Introducción
¿Vida, I Ching y Beatles?
Este libro que tienes entre tus manos no pretende mayor cosa que guiarte a través de 30 principios de pervivencia que te ayudarán a conseguir tus objetivos de manera más fácil y rápida de lo que a mí me costó. Para ello haré uso de tres herramientas que la vida me puso enfrente: una, el análisis que el Instituto Panamericano de Alta Dirección de Empresas (IPADE) hizo sobre mi vida y obra, empleando horas y horas de entrevistas personales para determinar si merecía ser caso de estudio en su maestría de negocios y en qué área de fortaleza. Como el diagnóstico fue positivo me convertí en el caso No. AD 18 C 01 en el área de toma de decisiones. El doctor Javier Duarte Schlageter, encargado de mi caso en el IPADE, me hizo ver que en mi historia había material suficiente como para escribir un libro útil, así que me di a la tarea de considerarlo con toda seriedad… y aquí estoy entregándotelo.
Las otras dos son: las enseñanzas que me ha dejado El libro de las mutaciones, cuyo título oriental es I Ching, literatura que he estudiado desde hace más de 40 años, y finalmente mi extrema afición por la obra artística de The Beatles desde mi adolescencia temprana, en torno a la cual he construido todo un templo para dar culto privado a ella (lo del templo es literal, no metafórico). Así que lo que pretendo ahora es pasarte la mano mezclando mi vida, mi obra, el I Ching y los Beatles.
Corría el año de 1963 cuando compré mi primer disco de rock con el ahorro de los “domingos” que mi papá me daba; fue el de ¡Conozca a The Beatles!, que en México se presentó como el primero del cuarteto inglés, aunque en realidad ya era el segundo. Aquel primer contacto con el sonido que producían John, Paul, George y Ringo me dejaría marcado para siempre, era mágico, sorprendente, envolvente, excitante, contundente, tanto me sentí atraído por él que nunca dejaría de comprar todo el material que editaban con tal de descubrir cuál sería su nueva aportación al mundo musical del futuro, pues si algo debía reconocerles es que de sus canciones se derivaban tendencias musicales completas que, en un afán clasificatorio, después recibían nombres singulares, como rock psicodélico, heavy metal, rock orquestal o band rock. Baste escuchar el álbum Revolver de 1966 para entender y comprobar lo que estoy diciendo.
Hoy, después de haber estudiado la música popular desde los cantos espirituales y laborales negros de la segunda mitad del siglo XIX en los Estados Unidos hasta la gran variedad de géneros creados a partir de la irrupción del rhythm and blues, que daría origen al rock and roll blanco 100 años después, puedo afirmar sin temor a equivocarme que son ellos, The Beatles, el grupo musical más trascendente en la historia de la música popular contemporánea.
A la par de su aporte musical, desde el principio descubrí que la valía del cuarteto de Liverpool no solo residía en su basamento musical, sino que también incluía la parte lírica de sus canciones. Sus letras comprendían un espectro inspiracional amplísimo que se movía entre el cándido romanticismo, la filosofía existencial y el misterio encriptado. Poco a poco me enamoré de frases que fueron conformando mi pensamiento en torno a sus sugerencias, como las de que no debía cargar el mundo sobre mis hombros; que en los ojos de una mujer no podrías ver ninguna señal de amor detrás de sus lágrimas, pues llora por nadie; que se valía pedir ayuda cuando sintiera que mi independencia pareciera desvanecerse en la niebla; o que al final de todo, el amor que recibiría sería igual al que hubiera dado.
¡Carajo! Cómo no amarlos si al mismo tiempo me hacían bailar y pensar, me alegraban o entristecían hasta las lágrimas, me aclaraban la vida o me la confundían más. Imagínate que a los 16 años alguien te dijera que todo está dentro de ti, que nadie más que tú puede hacer que cambies, que eres un ser pequeño, mientras la vida pasa contigo o sin ti, y que ese pensamiento viniera entregado en una atmósfera musical que te elevara… como para fundirte los fusibles, ¿no? Así que usé sus letras para confirmar, complementar o enviar un mensaje oculto en cada principio de pervivencia que escribí. No fue fácil, pues requirió el estudio de todas y cada una de ellas, hasta encontrar la que encajara en el sitio adecuado.
Por otro lado, fue hasta el año de 1982 cuando escuché por labios de mi gran amigo Jorge García Castil de la existencia de un “libro mágico” al que podías hacerle preguntas en alguna encrucijada de la vida, y que según la inteligencia con la que le preguntaras, igualmente te respondería. Su extraño nombre era: I Ching, El libro de las mutaciones o de los cambios. La curiosidad por él había echado raíces en mí. Poco tiempo después, por azares del destino se lo mencionaría a mi maestro Ernesto de la Peña, quien me dijo que lo consiguiera y que me introduciría en su estudio e interpretación. De inmediato me di a su búsqueda encontrándolo en una versión que es una verdadera joya, y para mi gusto la mejor, la de la traducción al alemán de Richard Wilhelm con comentarios de su venerado maestro Lao Nai Süan, edición traducida al español y presentada por D. J. Vogelmann y prologada por Carl Gustav Jung, total, cero desperdicio en sus 821 páginas.
El I Ching fue escrito en diferentes etapas antiguas por cuatro personajes considerados en China como santos: Fu Hi, el rey Wen, el duque de Chou y Kung Tsé, a quien bien conoces como Confucio, lo que nos permite calcular su datación en algo más de 1,000 años antes de Cristo. Es un libro oracular, que no adivinatorio, el cual encierra un verdadero tratado de sabiduría para el estudioso, pero también una herramienta cuando lo que quieres es consultarlo, preguntarle con precisión y claridad al respecto de la conducta que deberías observar para cruzar los inciertos parajes de la vida. Es importante resaltar que de la precisión de la pregunta que formules se desprenderá la corrección de la respuesta que recibas, puesto que ningún oráculo o ningún sabio puede responder correctamente a una pregunta imprecisa, tal como lo afirmaba J. Krishnamurti: “Una pregunta errónea tendrá una respuesta errónea, pero una pregunta correcta puede abrir la puerta de la comprensión”. D. J. Vogelmann agrega: “El oráculo refleja la encrucijada y suele ofrecer una salida, pero una salida condicional: es condición fundamental la plena receptividad interior, que en chino equivale a Veracidad”.
El libro de las mutaciones contiene 64 hexagramas (hexa-seis, grama-trazo) construidos por la combinación de ocho trigramas combinados de dos en dos, uno puesto en la parte superior de su representación gráfica y otro en su parte inferior. Cada línea de las tres que tiene un trigrama responde al principio binario del ying (dibujado mediante una línea partida — — ) o del yang (con una línea entera ———— ). Si quieres saber cómo es un trigrama busca en Google la bandera de Corea del Sur, en ella se pusieron cuatro de los ocho trigramas posibles, escogidos en su simbolización del cielo, la tierra, el agua y el fuego; ahora imagina dos de ellos puestos uno arriba del otro y ¡bingo! ya tienes un hexagrama.
El método más sencillo que hay para consultarlo, de entre varios que existen para ello, consiste en formular primero la pregunta que te inquieta, la cual corresponde a una situación de vida incierta y compleja que te causa inquietud, y después arrojar tres monedas a una superficie plana seis veces. El lado de la moneda que tú designes como cara femenina tendrá un valor numérico de dos, mientras que la masculina lo tendrá de tres, de tal manera que podrás obtener como suma de las tres caras los valores 6 (tres doses), 7 u 8 (doses y treses combinados) y 9 (tres treses), siendo la suma seis totalmente ying y la nueve totalmente yang. En cada lanzamiento de las monedas construirás una línea entera para la suma non y partida para la suma par, e irás dibujándolas construyendo tu trigrama de abajo hacia arriba. Si aquí escrito te parece confuso, dirígete a un tutorial serio en YouTube, verás que no lo es tanto.
Una vez que hayas construido tu hexagrama lo buscarás en el índice clave para la identificación de hexagramas del libro y te dirigirás a la página de aquel que se te haya indicado. Una vez que te hayas ubicado en él, deberás leer el concepto general, el dictamen y la imagen del mismo, así como el texto de aquellas líneas que te hayan arrojado un valor totalmente ying (6) o uno totalmente yang (9) que deberán señalarse, pues se agregarán al texto a leer, que en su totalidad constituirá la respuesta a tu pregunta.
Es importante que comprendas que cada hexagrama se refiere a una situación de vida, a la actitud o conducta que deberías asumir en una situación dada para poder transitar las oscuras encrucijadas de la vida con mayor iluminación y certeza. Mi I Ching me ha acompañado ya durante 40 años, está completamente hojeado, gastado, anotado, pues lo he consultado cientos de veces, para mí o por petición de mis conocidos, y siempre, siempre, he encontrado en él el consejo preciso, lleno de sabiduría, que me ha ayudado a pervivir, ya que actúa bajo un principio de sincronicidad que, tal como lo explica Jung, “considera que la coincidencia de los hechos en el espacio y en el tiempo significa algo más que un mero azar, vale decir, una peculiar interdependencia de hechos objetivos, tanto entre sí, como entre ellos y los estados subjetivos (psíquicos) del observador”.
Es obvio que deba advertirte que el I Ching no es un libro apropiado para racionalistas, intelectuales cerrados o escépticos, ya que este te insiste a lo largo de su texto que primero deberás conocerte a ti mismo y después pertenecer al grupo de gente reflexiva que gusta de meditar acerca de lo que hace y sus consecuencias, que reconoce que nada es producto de la casualidad.
Conocido lo anterior, el método que utilicé para abordar cada uno de los 30 principios de pervivencia que contiene este libro fue el de preguntarle al I Ching acerca de la cualidad que mejor correspondería a cada vivencia que he deseado compartirte, para después extraer la conclusión que dio título a cada principio. El remate perfecto para cada uno de esos principios lo encontré en las letras de las canciones de The Beatles, que con toda sincronicidad también me hablaron con complementaria profundidad, por eso encontrarás el fragmento de su inspiración que vino perfectamente al caso.
Lo que pretendo lograr con este libro es servirte de inspiración. Creo que si pese al tiempo, el dinero y los demás yo pude alcanzar mis metas, tú también lo harás, el secreto estará en lograr la pervivencia necesaria para llegar a donde tú quieras.
Ojalá y mi intención de compartir contigo lo que he vivido encuentre en tu mente, corazón y alma una buena acogida. Con sencillez, humildad y hasta algo de pudor escribí este libro, te doy la bienvenida a él. Adelante.
PRIMERA
PARTE
I
Mi muerte
¿Dónde estoy? ¿Qué estoy haciendo aquí? Mi mente no logra encontrar las respuestas, lo último que recuerdo es que iba en mi automóvil rumbo a una conferencia que debía dictar a alumnos de la Universidad La Salle. Le había pedido a Loren, mi esposa, que condujera el auto, ya que no me sentía en condiciones de hacerlo; de hecho, durante la comida le había expresado mi deseo de acudir al médico al término del compromiso con más de 1,000 estudiantes ansiosos de conocimiento. Le conté que había tenido una mala mañana en el colegio, llena de disgustos y presiones y que tal vez esa fuera la causa de mi malestar. Ya íbamos rumbo al evento cuando empecé a sentir que algo anormal me estaba pasando, empecé a perder poco a poco la energía vital, al mismo tiempo que sudaba profusamente. Iba vestido de traje, de tal manera que me angustié mucho cuando vi que mi camisa, corbata y saco estaban completamente mojados. Entonces todo sucedió muy rápido.
“¿Qué te pasa? ¿Te sientes bien?”, me preguntó alarmada Loren cuando se percató de mi sudor y palidez. Yo entendía muy bien su pregunta, pero no acertaba a responderla puesto que desconocía qué diablos me estaba sucediendo. Aunque no me dolía nada era incapaz de contestarle, simplemente no podía moverme, por lo que solo acerté a hacerle un ligero ademán negativo. Para empeorar la situación, el tránsito en la Ciudad de México se hacía cada vez más lento, así que con otro ademán que señalaba mi celular le dije que hablara con los organizadores del evento, había que avisarles lo que estaba pasando, hice clic en el contacto y se lo pasé. Ella habló.
“Hola, mira, soy la esposa de Víctor Gordoa, vamos rumbo a la universidad, pero algo raro le está pasando, no sé qué pueda ser pero no se siente bien, ni siquiera puede hablar, se está desmayando, así que estén preparados por favor”, fue lo último que alcancé a oír. Su tono era verdaderamente angustiado, sentí pena por ella, por lo que le estaba causando.
Mucho tiempo después ella me contó todo, me dijo que puse los ojos en blanco y me desvanecí. Cuando llegamos a la universidad nos estaban esperando unos paramédicos, miembros de la Facultad de Medicina del mismo plantel, quienes pensaron que se trataba de un infarto, así que empezaron a tratar mi descompensación como tal. Loren les dijo que no, que tal vez fuera otra cosa pues no me había quejado de dolor en el brazo ni tampoco en el pecho, que no podíamos perder más tiempo. Ante la duda acerca de lo que me estaba pasando, ella tomó una decisión que a la postre habría de salvarme la vida, la de llevarme al hospital más cercano.
Cuando recobré el sentido no supe qué había sucedido, ni tampoco dónde me encontraba, ya no vestía mi ropa y estaba cubierto con varias mantas. Era como una escena de esas películas del género thriller que tanto me gustaba ver, solo que esta vez yo estaba incluido en la trama. Era obvio que no había podido impartir la conferencia y que por primera vez incumplía un compromiso, pero… ¿Qué fue lo que me pasó? ¿Por qué no podía siquiera erguirme en la dura y pequeña camilla en la que me habían colocado?… Nunca me había sentido tan débil, tan falto de energía, era como si se me estuviera escapando la vida… no lo sabía, pero así era, se me estaba yendo a pasos agigantados. Y otra vez black out.
Estoy solo, me siento muy mal y hace mucho frío, pero no es de esos que se quitan con ropa abrigadora o cobertores; este me está calando hasta los huesos, lo traigo por dentro, así debe sentirse el frío de la muerte, pensé. La cegadora luz blanca del pequeño cubículo en el que me colocaron me hiere la vista, además estoy mareado, por lo que mejor cierro los ojos; los ruidos y el olor a medicamentos me sugieren que estoy en un hospital. Sí, definitivamente eso es, por alguna razón vine a dar a un hospital, eso me angustia mucho y no hace más que incrementar mis dudas. ¿Qué me pasó? ¿Qué tengo? Alguien debe tener las respuestas, así que decido gritar.
—¿Hay alguien ahí? ¿Puede venir alguien? —eso no fue un grito, apenas me salió la voz, nadie pareció escucharme y yo siento que estoy reventando por dentro. Inhalo todo lo que puedo y aumento el volumen de mi exclamación—. ¡Enfermera!
Ahora sí, alguien me oyó, puedo escuchar los pasos que se dirigen hacia donde estoy. Oigo también cómo se descorre una cortina y que a lo lejos me dicen:
—Dígame, señor, en qué puedo servirle —me habla exactamente en el mismo tono que hubiera usado una mesera al preguntarme qué deseo beber.
—Señorita, me siento muy mal —le digo quejosamente—, ¿qué me pasó, por qué estoy aquí?
—No se preocupe, señor, ahorita ya viene el médico de guardia, pues nos dijeron que ustedes no tenían aquí ninguno.
¿Dijeron?… ¿quiénes?… ¡Ahora recuerdo! Hace no sé cuánto tiempo creo que me preguntaron si tenía algún médico que me atendiera y debo haber respondido que no, o… ¿lo habrá contestado Loren?… Sí, ella debe haber estado conmigo… por cierto… ¿dónde quedó ella? Así que mejor le pregunto a la enfermera.
—Mi esposa, ¿dónde está? —pregunto angustiado, girando la cabeza buscándola.
—Está usted en la sala de emergencias del Hospital Mocel en la Ciudad de México, aquí lo trajo su esposa porque perdió el conocimiento. Ella se encuentra afuera porque no está autorizada para estar aquí. Mire, sus signos vitales están muy débiles y su temperatura está muy baja, pero no se preocupe, estamos esperando al médico, ahorita lo va a revisar, quédese tranquilo, ya viene para acá —me dijo amagando con retirarse.
—Oiga, oiga, por favor no se vaya, siento que voy a explotar, estoy reventando por dentro. Tengo ganas de defecar, de orinar, también de vomitar, todo al mismo tiempo, ayúdeme por favor, no aguanto más, voy a… —no alcancé a terminar la frase. Exploté, pues mi cuerpo ya no aguantó más. Por arriba y por abajo, de manera simultánea, empecé a echar una sustancia espesa, de un rojo oscuro, maloliente; pronto comprendí que era mi sangre pero estaba como coagulada. La enfermera me acercó una cubeta para que ahí desalojara todo, pero pronto fue inútil. Al mismo tiempo empecé otra vez a sudar copiosamente, tanto que empapé la delgada sábana que me separaba del ajado plástico de la camilla. Me vi las manos, estaban del color de la cera, me estremecí. Tuve la sensación de que ya me iba, cerré los ojos y así, mojado, muerto de frío y en medio de un charco apestoso, emprendí un viaje hacia arriba, sentí claro cómo me elevaba y desde la altura pude verme por última vez. Fue patético, estaba yo acostado desnudo, en medio de una gran mancha sanguinolenta, despatarrado, con los ojos cerrados y una mueca en los labios que no correspondía a lo trágico de la escena… pero ¡cómo! ¿Estoy sonriendo?
Recuerdo bien la sensación. Me convertí en algo muy ligero, incorpóreo, en un alma relajada que se elevaba después de haber soltado un gran lastre. Estaba desconcertado puesto que me daba cuenta de que me estaba yendo, pero no tenía miedo ni tristeza, estaba consciente de que dejaba muchas cosas atrás que supuestamente habían sido importantes para mí, pero que ahora ya no tenían sentido alguno, todo eso que había sido el leitmotiv de mi vida de pronto se empequeñecía hasta desvanecerse. Dejaba de ser importante mi familia, la incipiente empresa causante de todo, la rígida responsabilidad frente a mis socios a quienes me apenaba fallar, la sociedad a la que iba a defraudar con mi inminente fracaso; mis amores, mis bienes, por fin descansaba de todo ello, sobre todo de algo que de pronto, cobré consciencia, me apartaba de mi enorme ego… ¡Ah caray! Perderlo a él me dolió mucho, porque era mi otro yo, el que me demandaba hacer, lograr, demostrar, tener, y ahora todo eso ¿para qué?
“Y tú que te creías el rey de todo el mundo”, parecía que me cantaban simbólicamente… ¿Entonces no era yo el centro del universo? ¿No todo giraba en torno a mí, el gran hombre que me imaginaba que llegaría a ser? Pues por lo visto no. Ahora partía hacia quién sabe dónde, sin haber tenido siquiera tiempo de despedirme, ni de saber la causa por la que ya no me permitían seguir aquí y ahora.
Era una sensación contradictoria, porque me daba cuenta de que, por un lado, mis lecturas motivacionales me habían instruido en el sentido de que yo era “un ser humano maravilloso, único e irrepetible, que tenía que aplicar la voluntad de manera constante para alcanzar los objetivos de vida que me había propuesto, los cuales merecían cualquier esfuerzo y sacrificio con tal de sobresalir”. Pero por el otro, de pronto todo perdía su importancia, quedando en evidencia su inutilidad, por lo que, ante esa repentina revelación, lo mejor que pudo hacer mi mente fue seguir la letra de la canción y anteponerla al momento trágico de la muerte: “Y tú que te creías el rey de todo el mundo…”.
De pronto el pronombre YO y el adjetivo posesivo MI dejaron de tener significado. Ni YO, ni MIS bienes, ni MIS asuntos, esos que tanto me habían quitado el sueño, seguían siendo importantes, al contrario, ante el momento trascendente que estaba enfrentando todos eran nimiedades, cosas inútiles, nada.
En ese momento todavía no lo sabía, eso se me revelaría hasta algún tiempo después, pero mi proyecto de vida se había convertido en el proyecto de mi muerte. El estrés causado por el intento de emprender algo nuevo y difícil, el Colegio de Imagen Pública, me había causado una perforación entre el estómago y el duodeno y por ahí se me había empezado a fugar la sangre desde tres días antes. “Hemorragia interna” fue el diagnóstico médico posterior. Parece imposible, ¿verdad? Pero como no me dolía no pude darme cuenta del padecimiento oportunamente, pues como siempre estaba muy ocupado dando consultoría, seminarios y conferencias, muy ocupado tratando de hacer que perviviera la institución académica que había fundado, no solo con todo mi capital sino también el de mis socios, así que mientras estaba trabajando mucho moría poco a poco, lo que me parece lo más tonto que he oído. Comprendí todo eso muy tarde, si tan solo lo hubiera sabido antes tal vez habría cambiado muchas cosas, habría dado un giro oportuno al enfoque de los problemas, pero lástima, ya era demasiado tarde para arrepentirme, supe que ya me iba, que por fin iba a descansar, así que partí.
Debo reconocer una cosa positiva en medio de la tragedia, la comparto por si alguno de ustedes le tuviera miedo a la muerte: morir es una sensación muy agradable, es una epifanía llena de paz y felicidad, es la realización plena. Ante la llegada de la muerte se siente uno despreocupado, sin dolores en el cuerpo o en el alma, creo que a eso se debió la paradójica sonrisa en el momento del mutis, con profundo bienestar cerraba el espectáculo de mi vida, feliz, liberado, cantando una de Cuco Sánchez bajo la luz de un gran reflector y oliendo a alcohol, solo que de hospital.
Así, pronto todo quedó atrás, pero mi mente siguió consciente dándose cuenta del camino que estaba siguiendo, ¿sería el alma en su camino al cielo? No lo sé, pero iba hacia arriba y seguía siendo YO pero sin MÍ. En ese trance andaba cuando de pronto empiezo a escuchar que a lo lejos me llamaban por mi nombre, como si quisieran detener mi partida.
—Señor Víctor, señor Víctor, despierte.
Caray, pensé, qué raro que me estén llamando de allá atrás, además, ¿quién podrá ser? ¿Por qué me detienen? El volumen de los llamados se incrementó y se hicieron más cercanos, así es que retiré la atención del camino que había emprendido y la centré en ellos; fue entonces cuando empecé a estremecerme, algo extraño estaba pasando. ¿Pues a dónde voy?, o mejor dicho: ¿de dónde vengo? Súbitamente sentí como si tiraran de mí hacia atrás, jalándome hacia abajo. Ahora me doy cuenta, estaba arriba.
—Señor Víctor, señor Víctor, despierte —me repetía—, lo necesito consciente, no se me vaya a ir otra vez. Soy el doctor Clovis Maroun —abrí ligeramente los ojos solo para deslumbrarme con las brillantes lámparas del techo, al mismo tiempo que sentí una gran confusión. ¡Carajo! Tan bien que estaba donde andaba y ahora volvía a sentirme mal, mareado, con mucho frío, demasiado débil y extrañamente tenía a un desconocido encima de mí, quien me oprimía el pecho con vigorosos movimientos acompasados—. Está en shock hipovolémico, manténgase conmigo, no se me vaya pues casi no tiene signos vitales y tengo que operarlo de emergencia —me dijo y continuó—: pero no podemos ponerle la anestesia porque se corre el riesgo de que muera.
Como podrán comprender, sus palabras no me hacían ningún sentido, pues ya había muerto, pero continué escuchándolo.
—Desde que entré a emergencias y percibí el olor que despedía su cubículo, supe de inmediato lo que había pasado y cuál era su problema. Mire, el shock hipovolémico es gravísimo y es consecuencia de que se está desangrando, creo que la causa probable puede ser un orificio en el conducto digestivo. Tengo que entrar hasta ahí para tratar de hallar el punto de fuga y cerrarlo. Pero todo el procedimiento va a tener que ser con usted consciente, así que no se duerma. ¿Me entiende? Ahora mismo voy a trasladarlo a la sala de operaciones donde haré la intervención, ¿de acuerdo?
Ni modo que le dijera que no. Asentí apenas con la cabeza y para cuando me di cuenta ya iban deslizándome velozmente por un frío pasillo, acostado en la incómoda camilla.
Me llevaron a una sala muy amplia y mucho más iluminada, adentro ya esperaban los asistentes rodeados de varias máquinas que emitían pequeñas señales auditivas. Me pasaron de la camilla a la mesa de operaciones y entonces se inició una de las experiencias físicas más desagradables que haya yo tenido.
—Abra la boca. Voy a deslizar un tubo por su garganta, va a sentir arcadas, como si quisiera vomitar, pero por favor trate de no hacerlo, relájese y déjelo fluir. Es probable que sienta un poco de dolor pues estoy abriendo el paso para varios instrumentos. Primero voy a tratar de descubrir en dónde está la lesión por la que está perdiendo la sangre. En caso de que no la encuentre voy a tener que abrirlo, lo cual no es deseable, pues dadas sus débiles condiciones vitales no puedo ponerle anestesia, por lo que tendría que operarlo consciente —no, por favor, pensé, pero siguiendo sus instrucciones, abrí la boca y para cuando me di cuenta ya estaba yo entubado hasta adentro sintiendo unas arcadas intensas, pero no echaba nada para afuera—. Respire por la nariz, por favor, no se mueva, relájese —fue lo último que me dijo antes de ocuparse por un buen rato.
No sé cuánto tiempo pasó, pero se me hizo una eternidad. Por el tubo que para entonces ya estaba muy dentro de mí, empezaron a meter algunas manguerillas que salían de las máquinas, una de ellas absorbía la sangre, otra era una cámara para guiar la operación, y cuando por fin encontró el punto de fuga, lo supe porque escuché cuando el médico lo dijo; por ahí mismo metió otro instrumental que hacía un chasquido cuando lo accionaban, como el de una descarga eléctrica que me estuviera cauterizando la herida. Sentía claramente como dolorosos pellizcos por dentro. La agresión física fue de tal nivel que ordené a mi mente evadirse, así que me fui a la orilla de la playa a jugar dominó con mis amigos de toda la vida. La anécdota es real y me sirvió mucho, aunque confieso que no recuerdo si pude terminar la partida, o más importante aún… si les gané.
—Hemos terminado, la buena noticia es que ya logramos contener la hemorragia, la mala es que sus signos vitales están muy débiles, así que se va a quedar en observación toda la noche en terapia intensiva. Tiene prohibido moverse, lo vamos a estar alimentando por vía intravenosa. Ya pasó lo peor, así que no se preocupe, estoy seguro de que se va a recuperar. Sin embargo, la endoscopía me reveló que su estómago está muy dañado, así que hice una biopsia para mandarla analizar, descanse lo más que pueda, por favor —me dijo el doctor Maroun al tiempo que se despedía de los demás.
—Doctor —le llamé—, gracias… —le dije con apenas un hilo de voz, pues mi garganta estaba muy lastimada, pero cómo no agradecerle si me acababa de salvar la vida. En ese momento estaba tan apaleado que no reparé en la mención de la biopsia, ni lo que podía significar, eso ya vendría después. A partir de ahí no recuerdo nada más, deben haberme puesto algún sedante. Eran las 23:30 h del día 17 de octubre de 2001, curioso pues fue la misma hora en la que nací un 26 de mayo del 51.
Al día siguiente me trasladaron a terapia media y en efecto ya no me sentía morir, al menos estaba consciente, pero no me podía mover y no porque fuera yo un paciente obediente de las instrucciones del médico, sino porque carecía de fuerza hasta para levantar un brazo. Simplemente había perdido toda la energía vital y estaba pálido, muy pálido, al grado de preocupar a Loren y a mis hijos, quienes ya habían sido autorizados para verme. No sé qué fue lo que me pudo más, si saberme en esas condiciones o ver su cara de angustia. Me vi las manos y sentí que no eran mías, esas estaban muy hinchadas y por su color parecían estar hechas de cera natural, me espanté, pregunté la causa y me explicaron que por la pérdida de sangre ahora estaba anémico.
El episodio no terminó ahí, aunque el riesgo de morir había pasado; no me dieron de alta pronto, así que, contra mis deseos, fue necesario permanecer varios días en recuperación en el hospital, lapso durante el cual no tuve permitido moverme, ni comer o beber cualquier cosa hasta que el médico diera instrucciones de lo contrario. Solícitas enfermeras se encargaron de mi limpieza corporal y de mojarme los labios con algodones empapados de agua. Ellas también vigilaron mi alimentación vía intravenosa hasta varios días después, cuando por fin pude comer y beber algo. Bendito momento, nunca una comida tan insulsa y triste me supo mejor, no cabe duda de que nadie sabe lo que tiene hasta que lo ve perdido. “¿Alguien me podrá conseguir agua de horchata?”, fue lo que le pregunté a Loren muerto de sed.
Un par de días después mi recuperación era mayor.
—Muy bien, doctor, ya me siento mejor, así que quiero volver al trabajo cuanto antes, ¿ya me puedo ir? —le dije a Clovis Maroun, más angustiado por tantos asuntos que tenía que atender en la oficina que preocupado por mi salud.
El dinero que estaba ingresando al Colegio de Imagen Pública no era suficiente, apenas alcanzaba para pagar la enorme renta de la casona porfiriana de la colonia Roma en la que nos habíamos establecido. ¿Con qué iba a pagar la nómina? Estábamos en plena campaña de admisión de nuevos estudiantes y yo debía dar los informes en una charla que motivara la inscripción. Si no la atendía y fracasaba no tendríamos recursos para sobrevivir, urgía mi presencia allá. Además, estábamos contratando nuevos docentes a quienes debía de capacitar en el conocimiento especializado de la Ingeniería en Imagen Pública, campo que yo consideraba mi gran creación, la razón de mi existir.
—Pues no sé cómo le va a hacer —me replicó el doctor de inmediato—, porque todavía falta mucho para que esté bien y está corriendo el riesgo de que la herida se vuelva a abrir, lo que sería fatal, así que todavía no puedo darlo de alta —me dijo con firmeza.
—Bueno, entonces lo que voy a hacer es trabajar aquí en el hospital —dije con tristeza—. Loren —volteé a ver a mi esposa—, te pido por favor que me consigas una sala de juntas donde pueda citar gente aquí en el hospital. No puedo estar sin hacer nada mientras allá el barco está en peligro de naufragar. Háblales a mis colaboradores para que vengan a verme el lunes próximo.
La reacción de incredulidad de mi esposa y del doctor ante mis palabras fue mayúscula. Su lenguaje corporal me reveló que mi petición estaba fuera de lugar, que era algo muy absurdo.
—Mire, don Víctor, no dudo de la importancia de su trabajo, pero lo más importante es que usted se recupere completamente. No se ha dado cuenta de la gravedad de su caso, de que llegó prácticamente muerto al hospital, tan grave fue su lesión que cuando llegué y vi sus signos vitales creí que ya se había muerto. Quiero que sepa que la gente muere de esto fácilmente, primero entra en shock hipovolémico a consecuencia del desangrado y luego muere. Además, recuerde que durante la operación observé que las paredes de su estómago se encuentran en muy mal estado, llenas de pequeñas ampollas, lesiones que me hacen sospechar de la presencia de cáncer, así que adicionalmente a su malestar debemos esperar el diagnóstico de su biopsia —me dijo en tono de regaño y dio por terminada su visita con unas palmaditas en mi hombro.
Me sentí angustiado y muy desesperado. ¿Qué podía hacer?
Fue necesario entonces esperar por el resultado de la biopsia durante más días, tiempo en el que pensaba que por un lado la estaba librando, pero por el otro podría estar irremediablemente condenado a morir otra vez, ahora de cáncer, cuánta ironía. Deberían haberme dejado ir, llegué a pensar, así que decidí restarle importancia al asunto; pero los miembros de mi familia, mi amorosa familia, vaya que la pasaron muy mal, los cuatro lloraban afuera del cuarto y aunque no querían que los viera haciéndolo, lo sabía, pues los oía afuera de mi puerta. Me derrumbé, ahora estaba no solamente angustiado sino muy enojado. Yo, y nadie más que yo, había sido el causante de mi situación y del dolor infligido a ellos. La verdad me sentí inútil y muy estúpido.
Para mi fortuna, pasado el tiempo necesario, por fin llegaron los resultados y la biopsia resultó negativa, pero el diagnóstico final del médico fue devastador: mi estómago había quedado muy dañado, me dijo mientras me mostraba las imágenes de la endoscopía. Nunca más podría volver a comer y beber todo lo que me gustaba. De ahí en adelante mi lesionado órgano no soportaría digerir alimentos irritantes y grasas, tampoco bebidas alcohólicas, vamos, ni siquiera me permitiría volver a fumar un rico puro, so pena de recaer en el dramático proceso vivido. “Vaya, así que por un lado me cuidará la existencia, pero me quitará la vida”, le dije con ironía sintiéndome atrapado y muy frustrado, más que eso… acabado físicamente a los 50 años de edad.
—Además deberá guardar reposo en su casa, don Víctor, su esposa ya tiene mis instrucciones de la dieta a seguir. Ahora firmaré su alta del hospital y ya podrá irse, pero a seguir cuidándose —agregó y pude ver en su cara un gesto de circunspección mientras se despedía.
Por el momento aceptaba su opinión médica, así que me guardé en casa todo el tiempo necesario para recuperarme, hasta que pude sentirme capaz de enfrentar los retos de mi vida otra vez, pero definitivamente yo ya no era el mismo. Algo había cambiado dentro de mí. Los casi 30 días que demoré en recuperarme los empleé en pensar, en meditar, en reflexionar acerca de lo que me había pasado. Primero minimicé ante propios y extraños lo que me había pasado. Negaba su gravedad, decía que todo h
