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No tengo más remedio que tragarme estas píldoras para caer dormido, porque también hay huecos y apagones, porque la luz es una actividad difícil. Si hay algo que detesto es la capa ridícula del héroe, esa que oculta un cuerpo incapaz de decir
—No puedo, hijo.
—Voy a decepcionarte.
—¿Me ayudas?
—Tengo miedo.
Cuando sales del baño envuelto en una toalla, como una criatura rescatada del mar, te abrazas a tu madre —olor a pecho fresco, a sueño próximo— y yo te voy secando los cabellos, igual que cada noche, con este secador que imita a los aviones despegando.
Hoy necesitaría que nos entrelazásemos y que me protegieras sin querer, y pienso en todo eso que callamos en esta lengua a medias del amor. Decido aproximarme a tu cuerpo koala, aferrado a su tronco maternal, y —secador en mano, vuelo en marcha— te susurro al oído.
Y me abres los brazos, y nos vamos meciendo, y nos recuperamos de las peores cosas que nos sucedieron antes de nacer.
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Para que conste al menos en alguna terapia del futuro, la joya de tu léxico no es mamá ni papá. Tampoco agua, árbol o pelota. La primera palabra que te ha fascinado, esa que identificas en un trance de éxtasis e intentas pronunciar todos los días, es ventilador.
Eso es, hijo mío. Ventilador.
Imposible ver uno sin que tus brazos rompan a girar. Los buscas, los detectas, los murmuras, quieres que ronroneen a tu paso, exiges que se alce cada ventilador dormido, que sus aspas celebren, que los techos del mundo sean viento.
No giran en invierno y eso te decepciona. En todas las palabras hay algo que nos falta. Enfriar la expectativa, ¿eso cómo se dice?
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Eres un individuo consumado, un ciudadano pleno frente al verano cruel de este planeta.
Ahora tienes un ventilador.
Te lo hemos comprado en una tienda de electrodomésticos del barrio. Nos atendió un señor llamado Juan Manuel. Al traspasar la puerta te quedaste pasmado, en un shock giratorio, al contemplar el bosque de ventiladores.
Unos altos, con base ancha y redonda. Otros rectangulares, vibrando a ras de suelo. Unos cuantos pequeños y abombados. Otros muy parecidos a turbinas en jaulas. Todos ellos en marcha, rutilantes.
Salvo uno solo, más barato y de plástico negro, desenchufado en una esquina.
¿Hace falta decir cuál elegiste cuando tu madre y yo te preguntamos? El señor Juan Manuel trató de disuadirnos.
Vibra en tu cuarto, lúcido. Siempre quieres jugar cerca de él, igual que un guardaespaldas. Tus globos de colores se mueven a su antojo.
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¿Qué es levantar una paciente torre, comparado con el goce caótico de causar su caída?
Terrorista del juego, te vemos derribar proyectos de colores e intenciones didácticas, cancelando posibles civilizaciones como un King Kong anarco.
O puede que, al revés, el sentido de tus demoliciones sea empezar de nuevo. Quedarte eternamente con todo por hacer.
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Tu legión de animales invisibles no deja de crecer. Ya tenemos gallina con pollitos, tortuga, un par de ranas, un gato verde y otro azul. Corren serios rumores sobre algunas ovejas y hasta un pavo. No hay noticias aún sobre las vacas.
Los invitamos a entrar por el balcón, cuidando que sus alas, plumas, colas y patitas no se enreden. Y cerramos la puerta cuanto antes, para que los mosquitos de la realidad no devoren tus piernas paliduchas. Lamento confirmar que son las mismas alergias de tu padre.
Les damos de comer, uno por uno, migas de pan, maíz, frutas y algas. No sabemos muy bien qué son las algas: nos ponemos a ver algunas fotos. Descubres que a las ranas les gustan los insectos. Entonces me suplicas que abramos el balcón para que vengan todos los mosquitos, así las pobres pueden alimentarse.
Trato de disuadirte. Lloras. Se nos ha roto el juego.
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Cuando tenía más o menos tu edad, paseando con mi madre por San Telmo, nos detuvimos a mirar juguetes. Entre las mil opciones, elegí al parecer una que no debía.
Le supliqué insistentemente. Yo quería eso, eso. Y ella se negó suponiendo que así me protegía. ¡Había tantas cosas más lindas y apropiadas! Pedí una cocinita: mi madre me sacó de semejante error. Obtuve una pelota, una espada, yo qué sé.
Hoy tu abuelo, con su barba de nieve y su memoria viuda, te ha traído un regalo. Feliz cumpleaños, hijo: esta cocina es nuestra.
G
Mientras agita un dedo a la intemperie, como ese molino en la maceta, se entretiene soplando negativas.
—Nu, nu, nu.
El no se ha convertido en golosina, disfruta paladeando su dulce redondez. El sí también es no, rechaza todo aquello que él mismo había pedido, no quiere ni siquiera lo que quiere.
Un dilema metódico: si respondo que no a sus negaciones, ¿asentirá para contradecirme?
—Nu, nu, nu.
Mal chupete, la lógica.
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Más que en la fecha, lo excepcional de hoy está en tu modo de registrar el tiempo. Es la última vez del resto de mi vida que no sabrás que es mi cumpleaños, ni de qué se trata un cumpleaños.
Todavía no estás en ningún calendario, en los rituales de la finitud. Te veo al borde, a una mano, a nada: te intrigan las canciones y las velas. Así que el año próximo todo será distinto. Celebraremos nuestros nacimientos, su suerte transitoria. Empezaremos a apagarnos juntos.
Ahora sopla más fuerte, por favor.
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Jugás con su fantasma anticipado. Hay un secreto en esta habitación repleta de muñecos: el padre de tu padre va a esfumarse mucho antes de lo que merecés.
Tu abuelo riega los relo
