No somos parte del mundo

Soraya Nárez

Fragmento

 g-2

 

 

 

Antes de nada, me gustaría presentarme. Soy Soraya, pero hasta hace unos años era testigo de Jehová. Suena raro presentarse así, ¿verdad? Pues es que ser testigo de Jehová no es algo que te acompañe en la vida. Es tu vida. Ser testigo de Jehová es tu esencia, tus decisiones, desde la ropa que te pones hasta la música que escuchas, las amistades que te acompañan o el trabajo que eliges. Ser testigo de Jehová es ser parte del pueblo escogido de Dios, es saber que estás en la Tierra de paso, en los últimos días, y que, dependiendo de tus actos, vivirás para siempre o no en un paraíso. Y lo que es más importante, ser testigo de Jehová es no poder dejar de serlo sin consecuencias.

Si has sido testigo de Jehová, leerás este libro asintiendo con la cabeza y seguramente reconocerás en mi experiencia la tuya propia. Si, por el contrario, lo único que conoces sobre los testigos de Jehová es que son personas que llaman a tu puerta los domingos y que no aceptan transfusiones de sangre, este libro para ti será un constante «lo que sucedió a continuación te sorprenderá».

Cuando empecé a escribir este libro, pensé en contarte mi historia siguiendo un orden cronológico desde el momento de mi nacimiento. No tardé en comprender que mi historia y mis decisiones no podían ser entendidas de forma aislada, era necesario contextualizarlas con las doctrinas de la organización, su dinámica y su estructura jerárquica. Al mismo tiempo que ponía por escrito por primera vez todo por lo que había pasado, empecé a darme cuenta de todo aquello de lo que no fui consciente cuando estaba dentro. Sentí el impulso de opinar en cada párrafo sobre mi experiencia, pero desde mi vida actual. No obstante, hice un esfuerzo por dejar mis reflexiones para el final y no interrumpirme demasiado porque, antes de que leyeras mis opiniones, necesitaba que te pusieras en mis zapatos, llevaras mi falda y leyeras mis revistas. Que, por un momento, pensaras como un testigo de Jehová. Espero que sea un viaje en el que saques tus propias conclusiones antes de leer las mías.

Como verás, mis vivencias personales se entrelazan con las enseñanzas fundamentales y las referencias a las publicaciones de los Testigos de Jehová.

El propósito de este libro va más allá de relatar mi experiencia. Me gustaría que sirviera como reflexión sobre el nivel de control e influencia que ejerce esta organización sobre sus miembros, incluyendo a niños y niñas, y cómo esto afecta a su libertad de elección. Y, sobre todo, es una crítica contra la práctica de la expulsión y el ostracismo que tanto daño nos ha causado a los que quisimos decir adiós a la organización, pero no a nuestras familias. Esto es precisamente lo que me ocurrió a mí. Esta es mi historia.

 

 

UN SUCESO INESPERADO

 

 

 

 

Dicen que somos capaces de recordar con todo detalle los momentos que nos han marcado, sobre todo si se trata de un suceso inesperado. Por ejemplo, si te pregunto qué recuerdas del 11 de septiembre, cuando los dos aviones impactaron contra las Torres Gemelas en Nueva York, es bien probable que puedas decirme dónde estabas, qué estabas haciendo y qué sentiste. Fue un acontecimiento tan insospechado que nuestra mente es capaz de volver a ese momento con bastante nitidez. Yo tenía diez años y estaba en casa con mi hermana viendo las noticias mientras mi madre le hacía la cera, seguramente las ingles brasileñas, a una hermana de la congregación. Nos quedamos calladas en el salón pensando que se trataba de un accidente, pero después del segundo impacto empezamos a entender lo que estaba pasando. Y nos empezamos a entusiasmar.

El ataque terrorista a la nación más poderosa tenía una explicación para nosotras. El juicio de Jehová se acercaba. Sabíamos que llegaría el día en que Dios acabaría con este mundo cruel y con los que no le servían. En cambio, Jehová prometía un paraíso en el que todos sus siervos viviríamos para siempre sin lamento ni dolor. Se estaban cumpliendo las profecías, reconocíamos las señales de los últimos días: se levantarían nación contra nación y reino contra reino, habría terremotos, hambre y epidemias. La organización de Jehová en la Tierra, los Testigos de Jehová, llamábamos a las puertas de las personas para avisarlas de que eso ocurriría, pero muchas no nos creían. Como tampo­co creyeron a Noé cuando él y su familia alertaron del diluvio universal; la gente no hizo caso y murió. A nosotros no nos pasaría porque confiábamos en Jehová y conocíamos la verdad.

Así es como yo lo viví, ¿tú no? Vaya por Dios. Nunca mejor dicho.

Igual que recuerdo con precisión el 11S, también guardo con nitidez en mi memoria el 2 de enero de 2019. La diferencia es que en esta ocasión el suceso no tenía nada de inesperado. Ya había presenciado situaciones similares en otras personas y sabía que podía pasarme a mí en cualquier momento. Conocía de antemano las consecuencias de ser testigo de Jehová y atreverme a vivir al margen de las normas de la organización.

La tarde del 2 de enero de 2019 abracé a mi padre consciente de que era la última vez que lo volvería a ver. Pegué mi cara a su pecho, no sé por cuánto tiempo, y pensé: «Esta es la última vez que te veré, pero, si te abrazo lo suficiente, podré volver a verte en mis recuerdos». Abrazar siempre ha sido mi tíquet para viajar al pasado. Lo abracé como si aquel gesto tuviera la fuerza suficiente para retenerlo. Hasta que él me apartó con calma; quizá lo hizo con tanta tranquilidad porque él ya me había apartado de su mente. Aun así, intenté guardarme las lágrimas y ahorrarme los ruegos porque no quería que él estuviera triste.

Habían pasado solo unos meses desde que me había mudado con mi amiga y había invitado a mi padre a merendar, justo después de Año Nuevo, una fecha que nosotros nunca celebramos. Preparé un bizcocho que los dos solíamos hacer cuando vivíamos juntos en casa, antes de ser desahuciados. «La carrot cake me ha salido que te mueres», le dije.

Pero antes de que pudiera dejar la bandeja en la mesa, sus palabras llegaron a mis oídos sin que llegara a pronunciarlas. Lo vi sentado, cabizbajo, moviendo la cabeza de un lado a otro, como si él mismo se estuviera negando a decir lo que estaba a punto de decir:

«Soraya, no he venido a merendar. No podemos seguir teniendo trato. Una persona de la congregación me ha enviado esta foto: tienes un árbol de Navidad en casa. Estás celebrando la Navidad sabiendo lo que eso significa. No podemos seguir hablando».

Con la bandeja en la mano y un nudo en la garganta respondí: «Pero ¿podemos comer la carrot cake aunque sea sin hablar?». Mi padre sonrió, pero no asintió.

«¿Qué esperabas? Sabías que esto iba a pasar».

«De haberlo sabido, no me habría tirado una hora pelando zanahorias para la carrot cake, papá».

Pero sabía a qué se refería. Desde niña supe que eso podía pasar. Lo aprendí en las reuniones del salón del Reino, en las asambleas, y lo vivimos de cerca con otras familias a las que les sucedió lo mismo. Conocía cuáles eran las consecuencias de incumplir las normas de la organización, pero creí que podía esconderme. Pensé que podía vivir mi vida fuera de la organización y seguir cerca de mi

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