1
Ada
Todo comenzaba con un escalofrío.
Con el vello erizándose en los brazos.
En las piernas.
Después, un cosquilleo a la altura de la nariz.
Siempre sucedía así. Como si me hubiera estado ocurriendo toda la vida. Como si fuese algo superior a mí, algo que llevase sucediendo desde muchos años antes de mi existencia y que fuera inevitable e imposible de controlar.
Primero, los dedos de los pies se me hundían en la hierba y poco a poco se sumergían en el barro húmedo y frío, fundiéndose con la tierra como si yo misma fuese a echar raíces. Como si pudiera respirar a través de ellos.
Estaba en el bosque. No necesitaba mirar a ningún lado para saberlo con certeza. Esas cosas se saben. Cuando estaba en el bosque, absolutamente todos mis sentidos entraban en alerta. A través del tacto notaba la hierba, el cosquilleo del viento. La vista buscaba el camino entre las hojas de los árboles. El oído, agudizado, me señalaba de pronto la ubicación de los animales que me rodeaban: el ulular de un búho a lo lejos, el correteo nervioso de una lagartija…
Y el olfato. Sobre todo el olfato.
El escalofrío se intensificó. Hinché el pecho, llenando los pulmones de aire y permitiendo que el aroma invadiese cada centímetro de mi cuerpo. Tierra, agua, hierba, sangre aún húmeda, una presa fácil. Sabía dónde estaba. Mis extremidades temblaban de pura anticipación.
Giré la cabeza hacia mi derecha, siguiendo el rastro que me indicaba la nariz. Era allí. Estaba cerca. Eché a correr en esa dirección, sorteando a mi paso las raíces de los árboles y los obstáculos que me encontraba por el camino.
Durante el breve instante en que bajé la mirada, me topé con mis brazos. Solo que ya no eran brazos. En su lugar, unas fuertes patas cubiertas de pelaje blanco avanzaban entre la maleza.
Y entonces, desperté.
Me llevé una mano temblorosa a la frente para tratar de apartar el pelo que se me había quedado pegado por el sudor. Miré a mi alrededor. Acostumbrada a ver en la oscuridad, distinguí sin dificultad mi habitación en el Ipurtargiak: la litera, la colcha de cuadros, la mesilla de noche, el póster del equipo de pelota de Emma en la pared.
Seguía allí.
No me había movido de la cama, por mucho que todo mi tembloroso cuerpo pareciera sugerir lo contrario.
Moví las manos, abriendo y cerrando los dedos como si una parte de mí necesitase comprobar que seguían siendo míos. Que seguía teniendo dedos, y no garras, al final de mis brazos.
Suspiré con algo de alivio.
«Estás aquí —volví a decirme—, estás a salvo, vuelve a dormirte».
Debería estar acostumbrada. En el fondo, esa pesadilla (si es que podía considerarla una pesadilla) se había convertido en un pequeño ritual nocturno. Se repetía con mucha frecuencia, cada dos o tres noches, más o menos, a veces más. Pero de alguna manera, cada noche que pasaba me resultaba más complicado despertarme, despegarme de esa piel de lobo y volver a aterrizar en mi cama.
De pronto, escuché un ruidito. Un sonido muy familiar, nunca mejor dicho. Encima de mí, en la litera de arriba, Emma cambiaba de postura y se aclaraba la garganta. Estaba profundamente dormida, ajena por completo a mis pesadillas.
No entendía cómo no la despertaba sin querer. Estaba convencida de que muchas noches me había despertado gritando, sobresaltada por una cacería demasiado intensa o el susto de verme sorprendida por otro animal camuflado entre las sombras.
Pero no, no parecía que Emma se hubiera dado cuenta de nada. Su respiración seguía tranquila y lenta en la litera de arriba.
Me hice un ovillo en la cama.
Era mejor así, ¿no? No tenía sentido contárselo. ¿Para qué?
Soñar que te conviertes en lobo nunca es un buen augurio. Pero menos todavía si la sangre de las Tinieblas corre por tus venas.
2
Teo
A esas alturas, solo sabía que corría. Corría y corría, sin un rumbo fijo. Corría lo más rápido que me permitían las piernas, pese a que ya notaba una punzada justo en las pantorrillas y sabía que no iba a poder aguantar mucho más. ¿Cuánto tiempo llevaba ya corriendo?
A mi alrededor, sombras. Figuras humanas que, a esa velocidad, casi parecían animales o monstruos confundidos en la noche. Yo a duras penas podía ver nada, en realidad. Había antorchas desperdigadas por los terrenos, sí, especialmente rodeando las caballerizas del Ipurtargiak, pero iluminaban lo justo como para asegurar que no nos despeñaríamos por un terraplén; no mucho más. Yo no tenía la más remota idea de qué había en el suelo entre zancada y zancada, así que corría absolutamente convencido de que en cualquier momento iba a pegarme un buen tortazo.
—Bien, ¡bien! Calentamiento completado —anunció una voz de lo más irritante—. ¡Ahora empieza el entrenamiento de verdad!
Si hubiera tenido fuerzas para algo, habría gritado: «¿Cómo que el calentamiento?», pero me veía incapaz de hacer otra cosa que no fuera sujetarme el costado con las manos y tratar de recuperar la respiración de la forma más digna posible.
Ah, sí, estaba en medio de una clase, ¿no lo había dicho? Ya, mi descripción parecía más propia de una película de terror, sí, pero es que terror era exactamente lo que esas clases provocaban en mí. Terror, puro terror, con el punto justo de comedia para reírme de mí mismo de vez en cuando, y personajes secundarios de esos que sabes que en cualquier momento se van a transformar en monstruos y van a matarte. Sí, vale, igual estaba exagerando un poco. ¡Pero solo un poco!
La cuestión es que en el Ipurtargiak habían introducido un módulo nuevo. Por lo visto, habían encontrado formas más creativas de torturarnos que obligarnos a aprender cinco siglos de tratados de brujería. ¡Ahora también hacíamos sentadillas!
Todo esto tenía una explicación, por supuesto: el «incidente». Así es como llamaban a la noche en que Sugaar se enfrentó a los humanos en la batalla. No dejaba de ser gracioso que lo llamasen «incidente», con la misma falta de gravedad que si a alguien se le hubiera colado una polilla en la cocina.
Pero era mucho más que eso. Por mucho que quisieran esconderlo detrás de una palabreja inofensiva, la realidad era que el dios de la Destrucción nos había amenazado a todos los brujos, así que el Ipurtargiak no había tenido más remedio que cerrar sus puertas. Durante cuatro largos meses, nos mandaron a casa. Aquel tiempo fue… raro. Rarísimo. Nunca antes había cerrado el Ipurtargiak. Ni cuando se abrió una grieta en el portal y las criaturas escapaban al Mundo de la Luz, ni siquiera cuando Gaueko intentó matar a Mari y secuestró a mi prima Ada. Pero esta vez era distinto. Supongo que no todos los días un lagarto gigante decide intentar envenenar el bosque entero. Además, estaba eso, ese pequeño detalle del que todo el mundo hablaba y que verdaderamente marcaba la diferencia: esta vez, Sugaar había escapado con vida. Estaba ahí, en algún lado, planificando su venganza. Y eso significaba que nadie estaba seguro.
Por eso, los líderes decidieron que lo mejor era que, al menos durante un tiempo, aquellos que teníamos familias en el Mundo de la Luz nos fuéramos a casa. Yo lo hice, así que pasé cuatro largos meses sin ver Gaua. Sin ver a Emma, ni a Ada, ni a Nagore ni a nadie. Sin saber si íbamos a volver, ni cuándo, ni si Sugaar encontraría una manera de destruirlo todo mientras yo estaba en Bayona con mis padres sin enterarme de nada.
No sé qué pasó para que un día decidieran que volviéramos a clase. No sé si realmente llegó un día en que Nora y el resto de los líderes encontraron una solución definitiva para nuestros problemas o si sencillamente se levantaron una mañana y decidieron que ya estaba bien. A veces pienso que tarde o temprano llega un punto, no importa lo horrorosa o terrorífica que sea la situación, en que el que se impone la necesidad de volver a la normalidad. Aunque haya una guerra. La vida tiene que seguir, supongo, los niños tienen que seguir yendo al colegio, los mercados tienen que seguir abiertos, la gente tiene que volver a hablar de tonterías. El miedo es una emoción muy intensa, sí, pero también es extraordinariamente agotadora.
Yo no te voy a mentir. Cuando recibí la noticia de que el Ipurtargiak reabría sus puertas, no pensé en Sugaar. No pensé en los riesgos ni en qué supondría volver a Gaua cuando había sido yo (yo, precisamente, aun con la ayuda de Haizea) quien había frustrado el intento de envenenamiento del bosque de Sugaar, desactivando aquella vela envenenada. No pensé en que eso me había convertido, probablemente, en una de sus personas menos favoritas del mundo. No se me ocurrió nada de todo eso. Simplemente, me puse a dar saltos encima de la cama, feliz de poder regresar.
¡Y ni que fuera yo un fan de las clases, precisamente! Pero todo eso, incluso volver a enfrentarme a aquellos tomos inmensos con fechas de tratados de brujería, era mejor que estar en casa preguntándome si iba a volver a Gaua alguna vez o si mi vida ya iba a ser así para siempre, recluido en mi casa de Francia y limitándome, en fin, a no meterme en líos nunca más. Era insoportable.
Ah, pero desde luego yo no contaba con la sorpresa que nos esperaba a la vuelta. Si creía que el Ipurtargiak iba a seguir como siempre, estaba muy equivocado.
—¡Eh, mira por dónde vas!
Un empujón me hizo darme cuenta de que todos mis compañeros habían empezado a correr y yo me había convertido en un obstáculo en medio del campo.
Exactamente a eso me refería. Antes del «incidente», en el Ipurtargiak apenas había clases físicas. Había una clase de deportes del valle, sí, pero era una asignatura muy sencilla en la que aprendíamos a jugar a pelota y otros deportes de equipo que hasta entonces nadie se tomaba demasiado en serio. ¿Ahora? Ja. Ahora parecía que estuviéramos entrenando para ser los primeros en aterrizar en Marte.
No había sido de un día para otro, claro. La primera semana de clases nos lo anunciaron de una forma que desde luego sonaba mucho más amable, mucho menos intensa. «Módulo de Resistencia Mágica», dijo Nora en su presentación como directora del Ipurtargiak, aunque algo en la forma en que lo dijo ya me hizo sospechar que todo ese asunto no le hacía demasiada gracia. A todos nos sorprendió. Nora siempre había dicho aquello de que «la magia se traía aprendida de casa»; fue una de las primeras frases que le escuchamos pronunciar hace ya algunos años, cuando pusimos por primera vez el pie en Gaua. ¿Y ahora de repente habían creado un módulo específico sobre resistencia mágica? ¿Qué significaba eso de resistencia mágica, de todas formas?
Si me lo preguntas a mí, te diré que me sonaba un poco igual que lo de llamar «incidente» a cuando todos estuvimos a punto de morir a manos de Sugaar: una patraña, vamos. O un eufemismo, como lo llamaba Nagore, siempre tan correcta. Porque eso no eran clases de resistencia, qué va. Eran clases extremadamente físicas que combinaban ejercicio con técnicas de control y ejecución de magia bajo presión. Es decir: una clase para estar preparados para lo peor.
Puede que nadie lo dijera en voz alta, pero aquello era una verdad latente de la que parecíamos ser conscientes todos: en cualquier momento volvería la guerra. Y teníamos que estar preparados para defendernos.
—¡Tú! El chico Sensitivo que está ahí pasmado. —Di un respingo cuando me di cuenta de que estaban hablando de mí—. Vamos, ¡levanta ese tronco!
Dirigí la mirada hacia el lugar de donde provenía esa voz gruesa y firme. Un hombre fuerte me señalaba, haciendo que todos los alumnos dirigieran su atención hacia mí. Había algo en él que hacía que me temblasen las rodillas, y no creo que tuviera tanto que ver con los enormes músculos que se marcaban en sus brazos, sino más bien con el uniforme que los cubría: el emblema del ejército del Concilio.
Sí, definitivamente esa era la peor parte. El ejército del Concilio estaba a cargo del módulo de Resistencia Mágica. No tenía ni idea de cómo lo habían conseguido ni cómo Nora había permitido que metieran sus zarpas en asuntos del Ipurtargiak, pero la realidad es que lo habían logrado, y ahora campaban a sus anchas por nuestro instituto como si fueran los dueños del mundo.
Miré a mi alrededor, encontrándome con las miradas atentas de otros alumnos, y respiré hondo. Estaba agotado. Notaba el sudor en la camiseta. Pero ¿acaso tenía otro remedio que obedecer?
—¿Qué pasa, chico? —insistió el profesor—. ¿E
