Los tres primeros casos del comisario Montalbano por ANDREA CAMILLERI
Este volumen comprende mis primeras tres novelas con el comisario Salvo Montalbano como protagonista, publicadas entre 1994 y 1996.
Todo surgió a raíz de una novela «histórica» que había empezado a escribir en 1993 y que se editaría años después, La ópera de Vigàta. Mientras trabajaba en aquel libro me di cuenta de que mi forma particular de contar una historia era, por así decirlo, bastante desordenada.
Me explico: todo lo que había escrito hasta el momento había nacido de un fuerte impulso (el recuerdo de un hecho que me habían contado, un episodio histórico...), y siempre había comenzado a componer mis narraciones partiendo precisamente de esos impulsos, de esas ideas, que luego, una vez acabada la novela, no conformaban ni mucho menos el primer capítulo, sino que encontraban su lugar una vez que la trama estaba encauzada. Al final, el primer capítulo al que metía mano acababa siendo el quinto o el décimo, a saber.
Así fue como me hice una pregunta: ¿era capaz de escribir una novela empezando por el primer capítulo y siguiendo el hilo, sin saltos temporales ni lógicos, hasta el último? Me contesté que quizá lo sería si lograba adentrarme en una estructura narrativa lo bastante sólida.
Llegado a ese punto, me vino a la cabeza un texto de Leonardo Sciascia sobre la novela negra, sobre las reglas que debe respetar un autor policíaco. Al mismo tiempo, recordé una afirmación de Italo Calvino, según el cual era imposible ambientar una novela negra en Sicilia. Y de ese modo decidí aceptar un doble reto: contra mí mismo y contra el iluso de Calvino.
De todas maneras, antes de poner negro sobre blanco reflexioné largamente sobre la elección del protagonista, del investigador.
Tenía ya mucha práctica con el relato policíaco, porque, en calidad de delegado de producción de la RAI, había sido, entre otras cosas, responsable de todo el Maigret televisivo y de una serie de Sheridan. Y también había dirigido otras producciones policíacas. Pero, por encima de todo, me había influido la manera que tenía el dramaturgo Diego Fabbri de adaptar a la pequeña pantalla las obras de Simenon: las desestructuraba como novelas y las reestructuraba como guiones para la televisión. Estar a su lado era como ir al taller de un relojero y verlo desmontar un reloj para volver a montarlo adaptándolo a una caja nueva, con otra forma.
Estoy convencido de que allí aprendí ese arte y, sin darme cuenta, lo guardé en un rincón. En consecuencia, mi investigador se perfiló enseguida no como un detective privado o un «husmeabraguetas», como los llaman los americanos, sino como un policía institucional, como un inspector o un comisario. ¿Por qué no un suboficial o un oficial de los carabinieri? Durante mucho tiempo estuve tentado de elegir como protagonista a un subteniente de ese cuerpo, puesto que precisamente uno había sido el investigador de mi primera novela, El curso de las cosas.
Al final me decidí por un comisario porque me pareció que estaba menos obligado a someterse a determinadas reglas de comportamiento de las que los miembros del cuerpo de carabinieri no pueden prescindir.
¿Qué rasgos característicos debía tener ese personaje? Tengo que confesar que los vi claros desde el principio: debía ser un hombre inteligente, fiel a su palabra, reacio a los heroísmos inútiles, culto, buen lector, que razonara con sosiego y que careciera de prejuicios. Un hombre al que se pudiera invitar tranquilamente a una cena familiar. Un hombre que «cuando quería entender una cosa, la entendía», como escribí ya en el primer libro.
Tenía pensados dos nombres: Cecè Collura y Salvo Montalbano, ambos muy comunes en Sicilia. Elegí ponerle Montalbano en agradecimiento a Manuel Vázquez Montalbán, ya que su novela El pianista me había sugerido la estructura definitiva de La ópera de Vigàta.
Una vez que aclaré esas cosas, escribí mi primera obra policíaca ateniéndome a las reglas que me había impuesto (de hecho, el primer capítulo comienza al amanecer y así sucedería en todas las entregas posteriores). La editorial Sellerio la publicó en 1994 con una cubierta exquisita.
Tras haber superado con claridad el primer reto, el que me había puesto a mí mismo, y muy probablemente también el segundo, el de Calvino, mi impulso inmediato fue dejarlo ahí.
No le hice caso porque no estaba completamente satisfecho con cómo había quedado la figura del comisario. Tenía la impresión de que no lo había dibujado del todo, de que había antepuesto la labor de investigador, pasando por alto algunos aspectos de su carácter.
En resumen, me parecía que sólo lo había resuelto a medias. Y dejarlo a medias me molestaba mucho. Siempre intento concluir lo que empiezo.
Así pues, por una especie de escrúpulo artesanal, decidí escribir una segunda novela sobre aquel comisario y terminar mi breve carrera de escritor de género negro.
Creo que, ya desde las primeras líneas, hay algo que enseguida salta a la vista, una diferencia sustancial entre la primera novela y la segunda: en una, el amanecer lo ven dos basureros, mientras que en la otra lo ve Montalbano. Así sucedería en todas las novelas posteriores.
Cabe señalar que, a partir de la segunda entrega, todo lo que ocurre se ve a través de los ojos de Montalbano, tenemos siempre el punto de vista de una cámara subjetiva; es decir, no sucede nada ajeno a él: o lo ve o se lo cuentan. De ese modo, el lector siempre tiene en las manos las mismas cartas que el comisario.
Decidí que también la segunda novela debía centrarse en una investigación sui géneris: si el primer caso se basaba en esencia en un delito de imagen, el segundo iba a centrarse en la memoria, en un crimen sucedido muchísimos años antes y ya prescrito. Con la publicación de aquella segunda novela, El perro de terracota, en 1996, daba definitivamente por concluida mi incursión en el campo de la narrativa policíaca.
No obstante, y por motivos que aún hoy me resultan inexplicables, el personaje cosechó un gran éxito. Y no sólo eso: su éxito sirvió de acicate para mis obras anteriores, hasta el punto de que la editorial Sellerio tuvo que reeditarlas.
Empecé a recibir decenas, centenares de cartas que me invitaban, más o menos perentoriamente, a seguir escribiendo sobre Salvo Montalbano. También es cierto que el personaje no necesitaba el respaldo de los lectores para hincharme las narices constantemente. Empezó a aparecérseme incluso cuando menos convenía, apremiante. Había leído que determinados autores decían estar obsesionados con algunos de sus personajes y lo había achacado a una afectación literaria.
Sin embargo, constaté que aquello podía suceder de verdad.
Acabé en la absurda tesitura de sólo poder pensar en una novela «histórica» con la condición de pensar al mismo tiempo en un nuevo caso de Montalbano. De otro modo no podía seguir adelante.
Y así me vi «obligado» a escribir, y además con cierta urgencia, la tercera novela, El ladrón de meriendas, en la que favorecí un aspecto del comisario completamente personal.
Una vez más, me hice ilusiones de haber puesto punto final. La verdad es que no me apetecía ser escritor de novela negra, y menos de una serie con un mismo personaje.
Sin embargo, fue como echar gasolina al fuego.
ANDREA CAMILLERI
LA FORMA DEL AGUA
1
La luz del amanecer no penetraba en el patio de la Splendor, la empresa adjudicataria de la limpieza urbana de Vigàta. Unas densas y grises nubes cubrían enteramente el cielo, como si alguien hubiera tendido un toldo de color gris de una cornisa a otra. No se movía ni una sola hoja. El siroco tardaba en despertarse de su plúmbeo sueño, y el simple hecho de intercambiar unas palabras producía cansancio. Antes de repartir las tareas, el jefe anunció que, aquel día y los siguientes, Peppe Schèmmari y Caluzzo Brucculeri estarían ausentes por motivos justificados. Unos motivos más que justificados: ambos habían sido detenidos la víspera cuando intentaban robar a mano armada en un supermercado. Los puestos que habían dejado vacantes Peppe y Caluzzo fueron asignados a Pino Catalano y Saro Montaperto, unos jóvenes arquitectos técnicos debidamente desempleados como arquitectos técnicos. Ambos habían sido contratados en calidad de «agentes ecológicos» eventuales gracias a la generosa intervención del honorable Cusumano, a cuya campaña electoral se habían entregado en cuerpo y alma (exactamente en este orden: el cuerpo hizo mucho más de lo que el alma estaba dispuesta a hacer). Concretamente se les había asignado el sector del aprisco, llamado así porque, al parecer, en tiempos inmemoriales un pastor lo había utilizado para sus cabras. Se trataba de una ancha franja de bosque bajo mediterráneo a las afueras del pueblo, que se extendía casi hasta el pilón y detrás de la cual se levantaban las ruinas de una gran fábrica de productos químicos. Esta fábrica había sido inaugurada por el omnipresente honorable Cusumano cuando el viento soplaba a favor de las fabulosas y crecientes fortunas; pero, después, el «vientecillo» se transformó en una ligera brisa hasta que finalmente cesó del todo, no sin antes haber provocado más daños que un tornado y dejado a su espalda una estela de parados y acogidos al fondo de garantía salarial. Para evitar que las multitudes de negros y no tan negros que recorrían el pueblo —senegaleses, argelinos, tunecinos y libios— anidaran en aquella fábrica, se había construido un muro a su alrededor. Un muro por encima del cual asomaban todavía las estructuras corroídas por la intemperie, la desidia y la sal marina, cada vez más parecidas a la arquitectura de un Gaudí bajo los efectos de los alucinógenos.
Hasta hacía muy poco tiempo, para los que entonces se conocían por el poco elegante nombre de «basureros», el aprisco había sido una zona de trabajo extremadamente descansado: entre hojas de papel, bolsas de plástico, latas de cerveza y de coca-cola y cagadas mal enterradas o dejadas al aire, asomaba de vez en cuando un preservativo usado. Alguien con ganas y fantasía hubiera podido pararse a imaginar los detalles del encuentro. Pero, de un año a esta parte, los preservativos se habían convertido en un mar, una alfombra, desde que un ministro de rostro oscuro e impenetrable, digno de una clasificación lombrosiana, extrajera de su cabeza, todavía más oscura e impenetrable que su rostro, una idea para solucionar los problemas de orden público del sur. Dicha idea se la había comunicado a un compañero suyo con cargo en el Ejército y que casi parecía sacado de una ilustración de Pinocho. Ambos decidieron enviar a Sicilia unos cuantos contingentes militares destinados a «controlar el territorio» y aliviar la tarea de los carabineros, policías, servicios de información, núcleos operativos especiales, Policía Judicial, agentes de tráfico, vigilancia ferroviaria y portuaria, miembros de la Jefatura Superior de Policía, grupos antimafia, antiterrorismo, antidroga, antirrobo, antisecuestro y de muchos otros, omitidos para abreviar, que realizan tareas muy diversas. Gracias a la ocurrencia de los dos eminentes estadistas, un grupo de niñatos piamonteses e imberbes friulanos de reemplazo que hasta entonces se habían deleitado respirando el aire puro y punzante de sus montañas, de la noche a la mañana se habían visto resollando afanosamente y viviendo en alojamientos provisionales en unos pueblos que se encontraban poco más o menos a un metro de altura sobre el nivel del mar, entre gente que hablaba un dialecto incomprensible, a base de silencios más que de palabras, y que se expresaba con movimientos de cejas indescifrables y fruncimientos imperceptibles. Se habían adaptado lo mejor que habían podido, gracias a su juventud y a la mano que les habían echado los propios vigateses, conmovidos por el aspecto desvalido y desarraigado de aquellos mozos forasteros. Pero quien de verdad se había encargado de suavizar la dureza de su exilio había sido Gegè Gullotta, un hombre de ingenio desbordante, obligado hasta aquel momento a reprimir sus naturales dotes de rufián bajo el disfraz de pequeño camello. Tras enterarse, tanto por medio de artimañas como por vías ministeriales, de la inminente llegada de los soldados, Gegè había tenido una idea genial, y, para ponerla en práctica, había recurrido de inmediato a la persona adecuada para obtener los innumerables, complicados e indispensables permisos. Esta persona era la que realmente controlaba el territorio, y por su cabeza no pasaba, ni de lejos, la posibilidad de expedir licencias en papel timbrado. En resumen, Gegè pudo inaugurar en el aprisco su mercado especializado en carne fresca y en una amplia variedad de drogas blandas. La carne fresca procedía en buena parte de los países del Este, liberados del yugo comunista, el cual, como es bien sabido, negaba toda dignidad a las personas. Ahora, entre los matorrales y el arenal del aprisco, la reconquistada dignidad volvía a brillar de noche en su máximo esplendor. Pero tampoco faltaban mujeres del Tercer Mundo, travestis, transexuales, mariconzuelos napolitanos y viados brasileños. Los había para todos los gustos —un auténtico derroche, una orgía—, y el comercio prosperó para gran satisfacción de los militares, de Gegè y de la persona que le había concedido los permisos a cambio de unos justos porcentajes.
Pino y Saro se encaminaron a su puesto de trabajo empujando cada uno su carrito. Para llegar al aprisco se tardaba media hora caminando despacio, como ellos estaban haciendo. Se pasaron el primer cuarto de hora sin decir nada, ya sudados y pegajosos. Después, Saro rompió el silencio.
—Ese Pecorilla es un cabrón —proclamó.
—Un grandísimo cabrón —confirmó Pino.
Pecorilla era el jefe que se encargaba del reparto de los lugares que había que limpiar, y era evidente que odiaba con toda su alma a cualquiera que tuviera estudios, él, que a los cuarenta años sólo había conseguido aprobar el tercer curso de enseñanza primaria, y eso gracias a que Cusumano le había puesto las peras a cuarto al maestro. De ahí que siempre se las arreglara para que el trabajo más humillante y difícil recayera sobre los tres diplomados que tenía a sus órdenes. En efecto, aquella misma mañana había encargado a Ciccu Loreto el tramo del muelle del que zarpaba el barco correo rumbo a la isla de Lampedusa. Lo que significaba que Ciccu, contable de profesión, se vería obligado a contar con las toneladas de basura que las manadas de ruidosos turistas —eso sí, multilingües—, hermanados por un total desprecio por la higiene personal y pública, dejaban tras de sí los sábados y los domingos mientras esperaban a embarcar. Pino y Saro también encontrarían en el aprisco un desastre parecido después de dos días de permiso de los militares.
Al llegar al cruce de via Lincoln con viale Kennedy (en Vigàta había también un patio Eisenhower y un callejón Roosevelt), Saro se detuvo.
—Paso un momento por casa para ver cómo está mi crío —le dijo a su amigo—. Espérame, será sólo un minuto.
Sin aguardar la respuesta de Pino, Saro cruzó el portal de uno de aquellos rascacielos enanos de doce pisos como máximo, construidos aproximadamente en la misma época que la fábrica de productos químicos y devastados tan prematuramente como ésta, pero no abandonados. A los viajeros que llegaban por mar, Vigàta se les presentaba como una caricatura de Manhattan a escala reducida: de ahí, quizá, los nombres de esas calles.
Nenè, el crío, permanecía en vela. Por la noche dormía como mucho dos horas, y el resto del tiempo se lo pasaba con los ojos abiertos y sin llorar. ¿Dónde se había visto un chiquillo que no llorara nunca? Día tras día, lo consumía un extraño mal, sin remedio conocido, que los médicos de Vigàta eran incapaces de curar. Tendrían que haberlo llevado a un buen especialista de fuera, pero era muy caro. En cuanto sus ojos se cruzaron con los de su padre, Nenè se puso de mal humor y en su frente se dibujó una arruga. No sabía hablar, pero con aquel mudo reproche mortificaba a quien consideraba responsable de su situación.
—Está un poquito mejor, le está bajando la fiebre —le dijo Tana, su mujer, sólo para no disgustarlo.
El cielo se había despejado y ahora lucía un sol capaz de partir las piedras. Saro ya había vaciado diez veces su carretilla en el vertedero, abierto por iniciativa privada donde antaño se encontraba la salida posterior de la fábrica, y tenía la espalda hecha polvo. Al llegar a un tiro de piedra del sendero que bordeaba el muro de protección y que daba acceso a la carretera provincial, vio en el suelo algo que despedía un intenso brillo. Se agachó para verlo mejor. Era un colgante enorme en forma de corazón, cuajado de diamantes y con un brillante tremendo en el centro, que aún pendía de una cadena de oro macizo, rota en un eslabón. Su mano derecha salió disparada, se apoderó del collar y lo introdujo en su bolsillo. Saro tuvo la sensación de que la mano había actuado por su cuenta y riesgo, sin que el cerebro, todavía atontado por la sorpresa, le hubiera dicho nada. Se incorporó chorreando sudor y miró a su alrededor, pero no había ni un alma.
Pino, que había elegido el trozo de aprisco más cercano al arenal, de repente reparó en el morro de un coche que, a unos veinte metros de distancia, asomaba por un matorral más denso que los demás. Se detuvo perplejo; no era posible que alguien se hubiera demorado hasta aquella hora, las siete de la mañana, para follar con una puta. Se acercó cautelosamente, avanzando de puntillas y casi doblado por la mitad. Al llegar a la altura de los faros delanteros, enderezó de golpe la espalda. No ocurrió nada, nadie le dijo que se metiera en sus asuntos; el coche parecía estar vacío. Se acercó un poco más. En el asiento del copiloto vio la borrosa silueta de un hombre inmóvil, con la cabeza echada hacia atrás. Tenía aspecto de estar profundamente dormido, pero a Pino había algo que no le cuadraba. Se volvió y empezó a dar voces, llamando a Saro. Éste llegó echando los bofes, con los ojos como platos.
—¿Qué pasa? ¿Qué coño quieres? ¿Qué mosca te ha picado?
Pino percibió en las preguntas de su amigo cierta agresividad, pero lo atribuyó a la carrera que se había pegado para reunirse con él.
—Fíjate en eso.
Armándose de valor, Pino se acercó al lado del conductor e intentó abrir la portezuela sin conseguirlo, pues el coche tenía puesto el seguro. Con la ayuda de Saro, que ahora ya parecía un poco más tranquilo, trató de alcanzar la otra puerta, contra la cual se apoyaba parte del cuerpo del hombre, pero no pudo porque el coche, un impresionante BMW de color verde, estaba tan pegado al seto que no permitía que nadie se acercara por aquel lado. Sin embargo, asomándose y arañándose la piel con las zarzas, lograron ver el rostro del hombre. No dormía, tenía los ojos abiertos e inmóviles. Al darse cuenta de que la había palmado, Pino y Saro se quedaron helados del susto: no por la contemplación de la muerte, sino porque habían reconocido al muerto.
—Es como si estuviera en una sauna —dijo Saro, corriendo por la carretera provincial hacia una cabina telefónica—. Un chorro frío y un chorro caliente.
Una vez superada la parálisis inicial al reconocer la identidad del muerto, ambos se pusieron de acuerdo: antes de informar a los representantes de la ley, tenían que hacer otra llamada. Se sabían de memoria el número del honorable Cusumano, y Saro lo marcó, pero en el último momento Pino no permitió que diera ni un solo tono.
—Cuelga ahora mismo —dijo.
Saro lo hizo en una especie de acción refleja.
—¿No quieres que le avisemos?
—Vamos a meditarlo un momento, hay que pensarlo muy bien, el caso es serio. Mira, tanto tú como yo sabemos que el honorable es una marioneta.
—¿Y eso qué quiere decir?
—Que es una marioneta en manos del ingeniero Luparello, quien realmente es, mejor dicho, era el que importaba. Muerto Luparello, Cusumano no es nadie; es una pura mierda.
—Entonces, ¿qué?
—Entonces nada.
Se encaminaron hacia Vigàta, pero, a los pocos pasos, Pino detuvo a Saro.
—Rizzo —dijo.
—Yo a ese no lo llamo, me da miedo, no lo conozco.
—Yo tampoco, pero lo llamaré de todos modos.
Pino consiguió el número a través del servicio de información. Eran casi las ocho menos cuarto, pero Rizzo contestó al primer tono.
—¿El abogado Rizzo?
—Sí, soy yo.
—Perdone que lo moleste a estas horas, señor abogado... Hemos encontrado al ingeniero Luparello... creemos que está muerto.
Hubo una pausa. Luego, Rizzo habló.
—¿Y por qué me lo cuenta a mí?
Pino se sorprendió. Esperaba cualquier cosa menos aquella respuesta.
—Pero ¿cómo? ¿Acaso no es usted... su mejor amigo? Nos hemos sentido en la obligación...
—Se lo agradezco. Pero ante todo es necesario que cumplan ustedes con su deber. Buenos días.
Saro había escuchado la conversación con la mejilla pegada a la de Pino. Ambos se miraron, perplejos. Era como si le hubieran dicho a Rizzo que habían encontrado un cadáver anónimo.
—Pero ¿qué coño es esto? Era amigo suyo, ¿no? —dijo repentinamente Saro.
—Vete tú a saber. A lo mejor, últimamente estaban peleados —replicó Pino.
—Y ahora, ¿qué hacemos?
—Vamos a cumplir con nuestro deber, como ha dicho el abogado —contestó Pino.
Se dirigieron a la comisaría del pueblo. La idea de acudir a los carabineros ni se les pasó por la antesala del cerebro, pues los mandaba un teniente milanés. En cambio, el comisario era de Catania, se llamaba Salvo Montalbano y, cuando quería entender una cosa, la entendía.
2
—Otra vez.
—No —dijo Livia, sin dejar de mirarlo, con los ojos iluminados por la tensión amorosa.
—Por favor.
—No, he dicho que no.
«Me gusta que me fuercen un poquito», recordó que ella le había susurrado una vez al oído; entonces, presa de la excitación, trató de introducirle una rodilla entre los apretados muslos mientras le sujetaba fuertemente las muñecas y le abría los brazos como si estuviera crucificada.
Se miraron un momento con afanosa respiración y ella cedió de repente.
—Sí —dijo—. Sí. Ahora.
Justo en aquel momento, sonó el teléfono. Sin abrir tan siquiera los ojos, Montalbano alargó un brazo, pero no para coger el aparato, sino más bien para asir los bordes fluctuantes del sueño, que se estaba desvaneciendo inexorablemente.
—¡Diga!
Estaba furioso con el inoportuno comunicante.
—Señor comisario, tenemos un cliente.
Reconoció la voz del sargento Fazio. El otro de igual graduación, Tortorella, aún estaba en el hospital por una grave herida en el vientre causada por la bala que le había disparado uno que quería hacerse pasar por mafioso, pero que, en realidad, era un cabrón de tres al cuarto. En su jerga, un cliente significaba un muerto del que tenían que encargarse.
—¿Quién es?
—Aún no lo sabemos.
—¿Cómo lo han matado?
—No lo sabemos. Es más, ni siquiera sabemos si lo han matado.
—No lo entiendo, sargento. ¿Me despiertas sin saber aún una triste mierda?
Respiró hondo para que se le pasara aquel enfado, que el otro aguantaba con más paciencia que un santo.
—¿Quién lo ha encontrado?
—Dos basureros en el aprisco, en el interior de un coche.
—Voy enseguida. Entretanto, llama a Montelusa, que vengan los de la Policía Científica, y avisa al juez Lo Bianco.
Mientras se duchaba, llegó a la conclusión de que el muerto tenía necesariamente que pertenecer a la cosca, la familia mafiosa, de los Cuffaro de Vigàta. Ocho meses atrás, probablemente como consecuencia de repartos territoriales, había estallado una encarnizada guerra entre los Cuffaro y los Sinagra de Fela; un muerto al mes, de manera alterna y sistemática: uno en Vigàta y otro en Fela. El último de ellos, un tal Mario Salino, había sido tiroteado en Fela por los vigateses, por lo que estaba claro que, esta vez, le había tocado a uno de los Cuffaro.
Antes de salir de casa —vivía solo en un pequeño chalet en la playa, al otro lado del aprisco—, sintió el deseo de llamar a Livia a Génova. Ella contestó de inmediato, medio adormilada.
—Perdona, quería oír tu voz.
—Estaba soñando contigo —le dijo ella—. Estabas conmigo.
Montalbano iba a decirle que él también había soñado con ella, pero se lo impidió un absurdo pudor. En su lugar, preguntó:
—¿Qué hacíamos?
—Lo que no hacemos desde hace demasiado tiempo —contestó ella.
• • •
En la comisaría, aparte del sargento, encontró sólo a tres agentes. Los demás estaban con el propietario de una tienda de ropa que le había pegado un tiro a su hermana a causa de una herencia y después se había largado. Abrió la puerta del calabozo. Los dos basureros estaban sentados en el banco, muy pegados el uno al otro y con el semblante pálido a pesar del sofocante calor.
—Esperadme, vuelvo enseguida —les dijo Montalbano.
Lo miraron resignados, sin molestarse en contestar. Era bien sabido que, cuando alguien se topaba con la ley por la razón que fuera, la cosa siempre iba para largo.
—¿Alguno de vosotros ha avisado a los periodistas? —preguntó el comisario a sus hombres.
Los agentes negaron con la cabeza.
—Mucho ojo, no quiero que estén a todas horas tocándome los cojones.
Galluzzo se adelantó tímidamente y levantó un dedo como si pidiera permiso para ir al retrete.
—¿Ni siquiera a mi cuñado?
El cuñado de Galluzzo era el periodista de Televigàta que llevaba la sección de sucesos, y Montalbano se imaginaba la trifulca familiar si Galluzzo no le decía nada. De hecho, Galluzzo lo miraba con expresión suplicante y desesperada.
—Bueno. Que vaya cuando se haya levantado el cadáver. Y sin fotógrafos.
Se fueron en el automóvil de servicio, dejando a Giallombardo de guardia. Conducía Gallo, quien, junto con Galluzzo, era aficionado a cuchufletas del tipo «Comisario, ¿qué se cuenta en el gallinero?», y Montalbano, que lo conocía muy bien, le advirtió:
—No hace falta que corras.
Pero, al llegar a la curva de la iglesia del Carmen, Peppe Gallo no pudo más, aceleró y derrapó. Sintieron un golpe seco, como un pistoletazo, y el coche patinó. Bajaron. El neumático posterior derecho colgaba reventado; habían estado trabajándolo un buen rato con una hoja muy afilada y los cortes se veían con toda claridad.
—¡Cabrones, hijos de la gran puta! —estalló el sargento.
Montalbano se enfadó en serio.
—Pero ¡si ya sabéis que una vez cada quince días nos rajan los neumáticos! ¡Maldita sea! Y eso que cada mañana os lo digo: ¡echadles un vistazo antes de salir! ¡Y a vosotros, en cambio, os importa una mierda, capullos! ¡Hasta que alguien se rompa la crisma!
Entre una cosa y otra, fueron necesarios diez minutos largos para cambiar la rueda y, cuando llegaron al aprisco, los de la Científica de Montelusa ya se encontraban en el lugar de los hechos. Estaban en la fase meditativa, como la llamaba Montalbano: es decir, cinco o seis agentes dando vueltas alrededor del coche, con la cabeza gacha y las manos en los bolsillos o en la espalda. Parecían filósofos enfrascados en profundos pensamientos, pero en realidad caminaban con los ojos muy abiertos, buscando en el suelo un indicio, un rastro, una huella. En cuanto Jacomuzzi, el jefe de la Científica, lo vio, corrió a su encuentro.
—¿Cómo es posible que no haya periodistas?
—Yo no he querido.
—Esta vez te van a pegar un tiro por hacerles perder una noticia de semejante calibre. —Jacomuzzi estaba visiblemente alterado—. ¿Sabes quién es el muerto?
—No. Dímelo tú.
—Es el ingeniero Silvio Luparello.
—¡Coño! —fue el comentario de Montalbano.
—¿Y sabes cómo ha muerto?
—No. Y tampoco quiero que me lo digas. Lo veré con mis propios ojos.
Jacomuzzi volvió junto a sus hombres, ofendido. El fotógrafo de la Científica ya había terminado y ahora le tocaba el turno al doctor Pasquano. Montalbano observó que el médico se veía obligado a trabajar en una postura incómoda, con medio cuerpo en el interior del vehículo, tratando de alcanzar el asiento del copiloto, en el que se entreveía una oscura silueta. Fazio y los agentes de Vigàta estaban echando una mano a sus compañeros de Montelusa. El comisario encendió un cigarrillo y se volvió para contemplar la fábrica de productos químicos. Aquellas ruinas lo fascinaban. Decidió volver un día, hacer unas fotos y enviárselas a Livia para explicarle, por medio de aquellas imágenes, ciertas cosas de sí mismo y de su tierra que ella todavía no lograba comprender.
Vio acercarse el coche del juez Lo Bianco, que descendió del vehículo muy alterado.
—¿De veras el muerto es el ingeniero Luparello?
Por lo visto, Jacomuzzi no había perdido el tiempo.
—Parece ser que sí.
El juez se reunió con el grupo de la Científica y se puso a conversar nerviosamente con Jacomuzzi y el doctor Pasquano, el cual había sacado de su maletín un frasco de alcohol y estaba desinfectándose las manos. Al cabo de un rato, suficiente como para que el sol achicharrara a Montalbano, los de la Científica subieron a su automóvil y se fueron. Al pasar por su lado, Jacomuzzi no lo saludó. Montalbano oyó apagarse a su espalda la sirena de una ambulancia. Ahora le correspondía el turno a él. Tenía que decir y hacer, no podría evitarlo. Se sacudió de encima el entumecimiento en el que estaba cociéndose a fuego lento y se encaminó hacia el coche del muerto. A medio camino, el juez le cortó el paso.
—Ya se puede levantar el cadáver. Dada la notoriedad del pobre ingeniero, cuanta más prisa nos demos, mejor. De todos modos, téngame diariamente al corriente de la marcha de la investigación. —Hizo una pausa para suavizar el carácter perentorio de las palabras que acababa de pronunciar, y añadió—: Llámeme cuando lo considere oportuno. —Otra pausa, y a continuación—: Siempre en horas de oficina, claro.
Se alejó. Llamarlo a su despacho y no a casa. En casa, todo el mundo lo sabía, el juez Lo Bianco se dedicaba a la redacción de un voluminoso ensayo: Vida y obra de Rinaldo y Antonio Lo Bianco, maestros jurados de la Universidad de Girgenti en tiempos del rey Martín el Joven (1402-1409), a quienes él consideraba antepasados suyos, aunque muy lejanos.
—¿Cómo ha muerto? —le preguntó al médico.
—Véalo usted mismo —contestó Pasquano, apartándose a un lado.
Montalbano introdujo la cabeza en el vehículo, que parecía un horno (en aquel caso en concreto, crematorio); contempló por primera vez el cadáver y pensó de inmediato en el jefe superior de policía.
Pensó en él no porque soliera pensar en su superior jerárquico al comienzo de cada investigación, sino porque hacía diez días había hablado con el viejo jefe superior Burlando —que era amigo suyo— de un libro de Ariès, Historia de la muerte en Occidente, que ambos habían leído. El jefe de policía había afirmado que todas las muertes, incluso las más humillantes, conservaban siempre cierto carácter sagrado. Montalbano le había replicado con toda sinceridad que en ninguna muerte, ni siquiera en la de un papa, conseguía ver nada que fuera sagrado.
Ahora habría querido tener a su lado al señor jefe de policía para que viera lo que él estaba viendo. El ingeniero había sido siempre un personaje elegante y extremadamente meticuloso en todo lo referente al cuidado de su aspecto, y ahora, en cambio, iba sin corbata y llevaba la camisa arrugada, las gafas de través, el cuello de la chaqueta incongruentemente medio levantado, y los calcetines tan caídos y aflojados que le cubrían los mocasines. Sin embargo, lo que más le llamó la atención al comisario fue la contemplación de los pantalones bajados hasta las rodillas, los blancos calzoncillos visibles bajo los pantalones, y la camisa enrollada junto con la camiseta hasta la mitad del pecho.
Y el sexo obscena e indecentemente al aire, grueso, velludo y en total contraste con los delicados rasgos del resto del cuerpo.
—Pero ¿cómo ha muerto? —volvió a preguntarle al médico, mientras se apartaba del coche.
—Es evidente, ¿no? —contestó Pasquano con grosería, y añadió—: ¿Sabía usted que el ingeniero había sido operado del corazón por un prestigioso especialista de Londres?
—Pues la verdad es que no. Lo vi el miércoles pasado en la televisión, y me pareció que gozaba de perfecta salud.
—Parecía, pero no era así. Mire, en política, todos son como los perros. En cuanto se enteran de que no puedes defenderte, te atacan a dentelladas. Por lo visto, en Londres le colocaron dos bypass, y dicen que fue muy complicado.
—¿Quién lo atendía en Montelusa?
—Mi colega Capuano. Cada semana se hacía un control. Se preocupaba mucho por su salud, quería estar siempre en forma.
—¿Le parece oportuno que hable con Capuano?
—No serviría absolutamente de nada. Lo que aquí ha ocurrido está más claro que el agua. Al pobre ingeniero le entró el capricho de echar un buen polvo en este paraje, tal vez con alguna puta exótica. Lo echó y la palmó. —Pasquano se dio cuenta de que la mirada de Montalbano se había perdido en la distancia—. ¿No le convence?
—No.
—¿Por qué?
—La verdad es que ni yo mismo lo sé. ¿Tendrá la bondad de enviarme mañana el resultado de la autopsia?
—¿Mañana? ¡Usted está loco! Antes que al ingeniero, tengo a esa joven de veinte años violada en una alquería y que fue descubierta diez días más tarde comida por los perros. Después le toca a Fofò Greco, al que le cortaron la lengua y las pelotas y lo dejaron morir colgado de un árbol. Después viene...
Montalbano interrumpió la macabra lista.
—Hablemos claro, Pasquano, ¿cuándo me enviará el resultado?
—Pasado mañana, si no tengo que ir de aquí para allá a examinar otros muertos.
Ambos se despidieron. Después Montalbano llamó al sargento y a sus hombres, les dijo lo que tenían que hacer y cuándo podían permitir que introdujeran el cuerpo en la ambulancia, y le pidió a Gallo que lo acompañara de nuevo a la comisaría.
—Después vuelves y recoges a los demás. Y, como corras, te rompo los cuernos.
Pino y Saro firmaron la declaración en la que describían detalladamente todos sus movimientos antes y después del descubrimiento del cadáver. En la declaración faltaban dos hechos importantes que los basureros se habían guardado mucho de revelar a los representantes de la ley. El primero era que habían reconocido casi de inmediato al muerto, y el segundo, que se habían apresurado a comunicarle su descubrimiento al abogado Rizzo. Después regresaron a casa; Pino con los pensamientos en otra parte y Saro acariciando de vez en cuando el bolsillo en que guardaba el collar.
Durante veinticuatro horas, por lo menos, no ocurriría nada. Montalbano se fue por la tarde a su chalet, se tendió en la cama y se pasó tres horas durmiendo. Después se levantó y, puesto que a mediados de septiembre el mar estaba tan liso como una tabla, se dio un buen baño. Al regresar a su casa, se preparó un plato de espaguetis con erizos de mar y encendió el televisor. Como era de esperar, todos los informativos locales hablaban de la muerte del ingeniero; hacían los habituales elogios y, de vez en cuando, salía algún político con cara de circunstancias para recordar los méritos del difunto y los problemas que entrañaba su desaparición. Pero no hubo ni uno, ni siquiera el único telediario de la oposición, que se atreviera a decir de qué manera había muerto el malogrado Luparello.
3
Saro y Tana pasaron una mala noche. No les cabía la menor duda de que Saro había encontrado un tesoro como los de los cuentos, en los que unos miserables pastores tropezaban con jarras llenas de monedas de oro o con joyas cuajadas de brillantes. Pero, aquí, la cuestión era muy distinta: era evidente que el collar, de moderna factura, había sido perdido la víspera, y, calculando a ojo de buen cubero, valía una fortuna. ¿Cómo era posible que nadie lo hubiera reclamado? Sentados alrededor de la mesa de la cocina, con el televisor encendido y la ventana abierta para evitar que los vecinos, alertados por el más mínimo cambio, empezaran a fisgonear y criticar, Tana se opuso a la intención de su marido de ir a vendérselo a los hermanos Siracusa en cuanto abrieran la joyería.
—En primer lugar, tú y yo somos personas honradas. Y por eso no podemos ir a vender una cosa que no nos pertenece.
—Pero entonces, ¿qué quieres que hagamos? ¿Que vaya al jefe, le diga que he encontrado el collar y se lo entregue para que él se lo devuelva a su dueño cuando éste acuda a reclamarlo? En cuestión de diez minutos, el cabrón de Pecorilla iría a venderlo por su cuenta.
—Podemos hacer otra cosa. Guardamos el collar en casa, pero se lo decimos a Pecorilla. Si alguien lo reclama, se lo entregamos.
—¿Y qué ganamos con eso?
—El porcentaje que se supone que le corresponde a quien encuentra este tipo de cosas. ¿Cuánto crees tú que vale?
—Unos veinte millones de liras —contestó Saro, pensando que había dicho una cifra demasiado alta—. Supongamos que nos corresponden dos millones. ¿Quieres explicarme cómo pagamos con dos millones todos los tratamientos que necesita Nenè?
Estuvieron discutiendo hasta el amanecer y lo dejaron porque Saro tenía que irse a trabajar. Pero habían llegado a un acuerdo provisional que dejaba parcialmente a salvo su honradez: guardarían el collar sin decir una sola palabra a nadie, dejarían pasar una semana y entonces, en caso de que no hubiera aparecido el propietario reclamándolo, irían a empeñarlo. Cuando, poco antes de salir, Saro fue a dar un beso a su hijo, se llevó una sorpresa: Nenè estaba profundamente dormido, como si se hubiera enterado de que su padre había encontrado la manera de conseguir curarlo.
Pino tampoco pudo pegar ojo aquella noche. Su cabeza era muy dada a la reflexión. Le encantaba el teatro y había sido actor en las voluntariosas aunque cada vez más escasas compañías teatrales de aficionados de Vigàta y alrededores. Le gustaba leer obras de teatro y, en cuanto sus magras ganancias se lo permitían, corría a la única librería de Montelusa a comprarse comedias y dramas. Vivía con su madre, que cobraba una pequeña pensión, y no tenían problemas para comer. Su madre le había hecho contar tres veces el descubrimiento del muerto, obligándolo a ilustrar mejor cada detalle. Lo hacía para contárselo al día siguiente a sus amigas de la iglesia y del mercado y presumir de haberse enterado de todas aquellas cosas y de tener un hijo tan valiente que se había atrevido a inmiscuirse en un suceso como aquél. Hacia la medianoche, la mujer se fue a dormir. Poco después se acostó Pino. Pero no hubo manera de que pudiera conciliar el sueño, pues algo lo hacía dar vueltas bajo la sábana. Ya hemos dicho que tenía una cabeza muy dada a la reflexión y, por eso, tras pasarse dos horas tratando infructuosamente de cerrar los ojos, comprendió que no podría ser. Estaba tan nervioso como un chiquillo la noche de Reyes. Se levantó, se lavó un poco y se sentó junto al pequeño escritorio de su habitación. Se repitió a sí mismo la historia que le había contado a su madre, y todo estaba bien; todos los detalles cuadraban, el zumbido de su cabeza se mantenía en segundo plano. Era como el juego del «frío, frío, caliente, caliente»; mientras pasaba revista a todo lo que había contado, el zumbido parecía decir: agua, agua, por lo que la molestia tenía que proceder de algo que no le había dicho a su madre. En efecto, no le había contado las mismas cosas que, de acuerdo con Saro, le había callado a Montalbano: el inmediato reconocimiento del cadáver y la llamada al abogado Rizzo. Aquí el zumbido era muy fuerte y gritaba: ¡fuego, fuego! Entonces, cogió papel y pluma y transcribió palabra por palabra el diálogo que había mantenido con el abogado. Volvió a leerlo e hizo algunas correcciones, forzando la memoria hasta anotar, como en un guión de teatro, incluso las pausas. Cuando lo tuvo delante, lo releyó en su versión definitiva. Algo fallaba. Pero ya era demasiado tarde y tenía que irse a la Splendor.
Hacia las diez de la mañana, Montalbano vio interrumpida la lectura de los dos diarios sicilianos, el que se publicaba en Palermo y el de Catania, por una llamada del jefe superior de policía que le pasaron al despacho.
—Tengo que transmitirle unos agradecimientos —empezó diciendo el jefe superior.
—¿Ah, sí? ¿De parte de quién?
—De parte del obispo, Monseñor Teruzzi, y de nuestro ministro. Monseñor Teruzzi me ha dicho, y repito sus palabras, que se ha alegrado de la caridad cristiana puesta de manifiesto por usted, por decirlo de alguna manera, al impedir que periodistas y fotógrafos sin escrúpulos ni decencia pudieran captar y difundir unas imágenes indecorosas del cadáver.
—Pero ¡yo di la orden cuando aún no sabía quién era el muerto! Habría hecho lo mismo con cualquier otra persona.
—Lo sé, Jacomuzzi me lo ha contado todo. Pero ¿para qué iba yo a revelar este insignificante detalle al venerable prelado? ¿Para desengañarlo con respecto a su caridad cristiana? Es un gesto caritativo, mi querido amigo, que adquiere tanto más valor cuanto más elevada es la posición del objeto de la caridad, ¿me explico? Imagínese que el obispo ha llegado incluso a citar a Pirandello.
—¡No me diga!
—Pues sí. Ha citado aquella frase de Seis personajes en busca de autor en la que el padre dice que, después de una vida intachable, por culpa de un fallo momentáneo uno no puede permanecer atado para siempre a un gesto deshonroso. Como queriendo decir que no se puede transmitir a la posteridad la imagen del ingeniero con los pantalones momentáneamente bajados.
—¿Y el ministro?
—Bueno, ése no ha citado a Pirandello porque no sabría decirle ni dónde vive, pero la idea, tortuosa y dicha entre refunfuños, era la misma. Y, dado que pertenece al mismo partido que Luparello, se ha permitido añadir otra palabra.
—¿Cuál?
—Prudencia.
—¿Qué tiene que ver la prudencia con esta historia?
—No lo sé, yo le transmito la palabra escueta.
—¿Se sabe algo de la autopsia?
—Todavía no. Pasquano quería guardarlo en la cámara frigorífica hasta mañana, pero lo he convencido para que lo examine a última hora de la mañana o a primera de la tarde. Pero no creo que por ahí podamos averiguar nada.
—Lo mismo pienso yo —dijo el comisario, dando por terminada la conversación.
Montalbano no extrajo de la lectura de los periódicos más información de la que ya tenía sobre la vida, milagros y reciente muerte del ingeniero Luparello, por lo que sólo le sirvió para refrescarle la memoria. Heredero de una dinastía de constructores de obras de Montelusa (su abuelo había proyectado la vieja estación, y su padre, el Palacio de Justicia), el joven Silvio, tras licenciarse brillantemente en el Instituto Politécnico de Milán, había regresado a su pueblo para continuar y potenciar las actividades de la familia. Católico practicante, había abrazado las ideas de su abuelo, que era un ardiente seguidor de don Luigi Sturzo, fundador del Partido Popular italiano (acerca de las ideas de su padre, miembro de las brigadas de acción fascistas y participante en la marcha sobre Roma, se había corrido un obligado velo de silencio), y se había ejercitado en la Fuci, la organización que agrupaba a los jóvenes universitarios católicos, tejiendo de esta manera una sólida red de amistades. Desde entonces, Silvio Luparello aparecía en todas las manifestaciones, celebraciones y comicios al lado de los peces gordos del partido, pero siempre un paso por detrás y con una media sonrisa en los labios, dando a entender que estaba allí por decisión propia y no por razones de jerarquía. Requerido en repetidas ocasiones para que se presentara como candidato a las distintas elecciones políticas o administrativas, siempre se había negado aduciendo nobilísimos motivos —puntualmente dados a conocer a la opinión pública—, como la humildad, el servicio en la sombra y en silencio, cualidades propias de un católico. Durante casi veinte años, había servido efectivamente en la sombra y en silencio, hasta que un día decidió aprovecharse de todo lo que había visto con sus perspicaces ojos en aquella sombra. Para empezar, se había rodeado de servidores (aunque los periódicos los llamaban «fraternales amigos» o «fieles seguidores»), el primero de los cuales había sido el honorable Cusumano. A continuación, puso librea al senador Portolano y al diputado Tricomi. En resumen, todo el partido, en Montelusa y en la provincia, había pasado a sus manos, al igual que el ochenta por ciento de las contratas públicas y privadas. Ni siquiera le rozó el terremoto desencadenado por algunos jueces milaneses que hizo tambalear a la clase política que ostentaba el poder desde hacía cincuenta años. Es más, gracias precisamente a que siempre se había mantenido en un segundo plano, pudo salir a la luz y tronar contra la corrupción de sus compañeros de partido. En cosa de un año o algo menos, se había convertido, en su calidad de paladín de la renovación y gracias a los numerosos afiliados, en secretario provincial. Por desgracia, entre su triunfal nombramiento y su muerte sólo habían transcurrido tres días. Un periódico lamentaba que la mala suerte no hubiera permitido que un personaje de tan elevada y sublime estatura tuviera tiempo de devolver al partido su antiguo esplendor. Al recordarlo, ambos periódicos evocaban unánimemente su gran generosidad y delicadeza espiritual, y su disponibilidad a tender la mano en todas las circunstancias dolorosas, tanto a los amigos como a los enemigos, sin distinción. Con un estremecimiento, Montalbano recordó unas imágenes del año anterior transmitidas por una televisión local. El ingeniero inauguraba un pequeño orfanato en Belfi, el pueblo natal de su abuelo, bautizado con el nombre de éste. Una veintena de chiquillos vestidos de la misma manera entonaban una canción de agradecimiento al ingeniero, que los escuchaba emocionado. Las palabras de aquella «canción» se habían quedado indeleblemente grabadas en la memoria del comisario: «Qué bueno y qué bello / el ingeniero Luparello.»
Los periódicos, además de silenciar las circunstancias de la muerte, acallaban los rumores que corrían desde hacía años acerca de asuntos mucho menos públicos en los que estaba involucrado el ingeniero. Se hablaba de concursos de adjudicaciones amañados, comisiones millonarias y presiones rayanas en el chantaje. Y, en todos los casos, asomaba el nombre del abogado Rizzo, primero lacayo, después hombre de confianza y finalmente álter ego de Luparello. Se decía incluso que Rizzo era el puente entre el ingeniero y la mafia, y sobre este tema el comisario había tenido ocasión de ver, extraoficialmente, un informe confidencial en el que se hablaba de tráfico de divisas y blanqueo de dinero. Sospechas, desde luego, pero nada más, pues jamás se habían podido concretar: todas las peticiones para iniciar una investigación se habían perdido en los meandros de aquel Palacio de Justicia que el padre del ingeniero había proyectado y construido.
A la hora del almuerzo, Montalbano llamó a la Brigada Móvil de Montelusa para hablar con la inspectora Ferrara. Era la hija de un compañero suyo de escuela que se había casado muy joven; una chica simpática y divertida que, vete a saber por qué, de vez en cuando intentaba seducirlo.
—¿Anna? Te necesito.
—¡No me digas!
—¿Tienes alguna hora libre por la tarde?
—Me la buscaré, comisario. Siempre a tu disposición, de día y de noche. A tus órdenes o, si quieres, a tus deseos.
—Pues, entonces, iré a recogerte a Montelusa, a tu casa, sobre las tres.
—Me llenas de alegría.
—Ah, por cierto, Anna, vístete de mujer.
—¿Tacones muy altos y abertura en el muslo?
—Simplemente quería decir que no te presentes de uniforme.
• • •
Al segundo toque de claxon, Anna salió puntualísima del portal vestida con blusa y falda. No hizo preguntas. Se limitó a besar a Montalbano en la mejilla. Cuando el vehículo enfiló el primero de los tres senderos que desde la carretera provincial conducían al aprisco, sólo entonces habló.
—Si quieres follarme, llévame a tu casa, aquí no me gusta.
En el aprisco había dos o tres coches, pero era evidente que sus ocupantes no pertenecían al ambiente nocturno de Gegè Gullotta. Eran estudiantes de ambos sexos, parejas burguesas que no habían encontrado un sitio mejor. Montalbano recorrió el sendero hasta el final y, cuando las ruedas delanteras ya se hundían en la arena, frenó. El tupido matorral junto al cual se había descubierto el BMW se hallaba a la izquierda y no se podía alcanzar por aquel camino.
—¿Es allí donde lo han encontrado? —preguntó Anna.
—Sí.
—¿Qué buscas?
—Ni yo mismo lo sé. Bajemos.
Se encaminaron hacia los matorrales. Montalbano le rodeó el talle y la estrechó contra él; ella apoyó la cabeza en su hombro sonriendo. Ahora comprendía por qué la había invitado el comisario. Se trataba de una artimaña; yendo los dos juntos, no pasaban de ser una pareja más de enamorados o de amantes que buscaban la manera de aislarse en el aprisco. Eran seres anónimos y no suscitarían la menor curiosidad.
«¡Qué hijo de puta! —pensó Anna—. Le importa una mierda lo que yo siento por él.»
Montalbano se detuvo de espaldas al mar. El matorral se encontraba frente a ellos, a unos cien metros de distancia en línea recta. No cabía la menor duda: el BMW había llegado hasta allí no por los senderos sino desde la playa, y, tras girar hacia el matorral, se había detenido con el morro de cara a la vieja fábrica, es decir, justo en posición contraria a la que necesariamente tenían que adoptar los vehículos procedentes de la carretera provincial, pues no había el menor espacio para maniobrar. Cualquiera que quisiera regresar a la carretera no tenía más remedio que hacer marcha atrás en los senderos. Sin dejar de abrazar a Anna, Montalbano recorrió otro trecho con la cabeza inclinada: no descubrió huellas de neumáticos, el mar lo había borrado todo.
—Y ahora, ¿qué hacemos?
—Primero llamaré a Fazio y después te acompañaré a casa.
—Comisario, ¿me permites que te diga una cosa con toda sinceridad?
—Pues claro.
—Eres un hijoputa.
4
—¿Comisario? Soy Pasquano. ¿Quiere explicarme, si no le importa, dónde demonios se había metido? Llevo tres horas buscándolo y en la comisaría nadie sabía nada.
—¿La ha tomado conmigo, doctor?
—¿Con usted? ¡Con el universo entero!
—¿Qué le ocurre?
—Me han obligado a dar preferencia a Luparello, exactamente igual que cuando vivía. Pero ¿es que hasta muerto tiene este hombre que pasar por delante de los demás? ¿Acaso piensan asignarle también un lugar de primera fila en el cementerio?
—¿Quería decirme algo?
—Le adelanto lo que le enviaré por escrito. Nada de nada, el pobre hombre murió por causas naturales.
—¿O sea?
—Pues que, hablando en términos no científicos, le estalló literalmente el corazón. Por lo demás, estaba bien, ¿sabe? Lo único que no le funcionaba era la bomba, y es la que lo ha jodido, a pesar de los extraordinarios esfuerzos que habían hecho por arreglársela.
—¿Había alguna otra señal en el cuerpo?
—¿De qué?
—Pues no sé, equimosis, inyecciones.
—Ya se lo he dicho: nada. No nací ayer, ¿comprende? Además, solicité, y me lo concedieron, que en la autopsia estuviera presente mi colega Capuano, su médico de cabecera.
—Se ha curado usted en salud, ¿verdad, doctor?
—¿Cómo dice?
—Una chorrada, perdone. ¿Padecía alguna otra enfermedad?
—¿Por qué vuelve otra vez a lo mismo? No tenía nada, sólo la tensión un poquito alta. Se la controlaba con un diurético, tomaba una pastilla el jueves y otra el domingo a primera hora de la mañana.
—O sea que el domingo, cuando murió, la había tomado.
—¿Y qué? ¿Qué coño insinúa? ¿Que le envenenaron la pastilla del diurético? ¿Se cree usted que estamos todavía en la época de los Borgia? ¿O acaso ha empezado a leer libros policiacos de saldo? Si lo hubieran envenenado, yo me habría dado cuenta, ¿no cree?
—¿Había cenado?
—No había cenado.
—¿Puede decirme a qué hora murió?
—Esa pregunta me ataca los nervios. Se dejan ustedes sugestionar por las películas americanas, en las que, cuando el policía pregunta a qué hora tuvo lugar el delito, el forense le contesta que el asesino terminó su obra a las dieciocho treinta y dos, segundo más segundo menos, treinta y seis días antes. Usted también vio que el cadáver aún no estaba rígido, ¿no? Y también notó el sofocante calor que hacía en el interior de aquel vehículo, ¿no?
—¿Entonces?
—Entonces el pobrecillo se fue entre las diecinueve y las veintidós horas de la víspera del día en que lo encontraron.
—¿Nada más?
—Nada más. Ah, se me olvidaba: el ingeniero la palmó, pero consiguió echar el polvo. Se encontraron restos de esperma en sus partes bajas.
—¿Señor jefe superior? Soy Montalbano. Quiero comunicarle que acaba de llamarme el doctor Pasquano. Ya ha realizado la autopsia.
—No gaste saliva, Montalbano. Lo sé todo. Sobre las dos de la tarde me ha llamado Jacomuzzi, que estaba presente, y me ha facilitado la información. ¡Qué bonito!
—Perdone, no le entiendo.
—Me parece bonito que, en esta espléndida provincia nuestra, alguien decida morir de muerte natural para dar buen ejemplo, ¿no cree? Con otras dos o tres muertes como la del ingeniero, nos ponemos al mismo nivel que el resto de Italia. ¿Ha hablado con Lo Bianco?
—Todavía no.
—Hágalo ahora mismo. Dígale que, por nuestra parte, ya no hay ningún problema. Pueden celebrar el entierro cuando quieran, si el juez da el visto bueno. Oiga, Montalbano, esta mañana he olvidado decírselo. Mi mujer se ha inventado una receta fabulosa para los pulpitos. ¿Le iría bien el viernes por la noche?
—¿Montalbano? Soy Lo Bianco. Quiero ponerlo al corriente. A primera hora de la tarde he recibido una llamada del doctor Jacomuzzi.
«¡Lástima de carrera desaprovechada! —pensó de inmediato Montalbano—. En otros tiempos, Jacomuzzi hubiera sido un pregonero extraordinario, de esos que iban por ahí tocando el tambor.»
—Me ha comunicado que la autopsia no ha detectado nada anormal —añadió el juez—. Y, por consiguiente, he autorizado la inhumación del cadáver. ¿Tiene usted algo en contra?
—Nada.
—Entonces, ¿puedo considerar el caso cerrado?
—¿Puede concederme dos días más de plazo?
Montalbano oyó, materialmente, dispararse un timbre de alarma en la cabeza de su interlocutor.
—¿Por qué, Montalbano?, ¿qué ocurre?
—Nada, señor juez, absolutamente nada.
—¿Pues entonces, hombre de Dios? Le confieso, señor comisario, y no tengo ningún reparo en hacerlo, que tanto yo como el jefe de la fiscalía, el gobernador civil y el jefe superior de policía hemos sido objeto de fuertes presiones para que el caso se cierre a la mayor brevedad posible. Nada ilegal, por supuesto. Sólo son las consabidas peticiones de personas, familiares y amigos del partido, que desean olvidar y hacer que se olvide cuanto antes esta desdichada historia. Y con razón, creo yo.
—Lo comprendo, señor juez. Pero yo no necesito más de dos días.
—Pero ¿por qué? ¡Deme una razón!
Encontró una respuesta, una escapatoria. No podía explicarle al juez que su petición no se basaba en nada o, mejor dicho, se basaba, no sabía ni cómo ni por qué, en la sensación de que alguien que en aquellos momentos actuaba con más habilidad que él estaba tomándolo por tonto.
—Si de veras quiere saberlo, le diré que lo hago por el qué dirán. No quiero que nadie haga correr la voz de que hemos archivado rápidamente el caso porque no teníamos intención de llegar hasta el fondo del asunto. Mire, basta muy poco para que tome cuerpo esta idea.
—Siendo así, estoy de acuerdo. Le concedo esas cuarenta y ocho horas. Pero ni un minuto más. Procure comprender la situación.
—¿Gegè? ¿Cómo estás, hermoso? Perdona que te despierte a las seis y media de la tarde.
—¡No me jodas!
—Gegè, ¿te parece que ésas son maneras de hablarle a un representante de la ley, tú, que en presencia de la ley lo único que puedes hacer es cagarte en los pantalones? A propósito de joder, ¿es cierto que te estás tirando a un negro de cuarenta?
—¿De cuarenta qué?
—De longitud de caña.
—No seas cabrón. ¿Qué quieres?
—Hablar contigo.
—¿Cuándo?
—Esta tarde, a última hora. Dime tú cuándo exactamente.
—Mejor a las doce de la noche.
—¿Dónde?
—Donde siempre, en Puntasecca.
—Beso tu preciosa boquita, Gegè.
—¿Dottor Montalbano? Escuche, soy el gobernador Squatrìto. El juez Lo Bianco acaba de comunicarme que usted ha pedido veinticuatro o cuarenta y ocho horas más, no recuerdo muy bien, antes de cerrar el caso del pobre ingeniero. El doctor Jacomuzzi, que ha tenido la amabilidad de mantenerme al tanto de los acontecimientos, me ha hecho saber que la autopsia ha establecido de forma inequívoca que Luparello falleció de muerte natural. A pesar de que está lejos de mí la idea, ¿qué digo, idea?, ni siquiera la mínima sombra de interferencia, que por otra parte no tendría razón de ser, quiero preguntarle: ¿por qué esta petición?
—Mi petición, señor gobernador, como ya le he dicho al doctor Lo Bianco y le reitero a usted, está dictada por un deseo de transparencia, con el fin de cortar de raíz cualquier insinuación maliciosa sobre una posible intención de la policía de no aclarar los entresijos del caso y de archivarlo sin realizar las obligadas comprobaciones. Sólo eso.
El gobernador se declaró satisfecho con la respuesta de Montalbano, quien había elegido cuidadosamente dos verbos (aclarar y reiterar) y un sustantivo (transparencia) que formaban parte desde siempre del léxico del gobernador.
—Soy Anna, perdóname si te molesto.
—¿Por qué hablas así? ¿Estás resfriada?
—No, estoy en el despacho, en la Brigada Móvil, y no quiero que me oigan.
—Dime.
—Jacomuzzi ha llamado a mi jefe y le ha dicho que tú aún no quieres cerrar el caso Luparello. Mi jefe me ha dicho que eres un gilipollas, opinión que comparto y que, por otra parte, he tenido ocasión de manifestarte hace unas horas.
—¿Para eso llamas? Gracias por confirmármelo.
—Comisario, tengo que decirte otra cosa de la que me he enterado poco después de haberte dejado, al volver aquí.
—Estoy con la mierda hasta el cuello, Anna. Mañana.
—No, no hay tiempo que perder. Puede interesarte.
—Mira, estaré ocupado hasta la una o una y media de la noche. Si puedes acercarte ahora, me vendría muy bien.
—Ahora no puedo. Iré a tu casa a las dos.
—¿Esta noche?
—Sí, y si no has llegado, te espero.
• • •
—Hola, cariño. Soy Livia. Siento llamarte al despacho, pero...
—Tú puedes llamarme cuando y donde quieras. ¿Qué hay?
—Nada importante. Acabo de leer en un periódico lo de la muerte de un político de tu tierra. Es sólo una reseña. Dice que el comisario Salvo Montalbano está llevando a cabo minuciosas investigaciones sobre las causas de la muerte.
—¿Y qué?
—¿Esta muerte te dará mucho la lata?
—No demasiado.
—Entonces, ¿no hay cambios? ¿El sábado que viene vendrás a verme? ¿No me darás una desagradable sorpresa?
—¿Cuál?
—La avergonzada llamada, anunciándome que se ha producido un cambio sustancial en las investigaciones y que, por consiguiente, tendré que esperar, pero que no sabes hasta cuándo y que quizá sería mejor dejarlo para la próxima semana. Ya lo has hecho, y en más de una ocasión.
—No te preocupes, esta vez no sucederá eso.
—¿Dottor Montalbano? Soy el padre Arcangelo Baldovino, el secretario de su eminencia el obispo.
—Encantado. Dígame, padre.
—El obispo ha recibido, y con cierto estupor, lo reconocemos, la noticia de que usted considera oportuno prolongar las investigaciones acerca de la dolorosa y desdichada desaparición del ingeniero Luparello. ¿La noticia se ajusta a la verdad?
Montalbano le confirmó que se ajustaba a la verdad y explicó por tercera vez el motivo de su proceder. El padre Baldovino pareció convencido, pero suplicó al comisario que se diera prisa «para impedir infames conjeturas y evitar a la familia una ulterior tortura».
—¿Comisario Montalbano? Soy el ingeniero Luparello.
«Pero ¿no te habías muerto, coño?»
La broma estuvo a punto de escapársele, pero se contuvo a tiempo.
—Soy el hijo —añadió el otro con una voz extremadamente educada y cortés, sin la menor inflexión dialectal—. Me llamo Stefano. Tengo que hacerle una petición que quizá le parecerá insólita. Lo llamo en nombre de mi madre.
—Si puedo atenderla, delo por hecho.
—Mi madre quisiera hablar con usted.
—¿Y eso qué tiene de insólito, ingeniero? Yo mismo tenía intención de pedirle a la señora que tuviera a bien recibirme cualquier día de éstos.
—El caso es, señor comisario, que mamá quisiera hablar con usted mañana, como muy tarde.
—Dios mío, ingeniero, estos días no tengo ni un minuto, créame. Y supongo que ustedes tampoco.
—Diez minutos siempre se encuentran, no se preocupe. ¿Le parece bien mañana por la tarde, a las cinco en punto?
—Montalbano, ya sé que te he hecho esperar, pero estaba...
—...en el retrete, en tu reino.
—Venga, ¿qué quieres?
—Quiero darte una noticia muy grave. Acaba de llamarme el papa desde el Vaticano, cabreadísimo contigo.
—Pero ¡qué dices, hombre!
—Pues sí, está furioso porque es la única persona del mundo que no ha recibido tu informe sobre el resultado de la autopsia de Luparello. Se ha sentido menospreciado, y me ha dado a entender que tiene intención de excomulgarte. Estás jodido.
—Montalbano, estás como una chota.
—¿Me aclaras una cosa?
—Faltaría más.
—¿Tú le lames el culo a la gente por ambición o por naturaleza?
La sinceridad de la respuesta del otro lo dejó asombrado.
—Por naturaleza, creo.
—Oye, ¿habéis terminado ya de examinar la ropa que vestía el ingeniero? ¿Habéis encontrado algo?
—Hemos encontrado lo que era en cierto modo previsible. Restos de esperma en los calzoncillos y en los pantalones.
—¿Y en el coche?
—Aún estamos examinándolo.
—Gracias. Tenedme al corriente.
—¿Comisario? Lo llamo desde una cabina de la carretera provincial, cerca de la vieja fábrica. He hecho lo que usted me había pedido.
—Dime, Fazio.
—Tenía usted toda la razón. El BMW de Luparello venía de Montelusa y no de Vigàta.
—¿Estás seguro?
—Por la parte de Vigàta, la playa está cortada por unos bloques de cemento. No se puede pasar; para hacerlo, habría tenido que volar.
—¿Has descubierto el recorrido que pudo hacer?
—Sí, pero es una locura.
—Explícate mejor. ¿Por qué?
—Porque, a pesar de que desde Montelusa a Vigàta hay decenas y decenas de calles y callejuelas que uno puede escoger para no llamar la atención, en determinado punto, para llegar al aprisco, el coche del ingeniero no tuvo más remedio que recorrer el cauce seco del Canneto.
—¿El Canneto? Pero ¡si por allí no se puede pasar!
—Pues yo lo he hecho y, por consiguiente, cualquiera puede haberlo hecho. Está completamente seco. Lo malo es que me he cargado la suspensión del coche. Y, como usted no ha querido que utilizara el vehículo de servicio, tendré que...
—Yo te pago la reparación. ¿Algo más?
—Pues sí. Justo al salir del cauce del Canneto para adentrarse en la arena, las ruedas del BMW dejaron unas huellas. Si avisamos ahora mismo al doctor Jacomuzzi, podríamos sacar el molde.
—Que se joda Jacomuzzi.
—Como usted mande. ¿Necesita algo más?
—No, Fazio, ya puedes volver. Gracias.
5
La playita de Puntasecca, una franja de arena compacta al amparo de una colina de marga blanca, estaba desierta a aquella hora. Cuando el comisario llegó, Gegè ya lo esperaba apoyado en su automóvil, fumando un pitillo.
—Baja, Salvù —le dijo a Montalbano—, vamos a disfrutar un poco de este aire tan bueno.
Se pasaron un rato fumando en silencio. Después, Gegè apagó el cigarrillo y dijo:
—Ya sé lo que quieres preguntarme, Salvù. Me lo he preparado muy bien, puedes hacerme las preguntas incluso salteadas.
Ambos sonrieron ante la evocación de aquel recuerdo común. Se habían conocido en la primina, pequeña escuela privada que precedía a la escuela primaria, y en la que la maestra era la señorita Marianna, la hermana de Gegè, que le llevaba a éste quince años. Salvo y Gegè eran unos estudiantes perezosos, que se aprendían las lecciones como loros y las repetían como tales. Pero, a veces, la maestra Marianna no se conformaba con aquellas letanías y les hacía preguntas salteadas, es decir, sin seguir el orden natural de los datos, y entonces se quedaban mudos, porque era necesario haber comprendido y haber establecido nexos lógicos.
—¿Cómo está tu hermana?
—La he llevado a Barcelona, a una clínica especializada en los ojos. Por lo visto, hacen milagros. Me han dicho que, por lo menos, podrá recuperar parte de la visión del ojo derecho.
—Cuando la veas, dale recuerdos de mi parte.
—Lo haré sin falta. Como te decía, estoy preparado. Ya puedes disparar las preguntas.
—¿A cuántas personas administras en el aprisco?
—Veintiocho, entre putas y chaperos de variada índole. Más Filippo di Cosmo y Manuele Lo Pìparo, que vigilan para que no se arme jaleo. Tú sabes bien que al más mínimo problema estaría jodido.
—O sea, que mantienen los ojos muy abiertos.
—Claro. ¿Tú sabes el perjuicio que podría suponerme, qué sé yo, una pelea, un navajazo, una sobredosis...?
—¿Te sigues limitando a las drogas blandas?
—Por supuesto. Hachís y, como máximo, cocaína. Pregunta, pregunta a los barrenderos si por la mañana encuentran alguna jeringuilla, una sola.
—Te creo.
