La reina de espadas

Jazmina Barrera

Fragmento

Título

Primer encuentro

A comienzos de 2016 yo nunca había leído a Elena Garro. Tenía 27 años, estaba estudiando una maestría y había leído muchos libros, porque no hacía más que leer y llevaba al menos seis años estudiando literatura y escritura. Su obra no estaba en el programa oficial de mi secundaria, ni de la preparatoria, ni en las clases de Literatura Hispánica que cursé. De Elena Garro me habían contado que sus obras de teatro eran magníficas y también había ido varias veces a la librería en Coyoacán que lleva su nombre, pero confieso que en ese entonces no habría podido mencionar ni uno solo de sus libros.

Para titularme de la maestría que estudiaba en Nueva York tenía que terminar una novela: la historia de una madre y una hija que huían de un marido y padre violento y poderoso. Estaban escondidas en una casa y cada vez tenían más miedo del mundo exterior. Después pasaban otras cosas, pero esa era la premisa. Llevé la novela a distintos talleres, donde recibí comentarios de mis compañeros y de mis profesores —tanta variedad de opiniones era para enloquecer a cualquiera y el libro parecía cada vez más un Frankenstein sin pies ni cabeza—. Una de las profesoras era la escritora Lina Meruane, que trató de ayudarme con ese pobre intento de novela, que aún agoniza (y seguirá agonizando) en el archivo antiguo de algún disco duro. Fue ella quien me recomendó que leyera a Elena Garro; me dijo que tenía que leer Andamos huyendo, Lola, porque era un libro parecido al mío. «Demasiado parecido», recuerdo que dijo, y tras ese inquietante comentario fui de inmediato a buscarlo a la biblioteca. Me devoré esos cuentos extraños, hermosos y angustiantes, que en efecto tenían mucho en común con mi libro —eran, por supuesto, infinitamente mejores, pero se parecían a eso que yo quería escribir—, y me pregunté por qué había tardado tanto tiempo en llegar a Elena Garro. ¿Por qué sus libros eran tan difíciles de conseguir? ¿Por qué era en un país extranjero y por recomendación de una escritora chilena que llegaba por fin a su obra? ¿Quién diablos era Elena Garro?

Ser salvaje

José Garro pronto alcanzó a Esperanza Navarro en México. De alguna forma logró que lo perdonara y se instalaron juntos en la capital. De los primeros años de Elena no hay mayor registro. Ella contaba que en ese tiempo le apasionaba el revés de las cosas, que exploraba el envés de los bordados y debajo de los muebles, y que aprendió a leer pero de derecha a izquierda. En el documental La cuarta casa, de José Antonio Cordero, dice que le estaba costando trabajo aprender a leer y que su papá «estaba muy humillado» por eso. Pero era porque no se fijaba: «la monja estaba diciendo: “la a por la patita, la o por el rabito”, y yo estaba viendo los polvos». Se imaginaba que cada polvo era un mundo en el que vivían personas diminutas y se inventaba sus historias. Cuando por fin aprendió a leer, aprendió, pues, a hacerlo al revés, y creó así un idioma propio, que solo comprendía su hermana Devaki y que las monjas teresianas con las que estudiaba consideraban una herejía. La hacían clavar una espina de rosal en un Sagrado Corazón para que se arrepintiera. Ella no se arrepentía.

Elena Garro, la pérdida del reino, p. 9.La familia vivía en la calle de Guanajuato cuando llegó de España el hermano de su padre, el tío Boni, con su esposa, Hebe, y sus dos hijas. Pronto, sin embargo, la tía Hebe murió, y Boni huyó de la ciudad en un rapto de tristeza y desesperación. José Antonio Garro dio con él en Iguala, en el estado de Guerrero, y allá se mudó con su familia y puso una tienda, un monopolio llamado «Ciudad de México» que vendía las telas más usadas por los nahuas de la región para vestirse: la manta y la cambaya.

La semana de colores, p. 98.A esos años de infancia en Iguala, a esos «días de las metamorfosis», Elena volvería invariablemente. Sus recuerdos son de un espacio de libertad, de baños en los pozos y subidas a los tejados y a los árboles —uno de los árboles se llamaba Troya y el otro Grecia— para jugar con resorteras. Sus padres, según contó, solían estar ocupados trabajando o leyendo: «Nos pusieron en el jardín y nos dejaron crecer como plantas». Cristales de tiempo, p. 187. En Iguala se educó entre los nahuas, empapándose de su cosmovisión, oyendo y atestiguando los relatos de las violencias que sufrían, en particular cuando la Guerra cristera llegó a la zona. Al principio no iba a la escuela, pero leía con su padre y con su tío a los clásicos griegos y a los autores de los Siglos de Oro. Aprendía latín y francés, escuchaba los cuentos de hadas que le narraba su madre, escribía poemas y jugaba con sus hermanos —para entonces ya habían nacido Estrella y Albano— a ser Ulises, don Quijote, rey, merolico y general mexicano.

Protagonistas…, pp. 477-478.En el mejor relato sobre su infancia, el que hizo para Emmanuel Carballo en Protagonistas de la literatura mexicana, dice sobre sus padres:

Ellos me enseñaron la imaginación, las múltiples realidades, el amor a los animales, el baile, la música, el orientalismo, el misticismo, el desdén por el dinero y la táctica militar leyendo a Julio César y a Von Clausewitz. Mientras viví con ellos solo lloré por Cristo y por Sócrates, el domingo en que bebió la cicuta, cuando mi padre nos leyó los Diálogos de Platón, que no he releído.

«En la infancia aprendemos todo», diría años después, entrevistada por Elena Poniatowska. Y le daba cuerda al tema: «Crecer es olvidar poco a poco lo que aprendimos con tal intensidad»; «En esos recuerdos es en lo que más me gusta pensar, porque cuando pasan los años lo único que queda es la infancia; es lo único Diálogos con
Elena Garro, p. 148. que me parece real»; «La infancia es siempre mi punto de referencia. En ese tiempo viví todo, lo que siguió ha sido de pilón».

Protagonistas…, pp. 479-481.En Protagonistas cuenta cantidad de travesuras: ella y sus hermanas se escapaban al monte, aventaban a su hermano a la fuente para «ver cómo se ahogaba» y esperaban a que el perro lo recogiera, o alguna de ellas se escondía en un tinaco y las demás fingían que se había perdido.

Su hermana Deva se fue a estudiar a una escuela elegante en la Ciudad de México y cuando su padre le preguntó a Elena si quería ir o seguir «de salvaje» en Iguala, la niña le dijo: «Prefiero ser salvaje». Su escuelita la habían montado su padre y otras personas de dinero en Iguala, y Elena hacía lo que le daba la gana. Se subía impunemente al techo de la escuela, se disfrazaba con un paliacate, un sombrero y un puñal, y asaltaba las casas de sus familiares y vecinos. La mandaron a la Ciudad de México cuando se convirtió en pirómana y le prendió fuego a la casa de una señora llamada Carolina Cortina.

En Iguala leyó en público por primera vez cuando un inspector le hizo escribir una composición para el Día del Árbol y, aunque no quería, la obligaron a leerla en voz alta.

Datos y gatos

De los muertos conservamos, sobre todo, imágenes y palabras: en eso se parecen a los libros. Podríamos hasta cometer el error de confundir a los muertos con libros, pero ninguna vida cabe en un libro. Harían falta varios baúles, archivos, bibliotecas y hemerotecas para abarcar la vasta, inaprensible vida de Elena Garro, y esto que escribo no aspira a tanto. No quiere tener la última palabra sobre nada ni nadie. Esto no es una biografía, es apenas una libreta de apuntes, una colección de historias, ideas, datos y gatos.

Bienes raíces

Memorias,
p. 43.Derrumbaron la casa donde vivió Elena Garro en Iguala y en su lugar construyeron otra —con una placa conmemorativa— que en 2020 se puso a la venta. Frente a la Parroquia de San Francisco de Asís, junto a la Plaza de las Tres Garantías, está en una esquina la casa blanca, de tres pisos. La planta baja tiene locales comerciales, y entre los negocios están Foto Graciela, Nutri Jugos y la librería Torre Fuerte, que vende algunas novelas de amor y dos biblias al precio de una.

Infancia

En una de sus libretas de notas —pequeña, engargolada, azul— transcribió esta frase:

«Le génie n’est que l’enfance retrouvée à volonté».

«El genio no es más que la infancia recobrada a voluntad».

Ch. Baudelaire

Advertencia

Los recuerdos del porvenir, p. 15.La frase más famosa de Elena Garro dice así: «Yo solo soy memoria y la memoria que de mí se tenga». Los recuerdos que tenemos hoy de Elena Garro son confusos y contradictorios. Ocurre quizás con todos los muertos, pero un poco más con ella, porque con ella cuesta mucho trabajo separar los hechos de la mentira; la mentira, de la literatura, y la literatura, de los hechos. Es que los sucesos comprobados de su vida son muchas veces inverosímiles. Y es que a Elena le gustaba inventar historias (o contar mentiras, según fuera el caso) sobre otras vidas y sobre la suya propia. Y es que al gobierno represivo y corrupto de mitad del siglo xx en México, contra el que luchó y con el que también trató de aliarse, le daba por tergiversar la historia. Y es que en su vida solía toparse con los intereses de hombres poderosos, bien capaces de influir en las narrativas oficiales. Y es que cometió errores que cualquiera querría tratar de matizar o de ocultar. Y es que era común en los hombres de su época —y en varios de la nuestra, todavía— descalificar y negar los testimonios de las mujeres, en particular sus denuncias de violencia.

Sucede que le agarré cariño a Elena Garro. Habrá que tomar este libro entero con un grano de sal, porque la quiero, aunque nunca la conocí. La quiero en los pedacitos de ella que hay por aquí y por allá, en sus verdades y en sus mentiras, porque no hay espacio para la indiferencia ante la enorme personalidad de esta mujer valiente, vanidosa, carismática, egocéntrica, brillante, y tanto, tanto más. La quiero, sobre todo, porque nos dio La semana de colores, Los recuerdos del porvenir, Memorias de España 1937, Un hogar sólido y muchísimas otras historias, algunas de las mejores que se han escrito desde y sobre el suelo mexicano. Desde y sobre el suelo. Historias que denuncian la violencia contra las mujeres, que retratan la mente infantil con un entendimiento asombroso, que muestran sin tapujos la perversión del gobierno, el racismo, el clasismo, y la lucha y resistencia de los pueblos indígenas. Historias fantásticas (hasta las más realistas) en donde el tiempo es siempre el verdadero protagonista.

Siete mujeres

A los quince años de Elena, su padre la envió a estudiar a la Ciudad de México. Se matriculó en la Escuela Nacional Preparatoria, donde en ese entonces estudiaban tres mil hombres y siete mujeres. Elena vivía con opulencia en casa de su tía Amalia Navarro, esposa del senador (y, a decir de los rumores, un ladrón de cuello blanco) Lamberto Hernández. Elena Garro, la
pérdida del
reino, p. 11.Ahí recibió, junto con sus primas, clases particulares de ballet con el maestro Hipólito Sybine, discípulo de la legendaria bailarina rusa Anna Pávlova. Su prima Amalia se convertiría de adulta en coreógrafa, bailarina profesional y fundadora del Ballet Folklórico de México.

El nombre

A Elena Garro le fascinaba su nombre: «¡tan bonito!», dice en un poema. Su nombre completo, Elena Delfina, remite a la teosofía de su padre; la fundadora de esa doctrina religiosa de finales del siglo xix se llamaba Helena Blavatsky. Delfina era una dragona, mitad mujer, mitad serpiente, que custodiaba el Oráculo de Delfos, un lugar donde la divinidad revelaba verdades y profecías. En varios textos, Elena usó su segundo nombre como una especie de pseudónimo, y también algunos diminutivos y apócopes de Elena, como por ejemplo Leli.

Elena Garro cambió la ortografía de su nombre en diferentes circunstancias. Octavio Paz, por ejemplo, dice en sus cartas que cuando Elena se convirtió en Helena comenzó en verdad su relación amorosa. En sus primeros meses juntos escribe un poema de amor con decenas de referencias literarias y etimológicas de su nombre: Odi et amo,
p. 46.«¿tu nombre mismo, Helena, dónde si solo somos un poco de ternura en la música?».

Odi et amo,
p. 89.Y en una carta le dice: «Suena muy bien junto a tu nombre la partícula mía. Lo mismo que la H: el que tú la tengas —nada más tú, entre todas las Elenas— y que la usemos como una especie de amorosa contraseña, de signo de nosotros, ata con un lazo nuevo, secreto e inefable nuestros —mi— ya atados corazones».

Años después, su amante, Adolfo Bioy Casares, se referirá a Elena también como Helena en sus muchas cartas de amor.

A la única hija de Elena Garro y Octavio Paz la nombraron Laura Elena Paz Garro, y durante su vida fue llamada y «escrita» Elena, Helena, Helenita, Helen, la Chata, Chatita y, a veces, por su padre, Elynor. Durante mucho tiempo Elena Garro la llamaba Helenita y escribió el nombre de su hija con hache y el suyo sin hache para distinguirlos.

Es una práctica machista común la de referirse a los hombres por el apellido y a las mujeres por el nombre, excluyéndolas de la vida pública. Y sin embargo no me nace llamar a Elena Garro por su apellido. Me suena frío y distante, y yo con su fantasma ya tengo una relación afectuosa. Así que la llamo Elena. Y a Octavio Paz lo llamo Paz, porque es un lindo apellido y porque con él sí, todavía, siento una respetuosa distancia. Para diferenciar a la hija de la madre decidí hacer lo que hacía la propia Elena: escribir el nombre de Helena Paz con hache y el de Elena Garro sin hache. A pesar de esto, hay páginas de este libro que todavía suenan como trabalenguas elénicos.

Marginalia

A la biblioteca Firestone de la Universidad de Princeton se llega por un camino ascendente de piedra, que atraviesa jardines de árboles, flores y pasto verde limón, y desemboca en un patio rodeado de edificios de estilo neogótico. No me puedo quedar a observarlos porque voy tarde a mi cita con mi amiga Cecilia, que muy amablemente ha accedido a ser mi Ariadna en este laberinto. Quedamos en la entrada de la biblioteca y no encuentro ni la biblioteca ni la entrada ni a Cecilia. Doy un par de vueltas, subo y bajo, hasta que hallo el edificio correcto. Cecilia me manda un mensaje donde dice que tuvo que irse al archivo y que ahí me espera. El protocolo para entrar es tan complicado que me asusta: tengo que llamar al señor Special Collections (así firma sus correos) para que me deje entrar, subir a tramitar una credencial, bajar tres pisos y dejar mis cosas en un casillero, llevando conmigo solo mi computadora y mi celular. En el archivo tengo que lavarme las manos, dar mis datos, esperar a que me abran, ir con la persona del mostrador para que me asigne un escritorio y decirle cuál de las cajas que previamente seleccioné voy a necesitar ese día. Los archivos de Elena Garro, que aquí llaman los Elena Garro Papers, están bien custodiados, de eso no me cabe duda.

Me llevan una caja a la mesa y me lleno de emoción de tener frente a mí esos papeles que Elena tuvo entre sus manos, de ver los telegramas tan cómicos, con sus mayúsculas y frases sucintas, sobres con incontables direcciones, folletos religiosos y recibos telefónicos. En las libretas descubro su caligrafía: garabatos, números de teléfono, cuentas y títulos de libros. La marginalia de una época y de una vida. Despacio, con cuidado de no dañar algo con mis dedos torpes o de cambiar algún documento de lugar, me sumerjo en los Elena Garro Papers. Empiezo a familiarizarme con la personalidad de sus trazos, a distinguir su escritura apresurada de la triste y de la dedicada. Es ahí, en esas minucias infraordinarias, en las manchas y los tachones, más que en los grandes secretos y confesiones, donde reside para mí la radical intimidad de esos papeles viejos.

La cara del baile

Odi et amo,
p. 40.En 1936 Elena Garro ingresó a la Facultad de Filosofía y Letras de la unam. En sus primeros años universitarios estudió letras, latín, inglés y psicología, y se entusiasmó con el ballet y el teatro. Bajo la tutela de Julio Bracho, fue bailarina, actriz y coreógrafa. A los veinte años, trabajó con los grandes nombres de su época: bajo la dirección de Xavier Villaurrutia en la coreografía de Perséfone, de André Gide, y bajo la de Rodolfo Usigli en la de El burgués gentilhombre, de Molière.

Los recuerdos del
porvenir, p. 18.«¡Isabel! ¿Para quién bailas? ¡Pareces una loca!», le dicen a la protagonista de Los recuerdos del
porvenir cuando se pone a bailar con su hermano Nicolás y se le ve una sonrisa «encandilada en los labios». Elena escribió Los recuerdos décadas después de abandonar la danza. Todavía más adelante, en el exilio en Nueva York, un día soñó que se le aparecía el Baile. «¿No quieres ver la cara del Baile?», le preguntaba el mismo Baile en el sueño. Testimonios
sobre Elena
Garro, p. 352.Y ella sí quería, y entonces la veía, y era la cara de un hombre de cabello rojo y cara sonriente, de ojos negros y vestido de Pierrot.

La cercanía de las tablas

Elena adoraba a los dramaturgos de los Siglos de Oro. En una entrevista dijo que se incorporó al grupo de teatro que dirigía Julio Bracho porque quería estar Teatro completo,
p. XLIII.cerca de los «creadores de la fantasía» que mejor entendía. Habría querido dedicarse por completo a la actuación, pero estaba convencida de que hablaba muy quedito para hacerlo, y por eso eligió primero el ballet. Su paso por los escenarios res

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