«Cada fruta tiene su secreto».
D. H. LAWRENCE, Birds, Beasts and Flowers: Poems
«Hemos domesticado las plantas y, en cierto sentido, las plantas nos han domesticado a nosotros».
JAMES P. SMITH JR, Plants & Civilization
«Los historiadores, los poscolonialistas e incluso los historiadores de la ciencia rara vez reconocen la importancia de las plantas para los procesos que forman y reforman las sociedades humanas y la política a escala global. Las plantas rara vez aparecen en las grandes narrativas de la guerra, la paz o incluso la vida cotidiana en proporción a su importancia para los humanos. Sin embargo, son artefactos naturales y culturales significativos, a menudo en el centro de una gran intriga».
LONDA SCHIEBINGER, Plants and Empire
«Vivimos rodeados de ella, pero no la conocemos. Incesantemente nos habla, pero no traiciona su secreto. Constantemente actuamos sobre ella y, sin embargo, no tenemos poder sobre ella».
JOHANN WOLFGANG VON GOETHE, Los aforismos sobre la Naturaleza
«Comer un fruto significa hacer entrar en nuestro Ser un hermoso objeto viviente, extraño, nutrido y favorecido como nosotros por la tierra; significa consumar un sacrificio en el cual optamos por nosotros frente a las cosas».
MARGUERITE YOURCENAR, Memorias de Adriano
«Dame libros, fruta, vino francés y buen tiempo y un poco de música al aire libre, tocada por alguien que no conozco».
JOHN KEATS, Selected Letters
«La curiosidad evoca el cuidado de lo que existe y podría existir; una disposición a encontrar extraño y singular lo que nos rodea; cierta implacabilidad por romper nuestras familiaridades y por considerar de otro modo las mismas cosas; un fervor por captar lo que sucede y lo que pasa; una casualidad con respecto a las jerarquías tradicionales de lo importante y lo esencial. Sueño con una nueva era de curiosidad».
MICHAEL FOUCAULT, «The Mask Philosopher», Politics, Philosophy, Culture
INTRODUCCIÓN
Cuando ya no estemos
La forma en que nombramos plantas, flores, frutos, aun usando un mismo idioma, devela nuestro origen tanto o más que cualquier tonada. De allí somos, de donde florece o da fruto cada palabra.
CLAUDIA PIÑEIRO, Catedrales
Las historias son un modo de sustraer el futuro del pasado, la única forma de encontrar la claridad en retrospectiva.
VALERIA LUISELLI, Desierto sonoro
Paolo no respira. Como un monje tibetano o un profesional de la meditación, este joven de barba tupida y facciones rápidamente olvidables se encuentra en otro plano. El mundo quedó atrás para él, se puso en pausa. Paolo no piensa. No deja que su mente divague. Solo reacciona. Sus huesos, músculos y tendones operan como una máquina bien aceitada. Paolo recarga, apunta, dispara. Y otra vez. Y otra más, con furia, con saña, con todas sus fuerzas. No está solo. A su derecha, a su izquierda, detrás y adelante suyo, lo mismo: lo rodea un coro no de voces, sino de sudor y testosterona, aunado con euforia contra un enemigo en común.
Desde 1947, en una pequeña ciudad italiana, cada año estalla una guerra. En el mismo lugar, a la misma hora. Es una batalla descarnada, sin compasión ni treguas. En el casco histórico se multiplican los hematomas, los ojos morados, las caras hinchadas, los esguinces de codo, rodilla y muñeca. El combate no descansa. Aunque ahí no vuela una sola bala. No llueven misiles, no hay drones que dejen caer bombas que tiñan las calles de rojo. Las principales plazas de Ivrea, más bien, se cubren cada invierno de punta a punta con una alfombra anaranjada, viscosa. Se ve, se escucha, se huele. Durante doce meses, todos aguardan este evento, ansían participar del espectáculo. Nadie quiere perderse el bombardeo, la masacre frutal, la «Battaglia delle arance».
Es el momento más esperado del carnaval en esta pequeña ciudad del Piamonte, al norte de Italia, tras las celebraciones estruendosas, las cenas extensas, la música, los bailes y los desfiles de trajes tradicionales —aquellos que se desempolvan una vez al año y huelen a tiempo condensado, a naftalina— y de mucho vino caliente y bombardino, un cóctel elaborado con leche, whisky y ponche de huevo para calentar los músculos y las mejillas. Es la hora de despertar al pasado, de recrear en clave simbólica los levantamientos populares contra el abuso de poder de los aristócratas en el siglo XIII. Se cuenta —en ese remix de hechos y ficción propio de las leyendas— que por aquella época Ivrea estaba gobernada por un déspota despreciable y cruel, el marqués Ranieri di Biandrate. Por entonces, este señor feudal quiso hacer uso del «derecho de pernada» —droit de cuissage en francés o también ius primae noctis— sobre la recién casada hija del molinero, es decir, la prerrogativa señorial de violar a la novia en su noche de bodas. Invitada al palacio, la joven llamada Violetta, en lugar de someterse, lo emborrachó y le rebanó la cabeza, desatando así una revuelta.
Con los años, la tradición de celebrar la libertad y recordar la lucha contra el tirano se complejizó y sumó nuevos elementos. Primero, los habitantes tiraban frijoles —o habas— por la ventana. Después, a mediados del siglo XIX, se sumaron naranjas como aquellas que en su momento lanzaban las jóvenes enamoradizas desde los balcones para llamar la atención de los muchachos que pasaban por las calles.
Similar a la Tomatina valenciana, la Batalla de las Naranjas es, más que una fiesta, un momento de evasión. Es un rito colectivo que conecta a los habitantes entre sí y mantiene vivo su pasado. Durante tres días, 8000 personas en Ivrea se arrojan 900 toneladas de fruta en un ritual puntillosamente organizado. De un lado están los arancieri —o lanzadores de naranjas—, como Paolo, que representan al pueblo: se dividen en nueve equipos —como los barrios de la ciudad—, cada uno con su bandera, capitán y uniforme diferente, como los Ases de Picas, los Demonios, los Mercenarios, los Panteras Negras, la Muerte. No llevan ninguna protección y combaten a pie y a cara limpia contra el ejército del señor feudal, distribuido en 38 carrozas tiradas por caballos, participantes equipados con cascos de cuero, máscaras metálicas y chalecos que recuerdan a las antiguas armaduras. Una comisión premia al equipo que haya demostrado mayor «ardor, técnica y lealtad».
Para algunos, las naranjas —no comestibles y posteriormente destinadas a convertirse en compost— representan la cabeza del tirano. Para otros, son el vehículo de la catarsis y de la cohesión social, un paréntesis en la vida cotidiana en que el desahogo, la vehemencia, la euforia y el júbilo se mezclan en un fuego cruzado, un ritual marcado tanto por la caótica lluvia cítrica como por hombros, antebrazos, sienes, bocas magulladas, cuerpos salpicados por la pulpa, las cáscaras y las semillas y por un pesado aroma frutal que congrega y fortalece a la comunidad de una manera única.
EL PRIMER GUSTO
Dulces, jugosas, carnosas, fragantes, seductoras, tentadoras, las frutas son, más que envases nutritivos, alimentos que clausuran una comida, encarnaciones de sabor que contribuyen al cúmulo de experiencias sensoriales que conforman a un individuo. Son el punto de encuentro de historias, de recuerdos, ritos y creencias religiosas, de episodios literarios, expresiones artísticas y mitos, de investigaciones científicas y de tradiciones antiguas como la ancestral batalla campal de naranjas italiana.
Inocentes en apariencia, estas delicias han alimentado guerras y dictaduras sangrientas, han impulsado descubrimientos de nuevos mundos, han sido depositadas en la raíz misma de antiguos y distorsionados relatos sobre los orígenes de nuestra existencia. Ni la serpiente ni el diablo fueron los culpables de la expulsión del paraíso, señala jocosamente el escritor cubano Orlando González Esteva, en Cuerpos en bandeja. Frutas y erotismo en Cuba, sino la fruta misma; ella sola, la tentación extrema.
Aun así, estos cultivos perfumados desfilan por el camino del olvido, la ruta de la indiferencia; de la misma manera que su jugo es succionado en cada bocado, su dimensión narrativa ha sido extirpada, borrada en el último siglo. Desde comienzos del siglo XX, el discurso nutricionista avanzó de tal manera que se apoderó de ellas; como al resto de los alimentos, hoy las concebimos únicamente en tanto calorías, proteínas, lípidos, hidratos de carbono, fibra, antioxidantes, azúcares, vitaminas y demás componentes materiales que gobiernan con tiranía nuestras vidas. Somos marionetas de ingredientes que nunca hemos visto.
Tras siglos de nutrir cultos, creencias y obsesiones de exploradores, escritores y perfumistas, las frutas se han vuelto mudas. Han perdido su voz, su dimensión histórica, componente tan importante de su esencia como su cáscara, pulpa y semillas. Y, al hacerlo, se ha extinguido más que su sabor; hemos perdido su frondosa riqueza cultural.
Lo olvidamos, pero las plantas han desempeñado un papel dinámico y fundamental en la configuración de la biografía del planeta y de nuestra especie. Las frutas son el primer gusto, fueron nuestro alimento primigenio; antes de que nuestros antepasados dominaran el fuego y el arte de cocinar, los cuales echaron a andar los cambios psicológicos que permitieron el surgimiento de cerebros más grandes y del pensamiento complejo, los primeros homínidos se movían de árbol en árbol en los bosques de la sabana de África Oriental en busca de su pulpa y jugo.
Los paleoantropólogos sostienen que nuestra visión se agudizó para detectar los colores de la fruta madura. Nuestras manos se volvieron hábiles para recogerlas, y aquellos antiguos ancestros probablemente desarrollaron un torso erguido para recoger con mayor habilidad los alimentos cargados de dulzura de las ramas de los bosques tropicales. Las frutas nos definen. Las frutas nos hicieron humanos.
Y, aun así, los historiadores las han desdeñado, las conciben como mero ruido de fondo, las invisibilizan en la novela —o cuento corto, según cómo se lo vea— de nuestra especie, el Homo sapiens. «No existe una historia de la humanidad, existen solo muchas historias de todo tipo de aspectos de la vida humana», repetía el filósofo Karl Popper.
Pese a nuestra indiferencia, los alimentos que ingerimos tienen un pasado profundo, sorprendente. Desde hace por lo menos cuatrocientos setenta millones de años, las plantas han colonizado el planeta. Constituyen casi el 80% de la biomasa o materia orgánica de la Tierra. Son las formas de vida evolutivamente más exitosas y diversas; gracias a la increíble habilidad para transformar la luz solar, el agua y los nutrientes que absorben del suelo en hojas, tallos y flores vistosas, aprendieron a sobreponer su máxima limitación, su inmovilidad. A lo largo de milenios gestaron, en el más hondo silencio, toda clase de ingeniosas estrategias de supervivencia. Quizá la más asombrosa haya sido la invención de las armas de seducción primordiales, las frutas, señuelos lo suficientemente atractivos —carnosos, coloridos, suculentos, fragantes— para configurar el deseo de toda clase de animales y reclutarlos según su conveniencia para devorarlas y esparcir sus semillas en valles, bosques, a lo largo de cadenas montañosas. Incluso, más allá de la Tierra.
En el día a día, las concebimos como obsequios dulces de la naturaleza, si bien el tomate, la palta (aguacate), la calabaza, el pepino, las berenjenas, el morrón (pimiento) y el limón —por inercia, desplazados al sector de verduras— pertenecen también a este club de las delicias. Ocurre que, desde una perspectiva botánica, las frutas son ni más ni menos que los ovarios maduros de plantas con flores, estructuras vivas que evolucionaron específicamente para tentar, para ser consumidas. Las hay rojas, amarillas, verdes, anaranjadas, azules, minúsculas, desmesuradas. Adoptan una inagotable diversidad de formas, antojadizas, inimaginables. Las hermana la misma misión: cobijar en su interior pulposo un tesoro, las semillas, garantía de su replicación, una vez que atraviesan el tracto digestivo de aves, osos, rinocerontes, grandes primates y otras especies, muchas de ellas hace tiempo extintas.
Estas creaciones biológicas, sin embargo, no se dieron en un vacío. Más bien fueron consecuencia de las presiones de un contrato mutualista, una danza coevolutiva imparable; sus distintivos rasgos —tamaño, forma, color, aroma, contenido de azúcar, ubicación en las ramas— emergieron impulsados por los requisitos dietéticos y las capacidades sensoriales de los animales dispersores que encontraron en ellas una fresca y deliciosa recompensa.
DELICIAS DEL PARAÍSO
Así fue hasta la aparición del ser humano que, desde la invención de la agricultura, domesticó los frutos silvestres. Y los transformó para siempre. Generación tras generación, cada sociedad los moldeó a su antojo. Aquellas invenciones de la naturaleza hasta entonces ácidas, por lo general pequeñas y colmadas de molestas semillas, se volvieron más dulces, más carnosas, más apetitosas, más tolerables para el paladar de nuestros ancestros.
Fueron adoradas, protegidas, soñadas. Cada individuo que las saboreó arribó a la misma conclusión: no podían ser de este mundo. Los antiguos romanos consideraban las frutas un regalo de la diosa Pomona, una ninfa del bosque de belleza radiante que prefería la compañía de árboles frutales antes que los cortejos obstinados de sus pretendientes. «Aun temiendo una agresión grosera, se encerró en un huerto y rehuyó a los hombres», escribe Ovidio en su Metamorfosis.
Las tablillas cuneiformes, los papiros egipcios, los antiguos tratados chinos, el Corán y el Antiguo Testamento las conciben de la misma manera, como uno de los elementos centrales de la vida en el más allá. La palabra «paraíso», de hecho, deriva del iraní antiguo pairidaeza, que significaba inicialmente «jardín lleno de árboles frutales cercado por muros».
Como alimentos celestiales, los frutos abundan en cada versión de este refugio post mortem: en el Corán, el cielo (Jannah) se describe como un «jardín de las delicias». «Los justos disfrutarán de los ríos que fluyen de vino, frutas y carne, rodeados de muchachas puras con hermosos ojos y miradas modestas», se lee en el libro sagrado de los musulmanes. El mundo superior mexica de Tlalócan es un huerto lleno de flores, árboles frutales brillantes y una vegetación exuberante. Las tribus de la península malaya, como los semang, los jakún o el pueblo temuan, creen que las almas de los muertos terminan en una «Isla de la Fruta» (Pulau Buah).
Cada botánico que se cruzó con una fruta novedosa para su paladar vio en ella un regalo deslumbrante del cielo. A mediados del siglo XVIII, el sueco Carl Linnaeus, el padre de la taxonomía moderna, llamó Musa paradisiaca a la banana, después de bautizar Theobroma cacao —«alimento de los dioses», en griego— al árbol del cual proviene el chocolate. Su discípulo, el naturalista Carl Peter Thunberg, se enamoró de la textura sedosa y la pulpa intensamente melosa del caqui durante su visita a Japón en 1775 y le asignó el nombre científico de Diospyros kaki, «fruta de Zeus». Tiempo después, en 1830, emborrachado por su aroma fresco, tonificante, húmedo, el botánico escocés James Macfadyen denominó Citrus paradisi al pomelo rosado.
Las frutas siempre han sido más que simples y copiosos alimentos: en el folklore de cada pueblo, al igual que en el repertorio simbólico de la cultura pop moderna, desempeñan el papel de objetos carismáticos, es decir, poderosos, seductores, magnéticos, irresistibles, prohibidos, mágicos. «¿Qué noches de oscuridad espesa, qué lluvias hay detrás de sus colores?», se pregunta el escritor argentino Pedro Mairal en el poema «Fuente con uvas y peras». «Al fondo de su aroma, ¿qué dulce peligro se pasea?».
En Asgard —el monte Olimpo de la mitología nórdica—, las manzanas doradas de la diosa Idun mantenían jóvenes, vigorosos, saludables, al resto de los dioses. Cuando Loki, el gran embaucador, la secuestró, los dioses rápidamente comenzaron a envejecer y sus cabellos se volvieron grises. Los frutos del cactus —nopal, tuna o sabra— constituyen un símbolo central de las identidades nacionales en Oriente Medio. Para los israelíes, representan su exterior espinoso e interior dulce. Los palestinos los ven como emblema de paciencia para hacer frente a sus desafíos.
En agosto 1968, en medio del huracán social provocado por la Revolución Cultural china, el mango despertó un culto, una histeria masiva. Tras recibir una canasta llena de esta fruta como obsequio diplomático del ministro de Asuntos Exteriores de Pakistán, el presidente Mao Zedong en lugar de comerlos se los regaló a un grupo de trabajadores en agradecimiento por su sacrificio. Nadie imaginó lo que ocurriría después; aquellos cuarenta mangos —amarillos, brillantes— se transformaron inmediatamente en símbolos cuasidivinos, objetos de veneración masiva. Como poderosos emblemas de poder y talismanes del amor y generosidad del líder de la nación, se los distribuyó en las fábricas, donde fueron tratados como reliquias religiosas. «Por entonces, nadie en el norte de China sabía qué eran los mangos», recuerda la historiadora Alfreda Murck. «Los trabajadores se quedaban despiertos toda la noche mirándolos, oliéndolos, acariciándolos, preguntándose qué era aquella fruta mágica».
Al ritmo de los tambores y alzados como vírgenes o santos patronos, los mangos desfilaron con solemnidad por las calles. Algunos se conservaron en formaldehído. Otros, cuando empezaron a pudrirse, fueron hervidos hasta volverse un caldo considerado sagrado. Cada trabajador se turnaba para beber una cucharada, como si fuera un tónico curativo. Se realizaron reproducciones en cera y papel maché. Depositados en una urna de cristal, se los colocaba sobre un altar, ante el que hombres y mujeres se arrodillaban. Imágenes de la fruta decoraron tazas, bandejas esmaltadas, estuches para lápices, pósteres, paquetes de cigarrillos.
El inesperado culto se disipó después de dieciocho meses, y el mango se esfumó de la propaganda oficial. Sin embargo, destellos del episodio quedaron flotando en la memoria del gigante asiático como demostración tangible del increíble poder que una humilde fruta puede llegar a detentar.
IDIOMAS AFRUTADOS
Como ocurre en el resto del reino animal, el verdadero poder de los frutos reside en su capacidad de seducirnos. No somos inmunes a sus hechizos. Además de poblar mitologías, tratados médicos, poemas y pinturas, estos cultivos tentadores se han infiltrado en el paisaje interior del lenguaje. En especial, se instalaron hace tiempo en refranes o frases hechas, muletillas heredadas y repetidas que no se discuten, se pronuncian. Cuando se pretende algo imposible, se dice que es como «pedirle peras al olmo». Alguien «manda fruta» cuando miente o dice una insensatez. «¡Chupate esa mandarina!», se exclama en el Río de la Plata para anunciar una victoria, un triunfo o un éxito inesperado. «Inflar las guindas o los quinotos» significa fastidiar, molestar; «no pasa naranja», que todo está bien; «ser un banana», ser un creído; «ponerle la guinda o frutilla a la torta o al postre», dar un cierre. Las frutas se pudren rápidamente, por lo que sirven también como figuras del lenguaje para aludir o representar la corrupción política, las malas conductas de rápida propagación, es decir, «manzanas podridas» capaces de infectar rápidamente a sus vecinas.
El francés es un idioma particularmente poblado de frases frutales. Un compromiso es «couper la poire en deux» (cortar la pera en dos); cuando una persona pierde el conocimiento, se usa la expresión «tomber dans les pommes» (caerse en las manzanas). El dicho «avoir le melon» (tener el melón) se emplea para transmitir la sensación de que alguien es engreído. Y «être mi-figue mi-raisin» (ser mitad higo, mitad uva) significa que algo es bueno y malo.
Privilegiados con una gran riqueza frutal, los brasileños dicen «descascar um abacaxi» (pelar un ananá) cuando deben enfrentar una tarea difícil, desafiante. Y «ser usado como laranja» (ser usado como naranja) aplica a las personas involucradas en actividades ilegales. Los colombianos emplean la expresión coloquial «dar papaya» para arriesgarse, mientras que «papayazo» consiste en la oportunidad o el descuido que alguien aprovecha para sacar ventaja de una situación. Los cubanos, por su parte, recurren a la frase «tremendo arroz con mango» cuando se forma una pelea; «le zumba el mango», en cambio, expresa una contrariedad ante un hecho inesperado y negativo. «Tremenda guayaba» significa una gran mentira. «Acabó con la quinta y con los mangos» se emplea cuando se comenta un fenómeno devastador. «Comer cáscara de piña» es proceder de manera estúpida, y «por dónde le entra el agua al coco» se refiere a algo desconocido.
Aunque, en lo que destacan los habitantes de la gran isla caribeña es en la tendencia a descubrir atributos del cuerpo humano en las frutas. Por ejemplo, llaman papaya a la vulva. «Papaya es carnosidad pulposa, es la más obscena de las carnosidades», describe el escritor René Díaz Vázquez en su novela La isla del Cundeamor. Los cubanos, sin embargo, no fueron los primeros en encontrar similitudes entre frutas y zonas erógenas. En un poema escrito en un papiro del Antiguo Egipto del año 1150 a. C., conocido como «Papiro Erótico de Turín», se equiparan las granadas con los senos femeninos. En la Edad Media, durante casi novecientos años, los ingleses llamaron al níspero europeo «open-arse» (culo abierto), por el parecido de esta fruta popular con dicha parte de la anatomía. No fueron los únicos; los franceses, que pensaban que estos frutos de color marrón óxido y primos del membrillo y las manzanas tenían poderes mágicos que protegían a los hogares de la brujería, los conocían como «la partie postérieure de ce quadrupède» (la parte posterior de este cuadrúpedo), «cu d’singe» (culo de mono), «cu d’ane» (culo de burro) y «cul de chien» (culo de perro).
La misma suerte corrieron bananas, higos, cerezas, kiwis y duraznos, que en algún momento de su historia reciente han sido envueltos en una capa de erotismo y comparados con tal o cual rincón del cuerpo, ya sea en cuadros, poemas o sensuales emojis en las pantallas siempre ardientes de nuestros celulares.
EL SABOR DEL DESCUBRIMIENTO
«Con una manzana asombraré a París», exclamó Paul Cézanne a finales del siglo XIX, con la soberbia de un vidente. Y así lo hizo. El pintor impresionista retrató en más de una decena de ocasiones la presencia poderosa de esta fruta, inmortalizó su carga erótica. La empleó como un médium para invocar a la naturaleza de una manera absolutamente inolvidable, imperdible. La capital francesa y el mundo aún no se recuperan.
No fue el único artista atraído gravitacionalmente por las frutas o que percibió su esencia hipnóticamente vívida, espacialmente desorientadora. ¿Qué hubiera sido de Hieronymus Bosch (el Bosco), Arcimboldo, Caravaggio, Renoir, Monet, Van Gogh, sin las peras, los duraznos, las naranjas y las uvas? ¿Cómo hubieran expresado deseo, vitalidad, juventud, santidad, conocimiento? «Todo lo que vemos esconde otra cosa; siempre queremos ver lo que está oculto por lo que vemos», decía el pintor surrealista belga René Magritte, quien abrazó las manzanas verdes —además de pipas, paraguas y sombreros— para representar lo invisible, los aspectos intangibles, abstractos e inconmensurables de la existencia. Una y otra vez desafió la percepción de la realidad del observador, su comprensión de lo ordinario, despertando una sensación de curiosidad y asombro. Aquel vértigo perceptual fascinó hondamente al músico Paul McCartney, quien en 1968 al ver el cuadro Le Jeu de Mourre —una manzana con las palabras «Au revoir» pintadas en ella— encontró el nombre que buscaba y bautizó Apple Corps a la legendaria compañía de los Beatles.
Los poetas no perdieron oportunidad de alabarlas, de alimentarse simbólicamente de ellas. «¿Qué olor siento en esta habitación?», se preguntó, en el siglo XVII, Marc-Antoine Girard de Saint-Amant en su poema «El melón». «¿Qué dulce perfume de almizcle y ámbar hace feliz a mi cerebro y hace florecer mi corazón?». La guayaba perfuma la poesía cubana desde que, en la segunda mitad del siglo XVIII, Manuel Justo de Rubalcava en su poema «Silva cubana» registró: «Más suave que la pera/ en Cuba es la gratísima guayaba/ al gusto lisonjera,/ y la que en dulce todo el mundo alaba,/ cuya planta exquisita/ divierte el hambre y aun la sed limita». Tiempo más tarde, ya en el siglo XX, su compatriota José Lezama Lima concibió al ananá como «luz congelada», mientras que el novelista Virgilio Piñera afirmaba que el perfume de este fruto de cáscara rugosa podría detener el vuelo de un pájaro.
Por modestas o comunes que parezcan, las frutas siempre han sido el sabor del descubrimiento. Tras eones de madurar en forma aislada, incomunicadas del resto del mundo, separadas por miles de kilómetros de océanos, a partir del siglo XVI emprendieron su expansión global. «Hay árboles de mil tipos, todos con sus diversos frutos y todos perfumados», registró Cristóbal Colón en sus diarios. «Soy el hombre más triste del mundo porque no los reconozco».
La conquista de América selló la fractura continental de sesenta millones de años y al hacerlo empequeñeció el planeta. Gracias a los viajes transoceánicos, los hemisferios —el Viejo y el Nuevo Mundo— y luego los paladares se volvieron cada vez más homogéneos. En 1972, el geógrafo estadounidense Alfred W. Crosby llamó a este evento, crucial en la historia ambiental, «el intercambio colombino», fenómeno sin precedentes que desencadenó una explosión ecológica; desde 1492, millones de personas se trasladaron de un continente a otro. Religiones, ideas, modas, idiomas, enfermedades invadieron nuevas tierras, acabando en su camino con la vida de la quinta parte de la humanidad. Una de las mayores modificaciones de la naturaleza, sin embargo, fue la transferencia —a veces deliberada, a veces por accidente— de plantas y animales que alteraron para siempre los ecosistemas y las prácticas culturales de Europa y América, aunque también de África, Asia y Oceanía. «Para los ecologistas, el intercambio colombino es el acontecimiento más importante desde la muerte de los dinosaurios», destaca el periodista Charles C. Mann, autor de 1493. Una nueva historia del mundo después de Colón.
Este trastorno biológico tuvo profundos efectos gastronómicos. Los ajíes (chiles) dieron lugar al curry en la India, a la paprika en Hungría, al kimchi coreano. El ananá se alzó como símbolo de riqueza, lo exótico y el lujo extravagante. Los tomates —que en 1554 el botánico toscano y médico imperial Pietro Andrea Mattioli llamó «pomi d’oro» (frutas doradas)— se volvieron parte de la identidad italiana y de otros países mediterráneos. Las papas, las batatas, los boniatos, el maíz, los frijoles y las mandiocas (yuca) alimentaron estómagos y reinos enteros. Y el tabaco, el caucho, la vainilla y el cacao engendraron sus propios imperios. «La unión de los continentes fue un requisito previo para la explosión de la población de los últimos dos siglos y, ciertamente, jugó un papel importante en la Revolución Industrial», señaló Crosby.
Sin embargo, como recuerda el historiador británico Felipe Fernández-Armesto, estas introducciones no se dieron sin resistencias, en especial debido a que los cultivos exóticos y las frutas crudas despertaban sospechas para muchos europeos; durante la Edad Media y buena parte del Renacimiento, no faltaron los médicos que las consideraban peligrosas para la salud. Recién a fines del siglo XVIII, gracias a las investigaciones de la Ilustración sobre el mundo natural y el despegue de la pomología —el estudio del cultivo de frutos—, empezaron a ser consideradas lo que son, el alimento más ligero y saludable para la dieta humana.
ALIMENTOS PARA PENSAR
En su libro El totemismo en la actualidad (1962), el antropólogo francés Claude Lévi-Strauss propone que algunos alimentos se eligen no porque son «buenos para comer», sino porque son «buenos para pensar». «La comida es un artefacto histórico incrustado en las creencias, las ideas y los miedos de aquellos individuos que la producen y consumen», indica la historiadora Sherrie Inness, autora de Kitchen Culture in America: Popular Representations of Food, Gender, and Race.
Además de aportar nutrientes, estas delicias destacan por su potencia simbólica, han representado abundancia, prosperidad y ambición, longevidad, pureza, ternura, sufrimiento, deseo, discordia, pasión. Aunque hay una dimensión poco advertida que las vuelve realmente importantes: pese a ser vistas como embajadoras de lo natural, lo puro y lo fresco, las frutas que olemos, degustamos c
