1
JACOBINA
MONTREAL, 1982
—Sangre… —resolló el viejo respirando con dificultad por la boca—. Sangre…
Su voz atravesó el silencio como las tijeras el papel. La primera palabra en dos días. Jacobina, quien se encontraba acurrucada en el estrecho sillón junto a la cama, se levantó asustada y miró a su padre. Vio sus ojos entrecerrados y las diminutas escamas de piel sobre los labios descarapelados.
Llevaba horas sentada en aquella habitación sobrecalentada observándolo dormir. Él yacía en su lecho sin moverse, con las comisuras de los labios caídas. La única señal de que continuaba vivo era el ligero ascenso y descenso de su pecho. Jacobina se quedó dormida varias veces.
El amortiguado tañido de la campana en la torre de una iglesia se escuchaba cada quince minutos como un recordatorio puntual de que el tiempo había pasado un poco. En cada ocasión, Jacobina le echaba un vistazo a su reloj para ver cuál cuarto de la hora acababa de pasar. ¿Ya eran las tres y media? ¿O solo dos y media?
Una de las religiosas enfermeras del hospital visitaba la habitación cuatro veces al día. Por las mañanas, la serena rubia se presentaba para tomar la temperatura y la presión arterial del paciente. Manejaba los instrumentos con destreza y confianza, como cada vez que colocaba con suavidad el brazalete alrededor de su brazo. Jacobina la escuchaba bombear la pelota de caucho y, unos segundos después, el siseo del aire liberado. La hermana hacía una anotación y desaparecía.
Por la tarde venía la enfermera pelirroja de las suelas rechinantes.
—Debería irse usted a casa —le decía en cada ocasión con su generoso francés quebequense, mientras cambiaba la administración por goteo o vaciaba la bolsa de orina—. De todas formas, él está exhausto.
Sin embargo, Jacobina solo negaba con la cabeza, con el tosco acento de la enfermera repicándole aún en los oídos.
Finalmente se fue y pasó la noche en un pequeño hotel. No era un lugar bien cuidado, pero al menos era económico y estaba junto al hospital. Cortinas color marrón y un colchón deformado. Ahí Jacobina escuchó también las campanadas de la torre de la iglesia cada cuarto de hora. Se sentía aturdida. Ciertas imágenes de su padre le pasaban por la mente, el adorable hombre de su infancia contorsionándose hasta convertirse en el ser macilento en la cama del hospital. Hasta ese momento, le había sido imposible dormir.
—La sangre —repitió el viejo, un poco más fuerte, con un ligero silbido en la “s”. Luego la voz le falló. Apretó los labios y trató de tragar, pero era obvio que eso implicaba una gran batalla.
Jacobina lo observó. ¿Le daría gusto verla?
—¿Padre? —preguntó en voz baja—. ¿Me escuchas?
Una sensación de vacío se extendió en su estómago, una mezcla de alivio e incertidumbre. ¿Debería sentarse en su cama, tomar su mano y tratar de apurar su despertar? No. Lo mejor era darle un poco de tiempo. Necesitaría un momento para recobrar la calma.
Su padre sacó el brazo de debajo de la cobija con un movimiento vacilante y se pasó la manga por los ojos cerrados. No parecía notar que Jacobina estaba ahí. Fijó la vista en el muro frente a su cama y analizó el cuadro que estaba colgado un poco bajo y que quizás colocaron ahí para darle a la habitación del hospital un poco de color. Incluso en la semioscuridad era posible discernir la Torre Eiffel. Una reproducción barata de alguna pintura impresionista, supuso Jacobina cuando entró al cuarto por primera vez. Mas no uno de los típicos motivos de Monet que siempre imprimían en los calendarios para colgar. Este cuadro no lo había visto nunca. Lo estudió en detalle durante las largas horas de espera, no porque le agradara en particular, ya que, de hecho, no le gustaba, sino porque era lo único en aquel entorno que no la hacía pensar en la muerte. En la muerte y en las expectativas que tendría que satisfacer cuando esta llegara. Si llegaba.
¿Podría llorar? ¿Podría sentir la aflicción que se supone que uno debe sentir cuando su padre fallece? ¿Ese dolor permanente que reclama un espacio en tu corazón cuando por fin comprendes que la pérdida es irremediable? O tal vez no sentiría gran cosa. A su padre ya lo había perdido más de veinte años atrás. Cuando apenas tenía veintiuno, cuando partió de Canadá para ir a Nueva York. Cuando no la perdonó.
La muerte de su madre fue ardua. Después de acostumbrarse a su locuacidad, a Jacobina le tomó años aceptar el silencio definitivo. De ella extrañaba todo. Las breves y casi cotidianas llamadas telefónicas que siempre hacía en el peor momento. La conversación nimia.
—Jackie, mi niña, ¿cómo estás?
—Mamá, estoy en la oficina, no puedo hablar mucho tiempo.
—Solo quería cerciorarme de que todo estuviera bien.
Los paquetes no solicitados de mamá. Llenos de chocolate amargo y bagels de la panadería de Saint-Viateur. Sus cartas con la caligrafía garabateada que Jacobina podría reconocer incluso a distancia. El invierno había durado demasiado, le escribió su madre, no estaba bien de salud. Ella casi nunca las respondía. Cada año, cuando llegaba la Pascua, su madre le enviaba más pan matza del que jamás podría comer. En Nueva York había más tiendas kosher incluso que en Montreal, pero su madre se negaba a escucharla. En aquel entonces, la atención excesiva la irritaba. Ahora, años después, seguía extrañándola. Añoraba la plétora de llamadas telefónicas. Si solo hubiera sido más atenta, pensaba con frecuencia, era lo mínimo que habría podido hacer. Comprendió demasiado tarde que su madre fue su único hogar. A veces, incluso a la magia de la nostalgia le es imposible disimular el dolor del arrepentimiento. Los “y si…”, los “lo que pudo ser”. Todas esas palabras no pronunciadas.
Y su padre. No, ese era un asunto distinto.
La mirada de Jacobina se deslizó de nuevo hasta la cama de hospital. No extrañaría su frialdad, pero, a pesar de ello, vino a despedirse. Ya había sufrido demasiado durante su vida, no debería morir solo también. La noción del deber de una hija única.
De pronto tosió con tanta violencia que la cabeza latigueó hacia el frente en fragmentos. Entonces trató de hablar otra vez.
—La sangre… —farfulló, hizo una pausa breve y se esforzó por continuar—: es más densa… que el agua.
Cerró los ojos gruñendo, como si musitar aquella frase lo hubiera despojado del último gramo de fuerza.
Jacobina se encogió un poco. Con qué frecuencia predicó su padre eso en el pasado. Fue su explicación para todo: para la guerra y la paz, para la lealtad y la traición.
¿Se dirigía a ella o deliraba?
—Un vecino lo encontró inconsciente en el suelo —le dijo el médico cuando llamó y le pidió que fuera lo antes posible. Una frase que provocó muchas preguntas—. Necesitamos observarlo —añadió el galeno.
Desde que Jacobina llegó a Montreal no había podido obtener mucha más información. El médico estaba ocupado y solo le concedió algunos minutos. Era bueno que estuviera ahí, le dijo estrechando un instante su mano. Su padre estaba débil. Era cuestión de tiempo.
Nunca le mencionó su estado de salud. Por supuesto, su movilidad se deterioró con rapidez en los últimos años y llevaba mucho tiempo sufriendo de insomnio. Señales habituales del envejecimiento.
—Envejecer es espantoso —solía decir—. Te duelen todos los huesos.
Sin embargo, no hubo más detalles. Si se enfrentaba a una presión arterial elevada o a la diabetes, si un cáncer arrasaba con su cuerpo, o por qué tragaba aquellas pastillitas blancas, Jacobina no tenía idea. Y tampoco le habría interesado.
Una empleada de intendencia pasó a trapear el suelo una hora antes, pero el punzante olor del desinfectante aún se percibía en el ambiente. Jacobina miró por la ventana que no podía abrirse. La vida en el exterior se veía lejana. Irreal.
A pesar de que apenas eran las cuatro de la tarde, ya estaban encendidas las farolas de la calle. Nevaba de nuevo. Los copos de nieve caían en líneas sesgadas hasta llegar al suelo. Estos malditos inviernos canadienses. Jacobina siempre los odió, y cuánto. La oscuridad eterna, las manos congeladas y enrojecidas. Había odiado casi todo ahí, ¿por qué nunca lo entendió su padre?
Pero lo que en verdad la sofocaba era la oscuridad del invierno. ¿O acaso sería otro tipo de oscuridad la que se estaba formando ahora? ¿Una que solo ella podía discernir?
Extendió la mano hacia el interruptor para encender la lámpara sobre el buró, pero luego se arrepintió y la retiró. Con un súbito dejo de indulgencia, recordó que a su padre le agradaba la luz crepuscular. El ocaso dándole la bienvenida a la noche y permitiendo que todo se apaciguara de forma gradual. En casa a menudo se sentaba en medio de la oscuridad, feliz de permitir que la paz aumentara en su interior, como si se tratara de un bálsamo para una especie de dolor invisible.
Solo dejó la pequeña lámpara de pared que la enfermera encendió esa mañana, y cuya luz resplandecía tenuemente sobre la mejilla derecha de su padre.
El hombre se aclaró la garganta y volvió a abrir los ojos. Jacobina tomó un vaso de la mesa, lo llenó con agua de la jarra que la enfermera rubia había traído en la mañana y se lo ofreció a su padre en silencio. Él no reaccionó, solo se quedó contemplando, como hechizado, la silueta de la Torre Eiffel. Su rostro lucía incluso más hundido que cuando lo alumbró la luz diurna; sobre su frente se dibujaban amplias líneas negras como fisuras, y el poco pelo que aún tenía le colgaba en mechas de la cabeza. Dios santo, ¡qué viejo se veía! Era viejo. Ochenta y dos. A pesar de que llevaba contemplándolo sin pausa casi dos días, la demacrada figura con mejillas grises le resultaba desconocida. En ella no quedaba nada que le recordara al alegre y un poco regordete Papa Lica que solía estrecharla con fuerza y la hacía girar en el aire cuando era niña. Aquel que presionaba su tosca mejilla contra la de ella y le susurraba cosas divertidas al oído. No quedaba nada de todo aquello que alguna vez transpiró calidez y seguridad: su voz, su risa, el aroma de su loción para después de afeitar. Ella tenía ocho años entonces y el mundo parecía enorme y fulgurante.
“El Salvaje Lica”, así lo llamaban todos. Sí, fue salvaje y ruidoso. Le había exigido demasiado a la vida, pero no respetaba a nada ni a nadie salvo las sagradas reglas del Sabbat, cuando mamá encendía con devoción las velas y él se servía una cantidad generosa de vino y bendecía a su familia. A Jacobina le agradaba recordar las tardes de viernes de su infancia. La casa limpia, las preocupaciones económicas y de otro tipo pospuestas, el aroma del jalá, aquel pan blanco trenzado que su madre sacaba del horno y espolvoreaba con sal, y cuyo aroma llegaba hasta las habitaciones. Cuando su madre aún vivía y Lica no era todavía aquel malhumorado cínico que devino tras su fallecimiento. ¡Hace cuánto tiempo pasó todo eso!
Jacobina había tratado de suprimir en vano aquellos otros recuerdos menos placenteros. Las innumerables discusiones. Las acusaciones. El silencio. Y ahora, el silencio se quedaría con ella porque la muerte de él no cambiaría nada.
—París —dijo Lica, rompiendo la quietud de la misma súbita manera que minutos atrás. Su voz sonaba áspera pero estable. Ya no tuvo que aclararse la garganta—. Judith… mi hija —dijo. Respiró hondo y volvió a quedarse callado.
¿De quién hablaba? ¿Estaba alucinando?
—Padre, soy yo, Jacobina.
—París —repitió en voz baja, casi con aire melancólico y sin desviar la mirada de la Torre Eiffel.
—Padre, ¿cómo te sientes? —él no respondió.
Jacobina se inclinó hacia el frente y tocó su mano. ¿Por qué no querría voltear a verla? ¡Seguro se daba cuenta de que estaba ahí!
En su rostro había una especie de anhelo. Giró lentamente la cabeza hacia Jacobina y la miró, la atravesó con la mirada. Estaba en otro lugar por completo.
—¿Cómo pude hacerte esto, Judith? —dijo, deslizando el dorso de la mano sobre su boca, y ella se le quedó mirando.
—¿De qué hablas?
En ese momento se abrió la puerta. La luz del techo se encendió y llenó la habitación con un resplandor neón. Jacobina parpadeó.
La enfermera pelirroja de los zapatos rechinantes entró y se colocó al pie de la cama.
—Bonsoir, Monsieur Grunberg. ¿Su descanso fue satisfactorio? —preguntó con voz sonora y guiñando. Luego giró hacia Jacobina—: ¿Cuánto tiempo lleva su padre despierto?
Pero él habló antes de que ella pudiera responder.
—Agua —dijo.
—Unos cinco minutos, tal vez —murmuró Jacobina poniéndose de pie. Estaba a punto de levantar el vaso para ponérselo en los labios, pero él lo tomó con mano temblorosa y le empujó el brazo.
Típico, pensó ella.
Su padre sujetó el vaso con ambas manos y tomó breves y ávidos sorbos.
La enfermera caminó alrededor de la cama, se ocupó en reajustar el goteo y cerró las cortinas. Lica se hundió en la almohada y su debilitada mano perdió el control del vaso medio lleno de agua que rodó sobre la cobija, cayó al suelo y se hizo añicos.
—Tenga cuidado, Madame —dijo la hermana sujetando el blando brazo del enfermo para sentir su pulso.
Jacobina se inclinó para recoger los vidrios rotos. Le dolían las piernas por haber pasado tanto tiempo sentada sin moverse.
—Cuarenta y cuatro. Bastante bajo —dijo la pelirroja antes de dejar reposar el brazo de nuevo sobre la cobija y anotar la cifra—. Asegúrese de que coma algo —ordenó, y oprimió el botón de las enfermeras—: Cena para la habitación cincuenta y cuatro —dijo antes de irse.
Jacobina sacó algunas servilletas de una caja colocada en la mesa al lado de la cama de Lica y las usó para recoger las últimas astillas que quedaban en el piso. No vayas a causar problemas —se había dicho a sí misma—, no hagas comentarios irritantes. No valía la pena discutir con la enfermera.
Un joven camillero entró a la habitación con una charola con alimentos y una tetera, y los colocó en la mesita de noche del paciente. Sonrió con timidez y le deseó buenas noches a Jacobina. Ella miró el plato: una rebanada de pan con una rebanada cuadrada de queso y, al lado, unos cuantos pepinillos secos.
—Basura —dijo Lica, resoplando cuando volvieron a estar solos.
Jacobina sonrió. Ese era el Lica de su juventud: aquella audacia como bofetada deliberada, el hombre lleno de vida, el “me importa un comino lo que la gente piense” que adoraba en su infancia. Tal vez seguía ahí, detrás de esa fachada hosca que se fue construyendo a lo largo de sus años de soledad. Quizá los temores del médico se presentaron con demasiada premura. Se retiró un mechón de cabello del rostro, apagó la luz del techo y jaló su silla para acercarse a la cama.
—¿Te gustaría beber un poco de té?
—Necesito hablar contigo —dijo sin mirarla. Habló con un tono apacible pero resuelto.
Jacobina lo miró sorprendida. Entonces sí sabía que ella estaba ahí.
—La vida es complicada, Jackie —murmuró, pronunciando el breve nombre que usaba para llamarla cuando era niña—. Ahora solo nos tenemos el uno al otro.
Si hubiera llegado a esta conclusión diez años antes, pensó Jacobina mientras las campanas tañían como un incesante recordatorio, me habría ahorrado mucho dolor. La ira empezó a crecer en su interior. Ahora que estaba sufriendo, quería arreglar todo con su retórica vacía. Ahora solo nos tenemos el uno al otro. Las palabras resonaron en su cabeza como las campanas olvidadas por Dios. No era tan sencillo. Además, era muy tarde. Demasiado. Jacobina trató de respirar con calma, se permitió mirar sin rumbo por toda la habitación. Nada de comentarios amargos, se recordó. No pensaba perder la compostura.
—¿Cómo podría explicarlo? —continuó Lica, pasando la mano sobre la mancha de agua en la cobija—. Yo… me equivoqué en algunas cosas.
¡Algunas cosas! A Jacobina le dieron ganas de reír con amargura. ¡Todas! Pero solo se repuso y permaneció en silencio. Recordó la terrible riña que tuvieron en su última visita, cuando juró que no volvería nunca. Siempre habían discutido cada vez que se veían. Con intensidad y furia. En cuanto el café y la conversación trivial de las primeras horas del día quedaban atrás, él se lanzaba de lleno a las recriminaciones. Sobre su vida, sobre el hecho de que no hubiera terminado sus estudios; sobre haberse conformado con un trabajo donde solo “golpeteaba teclas”, como él decía, a pesar de que no era tonta. Sobre haber cambiado Canadá por Estados Unidos.
—Debiste quedarte con Louis —le decía en aquel tiempo mientras cenaban en la mesa de la cocina estofado de lata recalentado, lo único que a su padre le gustaba comer—. Él habría hecho algo valioso y ahora ambos tendrían una buena vida.
Louis, su novio de la adolescencia. Nunca lo amó en realidad, tampoco sintió su ausencia ni la pérdida de la aburrida vida que habría tenido con él.
—Tengo una buena vida.
—¿En esa caja de zapatos? —decía con malicia refiriéndose a su diminuto departamento en Manhattan—. No me hagas reír.
Era inútil. ¿Qué sabía sobre ella? ¿Que se sintió aturdida cuando llegó a Nueva York? ¿Comprendía la ligereza que le brindó calidez a su alma cuando miró hacia abajo desde el departamento en el piso cincuenta y siete? ¿Su felicidad y la sensación de plenitud porque estaba viviendo su sueño? No sabía nada. ¿Cómo podría? La muerte de su madre creó una brecha entre ellos. Y ahora, la distancia se sentía demasiado grande para superarse con una plática superficial junto a su lecho.
Jacobina no podía recordar la última vez que tuvieron una conversación tranquila. Todo comenzó en los primeros años después de que su madre murió. Él empezó a hablarle con menos frecuencia, rara vez contestaba el teléfono y se fue aislando cada vez más. Dejó de recibir a los vecinos y pasaba el día entero sentado frente al televisor. Jacobina nunca dejó de preocuparse por él, así que lo visitaba los fines de semana largos. Eran días agonizantes. Él mantenía los postigos de las ventanas cerrados hasta el anochecer, apenas tocaba sus alimentos. Siempre usaba los mismos pantalones de pana gris y dejó de rasurarse. La casa olía a moho, el jardín estaba descuidado. Y cuando hablaba, era solo para hacerle reproches. ¡El tono de su voz! ¡Esta oscuridad! Jacobina empezó a odiar la casa de su infancia, el lugar que en algún tiempo albergó tanto amor.
Este pesado sentido de la responsabilidad la consumía, era algo de lo que no podía librarse, por eso se forzaba cada seis meses a tomar el autobús Greyhound y viajar los cientos de miles de kilómetros del otro lado de la frontera para ir a Montreal y visitar a su aislado padre. Se quedaba una noche, dos como máximo, pero ya no podía lidiar con el asunto.
—No debería vivir solo —le había dicho Iris, la vecina que se convirtió en la mejor amiga de su difunta madre. De vez en cuando Iris iba a ver cómo estaba Lica, y luego llamaba por teléfono a Jacobina para darle el reporte—. Trata de entenderlo —decía, pero Jacobina nunca pudo ni quiso.
En su última visita, su padre fue particularmente hostil, tanto, que después de eso no lo contactó en todo un año.
—¡Algún día tendrás tu merecido! —le gritó cuando salió furiosa de la casa—. Algún día te descubrirás vieja y sola en tu departamento, y te arrepentirás de la vida que tuviste.
Eso fue algunos años antes. No lo había visitado desde entonces, solo le llamaba de vez en cuando. ¿Por qué estaba tan enojado? ¿Y por qué con ella?, se preguntaba a menudo. Nunca le hizo nada malo. Sí, de acuerdo, lo decepcionó porque no llevó a casa un esposo ni le dio nietos que abrazar, pero seguir su propio camino no cambiaba nada: seguía siendo su hija.
¿Y ahora quería implorarle perdón por todo el rechazo y la amargura que le causó? ¿Una disculpa por todo? ¿Podría aceptar algo así? Cruzó las piernas y empezó a balancear el pie derecho de arriba abajo.
Lica miraba fijamente la Torre Eiffel otra vez.
—París… —dijo—. Ahí empezó todo.
Jacobina lo volteó a ver sorprendida. Quería preguntarle de qué hablaba, pero decidió permanecer callada y esperar. Tal vez él se explicaría en un momento.
—Claire —susurró—, la hermosa Claire… Yo la amaba —dijo con un suspiro y se enjugó los ojos—. Luego el bebé. Llegó demasiado pronto, la cosita.
—¿De quién estás hablando?
—La partera pensó que no lo lograría —dijo antes de hacer una pausa y tragar saliva—, pero Judith… sobrevivió —agregó. Entonces volteó hacia Jacobina y la miró directo a los ojos por primera vez—: Tu media hermana.
Ella lo miró confundida. Estaba alucinando. El medicamento, sí. Tendría que llamar al médico.
Lica frunció el ceño, su mirada volvió a vagar hasta la Torre Eiffel.
—Claire y yo nos divorciamos —dijo en tono áspero—. Yo volví a Rumania, pero prometí que le escribiría a Judith, que la visitaría y le enviaría dinero. Después de eso conocí a tu madre.
A Jacobina se le atoró el aliento en la garganta, de pronto sintió una ola de calor que le recorrió el cuerpo de golpe. ¿Era la calidez de la habitación lo que la estaba sofocando o las palabra de su padre?
—Luego llegó Hitler y, más tarde, la guerra —Lica hizo una pausa—. Los tontos rumanos se unieron a los nazis, querían aniquilarnos. Primero vinieron por el tío Philip, luego por mí —dijo y se quedó en silencio un instante, como si necesitara reunir toda su fuerza para pronunciar la última parte de su confesión—. Yo… perdí el contacto con Judith. No volví a verla jamás.
Jacobina sintió que el estómago se le acalambraba, el dolor también le provocó una sensación de presión en la cabeza. Su mirada siguió las marcas negras que las ruedas de las camas habían dejado en el suelo. En la esquina junto a la ventana se habían formado pequeñas pelotas de pelusa. ¿Acaso no acababan de limpiar el suelo? O tal vez solo lo imaginó todo, igual que imaginó que alguna vez supo quién era su padre. Las campanas de la iglesia volvieron a sonar y a retumbar en sus oídos. Este hombre yacía frente a ella, viejo y con una palidez mortecina, y pasaba sus últimas horas pensando en una mujer que amó y en un bebé que mantuvo oculto durante décadas. La vida era una colosal mentira.
—¿Por qué nunca me contaste esto? —susurró Jacobina. En su frente se habían formado perlas de sudor que enjugó con el dedo índice.
—Los rizos —murmuró el viejo—, rizos color castaño dorado… iguales a los de Claire.
Una media hermana. Todos esos años su padre vivió con aquella verdad y sin ella. Eludió sus responsabilidades de padre dos veces: no hizo el esfuerzo de buscar a su primogénita y tampoco le contó a su otra hija que tenía una media hermana. ¡Qué cobarde! Jacobina quería decirle todo eso en ese instante. Aullarlo a los cuatro vientos. Purgarse el dolor con un alarido. No obstante, solo pasó saliva y sintió la lengua pesada y seca.
De niña, siempre que le preguntaba a Lica sobre su vida, él solo hacía un gesto desdeñoso con la mano y decía: “Ah, la guerra… nos destruyó”.
Estaba al tanto de que fue deportado a un campo de trabajo, de que tuvo suerte de no terminar en los campos de exterminio en Polonia y que permaneció en Rumania. Pero nunca quería hablar de ello, siempre terminaba la conversación de forma abrupta. Por eso ella no sabía los detalles, de lo único que se enteró fue de que en algún momento escapó y de inmediato dejó el país y salió de Europa con su madre y con ella. Jacobina nunca lo presionó para que hablara, no le agradaba la tensa, oscura y horrorizada expresión que aparecía en el rostro de sus padres cuando pronunciaban la palabra guerra. Para ella no tenía ningún significado porque Europa estaba lejos y eso sucedió mucho tiempo atrás. Era un bebé en aquel entonces y no recordaba nada. En su pasaporte decía que había nacido en Bucarest y eso era todo lo que necesitaba saber.
—Dentro de poco todo habrá terminado para mí —masculló Lica—, no quiero continuar.
—Debiste decírmelo —exclamó Jacobina con dificultad. Lica volteó a verla con los ojos llorosos, sin color.
—No podía, Jackie —dijo—, estaba demasiado avergonzado —Jacobina se mordió el labio, la honestidad de su padre la tomó por sorpresa—. La última vez que vi a Judith fue en París —continuó—, tenía trece años, o quizás ya había cumplido catorce… Fue mucho antes de la ocupación. Era primavera.
Lica volvió a mirar el cuadro. Jacobina siguió su mirada y por primera vez notó que la pintura estaba ligeramente inclinada. Lica movió los brazos con torpeza y trató de sacar la almohada de detrás de su espalda, pero se dio por vencido pronto y solo la miró. Ella se puso de pie, agradecida por la silenciosa petición de ayuda, agradecida de poder hacer algo que no implicara hablar. Lo ayudó a sentarse erguido, sacó la almohada, la aplanó y la colocó detrás de su cabeza. Se estremeció al tocar sus huesudos hombros, casi no quedaba nada de su padre.
—Estábamos sentados en Champ-de-Mars, admirando la Torre Eiffel. Lucía justo como en este cuadro, casi rosada bajo la luz matinal. Y orgullosa, como su gente.
Jacobina arqueó las cejas.
La puerta se abrió y el joven camillero que había traído la comida entró para llevarse la charola. El pan con queso continuaba pálido sobre el plato, sin que nadie lo hubiese tocado.
—¿Tal vez preferirías un poco de sopa o caldo caliente? —preguntó Jacobina. No porque le preocupara que su padre no hubiera comido nada, sino por decir algo que no tuviera que ver con lo que acababa de escuchar. Algo normal, cotidiano.
El camillero con la cara llena de pecas la miró a través de sus pequeños lentes redondos y negó con la cabeza. En el gafete de su delantal se leía François.
—Lo lamento, Madame, para hacer solicitudes especiales debe llenar un formulario y entregárselo a la hermana por la mañana.
Jacobina asintió sin prestar mucha atención y viendo al camillero levantar la charola.
—¿Le gustaría tomar una pastilla para dormir, Monsieur? —preguntó el joven.
—Acaba de despertar —susurró Jacobina antes de que Lica pudiera contestar—. ¡No puede ofrecerle una pastilla para dormir!
—Oh, lo siento —dijo el camillero rápido y dio un paso atrás. Los cubiertos se deslizaron sobre el plato y tintinearon al caer sobre la charola—, la pastilla es para otro paciente. Ha sido un largo día —agregó con una sonrisa de resignación.
Jacobina no respondió.
—La vida es larga —exclamó Lica—. Demasiado —agregó mirando al camillero.
—¿Le importaría dejarnos solos? —preguntó Jacobina y luego añadió—: François —con la esperanza de que reaccionara con más rapidez al escuchar su nombre.
El camillero salió deprisa y cerró de un portazo.
—Apaga la luz, Jackie —dijo Lica—, me está cegando.
Jacobina apagó el interruptor de la lámpara que estaba en la pared y se sentó de nuevo en el sillón. Luego aflojó las agujetas de sus botas y estiró las piernas. La oscuridad solo le permitía distinguir el contorno de la cama. Vio el sombrío rostro de su padre delineado en negro, respiró y emitió un sonido ronco.
Entonces escuchó pasos afuera, en el corredor. Voces apagadas. Una breve risa.
—Jackie… —volvió a hablar Lica después de un rato—. Tu madre fue mi vida, cuando murió, todo se derrumbó.
A Jacobina se le inundaron los ojos de lágrimas. ¿Y qué había de ella? ¿Acaso no ocupaba un lugar en su corazón?
—Los recuerdos me alcanzaron —continuó su padre—, todo volvió desbordándose: los rizos de Judith. París. Y luego Rumania. El campo de trabajos forzados. Vivíamos como ratas, sentados en nuestra propia mierda y comiendo basura. Teníamos piojos. Tifoidea. Cuando tu madre faltó, empecé a revivir todo aquello, noche y día. Era insoportable, pero no podía hablar al respecto.
Jacobina tensó los puños.
—Me tenías a mí.
Luego Lica dijo algo inesperado.
—Tenía miedo de ti, Jackie. Eras tan independiente. Nunca me escuchaste, no tenías miedo de nada. Eras igual que yo de joven —dijo y se quedó callado un momento. Jacobina lo escuchó frotarse la cara con la palma—. Tu corazón estaba en el lugar correcto, y yo me sentía pequeño y viejo cuando estabas cerca. ¿Qué caso habría tenido quejarme de la guerra contigo?
Jacobina sintió que la garganta se le cerraba, como si se la hubieran cosido. Las palabras de su padre se deslizaron en el aire del lóbrego cuarto de hospital como una confesión y un bálsamo al mismo tiempo. Por desgracia, lo que no se dijeron durante tantos años ahora parecía un abismo demasiado grande para cruzarse.
—Me odiaba a mí mismo y me desquité contigo —continuó Lica con voz tensa—. No sabía hacer las cosas de manera distinta. Nunca pude hablar de emociones, en especial contigo —agregó inquieto, gruñendo. Los resortes del colchón rechinaron, una almohada cayó al suelo—. Tu madre organizó nuestro escape de Rumania. Era tan fuerte —dijo. A Jacobina le pareció escucharlo sonreír ligeramente—: logró colmar mi vida de nuevo.
Jacobina recogió la almohada en la oscuridad y la volvió a colocar en la cama.
—Logré continuar por años, actuar como si todo estuviera en orden —dijo respirando con dificultad—, pero no era así, todo estaba mal y yo fingía por todos nosotros.
A Jacobina se le volvieron a inundar los ojos. Anhelaba con desesperación volver a sentirse como cuando era niña, cuando Lica y su madre se tenían el uno al otro, cuando todo estaba en orden. Pero en lugar de eso, se tragó la urgencia de romper en un llanto evidente, temerosa de que su padre la escuchara. Incluso en aquel momento prevalecía su orgullo, ahora casi impenetrable tras tantos años de tener una relación tan fría con su padre.
—Nada se olvida —murmuró Lica—, y no hay escape —tosió con fuerza, comenzó a ahogarse, a farfullar, pero unos instantes después, se recuperó un poco—. Perdóname, Jackie —susurró entre las tinieblas.
Perdóname. La palabra que tanto había esperado escuchar. No podía más, las emociones que albergaba eran demasiado fuertes y de improviso la hicieron estallar. Su cuerpo se agitó. Se inclinó hacia el frente, se cubrió la mano con la boca y trató en vano de hacer que las lágrimas regresaran a su fuente.
—Ven aquí, mi niña.
Sollozó como si tuviera un ataque de hipo, extendió la mano en busca de la de Lica y, al encontrarla, la asió con fuerza. Los dedos de su padre estaban tiesos, fríos, como los de un cadáver. Por un largo rato lloró sin control con la cara hundida en la cobija. Todos esos años perdidos, los sentimientos negativos.
—Tienes que encontrar a Judith —dijo Lica implorando—. ¡Prométemelo!
Jacobina se calmó de inmediato. ¿Había escuchado bien? Soltó la mano de su padre y levantó la cabeza.
—Quiero que… —la voz de Lica empezó a entrecortarse. Pasó saliva e inhaló fuerte por la boca—. Quiero que termines lo que yo pasé toda mi vida dejando para después.
Jacobina solo se quedó asombrada mirando la negrura de la habitación.
—Por favor —resolló Lica mientras buscaba la mano de su hija sobre la cobija.
Ella volvió a extender el brazo. Lica sujetó y apretó sus dedos. La más íntima señal de afecto de un hombre roto, de un hombre que ocultó su dolor durante años, que lo sofocó con miedo, vergüenza y disciplina; cuyas heridas eran demasiado profundas para sanar.
Al principio, Jacobina sintió pena por él, pero luego la invadió una ternura abrumadora, un sentimiento desconocido. Sintió la necesidad urgente de acariciar su cabeza, pero ¿cómo pasar a ese nuevo lugar de emoción y cariño después de tantos años de vivir en cólera? Su reticencia ganó como de costumbre.
—Prométemelo —insistió Lica con voz ronca y dificultad para respirar.
—Lo prometo —susurró Jacobina. ¿Qué más le podía decir?
Su padre reconoció la promesa estrechando de nuevo su mano.
Afuera, en el corredor, se apagó el ruido del diligente ir y venir del personal. Jacobina escuchó el silencio.
—¿Puedes abrir la ventana? —preguntó su padre—. Me gustaría ver la nieve.
Jacobina se puso de pie y separó las cortinas. Bajo el ambarino resplandor de las lámparas de la calle vio nubes de copos de nieve arremolinándose que le recordaron que no tenía ropa adecuada para ese clima. Su partida fue tan apresurada que dejó los guantes en casa y tomó la chaqueta equivocada. Al menos, el hotel estaba a solo unos pasos.
—Voy a dormir un poco más —dijo su padre. Su voz sonaba ligera y confiada, casi como con la que le hablaba cuando era niña. ¿Su confesión lo habría aliviado tanto?
—Deberías irte ahora, Jackie.
—Me quedaré hasta que te duermas.
—No, no te preocupes. Voy a ver la nieve. Me tranquiliza.
Con un esfuerzo enorme, Lica giró sobre su costado para ver mejor por la ventana. Jacobina miró vacilante la rígida silueta de su espalda, pero no dijo nada más.
Si de verdad quería estar solo, tal vez debería irse, pensó y tomó su chaqueta.
—De acuerdo. Te dejaré ahora, pero regresaré mañana por la mañana —dijo, mientras se enrollaba la bufanda en el cuello—. Y te traeré algo apetitoso para el desayuno —solo de pensarlo, su estómago empezó a rugir, no había notado lo hambrienta que estaba—. Buenas noches, padre —murmuró y salió de la habitación cerrando la puerta con delicadeza.
Camino al elevador se detuvo en la estación de las enfermeras. Una joven de cabello largo trenzado estaba sentada repartiendo tabletas en vasitos de plástico. Junto a ella había una taza grande de café y un paquete de galletas abierto. Jacobina dio unos golpecitos en la puerta entreabierta y saludó a la hermana.
—Me voy, ¿sabe dónde encontrarme?
—¿Nombre del paciente? —preguntó la enfermera, un poco confundida antes de darle un sorbo al café. I Love Canada, decía el mensaje con grandes letras impreso en la taza. Jacobina no la había visto antes.
—Lica Grunberg. Habitación cincuenta y cuatro.
La hermana miró el tablero con chinchetas sobre el escritorio sin soltar la taza.
—Está hospedada en el Auberge. Muy bien —murmuró antes de dar otro sorbo.
—Por favor, llámeme de inmediato si sucede cualquier cosa —dijo Jacobina, más tranquila al ver que las hermanas estaban bien organizadas—: vendré enseguida.
La hermana asintió y continuó separando las tabletas.
Tal vez no debería irse después de todo, pensó Jacobina. Giró y volvió sobre sus pasos. La enfermera pelirroja salió de una de las habitaciones y cuando la vio murmuró algo y señaló su reloj con el dedo.
A Jacobina no le importaba que las horas de visita hubieran terminado. Pasó al lado de la enfermera con el mentón en alto. Se detuvo frente a la puerta de Lica y miró alrededor. Sintió como si la observaran, pero la enfermera ya no estaba ahí.
Jacobina colocó una mano sobre la manija y titubeó. Su padre le había dicho que quería dormir. Mañana tendrían mucho tiempo para hablar. Le traería croissants frescos y café con mucha leche como le gustaba beberlo. Por primera vez desde que murió su madre desayunarían juntos sin pelear, porque él ya no le temía y ella ya no le guardaba resentimiento. Le preguntaría sobre Judith y tal vez le contaría un poco sobre ella también. Descansarían juntos bajo la apacible luz de su confesión. No más oscuridad. Un nuevo inicio tan cerca del fin. Soltó la manija, dio media vuelta y se dirigió al elevador.
***
Jacobina encendió la luz. La habitación del hotel estaba helada, alguien debió de haber apagado la calefacción. ¡En el momento más álgido del invierno! El frío volvía el entorno aún menos grato de lo que ya era. La camarera había extendido la cobija café sobre la cama y colocado dos almohadas con flores bordadas junto a la cabecera. La pijama estaba bien doblada sobre la mesa de noche. En algún lugar se escuchaba el siseo de una tubería.
Se acercó al radiador y giró la perilla para aumentar el nivel de calefacción, luego abrió las cortinas, apagó la luz y se sentó junto a la ventana, pero no se quitó la chaqueta. El estómago le gruñía de nuevo; sin embargo, no tenía ganas de volver a salir e ir a comer sola a algún lugar. Hoy no.
Hurgó en su bolso y sacó una barra de chocolate que ya estaba abierta, terminó de rasgar la envoltura y la mordió. La masa azucarada le provocó un calambre en el estómago, pero le calmó el hambre un poco. Observó los copos de nieve bailarina igual que Lica lo hacía en ese instante. De vez en cuando, una ráfaga de viento arremolinaba la nieve haciéndola formar amplios arcos en el aire. De pronto, se sintió muy cerca de su padre.
Escuchó una puerta abrirse al otro lado del corredor, se hundió un poco más en el sillón y escuchó el zumbido de la calefacción. Recordó que Lica nunca hizo muñecos de nieve con ella, tampoco le leyó cuentos ni le ayudó a hacer su tarea. Su madre se había hecho cargo de todas esas cosas. La influencia y la participación de Lica se produjeron de otras formas, en otra escala. Él le leyó fragmentos de la Torá, le contó sobre el éxodo de los judíos de Israel y la llevó a la sinagoga. No seguía las reglas de su religión de manera absoluta: le encantaban los mariscos y, en su opinión, el vino kosher no era más que agua jabonosa endulzada. Sin embargo, siempre puso énfasis en la importancia de transmitirle a su hija una noción de pertenencia a pesar de estar lejos de su hogar en Rumania, una sensación que no tenía que ver con la situación geográfica. Nunca significó nada para ella cuando fue niña porque era lo único que sabía. Además, ¿qué niño comprende el valor de regalos tan profundos? Su padre le había transmitido la identidad, la historia y la Historia de su pueblo, y aunque ella nunca se obligó a ser más curiosa respecto a su educación religiosa, años después, cuando se encontró sola en Nueva York, esta se convirtió en la piedra angular de su vida. Era algo que le daba fuerza y una sensación de comunidad, algo que la conectaba con la familia feliz que alguna vez tuvo.
La habitación comenzaba a entibiarse poco a poco, el calor la arrullaba y la hacía sentirse cada vez más cómoda. Se quitó la chaqueta y cerró los ojos. Las imágenes inundaron su mente, volvió a ver a su padre, pálido, con barba de varios días, sentado en una silla de la cocina cubriéndose los ojos con las manos. La taza de té frío frente a él. Baja las persianas, lo escuchó ordenarle en tono hosco, me enferma la luz.
Años atrás, una primavera. Él reía, la levantó para acomodarla en el pequeño asiento que acababa de atornillar a la barra central de su bicicleta. Ella, orgullosa, se sentía como en un trono sentada entre su padre y el manubrio, con el bollo del desayuno en la mano. ¡Tengan cuidado!, gritó su madre cuando él comenzó a pedalear para llevarla a la escuela.
De pronto, varios golpes en la puerta la hicieron despertar. ¿Dónde estaba? ¿Cuánto tiempo llevaba ahí? Un golpeteo más, con más ímpetu.
—¿Madame? ¿Está ahí?
Jacobina se puso de pie, se tropezó con su bolso en la oscuridad y tuvo que extender las manos hacia la pared. Por Dios santo, ¿dónde estaba el interruptor?
—Ya voy —dijo.
Pero la mujer que estaba afuera no la escuchó y golpeó la puerta por tercera vez.
—Es urgente —dijo con voz agitada—. ¿Está ahí?
Jacobina abrió la puerta.
Frente a ella estaba la recepcionista del hotel sin aliento.
—Por favor, baje —farfulló—: tiene una llamada telefónica.
En su habitación no había teléfono, así que no habrían podido transferir la llamada desde la recepción.
El hospital. Fue lo primero que le pasó por la mente. Dejó la puerta entreabierta y bajó corriendo por las escaleras con alfombra de motivos orientales. Lica quería hablar con ella, no podía dormir.
Pero en cuanto tomó el auricular y se lo colocó sobre la oreja, supo que estaban a punto de decirle algo distinto. Sintió el corazón palpitarle en las sienes, un dolor abrasador le desgarró el pecho. Había llegado, el momento para el que se había preparado durante días, años, había llegado. El instante que hasta entonces creyó que no cambiaría nada.
—¿Madame Grunberg?
—Sí —susurró Jacobina muy cerca del auricular que sostenía con ambas manos.
—Soy la hermana Louise —dijo una mujer e hizo una pausa—. Lamento informarle que su padre falleció.
Jacobina no dijo nada.
—Debe de haber sucedido poco después de que usted se fue —explicó la hermana—. Lo siento.
Ahora solo nos tenemos el uno al otro, creyó escuchar a Lica.
Se quedó mirando la oscuridad por la ventana mientras una tormenta de emociones formaba una espiral en su interior. Las campanas de la iglesia repicaron y su tañido se mezcló con el silencio de la nevada: cuántas etapas distintas del día habían precisado. Toda una vida de amargura troncada por una revelación, por una confesión que dio lugar a esa gracia y afecto olvidados tanto tiempo atrás. Gozó de ellos por un momento brevísimo, y ahora su padre se había ido.
¿Esa sensación bastaría para eliminar el dolor que se había arraigado en ella de una manera tan profunda? Años de resentimiento y abandono, el secreto de que tenía una media hermana. ¿Podría perdonarle a su padre que descargara en ella todo el peso de su culpabilidad para poder morir en paz? ¿Podría perdonarlo por dejarla tras haberle hecho una promesa tan grande que no sabía si tendría la fortaleza de cumplir? ¿Podría perdonarlo por abandonarla a ella?
No fue sino hasta más tarde, cuando volvió a su habitación del hotel, que pudo llorar por su padre.
2
JUDITH
PARÍS, SEPTIEMBRE DE 1940
Estaba sentada en uno de los peldaños a la mitad de la desvencijada escalera de la biblioteca cuando descubrí la nota. Escrita en un papel peculiar, demasiado grueso, color azul cielo, doblado varias veces y oculto entre las páginas de A la sombra de las muchachas en flor de Marcel Proust. Ediciones Gallimard, 1919, 492 páginas. Un volumen bien hojeado y el lomo torcido: los estudiantes lo solicitaban con frecuencia. El año pasado, como parte de mis estudios de literatura en La Sorbonne, también tuve que batallar para recorrer las frases laberínticas y las excéntricas metáforas del escritor parisino, sus palabras como denso perfume que podía inhalar y casi oler, pero no retener.
Lo primero que pensé al ver el papel fue que alguien había olvidado sus anotaciones de estudio. Coloqué sobre el estante los otros libros que llevaba bajo el brazo y saqué el papel del de Proust. Para Judith, decía en la parte superior con letra pulcra y pequeña. Me quedé mirando mi nombre desconcertada.
Una ligera ráfaga de viento atravesó el lugar y cerró de golpe la ventana entreabierta. Me asusté, casi perdí el equilibrio, tuve que sujetarme de la escalera. Bajé los escalones deprisa y desdoblé el papel.
El fluido movimiento de tus delicadas, pálidas e incansables manos —decía, escrito en tinta negra—. Tu esbelta figura, tu natural andar. Cada vez que entras a un lugar, lo iluminas. C.
Mi corazón palpitó más rápido. Nunca había recibido un mensaje así. ¿Quién diablos era C? Volteé la nota para ver si tal vez el remitente había escrito su nombre en la parte de atrás, pero no había nada.
¿Sería el inicio de algo emocionante y distinto? ¿Un mensaje que buscaba atraerme a una especie de relación peligrosa como con tanta maestría las había descrito Choderlos de Laclos? O, ¿acaso sería la carta que me abriría la puerta al romántico viaje que siempre anhelé, pero solo había podido vivir en los libros de Flaubert, George Sand y Balzac?
Romance: qué idea tan audaz y prohibida. Volví a doblar el papel con un gesto resuelto. La vida ya era demasiado agitada y riesgosa entonces. En aquellos días, incluso el amanecer lo percibía como una amenaza.
Unos tres meses antes, los franceses habían capitulado y ahora los alemanes ocupaban la mitad de nuestro país. A esta humillación del pueblo francés, el mariscal Pétain la llamó “cese al fuego”, y desde entonces los alemanes se instalaron en los hoteles de lujo, y nuestra ciudad me pareció extraña, ajena. En todos lados empezaron a surgir anuncios con largas palabras en alemán que ningún francés podía pronunciar. Una bandera con la esvástica ondeó en la Torre Eiffel y tuvimos que adelantar nuestros relojes una hora para sincronizarlos con la hora de Berlín.
Alguien dijo mi nombre, levanté la vista. Monsieur Hubert, el bibliotecario principal se acercaba a mí pasándose la mano por el escaso cabello.
—¿Ya registró la información de las nuevas adquisiciones en el fichero? —preguntó. En sus ojos, detrás de sus pequeñas gafas redondas, su amable mirada brillaba.
Al menos, una persona actuaba como si no pasara nada. Cierto, las cosas se habían normalizado un poco desde el catorce de junio, cuando llegaron los primeros alemanes a la Porte de la Villette, en las afueras de París. Muchos de los parisinos que, por temor a la amenaza alemana, huyeron al sur al principio del verano ya estaban de vuelta; los cines reiniciaron su programación, y los cafés y los restaurantes reabrieron. La ciudad parecía revivir, pero las cosas no eran del todo lo que parecían. Desde varias semanas antes, sobre París se cernía una incertidumbre fantasmal.
—Sí, por supuesto, Monsieur, lo hice ayer —respondí sin prestar mucha atención y sin despegar la vista del papel que tenía en la mano.
—Entonces puede irse a casa, Mademoiselle, se hace tarde —dijo suspirando con delicadeza mientras miraba por encima de los anaqueles—. De nuevo hay una larga fila en Georges, los suministros comienzan a escasear. Vaya a hacer sus compras antes de que todo se acabe.
El querido y dulce Monsieur Hubert, siempre pensando en los otros. Le sonreí, me recordaba a mi padre. O, más bien, a la imagen que me había inventado de mi padre con las pocas piezas del rompecabezas que me quedaron en el recuerdo. Le agradecí su gentileza, me despedí, guardé la misteriosa nota en el bolsillo de mi falda y salí de la biblioteca.
Cuando salí a la Place de la Sorbonne me recibió un cálido día de septiembre. Las ramas de las grandes hayas que flanqueaban la plaza se mecían aletargadas al ritmo de la brisa vespertina. Como siempre, en la pizarra del café de la esquina se anunciaba el plat du jour, y en el quiosco se exhibían las ediciones más recientes de Paris Soir, Le Temps y Le Figaro; sin embargo, algo era distinto. Aunque el año académico acababa de empezar, en la plaza universitaria que por lo general desbordaba de vida, ahora reinaba un silencio agobiante. Algunos estudiantes convivían en grupos pequeños y compactos, no se atrevían a mirar a los soldados alemanes que se paseaban por la plaza riendo y fumando con sus uniformes recién planchados. Eran guapos, los invasores alemanes. Altos, con piernas fuertes y el cabello cortado al ras. Transpiraban una fuerza siniestra, una virilidad repulsiva. Los miré rápido, no quería arriesgarme a hacer contacto visual con ellos.
La luz del sol me hizo parpadear mucho en el trayecto a Georges, la tienda de abarrotes en la rue des Écoles. Incluso desde lejos pude ver la interminable hilera al frente, ¡había más de cincuenta personas formadas! Ayer solo había unas veinticinco. Imaginé que para cuando llegara ya no quedaría nada, pero de todas formas caminé hasta allá y me formé. No tenía caso ver si corría con suerte en otro lugar. La cacería de alimentos empezó a definir nuestra vida cotidiana en el París germanizado. Teníamos que formarnos hasta para comprar una hogaza de pan. Ayer conseguí tres huevos y un poco de café de verdad, pero la leche se había acabado mucho antes. Georges dijo que la siguiente semana recibiría algunos suministros.
Frente a mí estaba formada una mujer de vestido negro con un niño de shorts aferrándose a su falda y, envuelto en el chal, un bebé que no dejaba de llorar. Le hablaba con voz suave para tratar de apaciguarlo, pero él solo berreaba. El niño de los shorts tenía las rodillas raspadas y en la mano llevaba una canasta vacía. Cuando lo miré, hundió el rostro entre los pliegues de la falda de su madre.
Volteé y vi que detrás de mí se habían formado por lo menos veinte personas más, y entre una anciana con sombrero y un joven de traje negro, vi a mi amiga Alice. De niñas, Alice y yo éramos inseparables, pero ahora que ambas estábamos ocupadas con los estudios universitarios, nos veíamos menos. Desde la llegada de los alemanes no nos habíamos reunido para nada.
Levanté la mano y la saludé sonriendo de oreja a oreja, feliz por el inesperado encuentro. Ella me miró brevemente y en sus labios se dibujó una vaga sonrisa, pero luego volteó hacia otra dirección y se quedó viendo a lo lejos.
—Alice —dije.
—Shhh —siseó alguien detrás de mí. La reprimenda me hizo volver de golpe a nuestra nueva realidad. La vida en la ocupación era distinta. Extraña. Nadie reía. Nadie hacía preguntas. La gente permanecía en silencio, con el rostro tenso y una expresión que parecía una mezcla de miedo y nerviosismo.
Agaché la cabeza y miré al suelo. Poco después, dos soldados alemanes pasaron a mi lado.
Unos minutos más tarde, saqué la nota color azul cielo y la volví a leer. Qué caligrafía tan hermosa y expresiva. Aunque el mensaje era muy breve, parecía que lo había pensado bien. Como si C me hubiera observado durante mucho tiempo desde su asiento, hasta encontrar las palabras correctas para describirme a mí y cada uno de mis movimientos.
Observé mis manos. ¿Eran delicadas? Y mi andar, ¿era tan natural como a él le parecía? Agaché la cabeza y miré mis pies envueltos en zapatos de cuero desgastado. Decidí que, en mi próximo turno, buscaría la ficha de préstamo del libro de Proust y vería el nombre de la persona que lo pidió prestado hoy. Me daba curiosidad.
Después de esperar casi una hora, por fin entré a la tienda y tuve suerte. A pesar d
