INTRODUCCIÓN
La astrología me llevó a un camino de autodescubrimiento para comenzar un viaje no solo de comprensión, sino también de aceptación. La carta natal es una huella cósmica que esconde dentro de sí la potencialidad de nuestro Ser. Nos enseña nuestros dones y talentos así como los aprendizajes que nuestra alma viene a trascender para evolucionar. Podemos también observar nuestras heridas, que si logramos contemplarlas desde otro lugar, esconden una llave para aprender a resignificarlas como parte de nuestro destino. Y en ese viaje de aprender a vivir más liviana, descubrí a Quirón y sus formas de expresión del dolor, herida y amor. Dependiendo de dónde esté en nuestra carta, será un instrumento para poder interpretar el tipo de heridas con las que encarnamos y las huellas de dolor que parecen estar grabadas en nuestro ser.
Ciertas heridas, nos acompañan desde antes de tener memoria y por más que intentemos huir de ellas, taparlas o negarlas, en algún momento, distintos eventos nos empujarán a reconocerlas y sentirlas. Creo también que esa es la sabiduría de nuestra alma, que confía en nuestro poder para resignificar y trascender el dolor. Nuestra alma sabe, y quizá se traduce en nuestra ilusión, de que es posible vivir en libertad.
La mitología del centauro Quirón, hijo de Filira, una ninfa marina y de Saturno, el Dios del tiempo, cuenta que fue rechazado y abandonado por su propia madre, conociendo así el desamparo desde el comienzo de su vida. Adoptado y bajo el resguardo del Dios Apolo, se convirtió en un maestro sabio, justo y amable al que todos acudían para aprender y curar sus heridas con plantas naturales. Esta parte del mito refleja algo de nuestra condición humana: por más que intentemos crear mecanismos para tapar y camuflar los efectos de nuestras heridas, mientras tengamos un cuerpo, habrá heridas con las que vamos a tener que lidiar.
Su historia tuvo un giro trágico, ya que fue lastimado por una flecha envenenada de la cual no pudo sanarse —pese a toda su sabiduría y conocimiento—, ni tampoco morir, por ser inmortal. Luego de darse cuenta de que estaba atrapado en una agonía eterna, terminó cediendo su inmortalidad a Prometeo, para liberarse de su dolor.
Quirón nos deja como enseñanza, que podemos ser un puente de sanación para otros, aunque sigamos portando nuestras propias heridas. Al dar servicio por medio de lo que aprendimos con nuestro propio dolor, nos permitimos posicionarnos como un vehículo que puede ayudar a otros, creando conexión y compasión. Esto da un giro de sentido y propósito a nuestro sufrimiento. Esa herida cobra perspectiva, al transformarse en algo más. Tengo la ilusión de que en estas páginas puedas encontrar pistas para despertar la sabiduría de tu alma y transformar tus heridas en talismanes de trascendencia. A Quirón lo llaman el “sanador herido” y siento que todos podemos convertirnos en uno. Guardo la esperanza que este libro sea el espejo para que puedas recordarlo.
La historia de mi propio dolor, la que me trajo hasta acá, comenzó a mis cuatro años cuando mi padre empezó a tener graves problemas de salud. Recuerdo una tarde estar armando una casita de muñecas y que al sonar el teléfono, mi madre pronunció las palabras “papá se siente mal”. En ese momento, mi cuerpo se paralizó, recuerdo como si me hubiera separado de mí misma y de esas columnas rosas con las que estaba jugando. Si mi memoria no falla, creo que nunca terminé de armar esa casita. Quedó guardada en una caja, como el dolor, el miedo y la desesperación que me produjo ese llamado.
Mi padre, Jorge, había tenido un infarto, el primero de dos. Cuando llegamos al hospital, logré escaparme de los médicos y enfermeros para poder visitarlo en terapia intensiva. Me acuerdo que llegué corriendo a la habitación y me escondí debajo de la cama. Había intentado meterme de contrabando para llevarle un anillo de juguete de la serie Sailor Moon, inspirada en los planetas y la astrología, porque yo creía que era “mágico” y tenía “poderes para salvarlo”. En realidad no solo estaba intentando salvarlo a él, estaba también intentando salvarme a mí de perderlo.
Mi padre tuvo otras recaídas de salud, pero la más importante llegó en febrero de 2018. Que si bien fue el comienzo de un final, también fue el comienzo del aprendizaje que me trajeron la muerte y el amor, que hoy puedo entender y sentir (aunque a veces todavía con cierta nostalgia) que son lo mismo. Durante esa internación tuvieron que colocarle un stent de urgencia, pero como no se recuperaba, se hicieron estudios complementarios que, finalmente, arrojaron que tenía manchas en los pulmones. Esas manchas resultaron tumores que no estaban alojados únicamente ahí. Un cáncer de esófago en etapa IV se lo terminaría llevando de este plano sin posibilidad de hacer tratamiento porque sus riñones no podían sostener una quimioterapia.
Desde su primer infarto, cuando era apenas una niña, tuvo que pasar mucho tiempo para entender cómo desde ese día siempre intenté hacer de todo para no enfrentar una pérdida. Todo entraba en la misma bolsa: una amistad, una pareja, una mascota. Esos intentos imposibles se replicaron como un eco de ese dolor fundante. Con su partida física, el miedo y la amenaza de la muerte se hicieron realidad y tuve que reconocer una herida que siempre había estado ahí, ya que toda la vida sentí un miedo paralizante a ser abandonada por él por sus problemas de salud.
Esos primeros meses sin él no los recuerdo en detalle, es como si algo se hubiera detenido y, al mismo tiempo, todo se aceleró tan rápido que me hizo perder el rastro de los acontecimientos de esos meses. Lo único que recuerdo con nitidez es que tiempo después, un día yendo a la oficina —era un trabajo al que iba por inercia y necesidad—, al cruzar la calle no vi un camión con acoplado que frenó de golpe para no atropellarme. No lo vi porque estaba mirando al suelo mientras caminaba. Ese susto me hizo ver la situación en que me encontraba. Curiosamente, unos meses después, decidí abrir la cuenta de Instagram @cuspiderosa. La razón por la cual la abrí era porque necesitaba una motivación para levantarme todos los días, esa situación con el camión me hizo ver que realmente me sentía muerta por dentro, y al pensar en la astrología sentía en mi corazón que compartir lo que me gustaba, si me leyera solo una persona y le sirviera, iba a mantenerme viva y con un sentido. Se debía a que casi todas las cosas que hacía eran por inercia y supervivencia en ese momento, excepto estudiar astrología, que se había convertido en un refugio. Animarme a escribir, me traía un anhelo de sentido y significado en esa etapa de duelo profundo. Más que una lamparita que se prendió en mi cabeza, hoy entiendo que fue susurro —o más bien una súplica— de mi corazón por expresar todo lo contenido en mi pecho de una manera transformadora. Estaba comenzando una fase de la re-significación de la herida sin saberlo, quién iba a pensar finalmente que su ausencia física, me iba a llevar a la verdadera presencia de mí misma.
Sin ser consciente, había una fuerza y un impulso que iba más allá de mí misma, que me llevaba a reconstruir toda esa angustia con la que había vivido por tanto tiempo. Tenía que darle sentido, dirección, para que no me siguiera pudriendo por dentro, y porque además, aún sin saberlo, mover ese dolor iba a llevarme al encuentro y conexión con personas a través de una comunidad que estaban cursando con heridas similares. Fue así como comencé a darme cuenta que no estamos solos en nuestro dolor. Mi cuenta de Instagram empezó a crecer, cada vez había más personas que me leían y estudiaban conmigo. Mi intención era que las personas aprendan el lenguaje y que puedan verse a sí mismas, porque nadie lo iba a poder hacer mejor que ellas. Cada curso y cada clase, siempre habitaba un trasfondo quironiano, con mensajes de aceptación, de compasión, resiliencia y amor. En el 2020 me llegó la propuesta de escribir un libro y en el momento que me preguntaron de qué tema quería que sea, hablé antes de pensar y ya había respondido: “sobre Quirón”. Ya ha pasado un gran tiempo hasta que finalmente ustedes los lectores pueden tenerlo en sus manos. Tienen un pedazo de mi corazón, mi vida como la conocí y la estoy volviendo a descubrir en estas páginas.
Varios años después de que mi padre tuviera su primer infarto, un día encontré en su vestidor ese anillo de Sailor Moon que le había dado, siempre lo guardó y de hecho se lo volví a dar en la clínica antes de que falleciera de cáncer. Tengo su imagen en el 2018 ahora muy presente, me acuerdo de sus manos sosteniéndolo, mirando para abajo y diciendo “oh, mi anillo”. No pudo salvarlo el anillo esa última vez, pero su muerte me salvó a mí. Su muerte me enseñó a vivir. Su muerte me enseñó a mirar detrás de las interferencias y recordar que lo real, es la eternidad del amor. Al sol de hoy, este anillo me sigue acompañando. De hecho, está a mi lado mientras termino este libro, como estuvo al lado de mi padre hasta el final de su encarnación.
Este libro, sin dudas, se escribió mientras cursaba experiencias y procesos que necesitaban ser vividos para poder traducirlo en palabras. Para que sea escrito desde la coherencia de atravesar el dolor, me rompí, me desgarré y desangré, literalmente, porque hasta me operé de endometriosis en el medio. Abrí mi corazón al miedo, al desconsuelo, al pánico y me derrumbé incontables veces. Me vi a mí misma sosteniendo lealtades a dolores propios y de mi familia. Me vi a mí misma eligiendo desde el dolor, me vi a mí misma apegada a situaciones que me proyectaban un dolor inmenso que seguía cargando dentro. Me vi a mí misma condenada por el miedo a sentir un vacío que siempre estuvo profundamente presente. Hasta que no pude más hacerlo, hasta que el costo fue más grande, ahí me rendí. Un acto de desesperación pero también de gracia y de fe, me vi rindiéndome a mí misma llorando frente al altar de mis maestros, porque ya no podía seguir haciendo sacrificios en mi vida para intentar tapar mi dolor. Le pedí a mi gurú que me enseñara mi fuerza para poder atravesarlo y así fue. Lo enfrenté porque no me quedaba otra y del otro lado, encontré la recompensa: el amor que reside en mí. La recompensa al final del arcoíris fue mi corazón.
Aquí diré muchas veces que Quirón nos habla de una sabiduría y un conocimiento que no pueden ser únicamente leídos, sino que, además, deben ser experimentados. Fue así como me di cuenta de que este libro no podía haber sido escrito de otra forma que no fuera atravesando mis procesos de dolor, mis muertes y transformaciones. Entre muchas de esas experiencias, y que algunas están relatadas en este libro, todas las muertes y pérdidas que fui cursando, me permitieron seguir elaborando esta herida primigenia, sacando capas y más capas de dolor, trauma, bloqueos, miedos y sensación de vergüenza e inadecuación. Aprendí a ver cómo los duelos se encadenan, se superponen y conectan y están al servicio para que cada vez pueda seguir abriendo el corazón a la vida. Me siento en paz, me siento finalmente en casa, porque tuve la bendición de ver el milagro de la vida. Tengo la bendición de saber en la certeza de mi alma, que Quirón representa la llave hacia los milagros de la vida incluso después de lo más agonizante y crudo del dolor. Todo está al servicio para que abramos el corazón. Este mágico centauro me enseñó que cada vez que revisitó el dolor de la pérdida, apareció más amor. Cada muerte, cada dolor, es una ofrenda a la vida, para que cada vez podamos desprendernos de todo lo que no es real a nuestro Ser.
Quirón fue mi guía de ascenso en esta parte de la peregrinación hacia mi corazón. Me mostró que tenía la llave para abrir una puerta hacia dentro. Descubrí que puedo ser libre, sin reprimir, sin rechazar, sin negar mi humanidad y eso incluye mi ilusoria sensación de inadecuación. Qué regalo celestial y terrenal se fue desplegando ante mis ojos. Por más de las incontables veces que nos sintamos perdidos en el recorrido Quironiano, estamos viajando dentro de un tren, que aunque corramos en sentido contrario dentro de él, inevitablemente llegaremos a destino. El destino es tu corazón, el amor que reside en cada fragmento de tu verdadero Ser.
Quirón representa una herida que está muy marcada en nuestra alma, que por más que corramos y la neguemos, late en nuestro ser. Gracias a él, aprendí que el dolor es un vehículo, que a veces te conduce a callejones sin salida pero también a lugares maravillosos de la existencia. Cuando la sabiduría de la perspectiva aparece y nuestro corazón acompaña, les juro que es posible mirar más allá de lo que nos comprime el corazón. Quirón me recuerda del mosaico que formamos parte, es una llave para rendirme ante la idea que más allá de ocupar mi propio lugar, hay una logística superior que me conecta y une a otros. Me traduce que mis numerosos ensayos y prácticas que construí debido a los síntomas de mi propia herida, se transforman en bengalas de auxilio y guías amorosas para quienes se encuentran perdidos y derrumbados en el dolor.
Quirón nos invita a recordar que esta logística misteriosa no solo nos ordena y sostiene, sino que también incluye la resignificación de nuestra propia historia con el dolor, porque ese dolor es un enlace al corazón de otras personas. Quirón nos devuelve esa humanidad que a veces creemos perder cuando luchamos y arremetemos contra nuestro propio dolor y, en consecuencia, contra el de otros. Creo que el dolor nos confunde, nos nubla y terminamos envueltos y enmarañados en la neurosis y caos emocional por las activaciones de nuestro sufrimiento. Ahí nos convoca y nos une el dolor de una forma en detrimento, pero en el polo opuesto, nos une también la posibilidad de abrir el corazón y sanar. Somos un engarce y un espacio para que podamos y pueda desplegar la vulnerabilidad de forma segura y para aceptar y transmutar nuestras heridas. Este centauro nos ayuda a ver cómo del dolor nacen también cosas maravillosas, tal como la solidaridad que brota desde el centro de nuestro espíritu cuando vemos a alguien padecer y encerrarse en cierto mecanismo de dolor. Algo comienza a danzar, como si una fuerza de gravedad nos llevará unos a otros, permitiendo descubrir la esperanza, ya que nace una faceta del mundo amable y que consuela.
Quirón es una representación de sabiduría y nobleza que existe en quienes somos, nos abre a la oportunidad de ser serviciales desde la devoción y la presencia absoluta. Es una gran bendición aprender a residir en ese amor compasivo, infinito y brindarnos sin la expectativa de querer alterar, cambiar y/o aliviar el dolor del otro. Todos los seres humanos hemos atravesado situaciones dolorosas y traumáticas y lo que simplemente necesitábamos era sentirnos vistos, escuchados y sentidos. Buscábamos ser recibidos en presencia de alguien más, recibidos con nuestras penas, incluso con la desesperanza. Cuando no hemos tenido espacios para abrirnos en nuestro dolor, es sanador y liberador tener esa oportunidad de hacerlo, la chance de mostrarnos tal cual nos sentimos sin recibir juicio, solo presencia amorosa.
Mi deseo para este libro es que vaya más allá de la Astrología. A pesar de ser el lenguaje que hoy utilizo para crear este puente, mi anhelo es que esta lectura sea un espacio de reflexión, de observación y, por lo tanto, que los guíe en su propio camino. No hay ningún mejor maestro para uno que uno mismo, y si hay un tesoro que esconde este mágico centauro es la sabiduría infinita que yace en el lugar que ocupa en nuestra carta natal y que aguarda en silencio a ser liberada.
El mito explica muchas cosas que de lo contrario serían inexplicables, precisamente porque el mito es la reducción de la experiencia universal a su esencia misma.
WILLIAM R. DAVIES
Quirón nació a partir de la unión entre Filira, una ninfa marina y de Saturno, el Dios del tiempo. Hay varias versiones sobre cómo fue concebido: una de ellas es que Filira se convirtió en una yegua para escapar de Saturno pero no tuvo éxito, ya que tras varios intentos fallidos de Saturno por conquistarla, este se convirtió en caballo para confundirla y luego violarla. Otra variante de una de las versiones es que Saturno se convirtió en caballo para evitar que su esposa Gea descubriera su infidelidad. La mitología nos brinda un marco en esa historia universal e infinita de la cual formamos parte, y más allá de cómo fue realmente su concepción, su llegada al mundo fue marcada por la tragedia. Cuando Filira dio a luz en soledad, en una cueva del monte Pelión, al ver que su hijo era un centauro, una criatura inmortal mitad humana y mitad caballo, se horrorizó. Como lo consideró un monstruo, lo abandonó y suplicó a los dioses que la convirtieran en un árbol de tilo, para no tener ojos y no tener que ver a su hijo. Filira creyó que había parido a un hijo deforme, a una aberración, por lo que el primer momento de la existencia de Quirón, quedó sellada por el rechazo, abandono y desamparo.
Luego de ser abandonado, nuestro querido centauro tuvo un cambió de suerte, ya que fue adoptado por el dios Apolo, quien se compadeció por su situación. En realidad, la que encontró a Quirón recién nacido y llorando a la luz de la Luna fue la diosa Artemis o Artemisa. Escuchó un llanto desgarrador debajo de un árbol de tilo y allí estaba Quirón aferrado a lo que había quedado de su madre. Junto a Apolo, decidieron adoptarlo, en parte porque se dice que Apolo tuvo visiones de que Quirón sería un gran sabio. Así fue cómo Apolo se convirtió en su cuidador y tutor. Se encargó de transmitirle sus conocimientos y sabiduría, así como se aseguró de que creciera en buenas condiciones. Quirón a excepción de otros centauros, que eran criaturas salvajes, caóticas e indomables, devino en un ser sabio, amable y diplomático que se encontraba dispuesto a servir y ayudar en lo que podía a la comunidad. Es importante destacar que Quirón comenzó a crear una vida más allá del dolor y el rechazo que sufrió en su llegada al mundo. Se especializó en conocimientos de botánica, arco y flecha, música, artes, e incluso medicina, hasta instruyó a Asclepio, quien terminó siendo el padre de la medicina. También, algunas teorías indican que tenía conocimientos sobre astrología y que adquirió esa información al observar el cosmos y su correspondencia con los acontecimientos de la Tierra.
Fue un maestro de maestros, incluso los dioses depositaban su confianza en él al elegirlo como tutor de sus hijos. Cientos de soldados acudían a su encuentro para curar sus heridas de guerra, y gracias a esta relación, él experimentaba y probaba en ellos pócimas y elixires novedosos. Desarrolló un gran saber intuitivo y experimental con las plantas y sus propiedades, descubriendo sus dones y cualidades para curar. Gracias a todo el tiempo invertido en sus estudios, fue perfeccionando y puliendo sus habilidades sanadoras para ofrecer su servicio. Con todas las prácticas que fue adquiriendo para luego compartirlas, se convirtió en un centauro honorable, valorado por la sociedad, siempre con alguna herramienta o información nueva para enseñar y compartir desinteresadamente. Quirón encarnaba un arquetipo de entrega y vocación.
El gran giro que le pudo dar a su historia de origen parecía haber reparado la desolación de ese comienzo, pero nuevamente la tragedia, la injusticia y el dolor se presentaron en su vida. Quirón fue herido por Hércules en una de sus piernas con una flecha envenenada por la sangre de Hidra, una criatura marina. Una versión cuenta que fue accidentalmente en medio de una pelea de centauros, en otra variante se dice que estaban en una alegre reunión y que se hirió a sí mismo al caer la flecha en su tobillo. El punto de inflexión es que, por un lado, la herida que le dejó esa flecha envenenada era incurable, pero, al mismo tiempo, Quirón es inmortal y por lo tanto no podía morir. En consecuencia, quedó atrapado en una agonía de la cual no podía liberarse. Aquí vemos cómo las heridas se presentan de una forma injusta y paradójica, ya que pese a todo el conocimiento que tenía sobre sanar a los otros, no pudo encontrar la manera de curar su propia herida.
Luego de este accidente, la mitología cuenta que se retiró a su cueva para seguir estudiando y aprendiendo, con la esperanza de encontrar una fórmula para curarse. Pero ni el tiempo, ni la sabiduría que cultivó a lo largo de su vida, pudieron ayudarlo a sanar. El dolor fue tanto, que entregó su inmortalidad a Prometeo para poder morir y librarse de su sufrimiento. Al momento de su muerte, Júpiter lo ascendió a la constelación de Sagitario o Centauro, dependiendo de la versión, para inmortalizarlo en paz en la eternidad del firmamento.
Quisiera detenerme ahora en la mitología de Prometeo, de la cual Quirón formó parte. Prometeo había sido castigado y encadenado por Júpiter ya que había robado el fuego del Olimpo para dárselo a la humanidad. El fuego se consideraba algo sagrado y no debía estar en mano de los humanos. Sin embargo, Prometeo encendió una antorcha en el Carro del Sol y se dice que guardó un trozo de carbón vegetal incandescente dentro de un hinojo para luego pasárselo a los humanos. Cuando Júpiter se enteró, lo encadenó a una piedra para que un buitre devorara su hígado, que todos los días se regeneraría para que el buitre pudiera comerlo nuevamente al día siguiente. Quiero destacar el detalle de que Prometeo entregó a la humanidad aquello que simboliza lo sagrado, la evolución, la posibilidad de iluminar, alquimia, crear abrigo y estar en presencia de la magia de este elemento.
Dependiendo del signo que esté Quirón en nuestra carta natal, casa astral y aspectos, representará características en nosotros que, a su vez, las podemos ofrendar a nuestras comunidades, al colectivo. Por medio del servicio, ese acto de “convertirnos” en Prometeo hablará de una contribución, pero que, sin dudas, tendrá un costo y un efecto en nosotros: el dolor producido por la herida. Esta relación representa cómo nuestra herida nos mantiene ligados, atados y convocados a experimentarla y a reconocer el dolor. Quirón siendo inmortal no fue invulnerable a él y lo mismo nos toca a nosotros. Este mito nos ayuda a aceptar, más que comprender, lo inevitable del sufrimiento que trae la experiencia de la encarnación.
El acto de liberación de Prometeo se puede traducir en nosotros como el camino de sabiduría que desarrollamos a partir de una herida. Después de darle lugar al dolor y de sentir todo lo que conlleva, es que encontramos la llave del servicio y el puente hacia a otra dimensión, transpersonal, que nos une en amor y presencia. Un lugar donde no hay peso ni carga, porque sabemos que nuestra alma viaja liviana y que descansa detrás de la telaraña que produce el dolor. Quirón se desencarnó, se liberó del dolor, ofrendó su inmortalidad por alguien que había dado el fuego a la humanidad. Quirón, como ya hemos visto, es un emblema de aporte y servicio, su muerte y la liberación de Prometeo, pueden leerse como la posibilidad de liberarnos del encadenamiento del dolor, al dejar morir esa identidad sufriente grabada en nuestra personalidad. Como diré en muchos momentos del libro, el dolor es inevitable, es parte y la única manera de transformarlo es abrirnos a nuestra condición humana y sentirlo. Al duelar todo lo que rompió el dolor, podremos ver lo que yace en nuestro espíritu, que es imperturbable, y reconoceremos en nuestro corazón divino que no estamos fallados, rotos ni averiados. Cuando accedemos a ese espacio inmutable de las cadenas del dolor, al núcleo de nuestra verdadera esencia, es que trascendemos y existimos más allá del sufrimiento, del cuerpo humano, del tiempo, el espacio. Operamos desde lo que guardamos en el recinto de nuestro corazón, del brillo y la luz que podemos emanar desde ahí, ese sol que filtra la esencia de la pureza de nuestra alma.
El fuego también está asociado al Sol, que en nuestra carta natal representa nuestra esencia, nuestro ego, pero para mí su significado es aún más profundo. Representa también la pureza que va más allá del ego, la manera en la que brilla nuestro espíritu en nobleza, cuando expresamos lo que verdaderamente somos. El fuego del Sol, ese fuego que otorga Prometeo a los humanos, representa la claridad en nuestra consciencia, y gracias a su capacidad de iluminar, nos permite encontrar la verdad, al poder reconocer, identificar y ver, lo que es genuino en el alma. El Sol es el canal para que la esencia de la divinidad se exprese por medio de nosotros.
Al entregar su inmortalidad y liberar a quien permitió que se encendiera el fuego entre los humanos, Quirón se estacionó por siempre junto a las estrellas, mientras que Prometeo camina todavía entre nosotros recordando que somos los encargados de seguir manteniendo el fuego vivo, ardiendo, e iluminando lo que es continuo, eterno, y que no cesará a pesar de las heridas. El fuego craquela lo que debe morir, purifica, pulveriza el ego para que solo quede lo real, el fuego nos muestra lo sagrado que vive y late en nuestro interior. Prometeo vive, para recordarnos la valentía y la fuerza de la llama perenne de nuestra alma que inevitablemente nos conducirá a dar algo, más allá de las huellas de nuestro dolor.
Después de ser atravesado por la flecha, Quirón regresó a su cueva, que podríamos pensar como un regreso al vientre materno, el útero, donde se produjo su primera herida. Más de una vez rondó en mi cabeza el hecho de que en la mitología él nunca pudo duelar o reconocer su dolor, hasta que llegó la flecha que lo enfrentó con un dolor físico del cual no pudo escapar. Cuando el dolor no es expresado, busca distintas vías para poder purgarse, para poder salir y, por supuesto, es un proceso muy difícil, ya que lo que sale, es todo lo reprimido. Esta cueva también nos refleja cómo, cuando entramos en contacto con la vulnerabilidad, nos retiramos, nos aislamos y no siempre quizás es para sanar, sino para escondernos por la vergüenza y el rechazo que sentimos por percibirnos dañados. La cueva representa también lo poderoso de meternos en los recovecos de nuestro inconsciente: hemos construido una vida desde el vacío que nos dejó el dolor, desde la vergüenza hacia nosotros mismos, y el rechazo a esas partes que no supimos cómo abrirle el corazón.
Mientras estemos encarnados en la corporalidad, hay heridas que nunca se van a poder borrar del todo, ni barrer de nuestro recuerdo. Es ilusorio creer que podemos escapar de lo que nos aflige, de lo que nos hace sentir indefensos y vulnerables. Esperar que alguien nos salve, nos cure desde afuera, es una expectativa que solo causa más y más dolor. Nos va a llegar una gran desilusión creer que todo tiene que funcionar de una manera que nos veamos intocables por el sufrimiento o el conflicto, un duelo, una pérdida o un corazón roto. Únicamente atravesando el camino, es que puede cambiar la ecuación. La solución, ante todo, es la aceptación y el amor como lo único verdadero, real, y que trasciende a cualquier pena. Las dolencias tanto físicas como emocionales, siempre nos van a acompañar de una manera u otra, pero, tal vez, al atravesarlas, aprendamos a interpretarlas con un poco más de objetividad, espacio y perspectiva. Y no solo eso, quizás aprendamos también a ver que todo lo que nos dice nuestra mente sobre nuestras heridas no es tan cierto, allí se produce la mayoría del dolor y comprender eso es liberador.
Quirón con su mitología refleja una realidad humana: nos muestra cómo podemos tener herramientas y dones para acompañar y asistir a otro sin que podamos erradicar el propio dolor de nuestra vida. Quirón nos conecta no solo con el dolor propio, sino con el dolor universal. Descubrimos que no somos islas, por más profundo y desolador que se sienta una herida. Caemos en la revelación que sanamos en comunidad, que hay una hermandad que nos sostiene y que a fin de cuentas, ese dolor nos empuja a mirar más allá de nuestra propia herida cuando podemos acompañar a quienes sufren del mismo pesar. La conocida frase “casa de herrero, cuchillo de palo” ilustra de manera simple pero concisa lo que representa Quirón en nuestro mapa cósmico y, por lo tanto, en nuestra experiencia humana. Nos enseña sobre la sabiduría que obtenemos al tener que lidiar con nuestro propio trauma, herida, dolor y sobre cómo al convertirnos en maestros de lo que tanto nos aflige, podemos convertirnos en un faro de luz de quienes necesiten guía en su desesperanza.
El servicio, la entrega, la vocación, resonar a través de una empatía única con quienes también sufren, abre paso a una red que nos sostiene desde lo puro, divino y esencial de nuestro Ser original. Quirón primero nos empuja a sentir esa herida, a darle el lugar que merece, pero también a no quedarnos embarrados en el sufrimiento porque somos mucho más que ese dolor. Somos también lo que construimos a pesar del mismo. El dolor comienza a apaciguarse, porque se alumbra la dicha de estar vivos para presenciar esta bendita transformación.
El inconsciente insiste, se repite y casi tira la puerta abajo con tal de hacerse oír.
ANNIE ROGERS
Astrológicamente, Quirón refleja una herida inherente, tan pegada a nuestra piel que es como si estuviese grabada en lo más profundo de nuestro ser. Una herida que nos acompaña desde nuestras primeras experiencias de vida, pero que, también, es heredada de nuestros ancestros. Quizá no somos conscientes de ello, pero a lo largo de la vida, de alguna manera u otra, esta se activará y traerá réplicas de ese dolor primario. Al reconocerlo, comenzará un viaje de autodescubrimiento, reparación y sanación, que también nos conducirá a un camino de aporte y contribución al cultivar los dones que ese dolor también nos dejó. Quirón nos enfrenta ante una premisa: ya dijimos que no podemos escapar del dolor, del sufrimiento, pero tampoco de los dones y talentos que surgen en esa grieta de nuestro ser. Su origen es tan profundo que ahí también se esconde lo real, lo auténtico y bondadoso que vive en nuestro corazón humano.
Quienes ya hayan leído algo de este centauro mítico, es posible que les sea familiar el arquetipo del “sanador herido”. Un sanador herido habita en nosotros, ya que todos poseemos el don de poder ayudar y ofrecer nuestra alma de servicio a otros, más allá de lo que nos cueste sanar en nuestra propia herida. De esta forma, según lo que representa este Centauro en nuestra carta natal, el hecho de poder acompañar, guiar y asistir a quienes están cursando un dolor similar al nuestro, puede ser un puente para la resignificación de nuestra propia historia. Por medio de Quirón, inconscientemente queremos dar lo que más necesitamos. Esta fragmentación se siente muy profunda en el alma y se vive de una manera muy subjetiva y, por lo tanto, sensible. Nos habla de nuestros detonantes, de lo que nos hiere, y vuelve a herir, el alma, movilizando las cicatrices que aún no han terminado de sanar. Quizá nunca lo hagan, pero cada vez que el dolor nos visite, nos llevará más adentro para darnos perspectiva, nada es más fuerte que el amor que siempre nos sostuvo mientras atravesamos nuestros miedos de sumergirnos en nuestra profundidad.
Cada vez que el dolor nos irrumpa como un rayo, será otra posibilidad para aceptarnos, para abrazarnos en lo que duele. Allí comenzará una mutación del ser, maravillosa aunque desafiante, que permitirá que el dolor cumpla su función de vaciarnos de lo que no es propio. Cada vez que se active la herida quironiana, será una posibilidad de revisar el relato de que lo que nos dañó, opacó el resto de quienes somos. No podremos dar un paso al costado, el dolor buscará abrirse paso para enseñarnos todo lo que puede renacer a partir de él.
Quirón crea un puente entre Saturno, la encarnación, estructura y experiencia material, y los planetas generacionales, Urano, Neptuno y Plutón, que representan lo transpersonal y el inconsciente colectivo. Por lo tanto, a partir de compartir la transformación que nos dejaron nuestras huellas de dolor, es que estamos formando parte del movimiento que aporta la generación de Quirón a la que pertenecemos. Es por eso que Quirón no solo habla de trauma individual, sino también de los traumas generacionales, sistémicos, con los cuales entramos en contacto a partir de nuestro propio proceso. Somos un instrumento que canaliza lo macro cósmico a partir de la construcción y reconstrucción de nuestra percepción de la identidad. A cada minuto, estamos creando un efecto dominó en el colectivo, aunque no seamos conscientes de ello, como una pequeña gota que cae en un lago quieto, creará una resonancia, una onda, que producirá un efecto más allá de lo percibido individualmente.
Como bien indica su glifo, el símbolo astrológico, Quirón es literalmente una llave que accede a nuestra alma y nos permite ver el propósito y sentido superior que se esconde detrás del dolor encarnado. En lo personal, Quirón me enseñó la importancia de no romantizar el dolor ni tampoco negarlo, él es un nexo para la aceptación de nuestro ser e incluye aceptar las heridas que también forman parte de nuestra historia. En nuestra carta natal nos puede hablar de que hemos sido víctimas de dolor e injusticias cuando en nuestra infancia no teníamos herramientas ni consciencia para sobreponernos, defendernos y poder salir de esos círculos que nos hicieron mal, pero hoy podemos hacerlo diferente. El pasado va a querer seguir inundando el presente porque nuestras heridas se han vuelto tan familiares que hemos construido una vida sobre la base de ellas.
Puede ser muy desafiante romper la creencia de que es imposible poder corrernos del dolor, o de que nos vemos imposibilitados de poder trascenderlo, pero confiando en nuestra fuerza interna y capacidad de ser resiliente, con esa acción nos afirmamos en la vida, al amor, aprendiendo a tomar nuestro paso por la Tierra como es, que no es un error, una casualidad o un hecho insignificante. No hablo con liviandad del lugar de víctima, porque muchos hemos atravesado abusos, negligencias y maltrato psicológico, físico y emocional. Reconocer que hemos sido víctimas en nuestro pasado, cuando no podíamos hacer nada al respecto, es necesario para habilitar la catarsis y las emociones que han sido sepultadas, aceptar ese lugar será como una catapulta para descubrir nuevos lugares. Este valiente y temeroso proceso nos permitirá alumbrar con humildad el camino de quienes estén recorriendo un camino similar en la vida.
Cuando reconocemos el dolor en los ojos de otras personas, es porque nos estamos reflejando en él. Es por eso que así como Quirón puede hablar de rechazo y dolor, en su polaridad nos habla de conexión. Este aspecto evolutivo habilita una red que nos sostiene y nos abriga para la aceptación y transformación de nuestras heridas y traumas. Sé lo mucho que cuesta, pero si hay algo de lo que estoy segura, es que al honrar e incluir las partes que consideramos no dignas de amor en nosotros, podremos acceder a la sabiduría intuitiva y a la paz interna. Una paz que se convierte en una presencia absoluta con nuestra existencia y con la de todo lo que se manifiesta en el Universo. Esa sabiduría, paz y presencia es para ser compartida, ofrendada a otros como un remedio, como esperanza, confianza e ilusión de que podemos renacer del dolor al amor. Podemos orbitar de la herida, al amor.
Quirón nos enseña que somos más que seres dolientes y podemos rodear y construir nuestra vida más allá de las marcas de nuestras heridas. Es por eso que se dice que Quirón nos lleva a la maestría de nuestra espiritualidad, atravesar el arquetipo es un viaje iniciático. Como dijimos, en la mitología griega encarnaba a un sabio centauro, maestro, botánico, músico, astrólogo, entre otros oficios, pero por sobre todas las cosas, era una figura que transmitía y enseñaba desde la humildad y el servicio universal. Esto nos lleva a pensar que, según donde tengamos a Quirón, él nos hablará de los dones y talentos puramente orgánicos y naturales que viven en nuestro interior. La herida de Quirón se sentirá de una manera muy íntima, particular y evidente en el alma y por ello, al encontrarnos con personas que atraviesan los mismos desafíos, se irradia una frecuencia en la que conectamos desde el corazón.
Cuando el destino nos entrelaza con quienes sufren de una manera similar, se vuelve disponible una compasión automática, expansiva, que nos conectará con algo más grande que nuestro propio dolor: con la habilidad de sanar, de reparar, ser refugio y contención para alguien más. Esto nos presenta una visión panorámica, porque descubrimos que podemos cumplir un rol de servicio en el padecimiento de otros y trae una resignificación. No podemos borrar que hemos sido nosotros esa persona sola, excluida y desgarrada en su dolor, pero que alguien pueda contar con amor en su sufrimiento, es dar eso que hubiésemos anhelado encontrar, y la historia cambiará cuando aparece esa nobleza y bondad que apaña en servi
