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Ginebra, Suiza, 19 de enero de 2011
Alexander Cochrane caminaba por las tranquilas calles de Ginebra. Era ya pasada la medianoche de un oscuro día de invierno. La nieve descendía suavemente de lo alto y se añadía a los siete centímetros que habían caído durante el día, pero no soplaba ningún viento digno de mención, y la noche era silenciosa y serena.
Cochrane se caló su gorro de punto, se tapó bien con su grueso abrigo de lana y metió las manos en los bolsillos. Suiza en enero. Se suponía que tenía que nevar, y a menudo nevaba, pero normalmente pillaba por sorpresa a Cochrane.
El motivo de su sorpresa era que se pasaba el día a cien metros por debajo del suelo en los túneles y en la sala de control de un enorme acelerador de partículas conocido como el Gran Colisionador de Hadrones, o GCH. El GCH era responsabilidad del Consejo Europeo para la Investigación Nuclear, aunque se conocía por el acrónimo francés CERN (Conseil Européen pour la Recherche Nucléaire).
La temperatura en la sala de control del GCH se mantenía a veinte grados exactos, la iluminación era constante y el ruido de fondo era un zumbido invariable de generadores y energía vibrante. Allí abajo no había diferencia entre varias horas o varios días, o varias semanas, como si el tiempo no pasara.
Pero claro que pasaba, y a Cochrane solía dejarlo atónito lo distinto que estaba el mundo cuando regresaba a la superficie. Había entrado en el edificio por la mañana bajo un cielo azul y un sol vigorizante aunque lejano. Ahora había nubes densas y bajas, iluminadas desde abajo con un fulgor anaranjado por las luces de Ginebra. Un manto de nieve de siete centímetros que no estaba doce horas antes cubría toda la ciudad.
Cochrane atravesó el campo blanco en dirección a la estación de ferrocarril. Los peces gordos del CERN — los físicos y otros científicos— iban y venían en coches con chóferes y asientos con calefacción proporcionados por el CERN.
Cochrane no era físico ni investigador de las partículas ni tenía ningún título de esa clase. Desde luego que era un hombre culto. Tenía un máster en teoría electromagnética, veinte años de experiencia en el campo de la transferencia de energía y estaba bien remunerado. Pero la gloria del CERN era para los físicos y los otros especialistas que buscaban los componentes básicos del universo. Para ellos, Cochrane no era más que un mecánico muy bien pagado. Ellos eran más importantes que él. Incluso la máquina con la que trabajaba era más importante que él; en realidad, era más importante que nadie.
El Gran Colisionador de Hadrones era el instrumento científico más grande del mundo. Sus túneles trazaban una ruta circular de veintisiete kilómetros que se extendía fuera del territorio de Suiza hasta Francia. Cochrane había ayudado a diseñar y a construir los imanes superconductores que aceleraban las partículas dentro de los túneles. Y como empleado del CERN, los mantenía en funcionamiento.
Cuando el GCH estaba encendido, utilizaba una cantidad de energía increíble, la mayoría de ella para los imanes de Cochrane. Después de enfriarse a 168 grados bajo cero, los imanes podían acelerar protones casi a la velocidad de la luz. Las partículas del GCH viajaban tan deprisa que daban la vuelta a los veintisiete kilómetros once mil veces en un solo segundo.
El único problema para Cochrane era que si se producía un fallo en los imanes, toda la instalación se apagaba durante días o incluso semanas seguidas. Unos meses antes, se había molestado especialmente cuando un subcontratista había instalado un circuito de segunda categoría que rápidamente se había fundido. A Cochrane todavía le parecía increíble; una máquina de diez mil millones de dólares dañada porque alguien quería ahorrar un par de euros.
Reparar los daños había llevado tres semanas, además de tener que aguantar a sus superiores todos los días. En cierto modo, era culpa suya. Pero, claro, siempre era culpa suya.
Aunque ahora las cosas iban bien, parecía que los físicos y la dirección del CERN consideraban los imanes el punto débil del sistema. Como consecuencia, Cochrane era sometido a un riguroso control y prácticamente vivía en la instalación.
Por un momento aquello le puso furioso, pero luego se encogió de hombros. Dentro de poco sería el problema de otra persona.
Cochrane siguió avanzando a través de la nieve hasta la estación de ferrocarril. En cierto modo, la nieve era algo positivo. Dejaría huellas. Y le interesaba que esa noche hubiera huellas allí.
Subió al andén y consultó los horarios. Faltaban cinco minutos para el próximo tren. Había llegado justo a la hora prevista. Dentro de cinco minutos o menos, estaría camino de una nueva vida, una vida que sin duda sería más gratificante que la actual.
Una voz lo llamó.
—¿Alex?
Se volvió y miró por el andén. Un hombre había subido por la escalera del fondo y se dirigía hacia él sin prisa, pasando por debajo de las lámparas halógenas.
—Me ha parecido que eras tú — dijo el hombre, acercándose.
Cochrane reconoció a Philippe Revior, subdirector de seguridad del GCH. Se le tensó el cuello. Esperaba que nada saliera mal. No esa noche.
Cochrane sacó su teléfono para asegurarse de que no le habían pedido que volviera. No había mensajes. Ni llamadas. ¿Qué demonios estaba haciendo Revior allí?
—Philippe — dijo Cochrane en el tono más alegre que pudo — . Creía que estabas preparándote para la sesión de mañana.
—Ya hemos hecho nuestro trabajo — contestó Revior — . El equipo nocturno puede encargarse del resto.
De repente Cochrane se puso nervioso. Pese al frío, empezó a sudar. Tenía la sensación de que la aparición de Revior era algo más que una casualidad. ¿Habían descubierto algo? ¿Se habían enterado de lo suyo?
—¿Vas a coger un tren? — preguntó.
—Claro — respondió el subdirector de seguridad — .
¿Quién conduce con este tiempo?
¿Quién conduce con este tiempo? Siete centímetros de nieve eran lo habitual en un día de invierno en Ginebra. Todo el mundo conducía con ese tiempo.
A medida que Revior se aproximaba, a Cochrane empezó a darle vueltas la cabeza. Lo único que sabía con seguridad era que no podía permitir que el subdirector de seguridad viajara con él. No aquí, no ahora.
Pensó en volver al GCH, aduciendo de repente que se había olvidado algo. Consultó su reloj. No había tiempo. Se sentía atrapado.
—Te haré compañía — dijo Revior, sacando una petaca — . Podemos tomar un trago.
Cochrane miró hacia las vías. Oía el sonido del tren que se acercaba. A lo lejos vio el fulgor de sus luces.
—Yo... esto... yo... — comenzó a decir Cochrane.
Antes de que pudiera terminar oyó unas pisadas detrás, alguien que subía la escalera. Se volvió y vio a dos hombres. Llevaban abrigos oscuros abiertos, expuestos a los elementos.
Por un instante, Cochrane creyó que eran los hombres de Philippe, miembros de seguridad, o incluso policías, pero la verdad se reflejó en la expresión de la cara de Revior. Los observó con suspicacia; una vida entera evaluando amenazas le reveló lo que Cochrane ya sabía: que aquellos hombres eran peligrosos.
Cochrane trató de pensar, trató de dar con una solución para evitar lo que estaba a punto de ocurrir, pero sus pensamientos se apelmazaron como melaza en el frío. Antes de que pudiera hablar, los hombres sacaron unas semiautomáticas de cañón corto. Uno apuntó a Cochrane y el otro a Philippe Revior.
—¿Creías que nos fiaríamos de ti? — dijo el jefe a Cochrane.
—¿Qué pasa? —preguntó Revior.
—Cállate — le espetó el segundo hombre, acercando la
pistola a Revior.
El jefe de los dos matones agarró a Cochrane por el hombro y lo atrajo de un tirón. La situación se estaba yendo de las manos.
—Vas a venir con nosotros — dijo el jefe — . Nos aseguraremos de que te bajas en la parada correcta.
Mientras el segundo matón se reía y lanzaba una mirada a Cochrane, Revior atacó asestando un rodillazo al hombre en la entrepierna y abalanzándose sobre él.
Cochrane no sabía qué hacer, pero cuando el jefe se volvió para disparar, le agarró el brazo y lo empujó hacia arriba. La pistola se disparó y el tiro resonó a través de la oscuridad.
Sin más opciones que pelear, Cochrane arremetió contra el hombre más corpulento, lo tumbó y se arrastró con él por el suelo.
Un revés en la cara lo dejó aturdido. Un brusco codazo en las costillas lo derribó a un lado.
Al incorporarse vio a Revior embistiendo contra el segundo matón. Después de dejarlo fuera de combate, Revior atacó y arremetió contra el jefe, que acababa de quitarse a Cochrane de encima. Forcejearon para hacerse con la pistola, dándose golpes brutales.
Un sonido atronador empezó a inundar el ambiente mientras el tren tomaba la curva a cuatrocientos metros de la estación. Cochrane podía oír los frenos chirriando a medida que las ruedas de acero se acercaban.
—¡Alex! — gritó Revior.
El agresor había dado la vuelta a Revior y estaba intentando apuntarle con la pistola a la cabeza. El viejo especialista de seguridad apartó la pistola con todas sus fuerzas y a continuación la atrajo hacia sí, un movimiento que pareció sorprender al agresor.
Dio un mordisco en la mano al hombre, y el matón la agitó hacia atrás instintivamente. La pistola salió volando de su mano y cayó en la nieve al lado de Cochrane.
—¡Dispárale! — gritó Revior, sujetando al agresor e intentando inmovilizarlo.
El sonido del tren resonaba en los oídos de Cochrane. El corazón empezó a latirle con fuerza en el pecho cuando cogió la pistola.
—¡Dispárale! — repitió Revior.
Cochrane miró hacia la vía; solo disponía de unos segundos. Tenía que elegir. Apuntó al agresor. A continuación bajó el arma y disparó.
La cabeza de Philippe Revior se sacudió bruscamente hacia atrás, y un chorro de sangre salpicó el andén cubierto de nieve.
Revior estaba muerto, y el agresor del abrigo gris no tardó en arrastrarlo hasta las sombras y lanzarlo a un banco, justo cuando el tren pasaba por delante de una pared de árboles al final de la estación.
Sintiendo ganas de vomitar, Cochrane se metió la pistola en la cintura del pantalón y la tapó con la camisa.
—Deberíais haberos retirado — dijo Cochrane.
—No podíamos — contestó su supuesto atacante — . No
teníamos un plan alternativo.
El tren se detuvo frente al andén, revolviendo la nieve y levantando una ráfaga de viento.
—Tenía que parecer un secuestro — gritó Cochrane por encima del ruido.
—Y lo parecerá —repuso el hombre.
Movió rápidamente su gruesa mano derecha, golpeó a Cochrane en un lado de la cabeza y lo derribó al suelo, y a continuación le dio una patada en las costillas.
El tren se detuvo al lado de ellos mientras los dos agresores levantaban a Cochrane y lo arrastraban hacia atrás en dirección a la escalera.
Cochrane se mareó cuando se lo llevaron a rastras, desorientado y confundido. Oyó un par de disparos y unos gritos de los pasajeros que se apearon del tren casi vacío.
Lo siguiente de lo que tuvo conciencia fue de que estaba en la parte de atrás de un sedán, mirando por la ventanilla mientras circulaban por las calles a través de la nieve que caía.
2
Atlántico oriental, 14 de junio de 2012
Las aguas del Atlántico oriental se mecían con un suave oleaje mientras el Kinjara Maru navegaba hacia el norte rumbo a Gibraltar y a la entrada al Mediterráneo. El barco avanzaba a ocho nudos, la mitad de su velocidad máxima, pero era el ritmo óptimo desde el punto de vista del consumo de combustible.
El capitán Heinrich Nordegrun se hallaba en el puente de mando refrigerado de la embarcación, con la vista en la pantalla del radar. El tiempo no era digno de mención y había poco tráfico.
No había barcos delante de ellos y solo tenían una embarcación detrás, a unos dieciséis kilómetros, un superpetrolero. Los superpetroleros eran los barcos más grandes del mundo, más grandes que los portaaviones estadounidenses, demasiado grandes para navegar por el canal de Panamá o el canal de Suez, y a menudo con un peso de hasta quinientas mil toneladas cuando estaban totalmente cargados. Sin embargo, la embarcación que tenían detrás debía de estar vacía, a juzgar por la velocidad a la que navegaba.
Nordegrun había intentado hacer señas al petrolero. Le gustaba saber quién andaba ahí fuera, sobre todo en aguas inseguras. Allí, a la altura de la costa de África occidental, no había tanto peligro como en el otro lado del continente, cerca de Somalia. Pero aun así valía la pena comunicarse con otros barcos y averiguar qué sabían o qué habían oído. El barco no había respondid
