INTRODUCCIÓN
Transcurren los alocados años 20 en París. El escritor Gil Pender pasea con una amiga, a quien le regala un par de aros y la besa en la calle. En ese instante aparece un elegante carruaje. Ambos suben sin dudarlo y el viaje los deposita en otra zona parisina, pero, más que nada, en un tiempo distinto: en la Belle Époque, el período que la amiga del escritor —Adriana— considera como el mejor de todos. Juntos entran al Moulin Rouge y comparten mesa con Toulouse-Lautrec, Paul Gauguin y Edgar Degas.
Muchos recordarán esta secuencia de la película de Woody Allen Medianoche en París, que narra los paseos por el tiempo de un autor del siglo XXI. El nudo de toda la trama comienza a desatarse cuando Adriana le pregunta a los grandes maestros cuál fue, para ellos, la mejor época del mundo. “¡El Renacimiento!”, responden convencidos los artistas. Así, tenemos a un escritor contemporáneo que admira los locos años 20; a una mujer de los 20 que sueña con la Belle Époque y a tres artistas de ese período que eligen sin dudar el Renacimiento. En pocas palabras, para cada uno de los personajes todo tiempo pasado fue mejor. O, dicho de otra manera, todo tiempo actual siempre es peor.
Sobre gustos hay demasiado escrito. Y es así porque cada cual escribe según su gusto. A mí me encanta esta época —que los invito a recorrer— por lo que significó para el desarrollo de las sociedades. En este libro nos toca transitar la Belle Époque argentina, espléndidos años plagados de matices. En términos generales se conoce con este nombre al período comprendido entre 1871 y 1914, es decir, desde el final de la guerra franco-prusiana hasta la Primera Guerra Mundial.
Los rótulos en la historia no suelen ser contemporáneos con los hechos. En este caso, “Belle Époque” no se usó sino varios años después, cuando se evocaba con nostalgia la maravillosa pausa entre dos cruentas guerras. Y si bien no debemos soslayar una larga docena de enfrentamientos que tuvieron lugar en la temporada que transitamos, debe admitirse que ninguno de los conflictos tuvo la magnitud de los dos que marcan los límites temporales de la época por la que transcurre este libro.
El ritmo lo marcó Europa o, más precisamente, la prosperidad europea, que luego se trasladó a muchos otros países del mundo. Trazando un paralelo, cuando terminaba la guerra franco-prusiana en mayo de 1871, la Argentina era gobernada por Sarmiento, Urquiza había sido asesinado en el año previo y en Buenos Aires comenzaban a disminuir los casos de fiebre amarilla, la peste más mortífera que afectó a la población en el siglo XIX. Ese será nuestro punto de partida.
El mundo vivió sus años dorados, optimistas, con clima festivo, lujoso refinamiento, el mejor estado de ánimo, bonanza, bienestar general, progreso y enorme confianza en el porvenir. Fue una época marcada por la producción y el consumo.
De todas maneras, durante los cuarenta años de matices no todos lo pasaron bien. La desigualdad social derivó en una notable brecha de clases. Y entre los grupos peor castigados por la realidad económica surgió el anarquismo, a través de cuyas líneas más exaltadas y violentas se llevaron adelante los atentados resonantes del período. De los tres presidentes atacados —Roca, Quintana y Figueroa Alcorta—, los últimos dos provinieron de anarquistas, mientras que Roca fue golpeado con una piedra por un joven con desequilibrio mental. Ninguno de los tres ataques llegó a consumarse y convertirse en magnicidio. En cambio, el que sufrió en 1909 el jefe de Policía Ramón L. Falcón le costó la vida a él y a su secretario. Otro atentado anarquista resonante fue la bomba lanzada a la platea del Teatro Colón en plena función, en 1910.
Queda claro que Belle Époque y tiempos de paz no son expresiones sinónimas. En todo caso, y a favor de las diferencias, se gestó la conciencia política y partidaria de la población que alzó las banderas del socialismo y del liberalismo. Fueron años en los que la mujer levantó la mano para tratar de ubicarse a la par del hombre en la política, las profesiones, los oficios, los deberes y los derechos.
La Belle Époque también se hizo presente en la arquitectura, con la construcción de palacios y palacetes magníficos; en la música, cuando el tango se puso de pie; en la moda, con los sombreros gigantes de las damas, las galeras de los caballeros, los mostachos y las casas de alta costura; la gastronomía, con la aparición de los restaurantes, los chefs y los menús escritos en francés; la tecnología para mejorar la calidad de vida de las personas y los avances científicos, encaminados hacia el mismo fin. Llegó la electricidad, se estiró la noche y se alargaron los tiempos. Se instauró el ocio, se multiplicó la oferta del entretenimiento, nació el cine, aparecieron los parques para los paseos y las diversiones, se generalizaron los deportes (la autonomía que ofrecía el ciclismo fue determinante), los viajes y el turismo.
El mundo se achicó por la revolución del transporte y las comunicaciones. Los mensajes y las personas llegaban con mayor prontitud a sus destinos. No solo se consolidó el tren sino que aparecieron las mencionadas bicicletas, los automóviles, las motos, los ómnibus, los aviones, los grandes vapores y el tren subterráneo (el “subte”).
La Argentina supo aprovechar el viento de cola de los bellos tiempos. En esos años floreció la inmigración como nunca antes ni después. También, y esto no es una buena noticia, los conventillos se abarrotaron. Por su parte, los diarios del 1900, de verdadero tamaño sábana, tenían un promedio de cuatro páginas de ofertas de trabajo. Esa era la pujante Argentina que quería presentarse en sociedad ante el mundo en 1910, durante el Centenario de la Revolución de Mayo. Lejos estaban de saber, nuestro país y el mundo, que se acercaba el final de los años dorados.
Para llevar adelante la tarea he acudido a periódicos, semanarios, revistas (que justamente llegaron a los kioscos en esos años; citamos Caras y Caretas, PBT y El Hogar, entre otras), memorias y diarios personales —se suman textos inéditos—, cartas y también algunos documentos, como la curiosa acta de matrimonio de Jorge Newbery.
Confío que será entretenido revisar las reglas de tránsito de 1905, la amenaza del cometa Halley y el fin del mundo en 1910, el fotógrafo ofendido de 1907, el caso cero de fiebre amarilla de 1890, las confusiones provocadas por los telegramas en clave, la inconfundible relevancia del rodete, el uso constante de los balcones, el problema con el tango endiablado, el primer llamado telefónico, también el primero que se atendió y era “equivocado”, las fiestas, los bailes, los casamientos, los regalos a los novios, el caso del ciclista temerario, la llegada de los primeros aviones, el auge de los autos eléctricos en 1903 y el vuelco del coche presidencial en 1876.
No alcanzó un único capítulo para hablar de tantos apodos de aquellos tiempos. Ellas: Potota, Copeta, Bicha, Chichina, Peracha, Pepoca, Chichona, Chicha y Chochó. Ellos: Pirucho, Manucho, Manungo, Pichín, Elefantita y Cachongo. Y muchos más.
También he decidido preservar varios textos que, creo, no deben contaminarse con mi intervención. Aquí, un surtido de cortos ejemplos:
—Los autores del escándalo llegaron hasta alzar en alto a uno de los tres agentes de policía y lo arrojaron a la sala del teatro, haciéndolo rodar escaleras abajo.
—Una hora emplea el coiffeur en ondularme y yo media más en peinarme. ¡Una hora y media el peinado! Y esto para cada baile, y luego ¡una hora en vestirme!
—El doctor Paunero, de pie sobre el umbral de la casa Mázeres, guareciéndose al lado de una de sus vidrieras, disparó desde allí los cinco tiros de su revólver, mientras su contendiente, desde la calle, a muy corta distancia, le disparaba igual número de proyectiles.
—Y del otro lado: dos señoras Belaustegui, Bustamante (una viuda y otra solterona), otras dos Belaustegui solteronas, una Varela solterona, dos Beccar ídem, dos o tres de Alfaro, requete solteronas, otras Beccar, solteronas… Es inacabable esa lista tradicional de piadosas solteronas de San Isidro: y las de Pirán, etc. etc.
—Anoche hacía mis delicias de esta noche en que, estando todos en el baile, yo aquí, en una entera soledad y retiro, comenzaría una vida nueva en el nuevo año.
—La conmoción en la Casa de Gobierno es de imaginarse: el presidente Sarmiento, los ministros Avellaneda y Domínguez se precipitaron al despacho de Vélez, para ver si todavía estaba vivo.
Algunos pocos capítulos de otros libros que ya fueron publicados también integran el conjunto. Para quienes resulten desconocidos, será una manera de interesarlos en otros de mis títulos. Aquellos que los conozcan encontrarán que tienen agregados nuevos datos.
Nuestro viaje, por lo tanto, transitará la Belle Époque de las exposiciones universales, del tango y el ballet, los cabarets, el Parque 3 de Febrero, las grandes tiendas, el café concert y aquellos cruceros que atravesaban el océano con una Primera Clase embelesada, una Segunda confiada y una Tercera esperanzada.
Esa misma época de conventillos, atentados, funerales apoteóticos, cortes y quebradas inmorales y un Titanic que pensaba dominar al océano, pero que se fue a pique con argentinos en su interior, porque, claro, nosotros no podíamos quedar afuera de semejante acontecimiento histórico. Una teoría sostiene que el personaje de DiCaprio podría haberse inspirado en el argentino Edgar Andrew. Sí, somos incorregibles.
El hundimiento del barco que “jamás podría hundirse” fue una señal de que todo concluye al fin. Las luces de la Belle Époque comenzaron a apagarse y a mediados de 1914 llegó una de las más oscuras noches de la historia universal.
Empezamos con Owen Wilson recorriendo las medianoches de París y terminamos con Leonardo DiCaprio aferrado a una madera del Titanic, intentando sobrevivir. No está mal como introducción para las próximas páginas, con tantas historias infrecuentes y “como de película”.
FEROZ TORMENTA DE VERANO
Buenos Aires se vio sobresaltada por un estruendo que sacudió las casas e hizo estallar varios vidrios. Era el trueno que se anticipaba. Todo cambió en dieciocho minutos. El cielo celeste se pintó de gris y las calles se volvieron ríos. La infernal y sofocante mañana del 11 de enero de 1872 fue arrebatada a las 13:45 por un diluvio como hacía tiempo no se veía. Algunos recordaron el de marzo de 1870. Pero este parecía más bravo todavía.
Ciertas cuadras por las que cruzaban arroyos, principalmente un largo tramo de Piedad (la actual Viamonte) y sus aledañas, se inundaron sin dar tiempo a reaccionar. Quien andaba a la intemperie apuraba el paso en busca de refugio. También los tranvías eran un problema. Aún faltaban más de veinte años para que fueran eléctricos, por lo tanto, no era esa la dificultad. De acuerdo con la crónica del diario inglés The Standard, los guardas de la línea de los hermanos Lacroze resolvieron cerrar ambas puertas para evitar el ingreso del torrente de agua. Pronto advirtieron que esa medida aumentaba el peligro de que el coche volcara. Sería mejor dejar que el agua entrara por una puerta y saliera por la otra.
La emergencia fue temible y las jóvenes pasajeras fueron rescatadas de los asientos llenos de agua por el valiente heroísmo de los corredores de lana y los barraqueros que se dirigían a la Bolsa de Comercio.
Cajas de basura y latas de kerosene navegaban los improvisados ríos caudalosos. A pesar de la gravedad, muchos disfrutaban del espectáculo luego de haber tenido que soportar temperaturas que sobrepasaron sin esfuerzo los 33º (todavía no existían registros de la sensación térmica). Quienes no lo disfrutaban eran los que tenían sus hogares en las cuadras más castigadas —Paraguay, Córdoba, Suipacha, Artes (Pellegrini) y la mencionada Viamonte— y veían “sus mesas, sillas y pianos flotando en el salón principal”. Mención aparte para los habitantes de las calles Talcahuano y Parque (Lavalle), que tuvieron los registros más preocupantes por la subida del agua. “Las cataratas del Niágara difícilmente podrán superar al espumoso torrente que corría por la calle Paraguay” describió el periódico inglés, agregando que al llegar al Río de la Plata, en la zona de Catalinas, se formaba una cascada de agua que aprovecharon chicos y grandes para darse un baño refrescante, sin que les preocupara el estado en que les quedaba la ropa. La crónica es más específica. Dice que lo hicieron “niños, niñas y señores”, dando por sobreentendido aquello que en aquel momento no era necesario aclarar: las mujeres no podían participar de este alivio porque deformaría sus vestidos encorsetados y arruinaría sus sombreros. De la misma manera, un individuo con frac y galera tampoco se mezclaría con la chusma.
Más allá de los cuidados, el diluvio no hacía excepciones. Todos estaban pasados por agua. El baño terminó pronto ya que la fuerza del agua de la cascada creció tanto “que hasta los peones italianos debieron alejarse”.
Un tranvía quedó varado por media hora, con sus dos caballos imposibilitados de avanzar, en Suipacha y Viamonte, esquina donde el cauce del arroyo natural giraba hacia la cercana Paraguay. Más notable fue la situación en Esmeralda llegando a Corrientes. Allí se atascó un coche de la línea Ciudad de Buenos Aires (C.B.A.) y llegaron a acumularse detrás diez tranvías inevitablemente detenidos.
Las dificultades en tierra firme se complementaban con las fluviales. Una goleta cargada de pinos embistió la costa a la altura de la Recoleta. San Isidro también recibió el azote, pero mucho peor lo pasaron en Tigre, donde el fuerte viento arrancó los techos de la estación del ferrocarril para lanzarlos al río que, por otra parte, se asemejaba a un depósito de embarcaciones tumbadas. Esa misma tarde se rescataron los cuerpos de tres marineros que perecieron ahogados.
El inquietante escenario tuvo su punto final a las cuatro. Volvió la calma y reapareció el sol tímidamente. Sin embargo, no había sido un punto final sino uno seguido: alrededor de las 5:30 se inició una leve llovizna, falaz, embustera, que de inmediato se transformó en una lluvia torrencial, volviendo a adueñarse de la ciudad.
De los testimonios vertidos durante el transcurso de los días posteriores surge el que un suscriptor envió a The Standard bajo el atrayente título: “Una tormenta en un vagón de tranvía”. Desafortunadamente para nosotros, el editor se lamentaba de que “la descripción gráfica sea demasiado larga para nuestras columnas”, aun habiendo aclarado que nunca había escuchado algo semejante. Atravesando el tiempo, la decepción y la curiosidad por aquel texto inédito nos invaden. Habrá que conformarse con las pocas líneas que rescató el periódico:
El huracán vino mientras un coche de la C.B.A. estaba capeando el cabo en la esquina de la calle Temple y cruzando los rápidos hasta Cerrito. Llegó el torrente embravecido y todos subieron al piso superior, los asientos, en cuya operación las damas hicieron gala de mucha agilidad y ofrecieron una ligera insinuación de sus pantorrillas.
La consternación llegó a su punto máximo cuando un perro caniche voló de los brazos de un francés y se dirigió a la inundación.
Finalmente, ocho caballos sacaron el coche y lo pusieron a salvo en la calle Cerrito.
Nuestro corresponsal [el autor del texto inédito] por su propia cuenta, tomó el peligro con sorprendente frialdad, pues confiesa que, habiendo ayudado a las damas a sacar sus preciosos dedos de los pies fuera del agua, se retiró a la cubierta de los huracanes, es decir al techo y, encendiendo un cigarro, observó los frenéticos esfuerzos de los conductores y guardias mientras tarareaba una canción que entre otras cosas decía: “no soy muy aficionado al trabajo”, “pero sí a las mujeres y el tabaco”.
Imaginamos que este último acto debe haberlo concretado en el lapso sin lluvia.
El temporal había empezado con furiosos truenos y los rayos también fueron protagonistas. Uno cayó en la azotea del Banco de Londres de la calle Reconquista. Pero el más feroz apuntó al sector de la Casa Rosada donde funcionaba el Ministerio del Interior. Así lo contó La Prensa:
El fuerte trueno que se sintió ayer en medio de la tormenta, a eso de la una tres cuartos, fue producido por un rayo que cayó en el aparato telegráfico del Ministerio del Interior.
Desde momentos antes de producirse la descarga el telegrafista había notado que los cables del telégrafo despedían chispas muy frecuentes y hacía notar este mismo fenómeno a un morenito portero del Ministerio.
El telegrafista se retiró enseguida, quedando el portero al lado de la baranda que rodea los aparatos. En ese instante, la descarga eléctrica se produjo convirtiendo en dos hilos de fuego los alambres del telégrafo. Uno de los aparatos saltó de la mesa. La oficina quedó como iluminada a gas durante algunos segundos.
Felizmente, el alambre que sirve de pararrayos para el aparato no estaba interrumpido, lo que evitó tal vez que el rayo no haya seguido hasta el piso bajo donde está el archivo. El portero se dio un gran susto, pero afortunadamente salió ileso.
En cambio, para The Standard, el gran sobreviviente no fue el portero morenito, sino el ministro del Interior, según nos lo cuenta la siguiente traducción:
El hombre que tuvo el más estrecho escape de todos fue el Dr. Vélez Sarsfield, quien estaba sentado en la Casa de Gobierno leyendo The Standard, cuando el rayo chocó los cables telegráficos y sacudió el escritorio del ministro. La conmoción en la Casa de Gobierno es de imaginarse: el presidente Sarmiento, los ministros Avellaneda y Domínguez se precipitaron al despacho de Vélez, para ver si todavía estaba vivo. El edificio se estremeció con fuerza, pero nadie resultó herido.
Con avalancha de basura, pasajeros atrapados en el tranvía, damas subidas a los asientos y algún caballero ocupando el techo para fumar; con pantorrillas al descubierto y un caniche que se fue nadando contra la corriente, con baños reparadores en las cascadas y pianos flotando en las salas; con un joven portero asustado, un presidente y dos ministros acudiendo presurosos al rescate de Vélez más algunas notas tristes, la tormenta de verano del 11 de enero de 1872 dejó su huella en la historia.
JARDÍN CERVECERO
Durante la segunda mitad del siglo XIX las cervecerías comenzaron a expandirse por nuestro país como la espuma cuando rebasa el porrón. Crecían al ritmo de las oleadas migratorias. Eso sí: las dificultades para proveerse de hielo desalentaban la producción fabril y favorecían la preparación casera.
En ese contexto desembarcó en Buenos Aires Emilio Bieckert, gringo de ojos azules como tantos, con ambición de perpetuarse como pocos. Descendiente de una familia cervecera de Barr, en el alto Rhin, localidad cercana a Estrasburgo (Alsacia), abandonó la casa paterna a los dieciséis años sin ningún tipo de ayuda económica y con muchas ganas de trabajar como único capital.
Su deseo de progreso se puso de manifiesto al instante de levar anclas. Se desempeñó como mozo de a bordo el tiempo que duró su viaje en barco. Apenas puso un pie en la Buenos Aires convulsionada de 1855, ya que estaba enfrentada a la Confederación Argentina, se identificó ante las autoridades aduaneras como cervecero, oficio que de inmediato le abrió las puertas del establecimiento “Santa Rosa” dirigido por Juan Buehler. Emilio aprendía rápido y le llevó poco tiempo dar forma a lo que serían los años por venir. El 15 de febrero de 1860 comenzó a poner a prueba los conocimientos heredados para encarar el primer proyecto propio. La fábrica era modesta, pero eficiente. Dos hombres se dividían la faena: un peón y Emilio, ambos instalados en un patio, al fondo de una casa de la calle Piedad (hoy Bartolomé Mitre) y Azcuénaga, en el barrio de Balvanera. Para elaborar la primera malta empleó una tetera de cobre. Sólo contaba con dos pipas, imprescindibles para el proceso de fermentación del líquido que se iba desprendiendo de la maceración de la cebada. Su producto final era liviano, color oro, burbujeante.
Contrastaba mucho con las bebidas que venía consumiendo el porteño: desde la llamada cerveza espesa y agria, hasta las sangrías (agua y vino, más azúcar que enmascaraba) y vinagradas (agua, vinagre y azúcar).
Un año más tarde se mudó a un local acorde con la demanda, en Salta y Rivadavia. En paralelo, se aventuraba a nuevos desafíos que iban a repercutir en la calidad de vida de todos: fue quien instaló la primera fábrica de hielo del país. Hasta entonces el hielo venía en barcos especiales, ¡desde los Estados Unidos!, y se almacenaba en el subsuelo del Teatro Colón, que por aquellas épocas estaba en Plaza de Mayo.
En 1866 compró a la familia Riglos un terreno de grandes dimensiones en Retiro. Pagó una fortuna: veinte mil libras esterlinas. Le vendió una fracción a José Manuel de Estrada y conservó un fragmento en una barranca, de una superficie algo mayor a una manzana y media. Se trataba de un triángulo formado por las calles Esmeralda, Juncal y Paseo de Julio (Libertador), enfrente de la actual estación Retiro. En el momento de la compra ya se había establecido el trazado del ferrocarril al norte.
Allí montó una fábrica modelo que se alzó como estandarte del progreso industrial de la época y donde funcionaban dos motores que mecanizaban las tareas. El conjunto comenzó a producir en 1869. En el mismo terreno edificó la gran casona familiar —rodeada de araucarias— y las casitas de los obreros.
El marcado declive de la barranca sobre la cual se encontraba le permitió, además, contar con dos enormes sótanos que contenían espacio para 160 barriles cada uno. Allí estacionaba la cerveza por días, semanas o meses.
Bieckert estaba al tanto de todas las innovaciones de la industria cervecera y cada cuatro años viajaba a Europa para recorrer las instalaciones de sus pares. La suya también era un polo de atracción para los visitantes, quienes la descubrían mucho antes de desembarcar por su gran chimenea, referente de los navegantes. Era habitual que Emilio llevara a sus conocidos —por ejemplo al ministro Vélez Sarsfield— de paseo al sector de embotellamiento y luego, escaleras abajo, a los sótanos donde solo la luz de la lámpara que portaba se abría paso en la oscuridad. Las barricas eran de roble alsaciano, mientras que las botellas de vidrio se fabricaban en Buenos Aires y las de gres eran importadas de Port Dundas, en las afueras de Glasgow, Escocia. Los corchos llegaban desde Barcelona. Entre la fábrica —con entrada por Juncal— y las casas, se ocupó la mitad de la superficie. El resto fue convertido en un magnífico jardín cervecero, que se inauguró el domingo 30 de agosto de 1874. Contaba con espacio para cerca de mil personas que podían degustar todas las variedades de cervezas que ofrecía la firma. El propio empresario se encargó de que el jardín se poblara de pinos, palmeras y otros árboles. También construyó un recinto fresco para los días de verano, más una glorieta para conciertos que ejecutaba una banda musical los domingos y feriados. Tampoco faltaba un espacio para los más pequeños. La cervecería fue, por años, el paseo obligado de las familias.
Desde el elevado jardín, la vista permitía recorrer el puerto (en la zona de Retiro se agrupaban las embarcaciones) y la costa con arboleda de Palermo.
Fue en el transcurso de su proyecto que trajo trece jaulas con gorriones y los soltó en la aduana porque le reclamaban pagar una tasa de importación. Por ese motivo, los gorriones se adueñaron de la ciudad.
Cuando inauguró el jardín era un empresario de prestigio, con 38 vigorosos años. Todos los días se levantaba a las cuatro de la mañana y a las seis comenzaba la jornada fabril por espacio de doce horas. Fueron dos décadas de incesante trabajo en las que la empresa se nutrió de seiscientos empleados que producían un promedio de 42.000 litros por jornada. Al respecto, comentó La Tribuna en 1877:
Antes de trasponer los umbrales de la cervecería Bieckert creíamos que Buenos Aires estaba aún en la infancia industrial; después de salir de ella, llevamos el conocimiento de que si bien puede haber en otros países establecimientos del mismo género de mayor magnitud, no los hay ni mejor instalados, ni más bien dirigidos.
Bieckert había logrado premios y el reconocimiento de su producto incluso en su añorada patria, ya que en Alemania la compararían con la Pilsen. Además, fue quien introdujo los caballos percherones para tirar de los carros de cerveza. Y quien financió la construcción del exquisito Teatro Odeón de Buenos Aires.
Luego de treinta años de crecimiento cervecero, regresó a Francia y se radicó junto con su mujer Simone en Niza. La empresa quedó en manos de un directorio, entre quienes figuraba el futuro presidente Carlos Pellegrini.
Emilio Bieckert murió en 1913 a los 76 años, tras una reconfortante secuencia de éxitos comerciales y sueños cumplidos.
LA TRINIDAD DE PALERMO
Allá lejos, en febrero de 1852, se celebraba la caída de Rosas. Un poeta que jamás había estado cerca del gobernador depuesto fue hasta Palermo para conocer la casona que fuera su residencia. Tomó un carbón y escribió, en uno de los pilares de la casa, la siguiente estrofa:
Sobre la tumba de Nerón, un día,
amanecieron flores esparcidas
por manos al tirano agradecidas;
más si acueste lugar se abandonara,
ni la naturaleza le daría
una silvestre rosa que la ornara.
Su premonición parecía cumplirse. Durante un par de décadas dejó de ser lo que alguna vez fue. “Palermo cayó en ruinas —escribió cierta vez un editorialista de La Nación—, sus lagos y sus canales se secaron, la maleza invadió sus jardines y sus bosques caían segados por la mano del tiempo. El pueblo de Buenos Aires contemplaba con orgullo aquel melancólico espectáculo”. El texto citado podría entenderse como una manifestación con aires de queja. Sin embargo era lo contrario: lo que el articulista deseaba significar, con cierta satisfacción, era que aquel escenario feliz para los rosistas se había convertido en un terreno inhóspito. Nosotros agregamos que eso ocurrió inevitablemente porque dejó de contar con miles de empleados dedicados al mantenimiento.
Sarmiento, conocedor del Hyde Park londinense y, sobre todo, usuario del Central Park neoyorquino, tomó el desafío como uno de los principales de su administración (gobernó entre 1868 y 1874). Deseaba convertir el Palermo de Rosas en el principal parque de Buenos Aires. A sugerencia de Vicente López y Planes —el mismísimo—, se lo denominó con la fecha emblemática: 3 de Febrero.
En 1871 el azote de la fiebre amarilla fortaleció la idea de un espacio verde, “un paseo higiénico”, como decían nuestros abuelos del 1800. El sanjuanino quería que la inauguración fuera uno de sus últimos actos de gobierno. Pero no se hizo a tiempo.
Demandó un año más de lo esperado y por fin el Parque 3 de Febrero, el pulmón verde de Palermo, iba a abrirse al público oficialmente durante la presidencia de Avellaneda. Contra viento, marea y también las críticas del periodismo.
El 11 de noviembre de 1875, ansiado día de los actos, el diario La Nación destacó en su columna editorial que se trataba de un espacio que reunía en trinidad al “tirano Rosas” (propietario al que le fueron confiscadas las tierras), al sucesor Urquiza (quien gobernó desde allí luego de vencer a don Juan Manuel el 3 de febrero de 1852) y a Sarmiento (el gestor del parque). Luego de realizar una comparación entre los Jardines de Babilonia, “capricho de un rey absoluto”, Versalles, “la obra de otro tirano” y Palermo, “el antojo de otro tirano”, el editorial fijó su posición contraria al proyecto. Para el diario mitrista, “las ruinas de Palermo eran el monumento del pueblo libre”. En cambio, “Palermo restaurado es el monumento de la vanidad humana”, que “pretende regalar al pueblo un paseo higiénico al mismo tiempo que lo despoja del gran monumento de la ruina de los tiranos en que se respiraba la atmósfera de la libertad”.
Tampoco el diario La Prensa aplaudía la creación del pulmón verde sarmientino.
Nadie puede dudar de que esta capital necesita embellecerse y mejorar higiénicamente. Pero a nadie que no tenga una cabeza perturbada se le puede ocurrir gastar muchos millones cuando el suelo sobre el que vivimos está envenenado, cuando el empedrado de las calles es insoportable, cuando la seguridad pública es nula, cuando no tenemos puertos y cuando en general esta pomposa capital carece absolutamente de edilidad [es decir, no tiene ediles].
El proyecto de Sarmiento seguía siendo rechazado aún el mismo día de su inauguración. Para colmo, en las vísperas, un intercambio de cartas entre Avellaneda y Sarmiento contribuyó al malestar. El sanjuanino le comunicó al presidente que, como parte de la celebración, debía plantar un árbol, y le pedía que eligiera el que considerara más adecuado. Tal vez Sarmiento esperaba que el mandatario dejara el asunto de la elección de la planta en sus manos. La Nación del 13 de noviembre de 1875 contó los hechos:
Avellaneda contestó la carta diciendo que elegía una planta de magnolia, pues el perfume de sus flores lo admiraba dulcemente, creyendo hallarse en el jardín de las Hespérides en medio de ninfas celestes y ondinas voluptuosas. Esta contestación alteró los nervios del ex presidente y en un momento lúcido escribió una nueva carta enviándola enseguida a Avellaneda.
Le expresó que no consideraba buena la elección, ya que la magnolia era “una planta pequeña, sin arrogancia, de raquítica familia, cuya especie típica se encuentra en la India, abundando en las orillas del Ganges y que únicamente tiene un perfume agradable”.
Vaticinó que no tendría larga vida. Por eso fue más allá y le sugirió que optara por un pino, “grande, arrogante, majestuoso”. Ampliando la apología del conífero, Sarmiento sentenció:
Árbol que toca con su copa el cielo. Y llena el mundo de su suave aroma.
Avellaneda no tomó a bien la sugerencia. Algo fastidiado, le escribió para recordarle que era el presidente de la Nación y podía elegir el árbol que se le antojara, para terminar enumerando otras propiedades de la magnolia. Con estos antecedentes concurrieron a la inauguración, el jueves 11 de noviembre, fiesta del patrono de la ciudad, San Martín de Tours.
El acto se inició a las 8:30 y su comienzo fue accidentado, debido al vuelco del coche presidencial, registrado por La Prensa:
Ayer al entrar el carruaje que conducía al doctor Avellaneda para la inauguración del Parque 3 de Febrero a la avenida Sarmiento, los caballos se asustaron de un pilar y cayó el carruaje volcándose en un acueducto lateral del camino.
Hubo necesidad de media hora de trabajo para poner en pie el carruaje. El doctor Avellaneda, despavorido, creía en una revolución.
El número de asistentes estimados por el oficialismo difiere completamente del informado por los medios opositores. Mientras los primeros anunciaron que ese día recorrieron el Parque unas 35.000 personas, los diarios que rechazaban el proyecto rebajaron la participación a solo doscientos asistentes. Los dos se equivocaban, pero a su vez, ambos tenían parte de la razón. La crónica de La Nación expresó:
En el momento de la inauguración, es decir en todo el tiempo que duró la fiesta oficial, no hubo presentes doscientas personas, y de éstas, la casi totalidad, eran funcionarios y empleados nacionales y provinciales.
Más tarde, cuando el acto oficial había pasado completamente, cuando el banquete había concluido y dejó de correr el vino pagado por el tesoro público; cuando el entusiasmo de los que bebían se había moderado y ya no se escuchaban las alabanzas que mutuamente se dirigían los personajes presentes, bajo forma de discursos, varias familias de las que tienen por costumbre concurrir todos los días a Palermo comenzaron a llegar a aquel paraje.
La hermosa tarde convidaba a este paseo, que es sabido lo hacen diariamente numerosas personas.
Un punteo de textuales extraídos de La Prensa, define la posición del matutino:
—Como lo habíamos previsto, el fiasco fue completo.
—En el acto oficial de la inauguración habría a lo sumo cien hombres y tres familias.
—El carruaje del presidente se empantanó y fue menester que la escolta echase pie en tierra y, a fuerza de hombro y de codo, lo pusiesen en mejor terreno.
Y eso no es todo. El mencionado periódico publicó una detallada contabilidad con estimaciones curiosas. Calculó que la concurrencia fue de casi doce mil visitantes, pero decretó que los genuinos eran solo 4350 porque el resto eran empleados públicos y sus familiares. Y que alrededor de 1500 de ellos no estaban interesados en el Parque, sino en visitar el Athletic Sport, en un terreno vecino. Por su parte, El Nacional (diario oficialista) habló de treinta mil asistentes.
Nuestra evaluación salomónica —poco estricta, lo admitimos— es que hubo poca gente a primera hora, comenzó a poblarse a media mañana y se llenó por la tarde, teniendo en cuenta que se iniciaba el último tramo de la primavera y que era feriado en Buenos Aires por el día del santo patrono. Ese número indeterminado de visitantes fue advertido acerca de las normas de conducta mediante un reglamento que señalaba:
Artículo 1º- Ninguna persona podrá cortar, romper o en alguna manera dañar las plantas, árboles, arbustos o césped, o algunos de los edificios, cercos u otras construcciones del “Parque 3 de Febrero”, o cavar dentro de los límites de dicho Parque o de los caminos trazados en el mismo.
Art. 2º- Ninguna persona podrá correr a caballo o en carruaje en las avenidas del dicho Parque a un paso más rápido que el galope natural del caballo, o a más de ocho millas [13 km] por hora los carruajes.
El tercer artículo establecía la prohibición de que los carros de carga (el tránsito pesado de aquel tiempo) pudieran ingresar a las calles del parque, reservado para carruajes de paseo. De esta manera, no solo se protegían los caminos sino que se lograba un espacio aislado, distinto del resto de la ciudad. En el mismo sentido, se prohibía fijar carteles que no fueran aquellos que colocaban las autoridades del parque (Art. 5º) y se sancionaba a quien “marchara a pie o de otro modo sobre el pasto” (Art. 6º). Las multas para los descarriados eran altas. La alternativa frente al no pago eran ocho días de prisión.
Dejamos aparte dos artículos:
4º- No será permitido en dicho Parque proferir amenazas o injurias, ni usar lenguaje insultante o indecente, ni acto alguno que tienda a turbar la tranquilidad.
8º- Toda persona ebria o que cometa desórdenes o actos impropios, o que causare algún daño o deterioro en dicho Parque, podrá ser expulsada de sus límites por la Policía o sus guardianes.
El Parque 3 de Febrero fue esencial para la recreación de los porteños. Luego se agregarían las exposiciones rurales, los jardines Botánico y Zoológico, los paseos en el lago, los conciertos de verano, el Rosedal, el Golf Club Argentino y mucho más. En alguna medida, la premonición del poeta (mas si acueste lugar se abandonara, ni la naturaleza le daría una silvestre rosa que la ornara) se concretó, porque ese espacio resurgió florido, limpio y accesible a partir de que volvió a tener jardineros y cuidadores.
En cambio, el vaticinio de Sarmiento no se cumplió. Avellaneda plantó una magnolia que atravesó las décadas y todavía se mantiene en pie, en las puertas del Parque Japonés. Pero nadie podrá decir que el editorialista de La Nación haya fallado en una sentencia que deseamos divulgar. El periodista —aquel que había dicho que Palermo reunía en trinidad a Rosas, Urquiza y Sarmiento— escribió en el último párrafo de su columna publicada el 11 de noviembre de 1875:
Al fin de la avenida que el inventor ha tenido la modestia de poner su propio nombre [se refiere a la avenida Sarmiento], se pondrán tal vez un día los bustos de Rosas, fundador de Palermo, de Sarmiento, su restaurador y quizá para escarnio de ambos la fecha de 3 de Febrero, que conmemorando la caída del primero recuerda la doble traición de Urquiza y de Sarmiento al inmoral principio de la libertad argentina.
Efectivamente como lo predijo, en la avenida Sarmiento, a uno y otro lado de la avenida del Libertador, se encuentran el monumento al sanjuanino (desde 1900) y el de Rosas (1999). Quinientos metros más allá, siempre por Sarmiento hacia el río, se
