La mesa de los solteros (Maravillosos desastres 1)

Hollie Deschanel

Fragmento

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Capítulo 1

—¿Dónde debería sentar a mi tío Connor? ¿En la mesa de Cenicienta o en la de Blancanieves? —La voz de Talía, su mejor amiga de la infancia, resonó por toda la estancia. Era la quinta vez que le preguntaba lo mismo. Solo cambiaba Connor por cualquier otro invitado: Thomas, su abuelo; o su cuñado, Elijah. Cualquiera de ellos la obligaba a pensar, durante diez largos minutos, dónde ubicarlo para que no molestase a los demás o, en su defecto, no empezaran una disputa absurda con quienes no se llevaban bien.

Organizar una boda era algo agotador. Podrían decir lo que quisieran, pero hacer realidad los sueños de una pareja, crear un pequeño mundo donde ellos iban a ser los protagonistas absolutos durante todo un día era difícil y requería mucha paciencia. Y Brooke agradecía que su amiga supiera comportarse, porque se había cansado de aguantar a suegras impertinentes, novios pasotas y novias al borde del colapso. Las bodas tranquilas eran sus favoritas. Y las más escasas.

Se giró con la taza de café vacía en la mano. Tener un despacho equipado con todo lo que necesitaba la ayudaba a sobrellevar las largas horas que pasaba allí dentro, escuchando todo tipo de peticiones ridículas. Menos mal que Talía no esperaba convertir su boda en el evento del año, a ver si Vogue —o, en su defecto, cualquier otra revista de moda— les hacía un reportaje, porque de ese tipo de clientas ya había aguantado demasiadas.

—¿Tu tío Connor no es el mismo que se emborrachó hace tres navidades y salió desnudo al balcón con el ukelele, dispuesto a cantar «Merry Christmas» y cualquier otro villancico que se terciara?

Brooke entrecerró los ojos sobre su amiga. Talía apretó los labios para contener una carcajada, y asintió con la cabeza.

—Dios mío, no podemos ponerlo junto a tu abuelo y su nueva novia. Se escandalizarían tanto que tendríamos que llamar a Emergencias. —Tamborileó con los dedos sobre la taza de porcelana, donde rezaba la frase «Un día me voy al Infierno y, desde allí, os dirijo»—. ¿Qué tal si lo sentamos en la mesa del Sastrecillo Valiente? Estoy segura de que su mujer querrá perderlo de vista un rato.

—Si pongo a Connor en esa mesa, mi tía lo seguirá sin pensárselo. Y se lleva bastante mal con mi prima Jill.

—¿Qué es peor?, ¿un abuelo al borde del infarto o la tía Jill poniendo malas caras?

Talía se lo replanteó menos de un minuto. Finalmente, escribió el nombre de su tío Connor sobre la mesa del Sastrecillo Valiente.

—Tú ganas —soltó—. Es mejor fastidiar a la tía Jill.

—Le diremos a los de Seguridad que vigilen al tío Connor todo el rato. Lo último que necesitamos es que circulen un montón de fotos y vídeos de su salchicha en Internet.

Las carcajadas de Talía le sonsacaron una sonrisa.

Todo el mundo en aquella familia conocía al tío Connor y sabía cómo se las gastaba: un hombre bueno y cariñoso, que perdía el norte cada vez que se pimplaba una botella entera de brandy o de whisky, o lo que tuviese a mano. Siempre alardeaba de que, en su juventud, estaba más bueno que el mismísimo Brad Pitt en Troya. Y Brooke se lo creía. Había visto fotos de cuando acudía a la universidad, y los vaqueros acampanados le quedaban francamente bien, al igual que el tupé a lo Elvis Presley. Pero eso se quedó atrapado en el pasado, y actualmente era un hombre regordete y calvo, adicto a las canciones de country. Lo último que deseaba Brooke era un espectáculo bochornoso donde el tío Connor pasease su culo peludo por todos los jardines. Querer a alguien no te otorgaba un escudo capaz de protegerte de la vergüenza ajena que te provocase.

—¿No se molestará por el hecho de que lo exiliemos con mis primos?

—¿Por qué se iba a quejar? Oye, que a mí me habéis mandado a la mesa donde van a estar todos los pringados sin pareja —farfulló Brooke. No le molestaba ese hecho: comprendía muy bien dónde estaba su sitio.

Todas sus amigas se habían casado ya, menos ella, porque todas sus relaciones terminaban mucho antes de que despegaran. Tres meses era el límite. Ninguno de sus novios seguía a su lado después de doce semanas de amor —o conexión, o atracción— desenfrenado. Se largaban sin mirar atrás, y ella volvía al punto de partida: en las apps de ligue, donde solo habitaban los incels, los frikis y un puñado de empresarios aburridos de trabajar y de no tener con quién compartir su fortuna. Que Talía la relegase a la mesa de los solteros solo era un trámite más por el que tendría que pasar ella y otros invitados que no encajaban con el resto de la familia. Un trámite que, a decir verdad, ya era una costumbre. Por cada boda que sus amigas celebraban, ella se sentaba allí, con un vestido diferente, pero con la misma emoción que le apretaba las costillas. No era culpa de sus amigas, sino de ella, que se negaba en rotundo a invitar a cualquiera a acompañarla para no sentir que todo el mundo la miraba y la señalaba con lástima.

—¿Tanto te molesta? —De pronto, Talía la miró con cierta culpabilidad—. Es algo que suele hacerse en las bodas, pero por ti hago la excepción.

Brooke se rio con la idea de quitarle hierro al asunto. Sí, le jodía; sin embargo, lo aceptaba de buen grado. Beber vino y cerveza rodeada de solteros insoportables era algo que hacía cualquier fin de semana en un pub, al que se arrastraba por aburrimiento. Vivir sola y no tener pareja era casi tan desagradable como vivir en pareja y que no te prestaran atención. Por eso se gastaba las propinas en cócteles impronunciables mientras un morenazo le calentaba la oreja sobre lo impresionante que era su trabajo, su perro y la máquina elíptica de su garaje. ¿Por qué iba a quejarse de pasar por lo mismo en su boda? Brooke firmaba en cualquier lado por poder emborracharse sin tener que controlarse un mínimo para que la Policía no la parase de regreso a casa y la obligase a pagar una multa de las gordas.

—Solo bromeo, tonta. —Brooke dejó la taza a un lado y volvió a sentarse frente a su ordenador. En la pantalla, aún estaba el e-mail a medio escribir, que iba dirigido a la imprenta—. Terminemos esto, anda. Nos queda ir a comprobar que las flores están pedidas y hacer una última prueba del vestido.

—Uf, calla. Mi suegra se ha empeñado en acompañarme para ver si me arreglan el corsé y me lo suben un poco más. No deja de criticar que vaya enseñando las tetas.

—Ostras, ¿sigue con eso?

Talía asintió con la cabeza.

—Alejandro le ha espetado que deje de meterse, pero ella no se baja de esa colina. Joder, señora, ¡deja que enseñe lo que me dé la gana el día de mi boda! Cuando sea vieja, nadie va a querer ver mis dos uvas pasas.

—Bueno, más que uvas pasas, serán melones arrugados —apreció con una de sus rubias cejas alzadas.

Brooke no estaba acomplejada de sus pechos. Consideraba que una talla estándar —ni grandes, ni pequeñas— era perfecta. Lo justo para que asomaran en los tops apretados y cuando bajaba a la piscina, pero que no la molestaran en el gimnasio. Quien no podía afirmarlo era Talía. La diosa de los senos la bendijo con un par de sandías descomunales que, un poco más, y la golpeaba en la frente al salir a correr. Todos los vecinos de su calle se quedaban embobados con el boing-boing que hacían al abandonar ella su casa a primera hora de la mañana en leggins y con camiseta ceñida, y con los auriculares inalámbricos, que la ayudaban a aislarse de los piropos que le lanzaban. Brooke aún recordaba la última vez que había salido con ella a trotar: veintiséis hombres habían hecho un giro megaextraño de cabeza al pasar junto a ellas. Y lo peor es que Talía ni siquiera se daba cuenta. A veces, le daba mucha envidia su capacidad de ignorar el mundo que la rodeaba. Brooke era de las que se ahogaban en un vaso de agua.

—Lo importante aquí no es cómo se vean dentro de veinte años, sino cómo se verán en mi boda. —El dedo índice de Talía dio un par de golpecitos sobre el escritorio—. Y no quiero subir el corsé.

—No lo hagas. Escríbele y dile que tu madre ha decidido acompañarte a última hora, y no cabéis todas en la tienda.

—Pero mi madre está trabajando.

—Tali, por favor. Es una mentira para que tu suegra te deje en paz —Brooke le explicó.

—Ya, ya. —Se rascó la nuca, un tanto incómoda—. ¿Y quién me acompañará?

—Yo, claro. Hoy no tengo nada más que hacer, y ya me he visto todas las películas romanticonas del catálogo de Netflix. —Encogió uno de sus hombros—. Si me invitas a una hamburguesa después, te sigo a cualquier lado.

La sonrisa que curvaba los labios de Brooke era la que misma que había incitado a Talía a acercarse a ella veintitrés años atrás y prestarle su goma de borrar. Una amistad que nacía de esa manera estaba destinada a durar por narices. Y sí que nadie bajaba a Brooke de esa colina.

—De acuerdo. —Talía cabeceó y señaló la siguiente mesa para completar—. ¿A quién sentamos en esta?

—Tu tía Rose y sus dos hijos, claro. Son fanáticos de Blancanieves, y no es que tus primos sean muy altos.

Talía se echó a reír ante su apreciación.

—Eres perversa.

—Por eso me quiere la gente —bromeó Brooke—. En la última mesa, podríamos poner a tu primo George y su novia. Y así concluimos todo. No creo que nadie se pelee por sus compañeros en el banquete y, si no están de acuerdo, que se organicen ellos. Estoy cansada de los dramas familiares y de sus ansias de protagonismo.

Como wedding planner, fue testigo de la cantidad de veces que los invitados se sientan donde les da la gana, exactamente igual que hacen los adolescentes en el instituto. Aunque los novios afirmen con rotundidad que conocen a la perfección a sus familiares, en el fondo, no tienen ni idea. Brooke consideraba que la mayoría de las familias —las numerosas, sobre todo— deberían plantearse la posibilidad de contratar organizadores para las celebraciones clave, como la cena de Acción de Gracias o de Navidad. De esa manera, se ahorrarían un montón de peleas, indirectas, miradas asesinas y varias llamadas a la Policía.

Talía pareció convencida, y se puso manos a la obra. Y menos mal, porque todo ese trabajo de última hora estaba patrocinado por su suegra, la misma mujer que se quejaba de que enseñaba los pechos con el vestido de novia y que el tío Connor no era digno de compartir mesa con ella. Toda una semana de escucharla despotricar sobre su trabajo la llevó a un ataque de nervios, y Brooke decidió, en última instancia, cambiarlo todo, y ahorrarse el instinto asesino y ansiedad que le provocaba esa señora.

«Esta es una de las pocas cosas que me gusta de no tener pareja: me ahorro aguantar a su madre», pensaba Brooke, tecleando sin descanso aquel e-mail que iría directo a la imprenta con la que solía colaborar. Y sí, era consciente de las excepciones —pocas, aunque las había—, donde las suegras eran un amor de persona. Sin embargo, esas solo le tocaban a las afortunadas. Y Brooke tenía menos suerte que un condenado a muerte.

—¿Libby está esperándonos en su floristería? —preguntó Tali, terminando de recoger sus cosas.

Brooke apartó la mirada un solo instante de su portátil, y asintió con la cabeza. Talía respiró con alivio. «Joder, somos tan diferentes», pensó Brooke respecto de su amiga, fijándose en su pelo oscuro y ojos verdes, sus labios carnosos, cuerpo voluptuoso y esa sonrisa de anuncio de pasteles que ayudaba a todo el mundo a sentirse mucho mejor. Brooke, por el contrario, era menuda. Tenía la boca un tanto más grande de lo normal y su pelo rubio competía con sus ojos azules en cuál de los dos era más básico que la tabla del cero. Prácticamente, había nacido para ser un cliché con patas. La típica estadounidense que crecía en un barrio decente, de una ciudad decente, rodeada de padres decentes. Y lo odiaba a muerte.

—Sí. La llamé antes y le avisé de que iríamos sobre esta hora —detalló Brooke. Se encargó de enviar el e-mail, guardar el portátil en su funda y apagar todo, menos la pequeña neverita del fondo, que contenía todas las botellas de agua que consumía a lo largo de la semana. Y, con el calor que empezaba a hacer en Boston a esas alturas de mayo, prefería mil veces hidratarse que aguantar a novias histéricas, y con la cabeza que le estuviera taladrando todo el maldito día—. ¿Vamos? —le preguntó a Talía, que se había recogido el pelo oscuro en una coleta para que no le molestase—. Libby debe estar de los nervios por el retraso.

Salieron de la tienda y se aseguró de haber cerrado bien la puerta principal. No sería la primera vez que se le olvidaba poner el candado o activar la alarma. Y, a pesar de que su estudio estaba ubicado en una calle más o menos tranquila de Boston, era mejor no tentar a la suerte. Esa cabrona nunca estaba de su parte.

Talía se enganchó de su abrazo, y caminaron juntas por la larga avenida.

—¿Estoy haciéndolo bien? —interrogó Talía con algo de temor—. Hay días en los que me levanto muerta de miedo por si mi boda es un desastre.

—¿Por qué iba a serlo? Lo que importa es que disfrutes de tu día. Si ocurriese un inconveniente, lo solucionaríamos, y ya está.

—No sé, es que son tantas cosas... Las flores, el vestido, el banquete, los invitados, los regalos, el hotel... Me paso las noches soñando que se me rompe el velo de camino al altar, o que el coche donde me acercan se pone a arder de la nada.

—Son miedos que atacan a todas las novias que vienen a verme. Anda que no he escuchado mogollón de veces eso mismo. Pero insisto en que no va a ocurrir, Tali. Es tu día, y te vas a casar con un hombre maravilloso que te quiere más que a nadie. ¿Qué importa si no hay suficientes flores o si el velo sale volando? ¿Cambiará algo? —Talía, mordisqueándose el labio inferior, negó con la cabeza—. El amor es lo más importante en estos días —aseguró Brooke, dándole un par de palmaditas en el hombro—. Todo lo demás son solo añadidos.

Ser testigo del alivio que inundó a su amiga la ayudó a relajarse. Brooke no se consideraba una mujer amorosa, ni cercana. Cuando sus amigas arrastraban un mar de dudas o se sentían sobrepasadas por algún malentendido, les prestaba su hombro o las hacía reír con sus tonterías. Sin embargo, Talía no necesitaba risas; necesitaba que la calmaran. Talía era la tercera amiga que se casaba y la primera en provocarle un extraño deseo de seguir sus pasos. Ya fuese por el lazo que las unía, por los años de amistad o porque estaba rozando la famosa crisis de los treinta con la punta de los dedos, lo cierto era que echaba de menos enamorarse. En su cabeza, sonaba muy absurdo. ¿Quién echaba de menos un sentimiento de ese calibre? Como si se activase a través de un enchufe... Pero Brooke lo extrañaba. Y no solo el amor. Hacía mucho, muchísimo tiempo que no conocía a gente nueva, ni ampliaba su círculo de amistades.

En el pasado, cuando aún trabajaba como camarera con la única idea de conseguir dinero suficiente para montar el negocio de sus sueños, se pasaba los días charlando con la gente y llenando su agenda con números de teléfono a los que luego escribía. Salía tantas veces de casa que sus padres ya no recordaban ni el sonido de su voz. Brooke disfrutaba muchísimo al subirse en la parte de atrás una moto, abrazarse a la otra persona y recorrer Boston de la mano de alguien que le mostrara sus rincones favoritos. No se trataba de echar un polvo —no siempre terminaba en la cama con ellos—, sino de los pequeños secretos y sonrisas que compartía con una persona ajena a su círculo. Hablar de eso con sus amigas le provocaba un sentimiento asfixiante de incomodidad. Ninguna de ellas la miraba mal, ni le espetaba que había perdido la cabeza. Simplemente, no le gustaba reconocer que era una acomplejada emocional, una mujer vanidosa que echaba de menos recibir atenciones por parte del género masculino, sostener a alguien entre sus brazos, sin ropa de por medio, y que la inundase una calma inmensa capaz de durar más de tres meses. Porque, sí, ese era el tiempo máximo de sus relaciones. Después le tocaba enfrentarse a toda una vida de preguntas sin respuestas, bloqueos en WhatsApp, evitar pisar ciertos lugares por si acaso se los cruzaba y tirar a la basura los calzoncillos que se dejaban en su casa y que ya no quería lavar nunca más.

—Brooke... Hay algo que quería contarte desde hace unos días y no sé cómo hacerlo —empezó a decir Talía una vez que se detuvieron junto al semáforo, lo cual la sacó de sus pensamientos.

—¿Qué es? ¿Acaso piensas echarte atrás en algo que ya hemos pedido para la boda?

—No, no. Te juro que estoy muy feliz con todo lo que me recomendaste. Es... por Danny Walsh.

Brooke frunció el ceño.

—¿El medio hermano de Alejandro?

Alejandro era el prometido de Talía, y ella misma se lo había presentado un par de años atrás en una fiesta de la espuma. Todavía le costaba asumir lo rápido que pasaba el tiempo.

—El mismo. Finalmente, ha aceptado venir a la boda, y su acompañante lo ha dejado tirado. Me lo avisó el lunes pasado.

—¿Y qué? En la mesa de los solteros, hay sitio para todos.

—Ya, ese es el problema: que no es la única mesa de la boda. Mi suegra no puede ni verlo, y mi suegro me ha pedido que lo mantenga distraído para que no se crucen más de lo necesario.

—Dios, no me lo puedo creer. ¿Qué le pasa a tu suegro por la cabeza? Es su padre, coño. Mostrarle un poco de respeto y cariño no le va a provocar un infarto.

Talía se separó de ella con el corazón que le latía desbocado. Le sudaban las manos, y no sabía cómo soltarlo todo sin sonar igual que una loca. Llevaba toda la tarde buscando la manera de enfocar el problema.

—No tengo tiempo de solucionar treinta años de traumas familiares. Me caso este sábado, y mi suegra odia al hijo de su marido; es tan sencillo como eso. Necesito que tú distraigas a Danny toda la noche y le impidas revolotear en los lugares donde se encuentre la madre de Alejandro.

La reacción de Brooke fue echarse a reír, pensando que era una broma. Como Talía no se descojonaba con ella, se le pasó de golpe y cuadró los hombros.

—Pero ¿de qué coño vas? ¿Por qué me toca a mí ser la niñera de tu cuñado?

—Por favor, no te enfades. Te lo pido porque vais a compartir mesa, y sabes lo importante que es para mí.

—Dudo mucho de que Danny quiera estar cerca de la mujer que rompió su familia.

—Exacto. ¿Puedes decir lo mismo de mi suegra?

—No. —Suspiró Brooke.

—Ella se las ingeniará para molestarlo y hacerlo sentir incómodo el día que se casa su hermano. Y a mí no me parece justo. —Cruzaron por fin el paso de peatones, y Talía se detuvo de nuevo—. Mira, sé que odias esto, pero solo te pido que lo vigiles un poco para que no se sienta despreciado por la familia de mi novio.

Si lo miraba desde su perspectiva, debía ser horrible enfrentarte a un puñado de personas que te odiaban sin razón. Solo porque tu padre le puso los cuernos a tu madre, y su amante pasó de ser la otra a ser la oficial, y a alejarte de quien te leía cuentos por las noches al regresar del trabajo. ¿Qué culpa tenía Danny de eso? ¿Acaso la señora Menéndez no se daba cuenta de lo que hacía?

Brooke se frotó el rostro con una mano, y asintió. En las buenas y en las malas, las amigas estaban para apoyarse. Y Danny no se merecía beber solo en una mesa mientras los demás reían, bailaban y se lo pasaban en grande.

—Odio a tu suegra. Es la mujer más insoportable del mundo —gruñó Brooke.

—Es la madre de Alejandro. ¿Qué quieres que haga?

—Nada. Lamentablemente, todavía no es legal empujar a nadie delante de un coche y fingir que es un accidente.

Talía le dio un codazo, y se rio por fin.

—Qué bruta eres... Pero, oye, gracias por hacerme el favor. Me acabas de quitar un gran peso de encima.

—No, no te confundas. El peso lo sigues teniendo sobre tus hombros. Sesenta y cinco kilos de bruja capaz de amargarte la boda solo porque no soporta que su marido tuviese un hijo con otra. —Se detuvo frente a la puerta de la floristería donde trabajaba Liberty, su otra mejor amiga, y suspiró con desgano—. ¿Alguna otra petición de última hora que quieras hacerme? ¿O con Danny ya hemos completado el cupo de putadas mensuales? —Talía negó con la cabeza. Había pasado de reírse por sus ocurrencias a morderse el labio inferior, un tanto cohibida por empujar a su amiga a hacer cosas que no la apetecían en absoluto. Nadie tenía la culpa de que su suegra fuese una mujer despreciable—. ¡Genial! Entonces, podemos seguir con los preparativos de la boda. Aguantó la puerta, y la invitó a pasar con un gesto de la cabeza.

Brooke se recordó que una wedding planner nunca descansaba. Siempre había algo —por jodido que fuese— que le tocaba solucionar a última hora. En la boda de Talía, se trataba de su cuñado. Ese hombre misterioso, que jamás se dejaba ver. ¿Sería tan enigmático y serio como suponía? Porque, entonces, se aburriría muchísimo en la boda, y eso sí que era un castigo inmerecido.

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Capítulo 2

Brooke sonrió al ver a Liberty al fondo, detrás del mostrador, con el pelo rubio recogido en una coleta y con el ceño fruncido. Ese parecía ser su estado de ánimo en los últimos meses. No dejaba de trabajar casi nunca, se empecinaba en terminar los pedidos antes de irse a casa y no prestaba demasiada atención a lo que ocurría a su alrededor. Nadie la podría culpar de ello. Tras lo ocurrido con su marido, la soledad y la desidia le ganaban terreno. Quedarse viuda después de varios años de matrimonio, y sin haber rozado los treinta, debía encajar en los primeros puestos de la lista «Putadas que te destrozan la vida». Y eso que Liberty siempre había sido una mujer dulce y cercana, con una sonrisa perenne en los labios y con una empatía digna de admiración. Sin embargo, hasta la mujer más buena se veía atrapada por el dolor una vez que lo perdía todo. Un año después de la trágica noticia, Brooke y Talía continuaban pendientes de ella como el primer día. Cuidarla era una tarea que llevaban a cabo con gusto. No querían verla marchitar sin remedio mientras el mundo le daba la espalda.

—Hola, chicas —saludó Liberty con un gesto de la mano—. Habéis llegado tarde.

—Es culpa de Tali. Se ha empeñado en cambiar el orden de los invitados. Otra vez. —Suspiró Brooke—. ¿Tienes las flores listas?

La rubia alzó la mirada y enarcó una de sus cejas. Bajo las luces fluorescentes del techo, se veía mucho más joven de lo que era. Sus rasgos delicados se ajustaban muy bien con la ropa que llevaba a esas alturas del año: vestidos color pastel con estampados de flores y con lazos. Se había cortado el pelo recientemente, y entonces las puntas rozaban sus hombros menudos y enmarcaban su rostro algo ovalado. Los ojos claros solo eran el colofón de una mujer que se destacaba casi sin pretenderlo.

—¿Tú qué crees? Esta mañana las dejé listas. Podéis echar un vistazo en el invernadero número dos. —Señaló la puerta de su derecha, la que daba a la parte de atrás de la floristería—. Tened cuidado al cerrar. No me apetece echar a perder todo mi trabajo porque la cámara frigorífica se estropea. —Brooke y Talía se dieron una vuelta por los invernaderos.

Esa floristería era inmensa y abastecía a gran parte de la ciudad. La gente vivía encantada con el trabajo de Liberty, su delicadeza a la hora de crear ramos, centros de mesa, coronas para funerales... O cualquier petición, por extraña que fuese. Vendía hasta plantas exóticas de diferentes tamaños, y asesoraba a los fanáticos de la naturaleza sobre los cuidados que necesitaban, o los mejores productos para evitar que se marchitaran. Y como no podía ser de otra manera, los arreglos florales de la boda que se celebraría en cinco días iban por buen camino. Poblaban gran parte del invernadero. Lirios y rosas que se unían entre sí con lazos dorados, a juego con el palacete y la cubertería. Brooke se quedó asombrada por la capacidad de su amiga a la hora de imaginar lo que quería la novia con exactitud. A ella le costaba un poco más ese tipo de cosas. Talía se había empeñado en usar los cuentos infantiles para su boda. Cada mesa representaba uno de estos: Blancanieves, Caperucita y el lobo, El Sastrecillo Valiente, La Sirenita y otros tantos más. Y a Liberty se le había ocurrido que cada una de ellas resaltase con un centro de flores diferente al anterior. Viendo el resultado, Brooke le concedió todo el mérito. Se veía espectacular cada uno de estos. Acarició con los dedos el más cercano, apreciando el suave tacto de los pétalos bajo sus dedos, y sonrió con satisfacción. Esa boda iba a rozar la perfección. Siempre y cuando la señora Menéndez no se dedicara a fastidiar al hijo de su marido. De solo recordarlo, le entraban escalofríos. Regresaron a la tienda, y Liberty alzó la barbilla con orgullo—. Han quedado bonitas, ¿verdad? —les preguntó a las dos.

—Dan ganas de llevárselas a casa. —Asintió Talía—. Eres la mejor.

—Lo sé —dijo, y no había rastro de soberbia ni de vanidad en su voz—. Mis amigas se merecen lo mejor.

Para sorpresa de ambas, Liberty les ofreció un botellín de cerveza fría a cada una. Brooke aceptó el suyo al instante, ya que notaba la boca seca, como si hubiese masticado algodón durante un buen rato.

—¿Por qué brindamos? —preguntó Brooke.

—Por la novia, boba —le recordó Libby con un suspiro.

—¡Genial! —Talía tamborileó con los dedos sobre el mostrador—. Porque, a partir de este momento... —miró su reloj de muñeca—... me considero oficialmente una novia al borde de un ataque de nervios.

—Ya eras una novia histérica —corrigió Brooke, con una sonrisita burlona que le curvaba sus labios—. Simplemente, no querías verlo.

Talía hizo una mueca de desdén, enseñándole la lengua, como hacía cuando eran niñas.

—Brindemos porque se casa una más de nosotras —intervino Libby, riéndose. Chocaron los botellines entre sí, y le dieron un sorbo. Brooke se sintió un tanto extraña al oír esas últimas palabras. Ese «una más» le recordaba a su desastrosa vida amorosa, la que ya no tenía. El último hombre con el que había salido, Theo, la había abandonado después de que Brooke le había espetado que no hablara mal de sus compañeras de trabajo, simplemente porque eran mujeres. Theo las consideraba unas ineptas y unas trepas, capaces de ponerse de rodillas debajo de la mesa del jefe para conseguir un ascenso, y a ella no le parecía nada justo oírle decir semejantes burradas. Él se había enfadado bastante. Había empezado a ladrar algo acerca de las «feministas de ahora» y a decir: «Siempre os dais la razón entre vosotras», mientras daba vueltas sobre el salón, agitando muchísimo los brazos. En cuestión de minutos, su rostro había enrojecido y resoplaba como un toro a punto de embestir. Brooke le pidió que se tranquilizara. El feminismo nada tenía que ver con respetar a las personas en general. Acusar a alguien de trepar en un puesto de trabajo después de hacer unas cuantas mamadas era repulsivo e injusto. Sin embargo, Theo no lo entendía. Nunca había pensado que a alguien le sentaría fatal que le recordasen lo que significaba el respeto. «Está claro que nunca se termina de conocer a los demás», se recordó Brooke, con los dedos fríos a causa del cristal que presionaba con algo de crispación. Lo que más le jodía de toda esa historia no era que Theo la hubiera mandado a paseo porque la consideraba una feminista loca, sino que se negara a pedir perdón por las cosas que hacía mal. El perdón debía saber a agua estancada, y, por eso, nadie lo pedía más a menudo. Brooke sacudió la cabeza y se enfocó en el presente. Quizá estaba destinada a estar sola toda la vida, y ser esa mujer que acudía a la boda de sus amigas para sentarse siempre en la mesa de los solteros, acompañada de gente igual de frustrada y amargada que ella—. Y bien, ¿cómo llevas lo de Theo? —Libby no se andaba con rodeos y entraba a matar. Era así desde que la conocía. Y, por si eso no fuese suficiente, tendía a adivinar lo que pensaba la gente—. ¿Ha vuelto a hablarte?

Brooke se frotó el rostro con una mano, a todas luces cansada. Por la boda, por el plantón y porque el agua de su ducha tardaba diez minutos en salir caliente. Se le juntaba todo, y no entendía por qué. ¿Acaso en su anterior vida había sido una asesina en serie y ahora le tocaba limpiar su karma?

—No. —respondió Brooke—. El otro día, se cruzó con mi madre en el Walmart y le preguntó por mí, como quien no quiere la cosa. Y le dejó caer que debería ir a terapia, para calmar mis impulsos violentos.

—Ostras, ¿y qué le dijo Darla? —Libby se apoyó sobre el mostrador, y sus ojos claros y redondos, llenos de interés, se clavaron en ella.

—Poca cosa. Mi madre le soltó que estoy saliendo con un montón de chicos de NextDoor y que no paso apenas por mi casa. Dice que se puso pálido de pronto, y salió corriendo.

Libby y Talía se partieron el culo a su costa. Les encantaba oír su vida sentimental solo por eso, por las risas.

—Soy fan de tu madre —dijo Talía—. Llevaba tiempo queriendo espantar al moñas de Theo.

—Lo sé. —Brooke cabeceó—. Casi nunca lo dejaba entrar en casa y se olvidaba —hizo un par de comillas con los dedos— de ponerle un plato en la mesa cuando no le quedaba más remedio que aguantarlo.

—Te hablaba muy mal, Brooke. Y te miraba por encima del hombro —recordó Liberty—. A mí me daba mucha rabia. ¿Recuerdas a su compañera de trabajo? Rose... creo que se llamaba. La echaron porque él la había acusado de meter la pata en algo que ni siquiera tenía que ver con su departamento.

Brooke se encogió por inercia. Sí, recordaba ese episodio con claridad. Había sido una de las últimas peleas que había tenido antes de que él se largara de la casa y no la volviese a llamar. A lo mejor, su madre tenía razón, y Brooke había nacido del revés. Por eso, no le salía nada bien, ni la aguantaban demasiado tiempo. Pensar en ello siempre la deprimía.

—¿Por qué hablamos de él? —Resopló Talía—. Hay infinidad de hombres ahí fuera, que merecen mucho más la pena. Theo era un acomplejado de cojones, y pronto la vida le va a recordar que no te puedes venir arriba sin merecértelo. Apuesto a que alguna de sus compañeras lo va a echar a patadas de allí, y se quedará sin nada.

¿Y dónde estaban esos hombres? Hacía semanas que Brooke no veía a alguno decente en las aplicaciones de ligue a las que se había apuntado. Ella solo daba match con los tipos que enseñaban el rabo al segundo o tercer día de iniciar la conversación, y esos eran los amigables. Algunos la entraban directamente con una foto de su cipote junto al mensaje: «¿Te gusta? Es para ti, nena», y luego añadían un emoticono que guiña el ojo. Siglo veintiuno, y aún había tíos que se pensaban que iban a follar por enseñar el cacahuete. Daban vergüenza ajena. Eso solo espantaba al ganado, y ni siquiera se percataban de ello. Les costaba aceptar la realidad. Una mujer jamás perdería el norte al ver una salchicha peluda de alguien completamente desconocido. Y Brooke empezaba a desesperarse. ¿Tanto costaba hallar a un hombre decente para echar un polvo? No buscaba pareja. Se conformaba con un poco de sexo, una cenita o ir al cine a meterse mano como dos colegiales. «Pero qué mentirosa... Claro que buscas amor». Bueno, sí. Uno que valiera la pena, y, para llegar a ese punto, primero, tendría que catar el género, ¿no?

—Después de tres semanas metida en dos apps de citas, solo diré que los tíos solteros e infieles dan mucho asco —espetó Brooke—. Nunca he creído en es

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