Prólogo
Tiempo vendrá en que, pese a todos los dolores, seremos ingrávidos, alegres y verídicos.
ALBERT CAMUS a MARÍA CASARES,
26 de febrero de 1950
María Casares y Albert Camus se unieron en París el 6 de junio de 1944, el mismo día del desembarco de los Aliados en Europa. Ella tenía veintiún años y él, treinta. María nació en España, en La Coruña, y llegó a París con catorce años, en 1936, como la mayoría de los republicanos españoles. Su padre, Santiago Casares Quiroga, tras ocupar varios ministerios así como la presidencia del Consejo de Ministros durante la Segunda República española, tuvo que exiliarse cuando Franco detentó el poder. Mucho tiempo después, María Casares diría que ella «nació en noviembre de 1942 en el teatro de Les Mathurins».
Albert Camus, a quien la ocupación alemana había separado de su mujer, Francine Faure, se unió a la Resistencia. Era de origen español por vía materna, padecía tuberculosis igual que Santiago Casares Quiroga y también estaba exiliado, puesto que había nacido en Argelia. En octubre de 1944, cuando Francine Faure por fin pudo reunirse con su marido, María Casares y Albert Camus rompieron su relación. Pero el 6 de junio de 1948 se cruzan andando por el bulevar de Saint-Germain, se reencuentran y no vuelven a separarse nunca más.
Esta correspondencia que mantuvieron ininterrumpidamente a lo largo de doce años refleja con claridad la evidencia irresistible que caracterizó su amor:
Nos conocimos, nos reconocimos, nos entregamos mutuamente, logramos un amor ardiente de cristal puro, ¿te das cuenta de nuestra dicha y de lo que se nos ha dado?
María Casares, 4 de junio de 1950
Igual de lúcidos, igual de enterados, capaces de entenderlo todo y, por lo tanto, de sobreponernos a todo, lo suficientemente fuertes para vivir sin ilusiones y uniéndonos los vínculos de la tierra, los de la inteligencia, los del corazón y de la carne, nada puede, lo sé, ni sorprendernos ni separarnos.
Albert Camus, 23 de febrero de 1950
En enero de 1960, la muerte los separa, pero no sin haber vivido doce años siendo «transparentes el uno para el otro», solidarios, apasionados, teniendo que alejarse a menudo, llevando una existencia plena, los dos juntos, todos los días, a cada hora, con una autenticidad que pocos seres tendrían fuerza para soportar.
En las cartas de María Casares descubrimos la vida de una grandísima actriz, sus momentos de coraje y de flaqueza, sus horarios demenciales, las grabaciones en la radio, los ensayos, las funciones de teatro y sus imprevistos, los rodajes de cine. También desvelan la vida de los actores de la Comédie-Française y del Théâtre National Populaire (TNP). María Casares no solo actúa con Michel Bouquet, Gerard Philippe, Marcel Herrand, Serge Reggiani, Jean Vilar…, sino que también los quiere.
El elemento de esta actriz nacida en Galicia es el mar: es como una ola que inunda, rompe, se retira y vuelve a la carga con pasmosa vitalidad. Vive la felicidad y la desdicha con igual intensidad, se entrega por completo, desde lo más hondo.
Esta manera de vivir se percibe asimismo en su ortografía, que se ha corregido para mayor claridad del texto. Su origen español la lleva a escribir pourque en lugar de pour que, a ponerle dos tes a plate y una sola eme a hommage. El acento circunflejo que coloca sobre la u de rude [rudo] transmite mejor el peso de esa palabra. En cuanto al adjetivo confortable, lo escribe a la inglesa, comfortable, como si su significado solo pudiera aplicarse a la gente del norte, que no tiene ni la luz ni la calidez de la que goza la gente del sur y que les permite vivir más cerca de lo esencial.
Las cartas de Albert Camus son mucho más concisas, pero reflejan el mismo amor por la vida, su pasión por el teatro, su constante preocupación por los actores y su fragilidad. Así pues, aparecen en ellas temas que le son queridos, como el oficio de escritor, sus dudas, su apasionada dedicación a la escritura, a pesar de la tuberculosis. Le habla a María de lo que escribe, el prólogo de El revés y el derecho, El hombre rebelde, las Crónicas, El exilio y el reino, La caída, El primer hombre, siempre con miedo de «no estar a la altura». Ella lo tranquiliza incansable, cree en él, en su obra, no ciegamente, pero porque sabe, en su calidad de mujer, que la creación puede más. Y sabe decirlo, con sinceridad y auténtica convicción.
El 23 de febrero de 1950 él le escribe: «Lo que hace cada uno de nosotros en su trabajo, en su vida, etc., no lo hace solo. Una presencia que solo él nota lo acompaña». Cosa que no se desmentirá jamás.
¿Cómo lograron estos dos seres atravesar tantos años, con la tensión extenuante que exige una vida libre atemperada por el respeto a los demás, para la que tuvieron que «aprender a avanzar por la cuerda floja de un amor desprovisto de cualquier orgullo»,[1] sin romper su relación, sin dudar nunca el uno del otro, exigiéndose mutuamente la misma claridad? La respuesta está en esta correspondencia.
Mi padre murió el 4 de enero de 1960. En agosto de 1959 parece que habían logrado caminar por esa cuerda floja, sin desfallecer, hasta el final. Ella le escribió:
… no me parece que sea inútil echar un vistazo a esa confusión tan fea de mi paisaje interior. Lo que me da pena es que nunca dispondré del tiempo libre, de la inteligencia y del temperamento necesarios para ordenarlo un poco y me acongoja pensar que, irremediablemente, voy a morirme igual que nací, amorfa.
Y él le contesta:
Si no amorfo, habrá que morir ignorado de uno mismo, disperso […]. Pero también es posible, quizá, que la unidad conseguida, la claridad imperturbable de la verdad, sea la propia muerte. Y que para sentir el corazón sea necesario el misterio, la oscuridad del ser, la llamada incesante, la lucha contra uno mismo y los demás. Bastaría entonces con saberlo y con adorar en silencio el misterio y la contradicción, sin más condición que la de no dejar la lucha y la búsqueda.
Les estoy agradecida a ambos. Gracias a sus cartas la tierra es más ancha, el espacio más luminoso, el aire más liviano, por el mero hecho de que ellos existieran.
Para honrar la lealtad y la fidelidad que me inculcó mi padre, no puedo dejar de expresar aquí mi agradecimiento a mi amiga Béatrice Vaillant por la ímproba y meticulosa tarea de transcribir y ¡fechar! esta correspondencia, a la que se entregó durante días y días con el esmero, la precisión y la delicadeza de los que solo es capaz un corazón tan generoso y desinteresado como el suyo.
CATHERINE CAMUS
Correspondencia
1944
1 — ALBERT CAMUS A MARÍA CASARES[2]
[junio de 1944][3]
Querida Maria:[4]
Tengo una cita de negocios a las seis y media en la NRF[5] con un editor de Montecarlo. De la NRF iremos seguramente al Cyrano, que está en la esquina de la calle de Le Bac y el bulevar de Saint-Germain.[6] Te esperaré allí hasta la siete y media. A las siete y media estaré en La Frégate, en la esquina de la calle de Le Bac con los muelles, donde me esperan Marcel y Jean.[7]Y finalmente, a las ocho, la cita colectiva es en la esquina de la calle de Beaune con los muelles, en el Voltaire. Pero creo que ya lo sabes.
Disculpa que no pueda esperar más rato. Besos.
AC
2 — ALBERT CAMUS A MARÍA CASARES
4 de la tarde [junio de 1944]
Mi pequeña Maria:
Esperaba encontrarte telefoneando a tu casa. Pero ni a eso me da tiempo. Así que, entre dos citas, te pongo estas letras. Nada de particular, desde luego. Pero supongo que te las encontrarás cuando vuelvas esta noche y que entonces pensarás en mí. Estoy cansado, te necesito. Pero, por supuesto, no son cosas para decirlas así, tendrías que estar pegada a mí.
Buenas noches, niña mía. Duerme mucho, piensa mucho en mí. Besos hasta mañana.
AC
3 — ALBERT CAMUS A MARÍA CASARES
Jueves, 10 [de la noche] [junio de 1944]
Acabo de leer tu dedicatoria, niña mía, y ahora tengo por dentro algo que se estremece. Por mucho que me diga que a veces se escriben cosas así, en un arrebato, sin poner el alma entera, me digo al mismo tiempo que hay palabras que no escribirías porque no las sientes.
Soy tan feliz, Maria… ¿Será esto posible? Lo que se estremece en mí es una especie de loca alegría. Pero al mismo tiempo tengo esa amargura de tu marcha y la tristeza de tus ojos en el momento de separarnos. Cierto es que lo que tengo de ti posee siempre un sabor en que se mezclan la felicidad y la inquietud. Pero si me quieres, como me lo escribes, tenemos que conseguir otra cosa. Es ahora nuestro tiempo de querernos y debemos pretenderlo con suficiente fuerza y durante tanto tiempo como para pasar por encima de todo.
No me gusta esa visión clara que pretendías tener esta noche. Cuando se tiene alma, se tiene tendencia a llamar lucidez a lo que frustra y verdad a cuanto nos viene bien. Pero esa lucidez es tan ciega como cualquier otra cosa. No hay más que una clarividencia, la que pretende conseguir la felicidad. Y sé que por muy breve que sea, por muy amenazada o muy frágil, hay una felicidad lista para nosotros dos si tendemos la mano. Pero hay que tender la mano.
Espero que llegue mañana, que lleguéis tú y tu querido rostro. Esta noche estaba demasiado cansado para hablarte de este corazón desbordante que te debo a ti. Hay algo que es solo nuestro y donde siempre me reúno contigo sin esfuerzo. Son las horas en que callo, y entonces dudas de mí. Pero no importa, el corazón me rebosa de ti. Adiós, cariño. Gracias por esas pocas palabras que me han dado tanta alegría, gracias por esa alma que ama y a la que amo. Te beso con todas mis fuerzas.
AC
4 — ALBERT CAMUS A MARÍA CASARES
1 de la madrugada [junio de 1944]
Mi pequeña Maria:
Acabo de volver, no tengo ni pizca de sueño, y tengo tantas ganas de tenerte cerca que no me queda más remedio que acudir a mi mesa para hablarte como puedo hacerlo. No me he atrevido a decirle a Marcel [Herrand] que no me apetecía ir a tomar ese champán suyo. ¡Y además, tú estabas con tanta gente! Pero al cabo de media hora ya estaba harto. Solo te necesitaba a ti. Te he querido tanto, Maria, durante toda esta noche, al verte, al oír esa voz, que para mí ahora se ha vuelto irremplazable… al subir a casa de Marcel he encontrado un texto de la obra. No puedo ya leerla sin oírte, es mi forma de ser feliz contigo.
Intento imaginarme lo que haces y me pregunto con extrañeza por qué no estás aquí. Me digo que lo que estaría dentro de la norma, la única norma que conozco, la de la pasión y la vida, sería que volvieras a casa mañana conmigo y que rematásemos juntos una velada que hemos empezado juntos. Pero también sé que es inútil y que está todo lo demás.
Pero por lo menos no me olvides cuando te separas de mí. No te olvides tampoco de lo que te dije largo y tendido en mi casa un día, antes de que todo se precipitase. Ese día te hablé con lo hondo, con lo más hondo del corazón y querría, querría tanto, que fuéramos el uno de la otra como te dije entonces que teníamos que ser. No me dejes, no imagino nada peor que perderte. ¿Qué iba a hacer ahora sin ese rostro en el que todo me trastorna, sin esa voz y también sin ese cuerpo pegado al mío?
Por lo demás no era esto lo que quería decirte hoy. Sino solo tu presencia aquí, el deseo que tengo de ti, mi pensamiento de esta noche. Buenas noches, niña mía, que mañana llegue pronto y los demás días en que seas más mía que en esa maldita obra. Te beso con todas mis fuerzas.
AC
5 — ALBERT CAMUS A MARÍA CASARES
4 de la tarde [junio de 1944]
Mi pequeña Maria:
No sé si se te ocurrirá llamarme. Y a estas horas no sé dónde localizarte. No tengo nada concreto que decirte, por lo demás, a no ser esta ola en que cabalgo desde ayer y esta necesidad que tengo de confianza y amor por ti. ¡Cuánto tiempo hace que no te escribo!
Si encuentras este telegrama al volver esta noche, llámame. No me olvides de aquí al sábado. Piensa en mí durante todos estos días. Repítete que sigo a tu lado en todos los minutos. Adiós, amor mío, mi amor querido, te beso como ayer.
Albert
6 — ALBERT CAMUS A MARÍA CASARES
Sábado, 2 de la tarde [1 de julio de 1944]
Mi pequeña Maria:
Hemos tenido un buen viaje y sin nada de particular.[8] Salimos a las siete y veinte y fuimos pedaleando hasta las nueve, luego hicimos siete kilómetros a pie para pasar por una estación de clasificación que habían bombardeado la víspera; a las once ya habíamos cogido otro tren hasta las doce. Estuvimos esperando dos horas en Meaux hasta que tuvieron a bien ponernos otro tren. Tres cuartos de hora después, otro trasbordo y a las cinco ya habíamos llegado. Estaba cansado como un perro negro, pero contento de haber acabado. Me han ofrecido una casa una de cuyas alas bombardearon en 1940, pero en el resto se puede vivir. Aunque está todo lleno de polvo y me va a costar cuarenta y ocho horas adecentarlo con la ayuda de una buena mujer de por aquí.
Pasemos a la descripción. La zona es un vallecito con las dos laderas cultivadas y plantadas de árboles de altura media. Hace fresco, hay ruidos de agua y olores de hierba, vacas, unos cuantos niños muy lucidos y cantos de pájaros. Subiendo un poco se llega a unas mesetas más despejadas, donde se respira mejor. El pueblo: una pocas casas y buena gente. En cuanto a la casa, muy metida en un jardín bastante grande lleno de árboles y de las últimas rosas del año (no son rojas). Está a la sombra de la vieja iglesia y la parte de arriba del jardín es un prado soleado inmediatamente debajo de los arbotantes de la iglesia. Ahí se pueden tomar baños de sol. Me estoy arreglando un dormitorio y un despacho en el primer piso. Cuando estén listos ya te los describiré.
Creo que Michel [Gallimard] al menos podrá vivir conmigo. Pierre y Janine [Gallimard] dormirán seguramente en otro sitio. Espero impaciente que lleguen para decidir todas esas cosas y sobre todo porque tengo esperanzas de que me den noticias tuyas.
Te escribo todo esto con toda la claridad de que soy capaz porque creo que lo que quieres de entrada son informaciones concretas. Pero pienso en cosas muy diferentes, desde el jueves por la noche es contigo con quien vivo. Me parecía que me había despedido mal y que me resulta difícil soportar esta separación entre tantas incertidumbres, bajo un cielo tan lleno de peligros. Mi esperanza es que vengas. Si puedes hacerlo en coche, hazlo, resultará más fácil. Si no, tendrás que hacer ese viaje tan largo que he hecho yo. Y también está la bicicleta, y así podré salirte al encuentro. Que no se te olvide tu promesa, niña mía, de ella es de lo que vivo en este momento. Creo que podré hallar la paz en esta comarca. Con unos cuantos árboles, el viento y un río, conseguiré volver a construir ese silencio interior que hace tanto que he perdido. Pero no será posible si tengo que soportar tu ausencia y andar persiguiendo tu imagen y tu recuerdo. No tengo intención alguna de hacerme el desesperado ni de volverme un descuidado. A partir del lunes me pondré a trabajar y trabajaré, seguro. Pero quiero que me ayudes y que vengas. ¡Sobre todo que vengas! Tú y yo, hasta ahora, nos hemos conocido y querido en la fiebre, la impaciencia o el peligro. No me arrepiento de nada y los días que acabo de vivir me parece que bastan para justificar una vida. Pero hay otra forma de quererse, una plenitud más secreta y más armoniosa que no es menos hermosa y de la que sé que somos también capaces. Aquí es donde hallaremos tiempo para hacerlo. Eso que no se te olvide, mi pequeña Maria, y haz lo que esté en tu mano para que tengamos también esta oportunidad para nuestro amor.
Dentro de unas horas vas a actuar.[9] Hoy y mañana mi pensamiento estará contigo. Esperaré ese momento en que te sientas, diciendo que es maravilloso. Esperaré también el tercer acto, con ese grito que tanto me gustó. Ah, niña mía, qué cosa tan dura es estar lejos de lo que amamos. Estoy privado de tu rostro y no hay nada en el mundo que haya querido tanto.
Escríbeme mucho y a menudo, no me dejes solo. Te esperaré cuanto tiempo sea menester, me noto una paciencia infinita en todo cuanto a ti se refiere. Pero al mismo tiempo tengo en la sangre una impaciencia que me duele, un deseo de quemarlo todo y de devorarlo todo, es mi amor por ti. Adiós, victoria chiquita. Estate a mi lado con el pensamiento y ven, ven deprisa. Te beso con toda mi pasión.
Puedes escribir, como habíamos quedado, a la atención de la señora Parain, en Verdelot, Seine-et-Marne.
Michel[10]
7 — ALBERT CAMUS A MARÍA CASARES
Martes, 4 de la tarde [4 de julio de 1944]
Niña mía:
Te escribo en pleno jardín, me rodea el grupito de los Gallimard, que lee, duerme o se tuesta al sol. Vamos todos con pantalón corto y camisa fina, hace un calor tremendo y las rosas se encogen al sol.
Te escribieron ayer, supongo que han debido de contarte su viaje y lo esencial de nuestro acomodo aquí; llevamos una vidita tranquila, tan tranquila que a mí, que vengo del ruido y la furia, me cuesta recobrar el equilibrio. Todo el día de ayer me lo pasé tumbado y desdichado, incapaz de un gesto o de una palabra amables. Entonces me puse a trabajar mucho y mal, y me negué a salir. Me acordaba de ti. Únicamente en una ocasión, a las seis de la tarde, di unos pasos yo solo por el jardín (ellos habían ido a bañarse). Hacía bueno, con un poquito de viento, el reloj de la iglesia dio seis campanadas. Es una hora que siempre me ha gustado y ayer me gustó contigo.
Acaban de traerme tu carta, no tengo palabras para agradecértela. Y, además, por fin tengo una esperanza cierta de verte llegar. Supongo que vas a descartar el Palais-Royal. La guerra acabará en septiembre, no se puede hacer nada serio de aquí a entonces. Déjalo todo y ven. Me preocupa tu cansancio también. Aquí al menos descansarás. Es importante cuando la gente se ama que pueda hacerlo con el cuerpo descansado y feliz.
¡Pues mira, está muy bien que tu teatro ya no funcione! Todo volverá a empezar después. Pero por ahora ya ves que todo se prepara para que tengamos tiempo de querernos. Yo también me pasé todo el día de ayer paseando esa angustia de la que hablas. No soñé contigo, no estabas en China, pero solo notaba esta privación, esta sombra, como un manantial perdido [de golpe]. Me notaba reseco y estéril, incapaz de un arrebato o de un amor. Pero, de hecho, lo que estaba esperando era tu carta y ahora lo he recuperado todo, la presencia y el manantial, tu rostro en fin. ¡Ay, niña mía, vuelve muy pronto y que concluya todo esto! Me noto hoy con toda la fuerza necesaria para vencer lo que pueda separarnos. Pero ven a mi encuentro, dame la mano, no me dejes solo. Te espero, con confianza y feliz por hoy y te quiero con toda el alma. Adiós, Maria, beso tu rostro querido.
Michel
8 — ALBERT CAMUS A MARÍA CASARES
Jueves, 4 de la tarde [6 de julio de 1944]
Mi pequeña Maria:
Acabo de recibir tu carta del lunes-martes. Ha llegado a punto. Llevaba desfondado cuarenta y ocho horas. Me sentía solo, lejos incluso de quienes me rodeaban, algo así como un perro con el humor atravesado. Vivo retirado en mi cuarto alegando que trabajo, y por lo demás trabajo a veces como con rabia, el resto del tiempo ando arriba y abajo fumando los cigarrillos que me quedan. No, esto no va ni pizca de bien. Sin embargo, el campo es hermoso y apacigua. Pero mi corazón no tiene ya su paz, si es que alguna vez la tuvo.
Estoy lejos de todo, de mis deberes de hombre, de mi oficio; y además, privado de la que amo. Eso es lo que me deja fuera de combate. Esperaba tu llegada. Pero por lo visto es para la semana que viene. Así que… ¡Ay, niña mía, no creas que no lo entiendo! Para ti todo es más difícil y ahora ya sé que harás todo cuanto esté en tu mano. En lo que he salido ganando en los días difíciles que acabamos de pasar juntos es en mi confianza en ti. He dudado a menudo, poco seguro de este amor que podía engañarse a sí mismo. Desde entonces, no sé qué ha sucedido, pero hubo un relámpago, algo que circuló entre nosotros, una mirada quizá, ahora sigo sintiendo eso mismo, algo recio como el alma, que nos une y nos vincula. Te espero pues con amor y confianza. Pero he pasado unos meses demasiado duros, demasiado tensos para no tener los nervios gastados. Y llevo mal cosas que por lo general habría soportado con tranquilidad. Da igual, se me pasará. Estoy contento con las noticias que me das. Diles a Jean y a Marcel que me acuerdo de ellos y que les mando cariñosos recuerdos.
Me alegra saberte morena y dorada. Ponte guapa, sonríe y no te descuides. Quiero que seas feliz. Nunca has estado más guapa que aquella noche en que me dijiste que eras feliz (¿te acuerdas?, con tu amiga). Me gustas de muchas formas, pero sobre todo así, con cara de felicidad y ese resplandor de la vida que siempre me trastorna. No estoy hecho para querer en sueños, pero al menos sé reconocer la vida donde está; y creo que la reconocí aquel primer día en que, vestida de Deirdre, hablabas, por encima de mi cabeza, a no sé qué amante imposible.
No me hagas demasiado caso cuando refunfuño. Me siento desdichado por tener que esperarte una semana más. Pero no es eso lo que cuenta. Lo que cuenta… pero volvería a decirlo demasiado mal. Esperemos un poco.
Se ha nublado y llueve. No es algo que me desagrade, pero me acuerdo a menudo de esa luz de la que no puedo prescindir. Es a Provenza adonde tendremos que ir juntos, en lo que llegan los demás países que tanto nos importan.
Adiós, Maria —maravillosa— viva, me parece que podría enhebrar montones de adjetivos así. Me acuerdo de ti continuamente y te quiero con todo mi corazón. Ven pronto, no me dejes demasiado a solas con mis pensamientos. Necesito tu presencia viva y ese cuerpo que tan a menudo me enternece. Mira, te tiendo las manos; ven a mi encuentro tan pronto como sea posible.
Te beso con todas mis fuerzas.
Michel
9 — ALBERT CAMUS A MARÍA CASARES
Viernes por la noche, a las 11 [7 de julio de 1944]
Esta noche siento deseos de ir hacia ti porque me pesa el corazón y todo me parece difícil de vivir. He trabajado un poco esta mañana y nada esta tarde. Es como si se me hubiera olvidado mi energía y lo que tengo que hacer. Hay horas como estas, días, semanas, en que parece que todo se nos muere entre las manos. Tú también sabes de eso. Yo hace mucho que sé que esas horas en que me entran ganas de apartarme de todo son las más peligrosas, esas en que me apetece escapar y vivir lejos de todo cuanto podría ayudarme. Porque lo que sé es que voy hacia ti. Si estuvieras aquí todo sería más fácil. Pero esta noche tengo la seguridad de que no vas a venir. Tengo algo así como la sensación de haberlo perdido todo hace algún tiempo. Si te alejases de mí, sería la oscuridad total. Entretanto, no tengo esperanzas de volver a verte hasta dentro de mucho tiempo.
Esta noche me pregunto qué haces, dónde estás y en qué piensas. Me gustaría tener la certidumbre de tu pensamiento y de tu amor. A veces la tengo. Pero ¿de qué amor puede uno estar seguro siempre? Un gesto y todo puede desbaratarse, al menos por un momento. Bien pensado, basta con alguien que te sonría y que te guste y, durante una semana por lo menos, no hay ya amor en ese corazón que con tanto celo atesoro. ¿Qué hacer ante eso sino admitir y entender y echarle paciencia? ¿Y quién soy yo para exigirle tanto a una persona? Pero es quizá porque sé de todas las debilidades que puede tener incluso un corazón robusto por lo que siento tanta aprensión ante la ausencia y ante esta separación estúpida en que hay que alimentar un amor de carne con sombras y recuerdos.
Todos los demás se han acostado. Yo velo contigo, pero me siento un alma tan reseca como todos los desiertos. ¡Ay, niña mía! ¿Cuándo volverán el surtidor y el grito?
Me noto tan poco diestro, tan torpe, con esta especie de amor sin usar que se me queda en el pecho y me oprime sin proporcionarme alegría… Me parece que ya no valgo para nada. Debería poseerme esto que estoy escribiendo, debería estar colmado de esta novela y de estos personajes en los que he vuelto a entrar. Pero los miro desde fuera, trabajo distraído, con la inteligencia, y ni por un momento con esa pasión y esa violencia que siempre he puesto en lo que amo.
Aquí lo dejo, de golpe. Caigo en la cuenta de que es una carta de lamentaciones. Y tú y yo tenemos algo mejor que hacer que lamentarnos. Cuando uno nota el corazón seco más le vale callarse. Eres hoy el único ser al que deseo escribir cosas así. Pero eso no es un motivo. No es tampoco nada malo, por lo demás. Hasta ahora has amado lo mejor que había en mí. A lo mejor eso no es todavía amar y quizá no me quieras de verdad hasta que me quieras con mis debilidades y mis defectos. Pero ¿cuándo y dentro de cuánto tiempo? Es algo magnífico y terrible eso de tener que quererse también en el peligro, en la incertidumbre, en medio de un mundo que se derrumba y de una historia en que la vida de un hombre vale tan poco. No tendré paz mientras me priven de tu rostro. Si no vienes, me armaré de paciencia, pero me armaré de paciencia con zozobra y sequedad de corazón.
Buenas noches, negra y blanca. Haz cuanto puedas para quedarte a mi lado y olvida tantas exigencias y tanto mal humor. No me resulta fácil la vida en este momento. Tengo razones para no estar alegre. Pero si ese dios tuyo existe, sabe que daría todo cuanto soy y todo cuanto tengo para volver a tener tu mano en mi cara. No he dejado de quererte y de esperarte, incluso en medio del desierto. No me olvides.
Michel
Sábado, 9 de la mañana [8 de julio de 1944]
Releo esta mañana esta carta y no sé si mandártela. Pero, bien pensado, supongo que se me parece. No nos queda más remedio que ser lo que somos. Esta mañana no estoy ni mejor ni peor. Salimos ahora mismo para un paseo de todo el día y tengo que decidirme a mandarte ahora mismo esta carta si quiero que la recibas el lunes.
El día está oscuro, el cielo está encapotado. Hasta pronto, victoria chiquita. Piensa, piensa mucho en mí y quiéreme tanto y con tanta violencia como te quiero yo.
M.
10 — ALBERT CAMUS A MARÍA CASARES
Domingo [9 de julio de 1944]
Niña mía:
Pierre [Gallimard], que te dará esta nota, vuelve el jueves a Verdelot por un medio no excesivamente cansado que él te explicará. Creo que si sigues dispuesta a venir, a mitad de semana es la mejor ocasión. Te escribo aparte, pero no tengo necesidad de decirte que te esperaré el jueves. Para el regreso, si es preciso, podrías volver a París en media jornada con la misma combinación. Hasta el jueves. Te espero y te beso.
AC
11 — ALBERT CAMUS A MARÍA CASARES
Lunes [11 de julio de 1944]
Mi pequeña Maria:
Acabo de recibir tu carta, tanto tiempo esperada. Me trae siempre alegría, puesto que viene de ti y me da la seguridad de que existes, de que hubo realmente algo entre nosotros en una época lejana en que yo me interesaba por una obra que tú interpretabas. Pero, al tiempo, esperaba el anuncio de tu llegada y todavía no estamos en eso. Cuando recibas esta carta ya habrás visto a Pierre [Gallimard], a quien he dicho que vaya a verte, pero ahora supongo que no podrás venir. ¡Da igual! Te esperaré el jueves. Es que ¡si supieras! Mi espera, mi impaciencia, mis rabietas en frío y ese tirón hacia ti. Pero en fin… No dejas de saber nada de todo eso y me conoces lo suficiente para imaginar lo que no sepas. Cada vez que retrasas un día la salida, intenta concebir lo que ese día va a ser para mí; a lo mejor eso te decide. Dicho lo cual, espero que tu madre[11] no esté gravemente enferma. Puesto que seguramente se imagina que te escribo, dile que deseo que se mejore (y de forma desinteresada). Dile también que siento afecto por ella y la respeto, cosa que en mis labios no es una mera frase. No querría por nada del mundo ser causa de roces entre vosotras. Entre unas personas que se quieren, ¿no existe acaso un lugar donde siempre pueden coincidir? Pero a lo mejor me estoy metiendo en lo que no me importa.
Ya que no vienes, dame al menos, niña mía, detalles más concretos de tu vida, de lo que haces. Piensa que la imaginación trabaja cuando hay separación. Ejemplos de preguntas que pueden interesar a un corazón enamorado: vas a Meudon. ¿A casa de quién? ¿Con quién? ¿Qué hacías el sábado a las seis en la calle de Alleray, en el distrito 15, que no es tu barrio? Etc., etc. Ya ves, Maria, pequeña, todo lo que se le puede pasar por la cabeza a un hombre ocioso, disponible, sin nada donde colgar el exceso de pasión que siente. Dales satisfacción, en este aspecto, a mis deseos. Proporcióname más detalles. Todo cuanto tenga que ver contigo me interesa (no me has mandado las críticas prometidas). Te espero, ¿lo entiendes?, me paso el día esperándote, no sé cómo gritártelo o decírtelo.
Siento que las cosas no vayan mejor con Marcel [Herrand]. Es quizá una temporada, que pasará. Marcel es un ser decepcionante, pero al que se le coge cariño. A lo mejor lo entiende y hace lo necesario para que vuelvas a sentirte a gusto con él.
Tenme al tanto.
¿Qué decirte de lo que hacemos aquí? Janine y Michel [Gallimard] te lo han debido de contar. En este momento estamos los tres solos y nos llevamos admirablemente. Yo hago la comida (me gusta). Trabajo un poco, duermo y voy a pasear. Estoy mucho mejor de salud, claro. Pero supongo que es la salud que tienen las vacas, por ejemplo, y no estoy encantado de la vida. Me he cortado el pelo muy, muy corto. Estoy espantoso, pero me he quitado cinco años de encima. Vas a aborrecerme, ya que te gusta el pelo largo.
Adiós, mi amor querido. Ojalá pudiera decir «hasta pronto». Te esperaré el jueves con todo mi corazón, pero me temo que será en vano. No te olvides de este a quien tanto has aportado y deja que te bese como me sale de dentro, con todo mi deseo y mi amor.
Michel
12 — ALBERT CAMUS A MARÍA CASARES
Miércoles [12 de julio de 1944]
Maria querida:
Sigo esperando que llegues mañana con Pierre [Gallimard]. Si, no obstante, no hubieras llegado, querría que recibieras al menos esta carta y que supieras en qué punto estoy. Te suplico que vengas y que entiendas que te necesito. Incluso dejando aparte nuestro amor, tu presencia me es necesaria en este momento. Me encuentro muy bajo desde todos los puntos de vista y es una confesión que me cuesta hacer.
Podría decirte que pienses cuánto nos arrepentiríamos si me ocurriera algo por haber dejado que se nos escapasen estos días. Es una época muy incierta, lo ignoramos todo de lo que vaya a pasar mañana. En todas estas horas que ya han pasado pensaríamos entonces con lágrimas y rabia. Pero también pasa esto otro, que estoy en una crisis y rodeado de dudas que hacía años que no tenía. Me parece natural recurrir a ti y no me avergüenzo de ello. No dejes esta llamada sin respuesta porque entonces es cuando me sentiría avergonzado.
Me noto solo y desierto, acabo de pasar dos o tres días abominables. De propina, me veo obligado a hacer aquí montones de esfuerzos para ayudar a estos dos locos a los que ambos queremos (sé que Janine te lo ha escrito todo). Con lo cual, el ambiente está aún más tenso y a mí, que estoy además pagando el precio de todos estos meses en que he tenido una vida de la que no puedes hacerte una idea exacta, todo se me vuelve más difícil. Ven, niña mía, te lo ruego, ven lo antes posible; esta impaciencia que tenía por verte se ha convertido en obsesión. Me parece que ahora no tengo ya esperanza en nada más que en un poco de felicidad verdadera y en que me sea posible tocarla. El resto desaparecerá en ese momento. Adiós, amor mío. Creo que no te voy a escribir nada más después de esto, me notaría el corazón demasiado reseco. Te beso con toda el alma.
Michel
13 — ALBERT CAMUS A MARÍA CASARES
Lunes [17 de julio de 1944]
No te he escrito desde el miércoles. No he dejado de tener el corazón en un puño. He querido hacer lo necesario para quitarme de encima esa idea fija que tenía. No ha valido de nada. Me he pasado acostado dos días leyendo más o menos y fumando, sin afeitarme y sin fuerza de voluntad; la única seña de todo esto que te he dado fue mi carta del miércoles. Creía que hoy me llegaría tu respuesta a esa carta. Me decía: «Contestará. Encontrará palabras para deshacer este nudo tan espantosamente prieto en mí». Pero no me has escrito.
No creo que vaya a mandarte esta carta. A quién se le ocurre escribir tal y como me noto el corazón. Pero no puedo por menos de decirte que desde hace más de una semana me siento dentro de una desventura repugnante por culpa tuya y porque no has venido. ¡Ay, mi pequeña Maria! De verdad creo que no lo has entendido. No has entendido que te quería profundamente, con todas mis fuerzas, toda mi inteligencia y todo mi corazón. No me has conocido antes y por eso seguramente no podías entenderlo. Me hablaste sin embargo un día de mi cinismo y algo cierto había. Pero ¿dónde ha ido a parar todo aquello? Si alguien como Janine pudiera leer lo que te escribo u oír las cosas que te dije el día en que dudabas de todo, se quedaría pasmado. Y, sin embargo, piensa que te quiero. Pero no sabe, ni tú tampoco, con qué fiebre, con qué exigencia y con qué locura. No te has dado cuenta de que, de pronto, he concentrado en un único ser una fuerza de pasión que antes desperdigaba por doquier, al azar y en todas las ocasiones.
Y el resultado ha sido algo así como un amor monstruoso que lo quiere todo, y lo imposible, y lo que te rebasa. Pues la idea que me persigue desde hace una semana y me retuerce el corazón es que no me quieres. Porque querer a una persona no es solo decirlo, y ni tan siquiera sentirlo, es hacer los movimientos que eso requiere. Y sé muy bien que el movimiento de este amor del que estoy lleno me haría cruzar dos mares y tres continentes para estar a tu lado. La mayoría de los obstáculos habían desaparecido en tu caso, poco quedaba por hacer. Pero lo que creo —y cuánto me duele creerlo— es que te ha faltado —a ti, a ti, tan ardiente y tan maravillosa— esa llama que te habría impulsado hacia mí. Y de ahí tu retraso y mi angustia, mayor cada día. Me has escrito, es cierto, pero no más de lo que escribías a los otros que están conmigo. Y también a ellos los besabas, llamándolos lo que me llamabas a mí. Así que ¿dónde está la diferencia? La diferencia habría sido venir contra viento y marea y arrimar tu cara a la mía y vivir conmigo, solo conmigo, sola tú y solo yo en este mundo, días que habrían sido la gloria y la justificación de toda mi vida. Pero no has venido. Se acerca el día en que volveré y no has venido. ¿Te das cuenta de lo que eso significa para mí, Maria, niña mía, mi amor querido? ¿Te das cuenta de que esa exigencia que le he puesto a todo, y que me hace ser lo que soy, también la he puesto en este amor que surgió tan deprisa y me llena por completo? Pensar que me quieres un poco, lo bastante para acordarte de escribirme, pero no lo bastante para olvidarlo todo, no lo bastante para decirte que una sola hora a mi lado vale más que ese día pasado en el bosque con no sé qué esnob imbécil, pensar eso me consterna. Me lleva doliendo el alma una semana, me duele mi orgullo que, ingenuamente, ponía también en ti. Se me ha ocurrido de todo, he hecho toda clase de proyectos. Desde hace dos o tres días estoy pensando en agarrar la bicicleta y volverme a París. Imagínatelo, me digo: «Salgo a las seis y a las once podré darle un beso». Solo con pensar eso siento que me tiemblan las manos. Pero, si no me quieres, ¿qué razón de ser tiene? He querido también descartarte, pero ya no puedo imaginarme la vida sin ti y creo que, por primera vez en la vida, voy a ser cobarde. Así que ya no sé qué pensar. Tontamente, también en esto me remitía a ti. «¡Me va a escribir!». En esas estaba y te juro que no me siento orgulloso de ello. Y voy paseando todo esto por aquí, entre estas tres personas que se destrozan mutuamente, que sufren de forma estúpida y a las que tengo que escuchar, proteger y consolar, cargando yo solo con todo el peso de las cuestiones materiales, siendo así que yo también querría refugiarme en el círculo doloroso de este amor y, en él, callar y sufrir en silencio.
Por si no bastara, estoy celoso y de la forma más estúpida que pueda darse. Leo tus cartas y cada nombre masculino me deja la boca seca. Porque solo sales con hombres. Cosa que seguramente es normal. Eres tú, es tu oficio, es tu vida. Pero a mí no me vale para nada un amor normal cuando yo tiendo por completo a la violencia y a los gritos. Y seguramente no es una demostración de inteligencia. Pero ¿qué me importa a mí ahora la inteligencia? Ya ves, aquí lo pongo todo, con todas las letras, azul sobre blanco, y no oculto ya nada. Pero aún no pongo suficientes gritos ni suficiente fiebre. Llevo una semana callándome, me lo guardo, me quedo despierto rumiándolo. Pero yo, que me he pasado la vida controlando mis sombras, soy ahora presa de ellas. ¡Ah, Maria, Maria querida!, ¿por qué me has dejado así y por qué no me has entendido?
Pero aquí lo dejo, más vale que lo deje, ¿verdad? Estás harta y quizá, mientras escribo estas líneas, estás pensando con fastidio que no te va a quedar más remedio que venir. Pero no merece la pena. Lo que me habría transfigurado de alegría hace unos días, tú acudiendo hacia mí con toda la fuerza del amor, ¡bah!, ya he dejado de desearlo. Y en verdad que ya no sé lo que deseo. Me embarro en esta desdicha, me siento torpe y un tanto aturdido, me duele, eso es todo, y solo eso, pero me duele muchísimo. Tanto amor, tanta exigencia, tanto orgullo por los dos no puede ser bueno, está claro. ¡Ay, Maria!, terrible Maria, olvidadiza, nadie te querrá nunca como te quiero yo. Quizá te digas esto al final de tu vida, cuando hayas podido comparar, ver y entender y pensar: «Nadie, nadie me quiso nunca así». Pero ¿de qué servirá sino [dos palabras ilegibles]? ¿Y qué va a ser de mí si no me quieres como necesito que me quieras? No necesito parecerte «entrañable» o comprensivo o cualquier otra cosa. Necesito que me quieras, y te juro que no es lo mismo. Bueno, esta carta no se acaba nunca, pero es que en mí hay también algo que no se acaba nunca. Perdóname, chiquitina mía. Ojalá todo esto no fueran sino imaginaciones; pero bien creo que no, mi corazón no se equivoca. No sé ya qué hacer ni qué decir. Claro que si estuvieras aquí… Pero me iré pronto. Esta separación era una trampa terrible para nuestro amor. Has caído en ella. Y yo nunca estuve más desvalido, más indefenso. Te beso, pero con estas lágrimas que no puedo derramar y que me asfixian.
A.
14 — ALBERT CAMUS A MARÍA CASARES
Martes, 3 de la tarde [18 de julio de 1944]
Maria querida:
Acabo de recibir tu carta. He intentado llamarte por teléfono, pero la línea París-Verdelot está cortada de momento. Así que tengo que escribirte lo antes posible lo que quería decirte.
No te he mandado nada desde la carta que me reprochas. Y sin embargo te he escrito cartas intensas que he preferido guardarme. Lo único que debes saber es que acabo de pasar una semana abominable. Pero mi opinión actual es que es inútil que nos afirmemos uno a otro nuestra mutua desgracia. No hay más que una forma de aclarar todo esto, y es cara a cara. Así que quiero que me digas (bien por escrito, bien enviándome un aviso de llamada; si ya han arreglado la línea tendré entonces prioridad para llamarte):
1) Si tienes o no tienes intención o posibilidad de venir.
2) Si es que sí, cuándo vendrías, de forma muy concreta.
Si no puedes venir, la cosa es muy sencilla, vuelvo a París en las veinticuatro horas siguientes. No le tengo apego a mi salud, ni a mi trabajo, a quien quiero es a ti. Así que sé que no puedo esperar más. Ya ves que así está todo muy claro y, por el momento, estoy muy tranquilo. En lo demás, no quiero ni disculparme ni protestar por nada. Pero si quisieras intentar, por tu parte, escuchar atentamente esa voz que, en mí, no ha dejado durante tres semanas de llamarte, sabrías que nadie te querrá nunca como te quiero yo.
Adiós, mi amor querido. Espero tu respuesta. De todas formas yo sí sé que volveré a verte pronto. Solo con pensarlo, noto que me tiemblan las manos.
Michel[12]
Mando esta carta con un amigo que va a París. Así te llegará antes.
15 — ALBERT CAMUS A MARÍA CASARES
Jueves [20 de julio de 1944]
¡Tu voz esta mañana, tu voz por fin! Y bien sabe Dios cuánto me gusta y cuánto he deseado oírla. Pero no eran las palabras que esperaba en lo hondo de mi corazón. ¡Una voz que me repetía sin parar, en todos los tonos, incluso el del convencimiento, que tenía que quedarme lejos de ti! Y yo sin una palabra, con la boca seca, con todo este amor que no podía decir.
16 — ALBERT CAMUS A MARÍA CASARES
Viernes, 5 de la tarde [21 de julio de 1944]
Hasta ahora mismo no me han entregado tu carta. Ya verás por otra parte lo que te escribía yo. Nadie en el mundo puede entenderte mejor de lo que te entiendo yo. Pero nadie en el mundo le pondrá más rebeldía a la idea de perderte o a la de renunciar a nuestra vida so pretexto de que se halla amenazada o limitada. Me he pasado la vida rechazando la resignación, la vida escogiendo lo que me parecía esencial y ateniéndome a ello obstinadamente. Si hubiera cedido al impulso que me movió a escribirte, hace mucho que habría dejado una tierra donde nada me han dado sin esfuerzo ni sin sacrificio. No es ahora, cuando estás tú ahí, cuando tengo el corazón trastornado de ternura y de pasión, cuando voy a cambiar.
Lo sé muy bien: hay palabras que me bastaría con pronunciar. Solo tengo que dar de lado esa parte de mi vida que me limita. Son palabras que no pronunciaré porque lo he prometido y porque existen compromisos que no se pueden romper, incluso aunque no intervenga el amor; porque también sería una cobardía pronunciar esas palabras en el momento en que la persona a la que esas palabras desposeerían no puede ni luchar por defender su oportunidad ni autorizarme a que las pronuncie. Por lo demás, sé que no me lo pides. No conozco alma más hondamente generosa que la tuya, pero yo tenía que mencionarlo, y ahora ya está hecho.
El problema sigue, pues, siendo el mismo. Pero con eso y con todo no creo que haya que renunciar a nada; no veo por qué el final de la guerra iba a ser el final de esto que somos. Repito una vez más que nunca he sabido de nada que no estuviera limitado y amenazado. No le doy importancia a nada que no sea la creación o el hombre, o el amor. Pero, al menos en los terrenos en que me reconozco, siempre he hecho lo necesario para agotarlo todo hasta el final. Sé también que se dice a veces: «Más vale nada que un sentimiento que no sea perfecto». Pero yo no creo en los sentimientos perfectos ni en las vidas absolutas. Dos personas que se quieren tienen que conquistar su amor, que edificar su vida y sus sentimientos, y ello no solo en contra de las circunstancias, sino también en contra de todas esas cosas que llevan dentro, que las limitan, las mutilan, las estorban o las agobian con su peso. Un amor, Maria, no se conquista luchando con el mundo, sino contra uno mismo. Y bien sabes tú, tú, cuyo corazón es tan maravilloso, que somos nuestros enemigos más terribles.
No quiero que me dejes y que te hundas en no sé qué renuncia ilusoria. Quiero que te quedes conmigo, que pasemos todavía todo este tiempo de nuestro amor y que luego intentemos reforzarlo y liberarlo por fin, pero esta vez con la lealtad de todos. Te juro que solo eso es noble, que solo eso está a la altura del sentimiento irremplazable que por ti tengo. No se me da bien compadecerme a mí mismo, pero cuando pienso en la alegría que me diste ayer y en la desdicha en que me hallo desde hace una hora…
Pero ¿qué más da? Yo he llegado a amar en este mundo la mutilación y el desgarramiento. Te juro que no renuncio y que mi voluntad es firme. Solo quería decírtelo. Harás lo que tú quieras. Pero, hagas lo que hagas, no te olvidaré. La imagen que de ti tengo no puede por menos de acompañarme por doquier. Y, pase lo que pase, tendré siempre, si te vas, el remordimiento de no haber hecho lo suficiente para que esa imagen tuviera siempre un cuerpo, porque no sé hallar la grandeza fuera de los cuerpos y del presente.
Te espero a partir de ahora mismo y te esperaré todo el tiempo en que la vida y el amor tengan sentido para ti y para mí. Pero, si aunque no sea más que una vez me has querido hasta el alma, tienes que haber entendido que la espera y la soledad no pueden ser para mí sino una desesperación.
AC
17 — ALBERT CAMUS A MARÍA CASARES
6 de la tarde [septiembre de 1944][13]
Te escribo mientras te espero, porque necesito luchar contra esta angustia que tengo por dentro, la angustia de tu retraso, pero sobre todo la angustia de mi marcha. ¿Dejarte? Y no hace ni tres meses que te tuve por primera vez entre mis brazos. Dejarte sin saber si volveré a verte —y sabiendo que tu vida es de forma tal que no puedes reunirte conmigo—; me duele tanto pensarlo que lo demás ya no existe.
¿Por qué llegas tarde? Cada minuto que pasa se resta de la pequeña cantidad de minutos que nos quedan. Cierto es que no lo sabes. Yo sí lo sé ya. En todo esto tengo un único pensamiento, mi pequeña Maria, y eres tú. Pero…
18 — ALBERT CAMUS A MARÍA CASARES[14]
Jueves [septiembre de 1944]
Son las doce de la noche. A estas horas ya no me vas a llamar. He estado esperando hasta ahora. Tres veces he descolgado el teléfono para llamarte. Pero pensar que estás cansada, que a lo mejor estás durmiendo o solo que te apetece que te dejen en paz me paraliza. He esperado una nota tuya todo el día. Pero no llega nada. Me parece que el mundo entero se ha quedado mudo. No sería peor si estuvieras muerta.
Y ahora pienso en todo el día de mañana, desierto, vacío de ti, y me falta valor. ¿Por qué escribírtelo? ¿Qué va a solucionar? Nada, claro. En realidad tienes una vida que me excluye, que me rechaza, que me niega por completo. Yo, en lo más intenso de mis actividades, te guardé tu sitio. Hoy ya no tengo mi sitio en tu vida. Eso es lo que sentí el otro día en el teatro. De eso es de lo que me entero durante todos esos días en que te quedas muda. ¡Ay, odio ese oficio y aborrezco tu arte! Si pudiera, te arrancaría de él y te llevaría muy lejos, teniéndote abrazada.
Pero, por supuesto, no puedo hacerlo. Unos cuantos meses más en ese ejercicio y me habrás olvidado del todo. Yo no puedo olvidarte. Tengo que seguir queriéndote con un corazón torturado mientras me gustaría quererte en la alegría y el arrebato. Lo dejo aquí, niña mía. Esta carta es inútil, bien lo sé. Pero si al menos me proporciona una palabra, un gesto, o tu voz por unos segundos, seré menos estúpidamente desgraciado de lo que llevo horas siendo delante de este teléfono callado. ¿Puedo besarte aún diciéndome que lo deseas?
Albert
19 — ALBERT CAMUS A MARÍA CASARES[15]
1 de la madrugada [septiembre de 1944]
He colgado hace un momento porque las lágrimas me ahogaban. No creas que te era hostil. Nunca un corazón de hombre estuvo tan lleno de ternura y de desesperación. Mire hacia donde mire, no veo sino oscuridad. Contigo o sin ti, todo está perdido. Y sin ti no cuento ya con mi fuerza. Creo que tengo ganas de morirme. No tengo fuerza suficiente para luchar contra las cosas, ni contra mí mismo, como no he dejado de hacerlo desde que soy hombre. Tengo fuerza para meterme en la cama y nada más. Meterme en la cama y ponerme de cara a la pared y esperar. Y en cuanto a seguir luchando contra mi enfermedad y ser más fuerte que mi propia vida, no sé cuándo volveré a recobrar ese poder.
Pero no te alarmes. Supongo que todo se va a arreglar. Está tu carta y todo lo demás, esa fe que siempre tengo en ti, y el tozudo deseo que tengo de verte feliz. Adiós, amor mío. No olvides al que te ha querido más que a su vida. Y no te enfades conmigo.
Albert
20 — ALBERT CAMUS A MARÍA CASARES
1 y media de la tarde [París, octubre de 1944]
Vas a llegar dentro de un rato y voy a decirte con toda la frialdad que pueda lo que aún tengo ganas de decirte. Luego, todo habrá acabado. Pero no quiero que nos separemos con una pobre mirada en la que intentemos poner en vano lo que no es posible poner en ella.
He pasado la noche preguntándome si me querías de verdad o si todo esto no era sino una ilusión que a ti misma te tenía engañada a medias. Pero a partir de ahora no me lo volveré a preguntar. Es de nosotros y de mí de lo que querría hablarte: voy a intentar hacer feliz a Francine.[16] Me hallo mermado en todos los terrenos al salir de esta historia. Físicamente, estoy más deteriorado de lo que doy a creer y anímicamente no me noto más que un corazón reseco, oprimido, privado de deseos. Así que no tengo nada que reclamar para mí y he pasado por suficientes cosas para aceptar de verdad determinada cantidad de renuncia. En medio de esa vida, mi amor te seguirá siendo fiel.
Mi deseo más verdadero y más instintivo sería que, después de mí, no te volviera a tocar ningún hombre. Sé que no es posible. Todo cuanto puedo desear es que no despilfarres eso maravilloso que eres tú, que no le hagas ese regalo sino a alguien que lo merezca de verdad. E incluso entonces, puesto que yo no puedo ocupar todo ese sitio que querría celosamente conservar, desearía que me conservases en tu corazón ese lugar privilegiado que en escasas ocasiones me pareció merecer. Es una pobre esperanza, es la única que me queda.
Yo solamente estoy desesperado. Toda la mañana con esta fiebre mía, con una angustia reseca, con la idea de que se acabó, y el invierno que llega, después de esa primavera y ese verano en los que tanto he ardido. ¡Ay, Maria querida, eres el único ser que me ha dado lágrimas! ¡Hay tantas cosas que ya no podrán saberme a nada! Las alegrías que me has dado harán que me parezcan pobres todas aquellas con las que pueda toparme.
Voy a intentar salir de París e irme lo más lejos posible. Hay gente y calles que no podría seguir viendo. Pero, suceda lo que suceda, no olvides que habrá siempre una persona en el mundo hacia la que, en todo momento, podrás volverte o acudir. Te di un día, desde lo hondo del corazón, todo cuanto poseo y todo cuanto soy. Tuyo seguirá siendo hasta que me vaya de este mundo extraño que empieza a cansarme. Mi única esperanza es que caigas en la cuenta un día lo mucho que te he querido.
Ayúdame, querida, queridísima mía. Me tiembla la mano al escribirte esto. Vela por ti, consérvate intacta. Que no se te olvide ser grande. Me fallan las fuerzas al pensar en todo este tiempo por venir en el que ya no estarás. Pero si te supiera una gran artista, semejante a lo que eres, o feliz a tu manera, sé pese a todo que, por encima de mí mismo, estaría contento. Pensaría así que no te he mermado en nada y que este amor desdichado no te ha perjudicado. Sigue siendo un falso consuelo, pero no tengo otro.
Adiós otra vez, querida mía, y que mi amor te proteja. Te beso, te beso por todos esos años sin ti, beso tu rostro querido con todo el dolor y el tremendo amor que tengo en el corazón.
A.
21 — ALBERT CAMUS A MARÍA CASARES
21 de noviembre [de 1944]
Feliz cumpleaños, niña mía.[17] Querría enviarte toda mi alegría al mismo tiempo, pero es cierto que no puedo. Me separé de ti ayer con el corazón destrozado. Había estado esperando por la tarde, toda la tarde, que me llamaras por teléfono. Por la noche entendí aún mejor hasta qué punto no eras mía ya. Tenía por dentro un nudo tremendo. No pude hablar.
Me siento culpable por decirte todo esto en medio de tu cansancio. Sé muy bien que tú no tienes la culpa, pero qué puedo hacer con este dolor que se apodera de mí cuando calibro todo lo que te separa de mí. Ya te lo he dicho, ojalá vivieras sin tregua pegada a mí, y sé cuán absurdo es.
No me hagas demasiado caso, me las apañaré. Sé feliz esta noche, no todos los días se cumplen veintidós años, ni todos los años, bien te lo puedo decir yo, que me siento tan viejo desde hace una temporada.
Ni siquiera te he dicho cuánto me gustaste en La provinciana.[18] Tenías el encanto, la pasión, el estilo.
Sí, puedes sentirte dichosa, eres una gran, una grandísima actriz. Y más allá de todo cuanto me dolía, me regocijé contigo.
Albert
1946
22 — ALBERT CAMUS A MARÍA CASARES
Martes [15 de enero de 1946][19]
Mi pequeña Maria:
Al volver de un viaje me entero por Œttly[20] de la terrible noticia[21] y no puedo por menos de escribirte toda mi pena y mi tristeza. Supongo que no me reconocerías el derecho a compartir tus momentos de felicidad, pero me parece que conservo el de compartir, incluso de lejos, tus desgracias y tus padecimientos. Demasiado bien sé cuán grandes deben de ser estos de ahora y sin posible consuelo.
Tenía por tu madre esa clase de admiración y de respetuoso afecto que se les tiene a las personas de determinada categoría: esas que precisamente están hechas para vivir. Qué injusto y qué espantoso me parece lo que ha ocurrido.
Pero ¡qué más da! Nada puede ni podrá ocupar el lugar de ese amor que había entre vosotras. Parte del respeto que te tenía yo venía de lo que sabía de ese cariño. Y me desconsuela hoy imaginar el solivianto y el desgarramiento que debes de sentir. Sí, todo mi corazón está contigo desde que me enteré y hoy más que nunca daría lo mejor que tengo por poder darte un beso con toda mi tristeza.
Albert
1948
23 — ALBERT CAMUS A MARÍA CASARES
Martes por la noche [26 de julio de 1948][22]
Llegué anoche después de dos días de viaje, agotado también porque ya no consigo dormir.[23] Ayer no pude dormir mejor y esta noche hace tanto calor, hay tantas cigarras y tantas estrellas que no tengo ya esperanzas de coger el sueño. Al menos, escribirte… Tengo la impresión de haberte mandado de camino unas notas muy tontas. Pero estaba en un estado curioso, desgraciado a cada vuelta que daban las ruedas, y sin embargo iluminado de dicha como si lo imposible hubiera ocurrido de repente. Hablando de imposibles, he caído en la cuenta esta mañana de que mes y medio y ochocientos kilómetros me separan de ti, y me ha costado muchísimo trabajo sobreponerme al desánimo. Pensaba «voy a escribirle mucho» y hace un rato estaba dando un paseo yo solo, al atardecer, por una colinita cubierta de almendros, y era una hora tan hermosa, tan dulce, un poco excesiva, me venían tantas ganas de compartir contigo esta región que me gusta que no me pareció posible conseguir escribirte de verdad con todo mi corazón y con todo mi amor. Pero sin embargo hay que intentarlo, y lo haré. Cuando esté algo más descansado veré mejor lo que deseo que hagas (quiero decir escribirme aquí o conservar tus cartas). Por el momento, lo único que tengo es el corazón oprimido por una peculiar ternura cuando me acuerdo de la temporada que acabamos de pasar, de tu expresión seria, de tu peso en mi brazo cuando íbamos andando por el campo, de tu voz, y de las tormentas. Sobre todo escríbeme, sigue siempre vuelta hacia mí. Nada sé fuera de ti, solo tú, y solo de ti soy capaz. Sigamos pegados entre nosotros como lo estábamos y pidamos a ese dios tuyo que este abrazo no acabe nunca. O más bien hagamos lo preciso para que así sea, resulta más seguro. Adiós, querida, mi pequeña Maria, adiós, noche, te beso como querría poder hacerlo.
A.
Véase el folleto Cádiz,[24] página 86, línea 10 (contando las líneas con los nombres de los personajes).
24 — ALBERT CAMUS A MARÍA CASARES
Sábado, 31 de julio [de 1948]
Llevo aquí seis días y todavía no me he hecho a tu ausencia. Tengo la impresión de haber vivido pegado a ti unas semanas vertiginosas y de haberme arrancado de ti de un tirón para ir a parar a la otra punta de Francia. Me he quedado tan desvalido que apenas si tengo la suficiente lucidez para percatarme de lo estúpido que es esto. Mi lugar no está aquí, eso es todo cuanto sé. Mi lugar está cerca de lo que amo. Todo lo demás es inane o teórico. Hace un rato, mientras paseaba, me dije también que era una estupidez vivir sin señales de vida tuyas. Si tú y yo nos queremos, tenemos que hablarnos, apoyarnos, hacer por nosotros. En eso consiste estar unidos y, hagamos lo que hagamos, estaremos unidos hasta el final. Así que escríbeme, escríbeme tan a menudo y tan extensamente como quieras. No me dejes solo, niña mía. No siempre somos fuertes, ni superiores a nuestros sentimientos, creas lo que creas. En las horas en que uno se siente el más mísero, solo la fuerza del amor puede salvar de todo. Y desde tanta distancia, aunque pueda notar cuán preñado de ti está mi corazón, no puedo imaginar el tuyo. Háblame, dime lo que haces, lo que sientes. A ver, ¿qué has hecho durante esta mortal semana? Una de las razones por las que dudaba en pedirte que me escribieras era también el deseo de no agobiarte, de no obligarte a pensar que estaba esperando y que tenías que escribirme. Pero, en resumidas cuentas, no me escribirás los días en que no te apetezca. Y, además, ¿por qué no agobiarte un poco? Así que escribe pronto, con todo tu corazón. Dame detalles de tu vida. Ayúdame a imaginarte. ¿Estás morena, tan guapa como para derretirse? ¿Cómo llevas el pelo?
Desde que he llegado, lucho para expresarme: no doy ya con las palabras. Y también noto perfectamente qué mal te escribo. Pero mi único deseo sería callarme a tu lado, como en algunas horas, o despertarme mientras tú duermes aún, quedarme mucho rato mirándote, esperando a que despiertes. ¡Eso era, amor mío, eso era la felicidad! Y es lo que aún espero.
Mientras tanto los días pasan despacio, me levanto temprano, tomo un poco el sol, trabajo toda la mañana, como, leo después de comer, trabajo por la tarde y a última hora doy un paseo con Pat, un perro viejo que he convertido en un amigo, por las colinas resecas cuajadas de caracoles blancos diminutos, con una luz maravillosa. Por la noche sigo trabajando un poco, me acuesto temprano y duermo, por fin duermo. En vista de lo cual no tengo una pinta infame. Ahora mismo, moreno y rejuvenecido, a lo mejor tendría probabilidades de gustarte. La casa es grande y está en pleno campo. (El pueblo está a dos kilómetros). Unos árboles hermosos, cipreses, olivos, un campo opresivo de tan hermoso, todo habla aquí de belleza, no paro de pensar en ti. ¿Te he dicho que era el país de Petrarca y de Laura?[25] «¡Saciado quedaré cuando aparezca!». Entretanto, me toca a mí tener hambre y sed.
Hace un rato la noche estaba llena de estrellas fugaces. Como me has vuelto supersticioso, les he colgado unos cuantos deseos que se han ido en pos de ellas. Que caigan como una lluvia sobre tu hermoso rostro, allá donde estés, a poco que alces la vista al cielo esta noche. Que te cuenten el fuego, el frío, las flechas, los terciopelos, que te cuenten el amor, para que te quedes erguida, inmóvil, petrificada hasta mi regreso, toda tú dormida, menos el corazón, y te despertaré una vez más… Adiós, niña mía, espero tu carta, te espero. Vela por ti. Vela por nosotros.
A. C.
Domaine de Palerme L’Isle-sur-Sorgue Vaucluse 25 — ALBERT CAMUS A MARÍA CASARES
Jueves, 5 de agosto [de 1948]
Gracias, niña mía. Recibí ayer ese estupendo holder.[26] Porque venía de ti, estaba de lo más conmovido. Y lo sigo estando cada vez que lo uso. Pero también estaba avergonzado. Quería de ti una cosita de nada. ¡Y tú escoges los regalos a la española! ¡Ay, cuánto me gusta tu corazón!
Tengo la esperanza de recibir pronto una carta tuya. No sé nada de ti. Ni si estás ahora en Eure, como espero, o si estás contenta. Ayer acompañé a Char a Aviñón, donde iba a coger el tren para París.[27]Y yo… Por lo menos trabajo. Es lo único que me une a ti de forma concreta. ¡He puesto patas arriba Los baños de Cádiz[28] y le he estoy añadiendo un acto! Pero no estoy seguro de estar acertado y es posible que, después de acabarlo todo, deje el texto como estaba. En cualquier caso, habré liquidado el asunto el 10 de agosto. Luego, me meteré con la otra obra.[29] ¡Ah!, he decidido volver el 10 de septiembre, en vez del 15. Me gustaría que me dieras tus señas exactas en Eure.[30] De momento, para mayor seguridad, te escribo a tu casa pensando que te mandarán las cartas. Pero con eso se pierde tiempo. Escribe, dime todo lo que haces y qué es de mi querida Natacha.
Te escribo cuatro letras porque el cartero está esperando abajo. Pero te mando todo un aprovisionamiento de gratitud, de risas, de ternura, de complicidades, de gritos, de olas, de llamas y de todo el amor que suponer puedas. Hasta pronto, niña mía, besos, besos, besos.
A.
26 — MARÍA CASARES A ALBERT CAMUS
Viernes, 6 de agosto [de 1948] (por la noche)
¡Por fin han llegado! Ay, cariño mío, ha hecho falta que sintiera la alegría, primero sorda, luego creciente y por último inmensa, de recibir tus dos cartas juntas para percatarme del estado de depresión, de vacío y casi de angustia en el que me había sumido estos últimos días.
Sí, amor mío, sin más demora, en cuanto tenga un minuto de tranquilidad, te escribo sin titubeos. Aunque quizá no debería hacerlo, pero si está mal, que «ese Dios mío» me lo perdone, porque tu silencio me ha hecho sufrir demasiado para ser capaz de pensar que eres tan desgraciado como yo y soportarlo; de sobra sé que es duro, muy duro, tratar de «imaginarse un corazón».
Sin embargo, no voy a hacer lo que me pides, no del todo, a menos que de verdad lo necesites. Si te escribiera cada vez que siento ganas de hacerlo, recibirías una carta mía todos los días por lo menos, y no añado más porque sé que no estoy sola y libre hasta por la noche, cuando me retiro a mi habitación. De no ser así, como todo lo que veo y todo lo que siento me conduce a ti, y que dedico el tiempo a lo que se me antoja, estaría escribiéndote sin parar.
Por lo tanto, tengo que moderarme; así que se me ha ocurrido lo siguiente, ya me dirás si estás de acuerdo. Como llevo haciendo desde que llegué, todos los días te escribiré una, dos, diez páginas, o dos líneas, y las guardaré. Cuando te entren unas ganas acuciantes de leerlas, me lo haces saber y yo te lo enviaré todo sin demora. ¿Te parece bien?
Sobre todo, no me digas que es una estupidez. Si me apuras, todo es una estupidez, pero como las cosas son como son y no podemos cambiarlas, vamos a tratar los dos de apañarnos lo mejor posible, para no arriesgarnos a echarlo todo a perder pidiéndole demasiado a una vida… ¿absurda?
¡Venga! ¡Fíjate en lo que progresado yo (cincuenta horas de setenta) y toma ejemplo!
Pero volviendo a tus cartas.
Me haces muy feliz existiendo, por el mero hecho de existir (cerca o lejos), pero, tengo que reconocerlo, es una felicidad algo difusa, algo abstracta, y la abstracción nunca ha saciado a ninguna mujer, o al menos a mí no. ¿Qué le voy a hacer? Necesito tu cuerpo espigado, tus brazos flexibles, tu hermoso rostro, tu mirada clara que me trastorna, tu voz, tu sonrisa, tu nariz, tus manos, todo. Por eso tu carta, al traer consigo un qué sé yo de tu presencia tangible, me sumió en una dulzura que no sabría explicarte, y más aún porque tuviste la ocurrencia de dibujarme a grandes rasgos tus días, el lugar donde vives y el estado físico y anímico en que te encuentras. No te haces idea de lo que habría dado yo estos últimos días por enterarme de un poquito y poder imaginarte un poquito, de la mañana a la noche, o bien a una hora concreta del día.
Por eso —vas a decir que estoy chocheando—, si de verdad lo que sientes por mí y por mi ausencia se parece —y así lo creo— a lo que he sentido yo, no me siento capaz de dejarte, durante todo este tiempo que aún nos separa mutuamente, en la absoluta ignorancia de todo en lo que a mí respecta, quedándome callada.
He aquí la primera parte de la correspondencia que tenía que remitirte más adelante. Creo que te aclarará de forma precisa y detallada la vida que llevo. No estoy muy segura, pues no me atrevo a releerla por miedo a que me parezca demasiado tonta o inútil y confusa, y no me decida a mandártela. Pero tampoco me considero con derecho a replantearme lo que normalmente ya debería estar en tus manos. En cualquier caso, esta es, a grandes rasgos, mi vida de asceta:
Régimen: – agua
– diez cigarrillos al día
– hora de levantarme: 8 de la mañana
– hora de acostarme: 12 de la noche.
Ocupaciones por orden de importancia:
1) atender a mi padre todo el día.[31]
2) leer he terminado Guerra y paz (¡menudo libro!)
Las Pléyades (admirable) (en su justa medida)
Los demonios (una jerigonza curiosa, puede que genial, pero que no me ha enganchado).[32]
3) atender a Quat’sous[33] por la mañana y por la noche.
4) Pasear en «bici».
Mañana, a las 10.
Tarde, a las 6.
5) dormir.
6) comer.
Hoy, sin embargo, he hecho una excepción. He fumado doce cigarrillos y desde las doce del mediodía hasta las ocho de la tarde me he quedado en Pressagny-l’Orgueilleux,[34] con Michel y Janine [Gallimard]. Allí es donde he encontrado tus dos cartas mezcladas con otras, en un fajo que Ángeles[35] le había dado a Janine para que me las entregara y que llevaban ahí pudriéndose desde del miércoles. A partir de ahí, el día me ha parecido maravilloso; y a ellos, nunca los había querido tanto.
Estuvimos hablando de ti largo y tendido, de la famosa boquilla, y a cuento de ella Michel me ha encargado que te diga que eres… ¿«un lerdo»? (no recuerdo la palabra exacta), etc., etc. Y luego, después de un paseo hasta casa de Claude y Simone, hemos vuelto y hemos jugado al «dominó-crucigrama»,[36] lo cual, obviamente, provocó que el leve dolor de cabeza de Janine derivase en una tremenda jaqueca, y a mí me entrase un leve dolor de cabeza.
Mi padre no mejora. Todas las noches llega a los 38º y si le sigue subiendo la temperatura tendrá que guardar cama. Aunque está hasta la coronilla de todo esto, procura que se le note lo menos posible y mantiene, o parece mantener, el ánimo sereno. Yo hago otro tanto.
Hago otro tanto pero, de vez en cuando, cuando estoy sola, me puede la preocupación y noto que me hundo un poco. En parte por eso prefiero abstenerme de releer las páginas que te envío junto a estas. Seguramente, dejarán entrever mis momentos de desaliento y por nada del mundo querría yo que te preocupases. Como me imagino que estaré junto a ti cuando las leas, no he omitido nada —ni siquiera las nimiedades— y lo mezclo todo, incluso cuento a medias algunas cosas, pues siempre doy por hecho que estaré presente para ayudarte a aclararlas.
Así pues, lee de corrido y, en lo que llegan mis ampliaciones «verbales», entretente corrigiendo las faltas de ortografía [sic][37] y gramaticales.
Te quiero.
Bueno, cariño mío, aquí lo dejo. Es tarde y además… el sobre va a pesar demasiado.
No puedo despedirme de ti. Suena a separación y no quiero que la haya nunca.
Aquí estoy, muy cerca, en todo momento, volcada en ti y rezándole a «ese Dios mío» por nuestro amor, y deseando nuestro amor más que nada. Solo te pido una cosa, y es que mires como yo te miro y que eso no termine nunca más.
Te quiero y te beso con todas mis fuerzas.
Maria
Cuando pienso en ti moreno, me dan vahídos.
Aquí hace mal tiempo; yo todavía estoy color café con leche, más leche que café, y me peino con moños o con una trenza a la espalda, como los chinos. Me visto lo menos posible.
Y, sobre todo, no existo,
aspiro a existir, tan solo soy una promesa.
27 — ALBERT CAMUS A MARÍA CASARES
Martes, 10 de agosto [de 1948]
Niña mía:
Como no sabía nada de ti acabo de llamar a Janine [Gallimard], que me dice que has estado esperando mis cartas hasta ahora. Siento mucho haber dejado que creyeras que no te escribía. Pero como no estaba seguro de las señas de Giverny, preferí escribirte a tu casa, con la seguridad de que te las reenviarían. Y, naturalmente, ha sido un contratiempo estúpido. Espero que no hayas dudado de mí durante esta temporada y que mis cartas, aunque sean una bobada, te hayan dicho hasta qué punto he vivido unido a ti durante todos estos días. Ahora me escribirás, ¿verdad? Hazlo a menudo si puedes. Todo un largo mes aún… Dime lo que haces, lo que piensas, necesito tu transparencia. ¿Estás a gusto en Giverny, está bien tu padre, cómodamente instalado? ¿Cómo pasas los días? Yo voy a bañarme todas las tardes a un canal grande a dos kilómetros de aquí. La corriente es tan fuerte que no se puede remontar. De modo que se va canal abajo a toda velocidad. Se toca tierra quinientos metros más abajo. Se sube por el camino de sirga. Otra vez al agua y vuelta a empezar. El resto del tiempo trabajo. Acabo hoy los retoques de Los baños. Te has convertido en la hija del juez.[38] Espero que tu padre me lo perdone. Pero no temas, las modificaciones no son nada del otro mundo. Tendrás que aprenderte algo más de texto. Por cierto, Combat te ha hecho decir en una entrevista que Los bailes (sic) de Cádiz era una adaptación de mi novela.[39] ¡Por lo demás toda la entrevista era ridícula!
A partir de mañana me pongo con la otra obra. Es la única forma que tengo de concebir este mes tan largo. No me habré separado de ti del todo y cuando nos volvamos a reunir solo tendré que amplificar un poco el impulso que me habrá llevado hasta ti. Mientras tanto, vivo hasta cierto punto como si fuera sordo y miope, porque no tengo ojos más que para la admirable comarca que tengo ante mí. Esta habitación en la parte más alta de la casa es una bendición. Puedo esperarte en ella.
Por el momento lo que más espero son tus cartas. Hace más de dos semanas que no recibo nada tuyo. Intento imaginarte, recomponerte a distancia. Pero es agotador. Y puesto que te quiero en esta tierra, es en esta tierra donde te necesito, no en la imaginación. Que pase pronto este mes, que volvamos a apoyarnos mutuamente, seguros de nosotros hasta el final, eso es lo que deseo y ansío. Cuando pienso en mi regreso, hay algo en mí que se estremece… Escribe pronto, amor mío, vuelve pronto y piensa en mí, piensa con fuerza en nosotros como hago yo. No olvides tu «victoria». (Es la mía en principio, pero ¡cuánto querría que fuera la tuya!). Quiéreme.
A.
28 — ALBERT CAMUS A MARÍA CASARES
Jueves, 12 de agosto [de 1948]
¡Ay, niña mía, qué alegría ayer! Recibí tu carta al volver por la noche, había ido a pasar el día a la montaña de Vaucluse, en una meseta salvaje, crujiente de calor, de cigarras y de matorrales resecos. Cuando volvía, me decía que a lo mejor tu carta me estaba esperando (el cartero pasa a mediodía). Encontré un fajo de cartas de trabajo y al hojearlo deprisa no vi la tuya. En ese momento, noté que este largo día de caminata me había cansado mucho y que también yo me secaba, como quien dice. Y luego, tras subir a mi despacho, descubrí lo que esperaba. Haces la letra un poco más pequeña. Esperaba los trazos desmelenados de antes.
Y me encuentro con una escritura bien trazada, prieta, que va de una punta a otra del sobre con un airecillo resuelto. El corazón me dio un brinco. A solas en este despacho silencioso, con todos los ruidos de la noche que entraban por la ventana, he devorado estas páginas. A veces se me paraba el corazón, otras corría con el tuyo, latiendo con la misma sangre, el mismo calor, la misma honda alegría. Naturalmente quería escribirte en el acto para pedirte algunas explicaciones referidas a los pasajes que me lo bloqueaban todo. Pero esta mañana me doy cuenta de que no debo hacerlo por carta. Cuando estemos reunidos, volveré a leer estas páginas delante de ti y te pediré una explicación literal, palabra por palabra, como en el liceo. Lo que queda esta mañana de toda esta noche, en que he dormido muy mal, dando vueltas por dentro a tus frases, es una honda alegría liberada, agradecida. Amor mío… Pero quiero contestar sin demora al menos a una cosa que depende de mí. Me cuentas tu alegría por que te haya hablado de esa parte de mi vida que te parecía prohibida. Niña mía, no hay en mí ni paredes ni jardines secretos para ti. Tienes la llave de todas las puertas. Si no te había hablado de ello antes es por dos razones. La primera es que esa parte de mi vida es una carga y no quería quejarme. Las apariencias son tales que hay algo de indecencia en hablar de mí en este asunto. Esta noche he entendido que podía decirlo todo delante de ti y a partir de ahora me siento más libre. La otra razón tiene que ver contigo.
Me imaginaba que podía resultarte doloroso y que preferías que tachásemos ese tema de nuestras conversaciones. Ese temor a apenarte o a molestarte no ha desaparecido aún. Solo tú puedes librarme de él.
Te hablaré de ello más extensamente cuando volvamos a vernos y, si lo consigo, con menos exaltación que la otra noche. Ojalá ningún aspecto mío te resulte nunca oscuro, ojalá me conocieras por completo, con claridad y confianza y que supieras así hasta qué punto puedes apoyarte en mí, contar con todo cuanto soy. Tanto tiempo como quieras y haya lo que haya entre nosotros, no estarás sola. Lo mejor de mi corazón te acompañará siempre.
Me preocupa lo que me dices de tu padre, me preocupa también tu preocupación. ¿No habrá que achacar ese empeoramiento a la adaptación al clima nuevo? Esa esperanza tengo. Dime, en cualquier caso, si hay una mejoría. No dejes de hacerlo. Amo lo que tú amas y me preocupo de verdad.
Qué furioso estoy conmigo mismo por haber organizado tan mal las cosas y haberte tenido todos estos días sin noticias. Sé lo que es eso y, por la alegría de que estoy lleno desde anoche, me doy cuenta de lo hundido que estaba hasta ahora y rabio por haberte tenido en ese mismo estado por torpeza, siendo así que había hecho de todo para que notases cómo te acompañaba mi pensamiento. Pues querría y quiero ayudarte como me pides, aunque muchas cosas (evadirte de la rueda de la vida mundana) dependan de ti también. Y no dejarte sola durante estas cuantas semanas era mi principal preocupación. Que no se te olvide, en cualquier caso, pedirle a Angèle que te remita la correspondencia. Debe de haber otra carta enviada a la calle de Vaugirard[40] (esa en que te agradecía tu espléndido regalo. Mi rápida repuesta a Michel al respecto era una forma de acusar recibo, ya que yo te escribía por otro lado)
Esta carta se va alargando. Responderé a otros puntos de la tuya. De momento acepto tu sistema. Escribiré para pedirte que me mandes la continuación. Adelante con las cincuenta horas de cada setenta. Pero no dejes de decirte que esta necesidad que tengo de ti no soporta términos medios. Yo también pienso en ti hecha carne, trepidante. Tu apariencia de fragata, las jarcias negras de tu pelo… ya ves, suelto amarras. Pero me deshago al escribirte esto, me anega un mar de dulzura. Mi pequeña Maria, niña mía, es cierto que las palabras recuperan su sentido y también la propia vida. Ojalá tuviera tus manos en los hombros…
Hasta pronto, niña mía, hasta pronto. Llega septiembre, es la primavera de París, somos los reyes de esta ciudad, los reyes secretos y dichosos, arrebatados, si tú sigues queriéndolo. Adiós, reina negra, te beso con todo mi corazón.
A.
Incluyo tomillo, que cogí en la montaña ayer para mandártelo. Es el aroma del aire que respiro a diario.
29 — ALBERT CAMUS A MARÍA CASARES
Sábado 14 [de agosto de 1948]
Sopla el mistral. Lo limpia todo, el cielo y el campo. Retuerce los árboles y las viñas. Acabo de salir y apenas si podía respirar. Me encanta este viento, pero he vuelto a mi cuarto para descansar un poco a tu lado. Niña mía, desde tu carta tengo una dulzura que me acompaña. A lo mejor estoy equivocado, a lo mejor te sientes fría y lejana en este momento, pero a través de tu carta me parecías tan cercana y tan tierna que no puedo ya salir de la sorpresa y de la felicidad que encontré en ella. Durante estos largos días sin ti, inconscientemente te imaginaba también a distancia en cuanto al corazón y paseaba conmigo algo así como un dolor sordo. Por eso querría que al recibir esta carta me vuelvas a escribir. Si estoy echando bien la cuenta, será más de una semana entre tus dos envíos. Si piensas en lo que representa esa semana de silencio, quizá te parezca que me he merecido de sobra que me vuelvas a mandar todo cuanto escribiste.
Aquí la vida pasa muy despacio y los días se parecen. He empezado con mi nueva obra (La soga,[41] ¿no es un hermoso título?). He puesto las fotos de mis personajes en la pared. He vuelto a leer sus vidas. ¡Qué prodigiosas son! Sería necesaria un alma muy noble para no traicionarlas. Y, cuando pienso en la magnífica y «auténtica» obra que podría salir de ellas, me entra una especie de angustia y me parece que no lo voy a conseguir. Y, sin embargo, podría hacer con este argumento una de mis mejores cosas. ¡Tener talento! Y qué fácil resultaría entonces.
Vuelvo a leer tus páginas y, cuando no tengo nada que hacer, ni ganas de hacer nada, miro la montaña de Luberon fumando interminables cigarrillos, porque soy menos sensato que tú. También me he pasado al agua. Y me voy a la cama relativamente temprano, porque más o menos he recuperado el sueño. Pero desde que tengo una boquilla con filtro para millonario americano me da la impresión de que eso me autoriza a fumar más ya que me perjudica menos. Así que fumo mirando la montaña al caer la noche. Pienso en ti. Y todo eso va creciendo en mí como una marea. Te quiero desde lo más hondo. Te espero con decisión y certidumbre, seguro de que podemos ser felices, decidido a ayudarte con todas mis fuerzas y a darte confianza en ti misma. A poco, a muy poco, que me ayudes, con eso bastará para que tenga con qué mover las montañas.
Redobla la fuerza del viento. Lo que se oye es como el correr de un río enorme por el cielo. ¡Ay, si estuvieras aquí iríamos a pasear juntos!
(Cae la noche). Tú no me ves más que en las ciudades, y yo no soy un hombre de cabarés ni de lujos. Me gustan las casas de labor retiradas, las habitaciones desnudas, la vida secreta, el trabajo de verdad. Sería un hombre mejor si viviera así, pero no puedo vivir así sin ayuda. Así que hay que resignarse y tienes que quererme con mis imperfecciones y seguiremos reinando en París. Pero es del todo imprescindible que vayamos a pasar ocho días en plena montaña, con nieve y en el sitio más silvestre que darse pueda. Allí te tendré pegada a mí, amor mío… Imagino noches de tormenta. ¡Que ese tiempo venga pronto! Te beso ya con toda la fuerza de este viento que no cesa.
A.
Domingo 15
Feliz día de tu santo, Maria. Hoy el tiempo es espléndido. Hay un cielo de Asunción, efectivamente. Puedes ascender a él, rodeada de los ángeles morenos del amor, en la mañana gloriosa. Y yo te diré, salve, victoriosa…
30 — MARÍA CASARES A ALBERT CAMUS
[Del 12 al 18 de agosto de 1948]
¡Esto es lo que me obligan a hacer en vacaciones![42]
¡Dios mío, lo que me hubiese gustado que estuvieses a mi lado para aconsejarme! Resulta que ayer por la mañana recibí una carta del secretario de Picasso, Mariano Miguel,[43] en la que me rogaba que pariese un articulito, un llamamiento a los simpatizantes de la España republicana para prestar ayuda a los refugiados. Todo ello en nombre del Comité de ayuda à los refugiados españolas [sic], al cual pertenezco, con vistas a publicarlo en su Boletín.
Ya sabes cuánto me disgustan y me asquean este tipo de ejercicios, porque no se me dan bien. Así que, desconsolada, acudí corriendo a mi padre para pedirle que me ayudara en lugar de escribirlo yo misma. Como todas mis súplicas fueron en vano, me puse manos a la obra personalmente, después de haber leído una y otra vez los tres artículos que ya se habían publicado sobre el mismo tema y que firmaban Picasso, la viuda de Companys y el escritor Corpus Barga.
Yo no sé perorar, no sé hablar, y aún menos escribir. Por otra parte, carezco de paciencia para semejante tarea. De un tirón, apelando únicamente a mi corazón, he soltado «esto» en un papel y me he abalanzado de nuevo a la habitación de mi padre, que accedió al menos a soplarme las palabras que me faltaban y que yo me había inventado descaradamente, limitándome a cambiar las terminaciones de las equivalencias francesas que sí conozco. No sé lo que opina del conjunto, pero espero que no me haya dejado hacer pública una completa idiotez. Como no podía demorarme más en enviar esta obra maestra, me ha resultado imposible esperar a saber qué te parecía a ti y a que la corrigieras, pero aun así me gustaría que me dijeras si no es demasiado boba.
Te supondrá una tarea extra de traducción, pero creo que te resultará entretenido.
Definitivamente, el sosiego, la soledad y las buenas vacaciones se me han puesto en contra.
Aunque Gérard Philippe[44] y su pandilla se han marchado, la señora Nancy Cunnard [sic],[45] una inglesa vieja y arrugada, larga como un día sin pan, tan flaca que dan ganas de llorar, maquillada en contra del sentido común y vestida de «hoja seca» con una cortina que ha desenterrado en alguna tienda antigüedades, que en los días en que arrecian el viento y la lluvia se pone una pamela inmensa de paja fina, que lleva los brazos cubiertos de pulseras y pertenece a no sé qué organismo de prensa, poeta a ratos, amiga de Marcel Herrand, «ferviente camarada de nosotros, los españoles republicanos», vuelve a estar aquí y ha caído sobre mí como una auténtica ave de presa.
Muy dulce y amable, pero con firmeza, la he mandado a paseo, pero como no pareció haberse enterado muy bien, la señora Baudy[46] le explicó un día de mi parte que yo había venido aquí a disfrutar de unas vacaciones reparadoras y solitarias. Esta vez, quedaba claro. Así que dejó de insistir pero, como además de todo lo que he enumerado antes, es una «gran admiradora de mi talento», ahora me manda a todos los reporteros que pasan por su habitación y, para no resultar grosera perdida, no me queda más remedio que actuar de modelo para todos ellos, que me acribillan a «fotos» desde todos los ángulos.
Por otra parte, para ponerme de buen humor, hace mal tiempo, muy malo, malísimo, y aunque todas las noches me empeño en hacerme ilusiones sobre el día siguiente, al día siguiente hace aún peor, si cabe.
¡Ay, se me olvidaba! Paul Raffi[47] se ha enterado de mis señas, y tirando de ese hilo ha dado con mi número de teléfono. Así que… imagínate; pero bueno, no hay mal que por bien no venga porque hago frente a todos estos contratiempos con una calma, una paciencia y una dulzura risueña y ¡auténtica! de la que nunca, nunca jamás, me habría creído capaz.
Mi padre está mejor. Tiene menos fiebre pero más dificultad para respirar, y debo decir que el tiempo que hace no ayuda.
Yo estoy exultante. Ahora tengo noticias tuyas regularmente y cada carta que recibo me derrite en un mundo de felicidad que dura varios días.
Mi vida sigue siendo la misma y, sin embargo, mucho más ajetreada desde que los «malentendidos postales» han terminado y vuelvo a tenerte tan cerca de mí. Hablo contigo, leo una y otra vez tus cartas, trazo planes extraordinarios y ya tengo programado en mi cabecita el invierno que viene, que va a ser bueno, muy bueno, puedo asegurártelo, porque ya lo he vivido y vuelto a vivir no sé cuántas veces. Además, en mis planes estás contento y me sonríes, ¡así que…!
Ya veo que los «Bailes» de Cádiz han pasado unas cuantas pruebas. Primero me dices que has añadido un acto, cosa que, confieso, me ha asustado un poco. Luego me cuentas que las modificaciones no son muy importantes y que me he convertido en la hija de un juez (¿soy digna de él o, más bien, es él digno de mí?). Reconozco que me he perdido y que ya no sé qué pensar ahora que quiero empezar ya y ponerme en serio con «Victoria», para estar un poco más preparada el primer día de ensayo y, por consiguiente, un poco menos conmovida.
En fin, hagas lo que hagas, sé que estará bien porque desde que te conozco siento en lo más hondo que nunca dirías algo que estuviera en desacuerdo con lo que eres. Y resulta que lo que eres es lo que yo habría soñado ser de haber nacido hombre.
Después de algo así, ¿cómo no voy a quererte? Y después de haberlo entendido, después de haber recibido esa honda revelación, ¿cómo no hacerlo hasta el final?
Amor mío, lo he meditado mucho y he llegado a la conclusión de que los acontecimientos que nos parecían adversos no tienen más finalidad que ayudarnos a comprender el verdadero sentido de la vida y, siendo así, a que estemos aún más estrechamente unidos tú y yo. Cuando te conocí era demasiado joven para percatarme realmente de todo lo que «nosotros» representábamos y quizá fuera necesario que me diera de bruces con la vida para volver, con una sed insaciable, a ti, que me das sentido.
Ahora, ya soy enteramente tuya. Estréchame contra ti y no me dejes nunca más. Sabré comprender tus tentaciones, si es que las tienes, y también sabré hacerte partícipe de las mías para poder extraer de ti la fuerza necesaria para vencerlas. Cuando lo pienso, cuando trato de imaginar nuestro porvenir, casi me ahoga tanta felicidad y me encoge el corazón un miedo tremendo, pues no logro creer que en este mundo pueda darse tanta felicidad.
13 de agosto [de 1948]
¿Por qué se me habrá ocurrido la idea peregrina de releerme? Nunca lo hago, sobre todo cuando te escribo a ti, y hoy, sin saber por qué, me he sorprendido haciéndolo.
Obviamente, el resultado no se ha hecho esperar y si no lo he roto todo sobre la marcha ha sido por no faltar a mi palabra de enviarte todo lo que hubiera escrito, el día que me lo pidas.
Así que he dejado las cosas tal cual, pero me he prometido a mí misma, en primer lugar, que no volverá a repetirse, y en segundo, que solo te contaré hechos concretos, evitando hacer cualquier tipo de comentario o expresar cualquier sentimiento personal, en especial los que me inspiras tú. Estate tranquilo: creo que si mantengo la primera promesa como me gustaría, la segunda no tendrá razón de ser y, por consiguiente, no tendré que cumplirla.
¡Ay, amor mío, me gustaría ser virgen de cuerpo y alma para ti! ¡Me gustaría saber un idioma nunca antes utilizado para hablar contigo!
¡Me gustaría poder expresarte con palabras el nuevo significado que me has hecho descubrir en ellas! ¡Me gustaría, sobre todo, volcar toda mi alma en los ojos y mirarte indefinidamente, hasta el día que me muera!
13 [de agosto] por la noche
Me dices que vas a volver antes. Que volverías el día 10. Tiene gracia porque yo, por mi parte, pensando en los cinco días que tendría que pasar en París sin ti, había retrasado mi vuelta cinco días y pensaba regresar el día 15. Hagas lo que hagas, tenme siempre al tanto para que pueda ajustar mi vida a la tuya. Como ahora yo tengo más libertad de acción que tú, me resultará más fácil hacerlo y será siempre una alegría.
Eso sí, cuando estemos ya en París, antes de que nuestros trabajos respectivos o compartidos nos arrastren a los dos, me gustaría que preparásemos u organizáramos nuestra vida para el año que viene.
En el aspecto práctico, he pensado que podríamos establecer un bonito «apeadero» en el hotel de Chevreuse. En cuanto llegue a París, me pasaré por allí para hablar con la dueña y alquilar la habitación con baño más linda que encuentre. La más linda y la más independiente. Como no me fío de la lindura y de la intimidad que pueda ofrecernos este aposentito, me he recreado imaginando que a lo mejor nos dejaban ponerlo y amueblarlo a nuestro gusto, con cosas que yo traería de fuera. Si este plan fuera viable, solo me gustaría saber si te parece bien la idea y si serías capaz de dejarme total libertad para hacerlo yo sola (no temas, te pediré consejo siempre y lo seguiré), porque me lo pasaría muy bien.
De hecho, este invierno me voy a sumergir en el mundo de la decoración, puesto que también voy a amueblar el piso de la calle de Vaugirard.
14 de agosto [de 1948]
Esta mañana he recibido tu carta larga del día 12, en respuesta a la mía —o a las mías, ya no sé cómo decirlo—… Derretida… Derretida; ¡me he derretido, simple y literalmente! Y cuando yo me derrito, me quedo en un estado de beatitud próximo a la chochez, tanto que mi padre, viéndome la expresión que tenía, ha debido gritarme, con cariño pero con firmeza: «¡Ay! ¡qué cara de tonta tienes hoy!».[48] Por lo demás, no puedo hablarte del torrente de ternura, de amor, de calidez, de felicidad y de deseo que tu carta ha despertado en mí, porque las palabras no sirven para decirlo. Así que me callo… y me lo guardo.
El resto del día ha sido tristón, al margen de nosotros.
Desde que llegamos, o mejor dicho, desde el segundo día después de llegar, hemos tenido un tiempo de Apocalipsis (¿Biblia? Tempestades. Viento, lluvia, frío y, para variar, lluvia, viento y frío, o frío, viento y lluvia). Hoy, el cielo, que por la mañana estaba gris oscuro-apagado, se ha ido abriendo poco a poco y, sobre las dos, tímidamente, el sol se ha insinuado a través de un fino velo que le sentaba de maravilla, pero que ha contribuido a chafarme el día y a provocarme una rabia reconcentrada.
Ya sabes que, para gustarte mucho, querría estar muy morena cuando volvamos a vernos. Ya sabes que, para alcanzar esa meta tan loable, hacen falta el sol y sus rayos… sin velos. Bien. Cuando llueve, renuncio a mi belleza moruna y me dedico a descansar y a cuidarme física e intelectualmente para ofrecerte a alguien ilustrado; pero cuando el tiempo mejora un poco, el arrebato de Arabia me vuelve a entrar con mayor fuerza aún y salgo a tomar el escaso destello de luz que puedo encontrar. Y de este modo echo a perder el día, porque ni me pongo morena ni descanso ni leo.
Cuando llega la noche, a muy altas horas, después de una tarde interminable, estoy rabiosa por no haber hecho nada y de mal humor.
En otro orden de cosas, después de terminar Los demonios (por cierto, me retracto de lo que dije de ellos, porque la segunda parte me ha parecido muy superior a la primera) y la Historia de los Trece[49] (Ferragus. La duquesa de Langeais. La muchacha de los ojos de oro), que he disfrutado mucho, he seguido leyendo las memorias del Cardenal de Retz. Estoy en la página 100 y permíteme que te pregunte, con absoluta candidez, a santo de qué y por qué consideras este libro una magna obra. Obviamente, estoy en la página 100, pero todo en estas memorias me produce un rechazo tal que dudo que pueda terminarlas.
El señor Cardenal de Retz me parece un «nuevo rico moral», un hombre con una inteligencia superior a la media pero con un alma de lo más mediocre, una ambición carente de interés y las veleidades de un impotente. Un fracasado.
De verdad que no acabo de ver por qué las aventuras y desventuras de este señor pueden resultarle apasionantes a nadie.
Me dirás que habla de otros personajes más atrayentes y que es emocionante conocer más a fondo a Mazarino, por ejemplo. Estoy de acuerdo, pero no a través del Cardenal de Retz. Me dirás que el estilo es muy bonito y que hay elegancia en la forma de hablar y de pensar y de actuar de esa gente, que resulta tremendamente sabrosa, sobre todo ahora. Estoy de acuerdo, pero para eso, prefiero leer Las amistades peligrosas o cualquier otro libro de la misma época, más o menos, que me aporte el mismo ambiente y el mismo aroma.
En lo que se refiere al interés político o histórico, no puedo decir nada, no consigo que me atraiga, puesto que los ardides y las conspiraciones políticas no me interesan mucho en general y menos aún los de esa época en particular y los que cuenta este señor.
En fin, a pesar de todo trataré de leer el libro hasta el final y puede que gracias a este esfuerzo acabe cambiando de parecer.
Por ahora, cariño mío, me voy a la cama. Se me ha hecho muy tarde y me estoy dejando llevar un poco.
Te quiero y te mando más besos que nunca.
Maria Victoria
15 de agosto de 1948, por la noche
¡Hoy es fiesta! ¡Fiesta por mi santo! ¡Pues menudo santo me han dado!
Me desperté a las ocho, como de costumbre, y cuando estaba sentada en la ventana leyendo, al mirar distraídamente hacia la carretera, ¿¡qué es lo que veo!?
¡Al señor Paul Raffi, en una mesa de la terraza del hotel, degustando un desayuno completo mientras acechaba algo (¿¡a mí!?) en las ventanas de la casa!
¡Imagínate lo pasmada, lo escandalizada y lo furiosa que me he sentido! Fui corriendo a la habitación de mi padre para ver si entre los dos se nos ocurría algo para librarnos de la molesta presencia de ese señor durante todo el día.
Como no se nos ocurrió nada, después de tenerlo de plantón hasta las once (tenía que vestirme, qué menos), bajé de lo más guerrera.
Efectivamente, había venido, como siempre tan modesto, tan modoso, tan tímido, tan «admirador en la sombra», tan trabado en sus gestos, sus palabras, sus pensamientos y sus complejos, tan feo y repulsivo, tan deprimido y deprimente, a pasar el día con nosotros. Seré muy cruel, pero hay veces en que de verdad no puedo soportarlo.
Después de saludarlo fríamente, le dije sin dejar lugar a ninguna duda que no me alegraba nada de verlo, que era de lo más inoportuno, como de costumbre, que me apetecía estar sola y que, por lo demás, como mi padre no se encontraba bien, de ninguna manera podía quedarse a comer con nosotros.
Como estaba dispuesto a marcharse inmediatamente, contrito, accedí, al menos, a acompañarlo a tomar el aperitivo, yo, que no bebo nunca.
Después de agotar todos nuestros «tópicos», llevé la conversación por unos derroteros que nunca habíamos tocado, ni él ni yo. Hablamos de nosotros y aproveché para explicarle que no debía esperar de mí nada más de lo que ya tenía. Peleó y protestó. Sostuvo que no había ningún motivo para que así fuera: «¿Por qué?», exclamó. Y yo estuve a punto de contestarle: «¡Porque es usted feo, aburrido, pobre de cuerpo y alma, porque no es sino una ladilla, Paul!». Pero me limité a decirle «Porque no le quiero ni le voy a querer nunca».
Se marchó, con la barbilla temblorosa y con las lágrimas asomándole a los ojos, pidiéndome que quedáramos un momento por la tarde. Me conmovió y no tuve ánimos para prohibírselo.
Lo cité a las cinco. Llegó a las cuatro y media. Como el autobús salía a las seis menos cuarto, me armé de paciencia para la hora y cuarto que iba a tener que pasar con él y me lo llevé a dar un paseo. Estuvo a la defensiva, tenso, amargado, desagradable. Intenté charlar de otra cosa, pero esta vez fue él quien sacó el tema. Quería una explicación clara y precisa.
¿Qué iba a decirle? No se daba por vencido y, al final, agotada, admití que quería a otro, que esta vez estaba profunda y auténticamente enamorada y que aspiraba a que ese amor durase toda mi vida. Entonces se desplomó sollozando en un recuadro de hierba al borde de la carretera. Sin perder la calma, me senté a su lado, dejé que pasara la crisis, le ofrecí un cigarrillo y esperé.
Había empezado a hacerme preguntas. ¿Quién? ¿Desde cuándo?, etc.
Aunque yo no quise responder a ninguna, lo adivinó enseguida, ¿a que es raro?, y a pesar de que me negué rotundamente a confirmárselo o no, siguió convencido, creo, de su idea inicial.
Por fin volvimos, para comprobar que, cómo no, había perdido el autobús. Así que tuvo que ir a pie hasta Vernon para coger allí el tren.
Se fue carretera adelante y como todo aquello me había dejado revuelta, volví al hotel a coger mi bicicleta, lo alcancé y lo acompañé hasta la entrada de Vernon. Me dejó, afectado aún, pero algo más tranquilo, diciéndome: «¡Mi pobrecita Maria! ¡Haga lo que haga usted, no podrá evitar arrastrarme consigo!».
Ya ves: ¡menudo día y menudo panorama!
16 de agosto de 1948, por la noche
Esperaba recibir hoy una carta tuya. No ha llegado y es muy natural: recibí una más el miércoles. Esperemos a mañana.
¡Qué largo se me ha hecho el día!
17 de agosto de 1948
Sigo sin noticias tuyas.
Hoy el día nos ha tratado bien. El cielo se ha dignado abrirse a ratos para regalarnos unos cuantos destellos de sol.
Como he dejado Las memorias del Cardenal de Retz para seguir leyéndolas más adelante, me he puesto (¡ay!) con Tener y no tener, de Hemingway; desde luego, me he encontrado con páginas bien escritas pero, ¡Dios mío, qué polvoriento, deslucido y tristón resulta todo, y cómo huele a habitaciones con el papel de pared colgando, sin recoger y con olor a sábanas, a sudor nocturno y a ropa sucia! No sé si algunos de esos personajes, escogidos para la ocasión, «tienen o no», pero estoy convencida de que, para que nos los creyésemos un poco más, debería, al menos, enseñarnos un poco menos «lo suyo». Sería más púdico.
Después de un baño de vapor un poco sofocante, volví a sumergirme en Balzac y estoy pasando con El cura de aldea los ratos más deliciosos del día. ¡Qué libro tan bonito!
18 de agosto [de 1948], por la mañana temprano
He tenido que levantarme y moverme un poco. Un demonio distinto a la nostalgia y la melancolía ha acudido a confirmarme nuestra prolongada separación. Pero me resultaría muy difícil hablarte de eso en una carta. Lo que puedo decirte es que me obliga a lamentar lo lejos que estás con una fuerza que todos mis razonamientos y mi corazón no logran calmar.
Más tarde
¡Por fin una carta! Una carta larga y dulce que esta mañana he querido tomar —¡con tu permiso!— por una caricia. Me froto contra ella como hace Quat’sous contra mis manos. Qué título tan hermoso es La soga, en efecto.
Un hermoso título y, estoy convencida, una hermosa obra. Es normal que tengas dudas, si carecieras de talento no las tendrías. Pero yo tengo derecho a creer en ella ciegamente y a depositar en esa obra una fe ilimitada.
Ni se te ocurra meterte prisa. El señor Hébertot esperará.[50] Por otra parte, sé que el año que viene Gérard[51] solo estará libre desde diciembre hasta febrero, de modo que, si tienes empeño en contar con él, la obra no se podrá estrenar este año; porque sería una locura hacerlo para dos meses, dado que los reestrenos pierden mucho.
De modo que madúrala olvidándote del plazo limitado y déjala que surja cuando le llegue el momento, es lo único que te pido.
Cariño mío, este manuscrito —ha dejado de ser una carta— se está volviendo interminable. Así que lo zanjo y te mando besos sin atender a razones.
Maria Victoria
31 — ALBERT CAMUS A MARÍA CASARES
19 de agosto [de 1948]
Dos líneas antes de salir para Arlés, donde voy a pasar el día. Querría, si aún no me has enviado tu carta, que me dijeras la fecha exacta de tu regreso. Tenemos que preparar ya nuestro encuentro. ¿Voy a buscarte? ¿Sales tú a mi encuentro? ¿Nos reunimos en París? Tenemos que pensarlo y quizá estas tres semanas se hagan más cortas. Porque son largas, largas. El tiempo se arrastra que da pena, no puedo más de impaciencia. Desde hace tres días el cielo está gris y llueve. Se me está quitando el moreno, estoy sin ánimos y me agoto esperándote. Al menos cuando me duermo al sol, me parece que su calor es el tuyo y que duermo en ti. Me fuerzo a trabajar, pero no hago nada que merezca la pena. ¡Que llegue ya el otoño! ¿Te acuerdas de aquel día de lluvia en Le Cours la Reine?[52] El agua te corría por la cara… ¿Has recibido ese cartel en que salgo de Humphrey Bogart? ¿Qué estás haciendo hoy, precisamente a esta hora (las once)? ¿Piensas en mí? ¿No estás cansada de esperar? Sobre todo, manda tu carta, ya no puedo más. Besos, amor mío. ¡Sé feliz, sobre todo, y sé guapa!
A.
«vivo en lo hondo de él, como un pecio dichoso…».[53]
32 — ALBERT CAMUS A MARÍA CASARES
Sábado 21 [de agosto de 1948]
Tu carta por fin, niña mía, y una carta que me arrebata de alegría. Entre la primera y esta los días han ido a rastras, yo iba a trancas y barrancas, en parte perdía pie. Ayer di un paseo largo en coche por los Alpilles. Al caer la tarde la belleza de esta comarca es desgarradora. Me había pasado el día entero buscándote en ella, un poco a tientas, con la opresión de la necesidad de tu presencia. La tierra que amo estaba aquí y la persona a la que amo estaba lejos. A medida que el día avanzaba me sentía cada vez más perdido y cuando la noche empezó a rodar cuesta abajo por las laderas de olivos y de cipreses, estaba espantosamente triste. Regresé con esa tristeza y prefiero no decirte los pensamientos que me pasaban por la cabeza. Esta mañana tu carta me ha sacado de ese feo pozo. Me quedo maravillado cada vez que me dices tu amor. Me estremezco al mismo tiempo que todo se desploma. Pero sin embargo encuentro en todo cuanto me dices un acento que me persuade. Si, es cierto que regresamos, yo a ti y tú a mí, más auténticos y más hondos quizá de lo que ya éramos. Éramos demasiado jóvenes (yo también, ¿sabes?) y no somos demasiado viejos para sacarle partido a todo cuanto sabemos; es maravilloso.
Voy a intentar responder por orden a todo lo que me dices: 1) De entrada, no te preocupes por tu texto español. No te pedían nada más que eso. Es sencillo, digno y efusivo. Para tranquilizarte, te he hecho una traducción rápida al francés: ya verás que suena un poco a Combat.[54] 2) ¿Cómo demonios has dejado que te cazasen Gérard, Nanard Cucy, los periodistas y P[aul] R[affi]? 3) En lo referido a este último, su historia me ha dejado una impresión penosa. Un hombre no debería ponerse en situaciones semejantes. Pero no puedo reprochárselo. Tiene muy buenas prendas y las ha echado a perder por culpa de complejos absurdos. Su vida personal me parece un fracaso espantoso. Por eso ha hecho lo que hacen los hombres sensibles y débiles en casos así: les ha puesto a sus pasiones metas inalcanzables para no tener que volver a construir algo, corriendo el riesgo de un nuevo fracaso. Hay parte de literatura en el sentimiento que le inspiras: pensando fríamente, nunca creyó que tuviera una oportunidad de conseguirte y eso es lo que mejor alimenta su quimera. Pero, cuando un hombre de esa edad y con esa capacidad de razonar cae en la literatura, es señal infalible de que es desdichado en otros aspectos. Y, si es desdichado, en último extremo hay que compadecerlo. Al menos en lo que a mí respecta. Lo tuyo es diferente y comprendo que te impaciente. Pero no tengas demasiados remordimientos. Si las cosas son como yo creo, con lo que tú le hayas dicho: 1) no se ha enterado de nada nuevo; 2) no se va a desanimar.
Asunto liquidado.
4) Te mandaré los cambios en tu papel.[55] Los he enviado a París para que los pasen a máquina. En efecto, había añadido un acto que he mandado a tomar viento. Me he ceñido sencillamente a encajar en el resto de la obra la escena del juez, recurriendo a tu personaje. Así tienes un poco más de texto y además da una apariencia más plausible. He añadido también otras cuantas cosas que no tienen que ver con tu papel y que ya te enseñaré. Pero todo lo que hago ahora mismo me asquea. Incluso, y sobre todo, La soga (título provisional aún). Menos mal que has dado en este caso con el modo de ayudarme. Lo que me dices me anima a escribir a Hébertot para decirle que no estoy seguro de estar listo. Así tendré más tiempo y más fuerza a lo mejor para llevar el asunto al nivel en el que me gustaría verlo. Gracias, niña mía. 5) Vuelvo en coche el día 10. Estaré más o menos el 11 (salvo en caso de avería) en París. Si quieres que me reúna contigo en Giverny o en Pressagny, dímelo. Si no, quedamos en París: te llamaré por teléfono al llegar para saber dónde nos vemos. A lo mejor no te ha dado tiempo a ocuparte de los salones del Chevreuse. Pero les pediremos un refugio provisional (al escribir estas palabras me laten las sienes). Por supuesto que te dejaré poner todo lo que quieras. Cuatro paredes cerradas y tú, ese es mi reino. Decora las cuatro paredes y veré además en ellas señales tuyas.
6) Me alegro de que estés leyendo El cura de aldea. Es mi libro preferido de Balzac: su auténtica grandeza. En cuanto a Retz, lo que me dices me ha hecho pensar. Hace mucho que lo leí: me gustaban su cinismo, su inteligencia implacable. Pero, en último extremo, sé que tenía un alma bastante innoble. Tu reacción espontánea me impulsa a volver a leerlo. ¡Un fracasado! Es muy posible. ¿Hemingway? Te está bien empleado. ¿Por qué leer a esos tramposos sin talento?
He dejado para el final lo que precisamente no puedo decirte. Pero aquí las noches son calurosas y a veces me asomo a la ventana, a respirar y calmar esta sangre que palpita demasiado deprisa. Hago votos por que nos levantemos al mismo tiempo y que a través de los mil kilómetros que nos separan nuestros dos deseos nos reúnan. No hay nada más hermoso, más orgulloso y más tierno que el deseo que siento de ti… Pero, ya ves, tengo que dejarlo aquí. Es tarde y te doy las buenas noches. No sin agradecerte, desde lo hondo del corazón, la alegría que me proporcionas y el amor que me das. Pronto, pronto, salvaje mía, hermosa mía… ¡Cómo te beso!
A.
«Me dirijo a aquellos que desde el primer día de nuestro exilio nos ofrecieron una cordialidad fraterna, una cálida acogida y una ayuda eficaz y espontánea. Me dirijo a ellos una vez más para recordarles que aún no se ha acabado todo y que, si bien para algunos la guerra de España puede ser un tema manido cuando no caído en el olvido, las víctimas que ha dejado, hombres, mujeres, ancianos y niños, siguen siendo una trágica realidad. Las miserias del mundo entero son hoy en día tan grandes y numerosas, se multiplican a una velocidad tal, que al que quiere mostrar interés por todas ellas le restan capacidad para mostrar interés por una sola o incluso por algunas de ellas. Nuestro deber consiste en reforzar sin tregua nuestra voluntad de no olvidar nada y estar siempre con los ojos bien abiertos ante las grandes acciones que hemos visto y los infortunios de los que hemos sido testigos, directos o indirectos.
¡No olvidéis nada! No olvidéis que aquellos para quienes pido aquí vuestra ayuda fueron los primeros en comprometerse y proseguir con la lucha por la libertad que aún no ha concluido. No olvidéis que si hoy necesitan nuestra ayuda es porque prefirieron sufrir las miserias y las humillaciones del exilio antes que someterse al yugo de la tiranía que reina en su país. No olvidéis que la lucha continúa, aunque sea de forma pasiva, y que cada uno de esos hombres ha sacrificado, cuando menos, una vida de felicidad, paz y bienestar para no sucumbir y para no perder sus derechos de hombre libre, ante el mundo y ante sí mismo. Ayudadles pues en esa magna obra que se han trazado y a la que se han consagrado, ayudadles anímica y materialmente, ayudadles a vivir de todas las formas. No olvidéis jamás».
33 — ALBERT CAMUS A MARÍA CASARES
24 de agosto [de 1948]
Es tarde. Dejo de trabajar, acuciado por la necesidad de escribirte. Me bullen por dentro demasiadas cosas y querría poder decírtelas esta noche, contigo delante y con la noche para nosotros dos, en una larga conversación. Nunca, o muy pocas veces, te he hablado de mi trabajo. También es verdad que no le he hablado de él a nadie. Nadie sabe exactamente lo que quiero hacer. Y, sin embargo, tengo proyectos inmensos. Tan ambiciosos que a veces la cabeza me da vueltas. No puedo hablarte de eso aquí. Lo haré si me lo pides. Pero lo que sí puedo decirte es que con texto que estoy escribiendo, y el ensayo que acabaré luego, concluyo una parte de mi obra,[56] que tenía que servirme para aprender el oficio y, sobre todo, despejar el terreno para lo que vendrá después.
Desde El extranjero, que era el primero de la serie, he tardado casi diez años en llegar aquí. Según mis planes, esto requería cinco años. Pero hubo la guerra y, sobre todo, mi vida personal. Dentro de pocos meses, tendré que empezar un nuevo ciclo, más libre, menos controlado, más importante también. Si sigo al ritmo que he llevado hasta ahora, necesitaría dos vidas para hacer todo lo que tengo que hacer (no todo está previsto, no te sobresaltes, pero sí los temas, las líneas principales…). Menos mal que este nuevo arranque coincide más o menos con que vamos a reunirnos. Y nunca me he sentido tan lleno de fuerza y de vida. La solemne alegría que me colma levantaría en vilo al mundo. Me ayudas sin saberlo. Si lo supieras, me ayudarías aún más. Es también en eso en lo que preciso tu ayuda. Y lo notaba con tanta fuerza esta noche que me ha parecido que tenía que decírtelo. Seguro de ti, mezclados tú y yo, me parece que podría llevar a cabo lo que tengo en la cabeza, sin interrupciones. Sueño con la fecundidad que necesito… solo ella podría conducirme donde quiero ir. Niña mía, ¿entiendes por qué me noto un corazón ebrio esta noche y qué lugar ocupas ahora en él?
A lo mejor me equivoco al escribirte esto, porque parece una idiotez dicho así, sin cautelas. Pero es posible también que entiendas lo que quiero decir. ¡Quién podría vivir sin el propósito de una vida desmedida! A fin de cuentas, soy un escritor. Y no me queda más remedio que hablarte de esta parte de mí que ahora te pertenece como todo lo demás.
Habría valido más decírtelo con mayor detalle. Pero ya lo hablaremos. De aquí a entonces te ruego que me sigas mandando tus cartas. No puedo esperar más a ese 10 de septiembre. Me asfixio, con la boca abierta, como un pez fuera del agua. Estoy esperando que llegue la ola, el olor a noche y a sal de tu pelo. Si por lo menos puedo leerte, imaginarte… ¿Me quieres todavía, me sigues esperando? Aún faltan quince días. ¿Qué cara volverás hacia mí? Yo creo que me reiré sin poder parar de tan rebosante como estaré.
Escribe, escribe, te espero, te quiero, besos.
A.
25 [de agosto de 1948]
Releo esta carta esta mañana. Son pensamientos de por las noches, siempre excesivos. Si te los mando es para cumplir nuestra promesa. Pero con el pensamiento de la mañana, más claro y más modesto, veo perfectamente lo que quiere esto decir. Quiere decir que he recobrado contigo un manantial de vida que había perdido. Es posible necesitar a una persona para ser uno mismo. Es lo que suele suceder por lo general. Yo te necesito a ti para ser más que yo mismo. Eso es lo que he querido decirte esta noche, con la torpeza del amor. Perdona la letra, he perdido la estilográfica y escribo con una pluma mala.
34 — ALBERT CAMUS A MARÍA CASARES
Jueves 26 [de agosto de 1948]
Unas letras, niña mía, dos líneas para sorprenderte, ya que no estarás esperando nada después de la carta de ayer, para recordarte que existo, que te quiero y que te espero. Según se va acercando el 10 de septiembre (¡alerta!, ¡alerta!) cada vez me da más miedo que algo cambie, que se te ocurra una locura y que tenga que esperar aún más.
He puesto todas mis energías en la espera de esa fecha. No me queda ya para seguir esperando más tiempo. ¿Estás bien, estás guapa? ¿Piensas en mí? La soga avanza. Pero he escrito a Hébertot para conseguir más tiempo. ¡Tiempo, solo necesito tiempo, y solo tengo una vida! He encontrado la frase de Stendhal que se aplica a ti [:] «¡Pero mi alma es un fuego que padece si no arde!». ¡Arde pues! Yo me quemaré.
Escribe, no dejes de decirme lo que vas a hacer, dónde nos encontramos, etc. Por primera vez pienso en París enternecido y ferviente. ¡Ah, soledad!
A.
35 — MARÍA CASARES A ALBERT CAMUS
20 de agosto [de 1948] (por la noche)
Ayer recibí la «foto» del periódico americano que me enviaste. Es cierto que el parecido en ese aspecto es prodigioso[57] y peligroso para mí, cuando estás ausente. ¡Si al menos echaran alguna película suya en esta sosada de pueblucho!
Por aquí, la vida sigue idéntica a sí misma. Tanto que estoy empezando a hartarme un poco de esas pequeñas costumbres que adopto en los detallitos de cada día y en los que hasta ahora no me había fijado. Creo que nada en el mundo me saca tanto de mis casillas como esos «hábitos mecánicos» que contribuyen a desp
