Rituales (Brujas y nigromantes 2)

Raquel Brune

Fragmento

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Capítulo 1. Leticia

Leticia Fonseca había leído muchos libros (según su padre, demasiados) en un intento por comprender mejor un mundo en el que no siempre había encajado. Sentía debilidad por los héroes y las heroínas que luchaban a favor de causas nobles y se sacrificaban por los más débiles, así que no les había prestado demasiada atención a las villanas. Quizá, si lo hubiese hecho, habría sabido a qué atenerse con Helena Lozano.

Leticia era la encargada de interrogarla y no dejaba de preguntarse cómo iba a sonsacarle una sola palabra que no fuera un insulto o un intento de maldecirla. Mientras bajaba el ascensor se arregló el traje con esmero y revisó su imagen en el espejo con el objetivo de resultar más imponente.

Cualquier miembro de la comunidad mágica sabía que en las entrañas de la sede madrileña de la Guardia se escondía una prisión subterránea, pero la inmensa mayoría nunca llegaría a verla con sus propios ojos. Las Lozano eran las primeras brujas que acababan allí en años. Su nueva superior, la comisaria Yolanda Morales, sospechaba que el resto del clan tenía un plan B y había dado órdenes de que solo Leticia o la propia Morales tuviesen acceso a la prisionera. Por un lado, estaba emocionada porque alguien por fin confiase en su talento, pero por otro, se preguntaba si ahora que había llegado el momento de la verdad, de demostrar que era una auténtica agente de la Guardia, estaría a la altura. Trabajar con fantasmas resultaba mucho más cómodo que lidiar con vivos, y tenía el presentimiento de que sus quebraderos de cabeza con las Lozano no habían hecho más que comenzar.

Después de llegar al sótano tuvo que pasar varios controles de seguridad que incluían la verificación de su identidad, además de un detector de metales y otro de objetos encantados y actividad mágica. En cuanto comprobaron que solo llevaba las armas reglamentarias y que no era una hechicera disfrazada ni nada parecido, le permitieron acceder a la sala de interrogatorios. Era exactamente como las que salían en las películas: fría y solitaria, con oscuras paredes que albergaban agua bendita y varios conjuros que anulaban el poder de la magia, tanto de vida como de muerte.

—Acaba de despertar —le informó una de las agentes que custodiaban la puerta.

La última vez que intentaron trasladarla desde su celda, Helena había estado a punto de calcinar vivo a uno de sus compañeros, de manera que la única forma que habían encontrado de escoltarla de una estancia a otra era suministrándole potentes somníferos.

«Me encanta mi trabajo —se repitió a sí misma para darse ánimos—. Me encanta mi trabajo».

Cuando entró en la sala encontró a Helena esposada a la silla, con la cabeza inclinada sobre su cuerpo, como si siguiese dormida. En teoría, las esposas habían sido hechizadas para anular la magia de quien las tocase, pero el rudimentario conjuro no había servido para detener a la bruja en otras ocasiones. Por fortuna, la comisaria Morales tenía la sensatez suficiente para asegurarse de que entre Leticia y Helena hubiese un cristal ignífugo. A pesar de las medidas de seguridad, Leticia tragó saliva y acarició la cruz que llevaba en su cuello a modo de amuleto.

Se acomodó en su silla y Helena alzó la vista lentamente, escrutándola de los pies a la cabeza para descubrir ante qué clase de enemigo se encontraba esta vez. Al distinguir su rostro, resopló indignada. Quizá leer tampoco le hubiese servido de nada. A la hora de crear a sus villanas, los escritores de sus novelas y obras de teatro preferidas parecían sentir predilección por clichés como las femmes fatales, que seducían a hombres para arrebatarles su poder, y por las mujeres que acababan perdiendo el juicio. Helena Lozano no se parecía a ninguna de ellas. No era el tipo de personaje que anhelaba el afecto de un hombre, porque escondía en la punta de cualquiera de sus dedos un poder que el más rico e influyente de los corrientes no podría ni siquiera imaginar. Y no, tampoco había el más leve indicio de locura en ella; si actuaba de la forma en la que lo hacía era porque tenía muy claro cómo era el mundo en el que vivía y en qué se distinguía de aquel que ansiaba crear. Si resultaba aterradora era porque estaba dispuesta a tomar cualquier medida para acortar la distancia entre ambos mundos.

Helena le sostuvo la mirada y Leticia se recordó que era una agente del orden frente a una prisionera; en teoría, era ella quien tenía la sartén por el mango.

—Me daría vergüenza tener unos dones como los tuyos y ponerlos al servicio de unos inquisidores retrógrados —dijo la bruja con aire desdeñoso.

Leticia se aclaró la garganta; le habían advertido que las Lozano tendían a llevarlo todo al terreno personal, pero no esperaba que fuese tan directa. Aunque tal vez Helena sí había comenzado a delirar; no tenía ni idea de a qué dones se refería, claro que también era bien sabido que las brujas solían ver cosas que los corrientes, incluso los revelados, no eran capaces de discernir.

—¿Retrógrados? Podemos charlar con tranquilidad, Helena; no estamos en el siglo XVI, y esto no es la Santa Inquisición.

Helena sonrió con desdén.

—¿Lo saben tus jefes? Porque disimulan a la perfección.

Se había pasado media vida conviviendo con un hermano pequeño bocazas, así que Helena tendría que esforzarse mucho más para hacerle perder el control.

—¿Es cierto que las brujas vivís más que los corrientes? Verás, soy nueva en este departamento, así que me puede la curiosidad… Exactamente, ¿cuánto más? —preguntó Leticia para recuperar el control.

—Depende del poder de la bruja —contestó Helena—. Algunas apenas llegan a los cien años, otras siguen siendo jóvenes a los doscientos. Las más poderosas solían vivir milenios, pero eso fue hace mucho tiempo. Antes del declive, antes de… —la recorrió de nuevo con la mirada, acompañada por un ademán de desprecio— los vuestros.

Leticia se acomodó en su silla, en absoluto dispuesta a dejarse intimidar, aunque tuviese que cruzar los brazos para que Helena no notase que le temblaban las manos.

—Es decir…, que una bruja como tú podría vivir, ¿qué, ciento veinte años, ciento cincuenta? Eso es mucho tiempo, ¿no? Ya veo… Qué interesante lo relativo que es el concepto de «cadena perpetua». Quizá si optásemos por una condena más concreta…

—¿Me estás ofreciendo un trato? —Helena echó el cuerpo tan adelante como se lo permitieron las esposas. Los dos meses que había pasado en prisión habían acentuado sus afilados rasgos y la delgadez de su rostro, pero no lograron causar mella en su determinación—. Qué considerada.

—No planificaste el golpe tú sola, ayúdanos a encontrar al resto de responsables y repartiremos la condena entre las tres. Cincuenta años es mucho menos que ciento cincuenta.

No iba a funcionar. Le había bastado con preguntar un poco por ahí para descubrir que las Lozano no eran el tipo de familia cuyos miembros se traicionaban entre sí, no mientras fuesen fieles y útiles a la causa de las brujas. Podría haberle dado a elegir entre la horca y entregar a las suyas y Helena se habría colocado la soga ella misma, aun así, Morales había insistido en que presentase la oferta.

—Ya veo… Me sentiría insultada si me importase la opinión que una inquisidora tenga de mí.

—Comprendo que, tal y como lo ves ahora, darnos información sobre el paradero de Rocío y Macarena puede parecer un acto de deslealtad, pero si lo piensas, en realidad…

Helena rio y negó con la cabeza.

—Qué equivocada estás. No me ofende que me creáis capaz de entregar a mis primas, sino que penséis que vais a conseguir encerrarme tanto tiempo en este agujero. ¿Ciento cincuenta años? El mes que viene no seguiré aquí.

Leticia le sostuvo la mirada en busca del tipo de farol que solía ver en los ojos de los fantasmas fanfarrones y de los poltergeists traicioneros, pero, o Helena era una mentirosa de primera categoría, o hablaba completamente en serio. Notó como la temperatura se elevaba a una velocidad alarmante y, durante un segundo, creyó que era un efecto secundario de la intensidad con la que Helena la escrutaba, hasta que la delató su sonrisa.

Se puso en pie, alarmada. Las esposas en las muñecas de Helena comenzaban a adquirir un brillante tono anaranjado a la vez que el cristal que se suponía que debía protegerla se fundía lentamente, distorsionando la imagen al otro lado. Antes de que pudiese dar la voz de alarma, dos de sus compañeros, vestidos con trajes ignífugos, entraron al otro lado de la sala y golpearon a Helena con sus varas inhibidoras de magia. Una descarga recorrió el cuerpo de la bruja, que quedó inmovilizada durante el tiempo suficiente para que pudiesen levantarla y sacarla de allí a rastras, en dirección a su celda de máxima seguridad.

Supo que sus palabras no eran un farol. Ni esposas ni prisión alguna; no había nada capaz de retener a Helena Lozano para siempre.

Si querían que respondiese ante la justicia, debían ser rápidos y extremar las precauciones. Leticia sintió una punzada de impotencia. Lo único que podía hacer era redactar un informe exhaustivo y advertir a sus superiores, quienes, como siempre, acabarían por ignorar sus avisos. Tras la batalla de los Traidores, sus jefes estaban demasiado ocupados intentando dar explicaciones a Europa sobre lo ocurrido como para prestar atención a las «marionetas de Helena». Con tener a quien culpar se daban por satisfechos, pero Leticia sabía por experiencia lo que sucedía cuando la Guardia subestimaba a las brujas.

Debían encontrar a las fugitivas antes de que ellas llegasen hasta Helena.

Capítulo 2. Sabele

Sabele se miró en el espejo una última vez antes de salir del baño de vuelta a su habitación, y esquivó a duras penas todos los conjuntos tirados por el suelo que se había probado antes de dar con el definitivo, ese que hacía que se sintiese segura y fuerte sin que el eco de su conciencia le reprochase que iba disfrazada de otra persona. Una cosa era hacer un pequeño esfuerzo extra para salir y otra muy distinta fingir ser alguien que no eres. Había aprendido la lección y ya no trataba de mantener el listón de perfección que se esperaría de ella, aunque aún estaba intentado averiguar quién era más allá de su miedo a no ser suficiente. Lo iría resolviendo poco a poco. Día a día.

Por el momento era una chica de veintiún años que tenía una cita.

Sabele sonrió, pero su reflejo no parecía demasiado contento. Había olvidado por completo el nerviosismo que implicaba empezar a conocer a alguien prácticamente desde cero, y últimamente no le sobraban las fuerzas. Durante años había sido la novia irresistible del chico ideal, antes de que se diese cuenta de que ya no era la misma persona que se enamoró de Cal. Pero eso fue antes de que una tarde de domingo con sus amigas se convirtiese en un desafío al destino en toda regla. Para bien o para mal, la primera impresión ya estaba causada, pero una conversación íntima, una mirada honesta, una sonrisa… podían arreglarlo o estropearlo todo.

«Puedes con esto. Tus nervios no te definen, tus miedos no te definen, tus pensamientos no te definen».

Sabele se repetía una y otra vez los consejos que le había dado la psicóloga a la que había visitado durante varias semanas en la primavera de 2017, como otras muchas de las brujas que habían participado en la batalla de los Traidores. La había ayudado a empezar un nuevo camino, pero aún le quedaba mucho por andar para volver a sentirse como antes. «Puede que nunca vuelvas a ser la misma chica después de todo lo que te ha pasado, tienes que entender y aceptar eso», le había explicado la terapeuta. No era el único apoyo que había tenido. Su tía Jimena se había presentado en el piso de Malasaña, cargada con una maleta sospechosamente similar a la de Mary Poppins, en la que transportaba sus utensilios mágicos de aquí para allá, y abarrotó su casa de hechizos contra las malas energías. Su ansiedad había mejorado mucho, sin embargo, algunas noches seguía sufriendo angustiosas pesadillas en las que volvía a presenciar como el espectro de Claudia Vázquez arrastraba a Fausto al Valle de Lágrimas, o en las que miraba fijamente a los ojos de cuencas vacías de Caos, el dios maligno que las Lozano intentaron invocar.

Otro de los consejos que le había dado la psicóloga era que se enfocase en tener cosas en su vida que no estuviesen relacionadas con su trabajo y con su identidad de bruja. Rosita y Ame seguían fuera de la ciudad, así que tener una cita no era tan mal plan. Hizo un par de ejercicios de respiración hasta que sus músculos se relajaron, permitiendo que la magia fluyese libremente por su cuerpo.

Surtió efecto durante cuarenta segundos aproximadamente.

La sensación que la abrumaba era la misma que experimentó antes de la prueba de aprendiz que nunca tuvo lugar, como si su valía estuviese a punto de ser examinada. «No», se dijo sacudiendo la cabeza frente al espejo. Esa vez no habría ni jueces ni juzgados. Solo iba a salir a dar una vuelta. No habría ninguna guerra mágica, su vida y la de sus amigas no estaría en peligro. En el peor de los casos, ganaría otra anécdota graciosa que contar cuando fuese una anciana. «Eres una adulta capaz de cuidar de ti misma».

Trasladó todas sus cosas de la mochila de lino a un diminuto bolso granate hechizado para guardar algo más que las llaves, el móvil y un monedero pequeño. «¿Cómo se las apañan los corrientes?», se preguntó. Estuvo a punto de decantarse por sus raídas zapatillas, a las que se les había abierto algún que otro agujero en la tela de tanto usarlas, pero en el último momento se calzó sus tacones favoritos. Si Ame no estuviese de viaje, le habría pedido que le hechizase los pies para que no le dolieran. Sabele no era demasiado ducha en la magia corporal y sanativa y no le parecía el mejor momento para ponerse a experimentar. Sería de lo más inconveniente provocarse por accidente un hedor de pies o cualquier error garrafal por el estilo (verrugas, ampollas, uñas convertidas en garras… El abanico de posibilidades era aterrador).

«Todo saldrá bien —se prometió—. Y si algo se tuerce, tienes recursos para gestionarlo». En cualquier caso, Cupido le debía una. Inspiró hondo una vez más y trotó hacia la salida con las llaves en la mano.

Detestaba cuando alguien llegaba tarde, así que no quería hacer esperar a su cita.

Capítulo 3. Luc

Se sintió algo estúpido al darse cuenta de que estaba nervioso. Muy nervioso. No era un primerizo; en realidad, lo había hecho una infinidad de veces antes, tantas que incluso había perdido la cuenta. Pero la ocasión lo merecía. Sí, iba a ser un momento especial en su vida, lo presentía, uno de esos míticos puntos de inflexión que marcan un antes y un después. Lo que estaba a punto de suceder era el principio de su nueva vida, la clase de historias que cuentas cuando hacen un documental biográfico sobre ti. Sus nervios se transformaron en un cosquilleo de emoción.

Hacía mucho tiempo que no se sentía tan vivo.

Cerró los ojos y se imaginó a sí mismo con ella. Por fin podría hacer las cosas que deseaba desde hacía semanas. ¿Tanto había pasado ya desde que pudo prestarle la atención que merecía? Se visualizó acariciándola, sosteniéndola entre sus brazos en un momento de mágica sintonía… Si se venía muy arriba, hasta la besaría. Sonrió. Maldita sea, no era su mejor amiga, era el amor de su vida.

Se detuvo frente al edificio donde habían quedado y consultó la hora en su móvil. Ni siquiera se acordaba de la última vez que había llegado pronto a alguna parte. Tenía tantas ganas de empezar que decidió entrar primero. Avanzó hacia la puerta, sujetó el pomo y tiró; al abrirla escuchó el familiar tintineo de las campanillas. Las risas de las hadas debían de sonar así. Sonrió. Cuando se sentía feliz oía música en todas partes y, en ese momento, habría intuido una novena sinfonía en el sonido de una cisterna.

Tomó asiento junto a la entrada y cambió de postura varias veces, desbordante de energía. La impaciencia iba a consumirle.

Capítulo 4. Sabele

Eran ya las ocho de la tarde pasadas, pero en pleno julio, las calles de Madrid y sus edificios de colores claros brillaban como si fuese mediodía. Sabele caminaba por la acera casi a la carrera, a pesar del agobiante calor seco de la capital, para no llegar tarde. Se sintió agradecida con el universo porque el local que él había propuesto para la cita estuviese tan cerca de su casa. Así sus dudas no tendrían tiempo para hacerle dar la vuelta a mitad de camino. Puede que Rosita tuviese razón, que tomarse una temporada para centrarse en sí misma fuese lo que de veras necesitaba, pero ya estaba hecho. Más le valía intentar disfrutarlo. Su otra alternativa era pasar otro viernes encerrada en casa. Con su cabeza y sus pensamientos desbordados. Necesitaba distraerse.

Avanzó unos cuantos metros, cruzó la calle con el semáforo en rojo tras comprobar que no había ningún coche a la vista y se detuvo frente a la puerta abierta de un local decorado al estilo americano en la calle Fuencarral, donde podías pedir cócteles y hamburguesas y, si tenías suerte, encontrarte a algún que otro famosillo del mundo del espectáculo. Había pasado miles de veces por delante, pero su interior iluminado por luces amarillentas era territorio desconocido. Sabele se inclinó para mirar a través del cristal y su corazón dio un vuelco al distinguirlo sentado de espaldas en uno de los sillones rojos con respaldos de madera.

La bruja inspiró profundamente y esta vez optó por susurrar un viejo sortilegio para disipar el miedo y tranquilizarse, mientras toqueteaba la piedra de ágata rosa y gris en su bolsillo.

—No hay lugar para el miedo en un corazón donde late el deseo.

El hechizo no solucionaba el problema, pero sí le daba el margen suficiente para recomponerse.

«De acuerdo. Allá vamos. Es el momento». Cruzó la puerta y avanzó con decisión.

—¡Hola! —exclamó al detenerse frente a su cita, quien sonrió de oreja a oreja.

—¡Sabele! ¿Cómo estás? Aparte de preciosa, claro —dijo Jean, quien se puso en pie para saludarla con dos besos.

Capítulo 5. Luc

Esperó en el interior del local de ensayo, deambulando de un lado a otro del espacio de quince metros cuadrados, incapaz de contener la emoción, hasta que todos los miembros de su nueva banda estuvieron presentes. Se saludaron sin demasiadas florituras: «Ey», «Qué pasa, chavales» y ese tipo de cosas que se dicen los colegas. El último en llegar fue su segundo guitarrista, Fran, un chico de rizos castaños y ropa cara que acababa de cumplir los dieciocho (hijo único y sobreprotegido hasta lo enfermizo) y que seguía siendo lo bastante impresionable como para ver en Luc la figura de un mentor.

—¿Traes las cervezas? —preguntó al verle entrar. Fran asintió con la cabeza. Daba gusto lo predispuesto que estaba siempre a ser útil.

—¡Eh, atendedme, panda de cretinos! —exclamó Luc ya en el interior de la sala insonorizada, mientras se subía a uno de los altavoces para asegurarse de disponer de la plena atención de su banda. Toni, el batería, rio como siempre hacía ante las salidas de tono de su líder, y Dani, la bajista, se cruzó de brazos expectante.

Luc extendió el brazo y Fran le puso en la mano una de las cervezas que acababa de abrir.

—¡Que comience el primer ensayo oficial de The Pretty Tomboys! —Alzó el botellín en el aire y le dio un largo trago entre los vítores de su banda. Saltó para aterrizar en el suelo con menos elegancia de la que le habría gustado y se agachó junto a la funda de su guitarra favorita. La abrió y acarició con sumo cuidado lo que albergaba en su interior. Una Gibson Firebird III NonReverse de 1965, una belleza de caoba y palosanto como la que habían lucido en sus conciertos figuras de la música como Eric Clapton, Keith Richards o Noel Gallagher. Su niña bonita, la chica de sus ojos, el amor de su vida. Por fin podía volver a tocarla como se merecía.

Capítulo 6. Cal

Hacía meses que Cal no se sentía del todo él mismo, y aquel traje a medida, ceñido a casi cada centímetro de su piel, contribuía a que se percibiese a sí mismo como un auténtico impostor. Él se hubiese encontrado mucho más cómodo con una de sus camisetas negras y unos vaqueros oscuros cualquiera, pero José, la mano derecha de su padre y ahora la suya, había insistido en que debía vestir así para aclimatarse al puesto y para inspirar el respeto que merecía ante sus subordinados. Últimamente, tanto José como muchos otros que le doblaban y triplicaban en edad acostumbraban a tener una larga lista de opiniones sobre su vida, y a ninguno parecía importarle que él ni siquiera quisiese ese «gran cargo» del que todos hablaban como si se tratase de algo sagrado.

«Y yo que creía que para nosotros lo único venerable es la muerte —pensó—. Teniendo en cuenta su edad, la mayoría de ellos están más cerca de adorarla en persona que de seguir dando órdenes disfrazadas de sugerencias. Ojalá venga a reclamar lo que es suyo dentro de poco».

Cal se frotó la frente, perturbado por uno de esos retorcidos y oscuros pensamientos que acudían a visitarle cada vez más a menudo. La presión y el estrés estaban sacando una faceta que no conocía de sí mismo y que no le gustaba en absoluto.

Se recolocó el cuello de la fina camisa de lino negro y se acicaló el pelo (José le había sugerido cortarlo, pero habían llegado a un acuerdo tras su contraoferta de peinarlo hacia atrás) antes de bajarse del asiento trasero del Mercedes. Acababan de llegar a su destino. José le había citado en el lujoso, y vergonzosamente caro, restaurante libanés donde solía cenar con su padre para, según él, «charlar», lo que en su idioma significaba seguir dándole consejos que no había pedido hasta que le reventase la cabeza.

«Solo está preocupado por ti», se dijo.

Como un buen y leal amigo, José había pasado su vida cuidando a Gabriel Saavedra, y ahora que este se pasaba la mayor parte del tiempo indispuesto en su cama, se había convencido de que también le correspondía velar por su hijo. Por una parte, Cal se sentía agradecido por que quisiera liberarle de parte de la carga que se le venía encima, ayudándole a gestionar sus nuevas y complejas responsabilidades. Por otra, esa turbia voz en su cabeza solo deseaba que se callase de una vez y fantaseaba con cortarle las cuerdas vocales para disfrutar de un poco de silencio.

Buscó al hombre de ceño fruncido y barba perfectamente recortada entre la multitud y se acercó a él sin esperar a que la jefa de sala le diera las buenas noches.

—¿Qué tal? —preguntó Cal al detenerse frente a él. José se levantó para darle un abrazo.

«No tiene bastante con revolverme el cerebro, también tiene que estrujarme como a un mocoso de tres años».

«Porque me conoce desde que nací y es casi de la familia», se recordó.

—Bien, bien. ¿Tú cómo estás? Hemos andado muy liados en las oficinas esta semana, si tienes un hueco la que viene, podrías plantearte hacer una visita, que vean que has asumido el mando.

Cal asintió sin decir nada. No le importaba lo más mínimo lo que hiciesen o pensasen en las oficinas que la hermandad hacía pasar por un banco de inversiones en plena Castellana. Tomó el menú y lo ojeó. Siempre había sentido debilidad por la gastronomía del Mediterráneo, y estaba casi convencido de que iba a pedir la musaka libanesa a base de garbanzos, pero fingir que leía el menú era mucho más interesante que conversar con alguien que le veía como un simple crío con una varita de mando demasiado grande para él.

—He pedido vino, sé que no bebes mucho, pero tienen una de las mejores selecciones de Madrid, así que cuento con que hagas una excepción —dijo José tras un breve pero incómodo silencio—. No te vendrá mal relajarte un poco, tienes mala cara…

«¿Te has mirado en un espejo, viejo canoso?».

—He dormido poco. En unos días es la inauguración de la exposición y tengo un par de obras a medio acabar y varias reuniones pendientes con los marchantes de la galería para ver dónde las colocamos.

—Vaya… —José no desaprobaba abiertamente su dedicación al arte, pero era evidente que no le agradaba, al igual que a la mayoría de los nigromantes. Pensaban que era una muestra de debilidad, que implicaba, además, falta de un compromiso total por su parte con la causa. De no haber sido por los años durante los que su madre vivió junto a ellos, Cal también se habría transformado un frío hechicero al que poco le importaba cualquier forma de expresión, sin ningún interés por los sentimientos, por los sueños o por la vida—. Y las Juventudes… ¿te siguen dando problemas?

«Qué pregunta tan estúpida, claro que las Juventudes son un problema», pensó.

«Solo se preocupa, es razonable preocuparse».

Abel, el cabecilla del grupo, era una bestia rabiosa y hambrienta a la que acababan de liberar de su amo y de su correa. Otro de los famosos consejos de José había sido: «Mantén a tus amigos cerca y a tus enemigos, aún más». Teniendo en cuenta que Cal no contaba con nadie a quien pudiera considerar como un amigo dentro de la hermandad, eso le dejaba con Abel pegado a sus espaldas después de su pobre intento por disolver las Juventudes. Oficialmente no existían, pero era de sobra consciente de que continuaban reuniéndose en secreto y de que no albergaban la más mínima intención de acatar su mandato como nuevo líder. Si fuesen los únicos, quizá podría lidiar con ellos.

Cal apretó los puños por debajo de la mesa, desbordado por un sentimiento de ira cada vez más familiar y que no sabía gestionar mejor que su liderazgo.

No era justo.

Fausto obtuvo su castigo al ser arrastrado a un plano astral de sufrimiento por aquel espectro maligno, Helena dejaba morir las horas en una celda de aislamiento de la Guardia; incluso él, incapaz de evitar el daño y el mal que ellos causaron, estaba pagando las consecuencias de sus actos, encadenado a una vida que siempre había compadecido en otros y a un papel que no le correspondía. Por si no tuviese bastante, no le había quedado otra opción que mantener en secreto el retorno de sus poderes al resto de sus hermanos para no aumentar aún más el recelo que ya sentían por él. Mientras Cal era esclavo de una mentira, aquel maldito sádico de Abel se había ido de rositas y seguía haciendo de las suyas. No podía soportarlo.

—¿Caleb? —le llamó José, devolviéndole a la realidad.

Cal alzó la vista y liberó los dedos, cerrados en un puño, para sostener el menú con una mano mientras acariciaba los cubiertos de plata con la otra.

—Sí…, ya sabes cómo es Abel, sigue presionándome para que endurezca las condiciones del nuevo Tratado de Paz, como si el consejo del aquelarre no me estuviese dando ya suficientes problemas con la propuesta inicial.

«Abel tendría que contentarse con que, gracias a ese tratado que tanto detesta, no esté pudriéndose junto a Helena». Todos los combatientes de ambos bandos de la batalla de los Traidores habían sido «perdonados» por el daño que pudiesen haber causado, con la excusa de evitar futuras venganzas que minasen aún más los números de ambas comunidades. A pesar de su postura oficial, Cal cruzaba los dedos para que la Guardia decidiese ignorar la amnistía y reservase para Abel una celda en una de sus célebres prisiones cavadas en tierra sagrada, donde encerraban a los peores criminales mágicos.

Una camarera se acercó a ellos con la botella de vino en las manos y se lo sirvió en silencio. Mientras veía caer el líquido rojizo, la mente de Cal se retorcía, acosada por el odio.

Se imaginaba a Abel matando a sangre fría, lanzando sus sombras de muerte sobre alguna joven e ingenua bruja y disfrutando de sus gritos de dolor. Sabele se había echado a llorar después del funeral de Carolina y, durante gran parte del camino de vuelta, Cal la consoló por todas las hermanas que había perdido. Sintió rabia al imaginar los cuerpos corroídos por la magia tendidos en el suelo de aquel edificio de Gran Vía y fantaseó con las distintas maneras en las que podría hacérselo pagar.

José le dio las gracias a la camarera, quien les deseó que disfrutasen del vino tras explicarles sus cualidades, sin que Cal prestase atención a una sola palabra.

—El último tratado era equitativo, por eso funcionó durante décadas —dijo José una vez que volvieron a estar a solas—. Tu padre lo sabía y todos nosotros también. No sé qué tenéis en la cabeza los jóvenes para haber desarrollado esas ideas tan radicales. En mis tiempos…

—¿Que qué tenemos? —le interrumpió Cal, incapaz de escuchar una sola palabra más—. ¿Qué tenemos en la cabeza… los jóvenes? —De su voz emanaba tanto desprecio que, por un instante, una sombra de miedo cruzó los ojos de José. Cal se dio cuenta y se horrorizó a sí mismo por ello, pero eso no le detuvo—. Tenemos la mierda que nos habéis enseñado, la hipocresía, el egoísmo y el odio que hemos mamado. A lo mejor, si nos hubieseis legado un mundo que no diese tanto asco, estaríamos a la altura de vuestras malditas expectativas.

—Cal… —dijo José en voz baja y evitando hacer movimientos bruscos, como si acabara de toparse con un lobo solitario y hambriento en mitad de un bosque oscuro—. ¿Qué tal si nos tranquilizamos?

—¿Tranquilizarnos? Estoy muy tran… —Enmudeció al percatarse de que, en algún momento de su improvisado discurso, había agarrado el cuchillo de la carne, que ahora sostenía firmemente. Consciente de pronto de toda la atención que había atraído, dejó caer el cuchillo sobre la mesa y su tintineo hizo que el mundo diese vueltas a su alrededor—. Lo… lo siento. Discúlpame. No me encuentro bien… Voy… voy un momento al baño.

«Mírate, sigues siendo débil», le dijo entre la vergüenza y la burla esa voz de su cabeza. La Voz. Se puso en pie y a duras penas mantuvo el equilibrio mientras andaba a trompicones hacia el cuarto de baño. No se percató de la presencia de la camarera, que recogía las copas semivacías de una mesa cercana, y chocó contra ella. Las bandejas cayeron al suelo con un estruendo y el cristal se hizo trizas. Los restos de vino le mancharon el traje nuevo y apenas pudo contener la ira cuando la joven se inclinó hacia él con un paño en la mano, pidiendo disculpas abochornada a pesar de que no hubiese sido culpa suya. Cal apartó su mano de un empujón.

—Maldita sea, ¡¿es que no puedes tener cuidado, estúpida inútil?! —bramó, intentando secar las manchas.

La mitad del restaurante los miraba con una mezcla de recelo y morbo. La camarera intentó responder, pero no le salió la voz.

—¿Algún problema, caballero? ¿Puedo ayudarle en algo? —preguntó la jefa de sala, que apareció tras él mientras los encargados de seguridad se aproximaban con discreción.

—Yo… Perdonadme. —Corrió hacia el baño rezando para que José no hubiese visto el espectáculo. El estrés y el cansancio podían justificar sus pensamientos, pero… ni siquiera él comprendía sus propios actos, y aquellos arranques eran cada vez más frecuentes y cada vez peores.

Bajó las escaleras hacia el servicio de caballeros, abrió la puerta de golpe y, tras comprobar que no había nadie dentro, echó el pestillo.

La Voz había acudido a él poco antes de recobrar sus poderes. Presentía que ambas circunstancias estaban conectadas, como si fuese víctima de una bendición envenenada. Al principio había creído que era simplemente fruto de su imaginación, pero con el paso de las semanas había tenido que plantarle cara a la realidad.

Algo no iba bien dentro de su cabeza.

No había hablado con nadie de sus episodios de ira descontrolada, se sentía demasiado avergonzado, y las pocas personas en quienes podía confiar tenían suficientes problemas de los que ocuparse. A base de indagar en círculos que no eran del todo respetables, había dado con un método que frenaba ese estado de ánimo frenético y encolerizado, uno que acallaba la Voz y lo sumía en un estado de paz artificial. Aunque, como todo en esta vida, tenía su precio.

Sacó la cartera del bolsillo de su americana, la abrió y extrajo de su interior una pequeña bolsita repleta de pastillas redondas de color rojo escarlata. Tuvo que escabullirse a hurtadillas para encontrarlas en el infame Mercado del Trasgo. Eran la creación de un hechicero que vivía al margen de la ley de la hermandad, célebre en el mundo clandestino gracias a sus creaciones y a los efectos que estas tenían. Cal había dado con un vendedor que le consiguió provisiones suficientes para varios meses. Ningún nigromante digno de respeto se dejaría ver bajo ninguna circunstancia comprando o usando ninguno de esos productos ni reconocería haberlo hecho. Estudió las pastillas en silencio. El exma era una sustancia terriblemente adictiva, y un hechicero nunca sabía si iba a adormilarle o a excitarle. La había probado antes y sabía que, aunque impredecible, le daría tregua durante unas cuantas horas. La única pega consistía en que cuando sus efectos se desvanecían, la Voz volvía con más fuerza que nunca.

Sacó un puñado de pastillas que podría haberle tumbado de golpe, dispuesto a librarse de ella para siempre.

«No tienes lo que hace falta», le reprochó la Voz.

Alguien llamó a la puerta y Cal se imaginó a sí mismo abriéndola y despedazando entre las sombras a quienquiera que osase interrumpirle.

—¿Cal, estás bien? —preguntó José al otro lado.

Cal miró las pastillas en la palma de su mano y se tomó solo tres, más de las que debería. No tenía elección. Ya no era dueño de sus actos. Se llevó el exma a la boca, tragó y guardó el resto, después, cruzó los dedos para que su efecto durase hasta el final de la cena.

—¡Ya voy! —exclamó, mientras la magia se revolvía en sus adentros.

Capítulo 7. Sabele

Después de verle en persona y de sentarse frente a él, sus nervios se disiparon. Solo había quedado con un chico al que había conocido en una fiesta para merendar y conocerse mejor. No había espectros siniestros de por medio ni un conjuro, o más bien maldición, que les enlazase de por vida de una forma inexplicable. Jean ni siquiera sabía que era bruja, así que se trataba de una excelente oportunidad para sentirse como una chica corriente con problemas normales. El cantante había visto su canal y la había felicitado por ser tan «espiritual». «Hoy en día no se encuentra a mucha gente con la mente abierta», le dijo. Sabele había intentado explicarle que los hechizos que aparecían en su canal no tenían nada que ver con las tendencias new age, que era bruja de las de verdad, de las que podían levitar y embrujar objetos para que parezcan lo que no son, pero Jean empezó a explicarle su experiencia con la ley de la atracción. Sabele lo interpretó como una señal de que tal vez no fuera buena idea mostrarle sus talentos al primero que pasara. Al fin y al cabo, no le salió muy bien la última vez.

Tomó el menú del bar para estudiarlo a fondo con la esperanza de que surgiese algún tema de conversación. Jean se apresuró a cumplir sus deseos.

—La especialidad del sitio son los cócteles, pero he estado mirando la carta mientras esperaba y… he tenido una idea loca —dijo colocándose los largos mechones de pelo decolorado detrás de la oreja derecha.

Él la miró atentamente, como si esperase a que le diese permiso. Sabele sonrió. Jean le parecía un chico muy mono, con su melena a lo Kurt Cobain, la barbita de tres días y unos hoyuelos adorables. Por esas razones y porque, al contrario que su excompañero de banda, era una persona educada, había sido fácil fijarse en él.

—Dime.

—¿Qué te parece si pedimos tarta de zanahoria y… patatas fritas para compartir? Sé que no es una combinación muy habitual… Dulce y salado. Pero siempre han dicho que los polos opuestos se atraen. ¿Qué me dices?

«¿Esa es la idea loca?».

—Genial —dijo Sabele, asintiendo. Daba gusto estar con alguien con un poco de iniciativa y que, además, preguntaba por tu opinión. Sí, daba gusto.

—La hamburguesa vegetal no está nada mal, podríamos venir otro día y la pruebas, seguro que te encanta, ¿te apetece?

—Claro —sonrió. Jean, como ella, era vegetariano. Qué maravilla estar con alguien con quien tenía tantas cosas en común, con quien compartía valores. Una maravilla total y absoluta.

El cantante extendió la mano para posarla sobre la suya y Sabele alzó la mirada, sorprendida por la facilidad con la que mostraba un afecto que no se podía desarrollar en solo quince minutos de cita y unos cuantos mensajes de WhatsApp.

—Tenía muchas ganas de quedar contigo, Sabele. —Sabía que era un halago, pero había algo… No, faltaba algo… en la forma en la que pronunciaba su nombre, como si pudiese estar refiriéndose a cualquier otra—. Eres una persona muy especial, me muero por conocerte más a fondo.

Sabele alejó la mano tan sutilmente como pudo y se dispuso a juguetear con el salero a su derecha. ¿Especial? Sí, era algo que los chicos (sobre todo los que apenas la conocían) solían decirle, pero nunca le había parecido romántico, más bien le sonaba… falso. ¿Qué quería decir eso de «especial»? Ella conocía a montones de chicas increíbles; como Rosita, que se atrevía a desafiar al sistema establecido sin temor, o como Ame, quien había cruzado medio mundo para estudiar moda y así cumplir algún día su sueño de diseñar su propia línea de ropa. Detestaba que la comparasen con los demás. Si iban a halagarla quería que fuese por ella misma, por quien era. Aunque desde que la opción de convertirse en aprendiz de la Dama había desaparecido por completo ni ella misma tenía clara su identidad.

—A mí también me apetecía conocerte —dijo. «¿Qué me pasa?». Los insoportables nervios habían sido reemplazados de golpe por una insostenible cantidad de… nada.

Jean le habló de lo interesantes que le habían parecido sus vídeos durante un rato y le dio ideas para potenciar su canal.

—Deberías tener más seguidores con la calidad de tu contenido. En serio. He estado fijándome y me he dado cuenta de que los títulos más llamativos consiguen más visitas…

—¿Tú crees? —preguntó Sabele con un cierto deje de malicia impropio de ella. Casi pudo oír la sarcástica voz de Luc en su mente: «Verás, mi amigo Jean es un tipo de lo más perspicaz».

Sacudió la cabeza. «Largo de aquí, no te he dado permiso para estar en mi mente».

«Eh, a mí no me culpes de las movidas que te montas en tu imaginación».

Mientras Jean hablaba de sus descubrimientos, Sabele continuó jugando con el salero. Se sintió algo culpable por estar prestándole más atención al movimiento de los granos de sal tras el cristal que al discurso de su cita, así que se obligó a atender. Después de todo, solo se interesaba por su mundo. Eso era bueno, ¿verdad? Aunque no estuviese acertando demasiado.

—Es muy curioso todo ese asunto de las piedras, del poder de la naturaleza y de la mente. Ey, ¿sabes qué libro deberías leer sobre espiritualidad? El secreto. Es fascinante, seguro que te encanta… ¡Ah! Ahí llega nuestra merienda.

El camarero depositó la tarta y dos cucharas en un lado de la mesa y las patatas fritas y un par de tenedores en el otro.

—Que aproveche.

—¡Gracias! Hmmm, qué delicia. Espero que no seas escrupulosa.

Sabele negó con la cabeza. El olor a aceite y queso fundido que emanaba de las patatas fritas era lo mejor que le había pasado en toda la semana, así que cogió el tenedor y se lanzó a comer sin pensarlo dos veces. Su ansia la sorprendió hasta a ella misma. Siendo objetiva, ¿quién necesitaba un novio teniendo patatas fritas?

—Están buenas, ¿eh? —afirmó Jean, quien aún no las había probado—. Leí en la web de este sitio que las preparan friéndolas en dos fases, primero…

Sabele se quemó la lengua al llevarse las patatas a la boca, pero no le importó. Por Morgana, ¿qué estaba haciendo? Seguro que, si cambiaba el chip, la pesada losa que sentía sobre su pecho se esfumaría. Solo tenía que esforzarse un poco, mostrar interés por la persona que tenía delante. Interrumpió su disertación sobre frituras.

—¿Y tú qué tal? ¿Cómo va la banda? ¿Alguna novedad? —Si no recordaba mal, le había parecido entender que iban a grabar un EP, o un videoclip, o algo por el estilo, con una importante discográfica internacional. Quién sabía. A lo mejor estaba tomando tarta con el próximo fenómeno del mundo musical y, en lugar de sentirse emocionada, se preguntaba si quedaría raro que pidiese otra ronda de patatas antes de acabarse la primera.

—¡Pues sí! Estamos bastante emocionados. Scott ha conseguido que The Telepats toquemos en nuestro primer festival. No es de los más importantes, la verdad, pero no se puede empezar por Lolapallooza, ¿no? Lo mejor de todo es que compartiremos cartel con muchas bandas británicas de nuestro rollo y, además, ¡nos vamos de viaje a Edimburgo por la cara! Cortesía de Scott.

—¿Edimburgo? —El tenedor se resbaló de entre los dedos de Sabele y retumbó contra la superficie de la mesa—. ¿Vais a tocar en el FREF?

—¡Ey! ¿Lo conoces? —preguntó entusiasmado.

—Ehm… Sí, bueno…, pensaba ir con unas amigas.

Por un momento, Sabele se preguntó si el desafortunado hechizo de Ame no se habría propagado a todos los varones con los que compartía mesa más de cinco minutos. ¿Que si lo conocía? El Folk & Rock Edinburgh Festival, más conocido como FREF, era uno de los principales festivales de música independiente (y magia) de Escocia, un evento que reunía en el mes de agosto a amantes del indie rock y a brujas de toda Europa y de gran parte del mundo para celebrar Lugnasad, la antigua fiesta de la cosecha. Llevaba todo el verano deseando dejar atrás Madrid y la insoportable tensión que reinaba en la comunidad mágica durante unos cuantos días. La fecha en que se subirían a un vuelo rumbo a Edimburgo estaba señalada con todos los colores del arcoíris en su Bullet Journal.

Los pequeños ojos de Jean se abrieron de par en par, exultantes de emoción.

—¿De verdad? ¡No me puedo creer que vayas a estar en el primer festival de música en el que voy a tocar! ¡Es increíble! Casi parece cosa del destino.

La invadió una oleada de pánico ante la mención de ese supuesto sino que tan harta la tenía últimamente. El azar era un concepto en el que costaba creer cuando eras una bruja. Muchos de los acontecimientos que los corrientes tildaban de «casualidad» eran, en realidad, fruto de la magia. Y fue entonces, en ese preciso instante, cuando una idea cruzó su mente.

Si algo le había quedado claro después del último par de meses era que Luc no podía ser su alma gemela. Por mucho atractivo de músico inconformista que tuviese, por muy rápido que hubiese calado a la verdadera Sabele debajo de su fachada de chica perfecta, eran incompatibles; por no hablar de que saltaba a la vista que el chico no tenía ningún interés real en ella, ni en nadie que estuviese más allá de su ombligo. ¿Y si había malinterpretado el hechizo? ¿Y si todo ese tiempo la había conducido por un camino tortuoso hacia su verdadero destino? Sin Luc, nunca habría conocido a Jean. Miró al chico, que continuaba hablando sobre todas las bandas famosas que habían tocado en el FREF antes de catapultarse a la fama.

—Supongo que… nos veremos por allí —dijo Jean, sin dejar de mirarla mientras aguardaba su respuesta.

Sabele tragó saliva. Le había oído cantar y sabía que tenía una voz bonita, como las que a ella le gustaban, clara y cándida. Salían por los mismos sitios, escuchaban música parecida, tenían visiones compatibles de la vida… Si se paraba a pensarlo, era lógico. Las emociones que estaba sintiendo en sus entrañas no se parecían en nada a lo que había experimentado con Cal o Luc, pero, después de todo, ninguno de los dos fue el indicado, así que tal vez se tratase una buena señal.

—Claro —dijo con una gran sonrisa que no sentía del todo.

Si estaba en lo cierto, por fin podría olvidarse de Luc, y solo habría sido un bache en el camino. Era la hora de pasar página; la magia le daba la oportunidad, no, la obligación, de dejar atrás a ese chico al que no lograba entender por más que lo intentaba, demasiado inmaduro e impulsivo para ella. Junto a Jean esperaba desprenderse de todos los malos recuerdos de aquella primavera. Sin embargo, en lugar de alivio, seguía teniendo la apremiante sensación de que algo terrible podría ocurrir en cualquier momento si se atrevía a bajar la guardia.

Capítulo 8. Ame

Ame adoraba y aborrecía regresar a Japón a partes iguales, aunque, en ese preciso momento, la balanza se decantaba peligrosamente hacia el «qué ganas tengo de volver a Madrid».

—Tiene dos manos sanas que usa cada día para jugar a la Play. No se me ocurre ningún motivo por el que no pueda doblarse la ropa él solito —protestó Ame; una respuesta que le valió una de esas exageradas miradas de «me has decepcionado» que le lanzaba su madre prácticamente cada vez que abría la boca para decir cualquier cosa que no fuese «sí, madre» o «sí, padre».

—No le hables así a tu madre —la reprendió su padre, apartando la vista de su ordenador portátil por primera vez desde la hora del té—. Cada día más impertinente… Hay que ver cómo son las jóvenes de ahora —masculló para sí mismo—. Me pregunto si no te estaremos dando demasiada libertad…

Mientras tanto, Yoshio, el hermano en cuestión, siguió jugando al Fortnite en el televisor del salón como si la cosa no fuese con él.

Ame se mordió la lengua al recordar que, por mucho que le fastidiase, seguían siendo sus padres quienes pagaban la matrícula de la escuela de moda y todos sus gastos en Madrid, y quienes podían cambiar de idea en cualquier momento. Optó por cruzarse de brazos y esperar a que se olvidasen de que acababan de pedirle que recogiese la casa, lo que incluía los dormitorios de sus hermanos.

Un domingo cualquiera en casa de los Toyo.

A pesar de los continuos roces con su familia, a Ame le encantaba volver a Nagoya y poder comer kishimen hasta hartarse, dejar ofrendas para los espíritus en el templo y pasar la tarde en Sakae, una de las principales zonas comerciales y de ocio de la moderna ciudad, con su prima Hitomi, a quien quería como una hermana… Añoraba las calles de su ciudad y tener cerca a su familia continuamente cuando llegaba la hora de marcharse, y ni siquiera las recetas, inciensos y montañas de papelería japonesa que se llevaba con ella lograban reconfortarla del todo cuando le atacaba la nostalgia. Sin embargo, salir de su casa se convertía al mismo tiempo en toda una liberación; era como quitarse un chaleco antibalas relleno de plomo para poder lanzarse al mar y nadar sin miedo a hundirse. Aunque sabía que la querían y el sentimiento era mutuo, sus padres no siempre sabían cómo demostrarlo.

Le costaba sentirse completamente en paz en un hogar donde la tradición y la familia lo eran todo, cuando sus sueños iban mucho más allá de quedarse en Nagoya para cuidar de sus suegros cuando fueran ancianos (después de haber educado a sus propios hijos y ser una honorable esposa, por supuesto). Ese era el destino de una bruja según la tradición de Japón: servir a la familia. Los aquelarres, si es que podían llamarse así, no estaban definidos por las brujas, sino por los varones de cada familia, que se enorgullecían de contar con sangre mágica a pesar de no tener poder alguno. Desde tiempos inmemorables, la brujería había sido percibida como una herramienta de servicio, y aunque eran numerosas las hechiceras que se habían rebelado contra la sumisión de su magia, el deber de una buena bruja seguía siendo cuidar de sus seres queridos por encima de sí misma.

En Japón, Ame se sentía una incomprendida, pero también una rebelde, y aquella sensación no la disgustaba del todo. Sabele y Rosita la veían como una buena chica que siempre hacía lo que debía. En su casa, en cambio, su familia la describía como una antisistema incendiaria, una mujer imprudente a la que tenían que recordarle, de vez en cuando, cuál era su sitio.

Ese año, Ame se había propuesto tomárselo con calma, sobre todo, porque aún seguía digiriendo lo ocurrido durante la batalla de los Traidores, pero, como era habitual durante los dos meses de verano que solía pasar allí, la paz no duró demasiado. Intentó concentrarse en los bocetos en los que estaba trabajando. Su proyecto de final de curso en la escuela de moda había sido uno de los favoritos de los profesores y el que obtuvo la mejor nota. La competencia era dura, y después de recibir su ronda de halagos supo que los demás se esforzarían por alcanzarla. En septiembre empezaría el próximo curso y, de entre todas las colecciones, los profesores escogerían las mejores para el desfile anual de la escuela, donde las más célebres casas de costura seleccionarían a sus aprendices. No podía permitirse el lujo de descansar o se quedaría atrás.

Acababa de recuperar el ritmo y de entrar en ese estadio casi meditativo en el que le gustaba trabajar cuando sonó la puerta de la entrada abriéndose y oyó como el recién llegado se quitaba los zapatos.

—¡Tadaima! —exclamó Tadashi, el mayor de sus hermanos varones, al entrar en el salón.

—¿Cómo ha ido el estudio? —preguntó su madre, que acudió a recibirle y le recogió la mochila para dejarla en su cuarto.

Tadashi se estaba preparando para los exámenes de acceso a la universidad y, a pesar de que el primero no tenía lugar hasta enero, el día a día de la familia Toyo parecía girar en torno a la fecha señalada.

—Muy bien. La biblioteca estaba atestada, pero bien. Eso sí, ¡qué calor hace! —Se dejó caer en el sofá entre su padre y Yoshio—. Mataría por un té helado.

Ame siguió dibujando al presentir la mirada de su madre clavándose en ella. Sabía lo que esperaban de su primogénita, pero no iba a satisfacerlos tan fácilmente.

—Ame, hija, ¿por qué no le preparas un té a tu hermano mientras yo —propuso con un sutil tono acusatorio— recojo la habitación de Yoshio?

Ame inspiró profundamente y le rogó a la Diosa que le otorgase la paciencia que necesitaba. Estuvo tentada de responder «Tadashi también tenía dos manos la última vez que miré, madre», pero cuando su padre frunció el ceño hacia ella, desafiante y autoritario, se dijo que no merecía la pena enfadarle otra vez. No le apetecía volver a escuchar uno de sus discursos sobre lo mucho que estaba avergonzando a su familia con su comportamiento. «Solo es un té», se dijo, aunque no fuese del todo cierto.

Dejó su bloc de notas con un golpe seco, malhumorada, sobre el asiento y cruzó el salón hacia la cocina. No sabía qué la enfurecía más, que en su familia se diese por hecho que su magia solo servía para bendecir a los varones del hogar y limpiar malas energías o que nadie se tomase en serio sus sueños y aspiraciones. Era como si todo su trabajo y sus sacrificios no fuesen más que un mero pasatiempo hasta que encontrasen a un buen hijo de bruja con quien casarla. ¿Cómo era posible que ella llevase la magia en las venas y que, aun así, fuese en sus hermanos en quienes confiaban para honrar el apellido de su padre? No, no se trataba únicamente del estúpido té.

Cogió el calentador de agua y vertió el líquido hirviendo en una taza. Preparó una bolsa de té verde, la depositó en el interior del recipiente y esperó a que el agua se tiñese de un brillante color amarillo. Le añadió tres hielos, una hoja de menta, porque así le gustaba a Tadashi, y dos cucharadas de azúcar, ni una más ni una menos. Se aseguró de hacerlo sin el más leve atisbo de amor. Volvió al salón con la infusión en la mano, la dejó en la mesita frente a su hermano y se dispuso a deshacerse del mal humor que la desbordaban para concentrarse

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