INTRODUCCIÓN
A ser vidente, o médium o echador de cartas no se aprende. Ni se enseña. Hay que nacer con un don especial. Es necesario ser capaz de intuir lo que a la mayoría de las personas se les escapa, conectarte con lo inexplicable, no tenerles miedo a las apariciones ni a las señales. Creer que hay algo distinto a la realidad que te interpela y te llama. Permanecer atento y también abierto al más acá y al más allá. Saber escuchar, empatizar, recibir.
Yo me inicié a los nueve años con una gitana que se sentaba a vender caramelos en la esquina del colegio, y más tarde, ya adolescente, en las increíbles sesiones esotéricas que organizaba un vidente de Madrid. Pero algo había dentro de mí desde mucho antes, quizá desde siempre, que con el tiempo simplemente se fue desperezando y cogiendo fuerza, como cuando desbrozas un vestido a partir de una seda salvaje. El diseño es posterior, pero el tejido, la esencia, ya estaba ahí.

El tarot egipcio, el de Marsella, el oráculo de Belline o el de los Ángeles fueron simplemente herramientas que me ayudaron a profundizar en lo que la gente me explicaba solo con su presencia, con la palma de sus manos, sus expresiones y su mirada. Esa intuición, la misma que me hacía de niño advertirle a mi madre de que no fuésemos ese domingo a la sierra porque se avecinaba tormenta, y siempre acertaba, permanece conmigo.
No solo no se ha apagado, sino que brilla con la misma fuerza de siempre en las velas que le prendo cotidianamente a mi abuela monja, Petra Ruiz-Zorrilla, en la palmatoria de cristal que Carmina Ordóñez, seguramente, encendió la noche de su muerte y que yo conservo, en el colgante árabe que la emperatriz Soraya me regaló, «Para que te dé suerte», o en la sortija con la que una Christina Onassis desesperada me suplicó que me casase con ella. También brilla el collar de amatistas de mi queridísima Raf-faella Carrà, joya que me observa desde la vitrina, junto al niño Jesús que me regaló Juan Gabriel y junto a una de las castañuelas que tocó Estrellita Castro en su despedida de los escenarios en mi Florida Park (con la otra castañuela del par, así como con una bata blanca de cola que yo diseñé y confeccioné para ella, fue enterrada mi querida amiga).
Estas memorias, como la disposición de las estrellas, pueden parecer a otros caóticas: ¿por qué al hablar de mis abuelos irrumpe la duquesa de Alba, a la que conocerá su nieto aún no nacido décadas después? Mis recuerdos, como los astros, parecen desordenados, pero se rigen por un orden que yo sí veo.
Todas estas historias, entretejidas con recuerdo y con realidad, con magia y con verdad, han conformado mi vida, este viaje tan intenso en el que llevo empleados casi ochenta años. Durante estas décadas tumultuosas y embarulladas, que se me han hecho muy cortas, he pasado de ayudar en el taller de telas de mis abuelos a probarle vestidos a Ava Gardner de rodillas; de escuchar los secretos del tarotista marqués de Araciel a compartir las noches en el Florida Park con Lola Flores y Rocío Jurado; de pasear con un triciclo nuevo por el Retiro en la posguerra a la mansión donde Marcello Mastroianni jugaba al escondite con sus invitados, entre los que me encontraba.
Un viaje iniciático que quizá termine, como me avisó el espíritu del aviador americano Howard Hughes, que se me apareció una mañana en un hotel de Acapulco a principios de los años ochenta.
—A ti, Rappel —pareció decirme su presencia a través de gestos, porque hablar no hablaba—, te esperan cosas muy buenas en el cielo.
1
LOS HUÉRFANOS DE MARAÑÓN
Mi bisabuelo materno Manuel Pinilla era zapatero en Lavapiés a mediados del siglo XIX, pero también leía el futuro. Lo hacía de extranjis, claro, porque en aquellos tiempos esas cosas se escondían, brujería lo llamaban.
Les echaba las cartas a las clientas en la trastienda de su local en la castiza calle del Doctor Fourquet, la milla de oro del calzado ya en aquella época. En el piso de arriba vivían ellos y, más tarde, cuando se casaron, mis abuelos. Mi madre nació allí, en un viejo apartamento en el centro de la ciudad. Faustino, a la gente que llegaba buscando que les remendase el cuero, les cambiase los cordones o les pusiese una media suela en las botas, ya de paso, y previa petición, les adivinaba el porvenir.
Su mujer, mi bisabuela Paula, preparaba además ungüentos para los dolores. Que si «la espalda me está matando», le contaban unas, que si «tengo una molestia aquí en la pierna insufrible», le explicaban otros. Y la buena mujer, todo gratis, porque no cobraba ni una peseta, elaboraba unas cremas caseras y unos mejunjes de cosecha propia que al parecer funcionaban de maravilla porque la reclamaban de punta a punta de Madrid. Después las clientas, para agradecerle el remedio, le mandaban unos huevos recién puestos por sus mejores gallinas o unos manojos de cebollas o tomates que cultivaban en el huerto. En aquellos tiempos de escasez, cualquier regalo era un tesoro que mi bisabuela recibía encantada para dar de comer a la prole. Así el negocio, entre unas cosas y otras, era cada vez más conocido y más próspero.
No sabría decir de dónde le venían a mi bisabuelo sus dotes adivinatorias ni a mi abuela sus conocimientos de curandera, pero puedo afirmar que soy el único de los Pinilla que ha heredado ese don clarividente. Nadie más, ni primos ni otros familiares. Para que no queden dudas, debo aclarar que a echar las cartas y a pronosticar el porvenir no me enseñaron mis bisabuelos, como ya os podéis imaginar. Ni siquiera los conocí.
Esa valiosa información, el camino para escudriñar el futuro y ayudar a la gente con sus problemas, me llegó de una forma mucho más casual, cuando era niño, a través de una gitana, una pipera a la que llamábamos la Pioji, porque no paraba de rascarse la cabeza, y que vendía caramelos, paloduz, pipas y tabaco en la puerta del colegio donde me eduqué.
Mi familia materna no era por tanto rica ni de rancio abolengo como la de mi padre. Era gente buena, trabajadora, cada uno ejercía su oficio dignamente y se apañaban bien. A mi madre la bautizaron en la iglesia que apodaban de las Chinches, que es la de San Lorenzo de la calle Doctor Piga, también en Lavapiés, no muy lejos del refugio familiar.
A María Ángeles, mi progenitora, a la que todo el mundo conocía como Mari o Maruja, le encantaba asomarse al balcón del piso de Doctor Fourquet y ver a las mujeres emperifolladas que venían a comprar a la zapatería, algunas de mucha categoría y otras más humildes, y también a la policía, que se presentaba de Pascuas a Ramos en sus coches de asalto. A principios del siglo XX los agentes del orden iban en coche de caballos con una campana que hacían sonar por los barrios de la capital, tin, tin, tin. Mi madre, en cuanto los oía, pensaba: «Ya vienen a por el abuelo». Porque algunos de los vecinos llegaron a tenerle tanta envidia a la familia, por lo bien que le iban las cosas, que de tanto en tanto los denunciaban por brujería.
—Esa es una bruja —difamaban a mi bisabuela.
Y ella, en cuanto cogían preso a su marido, llamaba a su hijo —mi abuelo materno— para que lo solucionase:
—Se lo han llevado otra vez.
Y en media hora el zapatero ya estaba de vuelta en casa.
No es que mi abuelo fuese un hombre influyente o rico. Faustino Pinilla Jimeno era pastelero, pero no en cualquier local. Trabajaba de encargado en la prestigiosa confitería de Carlos Prast en la calle Arenal, en la que, además del mostrador con todos los hojaldres y roscones, las bomboneras, los juguetes artesanales, los exquisitos tarros de cristal y plata rellenos de caramelos, los delicados mazapanes y las famosas monedas de chocolate de la firma, las más codiciadas de España, se ubicaba un obrador, una tienda de ultramarinos y un pequeño salón de té muy distinguido donde se reunían las señoras más importantes de su tiempo, entre ellas la reina María Cristina.
En el techo, los frescos del pintor Maroto rodeados de molduras doradas deslumbraban a los visitantes, y las estatuas de bronce del escultor Juan Fernández Febrer sostenían, como si fuesen candelabros antropomorfos, las luces que iluminaban el mostrador de los dulces.
La fachada del edificio, reformado en los años ochenta del siglo XIX, casi de forma idéntica aunque sin el rótulo ni la pastelería, se ha conservado hasta hoy, con su esquina que sobresale un poco de la acera y desconcierta: «¿Esto por qué lo habrán dejado así si casi no se puede pasar?». La respuesta es que el inmueble, que fue tan importante hace ciento cincuenta años, se considera patrimonio histórico y está protegido por la municipalidad.
El caso es que en aquella época la pastelería de mi abuelo se convirtió en el lugar más elegante del reino, hasta Benito Pérez Galdós y Emilia Pardo Bazán la mencionaron en sus libros. Además, era y es el refugio del roedor más famoso de España gracias al cuento que le escribió el padre Coloma (Luis Coloma Roldán) a Alfonso XIII allá por 1891 o 1894, no se sabe exactamente la fecha. Todo porque la reina María Cristina, asidua clienta del local, estaba preocupada porque su hijo era extremadamente miedoso y cada vez que se le caía un diente o una muela le producía un gran trauma. Por eso la soberana le pidió a su amigo que la ayudase con una historia infantil y el padre decidió ubicar al ratón que dejaba regalos a los niños en un hueco de Prast.
«Vivía Ratón Pérez en la calle del Arenal número 8, en los sótanos, frente por frente de una gran pila de quesos de Gruyère, que ofrecían a la familia próxima y abastada despensa», empieza el relato.
Mi abuelo Faustino, pues, sin ser rico ni noble, era un hombre muy bien relacionado en las altas esferas del Madrid de la época, y cuando se llevaban preso a su progenitor, el echador de cartas y zapatero, llamaba inmediatamente a sus numerosas amistades y contactos para que lo soltasen. Mi madre se quedó traumatizada por las detenciones de su abuelo, así que, cuando muchos años después me descubrió leyéndoles el futuro a las criadas, se llevó las manos a la cabeza. No quería ni oír hablar de que se repitiese el destino, esta vez a través de su único vástago varón.
Entre adivinaciones y ungüentos, a mis bisabuelos también les dio tiempo a concebir. Tuvieron trece hijos de los cuales solo tres llegaron a la edad adulta: mi abuelo Faustino y sus hermanos Agustín y María.
Mi abuelo se casó con una navarra de la ciudad de Estella, mi abuela Antonia Asurmendi Urra, que era bordadora, igual que dos de sus hijas, aunque no mi madre, a la que nunca le gustó andar entre agujas. Trabajaban las tres para familias de categoría y casas de costura importantes de Madrid. Una de las hermanas de mi madre a la que llamaron también Antonia se casó, además, con Vicente Calvo, un restaurador de marfil y el ebanista que decoraba los más importantes coches fúnebres de la época, que entonces iban todos decorados con madera esculpida sobre el capó, entre ellos la carroza de la Virgen del Carmen, una de las más exquisitas y lujosas. Por eso mi abuela, hija de un humilde maquinista de tren y mujer de un pastelero, hizo su último viaje en ese increíble vehículo reservado generalmente a la clase alta. Y para remate, presidiendo el entierro iba don Jesús Aguirre, que era el párroco de la parroquia de Santo Tomás de Aquino que tiempo después se casó con la duquesa de Alba.
Mi abuelo Faustino era un hombre ambicioso que quiso trascender su rol de encargado de la Casa Prast y probarse a sí mismo abriendo su propia confitería en Sevilla. Aunque se fue con la mejor disposición del mundo, con el oficio bien aprendido y llevándose a toda la familia a su aventura, convencido de que podría hacerse un nombre sin mecenazgo alguno, no tuvo demasiado éxito. Las cosas le fueron muy mal y, arruinado y deprimido, volvió a Madrid, donde murió, dicen que de pena, poco tiempo después.

Con mi tío y padrino Francisco Caíña, a los dos años, en la época en la que fui paciente de don Gregorio Marañón.
Por suerte, y como estaba tan bien relacionado gracias a la confitería, el famosísimo doctor Gregorio Marañón, que lo conocía, al saber de su pérdida, mandó llamar a mi abuela para ofrecerse a ser nuestro médico familiar sin cobrarnos ni un duro. Sin embargo, el buen hombre no supo ver que Antonia iba a ser agraciada con varios hijos y dieciocho nietos; todos nosotros acudiríamos sin falta y sin cita a su consulta y domicilio en el paseo de la Castellana. Por un catarro, con unas décimas de fiebre, para ponernos inyecciones o para consultarle cualquier bobería, mi madre y mis tías nos llevaban a casa de don Gregorio, que nos atendía siempre con muchísima amabilidad.
—Don Gregorio, que tengo al niño malo —decía mi madre.
—Pasad, pasad —contestaba
