
Bruselas, mayo de 1935
Audrey estaba en cuclillas en el armario del cuarto de los niños, con el mono de peluche, desgastado tras tantas noches con ella en su cama, fuertemente apretado entre los brazos. El monito había sido un regalo de su padre, Joseph, el único que a sus seis años ella podía recordar. Su padre lo había puesto en sus manos un día, a su regreso de un viaje de negocios.
—Me ha recordado a ti, monita. Tiene los mismos ojos grandes y marrones que tú —le dijo revolviéndole el pelo castaño antes de volver enseguida a sus ocupaciones. Este gesto sorprendió mucho a Audrey. Normalmente su padre siempre se mostraba frío y reservado con ella y sus hermanos mayores, Alex e Ian.
—¡No quiero tener que pedirle otra vez dinero a mi padre! —oyó decir a su madre, Ella, en el salón contiguo—. ¿Cómo le voy a decir que volvemos a estar mal de dinero a pesar de que tú ganas un buen sueldo en el banco, Joseph?
Audrey se estremeció al oírlo responder con mordaz sarcasmo:
—¿La baronesa Ella van Heemstra considera indigno pedirle a su padre una pequeña ayuda económica, querida? No te la va a negar, eres la niña de sus ojos.
—¡Eres un irresponsable! —increpó Ella a su marido. Su voz temblaba por la rabia a duras penas contenida. Audrey apretó las rodillas encogidas contras las orejas. Para ella era un horror oír a su madre, siempre tan moderada y controlada, siempre una perfecta dama, gritar fuera de sí.
La respuesta de su padre consistió en un simple murmullo que no entendió desde el armario. Durante un rato solo se oyeron los pasos de su madre sobre el suelo de madera del salón.
—¿Cómo has podido malgastar toda nuestra…, toda mi fortuna? —Ella volvió a elevar la voz, y Audrey se asustó. Le habría gustado que estuvieran en casa sus hermanos, se sentía muy sola y perdida. Sus padres discutían a menudo, pero nunca de forma tan acalorada como hoy.
—Además… Además no me gusta nada que cada vez simpatices más con ese movimiento nacionalsocialista.
Ahora también las palabras de su padre eran tan claras que llegaban hasta el armario donde se escondía. Respiró tensa apretando la nariz contra su mono de peluche.
—Para ya, Ella —dijo Joseph en un tono peligrosamente tranquilo—. Antes tú misma considerabas razonable ese nuevo movimiento. Como cualquiera con un poco de cabeza.
—Sí, al principio algunos aspectos de esa ideología me parecían muy bien pensados —admitió Ella—. Pero cada vez estoy más lejos de ella. Creo que la ideología de los nazis desprecia la dignidad humana.
Audrey jugueteó ensimismada con las puntillas de los vestidos que colgaban en perchas sobre su cabeza. No entendía lo que decían ahora sus padres, usaban muchas palabras que no conocía.
—Y ese odio a los judíos… —balbuceó Ella—, a los católicos, a los negros… Me da miedo, Joseph.
De la respuesta de este solo llegaron hasta el armario algunos fragmentos incomprensibles. Sus padres siguieron hablando un buen rato, ahora más tranquilos y en voz más baja que antes. Audrey empezaba a confiar en que también esta vez hubieran dejado ya a un lado la discusión cuando de pronto oyó ruido de sillas y un gran alboroto. Asustada, contuvo la respiración, apretando el monito tan fuerte que casi lo dejó plano. La puerta del salón se abrió; en la escalera se oían pasos enérgicos que se acercaban a la puerta de la vivienda.
Dejó caer su peluche, abrió el armario y corrió hacia la ventana llevada por un horrible presentimiento. Cuando la puerta de la calle se cerró de golpe, acercó un taburete, se subió a él y abrió la ventana. Se quedó helada al ver a su padre bajar los escalones hasta la acera con una maleta en la mano.
—¡Papá! —gritó con voz ahogada; luego, como él no parecía haberla oído, repitió más fuerte—: ¡Papá!
Joseph se detuvo, maleta en mano, y se giró hacia ella. Posó sus ojos fríos e inexpresivos en ella, luego se volvió y siguió avanzando sin decir una sola palabra. A Audrey se le saltaron las lágrimas de espanto.
—¡Papá! —gimió de nuevo, pero él ya no se giró.
Mucho después de que él hubiera desaparecido de su vista, ella seguía subida al taburete y lloraba con el corazón roto por la pena y la incierta sensación de que a partir de ese momento su vida no volvería a ser nunca la misma.
Su madre abrió la puerta del cuarto de los niños sin hacer ruido y entró, igual de llorosa que ella. Abrazó a su hija y durante un tiempo estuvieron en silencio, presas de un dolor compartido.
—¿Va a volver? —susurró Audrey.
Pero Ella sacudió la cabeza y se mordió los labios.
—No, mi amor. Se ha marchado.
—¿Pero a dónde se va?
Su madre hizo un impreciso movimiento con la mano.
—No lo sé. A Londres, tal vez, a su antigua patria. —Sacó un pañuelo bordado y se limpió las lágrimas.
—¿Qué va a ser de nosotras? ¿Sin papá? —preguntó Audrey con voz casi inaudible.
Ella volvió a abrazarla, y la pequeña de seis años sintió que el cuerpo de su madre se tensaba hasta volver a ser esa persona enérgica y decidida que no mostraba sus emociones.
—Lo conseguiremos solas, Audrey. Tú, yo y tus hermanos. —Le ofreció el pañuelo—. Y ahora límpiate las lágrimas. No quiero que la criada nos vea así.
Obediente, se secó las mejillas, agarró su monito y escondió la cara en él. Se sentía aturdida. La sensación de que a partir de entonces a su vida le iba a faltar una gran parte de amor era cada vez más grande, y no la abandonó ya nunca.

Por un lado, tal vez yo seguí siendo muy infantil; por otro lado, maduré muy deprisa, porque desde muy pequeña fui consciente del sufrimiento y el miedo.
AUDREY HEPBURN

Mayo de 1944
Dos aviones sobrevolaron Arnhem atronando el cielo y haciendo vibrar los cristales emplomados de las ventanas de la sala de ballet del conservatorio. Las niñas siguieron bailando como si no hubiera pasado nada. Estaban acostumbradas a que las máquinas de guerra impidieran que se oyera la música del gramófono.
—Un, deux, trois —recitó madame Marova imperturbable—. Un, deux, trois, allongé… —Con su vestido largo y fluido y las desgastadas zapatillas de ballet que eran de antes de la guerra, recorrió la fila de niñas que practicaban en la barra. Corrigió con suavidad aquí la postura del brazo, allí la inclinación de la cabeza—. La mano hacia fuera, Frida. ¡Femke, los pies! ¡Los pies!
Las niñas se esforzaban en contentar a madame Marova. Era estricta, pero cariñosa; era la directora del coro en el conservatorio de Arnhem, si bien sus condiciones de trabajo empeoraban mes a mes. Holanda llevaba cuatro años bajo la ocupación alemana. La población vivía con miedo, todos conocían a alguien que había sido asesinado por los alemanes por cualquier supuesto delito. Muchas estudiantes de ballet apenas se atrevían a salir de casa y ya no asistían a clase. Además, escaseaba la comida; las niñas que todavía seguían acudiendo estaban muy delgadas, algunas literalmente en los huesos.
Madame Marova había llegado al final de la fila.
—Muy bien, Edda —elogió a la quinceañera totalmente concentrada en sus movimientos, reposando la mirada sobre ella.
Audrey se estremeció. Todavía no había logrado acostumbrarse al nombre de Edda, a pesar de que la llamaban así desde el comienzo de la ocupación, al menos en el colegio y en el conservatorio. Su madre insistió en ello cuando, al estallar la guerra, llegaron a Holanda para vivir con los abuelos.
—Audrey es un nombre muy inglés —había dicho Ella mirándola de arriba abajo con los ojos entornados—. Lamentablemente, tu padre se empeñó en ponerte un nombre inglés. Pero no podemos arriesgarnos a llamarte así en estos tiempos que corren. Los alemanes odian a los británicos. Podrían llevarte con ellos por ser medio inglesa.
Desde entonces Audrey tenía en la cabeza horribles escenas que la perseguían de noche mientras dormía: había visto varias veces cómo los alemanes sacaban de sus casas a madres y niños alemanes, a familias judías enteras; los cargaban en camiones y los conducían a la estación para llevarlos a Alemania. No se hablaba de ello abiertamente, pero todos sabían que esas familias no iban a volver jamás. Por eso había accedido a cambiar su nombre por uno holandés, y desde entonces en público Audrey se llamaba Edda.
—En los últimos meses has hecho grandes avances —le susurró madame de forma casi inaudible, posiblemente para evitar los celos de las demás niñas. En aquellos tiempos el ballet era lo único que les permitía escapar de la triste realidad durante una hora—. Creo que podrías convertirte en una auténtica prima ballerina.
Audrey se sonrojó de alegría por el elogio y, siguiendo las nuevas indicaciones de la profesora, apoyó con gracia la pierna en la barra como el resto de las niñas. Apretó los labios cuando se vio las medias blancas varias veces zurcidas. No era un motivo de vergüenza, las demás niñas también carecían de todo, muchas llevaban tutús con pequeños agujeros, algunas tenían las zapatillas llenas de parches, y ella deseó que no fuera así.
—Un, deux, trois, demiplié…
Audrey cerró los ojos y se dejó llevar por los acordes del gramófono. Se sumergió en un mundo deslumbrante, se vio sobre un escenario como prima ballerina, con un tutú blanco como la nieve con volantes de plumas, zapatillas de punta impecables y flores blancas en el pelo, bailando como si fuera Odette en El lago de los cisnes. Era su huida de la cotidianeidad marcada por la guerra, su sueño cuando quería olvidar los rugidos del estómago o el miedo por sus dos hermanos mayores. Alex estaba escondido en algún sitio y a Ian se lo habían llevado a Alemania ante los ojos horrorizados de su familia para ser sometido a trabajos forzados.
Audrey sintió un ligero mareo cuando volvió a incorporarse para cambiar a la siguiente posición, aunque tras sus párpados cerrados se seguía viendo como una aclamada bailarina que recibía un aplauso atronador.
—¿Qué te ocurre, Edda? —oyó decir a madame Marova con voz preocupada—. ¿No te encuentras bien?
Audrey abrió los ojos y trató de alejar el mareo parpadeando.
—No, estoy bien. —Temía que madame Marova la excluyera de los ensayos si admitía que sentía las piernas muy débiles.
—¡Se acabó por hoy! —La profesora de ballet dio unas palmadas—. No sea que te nos desplomes, Edda. Como Vicky la semana pasada. Esta maldita guerra nos pone a todos al límite. ¿Tenéis suficientes víveres en casa, Edda?
Audrey se limitó a mirarla en silencio, por lo que madame se llevó la mano a la frente.
—¡Qué pregunta más tonta! Disculpa, pequeña. Quién come suficiente hoy en día…
Aquella tarde de mayo era templada y agradable. El sol del atardecer sumía a Arnhem en una luz suave, hacía brillar los cuidados caminos, macizos de flores y fuentes del parque que Audrey atravesaba de camino a casa. La ciudad habría resultado idílica si no hubiera por todas partes soldados alemanes deambulando ociosos y observándolo todo.
Llegó enseguida a la vieja finca de sus abuelos en la que se habían refugiado ella y su madre. Había sido una construcción impresionante, pero hacía tiempo que necesitaba algunas reparaciones. Dos ventanas estaban desvencijadas y el último temporal de primavera había levantado varias tejas. En estos tiempos marcados por el hambre y el continuo miedo a los ocupantes, nadie tenía ni la tranquilidad necesaria para encargarse de esas tareas ni la posibilidad de hacerlo.
A Audrey le rugieron las tripas, una hueca sensación que conocía muy bien. A mediodía solo había tomado una sopa aguada, y esperaba que para cenar hubiera algo más que ese horrible pan de harina de guisantes.
—Ya estás aquí, pequeña —la saludó el abuelo, que estaba arrancando malas hierbas delante de la casa—. Entra, te estamos esperando para cenar.
—¿Pan de harina de guisantes? —preguntó ella arrugando la nariz.
Su abuelo se rio.
—No seas melindrosa. Es una exquisitez. Muchos países envidiarían a los holandeses si conocieran nuestro delicioso pan de harina de guisantes.
—Seguro —murmuró Audrey con ironía.
—Pero queda un poco de la mermelada de frambuesas que hace tu abuela —le prometió él, acompañándola hasta la casa.
—Bueno, algo es algo.
Su madre y su abuela ya estaban sentadas a la mesa de la cocina.
—¿Qué tal en el ballet? —preguntó Ella mientras repartía el pan. A cada uno le correspondía solo una pequeña rebanada.
—Bien. Como siempre. —Por un momento, Audrey volvió a ver ante sí escenas de una grandiosa representación de ballet, con ella como prima ballerina entregada con gracia y encanto a los elegantes movimientos—. Vicky no va a volver. Madame dice que está tan desnutrida que es peligroso que baile.
Ella no respondió, pero dejó vagar su mirada por el huesudo cuerpo de Audrey. Esta se sujetó enseguida la servilleta delante del pecho para ocultar su cuerpo y mordisqueó un trozo de corteza de pan casi con obstinación. Impensable que su madre le prohibiera bailar. Sin el ballet, con el que soñaba continuamente, sería solo media persona. Esa fantasía la ayudaba a dormir por la noche, incluso cuando estaba hambrienta, y durante el día soñar con la danza la distraía cuando se acordaba de sus hermanos, que quién sabía dónde estaban.
El abuelo, que también había visto la mirada de Ella, salió en ayuda de su nieta.
—Bueno, bueno, seguro que eso no le va a ocurrir a nuestra Audrey. Ya casi es verano, y el huerto de la abuela ya nos está proporcionando alimentos, ¿verdad?
Como confirmación, la abuela le acercó el tarro de mermelada.
—Come, pequeña.
—Lo que me da miedo es el próximo invierno —murmuró el abuelo, y miró a lo lejos ensimismado—. No se ve cerca el final de la guerra. El invierno va a ser duro.
—Si al menos volviéramos a tener noticias de los chicos… —suspiró Ella.
Audrey mantuvo la cabeza agachada para no tener que ver el dolor en los ojos de su madre. Se le partía el corazón cada vez que hablaban de sus hermanos, ella también estaba muy preocupada por los dos.
El abuelo le apretó la mano a Ella.
—No lo pienses tanto, querida. Alex no se va a doblegar. Es muy listo. No se dejará atrapar; después de todo, conoce cada rincón de nuestra región mucho mejor que los alemanes. ¿Y no estás orgullosa de que apoye clandestinamente a la resistencia?
Ella se estiró y adoptó una postura erguida. Con una mezcla de fascinación y preocupación, Audrey observó cómo su madre trataba de irradiar calma y serenidad. Los momentos de miedo y desesperación duraban poco, después Ella se mostraba siempre imbatible. Una aristócrata que siempre exhibía contención. Había sido educada así en su juventud, y se lo había transmitido a Audrey.
—Tienes razón, papá. Claro que estoy orgullosa de Alex. —Ella suspiró y se limpió suavemente los labios con una servilleta—. Al menos da señales de vida de vez en cuando. Pero Ian… —Su actitud volvió a desmoronarse, y Audrey vio brillar las lágrimas en sus ojos—. No sabemos nada de él desde que lo trasladaron a Alemania. Probablemente lo hagan trabajar como una bestia en una de esas espantosas fábricas de munición…
La abuela le puso la mano en el brazo a Ella en señal de consuelo.
—Yo rezo para que los dos vuelvan a casa sanos y salvos.
—Ojalá tus oraciones sirvan de algo —murmuró Ella. Audrey también rezaba a menudo desde el comienzo de la guerra, aunque hacía ya tiempo que no creía en el poder de los pensamientos. Quien quisiera cambiar algo tenía que actuar.
—Por cierto —dijo el abuelo a la vez que se metía en la boca el último trozo de su escasa cena—, la resistencia tiene previsto un nuevo encuentro. Me he enterado hoy. Naturalmente, todo debe desarrollarse de la forma más discreta posible, esos alemanes tienen ojos y oídos por todas partes. A pesar de todo, alguien tendría que informar a los jóvenes que viven fuera.
Audrey se puso de pie de un salto.
—Yo lo haré otra vez, abuelo.
—¡Ni hablar! —exclamó Ella, y tiró con energía de su hija para que se volviera a sentar en su silla—. ¡Ya te permití una vez llevar información a la resistencia y casi me muero de miedo! ¡Tienes quince años, Audrey, mejor que te mantengas al margen!
—¡Pero mamá! Eso es lo bueno, que tengo quince años. Nadie va a sospechar si voy a las granjas y les llevo información a los granjeros en secreto. Parecerá que estoy paseando o dando una vuelta en bicicleta.
Audrey miró a su abuelo buscando su apoyo, y él carraspeó.
—La chica tiene razón, Ella. Nadie va a sospechar de una joven guapa que va en bicicleta hacia las granjas. Otra cosa sería que yo, un hombre mayor y antiguo alcalde de Arnhem, fuera hacia allí. Los alemanes pensarían enseguida que me traigo algo entre manos.
—Déjame hacerlo, mamá —suplicó Audrey—. Me gustaría contribuir a que esta guerra horrible termine pronto.
Vio cómo su madre luchaba consigo misma. Finalmente, el gesto reservado de Ella se suavizó.
—Está bien, pequeña —dijo con un suspiro—. Pero te ruego encarecidamente que tengas cuidado. No podría soportar que te pasara algo.
Audrey asintió con educación. Ayudó a su madre y a su abuela a lavar los platos y fregar la cocina, luego les dio las buenas noches y se fue a la cama. Todavía no se había puesto el sol, pero en los últimos meses se había acostumbrado a irse pronto a dormir. Por un lado, esperaba que el sueño le evitara la sensación de hambre que iba a aparecer pronto; por otro, disfrutaba soñando con el ballet antes de quedarse dormida.
Y con su padre. Se agarró con fuerza a su monito, que en los últimos años se había despeluchado aún más, y se preguntó, como cada noche, si estaría bien. ¿Le iría bien en Londres, sacudida por la guerra? ¿Pensaría alguna vez en ella? Observó por la ventana el cielo vespertino teñido de naranja y se le encogió el corazón de nostalgia. Desde aquel día en Bruselas, cuando él no se volvió otra vez a mirarla, se había abierto una gran grieta en su interior, no se sentía querida, valorada. Si no, ¿por qué Joseph no había intentado volver a contactar con ella, a verla de nuevo? Ningún padre abandonaba a su hijo así, sin más, ¿no?
Al día siguiente era sábado. Audrey se despertó temprano; la idea de la misión que iba a llevar a cabo le había hecho dormir mal. Se puso un vestido veraniego de flores amarillas que su abuela le había cosido el verano anterior con restos de telas y que onduló sobre su cuerpo.
En la cocina estaban ya su madre y la abuela ante un frugal desayuno. A Audrey no le pasaron desapercibidas las miradas preocupadas que le lanzaron. Solo su abuelo le dirigió un guiño de ánimo.
—Toma, mi niña. —La abuela le sirvió un té de hierbas ligero en una taza.
—No tienes que hacerlo —dijo Ella sin más. Audrey miró a su madre. Estaba pálida, con los labios apretados.
Logró esbozar una leve sonrisa.
—Pero quiero hacerlo. Alex es muy valiente y lucha con la resistencia, seguro que yo también soy capaz de llevarles unos simples mensajes.
—Lo vas a conseguir, pequeña. —El abuelo le sonrió dándole ánimos y sacó dos papeles doblados del bolsillo del pantalón—. Toma. Una nota se la entregarás al granjero De Groot y la otra, a Timmermans, ¿entendido?
Audrey asintió. Se inclinó y ocultó los papeles en un lado de sus zapatos de cordones. Nadie pensaría al verla que llevaba dos mensajes secretos escondidos.
—Muy bien. —El abuelo le puso sus manos grandes y cálidas sobre los hombros en señal de reconocimiento mientras Ella y la abuela los observaban con el ceño fruncido.
—Date prisa, niña, para que estés aquí cuanto antes —le advirtió la abuela.
—Coge la bicicleta —le aconsejó Ella con los labios pálidos—. Cuanto antes estés de vuelta, antes dejaré de preocuparme.
—Me daré prisa —prometió Audrey. Se bebió el último resto del té aguado y se puso de pie—. Adiós.
Los tres adultos la siguieron con la mirada por la ventana hasta que la bicicleta desapareció a lo lejos en el camino.
Era una espléndida mañana de comienzos del verano. Audrey sintió el calor del sol en los brazos e inspiró con fuerza el aire suave que olía al dulce aroma de los tulipanes. En la primera curva del camino había dos soldados alemanes patrullando, lo que, como le ocurría a diario, le provocó una sensación de vaga amenaza. De todos modos, estaba nerviosa. Aunque era muy improbable que le dijeran algo (parecía una adolescente que aprovechaba el buen tiempo del fin de semana para dar un pequeño paseo en bicicleta), tenía en la cabeza suficientes imágenes de situaciones en las que los soldados les preguntaban a los vecinos holandeses a dónde se dirigían.
Enseguida llegó a la finca del granjero De Groot; solo tenía que cruzar un pequeño bosquecillo y seguir un camino de tierra. Lo vio en los establos, así que apenas tardó cinco minutos en entregarle el mensaje y volver a ponerse en marcha.
La granja de Timmermans estaba en el extremo opuesto de Arnhem, así que iba a necesitar el doble de tiempo. Pedaleó con energía con la esperanza de no tener tampoco ningún problema en la segunda entrega. Al pasar por una casa algo apartada vio a un soldado alemán apoyado en un árbol, como si estuviera esperando. Era poco mayor que ella. Intentó no mirarlo mientras pasaba por delante de él; ojalá no la hiciera parar. Para su sorpresa, el soldado se limitó a sonreír tímidamente.
Ahora hacía ya verdadero calor y Audrey llegó a su nuevo destino sudando. La granja tenía un aspecto tranquilo y solitario a la luz del mediodía. Aparte de los mugidos de las vacas en los pastos cercanos, no se oía nada. No hacía viento, no se movía una sola hoja.
—¿Mijnheer Timmermans? —Audrey dejó la bicicleta tirada en el suelo polvoriento y miró alrededor. No había ni un alma. Rodeó la vivienda y a través de las puertas abiertas del establo vio que estaba por completo vacío.
Finalmente llamó a la puerta de la vivienda y vio que estaba entreabierta. Vacilante, entró en la casa y avanzó un poco por el pasillo en penumbra. Olía a cerrado.
—¿Mijnheer Timmermans?
Poco a poco, sus ojos se acostumbraron a la oscuridad; la tensión le hizo contener la respiración. Notó que la trampilla para bajar al sótano estaba abierta y oyó murmullos y crujidos abajo. Luego volvió a reinar el silencio.
Audrey estuvo un minuto quieta, sin moverse, y luego probó otra vez, asustada.
—¿Mijnheer Timmermans?
Un instante después el corazón le dio un vuelco por el pánico cuando alguien la sujetó por atrás y le agarró el cuello con fuerza. Se quedó paralizada de miedo, tanto que ni siquiera se le ocurrió defenderse.
La giraron enérgicamente… y se quedó mirando la cara de su hermano Alex. Estaba sucio, olía fatal y parecía tan asustado como ella. Una sonrisa le fue iluminando lentamente el rostro.
—¡Audrey! ¿Qué demonios haces tú aquí?
—¡Alex! —Audrey se lanzó al cuello de su hermano mayor, y estuvieron así un rato en la penumbra del pasillo—. ¡Me alegro mucho de verte y de que estés bien!
—¡Chsss! —Alex se llevó el dedo índice a los labios—. Calla. Parece que estamos solos, pero nunca se sabe por dónde merodean los alemanes. Vamos al sótano.
Se adelantó a Audrey y descendió por la estrecha escalera del sótano, donde había otros dos jóvenes en la penumbra. Una franja estrecha de luz se colaba por la ventana. Audrey se sentó sobre un saco de paja, tensa y erguida.
—Estos son Piet y Claes. Llevamos unos días escondidos aquí, en la granja de Timmermans, hasta que tengamos nuevos planes.
Los dos hombres la saludaron inclinando la cabeza.
—¿Dónde te has escondido últimamente? Mamá estaba muy preocupada por ti, y yo también.
Alex hizo un gesto de rechazo con la mano.
—No debéis preocuparos. Tenemos mucho cuidado. Estuvimos un tiempo en Ámsterdam, donde atacamos un campamento alemán junto con otros miembros de la resistencia.
—¿En serio? —Audrey miró a su hermano con los ojos muy abiertos.
—Sí. —Él pareció desmoronarse después de hablar, y Piet y Claes también mostraban un aspecto triste—. No es que consiguiéramos demasiado. No hubo grandes daños. Tan solo una gota en el océano, otra vez. Sencillamente, los holandeses somos muy pocos para hacer algo contra la ocupación.
—Mmm. —Audrey se arrimó cariñosamente a su hermano y disfrutó de los pocos minutos que tenían para estar juntos—. Al menos puedo decirle a mamá que estás bien.
—Hazlo. Pero ¿por qué estás aquí, en esta granja?
—Debo entregarle a Timmermans una nota sobre un encuentro secreto de la resistencia. Pero te la doy a ti.
Alex cogió el papel que le tendió y se lo guardó en el bolsillo del pantalón.
—Luego se lo digo a Timmermans. Ha ido a buscar comida, si es que logra encontrar algo. Y ahora vete, hermanita, antes de que mamá empiece a preocuparse.
Audrey volvió a abrazar a su hermano con fuerza y trató de grabar bien su imagen en la mente, allí, en cuclillas en un sótano oscuro, con la cara sucia y la ropa raída. Mientras subía por la escalera, sintió el corazón pesado. En esos tiempos no se sabía nunca si era la última vez que se veía a una persona querida.
Los abuelos y su madre estaban sentados en la cocina esperándola. Cuando entró, su madre se levantó de un salto y la abrazó, algo poco habitual, ya que Ella pocas veces expresaba su cariño corporalmente.
—Estoy orgulloso de ti —dijo el abuelo—. ¿Ha ido todo bien?
Audrey acercó una silla y contó excitada lo que había ocurrido. Ella primero palideció y luego un ligero rubor iluminó su rostro pálido.
—¡Me alegro mucho de que Alex esté bien! —dijo juntando las manos—. Aunque, naturalmente, sería más feliz si no participara en esas acciones tan peligrosas, que en realidad no cambian nada nuestra situación.
La abuela asintió con la cabeza, pero el abuelo la contradijo:
—Alguien tiene que hacer algo. ¿O es que los holandeses debemos cruzarnos de brazos y esperar a que alguien nos libere? Lo que el chico hace está muy bien.
—Lo sé, tienes razón, papá. —Ella se quedó observándose fijamente las manos durante un rato; luego se le volvió a iluminar la cara y miró a su hija—. Nosotras deberíamos volver a ayudar a la resistencia, Audrey. Es hora de hacer una función negra.
—¡Una función negra! —susurró ella, y sus ojos brillaron—. ¡Genial!
—Veo que las mujeres tenéis cosas que hacer —dijo el abuelo sonriendo satisfecho, y las dejó a las tres solas. La abuela también se retiró para preparar una comida sobria con unas pocas patatas.
Audrey y Ella pasaron el resto del día cosiendo zapatillas de ballet con los restos de fieltro que había en los baúles del desván. El año anterior habían participado en muchas funciones negras. Sí, Ella había colaborado con madame Marova de forma decisiva en su organización. Estas representaciones clandestinas tenían lugar en secreto, por las tardes, en los sótanos de los vecinos, cambiando siempre de lugar. En ellas las alumnas de madame bailaban una pieza de ballet en penumbra y en completo silencio; otras veces alguien recitaba poemas en voz baja. El dinero recaudado con la venta de las entradas se destinaba a los miembros de la resistencia. Naturalmente, se exigía máxima cautela, los alemanes no debían enterarse de nada.
—Van de Heijdens está dispuesto a poner esta vez su sótano a nuestra disposición. Madame Marova ha venido esta mañana, mientras tú estabas fuera, a pedirme ayuda. Ha dicho que muchas de tus compañeras están bailando descalzas porque tienen las zapatillas rotas.
Inclinada sobre su costura, Audrey asintió.
—Cierto. Es horrible. Aunque… —Alejó un poco el trozo de fieltro en el que estaba trabajando y lo examinó con mirada crítica—. Aunque estas zapatillas de fieltro no son serias, no sujetan bien el pie. ¡Lo que daría por un par de zapatillas de punta nuevas!
Ella suspiró.
—Lo sé. Espero que alguna vez llegue un tiempo en el que volvamos a la normalidad. En el que puedas actuar ante el gran público a la luz del día, en el que ya no estés tan delgada que hasta un soplo de viento te tiraría…
—¿Te ha dicho madame qué vamos a representar?
—Un fragmento de La bella durmiente.
—La bella durmiente… —Audrey cerró los ojos un momento y se vio sobre un gran escenario con un traje brillante y zapatillas de ballet nuevas; se sumió en un maravilloso sueño, lejos de la penosa realidad.
Una semana más tarde tuvo lugar la representación. Al atardecer los vecinos se reunieron en casa de la familia Van de Heijdens y enseguida fueron conducidos al sótano, cuyas ventanas estaban oscurecidas al máximo. Audrey y su familia llegaron temprano, ya que ella quería calentar un poco. Se reunió con las demás niñas del conservatorio en la cocina, donde estiraron en silencio y se revisaron los peinados.
Luego madame Marova apareció en la puerta como una sombra y les indicó que había llegado el momento de su gran actuación.
—¡Silencio, mes filles! ¡Una detrás de otra escaleras abajo! Despacio, no os empujéis, que no se caiga ninguna. Edda, se te ha soltado una horquilla, sujétala bien, por favor.
Las niñas descendieron en fila india y a pasitos cortos con sus zapatillas de fieltro hasta el sótano, donde las recibió un vertiginoso silencio.
Audrey vio a su madre y sus abuelos sentados en la primera fila del patio de butacas improvisado, formado por sillas y taburetes de distintas formas y colores. Había unos veinte vecinos de las granjas y la ciudad esperando expectantes y en silencio a que empezara la función. El abuelo le hizo un gesto de ánimo, y Audrey observó que su madre se agarraba nerviosa al bolso, como si ella misma tuviera miedo escénico.
—Buenas tardes, mis queridos amigos —dijo madame Marova en un tono apenas audible—. ¡Me alegro mucho de poder saludar hoy de nuevo a tantos espectadores de nuestra función negra! Mis bailarinas están impacientes por bailar algunas secuencias de La bella durmiente. Como siempre, al final una de las niñas estará en la salida con una lata de donativos. ¡Por favor, hagan una pequeña aportación para los miembros de la resistencia, para apoyar su campaña contra la ocupación!
Audrey miró al público. Los rostros de los presentes estaban en penumbra, nadie se atrevía a moverse ni a aplaudir. Todos sabían que la máxima prioridad era estar en silencio. No podía salir ningún sonido del sótano al exterior, donde los soldados patrullaban a intervalos irregulares.
Las niñas ocuparon su posición y madame Marova le hizo una seña al viejo pianista que a veces hacía el acompañamiento musical en las clases de ballet del conservatorio. Tocó un par de compases lo más apagados posible, y las niñas empezaron a bailar. La pista de baile solo estaba iluminada por dos lámparas de pie viejas.
Audrey se entregó por completo a la música, se dejó llevar a un mundo más allá del sótano oscurecido, un mundo en el que se sentía ligera y libre de preocupaciones, donde flotaba como una pluma en el aire. Cuando salió por un momento de su ensimismamiento y miró hacia el público, vio a Ella con la mirada anhelante clavada en ella.
La música callada se apagó demasiado pronto; la función había terminado. Las niñas y madame Marova saludaron al público con una reverencia. En las primeras representaciones a Audrey le había parecido raro no recibir ningún aplauso, pero las muestras de entusiasmo de veinte personas aplaudiendo habrían llamado la atención de los soldados, naturalmente.
—¡Gracias! —susurró madame Marova al público. Y, tan en silencio como habían llegado, todos se pusieron de pie y subieron por la escalera, no sin antes dejar un donativo en la lata que sujetaba Femke.
Al salir, madame Marova le puso la mano en el brazo a Audrey.
—Has estado fantástica, como siempre, Edda.
Audrey se alegró del reconocimiento, con el rostro resplandeciente.
Mientras, Ella le puso a su hija un chal por los hombros para protegerla del frescor de la tarde.
—Sí, no ha estado mal —dijo sin más. Nunca se había dejado llevar más allá en sus elogios, pero Audrey vio que sus ojos brillaban orgullosos. A pesar de todo, le habría gustado que su madre olvidara su reserva habitual por una vez. Sus palabras harían posteriormente que su éxito pareciera insustancial. Subió despacio la escalera, algo aturdida, para salir al exterior.
Cuando llegaron arriba se arrimó cariñosamente a su abuelo. Él la abrazó y le susurró al oído:
—Todos te miraban solo a ti, te lo juro. Me he vuelto… y todos te seguían embobados con los ojos. Esta tarde has sido la estrella, la que ha bailado con más gracia y expresividad.
—Gracias, abuelo —susurró Audrey. Volvió a sentirse alegre y notó una sensación cálida en la tripa.

Noviembre de 1944
El verano dejó paso al otoño y el invierno. Se rumoreaba que los aliados planeaban su entrada en los Países Bajos, pero nadie sabía si eso era verdad. Si bien en septiembre y en octubre Audrey había seguido entregándose con gran pasión a sus clases de ballet y sus sueños de un gran futuro como bailarina le habían ayudado a superar las duras condiciones de vida, a partir de noviembre le fue resultando cada vez más difícil.
—Mes chères filles —dijo preocupada madame Marova un día, paseando la mirada por las pocas alumnas que le quedaban—, me dan ganas de llorar. En el verano erais veinte niñas y ahora apenas sois cinco.
Audrey y sus cuatro compañeras agacharon la cabeza afligidas. Estaban sentadas en el suelo con las piernas cruzadas, rodeando a madame Marova, todas más o menos abatidas.
—Femke se desmayó la semana pasada —murmuró una niña delgada y rubia que se llamaba Tomke—. El médico le ha dicho que está tan desnutrida que su vida corre peligro, pero que él no puede hacer nada.
—A Marijke ya no la dejan venir porque está tan débil que no puede ponerse de pie —susurró Vicky, que ni siquiera intentaba ocultar el largo desgarrón de su tutú blanco—. Su madre ha dicho que le da miedo que se muera.
Todas notaron que madame Marova trataba de mantener la calma. Por muy estricta que fuera en sus clases, sentía un gran cariño hacia sus alumnas.
—Lo sé —logró decir—. A la mayoría le ocurre lo mismo. Y por eso, mis queridas niñas…
Audrey levantó la cabeza de golpe. Se había apoderado de ella un pánico repentino a que madame Marova cancelara las clases de ballet por un tiempo, tal vez para siempre. No parecía que las cosas fueran a mejorar pronto.
—¡No, madame! —gritó con el horror reflejado en sus ojos marrones, que ahora parecían más grandes que nunca en su rostro demacrado.
—Sí, mi querida Edda. —La profesora de ballet se agachó y le puso ambas manos en los hombros a Audrey—. Tengo que hacerlo. Esta será nuestra última clase de ballet juntas. He hablado con el director del conservatorio. Él opina, como yo, que no estáis en condiciones de hacer esfuerzos físicos.
—¡Pero yo todavía puedo bailar! —exclamó ella con lágrimas en los ojos—. ¡No me importa el hambre, lo voy a conseguir!
Madame Marova sonrió con tristeza mientras las demás niñas se miraban las zapatillas de ballet desgastadas.
—Es demasiado arriesgado, Edda. Mírate, estás tan delgada como una cerilla. ¿Y crees que no me he dado cuenta de que siempre te mareas al bailar? Aunque sabes disimularlo muy bien.
—Pero… —A Audrey se le quebró la voz. La profesora la abrazó y le acarició el pelo—. Yo no puedo vivir sin el ballet… Usted sabe que sueño con ser bailarina profesional…
—Lo sé. —Madame Marova se puso de pie y se alisó el vestido—. Pero no sirve de nada, niñas, lo siento mucho. Quizá un día, cuando la guerra haya acabado…
—¿Y cuándo será eso? —murmuró Vicky.
Las niñas se vistieron en silencio para volver a casa. Madame se puso en la puerta y dio a cada una un beso callado en la frente. A Audrey le ardían los ojos. Se marchó a casa sin notar el viento fuerte ni la lluvia que enseguida la empapó. El cielo estaba oscuro y el tiempo era tan desapacible que incluso los soldados habían desaparecido.
Se le encogió el estómago, no de hambre, sino sobre todo de pena. No entendía que le quitaran lo más bonito que existía en su vida, el ballet. Sin la danza su existencia no tenía sentido. Todos sus sueños, en los que se veía sobre un escenario y sus movimientos acompasaban a la música con suavidad, se habían desvanecido, se habían perdido para siempre.
Una vez en casa, pasó corriendo por delante de su abuelo, que estaba en la puerta mirando la lluvia.
—¿Qué pasa, pequeña? —gritó asustado—. ¿Ha ocurrido algo?
—Sí, ha ocurrido algo —dijo ella llorando, y entró corriendo en la cocina, donde chocó con su madre, que la sujetó por ambas muñecas.
—¡Audrey! ¿Qué manera de entrar es esa?
—¡Se acabó, mamá! —gritó—. El ballet, el conservatorio, todo… No voy a poder ser prima ballerina, ya no habrá más clases. ¡Madame nos ha mandado a todas a casa!
Ella intercambió una mirada significativa con los abuelos.
—Lo veía venir. Estáis todas demasiado débiles para bailar. Lo siento, Audrey, pero es mejor así.
—Cuando acabe la guerra volverás a las clases —trató de consolarla torpemente la abuela.
—Cuando, cuando… —gritó Audrey—. ¡Jamás se va a acabar! ¡Hay guerra desde que yo tenía diez años! ¡Dentro de seis meses cumplo dieciséis años! ¡Esta maldita guerra me lo ha quitado todo! El ballet, mis hermanos…
—No digas eso —le advirtió su madre de forma automática.
—Ay, la niña tiene razón —murmuró el abuelo—. Esta guerra le ha robado la juventud y el futuro. —Salió al exterior andando muy despacio.
Una sensación de mareo se apoderó de Audrey, como tantas veces en los últimos tiempos. Las paredes de la cocina parecían girar a su alrededor. Ella le tocó la frente preocupada.
—Estás ardiendo, pequeña. A la cama ahora mismo.
Sin protestar, ella se fue a su habitación y se metió en la cama sin desvestir. El vacío en el estómago y el dolor por el ballet se unieron en una sensación casi insoportable, le dolía incluso respirar. Cuando cerró los ojos apareció ante ella la imagen pálida de su padre. Sus hermanos habían desaparecido y a ella le habían arrebatado el ballet; si tan solo estuviera su padre aquí… Él los ayudaría en estos tiempos tan difíciles.
—¡Canalla miserable! —sollozó, y se hundió en la almohada antes de sumirse en un sueño intranquilo.
A partir de entonces, Audrey pasó casi todo el tiempo en la cama. Estaba demasiado débil para levantarse. A menudo tenía fiebre, que le provocaba confusas fantasías en las que sus hermanos, su padre y sus compañeras de ballet se arremolinaban como las hojas con el viento. Los días en que se encontraba mejor se sentaba en la cama y observaba por la ventana la nieve que desde diciembre se acumulaba en el exterior.
A través de la puerta oía a su madre y sus abuelos conversar en voz baja. Hablaban con frecuencia de «este horrible invierno de hambre» o de los aliados, en los que veían la última esperanza de ser liberados de aquella miseria.
—Ha muerto el hijo de los Van Dijk, tenía trece años —murmuró el abuelo una mañana de enero sin saber que Audrey lo oía—. De hambre. Otro niño más. Esto es increíble. ¡¿Por qué nos dejan morir como animales?!
Audrey oyó que golpeaba la mesa con el puño cerrado. Su familia tampoco tenía mucho que comer. Audrey añoraba a veces el pan de harina de guisantes o la hierba cocida que había durante el verano. A menudo tenía que conformarse con una patata cocida disuelta con agua caliente para dos días. El abuelo encontró un par de veces unos bulbos de tulipán que todos devoraron al momento, pero que apenas lograron mitigar el dolor de los estómagos vacíos.
En algún momento el terrible invierno llegó a su fin y despertó la primavera, de forma callada, casi imperceptible, aunque sin traer cambios consigo. La población de Arnhem estaba como sumida en un sueño profundo, apenas había gente por la calle ni niños yendo a la escuela. Regía un estado de excepción insólito en el país.
A principios de mayo, Audrey cumplió dieciséis años, aunque si su madre no la hubiera felicitado ni siquiera se habría enterado. Los tiempos en que recibía regalos habían pasado hacía mucho; ahora se combatía el hambre todos los días.
Al día siguiente de su cumpleaños, Ella, que últimamente iba casi siempre en bata, entró en la habitación de Audrey. También ella era ahora una sombra de lo que había sido. La mujer, que siempre había mostrado un aspecto tan cuidado y correcto, estaba pálida como una sábana y tenía la cara más fina.
—Abre alguna vez la ventana —dijo malhumorada—. Hay un ambiente sofocante, fuera al menos es ya primavera. —Se inclinó sobre la cama de su hija y abrió la ventana.
—Me da igual —murmuró Audrey con los ojos cerrados. Pero el aire suave con olor a flores que entró por la ventana no la dejó indiferente. Y de pronto notó que había otro olor en el aire. Su madre también lo había percibido, porque se acercó y miró por la ventana.
—Es… es… ¡Audrey! —jadeó Ella. La niña se incorporó en la cama, lo que le provocó un fuerte mareo, y miró también a la calle. Al principio pensó que era una alucinación.
Fuera había dos soldados fumando. Eso era lo que habían olido Ella y Audrey. Era una escena casi habitual, pero parecía distinta a otras veces.
Revivió de golpe.
—¡Vamos fuera, mamá! Deprisa. No son soldados alemanes, mira los uniformes; son… —El resto de sus palabras se ahogó en un sollozo callado.
Abandonaron juntas el dormitorio, corrieron por el pasillo y salieron por la puerta al exterior, donde se detuvieron cegadas por la clara luz del sol.
Los dos soldados las saludaron amablemente en inglés, y detrás de ellos, al final de la calle, venía todo un convoy de soldados británicos. Fue una entrada triunfal, como las de las antiguas legiones de Roma; los soldados iban seguidos de numerosos holandeses que gritaban de júbilo y cantaban. Los abuelos también habían oído el estruendo y salieron a la calle. El abuelo se llevó las manos a la cara y cayó sentado en los escalones de la entrada.
—¡Ha terminado! —le gritó Audrey al oído para que el creciente ruido del convoy no ahogara sus palabras—. ¡Ha terminado, abuelo!
—No me lo puedo creer —murmuró este entre lágrimas. Era la primera vez en su vida que Audrey veía llorar a su abuelo, siempre sonriente e inconmovible. También la abuela y Ella estaban atónitas, y los cuatro se quedaron muy juntos viendo cómo se acercaban los soldados aliados entre los gritos de alegría de la población.
Uno de los que seguían delante de su casa y esperaban a sus camaradas repasó con la mirada el cuerpo de Audrey, cuyo camisón apenas ocultaba su figura huesuda. No tenía ni un gramo de grasa. Avergonzada, ella cruzó los brazos deseando haberse puesto al menos un vestido.
—Ten, toma. —Para Audrey fue maravilloso que alguien le hablara en inglés, idioma que había usado con su padre durante seis años y que desde el estallido de la guerra había tenido prohibido para no llamar la atención. Miró fijamente al joven y vio sus amables ojos azules. Le tendía una tableta de chocolate—. Cógelo sin miedo.
Al agarrar la tableta envuelta en un brillante papel dorado, sintió un hormigueo en los dedos. Todo le parecía un sueño del que iba a despertar de golpe.
—Gracias —dijo en inglés.
—¿Cómo te llamas? —preguntó el soldado.
Audrey lo miró, y un escalofrío le recorrió la espalda.
—Audrey —respondió casi afónica—. Me llamo Audrey.
No quería volver a llamarse Edda nunca más; los tiempos en los que tenía que ocultar su origen medio británico habían pasado definitivamente.
Los dos soldados le sonrieron y se unieron a sus compatriotas, que ya estaban muy cerca.
—Vamos, abre el chocolate —la animó sonriendo el abuelo, que entretanto se había recuperado ya de la emoción—. Seguro que ya no recuerdas cómo sabe.
—Hace ya tantos años… —murmuró Audrey, y abrió el papel dorado despacio y con cuidado. Partió un trozo de chocolate y se lo metió en la boca, luego otro más antes de pasarles la tableta a su madre y a los abuelos. El sabor le explotó en la boca, dulce y prometedor.
La golosina fue como un buen presagio para ella. Ahora todo iba a ir mejor, ahora iba a recuperar su vida anterior. Aprovecharía cada oportunidad de hacer realidad los sueños que creía perdidos.
A partir de entonces todo fue a mejor. Durante días reinó la alegría en las calles de Arnhem, fue como una gigantesca fiesta popular. Todos reían y bailaban y se abrazaban. A los pocos días Alex volvió a casa; una mañana apareció sucio y andrajoso en la puerta. Ella soltó un grito de alegría y se lanzó a su cuello. También Ian regresó, aunque él t
