Introducción
En la primavera de 2023 di una conferencia en la Academia Sueca sobre la guerra de Putin contra las mujeres. La reacción del público me animó a ampliar aquel texto y convertirlo en un ensayo sobre la utilización de la misoginia como herramienta de poder por parte de Rusia.
La misoginia es, desde el punto de vista de la política exterior, un instrumento del imperialismo ruso (la violencia sexual del ejército ruso en Ucrania, por ejemplo, es un componente esencial del genocidio del pueblo ucraniano), y en lo que toca a la política interior, al impedir que las mujeres accedan al poder, se ha convertido en uno de los principales mecanismos del Kremlin para salvaguardar el actual régimen, tarea que, como sabemos, es el principal objetivo de Putin.
Dado que Rusia ya no cuenta con una ideología exportable como en su día lo fue el comunismo, el Estado, amparándose a la sombra de los valores tradicionales, echa mano del odio a las mujeres para encontrar aliados fuera de sus fronteras, hasta el punto de crear comunidades de personas afines en los países occidentales que tienen la igualdad como valor fundamental.
Esa instrumentalización del odio constituye una amenaza global no sólo contra los derechos de las mujeres, sino de las minorías en general, puesto que ataca los cimientos mismos de la democracia. Lo que está en juego, pues, es el futuro de la humanidad y el legado que vamos a dejarles a las generaciones venideras.
A lo largo de los años he escrito varios artículos sobre este asunto, y desde siempre los lectores me preguntan qué puede hacerse ante tal situación. Yo creo que, en primer lugar, habría que acabar con la larga tradición de impunidad que hace posibles los crímenes de guerra de Rusia. Pero, además, nos convendría recordar que la Europa oriental ha experimentado dos sistemas totalitarios, la Alemania de Hitler y la Unión Soviética, y reconocer por fin la importancia de esa experiencia que la historia cultural europea no ha terminado de incorporar debido a la indiferencia, a la mala costumbre de mirar hacia otro lado, al menosprecio del conocimiento que la Europa oriental puede tener sobre Rusia y, por último, al dinero que los oligarcas rusos han inyectado a las economías occidentales.
No debemos ser indiferentes ni mirar hacia otro lado.
Helsinki, 18 de agosto de 2023
PRIMERA PARTE
Cuando la violencia sexual
se convierte en un arma
Mi tía abuela no nació muda, pero al comienzo de la segunda ocupación soviética de Estonia la sacaron de su casa y la sometieron a un interrogatorio que duró toda la noche; después de eso, dejó de hablar. Cuando volvió a casa por la mañana parecía estar bien, pero nunca volvió a decir nada más que: «Jah, ära.» («Sí, déjame.») La respuesta a cualquier cosa que le preguntaran siempre era ésa: «Jah, ära.» Jamás se casó ni tuvo hijos, nunca tuvo una relación amorosa. Vivió con su madre hasta el final de sus días.
Escuché esa historia de niña, y aunque los adultos no entraron en detalles sobre lo que había sucedido durante los interrogatorios todos lo adivinábamos, incluso yo.
Años más tarde, después de seguir de cerca los juicios por los crímenes de guerra de los Balcanes, escribí una obra de teatro titulada Purga y una novela homónima. Me parecía increíble que, en la Europa moderna, pudieran haber existido campos donde se violaba sistemáticamente a las mujeres. Me acordé de mi tía abuela: lo que le había sucedido a ella había vuelto a suceder. Y ahora mismo, en plena Europa, está sucediendo de nuevo.
Mi tía abuela nunca recibió justicia, ni ella ni ningún otro de mis familiares: las tierras se habían perdido, padres, hermanos e hijos habían muerto, habían sido deportados o se habían visto obligados a huir a Occidente (en el caso de mi familia, tan sólo dos parientes), pero ¿quién podía esperar justicia durante la ocupación?
Eso sólo cambió tras el colapso de la Unión Soviética: los países bálticos recuperaron su independencia e iniciaron un proceso de descolonización similar al de los países que habían estado bajo el dominio de las antiguas potencias coloniales. Bajo la URSS, la investigación histórica era una disciplina estrictamente política al servicio de la propaganda, pero al terminar la ocupación la ciencia, la cultura y la prensa quedaron liberadas del yugo del Estado totalitario y el debate público pasó a ser el que corresponde a un Estado independiente.[1] Por fin era posible hablar sin ambages sobre el pasado, investigar y discutir a plena luz del día. Las palabras recobraron los significados que realmente reflejaban las experiencias de las personas: se podía llamar «ocupación» a la ocupación y «deportaciones» a las deportaciones. Por fin se empezaron a investigar las múltiples violaciones a los derechos humanos en la época soviética. Por desgracia, la sucesora jurídica de la URSS, la Federación Rusa, no prestó su ayuda ni mucho menos pidió perdón, y los países occidentales jamás se lo exigieron ni la alentaron a pasar por un proceso similar al de Alemania tras la Segunda Guerra Mundial. Puede que Occidente no lo considerase indispensable porque los crímenes de la época soviética no les parecían lo suficientemente importantes, o al menos no lo eran tanto como para perder la oportunidad de estrecharle la mano a Putin y blanquear el dinero manchado de sangre que los oligarcas arrebataban al pueblo ruso. Y, como se habían ignorado los crímenes del pasado, la invasión ilegal de Rusia a Ucrania, en febrero de 2022, pilló a Occidente por sorpresa.
Desde la perspectiva de Estonia, la guerra en Ucrania parece una especie de repetición de los acontecimientos de la década de 1940: es como si un dedo misterioso estuviese pulsando continuamente el replay. Esto es así porque Rusia ha estado empleando en Ucrania el mismo manual que en sus anteriores guerras de conquista: el terror de la población civil, las deportaciones, la tortura, la rusificación, la propaganda, los procesos judiciales simulados, las falsas elecciones, la culpabilización de las víctimas, los flujos de refugiados, la destrucción de la cultura. La estupefacción general de los países occidentales revela, sin embargo, que no conocían lo suficiente ese manual. Por eso es necesario hablar de los crímenes de guerra, investigarlos y hacer que formen parte de nuestra memoria cultural permanentemente: si no tenemos conciencia de ellos, no sabemos interpretar las señales que los anuncian. Sin embargo, mientras que la historia de otras potencias coloniales forma parte de los planes de estudios, en las escuelas occidentales sencillamente no se ha hablado jamás del colonialismo ruso, pese a que los países del antiguo bloque comunista (que como ya he señalado vivieron también la invasión de la Alemania nazi) constituyen la mitad de Europa.
Tras la Segunda Guerra Mundial, el lema «Nunca más» estaba en boca de todos, pero sonaba falso a oídos de los europeos del Este porque, después del derrocamiento de Hitler, continuábamos sufriendo la política de opresión de Rusia y sus continuas violaciones de los derechos humanos. Aquel lema revelaba, pues, que nuestra experiencia no importaba a ojos del resto del continente; por eso, incorporarla a la historia cultural de Europa supone una manera de hacernos justicia.
La fotografía
Se destruye a un pueblo destruyendo su memoria
En la pared de mi escritorio hay una fotografía en blanco y negro de mi tía abuela en la época en la que aún hablaba. Puede vérsela mirando tímidamente a la cámara junto con el resto de sus hermanos (mi abuela tenía dos años) y su madre, que sostiene al menor en su regazo. Todos los que aparecen en la foto llevan zapatos que les había hecho mi bisabuelo. Al fondo, asoma el patio de la casa con las peonías en flor (era verano). No es una foto notable desde el punto de vista artístico; de hecho, no recuerdo que le haya llamado la atención a nadie que haya entrado en mi despacho. Es el típico retrato de familia del siglo pasado, pero se tomó en la época en que Estonia aún no era un «Estado liquidado» y, aunque en la imagen no aparece la bandera ni ningún otro símbolo de la independencia del país (prohibidos durante la época soviética), todos sabíamos que eso bastaría para que les resultara sospechosa a las autoridades.
Sólo pudimos llevárnosla a Finlandia a principios de la década de 1990, cuando Estonia ya había recuperado su independencia y por fin nos atrevíamos a meter fotos en la maleta sin temer que los soviéticos pudieran encontrarlas en las inspecciones fronterizas. Las fotografías antiguas formaban parte de la larga lista de cosas que no estaba permitido introducir ni sacar del país, así que, llegado el caso, habrían podido acusarnos de contrabando y hacernos un montón de preguntas como: «¿Qué significa esta foto?» o «¿Por qué está intentando sacarla del país?» y finalmente quitárnosla contestáramos lo que contestáramos.
Para cualquier familia estonia, la ocupación soviética significaba, entre otras cosas, que había que quitar de los álbumes todas aquellas fotografías que pudieran considerarse peligrosas y destruirlas, enterrarlas o esconderlas detrás del papel pintado, como hizo mi familia. Y si las conservaban de un modo u otro sólo podían enseñárselas a la gente de más confianza.
En la Unión Soviética, los recuerdos de la familia y los seres queridos, y la memoria de los difuntos eran cuestiones estrictamente privadas. Yo conocí a mis familiares a través de esas fotos ocultas: gracias a ellas pude ponerles caras a las anécdotas a las que daban pie.
El contraste con Finlandia, el país donde nací y me crié, era tremendo. En Finlandia es costumbre llevar velas al cementerio en el Día de los Difuntos, en la Navidad y en el Día de la Independencia, y yo acompañaba a mi abuelo finlandés, que era un veterano de guerra, a llevarle velas a su hermano mellizo, que había caído en batalla. Por supuesto, esa guerra y la muerte de mi tío abuelo formaban parte de mi historia familiar, pero al ver las velas sobre las tumbas yo me ponía a pensar en los familiares a los que sólo se podía conmemorar mentalmente o con personas de mucha confianza, y cada vez que veía la bandera finlandesa me acordaba de la bandera de Estonia, que estaba prohibida junto con los demás símbolos nacionales del «Estado liquidado» (de hecho, ni siquiera se podían utilizar los colores azul, negro y blanco en un cuadro abstracto, por ejemplo).
Al igual que el resto de los estudiantes de primaria, aprendí de memoria el himno a la bandera, lo cual me conmovía porque sabía que algo así era imposible en una Estonia que vivía bajo la ocupación soviética. Para mis compañeros de clase, aprender esa letra en la escuela era tan previsible que resultaba tedioso; los estonios, en cambio, no podíamos tener símbolos de la Estonia independiente ni siquiera en Finlandia, que vivía por entonces una época de finlandización. La Estonia independiente no existía para el país donde yo había nacido, que seguía públicamente la línea de la Unión Soviética respecto a los territorios ocupados. El Estado federal mantenía en estrecha vigilancia a los estonios expatriados porque un comportamiento inadecuado para el régimen soviético habría puesto en peligro a los familiares que vivían en la URSS. En mi caso no era necesario: comprendía perfectamente que cualquier palabra o acción fuera de lugar podría significar que no nos permitieran entrar en el país y no pudiéramos volver a ver a mi abuela.
La Unión Soviética intentaba a toda costa destruir la memoria, incluida la memoria visual, de las repúblicas que había absorbido después de la Segunda Guerra Mundial, y ahora Rusia hace lo mismo en los territorios conquistados en Ucrania. No sólo cambia los profesores e inicia un proceso de rusificación, sino que saquea lugares públicos de preservación de la memoria, como los museos, y también privados, como las casas familiares. El mundo entero ha podido ver a través de las noticias cómo las tropas rusas han destruido ciudades enteras en Ucrania, y las ciudades están llenas de casas que, a su vez, están repletas de objetos y recuerdos personales. Sin embargo, ningún objeto es lo bastante pequeño para que el invasor considere innecesario destruirlo porque, muchas veces, una sola fotografía puede mantener viva la historia de una familia. Por eso Rusia no sólo saquea las colecciones de arte, sino que destruye las fotos más banales: éstas le parecen peligrosas porque mantienen vivo el recuerdo de experiencias que se quieren erradicar, el de las víctimas de los crímenes que ha cometido y el la propia Ucrania independiente.
Cuando Rusia inició su ataque a gran escala, Ilya, de veintidós años, estaba con su madre y su hermana en su casa de Kramatorsk. Aceptaron que los evacuaran en tren, pero Rusia bombardeó la estación repleta de civiles hiriendo a ciento diez personas y matando a sesenta. Ilya, su madre y su hermana lograron sobrevivir e intentaron huir en coche, pero los soldados rusos los detuvieron en un puesto de control y encontraron en su móvil una aplicación de citas para minorías sexuales y una foto en la que se lo veía celebrando el Día de la Independencia de Ucrania con la bandera del país en la mano. Acabó siendo objeto de violencia sexual a manos de ocho soldados del ejército ruso que documentaron su acción.[2] Sólo pudo liberarse de una tortura de varias semanas gracias a la ayuda del ejército ucraniano. Sus «delitos» habían sido ser homosexual y conservar un recuerdo personal en el teléfono móvil.
Hoy en día, al contrario que en la época soviética, no es posible destruir las fotografías, pero el miedo de poner en riesgo a los seres queridos por tener una foto en el teléfono hace que las personas las borren de inmediato y que se abstengan de compartirlas, lo cual sería un mecanismo para crear comunidad. Pero la gente no borra sólo las fotos, sino también los contactos.
Un amigo mío se marchó de Kiev diez días después del inicio del gran ataque porque consideró que, de lo contrario, acabaría teniendo que atravesar los puestos de control rusos, y eso le daba más miedo que los bombardeos: no quería borrar la memoria de su móvil y sabía que, aun haciéndolo, en la red siempre se podrían encontrar pruebas de su adhesión a Ucrania. Muchas personas permanecieron en la zona ocupada por idénticos motivos: no se atrevían a intentar atravesar los puntos de control rusos, como habían hecho Ilya y su familia.
Rusia ya ha logrado antes condicionar el comportamiento de las personas y alterar su memoria visual, por eso está haciéndolo de nuevo. La ocupación vuelve malvado y peligroso lo que antes era correcto y perfectamente razonable.
Mi tía abuela, que nació en una familia de agricultores en la Estonia occidental de principios del siglo pasado y el joven Ilya, de Kramatorsk, vieron la luz en mundos completamente distintos; ni siquiera comparten género, pero tienen una experiencia común que cambió su vida: los dos eran civiles y los dos fueron víctimas de la violencia sexual ejercida por soldados o funcionarios rusos.
En el debate público sobre la violencia sexual aún subsiste el antiguo concepto de que ésta forma parte, en cierto modo, de los instintos masculinos, lo que la hace incontrolable. Sin embargo, no es así: la violencia sexual se produce porque quien la perpetra suele quedar impune. No tengo dudas de que quienes agredieron a mi tía abuela y a Ilya lo tuvieron en cuenta, porque la impunidad continúa existiendo aunque hayan transcurrido muchas décadas. Rusia lleva usando la misma arma generación tras generación, y por las mismas razones: para denigrar a las víctimas, desalentar la resistencia y consolidar su posición de poder, pues cada víctima es también una advertencia para el resto de la gente.
Ilya continúa con su vida en la Ucrania independiente y acude a terapia. No está claro si sus agresores serán perseguidos algún día, pero el hecho de que él haya narrado públicamente su experiencia alienta a otras víctimas de violencia sexual a que hablen del tema. En el mundo de mi tía abuela no era posible algo así: ella no podía ver en televisión ni en internet una entrevista que reflejara lo que había vivido. En ese sentido, el mundo ha mejorado: para una víctima, saber que otras personas han sufrido lo mismo que ella suele ayudarla a que deje de culparse por un destino que comparte con otras muchas mujeres y hombres a lo largo de generaciones.
Una planta marchita
La documentación de los delitos sexuales
Mijaíl Romanov tiene treinta y dos años, y es marido, padre y soldado del ejército ruso. En la primavera de 2022 irrumpió en un edificio situado en la ciudad de Brovarí, en Kiev, mató a su propietario y se dispuso a violar a la mujer a la que acababa de dejar viuda. Se dedicó a ello durante horas. Según se ha sabido, el hijo del propio Romanov tiene la misma edad que el de la víctima, que estaba llorando en la habitación de al lado durante los hechos.
En mayo de 2022 Romanov fue juzgado in absentia por violación en Ucrania.[3] Se trató del primer juicio de este tipo, y la investigación sobre las atrocidades rusas no ha hecho más que empezar. Las tropas que invadieron Ucrania han cometido actos de violencia sexual de forma sistemática contra civiles de todas las edades, independientemente de su género.
Observadores e investigadores han afirmado que la brutalidad de sus actos supera incluso la que se vivió en las guerras de Bosnia y Ruanda. Muchas de las violaciones han sido públicas: los soldados rusos han cometido sus crímenes en la calle o han obligado a miembros de la comunidad a presenciarlos. Han obligado a padres a presenciar las violaciones de sus hijos y a hijos a presenciar las de sus padres. Algunas víctimas han sido violadas hasta la muerte.
La violencia sexual traumatiza y destroza a familias y a comunidades enteras durante generaciones, y transforma la estructura demográfica, de ahí que esa arma ancestral sea un instrumento de conquista tan popular y que Rusia siga utilizándola. En el caso de Ucrania, cabe preguntarse si también está utilizando la violación como instrumento de genocidio.
Raphael Lemkin, jurista judío polaco graduado en la Universidad de Leópolis, desarrolló su teoría sobre el genocidio en la década de 1930, tras huir de los pogromos. Utilizó la palabra «genocidio» por primera vez en el año 1943, y ese concepto desempeñó un papel de suma importancia en los juicios de Núremberg, así como en la formulación de la Convención del Genocidio de la ONU, que se aprobó en 1948. Según sostiene Lemkin, el genocidio nunca es un acto aislado, sino un proceso planificado y sistemático que procura la destrucción de los fundamentos del modo de vida de un grupo humano con el objetivo de exterminarlo.[4] El genocidio no necesariamente implica una matanza: existen muchos tipos de exterminio, aunque, si las demás medidas de destrucción del grupo no tienen resultado, «siempre se puede recurrir a la ametralladora como último recurso». Pero antes de llegar a eso, se intentan exterminar la cultura, la lengua, el espíritu nacional, la religión y las instituciones, la salud y la sensación de seguridad, los sentimientos de libertad y dignidad, de modo que el grupo, en palabras de Raphael Lemkin, «se marchite y muera como una planta que ha sufrido una plaga».[5]
La violación puede constituir un genocidio dependiendo de su finalidad, y esta calificación depende de varios patrones. La violencia sexual ejercida por los soldados rusos en Ucrania forma parte de un todo más extenso que no se puede analizar sin tener en cuenta el contexto. La historia de Ucrania y de Rusia, la promoción de la igualdad entre hombres y mujeres en uno y otro país, el imperialismo ruso y su puesta en práctica forman parte de este todo.
En el caso de Rusia, la intención de cometer un genocidio ha quedado en evidencia a través de los discursos estatales y mediáticos: las afirmaciones de que Ucrania no es un Estado y que los ucranianos no existen se repiten de forma constante. Incluso en la fórmulas retóricas empleadas por los soldados acusados de violencia sexual se revela la intención genocida. Por ejemplo, han declarado que violan a la víctima para que ésta ya no quiera mantener relaciones sexuales con ucranianos, o que castran a los prisioneros de guerra para que ya no puedan tener hijos.
Durante los últimos años he oído numerosos discursos de expertos sobre lo complicado que es probar las violaciones genocidas, lo difícil que es condenarlas, lo complejo que resulta probar que forman parte del genocidio. Lo comprendo, igual que entiendo lo costosos que pueden ser los juicios y las numerosas horas de trabajo que requieren, pero no puedo dejar de preguntarme por qué esta dificultad probatoria parece ser prácticamente la única narrativa del caso en el debate público de Occidente. Existen muchos tipos de justicia. Propiciar que la voz de las víctimas forme parte del debate público también es justicia, las manifestaciones de apoyo también son justicia, condenar la intimidación y la culpabilización de las víctimas también es justicia. Si la narrativa pública se centra en la complejidad jurídica de probar una violación genocida, o en la dificultad de castigar a los culpables, ¿qué mensaje reciben las víctimas? ¿Qué mensaje recibe Rusia? ¿Qué mensaje reciben los testigos? ¿Que son casos complicados? ¿Tan complicados que ni siquiera merece la pena denunciar? Si ése es el punto de vista predominante, se está culpabilizando a la víctima de forma implícita, como si la responsabilidad probatoria recayera sobre ella. Las víctimas no son casos complicados.
Rusia es un caso complicado.
Mi tía abuela nunca llegó a tener hijos. Quizá lo que le ocurrió no se consideraría una violación genocida hoy en día, pero eso no cambia el hecho de que nunca tuvo una relación de pareja ni llegó a casarse, pese a ser hija de una madre con ocho hijos. Uno de sus hermanos perdió la razón después de ver a sus amigos ahogarse en un pantano mientras
