Amnesia

Francisco Lorenzo

Fragmento

Noticia ‘Diario del enfile’

EDICIÓN ESPECIAL Viernes, 13 de junio de 2025 A CORUÑA

DIARIO DEL ENFILE


EL MAGNATE SANTIAGO COLMENAR
APARECE BRUTALMENTE ASESINADO
EN SU VIVIENDA

Esta madrugada, alrededor de las cuatro y media, el multimillonario Santiago Colmenar, propietario de distintas compañías y empresas financieras, farmacéuticas y tecnológicas, ha perdido la vida de forma violenta. El juez de instrucción ha decretado el secreto de sumario; no obstante, existen sospechas que apuntan a que su hijo Arturo lo asesinóa sangre fría con sus propias manos y empleando objetos que encontró en la propia escena del crimen.Esta madrugada, alrededor de las cuatro y media, el multimillonario Santiago Colmenar, propietario de distintas compañías y empresas financieras, farmacéuticas y tecnológicas, ha perdido la vidade forma violenta. El juez de instrucción ha decretado el secreto de sumario; no obstante, existen sospechasque apuntan a que su hijo Arturo lo asesinó a sangre fría con sus propias manos y empleando objetos que encontró en la propia escena del crimen.

Gracias a las llamadas de vecinos preocupados, hemos podido averiguar que, pocas horas antes, Colmenar hijo huyó de la policía y del piso franco en el que se encontraba junto a su familia, en Santiago de Compostela.

Secuestró un taxi a punta de cuchillo y desapareció sin dejar rastro. Según el testimonio del taxista, se apeó en una de las zonas más transitadas de la ciudad y se perdió enseguida entre la multitud. Cuando tuvo ocasión de avisar a las autoridades, ya se había esfumado.

Nuestras fuentes indican que, tras el asesinato, el presunto culpable regresó al mismo piso franco del que había huido y se entregó. La Policía Nacional de A Coruña continúa interrogándolo, aunque no disponemos de más datos por el momento.

Se desconoce también si la muerte de Santiago Colmenar está relacionada con los demás homicidios que han ocurrido en la ciudad durante los últimos días. A pesar de la alarma social generada por dichos crímenes, el comisario Benavides, que lleva el caso, ha asegurado que todo está bajo control.

PARTE 1

1

Ladrón

Lunes, 5 de mayo de 2025. 12:24

Salgo corriendo de la oficina, subo al coche y arranco mucho más rápido de lo habitual en mí. Tan grave me parece la situación que incluso he ignorado, sin darme cuenta, el pitido que indica que no llevo puesto el cinturón de seguridad. Cuando me fijo en ello, el cuentakilómetros ya marca los sesenta por hora en una zona de cincuenta. Lo abrocho. No puedo creer que mi hijo se haya metido en una pelea y le haya hinchado el ojo a uno de sus compañeros de clase. Si no fuera por lo convencida que noté a la directora del colegio durante la llamada, pensaría que se trata de un error.

Aprieto el claxon para que el coche que tengo delante espabile. Quiero llegar enseguida y comprobarlo por mí mismo. Inspiro para relajarme y me centro en todo lo bueno de Dani. Jamás se ha metido en una pelea; no le gusta ver sufrir a los demás, mucho menos hacerles daño; odia la violencia… Lo peor que ha hecho en sus diez años de vida ha sido tirar al suelo un televisor y romper la pantalla. Y sin querer, al pasar corriendo por su lado. Ese es el currículum de mi hijo. Puedo decir, literalmente, que nunca ha roto un plato. Una tele sí; platos ninguno. ¿Qué más necesito para convencerme de que se trata de un malentendido? Además, ¡con lo asustadizo que es! Tan pronto como percibe una riña, se aleja lo máximo posible. De ahí viene mi sorpresa.

Me planto en el colegio en cuestión de minutos. Abre la puerta un hombre mayor, con andar encorvado. El bedel. Me acompaña, más despacio de lo que me gustaría, hasta el despacho de la directora. Mi hijo está dentro, sentado frente al escritorio. Tiene descolocado el cuello de la camisa, pero no hay ninguna herida ni golpes a la vista. Mirada clavada en el suelo, como un sentenciado a muerte resignado a su condena.

—Dani, ¿qué ha pasado? —pregunto, más preocupado que enfadado.

Mi hijo no se mueve ni pronuncia palabra. Sus ojos continúan en el mismo sitio.

—Pues verá, señor Colmenar —interviene la directora—, Dani ha decidido que, por algún motivo, su compañero Luis merecía un escarmiento y se lo ha dado. Es lo único que he podido averiguar por lo que gritaba cuando los han separado. Lo he traído hasta aquí y no ha abierto la boca.

—¿Es eso cierto, Dani? —me dirijo de nuevo a mi hijo. Como continúa sin responder, le digo a la directora—: Doña Remedios, ¿podría dejarnos a solas, por favor?

—Claro. Mientras tanto, iré a fotocopiar unos papeles, a ver si me entiendo de una vez con esa dichosa máquina nueva que han traído.

La mujer se levanta. Despacio, sin prisa. Tampoco es que su cuerpo le permita hacerlo a mayor velocidad. Creo que falta poco para su jubilación. Muy poco, dadas sus canas, que asoman por mucho que quiera esconderlas en ese moño tan voluminoso.

Una vez que ha abandonado el despacho, me siento en la silla vacía que hay al lado de mi hijo. Continúa inmóvil. Contemplo su expresión, casi de terror. Nunca ha hecho algo así, de modo que su imaginación debe de estar magnificando la riña y el castigo que vendrán a continuación. Si no quiero que se cierre, tengo que alejar ese recuerdo de su cabeza. Tampoco es recomendable empezar con una bronca, claro. Necesito conocer el motivo de su conducta y, para ello, creo que lo mejor es decirle algo que lo sorprenda, algo que nunca le he contado:

—¿Sabes? Cuando era pequeño, hubo un par de veces que también pegué a unos chavales.

Me mira por fin, con los ojos abiertos como esos platos que jamás ha roto. Su expresión me confirma que sigue sintiendo la misma aversión por la violencia.

—Sí, dos veces —repito, levantando el índice y el corazón derechos—. La primera, porque hablaron mal del abuelo. La otra, porque uno de mi clase insultó a la abuela. A mi madre. Y eso que no la recordaba; murió cuando yo aún tenía dos años.

Dani pronuncia sus primeras palabras en la conversación:

—¿Por qué le pegaste al chaval que la insultó, entonces?

Bien, he conseguido que empiece a abrirse.

—El abuelo me hablaba mucho de ella y nos había sacado un par de fotos juntos. Solo necesitaba ver sus ojos y su sonrisa para saber que habría sido una gran madre. Así que, si alguien se metía con ella, me enfadaba. Es normal enfadarse si se meten con tus padres.

—¿Ves? —exclama mi hijo, como si le hubiese dado la razón en algo—. ¡Y a mí me han traído al despacho de la directora!

Llegados a este punto, no me cuesta atar cabos, claro. Sin embargo, quiero oírlo de sus labios.

—Dani, ¿qué quieres decir? A ver, dime, ¿por qué le has pegado a Luisito, con lo bien que os lleváis?

Sus ojos aún no han soltado ninguna lágrima, pero están a punto. No es tristeza lo que veo en ellos. Es rabia. Su respuesta deja claro el motivo por el que la siente:

—Porque ha dicho que eres un ladrón.

Digno hijo de su padre, desde luego.

—Vale —le digo—, pero eso no es motivo para pegarle.

—¡Tú has dicho que es normal pegarle a alguien si se mete con tus padres!

—No, he dicho que es normal enfadarse, no pegar.

—Pero tú lo hiciste de pequeño. Dos veces.

—Sí, y eso no quiere decir que estuviera bien. De hecho, me llevé unos buenos rapapolvos del abuelo.

La diferencia, y esto no se lo cuento a Dani, es que aquellos chavales a los que yo zurré eran unos camorristas que buscaban la menor oportunidad para empezar una pelea. Este caso es diferente. Me resulta curioso que Luisito haya hablado mal de mí. A ver, por un lado, porque es buen amigo de Dani. Por otro, porque sus padres y yo, aunque no seamos íntimos, disfrutamos de un trato cordial y amable, hasta el punto de dejar al hijo correspondiente en casa de los otros para que hagan los deberes juntos y jueguen. Así que es normal que me extrañe ese insulto.

En cualquier caso, no es plan de someterlo al tercer grado, de modo que paso a la reprimenda. Es necesaria; debe interiorizar que lo que ha hecho no está bien. No le grito, pero sí adopto un tono más serio:

—En resumen, no se debe pegar a nadie. Es algo que está muy mal. Ya sabes lo que toca, ¿no?

—¡Ha dicho que eres un ladrón!

—Lo sé, te he oído.

—Pero… Pero… ¡Tú siempre dices que la boca puede hacer más daño que los puños!

¡Caray con el niño! Sabe bien cómo hacer que te tragues tus propias palabras en el momento que más le conviene.

—Y es cierto —admito—. Yo lo sé y tú lo sabes, pero no tenemos ni idea de si los padres de Luisito se lo han explicado a él. Estoy seguro de que no lo ha hecho con mala intención.

—Me ha dicho que no podía hablar conmigo porque sus padres se lo han prohibido. Y, cuando le he preguntado por qué, me ha dicho que porque eres un ladrón que anda pegando a la gente por la calle.

¡Madre mía! No es ningún secreto que hay padres que no saben comunicarse con sus hijos, pero esto ya es otro nivel. A saber el malentendido que ha habido en esa casa. Me imagino al crío escuchando a escondidas una conversación sobre mí entre sus padres, ellos descubriéndolo y diciéndole algo que seguro que entendió mal. Después tendré que acercarme, pedirles disculpas por el ojo hinchado y, de paso, averiguar algo más sobre esta historia.

—Papá, ¿has vuelto a pegar como cuando eras pequeño y hablaban mal de los abuelos? —pasa Dani a interrogarme a mí.

—No, claro que no —respondo, tajante—. Te repito lo mismo: pegar está mal. Seas niño o adulto, sea porque hablen mal de tus padres o por cualquier otro motivo… No se hace, punto.

—Ya, pero…

—Pero ¿qué?

Las lágrimas ya han aflorado en sus ojos, supongo que porque cada vez me he ido poniendo más serio. Lo siguiente me lo dice ahogando un sollozo:

—Cuando ha hablado mal de ti, me he enfadado mucho y no he podido controlarme. Fue como si entrara en modo berserker.

Agito la cabeza inconscientemente.

—¿En modo qué?

—Modo berserker. Es de un videojuego. Cuando el personaje se cabrea mucho, pierde el control y empieza a atacar a todo y a todos.

Suspiro.

—Mira, Dani. Sé que tu intención era defenderme. Y también sé que no lo volverás a hacer, ¿verdad? Me refiero a pegar.

Mi hijo asiente con la cabeza.

—Bien, eso es lo más importante: que hayas aprendido de tu error y no lo vuelvas a cometer.

—¿Estás enfadado?

—No, hijo. No estoy enfadado.

Y es verdad. En el fondo, lo entiendo. Mis dos peleas infantiles no acabaron solo en un puñetazo. Desconozco qué habría ocurrido si no lo hubieran separado de Luisito a tiempo, pero tampoco quiero imaginarlo.

—Aun así —añado—, sabes que tendrás un castigo, ¿no?

—Sí —responde con la cabeza gacha.

—¿Qué prefieres? ¿Quedarte sin consola una semana o no ir el miércoles al planetario, como habíamos hablado?

—Quedarme sin consola una semana.

Esto no me lo esperaba. Sé lo mucho que le gusta el planetario y, en general, la Casa de las Ciencias en la que se encuentra, pero creí que no superaría a los videojuegos. En cierto modo, me alegra saber que prefiere ver estrellas, aunque sean artificiales, antes que jugar a la consola. Justo por eso me duele lo que le voy a decir:

—Vale, pues te quedarás sin ir al planetario el miércoles.

—¡Pero…! —se queja—. ¡Si me has dado a elegir quedarme sin consola!

—No, te he preguntado qué preferirías. Y los castigos son para quedarte sin algo que quieres para que así tu cerebro aprenda la lección. ¿No lo hemos hablado más veces?

Dani no responde. Se limita a fruncir el ceño y a apretar el labio inferior. Por un momento, me sienta mal haberle preguntado por dos opciones y haberle quitado la que más quería… aparentemente. No puedo evitar fijarme en que, detrás de ese ceño fruncido, se entrevé una mirada que esconde lo que, si no me equivoco, es una sensación de victoria. ¿Sabía cuáles eran mis intenciones y me habrá manipulado él a mí para que no lo castigase sin consola? En ese caso, la parte buena es que va aprendiendo cómo funciona la mente humana y eso le será de gran ayuda en el futuro, como fue mi caso. La mala es que tendré que cambiar de estrategia la próxima vez. Tampoco es que lo esté castigando continuamente; son veces muy contadas y por motivos mucho más inofensivos que el de esta ocasión. La última, si no recuerdo mal, porque Luisito y él llamaron al colegio desde el fijo de casa para pedirle matrimonio a doña Remedios en nombre de otro niño de su clase. Una broma que, a pesar del castigo que le cayó, reconozco que me resultó graciosa.

Miro el reloj. La una menos cuarto. Hoy no voy a volver al trabajo. Creo que es mejor quedarme con Dani. En casos como este, la compañía de un padre es mejor remedio que una riña o un castigo.

—¿Quieres venir a comer a casa?

A mi hijo se le ilumina la mirada y esta vez no lo oculta. No necesita decirlo, pero como si lo hiciera: «¡Odio el comedor, todo sabe a rayos fritos!». Exagera, por supuesto. Lo que ocurre es que preferiría comer conmigo y con su madre todos los días.

—¡Sí! —responde a la pregunta, emocionado.

—De acuerdo. Pero no es un premio, ¿entendido? Es porque hoy ya no tengo que trabajar más y porque quiero que reflexiones en casa sobre lo que has hecho. Voy a avisar a doña Remedios.

Hablo con la directora y le comento la situación. No pone pegas, aunque le dice a Dani que mañana tendrá que pedirle perdón a Luisito delante de toda la clase. Me parece apropiado, así que no digo nada. Mi hijo acepta las condiciones y nos dirigimos al coche.

Una vez dentro y en marcha, uso el manos libres para llamar al trabajo.

—Natalia dice que no se puede hablar por teléfono mientras conduces —informa mi hijo desde el asiento trasero, como si fuera un agente de policía infiltrado.

Frunzo el ceño.

—¿Quién es Natalia?

—Pues Natalia, la de clase. La de pelo rizado y rubio, ¿sabes?

—¡Ah, sí! Perdona, no caía. Puedes hablar por teléfono y conducir si usas el manos libres.

—¿Diga? —responde la voz de Manuela al otro lado de la línea.

—Hola, Manuela. Soy Arturo.

—¡Hola, Manuela! —grita Dani—. Mi padre está usando el manos libres, ¿eh?

—¡Hey, hola! —le devuelve ella el saludo, con el mismo entusiasmo—. Me alegra saberlo, hay que ser prudentes. ¿Qué tal estás?

—Bien, ¿y tú?

—Muy bien. A ver si vienes un día por aquí y me haces otro dibujo para enmarcar, que el anterior me gustó mucho.

—Sí, te dibujaré un robot dragón.

—Un robot dragón me parece estupendo.

—Oye, Manuela —intervengo para que la conversación entre estos dos no se haga eterna, como otras veces—. Tendrás que disculparme, pero hoy no voy a volver, ¿vale?

—¿Va todo bien? Saliste escopetado.

—Sí, sí, no te preocupes. Nada grave, ya te contaré —le respondo de forma ambigua, mirando por el retrovisor. Mi hijo está jugando con las manos y haciendo ruidos de robot.

—Vale, me alegro. De todas formas, ya habías pedido la tarde, ¿no?

¿Que había pedido la…? ¡Mierda! Es cierto. ¿Cómo he podido olvidarlo?

2

Vecinos

Lunes, 5 de mayo de 2025. 12:56

—¿Arturo? —insiste Manuela, ante mi silencio.

Me he quedado absorto. A las tres tengo cita con la psicóloga. Y eso que lo había anotado en la agenda. En momentos así, lamento no sentirme capaz de usar la del móvil. ¡Con lo bien que me vendrían los recordatorios automáticos! ¿Qué demonios le pasa a mi memoria? Ayer también se me olvidaron un par de cosas. Y an­teayer. Creo. Quizá sea un efecto secundario de la medicación. Tendré que consultar el prospecto y hablarlo con mi psiquiatra.

—Sí, sí, era hoy —respondo para camuflar mi despiste—. Bueno, te llamaba solo para…, por si veías algún problema con que haya salido antes de la hora prevista.

—Qué va, no te preocupes. Acuérdate mañana de firmar como que has salido a las dos y listo.

—De acuerdo, muchas gracias. Que tengáis buena tarde.

Cuelgo. Ahora lo importante es ver qué hago con Dani. No es plan de llevarlo de vuelta al colegio. A ver, antes de llamar a nadie, toca hacer cálculos. El reloj del coche marca que ya es la una. Tengo cita con Susana dentro de dos horas. Apenas estamos saliendo de Coruña ciudad. Ahora la carretera está bastante libre. Nos llevará aproximadamente veinte minutos llegar a Oleiros, a casa. Eso nos pone en la una y veinte. Quince minutos para hacer la comida y veinte para comer. Entre recoger y tal, ya darán las dos. Y, para volver desde casa hasta la consulta de Susana en Coruña, calculo treinta minutos como mínimo, teniendo en cuenta el tráfico a esa hora, por la cantidad de gente que sale de su jornada laboral. Bueno, la cosa no está tan mal como creía. Si no enredamos, aún me quedará una media hora de margen.

Ahora llega el momento de buscar canguro. Tendré que recurrir a mi padre o a mi hermana. ¿Lo llamo a él primero? Imagino que estará ocupado, como siempre, pero las últimas siete veces acudí a Antía en primer lugar. ¿Y la familia de Eva? No, mala idea; no están al corriente de mis sesiones de salud mental y, con lo retrógrados que son en ese sentido, prefiero no andar inventando historias ni ocultando nada. Conociéndolos, si se enteran de que voy a una psicóloga, empezarán a comerle la cabeza a mi esposa para que tenga cuidado de que no la mate porque me lo mandan unas voces. Bueno, no lo harían tan exagerado, pero poco les faltaría. ¡Cuánto nos queda por avanzar en salud mental, Dios mío! No solo a nivel médico y científico, sino también a nivel social. En fin, que le va a tocar a mi hermana. Bueno, no. Me da rabia recurrir otra vez a ella, sabiendo que también trabaja a brazo partido. Mejor vamos a intentarlo primero con mi padre, por si suena la flauta. Marco el número de su teléfono principal.

—Hola, hijo —responde a la primera.

—Hola, papá —le devuelvo el saludo.

—¡Hola, abuelo! —grita mi hijo desde atrás.

Si hubiera alguien escuchando, las relaciones de parentesco habrían quedado más que sentadas con este diálogo tan esclarecedor.

—¡Vaya, vaya! —El tono de mi padre se anima al escuchar a su nieto—. ¿Los dos deistroyens juntos a estas horas?

—Papá, por favor. No uses palabras modernas, no lo haces bien.

Además de que la palabra «destroyers» no es la más adecuada, dado el destrozo que el puño de Dani ha provocado en la cara de Luisito.

—¿Qué es un distrolle? —pregunta mi hijo.

—Nada, cosas de los abuelos que no aceptan su edad. Mira, papá, he tenido que recoger a Dani en el colegio. No te preocupes, va todo bien. El problema es que tengo cita con Susana a las tres. ¿Podrías venir a casa y quedarte con él hasta que yo salga? ¿O estás ocupado?

—Pues me temo que has elegido el peor día para pedirme que haga de canguro. Justo voy a entrar en una reunión con los accionistas y será de las largas. Calculo que unas cuatro horas, como poco. ¿Has llamado a tu hermana?

—No, todavía no. Esta vez he probado contigo primero. La llamaré ahora. Gracias de todas formas. Y que sea leve la reunión.

Cuelgo con cierto enfado. Entiendo que mi abuelo, al fundar la compañía, contase con capital externo y que ahora le toque a mi padre reunirse con los accionistas cada cierto tiempo, por muy poca que sea la participación de algunos. Sin embargo, me molesta que, debido a ello, sacrifique tiempo de estar con su familia. Ahora mismo, que reserve las noches de los jueves para venir a cenar con nosotros no cobra importancia. Debo controlar estas emociones. Me centro en que ya se me pasará, como siempre.

—¿Vas a contarle al abuelo lo que he hecho? —me pregunta mi hijo mientras entramos en una rotonda.

—¿Crees que debería hacerlo? —le respondo con otra pregunta para ver por dónde respira.

—No. ¿Y a mamá vas a contárselo?

Vale, respira por ahí.

—¿No quieres que se lo cuente a mamá?

—No.

—¿Y por qué no?

—Me va a reñir.

—Ya te he reñido yo.

—Sí, pero tú eres tú y mamá es mamá.

Nadie puede negarle eso.

—Mira, vamos a hacer una cosa. Se lo tengo que contar a mamá cuando vuelva. Pero, antes de contárselo, le explicaré que te he reñido y que ya te he castigado yo, para que no lo vuelva a hacer ella. ¿Te parece bien?

—Sí. ¿Adónde tienes que ir a las tres? Has dicho que es una cita con Susana. No estarás infidelizando a mamá, ¿no?

Me cuesta no sonreír.

—No, Dani, no soy infiel a mamá. Susana es mi médica.

—¿Estás malo?

—No, pero a veces los mayores tenemos que ir a que nos revisen y comprobar que todo funciona bien.

—¿Como con el coche?

—Sí, como con el coche.

Me siento ridículo. ¿Por qué me siento ridículo? Ah, ya. Porque, como siempre, evito mencionar que voy a ver a una psicóloga. Sé que no es nada malo y que debería tomarlo con naturalidad, pero mi entorno no ayuda a coger la confianza suficiente. Aunque no es lo mismo esquivarlo con gente como la familia de Eva, con tantos prejuicios acerca de la salud mental, que hacerlo con nuestro hijo de diez años. Seguramente lo entendería mejor que ellos, teniendo en cuenta lo instruido que está en el funcionamiento del cerebro humano (a no ser que le mencione términos como el trastorno de adaptación del que me trato). ¿Se lo digo, a ver cómo reacciona? No, mejor esperar. Le gusta saber todo y puede ametrallarme con preguntas para las que aún no tengo respuestas. Por ahora, prefiero que siga entendiéndolo como una «revisión del coche». Al menos, hasta que yo mismo sepa cómo solucionar lo que me pasa por dentro. Entramos en la urbanización donde vivimos. Ralentizo, pero no por seguridad, sino porque me encanta verla desde este punto, desde este ángulo, aunque ya lo haya hecho centenares de veces. Y, una vez más, me fascino al contemplar que todas las casas son iguales desde el exterior: dos plantas, fachada amarilla, tejado inclinado solo en una dirección, garaje adjunto, jardín con puerta de verja… Si un maniático del orden y de la simetría viese esta zona desde un helicóptero, se sentiría en el paraíso. ¿Seré un maniático del orden y de la simetría? Susana ya ha descartado que tenga TOC o algo similar. Sencillamente, puede que me guste este tipo de visiones igual que a otras personas les gusta contemplar un cuadro o un amanecer.

Abro nuestro garaje y, mientras dirijo el coche hacia la plaza de la izquierda, al lado del de Eva, hago la tercera (y espero que última) llamada.

—Hola, hermanito —responde Antía.

—¡Hola, Tiantía! —saluda una vez más mi hijo desde el asiento de atrás.

—¡Hola, Danidino! —Odio esta forma de saludarse que tienen—. ¿Qué haces, que no estás en el cole?

—Papá me ha traído a comer a casa.

—¿Ah, sí? ¿Y eso?

—Precisamente por eso te llamaba —intervengo—. ¿Estás ocupada dentro de una hora?

—No. Hoy me toca día libre en el trabajo. Y María tiene dentista por la tarde, pero mi amada esposa ha dicho que la recogerá en el colegio y que la llevará ella.

—Y tú encantada, claro —me meto con ella.

—Cállate.

Río.

—¿De qué te ríes? —quiere saber Dani.

—De que a tu tía le dé grima el sonido de los taladros de ultrasonidos del dentista y tenga que ser tía Tania la que lleve a María.

—Eh —interrumpe mi hermana—, tú sigues llorando con las películas de dibujos y no digo nada. Si llamabas para pedirme algo, chao.

—¡No, no, espera! Es que tengo cita con Susana a las tres y, como podrás imaginar, papá está ocupado con sus reuniones y sus negocios.

—Ah, es cierto, que Eva no vuelve hasta mañana.

—Susana es su médica, Tiantía —informa Dani para que mi hermana no piense que le estoy poniendo los cuernos a mi esposa.

—Sí, lo sé, cariño. Arturo, más te vale tener helado en el congelador para compensarme por reírte de mis grimas. ¿A qué hora?

—Si puedes llegar a las dos y cuarto, estupendo. Tengo que estar allí a las tres, pero ya sabes que, a esas horas, suele haber bastante tráfico.

—Recibido.

—Tía, trae el juego de los robots.

—Vale, pero no me vuelvas a ganar o me enfadaré.

Mi hijo se ríe mientras yo le doy las gracias a mi hermana. Cuelgo, apago el motor del coche y bajo. Dani se libera del cinturón de seguridad y entramos en casa por la puerta que conecta con el garaje. Me acerco al panel y tecleo el código de seguridad para que no salte la alarma. Últimamente me tienta contratar cámaras exteriores con alarma, pero imagino que será efecto del estrés. ¡Ah, mira! Otra cosa que comentarle después a Susana. Me pregunto si no me habré vuelto algo paranoico respecto al tema de la seguridad. Entonces recuerdo que soy hijo de un multimillonario y también que, en situaciones así, toda precaución es poca.

—Dani, ponte las zapatillas —le digo a mi hijo.

Él obedece y sube al piso de arriba, a su habitación. Cruzo el salón y el pasillo hasta el mueble del recibidor para sacar las mías. Si estuviera solo, seguramente me quedaría en calcetines, pero no quiero que Dani lo vea y decida imitarme. Mi estresada cabeza no me deja olvidar que, aunque ya casi estamos en verano, es propenso a acatarrarse si coge frío en los pies.

Llega el momento de la gran pregunta: ¿qué demonios podemos comer? Creo que voy a tirar por lo sencillo y práctico. Y no hablo de pedir una pizza.

—¡Dani! —invoco a mi hijo a pleno pulmón desde la cocina—. ¿Te apetecen unos espaguetis?

—¡Sí, sí, sí! ¡Con mucho kétchup!

—¡Nada de kétchup! Con salsa de tomate, que la que hicimos anteayer aún está en la nevera.

Pongo agua a hervir y la salsa en la encimera, cerca de la vitrocerámica, para que se temple. Justo cuando echo los espaguetis en la olla, veo pasar por la ventana a la madre de Luisito en su coche. Quizá pueda aprovechar ahora para hablar con ella mientras los espaguetis se cuecen.

—Dani, salgo un momento aquí al lado, ¿vale? —aviso a mi hijo, que ya ha bajado hasta el salón para preparar los juegos con los que atormentará a su tía—. Dejo los espaguetis al fuego.

—Vale. Si hay un incendio, ¿llamo a los bomberos o a la policía?

—Si hay un incendio, vas hasta la puerta y me llamas a mí.

—¿Y si el fuego no me deja llegar hasta la puerta?

—¿Cómo no te va a dejar si la cocina está en…? Olvídalo, tú sigue eligiendo juegos.

Es increíble cómo este niño es capaz de arrastrarme al terreno de su imaginación, hasta el punto de que le respondo como si estuviera hablando de situaciones factibles con un adulto.

Salgo de casa, atravieso el jardín (tengo que acordarme de trasplantar las hortensias, que no se me olvide otra vez), abro la puerta de la verja, la cierro tras de mí y tuerzo a la derecha. Camino por la acera dejando a ambos lados dos, cuatro y seis preciosas casas con fachadas amarillas, todas igualitas. La luz del sol se refleja en ellas y hace su color más vívido y brillante. El cielo se encuentra despejado por completo y da gusto que los rayos del sol den directos en el cuerpo con la temperatura que tenemos, entre el frío invernal y el calor veraniego. Además, el olor a césped recién cortado del jardín de algún vecino alimenta aún más esta confortable sensación de frescura.

Cuando alcanzo mi destino, la madre de Luisito ya ha guardado el coche en el garaje. La veo a través de las cortinas medio corridas de su salón. Se encuentra de espaldas a mí, así que no puedo hacerle un gesto. En su lugar, llamo al timbre. Abandona el salón y de­sa­pa­re­ce de mi vista.

Espero.

Sigo esperando.

Y sigo.

No responde ni se oye nada desde dentro. Toco otra vez el timbre.

Vuelvo a esperar. ¿Qué pasa? Quizá piense que soy un comercial de telefonía o algo así. Decido golpear la puerta con los nudillos e identificarme:

—¡Amanda, soy Arturo! Quería pedirte disculpas por lo de Dani y Luisito, imagino que ya os habrán llamado del colegio.

Nada. Sigue sin responder. Es extraño. Justo cuando voy a rendirme y retirarme, veo que el coche de su marido entra en la urbanización. Para mi sorpresa, acelera hacia mí, como si quisiera embestirme. Sin embargo, al llegar a mi altura, frena en seco y baja a toda prisa.

—Hola, Jorge —lo saludo—. Iba a hablar con Amanda para…

—Escúchame bien —gruñe él con el índice apuntando hacia mi cara—. No quiero que te acerques más a mi familia, ¿entiendes?

Miro por encima de su hombro hacia el coche parado. Luisito está dentro, con una mano en el pómulo. Parece que aprieta una bolsa de hielo contra él.

—Lo siento muchísimo, Jorge, de verdad —digo con los dedos de las manos entrelazados, como quien reza a un santo—. Ya he hablado con Dani y me ha prometido que no lo volverá a hacer.

—Te lo repito —insiste Jorge—. No te acerques a nosotros. Y ahora sal de aquí o llamo a la policía.

No doy crédito.

—¿La policía? Oye, me parece que estás exagerando.

—Díselo al tipo al que le reventaste la mandíbula anoche. Desde luego, de tal palo, tal astilla.

—¿El tipo al que le…? ¿De qué hablas?

Recuerdo entonces lo que Dani me contó en el despacho de la directora: que zurró a Luisito por decir que soy un ladrón y que le ando pegando a la gente por la calle.

—Jorge, creo que aquí hay un malentendido.

—Último aviso —amenaza mi vecino, desenfundando el móvil y desbloqueándolo para marcar el 091.

No sé qué diablos está pasando, pero creo que por ahora es mejor retirarse. Los ojos de Jorge están inyectados en sangre y no va a atender a razones. Mientras me marcho, echo un vistazo hacia atrás y veo que Amanda asoma la cabeza por las cortinas del salón.

Su expresión es de pánico.

3

Pendientes

Lunes, 5 de mayo de 2025. 13:24

Mientras regreso a casa, miro hacia atrás. Jorge está bajando al niño del coche y me dirige una nueva mirada entre la rabia y el miedo. ¿De verdad piensa que he podido reventarle a alguien la mandíbula? Aunque no nos considere íntimos, creía que me conocía lo suficiente para saber que soy un hombre pacífico, que me otorgaría el beneficio de la duda y lo achacaría a haberme confundido con otra persona. Si al menos me hubiese dado una explicación de lo que vio…

Una vez más, toca realizar el ejercicio que me enseñó mi padre cuando tenía, creo, ¿nueve años? ¿Diez? Invoco a mis partes optimista y pesimista para analizar la situación y ver qué decisión tomo al respecto. No, en realidad no necesito invocarlas. A fuerza de practicar, ya acuden ellas solas.

Parte optimista: «Bueno, no pierdes mucho. En el fondo, esos dos tampoco te caían tan bien».

Parte pesimista: «Sí, pero no es lo importante. ¿Qué es eso de reventarle la mandíbula a la gente? Si te han acusado, será por algo».

Parte optimista: «Claro, porque te han confundido con otra persona».

Parte pesimista: «Si tuviesen dudas, lo hablarían contigo. Pero Jorge parecía muy seguro».

Es cierto, tenía una mirada que no le pondría a alguien que creyó ver, sino a alguien que vio con toda seguridad.

Parte optimista: «O no. Siempre has pensado que son unos raritos. Pues mira, lo acabas de confirmar. No le des más vueltas».

Me quedo con esta explicación. Desde luego, es la que tiene más sentido. Y la que más me tranquiliza. Seguro que Jorge ha sido testigo de un atraco en algún callejón mal iluminado, de noche, y el ladrón debía de parecerse a mí. En fin, ya se aclarará todo cuando se interponga la correspondiente denuncia y atrapen al verdadero delincuente. No debo meter en mi cabeza más estrés del que ya tengo.

Cruzo la verja de casa y abro el buzón para recoger el correo acumulado entre el viernes y hoy. Durante el fin de semana, he entrado a través del garaje y, la verdad, se me ha olvidado. Voy revisando mientras paso al interior. No hay mucha cosa. Una factura de la luz, cómo no. La revista a la que Eva está suscrita. Van por el número veinticuatro; ¿quién habría dicho que pasarían del cinco, teniendo en cuenta los comentarios de internet? ¿Y esto? Un sobre completamente en blanco, sin remitente ni destinatario. No sé si es para mí o para Eva. Si es para ella, supongo que no le molestará que lo abra.

Oigo un chisporroteo. ¡Mierda, los espaguetis! Dejo las tres cartas sobre el mueble del recibidor y corro hacia la cocina. El agua está saliendo por fuera y burbujea en la vitrocerámica caliente. Por suerte, he llegado a tiempo de evitar que el destrozo sea muy grande.

Con ayuda de un tenedor, cojo un espagueti. Está listo, perfecto.

—¡Dani! —llamo a mi hijo, que debe de haber vuelto al piso de arriba; no lo he visto al cruzar el salón—. ¡A comer!

Mientras baja, miro el reloj. Aún tenemos tiempo suficiente antes de que llegue mi hermana.

Nos sentamos a la mesa. Dani echa una buena cantidad de salsa de tomate en su plato. No sé si está comiendo espaguetis con salsa de tomate o salsa de tomate con espaguetis. Apenas ha dejado para mí.

—¿Este es mi castigo por prohibirte echarles kétchup?

Mi hijo se ríe mientras gira el tenedor para enrollar los espaguetis.

Quizá podría… ¿Es buena idea que se lo pregunte? Tampoco quiero que le dé más vueltas de las necesarias. Aunque, claro, mañana verá de nuevo a Luisito y le pedirá disculpas delante de toda la clase. ¿Volverá a decir algo raro ese niño? Sí, creo que es importante aclarar ciertas cosas, dada la reacción de Jorge.

—Oye, Dani.

—¿Qué? —responde con la boca llena.

—¿Puedes contarme otra vez qué te dijo Luisito?

Deja de masticar al instante. Quizá no ha sido el momento más oportuno para volver a sacar el tema. Espero que no se atragante.

—No te quiero reñir más, ¿vale? —le aclaro antes de que pueda responder—. Es solo por saber.

Traga, después habla:

—Pues me dijo que eres un ladrón que le anda pegando a la gente y que por eso no podía hablar ni jugar conmigo.

—¿Cómo te lo dijo exactamente?

—No te entiendo.

—Imagina que tú eres Luisito, que yo soy tú y que estamos representando una obra. Como si estuvieras en una de las clases de teatro. ¿Cómo sería tu diálogo?

—A ver —me responde, poniéndose en pie—. Levántate y ponte allí.

Obedezco y me coloco en la puerta de la cocina.

—Yo soy Luisito y estoy sentado en mi sitio, hablando con Alberto —aclara Dani, mientras representa lo que dice—. Ahora tú, que eres yo, vienes y me preguntas: «¿De qué estáis hablando?».Venga, hazlo.

Camino hasta él y sigo el guion:

—«¿De qué estáis hablando?».

—«No te importa. Además, no puedo hablar ni jugar contigo». —Y añade en un susurro—: Ahora tienes que preguntarme por qué.

—¿Por qué no puedes hablar conmigo?

—No, así no. Yo solo pregunté «¿Por qué?». Ninguna palabra más.

Está claro que, en las representaciones teatrales, nunca olvida una letra de los diálogos.

—«¿Por qué?» —obedezco.

—«Porque mis padres me lo han prohibido». —Vuelve a susurrar—: Ahora vuélveme a preguntar por qué.

—«¿Por qué?».

—«Porque dicen que tu padre es un ladrón violento. El mío lo ha visto pegándole a un hombre en la calle y robándole un pendrive».

¡Vaya! Excuso preguntarle si esas fueron sus palabras exactas porque me consta que sí, dada su buena memoria (mucho mejor que la mía últimamente).

—Pasó eso —concluye, volviendo a sentarse para atacar los espaguetis.

Las palabras de Luisito me intrigan. Así que lo que creen que robé fue un pendrive. Ahora bien, dudo que ese niño sea como mi hijo. No creo que sea capaz de reproducir con exactitud infalible las palabras de otros. De lo que le hayan dicho sus padres a lo que él le ha contado a Dani puede haber un trecho muy grande. Quizá Luisito haya confundido la palabra pendrive con otra fonéticamente parecida. Sin embargo, la situación representada por mi hijo encaja con la reacción de Jorge y Amanda.

No creo que tenga sentido darle demasiadas vueltas. Será lo que ya ha pensado mi parte optimista: que han sido testigos de un atraco y me han confundido con el ladrón. Mejor dejarlo correr; ya se les pasará cuando comprueben que están equivocados.

—¿Has terminado? —le pregunto a Dani después de haber vaciado mi plato, aunque sin demasiado apetito.

Él levanta el pulgar en señal afirmativa con los carrillos llenos como un hámster. Me dispongo a meter los platos y los cubiertos en el lavavajillas cuando suena el timbre.

—¡Es la tía! —grita Dani y sale disparado hacia allí.

—¡Daniel, espera! —le grito desde la cocina.

Al escuchar su hombre con las seis letras, frena en seco. Es la señal de que debe obedecer sí o sí y sin discusión, por muy emocionado que esté.

—¿Qué hemos hablado de esto? —le pregunto, acercándome.

—Que no vaya yo solo a abrir la puerta.

—¿Y qué estabas haciendo?

—Ir yo solo a preguntar quién era, no a abrir la puerta.

Suspiro y me resigno. Sabe bien cómo ganar las batallas dialécticas.

Acudimos los dos y abrimos (preguntando antes quién es, por supuesto). Efectivamente, se trata de mi hermana.

—¿Cómo está mi sobrino favorito? —saluda al niño, cogiéndolo por las axilas y aupándolo para plantarle un beso en la cara.

—De rechupete —responde él, con una sonrisa de oreja a oreja.

—De rechupete parece que ha estado la pasta que te has zampado con su salsita de tomate, ¿no? Tienes un bigote rojo. Anda, ve a lavarte la boca.

Mi hijo corre hacia el baño, riéndose por lo del bigote rojo.

—¿Todo bien? —se dirige Antía hacia mí, aunque su pregunta real es: «¿Por qué no ha comido hoy el niño en el colegio?».

—Sí, todo bien. Ya te contaré.

—O sea que hay algo que contar.

—Claro que hay algo que contar. Si no, no estaría en casa a estas horas.

—¿Has traído el juego de los robots? —interrumpe Dani, regresando del baño a toda velocidad y abalanzándose sobre el bolso de mi hermana.

—¿Tú qué crees?

—Creo que… ¡sí!

Coge el juego y corre hacia la mesa del salón para montarlo. Ya le dan igual los que él había preparado. Antía aprovecha la ocasión para continuar con el interrogatorio:

—¿Y bien?

—He dicho que ya te lo contaré, no te preocupes. No quiero llegar tarde a la cita con Susana.

—¿Qué tal un resumen?

—No vas a dejar de insistir, ¿verdad?

—Verdad.

Suspiro antes de responder. Creo que lo hago mucho últimamente. Será una reacción del cuerpo a causa de mi estado mental.

—Le ha zurrado a un compañero de clase. A Luisito.

—¿El hijo de los raritos?

Ahí está. No soy yo el único que piensa así de Jorge y Amanda. Me alegra saberlo.

—Sí —respondo sin más.

—¿Dani pegándole a otro crío? No me lo creo. ¿Qué pasó? ¿Se metió con él?

—Se metió conmigo.

Las cejas de Antía se alzan en señal de comprensión. Está recordando cómo me ponía yo cuando alguien se metía con papá o con mamá.

—Veo que no lo has castigado —observa.

—¡Claro que lo he castigado! Se ha quedado sin ir al planetario el miércoles.

—¿Lo castigas sin planetario en lugar de quitarle la consola?

—Bueno, sobre eso… Puede que me tendiese una pequeña trampa y me manipulase para elegir él el castigo.

—Vamos, que te maneja como le da la gana. ¡Ay, hermanito! —añade, dándome un par de palmadas cariñosas en la mejilla—. ¿Cuándo dejarás de ser tan ingenuo?

—Déjame en paz, anda —le digo, fingiendo un enfado que no siento; luego, cambio de tema—: Oye, ¿todo bien en el trabajo? Aunque me ha venido de perlas, me ha sorprendido que hoy tuvieses la tarde libre.

—Sí, todo perfecto. A veces conviene darse un respiro, ya sabes. Creo que voy a tomarme libres los lunes a partir de ahora. Mientras cumpla con las horas semanales de investigación en la facultad, me dejan distribuirlas como prefiera. Y las clases que me quedan para impartir hasta terminar el curso son de martes a jueves, así que… De hecho, podrías hacer terapia conmigo y así te ahorrarías las sesiones con Susana.

—Creo que no es buena idea. No me malinterpretes; sé que eres muy buena investigando sobre psicología, pero eso de que te trate alguien de la familia no…

—Ya lo sé, idiota —ríe Antía—. Te estaba tomando el pelo. ¿Ves como tengo razón cuando digo que eres un ingenuo?

—Un día de estos me voy a enfadar, ¿eh? —le digo con el índice levantado, como si la estuviera regañando, aunque los dos sabemos que me lo he tomado como la broma que es. Miro el reloj—. Tengo que irme ya. Juega con Dani como si no supieras nada de la pelea, ¿vale? Tampoco es plan de martirizarlo.

—Está bien. Por cierto, ¿al final encontraste los pendientes?

Frunzo el ceño. No sé a qué se refiere.

—¿Qué pendientes?

—Los que estabas buscando el viernes. Los que le ibas a comprar a Eva para regalarle cuando vuelva del viaje.

¿Unos pendientes? ¿El viernes? No he hablado con mi hermana en todo el fin de semana, viernes incluido. Tampoco recuerdo ninguna conversación sobre pendientes, ni ese día ni ningún otro. Estoy a punto de decírselo, pero una alarma salta en mi cabeza y me obliga a callarme.

Antes, cuando recogí a Dani en el colegio y olvidé que tenía cita con Susana, lo recordé solo cuando Manuela me dijo que ya había pedido la tarde en el trabajo. Y se me han estado olvidando otras cosas, como trasplantar las hortensias o recoger el correo del viernes. No es tan preocupante, vale; son despistes, fallos de memoria comunes. Pero no recordar una conversación de hace un par de días sobre algo tan poco habitual en mí como unos pendientes cuando mi hermana me la está contando… No sé, ¿hasta qué punto es normal eso? El encontronazo con Jorge me asalta de nuevo y se me ocurre una idea que no me gusta nada. ¿Es posible que la medicación esté afectando a mi memoria hasta el punto de no recordar algunas vivencias ni siquiera cuando otras personas me las cuentan? Eso significaría que quizá… No, no es posible que le haya pegado de verdad una paliza a alguien y lo haya olvidado. Seguro que esto que me acaba de contar Antía acerca de los pendientes es otro fallo de memoria debido al estrés. Sí, tiene que serlo. En cualquier caso, decido poner mi mejor cara de póker y fingir para no preocuparla sin necesidad.

—¡Ah, los pendientes! Perdona, estoy algo saturado. No, al final he descartado esa idea. Prefiero comprarle otra cosa. Estoy… mirando opciones.

Asiente, aunque parece haber percibido algo en mi expresión.

—¡Tiantía! —grita Dani desde el salón—. ¡El juego está preparado!

—¡Voy, Danidino! —responde mi hermana—. Bueno, ve tranquilo junto a Susana. Luego me cuentas qué tal.

Me dispongo a coger las llaves del coche. Dado lo que acaba de ocurrir, una conversación con mi psicóloga me va a venir mejor de lo que esperaba.

4

Sesión

Lunes, 5 de mayo de 2025. 14:59

—¡Arturo! Buenas tardes.

—Buenas tardes, Susana.

—Pasa, por favor.

Me adentro en la consulta.

—¿Me permites cinco minutos, que termino con una paciente y ya estoy contigo?

—Claro.

Entro en la sala de espera. Para evitar devanarme los sesos mientras no empezamos, me dedico a cotillear. En las paredes, los títulos de Susana, de su formación y de distintos logros profesionales. Son un buen aval, desde luego. También cuelga un cartel con la imagen de un cerebro humano y sus distintas partes. Juego a ver si consigo llegar desde el hemisferio derecho hasta el izquierdo a través de los caminos que forman los pliegues dibujados, como si fuera un laberinto de esos que vienen en los libros de pasatiempos. Imposible, todo son callejones sin salida. Una vez rotas mis ilusiones, tomo asiento en una de las tres sillas que se encuentran en torno a la mesa central. En ella, reposa una serie de revistas de distintas temáticas. No solo psicológicas, sino también de deportes, del corazón y de viajes. Supongo que son para que la gente, más que instruirse, no se aburra durante la espera. No me apetece leer ninguna.

Fuera, escucho cómo Susana se despide de su anterior paciente. Abre la puerta y me dice con una sonrisa:

—¿Vamos allá?

Me levanto rápido. Clara muestra de lo ansioso que estoy por contarle todo lo que me pasa por la cabeza. Seguro que ella lo ha percibido.

Caminamos por el pasillo hasta su despacho. Me llega el olor del cuarto de baño, una mezcla entre frambuesa y sandía. También hay cierto aroma a café en el ambiente. Deduzco que proviene de la minicocina de la que dispone para tomar sus tentempiés y por si algún paciente necesita un vaso de agua para hidratarse, una tila para calmarse o quizá una fruta o un bollo para recuperarse de un posible bajón de azúcar. Recuerdo la última vez que entré; a pesar de no ser un espacio muy amplio, me encontré cómodo y la palmera de chocolate que me ofreció estaba riquísima.

Cierra la puerta del despacho tras nosotros. En realidad, creo que podría permanecer abierta, ya que la consulta le pertenece, no tiene a nadie contratado y no quedan pacientes en la sala de espera, de modo que no hay quien pueda oírnos. Quizá sea para dar un ambiente de intimidad y seguridad. En cualquier caso, no me molesta. Como tiene el aire acondicionado puesto, se está a gusto.

—Bueno, Arturo, cuéntame —comienza la sesión después de habernos sentado a la mesa, uno frente a la otra—, ¿cómo te has encontrado estas dos semanas?

—En general, bien. He sentido solo dos veces esa sensación de calor por estrés que ya sabes.

—Las has contado, muy bien. —Susana teclea en el ordenador para buscar mis registros—. ¿Qué ocurrió esas dos veces?

—Fueron en el trabajo. La primera, hace semana y media, porque me equivoqué al enviar un correo electrónico a un compañero y se lo envié a un cliente importante. No había escrito en él ninguna información delicada ni confidencial y me agarré a eso para controlar el estrés y que no se desbocase. Redacté un mensaje de disculpa, se lo envié a ese cliente, informé a mi coordinadora y listo. No supuso ningún problema. Hace unos meses, habría hecho un mundo de una tontería así.

—Estupendo.

—La segunda vez fue la semana pasada, el miércoles. El director de departamento nos hizo un encargo que tenía que estar listo para el día siguiente. Era una burrada de trabajo, imposible de cubrir en veinticuatro horas. En el momento, me agobié una barbaridad pensando que no iba a poder entregarlo a tiempo y que me iban a despedir por ello. Me tomé cinco minutos y conseguí controlarlo.

—¿Cómo lo hiciste?

—Pensando que soy un activo valioso para la empresa y que no prescindirían de mí aunque no consiguiese entregar todo al día siguiente. Y que quizá también ayude ser el hijo de quien soy.

Susana asiente, con el mentón apretando el labio superior.

—Genial, Arturo. Veo que sigues progresando. En casa, con Dani y Eva, ¿todo bien? ¿Ninguna otra crisis de estrés?

—Hasta hoy, ninguna.

Susana se inclina hacia delante, apoyando los codos sobre la mesa.

—¿Hasta hoy? ¿Qué ha pasado?

Le cuento la llamada de doña Remedios y lo que sentí mientras conducía hacia el colegio, así como la conversación con Dani en el despacho.

—Y, a propósito de este tema —añado—, hay algo que me preo­cupa bastante.

—Dime.

—En el momento en que Dani me contó lo de Luisito, lo de que su padre había dicho que yo era un ladrón que pegaba a la gente, no le di mayor importancia. A lo que implicaba esa información en sí, me refiero, no a que me diese igual la pelea. Pensé que se trataría de un malentendido entre el niño y Jorge. Pero después, mientras se hacía la comida, fui hasta su casa para pedirles disculpas. Jorge llegó mientras llamaba al timbre y se encaró conmigo. Me dijo que no me acercase a su familia. Y Amanda miraba desde dentro, medio escondida entre las cortinas, con expresión de miedo.

—¿Miedo por su marido?

—¡No, no, miedo por mí! Antes de que Jorge llegase, estaba dentro pero no abrió cuando llamé a la puerta.

Susana me estudia sin parpadear, con los ojos entrecerrados detrás de sus gafas de pasta negra, los codos apoyados sobre la mesa y los dedos de ambas manos entrelazados delante de la boca.

—Jorge amenazó con llamar a la policía —continúo—. E hizo referencia a un tipo de un callejón. Según él, le robé y le reventé la mandíbula. Encaja con lo que Luisito le dijo a Dani.

—¿Adónde quieres ir a parar, Arturo?

Antes de responder, pienso bien mis próximas palabras:

—¿Es posible que mi trastorno de adaptación y los episodios de estrés agudo que he tenido hayan afectado a mi memoria? Estos días me he olvidado de algunas cosas. Por ejemplo, al recoger hoy a Dani en el colegio, me olvidé de que tenía cita contigo. Cuando Manuela, mi coordinadora de equipo, me dijo que ya había pedido la tarde, entonces lo recordé al instante.

—Bueno, con el estrés del trabajo, es normal que tu agenda mental se vea algo trastocada. Sigues utilizando la de papel, ¿no?

—Sí, pero no funciona. A veces apunto cosas y se me olvidan igual. Como la cita de hoy contigo; la había anotado. Y otras veces voy a escribir algo, pero me trabo antes de poner la primera letra.

—¿Te has replanteado usar una agenda en el móvil?

—Sí, hoy mismo. Volví a desechar la idea enseguida. Lo siento, no me encuentro cómodo con ellas; me da la sensación de que cualquiera puede enterarse de mis planes. Solo las utilizo para el trabajo porque me lo exige la empresa.

—Está bien —acepta Susana—. Has dicho «algunas cosas». ¿Qué más se te ha olvidado?

—Pues llevo varios días olvidándome de trasplantar las hortensias del jardín. Le prometí a Eva que lo haría antes de que vuelva del viaje de trabajo en el que está. Solo me acuerdo cuando paso por delante y siempre me pilla en medio de otra cosa. Lo pospongo y no vuelvo a pensar en ellas hasta que las veo otra vez. También se me ha pasado recoger el correo del viernes del buzón; lo he sacado hoy. ¡Mierda! Y me estoy acordando aún ahora de que no abrí aquella carta.

—¿Qué carta?

—Una sin remitente ni destinatario. No tengo ni idea de si irá dirigida a mí o a Eva. Iba a abrirla, pero el agua en la cocina salía por fuera de la olla. Dejé todo el correo en el recibidor y corrí antes de que la vitrocerámica se encharcase. ¡Ah, y otra cosa más! También hoy, en el camino de vuelta a casa con Dani, él me mencionó a una de sus compañeras de clase y no recordaba quién era. ¿Cómo se llamaba? ¿Cómo, cómo era? No me sale. ¿Ves? Me lo ha dicho hace nada y ya se me ha olvidado.

—A ver, Arturo, esos despistes son completamente normales. ¿Cuántas veces has visto a esa niña o te ha hablado Dani de ella?

—La ha mencionado un par de ocasiones. Yo la vi solo una vez, en un festival de Navidad, creo.

—Entonces es lógico que no la recuerdes si te menciona su nombre. Y que no lo recuerdes ahora, a pesar de que te lo haya dicho hace poco, también. Más de lo mismo con las hortensias y con el correo. Cosas así les pasan a un montón de personas; entre ellas me incluyo. Sobre todo, cuando están viviendo episodios agudos de estrés. El estrés afecta a la memoria y aún estamos trabajando para que tengas recursos con los que manejarlo mejor.

—Pero lo que te he contado de Jorge es muy distinto. Cometer un robo o haberle reventado la mandíbula a alguien lo recordaría por mucho estrés que tenga encima, digo yo.

—Desde luego. ¿Y qué te dice la lógica? ¿Qué te dice esa parte optimista a la que sueles consultar?

—Que Jorge habrá visto a alguien parecido a mí y, en lugar de darme el beneficio de la duda, me ha culpado directamente.

—Pues ahí lo tienes.

—Hay algo más. Mi hermana se ha quedado con Dani mientras estoy aquí. Antes de salir de casa, me ha preguntado si ya había encontrado unos pendientes que, al parecer, estaba buscando el viernes para regalarle a Eva cuando vuelva de viaje.

—¿Tampoco recuerdas eso?

—¡Para nada! Que yo sepa, el viernes no vi a mi hermana. Y en ningún momento he pensado en regalarle unos pendientes a Eva. Me he vuelto loco mientras venía para aquí. Dime, ¿el estrés puede llegar al punto de hacerme olvidar algo así?

Susana abandona su posición analítica y adopta una más relajada, apoyando el cuerpo en el respaldo. Decide responder con otra pregunta:

—¿Es posible que tu hermana también se haya confundido, como Jorge?

—¿Cómo iba a confundirse? Una cosa es que Jorge vea de refilón a alguien parecido a mí, pero mi hermana asegura que habló conmigo. En esas circunstancias, no puede equivocarse. No sé, ¿quizá la medicación me esté provocando lagunas importantes en la memoria?

—Ya sabes que todo lo relacionado con la medicación debes consultarlo con tu psiquiatra, no conmigo.

—Tienes razón, perdona.

—De todas formas, por lo que sé sobre fármacos, ninguno de los que tomas provoca una amnesia tan selectiva. Una conversación reciente en persona es algo que, en general, recordarías. Sin embargo, cada cabeza es un mundo, un universo, y no se puede descartar nunca que los episodios de estrés agudo o ciertos fármacos bloqueen recuerdos sobre situaciones que, en otras circunstancias, recordaríamos. Porque, si no he entendido mal, tu hermana te comentó eso de los pendientes después de que ocurriese la pelea de Dani y del encontronazo con tus vecinos, ¿verdad?

—Sí, así es. Pero ¿es posible que se trate de algo grave? No sé, ¿puede que esté sufriendo doble personalidad o algo por el estilo a raíz del estrés? O sonambulismo, pérdidas de memoria, yo qué sé.

Susana se aclara la garganta antes de responder:

—Quienes sufren un trastorno disociativo de identidad, o doble personalidad, como tú lo llamas, suelen tener lagunas de memoria.

—Entonces encaja con lo que me está pasando, ¿no? O el alzhéimer, ¿qué hay del alzhéimer? ¿Puede ser eso?

—Tranquilízate y déjame terminar. Si hubieses sufrido una laguna de memoria, olvidarías partes de lo que has vivido y serías consciente de una especie de puzle incompleto en tu cabeza. Para que me entiendas mejor: no recuerdas haber agredido y robado a una persona ni nada acerca de la conversación con tu hermana sobre los pendientes. Ahora bien, ¿recuerdas haber aparecido en algún lugar sin saber cómo has llegado hasta allí?

—No.

—¿Recuerdas haber sido consciente de todo lo que has hecho en estos últimos días?

—Sí, creo que sí.

—¿Has olvidado cómo hacer algo que te resulta habitual? Usar el móvil, un programa de ordenador, lo que significan las señales de tráfico…

—No.

—¿Has olvidado algún momento de tu vida que otras personas te hayan hecho notar? Quitando los que me has contado ahora.

—Tampoco.

—¿Dolores fuertes de cabeza, estado de ánimo depresivo, disfunción eréctil…?

—Nada.

—En resumen, que no tienes trastorno disociativo de identidad. Y tampoco alzhéimer, que te veo venir.

—¿Y la hipnosis?

—¿Qué ocurre con ella?

—Bueno… No te lo había contado porque me daba vergüenza, pero…, antes de empezar contigo, acudí a un hipnoterapeuta. Un amigo me dijo que, para su estrés, le había sido útil la hipnosis. No sé, quizá hizo algo en mi cerebro y me está afectando ahora. ¿Es posible?

Susana se frota la frente con dos dedos. No hay que ser muy lis­to para saber que ese gesto esconde su opinión acerca de la hipnoterapia. O quizá de mi paranoia.

—Vaya por delante que no es mi área de especialidad —aclara—. No sé cuánto hay de cierto en la hipnosis para tratar problemas como el tuyo. Tengo compañeros de profesión que aseguran que es eficaz y otros que sostienen que es un timo. Yo no la conozco, así que no me mojo. Ahora bien, si la has probado, ya sabrás que no es como en las películas. No te duermen para pedirte que cometas un asesinato al despertar. El trance, en teoría, ayuda a realizar cambios en la mente, a nivel emocional o cognitivo, por ejemplo. Sea como sea, es imposible que lo usen para apoderarse de tu mente y manejarte como una marioneta, así que puedes quedarte tranquilo. Adem

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