Lady Rosehip sueña con un príncipe (The Rosegarden Family Tree 6)

Bethany Bells

Fragmento

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Capítulo 1

Escuela de señoritas de lady Acton. Minstrel Valley, Hertfordshire. Octubre de 1887

Lady Rosehip Rosegarden entró en el bonito dormitorio que compartía con lady Hermione Hobson y se arrojó de bruces en la cama, mientras lanzaba un grito de furia.

—¡Rosehip! —la riñó su amiga, que la seguía a pocos pasos. Se apresuró a cerrar la puerta—. ¿Qué clase de comportamiento es ese? Es la segunda vez que gritas de puro enfado al ver el correo. La señora Dawson va a terminar llamándote la atención.

La señora Dawson era la directora de la escuela en esos momentos, y por lo general las jóvenes alumnas —Rosehip entre ellas— la admiraban y temían a partes iguales. Pero, en esos momentos, a Rosehip le importaba bien poco incluso ser educada.

—¿Y qué me importa? —clamó, demasiado furiosa como para razonar—. ¿Qué más pueden hacerme, Hermione? ¿Es que no lo ves? ¡Tampoco voy a ir a casa por mi cumpleaños! ¡Aaaah! —gritó de nuevo, pataleando y dando con los puños sobre el colchón—. ¡Creo que me odian!

—Baja la voz, tonta. Y no digas eso.

—Es la pura verdad. Llevo ya casi dos años sin ir a Rosegarden Park. No me había percatado de ello, pero es que, al pensarlo, me he dado cuenta de que es así. Siempre hay alguna razón por la que no puedo ir, o me proponen un viaje maravilloso, por el que no quiero ir.

El primer verano, la época en la que se daban las vacaciones más largas, había permanecido en Minstrel Valley, pero el último lo había pasado recorriendo Francia, con Roseanne y lord Lark. Había sido maravilloso, aunque un tanto extraño. Todo el tiempo tuvo la impresión de que estaban tensos y totalmente centrados en entretenerla para que no echara de menos Inglaterra.

—No deberías quejarte... —replicó Hermione, bromeando con una expresión de envidia que no dejaba de ser auténtica—. Yo no sé cuándo podré visitar el continente, y sabes que me muero de ganas.

—Ya. Pero no sé, siento que hay algo raro en todo esto. Y puede ser culpa mía... —Entornó los ojos al recordar una escena que la avergonzaba con especial intensidad—. La última vez que estuve allí, me puse un poco... La señora Dawson diría que «impertinente». Yo lo dejaría en «gritona».

Hermione la miró comprensiva. Aunque era de naturaleza mucho más tranquila y dulce que Rosehip, tras tanto tiempo viviendo juntas se conocían lo bastante como para haber presenciado cada una más de una pataleta de la otra.

—¿Qué pasó?

—Eh...

No, no podía contárselo, era demasiado terrible, pero recordó con toda nitidez lo sucedido durante el almuerzo que ofrecieron en Rosegarden Park a su hermana Roseanne y a su marido, lord Lark, a su regreso del continente, tras su boda. Eso fue un par de años atrás, y en él se dijeron cosas terribles de la madre de Rosehip, lady Peony. Tan terribles que ella había perdido los nervios, como cuando era niña, por primera vez en mucho tiempo.

¿Por qué no pudo mantener la calma? Se odiaba cuando se ponía así, porque le recordaba los tiempos en los que vivía atrapada por la ansiedad y la ira. Sus padres nunca habían sido cariñosos con ella. El marqués, como se refería muchas veces a su padre, la ignoraba, y cuando se veía obligado a mirarla, apartaba las pupilas en cuanto le era posible, siempre simulando estar ocupado en otras cosas.

Su madre, por el contrario, estaba siempre pendiente de cada uno de sus movimientos, para corregirlo de inmediato, y se empeñaba en tratarla como a una muñeca, pero como si fuese una rota, estropeada o, ya de inicio, de mala calidad. «El cabello no está lo bastante suave». «El vestido no te queda del todo bien». «¡Tu piel es tan ordinaria...!».

Todo aquello la había sumido en una sensación de imperfección continua, lo que había derivado en una rebeldía casi salvaje contra un mundo en el que jamás podría encajar.

Pero, con el tiempo, y sobre todo gracias a la educación impartida por su cuñada Rosalynn, que había sido institutriz antes de casarse con su hermano mayor, las cosas habían cambiado. Ahora sabía cómo controlarse, cómo comportarse para que los demás la aceptasen como era. Y, gracias a ello, se había granjeado muchas amigas en la escuela. Eso la hacía tan feliz que hasta le resultaba sencillo seguir las normas, algo que antes encontraba imposible.

Lamentablemente, ese brote de su antiguo carácter en aquel almuerzo había tenido sus consecuencias, estaba claro. Solo podía llegar a una conclusión: su familia la tenía castigada. Alegando distintas excusas, su hermano Thorn y su cuñada la habían dejado allí, interna en la escuela, incluso durante aquellas primeras vacaciones de verano.

No era que le importase. Adoraba Minstrel Valley, a sus gentes y todos sus alrededores, y allí siempre tenía algo que hacer. Lo prefería con mucho a Rosegarden Park, sobre todo desde que sus hermanas estaban casadas y ya apenas tenían tiempo para ella. Pero que no pudiera ir...

Eso le recordó la boda de Mery Rose. Había tenido lugar en Gretna Green, para asombro de todos. Bien organizada, con todos los Rosegarden como invitados, incluso los abuelos, los condes de Abbott, y todo muy formal, pero se habían ido a Escocia alegando que les parecía muy romántico; ellos, que jamás habían hecho referencia al sitio excepto para recordar el triste intento de Darney de seducir a lady Fiona.

Qué locura. Todavía no conseguía entenderlo...

Eso sí, también le había parecido romántico, no podía negarlo. Le había encantado Gretna Hall y todo lo relacionado con aquella tradición de casarse ante el yunque de un herrero. Quizá pudiera hacer algo así, con su príncipe, si la reina madre se negaba a darles su permiso para la boda. Pero no dejaba de ser extraño en Mery Rose y Darney.

¡Y sus cumpleaños! Cada 20 de noviembre, en los dos otoños anteriores, se había trasladado toda su familia a Minstrel Valley, alegando que habían querido darle una fiesta sorpresa, evento que siempre celebraban en The Old Flute, la posada más antigua del lugar.

En ambas ocasiones se habían mostrado muy cariñosos y felices por ella. Como si no pasara nada. Por eso, precisamente, al principio no se había dado cuenta de lo que ocurría.

Ni siquiera se percató cuando llegó la Navidad y recibió una nota en la que le indicaban que tenía que quedarse en Minstrel Valley porque su hermano Bush había contraído el cólera al atender a algunos pacientes, y su hermana Mery Rose, que trabajaba con él mientras estudiaba Medicina, también había resultado afectada.

Según la carta, ambos habían contagiado el mal a sus respectivos esposos —Bush, a la bellísima Caroline, a la que Rosehip envidiaba secretamente; y Mery Rose, al dorado Darney, a quien también envidiaba, pero de otra forma—, y Rosegarden Park estaba cerrado por cuarentena hasta nueva orden.

Rosehip se quedó preocupadísima. No podía dejar de llorar, imaginando escenas terribles en las que sus hermanos y cuñados se contagiaban unos a otros aquel mal terrible y morían entre... bueno, no, se negaba a pensar en vómitos, qué decir de cosas más desagradables. ¡Y los niños! Los niños también irían apagándose, pobres angelitos, con lo que a ella le gustaba jugar con ellos.

Se pasó las navidades angustiada, escribiendo a Londres casi cada día, y su disgusto fue enorme cuando una de sus amigas le contó que había visto a su hermano Bush con Caroline, Mery Rose y Darney en un baile benéfico organizado, precisamente, por la

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