Cuando recibe el primer golpe, en un punto impreciso entre el pómulo derecho y la nariz, experimenta más incredulidad que dolor. No acaba de entender qué hace allí ni por qué aquellos dos hombres, a los que ha visto de uniforme un par de veces por el pueblo y que ahora visten de paisano, lo han sacado en plena noche de su cama, se lo han llevado al cuartelillo, lo han atado al respaldo de una silla y, sin preguntas ni explicaciones de ningún tipo, de pie frente a él, uno a cada lado, han empezado a golpearle en la cara como quien cumple un rito o un encargo. ¿Qué puede haber hecho él, hombre de bien sin ninguna adscripción política, respetuoso con la ley y temeroso de Dios, para ser agredido de esa manera? Se lo pregunta y lo manifiesta en voz alta: «¿Qué he hecho? ¿Por qué me pegáis?». Por respuesta solo recibe la carcajada de aquel que le ha propinado el primer puñetazo, seguida de una vaharada de vino y una mirada demente.
Sí siente en su total magnitud, en cambio, el dolor del segundo porrazo, sacudido a mano abierta por el otro hombre y encajado, ya con más temor que sorpresa, en el lado izquierdo de la cabeza. El impacto le produce una punzada intensa antes de sucumbir a un desmayo del que regresa a duras penas a la realidad, una realidad que tiene, a pesar de la contundencia de la agresión, algo de la fragilidad de los sueños. Aturdido, intenta encontrar una explicación. ¿Por qué le están agrediendo de esa manera? ¿A quién ha podido faltar o qué obligación ha podido desatender? No ha ido al frente ni tiene delitos de sangre. Ni siquiera ha pronunciado, durante toda la guerra, una sola palabra contra nadie: ni contra los vencedores ni contra los vencidos. La discreción, el trabajo y la debida obediencia han sido sus guías. ¿Por qué entonces lo tratan como si fuera un enemigo?
En su búsqueda apresurada de un motivo, acude de pronto a su memoria, justo cuando un nuevo y rotundo puñetazo le revienta el ojo derecho, la imagen de aquella familia amiga durante el invierno anterior, cuando tantos huyeron a Francia ante el avance de las tropas nacionales. Se citaron de noche en las afueras del pueblo y él les entregó mantas y alimentos para que pudieran atravesar los Pirineos. Actuó por pura compasión cristiana, como haría cualquier alma caritativa, pero tal vez algún fanático, de los que abundan en estos tiempos convulsos, lo vio ayudándolos y ahora, una vez acabada la guerra, ha ido con el cuento a las autoridades. Por rencor, para medrar o por simple maldad.
Si esa es la causa, piensa mientras recibe la primera de una secuencia de patadas en el vientre, solo le queda una salida: invocar el nombre de su amigo Narciso, gran triunfador en la contienda y figura de máxima confianza del Caudillo. Seguro que su sola mención despierta el temor en aquellos dos hombres y detienen al momento la agresión. Aunque desde que acabó la guerra no ha logrado hablar con él, confía en que su amistad siga viva y en que el sueño de juventud que concibieron juntos, siendo apenas unos quintos, podrá reactivarse en breve, cuando las aguas vuelvan a su cauce y se apaguen los ecos del horror. Sin embargo, cuando acierta a decir, con el escaso aliento que le ha dejado la última coz, «Soy amigo de Narciso Vidal», los otros dos estallan en ostentosas carcajadas envueltas en vapores etílicos. Es en ese preciso instante cuando se da cuenta de que todo está perdido.
Lo siguiente que nota es un empujón en un hombro que lo desequilibra y hace que él y la silla caigan a un lado como un tentetieso defectuoso. Durante el fugaz trayecto que dibuja su cabeza hasta impactar contra el suelo de ladrillo, le asalta la certeza de que su amigo lo ha traicionado y de que la vida, la que ha anhelado durante tanto tiempo y la única que le parece merecedora de ser vivida, se ha acabado.
1
El mensaje era escueto y claro: «Estoy en un apuro. Llámame, por favor».
Era la primera noticia que tenía de él desde hacía un mes, exactamente desde que le comuniqué que dejaba la unidad. El tono era muy diferente al de entonces. No hubo aquel día, el de mi despedida, ningún «por favor», sino reproches y algún que otro comentario envenenado. Podía entenderlo: lo había puenteado para conseguir mi nuevo destino, y lo había hecho deliberadamente, a sabiendas de que él nunca lo aprobaría.
—¿Me estás diciendo que dejas la mejor unidad de investigación criminal del país para tramitar DNI y pasaportes en Figueres, en el culo del mundo? ¡¿En serio?!
—No puedo seguir, Ramiro, lo siento. Estoy mal. Tengo ataques de ansiedad cada media hora.
—¿Ansiedad? ¡No me jodas, López! Nosotros vivimos en la puta ansiedad todos los días, somos ansiedad con patas.
Estábamos los dos de pie en el centro justo de su despacho, la puerta cerrada para que nadie pudiera oírnos y las lamas de las cortinas inclinadas para que nadie pudiera adivinar, a través de las paredes de cristal a media altura, de qué hablábamos. Ramiro agitaba los brazos delante de mi cara con una agresividad que le había visto pocas veces con su gente. Por un momento pensé que me iba a soltar un puñetazo. En lugar de eso, se giró con violencia, dio unos pasos hasta su sillón y se dejó caer en él. Desde allí me dedicó una mirada irónica.
—Vas a volver, López. La adrenalina o la dopamina o lo que coño segreguemos…
Hizo una pausa y me observó con una sonrisa a lo Joker ocupándole media cara.
—Eso engancha, López. Y tú estás tan enganchado a las emociones fuertes como yo, y como el resto de la unidad. En dos días me vas a suplicar que te readmita.
—No, Ramiro. Estoy jodido, nunca me había pasado esto. No me veo capaz de nada, necesito largarme lejos. Hace semanas que no duermo si no es con pastillas.
—Eso no es ninguna novedad. Aquí todos toman pastillas, y tú lo sabes. Hasta yo las he tomado a veces.
Iba a decir que sí, que lo sabía, que, aunque nadie lo admitía, todos conocíamos las mierdas de todos, pero no lo hice. No tenía ganas de alargar la conversación más de lo necesario. Estaba empezando a notar palpitaciones en el pecho que amenazaban con acelerarse y desbocarse, como me había sucedido dos meses atrás, cuando tuve una crisis por primera vez en mi vida. Había oído muchas veces hablar de ataques de pánico, pero nunca había experimentado uno. Pensé que me moría, que el pecho me explotaba, que me estaba volviendo loco. Afortunadamente me pilló en casa solo, las niñas estaban con Marisa. No quiero ni pensar en el susto que se habrían llevado. Cuando ocurrió, reuní el ánimo suficiente para ir a las Urgencias del Gregorio Marañón, donde me hicieron esperar tres horas y me atendieron con una expresión resignada, la de «otro con ansiedad, qué jodido está el mundo». Se me pasó por la cabeza sacar la placa y exigir que se ocuparan de mí cuanto antes, pero estaba tan asustado que me quedé en una silla de plástico de la sala de espera sin rechistar, encogido, doblado sobre mí mismo. Nunca, en dos décadas como agente de operaciones especiales, había experimentado un miedo parecido.
—Es por la cagada de la T4, ¿no? —preguntó de pronto Ramiro, y por un momento pensé que me iba a ofrecer una baja temporal o unas vacaciones para que descansara, pero se limitó a añadir sin esperar respuesta—: Eso no va a ir a ninguna parte, ya lo hemos hablado. Somos demasiado valiosos para que nos jodan. Les limpiamos la mierda y a cambio nos dejan hacerlo a nuestra manera.
No quise entrar ahí. Eso nos habría llevado por terrenos que no quería transitar. Además, estaba empezando a agobiarme. Notaba calor por todo el cuerpo y sudor en la frente, en el pecho, en las axilas. Quería salir de aquel despacho cuanto antes. Me di la vuelta, caminé hasta la puerta y la abrí. Ramiro me llamó:
—¡Espera!
Giré el torso, dejando los pies encarados hacia la salida. Parecía un contorsionista. Él se levantó de un salto y se plantó en dos zancadas a mi lado. Por segunda vez pensé que me iba a agredir, pero no lo hizo. Se acercó un poco más y, a un palmo escaso de mi cara y con la respiración agitada, soltó con tono lapidario:
—Recuerda una cosa, López: puedes alejarte de aquí, puedes incluso dar la espalda a las miserias humanas, pero no puedes huir de ti mismo ni de tus miserias.
2
Cuando aquel lunes de agosto leí el mensaje de Ramiro, más de un mes después de nuestra despedida en su despacho, me dio un brinco el corazón. Fue una respuesta espontánea, un resorte, un reflejo. Luego llegaron los pensamientos. El primero: «Dios, ¿por qué no me deja en paz?». El segundo: «Tenía que haberlo bloqueado». El tercero, mezclado con un sentimiento ambiguo a medio camino entre la repulsa y la curiosidad: «¿Qué cojones querrá ahora?».
En aquellas pocas semanas que había pasado lejos de Madrid y de la Unidad de Operaciones Especiales, la UOE, había logrado encontrar cierta paz. Al principio cometí el error de alquilar un apartamento a pocos metros de la comisaría, prácticamente enfrente del Museo Dalí, en pleno centro de Figueres. El hormigueo de turistas era constante, poco que envidiar a los alrededores del Prado cualquier fin de semana del año. A aquello había que añadir que era verano y las temperaturas rondaban los cuarenta grados. Un cóctel insufrible para cualquiera, más aún para alguien que huía de la gran ciudad buscando calma y sosiego.
Por suerte, a los pocos días de incorporarme, una compañera de la comisaría me habló de una pequeña casa en un pueblo de la zona, a pocos kilómetros de Figueres. Había sido de sus padres y no la usaba porque vivía con su marido y sus hijos en una vivienda unifamiliar de nueva construcción con piscina. El sueldo de policía no daba para tanto, pero al parecer el marido tenía una pequeña empresa de construcción. La casa que alquilaba era medianera, con fachada de piedra, suelo de gres y techos altos que mi compañera describió como de volta catalana, un tipo de bóveda de ladrillos que, como supe después, es muy habitual en la región. Me pareció cálida nada más entrar. Sentí una especie de abrazo invisible, como si las paredes y los techos, o mejor, la casa entera, me dieran la bienvenida y me acogieran. En los últimos tiempos había empezado a sentir cosas extrañas como esa, intuiciones o premoniciones que normalmente desafiaban mi racionalidad y que no sabía cómo interpretar. Por supuesto, no se lo expliqué a mi compañera. Habría pensado que el tipo que prefería hacer DNI y pasaportes en una ciudad pequeña cerca de la frontera con Francia en lugar de disfrutar de los privilegios y el prestigio de la todopoderosa UOE era todavía más raro de lo que parecía. No dejaba de pesarme la mirada desconfiada de mis compañeros, que solo acertaban a entender mi presencia allí como un castigo por insubordinación o una artimaña sofisticada del Cuerpo para introducir a un agente de operaciones especiales en una zona donde casi todas las competencias estaban en manos de los Mossos d’Esquadra, la policía autonómica.
No dudé ni un minuto en quedarme la casa. Tenía los muebles y los electrodomésticos básicos que podía necesitar y la ventaja de estar muy cerca de la estación de AVE de Figueres, lo que facilitaba la posibilidad de que las niñas vinieran a pasar conmigo algún fin de semana o de ir yo a Madrid a verlas. Marisa no se había tomado nada bien mi decisión de irme tan lejos, ni cuando traté de explicarle que era por una razón de salud ni cuando le dije, apurando los límites entre la verdad y la verdad a medias, que sería solo por un tiempo. Eran ya muchos años de horarios imposibles, viajes constantes, responsabilidades desatendidas y silencios incómodos. Todo eso nos había llevado a la separación hacía apenas seis meses. Fue ella la que dijo basta. Una madrugada, al regresar de una misión, me envió a dormir al sofá, y al día siguiente me urgió a que hiciera las maletas y me buscara otro lugar donde vivir. Fue así, de un día para otro, aunque en realidad la grieta entre ambos llevaba tiempo ensanchándose.
La casa de Vilademont, que es como se llamaba el pueblo, tenía dos habitaciones con sendas camas dobles. Compré lo mínimo —dos juegos de sábanas, unas toallas y poco más— y me acomodé. Durante aquellas primeras semanas apenas salí más que para ir a trabajar y a comprar. Cumplía con mi turno de ocho a tres, comía cualquier cosa y me pasaba las tardes en el sofá leyendo o dormitando. Poco a poco empecé a sentir cierta calma, cierta sensación de paz recuperada, de seguridad en mí y en el mundo. Pero entonces entró el mensaje de Ramiro y todo se agitó de nuevo. «Estoy en un apuro. Llámame, por favor». Me quedé mirando el móvil sin pestañear. Después de un minuto, la pantalla fundió a negro y decidí no contestar.
No había pasado ni una hora cuando sonó de nuevo el móvil. Esta vez era una llamada. Me pilló engrasando la cadena de la vieja K75 en el patio trasero de la casa. Allí la encerraba cada día cuando volvía de la comisaría o del supermercado, aunque era improbable que alguien quisiera robar una moto de casi cuarenta años y muchísimos kilómetros. En Wallapop apenas se habría vendido por dos mil euros. Pero para mí tenía un gran valor: era la moto que mi padre había utilizado durante muchos años, aquella en la que había hecho varios viajes por España y por el resto de Europa antes de que naciéramos sus hijos; aquella en la que me daba vueltas cuando yo era un niño bajo la mirada reprobadora de mi madre; aquella con la que, incluso después de comprarse otra más moderna, salía los fines de semana con un par de amigos y volvía con la felicidad estampada en el rostro; aquella a la que, cuando se jubiló y tuvo más tiempo, dedicaba más atenciones que a su propia salud, y aquella que, al final de sus días, se quedó triste en un garaje durante un par de meses hasta que mi madre un día me llamó y me dijo: «He hablado con tus hermanos y están de acuerdo. Llévatela. Tu padre habría querido que te la quedaras tú». Desde aquel día hacía un año, engrasaba la cadena un par de veces al mes y comprobaba que estuviera bien tensada, como tantas veces le había visto hacer a él. Era una forma de recordarlo y de seguir con un duelo que estaba durando más de lo que había supuesto.
Me quité la grasa de las manos con parsimonia mientras observaba el nombre de Ramiro en la pantalla del móvil, que estaba en el suelo a mi lado. Me tomé mi tiempo para ver si se cansaba o se impacientaba, y decidía colgar, pero debía de estar realmente en un apuro, porque aguantó hasta que lo cogí. Dejé que fuera él quien iniciara la conversación.
—¿Qué tal, López, cómo va la crisis de los cuarenta?
No dije nada. Ramiro, temeroso tal vez de que colgara, cambió entonces el tono.
—Perdona, solo bromeaba. ¿Cómo estás?
—Hasta hace un minuto, tranquilo.
—¿Y un poco aburrido?
—He dicho tranquilo.
Sentí un conato de placer al ver que era capaz de mantenerme firme y no dejarme arrastrar por las habituales estrategias manipuladoras de Ramiro. Debió de notarlo, porque optó por ir de frente.
—Ya veo que no estás para bromas. Vale, voy al grano. Mira, resulta que he recibido hace un rato una llamada de las altas esferas. Ha pasado algo y quieren que nos encarguemos.
—Que te encargues, querrás decir.
—¡Vale, sí! ¡Qué susceptible estás, joder!
Le incomodaba tener que medir las palabras, más todavía con alguien que hasta hacía nada era su subordinado.
—El tema —siguió después de resoplar— es que, casualidades de la vida, los hechos se han producido muy cerca de tu nuevo destino. Es un empresario catalán. Tiene negocios turísticos, inmobiliarios y varias bodegas, entre ellas Mas Vidal, una de las más grandes de España. Alta burguesía catalana de toda la vida, un pez gordo. Quizá no te suene porque es un tío discreto, muy poco dado a aparecer en los medios, pero está entre las cien fortunas más grandes del país.
Le di vueltas a la ruleta de mi memoria, pero no me salió nadie que respondiera a esa descripción. Tampoco quise preguntarlo. Di por supuesto que Ramiro me lo contaría enseguida.
—El hombre desapareció ayer domingo —prosiguió—. Tiene noventa años y ahora son sus hijos los que llevan los negocios familiares. Son ellos los que han dado la alerta. Se ve que estaban pendientes de la vendimia y no se han dado cuenta hasta esta mañana de que no estaba en su casa.
—¿Y desde cuándo la UOE se dedica a buscar ancianitos perdidos?
—El ancianito, como tú lo llamas, es Mateu Vidal Trias. Si lo googleas verás que es todo un personaje. Su padre fue íntimo de Franco y apoyó el Alzamiento. Y él, además de uña y carne con Pujol durante varias décadas, ha sido presidente de La Caixa, del Círculo de Economía y de cuatro o cinco asociaciones más de esas que cortan el bacalao en Cataluña y en buena parte de España. El poder en la sombra, chaval, los que realmente mueven los hilos.
—¿Y por qué te encasquetan a ti el marrón? Se tendrían que ocupar los Mossos, ¿no?
—Sí, pero resulta que Arnau Vidal, el primogénito del tal Mateu, no confía mucho en los Mossos. Y por una de esas cosas del networking entre las clases pudientes, tiene el teléfono directo del ministro. Ya sabes cómo va esto: alguien llama al ministro, el ministro llama al jefazo del Cuerpo y nuestro amo sapientísimo me llama a mí.
—Y tú a mí —rematé la secuencia—. Que ya no estoy a tus órdenes, por cierto.
—Soy consciente, López, por eso no te lo ordeno, te lo pido por favor. Y sabes que me revuelve las tripas tener que rebajarme a esto, así que ten un poco de compasión, aunque solo sea por lo que hemos vivido juntos.
Ramiro no era en realidad un mal tipo. Se había portado bien conmigo durante todos los años que había trabajado en su unidad. De hecho, me había salvado el culo varias veces, la última después de mi cagada en la T4. Todos sabían que me precipité, que me pudo el ansia y me acerqué demasiado y provoqué el intercambio de disparos. Él también, pero presentó todo tipo de informes favorables sobre mi eficacia como agente, mi entrega durante dos décadas al Cuerpo y mi fidelidad a la patria. Era de su equipo, y a alguien de su equipo no se lo podía tocar, eso sí lo tenía Ramiro. Así que tal vez le debía algo, aunque fuera un pequeño favor como aquel que no se animaba a pedirme explícitamente porque le tocaba los cojones pedir favores. Aun así, decidí resistirme un poco más.
—¿Y por qué no envías a alguien de la unidad?
—Si tú me dices que no, tendré que hacerlo, qué remedio. Pero tú eres… Bueno, eras mi mejor hombre.
—No me dores la píldora, Ramiro, que nos conocemos. Lo que pasa es que andas justo de efectivos, como siempre, y a mí ya me tienes aquí.
Hubo una pausa. Su silencio evidenció que yo estaba en lo cierto.
—Dime una cosa: ¿por qué quieren que vaya uno de los nuestros a investigar una simple desaparición? Aunque sea un empresario con contactos en las altas esferas no es el papa Francisco. Lo más probable es que haya salido a pasear por el campo y se haya perdido, o le haya dado un infarto. Y eso lo puede solucionar hasta la policía local.
—Llevan todo el día buscándolo y no aparece. Y con noventa años no tiene pinta de que haya podido ir muy lejos. Sospechan que puede haber algo más, quizá un secuestro. Eso es justamente lo que quiero que averigües. Con discreción y respeto, claro, porque el asunto lo llevan oficialmente los Mossos.
Tanto Ramiro como yo sabíamos a aquellas alturas de la conversación que iba a aceptar, aunque solo fuera por los viejos tiempos y por los viejos favores, por saldar posibles deudas y porque no quedara nada en el debe ni en el haber. Y también porque ahora, a diferencia del pasado, tenía la libertad de dejarlo cuando quisiera.
—¿Qué quieres que haga? —pregunté al fin.
—Llama a la comisaría de los Mossos de Girona, ahora te mando el teléfono. Pregunta por la inspectora Mercè Solius.[1] Sé simpático, por favor, porque no le va a hacer ninguna gracia que los Vidal hayan recurrido a la Policía Nacional en vez de confiar en la autonómica.
Por ahí todavía campan a sus anchas los fantasmas del franquismo.
—Por aquí y por todas partes.
—Vale, pero no entremos ahora en eso, López, por favor, que nos perdemos y me están apretando.
—¿Y si no me coge el teléfono?
—Te lo cogerá.
Un nuevo silencio. Solo se oía la respiración de Ramiro al otro lado. Quedaba ya poco por decir. Me permití el lujo de darle una orden:
—Envíame los datos y el informe sobre el desaparecido a mi correo personal.
—En un minuto.
Iba a colgar cuando le escuché decir, con un hilo de voz apenas perceptible:
—Gracias, López.
3
Llamé a la inspectora Solius aquella misma tarde a su móvil, pero lo tenía desviado a la centralita. Conseguí hablar con alguien de su equipo, que después de una rápida consulta me citó al día siguiente a las nueve en la comisaría de Figueres. Fue inusualmente fácil. Seguro que Ramiro había movido los hilos para preparar mi aparición. Me podía imaginar su conversación con el mayor de los Mossos, trufada de frases a medias y sobrentendidos:
—Perdona, Jordi, tú ya me conoces…
—Por supuesto, Ramiro.
—Y sabes que no me gusta tocarle las narices a nadie.
—Ni que te los toquen a ti.
—Exacto. Si fuera por mí…
—Lo sé, lo sé.
—Así que te lo agradezco.
—No hay de qué, hoy por ti y mañana por mí.
—Pues ya sabes, aquí me tienes.
—Te tomo la palabra.
—Cuando quieras.
Etcétera.
Después de acordar la cita con la inspectora para la mañana siguiente, me animé a dar una vuelta. Estábamos en agosto y el día todavía era largo. Decidí caminar por los alrededores del pueblo, algo que no había hecho en el mes que llevaba allí. Tomé un sendero de tierra que arrancaba frente a mi casa, junto a la ribera de un riachuelo que apenas llevaba agua, y ascendía hacia una loma. Bordeé varios campos de cereal segados, que habían reverdecido gracias a las lluvias recientes, inusuales en aquella época del año, y atravesé un pequeño bosque de pinos, encinas y arbustos. Desde lo alto la vista impactaba: hacia el norte, la estampa imponente de la sierra de la Albera, frontera natural con Francia; hacia el este, el cabo de Creus, colofón de los Pirineos antes de morir en el mar; hacia el sur, una llanura cuarteada irregularmente por campos de cultivo que se extendían sin límite en dirección a Girona y, más allá, Barcelona, y hacia el oeste, la silueta, recortada sobre la luz crepuscular del sol que acababa de esconderse, de la montaña de la Mare de Déu del Mont. Me sentí como una ridícula mota de polvo dentro de un gigantesco marco de montañas con un único lado abierto, aquel que comunicaba con el resto de España y por el que había llegado a aquella tierra fronteriza expulsado por la fuerza centrífuga de la capital, buscando el equilibrio perdido, la serenidad que ya no encontraba en Madrid.
Me quedé unos minutos contemplando el atardecer y luego descendí por un sendero pedregoso que discurría entre matojos, bordeando varios campos de olivos, hasta llegar a una zona de huertos que se desplegaban a ambos lados del camino. En uno de ellos trabajaba pausadamente un hombre que debía de rondar los setenta. Doblado sobre sí mismo, recogía algunas hortalizas. Debió de escuchar mis pasos, porque se incorporó, se giró y me saludó con una sonrisa franca. Parecía feliz junto a su capazo de pimientos, berenjenas, judías y tomates recién arrancados de la mata. Por un momento me imaginé comprando o alquilando uno de aquellos huertos (había varios baldíos) y dedicándome por las tardes a plantar mis propias hortalizas. Se me antojó una buena forma de cerrar el círculo: mis padres habían emigrado en los sesenta del campo a la ciudad en busca de prosperidad y yo ahora, varias décadas después, regresaba al campo en busca de tranquilidad. Fantaseé con una calma de tardes plácidas entre tomateras viendo ponerse el sol, y con un placer de tierra mojada, aromas de higuera y verduras que saben a lo que son… Pero la ensoñación duró poco: a pesar de mi necesidad reciente de reposo, de silencio y de calma, no me veía todavía como un hombre retirado del mundo. Más aún, la simple idea de sentirme apartado de todo lo que hasta entonces consideraba importante me angustió, me produjo una súbita desazón. La sacudí a manotazos, como quien espanta una nube de mosquitos, antes de seguir caminando.
Tras pasar por un parque infantil sin niños llegué al bar. Era uno de los cuatro únicos comercios que, según me habían explicado, sobrevivían en Vilademont. Los otros eran la farmacia, la panadería y un pequeño colmado. El bar era el principal y casi único punto de encuentro. Con un letrero sobre la entrada que rezaba: Sindicat de Vilademont, por dentro era el típico local social de pueblo, con mesas redondas o
