Si se lo hubiera dicho: hay cosas que no se pueden olvidar

Laura Nowlin

Fragmento

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Nota de la autora

En el invierno de 2009, mi marido me encontró llorando frente a mi IBM ThinkPad de segunda mano. Se arrodilló frente a mí en mi «despacho» (una profunda ventana en nuestro diminuto estudio cuya repisa había reclamado como escritorio) y sollocé: «¡Ahora tengo que dejar que Finny muera en mi cabeza!».

Cuando redacté la historia de Autumn en Si él hubiera estado conmigo, desarrollé la versión de Finn dentro de mí, donde sentía todos sus pensamientos y pasión. Incluso escribí una página y media de su versión. Cuando mi marido me encontró llorando fue porque me di cuenta de que debía borrar esas líneas. No tenía agente ni expectativas literarias; no podía escribir una novela completamente nueva desde la perspectiva de Finny cuando mi energía estaría mejor empleada revisando la que ya tenía desde el punto de vista de Autumn. Así que me enjugué las lágrimas y me concentré en asegurarme de que la historia de Autumn fuera la mejor posible. Dejé que la voz de Finny se apagara. Lo dejé morir nuevamente dentro de mí.

Muchos lectores han pedido la versión de Finny, pero siempre he dicho: «Lo siento, está muerto. No puedo traerlo de vuelta».

Y era verdad. Yo no tenía ese poder. Pero Gina Rogers sí que lo tenía.

No tenía pensado escuchar el audiolibro. La idea de oír mis pa­­­­labras en boca de otra persona me aterrorizaba. Pero luego Gina me escribió pidiéndome que, si alguna vez le daba una oportunidad, le enviara mis comentarios (aunque fueran negativos), pues ella también era una artista tras un ideal. Me conmovió tanto su espíritu y su dedicación que accedí.

En el momento en que la escuché dar voz a Finny cuando saluda a Autumn en la parada de autobús, lo sentí moverse dentro de mí. Antes de que terminara el audiolibro, estaba vivo y estaba enfadado conmigo. No por matarlo (pues entendía que había tenido que hacer de Si él hubiera estado conmigo la mejor historia posible), pero había algunas cosas que quería decir, algunas cosas que necesitaba aclarar. Dada su milagrosa resurrección, su petición me pareció razonable y me vi obligada a dejarlo hablar por fin.

Así que perdóname si alguna vez te juré que este libro nunca existiría. En ese momento lo creía con todo mi corazón de artista.

Pero a veces la vida tiene estas cosas, y eso es bueno.

Advertencia sobre el contenido

Esta novela incluye escenas de muertes,

depresión, suicidio y embarazo.

Si tú o alguien que conoces está experimentando

angustia o una crisis de salud mental, busca ayuda.

Llama a la línea de atención a la conducta suicida:

llama al 024.

finn

1

Es un horror dormir junto a Autumn. Habla, da patadas, te roba la manta, te usa como almohada… La de historias que podría contar si tuviera a quién contárselas. Sin embargo, lo curioso es que ella se avergüenza de su caos nocturno, que es una de sus excentricidades sobre la cual no tolerará la más mínima burla. Nuestras madres tienen sus propias historias sobre las peripecias nocturnas de Autumn, y la mirada que les echa cada vez que las relatan ha sido suficiente para evitar que comparta los recuerdos de mi infancia sobre sus violentas e inquietas noches en casa.

Este verano descubrí lo poco que ha cambiado. El otro día se quedó dormida mirándome jugar a la consola. Había conseguido hacer, por fin, cierto salto complicado en el momento exacto cuando Autumn me plantó un brazo sobre el regazo, lo que provocó que mi personaje cayera y muriera. Le aparté suavemente la mano y me alejé unos centímetros, pero no demasiado. No se lo conté cuando despertó, porque habría dicho algo sobre volver a casa cuando empezara a sentirse cansada y yo prefiero no jugar a nada antes que perderme un minuto de lo que sea que estuviese pasando entre nosotros desde que Jamie rompió con ella.

Anoche me aseguré de sentarme entre Autumn y Jack por esta misma razón. Estaba claro que se quedarían a dormir en mi casa y sentí que era mi deber asumir las consecuencias.

Tengo que admitir que esperaba que pasara algo así.

Me desperté cuando me clavó los dedos en las costillas.

La tía Claire tiene razón. Ahora Autumn ronca. No roncaba cuando éramos pequeños. Me la había creído cuando insistió, una y otra vez, en que su madre solo estaba bromeando.

Pero aquí estamos, en esta tienda de campaña que le monté, con su cabeza en el hueco de mi brazo. Autumn está de lado, hecha un ovillo y roncando, aunque no muy fuerte. Su respiración me llega en bocanadas cortas y calientes.

Después de que Jack se durmiera anoche, nos quedamos los dos despiertos hablando un rato. Autumn se estaba quedando frita, pero yo no quería renunciar a ella todavía, así que seguí hablándole hasta que dijo:

—Calla, Finny. Necesito concentrarme en barrer.

Volví la cara y, en la oscuridad, vi que tenía los ojos cerrados y respiraba suavemente.

—¿Estás durmiendo?

Ella frunció el ceño.

—No. ¿No ves que estoy con la escoba? Está todo hecho un desastre.

—¿Dónde estás? —pregunté.

—Oh, ya sabes…, en el espacio… entre…

—¿Entre qué?

—¿Eh?

—¿En el espacio entre qué, Autumn?

—La imaginación y la realidad. Ayúdame. Está hecho un desastre.

—¿Por qué está hecho un desastre? —le pregunté, pero ella no me respondió.

Me quedé dormido como estoy ahora, boca arriba, mirando la colcha que nos cubría. Recuerdo haber estirado el brazo por encima de la cabeza, vagamente consciente de que Autumn se retorcía y murmuraba a unos centímetros de mí, supongo que limpiando el espacio entre este mundo y el siguiente. No nos tocábamos, pero sentía como si mi amor por ella calentase los átomos entre los dos.

Más tarde, me desperté cuando me abofeteó en la cara. Le aparté la mano y volví la cabeza hacia ella. Estaba cerca pero no pegada a mí, cogida a las mantas con el otro puño y la mano con la que me había zurrado descansando entre nosotros. Me obligué a apartar la mirada, cerrar los ojos y volver a dormir.

Pero ahora…

Estoy en el cielo: tiene la frente pegada a mí y la cabeza acurrucada en mi brazo mientras descanso una mano en su hombro. Nos encontramos por instinto. Incluso estando medio dormido, nunca lo habría hecho a propósito. No sabía si a ella le parecería bien. Tampoco lo sé ahora, pero no puedo moverme.

Mi pene, basándose en pruebas ínfimas, ha decidido que hoy será el mejor día de nuestra vida. Entiendo su entusiasmo, pero (lamentablemente) está sobreestimando en exceso la situación.

Si me muevo, Autumn se despertará.

Si Autumn se despierta, verá la suposición de mi cuerpo.

Esto me pasa por ponerme en esta posición. Otra vez.

No es que haya estado exactamente en esta posición con Autumn, pero, como ya he dicho, la de historias que podría contar.

Oigo la cisterna del váter. No me había preguntado dónde había ido mi otro mejor amigo.

No voy a poder disimular con Jack. No creo que me deje esta vez. Siempre ha sabido que yo seguía enamorado de Autumn después de todos estos años, a pesar de haber sido bastante feliz con Sylvie. Lo dejó pasar durante toda la secundaria, pero ya no me dejará fingir.

Hace un par de semanas, después de ver aquella película de terror estúpida que hizo que Autumn gritara tres veces, tanto Jack como ella dijeron que se habían divertido. Dijeron que entendían por qué me gustaba tanto mi otro amigo y que estarían encantados de repetirlo.

Autumn lo había dicho en serio. Lo sabía.

No es que Jack no lo hubiese dicho en serio. Simplemente se callaba muchas cosas.

No sé si anoche ayudó. Quiero que Jack vea que Autumn no es una chica a la que le va el postureo y que se cree una princesa, como Alexis o Taylor la hacen parecer.

Es más como si Autumn fuera una princesa de verdad, pero de un planeta alienígena. Es la persona más segura e insegura que he conocido jamás.

Excepto Sylvie, por supuesto.

Recordar a Sylvie le quita a mi pene la idea de que está a punto de ocurrir un milagro y aumenta mi sentimiento de culpa, que ya es bastante grande.

Jack vomita y escupe. Vuelve a tirar de la cadena y luego abre el grifo del lavabo. Lo oigo servirse un vaso de agua en la cocina.

Intento recordar lo que dijo Sylvie sobre su itinerario de vuelo. Debe de estar en el aire ahora. ¿Sobre el canal de la Mancha? No sabría decirlo. Me la imagino en su asiento, en el del pasillo, como me dijo que prefiere. Su discman descansa sobre la bandeja y tiene la melena dorada echada hacia atrás mientras escucha música con la cabeza inclinada.

Espero que este viaje haya sido todo lo que necesitaba y que la haya ayudado, tal como su terapeuta esperaba.

Al principio tuve dudas. ¿Sylvie en Europa, sola y sin nadie que la controle? Sí, ya había estado allí, habla francés con fluidez y tiene móvil. Pero seguía sin poder creer que su terapeuta hubiese insistido en que se fuera sola de viaje tras la graduación, sin ningún amigo o sus padres.

Ahora veo que el doctor Giles estaba en lo cierto. Sylvie sabe cuidar de sí misma cuando no intenta impresionar a los demás. Se emborracha para impresionar a la gente. Si nadie la hubiera desafiado en un principio, Sylvie nunca habría realizado sus legendarias peripecias estando bebida.

Sola, con su mochila y algunos mapas, listados de albergues y horarios de trenes, Sylvie ha recorrido el continente. Tuvo un problemilla en Ámsterdam al no darse cuenta de que unos chicos estaban tratando de entrarle, pero se puso a salvo y todo había terminado cuando me llamó.

Espero que vea lo capaz, inteligente y fuerte que es. Espero que llegue a sentirse bien consigo misma por lo que es, no por lo que los demás piensan de ella. Sylvie podría ser lo que quisiera si dejara de importarle lo que la gente equivocada piensa de ella.

Yo soy una de esas personas y espero no cargarme el progreso que ha hecho este verano.

Jack entra en el salón. Cierro los ojos. Aunque mi pene sigue en un plan algo optimista, las sábanas me cubren. Debería moverme, despertar a Autumn, fingir que no le he pasado el brazo por encima jamás, pero no soy capaz de hacerlo todavía.

Oigo cómo se abre la colcha de la tienda de campaña. Jack suspira. Musita lo mismo que me dijo la noche que confié en Sylvie para que no bebiera porque conducía ella y tuve que llamarlo borracho para que me llevara.

—Ya sabíamos que pasaría esto, ¿no? —murmura.

Deja caer la colcha y me parece oír que se va al sofá, pero ya no le presto tanta atención.

Autumn no dormirá mucho rato más. Tiene espasmos de vez en cuando y mueve la cabeza en respuesta a cosas que no puedo ver. Hace un sonido suave, el tipo de sonido que desearía provocarle con su permiso mientras está despierta. Y, con ese pensamiento, levanto el brazo y me alejo de ella. Ella frunce el ceño ante la pérdida de calor y me quedo quieto, esperando a que se mueva. Entonces gime y se acurruca aún más.

Me permito el breve lujo de mirarla a la cara.

Es inhumanamente injusto lo preciosa que es. Me pone en gran desventaja. Esa mente brillante y tontorrona suya ya era suficiente. ¿Por qué tiene que tener también una cara per­fecta?

Nunca tuve ninguna oportunidad.

Ni siquiera antes de que le crecieran los pechos.

Tengo que dejar de pensar así.

Y, de paso, terminar con esto.

Jack está escribiendo en su móvil en un extremo del sofá. No habla hasta que me siento.

—Finn, tío…

—Lo sé —digo.

Cierra el teléfono.

—No. Estás hasta el cuello. No tienes ni idea de cuánto.

—Sí que tengo una idea.

Él me mira fijamente.

—Sé lo que estoy haciendo —pruebo a decirle.

—¿Qué es lo que estás haciendo? Y ¿qué pasa con ella? —Jack señala la tienda con la cabeza. Aunque hablamos en voz baja, empieza a susurrar—: Tendría que ser la persona más estúpida del mundo para no darse cuenta de que estás coladísimo por ella.

—No es estúpida. Simplemente no sabe cuánto me… —digo, pero no consigo pronunciar la palabra—, cuánto me importa. Cree que me gustaba antes.

Jack vuelve a mirarme como hace un momento, pero no sé qué quiere que le diga. Autumn no coquetea conmigo. No hace bromas sugerentes ni me da falsas esperanzas. No cuando está despierta.

Yo soy el problema. Confundo sentimientos cuando me mira con ese cariño que es natural dada nuestra historia.

—Finn —empieza Jack—, míralo de esta manera. No soy como tú. No crecí en una casa donde se hablaba de sentimientos y esas cosas. Esto me cuesta y lo estoy haciendo de todos modos. Otra vez.

Otra vez.

Es cierto.

—Eres un buen amigo —le digo—. Y gracias. Pero me necesita. Está en una situación extraña con sus amigos.

—Se ha pasado toda la noche riéndose contigo —señala Jack, como si estuviera tratando de clavarme cada palabra en la cabeza.

—Estaba borracha y, además, es… —empiezo, y me doy cuenta de lo que estoy a punto de decir, pero las palabras me salen de la boca antes de que pueda contenerlas—: como Sylvie. Se le da preocupantemente bien ocultar el dolor que siente.

Jack gime y se frota la cara. Dice algo que no entiendo del todo, pero termina con la palabra «tipo». Autumn hace ruido en la tienda y ambos escuchamos aguantando la respiración.

Silencio.

—Ya que mencionas a Sylvie —susurra—. Sí, me quejo de ella, pero también es amiga mía y…

—Lo sé. Voy a…

Autumn hace ruido.

—Está a punto de despertarse —le digo.

Jack suspira. Tiene razón acerca de lo que me pasa con Autumn, y sabe que yo sé que tiene razón.

Los dos vemos lo que pasará a continuación. Autumn y yo nos iremos al Springfield College. Haremos amigos, probablemente mutuos esta vez, pero, al final, ella conocerá a alguien que le guste, alguien que tenga eso que la hizo querer estar con Jamie. Y a mí me destrozará. Me aniquilará. Jack y yo tenemos una relación tan cercana que esto también le afecta. Pero no puedo renunciar a lo que tengo con Autumn, y cuando ella conozca a ese chico, me aseguraré de que la apoye, de que no la trate como a una conquista molesta pero valiosa. O como a una inferior. O como a un chiste.

—Finny —canturrea Jack, que me chasquea los dedos delante de la cara—. ¡Hola!

—Lo siento, estaba…

—¿Empanado como ella? Llevas tan tan… ¡toda la semana pasada! —Y pregunta—: ¿Cómo pudiste perderte el partido?

—Autumn y yo estábamos en el centro comercial.

—Nunca te pierdes a los Strikers en la tele —replica Jack.

Y es verdad; me enfadé conmigo mismo cuando recordé que el partido ya había comenzado. Saint Louis apenas tiene liga y estoy decidido a apoyarla. Pero Autumn hablaba de que el centro comercial era como un jardín abandonado en el que algunas partes mueren más rápidamente que otras. Según ella, la zona alrededor del cine es un lugar soleado con lluvia abundante. Dimos una vuelta y decidimos que los quioscos eran malas hierbas y las tiendas, piezas de topiaria descuidadas.

Mi encogimiento de hombros no ha satisfecho a Jack, que espera que me explique.

—Voy a dejar a Sylvie cuando vuelva a casa mañana.

—Me lo imaginaba —responde. Palabras sencillas, pero su tono tiene la recriminación que merezco—. Y ¿luego qué?

—¡Ay, madre! —gime Autumn mientras sale corriendo de su cueva.

—Autumn —la llamo involuntariamente mientras se dirige al pequeño baño que hay junto a la cocina, el que Jack ha dejado libre antes. Le advertí que se encontraría fatal si se tomaba ese cuarto vaso. Fue su elección, pero aun así me siento responsable. Además, lo preparó Jack, así que, a diferencia de los tres anteriores que le había preparado yo, probablemente este contenía más alcohol. Estoy a punto de hacer un comentario sobre las habilidades de mi amigo como camarero, cuando veo su expresión y recuerdo que no estoy en posición de hablar—. Voy a ver cómo está —digo.

—Me lo imaginaba —repite él—. Y ¿luego qué?

—Pues pasaremos el rato.

Intento que suene trivial, como si pensara que solo me está preguntando qué haremos hoy, pero no engaño a ninguno de los dos. Ambos sabemos que estoy evitando la verdadera pregunta: ¿cómo voy a vivir el resto de mi vida enamorado de Autumn Davis sin ninguna esperanza de que me corresponda?

2

—Vete —dice Autumn cuando llamo a la puerta. Suena como si se estuviera muriendo.

—¿Estás bien? —pregunto, pero sé lo que va a decir.

—Sí. Vete.

Autumn odia ser vulnerable. Lo heredó de su madre, a pesar de todas sus quejas sobre la fachada de acomodada perfección que mantiene la tía Claire.

—Vale.

Siento la necesidad de esperar allí delante, aunque sé que ella quiere privacidad. Me giro e ignoro los sonidos al otro lado de la puerta. Hace unos minutos, cuando me he excitado, lo que debería haber estado haciendo era preocuparme por su resaca.

A veces tengo la impresión de que Autumn saca lo peor de mí. Me hace sentir como el tipo de chicos que odio, los deportistas que dicen cosas en el vestuario que me dejan de piedra. Intenté, sobre todo como estudiante de último año, intervenir en esas conversaciones, pero a menudo estaba tan alucinado por lo que acababa de escuchar que perdía la oportunidad de meterme. Sin embargo, algunas veces a lo largo de los años, cuando decían algo específico y vulgar sobre Autumn, mi boca hablaba antes de que el resto de mí supiera lo que estaba pasando.

En esos momentos era capaz de decir lo que pensaba y de regañarles por sus repugnantes observaciones porque estaba de acuerdo con ellos. Quería lo que ellos querían o había visto lo que ellos recordaban. Sus palabras eran un reflejo grotesco de mis propios sentimientos.

Entonces, después de la última competición de atletismo del último curso, un estudiante de primero se me acercó y puso mi hipocresía al descubierto cuando me dijo:

—Has dejado que Rick diga cosas peores sobre otras chicas.

Me burlé del pobre chaval.

—Entonces debería haber tenido principios más elevados en el pasado. Me iré pronto. Podrás asumir el cargo de noble caballero el año que viene.

Me colgué la mochila del hombro y me fui dando zancadas. No recuerdo el nombre del muchacho, pero probablemente él se acuerde del imbécil de Finn durante un tiempo.

En el instituto, Autumn solo tenía ojos para Jamie. No quería que esos idiotas pensaran en ella, y no quiere que yo piense en ella de esa manera, ni entonces ni ahora. Lo dejó claro hace años. Entiendo por qué necesitaba dejarlo claro. Fue lo mejor que podía hacer. Pero algún día, si hablamos de ello, le diré que al menos podría haberme dicho que no sentía lo mismo. No tenía por qué dejarme de lado como lo hizo.

Probablemente eso fue lo que quiso decir mi madre ayer. La tía Claire está celebrando que se ha divorciado del padre de Autumn, Tom, con un fin de semana de cata de vinos. Nuestras madres nos dejaron dinero en efectivo y, sorprendentemente, pocas instrucciones para cuando estuvieran fuera. Cuando mamá me abrazó ayer para despedirse, susurró:

—Por el amor de Dios, criatura. Habla con ella.

Esta incomprensión mutua es algo que pende entre Autumn y yo. Ella sabe que me gustaría que sintiera algo diferente por mí. Tiene que saber que es mucho peor de lo que piensa. Mi amor por ella es lo más parecido que tengo a la religión. Pero no pasa nada si ella no siente lo mismo. Estoy bien. Puedo soportarlo. Podemos ser amigos, como cuando éramos pequeños. Estaba enamorado de ella en aquel entonces, solo que esta vez no se me irá la pinza ni intentaré demostrarle nada. Aprendí la lección cuando intenté besarla y ella no me correspondió.

Pero mi madre se equivoca en cuanto al momento. Este no es el fin de semana para tener esa conversación. Necesito que pase hoy y romper con Sylvie mañana. Después de eso, tal vez hable con Autumn. O tal vez deba esperar hasta Navidad. No lo sé.

Una vez más me he olvidado de mi otro mejor amigo. He venido a la cocina a hacer tostadas por inercia, aunque Autumn nunca había pasado una resaca en mi casa.

Jack aparece en la puerta y se me queda mirando.

—¿Le vas a poner canela y azúcar también?

—No es así como a Autumn le gustan las tostadas, capullo. —Ya estamos otra vez, ladrando en lugar de gestionar mis jodidas emociones como un hombre. Intento sonar más natural—: ¿Tú también quieres unas cuantas?

—Claro. —Se sienta y bosteza. Jack ha decidido dejarme tranquilo por hoy—. ¿Le gustó Uno de los nuestros?

Me echo a reír.

—Apenas había empezado cuando te quedaste dormido. Y anoche hablaste tanto de la peli que básicamente no le hizo falta ni verla.

—Eso no puede ser verdad de ninguna manera —dice Jack—. Esa película es como un castillo de naipes construido con la máxima delicadeza…

Continúa hablando, pero no lo escucho. La puerta del baño se ha abierto.

Autumn ha vuelto.

La oigo cruzar la cocina detrás de mí y sentarse a la mesa.

—¿Te encuentras mejor? —le pregunta Jack.

—Más o menos —dice Autumn. Tiene los ojos cerrados cuando me giro y está hecha un ovillo en la silla, con la barbilla apoyada en una rodilla.

Le paso a Jack el primer plato de tostadas y me vuelvo para hacer más.

—Pues nos remontamos al material original, Wiseguy —comienza él.

Habla de esta película sin parar. No tengo que prestarle atención para saber lo que dice. Puedo coincidir o responder lo correcto mientras me concentro en Autumn.

Unto mantequilla en sus tostadas como a ella le gusta y me dedica una débil sonrisa de agradecimiento que me derrite. No estoy seguro de qué es lo que me mantiene en pie.

Jack solo intenta salvarme de mí mismo con su monólogo de Scorsese, y yo estoy siendo un pésimo amigo.

La respiración de Autumn es regular y tranquila. Mastica, traga y coge aire profundamente. Masticar. Tragar. Respirar. Está funcionando. Se está relajando. Sigue con los ojos cerrados y la barbilla en la rodilla que tiene levantada.

—Creo que, como escritora, te fliparía su estilo narrativo —dice Jack.

Autumn abre los ojos y lo mira parpadeando. Estoy seguro de que ella tampoco estaba escuchando la lección de historia del cine.

—¿Por qué no volvemos a poner la película? Así la vemos todos.

Jack me mira para recordarme que nuestra conversación anterior no ha terminado.

Autumn se encoge de hombros y termina su tostada.

No presto atención a la película. Nos sentamos los tres uno al lado del otro en el sofá, la tienda abandonada. Ellos están viendo la película. Yo solo estoy aquí, cerca de ella. Parece que las tostadas le han ido bien para las náuseas que tenía cuando se ha despertado.

¿Cuándo se ha despertado? ¿De qué estábamos hablando Jack y yo?

Cuando le he advertido que Autumn estaba a punto de despertarse, estábamos hablando de…

De Sylvie o el fútbol. Eso es lo que puede haber escuchado.

Ya le conté a Autumn que voy a romper con Sylvie. No creo haber dicho nada que pueda haber revelado la verdadera razón. Una cosa es tener una relación con Sylvie estando enamorado de la chica de al lado, pero ya es pasarse demasiado si también vuelve a ser mi mejor amiga.

—Ella no es la persona con quien quiero estar —dije finalmente cuando Autumn me preguntó el porqué.

Era la verdad, aunque omitiera tantas cosas. Ella asintió como si lo entendiera y yo sentí como si ambos hubiésemos dicho más de lo que habíamos dicho en realidad, porque soy así de tonto.

Mis mejores amigos se sientan cada uno a mi lado durante dos horas y media. Anoche bromeamos y nos pinchamos. Hoy estamos callados. De todos modos, me siento bien estando con ambos al mismo tiempo. Espero que este otoño, cuando estemos todos en Springfield, también ellos lleguen a ser amigos. Pero solo amigos.

Es una tontería, pero la idea sigue siendo la misma: necesito convencernos tanto a Jack como a mí de que cuando Autumn vuelva a encontrar a alguien, esta vez estaré listo para dejarla ir.

—Oye, Finn —dice Jack—. Ven a coger tus botas a mi coche.

Se está preparando para irse y mis botas de fútbol no están en su coche, porque es una pocilga y yo nunca dejaría nada mío allí, ni siquiera unos zapatos.

—Claro.

Echo un vistazo a Autumn antes de levantarme. Está acurrucada en una manta, terminándose el vaso de agua que le he traído y comiéndose otra tostada. Vuelvo a fijarme en lo injusto que es que esté tan preciosa con resaca.

Acompaño a Jack hasta su coche y cuando se vuelve hacia mí, con esa expresión en la cara, sé lo que va a decir. Abro la boca para hablar.

Se me adelanta.

—Tu historia no tiene sentido.

Eso no es lo que esperaba.

—¿Mi historia?

—Lo de que sabe que estás enamorado de ella, pero al mismo tiempo no lo sabe.

—Eso no es lo que he dicho.

—Básicamente, sí. Puede que seáis las dos personas más estúpidas del mundo y que, de alguna manera, no os deis cuenta de que estáis coladitos el uno por el otro, pero, la verdad, me da que ella sabe que la quieres y te la está jugando para sentirse mejor.

—Eso no es…

Me echa una mirada y me callo.

—Rompe con Sylvie mañana. Llámame después. Piensa en lo que te he dicho.

—Vale. —Me encojo de hombros y miro hacia otro lado.

—¿Estamos bien?

Vuelvo a mirarlo a los ojos.

—Sí.

Él asiente y se va. Vuelvo dentro.

Me pregunto si debería haber fingido que subía las escaleras y guardaba las botas imaginarias antes de sentarme junto a ella en el sofá, pero Autumn no parece darse cuenta.

—¿Te lo has pasado bien? —le pregunto.

Ella sonríe levemente.

—Tenías razón sobre ese cuarto vaso y tal vez también sobre las habilidades como camarero de Jack.

—Definitivamente, tenía razón en ambas cosas. Aunque tienes mejor cara.

Está increíble; ese es su aspecto por defecto.

—Las tostadas han ayudado. Gracias. —Me dedica otra sonrisa que me llena de cariño.

—Solo es un truco que aprendí —respondo, pero me abstengo de apuntar que lo aprendí de cuidar a Sylvie.

—Creo que voy a ir a casa a darme una ducha —dice.

Estoy sorprendido y decepcionado. Me doy cuenta de que parpadeo.

—Vale. —Quizá sea lo mejor. Necesito aclarar mis pensamientos. Averiguar qué le voy a decir a Sylvie mañana.

Autumn estira los brazos por encima de la cabeza y gime antes de levantarse, y desearía poder reproducir una y otra vez ese momento, como tantos otros.

—¡Adiós, Finny! —se despide de mí por encima del hombro mientras se dirige a la casa de al lado.

Espero un poco y luego corro a mi habitación para verla otra vez antes de que entre, tal vez pillarla de nuevo cuando llegue a su cuarto, ya que nuestras ventanas están una frente a la otra.

No es que esté tratando de verla desnuda. Créeme, he tenido la oportunidad, y he estado a punto de hacerlo, pero siempre me obligo a cerrar las cortinas cuando ella se olvida de correr las suyas. Hoy, sin embargo, entra en su habitación y las cierra del todo. Dejo las mías abiertas y me tumbo en la cama. Debería pensar en lo que mi madre y Jack me han dicho sobre mi relación —mi amistad— con Autumn. Ambos coinciden en que debo decírselo.

Pero yo solo puedo pensar en ella. En cómo le brillaban esos ojos castaños mientras montábamos la tienda ayer. En cómo le olía el pelo, tan suave, mientras estaba acurrucada junto a mí esta mañana. En cómo ha arqueado la espalda mientras emitía ese sonido antes de levantarse del sofá. En que se está desnudando ahora mismo para darse una ducha.

No puedo dejar de pensar en Autumn, y no de una manera que me haga sentir mejor, ni ahora ni a largo plazo.

3

Si vuelvo la vista atrás, no sabría decir cuándo me enamoré de Autumn Rose. Algo que sentía por ella incluso antes de aprender a leer había ido creciendo e intensificándose a medida que crecíamos juntos. Si intento ubicarlo, diría que la primera vez que me vi enamorado de Autumn fue antes de quinto de primaria. No sé si un psicólogo estaría de acuerdo en que alguien tan joven pueda estar enamorado. Lo único que sé es lo que me pasó a mí.

Estaba enamorado de ella, pero solo teníamos once años, por lo que no ser más que amigos me pareció natural, aunque tuviese claro que sería algo temporal. Siempre hablábamos como si fuéramos a vivir toda la vida juntos, como nuestras madres; seguramente se daría cuenta de que tendríamos que casarnos. Pero nunca tuve la sensación de que ella pensara en mí de la misma manera. Autumn no entendía por qué nuestras madres decían que ya no podíamos dormir en la misma cama. Yo sí. Cuando nuestras manos se tocaban casualmente, ella no intentaba alargar el momento. Yo sí.

Esos primeros años de estar enamorado de ella fueron duros, pero ni me imaginaba lo durísimos que serían los siguientes.

Conocí a Jack el primer día de instituto. Autumn y yo no coincidíamos en ninguna clase (para empezar, así estaría menos distraído), pero lo de no comer juntos me pareció una broma. Dirección tenía que saber que siempre habíamos estado juntos, que estábamos destinados a estar juntos. Seguro que, si echaba un vistazo por la cafetería, ella estaría allí.

Pero no fue así. Autumn comió durante el primer descanso, donde conocería a sus nuevos amigos. Luego también serían los míos, aunque entonces yo no sabía nada de eso.

Cuando finalmente me senté junto a Jack a una mesa casi vacía, este reaccionó como si me hubiera estado esperando. Habíamos estado juntos en la clase de Educación física de aquella mañana y chutamos una pelota con otros chicos cuando la profesora nos dejó tiempo libre. Pero no me senté allí porque hubiese reconocido a Jack; simplemente me senté en el primer asiento vacío que encontré, derrotado. Pero él se acordaba de mí. Me preguntó si alguna vez había visto fútbol profesional. Le dije que sí, sin mucho interés en conversar, sin escucharlo realmente, preguntándome qué estaría haciendo Autumn.

Y entonces Jack selló nuestro destino.

—Paolo Maldini es la razón por la que juego como defensa.

Levanté la cabeza de repente y lo miré por primera vez, fijándome en sus pecas y el tono rojizo de su pelo.

—Yo también —respondí—. Es mi…

Y dijimos los dos a la vez:

—Favorito.

No recuerdo el resto de la conversación, pero ya éramos amigos.

Esa noche, en la cena con nuestras madres, Autumn habló sobre las chicas con las que había comido, especialmente una llamada Alexis, y me alegré de que a ambos nos hubiera ido bien en el descanso. Durante esas dos primeras semanas pensé que tal vez todo el mundo tenía razón: nos iría bien hacer otros amigos. Yo podría tener a Jack para comer y jugar al fútbol, y a Autumn para todo lo demás. Y Autumn podría ir al centro comercial con esas compañeras. Todas esas cosas de chicas estaban empezando a ser importantes para ella, pero seguiría teniéndome a mí, como siempre, para todo lo demás.

Cuando mi madre me sentó para explicarme que ese año, después de la cena en familia que hacíamos por el cumpleaños de Autumn con el tío Tom, su padre, Autumn invitaría a sus amigas a una fiesta de pijamas en la que yo no podría participar, lo entendí. No me importó. Lo único que me confundió fue que me lo dijese mi madre y no Autumn.

Decidí que era una cuestión de tiempo. Yo estaba en todas las clases avanzadas y Autumn no, ni siquiera en la de Inglés. El año anterior había sacado un aprobado bajo en esa asignatura. Se había leído todas las lecturas obligatorias en cuarto, por lo que en sexto dedicó el rato de lectura a leer a Stephen King a escondidas. Luego escribió los comentarios de texto basándose en lo que recordaba de dos años atrás. Pensé que era impresionante que hubiera sacado un aprobado bajo en esas circunstancias.

Como no asistíamos a las mismas clases, nuestros deberes eran diferentes. No tenía mucho sentido

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