1
Cuando alguien toma una decisión importante, siempre duda de si se estará equivocando. Yo nunca quise volver a la «aldea» y, sin embargo, ahí estaba.
Los años habían tratado bien a esa calle larga y estrecha de las afueras del pueblo que albergaba una decena de casas humildes, pequeños hogares heredados de padres a hijos. Sus alrededores, en cambio, se habían trasformado tanto que me costó reconocer el lugar. El entorno rural se había fundido con las urbanizaciones de lujo que muchos extranjeros habían escogido para disfrutar de una vida tranquila a orillas del mar, cobijados por la montaña, que, altiva, enmarcaba sus jardines.
En esa aldea había pasado mi infancia correteando con una veintena de niños con los pies siempre empolvados, unidos por el afán de atesorar una travesura tras otra. Al cruzar de nuevo aquella calle, un pellizco de nostalgia me acompañó a lo largo del camino, junto con los recuerdos que iban aflorando como fotografías de una vieja cámara olvidada.
La alegría de obtener una plaza definitiva en el instituto del pueblo donde nací se había visto empañada por el fallido intento de encontrar un alojamiento, pues el turismo vacacional se había tragado sin piedad los alquileres a precios asequibles, así que la única alternativa que tuve fue aceptar el ofrecimiento de vivir en la casa de la Yaya.
En mi memoria, el hogar de mi bisabuela, la que sería ahora mi residencia, era una casa enorme donde nos reuníamos todos los chiquillos para merendar rebanadas de pan tostado con mantequilla y beber un líquido caliente que nos presentaban como chocolate pero que sabía a fondo de olla quemada. Sin embargo, lo que tenía delante era una casa vieja y menguada, que se mantenía en pie con dignidad, a pesar de las visibles grietas en la cal de sus paredes.
En esa calle había reído siendo una niña y llorado al marcharme, en mi adolescencia, por las decisiones que otros tomaron.
Me bajé del coche para admirar la fachada principal, adornada con viejas macetas que la llenaban de flores de vivos colores. Tuve que ponerme de puntillas para alcanzar el geranio. Ahí, entre las ramas y la tierra húmeda, justo donde Manuel me había dicho que estarían, encontré las llaves.
Emocionada me acerqué a la vieja puerta de madera maciza. La gruesa capa de polvo que la cubría no conseguía ocultar los arañazos que mis primos y yo habíamos trazado en ella, heridas de guerra contra el aburrimiento cuando el mar se volvía gris y ajeno, y tan solo nos quedaba la calle como escenario del juego.
Impaciente por reencontrarme con las habitaciones de mi infancia, abrí la puerta empujándola con fuerza y di un par de pasos, pero me despisté un segundo y se cerró dejándome a oscuras. No veía absolutamente nada. Orientada apenas por un tenue rayo que se colaba por las rendijas de una persiana, me encaminé a tientas hacia una de las ventanas. Entonces sentí que algo se paseaba por mi pie. Mi grito retumbó en la casa vacía, y quizá también en todas las casas de la aldea. Nerviosa, me apresuré a descorrer las cortinas y vi una enorme lagartija escabulléndose por las baldosas rojizas; huía de mí sin imaginarse que yo era la que estaba más asustada de las dos. Desapareció de mi vista dejándome la duda de si por la noche querría dormir acompañada y me visitaría cuando estuviera metida en la cama. Menuda bienvenida.
Aún con el susto en el cuerpo, me asomé a la cocina, que estaba exactamente igual que como la recordaba, con gruesos muebles de madera en la parte de arriba y viejas cortinillas, estampadas de colores gastados en sustitución de las puertas en la de abajo. En el centro había una enorme mesa rodeada de sillas, cada una de una época y un estilo diferentes. Me acerqué y acaricié el hule que la cubría. Era robusto, reforzado en las esquinas con un hilo que en algún momento lució blanco. Los fuegos de la cocina seguían siendo los mismos que Manuel y yo utilizamos para hacer palomitas de maíz aquella memorable tarde de invierno.
Con once años Manuel, y yo con ocho, decidimos que éramos lo suficientemente mayores para cocinar rosetas. Así llamábamos a las palomitas de maíz fritas con aceite de oliva y sal. Sabíamos cómo se hacían, los ingredientes y lo crujientes que estaban recién hechas. Así que él se encargó de encender el fuego y yo de buscar el aceite, la sal y el pesado jarrillo de lata que contenía las palomitas que la Yaya escondía en la alacena, bajo los paños de cocina. Lo habíamos descubierto por casualidad una tarde que trasteábamos buscando chocolate. Entre los dos conseguimos bajar la gruesa sartén que la bisabuela guardaba encima del viejo horno. Vertí el aceite despacio, pero no supe calcular que con la tercera parte habría suficiente. Mirándome con ojos risueños, Manuel encendióel fuego con seguridad y yo volqué el jarrillo entero, con las palomitas que debían durar un año y entretener las tardes de invierno de toda la familia. Eso sí, lo hice despacio, con cuidado de no perder ni una. Orgullosos de nuestra hazaña cocinamos un sinfín de perlitas naranjas que llenaron la enorme sartén hasta el filo. La espera se nos hizo eterna escuchando el chisporrotear del aceite caliente y el crujir de las palomitas en el justo momento en que sufrían su transformación.
Las primeras en abrirse no saltaron con demasiada fuerza, y los dos nos miramos asombrados, no entendíamos qué habíamos hecho mal. Las siguientes cogieron más impulso y botaron con brío hacia todos los rincones de la cocina. En un principio nos pareció muy divertido, hasta que cientos de ellas empezaron a salpicarnos y quemarnos a una velocidad descontrolada. Cuando el olor a churruscado llegó a los adultos, los dos estábamos debajo de la mesa llorando con anticipación por el castigo que nos iba a caer encima. Su madre lo cogió por un brazo y con la misma intensidad que se limpia una alfombra sucia sacudió al indefenso niño, que se movía como una lombriz, intentando zafarse del brazo de su madre y de los palos que recibía sin pausa. Gritaba a todo el que quisiera oírlo que había sido idea suya, que yo no tenía la culpa, para que no compartiera su misma suerte.
A partir de ese día nos prohibieron jugar juntos a solas. Esa fue la gota que colmó un vaso rebosante de travesuras sin límites. Nos seguimos viendo cada tarde, pero ya no fue lo mismo, pues siempre había alguien vigilándonos para asegurarse de que no cometiéramos ninguna fechoría.
Durante la infancia no nos separamos nunca, y cuando en la adolescencia tuvimos que hacerlo sentí un vacío que no pude llenar con ninguna amistad. Mi familia se mudó a otro pueblo y el simple recuerdo de la brusca separación de Manuel seguía produciéndome una angustia que el tiempo no había conseguido diluir. Su padre y el mío eran primos hermanos, y las dos familias habían mantenido hasta ese momento una relación cercana. Y a pesar de todo lo que habíamos vivido juntos, ahora éramos dos desconocidos. A «los rosetas», como nos llamaba la familia, la vida nos había llevado por diferentes escenarios, hasta el punto de que no nos reconocíamos ni la voz por teléfono.
Yo había escogido el camino de la docencia, me licencié en Historia, y disfrutaba de la vida nómada que me habían regalado unas oposiciones aprobadas sin plaza fija. Él se había casado con la gitana más guapa del pueblo, una joven que había salido de casa de sus padres para entrar en la de Manuel sin haber cumplido la mayoría de edad. Tuvieron tres hijas preciosas, pero cuando la pequeña tenía un mes la madre murió de una dura enfermedad que mermó el ánimo, las fuerzas y las ganas de vivir a toda la familia.
De aquello hacía ya seis años, y en todo ese tiempo solo habíamos coincidido un par de veces, en entierros de familiares comunes. El luto por su mujer lo había apartado de las celebraciones en los últimos tiempos, así que desde hacía mucho solo me habían llegado noticias de su tristeza, de lo agrio de su carácter y de su continuo malhumor por los chismes que viajaban de casa en casa, que crecían un poco en cada una de ellas y no se detenían en ninguna hasta desaparecer.
En la corta conversación del día anterior, Manuel me había prometido que se acercaría después de almorzar por si necesitaba algo, y hasta en esa cordialidad noté cierta sensación de nostalgia.
Después de descargar todas las cajas y las bolsas del coche —por suerte no me tropecé con la mirada curiosa de ningún vecino—, abrí las ventanas para ventilar, quité sábanas y toallas, y las guardé en las cajas vacías que mi padre había cargado en el coche sin que yo le prestara demasiada atención. La casa estaba limpia, pero los muebles gastados, el suelo añejo y las paredes desconchadas deslucían su pulcritud. Con ganas de hacer mío aquel espacio, extendí sábanas limpias y desplegué una funda estampada con pequeños lunares de colores suaves sobre el viejo sofá, para darle algo de color al insulso salón. Apenas me había sentado a descansar y había comenzado a calcular cuánta pintura necesitaría para adecentar las paredes cuando un ruido me sobresaltó.
Manuel estaba en la puerta, como si no se atreviese a entrar en la casa que su padre le había dejado como única herencia. Al verlo me dio un vuelco el corazón.
—Veo que ya te has instalado —dijo acercándose al salón.
—Sí, me lo has puesto muy fácil, estaba todo muy limpio —respondí animada.
—Le dije a mi Saray que le diera un repaso a la casa, espero que lo haya hecho bien. Esta juventud, ya sabes, está loca por terminar las tareas para agarrarse de nuevo al móvil.
Durante unos instantes nos miramos dejando que la timidez de ambos marcara la distancia necesaria para sentirnos cómodos. En efecto, éramos dos desconocidos. Demasiado tiempo sin mantener un contacto cercano.
Se dirigió a la cocina y abrió la vieja nevera en silencio.
—Mi madre te ha dejado una cazuela con lomo en manteca colorá, que dice que estás muy seca y te hace falta. No sabes lo que te espera, teniéndola en la casa de enfrente.
Me mostró un pequeño cuenco de cerámica donde rebosaban grandes trozos de carne de cerdo aliñada, semienterrados en manteca de un color anaranjado.
—Dale las gracias de mi parte —le contesté sonriendo—, dile que en cuanto me organice la invito a tomar un cafelito. Me la tropecé hace un par de semanas en casa de mi prima y por lo que me dices, me sigue mirando con buenos ojos. Por cierto, te he traído el dinero, lo tengo en un sobre en alguna parte.
Mientras yo rebuscaba en mi bolso el sobre con el dinero del alquiler, Manuel caminó entre mis pertenencias esparcidas por el salón. Su mirada se dirigió a la esquina de un libro que sobresalía amenazando con caerse. Por primera vez se le escapó una sonrisa. Se acercó a la caja y lo cogió sujetándolo con ambas manos.
—No puedo creer que guardes esto —murmuró en un tono nostálgico.
Era un viejo cuento infantil con el que jugábamos cuando éramos niños. Al abrirlo, los gnomos se desplegaban y adquirían tres dimensiones.
—Es la única aportación que la tía Margot hizo a esta familia, además de su horroroso pavo de Nochebuena —añadí con burla, y los dos nos reímos a la vez.
La Nochebuena era una celebración que en mi familia se disfrutaba con los cinco sentidos. Desde bien entrada la mañana las mujeres trajinaban con grandes ollas cargadas de manjares y el delicioso olor mantenía a todos los niños pegados a la cocina, aunque lo único que alcanzábamos a ver eran las faldas de nuestras madres yendo de un lado para otro. La mesa del salón se ampliaba con unos tablones que se apoyaban en borriquetas de madera, para que cada miembro de la interminable familia tuviera un lugar cómodo para comer. Sobre un mantel rojo se disponían los platos fríos, y cuando ya se habían sentado todos y el puzle de personas, piernas y sillas entre patas y borriquetas había encajado, se servían los platos calientes. Y todos los años, en el centro de la mesa, ocupaba un hueco generoso el pavo de la tía Margot.
Cada 24 de diciembre nuestra tía, de origen francés, cocinaba un enorme pavo. Siempre le quedaba reseco, ya que lo asaba en el horno unas cuantas horas de más, y resultaba difícil de masticar. Además insistía en acompañarlo con una salsa espesa, grumosa y agridulce cuyos ingredientes no conseguíamos adivinar. Mi padre solía bromear con la idea de que la tía nos quería envenenar con la salsa, lo intentaba año tras año, pero tenía la mala suerte de que nadie la probaba. Después de que la tía Margot nos contara con todo lujo de detalles las horas interminables de su tediosa elaboración, todos los miembros de la familia estábamos moralmente obligados a servirnos un trozo de pavo. Los niños esperábamos el momento adecuado para hacerlo desaparecer del plato sin que ella se diera cuenta: algunos lo escondíamos en las servilletas de papel, otros lo dejaban con disimulo debajo de la mesa, para recogerlo en el momento en que se retiraran los platos sucios y ella mirara hacia otra dirección. Los mayores no tenían más remedio que comérselo e intentaban digerirlo con el vino de la tierra que bebían a grandes sorbos.
—Reconócelo —le espeté a Manuel con tono pícaro mientras rememoraba en mi cabeza las Navidades de nuestra niñez—, fuiste tú quien dejó la puerta del patio abierta la última Nochebuena.
—No fui yo, de verdad, mi familia lleva años acusándome de eso. No tengo ni idea de quién pudo ser. Es cierto que yo me encontré al perro comiéndose el pavo y que me volví disimuladamente. Si hubiera dado la voz de alarma, se habría salvado la mitad y habríamos tenido que comer el pavo con las babas del perro.
Los dos volvimos a reír a carcajadas.
—Tengo que confesarte que yo siempre sospeché que fue mi padre, pero no tenía pruebas. Mi madre tampoco lo duda, ella siempre tuvo claro que fue él quien invitó al perro a la mejor cena de su vida —añadí risueña.
—Creo que nunca fue más celebrado un divorcio —recordó Manuel—. La tía Margot no era mala persona, pero librarnos de su pavo nos alegró a todos.
El teléfono de Manuel sonó en ese instante dejándome muy claro el nivel de eco que acampaba a sus anchas en mi salón. Pensé que debía colocar algunos elementos decorativos en la pared para amortiguarlo.
—Tengo que irme, me paso en otro momento —comentó sin mirarme a los ojos mientras salía apresurado, con el teléfono pegado al oído y dejando mi «adiós» flotando en el aire.
Las risas con Manuel me habían sentado bien. Era curioso que esa nueva etapa se iniciara justamente envuelta en la ternura que desprendían las vivencias del pasado.
Miré la hora y me sorprendió lo tarde que era, no había almorzado y tenía que comenzar a organizar la primera clase del lunes, ordenar la ropa y llamar a casa para ver cómo se entendían mi padre y mi perro. En ese momento me arrepentí de no haberlo traído conmigo. Era la primera vez que nos separábamos y me sentía extraña sin su compañía.
Organizar los primeros días sin conocer a los alumnos no era una tarea fácil. Al ser la última en incorporarme —por culpa de un trámite burocrático que se había retrasado—, no había podido participar en la organización del principio del curso con mis compañeros.
Lo único que tenía era un par de correos en los que el director me informaba de que sería tutora de cuarto de secundaria e impartiría Historia y Cultura Clásica. Cuando lo leí no podía dar crédito a la suerte que había tenido. Normalmente a los nuevos nos toca primero, o segundo, con un poco de buenaventura. En cambio, esta vez parecía que la fortuna estaba de mi lado, había sido premiada con cuarto de secundaria, el temario del que más disfrutaba y el curso que se presuponía con menos dificultades. Los contenidos eran apasionantes y me permitirían poner en práctica todas las ideas que hacían bullir mi cabeza como una olla exprés desde que me había enterado de la noticia.
Estaba rodeada de apuntes y libros de texto cuando mi teléfono sonó en algún lugar del salón. Comencé a rebuscar entre los cojines pero no alcancé a contestar antes de que se cortara la llamada.
En el segundo intento de mi interlocutor lo encontré debajo del cuento que Manuel había estado ojeando un rato antes.
—Hija, soy tu padre —me saludó con una voz más ronca de lo habitual.
—Papá, puedo ver quién eres antes de contestar al teléfono, te lo he dicho muchas veces —protesté con desidia.
—Lo sé, pero lo digo para reafirmarme. Siempre he tenido serias dudas sobre tu paternidad, ya sabes, eres demasiado inteligente.
—Papá, ve al grano. ¿Está bien el perro? ¿Me echa de menos? No sabes lo arrepentida que estoy de no haberlo traído conmigo.
—Yo también estoy bien, gracias, hija.
—Sé que estás bien, anda pásame a mamá, que quiero preguntarle si me puede hacer unas cortinillas nuevas para los muebles de la cocina.
—Pues para eso te llamo. Ha habido una tragedia familiar, tu madre se ha largado.
—¿Qué has hecho ya, papá?
—Nada, ha sido ella. Yo estaba viendo la tele tan tranquilo cuando ha empezado a pegar gritos, ha cogido la puerta y se ha ido de casa. Estoy preocupado, ha pasado una hora y no ha vuelto. Llámala tú, que se le están enfriando los rosquillos que le he hecho —suplicó cambiando el tono por otro más azucarado.
—Te ha encontrado el escondite de las aceitunas otra vez.
—Y mira que esta vez el escondite era bueno —afirmó convencido—. El paquete de los polvos de lavar fue uno de los mejores, pero me lo pescó demasiado pronto. Este no sé cómo lo ha encontrado, creo que ha sido pura casualidad.
—A ver, sorpréndeme…
—Las había metido en el armario de las herramientas del patio, dentro de un bote grande de pintura de la de pintar las rejas. No sé cómo ha dado con ellas. El olfato de tu madre me hace la vida más difícil de lo que te imaginas.
—Se te olvida que quien te ha prohibido las aceitunas ha sido el médico, no mi madre, y solo le das malos ratos.
—También se los doy buenos, pero ya sabes cómo es tu madre, la intimidad no la cuenta, se la guarda para ella. Acaba de entrar por la puerta, ha debido de oler los rosquillos, menos mal.
—Ahora te toca el trabajazo de quitarle el enfado.
—Me pongo a ello. Te recojo mañana a las seis.
—Papá, a las seis y media. Te recuerdo que estoy en Benalmádena y que tú estás en Churriana, si me recoges aquí ya tienes casi media hora de camino hecho para llegar a Puerto Banús.
—Seis y cuarto, y tú pagas los cafés.
—Siempre pago el desayuno. Descansa, luego llamo a mamá. Te quiero.
Colgué con una sonrisa en los labios. Mi padre siempre me hacía sonreír. Es la persona con más sentido del humor que conozco.
Cuando por fin terminé de preparar las clases, sacar la ropa de las bolsas y colocar los libros, regresé a la cocina para hacer inventario. Necesitaba saber qué podía utilizar y qué más tenía que traerme de la casa de mis padres, donde se amontonaban todas mis pertenencias.
Pese a los años que habían pasado, estaba segura de que en la cocina seguirían guardadas las viejas sartenes, la plancha circular con un enorme agujero en el centro que la abuela ponía directamente en el fuego para tostar el pan en segundos, los platos transparentes de color marrón oscuro que todos reconocíamos como eternos compañeros de vida, incluso el viejo jarrillo de las rosetas, aunque estuviera vacío. Y no, no me equivoqué. Todo estaba allí, limpio, no hacía falta traer nada más. Era un alivio no tener que seguir trajinando cajas, tan solo iría a buscar mi cafetera automática. Y es que más allá de un buen café por la mañana, no necesitaba grandes lujos en mi día a día.
Una vez revisé todos los enseres de la cocina y di por finalizada la mudanza, el cuerpo me pidió una buena ducha caliente. Encontré en la estantería del baño un jabón verde parecido al que fabricaba mi abuela en grandes barreños, con el aceite que las vecinas le traían en viejas vasijas de barro cocido.
Aquella casa me envolvía en recuerdos, la visita de Manuel y la organización de mis cosas me habían dejado agotada física y emocionalmente. El día había sido largo.
Al ser profesora interina, había vivido en muchos lugares de Andalucía durante los últimos años y, aun así, cada vez que llegaba a un lugar nuevo me sentía extraña y abrumada. Las emociones me producían más cansancio que cualquier ejercicio físico.
Cuando me metí en la cama, noté que mi cuerpo desprendía un intenso olor a limpio, barajé seriamente la posibilidad de que me hubiese bañado con jabón de lavar la ropa. Mi abuela se habría reído de mí, pero estaba tan cansada que eso no me iba a quitar el sueño. De hecho, me dormí al instante y no volví a pensar en la asustada lagartija, a la que en unas horas le había robado la apacible seguridad de su hogar.
2
No eran aún las seis de la madrugada cuando la furgoneta de mi padre rompió el silencio de la calle; era fácil de reconocer por el ruido del cascado tubo de escape. Salí rápido de la casa, temiendo que el estruendo despertara a todos los vecinos de la aldea. La puntualidad de mi padre, sumada a la mía, me obligaba a levantarme siempre una hora antes de lo necesario.
—Buenos días, Tamara —me saludó mientras le daba un beso fugaz en la mejilla.
Me quedé mirándolo. Estaba serio y sospeché que le ocurría algo, ya que, de otro modo, habría iniciado alguna conversación al segundo siguiente de ponerme el cinturón de seguridad.
—Papá, ¿tú has dormido esta noche en el sofá? —le pregunté sin dejar de observarlo.
—¡Leche! Debiste ser detective en lugar de maestra, nos hubiésemos forrado —contestó incrédulo.
—Me has llamado Tamara, y solo me llamas así cuando estás cabreado. Además, tienes el botón del cojín marcado en la cara. No me lo has puesto muy difícil.
—Tu perro y tu madre se han confabulado contra mí. —Me encantaba el dramatismo que volcaba en sus historias añadiéndoles todo tipo de detalles—. Y me he visto en el sofá, hija, con tu chucho ocupando la mayor parte del espacio y el único abrigo de la triste sábana de la abuela. Y tú, ¿qué tal en tu nueva casa?
—Bien, no vivo sola, hay una lagartija como un demonio. Esta mañana, mientras me duchaba, ha estado un rato mirándome con unos enormes ojos saltones. Quiere intimidarme y va ganando ella.
—Uy, no se lo cuentes a tu hermana o la lagartija pasará un examen médico, la adoptará legalmente y le tejerá una bufanda para que no pase frío.
Los dos nos echamos a reír. Mi hermana amaba los animales con una pasión a la que nadie podía ponerle nombre, cualquier palabra se les quedaba pequeña a esos sentimientos desmesurados. Desde niña recogía cualquier bicho con más o menos vida que se cruzara en su camino, y eso había dejado una huella imborrable en mí. Literalmente. Tengo en la mejilla una marca de un cangrejo que decidió llevarse a casa justificando que andaba mal y cuando descubrió que los cangrejos se desplazaban hacia atrás, el crustáceo ya había desaparecido del cubo. Anduvo en paradero desconocido un par de días, hasta que una noche volvimos a saber de su existencia de sopetón, cuando clavó sus pinzas en mi mejilla con una fuerza que jamás olvidaré. Después de esta experiencia, no he tenido mucha confianza en los pequeños seres vivos de mi alrededor, ni siquiera en una diminuta lagartija.
Por la cara que llevaba mi padre, supe que ocultaba algo más que una mala noche. Estaba segura de que mi madre no lo había dejado ir de rositas.
—¿Te han costado caras las aceitunillas? —le pregunté con sorna—. ¿Te pilló mamá algo más?
—Un bote de pepinillos en vinagre y dos de toreras picantes —contestó avergonzado—. Y bueno…, una bolsa de rosquillos, un paquete de galletas y cinco tabletas de chocolate.
—¿En serio? Si yo fuera mamá no te cocinaba ni un plato más. Pasa horas en la cocina haciendo que las recetas de la dieta sean apetecibles y luego resulta que tienes un arsenal escondido en el patio. Es normal que estés preocupado, no te va a perdonar en siete años.
—Tú no le des ideas, hija —me rogó.
Un fuerte golpe en la parte trasera de la furgoneta nos sobresaltó.
—¿Qué ha sido eso? —pregunté asustada.
—No pueden ser los hierros, están bien sujetos.
Mi padre estaba preocupado, pero antes de que pudiera parar en el arcén, un ladrido nos dejó muy claro quién era el polizón que llevábamos en la furgoneta.
—No puedo creerlo, papá, se te ha colado mi perro y no te has dado ni cuenta.
—¡La madre que lo parió! Te juro que lo he metido dentro de casa, no sé cómo se ha podido escapar. Ha tenido que ser cuando he ido a por el toldo que estaba arreglando en el garaje.
—¿Y no te has dado cuenta al cerrar la puerta?
—Estaba muy oscuro. Obviamente, si lo hubiera visto, no lo habría traído al mercadillo. A ver qué hacemos ahora con el perro, como nos vea el encargado nos echa a patadas a los tres, y no nos da tiempo a volvernos; si nos entretenemos no vamos a tener sitio para aparcar la furgoneta —añadió contrariado.
Comencé a barajar soluciones al problema de cuatro patas que llevábamos en la parte trasera. Que uno de mis hermanos pasara a recogerlo no era viable, ambos dedicaban su mañana de descanso a dormir y a esa hora estarían soñando con los angelitos. Quizá podríamos tenerlo atado a una de las palmeras traseras que bordeaban la carretera, aunque no estaba segura de que a mi perro le hiciera mucha gracia. En ese momento me planteé cuál de mis dos trabajos me creaba más inquietudes, los sábados con mi padre o el comienzo en un instituto nuevo.
Amanecía cuando llegamos a la explanada del mercadillo. Llegar a la hora pactada era de vital importancia. La zona de carga y descarga era muy pequeña, y éramos muchos los que teníamos que usarla. La mayoría de los conflictos que surgían se generaban en el trasiego de aparcar las furgonetas y descargar la mercancía. Todos teníamos prisa y todos queríamos hacerlo en el tramo que estaba más cerca de nuestro puesto. Se respetaba que mi padre llegara en tercer lugar y aparcara entre la furgoneta de Carmen, a la que todos conocían como la Gitana, y la de John el Inglés. Eran nuestros vecinos habituales de ambos lados.
Carmen no era la única gitana que vendía en el mercadillo, pero había dos vendedoras con el mismo nombre. Para diferenciarlas, a Carmen la apodaron «la Gitana», cosa que siempre aceptó con agrado. John era «el Inglés», y todo el mundo parecía ponerse de acuerdo en llamarlo lo menos posible; no era una persona popular debido a la arrogancia que destilaba.
Nada más bajar del coche y antes de descargar la mercancía, mi padre cogió una cuerda gastada de la guantera y sin mediar palabra fue a amarrar a Bosco. Estuve tentada de ir a achuchar a mi perro, pero me guardé las ganas para no alterarlo y pasé a saludar a mis compañeros.
Modou, nuestro vecino senegalés, ya había descargado todas las cajas de zapatos y las estaba ordenando ante la mirada atenta del Inglés, su jefe. Caminé zigzagueando entre varias docenas de ellas para acercarme hasta él, que sonrió al verme llegar.
—Buenos días, Modou. ¿Qué tal la semana? —le pregunté mirándolo a los ojos.
—Muy bien, hoy mejor, los sábados gusta más. Mi vecina favorita está.
Modou no hablaba español de forma fluida, utilizaba los tiempos verbales de un modo tan impersonal que a veces nos costaba entenderlo; aun así intentábamos ser muy cuidadosos con la manera de corregirlo, y cuando no lo entendíamos, buscábamos preguntas que le ayudaran a expresarse. Su timidez silenciaba a menudo frases completas, que no se atrevía a expresar por miedo a equivocarse. Sobre todo le intimidaba su jefe, que justo en ese momento cortó nuestra conversación con su presencia mirándolo con cara de pocos amigos.
—Mara, ven —me reclamó mi padre desde la furgoneta—, el marido de Carmen se lleva a Bosco, luego cuando venga a recogerla a ella nos lo traerá.
Así era la vida en esas calles, podías olvidarte del toldo o de algún hierro de la estructura de tu puesto y siempre había alguien capaz de ofrecerte ayuda. La solución comenzaba cuando contabas lo que te ocurría y el problema iba galopando de unos a otros hasta dar con la persona que podía ayudarte.
Carmen se estaba poniendo los guantes cuando llegué a su altura. La miré unos instantes en la distancia, me encantaba verla trabajar. Era tan menuda que los días de mucho viento mi padre siempre bromeaba con echar en la furgoneta un hierro de más para atarla, para que el aire no se la llevara en volandas y yo no tuviera que salir corriendo a buscarla.
—Buenos días, mi niña, ¿cómo van esos nervios? —Al verme sonrió.
—Pues ahí van, no me dejan ni dormir. El lunes empiezo ya, y me mudé ayer, así que puedes hacerte una idea de lo nerviosa que estoy. Lo paso muy mal cada vez que empiezo en un instituto, ya sabes, soy más cortá que la manga de un chaleco y me cuesta enfrentarme a nuevos compañeros, nuevo sitio y nuevos alumnos. Demasiadas cosas de golpe. Y a todo esto hay que sumarle que mi señor padre no colabora —le respondí con pesadumbre.
—¿Qué bicho le ha picado a este viejo cascarrabias ahora? Tampoco te has ido tan lejos como para que se muera de nostalgia.
—No es eso, Carmen. El médico le ha dicho que nada de sal por la tensión y nada de azúcar, que la ha sacado por las nubes. Y él se está matando con sobredosis bilaterales de todo lo prohibido.
—Pues mándale un mensaje a tu primo que no le ande regalando más veneno. Lidia, la limpiadora, me contó que el otro día tu padre se pasó por el puesto de su sobrino y se vino cargadito de botes de aceitunas y tabletas de chocolate.
—Ay, no tiene remedio, Carmen —asumí con resignación—. Voy a ir colocando, que se me echa el tiempo encima.
Me volví hacia nuestro puesto, donde mi padre ya había empezado a trabajar afanoso, pero antes de empezar a ayudarle le mandé un mensaje a mi primo Jenaro para que no se le ocurriera darle una aceituna más a mi padre, o se las vería conmigo.
Lo primero que hacíamos siempre era colocar los hierros sobre el suelo, luego montar la estructura, extender los toldos y por último distribuir la ropa en forma de «U». Nuestro puesto era uno de los más bonitos del mercadillo. Vendíamos sudaderas y camisetas bordadas de forma artesanal. Cuidábamos hasta el más mínimo detalle en la presentación de las prendas, incluso las etiquetas con los precios estaban hechas a mano. Mi hermano creaba los diseños, mi hermana era la encargada de bordarlos y mi padre los vendía con un arte que ninguno de sus tres hijos éramos capaces de imitar. No necesitaba vocear ni insistir. Él tenía el don de saber decir a cada persona lo que necesitaba oír. Además, él mismo había inventado un sistema para colgar la ropa en cañas de azúcar que habíamos forrado en los extremos con hilo de chenilla de tonos pálidos.
Montar era para mí una de las partes más pesadas. Mi padre lo hacía de manera tan mecánica y rápida que cada sábado sentía admiración por él. Yo me limitaba a seguir las sencillas instrucciones que me daba, que no pasaban de elevar o sujetar lo que me pedía. Siempre lo hacíamos bajo la mirada atenta de Carmen, que nos iba indicando cuánto nos habíamos torcido y el escaso tiempo que iba a tardar en derrumbarse.
—Uy, como sigáis así, esto se os viene abajo en cuanto alguien se apoye en el hierro. Pero ¿por qué no lo ponéis recto? Está torcido a este lado.
Mi padre y ella entraban en la misma rutina de bromas, con una única verdad de fondo, Carmen era la experta y la única del mercadillo capaz de montar su puesto sola con rapidez, sin la ayuda de nadie. Su marido solía marcharse a casa una vez descargadas las estructuras y las cajas con las faldas vaporosas. El hombre no destacaba en puntualidad, así que más de una vez la pobre Carmen se había visto con todo el puesto aún montado a las tres de la tarde y sin poder recoger por no tener cajas donde guardar la mercancía, pues se las había llevado su marido por falta de espacio en el puesto. Tras uno de esos despistes del marido, que dejó a Carmen dos horas aguardando a que llegara, mi padre le sugirió que guardara las cajas vacías en nuestra furgoneta, de esta manera podría empezar a recoger aunque él no hubiese regresado.
Aun así, en más de una ocasión nos habíamos marchado y habíamos dejado a Carmen al borde de la carretera, con todas las cajas llenas en el sitio donde aparcaba su furgoneta, y a algunos comerciantes protestando por la ocupación de un sitio valioso, que necesitaban para cargar sus vehículos. Mi padre sufría si esto ocurría, sentía que Carmen no se merecía compartir su vida con alguien que se olvidaba de ir a recogerla y que la trataba con una indiferencia de la que todos éramos testigos.
Mientras nuestra amiga se reía de nuestra poca habilidad en el montaje, yo seguía intentando estirar la tela, pero no la debí de agarrar bien, el viento se la llevó y acabó aterrizando encima de Modou. Todos nos reímos a carcajadas ante la visión de un fantasma de dos metros de altura. A quien no le hizo gracia fue al Inglés, que masculló malhumorado algunas palabras en su idioma natal, pero nadie le prestó atención. Mi padre se apresuró a quitar el toldo de encima de Modou, que también farfulló algo en francés mientras intentaba deshacerse de la tela.
—Niña, tira de ahí antes de que convirtamos esto en la torre de Babel y nadie se entienda con nadie —me indicó señalando la punta del toldo.
La ocurrencia de mi padre me hizo reír y, al intentar tirar de la tela, la risa me aflojó la fuerza. Cuando descubrimos a nuestro vecino, todos sus rizos se le habían descolocado tirando, saltimbanquis, cada uno para un lado distinto.
—Joder, Modou, despeinado pareces más alto aún —le dijo mi padre en un arrebato de sinceridad que acabó con la paciencia del Inglés, que se levantó nervioso de su silla.
Mi padre y el jefe de Modou nunca habían tenido buena relación. Si le saludaba era porque no consentía que nadie le robara lo único que le había dejado mi abuelo en herencia: la educación. No soportaba ver cómo el Inglés trataba a su empleado, al que humillaba con gritos que resonaban en todo el mercadillo. Más de una vez, Modou le había pedido a mi padre que no interviniera, y en alguna ocasión este lo había intentado, pero ante esas injusticias, no podía estarse callado. Le hervía la sangre cuando veía al muchacho agachar la cabeza con los ojos brillantes y el pulso temblando ante el prepotente de su jefe.
John el Inglés no tenía muchos amigos, se pasaba las horas sentado en una silla de playa frente al puesto. Desde allí vigilaba a su empleado mientras observaba de forma libidinosa a las mujeres que hacían la compra. A mi padre esa actitud lo exasperaba, igual que a mí, aunque yo intentaba no echar más leña al fuego.
Obviando la cara de malas pulgas del Inglés para evitar conflictos de buena mañana, colocamos las últimas cañas para colgar en ellas la ropa. Con el viento que hacía no paraban de bailar, lo que dificultaba exponer la mercancía. Mi padre me pasaba las piezas de ropa y yo las iba ubicando, ese era uno de mis momentos favoritos del día en el mercadillo, cuando abría las cremalleras de los guarda trajes y descubría los nuevos diseños que mis hermanos habían creado durante la s
