El corsario

Xus González

Fragmento

cap-1

1

Siempre ha habido abogados de muchas clases, como todo en la vida, pero lo importante es que Valentín Carrillo era de los buenos.

No del tipo de buenos que defienden a sus clientes contra viento y marea porque están convencidos de su inocencia, luchando orgullosos en aras de hacer justicia. No, a Valentín Carrillo la inocencia se la traía al pairo, sobre todo porque sus clientes acostumbraban a ser responsables de la retahíla de delitos que se les imputaban. Él era más bien del tipo de buenos abogados que, a cambio de una elevada minuta, despliegan tal magia en los tribunales que logran para sus representados la ansiada tarjeta de «queda libre de la cárcel», como en el Monopoly. Y lo hacía adoptando una actitud agresiva, arremetiendo contra la instrucción y la investigación policial desde todos los flancos, en busca de una brecha en la que introducir los dedos y hurgar con fruición, hasta reducir o aniquilar cualquier indicio inculpatorio. No siempre triunfaba, pero sí acababa rebañando algo a favor de sus clientes en todas las ocasiones.

Por eso valía cada euro que cobraba.

El juicio de aquella mañana había quedado visto para sentencia. Carrillo se había merendado al fiscal, con corbata y todo. Las imputaciones que había espantado como si fueran moscas eran su especialidad: tráfico de drogas y pertenencia a organización criminal.

Empezar la semana con tan buen pie lo hacía sentir pletórico, así que cuando llegó a casa a media tarde se dio una ducha, se puso cómodo y se preparó para disfrutar de un buen copazo y de un señor habano.

Tenía la casa para él solo. Su esposa, Belén, aún trabajaba en el bufete, y tanto el jardinero como la mujer de la limpieza habían finalizado su jornada hacía rato ya. Ni siquiera Héctor, el chófer, pululaba por ahí; le había dado la tarde libre.

Vestido con un chándal negro de franjas blancas a los lados, calcetines y chanclas de piscina, Carrillo se dirigió a la terraza del salón a palpar la temperatura exterior. Disfrutaba enfundándose en aquel tipo de ropa, pero ni muerto se habría atrevido a salir con ella a la calle. Asociaba demasiado los chándales a sus clientes, una prenda que entendía que prefirieran cuando estaban en la cárcel, priorizando la comodidad a la estética, pero que en la práctica se empeñaban en vestir en todo momento, recluidos o en libertad. Estaba hasta la coronilla de repetirles que no podían presentarse a juicio vestidos con zapatillas de deporte, gorra y chándal, por muy caras que fueran sus marcas, por muy elegantes que se sintieran con ellas puestas. Aquello sacaba de quicio a cualquiera.

Abrió la puerta corredera de la terraza y notó una agradable brisa fresca en la cara; el invierno estaba pasando sin pena ni gloria. Aun así, antes de acomodarse en la tumbona puso en marcha una estufa de exterior y se la acercó. Como ya tenía el cabello prácticamente seco, se lo recogió en su habitual cola de caballo.

La coleta plateada, combinada con el traje y la corbata, constituía un rasgo físico que siempre lo había caracterizado, un vestigio de su pasado hippy que se negaba a dejar atrás, por mucho que ahora detestase aquella cultura piojosa. No solo lo diferenciaba del resto de sus colegas, sino que además tendía un puente entre él y sus clientes, logrando que lo vieran como un abogado diferente, menos estirado, más cercano, más… enrollado. O al menos así lo creía él.

Se encendió un Cohiba y ya la primera calada fue de placer. Después dio un sorbo al Macallan y gimió de gusto.

El chalet estaba ubicado en la zona más elevada de una urbanización de Castelldefels, en la ladera del macizo del Garraf, y disfrutaba de unas vistas privilegiadas del Mediterráneo. Consistía en una vivienda de corte moderno, edificada a dos niveles y con distribución invertida. La entrada principal daba acceso a la planta superior, donde se encontraban las estancias de día, como el despacho, la cocina y el amplio salón que comunicaba con la terraza donde en aquellos momentos el abogado se disponía a relajarse. En la planta inferior estaban los dormitorios y un cuarto destinado a la colada, y también el acceso a un extenso jardín con una gran pérgola, una barbacoa de obra y una piscina en forma de L.

Tras expulsar una espesa bocanada de humo, Carrillo apoyó la cabeza en la tumbona y prestó atención a un avión que sobrevolaba su posición. Surcaban el cielo múltiples estelas blancas, trazadas por ese y otros muchos aviones en sus idas y venidas del cercano aeropuerto del Prat.

No llevaba allí echado ni cinco minutos, muerto de gusto, con el airecillo entrándole por las perneras del pantalón del chándal, cuando sonó el penetrante zumbido del interfono de la puerta exterior.

Su reacción fue quedarse inmóvil, quieto como un palo, esperando a que, fuera quien demonios fuera, se largase por donde había venido. No esperaba a nadie, y los únicos que podían presentarse de improviso eran sus hijos, ya adultos, y esos tenían llave.

El zumbido regresó, y duró un buen rato. Carrillo aguardó de nuevo a ver si se cansaban, pero no, porque tras una breve pausa volvió a sonar. El momento de paz se estaba yendo a pique. El abogado se puso en pie, hecho una furia, y entró en el salón dando grandes zancadas, en dirección al recibidor, a comprobar quién leches llamaba con tanta insistencia.

En cuanto puso la vista sobre el videoportero y descubrió de quién se trataba, la mala leche que había acumulado en su interior comenzó a agriarse, y dio paso a la sorpresa e incluso a cierta punzada de temor: ocupando casi la totalidad de la pantalla aparecía el rostro de Karim Hassani, con su cabeza morena y rapada, depositada aparentemente sin más sobre unos hombros de levantador de pesos pesados.

Karim era uno de sus principales clientes, pero… ¿cómo coño había averiguado dónde vivía?

Dudó si responder. No deseaba hacerlo, pero, por otro lado, aquella visita era del todo intolerable. Carrillo era muy celoso de su intimidad y se esforzaba por mantener a sus clientes alejados de ella. El lugar de reunión habitual con ellos era el despacho, a menos que estuvieran en busca y captura, y en caso de urgencia les permitía contactar con él telefónicamente. Respondía siempre y respondía rápido. Por eso no alcanzaba a comprender qué hacía Karim allí, en su casa.

Para colmo, no venía solo. En la pantalla, tras la corpulenta figura del marroquí, se veía a dos de sus hombres: Omar Larbi, su mano derecha, y Yusuf Saadi, un machaca al que apodaban Momo. Carrillo conocía bien a la gente de Karim puesto que prácticamente los había representado a todos en alguna ocasión. Y, si no había sido él, había sido alguien de su bufete.

Pensó en los vecinos. ¿Qué dirían si veían a aquellos tres pintas rondando por el barrio?

—Karim, no puedes estar aquí —susurró al interfono.

—Abre, tenemos que hablar.

—Mañana, en el despacho. Te prometo que te haré un hueco.

—¿Un hueco? Pero si llevas días dándome esquinazo…

—Eso no es cierto.

En parte lo era, pero ¿qué otra cosa podía decir?

—Déjate de historias. Yo estoy aquí. Tú también. Abre de una vez para que podamos hablar. No te robaré mucho tiempo.

Había llegado el momento de ponerse duro. La mayoría de sus clientes no entendían otro trato, así que dijo:

—A ver si abres bien las orejas y me escuchas. Haz el puñetero favor de largarte por donde has venido. No es el momento, no es el lugar y, sobre todo, no son las formas.

Karim acercó lentamente el rostro a la cámara, invadiendo con su penetrante mirada la totalidad de la pantalla.

—¿Quieres que monte un escándalo aquí, en mitad de esta calle tan pija? ¿Que me líe a gritos? ¿Dando por culo a todos tus vecinos? ¿Diciéndoles que somos tus amigos? ¿Que nos has traicionado? ¿Que nos debes dinero? No, ¿verdad? Pues déjame entrar.

2

Valentín Carrillo dudó. Había que acabar con aquel asunto cuanto antes. Al fin y al cabo, intuía de qué quería hablar Karim con él. Era algo obvio y, a la vez, desagradable. De ahí que llevara un par de días esquivándolo intencionadamente, esperando a que las aguas se calmasen.

Se convenció al fin de que podría controlar la situación; después de todo, siempre había mantenido a sus clientes a raya. Pulsó el botón de apertura y los tres marroquíes enfilaron el camino de baldosas blancas que los conducía hacia la entrada principal del edificio. Cómo no, los tres vestían con chándal y zapatillas deportivas.

Carrillo abrió la puerta del chalet y los aguardó bajo el alféizar.

—Muy guapo —dijo Karim al advertir su atuendo—. Con mucho flow.

¿Se reía de él o lo decía en serio?

—¿Cómo has averiguado dónde vivo?

—Tengo mis recursos —respondió el marroquí con socarronería mientas se aproximaba a él.

—Si has venido a hablar de tu hermano… —dijo el abogado.

Karim no respondió; pasó a su lado, apartándolo ligeramente con un golpe de hombro, y accedió a la vivienda. A pesar de no medir más de metro ochenta, su corpulencia, esculpida a base de gimnasio y anabolizantes, lo convertía en toda una mole. Por su tamaño, era de los pocos clientes con los que Carrillo se ahorraba los comentarios sarcásticos, y el marroquí, por su parte, siempre le había correspondido con respeto. O así había sido hasta el momento.

Carrillo entró tras él en el recibidor, seguido por los otros dos, que cerraron la puerta a su espalda. Karim avanzaba por el pasillo camino del salón, mirando aquí y allá, con chulería, fingiendo sorpresa de vez en cuando o asintiendo con los morros fruncidos, como si evaluara el estilo de vida del abogado, mientras este comenzaba a pensar que el control de la situación se le estaba escapando.

Llegados al salón, Karim se detuvo en mitad de la estancia, se volvió y dijo:

—¿Me vas a contar qué cojones ha pasado con mi hermano?

Obviamente, Karim ya sabía lo que había pasado con su hermano: lo acababan de condenar por asalto con violencia a un traficante de cocaína. Lo había cosido a puñaladas y no se lo había cargado de milagro. Lo que sin duda pretendía averiguar Karim era por qué le había caído la pena máxima.

Carrillo emitió un profundo bufido y, acto seguido, abrió los brazos en señal de resignación.

—Pues ha pasado lo que tenía que pasar. Y que conste que yo ya os avisé —apostilló, alzando un dedo índice.

Karim lo fulminó con la mirada.

—No, de esto no nos avisaste.

—¿Cómo que no? Le dije a tu hermano que esta vez la cosa estaba bien jodida, que lo tenían agarrado por los huevos. Fui claro con él y fui claro contigo. Os aconsejé que aceptara la oferta de Fiscalía, que se declarara culpable, que tres años y medio era un chollo…

—¿Un chollo? Vamos, no me jodas…

—Claro que sí, un puto chollo… ¿Después de lo que hizo? ¿Con sus antecedentes?

Carrillo trataba de morderse la lengua, de controlar la ira y el asco que le provocaban los tarugos de sus clientes, como Karim, como tantos otros, que creían ser capaces de hacer su trabajo mejor que él. Pero no pudo evitarlo y al fin saltó:

—¡Como si no lo hubieran pillado con el carrito del helado! Había ADN, había huellas y había testigos en su contra. ¡El pack especial de Mierda Hasta el Cuello! Y yo venga a insistirle con que aceptara el trato. Y él dale que dale, que a juicio, que a juicio… Inocente, inocente… Pues muy bien, ¿quieres ir a juicio? ¡Pues toma, gilipollas! Así te hartes…

Karim se inclinó hacia delante, intimidador, y comenzó a dar golpecitos con uno de sus dedos sobre el pecho del abogado.

—Pasaste de él como de la mierda. Te pagué una buena pasta para que tú te encargases de su defensa. ¡Tú! Pero no. Por lo visto, tu tiempo es demasiado valioso como para perderlo con mi hermano, ¿eh? Por eso enviaste a una de tus ayudantes. ¿Me lo vas a negar?

—No, no te lo voy a negar, pero… ¡Ah!

Carrillo emitió un quejido agudo. La percusión sobre su pecho era cada vez más intensa y el dolor más penetrante. ¿Cómo habían llegado a tal situación? ¡Aquello era intolerable! ¡En su casa! ¡En su propia casa! Había comenzado a retroceder, dando pequeños pasos atrás, hasta que su espalda topó con los hombres de Karim, que le cortaban el paso, mientras su jefe seguía atosigándolo.

— ¡Sí, joder! —estalló Carrillo—. Le envié a una de mis pasantes, ¿y qué? Tanto daba que hubiera ido yo mismo. ¿no lo entiendes? Tu hermano estaba más que condenado. ¡Y se lo tiene bien merecido!

—¡Le han caído casi diez años!

—¡Pues que se joda! ¡Él se lo buscó! ¡Y sí, mi tiempo es demasiado precioso como para perderlo con un subnormal salido del coño de una salvaje analfabeta!

Ups.

Incluso Carrillo, alterado como estaba, fue consciente de que acababa de pasarse de la raya. Soltar un comentario así, por mucho que fuera lo que pensaba, había sido un error monumental.

Tan monumental como el obús que Karim descargó contra su estómago en forma de puñetazo. Aquello lo partió en dos. Se dobló como un muñeco, vomitó hasta vaciarse, y, tras un gancho en el mentón, perdió el conocimiento.

Al recobrar el sentido, descubrió horrorizado que colgaba bocabajo, en el vacío. Desde la terraza de la planta superior, apoyados en la barandilla, Larbi y Momo lo sujetaban únicamente por los tobillos. También tenía las manos atadas con algún cable eléctrico. Desvió la mirada bajo su cabeza, hacia el jardín, y a una distancia de casi cinco metros Carrillo alcanzó a vislumbrar una de sus chanclas, tirada allí, sobre el pavimento que cubría la zona más próxima al edificio, lejos del mullido césped y el agua de la piscina. Parecía intacta. Dudaba que él corriera la misma suerte en caso de que lo dejaran caer.

Mientras tanto, los marroquíes reían. Tanto los dos que lo sostenían, cada uno de una pierna, como Karim, que lo observaba reposando las manazas sobre la barandilla.

Carrillo trató de gritar, de pedir ayuda, de alertar a los vecinos, pero resultó imposible. Le habían embutido en la boca uno de sus calcetines, blanco, grueso y de algodón. Si pensaba en él, le venían nuevas arcadas.

—¡Eh! ¡Carapene! —exclamó Karim, y agachó la cabeza hacia el abogado.

Como el cuerpo de Carrillo no dejaba de oscilar, el marroquí tiró con fuerza con una mano de la pechera del chándal y con la otra de la coleta, y lo alzó hasta dejarlo doblado por la cintura. El tirón del pelo le dolió a rabiar, pero al menos ahora estaba medio incorporado.

Entonces, Karim dijo:

—Como dices tú, a ver si abres bien las orejas y me escuchas. Te he pagado ochenta mil pavos por la defensa de mi hermano. Ochenta mil putos pavos. Y todo eso para nada. Por suerte, sé que eres un tío serio. Y que me los vas a devolver. Así que dime dónde están, los cojo y te dejaré tranquilo.

Antes de poder responder con ningún gesto ni gemido, Carrillo sintió como su pierna se escurría de las manos de Momo. Durante una fracción de segundo sintió que caía, directo hacia el suelo, estampando sus sesos por todo el jardín. Por suerte, en el último momento Larbi consiguió sostenerlo en solitario.

—¡Mierda, tío, se me ha resbalado! —exclamó Momo.

—¡Ten más cuidado! —lo reprendió Karim.

Eso dio ciertas esperanzas a Carrillo. Lo querían vivo. Para que pagara, sí, pero vivo.

Karim volvió a incorporarlo junto a la barandilla y retomó el asunto.

—Ochenta mil son calderilla para ti, con todo lo que cobras en negro, cabrón. Así que suelta la pasta.

Carrillo era incapaz de pensar con claridad. Le dolían intensamente la cabeza, los tobillos, el estómago, la garganta… Y apenas podía respirar. Advirtió con terror cómo Karim hacía ademán de volver a soltarlo hacia la postura de colgado y comenzó a balbucear con insistencia, suplicando que se detuvieran.

Karim hizo una señal a sus hombres y estos aguardaron. Después dijo:

—¿Tienes o no tienes aquí el puto dinero?

Carrillo negó con todas sus fuerzas.

De un zarpazo, Karim le arrancó el calcetín de la boca.

—No me hagas registrar toda la puta casa. ¿Lo tienes aquí o no?

—No. Te lo juro por Dios… Aquí, no.

—Vamos a hacer como que te creo. Aunque solo sea por el tiempo que hace que nos conocemos. ¿Cuándo puedes conseguirlo?

—Supongo que mañana…

—Pues te doy hasta mañana, ¿te queda claro? Ochenta mil. Si no, la suma seguirá subiendo.

Larbi se acercó a Karim y le susurró algo al oído. Este asintió, pensativo, y dijo:

—Estás de suerte, Coletas. Mañana estaré liado. Así que nos veremos el miércoles. Y más vale que aflojes la pasta, porque si no te juro que vengo y te mato. Y si llamas a la policía o tramas algo, te juro que igualmente vengo y te mato. Sabes que soy capaz. Jódeme, que ya te pillaré. Y luego te mato y me fumo un puro.

3

Silvia Mercado tenía un presentimiento: aquella mañana iba a pasar algo gordo, por fin.

La mossa d’esquadra, destinada al Grupo de Robos Violentos de la Unidad Territorial de Investigación Metropolitana Sur, se encontraba en el salón de un apartamento vacío cedido temporalmente por una inmobiliaria. Se inclinó hacia delante sobre el taburete y retiró un poco más el estor que cubría el ventanal del balcón; no mucho, lo justo para obtener un mejor ángulo del edificio contiguo y, más concretamente, de la puerta principal y la rampa del parking.

En el momento menos pensado, el principal investigado del caso bautizado meses atrás como «AK-50» asomaría el morro, y entonces más valía no perderlo de vista.

Se trataba de Karim Hassani. Alias el Mulo, alias el Sincuello, alias el Yatepillaré.

El marroquí había pasado la noche en aquella vivienda de la calle Amadeu Torner de L’Hospitalet de Llobregat, en el apartamento de Jennifer García, su novia. Por medio de seguimientos, pinchazos telefónicos y el dispositivo de localización GPS que habían instalado en su BMW X6, el equipo investigador había constatado que Karim vivía a caballo entre aquel apartamento y su otro domicilio, donde residían su esposa y los cuatro hijos que tenían en común. Eso si no le surgía algún rollo inesperado, en cuyo caso pasaba la noche en un hotel.

El sonido lejano de una cisterna llegó hasta los oídos de Silvia, proveniente del cuarto de baño ubicado en el pasillo. A los pocos segundos se abrió la puerta del salón y apareció Joel Caballero, su compañero de vigilancia, ajustándose el arma en la funda interior de la cintura y cubriéndola con los bajos de la sudadera.

Apenas hacía tres semanas que trabajaban juntos, y Silvia todavía no sabía muy bien qué pensar acerca de Joel. Él venía de pasar los últimos años en la Unidad de Investigación de Sant Boi de Llobregat, y su incorporación a la UTI Metrosur fue completamente inesperada para todos, la sargento Lucía López incluida. Habían surgido algunos rumores al respecto, pero nadie sabía nada a ciencia cierta, a excepción de los jefes.

—Esto ya es otra cosa… —La cara de Joel era de puro alivio. Se aproximó a ella con la vista puesta en la calle y preguntó—: ¿Cómo va por aquí? ¿Alguna novedad?

—De momento nada. Lo más sospechoso que he visto es al vecino chino, sacando otra vez a pasear al perro.

Joel sonrió.

—¿Quieres un relevo?

Silvia negó con la cabeza.

—No, tranquilo. Ponte cómodo. Si acaso más tarde.

Joel se encogió de hombros y dio media vuelta para dirigirse al sofá situado en mitad del salón, uno de los pocos muebles que quedaban en el apartamento. Se dejó caer sobre él y echó la cabeza atrás, con los ojos cerrados. Lo poco que Silvia sabía de su vida personal era que acababa de cumplir treinta y siete años, que se había separado hacía unos meses y que tenía un crío pequeño. Si además se hubiese llamado Jordi y jugara al pádel, sería un cliché con patas, un clásico dentro de Mossos.

Por un momento, Silvia temió que su compañero se hubiera quedado frito, pero no fue así. Tras unos segundos completamente quieto, se frotó los ojos con vigor y se desperezó.

—Me da que no… —dijo, entre bostezo y bostezo— que no hacía ninguna falta que corriéramos tanto para venir aquí y montar la vigilancia.

—¿Por qué?

—Pues porque sí… Llevo como un mes detrás de esta gente, prácticamente no he hecho otra cosa desde que llegué a vuestra Unidad, y que yo recuerde solo nos han mareado, llevándonos de aquí para allá, pero del alijo, nada de nada. A este paso, mucho me temo que no vamos ni a olerlo.

—Pues yo no estoy de acuerdo. No sé si van a mover el alijo o si se preparan para dar algún palo, pero me apuesto lo que quieras a que traman algo. No es ni medio normal que empiecen a llamarse tan temprano. Estos no madrugan ni por equivocación.

Las primeras comunicaciones de la mañana entre Karim y su círculo más próximo habían comenzado poco después de las seis. Con Larbi, con Momo y también con aquel tal Rachid al que apodaban el Profesor. Por desgracia, ninguna de las conversaciones era en castellano, así que estaban a ciegas hasta que Ahmed, el traductor, no apareciese por comisaria y se pusiera a traducirlas.

—No sé. —Joel no parecía muy entusiasmado—. Yo es que a estos no les veo la lógica en nada… Dicen por teléfono que van a hacer una cosa y después resulta que hacen todo lo contrario. Además, ¿estamos seguros de que el tío sigue ahí dentro?

Silvia asintió. La ubicación de su teléfono así lo indicaba, aunque también podía darse el caso de que lo hubiera dejado allí a propósito. Era una táctica habitual en ellos, sobre todo cuando habían planeado alguna acción comprometedora. Con sus vehículos sucedía igual. La tarde anterior, por ejemplo, estaban atentos a la señal del localizador instalado en el BMW de Karim, aparcado en L’Hospitalet, cuando descubrieron que la señal de su teléfono móvil indicaba que el marroquí se encontraba lejos de allí, en algún punto del interior de Castelldefels. Para cuando quisieron ponerse tras su pista, ya estaba de vuelta. Ignoraban qué lugar había visitado y, sobre todo, qué demonios había hecho.

—La última llamada es de hace un rato —comentó Silvia—, y para entonces ya estábamos aquí. Me extrañaría mucho que se me hubiera pasado, la verdad. A Jenni sí la he visto, con el chaval. Pero de él, ni rastro.

Poco antes de las nueve, la novia de Karim Hassani había salido para acompañar a su hijo de diez años al colegio. Iba embutida en unas mallas negras y una sudadera roja, y peinada con un improvisado moño; después la había visto regresar con una barra de pan y un cartón de leche.

De Karim Hassani, sin embargo, nada de nada. Y Silvia estaba convencida, porque el marroquí era inconfundible. Algo así como la Cosa de los Cuatro Fantásticos, solo que en carne y hueso, con más horas de sol y también algo más bajito. Y tampoco era precisamente un superhéroe, ni siquiera un héroe; más bien todo lo contrario. Tenía un historial policial de los largos, con más de cincuenta detenciones a sus espaldas, y había pasado algunas temporadas a la sombra; no obstante, hacía ya más de diez años que apenas pisaba ninguna cárcel, y si lo hacía era durante cortos periodos. Ahora estaba en libertad, a la espera del enésimo juicio, paseándose a sus anchas y dedicándose a lo que mejor se le daba: asaltar a traficantes de droga.

—Pues a seguir esperando —dijo Joel, resignado. Agarró su mochila negra, que se encontraba en el suelo, apoyada contra el sofá, y del interior sacó un bocadillo envuelto en papel de aluminio. Medía más de dos palmos de largo.

Silvia, que lo observaba de reojo, sintió una punzada en el estómago; se había levantado con el tiempo justo, sin desayunar ni prepararse nada. Rebuscó en su bolso y encontró un paquete de galletas con dibujos de los Minions. Eran las preferidas de Candela, su hija de catorce meses, y más le valía reponerlas cuando llegara a casa.

Joel acomodó el teléfono móvil sobre una de sus rodillas y, entre mordisco y mordisco, comenzó a toquetear la pantalla. Con la boca medio llena, dijo:

—Ayer me mandó Rondón el vídeo del vuelco.

Aquello sorprendió a Silvia.

—Creía que ya lo habías visto —dijo.

—Qué va. Pero te juro que no puedo dejar de mirarlo. Esta peña está como una cabra.

Y, una vez más, volvió a darle al play para contemplarlo. Los sonidos llegaron a oídos de Silvia, nítidos y claros. Comprendía el asombro de su compañero, a ella también le había sorprendido la crudeza de las imágenes cuatro meses atrás.

4

El robo de un alijo de droga sucedido a mediados de noviembre, pasada la medianoche, había supuesto el arranque de aquella investigación.

Había tenido lugar en la AP-7, a la altura del Área de Descanso de Sant Sadurní d’Anoia, cuando una furgoneta procedente de la costa andaluza fue abordada por un Range Rover Evoque a punta de pistola. Los ocupantes del todoterreno se habían identificado como policías, con su luz rotativa azul, sus chalecos identificativos y sus amenazas de arrestar al conductor si no se detenía. Pero, obviamente, no eran policías. Eran ladrones y ansiaban el cargamento de la furgoneta. El conductor lo sabía, y por eso se resistió a detenerse. En breve, y tras unos disparos de aviso, los asaltantes consiguieron sacarlo de la carretera y acercarse al botín. Ni siquiera pudo evitar el robo el coche piloto, que circulaba algo más adelantado acompañando a la furgoneta. Y eso que reculó en contradirección e inició un tiroteo frenético contra los asaltantes.

A menudo este tipo de situaciones suceden al margen de la sociedad e incluso de las fuerzas de la ley, pero en esta ocasión la policía tuvo información de primera mano. Y no por un confidente, ni por el conductor de la furgoneta asaltada, que al ser interrogado manifestó ser víctima de una oportuna amnesia, sino por un testigo presencial: el comercial de una empresa cárnica que, de regreso a casa, había parado a echar una meada entre los árboles del área de descanso, frente al lugar donde se desarrolló la parte más gorda del asalto. Al oír los primeros disparos, que sonaron como una pequeña ráfaga, pam-pam, el chorro se le cortó de golpe. Al principio se limitó a observarlo todo, anonadado, y para cuando comenzó a grabar con su teléfono móvil, la furgoneta ya estaba circulando aprisionada por el arcén. Gracias a la grabación y a que uno de los asaltantes había abierto la puerta lateral del vehículo para comprobar el cargamento, se pudo saber a ciencia cierta que el objetivo del robo era la montaña de fardos que transportaba, con sus característicos embalajes de rafia marrón. Por lo menos había cuarenta bultos ahí dentro, lo que equivalía a una carga superior a la tonelada, y en algunos de ellos se distinguía la inscripción «AK-50» escrita con pintura oscura y a gran tamaño. De ahí el nombre del caso.

—¡Pero qué ida de olla! —exclamó Joel, pegando la mirada a la pantalla—. No veas cómo embisten a la furgoneta, ¿no? No la tumban de milagro. Y ¿qué es lo que…? Hay uno que lleva un hacha, ¿no?

Silvia asintió. Cuando los asaltantes abordaron la furgoneta, dos iban armados con pistolas y los otros dos con armas blancas; uno un hacha y el otro un machete.

—Parece que están descontrolados, y aun así… —Joel negó con la cabeza, asqueado—. Menuda panda de cabrones. Consiguen lo que han ido a buscar.

Silvia volvió a asentir y dijo:

—Es lo que tiene jugar con ventaja.

Estaba claro que los asaltantes sabían dónde estaría el transporte en todo momento y escogieron el lugar donde sería más vulnerable. Tenían un sistema que siempre funcionaba, sobre todo con traficantes de hachís.

Karim disponía de un socio en Marruecos que se las apañaba para acceder a cargamentos pendientes de ser trasladados a España y colocaba en el interior de uno de los fardos un dispositivo GPS de seguimiento. Tras el desembarco esperaban a que la ocultaran en algún lugar clandestino, lo que se conocía como «guarderías», y entonces entraban a por todo, con cuantas más armas mejor, y se hacían con la mercancía. Otras veces, cuando la información les llegaba tarde o la guardería estaba bien protegida, asaltaban el vehículo de transporte de camino a su siguiente destino, o en el nuevo punto de custodia. Se trataba de un juego peligroso pero rentable, porque los cargamentos solían oscilar entre los quinientos kilos y las dos toneladas.

A pesar de que hacía ya tiempo que corría como la pólvora que Karim y los suyos eran los responsables de buena parte de los vuelcos de hachís que se daban a lo largo del Mediterráneo español, apenas se habían tomado represalias contra él. Obviamente, no lo habían denunciado, tratándose de golpes entre delincuentes, pero es que todavía no había aparecido nadie con los santos cojones de enfrentarse a él. Estas no eran palabras de Silvia, sino del propio Karim cuando, un par de semanas atrás, un colega español le preguntó si no tenía miedo de que fueran a por él. Y Karim, con su voz rota y cortante, soltó: «Todavía no ha aparecido nadie con los santos cojones de enfrentarse a mí. Y si lo intenta, te juro que ya lo pillaré».

—Pero una cosa es jugar con ventaja y otra muy distinta es confiarse —opinó Joel, mientras se sacudía las migas de la sudadera—. Y está claro que se confiaron; si no, no se habrían dejado el extintor ahí dentro.

—Ten pon seguro que la próxima vez no cometerán el mismo error —afirmó Silvia.

El caso había tenido toda la pinta de ser de los que mueren apenas acaban de nacer, con pocas pruebas y una víctima muda. Ni el comercial ni su video permitían identificar caras o matrículas, y desde que habían retirado los peajes de la AP-7, resultaba muy difícil obtener un control del movimiento de los vehículos. No obstante, el caso resucitó dos días después del vuelco, cuando un Range Rover Evoque de color gris metalizado, con el lateral derecho y parte del frontal destrozados, fue localizado por una patrulla de la Guardia Urbana junto al cementerio de Montjuïc. Lo habían robado en Cornellà, de un parking privado, una semana atrás. Los de la Científica no encontraron nada que permitiera identificar a los autores del vuelco, porque antes de abandonarlo habían rociado de espuma todo el habitáculo con un extintor de incendios, muy meticulosamente… salvo por el pequeño detalle de que lo habían dejado allí mismo, tirado en el suelo del vehículo.

En la chapa metálica constaban un número de serie y el nombre de una empresa de mantenimiento, que los condujeron a uno de los extintores asignados a una gasolinera situada en Montcada i Reixac, en el otro extremo de Barcelona. La sustracción se había producido durante la misma noche del vuelco, con la gasolinera cerrada al público. En las imágenes de las cámaras de seguridad aparecía un tipo de complexión delgada con una gorra calada hasta los ojos y ataviado con una chaqueta Napapijri de estampado militar y capucha peluda, idéntica a la de uno de los asaltantes de la furgoneta. En la grabación, el tipo se dirigía hacia los surtidores, reventaba el cristal de emergencia y arrancaba de allí el cacharro. A continuación, y gracias a otra cámara que enfocaba a la parte posterior de la gasolinera, pudieron observar que el tipo subía al asiento del acompañante de un Volkswagen Golf negro que lo aguardaba en marcha.

Esta vez sí pudieron leer con claridad la matrícula, y averiguar que aquel coche estaba a nombre de la madre de Omar Larbi, mano derecha de Karim Hassani. Un bingazo en toda regla. La jueza de Vilafranca del Penedès encargada de instruir las diligencias autorizó el pinchazo de la línea telefónica de Larbi, cuyo número costó Dios y ayuda conseguir, y poco después se extendió la orden a los teléfonos de Karim Hassani y Yusuf Saadi, alias Momo.

Por lo que habían podido deducir de sus conversaciones, los mossos sabían que el alijo seguía en poder de la banda de Hassani, pero, pasados ya unos meses, no tenían ni un solo indicio de su paradero. La jueza había empezado a hartarse del caso, que le ocasionaba más dolores de cabeza que alegrías, con tantas peticiones policiales, pinchazos telefónicos y sistemas de seguimiento, y quería dar carpetazo al asunto cuanto antes, aunque supusiera no recuperar la mercancía: les dio otros diez días de intervenciones telefónicas para averiguar dónde se encontraba el alijo o, de lo contrario, cerraría el caso. No sin decretar antes varias detenciones, eso sí.

Pero Karim y su gente se irían de rositas, de eso estaba convencida Silvia Mercado, que conocía bien a Valentín Carrillo, apodado el Coletas, el abogado de aquella banda desde hacía casi quince años, una auténtica mosca cojonera que disfrutaba interrogando a los policías durante los juicios, haciéndoles sudar la gota gorda, para gozo de sus defendidos.

Además, aquellos cabrones eran muy cuidadosos. Habían aprendido a no caer en los mismos errores por los que los habían pillado en el pasado, y todo gracias a los atestados policiales y al asesoramiento de abogados como el Coletas. Por teléfono apenas comentaban nada que pudiera incriminarlos, y solían cambiar de número cada pocas semanas. De ahí que los mossos optaran por pinchar también el número IMEI de los terminales móviles, aunque algunos no solo cambiaban de tarjeta SIM sino también de aparato. Y pese a todo ello, aún resultaba verdaderamente difícil seguirlos, en especial a Karim, que no hacía más que mirar a todos lados, siempre al acecho, como si los oliera.

5

Adrenalina y cojones.

Karim Hassani lo tenía claro. Todo cuanto hacía falta para dar un buen palo era eso. Tampoco estaba de más contar con algo de planificación, músculo y balas, pero, por encima de todo, lo que se necesitaba era adrenalina para mantenerse alerta y cojones para llevar a cabo el golpe.

Y, si alguien sabía de dar golpes, ese era Karim.

Frente al espejo del cuarto de baño, después de darse una ducha y todavía desnudo, Karim se apoyó en el borde de la bañera y se inyectó la jeringuilla de Winstrol en el muslo derecho. Sintió un leve escozor al principio y después el líquido fluyó como si nada. Llevaba tanto tiempo ciclándose con esteroides anabólicos que aquel gesto se había convertido en un simple trámite para él, a pesar de que las cantidades habían aumentado y aumentado hasta superar con creces la dosis máxima recomendada. Por suerte, los efectos secundarios parecían estar bajo control; de vez en cuando echaba mano de alguna pastilla de Cialis o Viagra, pero, por lo general, bastaba con añadir a su dieta un porcentaje mayor de testosterona para contrarrestar la falta de fuelle.

Tras lanzar la jeringuilla a la papelera, se frotó el muslo sobre la zona del pinchazo, más por costumbre que por auténtica necesidad, y se calzó un bóxer de licra de color morado. A continuación, salió del cuarto de baño en dirección al dormitorio para vestirse.

Necesitaba ropa discreta. Y cómoda. Aquella no era una mañana más, de rutina de gimnasio. Había acordado un encuentro con un comprador de hachís dispuesto a pagar un precio decente por el alijo robado cuatro meses antes, en la AP-7.

Desde que se había hecho con aquella tonelada y media de chocolate, no veía el momento de colocárselo a alguien. Sin embargo, le costaba darle salida al lote completo, ya fuera a la mitad del precio habitual o incluso a una tercera parte. La razón es que ya nadie se fiaba de él. ¿Quién puede permitirse el lujo de confiar en alguien cuyo medio de vida es asaltar a traficantes? La mitad de los que tenían capacidad para comprarle tal cantidad de hachís habían jurado reventarlo si volvían a verlo, y la otra mitad no se atrevían a acercarse a él cargados de dinero por miedo a que les diesen el estacazo.

La única oferta seria que había recibido por la compra de todo el alijo había resultado ridícula. Provenía de un tipo bastante turbio a quien apodaban el Camionero y que regentaba una empresa de transporte con sede a las afueras de Viladecans, aunque todos tenían claro que se trataba de una tapadera. El muy mamón le había ofrecido un diez por ciento del valor de la droga en la calle. ¡Un diez por ciento! Aquel puto mafioso se creía que era gilipollas. Por supuesto, lo había mandado a la mierda.

Mientras tanto, Rachid Alaoui, su socio en el barrio, que se dedicaba al menudeo de la marihuana que él mismo cultivaba en plantaciones de mediana escala, comenzó a darle salida al hachís. El Profesor, pues así lo llamaban, disponía de un grupo de marroquíes jóvenes, algunos incluso menores de edad, que movían su mercancía por parques y bares y ahora, además, ofrecían la mercancía de Karim. Sin embargo, aquella vía no dejaba de ser algo temporal, un parche para sacar algún beneficio. Y era demasiado lento.

Esconder un alijo tan voluminoso constituía una patata caliente en muchos aspectos, y Karim era consciente de que necesitaba encontrar un comprador potente que no tuviera ni idea de quién era él ni, mucho menos, de que el chocolate provenía de un vuelco. La cosa parecía ir para largo hasta que el Francés hizo acto de presencia.

En el dormitorio, Karim abrió el armario donde Jenni le había reservado una parte considerable de estanterías y perchas para que guardase su ropa. Cogió un pantalón cargo de color gris oscuro, unas Jordan negras y rojas y una camiseta Under Armour azul marino. Rebuscó entre las sudaderas, pero ninguna le convenció. Eran de colores demasiado llamativos. Anchas, sí, pero poco discretas.

—¡Jenni! —gritó, plantado frente al armario.

Nada. El televisor siguió sonando en el otro extremo del apartamento, pero no se movió ni una mosca.

O Jenni no lo había oído o se hacía la sueca. Ambas cosas eran más que probables.

—¡Jenni! —volvió a gritar con mayor intensidad.

Esta vez sí, oyó como Jenni bajaba el volumen del televisor.

—¿Qué quieres? —preguntó la chica desde la otra habitación.

—¿Dónde está la sudadera negra?

—¿Qué?

—¡¿Que dónde está la sudadera negra?!

Jenni emitió un sonoro bufido y se dirigió al dormitorio con el clac-clac-clac de sus chanclas de dedo. Nada más asomar la cabeza, dijo:

—Pero ¿qué quieres?

—La sudadera negra que traje antes de ayer…

—¿No está ahí? —preguntó Jenni, señalando el armario.

Karim revolvió entre la ropa, mientras perdía la paciencia.

—Aquí no está, ya he mirado.

—Pues igual no la trajiste, y está en tu casa —dijo la chica, apoyándose en el marco de la puerta—. O en el coche. Coge otra. Tienes muchas.

—No, necesito la negra —respondió Karim, exasperado.

—¿Y eso? —preguntó Jenni.

—¿A ti qué te parece?

Jenni asintió; acababa de comprender lo estúpido de su pregunta.

—Pues no sé. Mira en la secadora —dijo.

—Ves y míralo tú.

Aquello la cabreó de veras.

—Paso. Estoy liada.

Y desapareció por el pasillo.

Karim la siguió.

—¿A qué viene eso, eh?

—Vete a la mierda —replicó sin volverse.

—¿Qué quieres? ¿Discutir? Pues para discutir ya tengo a mi mujer. Y no estoy contigo por eso.

Ella se volvió, con el rostro encendido.

—Ni yo estoy contigo para ser tu criada, para eso ya tenía al imbécil de mi ex, no te jode…

Ambos se quedaron mirando, retadores.

Aquel tipo de enganchadas entre ellos no eran habituales, y menos por tonterías como aquella. Jenni era una mujer de carácter y con las ideas muy claras, más racional que pasional y nada propensa a los ataques de celos ni a las escenitas. Por eso le sorprendía verla así.

—¿Qué cojones te pasa? —preguntó Karim.

—¿Que qué me pasa? ¿Qué te pasa a ti? Estás insoportable.

Jenni dio media vuelta y entró en el salón, cerrando de un portazo.

Karim no la siguió. ¿Para qué? Al fin y al cabo, tenía razón. Hacía tiempo que estaba con los nervios a flor de piel, más irascible de lo habitual. Y el asunto de aquella mañana con el Francés suponía otra más de sus preocupaciones. Y todo por la puñetera pasta.

Consultó el reloj y advirtió que le quedaba poco tiempo para prepararse. Mientras se dirigía hacia el lavadero en busca de la maldita sudadera, lo hizo pensando en aquel tipo, el comprador del hachís.

Se referían a él como el Francés, pero su nombre era algo así como Jean-Philippe o Jean-Pierre. Se presentó una tarde ante el Profesor, que acostumbraba a parar en un bar del Gornal, y entabló conversación con él. Era un mulato enorme, que dijo ser de Lyon y, tras marear un poco la perdiz y dar varios rodeos, confesó que estaba muy interesado en subir a Francia cien kilos de hachís. Para apoyar sus palabras mostró un buen fajo de billetes. El Profesor se hizo el loco, no se comprometió a nada y le transmitió el mensaje a Karim. Este, desesperado como estaba por convertir la mercancía en pasta, no pudo negarse, aunque decidió tomar ciertas precauciones. La primera de ellas fue reducir la cantidad; en lugar de cien kilos, le entregó un fardo, es decir, treinta kilos. Y la segunda fue mantenerse al margen, de modo que el asunto quedó en manos del Profesor.

La cosa fue bien y el Francés regresó al cabo de un par de días con una nueva propuesta: quería comprar media tonelada por la módica cantidad de medio millón de euros. Aquella tarifa estaba por debajo del precio de mercado, pero resultaba una oferta cojonuda, especialmente si se tenía en cuenta que su coste había sido cero.

Aquel dinero le venía que ni pintado a Karim, ya que los últimos meses habían sido una auténtica sangría de dinero. Todos los negocios en los que había invertido, todos, habían resultado ser un puñetero desastre. El último y más doloroso era un local de la Barceloneta, un shisha lounge con pista de baile, para cuya remodelación había desembolsado más de cien mil euros y al que ahora, de repente, el ayuntamiento denegaba la licencia. Por si eso fuera poco, Karim sentía que estaba rodeado de parásitos que no hacían más que chuparle la sangre, en Marruecos y en España. En Nador, su ciudad natal, estaba costeando la construcción de dos viviendas familiares que parecía que no se iban a acabar nunca, y además había invertido en el negocio pesquero de uno de sus tíos, cuyas pérdidas eran continuas. En L’Hospitalet, su esposa Zhora, su novia Jenni y el resto de familiares que vivían a su alrededor no dejaban de sablearlo, por no hablar de que también debía ocuparse de sus hombres, especialmente cuando los detenían y había que pagar la minuta del abogado…, aunque aquel, de todos sus problemas, quizá iba a ser el que tuviera mejor solución en el caso de su hermano Jamal.

Las cosas entre Karim y Jamal nunca habían sido fáciles. Cuando Jamal estaba sobrio y centrado, resultaba imparable. Por ese motivo, Karim lo incluyó durante un tiempo en su banda, y juntos habían dado buenos palos. Pero, tarde o temprano, siempre volvía aquel carácter taciturno y vicioso, la sombra alargada del cabrón de su padre, y se convertía de nuevo en el hermano envidioso y resentido. Hacía meses que Karim lo mantenía alejado, y cuando la policía lo detuvo por apuñalar a un traficante, Karim llamó a Carrillo más para ahorrarse la bronca de su madre que por el bien de su hermano, de quien ya no podía estar más harto. No le importaba decirse, en su fuero interno, que le dolían más los ochenta mil euros que la sentencia de diez años a su hermano.

La cuestión es que, a aquellas alturas, Karim ya estaba harto de todo. Los problemas de dinero no hacían más que multiplicarse y sentía la tensión por todo su cuerpo. En el gimnasio se machacaba más que nunca, y solía acostarse con un intenso dolor de espalda; era consciente de la necesidad de tomarse un respiro con las pesas, pero le resultaba imposible. Y, por si fuera poco, de un tiempo a esta parte sentía unas punzadas intermitentes en el estómago que solo podía mitigar a base de antiácidos.

Pero no había alternativa. Debía seguir adelante.

Abrió el tambor de la secadora y desparramó su contenido en el suelo.

Y allí estaba la sudadera negra. No es que le gustara especialmente; era de buena calidad y ligera, pero no destacaba por nada. Era más bien del montón. Pero tenía una buena capucha y era lo suficientemente ancha como para cubrir cualquier cosa que llevara guardada en la cintura, sin miedo a agacharse y que quedara a la vista de todos.

Acabó de prepararse, cogiendo todo lo que necesitaba, y, antes de salir del apartamento, abrió la puerta del salón. Allí estaba Jenni, tumbada sobre el sofá, viendo el televisor y, a la vez, trasteando el móvil. Antes de despedirse, ella dijo:

—Ha

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