Cyberpunk 2077: No hay coincidencias

Rafal Kosik

Fragmento

Capítulo 1

1

Clac-clac. Clac-clac. Nada. No encajaba.

Como el resto de su vida. Como lo que le estaba pasando en esos instantes. No tenía por qué estar ahí ni tampoco quería; apretujado entre la pared y un contenedor de basura, con la asquerosa lluvia de por medio. Aunque, quién sabe, igual la lluvia no venía tan mal. Reduce la visibilidad, da un poco de cobertura natural. De acuerdo. La lluvia sí que encajaba.

Clac-clac. Clac-clac. No, seguía sin entrar. Estaba calado hasta los huesos. Un verdadero fastidio, pero le servía como prueba de que seguía vivo. Un hecho que también estaba fuera de lugar.

Zor debería haber muerto hace siete años y contando.

El cielo estaba cubierto y el agua gris caía a raudales. La parte alta de la fábrica de pienso abandonada se difuminaba entre el cielo plomizo. Las plantas bajas de la central de Petrochem BetterLife se encontraban más adelante, apenas visibles. Estaba en Arroyo, uno de los barrios de Night City no conocido especialmente por su atractivo turístico.

Una pareja de viandantes apresuró el paso sin apenas dirigirle la mirada. Los coches pasaban indiferentes, pisando charcos de petróleo que terminaban en la acera. Se sentía invisible.

Clac-clac. Clac-clac. Era inútil. Se fijó en el cargador. Estaba al revés. Menudo imbécil. Ya se le había olvidado cómo se hacía. Siete años eran demasiados y la memoria muscular también se perdía en ese tiempo.

Clac. Por fin. Tampoco es que fuera a cambiar nada. Este curro tenía las mismas posibilidades que una bola de nieve en el infierno, sobre todo con este equipo. ¿Cuántas serían? ¿Una entre cien? ¿Una entre mil? Como mucho una entre cinco, pero eso tampoco le inspiraba mucha confianza.

Treinta segundos —dijo la voz sintetizada por su auricular.

No quería estar ahí, no quería hacer esto, no había posibilidades de que esto fuera a salir bien. Miró el subfusil que empuñaba con sus manos, y entonces cayó en la cuenta. Era incapaz de imaginarse a sí mismo en otro sitio. No existía ningún otro momento ni ningún otro lugar en el que él encajara de verdad. Lluvia, entre la basura, armado.

Y sin opciones.

Veinte segundos. Quedaos quietos. ¡Se acerca el objetivo!

Se metió la mano en el bolsillo y dio la vuelta al cargador de repuesto para que estuviera por el lado correcto. Colocó una mano en la empuñadura y aseguró la otra en el agarre frontal. Empezaba a acordarse de lo que tenía que hacer. Más o menos. Siete años hacen mella. Siete años y una muerte. La suya.

Un camión robusto y cuadriculado se abrió paso por la lluvia. Acorazado, según su aspecto. Le seguía un coche estándar que también parecía estar blindado. Solo conseguiría arañarlos con su arma.

Zor se incorporó lentamente sin abandonar su escondite. El otro lado de la carretera estaba cortado por obras, lo que significaba que el tráfico de doble sentido circulaba congestionado por un solo carril. Los objetivos deberían haber extremado las precauciones o haber evitado ese paso. Puede que confiaran en camuflarse entre el resto de vehículos, puesto que ni el camión ni el coche presentaban ningún distintivo oficial. Eran normales y corrientes para cualquiera que pasara por allí.

¡Zor! ¡Ahora! —ordenó la voz.

Zor apuntó y apretó el gatillo. El corto ratatá retumbó entre los edificios cercanos. Los pocos peatones que quedaban redujeron su número aún más. Para los guardias no cabía duda, habían identificado el convoy. La ráfaga había penetrado el blindaje frontal del coche e inutilizado el motor; el pequeño subfusil había hecho su trabajo. Zor lo miró estupefacto. El Militech M221 Saratoga no era un arma muy atractiva, pero la velocidad de impacto aumentada de sus balas de tungsteno era capaz de hacer picadillo a la mayoría de blindaje ligero. También era cierto que el arma quedaba inutilizada después de unas ráfagas, pero eso daba igual.

Dejó de llover. Del capó emergía vapor; puede que se tratara de humo. No salía nadie. El camión se había detenido a apenas unos centímetros de una X marcada con tiza que la lluvia no había borrado. El atasco perfecto, todo iba según los planes. Un coupé Quadra vintage se paró justo detrás del camión que intentaba dar marcha atrás, abollando el guardabarros del coche.

Una mujer alta y delgada salió del Quadra para ver el estropicio. Pelo corto, tacones y traje elegante. No era el lugar ni el momento para que una corpo dejara escapar su ira.

¿Por qué hostias no salían?

Warden se inclinó sobre una mesa plegable mientras vigilaba la situación en los monitores. El reloj digital de la esquina inferior derecha marcaba el tiempo que quedaba para que apareciera la pasma. Una estimación, pero servía.

Por las ventanas se veían los rascacielos de la zona flotando sobre la lluvia como unos monolitos fantasmales. La lluvia ayudaba, pero no garantizaba el éxito del plan. ¿Cuánto le quedaba hasta que le rastrearan? Era cuestión de tiempo. La trigésimo tercera planta de un edificio residencial en construcción del sur de Heywood y a más de tres kilómetros de la emboscada; tenía bastante margen para huir en el caso de que todo se fuera a la mierda. Dos minutos como mucho. Desmontar y guardar todo el equipo militar modular en las maletas no debería llevarle más tiempo.

No era el caso del netrunner.

Una maraña de cables se extendía por el suelo de cemento lleno de escombros hasta llegar al baño, y acababa en un conector hermético enchufado al neuropuerto que el netrunner tenía por detrás de la oreja. Estaba sumergido de cuello para abajo en una bañera llena de hielo a medio derretir, con su cerebro ocupado en varios procesos, entre ellos frenar la respuesta de la policía y las fuerzas de seguridad como prioridad máxima. Lo que ignoraba es que se encontraba en una carrera contrarreloj con su propia vida en juego. Salir de una inmersión llevaría su tiempo.

Warden sacó su pistola (una Tsunami Nue de plata con acabados en oro) e hizo un recuento de su munición. No valía la pena dejar atrás a alguien que sabía tanto. Sin embargo, en ese momento era necesario. De hecho, toda la operación dependía de sus hombros sumergidos.

Warden volvió a comprobar los monitores. ¿A qué estaban esperando?

—Cambio de planes. Vamos a reventarlos —dijo por el canal abierto—. Milena, atrás.

La típica pataleta de corpo. Gesticuló como una loca, se lio a gritos con el conductor del camión, le pidió los papeles del seguro y se aseguró bien de describirle con pelos y señales las dimensiones de su cagada. Tacones altos, chaqueta con cuello de pelo…, sí que daba el pego. Puede que demasiado bien. Incluso fingió haberse olvidado de los disparos de hace un minuto. Estaba justo en la X de tiza. A salvo, fuera de su línea de fuego. Pero después dio tres pasos hacia delante.

Milena, te lo repito. Échate hacia atrás.

O seguía enfrascada en su papel, o no oyó la orden. Pérdida auditiva. Si añadimos el factor estrés, el plan terminaría desmoronándose.

Ron, abre fuego —soltó Warden por el comunicador.

¿Y qué hay de Milena? Podría herirla.

Como no sigáis el plan, os coseré a tiros a todos.

—Dadme un segundo. —Zor prefería que nadie sufriera ningún disparo—. Tengo un buen ángulo.

Puso el Saratoga en modo semiautomático y disparó una bala al coche, provocando un feo arañazo en el capó. Las puertas se abrieron y salieron tres guardias. Novatos, por su manera torpe de moverse. Iban ataviados con uniformes de Militech y estaban equipados con el armamento mínimo reglamentario. Desde su posición, Zor podía eliminar a dos instantáneamente. Pero no era necesario.

Milena no parecía haber oído las órdenes de Warden ni el disparo de Zor. Seguía echándole la bronca al conductor con la rabia de una volcánica prima donna italiana, señalando con aspavientos al conductor y el guardabarros.

Por fin se abrió la puerta del conductor del camión.

¡Aya! ¡Tu turno! —indicó la voz de Warden.

Se veía a primera vista. La delgada y grácil mujer con rasgos del este asiático que estaba escondida detrás de la columna no tenía experiencia en este tipo de golpes. Se mostró torpe con el lanzagranadas hasta que se oyó el apagado y familiar fump seguido del siseo inconfundible. Empezó a salir humo de las ventanas del camión. Su disparo había sido perfecto.

¡Borg, prepárate!

Del humo surgieron dos siluetas acompañadas de una ráfaga de disparos proveniente de la izquierda. La mayoría de las balas desaparecieron en la cortina gris excepto una, lo más seguro que por accidente. El conductor cayó al suelo. El segundo guardia se apartó a toda prisa y usó una de las ruedas de atrás como cobertura.

¡Apunta mejor!

La siguiente ráfaga solo llegó a trazar una línea sobre el asfalto mojado. Borg tenía una puntería de mierda.

Haciendo ruido con sus tacones, Milena corrió a protegerse en la esquina de uno de los edificios y lanzó otra granada de humo. El proyectil cruzó la calle trazando un arco, golpeó la farola con un clonc metálico y cayó a apenas unos metros de Zor. ¡Joder! ¿A eso lo llamaba apuntar?

Empezó a oírse otro siseo que acompañaba al humo que empezó a salir de la granada, cubriendo parcialmente el campo de visión que tenía Zor de la calle.

Aya disparó una ráfaga al camión. Posiblemente fuera la primera vez que apretaba un gatillo. Estaba a menos de treinta metros y, a juzgar por el ruido, ninguna de las balas había acertado en el objetivo.

Sin poder apuntar a nadie, los tres guardias uniformados abrieron fuego desde detrás del coche. El cuarto, agachado detrás de la rueda del camión, vio a Aya poniéndose a cubierto detrás de un coche viejo y chamuscado que estaba abandonado cerca de la acera.

—¡Aya! ¡Abajo! ¡Échate al suelo! —bramó Zor al micrófono.

Se agachó rápidamente justo en el momento en el que la descarga de una ametralladora pesada penetró la carrocería del coche como si fuera de papel. El Quadra de Milena no estaba blindado, por lo que forraron el interior con placas balísticas apenas una hora antes. Cumplieron con su cometido.

—Aya, mantente a cubierto —indicó Zor.

Esos tres tendrían que esperar. Cada cosa a su tiempo. Sabía que uno de los guardias estaba detrás de la rueda trasera del camión, pero no podía verlo. Apuntó al neumático y disparó tres veces. Arriba, al medio y abajo. Le dolían las muñecas por el retroceso. El cerrojo se había aflojado. Estaba a punto de atascarse o de romperse del todo. Daba igual, porque las balas solo acertaron en el caucho. Pero Zor había desvelado su posición. Unas pocas balas le pasaron por encima de la cabeza, provocando pequeñas nubecillas de polvo al golpear en la pared. La granada de humo terminó siendo su salvadora, pero en ese momento no podía asomarse ni unos centímetros.

Pasaron segundos; ninguno de los dos bandos podía hacer nada. Estaban en tablas.

—¡Cubridme! —soltó Aya al comunicador.

Salió de donde estaba de un salto.

—¡Aya…! —comenzó a gritar Zor, pero ya era demasiado tarde. Se asomó y disparó una ráfaga, sobre todo para darle algo de cobertura, porque era imposible acertar a nadie desde donde se encontraba.

Aya se subió al techo del Quadra, de ahí saltó a la carga del camión y trepó por encima. Al doble de velocidad que cualquier soldado. Ráfagas de rifle cortaron el aire, pero Aya devolvió tres disparos a quemarropa mientras se movía a toda velocidad. El guardia cayó al suelo. Estaba tieso.

¡Ron! —ordenó Warden.

¡Ya era hora! Casi me quedo dormido.

Empezó a oírse el grave traqueteo de una ametralladora pesada escondida detrás de una de las ventanas de la primera planta. Trozos de la acera saltaron por los aires, una boca de incendios soltó un chorro de agua y las barreras que rodeaban la parte cerrada al tráfico de la calle quedaron despedazadas y convertidas en un montón de escombros. Incluso se oyó el estallido lejano de los cristales de unas ventanas que se encontraban a cien metros. Sin embargo, el coche permaneció intacto.

Tremendo —era Milena—. Eso sí que es puntería…

Eh, que es la primera vez que hago esto, ¡¿vale?!

Los guardias se quedaron detrás del coche y dejaron de disparar. Por lo menos habían conseguido una pequeña victoria.

—¡Aya! —gritó Zor—. ¡Por aquí!

Aya saltó por encima del coche en ruinas y llegó en un momento al escondite de Zor. Este la agarró de los hombros y la puso detrás de él.

—Gracias —Aya se pegó a la pared, recogió su melena en una coleta e inspeccionó su arma. Le sangraba el hombro.

—Déjame echarle un vistazo —Zor tomó su brazo con cuidado y examinó la herida. No era grave.

—No es más que un rasguño —Aya intentó recargar su arma con torpeza—. ¡Ron! —gritó Zor por el micrófono.

Sí, ¡ya estoy en ello!

Una descarga corta, puede que de cinco balas, tres de ellas en el blanco. El coche explotó como una lata con un petardo dentro. Al quedarse sin cobertura, los guardias huyeron.

¡A cubierto! —Era Warden—. ¡Proteged las armas!

Zor se puso detrás del contenedor con un brinco y empujó a Aya para arrimarla más a la pared.

—Mantén el arma bien cubierta —ordenó.

Podía materializar todo en tiempo real y adaptar la interfaz; moldear su propio hábitat ciberespacial. Todo netrunner tenía sus gustos y manías. Él se decantaba por el orden: nada de adornos ni distracciones. Ajustó el brillo, cambió los colores para mejorar la legibilidad y eliminó la animación de la cascada de la descarga de datos.

La operación en Arroyo le daba igual, la veía como un juego. Se las podría haber apañado con su propio ciberterminal, pero el equipo que le dieron para el curro era bastante mejor. Se sentía poderoso, capaz de controlar la realidad a su antojo. Y las contraseñas de Borg funcionaron. Tenía vía libre para controlar los semáforos de esa parte de Arroyo.

Una gran alegría lo impulsaba mientras flotaba por la sala de control que él mismo había configurado. Los elementos básicos los había dividido por subcategorías y los había fijado por encima y por debajo. Estaba suspendido en medio de cientos de símbolos e iconos entrelazados en una esfera irregular que parecía no tener superficie exterior, aunque en realidad estaba protegida por una capa gruesa de hielo negro.

Había llegado el momento de dar el siguiente paso, aunque sin ninguna prisa. El tiempo funcionaba de manera distinta en ese lugar, pasaba mucho más lento. La carrera de Zor hacia el contenedor se sentía como si el mundo exterior estuviera sumergido en aceite.

Tener acceso a las cámaras de seguridad locales le resultaba muy útil. Seguramente, los técnicos del centro de control buscaban como locos el origen de la alarma, sin darse cuenta de que había sido creada a propósito. Redirigió su NetIndex para cubrir la mitad del distrito. No esperaba intrusos en su territorio temporal; de todos modos cifró por partida triple todos los puntos de entrada posibles. Se necesitarían al menos seis expertos en seguridad para descubrir su ubicación exacta y, para cuando lo hiciesen, en el momento en el que identificaran el paradero del intruso, se encontrarían únicamente con el frío y oscuro vacío.

Le gustaba la sencillez. Un par de prismas rectangulares flotaban a su izquierda: dos enormes botones rojos. Los detonadores.

Con una orden mental, transmitió un impulso nervioso a su mano inmaterial y los pulsó.

Dos cargas de PEM escondidas en una cuneta cubierta de basura se activaron y emitieron un pequeño pitido. El contador de munición del subfusil de Zor parpadeó, pero fue lo único que se vio afectado. Normal, porque solo tenía partes mecánicas. Se dio cuenta de que Aya empezó a retorcerse. Zor notó en su ropa empapada que su temperatura estaba subiendo.

Borg abrió fuego desde la derecha hacia todo lo que tenía por delante.

—Tranquila, los PEM no iban dirigidos a nosotros —dijo Zor para tranquilizarla. Ella asintió dubitativa.

El contenedor de acero hizo su trabajo. Sus armas estaban a salvo, mientras que los guardias necesitarían cinco segundos para que se desbloquearan sus mecanismos de disparo avanzado. Cinco segundos eran suficientes.

¡Ahora!

¡Ahora! —ordenó Warden.

Zor saltó por encima de la cobertura y abrió fuego. ¿Por qué Borg y Ron no los cubrían? ¡Joder! Disparó al suelo para hacer más ruido y evitar acertar en edificios o ventanas. Las balas rebotadas y el agua esparcida por la carretera causaban mucha más impresión. Algunas ventanas se rompieron por las balas perdidas. Aya le siguió de cerca, imitando sus movimientos.

¡Borg, la grúa! —gritó Warden.

Los guardias tiraron las armas y levantaron las manos.

Precioso. Novatos en ambos bandos.

Un disparo. Cayó uno de los guardias.

—¡Borg! —Zor miró a su alrededor—. ¡Deja de disparar!

Corrió hacia los guardias y pateó los rifles por debajo del coche cosido a balas. Empujó a uno hasta ponerlo delante de los restos de la barrera. El segundo, aterrorizado de igual manera, se colocó en la misma posición por sí mismo. Aya los cacheó deprisa y les sustrajo las pistolas de sus fundas. Ni siquiera se molestaron en usarlas.

Borg salió finalmente de su escondrijo ataviado con su característico mono violeta y azul marino. Se acercó de forma despreocupada, como si fuera la estrella de una peli de acción, con su pelo verde lima echado hacia atrás. Estaba preparándose para volver a disparar.

—¡Borg, para! —gritó Zor.

Borg no le hizo caso. Sonrió como un niño travieso a punto de hacer una trastada.

¡Borg, que te vayas a la grúa! —Esta vez se trataba de Warden—. Cíñete al plan.

—Ya lo has oído —gruñó Zor.

Borg elevó el rifle sin mucho cuidado y se lo acopló al hombro. Hizo una mueca y se lo recolocó rápidamente. El cañón seguía caliente. Apagó el intercomunicador para que Warden dejara de escucharlos.

—Te refieres a ese mismo plan que nos ha puesto el culo en peligro —empezó a decir Borg—, ¡y mientras ese cabrón está tirado a la bartola sin parar de darnos órdenes! —Se arremangó y toqueteó un panel que tenía justo por encima de la muñeca. Pitó, y sus brazos y hombros empezaron a hincharse. En cuestión de segundos aumentaron en un cincuenta por ciento de su tamaño original. Se rio con satisfacción y le dio un beso a uno de sus bíceps.

—Impresionantes, ¿verdad? —Guiñó el ojo a Aya.

—En realidad, no. —Ni siquiera se dignó a mirarlo, puesto que estaba apuntando con su arma a los dos guardias—. Tú limítate a traer la grúa.

¡Se acabó el tiempo! —gritó acuciante la voz computarizada del netrunner.

Borg se dio la vuelta a regañadientes y corrió hacia donde tenía que haber estado medio minuto atrás. Un incumplimiento grave del plan.

Se oían sirenas de policía desde la distancia.

—Vamos. ¡Poneos a correr! —ordenó Zor a los guardias al mismo tiempo que bajaba con cuidado los brazos de Aya.

Los guardias se miraron confundidos, y casi se dieron de bruces contra el suelo al emprender la marcha a toda velocidad.

—¡El cerrojo! —indicó Zor.

Aya rodeó el camión, dibujando una estela con su coleta. Era muy rápida, pero nada indicaba que tuviera algún implante. Zor se quedó delante y mantuvo la vista puesta hacia el final de la calle.

La mía está armada —anunció Aya—, explotará en cinco segundos.

Escucharon el rugido repentino de un motor monstruoso, seguido por los pitidos de un camión de basura dando marcha atrás.

—Pero ¿qué mierda es esta? —soltó Borg, confundido—. ¡Se supone que yo conduzco!

—Pues haberlo hecho en lugar de dar la murga —respondió Milena por el comunicador.

Aya corrió a la parte lateral del camión y se inclinó hacia el guardabarros delantero. Se tapó los oídos y cerró los ojos.

Pero apenas hubo estrépito. La explosión se pareció más a la de un petardo que a la de una mina. Mucho mejor, porque necesitaban que el cargamento estuviera intacto.

Se agolparon en la parte trasera y abrieron las puertas.

—¿Me necesitáis para algo? —preguntó Ron dubitativo.

—No, ya puedes bajar —respondió Zor—. Hay que descargar y largarnos de aquí. La pasma aparecerá en cualquier momento, por no hablar de los Calle 6.

Borg, contrariado por la reprimenda, dio indicaciones a Milena mientras daba marcha atrás con el camión de basura hacia el cargamento. Puede que fuera la primera vez que conducía algo más grande que un sedán. Rayó el lateral del Quadra, pero le dio igual. El carro era robado.

En la parte de en medio del cargamento del camión estaba lo que buscaban: un contenedor gris.

Se quedaron mirándolo durante un momento. Tenían la sensación de estar delante de algo… importante. Pero no tenían tiempo que perder. Zor sacó una navaja y cortó las correas que lo mantenían en su sitio. Tiró del asidero, pero no cedía.

—No vamos a poder con esto —dijo Zor—. Borg, ven aquí y haz los honores.

Borg refunfuñó y se acercó a un controlador pegado con cinta americana en el lateral del camión de la basura. Fue una incorporación de última hora. Básico, pero efectivo. Emitiendo un zumbido pequeño, apareció una grúa del techo con correas y ganchos colgando. Zor los colocó en los laterales del contenedor. La grúa chirrió mientras elevaba el objeto.

—Esa mierda pesa más de trescientos kilos —Borg parecía sorprendido—, ¿qué cojones hay dentro?

Las sirenas cada vez se oían más fuerte.

Dos minutos —avisó el netrunner.

—¿Estimados o reales? —preguntó Aya.

Os puedo dar treinta segundos más, pero es el máximo.

Zor miró a Aya. Pensó que en este curro se podía haber prescindido de todo el mundo menos de ella. Y el netrunner, claro. Quienquiera que fuera.

Apareció una persona alta y delgada a la entrada de la fábrica abandonada. Zor agarró su pistola.

—¡Joder, Ron! —Paró a tiempo—. La próxima vez, avisa.

—¡Eh, eh! —Ron tardó un segundo en dar un paso lateral—. ¡Que vamos en el mismo equipo! —Se llevó la mano al pecho de forma exagerada—. Muy amable por tu parte perdonarme la vida.

Llevaba un abrigo largo por encima de los hombros que le quedaba como una bolsa de basura. Su pelo corto y canoso estaba totalmente alborotado. Parecía que todo le diera igual, como si no viviera en el mundo real, sino en una neurodanza que podía poner en pausa, rebobinar y avanzar saltándose todos los momentos difíciles.

A pesar de que el contenedor solo era del tamaño de una bañera, su peso provocó que el techo del camión se doblara hacia arriba y que la grúa se venciera mientras lo elevaba para colocarlo en el compartimento de basura.

¡Se acabó el tiempo!

Zor volvió a cortar las correas. El contenedor cayó dando un golpe fuerte que provocó que el camión se tambaleara.

—¡En marcha!

Warden vigilaba por los monitores cómo el camión de basura se ponía en marcha a toda velocidad. Arqueó una ceja cuando lo vio golpear un coche aparcado, empujándolo contra una farola.

En la pantalla más pequeña, se veían dos coches patrulla del NCPD que iban en la dirección contraria, a tan solo unos bloques de distancia. Esperaba la aparición en escena de una unidad de respuesta rápida de Militech, porque solían ir años luz por delante de la pasma. Pero no había señal de ellos.

Estaba empezando a asimilar que lo habían conseguido. Era algo muy difícil de creer. La operación, detallada por el propio cliente, no era extraña, sino imposible. Lo normal era tratar con clientes que te describían lo que necesitaban y cuánto querían pagar por ello; pero este en concreto lo tenía todo planeado desde el principio, aunque parecía una auténtica burrada. Pero las cosas estaban resultando, por lo que igual el plan no era tan descabellado como parecía en un principio. A Warden se le ocurrió que podría volver a repetir esta misma estrategia. Contratar a unos novatos para hacer un curro…, y si todo se iba a la mierda, al final no perdería nada.

Pero había cometido un error. Les había mostrado su cara y su nombre. Es algo que cuidaría en el futuro.

—¡Señorita, a ver si vas más despacio! —gritó Borg, que se agarraba al borde de su asiento con una mano mientras se echaba el pelo verde hacia atrás con la otra—. ¡¿Quieres que la palmemos aquí o qué?!

—Aquí la única señorita eres tú. —Milena agarró el volante con más fuerza, intentando mantenerse en el carril. Sonreía, se veía que disfrutaba. Zor y Ron intercambiaron miradas.

—Es mejor intentar pasar desapercibidos —interrumpió Zor—. Un camión de la basura que vaya a esta velocidad va dando mucho la nota. —Le pasaba lo mismo que al resto, quería acabar pronto con todo esto. No quería que los pillaran en ese momento, justo en la línea de meta.

Lo obligaron a participar, esa era la verdad. Él no tenía la culpa, solo fue mala suerte. No tuvo elección.

Estaban allí por una razón. Todos tenían algo que perder, algo que salvaguardar a cambio de unos minutos cometiendo un crimen, por muy peligroso que fuera.

El camión golpeó un cubo de basura. Milena escupió un taco por lo bajo y soltó el pedal del CHOOH.

Ron se dio la vuelta y señaló a Aya.

—A ver, enséñame ese brazo.

Le acercó el hombro. Ron inclinó la cabeza y aumentó su zoom óptico en un factor de diez.

—Iré al médico después de esto.

—Ya te está examinando uno, querida.

No protestó. Ron se rasgó la manga, sacó una botellita del bolsillo y usó el pulverizador en la herida, creando una espuma que se disipó enseguida. El brazo de cromo de seis dedos de Ron empezó un baile rápido por el tejido dañado. Los rayos láser de uno de los dedos de su mano derecha se sincronizaron perfectamente con sus dedos izquierdos, que se dedicaban a cerrar con delicadeza la herida. Los baches de la carretera no parecían obstaculizar su precisión y, pasados unos instantes, lo único que quedaba de la herida era una cicatriz delgada y roja.

—No te preocupes, desaparecerá. —Le prometió.

—Gracias. —Aya esbozó una sonrisa educada y volvió al lugar que ocupaba junto a Borg, entre los asientos delanteros y el contenedor de desperdicios, que estaba instalado de manera precaria junto a los sensores químicos y de radiación. Borg aprovechó la estrechez para ponerle la mano en el muslo. La mirada intensa que Aya le lanzó le hizo apartarla de inmediato, haciéndose daño en el codo al golpear uno de los medidores de radiación. Mientras tanto, Zor permanecía apretujado contra la puerta del acompañante, observando al resto.

Ron, un matasanos en un lugar y momento equivocados. Zor se fijó en sus manos de seis dedos con articulaciones de titanio cubiertas en un nanocaucho mate que no tenía nada que ver con el RealSkinn. De Zetatech, un instrumental caro. ¿Cómo lo obligó Warden a participar?

Zor tenía la sensación de haberlo visto antes.

Milena giró el volante. El camión trazó un arco amplio, pasando a un pelo de una farola.

—Huy —murmuró—. No me acostumbro a lo abiertas que hay que dar las curvas…

¿Cuántos mods antiedad llevaba? A primera vista Zor no habría dicho que tuviera más de veinticinco años, pero ahora sabía que estaba más cerca de los cuarenta y tantos. Presentaba ligeros retardos en sus movimientos que daban pie a pensar que compensaba el desgaste de sus músculos y articulaciones con implantes de microajustes. Pero lo más importante: ¿qué hacía ella, una corpo de altos vuelos, con los más pringados de Night City? Los corpos eran una clase cerrada, protegida y a salvo de lo desagradable de tener que ensuciarse las manos como todos los demás. Un estatus exclusivo que mantenían a toda costa a lo largo de sus vidas. Lo que fuera que tuviera Warden en su contra debería ser muy serio.

Aya, otro misterio. Sin cromo visible, algo muy raro en esos tiempos. Para alcanzar su rapidez de movimientos, tenía que estar muy en forma. Y ser muy disciplinada.

El netrunner. Nadie tenía ni idea de quién era, pero era la columna vertebral de la operación. El único insustituible. Sin él, no habrían tenido ninguna posibilidad de conseguirlo.

Id por la derecha. —La voz sintetizada del netrunner no mostraba ni un ápice de emoción—. Después de dos cruces, id por la izquierda, tras el semáforo que os encontraréis en verde.

—¡¿Y eso gracias a quién es, pardillos?! —gritó Borg desde la parte de atrás. —Exacto, ¡gracias a mis contraseñas! Sin mí, estaríais todos…

—Anda, cállate —espetó Zor con calma.

¿Y quién diantres era Borg? La cantidad de ciberware que llevaba explicaba el mote, aunque solo los tuviera para fardar. Mandíbula ampliada, implantes llamativos repartidos por sus bíceps, hombros y cuello… No tenían mucha razón de ser, eran un batiburrillo de tatuajes con poca relación entre ellos. Dios sabe para qué los tenía, si es que servían para algo, pero tampoco le hacían parecer más fuerte. Solo más grande. Tampoco tenía por qué darle muchas más vueltas. En cuanto entregaran el contenedor, todos regresarían a sus vidas y no se volverían a ver las caras nunca más.

Estaban apretujados en la cabina del camión de basura, mirando cómo la calle parecía abrirles un camino como por arte de magia. El netrunner controlaba semáforos y señales de tráfico, bloqueando el camino de la pasma mientras ellos tenían toda la vía libre. La sonrisa de Milena no había desaparecido.

Otra cosa.

—Para el camión —dijo Zor cortante, provocando que Milena frenara sin dudarlo.

Detuvo el vehículo a la derecha. Al no estar acostumbrada a la distancia de frenado, el camión de basura continuó hasta chocarse con la parte trasera de un coche abandonado. El repiqueteo de la lluvia cesó de repente. Estaban en un paso a desnivel.

—Joder… —Ron sonrió distraído—. Así nos las gastamos, ¿no?...

—Apagad los teléfonos. —Zor dio ejemplo con el suyo.

El resto dudó, pero siguieron la orden. Al contrario que Zor, silenciando sus implantes con una orden mental y sin mover un dedo.

—Tío, ¿vas con un auricular? ¿En serio? —Borg se rio de Zor—. ¿Es que no tienes pasta ni para un neuroenlace?

—No me gusta tener microprocesadores zumbándome en el cerebro.

Ni Aya ni él usaban las holollamadas con implantes. Ella sí tenía un neuroenlace, pero estaba conectado a un dispositivo físico externo. Siempre que la comunicación se limitara a la voz, Zor prefería usar un teléfono: algo simple, sin adornos ni tonterías. Tampoco es que fueran a convocar holorreuniones ni nada por el estilo.

—Una pregunta. ¿Por qué nosotros? —preguntó Zor.

Lo miraron en silencio.

—Eh…, ¿porque lo petamos? —se burló Borg—. El plan ha ido tan suave como el culo de una muñequita. ¿Viste sus caras? Se cagaron encima en cuanto nos vieron.

—Es que no esperaban problemas —le corrigió Ron—. Ni los que pudieran darles unos castorcitos scouts como nosotros.

—Porque estaban asustados. —Milena sacó un cigarrillo, lo colocó en una boquilla elegante y lo encendió. Una neblina violeta inundó la cabina—. Eran nuevos, sin experiencia. Pasmarotes apenas entrenados. Seguro que se pensaban que era una entrega rutinaria.

—Esos chavales ya no tendrán una juventud despreocupada… —murmuró Ron de forma siniestra.

—Y algunos tampoco llegarán a viejos. Acabamos con su vida de una tacada. —Milena se movía con su cigarrillo—. Todo por alguien incapaz de seguir el plan.

—Porque con nosotros no asume ningún riesgo, por eso nos eligió Warden —dijo Aya—. Si nos hubieran matado, no habría perdido nada.

—Tampoco pierde nada porque estemos vivos —añadió Zor—. Ahora mismo nos necesita. Pero en cuanto le llevemos el contenedor, eso acabará.

¿Ahora qué pasa?

Warden se dio cuenta de que el camión de basura se había parado en el paso a desnivel.

—¿A qué viene el retraso? —preguntó.

No obtuvo respuesta. Putos novatos. Si ya están causando problemas, a saber lo que le depararía el día de mañana. Era mejor quitarse los problemas antes de que pudieran reproducirse y multiplicarse. Por desgracia, el cliente especificó que los quería vivos. ¿Para qué?

Sacó su pistola y se paró un momento a admirarla, deslizando los dedos en el suave acero. ¿Y si modificaba los términos del acuerdo? Cuantos menos testigos, menos problemas potenciales. El resto seguiría igual. Mientras se lo pensaba, apuntó lentamente al netrunner que estaba en la bañera.

No te lo recomiendo —dijo la voz sintetizada a través del auricular—. Mira la pantalla.

Warden se acercó al equipo. En el monitor principal aparecía el interior de un megaedificio en obras, con un hombre negro de unos cuarenta años, ancho de hombros, cubierto de tatuajes y ataviado con una chaqueta de cuero sintético inclinándose sobre una mesa.

Warden se dio la vuelta de inmediato y apuntó con su pistola al dron que volaba por fuera de la ventana.

Eso no te va a servir de nada —dijo el netrunner—. Toda la operación se está grabando en un lugar seguro. Si muero, se colgará automáticamente en la Red.

Warden caminó despacio hacia la bañera. Se arrodilló cerca del borde y puso la cara a apenas unos centímetros de la del netrunner. Parecía dormir si no fuera por los destellos de colores de sus párpados. El hielo de la bañera se había derretido casi por completo.

—Existen muchas maneras de mantener un cuerpo con vida —susurró.

El netrunner se quedó en silencio. Warden sonrió. Se puso de pie y enfundó la pistola.

—Tranquilo, te daremos lo prometido. Es que me gusta jugar con mi pipa cuando no tengo nada que hacer.

—Eh, para el carro, ¿quieres? —empezó Borg—. La mandanga la tenemos nosotros. Si la quiere, que la pague.

—Creo que no entiendes bien cómo está el tema. —Ron miró a Borg—. No es cosa nuestra, las reglas las ha impuesto él.

—Hecha la ley, hecha la trampa. ¡Hostias, que la banda somos nosotros! Y él es él… y ya está.

Milena negó con la cabeza.

—Todos tenemos algo que perder —razonó Ron.

—Ah, ¿sí? —preguntó Borg—. ¿El qué exactamente, vejestorio?

—En mi caso la paciencia, como no te dejes de hacer el listillo.

—Si Warden no consigue lo que quiere, cumplirá su palabra —añadió Milena con franqueza—. No sé qué clase de trapos sucios tiene de vosotros, pero si estáis aquí, lo más seguro es que sean asuntos serios. Así que nuestra mejor baza es acabar cuanto antes, irnos cada uno por nuestro lado y seguir con nuestras vidas.

—¿Y tú cómo estás tan segura? —Borg se tocó el hombro y se contrajo del dolor. El cañón de la ametralladora le debió quemar la piel—. ¿Qué te hace pensar eso?

—Sé leer a la gente. —Milena dio una calada y después exhaló el humo en su dirección—. Digamos que me dedico a ello.

Ron sonrió.

—Por lo menos sabemos quién es. —Zor habló más alto—. Mientras sigamos con vida, somos una amenaza para él.

—Cierto —respondió Milena—. Podía habernos ocultado su identidad si lo hubiera querido. Se cree que está a salvo y que es intocable. Y tiene razón. Somos nosotros los que deberíamos tener miedo, no él. Será mejor que tengamos el pico bien cerrado, porque hasta donde yo sé, el chantaje no tiene fecha de caducidad.

—Anda, vámonos y punto. —Borg apoyó la cabeza contra la pared trasera de la cabina, dando un golpe metálico—. Cobramos los edis y nos olvidamos de esto.

—¿Qué edis? —preguntó Aya, confundida.

—Esto… —Borg se inclinó un poco hacia delante—. Me refería a terminar la mierda esta y punto. A menos que queráis acabar apestando a camión de basura.

El guardia les indicó el camino sin decir nada, ni siquiera mirarlos. Un tipo sensato. El garaje subterráneo estaba prácticamente vacío, iluminado tan solo por unos tenues focos provisionales que proyectaban sombras largas por las columnas separadas de manera uniforme. Daba la sensación de que la empresa de construcción hubiese quebrado antes de instalar la iluminación del recinto.

El grupo salió del camión con un compacto chapoteo fruto del cemento mojado. El ambiente era húmedo y frío, lo que explicaba la ausencia de personas sin hogar. Querían acabar con esto, pero tampoco tenían ninguna prisa por ver a Warden. Era el lugar idóneo para tratar con tranquilidad asuntos turbios sin temor a que los vigilasen.

—Bueno —Borg se cruzó de hombros y barrió con la mirada el lugar vacío—, ¿y el jefe?

Ron comprobó que apenas había unos centímetros de separación entre el techo y la parte superior del camión.

—No sé si esto es una muestra de lo inteligente que ha sido Warden planeando esto o de todo lo contrario.

Antes de que nadie pudiera adivinar qué quería decir Ron con eso, escucharon a Warden por el comunicador.

Poned las armas en la caja.

Esta vez apareció un holograma de Warden. Todos podían verlo menos Zor, que solo pudo oír su voz.

La caja estaba cerca de las puertas del ascensor. Muy astuto, pensó Zor. No se puede amenazar a un grupo de gente armada.

Tampoco es que Zor quisiera vengarse de Warden. Su único deseo era que todo volviera a la normalidad, si es que ese adjetivo se pudiera aplicar a su vida. Fue el primero en adelantarse, tirando el Saratoga en la caja como el trozo de chatarra que era, seguido de su pistola. Hasta ese momento había seguido las reglas de Warden, así que no tenía por qué cambiar de idea. Carecía de implantes de combate, lo que significaba que solo podía contar con sus instintos y su entrenamiento para protegerse. Era básicamente un novato, pero por lo menos no estaba solo. Podía haber muerto hace una hora. Podía morir en cinco minutos. Puede que en ese mismo instante. No tenía miedo. Podía caer de rodillas en ese momento y acabar con todo, esperar a la muerte con los brazos abiertos, una muerte insignificante que pusiera el broche a una vida similar. No, eso podía provocar que el destino lo perdonase. Solo tenía que tener paciencia. Tarde o temprano, una bala encontraría el camino a su cerebro, por accidente o no, y entonces el mundo en el que vivía desaparecería por completo. La lluvia negra golpea la luna del vehículo. Las gotas corren a los lados mientras intenta adentrarse aún más en la noche. A la izquierda, a lo lejos, el mosaico de neón que forma Night City se apaga y desvanece. Un gran incendio se extiende por el horizonte. Es demasiado tarde…

—Zor…

Volvió en sí. Seguía delante de la caja. Aya le quitó la mano del hombro. Se recompuso como si no hubiera pasado nada. Aparte de Aya, solo Ron, que estaba a unos metros, se había dado cuenta de lo que acababa de pasar, pero permaneció en silencio mientras observaba a Zor.

Las puertas del ascensor se abrieron de manera lenta y ominosa. Se quedaron congelados. El haz de luz se ensanchó y Warden, que llevaba un abrigo largo de cuero sintético, entró en el garaje del edificio como si fuera el dueño de todo lo que allí había. Su holograma desapareció al atravesarlo.

Zor fue capaz de dejar de lado su crisis cerebral… por el momento. Sin embargo, apenas podía tenerse en pie.

Warden no llevaba un arma. Fue directo a la parte trasera del camión de basura y pasó la mano por el borde del contenedor, y después se volvió al resto del grupo, que esperaba nervioso.

—Ha sido una prueba de fuego —dijo con voz grave—, pero la habéis aprobado, pandillita mía. Ya podéis volver a vuestras felices, aburridas e insignificantes vidas.

—Entonces… —Ron se encogió de hombros y levantó las palmas de las manos—. ¿Ya está? ¿Nos podemos ir?

Warden se limitó a sonreír, mostrando su dentadura azul celeste.

Capítulo 2

2

Un calor pesado se apoderó del ambiente y evaporó cualquier rastro del chaparrón de esa mañana. Incluso los charcos de la acera destrozada y del asfalto quemado casi habían llegado a desaparecer.

Ataviado con una chaqueta larga, Liam paseaba entre los restos del camión y los coches. Ya había visto las fotos y las grabaciones, pero no había nada mejor que visitar el propio escenario del crimen. Los dos extremos de la calle estaban acordonados por cinta policial y los coches patrulla permanecían vacíos mientras los agentes esperaban a la sombra, observando a Liam con impaciencia, desando estar en otro sitio. Detrás de ellos se apostaba un pequeño grupo de curiosos y algunos periodistas que intentaban conseguir un sitio desde el que ver mejor. «Aquí no hay nada que ver». Una frase muy manida que en este caso era cierta. Eso no les impidió poner drones a sobrevolar la zona y grabar imágenes con sus lentes de alta gama y comentarlas en directo. Sin embargo, el calor era insoportable. No pasó mucho tiempo hasta que perdieron el interés y se dispersaron gradualmente.

Dos operarios del servicio de limpieza se cansaron de esperar. Empezaron a conectar su equipo al generador del camión.

—Todavía no he terminado —dijo el inspector.

—¡¿Nos vas a tener esperando todo el puto día?! —protestó uno de ellos—. Al contrario que a ti, a mí no me pagan por tocarme los huevos.

—Tampoco te pagarán si te quedas cuarenta y ocho horas esperando en el calabozo.

Funcionó. Volvieron al camión y encendieron sus cigarrillos de manera desafiante.

Liam se limpió el sudor de la ceja, subió el aire acondicionado de su chaqueta y volvió a su investigación. Esto no tenía ni el más mínimo sentido. Como la ametralladora pesada que hizo llover plomo desde la ventana del segundo piso. Todavía estaba allí. Fabricada por Militech, qué ironía. A menos que…

El inspector entró en el edificio, subió corriendo a la segunda planta y se puso de nuevo al lado de la ametralladora. El artillero disparó a todo lo que se movía menos al vehículo objetivo, que solo aguantó tres balas. ¿Por qué? No le das un arma de miles de edis a alguien que no sabe usarla. Además, hay que ser imbécil para dejar tirado algo tan caro, por mucho que el número de serie esté borrado. Por lo menos se podría haber molestado en cambiar el cañón para que fuera más difícil de rastrear… Daba igual, el arma abandonada y el capullo que apretó el gatillo eran un misterio. Varios, en plural.

Se acercó a examinar el arma. Ametralladora pesada modelo 31, de fábrica, recién salida de la línea de ensamblaje. Ni siquiera habían quitado todas las pegatinas con instrucciones de seguridad. Pero si se trataba de novatos, ¿de dónde habían sacado armas como esa?

Liam se agachó para escudriñar el mango. El equipo forense podría o no haber mirado ya si había huellas dactilares. Tampoco importaba mucho, la base de datos de armas de fuego llevaba eones siendo un caos sin financiación.

Lo más seguro era que no lo hubieran hecho.

Levantó el dedo meñique, de un tono más claro que el resto de su piel, y lo pasó por el lado del cañón en el que habían limado el número de serie. Las articulaciones doradas de su muñeca que unían el cromo con el hueso formaban una especie de brazalete, y los diodos parpadeaban mientras tocaba el metal pulido casi a la perfección, excepto por los minúsculos degradados que marcaban el lugar que llegaron a ocupar los números grabados magnéticamente. Cerró los ojos y se concentró. Solo necesitó pasar tres veces el sensor de su meñique para que el número se proyectara intermitentemente en sus párpados. Lo guardó en su banco de memoria y se conectó a la base de datos. Se trataba de un arma que habían robado hace más de tres años de un almacén de Militech. ¿Por qué usarla ahora? Así no funcionaban las bandas. Liam sintió un nudo en el estómago que le resultó familiar. O sabías dónde mirar o sabías que había que hacer la vista gorda. Sabía de investigaciones que cortaron de raíz, agentes que habían desaparecido después de negarse a dejar un caso… Básicamente era un riesgo laboral. Pero esto… esto era nuevo.

El ruido de coches aparcando lo sacó de su ensimismamiento. ¿Y ahora qué?

Miró fuera. Se trataba de dos furgones patrulla de Militech, idénticos al que habían abandonado en medio de la calle, y una grúa.

Bajó corriendo las escaleras y se acercó al agente del NCPD más cercano.

—¡¿Qué parte de «aquí no puede pasar nadie» no has entendido?! —preguntó, visiblemente irritado.

—Nuevas órdenes de Zed —replicó el agente, sin apenas ocultar su alivio—. La corporación se encargará de esto.

—No me digas que…

Liam suspiró y caminó hacia el soldado de Militech que parecía estar al mando. El resto ya se estaban preparando para remolcar el camión y el coche. Uniformados de negro, con mejor equipamiento y blindaje que el NCPD y puede incluso que MaxTac. Solo su aspecto ya daba imagen de autoridad.

—Teniente Liam Reed, de delitos graves. —Enseñó su holoplaca—. Estoy al mando de una investigación y ustedes la están entorpeciendo.

—Ya no. —El líder del escuadrón no creyó necesario identificarse. Ni siquiera se levantó el visor, opaco desde fuera. A Liam le devolvía la mirada un reflejo que le hacía más pequeñito.

—¿Cómo que «ya no»? ¿Que ya no sigo al mando o que ya no me la van a entorpecer?

—Ya sabe lo que hay. Ningún civil resultó herido, por lo que esto no es asunto de la policía. A partir de ahora nos encargamos nosotros…

Tenía razón. Era extraño que no hubiera ningún herido o que no se hubieran producido daños a propiedades privadas. En esas circunstancias, la policía podía delegar la investigación. A menos que…

—Es cierto, no hubo heridos, pero esta calle sufrió daños en el ataque. —Liam señaló hacia atrás con la cabeza—. Y es de uso público, por no hablar del pirateo del sistema de videovigilancia.

—Militech cubrirá los daños de la calle. Los hielos obsoletos de la red de videovigilancia son problema suyo. Ahora, si no le importa, es usted quien nos está entorpeciendo. Se trata de una investigación interna. —Se giró y caminó hacia la grúa que ya estaba levantando la parte trasera del transporte de Militech.

Los agentes del NCPD empezaron a quitar las barricadas con un entusiasmo renovado.

Liam se metió un trozo de chicle en la boca y echó un último vistazo al escenario. Acababa de cumplir cuarenta años, las entradas le llegaban hasta la mit

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