Odio a primera vista

Emme Costa

Fragmento

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Capítulo 1

Todo el mundo tiene un don

Axel

Las vistas desde la terraza no son espectaculares, solo una enorme mole de hormigón, pero, al menos, el ruido de los coches transitando por enfrente solapa mis propios pensamientos que ahora mismo son un hervidero de mucha mala hostia.

Exhalo la última bocanada del cigarro y el humo se escapa de mis labios esparciéndose con el leve viento que ondea. Ojalá ese mismo ímpetu se llevara mi malhumor. Aplasto la colilla contra el cenicero improvisado (una taza de café que ha sido mi compañera hasta hace un momento) y me levanto de la incómoda silla de mimbre.

He pensado seriamente en dejar de fumar. De hecho, ya llevaba varios días en los que había reducido considerablemente la cantidad de nicotina. Sin embargo, cuando pasa algo que me estresa acabo cayendo de lleno y la cajetilla de Marlboro desaparece casi por completo. Como hoy, que una llamada de mi madre ha bastado para cabrearme. Ya me ha jodido el día y apenas son las once de la mañana. Esto augura un jueves de mierda.

Puesto que el tabaco no ha tenido su efecto relajante hoy, opto por calzarme las zapatillas y salir a correr. Sí, fumo y hago deporte. Así soy.

Sin embargo, cuando estoy a punto de irme, Jaime me habla desde el otro lado del muro que divide mi terraza de la del piso de su novia. Tiene una sonrisa en la cara y sé que trama algo, ya lo conozco lo suficiente. Se coloca las gafas de sol sobre su pelo oscuro al tiempo que dice:

—¿Cómo está el vecino más guapo? — Ahora sé que mi intuición es acertada.

—¿Qué quieres?

—Un favor… — Se ríe —. Algo pequeño, pequeñísimo, ínfimo…

—Al grano.

—¿Recuerdas que te conté que una amiga de Marta iba a mudarse a Barcelona? —Asiento, pero, siendo honesto, no lo recuerdo—. Pues resulta que la han estafado. La habitación que ha pagado no existe… es más, ni siquiera el edificio existe…

No entiendo por qué eso es problema mío, pero él sigue hablando y me pone al día de las desgracias de Sofía, que así se llama. Al parecer, no tiene dónde quedarse y Marta le ha ofrecido que se quede con ella en su loft, pero eso no es muy conveniente para mi amigo, que, hasta ayer mismo, iba a ser el que se mudara con ella.

—En mi casa no se va a quedar —digo cuando intuyo por dónde van los tiros.

Él no se da por vencido y pone las manos frente a su cara como si estuviera rezando; incluso pone morritos, lo que, lejos de ablandarme, me da vergüenza ajena.

—¿Qué te cuesta?

Mi ceño, que ya estaba fruncido, se acentúa más.

—¿Meter a una desconocida en mi casa? Pues me cuesta, la verdad…

—No es una desconocida, es una de sus mejores amigas.

—No.

—Axel, por favor… —suplica mientras mi cabeza se mueve de derecha a izquierda—. No lo entiendes… ¿Sabes qué pasará si Sofía se muda con ella? Qué empezarán a salir y Marta verá las ventajas de estar soltera y se olvidará de mí…

Jaime es la persona más insegura que conozco. Cuando Marta se convirtió en mi vecina se quedó prendado de ella nada más verla. Si no fuera porque yo lo echaba al final del día, se habría mudado a mi terraza solamente para observarla. Se pasaba el día subiendo y bajando las escaleras de mi edificio para ver si se la encontraba, pero lo peor es que, cuando eso ocurría, no se atrevía a hablar con ella. Pasaron semanas, hasta que un día yo, harto ya de tenerlo aquí lloriqueando, le di un ultimátum: si él no iba a invitarla a salir, lo haría yo; evidentemente era mentira, jamás le habría hecho una putada así, pero sirvió para que reaccionara. También sirvió para que me lanzara un derechazo que, afortunadamente, esquivé. Tuve que jurarle por mi abuelo que yo no tenía ningún interés en ella; solo entonces me creyó.

Salió en ese mismo momento y llamó a su puerta, que está al otro lado de mi rellano. Ella dice que fue muy romántico, pero, si alguien me pregunta, yo diré que fue bastante patético, porque lo escuché titubear, aunque ella aceptó salir a tomar algo y enseguida congeniaron. De eso ya va a hacer casi un año, pero Jaime sigue pensando que ella es demasiado buena para él y que un día se dará cuenta y lo dejará.

—Una semana —digo, por fin.

—Dos semanas… máximo un mes… —Enarco las cejas cuando la palabra «mes» sale de su boca—.Tienes que ser realista, no va a conseguir trabajo y piso en una semana…

—¿Tampoco tiene trabajo? Creo que me has confundido con una ONG…

—Te va a pagar el alquiler y los gastos, tranquilo, pero a final de mes... —Jaime ignora mi resoplido—. Ya verás, seguro que os lleváis bien, es maja, yo la conocí el verano pasado… —dice mientras se aleja—. Ah, ¡se me olvidaba! Tiene que parecer que ha sido idea tuya.

Genial, ahora, además, debo de fingir que la invasión de mi casa por parte de una desconocida me parece una idea espectacular. Voy a ir ensayando la sonrisa de bienvenida.

—Por lo menos estará buena, ¿no?

Mi amigo se ríe, pero me deja con la duda.

***

Sofía

El lloriqueo de mi madre me llega desde el otro lado del teléfono. Cualquiera que la escuche diría que no nos vemos desde hace años, pero solo hace cinco horas que no me ve. Tiene tendencia a la exageración; yo a veces también, pero ahora estamos hablando de ella.

No la tranquiliza lo más mínimo que solo me mude a doscientos kilómetros, para ella es como si hubiera decidido unirme a una misión espacial para explorar Marte. Aunque claro, habiéndome criado en un pueblo de menos de cinco mil habitantes, todo parece una inmensidad.

—Mucho cuidado en el metro…—Me repite de nuevo; ya van cuatro veces que lo menciona y las cuatro veces he asentido como si ella pudiera verme.

Desde que hace un par de meses le conté que había decidido mudarme, está obsesionada con que me van a robar la cartera en cuanto ponga un pie en Barcelona; temor que está basado en hechos reales porque le pasó a ella cuando vino en un viaje organizado por el párroco del pueblo para ver la Sagrada Familia hace cinco años.

Sus sollozos me llegan cada vez con más ganas y me siento un poco mal por ella, pero lo cierto es que este cambio me apetece mucho. Necesitaba alejarme de todo, y claro, en el combo, iban mis padres. A ellos me gustaría tenerlos cerca, pero sé que ahora mismo estar sola me hará bien.

Nunca he estado realmente sola. Otra cosa que pasa cuando vives en un pueblo es que todos saben qué haces y con quién en cada momento. Los cotilleos corren como la pólvora. Así fue como ella se enteró de que César y yo nos besábamos en el banco de detrás del Ayuntamiento cuando teníamos quince años.

— Mamá, tengo que colgar…— insisto, ya con menos tacto que hace diez minutos, a pesar de que aquí, ahora, en la puerta de la estación, mientras espero a que me rescaten, estar sola me parece aterrador. Es tarde y casi no hay gente transitando por las aceras. Solo unas pocas farolas iluminan la calle e, instintivamente, sujeto el bolso con fuerza. La estampa es muy distinta a la ajetreada Barcelona que tenía en mente.

Cuando consigo que deje de sorber mocos y, tras prometerle que me cuidaré y que no dejaré que me roben la cartera (lo de la estafa no se lo he contado), espero a Marta, que lleva ya veinte minutos de retraso. Ella se ha ofrecido a venir a buscarme a la estación y, aunque hubiera preferido coger un taxi porque no quiero molestar más de la cuenta, lo cierto es que mi economía no me permite rechazar favores. Cuando la señora que me iba a alquilar la habitación dejó de responder tras recibir la transferencia sabía que algo no iba bien, pero quise pensar que era casualidad, que estaría liada… Sí, lo sé, fui una pardilla.

Tras una semana sin noticias de ella, Marta se ofreció a ir a buscarla y, un par de horas después me mandó una foto de la panadería en la que supuestamente estaba mi piso y me derrumbé. Había perdido los quinientos euros de los dos meses de adelanto. Quizá el hecho de que fuera tan barato me tendría que haber dado una pista, pero pensé que, por una vez, quizá había tenido suerte. Cuando puse una denuncia supe que no había sido la única ingenua, pero eso no me devolvería mi dinero y me alejaba de mi plan de mudarme a Barcelona. Sin embargo, Marta no me dejó tirar la toalla y me ofreció sitio en su apartamento. Al menos, ese era el plan, hasta que hace unos días me dijo que su vecino, que además es el mejor amigo de su novio, tiene una casa de tres habitaciones y que muy amablemente me había ofrecido una hasta que encuentre piso; incluso esperará a final de mes para cobrarme. Eso me hizo volver a tener fe en las personas.

Así que, de momento, tengo donde caerme muerta. Ahora lo que me falta es conseguir un trabajo, cosa que espero que no me cueste mucho, aunque no soy especialmente optimista al respecto porque sé que hay casi cuatro millones de parados en el país.

A punto de dar las siete y media, mi amiga estaciona su pequeño coche en la puerta con los intermitentes puestos, ignorando las señales que dicen expresamente que eso está prohibido. Ella se baja, seguida de Jaime, y me achucha con fuerza en cuanto me ve. Sus rizos color azabache chocan con mi nariz.

Marta es una de mis amigas más veteranas, pero desde que se vino a vivir aquí nos hemos visto poco, aunque nuestra amistad es de esas en las que podemos estar meses sin hablarnos y, aun así, parece que no haya pasado el tiempo, no hay ninguna incomodidad ni silencios raros cuando nos volvemos a ver.

—¿Te has cortado el pelo? —Atusa mi media melena.

—Sí… — No sueno muy entusiasmada, porque no lo estoy.

—Te queda bien, me gusta. —Sé que es honesta, porque otra cosa no, pero Marta es la persona más sincera que conozco y no tendría ningún reparo en decirme que parezco el Príncipe Valiente.

Mi pelo ondulado siempre ha estado rozando mi cintura, a César le gustaba así y yo ni me planteaba lo contrario, pero mi peluquera de siempre insistía cada vez que podía: ¡Sofía, córtate el pelo, que eres muy bajita para tremenda melena! Total, que, cuando César y yo rompimos, pensé que era momento de probar, y ahora, mi largo cabello castaño descansa sobre mis hombros y luce más saludable, la verdad, pero no dejo de verme rara, aunque todo el mundo coincide en que me queda mejor.

A Jaime solo lo he visto un par de veces, pero ya le tengo aprecio. Me cayó bien desde que lo conocí el verano pasado en el pueblo. Desde el primer instante tuve buenas vibraciones respecto a él. Es un buen chico y creo que le aporta la sensatez que le falta a ella.

Él aguanta nuestro intercambio de halagos mientras mete mis cosas en el coche. No es mucho, solo una mochila y dos maletas medianas; el resto me lo he mandado por correo y, según la empresa de mensajería, deben de llegar en un plazo de 24 a 72 h. Si tengo suerte, será mañana, pero conociéndome, hay altas probabilidades de que en el trayecto de Huesca a Barcelona acaben en alguna aldea africana; por eso llevo lo básico en mi mochila.

Cuando un taxi comienza a usar el claxon de manera insistente, entramos en el vehículo. Marta conduce, parloteando durante todo el trayecto, que no es muy largo; en menos de diez minutos estamos frente a la fachada del que será mi nuevo hogar. Está ubicado en una zona céntrica, pero no en una avenida principal. El mando del garaje da problemas y tiene que pulsar varias veces hasta que la puerta se abre y desciende por la rampa. Estaciona junto a una moto totalmente negra (ni un triste toque de color tiene) y yo me bajo del coche con cuidado de no arañar su pintura al abrir la puerta. El resto de los coches son de alta gama. Se nota que vive gente con alto poder adquisitivo. Bueno y, de manera temporal, yo, que estoy bastante lejos de ese calificativo.

Marta carga a Jaime con la maleta más pesada y los tres hacemos el pequeño tramo de escaleras que nos separan del ascensor que nos llevará a la tercera planta, donde están su piso y el de su amigo Axel, cuya puerta está abierta cuando llegamos, aunque a él no lo veo.

Un gran número ocho está clavado en la puerta de madera maciza que nos da acceso a la casa. Tiene una mirilla y un pomo de bronce en el centro. Marta se encarga de sujetar la puerta mientras Jaime mete una de las maletas y yo lo sigo con mi mochila a cuestas.

Una vez dentro, mi cabeza gira 180 grados para hacer un escrutinio. El piso tiene techos altos y puertas de madera blancas, las paredes tienen un color claro y la decoración es escueta. Colores asépticos, totalmente impersonales, pero elegantes. El suelo es precioso, de madera gris barnizada. Todas las ventanas son enormes y la parte de arriba tiene vidrieras con lo que parece un escudo heráldico.

Desde el recibidor puede verse el espacioso salón. La cocina queda a la derecha y, sobre la encimera, Marta me ha dejado unas bolsas con comida puesto que es tarde y no me da tiempo a ir a hacer la compra.

Un pasillo a la izquierda, iluminado con luz tenue, nos lleva frente al que será mi cuarto, la primera puerta. El resto de las puertas están cerradas y eso limita mi cotilleo.

A la derecha de mi habitación queda la del dueño de la casa; supongo que los hay con suerte. Yo, hasta ahora, la persona más rica que conocía era Marta, cuyo padre es el dueño de dos tintorerías en mi pueblo y se van de vacaciones todo el mes de agosto a Salou.

Jaime me hace un gesto para que yo pase primero al cuarto. Este será mi refugio momentáneo, aunque yo me he propuesto mimetizarme con los muebles y estorbar lo menos posible; no quiero ser un incordio.

Un simple vistazo me sirve para darme cuenta de que no es para nada mi estilo. No hay colores, parece una imagen de una película en blanco y negro.

Un gran ventanal ocupa la parte frontal. Ahora ya ha oscurecido y no se ve nada a través de la cortina vaporosa que la adorna, pero creo que durante el día la luz entrará a raudales. En la pared contigua descansa una cama bastante grande, aunque no llega a ser matrimonial. Un pequeño escritorio y una silla a juego terminan de completar el mobiliario. Ambos son de metal blanco y pino, y forman una armoniosa combinación entre la elegancia y la modernidad. A mí nunca se me habría ocurrido mezclar eso, pero lo cierto es que queda muy bien.

Es Jaime el que me da la copia de la llave de casa de Axel y yo la cuelo de inmediato en la anilla de mi llavero gigante de pompón, antes de que se me pierda, cosa que me pasó una vez. Vale, sí, tres veces; en el mismo año, pero ¡le puede pasar a cualquiera! ¿No?

— Ven que te presente a Axel… — Mi amiga me insta a que deje ahí mi mochila y la siga. Sé que debería al menos sacar la ropa que podría arrugarse, pero miro mi maleta con pereza, no me apetece desempacar, así que la invitación de mi amiga me da la excusa para dejar mis cosas como están.

En el salón, el tal Axel no parece estar esperándonos con los brazos abiertos, de hecho, tiene una ceja alzada y el ceño un poco fruncido. Para percatarme de esto, he tenido que levantar la vista porque me saca más de una cabeza y eso me intimida un poco.

Su pelo ensortijado y oscuro enmarca su cara. Su mandíbula definida remata con pómulos marcados y, para terminar de perfeccionar su rostro, sus ojos azules tienen un color precioso. No podía ser solo rico, no, tenía que ser guapo también para que el resto de los mortales nos muramos del asco. Pero no quiero ser prejuiciosa, porque me va a dejar quedarme en su casa, así que debe ser buena persona por lo menos.

— Hola, soy Sofía…

— Hola— responde él sin mucho énfasis.

No estoy segura de sí me va a dar dos besos, pero al final lo hace. Ha tenido que agacharse para que sus mejillas chocaran con las mías.

—Gracias por dejar que me quede…

Él no responde, solo mira a Jaime de reojo, pero este rompe el contacto visual y tira de mí y de Marta, avisándole de que vamos a su piso y que lo esperamos allí para cenar. Yo agradezco la interrupción porque su «de nada» parecía que no iba a salir nunca y me he sentido un poco incómoda.

El loft de ella lo había visto en fotos, pero de todas formas me da un pequeño tour. La única pared que hay es la del baño, el resto es todo de concepto abierto.

Mientras hablamos saca pan del congelador y enciende la tostadora. A ella le gusta tanto como a mí cocinar. O sea, nada. El menú de hoy se compone de jamón serrano y queso.

Jaime se une a nosotras y la abraza por la espalda. Nos pregunta si queremos salir luego a tomar algo y no me da tiempo a decir que no, porque Marta ya ha respondido que «por supuesto que sí».

Él se despega de ella y alza el brazo para coger salvamanteles individuales y platos que están en el estante superior. Yo me ofrezco a poner la mesa mientras ellos se quedan intercambiando besos.

A través del ventanal que da acceso al pequeño balcón de Marta, adivino la silueta de Axel cuando enciende un cigarro. Es una noche bastante negra y solo distingo la luz rojiza yendo y viniendo a sus labios.

Odio a la gente que fuma, bueno, menos a mi padre, que es al único al que le aguanto ese horroroso vicio.

Aparto la vista de él y me centro en mi cometido. La mesa del comedor tiene una superficie de roble oscuro y unas gruesas patas de metal. Coloco los manteles alrededor y sobre estos pongo los cuatro platos.

Un olor a chamuscado me llega y vuelvo con una pequeña carrerita hasta la cocina. Los tórtolos están dedicándose carantoñas y soy yo la que tiene que desenchufar la tostadora.

En ese momento reaccionan y se separan con cara de «lo sentimos, pero estamos tan enamorados que el mundo alrededor no nos importa nada». Y yo siento envidia, porque soy una enamoradiza y no recuerdo la última vez que sentí algo así. Supongo que fue con César, pero me cuesta recordar los buenos momentos.

El timbre suena y es Jaime quién se acerca a abrir. Axel hace un mohín en cuanto pone un pie dentro.

—¿Otra vez se os ha quemado algo? —Su voz es ronca.

—Un pequeño percance. —Su amigo palmea su hombro y él chasquea la lengua.

Marta se gira para abrir la nevera y coger una cerveza para cada uno. De paso aprovecha para pedirme que rasque el pan con un cuchillo y trate de salvar la parte no chamuscada. En otro momento me habría quejado porque es una mandona, pero, como estoy aquí de parásito, es lo mínimo que puedo hacer.

Finalmente, con un poco de pan muy tostado y el fiambre nos sentamos a la mesa. Puesto que Marta y Jaime se han sentado juntos, a mí me toca compartir lado de la mesa con Axel que, para ser alguien que fuma, huele bien. Es una mezcla de cuero y perfume.

Desde aquí puedo ver algo que antes no he visto. Un tatuaje en el antebrazo. No me gusta; ya cumple dos de las cosas que más odio: fumar y tatuarse.

No me había dado cuenta de que Axel ha traído consigo una ensalada ¿será vegetariano? Me quedo con la duda porque no pregunto, aunque asumo que sí porque no toca ni el jamón ni el queso ni el resto de los embutidos.

En mitad de la cena, Jaime me pregunta por mis planes en Barcelona y le cuento que he decidido retomar la carrera. Empecé fisioterapia hace cuatro años, pero la dejé hace dos. Me faltaban solo un par de asignaturas y las prácticas cuando tuve que interrumpir mis clases. No doy explicaciones del porqué de mi decisión, pero Marta, que lo sabe, me guiña el ojo con cariño. Las clases empezarán a finales de enero y me parece un poco raro volver con casi veinticuatro años a la facultad, aunque me da una especie de nostalgia. En su momento no pude vivir esa época como tal, y ahora espero poder aprovecharla. Y aprobar, que no estoy para perder más tiempo.

Jaime comienza a rememorar batallitas de su época en la facultad, donde conoció a Axel y este esboza una media sonrisa, como si le fueran a cobrar si sonríe del todo.

—A Axel le gustó tanto esa época que sigue allí…

— Ah, ¿sí? —Me giro a mirarlo, pero él me ignora.

No me lo he planteado hasta ahora, pero creo que es mayor que el resto de nosotros. Debe de tener al menos veintisiete años y ya hace algunos que debería haberse graduado.

—Está haciendo un máster en Biología Vegetal —responde Jaime.

— Sí, claro… — Me entra la risa floja.

— ¿Tú de qué coño te ríes? —Esta vez Axel sí que se dirige a mí y su semblante se ha endurecido más aún.

— Ah, pero… ¿va en serio? —La mirada que me echa Marta es la respuesta que necesito —. Ay, perdona… es que pensaba que era broma… o sea, es que no tienes pinta de empollón…

— ¿Y de qué tengo pinta? —Su tono es duro y sus ojos azules se han vuelto más oscuros, parecen un mar embravecido, de esos que podrían tragarte.

¡Ay, madre, pues bien empezamos!

— Axel… — Jaime interviene, tratando de suavizar el ambiente.

— Lo siento… es que…

Pero él ignora mis disculpas y se levanta de la mesa para dirigirse al balcón y encenderse un cigarro. Genial, soy especialista en meter la pata. Es así. Cada uno tiene un don, este es el mío.

***

Marta ha dicho «un bar» pero esto no se parece en nada al Pórtico de Ángel donde nos juntamos en casa. Las paredes del local están pintadas de color verde lima y tiene grafitis adornándolo todo. Uno de un space invader llama mi atención. Mi hermano Alberto es un friki de los videojuegos, así que le tomo una foto y se la mando. El sitio es muy chulo, pero me siento totalmente fuera de lugar cuando me doy cuenta de que incluso las camareras van mejor vestidas que yo, que estaba más preparada para ponerme el pijama que para salir. Pero no he querido comenzar mal (peor) el primer día, aunque tampoco me he esforzado mucho. Unos vaqueros rotos, que siempre van bien, combinados con una camiseta de manga larga donde se puede leer Gelatti. Es lo más cerca que he estado de Italia. César me dijo que me llevaría cuando acabáramos la carrera. No le dio tiempo a llevarme a pasear en góndola porque me dejó. En fin…

Los cuatro seguimos de pie. Axel está a mi lado y cuando nuestros brazos se rozan sin querer él se aparta como si yo contagiara algo. Le caigo mal, es un hecho.

Jaime localiza una mesa rectangular al fondo del local y nos hace gestos para que nos sentemos.

No estoy segura de dónde debo tomar asiento, pero asumo que Marta y su novio querrán sentarse juntos y que tendré que compartir lado con Axel; otra vez. ¡Yupi!

Él no me ha dirigido la palabra desde que hemos salido. La cosa empeora cuando nuestros amigos se levantan a pedir. Intento que Marta entienda que no quiero que me deje sola, pero está tan ocupada tonteando con su novio que no atiende mi llamada de emergencia mental.

Por suerte, no hay mucha gente y espero que la camarera sea rápida para entregarles las cuatro bebidas. Y quizá ella lo sería, si ellos pidieran, cosa que no hacen, solo se comen la boca frente a la barra. Vale, esto va para largo…

Saco mi móvil, simulando que estoy mirando algo, pero, como imaginaba, nadie me ha escrito. Ya pasan de las doce y mi hermano debe de estar dormido, así que no ha respondido a mi instantánea.

Mi visión periférica registra a Axel, que parece que encuentra muy interesante lo que hago porque no pierde detalle. Sus manos descansan sobre la superficie metálica de la mesa. Sus dedos son largos y varoniles y repiquetean y, si no fuera porque creo que es imposible, diría que lo hace para ponerme más nerviosa aún. Y el muy cabrón lo consigue. Tratando de desoír el molesto ruidito, abro el calendario de mi teléfono y apunto «ir a comprar». Bien, Sofía, no sea cosa que se te olvide que tienes que comer…

Un grupo de chicas, que parece que acaban de cruzar la frontera de la mayoría de edad, entran un poco piripis y se llevan la mirada de todos. Ataviadas con diademas de luces, parecen estar dándolo todo. Su noche acaba de empezar y yo tengo que contenerme para no bostezar. ¡Madre mía, hace años que no me acuesto tarde!

Ellas se acomodan en la mesa que está a nuestro lado y se dan codazos cuando advierten a mi nuevo compañero de piso.

No le quitan ojo. Creo que una incluso ha dejado de respirar. No sé si soy la única en notarlo porque Axel no hace ni el más mínimo intento por mirarlas.

***

Axel

Las niñatas de la mesa del fondo me lanzan besos. Estoy acostumbrado a este tipo de cosas, pero estos días estoy especialmente cabreado. Primero la bronca con mi madre, y luego el comentario de Sofía, que me ha enfurecido más aún. Si a una chica le dijeran que solo por estar buena no puede ser lista, se tacharía de machista, sin embargo, yo tengo que escuchar ese tipo de cosas casi a diario.

Cuando digo que soy biólogo y que estoy haciendo un máster las tías ponen cara de circunstancia, así que la mayoría de las veces les miento, digo que soy actor en paro, o stripper; esta última les hace mucha gracia. Finjo que no me importa y me río, pero en el fondo me jode que la gente me juzgue sin conocerme y por eso Sofía y yo no hemos empezado con buen pie.

Ella sigue con la cabeza agachada, prestándole atención a su móvil como si ahí se cocieran cosas muy interesantes. Se nota que está incómoda. A mí los silencios no me molestan, pero a la mayoría de las personas, sí. Ella parece una de esas personas que tiene que llenar con palabras vacías la falta de conversación. Normalmente yo simplemente la ignoraría, pero ahora mismo la necesito, no quiero que las niñatas crean que pueden venir a nuestra mesa a darme por culo.

Pero eso no significa que vaya a ser amable con ella.

— ¿Y a ti que te pasó? —Mi pregunta la pilla por sorpresa y parpadea un par de veces antes de responder.

— ¿De qué?

— No sé… eres muy bajita, ¿no te daban de comer o qué?

Tres líneas cruzan su frente y estoy a punto de reírme. Se sienta derecha como si eso fuera a hacerla crecer.

— Tengo una estatura media. Mido 1,65…

— Mmm… yo creo que más bien uno cincuenta…

Abre la boca para responder, pero los tórtolos nos interrumpen dejando cuatro cervezas sobre la mesa y nuestra conversación se queda ahí.

Marta reparte las bebidas y ella y Sofía brindan. La canija, que a mí no me engaña y mide menos de lo que dice, hace todo lo posible por no mirarme. No le resulta difícil porque su amiga, que habla por los codos, mantiene una conversación con ella. Sofía está buscando trabajo y ya ha enviado varios CV, de hecho, tiene una entrevista de trabajo el martes y parece entusiasmada.

— Espero que no me cueste mucho encontrar trabajo… — dice ella.

— Ojalá no te cueste tanto como terminar la carrera… — intervengo llevándome una patada de Marta por debajo de la mesa. Pero me da igual, quiero que entienda cuanto antes que no es bienvenida y que espero que su estancia no se alargue.

— ¿De qué es el trabajo? —Jaime trata de suavizar las cosas. Él es así, siempre trata de agradar a todo el mundo y quiere caerle bien a Sofía; sobre todo porque es un calzonazos y hace todo lo que dice su novia.

— Es para trabajar en una residencia, como auxiliar… con pacientes en estado vegetativo…

Da un trago a su cerveza y Marta acaricia su brazo ¿Qué ha sido eso? Me quedo sin saberlo, porque cambia de tema.

— Mañana te enseñamos un poco el barrio… podemos ir a la cafetería esa que nos gusta… — dice mirando a mi amigo, que asiente.

Odio que hablen en plural. Nosotros esto, nosotros aquello… Como si no fueran dos personas independientes y pudieran tener gustos diferentes.

Ellos siguen haciendo planes y yo me giro hacia la barra con mis pensamientos en otro lado, pero la camarera cree que la miro a ella y me sonríe. Bueno, no hay mal que por bien no venga.

***

Sofía

Son casi las dos de la mañana y nos disponemos a volver a casa. Todos menos Axel. Su culo perfecto está frente a la barra, tonteando con la camarera. Una de esas que llevan un modelito mejor que el mío y un escote que deja bastante claro que no lleva sujetador.

Marta, Jaime y yo hacemos las dos calles que nos separan del edificio en un agradable paseo. Ellos van sonriendo y yo bostezando; estoy muerta de cansancio.

El «buenas noches» de Marta me hace temblar, pero no quiero alargar más esto porque seguramente ellos quieren estar solos, así que, tras responderle con la misma frase, desaparezco tras la puerta de la que va a ser mi casa por ahora y me encamino hacia mi habitación.

Una vez sola, me retiro la ropa con desgana antes de enfundarme en mi pijama. Con él puesto, salgo con el cepillo de dientes en la mano. Todavía no he dejado mis cosas en el baño, pero Marta me ha dicho que puedo hacerlo puesto que Axel tiene el suyo propio. Yo nunca he tenido un baño para mí sola, en casa solo hay uno y por las mañanas está bastante solicitado.

Incluso yo me sorprendo por la cara de cansada que el espejo refleja. Está visto que trasnochar no es lo mío, así que, con los dientes limpios, vuelvo a la ansiada soledad de mi habitación y aparto el nórdico azul oscuro en medio de bostezos. Tardo un poco en acomodarme porque el cojín es un poco duro. Finalmente decido deshacerme de él y cuando creo que puedo, por fin, dejarme abrazar por la comodidad de las sábanas, unas risitas mezcladas con música me sorprenden colándose por la ventana. Claramente reconozco a mi amiga y caigo en que… ¡Ay, madre mía! Seguro que ella y Jaime están… ¡jo-der! Más avergonzada que otra

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