UN CAMBIO EN LA MANERA DE PENSAR
La vida es un milagro que implica la mayor de las responsabilidades. Treinta y siete billones de células (un microcosmos de seres vivos) dependen de las decisiones que tomas en cada momento. Trata de reflexionar sobre esta enorme dosis de realidad por un instante. ¿Qué no harías por tus hijos, por tus padres y por tus otros seres queridos? Las células de tu cuerpo son individuos con pleno derecho. En condiciones adecuadas, algunas de ellas se pueden extraer, llevarse a un laboratorio y cultivarse. Allí estarían perfectamente bien. Vivirían un tiempo, se reproducirían, dando lugar a células nuevas, y cumplirían con sus funciones hasta el momento de su muerte. Millones de ellas mueren y nacen cada segundo dentro de ti. Si te detienes a reflexionar, te darás cuenta de la verdad que se halla en un texto escrito hace miles de años conocido como Tabla de Esmeralda, atribuido a Hermes Trismegisto, que comienza con esta triple afirmación:
Verdadero, sin falsedad, cierto y muy verdadero: lo que está abajo es como lo que está arriba, y lo que está arriba es como lo que está abajo, para realizar el milagro de la cosa única.
Este texto, que hay quienes afirman que podría tener hasta treinta y seis mil años de antigüedad, influyó en el trabajo y en la vida de grandes personajes, como Isaac Newton, san Alberto Magno o, más recientemente, el médico psiquiatra Carl Gustav Jung. Leerlo al completo y buscar más allá de su significado literal, que es el menos importante, nos permite tomar conciencia de que vivir bien es un arte y, como tal, debemos convertirnos en artistas. No sucederá de la noche a la mañana, por supuesto, pero todo comienza con un cambio en la manera de pensar.
Estas primeras frases de la Tabla de Esmeralda tratan de dos planos que se ponen en relación: arriba y abajo, cielo y tierra, ser humano y célula. Todo es lo mismo y uno a la vez. La parte nunca podrá ser comprendida sin el todo. Pero esta idea de la Tabla de Esmeralda no es distinta de la que aportan otros textos también antiguos; por ejemplo, al comienzo de la Biblia, el Génesis nos cuenta que Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza. De nuevo, aparece la idea de que lo de arriba es exactamente lo mismo que lo de abajo y viceversa, aunque estén en niveles completamente diferentes.
Tus células, por tanto, tienen también su Dios, y eres tú. De ti dependen las influencias de «lo alto» que reciben en cada momento. De ti depende la luz que las baña, el oxígeno y otras partículas presentes en el aire que reciben o los nutrientes con los que trabajan. Como lo de arriba es igual que lo de abajo, en ocasiones es más fácil estudiar el mundo celular y aplicarlo al nuestro, y en ocasiones es al contrario. De esta manera, aumentando el nivel de consciencia convertirás tu vida en una que merezca la pena ser vivida, y con ello pagarás la deuda de tu existencia.
Este libro supone un reto. Estamos acostumbrados a profundizar en los mecanismos biológicos y bioquímicos detrás de cada afirmación que escribimos. No lo haremos aquí, ya que para eso están los artículos de nuestra página web. En cambio, a lo largo de estas páginas, vamos a proponer fragmentos e ideas que probablemente supongan un choque para ti si es la primera vez que nos lees. El objetivo principal es triple:
• Tratar de desmontar los dogmas de salud existentes en tu modo de pensar.
• Despertar tu curiosidad en las partes más elevadas de tus centros mental, emocional y motor-instintivo.
• Proporcionarte herramientas que te servirán como punto de partida si deseas una vida saludable y longeva, así como mantener la enfermedad a una distancia prudente.
Y es que existen muchos dogmas arraigados en la sociedad. Cuando echamos un vistazo a la historia, no podemos evitar llevarnos las manos a la cabeza con las atrocidades que se han cometido en nombre de la ciencia. Grandes y respetados individuos padecieron un auténtico calvario durante toda su vida por defender sus descubrimientos astronómicos, médicos o matemáticos. A menudo, fueron apresados y torturados bajo el pretexto de atentar contra el dogma vigente. Lo que muchas veces no comprendemos es que lo que parecen historias antiguas propias de bárbaros y humanos poco evolucionados está sucediendo también en el presente. Simplemente, los dogmas cambian su apariencia, crean la ilusión de que todo va bien y destruyen la perspectiva necesaria. Los seres humanos modernos nos sentimos superiores, más evolucionados, justos y respetuosos con nuestros semejantes, pero se nos olvida que acabamos de salir del siglo más sangriento de nuestra historia, con dos guerras mundiales, y que estamos empezando el nuevo con una tercera en la recámara.
Por definición, un dogma es una creencia incuestionable. Para tumbarlo, se necesita un aporte muy consistente de pruebas sin error, durante muchos años, en sentido contrario. Aquellos que lo hacen con frecuencia son ridiculizados por sus contemporáneos y por sus colegas de profesión. Si tienen éxito, pasarán a la historia como personajes importantes en algún área del conocimiento, pero el precio que pagan en vida suele ser demasiado alto, por lo que se requiere de un enorme compromiso. Seguro que te vienen a la mente nombres como Galileo o Copérnico, pero también Giordano Bruno, a quien, después de pasar casi una década en prisión, quemaron en la hoguera el 17 de febrero del año 1600 por su «carácter rebelde»: defendía que la Tierra no era el centro del sistema solar y que el universo era infinito, con un sinnúmero de mundos en los que podría haber vida inteligente.
No tenemos que ir muy lejos para encontrar ejemplos más actuales. Ahora mismo, la Organización Mundial de la Salud (OMS) y otras instituciones con gran impacto en las políticas de salud y nutrición catalogan al sol, al beicon o al jamón dentro de los 121 agentes carcinógenos del grupo 1, en el que también se encuentra el plutonio. Citando textualmente, consideran que estos productos «causan cáncer a los humanos». La carne roja está incluida en el grupo 2A como alimento que «probablemente causa cáncer a los humanos». De igual manera, es un dogma que el colesterol y las grasas saturadas provocan enfermedades cardiovasculares, que los carbohidratos son imprescindibles en nuestra alimentación o que las frutas y las verduras son los alimentos más saludables. Todo esto son dogmas o creencias que nadie pone en duda, pese a no contar con ningún tipo de base científica que los sustente. Pero lo cierto es que el sol es la mejor de las medicinas; el beicon y el jamón son alimentos excelentes; el colesterol y las grasas saturadas no solo no causan enfermedad, sino que resultan imprescindibles para la vida; los carbohidratos son prescindibles y las frutas y las verduras son excelentes para dar colorido al plato. Si cualquiera de estas afirmaciones te resulta extraña, te pedimos un voto de confianza antes de que saques tus propias conclusiones.
La palabra griega original que aparece en la Biblia y se tradujo por ‘arrepentimiento’ era «metanoia». Una traducción más precisa sería ‘cambio de mente’. Decía el doctor Maurice Nicoll, colega y contemporáneo de Jung, que el trabajo sobre uno mismo comienza por librarse de la propia mente. «Meta» significa ‘más allá’, y «noia», ‘mente’. Para evolucionar y adquirir una nueva mentalidad, primero es preciso salir de lo que se cree conocer. A su vez, la palabra «pecado» también se tradujo incorrectamente. Lo que significa en realidad la palabra original es ‘no dar en el blanco’. La expresión «arrepentirse del pecado» hace referencia, entonces, a un cambio en la manera de pensar para así lograr una meta real. Cuando alguien se plantea el objetivo sincero de cuidar el universo que lleva dentro, debe comenzar por cambiar su mente, destruir los dogmas y abrazar una nueva realidad.
Como dice el doctor Guillermo Rodríguez Navarrete, los alimentos que da la naturaleza proporcionan salud; los que produce el hombre, dinero. Comencemos entonces eliminando al intermediario, que se mueve por intereses que nada tienen que ver con los tuyos. Este es, sin duda, un ejercicio muy sano.
LAS ENFERMEDADES DE LA CIVILIZACIÓN Y LOS GENES
Mucha gente piensa que la salud es cuestión de buena o mala suerte, que los genes lo determinan todo desde el momento de la concepción. Según esta visión, nada se puede hacer, salvo caminar por la vida con los dedos cruzados. Cuando una persona enferma de gravedad, no quiere imaginar ni por un solo instante su parte de responsabilidad. Echar la culpa a la providencia resulta más tranquilizador. Lo cierto es que, si existe un problema genético real, desgraciadamente este se va a padecer desde el comienzo de la vida. No obstante, las enfermedades genéticas son una excepción y desde los primeros años son nuestros hábitos los que determinarán la calidad de nuestra existencia.
Tus genes están escritos en piedra y debes convivir con ellos desde el día uno hasta el final. Siguiendo el patrón de viejos chistes malos, tenemos dos noticias para ti, una mala y otra buena:
• La mala noticia es que tus genes no son nada compatibles con la vida occidental y que esta incompatibilidad puede ser extrema; en ciertos casos, incluso desemboca en una muerte prematura durante las primeras décadas de vida. Cada vez se ven más casos de infartos o cáncer en personas demasiado jóvenes, lo que da la falsa sensación de que ciertos genes predisponen a afecciones graves concretas. Sin embargo, lo que nadie parece sospechar es que la realidad es muy diferente; resulta ingenuo creer que la naturaleza se equivoca. Esos genes no son malos per se, puesto que supusieron una ventaja en algún momento de la evolución humana, cuando el hábitat en el que vivíamos era muy diferente al actual.
• La buena noticia es que podemos modificar las condiciones de nuestra existencia de manera relativamente sencilla para interpretar las instrucciones del ADN de la manera correcta. Te mostraremos cómo.
Las enfermedades que causan estragos en el mundo moderno se denominan enfermedades neolíticas o enfermedades de la civilización. Los infartos son la primera causa de muerte en la actualidad y el cáncer es la segunda. Enfermedades extremadamente raras antes del siglo XX, como la diabetes o el alzhéimer, son una plaga que crece sin descanso. No nos cansaremos de repetirlo: tienen que ver con la incompatibilidad de nuestros genes con la tecnología, con la luz artificial y con los comestibles procesados inventados por el ser humano. Pronto lo comprenderás.
No es fácil superar los viejos dogmas. La propaganda ha calado fuerte en la humanidad. Ya nadie quiere hacerse responsable de la salud, así que la delega en el sistema. La gente acude nerviosa a la consulta médica y sale aliviada con la receta ignorando que la empresa farmacéutica no quiere poner fin a su dolencia, sino volverla crónica y obtener rendimiento económico: «Me encontraba mal, pero me dieron estas pastillas y asunto solucionado». Solemos decir que, en el tema de la salud, se distinguen bien dos tipos de personas: la hipocondríaca y la ignorante ingenua. La hipocondría y la ignorancia son dos males a los que el conocimiento pone fin, lo sabemos de primera mano. Ahora bien, debes asumir responsabilidades y comenzar a reconocer que nadie va a cuidar de ti ni de los tuyos salvo tú. Es fundamental que comiences a adquirir los hábitos de los que te hablaremos en este libro.
SOBRE LA SALUD HUMANA
Existen multitud de factores que pueden lesionar nuestro organismo. Estas lesiones o afecciones son de dos tipos, y ambas pueden resultar fatales: agudas y crónicas. Las primeras tienen que ver con momentos puntuales, como una pierna rota a causa de un accidente o un proceso febril provocado por el virus de la gripe. Las segundas producen enfermedades crónicas. La medicina moderna es excelente para tratar las primeras y terriblemente mala para tratar las segundas. Ante un traumatismo o una hemorragia, tener un hospital cerca salva vidas, mientras que, si padeces diabetes o tienes placa arterial, el sistema es un auténtico desastre.
Las lesiones agudas son cuestión de mala suerte (o mala cabeza) en casi todos los casos. Las enfermedades crónicas tienen su origen en el estilo de vida. Nadie lo ha descrito de una manera más elegante que Hipócrates hace más de dos milenios: «Las enfermedades no nos afligen de la noche a la mañana. Se van desarrollando con los pequeños pecados diarios contra la naturaleza. Cuando se han acumulado suficientes pecados, las enfermedades aparecen de repente». Calificado como una de las figuras más destacadas de la historia de la medicina, catalogado por muchos como el padre de esta ciencia, Hipócrates de Cos hizo de su profesión un Arte con mayúsculas. Al igual que Jesucristo fue tan importante que hoy en día el mundo sigue un calendario de acuerdo con su nacimiento, el médico de la antigua Grecia es reconocido como uno de los más grandes, a pesar de lo rudimentario de la medicina ancestral. Tanto es así que los principios éticos que guían al médico durante el ejercicio de su profesión se conocen como juramento hipocrático. Nosotros transformamos esta frase para que sea acorde a la realidad: el juramento hipocrático resume hoy en día algunos principios éticos que deberían guiar al médico durante el ejercicio de su profesión.
«No llevar otro propósito que el bien y la salud de los enfermos» fue la base del juramento que Hipócrates obligó a hacer a sus discípulos. Aproximadamente dos mil quinientos años después, la concepción del maestro griego continúa fundamentando la ética médica globalmente, al menos en teoría. La Asociación Médica Mundial, tras múltiples revisiones y enmiendas desde el año 1948, dio forma definitiva a una actualización del juramento hipocrático en lo que ahora se conoce como Declaración de Ginebra. Cualquiera puede leerla en internet. Lo cierto es que nos produce una enorme tristeza comprobar que ha quedado relegada a un mero formalismo del que todo el mundo se olvida rápidamente, lo que proporciona una tapadera ideal tras la cual se parapetan la industria farmacéutica y las élites que la manejan. Miles de médicos honrados han denunciado una y otra vez que lo que se enseña en las universidades, las materias y los libros está controlado por intereses que nada tienen que ver con la salud.
Lo cierto es que Hipócrates definió la enfermedad de manera muy precisa: una serie de pecados contra la naturaleza cometidos día tras día. Pero ¿cuáles son esos pecados que atentan diariamente contra el diseño humano? Todos ellos se reducen a uno: la desconexión con la Madre Naturaleza. Y no nos malinterpretes, nos referimos a una separación tanto metafórica como literal. Más adelante, veremos como el sencillo hecho de llevar un calzado aislante, ponerse unas gafas de sol, untar una crema en la piel o pasar demasiado tiempo dentro de casa priva a nuestras células de su nutrición esencial. No se trata de una hipérbole. La desconexión con la naturaleza es lo que provoca esas lesiones crónicas que dan lugar a enfermedades crónicas. Si te resulta difícil de creer, volvemos a pedirte un voto de confianza.
Theophrastus Bombastus von Hohenheim, más conocido como Paracelso, fue un médico y filósofo suizo. Nació el 10 de noviembre de 1493, tan solo un año después de que Cristóbal Colón llegara a América. Entre las anécdotas que se cuentan sobre él, una de las más destacadas es la de bautizar al zinc como zincum. Su vida y obra despertó la admiración de figuras de distintos siglos, como Giordano Bruno, quien lo comparó con Hipócrates, Leibniz, Goethe o Jung. Y no es para menos, pues fue un ejemplo de buscador incansable del conocimiento acerca del cuerpo humano y de la salud. Un rebelde con causa que no dudó en quemar los libros de Avicena y Galeno delante de la Universidad de Basilea, donde impartía clases. Murió joven, en 1541, en circunstancias misteriosas. Se había ganado demasiados enemigos por tratar de combatir viejos dogmas en medicina. Paracelso nos produce nostalgia al comprobar cómo ha cambiado la práctica de la medicina. ¡De qué manera se hubiera él rebelado contra quienes culpan hoy a la naturaleza de causar enfermedad!
«La naturaleza es el gran médico y todo hombre posee este médico en sí mismo», dejó en sus escritos. La naturaleza es ese gran laboratorio que creó la vida en la Tierra gracias a su interacción con la radiación inteligente que proviene del sol. Conocido por su temperamento, qué no hubiera dicho Paracelso contra aquellos que culpan al sol de producir cáncer y a una molécula esencial como el colesterol, que nuestras células, conscientes de su importancia, crean consumiendo grandes recursos, de causar enfermedades cardiovasculares. Nos maravillamos ante la sabiduría recogida en sus textos:
«La naturaleza es el médico, no tú. De ella tienes que sacar, no de ti; ella confecciona las fórmulas, no tú. Procura enterarte de dónde están sus farmacias, dónde están escritas sus virtudes y en qué recipientes se guardan».
La codicia humana lo ha pervertido todo. La industria farmacéutica, a la que también debemos cosas buenas, se ha olvidado de nuestra salud para centrarse en su bolsillo. Fruto de su influencia en la educación del médico, no solo durante la carrera, sino también en lo que se conoce como educación médica continua, quienes se encargan de nuestra salud fomentan el miedo a la naturaleza. Cuando el paciente demanda respuestas con inteligencia a partir de las preguntas necesarias, el médico manifiesta su confusión. De esta manera, solo en el mundo moderno es posible que la vitamina D aparezca unánimemente en la literatura como una hormona esteroide necesaria para preservar la salud frente al cáncer y, al mismo tiempo, la radiación encargada de producirla en nuestro organismo, la luz ultravioleta, se considere cancerígena. Sócrates utilizaba la dialéctica para hacer reflexionar y aprender a su interlocutor. Tomémonos la licencia de recrear una posible conversación entre Sócrates y su médico, que, aun creyendo en los dogmas de la medicina moderna, se muestra receptivo:
—Doctor, ¿no es cierto que la vitamina D se produce en la piel de los seres humanos por el efecto de la radiación solar ultravioleta y del colesterol?
—Así es.
—¿No es cierto también, querido doctor, que tener bajos niveles de vitamina D es una característica común en los pacientes con cáncer, también en aquellos con cáncer de piel?
—Eso es lo que dice la literatura médica, efectivamente.
—¿Se puede obtener vitamina D de alguna otra fuente?
—Bueno, podemos conseguir un pequeño porcentaje de toda la vitamina D que necesitamos a través de la dieta.
—Esa dieta que usted propone para elevar los niveles de vitamina D de manera muy modesta solo sería posible, según tengo entendido, consumiendo animales, en especial pescado. ¿No es así, doctor?
—Cierto, solo los animales aportan la versión de la hormona que necesitamos, que es la D3. Lo que aportan las plantas son pequeñas cantidades de vitamina D2, que no es demasiado útil en nuestro organismo.
—Entonces, doctor, dígame si es correcto todo lo que voy a decir a continuación: la mayor parte de la vitamina D se genera a partir de la radiación ultravioleta, y una pequeña parte a partir de la comida animal. Asimismo, para producirla, debemos tener colesterol. Es decir, el colesterol es una molécula precursora de toda vitamina D, y además son moléculas prácticamente idénticas. También es cierto que es imposible padecer ningún tipo de cáncer con niveles elevados y adecuados de vitamina D, colesterol HDL y melatonina.
—La verdad, no sé qué decir. Lo que me indica es cierto, pero en la universidad me enseñaron que el sol produce cáncer y que el colesterol y la comida animal causan enfermedades cardiovasculares. Estoy un poco confuso.
—Le voy a contar algo muy curioso que leí en varias publicaciones científicas, mi buen doctor. Resulta que la melatonina es el antioxidante principal del cuerpo humano y depende directamente de la luz infrarroja del sol y de la luz ultravioleta.
—Bueno, permítame que interrumpa: la melatonina es la hormona de la oscuridad, y la luz del sol impide su síntesis. Eso me lo llevé de mis apuntes de la universidad.
—Tiene usted razón parcial y debo advertirle de que las verdades a medias suponen el mayor peligro. Verá, hay dos tipos de melatonina, y una se crea directamente con luz infrarroja del sol, especialmente al amanecer y al atardecer. Sin embargo, la luz ultravioleta genera mucha serotonina, y esta, al llegar la noche y como usted bien ha dicho, produce melatonina en la glándula pineal, que pasa a la sangre. Cuanta más luz ultravioleta, más serotonina, que se convertirá en melatonina por la noche.
—Interesante, ¿podría pasarme esos estudios?
—Por supuesto, mi querido doctor. Es importante que usted, que se dedica a cuidar de la salud de los pacientes, comprenda que el colesterol es el precursor no solo de la vitamina D, sino también de todas las hormonas sexuales, claves para la salud y la longevidad, y que tanto decaen a partir de los treinta y cinco años. Y debe saber que la luz del sol modula el sistema inmune y lo fortalece gracias a la vitamina D, pero también gracias a casi mil moléculas más que produce por su acción en el organismo. Por todo ello, no debe infundir temor por la naturaleza a sus pacientes, sino todo lo contrario.
—¿Cómo es posible que usted, siendo filósofo, sepa tanto de medicina?
—Precisamente porque la filosofía le es necesaria a la medicina. Una de sus ramas, la lógica, dejaría en evidencia, y de manera muy clara, la contradicción de que una molécula que producen las células del cuerpo, el colesterol o la estrella necesaria para que exista el sistema solar atenten contra la vida sin un motivo razonable que lo justifique. Debe encontrar otra explicación, otro culpable diferente al que señalan los dogmas médicos.
Sin duda, hemos disfrutado visualizando y escribiendo esta conversación imaginaria. Lo cierto es que, a lo largo de nuestras investigaciones, hemos comprobado que casi todo lo que nos han dicho sobre la salud es una mentira de proporciones épicas. De hecho, en la mayoría de los casos, es más sabio seguir el consejo que proporcionan organismos como la OMS… justo al revés. Sospecha de quien te aleja de la naturaleza para acercarte a lo que te vende. Un ejemplo de manual son las estatinas, el fármaco diseñado para destruir el colesterol en el cuerpo. Hemos escrito cientos de páginas en nuestra web sobre el fraude de los estudios en contra del colesterol y sobre aquellos ensayos clínicos que pretendieron demostrar la eficacia de este absurdo fármaco. Las estatinas pueden describirse como una sustancia que va en contra de la acción de las células.
NO SE PUEDE JUGAR CON EL DISEÑO HUMANO
El 2006 fue un año complicado para la mayor empresa farmacéutica que el mundo ha conocido. La patente de Lipitor, que reducía el colesterol considerado malo, estaba a punto de expirar. Con una facturación de trece mil millones de dólares en 2006, fue el medicamento más vendido en la historia de la industria. Cuando una compañía pierde la exclusividad sobre un medicamento, las versiones genéricas, con un coste de hasta un 80 % menos, inundan el mercado. Incluso los principales periódicos en España se hicieron eco de la noticia. En previsión de tiempos difíciles para sus inversores, tenían toda la fe depositada en un fármaco que, al contrario que el Lipitor, elevaba el colesterol considerado bueno. Y es que la medicina moderna, en su tremenda ignorancia, clasifica al colesterol en dos bandos opuestos: el malo y el bueno. El asunto es que, cuando viaja en una partícula LDL (lipoproteína de baja densidad), el colesterol se conoce como LDL-C (malo), mientras que, cuando el colesterol es transportado por una HDL (lipoproteína de alta densidad), se conoce como HDL-C (bueno). Lipitor impide la producción de colesterol haciendo disminuir los niveles de LDL-C. Su nuevo fármaco, Torcetrapib, estaba enfocado en elevar el HDL-C. Sin embargo, para los que nos dedicamos al estudio de la bioquímica y de la biología, designar a la misma molécula como buena o mala dependiendo de la partícula en la que viaja por la sangre nos parece una locura contradictoria.
La compañía, por el contrario, se las prometía muy felices. Ya había conseguido que Lipitor fuese el medicamento más vendido de la historia con base en una mentira, pues el colesterol ocupa el 70 % de la estructura del cerebro, por lo que una de las mayores ilusiones del ser humano es creer que es el responsable de la principal causa de muerte. Además, en aquel momento, sus esperanzas estaban puestas en que Torcetrapib tomara el relevo. Su nuevo fármaco estaba en la fase tres de seguridad de su ensayo clínico y muy cerca de recibir la aprobación para salir al mercado por parte del organismo de regulación, la Administración de Alimentos y Medicamentos estadounidense (FDA por sus siglas en inglés). Sin embargo, tras invertir ochocientos millones de dólares en su estudio, tuvo que abandonarlo. El motivo fue que muchos de los pacientes que tomaban Torcetrapib con Lipitor murieron por la enfermedad que pretendían evitar. En su inocente pensar, era una idea genial mezclar un medicamento que hace descender los niveles del que consideran colesterol malo con otro que eleva el bueno. Por desgracia, sus resultados arrojaron un aumento del 60 % en la mortalidad, además de suponer más problemas cardiovasculares para muchos de los que sobrevivieron al ensayo clínico.
Por suerte para la humanidad, el Torcetrapib jamás vio la luz. Hemos dedicado un año a la investigación de los ensayos clínicos con estatinas y lo hemos documentado en nuestra página web. El fármaco más vendido de la historia es un fraude que nada tiene que ver con la salud humana. El ser humano se ha desconectado de la naturaleza y no se puede confiar en la medicina para tratar las enfermedades crónicas modernas. Lejos quedan las palabras de los grandes médicos del pasado, personas como Hipócrates o el mismo Paracelso, quien dejó para la posteridad las siguientes palabras:
El médico procede de la naturaleza, ella lo hace; solo aquel que obtiene su experiencia es un médico, y no aquel que con la cabeza y con ideas elaboradas escribe, habla y obra en contra de la naturaleza y sus peculiaridades. El médico no es más que el servidor de la naturaleza y no su dueño. Por eso corresponde a la medicina seguir la voluntad de la naturaleza. Los médicos no deben asombrarse de que la naturaleza sea más que su arte. Porque ¿qué alcanza a compararse con las fuerzas de la naturaleza? Quien no las ha recorrido no domina tampoco la medicina.
Hay que fijarse en la cantidad de veces que Paracelso hace referencia a la conexión con la tierra, a la observación y a la experiencia. Lo cierto es que una de las claves que vas a comprender a lo largo del tiempo que te lleve la lectura de este libro es que en el camino hacia nuestra salud debemos eliminar al intermediario. La mayoría de los medios que proporcionan alimento a las células son gratis. Si nos preguntas ahora mismo cuál es el antiinflamatorio más potente conocido, no vamos a nombrar ningún fármaco. Trataríamos de probar con hechos y literatura médica que se trata de descalzarse y pisar la tierra. Explicaremos los fundamentos de esta práctica en el capítulo 8, así que insistimos en que nos des un voto de confianza. «Los médicos no deben asombrarse de que la naturaleza sea más que su arte» son palabras con un significado profundo, pronunciadas hace siglos, que siguen hoy en vigor. ¿Por qué el sol es capaz de curar a un niño con raquitismo y pisar la tierra proporciona tantos beneficios descritos en la literatura científica? ¿Cuál es ese arte que practica la naturaleza del que hablaba Paracelso? Mostraremos ciertos fragmentos o porciones de ideas mayores que te harán reflexionar. Por supuesto, no hay interés en difundir estos conocimientos, pues ningún hospital ni empresa farmacéutica gana dinero cuando tú caminas sin zapatos por la tierra, ayunas, cambias la alimentación o haces ejercicio, por poner algunos de los ejemplos que vamos a explicar aquí.
A veces, sí se necesita la intervención de un médico; sin embargo, la mayoría de ellos se ven influenciados de manera indirecta por las farmacéuticas, de quienes depende la dirección de los hospitales. Un médico está obligado a recetar los medicamentos estándar para las diferentes enfermedades bajo amenaza de pérdida de licencia, por lo que debe seguir en todo momento los protocolos del hospital, sacrificando así una relación sincera y directa con su paciente. El neurocirujano Jack Kruse, a quien debemos gran parte de nuestro conocimiento actual, aconseja a sus colegas que trabajen por su cuenta y restablezcan esta conexión médico-paciente que nunca se debió perder. En otras palabras, eliminar al intermediario.
LOS TRES TIPOS DE ALIMENTO
Podemos encontrar una frase atribuida a Hipócrates en cualquier libro sobre nutrición que se precie, y decimos atribuida porque, hasta donde sabemos, no se encuentra en ninguno de sus escritos:
Que tu alimento sea tu medicina y que tu medicina sea tu alimento.
Nosotros vamos a darle nuestra propia interpretación tratando de unificarla con un conocimiento que data de una época mucho más antigua que la suya. Lo cierto es que el médico griego le daba una gran importancia a la dieta. En su texto De alimento leemos:
En la comida se puede encontrar excelente medicina, en la comida podemos encontrar mala medicina; bueno y malo son relativos.
La alimentación y el estilo de vida pueden nombrarse con un único vocablo griego: διαιτήμασί. En español, se ha traducido como ‘dieta’, pero realmente significa ‘modo’ o ‘régimen de vida’. Hipócrates también incluía en este concepto el ejercicio, un hábito que consideraba muy importante, e hizo referencia a los beneficios de caminar después de las comidas.
En efecto, sabemos que el mejor remedio para curar la enfermedad es cambiar la dieta; es decir, modificar los hábitos que conforman el estilo de vida. También nos consta que es muy difícil recuperar la salud en el lugar donde se ha perdido. Por tanto, se vuelve necesario otro ambiente, lo cual puede ser difícil, pero, como escribió también con sabiduría el médico griego, «si alguien desea una buena salud, primero debe preguntarse si está listo para eliminar las razones de su enfermedad. Solo entonces puede recibir ayuda».
La mejor manera de nutrir tus células es proporcionarles el alimento correcto a la vez que bloqueas su acceso al dañino. Las especies vivas llevan poblando la Tierra desde hace unos tres mil quinientos millones de años y, durante todo este tiempo, astronómicamente imposible de comprender por la mente humana, la vida siempre ha estado conectada a la naturaleza. Nunca ha sido necesario explicarle a ningún ser vivo qué comer, cuántas veces al día o cuánto tiempo puede exponerse al sol. Esto ha cambiado en apenas ciento cincuenta años. Existe una raza a la que ahora es necesario enseñarle cómo nutrirse: la nuestra. El gran cerebro que poseemos nos ha permitido romper con las reglas de nuestro diseño por primera vez en la historia. Y, a causa del imparable avance de la tecnología, se han incorporado tantas variables que ya no sabemos cuáles son las que nos enferman, nos sanan o nos dejan igual. Al domesticarnos, hemos perdido el instinto animal que nos trajo hasta aquí. Hay quienes dudan de si una dieta carnívora es mejor que una vegetariana o vegana sin tan siquiera darse el tiempo suficiente para probarlas y formarse una opinión propia a través de la experiencia. Por suerte, trataremos de aclarar lo máximo posible en este libro.
Los verdaderos sabios antiguos nos enseñaron que había tres tipos de alimento, y los sabios modernos se encargaron de mantener intacto ese mensaje para que llegara hasta nosotros. Por orden de menor a mayor importancia, son estos:
1. Alimento ordinario; el que conocemos como comida.
