INTRODUCCIÓN
Del amplio comedor de la casa de mis abuelos, los recuerdos traen aquella mesa larga siempre poblada. Los más chicos quedábamos lejos de la cabecera, presidida por mi adorado abuelo Carlos Felipe, quien de manera impensada, a través del amor y los conocimientos, influyó en mi feliz destino.
Pero no era el único que ocupaba la cabecera. Detrás de él, mirándonos con el ceño fruncido, y apuntándonos con el dedo índice de la mano derecha, estaba Sarmiento. No he visto ese retrato en ninguna otra parte. Pero estoy convencido de que el gesto y las facciones pertenecen a su época de legislador luego de la presidencia.
A los más chicos nos parecía que el hombre del cuadro estaba retándonos, cuando en realidad dirigía un discurso cargado de energía a sus pares. Pensándolo bien, es muy probable que estuviera retándolos. Era un hombre terco, de mal carácter, altanero y gruñón. Esas son características que marcaron sus contemporáneos. Pero también lo veían adorable, entusiasta, de buen humor y apasionado.
La realidad es que hubo y habrá un Sarmiento para cada cual. Así como está el monstruo que detestaba a los gauchos, quería entregar la Patagonia a Chile y pidió la cabeza de López Jordán, en las antípodas se halla el visionario que amaba y protegía a los animales, que les dio la primera educación y herramientas para progresar en la vida a millones de nuestros abuelos y que impulsó la producción agropecuaria, principal riqueza de la tierra que pisamos.
El problema de aferrarse a los extremos es no poder conciliar los inevitables grises en la vida de las personalidades del pasado. Incomoda a los que aman a Sarmiento que haya dicho que no había que ahorrar sangre de gaucho. A los que lo odian les perturba saber que es probable que al menos alguno de sus ascendientes dejó de ser analfabeto por la acción concreta del sanjuanino.
Así como hay un Sarmiento a la medida de cada uno, también existe el propio, el que se verá a través de estas páginas. El libro se concentra en el apasionante período de su presidencia, que en los programas de estudio lamentablemente solo se sobrevuela por las necesidades del tiempo escolar. Lo que no significa que no repase otras situaciones de su vida estrechamente relacionadas con los seis años de gobierno.
¿Cómo progresar cuando las posibilidades de educación y de recursos son escasas o nulas? El autodidacta sanjuanino supo hacerlo. ¿Se puede llegar a la cima del poder cuando el propio partido ataca al candidato? ¿Y gobernar sin apoyo partidario? Él demostró que es posible.
Sarmiento enfrentó el primer magnicidio de nuestra historia, fue víctima del primer atentado a un presidente en ejercicio, organizó el primer censo nacional y duplicó la superficie del territorio argentino. Asumió la pesada herencia de una guerra en curso. Completó la presidencia en medio de una rebelión militar.
Separado informalmente de su esposa, durante el mandato vivió de prestado en dos casas de parientes. La prensa lo trató de borracho, corrupto, inútil y anticonstitucional.
Fue el hombre que multiplicó las escuelas en todo el país; y el que una tarde disparó una ametralladora contra una de ellas. Fue quien vetó la decisión del Congreso de convertir a Rosario en Capital Federal de la República.
Esos y muchos otros episodios nos ofrecerán la mirada personal acerca del maestro sanjuanino que no participó de su campaña, que no tuvo “luna de miel” y que, por su carácter nada medido, fue objeto de burlas constantes.
Su presidencia generó un cambio notable en el devenir de la Nación. Supo rodearse de hombres de valía, como Vélez Sarsfield y Avellaneda. Tomó decisiones críticas cuando la urgencia lo requería y cometió el pecado de bajar al llano a debatir en vez de continuar enfocado en los proyectos.
Los lectores van a disfrutar de la correspondencia privada y de ciertas anécdotas que pintan al hombre, pero sobre todo a la época.
Hasta aquí la introducción. Es tiempo de que el señor enojado del cuadro del comedor, que luchó por ver grande a su patria, abandone esa postura y se ponga en movimiento.
ACLARACIÓN
Con el fin de priorizar la clara comprensión por sobre la literalidad decidí modificar la sintaxis, y hasta alguna palabra, de determinados textos periodísticos y cartas; pero manteniendo en todos los casos el sentido original de los dichos.
EQUIPO DE CAMPAÑA
Abraham Lincoln recibió la bala mortal en un teatro de Washington, el 15 de abril de 1865. Exactamente un mes después, el 15 de mayo, Domingo Faustino Sarmiento arribaba a los Estados Unidos, acompañado por su nieto Augusto de once años, para iniciar su acción diplomática con el título de ministro plenipotenciario del gobierno argentino.
El sueño presidencial siempre estuvo latente. Pero en esos días, el desánimo iba ganando. La distancia lo marginaba del escenario público en un tiempo en el que las comunicaciones no eran instantáneas. ¿Por qué aceptó un cargo de prestigio, pero que lo alejaba de su ambición? Un cóctel de situaciones políticas y personales desembocó en la decisión de irse de la Argentina. Puede afirmarse que la misión diplomática le calzó de la mejor manera (de hecho, dejaría un muy grato recuerdo en el país del norte). Sin embargo, el “maestro de escuela” Sarmiento ansiaba ser presidente. Se trataba de un deseo singular, de largo aliento y difícil de concretar debido a la forzada ausencia. A su favor, contaba con las ventajas de no desgastarse ante la constante exposición y el tiempo: en mayo de 1865, faltaban tres largos años para las elecciones en busca del reemplazante de Bartolomé Mitre.
Los íntimos de Sarmiento estaban al tanto de su gran objetivo. Por eso, cuando a los pocos meses sanaron las heridas y revivió el proyecto presidencial, se valió del puñado de personas de entera confianza. Un grupo compacto cuya primera misión era sembrar la semilla de la candidatura. Ellos podían tejer redes para ir aumentando, sin prisa pero sin pausa, el caudal de seguidores.
El sexteto que forjó la postulación estuvo integrado por dos cordobeses, un par de tucumanos y una dupla porteña. Los mediterráneos fueron Dalmacio Vélez Sarsfield —el mayor del grupo, nacido en 1800— y su sobrino Martín Urbano Piñero (1816). De hecho, Sarmiento primero conoció al joven en Chile, donde ambos se encontraban exiliados. Fue Martín quien presentó a su tío y al sanjuanino. Después de Caseros, Dalmacio y su sobrino fundaron en Buenos Aires el periódico El Nacional.
Vélez Sarsfield fue ministro de Hacienda a comienzos del mandato de Mitre, pero pronto renunció al cargo y el presidente le propuso que redactara el Código Civil. En cuanto a Piñero, compartía con Sarmiento la pasión por las plantas y la vida apacible en Tigre.
Entre los tucumanos figuraba José Posse, de la misma edad de Piñero, a quien también comenzó a tratar durante el exilio en Chile. La relación era fraternal: Pepe Posse (así lo llamaba) fue una de las pocas personas a quien Domingo Faustino tuteaba en las cartas. También provenía del norte el joven del equipo, Nicolás Avellaneda (1836). Recibido de abogado, en un pleito se enfrentó a Vélez Sarsfield, pero luego trabajaron juntos en la redacción de El Nacional. Allí lo conoció Sarmiento en 1855.
El quinto integrante, Manuel Ocampo, vino al mundo en la Buenos Aires revolucionaria de 1810 (su padre fue activo protagonista de la Semana de Mayo). Al igual que Avellaneda, entabló amistad con el sanjuanino en 1855. Alcanzó tal grado de intimidad con Sarmiento que éste lo nombró administrador de sus bienes, incluso del manejo del dinero cotidiano.
Es tiempo de presentar a la única mujer del imprescindible equipo de campaña que llevó a Sarmiento al más alto escalón ejecutivo del país. Aurelia Vélez Sarsfield, hija del jurisconsulto, nació en Buenos Aires en 1836 y, por lo tanto, tenía la misma edad que Avellaneda. Si bien ya se habían visto en Montevideo, porque siendo una niña asistió a una conversación de su padre con Sarmiento, fue también en el 55 cuando inició una relación cargada de matices —que trataremos en breve— con Domingo Faustino.
Avellaneda, Posse, los Vélez, Ocampo y Piñero fueron los integrantes de la mesa chica, los encargados de encender la llama electoral, siguiendo la estrategia diseñada por el líder. En la labor de los mencionados —pronto se sumarán otros— se tejió la trama que desembocaría en una de las presidencias más determinantes de nuestra historia.
“VIENDO LAS SEÑAS QUE ESA INFAME HACE A MI MARIDO”
Dentro de seis días me marcho para Buenos Aires y no me es posible alejarme sin ofrecer a Su Excelencia y Rosario mi amistad y deseo de serle útil en aquel destino.
BENITA M. DE SARMIENTO A MANUEL MONTT, 11/2/1857
Aurelia tenía diecisiete cuando se casó con su primo hermano, el médico Pedro Ortiz Vélez, quien además ocupaba una banca en Diputados al igual que su tío Dalmacio.
La unión y la concordia duraron apenas unos meses. La tarde del 18 de noviembre de 1853 el marido encontró a su secretario, Cayetano Echenique, y a la juvenil Aurelia en una incómoda posición. Ahí nomás, Ortiz mató al galán. Una versión sostenía, sin demasiado asidero, que lo mató porque ella estaba embarazada de Echenique.
En el Congreso, donde sus pares debatieron el caso, se presentaron unos certificados médicos que declaraban insano al diputado, quien partió al exilio. Aurelia se reintegró al hogar familiar (en ese tiempo vivían en la calle Federación, actual Rivadavia), junto con sus padres, Dalmacio y Manuela, y sus hermanos, Tomasa, Constantino y Rosario.
Un año y medio después de estos episodios, el 4 de mayo de 1855, llegó Sarmiento en soledad a Buenos Aires, procedente de Chile. Casado y con dos hijos, Faustina y Dominguito. Pero la suya no era una familia tipo.
Comencemos por Faustina. La hija —que a esa altura tenía veinticinco años y estaba casada— había sido producto de un romance, en tiempos en que el maestro de diecinueve juveniles años daba clases en Pocuro, un pueblito andino de Chile. En cuanto a Dominguito —de diez años en 1855—, debemos aclarar que era hijo adoptivo del sanjuanino. O, tal vez, más que eso.
Una versión, la oficial, establece que sus padres fueron Benita Martínez Pastoriza y Domingo Castro (por lo tanto, en un principio se llamó Domingo Fidel Castro). La otra, que fue concebido por Sarmiento y la señora de Castro. Son esos pequeños detalles que se mantendrán en las penumbras de la duda. Lo que no nos exime de aclarar que las hermanas (Paula Francisca, Bienvenida, Procesa y Rosario Sarmiento) aseguraban que, por su fisonomía, el hijo de Benita les recordaba a su hermano durante su etapa infantil y adolescente.
La única certeza de todo esto es que, ya viuda, Benita se casó en segundas nupcias con el galán en 1848. Su vida marital se inició en Santiago de Chile y prosiguió en Buenos Aires, donde se generó el triángulo amoroso. Pondremos los datos en orden.
El 18 de noviembre de 1853 llegó a su fin el breve matrimonio de Aurelia y Pedro Ortiz Vélez. Mientras que el 4 de mayo de 1855, a la una de la tarde, Sarmiento arribó a Buenos Aires, sin Benita y Dominguito, quienes se quedaron en Mendoza, primero, y luego en Chile.
El maestro visitaba a Vélez en su casa y allí trató a la muy joven Aurelia (19), con quien inició un romance no demasiado discreto. En abril o mayo del 57, Benita y su hijo se establecieron en Buenos Aires. La dama disfrutaba de las salidas al teatro, acompañada por señoras u otros matrimonios, pero el marido no solía participar de esas veladas.
A los tres meses se enteró de lo que estaba pasando. Al respecto, una carta escrita en la noche del 16 de septiembre de 1858 y que lleva la firma de “Benita Martínez de Sarmiento” ofrece ciertas revelaciones. El destinatario era un muy buen amigo de la familia, Hilarión Moreno. Entendemos que, por tratarse de la principal interesada, su testimonio tiene un valor especial.
¿Recuerda usted haber oído un suceso muy sonado que ocurrió aquí (de la hija de uno de los hombres que figuran en este momento) que se casó embarazada de cuatro o cinco meses con un médico y que este mató a los dos meses de casado al que creyó autor de semejante infamia? Pues bien, mi amigo, esta es la escoria que ocasiona mi desgracia. No puedo contar a usted detalles, pero bástele decir que empecé por sospechas y concluí con las pruebas. ¿A qué tiempo cree usted que las obtuve? ¡A los tres meses y dos días de llegada!
Ya verá por eso cómo habré sido de feliz. Solo con las lágrimas de mi vida entera se podrán comparar las que yo he derramado en un año aquí.
Primero [Sarmiento] quiso persuadirme que todo se había concluido, pero que eran precisas ciertas apariencias por la amistad del papá. ¡Pero cómo se pasa de amistad! Porque más interés tiene por esa casa que por la suya propia.
El amigo Moreno vivía en Santiago de Chile. En esta misma carta le confesó que le había escrito dos veces para contarle, pero había optado por destruir las hojas. Lo que nos permite intuir las precauciones que habrá tomado para enviar la tercera, la vencida. Continúa la dama:
[Como] no me podía engañar, ha concluido por hacerse el guapo y decirme que irá [a la casa de Vélez] aunque me muera, aunque nuestro matrimonio se rompa. Después, se ha cansado de intentar que me vuelva a Chile. Pero [era lo que] él quería con algún pretexto para quedarse a su gusto con su querida y desterrarme a mí para siempre.
Y le juro mi amigo que me ha tratado y ultrajado como un perro, cada vez que he pensado hacer lo que cualquier mujer con menos títulos que yo habría hecho.
Conjeturamos que se refería a abandonar la casa, con su hijo, pero quedándose en la ciudad. De esa manera, lo pondría en evidencia. O, tal vez, una solución drástica. Sigue:
Ahora mismo sufro no sé por qué, pero si Dios no me manda la conformidad, esta vida no se puede soportar. Una persona amiga me decía: no sea tonta, no se quite la vida por quien no lo merece, viva para sí misma, para su hijo. Para que forme idea de lo exquisito de mi vida, vivo una casa de por medio de la de mi rival y viendo las señas que esa infame hace a mi marido y viéndolo venir a él y entrar a la casa de ella.
Solo viene a mi casa en el momento de comer. En fin, si me pusiera ahora a dar detalles, no acabaría. Guarde esto para sí: esperemos los desastres que el tiempo nos traerá.
No me hable en sus cartas nada de esto. Temo que me las vea S.
Cabe aclarar que en el resto de la carta, al referirse a su marido, lo llama Sarmiento, lo que explica la S final del fragmento que hemos transcrito.
La situación alcanzó un punto de no retorno, aunque es difícil establecer cuándo se decretó el fin de la pareja. Por ejemplo, en el testamento, el sanjuanino afirmó que se distanciaron en el año 60. Ella, en cambio, sostuvo que siguieron juntos hasta 1862. ¡Ni en eso se ponían de acuerdo! Precisamente en el 61, Sarmiento aprovechó una misión encargada por el presidente Mitre y marchó a San Juan. Fueron semanas en las que Pepe Posse actuó como confidente y respaldo emocional de su amigo, a quien el asunto lo atormentaba. Incluso viajó Dominguito a entrevistarse con su padre, pero solo sumaron asperezas.
Este tema personal, y otros de tenor político que trataremos más adelante, fueron los que llevaron a Sarmiento a aceptar la embajada en los Estados Unidos.
Aun a la distancia, Aurelia participó con energía en el entramado electoral, cuidando y expandiendo los intereses políticos de su íntimo amigo.
“CUESTIONES QUE ERA MEJOR VENTILAR EN SILENCIO”
Mil cariños a mi comadre y compadre y amigos de siempre. Me despido pues deseándote toda la felicidad. Tuyo. Sarmiento.
DFS A BENITA MARTÍNEZ, 16/11/1861
Un necesario salto temporal nos trasladará en este capítulo a pocas semanas después de la muerte de Sarmiento (el 11 de septiembre de 1888) y va a permitirnos conocer un poco más el entramado del distanciamiento entre Domingo Faustino y Benita. El testamento del sanjuanino —en el que afirmó que se había separado de su mujer en 1860— favorecía a sus hermanas, a su hija Faustina y a los seis hijos de ella.
A través de su abogado —José Bolón Pérez—, Benita se dirigió al juez el 1 de diciembre de 1888 para protestar por verse desheredada y también corregir la fecha en que dejaron de convivir. Presentó como prueba tres cartas de puño y letra de su marido, escritas a fines de 1861, desde Rosario, cuando marchaba con una fuerza militar en carácter de Auditor de Guerra. En ellas se percibe cierta distancia, pero a la vez tratan temas de economía casera. El contenido permite inferir que aún no se habían separado.
Bolón Pérez afirmó que “los esposos Sarmiento estaban, hasta la última fecha indicada, 20 de noviembre de 1861, en la más perfecta armonía, tratando Sarmiento a su señora con verdadera confianza marital y vivísimo cariño”.
El testimonio del abogado contiene expresiones dignas de ser resaltadas:
No es, no el sórdido interés lo que a mi representada impulsa a promover esta gestión. Es principalmente su legítimo y noble deseo de alejar de sí el estigma de indignidad que parecen querer arrojarle las cláusulas del testamento de su marido referidas a ella. Es la posibilidad en la que se encuentra de reivindicar, siquiera ante los representantes de la justicia, de las ofensas, calumniosas y gratuitas que en ese acto solemne se le infieren. Es, en fin, la justísima indignación que le causa ver al que fue su esposo llevando hasta el sepulcro su encono largos años mantenidos y cuyas causas solo a él son imputables.
No quiere esto decir que mi representada vaya, por mi intermedio, a romper ese silencio tan largo tiempo guardado sobre hechos en los que pudiera estar comprometida la honra ajena.
Quiere decir, simplemente, que si tuvo motivos para guardar miramientos, y los guardó, a pesar de todo, hacia aquel a quien se unió en indisoluble lazo ante Dios y la sociedad; no los tiene para seguir guardándoselos para la hija natural de su marido que, buscada leal y amistosamente para celebrar en privado un acuerdo decoroso y equitativo, se ha negado a ello, con fútiles pretextos y obligando así a mi mandante a ocurrir [concurrir] a las vías judiciales con grave peligro de que salgan a la luz y tengan repercusión cuestiones que era mejor ventilar en silencio y con el menor número de extraños.
La relación de Faustina con Benita se había terminado cuando la pareja se separó. De la presentación judicial podría interpretarse que la viuda deslizó que ciertos temas podían salir a la luz si las partes continuaban enfrentadas. Lo reafirmaba el abogado de Benita Martínez: “En el deseo de ser generosa hasta el fin de sus días, mi mandante no reclama la parte de los bienes aportados por ella al matrimonio que no le ha sido devuelta aún: prefiere perder esa parte no insignificante de sus derechos, a revolver papeles demasiado viejos y desenterrar hechos nada edificantes para la conducta de su marido”. Y luego respondía a una afirmación del testamento:
No es cierto que el señor Sarmiento, a pesar de tener mi representada bienes bastantes para sostenerse, haya costeado su subsistencia durante la separación: la verdad pura sobre este punto, verdad sabida de cuantos han tratado en épocas lejanas al señor Sarmiento y su esposa, es que el señor Sarmiento no aportó cosa alguna a su matrimonio, como él lo reconoce, que durante los primeros doce o más años siguientes a su enlace, él vivió exclusivamente de los dineros que a su esposa le legara su primer marido, el señor Castro, que ese matrimonio y esa fortuna de su consorte, no despreciable en la época que se alude (1848 a 1860), y dada la apuradísima situación pecuniaria en que se encontraban los emigrados argentinos en Chile, fueron el pedestal firme en que se apoyó el señor Sarmiento para elevarse a las alturas a que más tarde alcanzó. Pues, permitiendo despreocuparse de las necesidades materiales de la vida diaria, vivir con holgura y tener simpático acceso a la mejor sociedad chilena, le dieron la posibilidad de desplegar con éxitos sus talentos literarios y de estadista.
Atendiendo a otra de las afirmaciones del finado, quien había asegurado que debió mantener a su esposa durante los años de la presidencia, el abogado Bolón Pérez dijo:
Si bien es cierto que pasó a su esposa los sueldos y mensualidades de que habla su testamento (aunque no en la cantidad que él expresa, sobre todo durante [el tiempo] que fue Presidente) también lo es que hasta el año 61 él dispuso de todo lo que su señora como de cosa propia, sin orden y sin método, y hasta despilfarrando a manos llenas a veces, para fines exclusivamente suyos.
El argumento de Benita y su representante se basaba en que el matrimonio no se había deshecho por separación judicial de los bienes ni por haberse declarado nulo. “La sociedad conyugal que nos ocupa se ha disuelto recién con la muerte del esposo”. Entonces, ahora estaba en condiciones de reclamar lo que le correspondía.
Por último, una declaración que no deja lugar a dudas: “Si bien es cierto que mi mandante ha vivido de hecho separada de su marido, ella ha estado siempre dispuesta a unirse a él, como le consta a todo el mundo”.
Resta decir que Benita fue incorporada al reparto de la herencia. Pero, ante todo, deseamos remarcar que ella siempre sintió que había contribuido al progreso de su marido, asistiéndolo económicamente “para elevarse a las alturas a que más tarde alcanzó”, además de permitirle “despreocuparse de las necesidades materiales de la vida diaria” y “vivir con holgura” para poder “desplegar con éxitos sus talentos literarios y de estadista”. Por lo tanto, la ex estaba convencida de que su capital contribuyó a la carrera del sanjuanino a la presidencia.
“TE AMO CON TODAS LAS TIMIDECES DE UNA NIÑA”
Carta escrita por Aurelia Vélez a Sarmiento hacia fines de noviembre o comienzos de diciembre de 1861, cuando el sanjuanino viajaba al norte como Auditor de Guerra, en una campaña que comandaba Wencesalo Paunero.
He tenido un momento de placer al leer tu carta. Me ha parecido encontrar en ella algunas palabras dirigidas a mí. Estoy pasando días horribles con tu retiro, es preciso que esto acabe. ¿No son bastantes los obstáculos que el destino y la sociedad ponen a nuestro amor? ¿Y hemos de tratar de hacernos pesada nuestra situación con dudas y desconfianzas indignas de nosotros?
Haya paz entre nosotros, y sobre todo confianza. Yo la he tenido absoluta en ti, y no es sin razón que lo exija para mí.
Tal vez crees tener razón para estar resentido, y aunque a primera vista parezca, no la hay. Te he escrito todos los días que tú no me has escrito, he tenido la carta entre mis manos pero una invencible timidez ha hecho que no encuentre momento a propósito para dártela.
¿Creerás o más bien comprenderás lo que por mí pasa? Yo misma no lo comprendo bien.
Te amo con todas las timideces de una niña, y con toda la pasión de que es capaz una mujer. Te amo como no he amado nunca, como no creí que era posible amar. He aceptado tu amor, porque estoy segura de merecerlo.
Solo tengo en mi vida una falta y es mi amor por ti. ¿Serás tú el encargado de castigarla?
Te he dicho la verdad en todo. ¿Me perdonarás mi tonta timidez? Perdóname, encanto mío, no puedo vivir sin tu amor.
Escríbeme, dime que me amas, que no estás enojado con tu amiga que tanto te quiere.
¿Me escribirás, no es cierto?
¿CÓMO VOTABAN EN 1868?
Sarmiento o Elizalde es la cuestión; el primero sostenido por la libre opinión del país, el segundo sustentado por los caudillos que necesitan de Elizalde para sostenerse en el poder.
MARTÍN PIÑERO A DFS, 7/3/1868
Sarmiento quería ser presidente, pero el panorama electoral condicionaba su candidatura. Antes de proseguir, conozcamos el sencillo escenario político de aquellos días.
A quién se sucedía
A Mitre, que fue el primer jefe de Estado con jurisdicción sobre las catorce provincias del territorio (Santa Fe, Entre Ríos, Corrientes, Córdoba, La Rioja, Mendoza, San Juan, San Luis, Santiago del Estero, Catamarca, Tucumán, Salta, Jujuy y Buenos Aires).
Don Bartolo no había competido con nadie en las urnas, fue el único candidato. En cambio, Marcos Paz, el vice que ganó, tuvo ocho contendientes, Sarmiento entre ellos. Vale aclarar que no existía formalmente un binomio, sino que cada uno, presidente y vice, se elegía por separado.
Partidos
Tres expresiones políticas acaparaban las preferencias: liberales o nacionalistas (los antiguos unitarios, encabezados por Mitre) federales o constitucionales (liderados por Justo José de Urquiza) y autonomistas (unitarios que deseaban una Buenos Aires autosuficiente, acaudillados por Adolfo Alsina). Sarmiento pertenecía al primer grupo.
De las tres posiciones, el más acentuado antagonismo se daba entre federales y liberales. Por lo tanto, los autonomistas —con codiciados votos en las afueras de Buenos Aires— mediaban en la contienda, aunque sin fuerza para una elección nacional. Así, todas las propuestas depositaban a Alsina en la vicepresidencia.
Prensa partidaria
Cada grupo político contaba con redacciones que apuntalaban sus candidaturas. La Nación Argentina de José María Gutiérrez (oficialista), La Tribuna de Héctor F. Varela (autonomista) y La República de Manuel Bilbao (federal) canalizaban la lucha electoral.
Tomamos un pequeño desvío para contar que Bilbao —chileno— ideó un sistema de venta para sus diarios. Al estilo de Nueva York, dispersó chicos por la ciudad para que ofrecieran el periódico federal y así surgieron los vendedores ambulantes de La República. Otros lo imitaron y de esta manera nació el oficio de los que en el siglo XX pasarían a ser conocidos como “canillitas”.
Dijimos que el partido de Mitre eran los nacionalistas. De allí se deduce el nombre de La Nación Argentina y, luego, de La Nación.
¿Qué nombres se barajaban para suceder a Mitre?
En el oficialismo, los ministros Guillermo Rawson y Rufino de Elizalde, el vice Paz y el caudillo santiagueño Manuel Taboada, con peso político en el norte. Alsina era el candidato del autonomismo, mientras que en las filas federales sonaba el tucumano Juan Bautista Alberdi. ¿Y Sarmiento? Sin apoyo partidario, aún no aparecía entre los considerados. Ni siquiera el diario de Gutiérrez lo tenía en cuenta.
Quiénes votaban en 1868
Responderemos de la manera más breve posible, por lo que rogamos que sepa disculparse la falta de profundidad. Desde la Asamblea del Año XIII, dejamos de ser súbditos y pasamos a ser ciudadanos. Pero, a la hora de votar, las limitaciones eran notables. Perdían la condición de ciudadanos:
- Aquellos a los que se les ejecutaron bienes por deudas con el Estado.
- Los acusados de delitos.
- Quienes tuvieran “estado de furor o demencia”.
- Los domésticos asalariados.
- Aquellos que no fueran propietarios.
- Los vagos.
La discriminación excluía a la gran mayoría; principalmente, a la mujer, ya que no ejercía el derecho a la propiedad. Por lo tanto, el círculo de votantes tenía poco diámetro.
Los cuatro pasos
El proceso electoral se dividía en cuatro etapas que hemos decidido denominar “los cuatro doces”. Si bien las fechas no eran estrictas, cada dos meses, preferentemente los días doce, debían cumplirse las fases.
- 12/4, elecciones primarias en las que los vecinos empadronados votaban a los 156 electores en todo el país. El escrutinio demandaba alrededor de un mes.
- 12/6, en cada provincia se reunían los electores colegiados y definían presidente y vice. Las deliberaciones duraban unos diez días.
- 12/8, recibidas en Buenos Aires las actas de cada provincia, ambas cámaras las legitimaban y proclamaban a los candidatos vencedores. Cerca del 12 de agosto debían conocerse los nombres del binomio elegido.
- 12/10, asumían el nuevo presidente y el vice.
Aclaremos que, como los electores eran 156, aquel que obtuviera setenta y nueve (la mitad más uno) se aseguraba la victoria. Por supuesto, era posible que ninguno alcanzara esa cifra.
Disciplina partidaria
Era poco estricta. No necesariamente se guardaba fidelidad hacia determinada posición. Por ejemplo, en el hipotético caso de que Alberdi fuera el candidato de los federales, podía haber un elector urquicista que por motivos incluso personales no le otorgara su voto. Aun así, los sufragios que aportaba cada colegio electoral de las provincias solían ser más bien homogéneos.
Qué discutían los argentinos
La endeble economía, los avances de los malones en las fronteras y el caudillismo efervescente en determinadas provincias formaban parte del temario. Pero las discusiones más agitadas eran la federalización y la Guerra del Paraguay.
El primer asunto generaba grandes debates y posiciones encontradas. ¿Toda la provincia de Buenos Aires debía ser la capital de la República? ¿O solo una ciudad, como fue el caso de Paraná durante el gobierno de Urquiza? La candidata que parecía tener las preferencias era Rosario. De hecho, en noviembre del 67 surgió el diario La Capital de Rosario, con el principal objetivo de apuntalar la mudanza del gobierno nacional desde las orillas del Plata a las del Paraná. Entre sus columnistas figuraba el conocido poeta José Hernández, uno de los más fervorosos promotores del traslado de la capital a la ciudad cuna de la Bandera.
La otra cuestión fundamental que trataban los argentinos era si la guerra debía continuar. Mitre, el canciller Elizalde y la mayoría de los mitristas sostenían que debía seguir, aun a pesar del costo económico y de vidas que provocaba la contienda en un territorio hostil y con un enemigo que se destacaba por su bravura. En una zona gris, el vice Paz no estaba tan seguro. Mientras que Alsina deseaba poner punto final al enfrentamiento, al igual que Urquiza.
Sarmiento y la guerra
El sanjuanino evitaba exponer su voluntad pacifista, pero un hecho, el más trágico que le ha tocado vivir, desterró definitivamente cualquier otra posibilidad.
En el mayor revés bélico de nuestra historia, la batalla de Curupaytí (septiembre de 1866), el número de bajas argentinas fue estremecedor. Entre tantos, allí dejaron la vida el hijo del vicepresidente, Francisco Paz, luego de unos días de agonía. Y Dominguito Sarmiento, desangrado en una trinchera por una herida en el tendón de Aquiles.
La angustiante noticia llegó a los Estados Unidos. Desconsolado, don Domingo mitigó algo de pena en cartas a sus amigos. Como ya contamos, con su hijo se habían visto por última vez en San Juan y aquel no era un recuerdo feliz, ya que discutieron por cuestiones de familia.
El sufrido padre compró una figura de yeso que representaba a un joven soldado de la Guerra de Secesión herido en el tendón de Aquiles, obra que lo acompañó toda su vida.
Sin terminar de reponerse jamás por la pérdida, Sarmiento se enfocó en los temas de educación y comenzó a transitar el camino hacia la presidencia.
“ES COMO SI GOBERNARA PARA LA LUNA”
Desde Tucumán, Posse le escribió en junio del 67 para ofrecerle un panorama, además de expresarle sus diferencias con otro de los colaboradores.
Tu carta del 25 de marzo he recibido recién ayer con una fotografía del malogrado Domingo que ha renovado el dolor que me causó su pérdida. La abominable errata [equivocación] de Curupaytí, esa derrota sin explicación posible te ha dejado una llaga enorme en el corazón.
Mucho tiempo ha pasado que no te escribo porque no he estado para nada: diez meses ha tomando la [fiebre] terciana, a punto de poner en peligro mis días; dos pérdidas sensibles he sufrido en deudos muy cercanos y por fin he estado envuelto en cuestiones testamentarias muy desagradables con ocasión de la muerte de mi suegra. Ahora estoy bueno de nuevo en camino de la vida pública (…).
No hay gobierno, no se ha hecho cosa alguna por fundarlo. Todo se ha ido en rascarse las pelotas pelo arriba y pelo abajo. ¡Cuánto dinero y cuánta pena gastada para organizar la anarquía!
Cada día me sorprendo más de esta política sin política del gobierno nacional. Es como si gobernara para la Luna. Viene una crisis y los toma sin amigos, sin disciplina, sin organización, tanteando elementos por todas partes y librando su suerte más a la casualidad y a la corriente natural de las cosas que al éxito combinado (…).
La cuestión presidencial viene y llegará con tempestad, pero a todo nos preparamos.
Antes de tu insinuación, algunos trabajos tenía hechos por tu candidatura, pero aún no lo he presentado por la prensa porque no ha llegado el momento, lo haré oportunamente (…).
Con Piñero no me puedo entender, he roto con él estrepitosamente en una polémica grosera por la prensa, sin vuelta, es un alacrán. A Vélez o la Aurelia le escribiré muy gustoso de entenderme con esas partes; indícame algún otro amigo (…).
Urquiza meterá el brazo hasta el hombro en la cuestión presidencia, por ambición y por enemistad desde que aparezca tu nombre. Hoy tiene la hipocresía de presentar a Alberdi, pero allá en el fondo es lo que menos quiere.
Te escribiré y me escribirás.
Posse
“SOY EL ÚNICO CANDIDATO”
Hay una señora, muy amiga mía, una de las hijas del finado general Alvear [Virginia Alvear de Tomkinson].
Esta señora es muy urquicista, pero no se cansa de decirme que es usted el candidato de su simpatía.
JORGE CRAUFURD A DFS, 11/5/1868
El proyecto presidencial estaba latente y fue gestándose con suma paciencia, a pesar de que la personalidad de DFS —impulsivo, colérico, intempestivo, precipitado— no ayudaba. El candidato ausente deseaba que su nombre surgiera de manera espontánea. No quería postularse, esperaba que algún grupo influyente lo impulsara. Ese era el primer paso.
La correspondencia que atesora el Museo Histórico Sarmiento, situado en el barrio porteño de Belgrano, contiene muestras de las tempraneras manifestaciones, cuando la candidatura del maestro de escuela no era un tema abordado por la opinión pública.
En junio de 1866, Sarmiento dirigió una carta a su amiga estadounidense Mary Mann y entre otras cosas le dijo:
Escríbenme de mi país, que soy el único candidato posible para la presidencia; y siguiendo el orden lógico, yo mismo tendría la misma idea. Pero el mundo real no se rige por la lógica.
Según le explicó, en la Argentina, las candidaturas y elecciones eran manipuladas por quienes tuvieran “la sartén por el mango”. Sarmiento entendía que había llegado el momento. Otro gobernante que no fuera él provocaría “seis años más perdidos” (es decir, los de Mitre más otros seis), “que harán perder acaso veinte más”. También esgrimía razones de edad: “Si yo fuera al poder dentro de ocho años, iría ya viejo, sin el vigor que aún conservo, y el poder de dominar las resistencias”.
El 1 de enero de 1867 le escribió su tío Domingo de Oro desde San Juan confirmándole que en la zona de Cuyo y Chile sonaba su nombre para la futura presidencia.
Dos semanas después, Martín Urbano Piñero le aseguraba que los únicos dos candidatos posibles eran Urquiza y él, mientras que el vice de cualquiera de los dos debía ser Adolfo Alsina. Casi a la vez, Avellaneda le repitió los nombres que había formulado Piñero, pero sumando a dos más. Para él, la nueva presidencia se disputaría entre Sarmiento, Urquiza, Elizalde y Rawson, mientras que veía en Alsina al estratégico complemento para el binomio del poder.
Las cartas eran auspiciosas, pero la candidatura no tomaba vuelo. Hasta que por fin, el 6 de junio, los porteños amanecieron con la noticia. El diario alsinista La Tribuna anunció que el sanjuanino radicado en los Estados Unidos se sumaba a la carrera presidencial (dato que ya habían insinuado un par de periódicos cuyanos).
Dos días después de la publicación en Buenos Aires, la noticia se difundió a miles de kilómetros. El sábado 8, Sarmiento arribó a la ciudad de Lancaster, en el estado de Pensilvania. En compañía de su anfitrión, el profesor James Pyle Wickersham, recorrería la escuela normal. El diario local Daily Evening Express informó escuetamente sobre la visita y aportó el dato clave: anunció que era probable qu
