la historia de sus madres.

Mi maestro Joaquín me regaló mi primer librito. Llevaba los recortes de periódico para que viéramos otras posibilidades en fotos. Mi sueño, en el pueblo, era ir a su cuarto porque era el más bonito que había. Lo juro. Estaba pintado con cal. Y el maestro no se dormía en petate, sino en unos tablones: eso era increíble, porque ya era una cama. En las paredes había pegado un montón de fotos de edificios. Hoy sé que así se llaman, porque en el pueblo ¡qué edificios iba a haber! Era pura casa de adobe, aunque creo que eso no es malo.

De hecho, pienso que debemos regresar a esas formas de vivienda, pero ya dignificadas: espacios bonitos, pintaditos, porque cuando llegó el “desarrollo”, nos impusieron lo que creían que iba a funcionarnos, y a eso me refiero cuando exijo que nos pregunten de qué nos va a servir. Por eso hemos dañado nuestro medio ambiente. Las casas de adobe pueden ser bonitas, bien diseñadas, bien construidas y con cuartos, pero nos impusieron el colado, nos impusieron la idea de que el cemento era la mejor opción. Pero no, insisto en que el cuarto de mi maestro era mejor. Ahí supe que las imágenes pueden volverse oportunidades, aunque no lo tengas ahí presente, pero empiezas a adoptar la palabra sueño, la palabra imaginación, y desde ese cerro me preguntaba: los que están del otro lado, ¿serán igual que yo?, ¿hablarán igual que yo?, ¿cómo será el pueblo del maestro Joaquín?

Canicas

Mi hermano Lencho me dio la rebeldía, me hizo ver lo que todavía me falta por recorrer. La segunda persona que me dio esa fuerza fue mi maestro Joaquín. Si él no hubiera llegado, yo no estaría acá. Él me dio el impulso para rebelarme, para cuestionar, para defenderme, incluso para quedarme un ratito más con los niños a jugar canicas, porque las niñas “no podíamos” hacer eso. Mi maestro siempre me decía que eso no era malo, pero llegaba yo a la casa y mi papá me regañaba o me pegaba; que por qué estaba jugando con los niños, me decía. Yo no entendía por qué el maestro Joaquín me defendía.

Por ejemplo, tengo un hermano que reprobó el tercer año y yo pasé a cuarto. Entonces, mi papá, a pesar de que no sabía leer ni escribir, fue a ver al director de la primaria para ofrecerle un cambio: le propuso que mejor me reprobara a mí y que aprobara a mi hermano Gero, “porque era más grande”.

No sabía cómo sentirme al respecto. ¿Sólo porque soy mujer mi papá le pedía eso a mi profesor? Pero justamente el maestro Joaquín fue la primera persona que me defendió. Le respondió a mi papá: “No se trata de ver a quién elijo aprobar. Se trata de que la niña sabe más que el niño, de que la niña ya sabe leer y el niño no. Yo no voy a reprobar a la niña”.

Cosas así te van marcando. Yo no culpo a mi papá. Nunca lo he responsabilizado de esta forma de pensar. Responsabilizo a las circunstancias de pobreza y de marginación. Para mi papá, los hombres de su entorno eran los que decidían, los que mandaban, los que hacían todo. Mi mamá tenía que obedecerlo, y por eso él consideraba impensable que su hija menor rebasara a su hijo mayor. Ahora que soy adulta soy consciente de todo lo que pasa alrededor. Eso te hace pensar que el proceso de educación en las comunidades debe ir más rápido, pues, así como yo, ¿cuántas niñas no han sido sacrificadas por el papá? Sin que el papá sea plenamente consciente del daño que ocasiona.

Así que mi maestro Joaquín me enseñó eso: a soñar, a no tener miedo. Me dio clases desde primero hasta cuarto. Luego se fue de la escuela y me olvidé de él, pero no para borrarlo de mi memoria sin razón. No. Me olvidé porque cada partida es dura. Él se volvió mi aliado, mi amigo, mi defensor. Para mí, su partida fue una segunda pérdida. Primero la muerte de mi hermano y luego el hecho de no volver a ver a mi maestro, que me había dado la oportunidad de contestarle a mi papá, de defenderme, porque ya para cuarto o quinto año era revoltosa.

Siempre fui muy apegada a él. Siempre recuerdo su gran compromiso y pasión. Y su rostro reflejaba felicidad: reía, gritaba, nos compartía dulces, disfrutaba. Estoy convencida de que amaba su labor. Y creo que eso es justamente lo que debemos hacer en la vida: amar lo que hacemos, porque si lo consideramos una obligación, las metas no llegarán. Hay gente que recibe un salario y, al mismo tiempo, asegura que está hasta la madre de hacer lo que hace. Entonces no es tu trabajo, es sólo una obligación. En cambio, mi maestro amaba ser maestro, aunque implicara sacrificios e incomodidades, como ya he descrito. Su baño, por ejemplo, era una fosa.

De hecho, en la escuela también había una fosa horrible y él entendía eso, así que permitía que dos niñas nos acompañáramos al baño para que una cuidara la puerta. En ese sentido, nos fue inculcando el autocuidado, nadie tenía derecho a vernos ni tocarnos. Ese permiso para ir al baño no funcionaba con los hombres.

Cuando mi maestro me dejaba jugar canicas en la cancha de tierra, siempre estaba pendiente, cuidando que los niños no me abarataran. Él me daba canicas porque yo no tenía ni los niños me prestaban. Los otros maestros terminaban sus clases y se retiraban a descansar. Mi maestro no, él se quedaba hasta la hora que a la chamaca se le ocurría regresar a casa y que sus papás le dieran una chinga.

Gracias a eso crecí en un ambiente en donde los niños nunca me hicieron nada. En cambio, en la casa, mi papá era el problema. Yo no podía jugar ni gritar. Sólo servir y servir. Por eso deseaba que llegara el maestro, para salirme de esa normalidad y de esas obligaciones impuestas con mis hermanos. Con Joaquín presente se creaba otra circunstancia. Incluso, cuando regresaba al pueblo después de sus vacaciones, varios niños lo esperábamos a la orilla del pueblo para ayudarle con una bolsa, con una caja. Era emocionante recibir a nuestro maestro.

En aquel tiempo, mientras cursaba la primaria, no teníamos mochila ni bolsa de rafia. Guardábamos los libritos en bolsas de nylon con asa; había verdes, azules con blanco. Los papás recogían los libros de texto a la orilla de la carretera y los transportaban en burro de regreso. Cuando nos los repartían, los abría y su olor me parecía increíble. Ese aroma a cosas nuevas era muy emocionante para mí. Luego el maestro llevaba periódicos a la clase, los recortábamos y así forrábamos cada ejemplar. Como no había resistol, nos enseñó a hacer engrudo a partir de la savia de un árbol. Incluso me acuerdo de cómo era mi uniforme, una falda guinda con camisa blanca. No tenía zapatos ni calcetines. Tenía huaraches, y cuando llegaba a la casa, me los quitaba porque eran más o menos nuevos, y me ponía otros más gastados.

Otra manera de pasar más tiempo con él era los fines de semana durante la limpieza de la escuela. Como no había intendentes, nos formaban en equipos para barrer los salones. Cada vez que me tocaba barrer llegaba dos horas tarde a casa, porque al final de la barrida me ponía a jugar con los niños, ya sea canicas o el famoso “toro y libre”, que consistía en cruzar la mano cerrada con algún niño. Si había piedra, era toro; si no, era libre. Y el toro siempre tenía que corretear al libre.

Muchos años después, cuando la organización civil Mexicanos Primero hizo el documental Gracias, profe, busqué a mi maestro, pero no lo hallé. Yo sólo sabía su nombre y que era extraordinario, maravilloso. De niña yo no entendía por qué era diferente a todos los hombres de mi pueblo. Por qué era el más alegre, por qué se ponía unas cosas naranjas, verdes. No comprendía por qué era tan cariñoso. Hasta llegaba y nos daba bolsitas de dulces. En casa no había.

Ya con el tiempo entendí que él era gay, y por eso defendía la libertad. Si hubiese sido un maestro heterosexual, no habría ido a pelearse con mi papá. No me hubiera dejado jugar canicas ni me habría dejado entrar a su cuarto. Yo no entendía por qué mi maestro se reía de manera peculiar. También calzaba los huaraches más chingones que yo había visto y siempre me decía: “¡Aaay! ¿Cómo estaaás?”, alargando suavemente las vocales.

Así que era gay y yo lo entendí cuando crecí, cuando salí de Santa María Quiegolani para estudiar secundaria y prepa. Entonces entendí que había muxes en el Istmo de Tehuantepec, y Joaquín era de Juchitán. Ahí dije: “¡Ah, mi maestro era muxe!” Eso fue cuando ya entendía por qué en mi pueblo no habían revelado su homosexualidad, por la misma cultura. Por eso yo ignoraba que había seres humanos que ejercían plenamente su libertad.

Tuve un maestro que me empoderó y creó para mí un espacio de libertad que me permitió crecer. Era su mundo y me lo prestó un momento para que yo pudiera ganar confianza en mí misma y, al final de cada juego con los niños, yo pudiera gritar: “¡Soy chingona para las canicas! ¡Soy chingona!”

Una jornada completa

En un día cotidiano tenía que levantarme con mi mamá antes de que saliera el sol. El horario variaba: cuando había milpa, a levantarse temprano para ir a dar de comer al perro que cuida la milpa. Eran dos horas de ida y dos de venida y esa tarea ya debía estar terminada para luego ir a la escuelita. Cuando no tenía esa responsabilidad, debía ayudar a mamá a resquebrajar el nixtamal o a traer el leño, amasar, hacer tortillas. Antes de ir a la escuela, ya debía haber hecho algunas tortillas.

La entrada a la escuela era a las ocho de la mañana y el recreo a las 10:30. No había cooperativa ni nada de eso. Cada quien se iba a comer a su casa. Cuando llegábamos a la casa, lo máximo que ibas a comer, digamos el manjar, era una tortilla con mantequita y con salsita, y una taza de café o de agua.

A veces no había nada y sólo me calentaba mi tortilla. Le echaba chile, cebollita y limón, y ya la hacía: rico. Antes, mi mamá tenía una olla para que el agua estuviera fresca, una olla de barro y nomás con una tapa. Y ahí estaba la taza llena de tizne para que te sirvieras de la olla. Era eso. No había cómo comprar un chicharrón, no conocía nada de esas cosas, ni los dulces. El recreo era ir a la casa a comer y luego regresar a la escuela. En lugar de mochila, utilizaba un morralito, de ésos que ya están de moda hoy. Los usábamos cuando íbamos en quinto o sexto de primaria. Pero antes eran las bolsitas de plástico, y ahí guardaba los cuadernos.

Cuestionar el día a día

En mi rutina escolar de niña comencé a preguntarme cosas. A la hora del descanso, los niños íbamos a casa y ahí comíamos. No era como en la ciudad, que llevas comida o dinero para tu recreo. No. Como la escuela estaba cerca, salíamos e íbamos a comer lo que hubiera. No una galleta, sino una tortilla de maíz, que, a decir verdad, era más saludable.

Por eso hablo de la pobreza mental, no de la panza. Tanto tiempo nos han dicho que somos los pobres, los que somos objeto de investigaciones, de estudios; la carencia de vivienda, la carencia de no sé cuánto. Por ejemplo, querían resolver “la carencia” dando estufas, pero vas a los pueblos y te das cuenta de que las personas, como mi tía y las abuelas, las dejan arrumbadas, porque no es lo que necesitan. Lo que necesitan es saber cómo mejorar lo que ya saben hacer, cómo hacer que ese durazno se convierta en mermelada para venderla, cómo vender sus bordados, cómo hacer que el mezcal cueste 80 pesos la copa, porque en esos pueblos el litro cuesta 100 pesos.

Así que de niña todo comenzó a darme vueltas, empecé a cuestionar mi día a día. Hoy sigo haciéndolo. Mi día a día era hacer lo que mi mamá hacía y repetir exactamente lo mismo. El objetivo era que, cuando yo me casara, ya supiera cómo hacer tortillas. Atender, atender, atender. Quiero recalcar que no responsabilizo ni a mi papá ni a mi mamá, responsabilizo a esa circunstancia que la vida nos impuso. La normalidad, la cotidianidad se convirtió en rezago, en invisibilidad, en que nos traten como niños chiquitos. Sólo que, como dice mi hijo: “No está chido”.

Sueños perdidos en el humo

Terminábamos de comer y de regreso al salón. Ésa era la rutina, pero yo, a diferencia de mis compañeritas, me quedaba en el atrio de la iglesia a jugar, llena de polvo y todo. Pero los niños nunca me rechazaron. Por eso sé jugar canicas. Después de eso me iba a la casa a hacer lo que se suponía que debía hacer: ayudar a mamá a desgranar la mazorca para que se pueda cocer el nixtamal, a lavar los trastes, a barrer. No había juegos ni muñecas. Había que ir por el agua, lavar la ropa de mis hermanos. Eso era los siete días de la semana. Lo único distinto en sábados y domingos era que no tenía mi espacio de juegos, pues había que ir al rancho, traer leña, hacer tortillas dos veces al día, preparar de comer. Si se terminaba una olla de frijol, hacer otra. Mi mamá pensando qué iba a preparar de comer en la tarde. Y el leño y el ocote, y sin energía eléctrica. Entonces había que quebrar el ocote para que estuviera listo para alumbrar de noche y calentar el café.

Ése era mi día a día, pero en ese ambiente no puedes soñar, porque tus sueños se pierden en el humo, quizá en ese fogón; tu mente está concentrada en que debes ayudar a tu mamá, debes checar el nixtamal. ¿Y la tarea escolar? Ni me acuerdo si la hacía o no. No recuerdo haber pensado: “¡Ah, sí, ya hice mi tarea!” Y no fui mala alumna, a pesar de que a mamá y papá les valía un cacahuate si hacía o no la tarea. No sabían escribir y les daba igual si llenaba mi libreta o no, pero a mí me gustaba leer cualquier pedacito de cosa. Mi maestro me llevaba recortes de periódicos, y eso me gustaba. Muchas cosas no las entendía.

Yo aprendí a hablar español a los 12 años, cuando salí de mi pueblo. Antes no. Los que hablamos una lengua diferente al español no razonamos en español, razonamos en nuestra lengua materna. Por eso, de repente salimos bajos en los exámenes, porque primero razonamos en nuestra lengua y después lo traducimos al español. Entonces yo no entendía muchas palabras, porque en mi entorno no había televisión, no había linterna, no había nada de estas cosas, ¡no había ni trapeador!, y los ejemplos que vienen en los libros hablan de ciudades, de calles, de cosas que simplemente no existen en nuestro entorno.

Por eso siempre he dicho que los contenidos educativos deben construirse con las dos visiones: que los niños de ciudad deben conocer el mundo de los niños de campo y los niños de campo tienen que conocer el mundo de la ciudad. La mezcla es fundamental. Porque yo sí aprendía que había ciudades, pero esos libros no decían que, en otro lado de México, María se levanta a las tres de la mañana para hacer tortillas.

Desde ahí había cosas que no entendía, pero me gustaba el sonido del español. Me tapaba los oídos y me gustaba lo que mi cabeza escuchaba. Creo que eso también me motivaba a seguir descubriendo. Por ejemplo, la palabra cielo en zapoteco es guiba’ y es un vocablo cotidiano, pero cielo tiene un sonido diferente. Volteaba a ver el guiba’ y me imaginaba que le habían cambiado el nombre y ahora se llamaba cielo. Es bonito, porque entonces nace el hambre de explorar, de seguir descubriendo. Ahí pienso en las posibilidades que la vida nos niega, así que descubrir un sonido es ya una posibilidad de saber algo diferente.

Esa cotidianidad me ayudó a descubrir que, en esa soledad de mi mundito de ocote, de repente volteaba a ver y estaba un pedazo de papel y me gustaba deletrearlo. Cuando mi maestro Joaquín preguntaba quién quería pasar a leer, yo alzaba la mano, porque a esa edad no sabes lo que es la palabra vergüenza, solamente quieres descubrir, descubrir, descubrir. Empecé a comparar estas dos realidades de mi mismo mundo. ¿Por qué mi maestro no vive como yo? ¿Por qué mi maestro nunca está sucio? En el pueblo no te bañabas todos los días, porque el jabón cuesta. Así eran las cosas: no usabas champú ni crema. Era jabón de polvo o jabón duro y ya.

Un olor bonito

Ése era mi mundo, pero llegaba al mundo de mi maestro y olía bonito. No sabía qué era, porque me daba miedo tocar, pero olía bonito. Y me preguntab

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