Capítulo 1
Alemania, 1988
Ula abrió con sigilo el pestillo de la ventana, no era la primera vez que escapaba y había encontrado el modo de evitar los raspones que le habían producido en un principio algunas ramas secas del árbol por el cual descendía hasta tocar tierra firme. Levantó la vista cuando se sintió observada, y le sonrió con picardía y con cierto desdén a la mujer que tenía sus ojos clavados en ella, al otro lado de la calle. Ula estaba casi segura de que su vecina llevaba un recuento de cada una de las veces que se había fugado en las noches, pero poco le importaba. Greta jamás le iría con el cuento a su padre, a quien temía más que al mismísimo diablo.
Dio un pequeño salto para terminar de bajar y se acomodó la mochila en el hombro. Terminó de deshacerse la trenza del cabello y lo ató en una cola alta antes de atravesar el jardín delantero de la casa y traspasar la reja, que chirrió en cuanto la abrió. Maldijo en silencio, si no se acordaba de aceitarla al día siguiente, el general —su padre— la descubriría de un momento a otro.
Avanzó a paso rápido por las calles desiertas y un tanto lúgubres del barrio residencial donde vivía, hasta llegar a la plaza en la que Rainer la esperaba. No bien él la vio, Ula supo que su ceño fruncido no le auguraba nada bueno.
—Lo que haces, Ula, es demasiado peligroso. Si tu padre se entera, estarás en un gran lío. Y yo también.
—Olvídate de él, Rai, eso no pasará. Además, en unas semanas voy a ser libre, y ya no podrá decirme qué hacer o a dónde ir.
—No deberías tomarte esto a la ligera, Ula.
—No sigas, Rainer, o vas a agriarme el buen humor con el que llegué. ¿Vamos? —Le tendió una mano al mismo tiempo que le sonreía.
Rainer suspiró, resignado, juntó la palma con la de ella y emprendió la marcha a su lado. Estaban a tan solo unas manzanas del bar donde solían reunirse con amigos de él y con Gretchen, amiga de Ula, quien también solía abandonar el hogar sin permiso para pasar una noche de baile, risas y alcohol.
Sentados alrededor de una mesa, Rainer no dejaba de pensar en que Ula se ponía en un gran riesgo al salir de su casa como lo hacía. Conocía al señor Mayer, lo rígido y estructurado que era y cómo quería controlar todo en la vida de su hija. Quizás, el hecho de que su esposa hubiera fallecido a temprana edad, cuando Ula era apenas una niña, lo había hecho más malhumorado, si acaso eso era posible. Y Ula, en su afán de llevarle la contra, no hacía sino chocar de forma constante con él.
—¿Oyeron las última noticias? —indagó Fritz, que apoyó el jarro de cerveza vacío sobre la mesa y le indicó a la mesera que le llevara otra.
Rainer resopló; la conversación, la mayoría de las veces, rondaba temas políticos. Tanto Ernst como Silke e Ilsa respondieron a Fritz, mientras que Gretchen y Ula no le prestaban atención, hablando ambas en susurros.
Aunque a Rainer no le interesaba el asunto, era consciente de que la economía del país se veía reflejada de manera permanente en el fruto del trabajo que realizaba junto a su padre, Gunther Schwarz, un comerciante de joyas.
Por momentos, el intercambio se volvía intenso, y era en ese punto cuando revoleaba los ojos con la intención de levantarse e irse. No obstante, no podía hacerlo, no podía dejar sola a Ula. No se debía al hecho de que ella fuera todavía menor, no. Para todos, Ula seguía siendo la niña a quien había socorrido una tarde de tormenta, la hija del general, el hombre más respetado —y temido a veces— en el barrio.
Ula era mucho más para Rainer. Y él solo esperaba el momento justo para declararse, porque acallar lo que gritaba su corazón era un vano intento por no dejarlo entrever. Fritz era quien siempre solía molestarlo cada vez que se perdía en pensamientos de una vida junto a ella. Por el contrario, Silke e Ilsa lo animaban a avanzar. Ernst no le decía nada.
Rainer estaba en una disyuntiva: la amaba, esa era una realidad que no podía negar, pero también era cierto que no quería perder la amistad que los unía. ¿Y si Ula no sentía lo mismo que él por ella?
—¿Rainer?
Giró la cabeza y se encontró con los ojos verdes de Silke, que lo miraba con una sonrisa pícara en los labios.
—Lo siento —se disculpó—. ¿Decías?
Silke rio, desvió la vista hacia Ula y la volvió a él.
—Alguien te conoce bien. —Y le acercó un plato con chucrut y salchichas.
Rainer tan solo asintió y volvió a encerrarse en sus pensamientos.
***
Era casi la medianoche cuando el grupo abandonó el bar. Gretchen, un tanto mareada a causa del alcohol, se despidió con un gesto rápido de la mano y emprendió la vuelta a su hogar, sin aguardar a que Ilse la acompañara, como lo había hecho en otras oportunidades. Extrañada por tal actitud, la joven en cuestión los saludó y, de inmediato, la siguió unos pasos por detrás, de tal forma de asegurarse de que llegaría a salvo. De todos, Ilse era la más mate
