El humano futuro

Pedro Maldonado

Fragmento

PREFACIO

PREFACIO

Cassandra fue una princesa de Troya, ciudad griega ubicada en lo que es hoy Turquía. Según la mitología helena, era hermana de Paris y Héctor y estaba dotada de una hermosura irresistible para hombres y dioses. Entre sus enamorados se encontraba Apolo, dios de la arquería, la música y la danza, quien contaba con el don de la profecía y la curación de las enfermedades. Hijo de Zeus y Leto y hermano gemelo de Artemisa, diosa de la caza, a Apolo se le consideraba el más bello de los dioses. Al enamorarse de Casandra, ambos jóvenes establecieron un pacto sexual por el que el dios le compartió a la princesa el don de predecir el futuro. Sin embargo, Casandra no tardó en romper el pacto. Entonces Apolo, despechado, quiso vengarse, y ya que no podía quitarle el don divino que le había regalado, la maldijo con el castigo de que nadie creería en sus predicciones. Cassandra vaticinó el final de Troya, que vendría por la consabida estratagema del caballo de madera, entregado a los troyanos como un regalo de paz de los griegos aqueos de Esparta. Pero como nadie le creyó, se produjo el inevitable final que todos conocemos.

Esta antigua historia nos habla de que el deseo u obsesión por la predicción del futuro ha sido una constante en nuestra sociedad. Desde el oráculo de Delfos de los griegos y los profetas hasta las actuales predicciones realizadas por algoritmos de inteligencia artificial, pasando por la lectura de las hojas de té, el horóscopo o el Tarot, estas acciones muestran la insaciable curiosidad por conocer nuestro futuro personal y social. El año 1999, en vísperas del cambio de milenio, tuvo lugar un intenso debate sobre las predicciones que llegó incluso a despertar una preocupación colectiva. La ciencia, por su lado, ha tratado de realizar predicciones basadas en la estadística de procesos previos o en su conocimiento de los mecanismos de la naturaleza. La predicción del futuro es una de las actividades que llena gran parte de nuestra actividad diaria y constituye una conducta muy humana. Predecimos nuestra próxima comida, la ruta que tomamos para ir a trabajar, nuestro futuro laboral o relacional, entre muchas otras cosas.

Paradójicamente, al mismo tiempo los humanos nos sentimos incómodos enfrentando la posibilidad de conocer el futuro. «La ignorancia es una bendición», argumentaba Publilius Syrus, un ingenioso escritor y actor romano. Este concepto, que fue luego recogido por el escritor inglés Thomas Gray en 1747 en su libro Oda a una perspectiva lejana de Eton College, en el que popularizó la frase «Ignorancia es felicidad» (Ignorance is bliss), parece todavía tener eco en nuestra sociedad moderna. En 2017, Gerd Gigerenzer y Rocío García-Retamero, del Instituto Max Planck para el desarrollo humano de Berlín, publicaron un estudio1 donde hacen justamente referencia a la historia de Cassandra. A pesar de que los humanos aborrecemos la incertidumbre, al mismo tiempo pareciera que no siempre queremos saber sobre nuestro propio futuro. La investigación, basada en una encuesta realizada a más de dos mil adultos en Alemania y España, encontró que entre el ochenta y cinco y el noventa por ciento de los encuestados decía no desear saber sobre su futuro si esto incluía eventos negativos. Sorprendentemente, también un alto número de los encuestados, entre cuarenta y setenta por ciento, manifestó no querer saber acerca de futuros eventos aun cuando fueran positivos. Quizás podemos empatizar con Cassandra, quien debe haber sufrido al conocer los eventos futuros y no poder hacer nada para evitarlos o compartirlos. De hecho, Gigerenzer y García-Retamero plantearon la hipótesis de que las personas eligen la «ignorancia deliberada» porque anticipan que se arrepentirán de saber la respuesta. Al elegir no saber sobre eventos futuros, las personas pueden evitar estos sentimientos negativos de arrepentimiento que podrían surgir al enterarse de malos pronósticos. Asimismo, los participantes rechazan el conocimiento futuro de eventos positivos porque desean experimentar los sentimientos positivos de sorpresa asociados a esos eventos.

Curiosamente, aunque muchas personas evitan conocer el futuro, nuestro cerebro está constantemente prediciendo eventos y estímulos futuros. Desde una perspectiva neurobiológica, la predicción implica la incorporación de información del pasado, como memorias y procesos sensoriales y motores presentes, para evaluar la probabilidad de lo que pueda suceder. Aunque la neurociencia ha históricamente considerado al cerebro como un órgano que responde a estímulos y genera luego una conducta apropiada, cada vez hay más evidencia que sugiere que muchas de las actividades cerebrales se relacionan con mecanismos anticipatorios. Un ejemplo cotidiano son las cosquillas, que no podemos hacernos a nosotros mismos. La pregunta de cómo ocurre esto se remonta a la época de Aristóteles, en el año 325 a. C. Cada uno de nosotros tiene puntos específicos en el cuerpo que, cuando alguien más les hace cosquillas, provocan una risa incontrolable, a menudo hasta el punto de querer escapar. Sin embargo, cuando nosotros mismos intentamos hacernos cosquillas en las mismas áreas, no evocamos esa misma respuesta. Se teoriza que las cosquillas sirven como un mecanismo corporal para reaccionar ante estímulos potenciales de insectos u otras criaturas potencialmente amenazantes, particularmente en áreas vulnerables como el abdomen u otras regiones blandas. De acuerdo con la comprensión moderna, la razón por la que no podemos provocar la misma respuesta haciéndonos cosquillas a nosotros mismos responde justamente a que el cerebro predice y procesa constantemente los resultados de nuestras acciones. Cuando iniciamos un movimiento, el cerebro anticipa sus consecuencias, sin dejar lugar a la sorpresa. Por lo tanto, las cosquillas se basan en el elemento sorpresa, que está ausente cuando uno intenta hacérselas a sí mismo.

A finales del siglo xviii, William James, un influyente médico norteamericano en el campo de la psicología, propuso que la actividad mental estaba intrínsecamente ligada a la experiencia y a la relación con la naturaleza. En la actualidad, la neurociencia reconoce la relación directa entre la actividad motora y sensorial como fundamental en muchos procesos cognitivos, donde el aprendizaje y el conocimiento se adquieren a través de una constante experiencia de procesos sensoriales y motores, también conocida con el término «enacción», propuesto por Francisco Varela2 y otros autores. En su libro publicado recientemente, The Brain from Inside Out, György Buzsáki3 expresa esta noción de manera lúcida: «El cerebro es un sistema autoorganizado con conectividad y dinámica preexistentes. El trabajo principal del cerebro es generar acciones, y examinar y predecir las consecuencias de esas acciones». Es decir, la neurociencia moderna considera al cerebro como un órgano que construye un modelo mental del mundo, lo que genera predicciones sobre la experiencia sensorial y usa los errores para actualizar su modelo mental.

Como sea, las reflexiones de este libro no pueden ser tomadas como predicciones muy precisas ya que la mayor parte del tiempo nos tendemos a equivocar sobre cuáles son los eventos y situaciones clave que cambian el curso de la humanidad, así como sobre los tiempos en los cuales esto ocurre. De hecho, los humanos no somos muy buenos para realizar predicciones complejas. En 2011 Philip Tetlock, Barbara Mellers y Don Moore4 lideraron el Good Judgment Project («proyecto de buen juicio»). El equipo de investigación de este proyecto reunió a una gran cantidad de aficionados talentosos, les proporcionó tutoriales básicos sobre las mejores prácticas de predicciones y cómo superar los sesgos cognitivos, creando un algoritmo de agregación para combinar las predicciones individuales de los pronosticadores. Los investigadores encontraron que, de cinco mil participantes, solo del dos al cuatro por ciento eran «superpronosticadores», que mostraron una precisión de entre un treinta y cinco y un setenta y dos por ciento mayor que cualquier equipo de investigación experto. Estos superpronosticadores eran personas comunes, inteligentes y curiosas. Aunque esta habilidad podía ser entrenada, una característica común a estos sujetos era tener mucha flexibilidad mental, es decir, se debe tener en consideración que la autoconfianza no crezca más rápido que la precisión. Invito a las y los lectores a que exploren y examinen por sí mismos las ideas aquí expuestas.

Finalmente deseo explicar el título de este libro, que puede ofrecer dos lecturas dado que las palabras humano y futuro pueden ser un adjetivo o un sustantivo. Por una parte, se puede entender como un ensayo sobre lo que nos depara el futuro a nosotros los humanos y qué desafíos enfrentará nuestra especie. Por otra, nos puede evocar la pregunta sobre si seguiremos siendo humanos en el futuro, lo que implica que quizás aquello que entendemos como fundamental y privativo de nuestra especie pueda cambiar en el futuro. A continuación, discutiremos ambas miradas, examinando cómo el Homo sapiens puede ir cambiando a lo largo del tiempo considerando su evolución previa y la posibilidad de cambios físicos producto de nuestra interacción con la neurotecnología, así como el inminente impacto de la inteligencia artificial.

I

EL HUMANO PASADO

Se necesita conocer el pasado para entender el presente.

Carl Sagan, Cosmos (1980)

Desde el paramecio hasta la raza humana, todas las formas de vida son agregados sofisticados y meticulosamente organizados de vida microbiana en evolución. Lejos de dejar atrás a los microorganismos en una «escalera» evolutiva, estamos rodeados de ellos y compuestos de ellos.

Lynn Margulis, Microcosmos (1997)

Un poco de humildad biológica

Los seres humanos somos uno de los millones de formas de vida de este planeta, y aunque este libro habla sobre nosotros como una especie más, es importante entender cómo llegamos a tener un lugar dominante dentro del conjunto. Evidentemente, nosotros los humanos aparecimos como parte del proceso evolutivo que generó la amplia diversidad de animales luego del comienzo de la vida hace más de tres mil setecientos millones de años. La aparición del Homo sapiens ocurrió hace no más de trescientos mil años, lo que es básicamente un abrir y cerrar de ojos en el proce

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