Fotografía de tu piel (Tu piel 1)

Fragmento

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Capítulo 1

Álex

—Sigue así, preciosa... sonríeme. Lo estás haciendo muy bien —alentaba Álex a la mujer que tenía enfrente de él, vestida con un conjunto de lencería más que sugerente, mientras se movía para encontrar el mejor ángulo de la modelo—. Seduce a la cámara. Ponme ojos de gata. Esta noche vas a triunfar con ese modelito... estás muy sexy. Así... así... eso es, preciosa —continuaba—. Solo un par más de ellas. Listo. Ya lo tengo. Perfecto. Has estado genial —prosiguió. Con dos golpes de clic la sesión terminó—. Muchas gracias, Abril, te puedes vestir —concluyó el fotógrafo mientras miraba su cámara y la modelo desaparecía del set.

—Gracias, Álex —dijo ella, que fue corriendo a cambiarse.

—De nada, un placer —contestó Álex al tiempo que apagaba los focos y se dirigía al ordenador para ver el resultado de la sesión que acababa de hacerle con lencería de La Perla a Abril, una modelo española que repuntaba y que tenía un cuerpo y una sonrisa de escándalo.

En unos instantes se quedaría solo en su estudio, era uno de los momentos que más le gustaban. Estar solo y ver con minuciosidad el trabajo realizado. Ese proceso le llevaba mucho más tiempo que lo que era la sesión en sí y es que era muy exigente consigo mismo en cuestiones laborales, aunque en temas personales a veces también. Se despidió de todos y tranquilizó al agente y al representante de la firma, que lo acosaron en cuanto se apagaron los focos para ver el resultado de la sesión, plazos de entrega y todo lo demás; en pocos días les enviaría el trabajo y Álex se centraría en otro.

Alejandro Vergara, Álex para la profesión, era fotógrafo. Tenía treinta y cinco años. De pelo castaño, largo hasta casi rozar sus hombros y liso, ojos azules. Alto y atlético. Hacía deporte y eso se notaba, le encantaba el submarinismo, la escalada o cualquier actividad que le permitiera hacer fotos —su gran pasión— además de mantenerse en forma. Siempre que podía, huía de lo convencional, a él le gustaba la aventura, el riesgo y las emociones fuertes, por eso se decantaba por los deportes más extremos.

Trabajaba como fotógrafo para grandes firmas y diseñadores, aunque también ejercía su profesión a menor escala; no le importaba, él se adecuaba a las exigencias del cliente. Lo que realmente le gustaba era fotografiar momentos y personas, ya fueran para marcas famosas y con modelos de renombre o para clientes menos conocidos y con modelos poco relevantes. Poseía un estudio muy amplio en los bajos de un edificio. Era muy luminoso, ya que a excepción de una pared que lo separaba del otro local y de los tabiques interiores que dividían los sets del resto de las estancias, todo eran cristaleras, la luz natural entraba por todas partes; sin embargo, tenía un sofisticado sistema para oscurecer el vidrio, evitar miradas indiscretas y modular la intensidad de luz. Además de persianas automatizadas que evitaban que entrara un solo rayo de sol en el caso de que fuera necesario.

El estudio tenía dos grandes sets, uno a cada lado del local, en los que se podía trabajar simultáneamente; en ellos tenía todo lo necesario: focos extensibles para la iluminación, distintos fondos enrollados y colgados del techo para ocupar menos espacio, era todo muy diáfano. Las paredes que separaban las distintas estancias estaban pintadas en un color gris, y de ellas pendían algunas de las mejores fotografías hechas por Álex a lo largo de su carrera. Las solía cambiar cada cierto tiempo, aunque todas tenían la particularidad de ser en blanco y negro y en un tamaño bastante grande. También disponía de una oficina, justo al fondo y enfrente de la puerta principal, donde solía revisar sus trabajos tranquilamente en la pantalla plana y extragrande de un ordenador de última generación. Allí, aparte de la mesa, el cómodo sillón y todo el equipo informático, tenía un minifrigorífico donde guardaba bebida fresca y algo de comer, por si se alargaba la jornada; también tenía un equipo de música de alta fidelidad que podía conectar con cada uno de los sets de forma independiente. Le gustaba mucho la música y en sus sesiones no faltaba, solía escoger la adecuada para cada trabajo: más sensual, en el caso de fotografiar lencería, por ejemplo; más cañera, en el caso de que en la sesión estuvieran modelos con ropa o zapatos con un look agresivo; clásica, para bebés; siempre ambientaba para obtener el mejor resultado.

En un pequeño almacén guardaba algo de attrezzo, cosas que utilizaba de vez en cuando, aunque a él lo que más lo motivaba era cuando no había nada, solo las modelos y él, ahí demostraba su buen hacer, era como un reto, tenía que lograr captar la atención con su cámara y que el cliente y, después, el público vieran lo que había conseguido transmitir. También era muy importante la actitud de las profesionales, solía encandilarlas para que sacaran lo mejor de ellas y él, en un instante, lograra capturar ese momento. Muchas veces hacían más las palabras que les decía que el estilismo, el maquillaje o la peluquería, aunque todo ayudaba, por supuesto. En su estudio también había un cuarto de revelado, de vez en cuando dejaba aparcado el mundo digital y revelaba sus propias fotografías allí; unos aseos amplios, que hacían las veces de vestuarios; y una recepción sencilla, que constaba de un mostrador hecho de pallets y unos sillones de diseño en cuero negro. En la pared que había tras el mostrador se podía leer «ÁLEX VERGARA», en letras metálicas y con un trazo bastante irregular, era como si fuera su firma, y justo debajo de su apellido la palabra «fotógrafo» en minúsculas. A veces alquilaba los sets para que otros colegas utilizaran las instalaciones en sus trabajos.

Vivía no muy lejos de allí, en un precioso ático. Allí tenía su refugio, era un lugar que le daba paz y en el que se sentía seguro y muy a gusto. Más que un ático, él lo había convertido en un loft. Era grande y con unos ventanales de techo a suelo que le ofrecían unas vistas magníficas. Las únicas dos puertas que había eran la de entrada y la que separaba la gran estancia del baño, para tener algo de intimidad; la cocina era americana. No tenía muchos muebles, pero los suficientes para albergar algunos de los recuerdos que tenía de sus viajes por todo el mundo; sin embargo, los mayores tesoros que poseía eran los millones de fotografías que hacía allá donde iba. Esos pocos muebles le servían de separación de ambientes; así pues, una estantería de fondo abierto dividía la zona de dormitorio de la de la entrada y la zona de estar, la barra de desayuno de la cocina la delimitaba del salón y dos butacas viejas servían de barrera formando un pequeño pasillo que llevaba al baño y a la cocina. Era un lugar despejado y práctico, y a la vez muy acogedor. De lo que sí que había mucho en su casa eran revistas: revistas de viajes con paisajes increíbles, de fotografía, de moda, de diseño; de ahí cogía a veces inspiración e ideas para su trabajo, en otros casos su trabajo era el protagonista de algún reportaje. Las tenía por todas partes; aunque pareciera un poco caótico, dentro de ese caos había un orden que él y solo él entendía.

Otra parte singular del mobiliario de su casa era un gran corcho pegado a la pared, en él iba pinchando fotos que habían significado mucho en su vida. Las había de todo tipo, desde fotos antiguas de sus veranos, sobre todo en Cudillero —esas fotos obviamente no las había hecho él, pero el halo de algo antiguo le gustaba—; dos o tres con sus padres; alguna con su hermano, sobre todo practicando deportes arriesgados; con sus amigos; muchas de paisajes, unas de unas zapatillas viejas; cualquiera que le gustara y significara algo tenía su hueco en ese lugar, era un gran mural de recuerdos.

Desde siempre había tenido claro que lo suyo sería la fotografía; fue una señal para él cuando recibió de su abuela paterna, Covadonga, siendo muy pequeño, una cámara; con ella empezó a hacer sus pinitos. De hecho aún la conservaba como un tesoro. Era consciente de su objetivo, se centró en ello y estudió Fotografía en una prestigiosa escuela, para disgusto de sus padres, ya que ellos deseaban otra cosa para él; querían que fuera a la universidad como su hermano mayor. Su padre, economista de profesión, trabajó en un banco, y su madre era abogada aún en ejercicio; ni él ni su hermano siguieron sus consejos, ocasionándoles una gran decepción. En realidad, Fernando, su hermano mayor, estudió Arquitectura; en principio eso agradó a sus padres, pero al irse a vivir a Nueva Zelanda —lugar al que fue por amor y en el que trabajó, al comienzo, en lo que pudo—, no hizo que estuvieran muy contentos con su decisión. Álex era obstinado y no se dejó convencer, puso todo su empeño en conseguir su propósito. Eso le valió para ser uno de los mejores fotógrafos de España. Firmas y diseñadores se lo rifaban para hacer sus campañas publicitarias con él, de hecho recibía suculentas ofertas para fichar por alguna de esas compañías, pero él no aceptaba. Prefería ser su propio jefe, no quería depender de nadie, era un espíritu libre. Sus padres no entendían la actitud de su hijo y cómo prefería estar en la cuerda floja continuamente. No conseguían ver la ventaja de no tener un trabajo que le diera estabilidad, ellos opinaban que un empleo «serio», como ellos denominaban a los que tenían horarios fijos y límites establecidos, era mucho mejor que lo que tenía. Uno de esos que le permitiera vivir de forma desahogada y sin incertidumbre era superior a lo que él hacía.

Debido a su trabajo viajaba a menudo a parajes exóticos donde fotografiaba a las modelos más influyentes del momento. Le gustaba su trabajo, aunque a veces ese mundo tan frívolo le hacía replantearse su profesión. Lo tenía claro, en unos años dejaría el ámbito de la moda y de las modelos archiconocidas para fotografiar en blanco y negro a gente anónima de lugares lejanos como a él le gustaba; de hecho, cuando no estaba trabajando se escapaba para poder hacerlo.

Otro de sus hobbies era el deporte. Deporte al aire libre, nada de gimnasio. Le gustaban los de riesgo o cualquier actividad relacionada con la naturaleza. Lo de estar encerrado entre cuatro paredes no iba con él. Necesitaba sentir el aire pegándole en la cara, si hacía frío o calor, el agua en su cuerpo; en definitiva, contacto con el medio. Para él era algo necesario, orgánico.

Había tenido solo una relación seria en su vida, fue con Amanda, una chica catalana con la que se había ido a vivir a Barcelona durante tres años. Aquello fue amor a primera vista. Ella era modelo, muy guapa, alta, delgada de pelo muy liso y brillante de color avellana, su tez era morena y tenía unos ojos muy grandes y expresivos de un color verde hierba precioso. Normalmente no se fijaba en las modelos, vale que las mirara y disfrutara de lo bellas que eran, pero a menudo lo decepcionaban cuando intentaba mantener una conversación seria con ellas. No es que él fuera un erudito en nada, pero le gustaba hablar de algo más que diseñadores y ropa. Con Amanda le pasó eso: un día, en una sesión de fotos en el Parc Güell de Barcelona, mientras esperaban a que solucionaran un problema con el vestuario, empezaron a hablar; ella era aficionada a la fotografía y pronto congeniaron. Hablaba tres idiomas perfectamente: castellano, inglés y catalán, y algo de italiano; había estado varios años allí de forma interrumpida posando para los mejores, en Italia era una modelo muy cotizada. Estudiaba Literatura clásica en la UNED; hablaron de libros, viajes, y una cosa llevó a la otra, en poco tiempo Álex se trasladó a vivir con ella a Barcelona. El amor duró tres años en los que tuvieron sus más y sus menos; debido a sus respectivos trabajos viajaban constantemente y verse era difícil, pero hacían lo que podían para conseguirlo: cogían aviones para estar unas cuantas horas juntos en un punto intermedio de su lugar de trabajo, se esperaban el uno al otro solo para verse unos minutos —sacrificios que ambos hacían con gusto—, hasta que ella se enamoró de un modelo sueco y lo dejó. La ruptura fue traumática para Álex, de hecho la siguió queriendo hasta mucho tiempo después de que ella lo abandonara.

De repente se vio solo en un piso que había compartido con una mujer extraordinaria, se sentía morir y ahogar entre aquellas cuatro paredes, así que guiándose por sus impulsos empaquetó lo poco que tenía y se fue unos días donde su abuela Covadonga. Necesitaba huir de aquel lugar. Lo que iban a ser unos días se convirtieron en tres o cuatro semanas. A partir de ese momento inició uno de los mejores viajes de su vida, un viaje físico pero también personal. Estuvo jodido bastante tiempo, y es que no había querido nunca a nadie como lo había hecho con Amanda, ella era su guía, su luz, su razón de ser, pero todo eso se esfumó de la noche a la mañana. De aquella época salieron algunas de sus mejores fotografías; captó como nadie, debido a sus circunstancias personales, momentos mágicos, trágicos y crueles del ser humano en países africanos, sudamericanos y asiáticos, donde anduvo durante meses para intentar olvidar a aquella mujer con la que hasta el día antes de romper estaba haciendo planes muy serios de futuro. Ese viaje le sirvió para reencontrarse consigo mismo, pensar en por qué había salido todo mal, perdonar a Amanda, quererse un poco más y confiar en sí mismo, comprender que la vida que tenía era la que le había tocado, que había que exprimirle su jugo, nunca se sabía cuándo se le iba a acabar o cuándo un golpe lo haría caer.

Durante su periplo pensó mucho, lloró también, se enfadó consigo mismo, se reprochó muchas cosas, pero también se decepcionó con el mundo, con Amanda, con el modelo sueco, con todos, pero al final, como ocurre casi siempre, de todo se sale y él siguió adelante. Fue un viaje que lo hizo conocerse a sí mismo, entendió que no era malo tener miedo, dudar, querer, amar e incluso a veces odiar. Situaciones y momentos que le enseñaron algo siempre, ya fuera bueno o malo. Aprendió a relacionarse con otras personas totalmente diferentes a él en cuanto a cultura, religión y forma de vivir la vida. Abrió su mente como nunca antes. Un viaje enriquecedor en todos los aspectos que le sirvió para centrarse aún más en sus objetivos, darle la importancia justa a los problemas, aunque pareciera que eran los más trascendentales del mundo, y a valorar el aquí y el ahora.

Lo más significativo y la recompensa que se llevó de todo aquello fue que se hizo mejor persona, o por lo menos lo intentaba. No todo fue bueno, ya que también se portó mal con los que quería, se cerró en banda y no se dejó ayudar. Su dolor no lo sabía gestionar aún, quizá con el paso del tiempo lo lograría, pero de momento ese aspecto no lo tenía solventado del todo. Cuando guardó su luto volvió a España con fuerzas renovadas, aunque también tuvo sus momentos de bajón y de encontrarse en un lugar que no era el suyo; se sentía frustrado, impotente, pero a pesar de todo, su obstinación lo hizo continuar para adelante. El trabajo le sonrió y se hizo un nombre importante en la industria hasta el día de hoy.

Capítulo 2

Doctor Tomás Tejeda

—¿Cómo te encuentras, Mónica? —preguntó Tomás al entrar en la habitación de su paciente.

—Bien, algo dolorida, pero bien —dijo ella moviendo las manos.

—Es normal, en los próximos días sentirás molestias, pero con los calmantes y antiinflamatorios estarás mucho mejor. Déjame que vea cómo ha quedado todo —pidió amablemente. Tomás, con la profesionalidad que lo caracterizaba, examinó a su paciente con minuciosidad—. Perfecto. De momento, nada de sol en la zona; y si te da, ponte máxima protección, ¿de acuerdo?

—De acuerdo —asintió ella.

—En tres días vuelve por aquí y le echo un vistazo. Te darán cita en recepción —explicó mientras firmaba el alta.

—Gracias, doctor Tejeda.

—De nada, Mónica, buenos días —dijo despidiéndose.

Tomás abandonó la habitación de su paciente y se dirigió a su consulta en la carísima clínica en la que trabajaba como cirujano plástico. La clínica era de las más nuevas e innovadoras de España, contaba con la más alta tecnología, instalaciones y equipos sofisticadísimos. Su diseño seguía el mismo patrón en todas las estancias: amplitud, luminosidad, blancura, asepsia pero con estilo. En la recepción había importantes sillones individuales en cuero blanco con patas metálicas, mesitas bajas en metal y cristal. Enormes plantas naturales de distintos verdes decoraban la gran sala y de las paredes colgaban cuadros abstractos en colores llamativos, era la única nota de color en todo el ambiente. En la planta de calle era donde se situaban tanto la recepción como las consultas de los diferentes doctores, en las superiores era donde tenían las habitaciones individuales para cada paciente, con su baño completo y zona para el acompañante; y era en el sótano donde estaban los quirófanos, cocinas, almacenes y la cafetería. Llevaba dos años allí desde que decidió volver de los Estados Unidos, donde había estado trabajando en las más prestigiosas clínicas estéticas y con los mejores especialistas del mundo.

Tomás Tejeda provenía de familia de médicos, de hecho en su casa todos lo eran, sus padres y sus dos hermanas. Sus padres eran médicos de familia; Inma, la mayor, era pediatra; y Beatriz, oftalmóloga. Todos trabajaban en la sanidad pública excepto él. De momento estaba bien así, aunque no descartaba que algún día hiciera como ellos.

Era alto, moreno, ojos verdes, tenía treinta y dos años, con cuerpo muy cuidado, de hecho acudía tres veces por semana a un gimnasio cercano a su casa; allí con un entrenador personal hacía unos ejercicios u otros. Practicaba spinning, musculación y alguna vez kick-boxing. La natación le gustaba mucho, mientras nadaba podía pensar en muchas cosas y poner sus ideas en orden. Casi siempre practicaba deportes en solitario, aunque a veces salía algún partido de pádel con algún amigo, pero cuadrar agendas era difícil. Debía dar buena imagen a sus pacientes, la mayor parte de ellos féminas. Por ello cuidaba mucho su imagen, el gimnasio le hacía tener un cuerpo de infarto, se afeitaba todos los días, no le gustaba el vello y por eso también se depilaba, nada más crecía pelo en su cabeza y en su pubis. Como cirujano que era, sus manos eran su principal herramienta de trabajo; las cuidaba con mimo, mantenía sus uñas cortas y limpias y se hidrataba a menudo. En cuanto al vestuario, era clásico, cambiaba con asiduidad su armario y no le gustaban los colores estridentes, se movía en la gama de los azules, gris oscuro y negro para los trajes; para las camisas y corbatas le gustaba meter una pincelada de color, aunque no solía ser muy atrevido en ese aspecto.

Le encantaban las mujeres y en parte por ello decidió hacerse cirujano plástico. Todo lo que pudiera hacer para que ellas se vieran mejor y más guapas era poco. Tanto era así que en más de una ocasión había probado en sus propias carnes el «fruto» de su trabajo. Él era guapo, lo sabía, y se aprovechaba de ello; el sexo era el mejor deporte para él, y si además era con chicas atractivas, mejor que mejor. No se le conocían relaciones estables, no las precisaba, no necesitaba nada más que sexo, pasarlo bien sin obligación de un compromiso serio. Cuando fuera más mayor, igual se planteaba algo distinto, de momento estaba bien así. No le faltaban pretendientes femeninas en absoluto: algunas de ellas, por interés «estético»; otras, por interés monetario —ganaba buen dinero, además de trabajar en ese centro estético dos días a la semana, viajaba a Valencia a la clínica de un amigo, a hacer pequeñas intervenciones quirúrgicas y tratamientos plásticos—; y a alguna otra no le interesaba ni lo uno ni lo otro, pero él no estaba por la labor. Sentaría la cabeza cuando encontrara a alguien especial.

Vivía en una zona residencial exclusiva de la ciudad. Su casa era moderna, estaba situada en una parcela grande, tenía forma de tres cubos superpuestos de color blanco, con grandes ventanales. La zona exterior estaba cubierta de césped y unos pocos árboles que proporcionaban sombra en verano. El interior era muy diáfano, le gustaba lo minimalista y en su casa se plasmaba ese gusto. Suelos de madera de iroco, pintura clara en las paredes; las escaleras que subían a la zona de habitaciones estaban suspendidas, la barandilla era de cristal y metal. En la parte de arriba, un mirador dejaba ver toda la parte inferior de la casa; las puertas eran todas correderas, también en maderas nobles. Aunque pudiera parecer una casa fría, no lo era en absoluto; era acogedora, tenía una chimenea en el salón, grandes alfombras y sofás confortables. La cocina era amplia, tenía una isla en el centro y todos los electrodomésticos estaban panelados para que no se vieran, era un conjunto muy homogéneo. En su frigorífico de grandes dimensiones siempre había fruta fresca y agua mineral con gas. Su habitación estaba pintada en colores ocres, una enorme cama en el centro y las mesillas suspendidas a cada lado; el amplio armario de puertas correderas en madera oscura con espejo en el centro confería a la estancia orden y limpieza. Como cabecero usaba un tríptico hecho con tres cuadros de Gustav Klimt: El beso, en el centro; Dánae, a la izquierda; y La satisfacción, a la derecha. A Tomás le gustaba la decoración y de vez en cuando se encaprichaba de alguna pieza exclusiva que intentaba conseguir. Lo último había sido una chaise longue diseñada por Le Corbusier, el modelo LC4, tapizado en piel de potro. La tenía en un lugar privilegiado de la casa. El arte también le gustaba, pintores de todas las épocas y estilos; él veía a la pintura como a la cirugía: una manera de hacer más bello algo, en su caso a las mujeres, principalmente; y en el caso de la pintura, a los hogares o museos donde se colgaban esas obras. Sus gustos eran variopintos, Klimt, Monet, Gauguin, Sorolla, Kandinski... algunos no tenían nada en común más que la pintura; otros, el estilo y la época; lo que sí conseguían era crear una amalgama muy cohesionada en su casa. No tenía originales, ya que no se lo podía permitir. Eran todas copias, pero todas ellas eran muy buenas.

Capítulo 3

Álex y Tomás

Álex y Tomás se conocieron en una exposición de fotos de Berenice Abbott, la fotógrafa estadounidense que plasmó como nadie la arquitectura y vida urbana de Nueva York en los años treinta. Álex acudió por razones obvias, aquella artista era maravillosa, sus instantáneas increíbles —en blanco y negro— le encantaban, sentía predilección por esos dos colores; era como si lo trasladaran a tiempos pasados en los que todo era más auténtico y no había manipulación; en la actualidad, con programas informáticos se podía conseguir casi cualquier cosa. Se quedó alucinado al ver las fábricas, edificios singulares como el Rockefeller Center, y más aún las de su última etapa, las de experimentos científicos realizados para la Universidad de Massachusetts. Álex admiraba a aquella mujer y poder ver su trabajo era fascinante para él.

A la misma exposición acudió Tomás, por recomendación de una paciente, al principio no muy animado, pero una vez en la galería le encantó lo que allí contempló. Se interesó por algunas de ellas, desgraciadamente no estaban a la venta. Se quedaron allí un montón de tiempo admirando el buen hacer de aquella mujer adelantada a su tiempo. El responsable de la exposición y de la galería tuvo que decirles que era hora de cerrar, los dos únicos visitantes se miraron y de esa manera fue como entablaron una conversación, siguieron hablando de fotos y arte en general en una terraza cercana, de esos temas pasaron a interesarse por la vida del otro. Se dieron sus teléfonos y pronto empezaron a quedar. Tenían profesiones relativamente flexibles, así que no era difícil coincidir.

Desde esa primera exposición surgieron algunas más. Tenían gustos parecidos y el feeling surgió entre ellos, se presentaron a sus amigos y pronto hicieron un grupo más numeroso. Muchos de los amigos que tenían ya estaban establecidos con sus parejas, incluso con hijos, no seguían su ritmo, y su situación económica no era tan holgada como la de ellos, por lo que a menudo salían los dos juntos por ahí. Formaban un buen tándem. Aunque coincidían en muchos aspectos, en otros no tanto. Estas diferencias no eran inconvenientes para respetarse. Cada uno tenía su espacio.

Poco a poco fueron haciéndose grandes amigos, una relación que ya duraba unos cuantos años, y cuanto más tiempo pasaba, más se afianzaba. Para Álex, Tomás era como un hermano, Fernando estaba muy lejos de él y su día a día lo compartía con el doctor, se podía decir que la única familia que tenía Álex era Tomás. En cambio Tomás tenía a su familia cerca, se llevaban muy bien y a veces iba a comer o a cenar con sus padres y hermanas. A pesar de mantener una estrecha relación con ellos no se veían a menudo, le gustaba disponer de su tiempo, y ese casi siempre estaba compartido con Álex.

Hacían cosas juntos; aparte de salir por ahí e ir a exposiciones de fotografía, también les gustaba el buen comer y a menudo cenaban en restaurantes de fama. El vino también era su debilidad, visitaban bodegas en alguna escapada que hacían de fin de semana y probaban los caldos que les ofrecían. En otras actividades no estaban muy de acuerdo, Álex era aventurero y cuando podía practicar escalada o rafting o cualquier plan similar, sin pensárselo allí que se metía. Tomás era más prudente, no quería lesionarse, y la adrenalina que decía Álex que le proporcionaba aquella actividad la buscaba por otro lado, él no era muy arriesgado.

En cuanto a gustos femeninos, a ambos el sexo femenino les privaba: Tomás era exigente, le gustaban las mujeres bien proporcionadas, ya no exuberantes, pero bien formadas sí, de pelo largo y largas piernas. Álex no era tan exigente y frívolo como su amigo, podía acostarse sin problema con una mujer que no fuera top model si era sensual, agradable y provocativa, los ingredientes para que le gustaran estaban ahí. Por coincidencias laborales, algunas de las modelos a las que Álex fotografiaba habían sido pacientes de la clínica donde trabajaba Tomás. También habían coincidido en cuanto a relaciones, habían mantenido algún que otro encuentro con la misma mujer. Eso a menudo los hacía reír. Y es que los dos eran unos conquistadores natos, cada uno a su estilo, pero conquistadores al fin y al cabo.

Tomás era ardiente, a veces impaciente, lo que quería lo quería ahora, ya, en este momento, no se podía esperar cuando algo lo excitaba, con las mujeres actuaba así, era exigente, demandaba acción y eso a veces le había jugado malas pasadas; esto no quería decir que su encuentros amorosos fueran rápidos y cortos, nada de eso, él era muy intenso. Cuando se aventuraba con una mujer, desde el primer momento todo era placentero y muy apasionado, aunque se había topado con alguna amante a la que su manera de actuar no le gustaba. Besos agresivos, exigentes, caricias abrasadoras, fuertes, sexo sucio, a veces rudo y con palabras que el deseo hacía brotar de su boca, órdenes obscenas que en muchos casos encendían a sus amantes.

Por el contrario, Álex no tenía ninguna prisa, sus besos solían ser largos, tranquilos, aunque se iban acelerando a medida que la acción avanzaba; sus caricias, suaves y tranquilas. Dedicaba mucho tiempo a los preliminares, le gustaba que su pareja estuviera preparada, excitada y deseosa de lo que vendría después, morbo puro. Llevaba al éxtasis a su compañera de un modo sublime.

Capítulo 4

Fantasy

—¿Qué pasa, tío? —saludó Tomás a su amigo.

—¡Hola! ¿Qué haces? —contestó Álex al otro lado del teléfono.

—Entro ahora al quirófano, te llamaba para confirmar lo de esta noche —dijo Tomás casi abandonando su consulta.

—Ah, sí, sigue en pie el plan, aunque yo tengo sesión, espero que no se alargue demasiado —confirmó el fotógrafo.

—Vale, luego nos vemos, me paso por tu estudio y decidimos —sentenció Tomás.

—Ok.

Álex continuó preparando objetivos, máquinas, focos y decorados para la sesión de la tarde. Le tocaba hacer un catálogo de relojes y joyería, no era lo que más le gustaba, pero de esa manera no tendría que aguantar a supermodelos exigentes. A eso de las cinco empezaron a llegar a su estudio del centro de la ciudad representantes de la marca y dos modelos, uno femenino y otro masculino. Como era un trabajo muy de detalles, no necesitaban grandes espacios ni parafernalia.

—Sentaos por ahí que ahora mismo estoy con vosotros —dijo Álex a los modelos mientras se iba a hablar con Richard. Este era asesor de imagen de la joyería, él elegía las piezas más relevantes de las colecciones, las que saldrían en su publicidad.

—Hola, Álex, ¿qué tal va eso? —lo saludó dándole la mano.

—Hola, Richard —contestó Álex devolviéndole el saludo—, ¿qué me has traído?

—Pues parte de la colección de relojes de caballero; y para ella, alguna pulsera y anillos. Los pendientes y gargantillas ya los tenemos fotografiados.

—De acuerdo —aceptó Álex mirando todo lo que tenía delante. Eran piezas de alta gama, necesitaban un catálogo serio y formal. Relojes en su mayor parte clásicos, aunque había elegido alguno un poco más informal para captar la atención del público más joven. En cuanto a la joyería femenina, más o menos lo de siempre: piezas exclusivas muy poco asequibles a bolsillos medios. Ya iba forjando en su cabeza cómo serían las fotos que podían cuadrar con la imagen de la firma—. Vale —afirmó, llamando la atención a Richard—, pues, según lo previsto, primero empiezo con él y después con ella, ¿no es así?

—Así es —confirmó el responsable de la marca.

La tarde transcurrió entre tirada y tirada. Resultó amena, los dos modelos elegidos eran amables y no ponían pegas a nada de lo que Álex les pedía. Habían trabajado antes juntos y tenían complicidad, eso se notaba, lo que vino muy bien para las fotos conjuntas. A eso de las ocho y media apareció Tomás por el estudio de Álex, le gusta ir por allí, siempre que podía echaba un vistazo a las mujeres que su amigo fotografiaba.

—¡Hola, tío! —saludó Tomás en tono efusivo.

—¡Hola! —contestó Álex chocando una mano con él—. ¿Qué pasa? Acabamos de terminar la sesión —afirmó.

—¿Qué tal ha ido?

—Bien, ha sido fácil y rápido. ¿Qué tal tu operación? —preguntó Álex sin dejar de recoger.

—Bien, fácil, una rinoplastia nada complicada —explicó.

—Si tú lo dices —respondió Álex poniendo cara de no entender nada.

—¿Vamos?

—Venga, vamos a la inauguración de la terraza del Fantasy, me han invitado. Seguro que encontramos gente guapa —explicó Álex para poner en antecedentes a su amigo. Ya lo tenían hablado, pero no venía mal refrescar la memoria.

—Querrás decir ¡chicas guapas! —contestó Tomás en tono socarrón.

—A eso era exactamente a lo que me refería —afirmó Álex. Los dos rieron.

Juntos se dirigieron al Fantasy, el local de moda. Todos los años organizaban una fiesta de bienvenida al verano, una clara excusa para inaugurar la terraza y atraer a nuevos clientes, tiraban la casa por la ventana. Había photocall con el logotipo del local y un fotógrafo que tiraba fotos a todo aquel que quisiera, como si fueran celebrities. Ese chico era amigo de Álex y por eso él conseguía invitaciones. El local tenía un ambiente bastante exclusivo: la terraza estaba montada sobre planchas de madera, mesas también de madera y cómodos sillones con cojines en tonos crudos, unas telas de muselina colgadas de lado a lado le daban una atmósfera relajante al lugar, al verlas moverse con la cálida brisa simulaban las velas de un barco. Grandes macetas de terracota llenas de grava de colores, de las cuales salían palos gruesos y secos de bambú. La nota de color la ponían las luces que iban cambiando suavemente al ritmo de la música. Azafatas muy altas y delgadas ofrecían mojitos de bienvenida a los asistentes. Los dos amigos hicieron acto de presencia en el local, Álex llevaba pantalones vaqueros y una camisa de lino suelta color blanco. No era muy ortodoxo en su indumentaria, era bastante bohemio. Llevaba siempre alguna pulsera de cuero en sus muñecas que solía comprar en alguno de sus viajes; los relojes que solía ponerse eran grandes, con cronógrafo, algunos los usaba para sus inmersiones, pero, por norma general: grandes y nada clásicos. Una piedra turquesa con un agujero en el centro colgaba de su cuello sujeta por un cordón de cuero grueso. Tomás, en cambio, era más serio en su vestimenta: pantalón negro de pinzas y camisa blanca de mangas largas arremangadas a la altura de sus marcados antebrazos y ajustada en su torso. Eran muy distintos en todos los aspectos. El primero, en cuanto a mujeres se refería, se guiaba más por la personalidad que por el físico; y el segundo, por el aspecto físico, aunque al final coincidían en algo: por encima de todo les gustaba el sexo y disfrutar de él.

Cuando llegaron ya estaba de bote en bote, unas azafatas los obsequiaron con un mojito nada más entrar, además de una sonrisa sincera. Rápido encontraron allí conocidos de ambos, por sus profesiones trataban a muchísima gente. Fueron saludando a unos y a otros, el ambiente era distendido y agradable. El DJ pinchaba música electrónica con clase, era elegante, nada del sonido martilleante y sin sentido que sonaba en otros lugares. Álex y Tomás se separaron para ir saludando y charlando con algún amigo y conocido. Sobre las once, Tomás apareció al lado de su amigo con dos bellezones, una a cada lado.

—Álex, te presento a Katia y a Mirta —dijo el doctor. Eran hermanas, dos modelos rusas altísimas, rubias, delgadas, ojos azules y con grandes pechos. Aunque fueran hermanas no se parecían, si bien aparentemente tuvieran los mismos rasgos. Estaban de paso por España, habían ido por cuestiones de trabajo, a hacer una promoción, y pronto volverían a su lugar de residencia. Vestían unos vestidos negros ceñidísimos y altos tacones de color negro también. Hablaban perfectamente español, llevaban varios años veraneando en la costa Mediterránea: Ibiza, Mallorca y también en Marbella.

—Hola, chicas —les dijo dándoles dos besos.

Pronto empezaron a hablar. La noche ya estaba hecha, como tantas otras veces ya tenían plan. Si todo iba como parecía, se llevaría cada uno a una de las chicas a sus respectivas casas y terminarían la noche como solían hacer. Eran magníficos amantes ambos, años de experiencia y muchas conquistas en su haber les daban un grado de sabiduría al respecto. Cada uno en su estilo, pero ambos magníficos.

A las doce ya estaba cada uno en su casa con una de las modelos. Nada más cerrar la puerta de su hogar, Tomás acorraló a Katia contra la pared y empezó a besarla con desesperación, besos profundos, su lengua se removía ávida de acción en la boca de la modelo rusa, ella le correspondía también; casi corriendo por la urgencia del momento, subieron por las escaleras hasta su dormitorio. Lo hacían riendo ante su comportamiento, ni preliminares, ni copas, ni música ni nada, iban al grano. Tomás se desabotonó la camisa, mientras Katia le desabrochaba el pantalón, se lo bajaba junto con sus bóxer y se lanzaba a por su erección. Era caliente y morbosa, su lengua se movía sin cesar en su corona a la vez que miraba a Tomás con sus ojos azules llenos de lujuria y lascivia; parecía como si fuera una actriz porno, a la vez que jugueteaba con su polla lo miraba y sonreía al ver la reacción del doctor ante sus juegos. Cuando la tuvo bien humedecida se la introdujo en su boca apretando los labios para incrementar la fricción, eso hizo jadear a Tomás.

—¡Joder, nena, eres muy buena con la boca! —Jadeaba el médico de forma entrecortada al sentirse prisionero en las fauces de ella.

Siguió así durante un rato, Tomás la empujaba dentro a la vez que con sus manos la agarraba de la cabeza para que no se separara mucho, el movimiento de la cadera de Tomás hacía que la penetración fuera más profunda, pero a ella no parecía importarle que le tocara casi hasta la campanilla con sus embestidas. Antes de que lo inevitable pasara, Tomás se separó de ella, la levantó y le quitó el vestido, mientras volvía a su boca; ella movía la lengua como hasta hacía un momento en su polla. El ritmo de ella era frenético y eso a Tomás lo calentaba aún más. No llevaba sujetador, solo un tanga de encaje negro, al verla desnuda sonrió, era muy sexy. Le tocó los pechos de forma ruda, los amasaba, pellizcaba sus pezones y ella lo besaba con movimientos también bruscos, saliendo jadeos de su boca. Empujándola, hizo que llegara hasta la cama. La tumbó en ella y se puso a cuatro patas sobre la modelo, aún no la había penetrado, pero su erección tentaba la zona más caliente y húmeda de ella; estuvo jugueteando un rato mientras se besaban. Tomás alargó la mano para coger un condón que guardaba en la mesilla y, tras ponérselo, dirigió su pene hasta su sexo para penetrarla, pero ella negó con la cabeza.

—¿Noo? —pregun

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