[INICIO DE TRANSMISIÓN]
Vi un árbol. Eso es todo.
Ese es el motivo. Por eso me puse a pensar en los tumikes, su llegada a este planeta y lo que les ocurrió aquí.
Aunque no pasó tanto tiempo desde que ya no están, casi los había olvidado. Creo que todos los quieren olvidar. Y están teniendo éxito.
Pregunté a las paredes y no me dijeron nada. Guardan toda la información del mundo, lista para ser reproducida cuando se les dice una palabra o se presiona un comando: infinitas imágenes, infinitos sones a nuestro alcance; pero cuando les dije “tumikes” no me devolvieron ni un pulso. Supongo que la Quinta Junta borró todo.
[PAUSA]
Y por eso decidí contar lo que pasó. Por eso elegí grabar este son, hacer este informe sobre los tumikes. Para que si alguna vez alguien los recuerda o ellos vuelven o llegan nuevos tumikes a visitarnos, o simplemente alguien quiere saber qué es lo que ocurrió, cuando les digan “tumikes” a las paredes, reciban algo, puedan escuchar una respuesta. Aunque solo sean estas pobres palabras mías.
El árbol que vi era un árbol cualquiera, parecido a todos. Lo único que tenía de especial era que le faltaba, a unos cinco palmos de altura, un poco de corteza. Y eso es todo.
A veces no hace falta más, para desatar a los perracos de la memoria.
Vinieron del planeta Tumik, pero ya no recuerdo dónde está ese planeta. Imagino que ninguna gente lo recordaría, si se le preguntara.
En los primeros años tras la llegada de los tumikes, el dato se sabía. Los científicos preguntaron, buscaron y etiquetaron el planeta del origen túmiko. Lo describieron y le colgaron al cuello guirnaldas de números, distancias y extrañezas. Como que está a seiscientos mil años luz de aquí o que tiene catorce lunas, o que allí el año dura apenas cuarenta y nueve días.
Pero ahora que ya conocimos a los tumikes y nos acostumbramos a que existieran y luego nos acostumbramos a que ya no estuvieran, ya nadie recuerda el color de ese planeta, ni a qué distancia está su estrella, ni cuál es la forma de su galaxia.
Antes, nada de eso era un secreto: todo estaba anotado en las memorias virtuales, alcanzaba con dar un simple comando para que el nombre del planeta brillara, con sus guirnaldas de datos, en todas las paredes. Pero ¿a quién le habría interesado hacer eso? ¿A quién le interesaría hacerlo ahora?
Después de todo, se trata solo de tumikes.
Y su planeta, tenga el color que tenga, no es más que una piedra redonda que gira y gira en medio de la nada, muy lejos de todo. Igual que el nuestro.
Cuando los tumikes aprendieron a hablar, no muy bien, nuestro idioma panterrano, nos explicaron que ellos, aunque no pareciera, provenían de los humanos. Bueno, no exactamente de nosotros los humanos, sino de los mismos antepasados que nosotros.
La verdad, no parecía. Solo por dar un ejemplo, los tumikes eran…
[PAUSA]
Debería decir son, en vez de eran. Los tumikes son. Porque aunque ya no están aquí, probablemente haya tumikes en algún lado. Quizás hayan colonizado planetas y lunas en las Nueve Galaxias.
Hasta es posible que vivan aún en un frío rincón de este seco mundo.
Pero me es difícil hablar de ellos en tiempo presente. Entre el momento en que nos visitaron los tumikes y el ahora hay una barrera. Una muralla interminable. Y los tumikes se quedaron del otro lado, no pueden cruzar hasta aquí, hasta el ahora de hoy.
En ese momento los humanos de aquí éramos diferentes. No sé exactamente cómo explicarlo, pero sé que éramos distintos. Nuestra época se nos daba como un plato de fruta apenas verde y la rechazamos con una mueca, pensando que luego entraría en sazón.
Y de un día para el otro, quisimos tomar una fruta y estaba blanda, oscura. Sin brillo.
[PAUSA]
Pero estoy yéndome por el camino de las olas. Este son es sobre los tumikes. Y lo que iba a decir es cómo eran.
