A modo de introducción:
¡los ODS (objetivos de desarrollo sostenible) son el «opio del pueblo»!
¿Estás tomando alguna medida contra el calentamiento global? ¿Has comprado bolsas ecológicas para reducir el uso de las de plástico? ¿Llevas siempre una cantimplora para evitar comprar bebidas en envases PET? ¿Has cambiado tu viejo coche por uno híbrido?
Te lo diré claramente: solo con esa clase de conductas bienintencionadas no llegarás a nada; es más, podrían ser hasta contraproducentes.
¿Por qué? Porque creyéndonos que estamos adoptando medidas contra el cambio climático, no daremos el paso definitivo para actuar con mucha más audacia, que es lo que realmente se necesita. A través de ciertas «conductas de consumo», que funcionan como «indulgencias», que nos ahorran los remordimientos de conciencia y nos permiten vivir tranquilos dando la espalda a los problemas reales, caemos fácilmente en la trampa del ecoblanqueo (greenwashing) que practican los dueños del capital.
Entonces ¿los ODS de los que hace bandera la ONU y promueven por igual los Estados y las grandes empresas servirán para cambiar el medio ambiente? No. Tampoco servirán. Solo porque los Gobiernos y las empresas se adhieran y ejecuten las directrices establecidas en los ODS, no se podrá detener el cambio climático. Los ODS son coartadas. Lo único que hacen, en el fondo, es apartarnos la mirada de los problemas más acuciantes.
Hace tiempo, Marx criticó la religión, el alivio del sufrimiento que causa el capitalismo, como el «opio del pueblo». Los ODS son, ni más ni menos, la versión moderna del opio del pueblo. Y la realidad que debemos afrontar, sin buscar refugio en el opio, son los cambios casi irremediables a los que estamos sometiendo al planeta Tierra.
Debido al tremendo efecto de la actividad económica sobre el planeta, según el premio Nobel Paul Josef Crutzen, hemos entrado, desde la perspectiva de la geología, en una nueva era que ha bautizado como el «Antropoceno»: una era en la que la huella de la actividad humana cubre completamente la faz de la Tierra.
En efecto, edificios, fábricas, campos de cultivo o presas cubren sin resquicio la superficie terrestre y en el mar flotan sin rumbo enormes cantidades de microplásticos. Las creaciones humanas —lo artificial— está cambiando el planeta. Entre las cosas que más han aumentado debido a la acción del hombre, está el dióxido de carbono (CO2) en la atmósfera.
Como bien sabes, el CO2 es un gas de efecto invernadero. Los gases de efecto invernadero absorben el calor que libera la superficie terrestre y calientan la atmósfera. Gracias al efecto invernadero, la Tierra ha mantenido hasta ahora una temperatura habitable para el ser humano.
Sin embargo, a partir de la Revolución Industrial, el hombre comenzó a hacer uso de cantidades ingentes de combustibles fósiles, como carbón, petróleo, etcétera, y a emitir enormes cantidades de dióxido de carbono a la atmósfera. Su concentración en la atmósfera, que era de 280 ppm antes de la Revolución Industrial, superó en 2016, hasta en la Antártida, los 400 ppm. Dicen que es algo que no sucedía desde hace 4 millones de años. Ahora mismo sigue aumentando.
Hace 4 millones de años, en el Plioceno, la temperatura media del planeta era entre 2 y 3 °C superior a la actual. Los casquetes glaciares de la Antártida o de Groenlandia estaban derretidos, y el nivel del mar era, como mínimo, 6 metros más elevado. Algunas investigaciones sugieren que incluso llegó a ser entre 10 y 20 metros más alto.
¿Nos acercará el cambio climático del Antropoceno a las condiciones ambientales del Plioceno? Es incuestionable que la civilización se enfrenta ahora a una crisis existencial.
El crecimiento económico que acarreó la modernización prometía una vida de prosperidad. Sin embargo, lo que la crisis del Antropoceno está empezando a dejar patente es que
