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Wonder - La lección de August (edición ilustrada con capítulos extra)

R.J. Palacio

Fragmento

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El día que cumplí ocho años, recuerdo haber soplado las velas y haber pedido un deseo: tener el mismo aspecto que los otros niños. Mi deseo, sin embargo, nunca se cumplió.

No me sentía como los otros niños. Pensaba que era diferente. Nací con labio leporino, pérdida auditiva y ceguera en el ojo izquierdo. Empecé a llevar audífono a los tres años. Me sometí a seis operaciones, años de ortodoncia y logopedia. Cuando era pequeña, la gente se me quedaba mirando. Casi siempre me sentaba sola en el comedor del colegio o en el autobús escolar. En clase de gimnasia, era la última persona a la que elegían mis compañeros cuando había que formar equipos. Se burlaban de mí, una y otra vez, y me llamaban cosas crueles, como «piojosa». Nunca, ni siquiera hoy, he olvidado esos momentos.

Aunque la vida me ha planteado muchos retos, siempre he hecho lo que me he propuesto. Cuando era apenas un bebé, un neurocirujano les dijo a mis padres que nunca podría montar en bici, pero gracias al inquebrantable apoyo de mi familia y a mi perseverancia, le demostré que estaba equivocado: monto en bici, conduzco, esquío y hago otras muchas cosas.

A los veintipocos años entré a formar parte de Inner Faces, un grupo de jóvenes con diferencias craneofaciales. Me cambió la vida. Siempre había querido encajar —ser como los demás niños— y, de repente, estaba rodeada de un grupo de personas que, al igual que yo, tenían diferencias faciales. Eso me obligó a enfrentarme a cosas de las que había estado huyendo durante buena parte de mi vida. Y daba miedo. No quería admitir que mi aspecto era diferente ni que la vida me resultaba muy difícil. Mi lema era repetir que todo iba «bien».

Inner Faces escribió un musical titulado Let’s Face the Music. En colaboración con una directora y compositora visionaria, Elizabeth Swados, y nuestra mentora, Jodie Berlin Morrow, contamos la historia de nuestra vida y lo que había significado para nosotros crecer con diferencias faciales. En un poderoso ejercicio, nos miramos al espejo y contamos lo que veíamos. Representamos la función en el One Dream Theater de Nueva York. Era la primera vez que subía a un escenario y contaba mi experiencia y, a pesar de ello, seguía sin tener la sensación de ser yo misma o de haber encontrado mi voz en el mundo.

Hace ocho años, encontré el trabajo de mis sueños. Me contrataron como directora de Programas Familiares en myFace, una organización benéfica dedicada a los niños con diferencias craneofaciales. MyFace lleva setenta años trabajando con pacientes y familias para proporcionarles cuidados asistenciales completos. Nos esforzamos día a día por ofrecerles apoyo y formación, pero también por sensibilizar a la opinión pública.

Supe entonces que deseaba hacer todo lo que estuviera en mis manos para que los niños con diferencias craneofaciales tuvieran una vida más fácil que la mía. Para que ninguno de ellos tuviera que pasar por lo que yo había pasado.

Poco después de empezar a trabajar en myFace, se publicó Wonder y lo leí de un tirón. Por fin había un libro con el que me sentía identificada desde la primera página. Jamás olvidaré las palabras de Auggie Pullman:

«Si me encontrase una lámpara maravillosa y solo le pudiese pedir un deseo, le pediría tener una cara normal en la que no se fijase nadie. Pediría poder ir por la calle sin que la gente apartase la mirada al verme».

Auggie me devolvió al deseo que había pedido en mi octavo cumpleaños.

Wonder me cambió la vida en muchos sentidos. Me dio permiso para compartir mi historia. El libro reflejaba todo lo que yo había sentido durante tanto tiempo.

Tanto me inspiró Wonder que creé una guía de lectura para el libro y luego, en myFace, elaboramos un programa para presentarla en los colegios. Empecé a visitar colegios y a dar charlas para miles de alumnos. He hablado en más de 150 centros, ante más de 40.000 estudiantes.

Por fin había encontrado mi voz. Como Auggie, hablé de elegir la amabilidad, no solo en los actos sino también en las palabras. Revelé lo mucho que me habría gustado que alguien alzara la voz por mí, que alguien fuera defensor y no solo espectador. Me encanta la palabra «defensor». Para mí significa que, cuando presenciamos una injusticia o una situación de acoso, nos alzamos para impedirlo. Que cuando vemos que alguien está solo en el comedor de una escuela, nos sentamos con esa persona. Que cuando vemos que se están metiendo con algún niño entre clase y clase, lo alejamos de esa situación y le preguntamos si quiere que vayamos juntos a clase. Una simple sonrisa o un simple saludo pueden cambiarlo todo cuando vemos a alguien que está solo.

En una ocasión, mientras presentaba la guía en un colegio y mostraba mi audífono a los chicos, un niño levantó la mano y me contó, emocionado, que él también llevaba audífono. Me dijo que, hasta entonces, nunca había conocido a nadie que usara un aparato como el suyo.

En otra ocasión, mientras yo afirmaba lo mucho que me hubiera gustado tener más defensores en mi vida, un niño levantó la mano. Con lágrimas en los ojos y la voz entrecortada, confesó que la semana anterior había visto a unos alumnos burlarse de otro chico. Habló de lo mucho que lamentaba su decisión de no haber intervenido y añadió que, a partir de ese momento, se sentía motivado para defender a los demás y hablar en su favor cuando fuera necesario.

A lo largo de los años, hemos regalado muchísimos ejemplares de Wonder a las familias que forman parte de myFace. Este libro no solo ha cambiado mi vida, sino también las vidas de otros muchos miembros de nuestra comunidad. Estos son algunos fragmentos de las cartas que nos han enviado:

De Dahlia Varghese, que nació con síndrome de Crouzon y que, como Auggie, tiene una extraordinaria hermana llamada Olivia:

«Leer la historia de Wonder me ayudó a sentirme menos sola. Wonder ofrece una voz y una tribuna a las personas como yo, que la mayoría de las veces evitamos ser el centro de atención. Wonder abre una puerta a conversaciones sobre el trato o, mejor dicho, maltrato que reciben en el colegio y en otros muchos sitios las personas con diferencias craneofaciales, o cualquier otro tipo de diferencia. Nos acompaña en el viaje para conocernos mejor a nosotros mismos y a los demás en un mundo extraordinario».

De Taina Contreras:

«Lo mismo que a Auggie, a mí me costaba encajar con los otros niños, sobre todo cuando cambiaba de colegio. Tenía miedo de que nadie quisiera hablar conmigo debido a mi aspecto. Pero me equivocaba, porque yo también encontré a mis «Charlotte y Jack Will». Estoy tan agradecida de que se haya publicado un libro tan increíble y que haya llegado a tantas personas... Ahora, los niños con diferencias craneofaciales tienen su propia voz y pueden hacerse escuchar».

De Margaret Shair:

«[Wonder] ha concienciado a la gente sobre la comunidad que formamos las personas con anomalías craneofaciales. También otorga una voz real a todos los personajes del libro. He visto reflejados muchos rasgos de mi familia en los padres y la hermana de Auggie. También me he identificado con Auggie en su forma de afrontar su mundo y sus amistades, y en su lucha por conciliar la forma en que los demás lo ven con la forma en que él se ve a sí mismo».

De Russel Newman, padre de Nathaniel, que nació con el síndrome de Treacher Collins:

«Gracias a muchos años de cuidados médicos y apoyo psicológico por parte de la gente de myFace y el equipo de la Universidad de Nueva York, las funciones vitales y el bienestar de Nathaniel mejoraron increíblemente. A lo largo de los años, sin embargo, había algo que se nos resistía. Los miembros de la comunidad craneofacial no conseguíamos concienciar lo suficiente sobre las vidas de nuestros hijos como para mitigar un estigma social que con demasiada frecuencia causaba lágrimas y tristeza. No podíamos impedir que los miraran, que los señalaran con el dedo o que les pusieran apodos. Las invitaciones a las fiestas de cumpleaños nunca llegaban. Como padre, no se me ocurre nada más doloroso que ser incapaz de acabar con la tristeza de un hijo. Para Magda, fue tremendamente desgarrador no poder proteger a su precioso niño de las burlas y las miradas de los demás».

»Pero entonces llegó un chaval llamado Auggie Pullman. Al escribir esa historia mágica, R. J. Palacio consiguió algo que las familias jamás podríamos haber imaginado: ¡abrir el corazón y la mente de millones de personas a la belleza de todos aquellos que, como el protagonista de Wonder, son extraordinariamente distintos! Enseñó a los niños a elegir la amabilidad al enfrentarse al miedo que les inspiran las personas con un aspecto diferente. Hizo que los patios de los colegios de todo el mundo fueran lugares más amables para nuestros hijos. Consiguió que los niños como los nuestros recibieran invitaciones para ir a fiestas.

»El sentido de Wonder es que nos aceptemos unos a otros con amabilidad. Espero que este mensaje perdure y que muchas más generaciones de niños lean el libro de R. J. Palacio y se tomen en serio ese mensaje, porque la verdad pura y dura es que Wonder ha hecho que la vida real de miles de niños como Auggie Pullman sea mucho mejor».

Estas son solo algunas de las muchas cartas que hemos recibido a lo largo de los años. Compartir nuestra historia y saber que no estamos solos nos otorga un gran poder. Muchas gracias, R. J. Palacio, por escribir Wonder. Nos has proporcionado, a mí y a otras muchas personas, la extraordinaria oportunidad de que se nos escuche y se nos vea.

Con mi más sincero agradecimiento,

DINA ZUCKERBERG

DIRECTORA DE PROGRAMAS FAMILIARES

MYFACE

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Han venido médicos de ciudades lejanas

solo para verme

y agacharse sobre mi cama

sin creer lo que veían.

Dicen que debo de ser una de las maravillas

de la creación de Dios,

pero son incapaces de ofrecer

una explicación.

NATALIE MERCHANT

«Wonder»

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Normal

Sé que no soy un niño de diez años normal. Bueno, hago cosas normales: tomo helado, monto en bici, juego al béisbol, tengo una XBox... Supongo que esas cosas hacen que sea normal. Por dentro, yo me siento normal. Pero sé que los niños normales no hacen que otros niños normales se vayan corriendo y gritando de los columpios. Sé que la gente no se queda mirando a los niños normales en todas partes.

Si me encontrase una lámpara maravillosa y solo le pudiese pedir un deseo, le pediría tener una cara normal en la que no se fijase nadie. Pediría poder ir por la calle sin que la gente apartase la mirada al verme. Creo que la única razón por la que no soy normal es porque nadie me ve como alguien normal.

Pero ya estoy más o menos acostumbrado a mi cara. Sé fingir que no veo las caras que pone la gente. A todos se nos da bastante bien: a mí, a mamá, a papá y a Via. No, eso no es verdad: a Via no se le da nada bien. Puede llegar a enfadarse mucho si alguien hace alguna grosería. Como una vez que, en los columpios, unos chicos mayores se pusieron a hacer unos ruidos raros. Ni siquiera sé qué ruidos eran, porque no los oí, pero Via sí, y se puso a gritarles. Así es ella. Yo no soy así.

Via no me ve como alguien normal. Eva dice que sí, pero si fuera normal no me protegería tanto. Mis padres tampoco me ven como alguien normal. Para ellos soy alguien extraordinario. Creo que yo soy la única persona en el mundo que se da cuenta de lo normal que soy.

Por cierto, me llamo August. No voy a describir cómo es mi cara. No sé cómo os la estaréis imaginando, pero seguro que es mucho peor.

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Por qué antes no iba al colegio

La semana que viene empiezo quinto en el cole. Como nunca he ido a un colegio de verdad, estoy requetemuerto de miedo. La gente piensa que si no he ido al colegio es por culpa de mi cara, pero no es verdad. Es por todas las operaciones que han tenido que hacerme. Veintisiete desde que nací. Las más importantes me las hicieron antes de cumplir los cuatro años, así que de estas no me acuerdo, pero desde entonces me han operado dos o tres veces al año (unas más largas que otras). Como soy bajito para mi edad y tengo otros misterios que los médicos nunca han sabido resolver, antes siempre estaba enfermo. Por eso mis padres decidieron que era mejor que no fuese al colegio. Pero ahora me encuentro mucho mejor. La última vez que me operaron fue hace ocho meses, y es probable que no tengan que volver a hacerlo hasta dentro de un par de años.

Mi madre me da clase en casa. Antes era ilustradora de libros para niños. Dibuja unas hadas y unas sirenas chulísimas, pero cuando se pone a dibujar cosas de chicos ya no mola tanto. Una vez intentó dibujarme un Darth Vader, pero le salió una cosa que parecía un robot con forma de champiñón. Hace mucho tiempo que no la veo dibujar nada. Creo que está demasiado ocupada cuidando de Via y de mí.

No puedo decir que siempre haya querido ir al colegio, porque no sería verdad del todo. Quería ir al colegio, pero solo para poder hacer lo mismo que los otros niños: tener un montón de amigos, quedar después de clase y esas cosas.

Tengo algunos buenos amigos. El mejor es Christopher, y luego están Zachary y Alex. Nos conocemos desde que éramos unos bebés y, como siempre me han visto tal como soy, no les importa. Cuando éramos pequeños siempre jugábamos juntos, pero entonces Christopher se fue a vivir a Bridgeport, en Connecticut. Eso está a más de una hora de donde yo vivo en North River Heights, en el norte de Manhattan. Luego, Zachary y Alex empezaron a ir al colegio. Es curioso: aunque Christopher se fue a vivir lejos, lo veo más que a Zachary y a Alex. Ahora todos tienen amigos nuevos, pero, si nos vemos por la calle, aún se portan bien conmigo. Siempre me saludan.

Tengo otros amigos, pero no tan buenos como Christopher, Zack y Alex. Cuando éramos pequeños, Zack y Alex siempre me invitaban a sus fiestas de cumpleaños. Joel, Eamonn y Gabe, no. Emma me invitó una vez, pero hace mucho tiempo que no la veo. Al cumpleaños de Christopher sigo yendo todos los años, claro. A lo mejor lo que pasa es que doy demasiada importancia a las fiestas de cumpleaños.

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Cómo nací

Me gusta que mamá cuente esta historia porque siempre me hace reír un montón. Seguramente no tiene tanta gracia como un chiste, pero, cuando la cuenta ella, Via y yo nos tronchamos de risa.

Cuando yo estaba en la barriga de mi madre, nadie tenía ni idea de que yo iba a nacer con esta pinta. Via había nacido cuatro años antes y, como todo había sido «coser y cantar» (la expresión es de mamá), no había motivo para hacer ninguna prueba especial. Unos dos meses antes de nacer, los médicos se dieron cuenta de que a mi cara le pasaba algo raro, pero no pensaron que fuese nada grave. Les dijeron a mis padres que tenía el paladar hendido y alguna cosa más. «Pequeñas anomalías», las llamaban.

La noche que nací había dos enfermeras en el paritorio. Una era muy dulce y simpática. La otra, según mamá, no parecía ni dulce ni simpática. Tenía unos brazos enormes y (esto es lo más gracioso) no paraba de tirarse pedos. Le llevaba a mi madre unos cubitos de hielo y se tiraba un pedo. Le tomaba la tensión y se tiraba un pedo. Mamá dice que aquello era increíble, porque la enfermera no le pidió perdón ni una sola vez. Además, su médico no estaba de guardia esa noche, así que le tocó un médico joven y maniático al que papá puso el mote de Doogie, creo que por alguna serie antigua de televisión (aunque no se lo llamaron a la cara). Mamá dice que, aunque todos estaban de mal humor, mi padre se pasó la noche haciéndola reír.

Cuando salí de la barriga de mi madre, todos se quedaron mudos. Mamá no llegó a verme, porque la enfermera simpática me sacó corriendo de la habitación. Papá se dio tanta prisa en seguirla que se le cayó la cámara de vídeo y se rompió en mil pedazos. Mamá se enfadó mucho e intentó levantarse para ver adónde iban, pero la enfermera pedorra le puso sus enormes brazos encima para impedir que se levantase de la cama. Casi se pelearon, porque mamá estaba histérica y la enfermera pedorra le gritaba para que se calmase. Luego, las dos se pusieron a llamar al médico a gritos. Pero ¿sabéis qué? ¡El médico se había desmayado y estaba tirado en el suelo! Cuando la enfermera pedorra vio que se había desmayado, se puso a empujarle con el pie para despertarlo mientras le gritaba: «¿Qué clase de médico es usted? ¿Qué clase de médico es usted? ¡Levántese! ¡Levántese!». Y de pronto se tiró el pedo más grande, ruidoso y apestoso de la historia de los pedos. Mamá cree que fue el pedo lo que despertó al médico. El caso es que cuando la historia la cuenta ella, hace todos los papeles —hasta imita el ruido de los pedos— y es divertidísimo.

Mamá dice que, al final, la enfermera pedorra se portó muy bien con ella. Le hizo compañía todo el rato y no se separó de ella hasta que volvió mi padre y los médicos les dijeron que yo estaba muy enfermo. Mamá recuerda exactamente lo que la enfermera le susurró al oído cuando el médico le dijo que era probable que muriera esa misma noche: «Todo aquel nacido de Dios vence al mundo». Y al día siguiente, como había sobrevivido, la enfermera le dio la mano a mi madre cuando me llevaron para que me viese por primera vez.

Pero entonces ya se lo habían contado todo y ella ya se había preparado para verme. Dice que cuando vio mi carita deforme por primera vez, solo se fijó en lo bonitos que tenía los ojos.

Por cierto, mamá es preciosa. Y papá es muy guapo. Via también, por si alguien lo dudaba.

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En casa de Christopher

Lo pasé muy mal cuando Christopher se mudó de casa hace tres años. Los dos teníamos unos siete años. Nos pasábamos las horas jugando con nuestros muñequitos de La guerra de las galaxias y peleando con nuestros sables de luz. Eso lo echo de menos.

La primavera pasada fuimos a casa de Christopher en Bridgeport. Christopher y yo estábamos buscando algo de comer en la cocina, y entonces oí a mamá contándole a Lisa, la madre de Christopher, que en otoño iría al colegio. Era la primera vez en toda mi vida que la oía hablar del colegio.

—¿De qué habláis? —pregunté.

Mamá parecía sorprendida, como si no hubiese querido que oyese lo que acababa de decir.

—Deberías decirle lo que has estado pensando, Isabel —dijo papá, que estaba en la otra punta del salón hablando con el padre de Christopher.

—Ya lo hablaremos luego —dijo mamá.

—No, quiero saber de qué estabais hablando —repuse.

—¿No crees que podrías ir al colegio, Auggie? —preguntó mamá.

—No —contesté.

—Yo tampoco —añadió papá.

—Pues no hay más que hablar —dije, encogiéndome de hombros, y me senté en el regazo de mi madre, como un bebé.

—Creo que necesitas aprender más de lo que yo puedo enseñarte —replicó mamá—. A ver, Auggie, ya sabes lo mal que se me dan las fracciones.

—¿Qué colegio? —pregunté, a punto de echarme a llorar.

—El colegio de secundaria Beecher. Nos pilla cerca de casa.

—Vaya, es un colegio estupendo, Auggie —dijo Lisa, dándome una palmadita en la rodilla.

—¿Y por qué no al colegio de Via? —repuse.

—Es demasiado grande —contestó mamá—. No creo que fuese una buena elección.

—No quiero ir —dije. Lo reconozco: hice que mi voz sonase un poco infantil.

—No tienes por qué hacer nada que no quieras hacer —respondió papá. Se acercó, me levantó del regazo de mamá y me sentó sobre sus rodillas en la otra punta del sofá—. No vamos a obligarte a hacer nada que no quieras hacer.

—Pero le vendría bien, Nate —dijo mamá.

—Si él no quiere, no —contestó papá, mirándome—. Si él no quiere, no.

Mamá miró a Lisa, que estiró el brazo y le apretó la mano.

—Seguro que al final encontráis una solución —le dijo a mamá—. Siempre la encontráis.

—Ya lo hablaremos luego —comentó mamá.

Se notaba que papá y ella iban a discutir. Yo quería que ganase papá, aunque en parte sabía que mamá tenía razón. Y la verdad era que las fracciones se le daban fatal.

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En el coche

El camino de vuelta a casa era largo. Me quedé dormido en el asiento de atrás, como siempre, con la cabeza sobre el regazo de Via, como si fuese mi almohada, y con el cinturón de seguridad envuelto en una toalla para no llenar a mi hermana de babas. Via también se quedó dormida, y mamá y papá se pusieron a hablar en voz baja de cosas de adultos que para mí no tenían importancia.

No sé cuánto rato estuve dormido, pero al despertarme ya era de noche y por la ventanilla del coche se veía la luna llena. El cielo tenía un color morado e íbamos por una carretera llena de coches. Entonces oí a mis padres hablando de mí.

—No podemos seguir protegiéndolo —le susurró mamá a papá, que era quien conducía—. No podemos hacer como si mañana fuera a despertarse y su realidad fuera otra, porque sí lo es, Nate, y tenemos que ayudarle a aprender a hacerle frente. No podemos seguir evitando situaciones que...

—Y enviarlo al colegio de secundaria como un cordero al matadero... —contestó papá enfadado, pero no llegó a acabar la frase porque vio por el retrovisor que tenía los ojos abiertos.

—¿Qué es un cordero al matadero? —pregunté medio dormido.

—Vuelve a dormirte, Auggie —dijo papá en voz baja.

—En el colegio todos se quedarán mirándome —repuse, y me eché a llorar.

—Cielo —dijo mamá. Se dio la vuelta en el asiento del copiloto y me puso la mano sobre la mía—. Ya sabes que si no quieres, no irás. Pero le hemos hablado de ti al director y tiene muchas ganas de conocerte.

—¿Qué le habéis contado de mí?

—Que eres muy divertido, bueno e inteligente. Cuando le dije que a los seis años ya habías leído El jinete del dragón, exclamó: «¡Caray, tengo que conocerlo!».

—¿Qué más le contaste? —pregunté.

Mamá me sonrió. Su sonrisa me envolvió como un abrazo.

—Le hablé de tus operaciones y de lo valiente que eres.

—¿Y sabe la pinta que tengo?

—Le llevamos fotos del verano pasado en Montauk —dijo papá—. Le enseñamos fotos de toda la familia. ¡Y esa foto estupenda en la que sostienes un lenguado en la barca!

—¿Tú también estabas? —Tengo que reconocer que me llevé una desilusión al saber que papá también había participado en aquello.

—Pues sí, los dos estuvimos hablando con él —contestó papá—. Es un hombre muy simpático.

—Te caería bien —añadió mamá.

De pronto me pareció que los dos estaban en el mismo bando.

—Un momento. ¿Cuándo os reunisteis con él? —pregunté.

—Nos enseñó el colegio el año pasado —dijo mamá.

—¿El año pasado? —exclamé—. Entonces, ¿lleváis un año pensándolo y no me habíais dicho nada?

—No sabíamos si podrías entrar, Auggie —contestó mamá—. Es muy difícil entrar en ese colegio. La solicitud tiene que pasar por un proceso de admisión. Pensé que no era necesario contártelo y que te preocupases innecesariamente.

—Pero tienes razón, Auggie, deberíamos habértelo dicho el mes pasado, cuando supimos que te habían admitido —añadió papá.

—Visto ahora, supongo que sí —reconoció mamá, y soltó un suspiro.

—¿Y la señora que vino a casa aquella vez tenía algo que ver con esto? —dije—. La que me hizo hacer aquel test.

—Sí —reconoció mamá, con aire de culpabilidad—. La verdad es que sí.

—Me dijiste que era un test de inteligencia —repuse.

—Ya lo sé. Fue una mentira piadosa —contestó—. Necesitabas hacer la prueba para entrar en el colegio. Te salió muy bien, por cierto.

—Entonces, me mentiste —repliqué.

—Fue una mentira piadosa, pero sí. Lo siento —dijo, intentando sonreír, pero, como no le devolví la sonrisa, se dio media vuelta en el asiento y se puso a mirar hacia delante.

—¿Qué es un cordero al matadero? —pregunté.

Mamá suspiró y le lanzó a papá una mirada asesina.

—No debería haberlo dicho —respondió papá, mirándome por el retrovisor—. No es verdad. Verás: mamá y yo te queremos tanto que intentamos protegerte todo lo que podemos. Lo que pasa es que a veces queremos hacerlo cada uno a nuestra manera.

—No quiero ir al colegio —les contesté, cruzándome de brazos.

—Te vendría bien, Auggie —repuso mamá.

—A lo mejor, el año que viene —dije, mirando por la ventana.

—Este año sería mejor, Auggie —replicó mamá—. ¿Sabes por qué? Porque entrarás en quinto, que es el primer curso que imparten en un colegio de secundaria. Y es así para todo el mundo. No serás el único alumno nuevo.

—Seré el único alumno con esta pinta —repuse.

—No voy a decir que no será un gran reto para ti, porque eso ya lo sabes —dijo—. Pero te sentará bien, Auggie. Harás un montón de amigos. Y aprenderás cosas que nunca aprenderías conmigo. —Se dio media vuelta en el asiento y me miró—. Cuando nos enseñaron el colegio, ¿sabes qué tenían en el laboratorio de ciencias? Un pollito que estaba saliendo del cascarón. ¡Era precioso! Auggie, me recordó a ti cuando eras un bebé... con esos ojazos marrones que tienes...

Normalmente me gusta que hablen de cuando era un bebé. A veces me apetece acurrucarme contra ellos y dejar que me abracen y me den besos por todas partes. Echo de menos ser un bebé y no saber ciertas cosas, pero en aquel momento no me apetecía.

—No quiero ir —dije.

—A ver qué te parece esto: ¿puedes al menos ir a hablar con el señor Traseronian antes de tomar una decisión? —preguntó mamá.

—¿El señor Traseronian? —repuse.

—Es el director —contestó mamá.

—¿El señor Traseronian? —repetí.

—Ya, ya lo sé —dijo papá, sonriendo y mirándome por el retrovisor—. ¿Qué te parece el apellido que tiene, Auggie? ¿Quién podría querer tener un apellido como Traseronian?

Sonreí, aunque no quería que me viesen sonreír. Papá era la única persona en todo el mundo capaz de hacerme reír aunque yo no quisiese. Papá siempre hacía reír a todo el mundo.

—¡Auggie, deberías ir a ese colegio solo para oír cómo dicen su apellido por megafonía! —exclamó papá emocionado—. ¿A que sería gracioso? Probando, probando. ¡Por favor, señor Traseronian! —dijo imitando una voz aguda de mujer mayor—. ¡Hola, señor Traseronian! ¡Veo que hoy va de culo! ¿Han vuelto a darle un golpe a su coche por detrás? ¡Acuda al patio trasero!

Me eché a reír, pero no porque pensase que fuera tan gracioso, sino porque no me apetecía seguir enfadado.

—¡Aunque podría ser peor! —prosiguió papá con su voz normal—. Nosotros teníamos una profesora en la universidad que se llamaba Pompish.

Mamá también se echó a reír.

—¿De verdad? —pregunté.

—Roberta Pompish —contestó mamá, levantando la mano como si fuese a jurarlo por algo—. Bobbie Pompish.

—Tenía unos cachetes enormes —dijo papá.

—¡Nate! —exclamó mamá.

—¿Qué? Lo único que he dicho es que tenía unos cachetes enormes.

Mamá se reía y negaba con la cabeza al mismo tiempo.

—¡Se me ocurre una cosa! —dijo papá emocionado—. ¡Vamos a organizarles una cita a ciegas! ¿Os lo imagináis? Señorita Pompish, le presento al señor Traseronian. Señor Traseronian, le presento a la señorita Pompish. Podrían casarse y tener unos cuantos culetes.

—Pobre señor Traseronian —contestó mamá, negando con la cabeza—. ¡Auggie ni siquiera lo ha conocido todavía, Nate!

—¿Quién es el señor Traseronian? —preguntó Via medio adormilada. Acababa de despertarse.

—El director de mi nuevo colegio —respondí.

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Hola, señor Traseronian

Habría estado más nervioso si hubiese sabido que, además de al señor Traseronian, también iba a conocer a algunos chicos del nuevo colegio. Pero, como no lo sabía, no podía evitar que me entrase la risa tonta al acordarme de todas las bromas que había hecho papá con el apellido del señor Traseronian. Por eso, cuando mamá y yo llegamos al colegio de secundaria Beecher unas cuantas semanas antes del comienzo del curso y vi al señor Traseronian allí plantado, esperándonos en la entrada, me entró la risa tonta. No se parecía en nada a como me lo había imaginado. Pensaba que tendría un culo enorme, pero no. De hecho, era un tipo bastante normal. Alto, delgado, mayor, pero no viejo. Parecía simpático. Primero le dio la mano a mamá.

—Hola, señor Traseronian. Me alegro de volver a verle —dijo mamá—. Le presento a mi hijo August.

El señor Traseronian me miró sonriente y asintió con la cabeza. Me ofreció la mano para que se la estrechase.

—Hola, August —dijo en un tono de lo más normal—. Encantado de conocerte.

—Hola —farfullé, dándole la mano mientras le miraba los pies. Llevaba unas Adidas rojas.

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—Bueno... —dijo, arrodillándose delante de mí para que no pudiese mirarle a las zapatillas y tuviese que mirarlo a la cara—. Tus padres me han hablado mucho de ti.

—¿Y qué le han contado? —pregunté.

—¿Cómo dices?

—Cielo, tienes que hablar más alto —dijo mamá.

—¿Qué le han contado? —pregunté, intentando no hablar entre dientes. Reconozco que tengo la mala costumbre de hablar entre dientes.

—Pues que te gusta leer —me contestó el señor Traseronian—. Y que eres un gran artista. —Tenía los ojos azules y las pestañas blancas—. Y que te gustan las ciencias, ¿no?

—Ajá —respondí.

—Tenemos un par de optativas de ciencias en Beecher —dijo—. A lo mejor te apetece coger una.

—Ajá —contesté, aunque no tenía ni idea de qué era una optativa.

—¿Estás listo para visitar el centro?

—¿Ahora? —dije.

—¿Pensabas que íbamos a ir al cine? —preguntó sonriente mientras se levantaba.

—No me habías dicho que íbamos a visitar el colegio —le dije a mamá en tono acusatorio.

—Auggie... —comenzó a decir.

—Todo irá bien, August —dijo el señor Traseronian, tendiéndome la mano—. Te lo prometo.

Creo que quería que le diese la mano, pero preferí dársela a mamá. Él me sonrió y echó a andar hacia la entrada.

Mamá me dio un apretón en la mano, aunque no sé si era un apretón de «Te quiero» o un apretón de «Lo siento». Seguramente una mezcla de las dos cosas.

El único colegio que había visto en mi vida era el de Via, cuando iba con mamá y papá a verla cantar en los conciertos de primavera y cosas así. Aquel colegio era muy diferente. Era más pequeño y olía a hospital.

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La amable señora García

Seguimos al señor Traseronian por unos cuantos pasillos. No había mucha gente, y la poca que había no se fijó en mí, aunque a lo mejor fue porque no me vieron. Mientras caminábamos, iba escondido detrás de mamá. Ya sé que puede parecer infantil, pero en esos momentos no me sentía demasiado valiente.

Llegamos a una pequeña habitación. En la puerta había escrito DESPACHO DEL DIRECTOR DE SECUNDARIA. Dentro había una mesa y, sentada detrás, una señora que parecía simpática.

—Le presento a la señora García —dijo el señor Traseronian. La señora le sonrió a mamá, se quitó las gafas y se levantó de la silla.

—Isabel Pullman. Encantada de conocerla —repuso mi madre, dándole la mano.

—Y este es August —dijo el señor Traseronian.

Mamá se hizo a un lado para dejarme pasar. Entonces pasó lo que ya me había pasado un millón de veces antes. Cuando la miré a la cara, la señora García bajó la vista durante un segundo. Fue algo tan rápido que nadie aparte de mí se habría dado cuenta, ya que el resto de su cara se quedó exactamente igual que estaba. Tenía una sonrisa de oreja a oreja.

—Encantada de conocerte, August —dijo, ofreciéndome la mano para que se la estrechase.

—Hola —contesté en voz baja, dándole la mano, pero, como no quería mirarla a la cara, me concentré en sus gafas, que le colgaban de una cadena al cuello.

—¡Vaya, menudo apretón! —dijo la señora García. Tenía la mano caliente.

—El chico da unos apretones d

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