INTRODUCCIÓN
No esperéis ayuda alguna de los hombres autores de vuestros males, no tienen ni la voluntad ni el poder de acabar con los mismos, y además ¿por qué querrían formar a mujeres delante de las cuales se verían obligados a avergonzarse? Aprended que no se sale de la esclavitud si no es por una gran revolución. ¿Es posible tal revolución? Solo vosotras lo podéis decir.
PIERRE CHODERLOS DE LACLOS[1]
Les Liaisons dangereuses se publicó por primera vez en 1782 en Ámsterdam para evitar el cargo de imprimir en Francia una obra que atentaba contra las «buenas costumbres». No faltaban razones al autor ni a su editor para tomar semejante precaución, pues de buen principio la novela epistolar de Laclos dividió a los lectores entre los que la consideraban inmoral por libertina, los que la tachaban de sesgada por ofrecer un retrato de la nobleza exagerado y malintencionado, y los que, por el contrario, pensaban que la obra tenía una clara vocación moral y encerraba una certera —y rousseauniana— crítica de las costumbres de la decadente aristocracia francesa. Y es muy probable que la división de los lectores se correspondiera en buena medida con la de una sociedad que estaba a punto de cambiar drásticamente tan solo siete años después, el 14 de julio de 1789, con la toma de la Bastilla que dio inicio a la Revolución francesa.
De hecho, Pierre Choderlos de Laclos (1741-1803) ocupaba en la sociedad estamental de su tiempo un lugar significativo, pues «pertenecía […] a la burguesía que hacía un siglo que se sentía humillada y que iba a imponer el triunfal mito histórico de su autoliberación revolucionaria».[2] En 1750 su familia burguesa había pasado a formar parte, gracias a una magistratura provincial, de la llamada noblesse de robe (la «nobleza de toga», a la que también había pertenecido dos siglos antes Michel de Montaigne, por mencionar a otro conspicuo escritor francés), integrada por los burgueses con título universitario que desempeñaban cargos judiciales o administrativos. Pero, puesto que se trataba de una condición relativamente modesta (una especie de premio de consolación para un sector pujante de la sociedad francesa) y, en su caso, muy reciente, el joven Laclos, que aspiraba a hacer carrera en el ejército, solo pudo optar al cuerpo de artillería: «Eligió, pues, el arma en la que la capacidad individual contaba más que el “nacimiento”».[3]
Sin duda, el momento histórico y la particular suerte de Laclos permiten entender la existencia misma de la novela. A diferencia de los tumultuosos tiempos a que dio lugar el 14 de julio,[4] los primeros años de su carrera militar fueron monótonos (Francia e Inglaterra, enfrentadas en la guerra de Independencia de Estados Unidos, firmaron la paz en 1783) y le depararon anodinas guarniciones de provincia (Besançon, Grenoble, Chaumont) antes de llevarlo a la aislada fortaleza situada en la isla de Aix, entonces habitada exclusivamente por militares, donde los días debían de hacerse largos y, por lo visto, las pocas ocupaciones le dejaron el suficiente tiempo para escribir su única novela.[5] Asimismo, la carrera del autor seguramente también explique el tacticismo de sus dos protagonistas, el vizconde de Valmont y la marquesa de Merteuil, y la concepción del erotismo como continuación de la guerra por otros medios.[6]
De modo que Las amistades peligrosas es hija de su época en la medida en que las relaciones entre los personajes parecen describirse como síntoma de la descomposición de la aristocracia de la monarquía absoluta, que, en efecto, pocos años después terminaría extinguiéndose. La novela reproduce las cartas de un grupo de personajes inmensamente ociosos —como correspondía a los representantes de la nobleza en el Antiguo Régimen, y más aún en el reinado de su último soberano, Luis XVI— a los que la falta de un cometido (aparte de un matrimonio ventajoso) y el consecuente tedio parecen invitar a usar la inteligencia para desafiarse mutuamente en el terreno de los afectos y los deseos, y la única medida del éxito en este juego es el daño causado al adversario. En este sentido, la obra podría inscribirse en la tradición literaria del libertinaje, que inventariaba los imaginativos y transgresores divertimentos, sobre todo en materia erótica, de los personajes y que cultivaba en la misma época el Marqués de Sade (1740-1814).
Y, en efecto, la novela de Laclos es por lo menos tan ambigua como las obras del divino marqués, si bien por distintos motivos. Para empezar, el autor incluye un «Prefacio del redactor» en el que toma distancia con las ideas vertidas por sus personajes, presentándose como el mero editor de unas cartas encontradas, y aduce publicarlas porque le parecen instructivas: «Creo al menos que es hacer un servicio a la moral el descubrir los medios que emplean los que tienen malas costumbres para corromper a los que las tienen buenas». Pero ¿era sincero Laclos o tan solo recurría a una artimaña para eludir la condena de la sociedad? La ambigüedad es por definición irresoluble, y el caso de esta obra no es una excepción, pero diría que a ella debe precisamente su inmensa actualidad. Tal vez no sería justo afirmar que la obra fue revolucionaria, a riesgo de incurrir en anacronismo, pero lo cierto es que, al hacerse eco de las novedosas ideas de algunos de sus contemporáneos sobre la educación y los afectos —muy en particular de Jean-Jacques Rousseau (1712-1778), de cuya La nueva Eloísa procede el epígrafe de la novela— y al elaborarlas desde su singularísimo punto de vista, Las amistades peligrosas fue revolucionaria avant la lettre, no tanto por anticipar los inmediatos cambios que se avecinaban —cosa que no hizo— cuanto por figurar el conflicto entre sus protagonistas como guerra de los sexos, unos términos escandalosos en su día y elocuentes hoy, después de tantas batallas.
Durante los dos siglos que precedieron a la Revolución francesa, las mujeres de la aristocracia europea, pese a la falta de derechos civiles y jurídicos, habían ganado cierto terreno, como atestigua el establecimiento de los salones literarios, una especie de sociedad laica y restringida al ámbito privado donde disfrutaban de libertad para pensar e intercambiar ideas mediante el civilizado ejercicio de la conversación.[7] Pero, cómo no, paralelamente se había afianzado el prejuicio de la nociva injerencia de las mujeres en la vida de la corte, que parecía minar el poder absoluto de los monarcas. Figuras como la de Madame de Pompadour (1721-1764), introducida en Versalles por algunas salonnières y amante de Luis XV, alimentaron la «misoginia política, moral y social» y el mito de la corte «afeminada» en los últimos ecos de la denominada querelle des femmes,[8] la polémica sobre la dignidad y las capacidades de las mujeres que se prolongaba desde el siglo XV, cuando Cristina de Pizán había publicado La Cité des dames (París, 1405).[9] De modo que la novela epistolar de Laclos apareció en una época en que las tímidas conquistas de las mujeres de la corte y su relativa autonomía avivaban la recurrente misoginia, y, cosa curiosa, tan solo un año después, en 1783, el escritor esbozó dos breves ensayos —que quedaron inconclusos y solo se publicaron póstumamente, en 1903— sobre la educación de las mujeres en la sociedad de su época y a lo largo de la historia de las civilizaciones.
El primero era un breve «Discurso sobre la pregunta propuesta por la Academia de Châlons-sur-Marne: ¿Cuáles serían los mejores medios para perfeccionar la educación de las mujeres?», y el segundo, un ensayo más extenso titulado «De las mujeres y su educación». En el primero, Laclos respondía a la pregunta de la academia afirmando escuetamente que no existía «ningún medio para perfeccionar la educación de las mujeres», cosa nada sorprendente, pues tal era la postura tradicional que desde el siglo XV habían adoptado los detractores de la paridad entre hombres y mujeres en la mencionada querella. No obstante, al leer las razones que expuso Laclos para justificar tal conclusión, descubrimos que el suyo era el partido de Pizán:
En donde hay esclavitud no puede haber educación. En todas las sociedades las mujeres son esclavas […]. Es propio de la educación desarrollar las facultades, es propio de la esclavitud asfixiarlas […] convertir al esclavo en enemigo de la sociedad […]. La libertad de un esclavo sería necesariamente un ataque contra el contrato social fundado en la esclavitud.[10]
Igualmente revelador resulta que, en el mismo ensayo, Laclos apelara directamente a las mujeres: «No se sale de la esclavitud si no es por una gran revolución. ¿Es posible tal revolución? Solo vosotras lo podéis decir, puesto que depende de vuestra valentía».[11] De modo que, por lo visto, Laclos no solo simpatizaba con las demandas de las mujeres durante los cuatro siglos anteriores, sino que para saldar la disputa proponía una revolución: no la de los estamentos sojuzgados y desfavorecidos a lo largo del Absolutismo, sino la del sexo históricamente esclavizado «en todas las sociedades» y cuya suerte en la noche de los tiempos, como aclara en el segundo ensayo, «apenas debió de ser mejor que la de los negros en nuestras colonias».[12]
Puesto que los dos ensayos de Laclos quedaron inéditos, para sus coetáneos podía no estar claro qué partido tomaba el autor de Las amistades peligrosas en la querella de las mujeres, ni cuáles eran, pues, los males de la época que supuestamente plasmaba en la novela. También en este sentido resultaba ambigua: en el contexto de la discusión sobre las capacidades y la participación de las mujeres en la vida pública, tanto podía ser que los retratos femeninos de Laclos abundaran en la inveterada misoginia ilustrando la inherente debilidad moral de las mujeres —la culta marquesa de Merteuil es inmensamente perversa y manipuladora, la joven Cécile de Volanges es voluble, ni siquiera la presidenta de Tourvel consigue «defender su virtud»—, como que, por el contrario, mostraran la indudable igualdad humana y la inexcusable desigualdad social.
Sea como fuere, los lectores no precisaban conocer los dos ensayos de Laclos para advertir el indiscutible peso de los personajes femeninos —siete son los corresponsales cuyas cartas leemos, y solo dos de ellos son varones—, así como su interés y capacidades, muy especialmente de la marquesa de Merteuil, cuya condición de viuda le asegura la necesaria respetabilidad y, sobre todo, le proporciona cierta autonomía (no solo económica). De hecho, André Malraux señaló sagazmente, en el prólogo a una edición francesa de 1939, que, de todos los personajes, la marquesa es el único que tiene biografía, refiriéndose a la carta LXXXI, en la que Merteuil explica al vizconde de Valmont sus experiencias de formación en la adolescencia y la primera juventud. Por desgracia, como esta peculiaridad contradecía la lectura de Malraux, según la cual los personajes de Laclos «apenas si existen físicamente y no tienen biografía», la explicación le parecía «torpemente introducida» pese a ser «conmovedora».
No hay duda de que, en una lectura en clave libertina, la carta confesional de la marquesa de Merteuil desentona, pero la disonancia no la convierte sin más en superflua. Por el contrario, puesto que su sola consideración basta para alterar la armonía de la obra, conviene apreciarla como una pieza decisiva sin la cual difícilmente se nos revelará el motivo completo que pretende desplegarse ante nuestros ojos. En tal caso, lo superfluo no sería el relato de Merteuil, sino la lectura incapaz de integrarlo en el conjunto epistolar: la «torpe» carta podría ser el modo en que Laclos habría procurado que el lector no se dejase confundir por el complejo enredo y prestara atención a lo que encubre, ya que en ella se expone en primera persona, con inmensa vivacidad, la servidumbre a la que se encuentra sometida una mujer, incluso privilegiada. Desde este punto de vista, la carta LXXXI resulta en efecto decisiva, porque permite entender las intrigas del personaje no ya como perversos caprichos, sino como defensas lamentables —para los demás y para ella— a las que recurre confiando en zafarse de su sometimiento, aunque con escaso éxito, como parece indicar el ominoso final del personaje. El propio Malraux está convencido de que ese destino no es en absoluto una sanción moral por parte del autor, sino «el falso desenlace de las novelas de la hipocresía, la exención de Tartufo. Hasta el punto de que Laclos, que expone inagotablemente la vergüenza o el dolor de la presidenta de Tourvel, no permitirá que la marquesa vencida escriba una sola vez. Que hablen de ella, pero ella no volverá a hablar».[13] Esta aguda lectura, muy justa, ya que en efecto Merteuil enmudece en cuanto se descubren sus fechorías, tiene el inconveniente de traicionar la ambigüedad del texto, fundamental para entender su interés tanto en el momento de su publicación como hoy: Laclos no condena ni salva a Merteuil, simplemente muestra lo que le cabe esperar a una mujer instruida e inteligente que desafía las costumbres de su época.
Es muy posible que el final de Merteuil satisficiera y siga satisfaciendo, dada la mencionada ambigüedad de la obra, a los lectores biempensantes, pero para otros, más aún al cabo del tiempo, es desolador ver la inteligencia constreñida a disimularse, a ocultarse, a renegar de sí misma, y finalmente a callar. Como a cualquier lector de Las amistades peligrosas le resulta evidente que Merteuil es, junto con su rival Valmont, la indiscutible protagonista, el simple hecho de que no pueda erigirse en un personaje trágico, en una impetuosa seductora como don Juan o el propio Valmont, sugiere la miseria de su condición: tan inteligente, al menos, como Valmont —si no más, puesto que la precariedad aguza el ingenio, como ella misma se encarga de recordar a Valmont: «Créame, vizconde; rara vez adquirimos las cualidades de las que podemos prescindir» (carta LXXXI)—, Merteuil está obligada a actuar tras las bambalinas, a disimular u ocultar sus deseos, porque el iluminado escenario en el teatro del mundo le está vedado. De modo que el abrupto silencio de Merteuil podría no ser una clemencia de Laclos, sino más bien su comentario sobre la suerte que deparaba la historia incluso a las mujeres notables y, en particular, el precio que paga la mujer dedicada, en los propios términos del personaje, a «vengar a mi sexo» (carta LXXXI): la muerte de Valmont es material pero heroica; la de Merteuil, simbólica pero infamante e igual de definitiva.
Aunque la marquesa no es el único personaje femenino de la novela, la carta LXXXI es la que hace de ella el personaje más complejo, brillante (no en vano, para romper con Tourvel, el vizconde de Valmont le envía las líneas que Merteuil le ha escrito a él) y lúcido, aunque solo sea porque es la única consciente de la situación a la que está sometida en razón de su sexo y porque se rebela deliberadamente contra el statu quo. Todo lo cual, sin embargo, resulta igual de estéril que la docilidad de los demás personajes femeninos, porque, como parece insinuar Laclos (más aún a la luz de los dos ensayos mencionados), para las mujeres la batalla está perdida de antemano, con independencia de sus facultades o comportamientos, y quizá este común destino sea la auténtica perversión que saca a la luz la novela. Y es que todos estos personajes viven en un mundo de hombres que reserva a las mujeres, de nuevo, en los términos de Merteuil, la condición de «máquinas para el placer» (carta CVI). No es casual que el único espacio protegido para aquellas sea la vejez (encarnada por la señora de Rosemonde), por la simple razón de que en esa etapa de la vida los Valmont, Belleroche, Gercourt o Danceny pierden el interés en ellas, es decir, dejan de hostigarlas con más o menos agresividad y sin consideración hacia su libertad, su cordura o su reputación. A juzgar por la realidad descrita en la novela, las mujeres solo llegan a la vejez tras superar innumerables peligros y soportar reiterados atropellos con mucha sabiduría.
«Toda convención hecha entre dos sujetos desiguales en fuerza no produce ni puede producir más que un tirano y un esclavo», escribió Laclos en 1783,[14] y en Las amistades peligrosas había puesto en boca de Merteuil este verso: «Ces tyrans détrônés devenus mes esclaves» («Esos tiranos destronados convertidos ya en esclavos míos», carta LXXXI). Merteuil, pues, parece ser el único personaje que advierte lo que Laclos señalaría solo un año después de la publicación de la novela: «En todas las sociedades las mujeres son esclavas». Basta leer la mencionada carta LXXXI para advertir la afinidad entre el discurso de Laclos y el de Merteuil:
En esta parte tan desigual, nuestra fortuna es el no perder, y la desgracia de ustedes el no ganar […]. Mas, si una mujer desdichada siente la primera el peso de su cadena, ¿a qué riesgos no se expone si quiere romperla, o se atreve solamente a levantarla? No puede menos de temblar cuando ensaya alejar de ella al hombre que su corazón repugna con violencia. Si se obstina en quedarse, es preciso que ella conceda al miedo lo que antes acordaba al amor […]. Su prudencia debe desatar con maña estos mismos vínculos que ustedes habrían roto. Estando a la disposición de su enemigo, no le queda recurso si él no es generoso: y ¿cómo esperar que lo sea, cuando, si alguna vez se le alaba porque lo es, jamás se le censura por lo contrario? [Las cursivas son mías]
Pero, aunque Merteuil se distinga de los demás personajes por su rebeldía, Laclos no la exime de la derrota que aguarda al resto de personajes, lo que sin duda sugiere no solo la dificultad de la abrumadora empresa de la gran revolución —que, según Laclos, dependería únicamente de las mujeres y consistiría en proponer los principios de un «nuevo contrato social»—, sino también cuál es su naturaleza: Merteuil se rebela contra el sometimiento de su sexo, pero ese ejercicio se convierte en una calamidad para ella, para los hombres que la rodean y, más lamentablemente aún, para las mujeres que comparten su misma suerte, tal vez porque su estrategia consiste en asumir las reglas del juego de la sociedad, dominarlas como el que más —no tiene empacho en sacrificar a otras mujeres para vengar a su sexo— y obtener así los mismos privilegios que los hombres, cosa por definición condenada al fracaso, cul-de-sac, ya que, según Laclos, como evidencia la historia de las civilizaciones, la regla inalterable de ese juego es que las mujeres no disfruten de ciertos privilegios: «La libertad de un esclavo sería necesariamente un ataque al contrato social fundado en la esclavitud».[15] De ahí que los medios últimos para obtener tales privilegios —la fuerza, la violencia o la guerra— les estén prohibidos y deban acudir a la seducción, al disimulo, al fingimiento, a la hipocresía y a la intriga por los que inevitablemente serán condenadas.
Así pues, el personaje de Merteuil y su destino, a juzgar por los dos ensayos de Laclos, podría sugerir la posición del escritor en la mencionada querella de las mujeres: las capacidades femeninas, de las que Merteuil es un notable ejemplo en la novela, no bastan para acabar con la esclavitud; ni siquiera alcanza con la rebeldía, sino que se precisa una revolución. Sin embargo, el propósito legítimo de esta sería la igualdad no solo de las damas: pese a su agudeza, Merteuil seguiría sometida al influjo del mito de las sociedades estamentales, según el cual toda comunidad humana se organiza en torno a una minoría de individuos que dominan a la mayoría en virtud de su superioridad intelectual o su fuerza. Más que una revolución, Merteuil querría una excepción que le permitiese obtener más privilegios, descollar, distinguirse de las esclavas,[16] igualarse con los hombres de su clase, pero en absoluto impugnar el régimen de la desigualdad. Esta aspiración, que traiciona el consejo de no esperar «en absoluto ayuda de los hombres autores de vuestros males»,[17] explica que la marquesa de Merteuil necesite la complicidad y el reconocimiento de Valmont, y que, ingenua y paradójicamente, confíe en obtenerla rivalizando con él y derrotándolo.
A lo largo de la novela, conforme se intensifica la hostilidad entre Merteuil y Valmont, antiguos amantes, es posible advertir que los medios a los que recurren una y otro son muy distintos dada la diferencia de condición entre ambos: ella seduce, persuade e intriga, mientras que él exige, impone, coacciona y arrolla. En el clímax de su enfrentamiento, cuando Valmont le advierte de que se le está acabando la paciencia y la conmina a abandonar a su amante (Danceny) y acostarse con él como prometida recompensa a la conquista de la presidenta de Tourvel, la marquesa le ayuda a razonar (carta CLII):
O usted tiene un rival, o no lo tiene. Si lo tiene, es menester agradar para verse preferido a él. Si no lo tiene, es menester agradar igualmente para evitar el tenerlo. En ambos casos la conducta debe ser la misma: así pues, ¿por qué atormentarse?; y, sobre todo, ¿por qué atormentarme? ¿No sabe usted ya ser más amable que todos?
La lección, tan inteligente —y actual: el pasaje podría formar parte del manual contra el celoso—, parece destinada a indicar a Valmont que está convirtiendo la relación en un desigual intercambio en el que, para satisfacer la obstinada exigencia del varón, será «preciso que ella conceda al miedo lo que antes acordaba al amor» (carta LXXXI). Realmente, ¿a quién podría satisfacer un «triunfo» amoroso obtenido por medio de la imposición? ¿No tiene razón Merteuil al temer que no sea amorosa la naturaleza de una recompensa que se exige, y que Valmont quiera convertirla en el último botín de la larga lista de sus conquistas? De hecho, hay buenas razones para sospecharlo, no solo por los términos en que se dirige a ella (la respuesta del vizconde a esta carta: «Tomaré el menor obstáculo de su parte como una verdadera declaración de guerra», carta CLIII), sino también por sus anteriores triunfos.
En este sentido, es elocuente el caso de la jovencísima Cécile de Volanges, de quince años, que acaba de salir inerme del convento gracias a la conveniente falta de educación durante los años de encierro, y a la que Valmont inicia por el tradicional procedimiento de la coacción y la violación (al que, dicho sea de paso, ya la había condenado la señora de Volanges al negociar el matrimonio de su hija con el conde de Gercourt). Las primeras cartas de Cécile a su amiga Sophie Carnay, que sigue en el convento, describen con una vivacidad asombrosa la ambivalencia característica de su edad. La joven está dividida entre el pudor de quien cobra abrupta noción de su ignorancia al incorporarse al mundo de los adultos y la curiosidad, la avidez incluso, por desenvolverse en ese mundo desconocido (la sexualidad es tal vez su región más turbadora pero atractiva). Pese a su deseo de aprender, persiste un instintivo pavor, mezcla del miedo a causa de la inexperiencia y del presentimiento de que no hay vuelta atrás, como si el carácter irreversible de la experiencia la atrajera y repeliese al mismo tiempo. Cécile advierte muy confusamente que el paso que tanto desea dar amenaza el núcleo mismo de su integridad personal y la conduce de forma inexorable hacia la desintegración, que es el mayor fantasma (pero también el mayor atractivo) de la adolescencia, ya que, en efecto, se está dejando atrás la infancia, en la que una es y se sabe enteramente supeditada a la voluntad de los adultos, para bien y para mal. Pero lo interesante de esta representación de la adolescencia es que subraya la penosa suerte del personaje e ilustra así la miseria del mundo en el que vive, destinado a confirmar con creces los inevitables miedos de la novicia: toda la sociedad, tal como la representa Laclos, parece un gran dispositivo establecido para sofocar la curiosidad y los deseos de las mujeres tan pronto como empiezan a formarse. Para la joven Cécile de Volanges no solo Valmont es un maestro fraudulento, sino que también lo han sido, mucho antes, sus educadoras en el convento, y luego, inadvertidamente, su madre, empeñada en casarla con un desconocido noble y rico, la propia Merteuil e incluso su amado Danceny (quien la convence ilusamente de que entregue la llave de su alcoba a Valmont).
En esta misma sociedad Valmont tiene a su disposición todos los medios, y termina recurriendo a los más brutales por el simple hecho de que puede hacerlo: pese a la representación que el vizconde se hace del mérito de sus triunfos, el personaje de Cécile parece sugerir que la sociedad se encarga de prodigar víctimas para el ritual de la «conquista» varonil, que más bien consiste en un ineludible sacrificio, también para Tourvel y Merteuil. Esa realidad tal vez dé sentido al título, que, además de señalar la proverbial conveniencia de evitar las malas compañías, alertaría sobre lo peligrosas que resultan para las mujeres las relaciones con los hombres o, dicho de otro modo, recordaría que son desiguales.
A esta pintura de las costumbres, a la que, pese a Malraux, contribuye en buena medida el vívido relato de formación de la marquesa de Merteuil, debe su persistente interés Las amistades peligrosas al cabo de dos siglos y medio. Sin duda, uno de los méritos de Laclos fue adoptar distintas perspectivas, demostrando que poseía una aptitud irrenunciable para el escritor de ficción: la de ponerse en el lugar de sus personajes, es decir, la de hacerlos verosímilmente humanos o psicológicamente comprensibles para el lector. Quizá este sea el elemento más virtuoso —en los dos sentidos del término— de la novela, modular distintas voces para que al lector le pareciera estar oyendo a diversas personas y, así, haberlo desafiado a comprender realidades con las que raramente se le invitaba a complicarse. Esta pluralidad de puntos de vista sobre los muchos temas que atraviesan la obra (la seducción y el deseo, el poder y la fuerza, la curiosidad y el aburrimiento, el aprendizaje y el desencanto, la experiencia en distintas edades) explica que haya podido interpelar a distintas generaciones de lectores y haya disfrutado de sucesivas interpretaciones desde su publicación. Buena prueba de ello son las numerosas revisiones literarias y cinematográficas del siglo pasado y de este: desde la novela de la escritora holandesa Hella S. Haasse, Een gevaarlijke verhouding of Daal-en-Bergse brieven, 1976 («Una amistad peligrosa, cartas desde La Haya»), en la que la autora devuelve la voz a Merteuil reproduciendo las cartas que escribe desde su refugio en los Países Bajos, de acuerdo con la última carta de Las amistades peligrosas, en la que descubrimos que la marquesa «ha tomado el camino de Holanda», (carta CLXXV), hasta las películas Las relaciones peligrosas de Roger Vadim (1959); Las amistades peligrosas de Stephen Frears (1988), la más célebre; Valmont de Milos Forman (1989); Crueles intenciones (1999) de Roger Kumble; y, recientemente, Las amistades peligrosas de Rachel Suissa (2022), ambientada en la actualidad, con un elenco adolescente inmerso en el mundo de las redes en el que curiosamente la reputación y la aprobación de la sociedad han vuelto a convertirse en un motivo de angustia para los más jóvenes.
Como señaló en su día Gabriel Ferrater, parece que Laclos refirió ensoberbecido al conde de Tilly su triunfo literario en los siguientes términos: «Habiendo estudiado un oficio que no había de llevarme ni a un gran provecho ni a una gran consideración, resolví hacer una obra que se saliera del camino ordinario, que hiciera ruido, y que retumbara todavía en la tierra cuando yo me hubiera ido», y añade que Tilly quedó estupefacto de que «el general Laclos pusiera tanto orgullo en haber escrito una novelita más o menos licenciosa que tuvo éxito en su día, pero ya solo servía para que algún tenientillo (Stendhal, por ejemplo) se calentara los cascos».[18] La noticia es interesante porque informa de la común aspiración de los autores de trascender mediante una creación que los sobreviva, pero también porque parece indicar que la lectura de los contemporáneos de Laclos, al convertir Las amistades peligrosas en una «novelita más o menos licenciosa», pasó por alto lo que tal vez hizo soñar a su autor con seguir interpelando a los lectores mucho después de su muerte: que la obra plasmaba de forma crítica las costumbres de la ép
