Estamos al borde de un abismo

Julio Paredes

Fragmento

Estamos al borde de un abismo

Prólogo
Te vas, pero vuelves

¿Qué queda cuando el techo se abre? El cielo, claro está. Unas cuantas nubes desmenuzadas por el viento. La estrella de la tarde. La luna. ¿Y cuando el cielo se abre? ¿Y cuando la noche? Queda la neblina, quizá. O el humo. O no sé qué.

CRISTINA RIVERA GARZA,

Había mucha neblina o humo o no sé qué

Sobre las nubes, Wisława Szymborska escribió alguna vez: «En una milésima de segundo / dejan de ser ésas y empiezan a ser otras»1. Las nubes, esos fantasmas del cielo, están siempre yéndose, y, aun así, siempre están. Nacen únicamente para desaparecer, pero luego insisten en regresar. Recuerdo que tú y yo leímos ese poema, juntos, e insistíamos en regresar a él una y otra vez, como si fuéramos nubes nosotros también. Había algo que nos empujaba hacia esas frases, que nos impulsaba a releerlas y encontrar en ellas una respuesta oculta. Y así como retornábamos siempre al poema, tú volvías siempre a las nubes. Había algo, allá arriba, que te atraía: algo que te volcaba la mirada hacia arriba, hacia esa lejanía vasta que se extendía ante ti, ante nosotros. Fuiste, entre muchas otras cosas, un hombre con la mirada en el cielo. Un observador de nubes.

Te leo y descubro sin sorpresa que tú escribiste sin dejar de mirar hacia arriba. Fue allá mismo, en ese limbo nebuloso y fugaz que juega a bailar entre la vida y la muerte, en ese mar blanco y suspendido que en una milésima de segundo deja de ser lo que era y empieza a ser lo que ahora es, en donde nació tu palabra. Pero, desde que te sumergiste dentro de ese gran mar blanco, supiste también que para ser un observador de nubes —es decir, un escritor— se necesita prestar atención, se necesita ser curioso, pues el cielo que vislumbrabas se desfigura en apenas un parpadeo, y sólo algunos notan ese cambio que es leve y, a la vez, sorprendente y enorme. Como un pájaro que vuela una última vez, y que en su vuelo se despide solamente de quienes lo observan, tú te despedías todos los segundos de lo que se esfumaba para siempre, y luego escribiste sobre esas despedidas efímeras para, así, encapsularlas por más de una milésima de segundo en tus palabras. Y desde ahí, como un testigo diario de la transformación del mundo, escribiste:

Constanza se fijó entonces en el televisor y encontró que en ese momento la cámara seguía el movimiento de un pequeño grupo de pájaros, que planeaban por lo que parecía las rocas de un acantilado,entre olas que levantaban una espuma de varios metros. […] Constanza recordó entonces que Rosa, sin voltear a mirarla y sin dejar de hablar en susurros, dijo:

—Esos pájaros ya no existen… las vidas que tenían se quedaron atrás hace rato. No queda ninguno en ninguna parte del mundo… Parece ser que el último se murió de una cosa parecida al cansancio.

Después escucharon que los pájaros se escondían cuando estaban por morirse.

—Es como un amor que se pierde y no hay remedio. Desaparece como uno de esos pájaros que se extinguen y sólo algunos se dan cuenta, muy pocos, de que el mundo cambia para siempre2.

Eras, entonces, uno de esos pocos que se daban cuenta de que el mundo, cada día, cada milésima de segundo, cambiaba para siempre. Así que te leo y descubro que lo que buscaste —y buscas aún— con tu escritura fue alumbrar el mundo recóndito de las nubes y de los pájaros y de los vientos, ese otro lugar-mar-cielo, en apariencia lejano, que se esconde detrás de brumas inciertas pero que, con su movimiento perpetuo, con su baile fugaz, deja un rastro, un gesto, una señal. Y esa señal es tu palabra.

Con todo, en los veintidós cuentos que están en este libro, que es tuyo y para ti, leo un mar de nubes, y mientras te leo vuelco mi mirada hacia arriba, hacia donde estás tú ahora, como una nube más. En cada cuento hay algo, alguien, que parte, que se está yendo o que ya se fue. Hay algo que se deshace y se encubre tras la sombra que queda: una memoria, una madre, un sol. Un mundo espectral que está en un constante abandono, pero que insiste en regresar a pesar de haberse ido. Y en ese retorno estás tú, aún entre nosotros, con tus palabras que nunca podrán irse del todo.

Estamos al borde de un abismo, escribiste en uno de tus cuentos. Leo y releo esa frase tuya. Leo y releo ese momento breve, extraño, que tejiste:

El carro, un viejo Chrysler azul de dos puertas, ascendía con dificultad por entre la niebla como por un follaje espeso e intrincado. Su mamá y hermana se habían dormido casi al mismo tiempo y como sabía que su papá no estaba acostumbrado a ese tipo de pruebas físicas buscaba con afán sus ojos por entre la oscuridad del espejo retrovisor. […] No parecía asustado, posiblemente sólo un poco aturdido por esa especie de muro blanco que les pasaba por encima, movedizo por las ráfagas de viento y del que de vez en cuando saltaba el destello de un par de luces enceguecedoras. […] Cecilia lo acompañaba mentalmente y durante un rato creyó que eran los dos únicos pasajeros en esa carretera. De repente frenaron en seco. Su papá pronunció algo ininteligible y su mamá, despertándose, quiso saber qué sucedía. Cecilia oyó ruidos de frenos y vio luces a la derecha. Sin decir nada, su padre bajó, regresó un par de segundos después y pronunció una frase que Cecilia recordó siempre como tomada de un diálogo sentimental:

—Estamos al borde de un abismo.

Ninguno se movió durante más de un minuto, como si para poder aplacar el inmediato entumecimiento tuvieran que descifrar el origen de las sombras imprecisas que tenían al frente, de las ráfagas inquietantes que subían con la niebla, como los relámpagos de una inmensa fragua hundida. Aunque Cecilia olvidaría con el tiempo cómo habían salido al final del percance, siempre tuvo la certeza de que, mientras se dejaba llevar automáticamente por las sinuosidades de la carretera, su papá se enfrascaba en alguna escaramuza científica, buscando en su cabeza probar la consistencia de alguna hipótesis, la demostración última y absoluta de algún axioma extraviado, de alguna entidad lógica fundamental que estableciera una conexión con la terquedad insólita de la vida, con los acertijos sin clave que se acumulaban en todo corazón y que ella terminaría por heredar3.

Leerte es estar contigo al borde de un abismo. Es aceptar, con desconcierto y con asombro, tu invitación a bordear esa capa espesa de niebla, acercarse a la frontera, y asomar la mirada hacia lo que se camufla del otro lado, hacia ese mundo de sombras imprecisas en el que ahora estás y desde el que siempre escribiste. Leerte es aceptar ser una sombra más enredada dentro de un follaje denso.

Luego, en «Moriah», me abres paso a otra orilla fantasmal, en la que un padre recorre, una última vez, el monte con su hija. Ascienden juntos hacia la cima en los momentos finales del atardecer: ese instante en el que el día se está muriendo y no sabemos con certeza si lo que se ensancha frente a nosotros es el sol o su sombra. Tras la subida y llegada a ese otro lugar, la hija se pregunta: «¿Sería este el último ademán antes de su despedida? ¿La señal que me daría antes de alejarse, la silueta cada vez más borrosa a medida que descendía, sin mirar hacia atrás, doblada hacia adelante, como el espectro verdadero de mi alma?». Y entonces, como un espejo lúcido y preciso, tus palabras me reflejan lo que me pregunto aún cada vez que regreso a la lectura: ¿serán ellas el último rastro que dejaste antes de descender otra vez hacia un vacío borroso? Me lo pregunto sabiendo bien la respuesta, que es que sí, que en tus palabras estás tú, despidiéndote una y otra vez, y a la vez regresando y ascendiendo de nuevo —hacia arriba, hacia la cima y la nube— con cada cuento.

Pero mientras una nube deja de existir para ser vista, hay otra que aparece y se inventa una forma distinta de mostrarse desde arriba. Mientras una muere, otra nace en su lugar. O quizás es ella misma, jugando a nacer de nuevo en otro cuerpo. De manera que hay algo, como una especie de corriente que vive sólo para impulsar las aguas a su cauce de origen, que no deja que la partida de lo que se está yendo sea para siempre. Hay, justamente y de nuevo, un rastro, un gesto, una señal que nos alumbra lo que queda de lo que se fue. Una pañoleta. Un sueño. La sombra de una perra que se llama Sombra. Un pájaro que es visto mientras extiende sus alas una última vez antes de extinguirse. Y entonces no sólo escribiste sobre lo que se va, sino también sobre lo que vuelve. Escribiste no sólo sobre la muerte de la nube, sino sobre la huella que deja su partida. Sobre lo estable en medio de lo inestable, lo efímero que se fija en una inmovilidad eterna —en una mirada, en una palabra, en un libro— a pesar de haber llegado a un final. Escribiste sobre este umbral entre lo fugaz y lo perdurable, lo terrenal y lo aéreo, en tu novela 29 cartas. Autobiografía en silencio. En tus palabras, leo sobre un hombre que, como tú, era un observador de nubes. Sobre él, sobre ti, leo:

Quedo casi todas las tardes bajo una especie de hipnosis por los efectos del viento y el clima afuera, por los movimientos del cielo. Cada vez más, por periodos más prolongados, me dejo arrastrar por esas nubes que parecen siempre una misma en constante inquietud, buscando sin descanso su forma definitiva, pero que, de manera simultánea, a mí me deja inmóvil, en una posición única.

Y así, pienso en los árboles.

Sobre ellos, Hans Biedermann escribió en su Diccionario de símbolos:

Como tiene sus raíces en la tierra pero eleva sus ramas hacia el cielo es, al igual que el mismo ser humano, una imagen del «ser de dos mundos» y de la creación mediadora entre arriba y abajo. No solamente fueron venerados en muchas culturas antiguas determinados árboles o todo un bosque o arboleda como morada de seres sobrenaturales (dioses, espíritus elementales), sino que se consideró al árbol muchas veces como eje del mundo, alrededor del cual se agrupa el cosmos.

Observar nubes es, por tanto, ser un árbol. Es tener los pies en la tierra mientras nos elevamos hacia arriba, hacia el cielo. Y escribir, me enseñaste tú con tus ojos y con tu palabra, es también crecer hacia arriba, hacia lo que se extiende sobre nuestras cabezas —nuestras ramas— mientras nos enraizamos por entre otro cielo que se dilata bajo nuestros pies. Escribir es ser, como el árbol, ese ser de dos mundos, es situarse entre el arriba y el abajo, entre lo permanente y lo transitorio, y encontrar una palabra que pueda contener, para siempre, aquello que se esfuma.

Y entonces, como un árbol, yo te leo desde este suelo que aún piso, y elevo mis ramas hacia ti. Porque estamos al borde de un abismo, pero tu palabra me sujeta y me permite divisar, con pasmo, lo que está del otro lado, más allá de ese velo blanco de tinieblas suspendidas, y a la vez encontrar un terreno estable para pisar, un camino para regresar después de la partida, para expandirme junto a ti hacia arriba y hacia abajo, abrazar tu raíz, mirar el cielo, y encontrar un abismo nuevo en el siguiente cuento.

Carmen Paredes

1 «Las nubes», Wisława Szymborska.

2 «El televisor», Julio Paredes.

3 «Orden y caos», Julio Paredes.

Estamos al borde de un abismo

Moriah

Había perdido la cuenta del número de veces que habíamos venido con mi papá al monte. Tampoco tenía una sensación clara del avance del tiempo. De los días y las noches que separaban una y otra nueva travesía. Así, no sabría decir si desde la primera vez a esta tarde transcurrían ya varios meses o, incluso, años; dos o tal vez tres, o más. Sin embargo, cada vez que nos internábamos por entre los primeros árboles, llegaba de nuevo el momento en el que la secuencia idéntica de los hechos me hacía creer que nos entrábamos en los mecanismos y accidentes de un sueño repetido. Identificaba entonces las mismas variaciones físicas y acústicas de las veces anteriores, los leves crujidos de las ramas, el posible canto de un pájaro, y volvía a creer que hoy vendría, por fin, el desenlace providencial que le daría sentido a nuestro ascenso.

Me había acostumbrado a darle a cualquier acontecimiento común la estructura típica de los episodios fantásticos. Mi escasa juventud había estado, desde un comienzo, sometida al rigor diario de medicamentos poderosísimos, a la permanente digestión de un revoltijo de químicos, de un recetario profuso que sin duda me mantenía siempre al borde de las alucinaciones. Además, por encontrarnos siempre en los minutos finales del atardecer, con el resplandor ya débil de los rayos casi horizontales del sol, las formas del escenario que teníamos alrededor, atravesado por un camino de largas curvas, convergían en este engañoso mundo exterior, articulado a la medida de los espejismos y al salto de siluetas entre las sombras y los últimos destellos de luz.

Pensaba en efecto en un sueño, pero la espesura por la que nos adentrábamos, el viento de ráfagas repentinas (un aleteo furioso que no sólo nos enfriaba sino que llegaba como el anuncio de un espíritu irritado), la gruesa franja de rojo encendido que dividía en dos el horizonte a nuestra izquierda, la respiración de mi papá, el ruido firme de sus pisadas, no eran los materiales de un argumento ficticio, piezas simples, truncadas y ensambladas en una sucesión caótica, para encubrir un embuste. Formaban, por el contrario, el catálogo necesario para reforzar el panorama que acompañaba nuestra travesía hacia la promesa del milagro, a la revelación del portento inmenso que, según había afirmado mi papá desde la mañana inicial, encontraríamos en la cima del monte. En mi ilusión, imaginaba desde el comienzo del día la forma de un botín maravilloso, que además de darnos la riqueza nos mostraría el ungüento, o su fórmula secreta, para mitigar y hacer desaparecer el rigor físico que me había inmovilizado por años.

No me pareció raro que mi papá eligiera esta particular tarde de agosto. Había esperado, como en ocasiones anteriores, una fecha con luna llena. Como él, yo sabía también que, semejante a las criaturas protagonistas de tantos relatos que escuché inmóvil y emocionada, bajo el influjo de sus rayos entraría en una melancolía apacible, en una especie de recogimiento pasivo que me ayudaría a perder el miedo y a no pensar en el paso de los minutos. Yo reconocía, por otro lado, que esta leve inconsciencia resultaba cada vez más necesaria para mantener el equilibrio endeble de mi naturaleza y, sin duda, la serenidad de mi papá.

Ya en la oscuridad, mi papá ascendió el tramo final con el mismo esfuerzo pasado y escuché cómo, en ese preciso instante, el ritmo de su respiración aumentaba considerablemente. Aunque yo era un cuerpito que no pesaba nada, recogida en sus brazos como una novia de trapo, las últimas curvas se empinaban de pronto y desembocábamos en un sendero estrecho, de escalones imprecisos, con piedras y raíces que formaban trampas. Flanqueado por un semicírculo de arbustos y matorrales, alcanzábamos el claro que coronaba el monte. Sin soltarme nunca, mi papá buscaba con los ojos el rincón donde acomodaría finalmente mi cuerpo. Con un terror que siempre me parecía repentino, no sabía si el brillo que descubría en su mirada, durante esos segundos en los que intentaba recuperar el aliento, respondía a ese designio impuesto, a ese propósito inconfesable que, por sugerir un desenlace en el fondo atroz, me ponía a temblar. Quizás achacándole de nuevo mis sacudidas al frío, que aumentaba con rapidez, mi papá me apretó con fuerza y me rozó la frente con los labios. Sospechaba que de preguntarle alguna noche sobre las razones de nuestra ascensión recibiría una respuesta imprecisa, sin sentido. Los dos sabíamos que se trataba de una ceremonia que debíamos cumplir en silencio.

Escogió otro árbol alto, con muchas ramas, y, después de tender a un lado del tronco las mantas que había traído, me arropó y puso con cuidado mi cabeza sobre la improvisada almohada. Me gustaba la delicadeza con la que me trataba; la aplicación con la que parecía suavizar la rudeza del entorno. Entonces, como sucedía siempre en la terraza de la casa, cuando, si no caía mucho frío, me dejaba ver las estrellas desde la tumbona, se retiró a un lado y fumó sin afán y pensativo un cigarrillo.

Aunque nunca me parecía del todo triste, no dejaba de imaginar que mi papá reflexionaba en ese fallido azar que nos había unido, en su impotente y solitaria aspiración de ver crecer una niña hermosa, con la fuerza para ponerse en pie y correr hacia su lado. Iluminada quizás por la poderosa luz lunar, comprendí que en este sacrificio secreto y sin palabras mi papá me ofrecía la compasión más dulce. Se acercó de nuevo y, en cuclillas, me pasó la mano varias veces por la cara. Arregló los mechones que me caían en la frente. ¿Sería este el último ademán antes de su despedida? ¿La señal que me daría antes de alejarse, la silueta cada vez más borrosa a medida que descendía, sin mirar hacia atrás, doblada hacia adelante, como el espectro verdadero de mi alma?

Estamos al borde de un abismo

El encendedor

A Lucie

—Volvamos otra vez al monte —propuse.

En ese momento Sergio empezaba a lavarme las piernas y los pies. Levantó los ojos, me observó unos segundos con la mirada seria, ensimismada, que traía desde hacía varios días. No dijo nada, hundió la esponja en el agua tibia y le puso un poco más de jabón.

—Podríamos salir temprano. Subir un poquito, nada más. Una vuelta corta —insistí.

Sergio, que sabía moderar mejor que yo cualquier arrebato improbable, comentó que teníamos que aguardar un tiempo. Así ya pudiera sostenerme con el bastón, todavía necesitaba fortalecer los músculos, y, con seguridad, los senderos y los claros allá arriba, por donde antes nos movíamos y pasábamos horas con el ímpetu de dos buenos caminantes, estarían empapados, resbaladizos y todavía fríos.

—¿Cuándo, entonces?

—Esperemos a que el clima se asiente —dijo.

—¿Cuántos días crees? —insistí.

—No sé —dijo, después de pensar un rato—. Diez.

—¿Y me llevas?

—Claro.

Sergio respondió con los ojos atentos al vaivén de la esponja en sus manos; el suave y metódico recorrido con el que parecía acariciarme desde el inicio de los muslos hasta las rodillas, empezando siempre por la pierna izquierda, para después bajar a las pantorrillas y la punta de los pies. Le había impuesto a la rutina un compás preciso, idéntico cada vez, tanto en el baño y los masajes de la mañana como en los de las tardes y las noches. Se trataba de una de las varias tareas impuestas por este nuevo aprendizaje sentimental; un paliativo que tomó el lugar de nuestros anteriores contactos físicos. Con el tiempo, desde cuando volvimos a la casa, Sergio parecía guiar cada uno de sus actos bajo una especie de silencioso tictac mental. Me había dado cuenta, además, de que era el mismo ritmo que seguía en su también reciente jugueteo con la tapita del encendedor, cuando se quedaba un rato solo en el estudio antes de venir a la cama.

—Diez… —repetí.

—Con una semana larga de sol estará bien. Hay que esperar a que el sendero esté seco y podamos caminar sin peligro de que te resbales.

Estuve de acuerdo. Supuse que detrás de la advertencia Sergio pensaba también que de ahora en adelante, y mientras yo no volviera a ser la misma mujer ágil de antes, tendría que subirme o cargarme en brazos por algunos tramos del monte, como a una recién casada. Así los médicos nos hubieran asegurado que volvería a moverme con la energía y determinación de siempre, que se trataba de una invalidez transitoria, sabía que Sergio guardaba en silencio, como yo, la certeza de que ese era un paseo que no volveríamos a dar.

*

El malestar al que me sobreponía empezó como un resfriado reticente, en mitad de una noche, días después de una temporada en la costa, casi ya dos años atrás. Avanzó en silencio desde el principio, con una parsimonia irregular pero obstinada, y se transformó en un embiste que me dejó semiinconsciente por varias semanas en el pabellón de cuidados intensivos de una clínica. Me atascó casi todo el cuerpo y tuve que aprender a respirar, a hablar y a caminar de nuevo, como arrastrada sin ninguna consideración a la primera infancia.

Desde hacía más o menos tres meses había entrado en una etapa de mejoría irregular y un tanto engañosa, pues así como venían días durante los que me podía mover con cierta soltura, en otros se me borraba otra vez la sensación de las piernas, quedaba congelada en una única postura o se me llenaba la espalda de frío. Era como si el cuerpo olvidara por momentos que yo aún permanecía en el mundo. Me podía mover por la casa y la calle con ayuda de un bastón, pero nadie había logrado descifrar todavía las causas ni la naturaleza del virus, como tampoco ponerle un nombre preciso para contrarrestarlo. Ninguno de los médicos se atrevió a pronosticar si la infección volvería o no a cercarme con la virulencia del principio. Me sentía rondada por una sombra caprichosa.

Corrí, sin embargo, con la magnífica fortuna de tener a Sergio siempre cerca. Sin él, esta suspensión física habría acabado conmigo. El desconsuelo me tragaba y me desarticulaba, como un inmenso animal que no terminara de saciarse. Así de simple. Cuando la ruta por los hospitales llegó a un callejón sin salida y tuvimos que instalarnos en la casa, Sergio asumió la responsabilidad casi total de cuidarme. Obviamente estuvo de acuerdo en que mi mamá viniera y que Isabel también pasara un par de días para limpiar, pero no quiso que una enfermera lo remplazara. A pesar de la resistencia de casi todos, no discutió la decisión con nadie de la familia. Arregló un contrato nuevo, trasladó todo el trabajo a la casa y nunca reprochó la suerte que nos atrapaba. Aprendió a adelantarse a todos mis deseos y necesidades, ajustándose al abrupto cambio de velocidad en su vida.

Pero era previsible que Sergio se agotara. Empezó a fumar y descubrí entonces que entraba en largas contemplaciones fijas y calladas; un ensimismamiento y una evasión que nunca le había visto. Si estábamos, por ejemplo, conversando en la mesa después de comer, dejaba de hablar y comenzaba a jugar con algún cubierto. Le daba vueltas durante un rato largo, medio paralizado en un gesto de inquietud, el ceño fruncido como si evaluara en silencio una idea problemática. Cuando volvía y levantaba los ojos, me miraba sin parpadear, con una expresión nueva que me asustaba.

Antes, en las noches, se acostaba conmigo al mismo tiempo y esperaba siempre a que yo me durmiera primero, mientras me acariciaba la cabeza y leía cosas en voz alta. Pero ahora, después de los masajes de la noche, me daba un beso en la frente y se iba al estudio. Fue entonces cuando empecé a escuchar el otro tictac que marcaba Sergio, una y otra vez, con la tapa y la llama del encendedor.

Lo imaginaba en la penumbra, suspendido en un vacío para el que yo no tenía ningún nombre, ausente de las cosas que lo rodeaban, absorto frente a ese objeto de porcelana hecho en Japón, con el tamaño para guardar en el bolsillo de un chaleco, y que le regalé para un cumpleaños. Lo único que se me ocurría era que Sergio determinaba así, encendiendo y apagando la llama, una manera secreta de medir el paso de este tiempo disperso.

No quise preguntarle nada. Decidí que lo tendrían cansado no sólo el lento y accidentado proceso de mi recuperación, sino también la temporada de tormentas que azotó durante días y sin descanso la ciudad, con un frío húmedo que se nos metía en los huesos y nos obligaba a permanecer encerrados en la casa. Por eso, cuando escuché en la televisión que las lluvias se alejarían finalmente y se aproximaban días secos y despejados, aproveché la oportunidad para pedirle a Sergio que volviéramos a subir al monte. Esperaba además que con la luz del sol viniera un desahogo simultáneo para él.

*

Nunca pude dejar de pensar en esos recorridos por el monte. Ni siquiera durante el largo periodo de quietud absoluta, con brazos, pecho y piernas como de piedra, además del brusco revoltijo de medicamentos intravenosos que me sumergían en una especie de frontera cerebral inalcanzable para todos los que me vigilaban ansiosos, incluso para Sergio. Adormecida en ese limbo, mentalmente entraba y salía, con una facilidad insólita, de los senderos del monte, los mismos que antes recorríamos con Sergio, desde hacía algunos años, varias madrugadas a la semana.

Plantada en la cama de la clínica, podía moverme y avanzar sin tropiezos por los trayectos que me eran tan familiares. Medía con la mirada el entorno del bosque, seguía con exactitud la disposición de los árboles, incluso percibía los olores y la frescura del viento o la sombra de un pájaro. Todo pasaba de nuevo por mi cabeza con las variaciones físicas y acústicas de una alucinación, como si protagonizara un episodio fantástico, recurrente como ningún otro de los de mi vida diaria.

Cuando inicié el proceso gradual de despertar y volver al mundo, descubrí que lo único que podía recordar del periodo de letargo eran estos fantasmales retornos al monte. A lo mejor, imaginé después ya instalada en la casa, todo se debía al efecto secundario de los fármacos. Como fuera, ahora lo único que necesitaba hacer era internarme otra vez y lo más pronto posible por los recovecos que formaban los urapanes y los eucaliptos allá arriba, al oriente de la ciudad, en los márgenes donde, presentía, podría recibir el efecto terapéutico, o milagroso, que aún me faltaba.

Mientras pasaron los días del cálculo propuesto por Sergio para intentar una primera entrada al monte, el sol se instaló con fuerza y decisión sobre Bogotá. El pronóstico de la televisión se cumplía con exactitud. Entonces, cada vez que Sergio descorría las cortinas del cuarto, podía ver por la ventana la luz sobre las montañas, el azul intenso del cielo, la transparencia del aire que anunciaban la entrada a las tardes calurosas que por aquí llamábamos el verano. Nunca había vivido más allá de las afueras de Bogotá, pero sospechaba que no habría otro lugar donde las montañas absorbieran por momentos un resplandor semejante.

Después del mediodía, el viento barría las pocas nubes que de vez en cuando flotaban arriba dispersas, la temperatura aumentaba y las cosas dentro de la casa guardaban el calor por horas. Bajo esta nueva claridad, incluso las habitaciones parecieron cambiar de tono y volumen, como si el mundo a nuestro alrededor se trasladara lentamente hacia un hemisferio lejano o a otros metros de altitud.

Sergio decidió, desde el segundo día de sol, que yo debía salir al jardín de atrás un rato después del desayuno, pues por las mañanas aún me despertaba con un entumecimiento fuerte.

—El calor te puede ayudar —dijo.

—Sí… como a los lagartos.

—Te podría hacer los masajes afuera —dijo.

—Sí… sería perfecto.

*

Esta mañana muy temprano, lo escuché sacar la tumbona, las dos sillas plegables y la mesa que llevaban tiempo arrumadas en un rincón del garaje. Lo oí barrer las tablas de la terraza y pensé que preparaba un escenario transitorio, sucedáneo de las visitas al monte. Y me acomodó afuera en la tumbona, con dos almohadas y una manta para ponerme

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