PRÓLOGO
Mi historia
Sería de mala educación por mi parte no presentarme. Más allá de mis títulos o mi formación, que poco dicen de mi persona, quiero que conozcas un poco mi historia; lo mínimo suficiente para que comprendas el valor de este libro que te dispones a leer. Si sabes que yo he estado ahí y ya no lo estoy, creerás que también puedes conseguirlo. Te verás reflejado en una persona real, con sus dificultades y sus procesos internos, y no seré un mero teórico de la salud. Por otro lado, creo que todo el conocimiento derivado de mi trayectoria personal y, a continuación, de toda la experiencia acumulada tras trabajar con personas con diferentes problemas metabólicos, como obesidad, diabetes o mala relación con la comida, o simplemente con personas que querían mejorar su alimentación o estado de salud general, tiene mucho más valor para ti que mis títulos o lo que he estudiado.
Sin más dilación, te resumo rápidamente dónde comienza mi historia, o al menos la parte relevante para ti y para este libro.
Era un chico de quince años recién cumplidos y me encontraba cursando 4.º de Educación Secundaria Obligatoria. De mis años de niñez y de esta primera adolescencia me recuerdo siendo un chaval con sobrepeso en los límites de la obesidad tipo 1, con cero autoestima, sin confianza en sí mismo, que se dejaba aplastar por los demás (bullying no muy fuerte, pero intermitente) y que trataba de complacer siempre al resto para merecer su aceptación. Al mismo tiempo, a partir de los trece o quince años se desarrolló en mí un sufrimiento existencial que me perseguía constantemente. Si era buena persona y era gracioso, ¿por qué no le gustaba a ninguna chica? Esa se convirtió en mi obsesión.
Harto de todo eso, concluí que el problema era mi exceso de peso, y al poco de haber comenzado el curso decidí que dejaría de ser gordo. ¿Qué hice? Dejar de comer tratando de que no se enterasen mis padres. Tras poco más de tres meses, y con dieciocho kilos menos, lo había conseguido. Al final de ese curso empecé a salir con la chica de la que estaba enamorado (volveremos aquí). Sin embargo, tuve que pagar un precio por esos tres meses y poco: el inicio de mis trastornos con la alimentación.
Después de eso pasé por un año y medio de transición; era una persona delgada y me lo empecé a creer. Sentía que mi metabolismo había cambiado y estaba orgulloso de no engordar comiera lo que comiese (jugaba al fútbol bastantes horas a la semana). Por entonces, en el recreo, tenía por costumbre comer todos los días paquetes de galletas y bollos; ultraprocesados con los que se siguió forjando mi mala relación con la comida. Solo concedía importancia a mi aspecto físico: mientras siguiese delgado, todo estaba bien. Me daban igual los problemas intestinales que ya empezaba a sufrir y las constantes flatulencias putrefactas que tenía a diario (creo que esto a mis compañeros de equipo les importaba un poco más).
Creía que fitness era salud
Tras esos dos años de transición decidí apuntarme al gimnasio con el objetivo de mejorar físicamente. Estaba muy delgado, pero seguía sintiéndome gordo. En el fondo, no había dejado de tener poquísima confianza en mí mismo.
Y ahí fue cuando caí en las garras del fitness. Me refiero al promovido por los culturistas o las personas que entrenan como culturistas y que promulgan en la creencia popular cuál debe ser la manera de alimentarse y entrenar de una persona sana. Ese fitness nada tiene que ver con la salud. Y las personas que te lo venden, pese a su apariencia exterior, son la antítesis de la salud, sobre todo a nivel mental.
La cultura de gimnasio hizo que siguiese desarrollando mi obsesión por el físico. Entrenaba solo con ese objetivo y, como es natural, empecé a darle importancia a la alimentación para mejorar mis resultados.
La consecuencia fue convertirme en el prototipo de «persona fitness» que puebla los gimnasios: entre cinco y siete días de entrenamientos semanales de dos horas cada uno y trabajando dos grupos musculares por día hasta reventarlos. Por supuesto, las cinco o seis comidas al día, cargadas de carbohidratos, con su clásico porridge de avena o tortitas por las mañanas, su plato de pasta en la comida y de arroz en la cena. Además, claro está, de los snacks y batidos de proteína para no catabolizar (no perder músculo, en la jerga fitness).
Durante prácticamente cinco años mantuve este estilo de vida. En ese tiempo desarrollé dismorfia corporal (la incapacidad de ver la propia realidad ante el espejo, derivada de esa obsesión por el físico) y un tremendo grado de inflexibilidad con la dieta, que me llevaba a cancelar planes o a sufrir en eventos sociales. Cuando no ocurría esto, entraban en juego los atracones.
Mis problemas de relación con la comida
Volvamos a mi primera novia. Rompí con ella a los dieciocho años. Recuerda que en ese momento estaba obsesionado por el amor del sexo opuesto. La ruptura me destrozó emocionalmente. Tardé casi cuatro años en superarla. Sin duda fue el momento más determinante de mi vida.
Tenemos a alguien cuyos únicos ápices de autoestima dependen del amor de otra persona. Alguien dañado emocionalmente por el consumo constante de productos ultraprocesados (el factor más decisivo, en mi opinión, de una mala relación con la comida), que le había vuelto adicto a ellos. Es la receta perfecta para el trastorno de atracón, que fue la consecuencia natural de esa ruptura.
El enorme vacío emocional que me sobrevenía y que era incapaz de llenar, sumado a una adicción a estos productos, desencadenó poco a poco el trastorno por atracón. Si le sumamos que durante la semana seguía una dieta estricta, por mis objetivos físicos en el gimnasio, y que tenía elevados niveles de estrés, porque trabajaba y a la vez estudiaba en la universidad, el trastorno era inevitable. Las noches se convertían en el epicentro del caos.
Entre semana, fácilmente podía tener dos episodios de atracones en casa tras una «cena saludable». Y los fines de semana muchas veces consistían en atracones de viernes a domingo, tanto sociales como a solas en casa. Estos últimos eran bestiales. Pizzas, bote de helado de medio kilo, paquete de galletas, paquete de cereales y un litro de leche es una de las barbaridades que recuerdo.
¿Lo peor de estos atracones? La inmensa culpa y sensación de decepción y desprecio hacia mi persona que me sobrevenía después. Por supuesto, eso mostraba el famoso ciclo:
Atracón > culpa > compensación > hambre > atracón…
Fueron entre cinco y seis años muy duros. Los dos últimos resultaron más llevaderos, pues sentía que asomaba poco a poco del abismo. Empecé a salir verdaderamente de ahí cuando superé mi relación de pareja. ¿Casualidad? No lo creo. La salud emocional es la base de todo, no lo olvides.
Mis problemas de relación con mi cuerpo
A causa del mundo del fitness, mi autoestima se basaba en cómo me veía físicamente. Y, como les ocurre a muchas personas que sufren las consecuencias de este estilo de vida, mi autoestima dependía de si había ido a entrenar o de si me había alimentado bien, una verdadera obsesión por el «cuidado» del cuerpo que dejaba totalmente de lado la salud mental.
Por otra parte, poco a poco dejé de ver la realidad en el espejo. Veía lo que esperaba ver. Si había tenido un atracón, si no había entrenado, o ambas, me veía fatal. Cuando llevaba tres días entrenando y «comiendo bien», me veía definido en el espejo. Los atracones, sumados a esta relación con mi cuerpo, me hacían sentirme como una mierda.
Era un infierno psicológico. Me comportaba como un esclavo de la comida y de la relación con mi cuerpo, me despreciaba y no avanzaba, pues estaba inmerso en un ciclo sin fin. El punto de inflexión llegó tras uno de mis bajones emocionales.
En vacaciones encadené casi quince días de autodestrucción, ese masoquismo tan común que se produce tras haber caído en los malos hábitos. Tenemos una tendencia inexplicable a castigarnos con más malos hábitos, algo así como si dijésemos: «¿Te sientes mal por haberla cagado? Pues ahora te sentirás mal con razón».
Fueron casi quince días de no salir a la calle, de jugar a videojuegos hasta las tres o las cinco de la mañana y engullir comida basura sin parar. Sentía tal resistencia a volver a mis hábitos… Porque esa es otra: cuando me alimentaba mal, me veía mal físicamente por esa dismorfia corporal y se me quitaban las ganas de entrenar. No quería verme mal entrenando. De esta manera retroalimentaba el círculo vicioso.
En uno de esos últimos días tuve un evento social que estuve a punto de cancelar, porque cuando me sentía mal conmigo mismo tendía a aislarme. Allí me encontré a un amigo al que hacía meses que no veía. Mi cara fue un cuadro cuando me dijo: «Qué bien te veo, tío. Vaya físico. Le estás dando en serio al gimnasio, ¿eh?».
Me rompió todos los esquemas mentales. En el momento en que, con diferencia, en peor estado físico me veía, me decían esto. Me hizo cuestionármelo todo y darme cuenta del problema que tenía.
Cómo salí de aquello
Con paciencia, en primer lugar, pero sobre todo con mucho trabajo introspectivo y de reflexión. La escritura personal y sincera me permitió remover los cimientos de mi pasado y tomar conciencia de estas cuestiones y de muchas otras que no te he contado. Fue «mi psicóloga» gracias a que tuve el valor de mirar cara a cara toda mi mierda; sin mentir; sin esconderme; enfrentándose a los aspectos más oscuros de mi persona, aquellos que avergonzarían a cualquiera.
Supuso un proceso brutal de autoconocimiento a todos los niveles, que requirió muchísima aceptación para trascender esas partes de mi pasado y convertirme en mejor persona. A partir de ahí me di cuenta de todos los patrones de comportamiento que gobernaban mi vida y que, desde luego, quería cambiar.
Me propuse transformarlos poco a poco, y a lo largo del camino descubrí muchos más aspectos de mi persona. El trayecto no estuvo exento de altibajos y recaídas, como cabe esperar de cualquier periodo de cambio.
Durante todo este proceso nació mi dolor, mi herida, lo que le dio un significado a mi vida. Desarrollé una grandísima curiosidad por todos los aspectos del ser humano y por todo lo relativo a la salud. En este libro trataré de sintetizar ese conocimiento adquirido con la experiencia y tras mucho estudio y trabajo real con personas para que te lleves un aprendizaje profundo. Espero que se quede grabado en ti para siempre y que haga de esta una vida mejor.
INTRODUCCIÓN
Qué es la alimentación consciente
La alimentación consciente es una nueva forma de entender la vida. Significa abandonar el concepto obsoleto y dañino de dieta, que ha demostrado fracasar de manera sistemática, y abrazar un nuevo estilo de vida, una relación totalmente distinta con la nutrición, con nuestro cuerpo y con el cuidado de nuestra salud.
Cuando llevas una alimentación consciente ya no comes platos, sino que te nutres; ya no ves alimentos ni calorías, sino que percibes los nutrientes que necesitan tus células para funcionar bien y, en consecuencia, que tú estés bien y tengas energía; ya no pesas la comida, sino que escuchas a tu cuerpo y él te dice lo que necesita, pues introduces con normalidad los alimentos que regulan adecuadamente tu hambre y saciedad.
Cuando llevas una alimentación consciente, dejas de sentir que sigues una dieta que te restringe alimentos. Sabes lo que te aporta cada uno y eliges libremente cuáles consumir en tu día a día, pues desde el amor propio decides cuidarte.
Cuando llevas una alimentación consciente, esta deja de suponer un estrés. Al saber qué debes aportarle a diario a tu cuerpo, adaptas la alimentación a tus horarios y necesidades, y no al revés. ¿Un día puedes hacer solo dos comidas? No hay problema, pues sabes qué incluir en ellas. ¿Has comido fuera? No hay de qué preocuparse, pues has sabido qué elegir en el restaurante, y también los nutrientes que te han faltado y que debes introducir en la cena. ¿No has podido cocinar? No pasa nada: eres capaz de prepararte una comida nutritiva y saludable en cinco minutos, pues tienes los recursos necesarios. Al liberar todo este espacio mental que ocupaba la comida, dejas hueco para que ocurran cosas bonitas en tu vida; dejas espacio a tu verdadero desarrollo como persona.
Cuando llevas una alimentación consciente, dejas de preocuparte por el peso. Empiezas a fijarte en tus niveles de energía en el día a día, en cómo son tus digestiones, en tu foco y concentración en el trabajo y el estudio, en cómo anda tu estado de ánimo… ¿Lo paradójico? Que, si esto mejora, el peso también, pero ya no le das tanta importancia, pues te has dado cuenta de que el objetivo es sentirte bien y ser feliz.
Cuando llevas una alimentación consciente, desaparece el hambre a todas horas y la ansiedad por la comida. Al tomar conciencia de cómo funciona tu cuerpo y qué necesitas aportarle en el día a día, se lo das sin culpa y, además, sintiéndote bien porque te estás nutriendo. En ese momento ocurre la magia: al darle a tu cuerpo lo que precisa, dejas de tener hambre a todas horas.
Cuando llevas una alimentación consciente, caes en la cuenta de todos los mitos que han rodeado la alimentación en los últimos sesenta años. También te conviertes en una persona imposible de manipular por las corrientes de nutrición que van apareciendo, que no son otra cosa que modas. Y no te dejas arrastrar por los intereses económicos de unos pocos a los que no les mueve que tengas salud, sino que pases por caja.
Cuando llevas una alimentación consciente, estás seguro de lo que comes, no hace falta que nadie te venda los beneficios de uno u otro tipo de alimentación. Has experimentado lo que te funciona y lo que te hace sentir bien y con energía.
Cuando llevas una alimentación consciente, comienzas el camino de sanación en tu relación con la comida. Tomas conciencia de las razones por las que te alimentas; de los vacíos que tratas de tapar con la comida; de los alimentos que distorsionan tu hambre y saciedad, y que te hacen esclavo de la comida. Comienzas a disfrutar cuando eliges libremente ingerir alimentos menos saludables en días esporádicos, y desaparece la culpa, pues también eliges libremente no probarlos la mayor parte del tiempo. Por ese motivo, comprendes que tomarlos de manera esporádica no supondrá un daño para tu salud ni impedirá tu progreso.
Por último, cuando llevas una alimentación consciente dejas de obsesionarte por cada mínimo detalle de tu alimentación. Entiendes dónde debes colocar el 20 % de tus esfuerzos para obtener el 80 % de los resultados. Simplificas. Aprendes a dar relevancia a lo que importa de verdad. Dejas fuera el ruido. Aprendes a filtrar mejor la información y la gestionas de otra manera. Dejas, por ejemplo, de prestar atención al tipo de sartén en que cocinas si aún no consumes la suficiente cantidad diaria de proteína animal. Además, cobras conciencia de que la alimentación es solo una pequeña parte (aunque muy importante) del cuidado de la salud. Aprendes que necesitas nutrirte del sol, de la naturaleza y de tus relaciones personales. Aprendes a manejar mejor el estrés y priorizar tu descanso. Entiendes que sin moverte a diario y sin entrenar con intensidad dos o tres días a la semana no tendrás una buena salud. De esta manera, colocas la alimentación en su lugar y le das la importancia que se merece, ni más ni menos. Es decir, dejas de preocuparte por los pesticidas de las verduras si aún no entrenas la fuerza, pues sabes cuál de las dos cosas es mucho más importante para tu salud.
Este no es un libro científico, pero está basado en la ciencia
Este no es un libro científico según hoy lo entendemos. No pretendo justificarte cada afirmación con datos científicos. ¿Por qué? Porque no te quiero engañar. Hay información a favor y en contra de todo lo que te voy a decir. Cualquier autor puede justificar cualquier cosa escudándose en estudios científicos bajo el lema: «Lo dice la ciencia».
Existe un término muy conocido en la jerga inglesa, cherry picking, que hace referencia a justificar argumentos a partir de la elección de estudios que avalan tu tesis, mientras ignoras aquellos contrarios a tus proposiciones.
Por otro lado, la mayor parte de los estudios científicos del campo de la nutrición son epidemiológicos, observacionales y basan sus conclusiones en relaciones en vez de en causalidades; a su vez, los ensayos controlados aleatorizados suelen emplear una metodología de escasa validez y nada tienen que ver con las condiciones normales de vida. Además, muchos autores tergiversan la estadística para obtener los datos que les interesan. ¿Y qué hay de los metaanálisis y las revisiones sistemáticas? ¿No se supone que poseen el mayor nivel de fundamento científico? Pues sí; sin embargo, si basan sus conclusiones en el análisis de estudios de dudosa metodología, podemos usarlos de guía, pero no anteponerlos a lo que vemos día a día en consulta.
Y recurro a «la ciencia» para justificar esto que te he dicho.[1][2][3][4]
¿Lo que acabo de hacer me da la verdad absoluta? Ni de lejos. Pero es a lo que aspiran algunos de los llamados «libros científicos», donde todo está referenciado para que creas que lo que pone en ellos es cierto.
No toleramos la incertidumbre y por eso nos dejamos caer, desesperados, ante cualquier ápice de certeza que nos aportan. Con este escrito quiero despertar tu conciencia, ayudarte a que te conviertas en una persona crítica.
La verdadera ciencia se basa en cuestionar todo lo establecido y, sobre todo, en no negar la experiencia práctica y lo que ocurre en realidad, al contrario de lo que tendemos a hacer hoy en día. Te pongo un ejemplo concreto para que lo entiendas: sistemáticamente, en las personas con las que trabajo me encuentro con que una alimentación basada en plantas y cereales acaba generando problemas intestinales, y que una dieta basada en animales las ayuda a revertir o mejorar enormemente las patologías intestinales y autoinmunes. En cambio, la «ciencia» te dice que una dieta en plantas es mejor, sobre todo para la salud intestinal. Y otros estudios sostienen que la carne causa cáncer de colon. Tú decides dónde hay más verdad. Yo lo tengo claro.
La ciencia siempre va muchos años por detrás de los hechos y, además, hay infinidad de sucesos que nunca podrá explicar, pues no tenemos los instrumentos para analizarlos. Nunca sabremos, por ejemplo, cómo funciona el cerebro realmente. ¿Negamos entonces las cosas increíbles que lleva a cabo?
La ciencia debe ser, y lo es para mí, una herramienta más para acercarnos al conocimiento, no la única fuente de saber.
Entonces ¿por qué digo que este libro está basado en la ciencia? Porque sí que me baso en ramas fundacionales de la ciencia que ayudan a entender el funcionamiento del ser humano, tales como la fisiología y la bioquímica, y porque también aparecerán algunas referencias científicas relativas a ciertas cuestiones.
Volviendo a la alimentación consciente, aquí ya podemos encontrar una aplicación práctica:
No des más importancia a lo que dice un estudio científico que a lo que te indican las señales de tu cuerpo.
Mentalidad
Por si no te has dado cuenta, lo que has leído hasta aquí me ha servido para ir preparando tu mentalidad y que llegaras con el enfoque adecuado para recibir el verdadero contenido de este libro.
En mis años de experiencia trabajando con personas, me he dado cuenta de que, si no avanzan en sus objetivos, no es por falta de conocimiento, principalmente, sino por su mentalidad. Además, en muchas ocasiones no son conscientes de todas las creencias limitantes que no les dejan progresar.
Espero que lo que leas a continuación suponga un antes y un después para ti y te ayude a remover la conciencia para derribar todas las barreras que te separan de la situación que deseas.
Sé consciente de tu historia
Te he contado la mía. Es importante para que sepas quién soy, por qué estoy aquí y en qué sentido lo que te cuento puede ser relevante para ti. En mi caso, tomar conciencia de mi historia me aportó información muy reveladora de por qué era como era; me di cuenta de dónde venían mis patrones de conducta y así pude, en primer lugar, aceptarlos; luego, integrarlos en mí, y, por último, modificarlos.
Este apartado va de coger papel y boli, eso que no quieres hacer porque tienes miedo de mirar dentro de ti. Por eso es tan importante. El problema de muchas personas es que leen, pero luego nunca ponen en práctica lo que han leído, ni reflexionan (por escrito o no) sobre el contenido en relación con su situación. Te propongo que cojas una libreta y un boli, y que hagas estos deberes. Más vale leer este libro en dos meses, pero haberlo exprimido y trabajado, que leerlo en una o dos semanas y no acordarse de nada un mes después.
Primero echa una mirada al pasado en general, a los sucesos que te han marcado. A partir de ese conocimiento podrás explicar muchos acontecimientos posteriores y, así, entender aspectos de tu personalidad. Encontrarás un sentido a la pregunta: «¿Por qué soy como soy?». Muchos de esos sucesos han marcado tu vida emocional y, al no darles salida, han acabado manifestándose en tu relación con la comida.
En segundo lugar, echa una mirada al pasado para observar tu historia con la comida, desde el primer momento en que recuerdas que ocupó un espacio en tu mente como una preocupación o como algo que tenías en cuenta. Analiza cómo te hacían relacionarte tus padres con la comida, sus imposiciones y cómo eso dejó su huella en ti. Examina también las diferentes etapas para recordar cómo te alimentabas cuando eras pequeño, en la adolescencia o en tu vida adulta (en la universidad, al salir de casa de tus padres, en el inicio de tu vida laboral, en tus embarazos…). Esto puede ayudarte a explicar los problemas de salud y los síntomas que hayas experimentado o estés experimentando.
Una vez que tengas estas dos historias, la personal y la de tu relación con la comida, trata de juntarlas y darles una forma, un sentido, una coherencia que te haga entender por qué eres como eres y por qué te relacionas con la comida de la manera en que lo haces.
Sé consciente de tus sesgos y creencias limitantes
Todos los tenemos. Sin embargo, ahora vamos a centrarnos en ti, pues tus creencias y sesgos te impiden conseguir tus objetivos físicos y de salud. Te hacen actuar en la dirección equivocada. Eso explica que, pese a tu esfuerzo, no logres resultados.
Debes encarar este libro desde la siguiente presuposición: «Todo lo que creo sobre alimentación o salud podría ser erróneo». Yo siempre lo intento: cuando leo un libro con el que mis creencias rechinan, le doy un voto de confianza. De lo contrario, me pasaría la lectura buscando argumentos con los cuales refutar todo lo que me cuenta ese autor y no podría abrir la mente a otra realidad.
Por otro lado, lo más probable es que tus creencias sobre alimentación y salud provengan de las noticias de la televisión, de tu madre o de lo que te dice un señor con bata que lleva más de treinta años sin estudiar y a quien han instruido (no es culpa suya, sino de cómo está montado el sistema) en la distribución eficiente de medicamen
