Pack Elísabet Benavent: Esnob | Cómo (no) escribí nuestra historia | Un cuento perfecto | El arte de engañar al karma

Elísabet Benavent

Fragmento

cap-2

Prólogo

Like¡t

Nunca he necesitado una aplicación para ligar. Quizá la palabra «necesitar» no es la correcta, pero ya me entiendes. Siempre me parecieron un poco…, hum…, al principio lo veía como algo de losers, después ya…, ¿cómo decirlo sin parecer un carca? Bueno, era un poquito carca, así que ¿qué más da parecerlo? Sencillamente pensé que esas cosas no eran para mí. Siempre creí que el hecho de que la tecnología facilitara los encuentros les quitaba ¿emoción? ¿Valor? No lo sé. A mí me gustaban las cosas a fuego lento, como antes, tal y como las tenía planteadas desde que era muy joven. Mi propósito estaba claro: licenciarme, sacarme un máster con mención de honor, irme a vivir con mi chica, casarnos y tener al menos dos niños. Como ves, en mi vida no había sitio para esas cosas.

La primera vez que escuché hablar de Like¡t fue a uno de esos amigos de colegio privado con los que todavía conservaba el contacto. No sé si fue Jacobo o Beltrán, aunque esos nombres dejaron de formar parte de mi vida hace tiempo y, a decir verdad, a veces los confundo en los recuerdos. Los dos tenían una extensa experiencia en este tipo de temas e iban vestidos y peinados de la misma forma; lo ponían difícil. En aquel momento, fuera quien fuese puso bastante énfasis en la que iba a ser la aplicación definitiva para ligar, pero el resto no le hicimos mucho caso. Nosotros «no necesitábamos» aquellas cosas. Nosotros «preferíamos las cosas a la antigua usanza». Por un lado, Jacobo o Beltrán, da igual, eran los típicos que habían probado todas las apps existentes; por otro, el ser humano no suele prestar atención a algo si no lo hacen en masa los demás. Es así de triste.

No mucho después me encontré frente a la marquesina de una parada de autobús con una publicidad terriblemente llamativa que captó toda mi atención y me recordó aquella conversación con mis colegas.

«Like¡t, la última aplicación para ligar que vas a descargarte en tu vida».

Vaya…, las nuevas tecnologías a favor del amor para siempre… «Menuda engañifa», pensé. Todo el mundo sabe que a ese tipo de plataformas no le interesa que encuentres el amor. Quieren que lo intentes, lo intentes, lo intentes… y te comas toda su publicidad, pagues para poder dar marcha atrás, para que destaquen tu perfil y para tener la oportunidad de que la gente guapa también te vea. Entonces ya era vox populi que solo llegabas a aquellos usuarios con el mismo ratio de likes que tú. Que alguien encontrase el amor en Tinder me parecía, en aquel momento, un caso aislado, un milagro, una lotería a la que yo no quería jugar.

Lo mío eran las finanzas, no el márquetin, pero me parecía una publicidad bastante contraproducente para los intereses de una aplicación de este tipo… Sin embargo, me equivoqué. Y tanto que me equivoqué. Los eslóganes tenían su aquel, la verdad:

 

«La aplicación que se bajaría hasta tu madre».

«La aplicación que vas a descargarle a tu madre».

«La aplicación antifantasmas».

«La aplicación que llora en las bodas».

«Like¡t, la aplicación que folla con Tinder y le escribe al día siguiente».

 

Like¡t tardó bastante menos de lo esperado en estar en boca de todos y no solo de mis amigos…

Hubo muchas cosas que despertaron mi curiosidad sobre aquel fenómeno y ninguna tenía que ver con mi vida personal. En aquel momento yo vivía con mi novia, con la que llevaba cinco años, a la que había pretendido con flores, paseos, regalos y chocolates… y, bueno, unos maravillosos primeros meses de sexo matutino, desayuno en la cama y arrumacos. Si alguien me hubiera preguntado sobre mi relación, le habría asegurado que todo iba bien: era el tipo de chica con el que me veía sentando cabeza, una de esas bellezas que mis amigos no dejaban de halagar. Además, se portaba bien con mis padres y pertenecía a una buena familia. Para mí eso era el amor: encontrar a alguien que encajase en esa vida que uno quería. ¿Era eso?

No, no me digas nada. Ya lo sé. En ese momento yo lo tenía claro. No había dudas sobre el papel. Nada se me había perdido a mí dentro de Like¡t.

Me resultó curioso que una empresa tan joven, tan nueva, tan «para ligar», fuese tan pronto noticia de las publicaciones especializadas en economía, que acaparase titulares de la prensa generalista y que la gente se la descargara en masa. Un proyecto que tres amigos de toda la vida habían ideado alrededor de la mesa de una cafetería del centro de Madrid dio la vuelta al mundo. No me preguntes por qué, pero me imaginé que esos tres colegas eran igual que yo o que cualquiera de mis amigos.

Un programa de fidelización para parejas en el que se fomentaban las relaciones de largo recorrido surgidas gracias a la aplicación. Un botón de auxilio que te ponía en contacto inmediato con emergencias. Un sistema que imposibilitaba la creación de perfiles falsos. Política de tolerancia cero hacia la agresividad, las faltas de respeto, el ghosting y demás lacras que en otras apps eran el pan nuestro de cada día. Todo ello y más la convirtió en una revolución en el sector. Era segura, esperanzadora, honesta, con una interfaz atractiva y moderna. Era la aplicación a la que todas las empresas deberían parecerse.

Like¡t lo petó. Lo petó como solo lo peta uno de cada cien mil proyectos. La app no solo se convirtió en una empresa modelo en el trato y la gestión de su creciente plantilla, sino que lo petó hasta firmar uno de los contratos de compra más enigmáticos de la historia. Un gigante americanojaponés la engulló por una suma que podría haber permitido a sus socios fundadores (y al menos a dos de sus siguientes generaciones) jubilarse de inmediato, pero prefirieron quedarse con la dirección de la sucursal en España, que capitaneaban según los criterios con los que lo habían hecho hasta el momento.

A Like¡t le siguió yendo bien, pero abandonó las portadas y los titulares. Se convirtió en una empresa afianzada, puntera, sobradamente rentable, que prefirió un perfil bajo, no aparecer en reportajes sobre gestión empresarial, no dar charlas y no participar en simposios. Era como si quisiera cerrar fronteras, como un pueblo galo viviendo bajo sus normas mientras resistía sitiado por una invasión romana.

Todo genial, ¿no? Un caso de éxito para una empresa española que había dado trabajo a muchos jóvenes. Estupendo. Un posible caso de estudio para alguien como yo, que se dedicaba a mover el dinero de gente que tenía mucho, pero nunca suficiente. Hasta ahí tendría que haber llegado mi historia con Like¡t, dado mi gusto por lo tradicional y el éxito de mi plan de vida, pero lo cierto es que aquello fue solamente el comienzo. Like¡t estaba a punto de cambiarme. A mí. Por entero. ¿Por qué si no iba a hablar de esto en lugar de presentarme como Dios manda?…

1

La casilla de salida

Me encantaría poder hacer una de esas introducciones de película: «Este soy yo. Te preguntarás cómo he llegado a esta situación», pero vas a tener que imaginarte la secuencia. Intentaré ser breve, eso sí, porque esto que te voy a contar ahora solo dibuja el paisaje de mi casilla de salida.

Podría intentar explicarlo desde un punto de vista psicológico, pero me estaría echando el pisto porque no sé qué me pasó. ¿Sabes cuando te ocurre algo y te imaginas a ti mismo reaccionando a lo bestia? Sí, tipo rompiendo una silla o gritando como un gorila con los colmillos al descubierto. Pues fue así, pero en plan tío de colegio privado.

Estaba seguro de que aquel ascenso iba a ser para mí. Llevaba años currándomelo, saliendo de trabajar como pronto a las once de la noche, cuando no era a las tres de la mañana, pero todo el esfuerzo valdría la pena cuando me ascendieran a mánager y cobrara noventa mil euros anuales. Porque eso era lo que iba a cobrar la persona que sucediera al actual cabeza de equipo cuando él subiera al puesto de director.

Agradecí no tener a mano ningún espejo cuando comunicaron que el cargo era para uno de mis compañeros; uno en concreto que había llegado después que yo y que, según mi criterio, no se lo merecía tanto. Se me debió de quedar una cara de gilipollas tremenda. La misma que a mi jefe cuando, después de seguirle hasta el despacho, le comuniqué con vehemencia que o arreglaban el entuerto y me daban el ascenso o me iba.

Primera lección: nadie es imprescindible. Da igual el sentido en el que lo quieras aplicar. Es así. Lo siento. A mi ego también le sentó fatal.

Supongo que no hace falta aclararlo, pero mi jefe, después del estupor inicial, me dio dos palmaditas en el hombro mientras me decía que me echarían de menos. Cuando quise darme cuenta, estaba firmando mi renuncia en Recursos Humanos. El farol se me fue de las manos y echarme atrás hubiera sido fatal para mi amor propio.

Cualquiera con dos dedos de frente habría visto venir lo siguiente, pero yo estaba demasiado ofuscado. No me pareció un problema quedarme sin trabajo; total, mi padre, en cuanto se le pasara el cabreo, echaría mano de sus contactos y me conseguiría otro buen puesto.

Pero sí me sentí molesto porque este incidente retrasaba mis plazos mentales para ir cumpliendo paso a paso mi plan de vida: mudarnos a una casa más grande, casarnos, ir de viaje de novios a Kenia y Maldivas, ponernos a buscar el niño a la vuelta, mi esposa cogería reducción de jornada, llegaría a socio antes de los cuarenta, tendríamos al menos dos hijos, me jubilaría con una casa en La Moraleja, otra en Marbella y una cuenta privada que me permitiría jugar al golf y viajar por el mundo. Pero, sorpresa…

Segunda lección: antes de dar por hecho estas cosas, hay que comentarlo con tu pareja.

Mamá me abrió la puerta sorprendida de verme allí a aquellas horas en un día laborable. Su primera reacción fue la de una madre cualquiera:

—¿Te has puesto enfermo?

Después, cuando vio las dos maletas y la bolsa de viaje e intuyó que por ahí no iba la cosa, reaccionó como la madre de alguien como yo.

—Alejo, por Dios, a tu padre le va a dar un infarto —sentenció.

Debo admitir que mis padres llevaban tiempo diciéndome que mi actitud no era la mejor, pero siempre pensé que no entendían que alguien joven quisiera ir a por todas. Yo me tenía por un tiburón de los negocios y creía que ellos se preocupaban por mi estrés, pero en realidad era un niño pijo con muy mala hostia, que siempre estaba cansado y de mal humor y que hacía gala de una ambición desmedida, como la célebre frase de C. Tangana. Me cegaba aquel plan que ni siquiera sabía cuándo o por qué había trazado con tanto detalle.

Mamá apartó los exámenes de recuperación que estaba corrigiendo, hizo con ellos dos montones y se dispuso a servir café. En ocasiones, envidié la vocación que había llevado a mi madre hasta un trabajo que disfrutaba tantísimo; era profesora de Historia Antigua en la Universidad Complutense y nunca terminaba el día, por duro que fuera, con el mismo humor de mierda con el que lo hacía yo.

Durante un par de horas me dediqué a quejarme de mi mala suerte y a escupir sapos y culebras porque YO no me merecía el trato que había recibido ni en la oficina ni por parte de mi novia. Porque YO había hecho todo lo que estaba en mi mano para prosperar. Porque ELLA no tenía derecho a decirme que estaba harta de que actuase como si solo importase mi opinión, que lo que teníamos se parecía más a un contrato laboral que a una historia de amor, ni a pedirme que recogiese mis cosas y me fuese de allí.

Poco a poco, me calmé y, tras comerme un sándwich que me preparó la cocinera, le pedí a mamá que llamase a mi chica y la hiciese entrar en razón y ella…, ella lo hizo. Volvió al salón negando con la cabeza.

—Está llorando histérica, ¿no? —le pregunté, seguro de que la pataleta le duraría un par de días.

—No. Está muy tranquila. Dice que eres un niñato egoísta y que le has dado la excusa perfecta para aceptar de una vez el puesto que le ofrecían en Berlín.

—¿En Berlín? ¿Cómo se va a ir a Berlín si no habla alemán? —me burlé.

—Cariño, sí lo habla. Fue al colegio alemán, ¿no te acuerdas?

—Ah, sí —balbuceé confuso.

—Ya ha hablado con la casera y con sus jefes. Se va a finales de mes.

—Eso es un farol —afirmé seguro de lo que decía.

—No lo creo. Tengo un mensaje de su madre en el móvil en el que me dice que…

—Pues se va a arrepentir —la corté.

—Alejo…, yo la he notado hasta contenta.

¿Cómo no iba a estarlo? Llevaba meses agobiada con ese puesto que le habían ofrecido del que yo no había querido saber nada en cuanto mencionó que implicaba cambiar de país. Su novio no la apoyaba. Su novio estaba muy preocupado marcando check en las casillas que iba alcanzando en su propio plan de vida. Su novio, el mismo hombre que tantos planes había trazado con ella, no la abrazaba si estaba agobiada o triste, había olvidado hacía mucho los detalles y, sencillamente, daba todo por hecho. La muerte de las parejas nace de ahí, hazme caso…, aunque ella tenía razón y aquello tenía de amor lo que yo de bailaor. Yo tenía que alcanzar mis metas, pero no pensé en las suyas.

Tercera lección: si todo puede ir mal, irá mal. Las desgracias suelen ir de tres en tres.

Había renunciado a mi puesto por una pataleta, mi novia me había dado billete y… ¿cuál sería la tercera tragedia? Solo tuve que esperar a que papá entrase en casa, se enterase de todo y provocase con la vibración de su vozarrón que se desmoronara todo a mi alrededor. Papá, el hombre de éxito, abogado de prestigio. Alejo, el hijo chirimoya, que todo lo hacía regulín.

—Ni te voy a ayudar a encontrar otro trabajo ni te voy a dar las llaves del piso de tu tía abuela. ¿Qué tipo de persona renuncia a su puesto porque no le ascienden? Yo te lo diré: un malcriado. Un puto malcriado, Alejo. ¡Tienes treinta y dos años! ¡¡Espabila!!

—Pero yo…

—Tú ¿qué? Tú te vas a ir a tu habitación de cuando eras un crío y tenías la misma edad mental que ahora. Espero que tengas dinero ahorrado, porque ni mamá ni yo vamos a soltar un euro para que a ti las cosas empiecen a irte «mejor». ¿Me entiendes? ¡Y encima te deja tu novia! Pero ¿no decías que os ibais a casar? Si es que eres un malcriado, un caprichoso y un tonto. Tú vas a espabilar, te lo digo yo. ¡Te vas a espabilar! ¡Ale, a buscar trabajo como cualquier hijo de vecino! Y ya lo sabes, aquí se desayuna a las siete, se come a las dos y se cena a las nueve.

La negociación fue dura, pero ya se sabe: cuando pasan estas cosas uno de los progenitores suele ser el «eslabón más débil», mucho más fácil de manipular, y esa era mamá. Le dije que iba a caer en una depresión si volvía a vivir con ellos, que sería como tirar la toalla definitivamente…, y se lo creyó. Puedo ser un cabrón muy convincente. Así que mamá esperó a que papá se calmase y después intercedió por mí. Si, aún con todo, tenía que vivir bajo su techo, acatando sus normas marciales, iba a darme un chungo.

No es que consiguiera mucho, pero al menos me sacó de allí. Tendría que compartir piso con mis dos hermanos pequeños, que estudiaban Física y Psicología en la universidad, respectivamente, y que vivían en la casa que había sido de mis abuelos. Un piso, por cierto, lleno de cuadros y objetos religiosos. La abuela me contó antes de morir que incluso tenía guardada una reliquia; creo recordar que era el mechón de un santo. ¿Podía darme más cringe todo?

Tenía un colchoncito de ahorros, pero mi tren de vida no había permitido que prosperara demasiado. Si alquilaba un piso para mí solo, me lo fundiría todo en unos pocos meses. No podía permitírmelo. ¿Me devolvería al menos mi ex mi parte de la fianza del piso? Desde luego, yo no se lo pediría: ya tenía suficiente mancha encima como para admitir frente a ella que estaba en verdaderos apuros.

Antes de que pudiera pensármelo dos veces, estaba instalándome allí. Los mellizos no parecían muy emocionados con mi llegada. Tampoco todo lo contrario. A ellos, como al parecer a todo el mundo, Alejo les daba igual.

Podría haber entendido aquello como una oportunidad de empezar de nuevo, que es lo que en realidad era, pero lo asumí como un castigo. Odiaba que las cosas no salieran como yo esperaba. Lo odiaba con todas mis fuerzas.

Pues no me quedaba por tragar…

2

Primer día de la opereta

Nunca me han gustado los polígonos industriales, aunque hace unos años mi opinión era bastante más visceral de lo que lo es ahora. Esas concentraciones de naves destartaladas, aparcamientos para camiones, almacenes y gasolineras me parecían las verrugas con pelo que les salen a las ciudades cuando pierden colágeno: espacios feos, grises, sin ningún tipo de glamour ni belleza. ¿Dónde quedaban los edificios de oficinas revestidos de acero y cristal que relucían al amanecer? ¿Dónde estaban las torres firmadas por afamados arquitectos? Los polígonos industriales eran manchas en los mapas, barriadas que no me generaban ningún interés, aunque supongo que mis intereses por aquel entonces resultaban cuando menos… escasos. Para aquel Alejo de treinta y dos años, un polígono industrial nada tenía que ver con él. Y, sin embargo, ahí estaba, en traje, bajo el típico sol de finales de verano que calentaba aquel día más de lo que había hecho en pleno agosto. Delante de mí se alzaba un anodino edificio de ladrillo caravista del que esperaba que alguien saliera a recibirme.

Era mi primer día de trabajo, y eso me ponía de mal humor. No debería, ya lo sé. Hacía años que se escuchaba el eco de los pasos de una recesión económica que nos soplaba en la nuca, juguetona, y que cada año daba más pistas sobre cuándo pensaba llegar, pero es que… yo consideraba que no debía estar allí. Aquel no era un sitio de mi nivel. Otra persona habría estado feliz por encontrar tan rápido un trabajo, pero yo me sentía avergonzado. Haber caído tan bajo…

Hubiera esperado para incorporarme a algo más acorde conmigo y mi formación, pero de pronto sentí que mi situación era realmente precaria. Mamá (¡mamá!, te recuerdo que ella era el eslabón manipulable de la cadena progenitora) me dijo que lo lógico sería invertir dos meses como máximo para encontrar un trabajo de lo mío, pero que, pasado ese tiempo, debía plantearme entrar a trabajar en cualquier restaurante de comida rápida que me permitiera subsistir. Pero ¡que yo tenía un máster con mención de honor! ¿Cómo iba a…? O peor: ¿qué iba a pasar entonces con mis planes perfectamente trazados para una vida de éxito? Nada. Eso iba a pasar. Empezó entonces el viacrucis de echar currículos y presentarme a todas las entrevistas de trabajo a las que pude acudir, pero para unos puestos estaba muy poco preparado y para otros me sobraba preparación. De mi anterior sueldo ni hablamos, de eso fui dándome cuenta poco a poco.

—No, si al final te van a bajar los humos —se burló mi hermano Manuel mientras mojaba un sobao descomunal en una igualmente descomunal taza con el dibujo de Juego de tronos.

Eso o al final les iba a saltar yo mismo los piños a él y a Alfon, mi otra pesadilla fraternal, que, con esto de que se me estuviera tratando como la oveja negra, se creían lo más y muy maduros.

Fue la necesidad la que me hizo optar al trabajo en Like¡t, no el interés real. Ofertaban un puesto de assistant en el Departamento de Dirección para trabajar codo con codo con su CEO, un puesto con un sueldo tirando a mediocre pero con buenas condiciones (comida, catorce pagas, vacaciones remuneradas, ciclos de formación interna, facilidad para gestionar horarios y su fama de tratar al trabajador tan bien…), al que podía agarrarme durante el naufragio, hasta que llegase una lancha motora a salvarme. Y digo lancha motora por no decir que se le pasase el cabreo a papá y me echase una mano tirando de sus contactos para ofrecerme un puesto acorde a mi nivel.

Pasar las tres entrevistas fue una suerte, como lo fue que todo sucediera tan rápido, aunque nunca me quedó demasiado claro cuáles eran las obligaciones de mi puesto y desde Recursos Humanos insistían una y otra vez en que estaba sobrecualificado. Pero la situación requería movimientos ágiles. Según mis hermanos, había tirado tanto de la sábana que se me habían destapado los pies. Según mis padres, tenía mucha tontería encima y me habían sobreprotegido demasiado, pero no era tarde para solucionarlo. Según yo, estaba jodido.

Así que, si me ofrecían un puesto de assistant de dirección dentro de Like¡t, decía que sí, me presentaba a las nueve en ese polígono casposo vestido de caballero y para delante. Porque tirar para delante había que tirar y porque a mi currículo, a las malas, no le iría mal tener experiencia en un sector como este. ¿Me interesaba trabajar en una aplicación de ligar que no había usado en toda mi vida? No mucho, la verdad. Al fin y al cabo, me consideraba un tío hecho para manejar pasta, aunque fuera la de otros, y me gustaban los trabajos de toda la vida, los que daban seguridad y no dependían de códigos de programación, pero… (y déjame leerte la mente un segundo), a pesar de ser un niño pijo malcriado y ciertamente despegado de la cruda realidad, hasta yo sabía que era momento de moverse o me hundiría sin piedad en las arenas movedizas. Siempre tendría tiempo de seguir buscando trabajo mientras estaba allí. Lo urgente era conseguir un sueldo, y eso, con Like¡t, estaba salvado.

Así que volvamos a mi primer día de trabajo. Volvamos al polígono industrial de Vallecas para el primer acto de la opereta en la que iba a convertirse mi vida. En el papel estelar del bufón: yo.

La mugrienta puerta de metal frente a la que esperaba se abrió de pronto y, tras ella, se asomó un tipo alto y de apariencia inofensiva que me miró con curiosidad. El duelo de miradas se alargó un poco más de lo normal, y es posible, ni confirmo ni desmiento, que se me viera en la cara lo poco que me apetecía estar allí.

—¿Has llamado al timbre? —preguntó por fin.

—Sí. Claro.

—Ah… pues… —Y se apoyó en el marco con aire adolescente—. Tú dirás.

«Nada, que vengo a hablarte del reino de Dios. Pero ¿cómo que “tú dirás”?».

—Soy Alejo —respondí haciendo acopio de toda mi paciencia.

—Alejo, ajá. Encantado, Alejo. ¿Y qué se te ofrece?

Por su parte, él me ofreció una sonrisa amable e informal, completamente a conjunto con su indumentaria: vaqueros, sudadera, zapatillas de deporte… ¿Sería el de mantenimiento, que aún no se había puesto el uniforme?

—Alejo Mercier, es mi primer día de trabajo en Like¡t y me convocaron en esta dirección a las nueve. —Miré la hora—. Aunque ya son las nueve y diez, porque nadie ha abierto la puerta hasta ahora.

El chico, que debía de tener más o menos mi edad, frunció levemente el ceño a la vez que en su expresión se adivinaba cierto reconocimiento.

—¡Ah! Vale, vale… Perdóname. —Me tendió la mano y abrió un poco más la puerta, dejándome pasar tras un breve apretón—. Soy Fran, de Recursos Humanos. Bienvenido.

—Gracias. —¿Era de Recursos Humanos y le había tenido que explicar quién era y qué hacía allí…? Me temí que alguien se iba a ganar un tirón de orejas por no hacer bien su trabajo.

—Pasa, pasa. Has llegado prontísimo, por cierto. Si no me equivoco, debieron de convocarte entre las nueve y media y las diez. —Sonrió sin atisbo de displicencia—. Es nuestra hora de entrada. Me pillas aquí por pura casualidad.

La puerta de metal se cerró y nos sumió en una repentina oscuridad. Lo que me faltaba. Seguro que eran las típicas oficinas cutres de los años ochenta, mal iluminadas, mal ventiladas y con paredes blancas con huellas de zapato. ¿Por eso se mantenían tan al margen de la prensa? ¿Eran unos cutres que gastaban poco para obtener más margen de beneficio?

—Esta es la puerta de atrás. —Le escuché decir cuando reanudó el paso—. En este polígono les debió de dar pereza poner nombre a todas las calles y nuestra puerta de atrás es el bis de la entrada principal; por eso has debido de equivocarte. Esta entrada es muy deprimente. Te habrás llevado una impresión horrenda de nosotros.

—Bueno… —dejé escapar con cierto desencanto.

—Ya verás. La oficina es muy bonita.

Estaba empezando a dudarlo cuando la claridad lo bañó todo a nuestro alrededor. Confundido, miré a mi alrededor para descubrir que el oscuro pasillo desembocaba en una sala enorme, diáfana, llena de una preciosa luz amarilla que se derramaba sobre decenas de escritorios de madera clara que no recordaban en nada al contrachapado de la mayoría de las mesas sobre las que había trabajado hasta ahora. Eso había que admitírselo: las empresas jóvenes tenían mejor gusto para la decoración que los gigantes antediluvianos, pero eso, en definitiva, tampoco era decir mucho.

El techo tenía una claraboya de cristal a dos aguas que permitía que la luz natural entrase a raudales en todos los rincones de la sala, pero tamizada para que no llegase a ser molesta y se pudieran ver bien las pantallas. También colgaban del techo, como apoyo, unas luces que ya se adivinaban mucho más cálidas que los halógenos, para los días nublados o las tardes de invierno, y de otros soportes, plantas. Plantas trepadoras, plantas que lloraban sobre nuestras cabezas, puntos de color brillando gracias a flores de distintos colores sobre el verde por doquier. No pude evitar preguntarme cómo se regaban… hasta que me di cuenta del sistema de riego, probablemente ecológico y responsable, que las alimentaba de manera discreta, reptando junto a ellas.

—Esta es la sala principal. —Me enseñó Fran—. Aquí trabajan desarrolladores, diseñadores, Atención al Cliente, comerciales, Márquetin, Recursos Humanos… Bueno, todos en realidad. Aunque las mesas se organizan por «barrios», en la empresa nos gusta pensar que la cercanía entre todos los departamentos facilita las sinergias y la comunicación. Irás viéndolo, pero Like¡t se parece más a una familia numerosa que a una de esas empresas…, ya sabes, como consultoras y demás. No nos gusta lo gris.

Eso me molestó un poco. Me provocaba cierto repelús que las empresas siguieran esgrimiendo un argumento tan manido como el de «aquí somos una gran familia». Además, había sido consultor desde que me licencié y terminé el máster, y no me consideraba precisamente una persona gris. Quizá en aquel polígono confundían los términos «elegancia» y «atemporal» con el color gris. Pobres…

—Yo he sido consultor financiero durante años —puntualicé con intención de que se sintiera incómodo por su comentario, pero…

—Bufff… —Me lanzó una mirada de ¿lástima?—. Ya lo siento. Bueno, aquí creo que podrás borrar esos recuerdos. Mira —me señaló algunas habitaciones acristaladas que había pegadas a los laterales—, esas son las salas de reuniones que están disponibles para toda la plantilla. Te familiarizarás pronto con ellas, están en el sistema…, em…, perdona que te esté haciendo este tour tan desordenado, pero es que no suelo ser el responsable de esta parte de la acogida de nuevo talento —se disculpó con sinceridad—. Tú, si tienes cualquier pregunta, dime, ¿vale?

Asentí y él siguió.

—Aquellos —señaló unos espacios también acristalados, abiertos a la sala principal— son los despachos de I+D, Comunicación y Márquetin, Recursos Humanos, Financiero y Tecnológico. Como verás, más que despachos son salas de trabajo. Son las mesas de los responsables de área, aunque todo el mundo prefiere currar en la sala principal.

—¿Por qué? —pregunté confuso—. Pudiendo tener la tranquilidad del despacho…

—Hombre, porque te pierdes todo lo bueno. —Fran sonrió muy risueño y visiblemente satisfecho de su comentario—. Allí están las cabinas de videollamada y calls en general, y tras aquella puerta doble está la cantina.

Me azotó la imagen de la típica sala de comedor de empresa pintada con los colores corporativos, con unas persianas cutres que taparían la visión del horroroso callejón de polígono suburbano del exterior, con un microondas guarro con granos de arroz y una nevera llena de táperes con el nombre de los propietarios escrito a toda prisa en pósits amarillos.

—Luego te la enseño, si quieres, aunque me imagino que mis compis de Recursos Humanos querrán hacerte un tour mucho más digno del lugar y mostrarte la nevera de bebidas, la de fruta, la sección de galletas, aperitivos… La gente flipa bastante la primera vez que la ve. Mola mucho —asintió para sí mismo—. Y el cáterin que nos traen es rico y supersano. De eso nos preocupamos en mi departamento.

Arqueé las cejas, pero, antes de que pudiera preguntar más, Fran siguió señalando el fondo del espacio en el que nos encontrábamos.

—En ese pasillo está la sala de masaje. Todos los trabajadores pueden reservar hasta una hora semanal, viene una fisio encantadora que es capaz de desatarte cualquier nudo. La sala de descanso también está por allí, por si necesitas una cabezadita o respirar profundo…, que creo que te vendrá muy bien en el desarrollo de tus obligaciones…, y por donde hemos entrado están el gimnasio y las duchas, lo que pasa es que tienen también salida a la calle. Por eso esa zona está tan oscura. Lo montamos más de cara al exterior para que, si tienes yoga a las doce, te dé la sensación de estar fuera del trabajo, ¿sabes?

Lancé una carcajada y Fran respondió con otra que pareció el ladrido de alegría de uno de esos perros color canela de los anuncios de televisión. Volví a reír con fuerza y él se contagió.

—No sé de qué nos reímos —confesó.

—Qué bueno. Tronco, se te da bien, ¿eh? Lo dices todo serio y… —me interrumpió otro ataque de risa— parece que lo dices de verdad.

Fran se calló de pronto, como si le hubieran quitado las pilas en mitad de una carcajada, y me devolvió una mirada confusa.

—¿Cómo?

—Que casi me lo creo.

—Pero si es verdad…

—Ya, sí. ¿Y la piscina dónde está?

—Tenemos un acuerdo con la piscina de un polideportivo cercano. Si quieres matricularte, nos reservan dos calles dos veces por semana de ocho y media a nueve y media. Puedes entrar esos días a las diez o diez y media sin problemas. Aquí creemos que quien mejor puede gestionar su horario y su trabajo es el propio trabajador.

Me quedé mirándolo patidifuso.

—Te estás quedando conmigo, ¿no?

—Pensaba que explicaban todas estas cosas en la última entrevista o cuando llamaban para confirmar que el puesto es vuestro…

—Pero ¿tú no eras de Recursos Humanos?

—Sí, claro, pero me encargo de otras cosas. —Se encogió de hombros—. Ya te lo explicarán bien. Tú trabajarás allí.

Señaló uno de los cubículos acristalados. Era un poco más grande que los demás y el que más se parecía a un despacho propiamente dicho…, pero un despacho molón. Conforme fuimos acercándonos se hicieron más visibles las estanterías llenas de libros, el sofá chéster de terciopelo verde oscuro, el escritorio de delgadas y estilizadas patas de madera de haya, el gran ventanal con persiana veneciana, la mesa redonda a conjunto con el escritorio con cuatro sillas coloridas, los rincones llenos de montañas de libros de arte de grandes formatos, la nevera Smeg de aire retro en un precioso color menta y la pared contraria a la librería cubierta de marcos de diferentes tonos y tamaños, que lucían orgullosos ilustraciones de cualquier estilo que pudieras imaginar. Era caótico y a la vez inspirador, con un ruido visual terrible que, no obstante, generaba calma. Mis pies, al entrar, se hundieron unos milímetros en una mullida alfombra de colores con forma de tigre.

—No sé si el decorador era humano o un gorila daltónico y drogado, pero el resultado es interesante —confesé—. Quizá habría que limar algunas cosas, pero…

—Bueno, a Marieta le gusta así.

—¿Y Marieta es…?

Al no encontrar respuesta, me volví hacia Fran, que me miraba con una sonrisa enigmática.

—Ven, acompáñame a mi mesa. Voy a darte uno de nuestros folletos internos. Léelo tranquilamente mientras desayunas algo. En cuanto lleguen mis compañeros de Recursos Humanos los mandaré a buscarte para que puedan… situarte mejor. Solo dime una cosa…, ¿qué es lo que sabes de tu puesto?

—Que me han contratado para el Departamento de Dirección, que trabajaré codo con codo con el CEO, que al parecer estoy sobrecualificado para el puesto y que…

Fran volvió a sonreír con misterio y, una vez en su mesa, rebuscó en uno de los cajones hasta dar con lo que quería.

—Toma, léelo, pero te adelanto que te espera un día de sorpresas.

Hoy sigo preguntándome por qué el muy cabrón no me avisó. Me hubiera ahorrado empezar con muy mal pie.

3

La chica del pelo rojo

La cantina se parecía más a una cafetería escandinava que al comedor de una empresa. Fran tenía razón cuando decía que era bastante impresionante. Cafeteras semiautomáticas de última generación, jarras de leche fresca, bebidas vegetales, zumos recién exprimidos, tostadora, pan humeante que aún olía a obrador, dulces con pinta de ser deliciosos y no demasiado tóxicos para el organismo, botes con frutos secos (cualquier fruto seco que te puedas imaginar), cajón de galletas, chocolatinas, bandejas de fruta, neveras llenas de refrescos, agua embotellada… He estado en bufets de desayuno peor surtidos que aquella sala. Siendo completamente sincero, me apabulló tanto que solo fui capaz de servirme un café. Regresé al que iba a ser mi despacho y esperé a la persona de Recursos Humanos que se encargaría de entregarme mi ordenador y demás. Me entretuve leyendo los folletos que me había facilitado Fran, que me vigilaba de reojo con una expresión divertida que me mosqueaba un poco.

A las diez menos cuarto la sala cobró vida como lo hacía un colegio a la hora de entrada. De la parte opuesta de donde yo había accedido, nació un vocerío animado que se parecía más a la algarabía que llena las calles de los bares de copas que a la cháchara de oficina.

Los dueños de aquellas voces fueron apareciendo en mi campo de visión por una puerta; para ello el despacho tenía la mejor de las ubicaciones y desde allí se veía una panorámica perfecta de toda la sala. En su mayoría, los trabajadores eran gente joven, de entre veintipocos y treinta y algo, modernos, cosmopolitas, con pelos de colores y un nulo sentido del protocolo empresarial para escoger su atuendo en días laborables. Un chico con falda escocesa por encima de un pantalón de traje oversize, camiseta de tirantes blanca, collares y pendientes de grandes dimensiones me saludó con la mano, con total familiaridad. Varias chicas con el pelo más corto que un marine me observaron en silencio. No había ni uno ni dos, sino varios hombres maquillados…, aquello parecía ser costumbre. Muchas de las mujeres que entraban lucían ropa que parecía más adecuada para ir a correr al cauce del Manzanares que para ir a trabajar… Mi esnob interior contuvo un respingo de horror; mi yo racional lo zarandeó al grito de «necesito este trabajo, so gilipollas, ¿a ti qué más te da cómo vaya vestida la gente?».

Pero, aunque ese perfil era mayoría, la plantilla no se componía solamente de gente joven. Aquí y allá varias personas, que estaban cerca de la edad de jubilación, ocupaban sus escritorios. Sin embargo, no se creaban guetos y todo el mundo charlaba entre sí, independientemente de la edad o la pinta que llevasen. Perdón…, quería decir «su estilo». Recuerda que yo vestía un traje hecho a medida en aquel momento.

Por si no tenía suficientes cosas «nuevas» en las que fijarme, no me pasó por alto el hecho de que todo el mundo me mirase con cierta sorpresa. Al principio pensé que era debido a la novedad, al efecto «chico nuevo en la oficina» y la curiosidad que eso suscita, pero la manera en la que compartían miraditas después de verme allí sentado me hizo temer… No sé, que llevase un moco pegado en la cara. Algo pasaba, eso estaba claro, pero, por más que me miraba en el reflejo del flexo que había sobre la mesa, no encontraba la razón de tanta atención. Quizá era mi traje gris lo que les extrañaba, viendo cómo iban vestidos casi todos ellos… Las miraditas me daban igual, de modo que seguí concentrado en apartar todo lo que mi predecesor había dejado sobre el escritorio.

A las diez, con todo el mundo ya sentado en la mesa, una chica se acercó al despacho y llamó con los nudillos sobre la cristalera de manera educada, aunque la puerta estuviera abierta.

—Hola, Alejo, soy Selene, la persona que te mandó el mail con todos los datos para tu primer día. Estaba segura de haberte convocado a las diez, pero me comenta Fran que has llegado a las nueve.

—Y yo seguro de que esa era la hora de entrada —respondí con cierto resquemor.

—No pasa nada, aunque en el futuro, para evitarte madrugones, mejor revisa la información la noche antes.

Lo dijo en un tono amistoso, jocoso, casi como una broma entre amigos, pero a mí me sentó fatal. De todas formas, antes de que pudiera responderle, siguió hablando:

—Por cierto, ha debido de haber un error. Esa no es tu mesa.

Fruncí el ceño y miré a mi alrededor sorprendido.

—Fran me dijo que este era mi despacho.

—Sí y no. Fran es buen tío, pero tiene mucha sorna. —Sonrió—. Alejo, ¿te importaría acompañarme a una sala de reuniones para que te vaya poniendo al día?

—Perdona, Selena.

—Es Selene.

—Selene, es que no me estoy enterando de si este es o no mi despacho.

No quise ser borde, pero pensé que, si no marcaba distancia el primer día, me irían comiendo terreno poco a poco. Por mucho que ese puesto no estuviera a mi nivel, era la mano derecha del CEO y me debían cierto respeto.

Por encima de su hombro percibí decenas de miradas. Se respiraba un ambiente de expectativas a punto de ser cumplidas, pero no entendía por qué. Creí que esperaban un enfrentamiento, pero era mi primer día de trabajo. Hasta yo sabía que debía esperar para montar un pollo. Aunque… ¿no lo estaba montando de modo pasivo-agresivo?

—Ya, bueno, es que Marieta está a punto de llegar y creo que te vas a sentir más cómodo si hablamos en la sala.

—¿Quién es Marieta?

—Bueno, Marieta es la persona con la que vas a trabajar.

—¿Mi asistente?

Hubiera jurado que contenía la risa.

—Acompáñame y te lo cuento todo.

—Pero ¿es este mi despacho o no? —insistí, terco.

—Vas a trabajar aquí, sí, pero técnicamente no es TU despacho. —Bajó la voz, discreta, y, viendo que yo no tenía intención ninguna de seguirla, continuó informándome—: ¿Ves esa mesa? —Señaló una que quedaba pegada a la pared exterior del despacho—. Esa es tu mesa.

Arqueé una ceja. Una mesa bonita, sí, pero superutilitaria, como un satélite que orbitaba alrededor del despacho en el que estaba sentado. ¿Cómo que esa era mi mesa?

—¿No tengo despacho?

—No —negó y se le escapó cierta sonrisa que no tardó en desaparecer—. Solo los directores de departamento tienen despacho, aunque la mayoría ocupa mesas en la sala principal y los han reconvertido en salas de trabajo para su equipo. Despacho, como tal, solo está este.

—¿Es el del CEO? Porque me dijeron que iba a trabajar codo con codo con él.

—No creo que te dijeran exactamente eso. Verás, el CEO…

Un conjunto de cuchicheos en la sala de trabajo principal precedió a una aparición en el despacho. De pronto, como salida de la nada, una chica con un desordenado y llamativo pelo pelirrojo, anaranjado y brillante, se apoyaba con expresión confusa en el vano de la puerta de aquel cubículo de cristal. No me hubiera sorprendido ver que se disipaba a su alrededor una de esas nubes de humo que acompañan los trucos de magia; ni siquiera había percibido su movimiento con el rabillo del ojo.

Se trataba de una chica joven, calculé que un poco más que yo, pero poco. Como todos los demás, tenía un aspecto informal: lucía un piercing en la nariz, el cuello lleno de collares que caían sobre el amplio escote de su blusa verde oscuro, de mangas abullonadas y que llevaba atada al estómago por encima de unos pantalones color… ¿naranja? ¿Era guapa? Lo era, pero en un sentido salvaje. Era agradable mirarla, como lo es asomarse al vacío desde una cima si no tienes vértigo. Era bella, pero la envolvía un aura que despertaba…, ¿qué sensación era aquella? Algo así como advertencia. Una pelirroja guapa, salvaje y vivaracha con pinta de ser un hueso duro de roer.

La estudié con disimulo, pero puedo asegurar que ella me echó otra buena ojeada con tanto asombro como diversión, aunque había en su mirada algo extraño. ¿Qué era?

—¡Uy! Pero ¿este quién es? —dijo muy sonriente, como si acabase de encontrarme en el interior de un Kinder Sorpresa—. ¡Hola!

—Soy Alejo Mercier, el nuevo assistant de dirección —dije con un tono de voz firme, deseando que se terminase todo aquel circo.

Sin presentarse, miró a Selene con sorpresa.

—Pero… —Se echó a reír—. ¿Assistant?

—Estaba intentando explicarle —expuso Selene.

—¿Y por qué lo habéis sentado en mi despacho?

—No hemos sido nosotros…

Las dos se rieron, la recién llegada mucho más alto, con la boca más abierta y, si se lo preguntan al Alejo de entonces, con menos modales, antes de dirigirse de nuevo a mí.

—¿Pero…? Entonces ¿este no es el despacho del CEO? —pregunté sin darle la oportunidad de hablar primero.

—Yo soy «el CEO» —explicó con calma, sin mirarme, mientras dejaba en la silla que quedaba más cerca de ella todos sus bártulos.

Levantó la mirada, me estudió con diversión y, en un tono de voz muy dulce, añadió:

—Soy Marieta Durán, tu jefa, aunque no me guste demasiado ese término. Pero es lo que soy. —Se encogió de hombros—. Tu jefa… y estás sentado en mi mesa.

Abrí los ojos como platos y sentí que se me salían de las órbitas, como si la vergüenza me hubiera dado un puñetazo en la boca del estómago. Me levanté de la silla, agaché la cabeza y di la vuelta al escritorio para tenderle la mano.

—Disculpe esta terrible equivocación, señora Durán. No era mi intención…

—¡Ah! No te preocupes. —Hizo un gesto que quería quitarle importancia al asunto y mi mano se quedó allí, solitaria y despreciada—. Pero llámame Marieta, por favor. La señora Durán es mi madre; y sí, llevo los dos apellidos de mis abuelos maternos, pero no hay drama. Ya nos iremos conociendo mejor.

Sonrió como una bendita y…, sinceramente, no supe qué decir. Aquella pelirroja sonriente y sin modales me había dejado sin palabras.

—Ven conmigo —me pidió Selene—. Te damos tu ordenador, te explicamos un poco y…

—Y luego vienes y charlamos un rato —terminó Marieta.

Miré a Selene, miré a mi jefa, miré hacia todos los rostros que desde fuera no se perdían detalle de la situación, miré en mi interior a mi yo avergonzado, agazapado, creyendo estar viviendo su infierno personal.

—Ah…, y… perdóname, has debido de entenderlo mal. —Marieta Durán hizo una mueca que la hacía parecer realmente apenada por el malentendido, aunque probablemente le estaba pareciendo superdivertido—. El puesto que has aceptado no es de assistant, sino de asistente. Asistente personal, para más señas; el cargo de secretario de toda la vida. Pero no pasa nada, Alejo, vete quitando esa cara de susto porque, si aún quieres el puesto, tú y yo vamos a llevarnos bien por obligación.

Asistente.

Personal.

Sin despacho.

Con Marieta Durán.

Con su bonita cara de muñeca.

Por obligación.

Secretario.

Efectivamente había caído en el infierno y no veía por dónde salir.

4

Desesperado

Selene me llevó con ella a una sala de trabajo para charlar sobre mi puesto, mis obligaciones y también todos los derechos que adquiría desde aquel momento como trabajador de Like¡t. Yo fingía atender, pero la cabeza me daba vueltas. A ver, que no era un pavo rancio que no puede asumir que su jefa vaya a ser una piba, pero el hecho de haber dado por sentado que se trataba de un hombre me dejó bastante muerto. Yo me tenía por un tío moderno. Moderno, entiéndeme, pero amante de la tradición; no creía que fuera incompatible. De todas formas, ese no era el problema. El problema era mi puesto. ¿Cómo que asistente personal? De la palabra secretario no quería ni escuchar hablar.

Después acompañé a Selene a un almacén del que sacó un montón de material para mí: una manta supersuave, una taza, un juego de bolígrafos, un par de cuadernos, un cojín para la silla, unos auriculares inalámbricos con micro, una de esas botellas que mantienen el agua fría… Yo qué sé, de todo. Like¡t tenía más merchandising que Disney, pero aquello no me tranquilizó. ¿Asistente personal? Yo era un tío con una doble licenciatura y un máster en Gestión Patrimonial y Financiera, ¿y me iban a poner a revisar la agenda de alguien? Pero ¿cómo iban a tirar tanto recurso a la basura?

—Selene, discúlpame —le dije cuando me entregó el ordenador y dejamos en mi mesa toda la parafernalia que me había dado—, ¿cómo es posible que me hayáis seleccionado para un puesto de asistente personal?

Ella asintió, como si le resultase una pregunta de lo más lógica.

—Nos corría muchísima prisa encontrar a alguien que ayudase a Marieta y tú eres bilingüe en francés e inglés, dijiste que te manejas bien con las nuevas tecnologías, les pareciste organizado y buscabas una incorporación inmediata. A decir verdad, me dijeron que parecías «algo desesperado».

Fuck.

—Pero…

—Resaltaron varias veces que estabas sobrecualificado y te explicaron que el puesto era para dar soporte a la CEO.

—Juraría que nadie lo dijo en femenino, pero eso es lo de menos —aclaré—. Dar soporte al CEO puede significar muchas cosas.

—Tienes razón —asintió, y su pelo corto se movió con ella—, pero no pienses en el puesto en negativo. Marieta va a darte mucha voz; por eso nos pareció tan interesante tu perfil, porque tienes experiencia empresarial y en…

—¿Gestión de agendas? —respondí con sarcasmo.

—Oye, Alejo, eso lo ponía claramente en la oferta de trabajo para la que postulaste.

Otra lección: la necesidad no es que te convierta en alguien menos exigente, que también, es que directamente te resta comprensión lectora.

—Cuéntame —le pedí después de echar una ojeada al despacho, a mi espalda, donde Marieta tecleaba—. Cuéntame más cosas del puesto.

—Al principio, concéntrate en familiarizarte con la agenda de Marieta. Ella te irá pidiendo todo aquello en lo que crea que la puedes ayudar. Irás conociéndola, de modo que te irás dando cuenta por ti mismo, pero te adelanto que es una de esas personas a las que el trabajo absorbe por completo, de modo que no estaría mal que velases por su funcionalidad.

—No entiendo qué quieres decir con eso.

—Pues que no estaría de más que te asegurases de que hiciera descansos e ingiriera alimento.

La madre que me parió.

—¿En serio?

—Muy en serio. Es capaz de deshidratarse si hay mucho trabajo.

—Vale. —Tragué saliva.

Vi a Fran pasar por delante de mi mesa y dedicarme una sonrisa de camino al despacho, en el que entró sin llamar. Quiso cerrar la puerta, pero esta quedó medio abierta.

—¿Ves? Eso que ha hecho Fran solo pueden hacerlo él y Ángela. Nadie más puede irrumpir en su despacho así, a las bravas. Parte de tu trabajo también será velar por que Marieta pueda trabajar con tranquilidad y con el menor número de interrupciones. Sobre Ángela, que no se me olvide, es la CTO; te la presento en breve. —Echó un vistazo por la sala—. Es que creo que está en una call.

Emití un sonido que quería ser una confirmación de que entendía todo aquello, y ella siguió:

—Fran, Ángela y Marieta son los tres socios, los «dueños» de Like¡t, aunque como ya sabrás formamos parte de un conglomerado empresarial internacional mucho más grande.

—Sí, lo sé.

—Pues aquí puedes ser de gran ayuda —añadió esperanzada de que eso me hiciera cambiar el rictus de amargado—. Aún estamos en pañales con esto de la fusión y tu opinión puede sumar mucho. Estoy segura de que, cuando os conozcáis mejor, vais a ser inseparables.

Me dejó allí solo para que me situase, con mis credenciales para el ordenador y algunas instrucciones para sincronizar mi agenda con la de la jefa e ir abriendo cada grupo de trabajo. No te puedo explicar la movida que era eso. No era complicado, pero sí caótico. Cada departamento tenía una especie de chat de grupo a través de una aplicación interna, y yo debía tener acceso al menos a los principales. Aún no sabía el ruido mental que eso iba a generar. Todo el mundo decía muchas cosas allí y, casi siempre, en un argot que yo no dominaba.

Estaba en ello, tratando de entender aquel maremágnum de información, cuando me di cuenta de que podía escuchar, si afinaba el oído, lo que Fran y Marieta estaban hablando en el despacho. No es que tenga alma de portera cotilla, es que me pareció que estaban hablando de mí y… efectivamente:

—No quiero prejuzgarle, pero… —confesó Marieta con voz preocupada.

—Está superpreparado.

—Eso, y que haya pensado que le habíamos amueblado un despacho para su primer día, demuestra que nos va a dejar en cuanto tenga ofertas de otros lados.

—El mercado está mal y el puesto tiene buenas prestaciones.

—Si tengo un asistente, necesito que sea fiable, Fran. Te recuerdo que yo quise seguir sola y tú me dijiste que soy una adulta disfuncional que olvida sus funciones vitales cuando se sienta en su mesa de trabajo y que, como director de Recursos Humanos, me obligabas a aceptar que alguien me ayudase en mis tareas.

—Está superpreparado —repitió.

—Los astronautas también, pero no necesitamos uno.

En aquel momento Fran se volvió hacia mí y, aunque no podía saber si estaba escuchando o no, se acercó a la puerta y la cerró. Con ese gesto, dejé de oír absolutamente nada, como si la sala estuviera insonorizada.

—¡Hola!

Levanté la mirada para encontrarme delante de mi mesa con el chico de la falda a cuadros.

—Hola —respondí.

—Soy Tote.

—Encantado, soy Alejo.

—Genial. —Sin pedir permiso se metió detrás de mi mesa y se colocó a la altura de mi ordenador—. ¿Puedes abrir un momento tu correo electrónico? Te he mandado una cosa y tengo que explicártela.

Cogí aire. Todo se me hacía un mundo, como si tuviera la tensión muy baja y me costase trabajo moverme. Tote se hizo cargo del teclado y el mousepad, abrió un mail y se puso a contarme una movida sobre presentarme al resto de la plantilla.

—Es un formulario tipo. Todos lo rellenamos cuando nos incorporamos. Verás que tiene secciones que te van guiando sobre qué tipo de información suele compartirse. Una vez que lo tengas rellenado, le das aquí y la información subirá al servidor y…

Desconecté. Tenía una jefa que había dado por hecho que tenía pito, lo que me había dejado como un capullo misógino, mi puesto era de asistente personal, tenía que hacer una mierda de redacción escolar para presentarme a mis compis… Todo era una pesadilla.

—¿Lo tienes? —me preguntó.

Asentí.

—Perfecto. Pues, ya sabes, si necesitas cualquier cosa, me siento allí. —Señaló su mesa—. Puedo echarte una mano en lo que necesites si te ves perdido.

No quise decirlo en voz alta, pero ¿cómo iba a sentirme perdido si estaba sobrecualificado? Era una pregunta sin respuesta porque, efectivamente, era así como me sentía.

Marieta y Fran seguían encerrados en el despacho, probablemente hablando de mí y de mi ineptitud para el puesto, cosa que me fastidiaba porque yo consideraba que mi formación estaba muy por encima de la de un asistente habitual. No se me ocurrió pensar que lo que Marieta necesitaba no era un experto en nada, sino alguien con intención de ayudar.

Allí estaba, sentado en aquella mesa satélite, a la vista de todo el mundo, parado como un imbécil sin saber qué hacer, así que, a falta de algo mejor, me puse a rellenar el dichoso formulario para presentarme al resto.

Las secciones de formación y experiencia laboral no me resultaron complicadas, pero, cuando llegó la parte de «y ahora cuéntanos un poco más de ti», creo que me dio un ataque de ira similar al que me hizo dejar mi anterior puesto. ¿Cuéntanos un poco más de ti? OK, pues allá voy.

 

Hola, soy Alejo y estoy amargado porque necesito un puto puesto de trabajo de manera urgente si no quiero que mis padres me obliguen a trabajar en el McAuto. Mi novia me dejó porque consideraba que yo había decidido su futuro por ella, pero ¿qué cojones? No la echo de menos. A lo mejor me ha hecho un favor. Empezaba a sacarme de quicio ese ruidito como de ardilla que hacía cada vez que se la metía. ¿Y me quería casar con ella? Desde luego tengo una crisis de identidad.

Por lo demás, me gusta ir al club de campo, pero supongo que ninguno de vosotros ha pisado un sitio así en su vida, así que ni me molesto en explicaros lo que es. También tengo la costumbre de vestirme de persona y no de papagayo humano, como vosotros, pero os iréis acostumbrando.

Espero que a mi padre se le pase pronto la profunda decepción de darse cuenta de que su hijo es un malcriado y me consiga otro trabajo, porque lo de llevar cafés no va conmigo ni con nadie que haya nacido en mi cuna. A tomar por culo.

 

—Ey.

Fran me asustó y di un bote en la silla, apoyándome sobre la mesa y el teclado para no caerme.

—Coño, que me da un infarto —me quejé.

—Perdona. —Se rio él—. Solo quería decirte que, para cualquier cosa que necesites, el equipo de Recursos Humanos nos sentamos allí. ¿Has conocido a Tote?

—Sí —asentí—. Encantador.

Lo dije con retintín, pero Fran no lo captó.

—Lo es. Es maravilloso. —Me enseñó sus perfectos dientes en una sonrisa bonachona—. Pues ya sabes. Él te puede ayudar con cualquier cosa.

—Sí, me ha mandado el formulario para presentarme y justo…

Me volví hacia la pantalla asustado por si, desde donde estaba, Fran podía leer alguna de las sandeces que, en un ataque de frustración mal gestionada, había escrito allí, pero ese en realidad era el menor de mis problemas. La pantalla estaba en blanco y, en el centro, podía leerse «Formulario enviado con éxito».

Me levanté de un salto.

—Perdona…

Dejé a Fran con la palabra en la boca y me precipité hacia la mesa de Tote para camelármelo y que borrase lo que acababa de subir al servidor sin darme cuenta, pero, antes de que llegase hasta él, todos los ordenadores emitieron el sonido de recepción de mail a la vez.

—Tronco —dije jadeante, agachándome al lado de su silla como quien se refugia en una trinchera—, ayúdame con una cosa, por el amor de Dios.

—¿Qué pasa? —Se asustó Tote.

—He lanzado…, em…, el formulario, ¿se puede recuperar del servidor? Lo he mandado a medias.

—Ah, pues no. Pero no te preocupes. Quiero decir, sí se puede modificar, pero está programado por defecto para enviar un mail a toda la plantilla con la presentación en cuanto subes la información, como te he comentado, y…

Miró su pantalla, me miró a mí, puso cara de estar a punto de pasárselo muy bien y abrió el mail.

Genial. De puta madre.

Tote borró todo lo que no se correspondía con la información sobre mi experiencia y formación al momento, pero no te creas que eso me salvó de ninguna vergüenza, porque, a pesar de que se envió otro mail a todo el personal, no había manera de borrar el que habían recibido anteriormente. Todo lo que hizo Tote, cabe decir, lo hizo descojonado de la risa. Y su risa no era discreta.

—De verdad que no me quiero reír, pero es que… —decía sin parar.

Acababa de sentarme de nuevo en mi mesa, centro de todas las miradas, escuchando risitas por doquier, viendo cómo se daban codazos los unos a los otros mientras comentaban mi bonita redacción de bienvenida, cuando mi ordenador empezó a emitir un ruido extraño.

Marieta llamando.

Me puse los cascos, confuso, y le di al botón de responder.

—Hola, Alejo, ¿puedes venir?

—¿Adónde?

La madre que me parió. Ganar tiempo no era lo mío.

—A mi despacho. A tu espalda. Dos pasos a la derecha, puerta de cristal, tres pasos al frente, y soy la pelirroja que está sentada en la mesa. No hay pérdida.

Mi traje bueno hecho a medida, el cuello de la camisa perfectamente almidonado, mis ojos castaños rodeados de estas pestañas de niño bueno que heredé de mamá, la nariz masculina, distinguida, ni demasiado grande ni demasiado pequeña, la barbilla proporcionada que le daba a mi perfil cierto aire aristocrático, la boca en armonía con el resto de sus rasgos, el afeitado bien apurado que dejaba a la vista la piel bien cuidada… Ninguna de esas cosas que sabía que poseía y que tantas veces me habían permitido esconderme o, al menos, minimizar (con mis encantos y mi apariencia elegante) cualquiera de mis cagadas iban a servirme de nada delante de aquella chica, y lo sabía. No me mires así, los guapos tenemos espejo en casa.

Pero no hay pibe mono que valga en una situación como aquella. Mi expresión era un cuadro expresionista pero contenido. Había sido criado y educado con los mejores modales en una buena familia y en los mejores centros de educación privada, pero nunca fui uno de esos tipos que saben jugar al póquer. En cuanto me vio, lanzó un suspiro que parecía decir: «Recursos Humanos se ha equivocado contigo».

—Cierra la puerta y siéntate —pidió con un tono de voz monocorde.

—¿Me vas a despedir?

—¡Uy! —se sorprendió—. Pues no lo había pensado, pero en cualquier caso no sería un despido. Sería cuestión de no formalizar el contrato y dejarlo con que no pasaste la prueba del primer día, pero no puedo, me haces falta. —Se encogió de hombros y sonrió con resignación—. Aunque parece que llevas arrastrando toda la mañana cierta expresión que huele a que tienes unas ganas locas de que no te cojamos.

—Necesito este trabajo —respondí sucinto, pero intentando mirarla con ojos de corderito.

—Bien, pues vamos a revisar mi agenda y todas las cosas en las que te voy a necesitar esta semana, ¿te parece?

Me costó reaccionar. ¿Eso era todo?

—Me parece —dije, entusiasmado con la idea de olvidar mi primera y magistral cagada.

—¿Te apañas con el directorio, las agendas compartidas y demás?

—Sí. Estoy familiarizado con ese tipo de softwares —mentí.

—¿Te ha contado Selene cómo va todo?

—Muy por encima. Me ha dicho que tú me explicarías los pormenores.

Miró el ordenador y, de pronto, levantó las cejas.

—¡Ah! Veo que ya has mandado el mail de presentación. A ver, a ver…

Ni lo pensé. No sé cómo no le pisé los dedos cuando cerré la pantalla de su portátil con todas mis fuerzas. Después de hacerlo, «¿Y ahora qué?» resonó en mi cabeza con furia.

—Preferiría que no leyeras ese mail —musité.

—¿Por?

—Porque lo he mandado sin terminar y, em…, digamos que… he puesto cosas…, yo pensaba que… no me gustaría…

Ella me miraba confusa, pero poco a poco pareció que o lo entendía o mis balbuceos terminaban con su paciencia, porque alargó la mano sobre la mesa, cogió mi muñeca y me pidió que parase.

—Alejo, nuestra relación está, como te dije antes, condenada al éxito.

—Ajá. —Me salió un hilo de voz.

—Así que voy a hacerte el primer favor de tu carrera con nosotros y voy a —me apartó la mano, que seguía sobre su portátil, y levantó la pantalla— borrar ese mail sin leerlo.

Tragué saliva.

—Gracias.

—De gracias nada. —Sonrió con cierta malicia divertida—. Me lo cobraré. ¿Cuál de los dos es el que has llenado de barbaridades?

—Borra los dos mejor.

Ella hizo clic dos veces y después me miró con tranquilidad.

—Vas a acompañarme a todas las reuniones, ¿vale? Así vas haciendo oído. —Me sorprendió el cambio de tema, pero, como me beneficiaba, le seguí el rollo, asintiendo—. Durante la semana intento verme con casi todos los departamentos para estar al día de los avances o las peticiones que vayan surgiendo. Si tienes dudas en esas reuniones, apúntalas y luego las hablamos, aunque siéntete libre para pedir la vez si se te ocurre alguna idea que creas que puede ayudar. ¿Qué más? Sí…, verás, a veces te voy a pedir que hagas cosas por mí, tipo llamar a mi abuela y decirle que no voy a cenar, al fontanero y esas cosas.

Juraría que una lágrima de frustración estaba creciendo en mi lagrimal, pero aún tenía que sentirme agradecido.

—Iremos haciéndonos el uno al otro, pero básicamente este trabajo consiste en que, durante el tiempo que estemos aquí dentro, seas mi sombra.

—Vale —acerté a decir.

—Solo hay unas pocas cosas que no puedes olvidar. Con el resto ya nos iremos acomodando sobre la marcha. Lo primero es que, si llama mi madre, no me la pases. Es muy importante. Que te deje el recado y yo le devolveré la llamada. A poder ser, en cuanto te deje el recado, agéndame devolverle la llamada después de lo último que tenga en el día y en el asunto me pones lo que quiera que te haya dicho. Si no, mi madre es capaz de conseguir que no haga nada en todo el día.

—Vale.

—Lo segundo es que, si ves que no salgo del despacho en más de tres horas o que encadeno reuniones sin parar, oblígame a ingerir alimento y líquido. A veces se me olvida que soy humana.

Su expresión…, Dios, aquello le estaba divirtiendo más de lo que debería.

—Lo digo de verdad —insistió—. Soy como un Tamagotchi. Mi vida está en tus manos.

Satán tenía apuntado su nombre en su agenda de contactos, no cabía duda.

—Vale.

—Estás escueto en palabras.

—Cuando estoy confuso, prefiero ser conciso —respondí rápido.

—Vamos a pasar muchas horas juntos.

—Me lo imagino.

—¿Nos vas a dejar tirados pronto?

—¿Cómo? —Arrugué el ceño.

Parecía un niño al que los Reyes Magos solo le habían traído libros. Ponía esa cara siempre que quería librarme de algún marrón; hasta el momento había funcionado incluso con mi antiguo jefe, pero definitivamente Marieta parecía inmune a mis encantos.

—Me da la sensación de que no has abandonado una búsqueda activa de trabajo y que vas a dejarnos en cuanto encuentres algo mejor —sentenció.

—Es posible —respondí sin pensármelo dos veces—. Pero el mercado está fatal y necesito el trabajo.

La observé. La expresión contenida pero segura. Los hombros tensos. La piel del escote, tersa y blanca. Las pulseras en su muñeca sonaban con cada movimiento. Una mezcla entre el aspecto que esperas de una pacifista que lucha por los derechos de los animales y la energía de una institutriz severa.

—Mira, Alejo. —Se apoyó en la mesa, comprensiva—. Entiendo que vienes de un mundo completamente diferente y me imagino que hay una historia ahí detrás que explica el hecho de que necesites tan desesperadamente este trabajo, pero te voy a decir una cosa: esto puede gustarte. Somos un buen sitio donde trabajar. Vas a tener facilidades que solo podrías soñar en otros curros, vas a estar rodeado de buena gente con ganas de que formes parte del grupo. El sueldo no está mal, seamos sinceros, y no olvides todo lo demás que Like¡t ofrece. No es un mal trato. Solo… relájate un poco. Olvídate de tus prejuicios. Esos prejuicios no dicen nada de nosotros ni del puesto, solo de ti, y no te van a permitir crecer. Dicho esto…, si vas a dejarnos, sabes que es obligatorio avisar con quince días, pero, por deferencia, si puedes comunicárnoslo en cuanto lo sepas, te lo agradeceremos.

Me lo pensé; juro que pensé durante un segundo si aquella no era la situación perfecta para deshacer todo ese entuerto, pero no podía permitirme decirle que mejor nos dábamos un apretón de manos y lo dejábamos allí. Necesitaba el dinero, sería una mancha en mi expediente y, además, no sabía a quién podía conocer Marieta en su vida laboral que me interesase. Así es la vida, una perra que no nos debe nada y que igual acepta tus caricias que te da un mordisco.

—Está bien —terminé diciendo.

—Ve a tomarte un café, échale un vistazo a la oficina, paséate por las mesas, preséntate si quieres…, si te necesito, te llamo, ¿vale?

—Vale.

—Luego te enseño a reservar salas. Lo vas a necesitar.

Cuando certifiqué que ya no quería nada más, me levanté y me dirigí hacia la puerta.

—Ey, Alejo…, puedes venir vestido como quieras, ¿vale? Como más cómodo te sientas.

—Si no os importa, me gustaría seguir viniendo a trabajar con un atuendo formal. Es una manera como cualquier otra de distinguir entre mi vida personal y el tiempo que le dedico al trabajo, pero gracias por la aclaración.

—Estupendo. Por cierto…, sabes que me voy a enterar antes de que acabe el día de lo que decías en ese mail, ¿verdad?

—Lo supongo.

—¿Y qué opinas?

—Que tienes pinta de ser una de esas personas que no juzga a alguien a partir de primeras impresiones y no le darás importancia.

—¿Tú crees?

«Pues no tengo ni idea, pero, hija, la esperanza es lo último que se pierde».

Había fracasado. En la vida. En mis planes. En quién quería ser y qué quería tener. ¿Que qué dramático? Uy, me lo tomé a la tremenda. Para cuando llegué a mi escritorio una nube oscura ya me cubría por entero.

Me llamé de todo a mí mismo. Luego, para compensar, me atusé el ánimo con un poco de autocomplacencia, diciéndome que había tenido muy mala suerte, que el mundo era una mierda y que yo no tenía la culpa. Allí sentado, sin nada que hacer, me puse a echar currículos a todas partes. Con el móvil, eso sí; desde el ordenador del trabajo habría sido una jugada poco magistral. La gente desesperada hace cosas a la desesperada. ¿Sabría papá los sacrificios que me estaba empujando a hacer? Probablemente. Hubiera disfrutado de poder verme allí, recibiendo una curita de humildad.

 

 

A la hora de comer, cuando la sala de trabajo ya estaba prácticamente vacía, yo ya tenía un dolor de cabeza y un asco en el cuerpo que no me soportaba ni yo. La única palabra capaz de definirme en mi plenitud era «amargado». Si antes me consideraba un tiburón de los negocios, ahora era uno de esos peces abisales, feos como un demonio y con cara de odiar como hobby. Marieta salió de su despacho camino a la cafetería, pasó de largo, pero, cuando me vio allí sentado, volvió sobre sus pisadas para plantarse frente a mi mesa.

—Ey, Alejo… ¿No vienes a comer? Puedes sentarte con nosotros. Iba a decir que somos majos, pero mejor concreto que mis amigos son majos y yo hago lo que puedo.

—No sé si será muy conveniente que coma con mi jefa y sus amigos.

No le hizo gracia el tono y no puedo culparla. Había entrado en la fase kamikaze de mi amargura.

—¿Sabes una cosa, Alejo? Fran, Ángela y yo somos amigos desde que teníamos trece años. Estudiamos juntos en un colegio de Moratalaz y… hasta ahora. Puede que la idea de montar Like¡t fuese mía, pero sin ellos hubiera sido imposible y por eso son mis socios, además de mis amigos y los directores de Recursos Humanos y del Departamento Tecnológico, respectivamente. Pero eso no tiene demasiada importancia, sino que todo el mundo, toda la gente que ahora mismo llena esa cafetería, quiere estar aquí. Todos excepto tú.

Un brillo extraño se asomó a sus ojos. Había conseguido tocarle los ovarios.

—Como te he dicho antes, este es un buen sitio para trabajar —siguió—, pero tú no tienes por qué estar de acuerdo.

—No he dicho que no lo esté.

—Todo esto sería aún un proyecto universitario si no se me diera bien analizar a las personas. —Se encogió de hombros con una expresión pacífica—. Mira, voy a ser supersincera, ¿vale? Tu predecesora era una crack. Mati era tan crack que tras la compra le ofrecieron un trabajo en la matriz, en San Francisco, y todos la animamos y nos alegramos por ella, pero es posible que fuese tan buena en lo suyo que me malcriara y me hiciera algo dependiente de sus «cuidados». Lo cierto es que hago muchísimo mejor mi trabajo cuando alguien se ocupa de algunas de mis cosas, y esa sería tu labor. No estoy diciendo que tu curro vaya a consistir en traerme agua de coco o batidos multivitamínicos. No te voy a mandar, al menos no con frecuencia, a la tintorería, pero a lo mejor tienes que animarme a tomarme un descanso y un café alguna tarde, me acompañarás a los viajes y a las reuniones fuera de la oficina porque odio ir sola y cogerás mis llamadas. A veces también te pediré consejo. Si eso supone o supondrá un problema para ti, Alejo, creo que es mejor que no aceptes el trabajo.

—Necesito este trabajo —repetí.

—Ya, eso ya lo has dicho, pero creo que es mejor que ahora te vayas a casa y vuelvas mañana sabiendo si, además de necesitarlo, lo quieres.

Dio un par de palmaditas amistosas a mi mesa y sonrió. Creo que debió de pensar que estaba en medio de un viaje astral, porque me quedé con cara de bobo. Esperaba una reprimenda, un despido, un «mejor te vas, niñato», pero no aquello. Marieta era una líder por naturaleza, pero yo aún no quería verlo. Sin más, se encaminó hacia el comedor de nuevo y, como no me moví de mi sitio, antes de llegar a la cafetería y sin volverse hacia mí, repitió la orden.

—Es mejor que te vayas a casa, Alejo. Mañana hablamos. Sin acritud.

No miró atrás. No había duda de que estaba bastante segura de haber hecho lo que debía.

5

El mejor asistente

Podría decir que llegué a casa airado, pero la verdad es que lo que sentía era alivio; un alivio cobarde e infantil, pero alivio, al fin y al cabo. Siendo honesto, lo que había hecho Marieta me parecía bien: «¿No quieres estar aquí? Pues andando a tu casa». Lo único que me generaba cierto desconcierto era que, si alguien me hubiera preguntado por mi comportamiento, hubiera jurado ser la viva muestra de la amabilidad y el saber estar. Al final iban a tener razón mis padres y lo malcriado que estaba ya se me notaba hasta en la cara. Aunque lo de malcriado lo digo ahora, en aquel momento hablaba de «malacostumbrado». Que no me jodieran, yo estaba seguro de estar muy por encima de aquel maldito puesto de asistente.

Esperaba que me recibiera el olor de comida. Mis hermanos tenían clase solo por la mañana y a aquellas horas ya solían estar en casa preparándose lo que cualquier estudiante prepara para no morirse de hambre (pero sí poder sufrir escorbuto, por otro lado). Sin embargo, sorpresa: allí no olía a nada comestible y ellos estaban sentados en el sofá viendo viejas reposiciones de Friends.

—¿Qué quieres que te diga? La relación entre Rachel y Ross siempre me ha parecido de lo más tóxica —murmuró Alfon.

—Es solo una serie, por Dios. —Escuché quejarse a Manuel.

—No es solo una serie. La ficción reproduce roles y estereotipos que perpetúan problemas reales en la sociedad, porque los normalizan.

Ambos se miraron en una especie de reto silencioso que terminó en tablas, porque se callaron. Era mi turno:

—Creo que mamá y papá eran demasiado mayores cuando os tuvieron. O los dos os caísteis de la cuna, porque a anormales no os gana nadie.

—Habló… la oveja negra.

Los dos se desternillaron de risa.

—¿Vosotros no coméis?

Se volvieron a mirarme con interés, como si hubieran caído en la cuenta de pronto de que yo no debía estar allí.

—Hemos comido en la uni —dijo Manuel.

—Pollo con patatas. ¿Qué haces aquí?

—Tengo problemas para gestionar la frustración y mis padres me condenaron a vivir con los troles. Así, por resumir.

Respondieron con un gesto gemelo de hastío. Hasta mis hermanos pequeños, mucho más pequeños que yo, parecían estar hartos de mi actitud.

—¿Tan mal ha ido el primer día? —lanzó de soslayo Manuel, mirando la hora.

Pensé en desahogarme. Es posible que incluso abriera la boca con la intención de hacerlo, pero una cadena de pensamientos se desarrolló rápido en mi cabeza hasta terminar con la imagen de mis padres completamente indignados cortándome el suministro para siempre, incluyendo la posibilidad de mover contactos para enchufarme en otra empresa. Debía demostrar valía por mí mismo para que eso sucediera y, para ello, tenía que dar una imagen que no era de hecho la real.

—Ha ido estupendamente —sentencié—. Perdonad si no entro en detalles, pero he firmado unos contratos de confidencialidad y… ya sabéis.

—No, si ahora se pensará que trabaja en la CIA —respondió Alfon en un murmullo.

—¿Y vosotros qué? ¿Habéis jugado al fútbol en el cole?

Me enseñaron el dedo corazón a la vez y yo pensé en ese pollo con patatas que decían haberse comido en la universidad. Prefería la cocina de Irma, la cocinera de mis padres, pero lejos quedaban los días en los que me dejaba caer por allí para hacerme con táperes y birlar vino bueno de la bodega de mi señor progenitor. Ahora yo era un lobo solitario, un hombre que demostraba que podía sobrevivir tan bien con privilegios y comodidades como sin ellos.

Ja.

Abrí la nevera y casi escuché el eco de mi respiración.

—¡No hay nada en la nevera! —grité.

—Hay yogures y unos sanjacobos congelados —informó Manuel.

—Hasta que no nos des los trescientos euros del mes, no hay más.

—¡¿Qué trescientos euros?! —grité.

—Los que papá dice que nos darás para hacer la compra.

—¿Que papa dice qué…? —Cogí aire. Un día de estos me iba a dar un ataque—. ¿Y cómo vamos a sobrevivir con esto?

—Pues no sé —sentenció Alfon—. Aunque deberías decir: «¿Cómo voy a sobrevivir con esto?». Porque nosotros comemos en la universidad.

—¿Con qué dinero, payasos?

—Con el que tenemos en la tarjeta de estudiantes, mandril, y con nuestra paga.

Abrí el congelador con un gruñido, saqué la caja de sanjacobos y me puse a leer las instrucciones. ¿Cómo cojones se preparaban?

Veinte minutos después me comía algo aceitoso y ennegrecido relleno de jamón y queso congelado.

 

 

—¿Qué tal ha ido el primer día de trabajo?

Por lo bajo que hablaba mamá estaba claro que me estaba llamando a espaldas de papá, y eso solo podía significar que mi progenitor continuaba muy enfadado conmigo. «Enfadado no, terriblemente decepcionado», me dijo cuando salí de su casa la última vez.

Tenía un amigo que trabajaba en una gran consultora, de la que era socio. Sabía que, si papá se lo decía, este podría buscarme un puesto o incluso hacérmelo a medida en algún departamento con buena proyección; quizá, con suerte, hasta podría mandarme a alguna de las oficinas líderes, como Londres o Nueva York. Siempre había querido vivir fuera y así no tendría nada que envidiarle a mi ex. Sería una buena…

—¿Alejo?

—Bien, bien, mamá.

—¿Bien de verdad o me lo dices para que no me preocupe?

—No, no. Ha sido una grata sorpresa.

—Ah, ¿sí? ¿Le ves futuro a esto?

Un futuro muy oscuro, muy oscuro.

—Totalmente. No opté al puesto con mucha esperanza, más bien para…, ya sabes, un mientras tanto, para adquirir experiencia en otro sector…, esas cosas. Pero es una… —a ver qué me inventaba ahora—, es una empresa muy interesante, joven, en la que creo que tengo mucho que aportar.

—Fíjate, cómo es la vida. ¿Ves? Nunca se sabe dónde vamos a encontrar un tesoro escondido.

Tesoro envenenado. Un cofrecito de ántrax.

—Ya ves. —Miré la pared de la habitación que me había tocado. Por llegar el último, era más pequeña que las que ocupaban mis hermanos, pero aun así tenía bastante espacio—. Les interesaba mucho mi experiencia. Voy a trabajar codo con codo con el CEO y…

Sí, dije «el CEO», no entiendo por qué. Después no se me ocurría nada más que añadir, así que acabé con la conversación antes de que se me viera el plumero.

—Dime, dime —insistió ella.

—No te quiero aburrir, mamá. Solo dile a papá que…, bueno, que no se preocupe, que puedo yo solo.

¿Pataleta? Puede ser. Quise sonar independiente y maduro, pero me temo que se me notaba enfurruñado.

—Déjale que se le pase, Alejo, mi vida. Él es de otra generación y se le ha olvidado lo que es ser joven, tener planes y tanta hambre de vida. Pero en cuanto te vea centrado…, ya verás. En cuanto te vea centrado se le van a ocurrir mil posibilidades donde cuadras mejor que en esa pequeña empresa.

—Es pequeña en España, mamá, pero forma parte de una gran multinacional.

—Ah, no lo sabíamos. Se lo dejaré caer a papá en la cena. —«Eso, eso. Díselo al grandullón, que sepa que su primogénito se apaña muy bien solito…, aunque sea mentira»—. No te entretengo más, que seguro que estás cansado de las emociones del primer día y tendrás que prepararte la ropa de mañana.

—Sí, bueno.

—¿Y la comida?

—Me la pagan —suspiré acordándome de lo bien que olía lo que fuera que habían preparado aquel mediodía—. Tenemos un bufet todos los días. Desayuno, almuerzo, comida, fruta…, lo que quieras. Y gimnasio. Y masajista. Sala de descanso también y puedes ir a nadar por las mañanas, antes de entrar a trabajar.

—Ay, Alejo, cuánto me alegro, cariño. Cuando quisiste dedicarte a la consultoría financiera no las tenía todas conmigo. Me recordó al tipo de vida que escogió tu padre, aunque él sea abogado. Hemos vivido juntos los últimos treinta y cinco años, y te digo que esto no es vida. Bueno, es vida para él, pero no es calidad de vida. Me he pasado años y años temiendo que le diera un infarto. Tanto trabajar, tan poco descanso. Chico, el dinero, el estatus de un cargo, los contactos…, esas cosas no lo son todo. Puede que no te paguen lo que cobrabas en el otro trabajo, pero te ofrecen mucho más. Tener vida privada y social, poder cuidar de ti; eso es mucho más. Ahora ya solo falta que conozcas a una buena chica y…

—Y te haga abuela —me burlé, aunque tener hijos aún no había salido de mis planes—. Adiós, mamá. Descansa.

Dejé el teléfono en la mesita de noche que mis abuelos compraron cuando la decoración nórdica no había llegado a España y todo era oscuro. Me imaginaba a mi madre en su despacho, parapetada detrás de montañas de libros, haciendo una pausa en la preparación de sus clases para llamarme a escondidas. Mi madre, catedrática de Historia en la Universidad Complutense y directora del Departamento de Historia Antigua, que, para el resto de mi familia, era «la hippy» de la casa. Creo que es fácil imaginar el contexto del que yo venía…

Frente a mí, un cuadro en el que se representaba la Anunciación a la Virgen María. En la otra pared un rosario de madera enorme a modo de adorno. La madre que me parió… Pensé en aquella habitación; en el yogur que me esperaba en la nevera; en la suscripción al gimnasio de lujo que papá había cancelado en mi nombre; en la moto cuyas llaves me había hecho devolverle; en el coche de mamá, que tan bien me venía de vez en cuando; en mi vida social con la que fue mi novia y en las mañanas de «un rapidito» antes de ir a trabajar; las copas en Fortuny, daba igual a qué precio; la ropa de marca; los trabajos de mis amigos; las bodas a las que estaba invitado…

Me froté la cara, me levanté de la cama, abrí el armario y saqué un traje más sport que el que había llevado aquel día, una camisa y unos zapatos. Lo dejé todo en la silla que había frente al buró que ocupaba una esquina de la habitación y programé el despertador.

Mi vida, la vida que me pertenecía, dependía de que yo jugase bien mis cartas… y aprendiera a jugar al póquer.

Al día siguiente iba a ir a trabajar y sería el mejor asistente que Marieta Durán podría haber soñado jamás.

O algo así. Si no lo conseguía, siempre podría manipularla lo suficiente como para parecerlo, ¿verdad?

6

Todo en orden

Cuando la turba de modernos vestidos de fantoches empezó a llenar la sala común de trabajo, yo ya estaba parapetado detrás de mi ordenador, intentando familiarizarme con la agenda de mi jefa. No sabía ni por dónde comenzar, de modo que evoqué los recuerdos de lo que hacía la secretaria de departamento en mi antiguo trabajo para darme cuenta muy pronto de que quizá debería haber prestado más atención a su trabajo. Aquel día Marieta tenía algunas reuniones (cuyos temas me sonaban a chino mandarín) y entre ellas una que parecía importante y a la que acudían representantes de muchos departamentos diferentes; al final de la tarde, tenía programada también una videollamada de seguimiento con la oficina internacional. Hoy, con todo este tiempo a mis espaldas, aún no sabría definir bien el trabajo de Marieta. Era una labor de coordinación, sí, pero mucho más que eso. Era algo así como una ingeniera de la imaginación, pero eso yo aún no lo sabía.

No me pasó desapercibida la mirada que me fueron echando todos mis compañeros antes de ocupar las mesas; jóvenes y mayores me estudiaban con curiosidad, como si el extraño fuese yo, con aquel traje gris y camisa blanca, y no ellos, con pelos de colores, piercings por la cara, transparencias, encajes, maquillajes color neón y zapatones de plataforma. Quizá en su mundo era así. Quizá en Like¡t yo era el bicho raro. Quizá solo era el pibe extraño que había mandado un mail lleno de mierda para presentarse. Quizá aún no había entendido que las rarezas son solo resultado de no estar habituado a lo que sorprende. Falta de mundo.

Marieta entró como una exhalación, casi flotando, saludando a todo el mundo. Su pelo color fuego suelto, salvaje y ondulado bailaba a su alrededor y el vestido de flores escotado que llevaba puesto se movía con la misma gracia que ella. Salvaje pero delicada, como una puta ninfa. Adornaba su cuello con unas perlas naturales y andaba sobre unas sandalias de tiras marrones con una tosca plataforma de madera. Podría parecer que estas prendas no encajaban entre sí, pero todo se manifestaba uniforme, coherente.

Si se sorprendió al verme, no dio muestras de ello. Pasó por mi lado, me sonrió, me dio los buenos días y entró en el despacho. Me colé dentro, detrás de ella, antes de que la puerta se hubiera cerrado, como había visto hacer tantas veces a la secretaria de mi jefe. Por la mañana repasaban agenda, eso seguro.

—Qué bien verte por aquí, Alejo.

—Buenos días, señorita Durán. Tiene la primera reunión dentro de media hora con el Departamento de Diseño. El asunto es «Pantonera de colores corporativos». Después, a las once, otra para hablar de —miré mi cuaderno, donde me había anotado la chuleta con un evidente ardor de estómago. Me sentía desarrollando un papel en una opereta, dándole vida a un personaje que ni de lejos era yo— temas «para comentar con la central». A esa reunión acudirán varios departamentos.

—Alejo —me paró—. Gracias, pero, por favor, tutéame.

—Claro, como prefieras. ¿Repasamos el resto del día?

—No hace falta. —Sonrió sin mirarme, sentándose y acomodando sus cosas en la mesa. ¿Por qué me miraba tan poco y cuando lo hacía no notaba…, qué no notaba?—. Ya le echo yo un vistazo a la agenda. Necesito que vengas conmigo a todas las reuniones para que vayas haciendo oído con nuestra jerga, preguntes lo que necesites y conozcas al resto del equipo poco a poco. Si no te acuerdas de algún nombre, pregunta, sin vergüenza.

—Bien. Otra cosa…

—Dime. —Apoyó los codos en la mesa y me miró sonriente. Tenía los dientes blancos, bonitos, alineados y unos labios gruesos pintados de un tono marrón cobrizo.

Me desconcentré.

—Dime —repitió.

—Iba a traerte un café, pero no sé cómo lo tomas.

—Lo tomo con mogollón de bebida vegetal, ardiendo y dos cucharadas de panela, pero no te preocupes, me gusta ir a por él a la cocina. Siempre me tienta algo de comer.

Asentí, sin saber qué más decirle.

—Muchas gracias, Alejo. Es evidente que has meditado sobre lo que te dije ayer.

—Sí, lo he hecho. Quiero estar aquí.

—Ya, sí. Necesitas el trabajo, lo sé. —Se acomodó en su asiento, cruzó las piernas y se empujó para meterlas bajo la mesa—. ¿Me dejas darte un consejo?

—Claro.

—Tener iniciativa es genial. Venir aquí y repasar conmigo la agenda demuestra proactividad y la voluntad de encajar en el puesto, pero…

—¿Pero? —se me escapó.

—Intenta no hacerlo todo con cara de estar manipulando heces.

Levanté las cejas sorprendido.

—Pensé que…

—Te delata el labio superior. —Me señaló riéndose—. Se te arruga así, como con asco. Como si, en lo más profundo de tu ser, tu alma se estuviera calcinando en el fuego del infierno por tener que servir a otra persona.

Abrí los ojos como platos. Con cada una de sus aportaciones, mi expresión parecía más alucinada.

—Esto no va de servir, ¿vale? Esto va de echarnos una mano. Debes de ser de los que piensan que el hecho de que una empresa se defina como «una gran familia» da un asco que flipas, pero, en este caso…, somos como una enorme pandilla de amigos con la intención de seguir ganando dinero con nuestras ideas. Es posible hasta que disfrutes aquí… dentro de un par de semanas. Tómate estos primeros días como quien se aplica vaselina con mimo. Lo que viene después quizá hasta te guste.

Levantó un par de veces las cejas y sonrió. No tenía muy claro si estaba vacilándome, si era la típica broma al novato o si el ardor que yo notaba en la garganta y en la boca del estómago se debía a que, efectivamente, mi alma estaba cociéndose en su propia sangre.

—¿Gracias?… —No pude evitar que sonase a pregunta.

—De nada.

Me giré hacia la puerta, queriendo salir de allí para ir a mirarme en el espejo y ver si era cierto que, sin mi consentimiento, estaba poniendo cara de mierda, pero Marieta volvió a llamarme.

—Por cierto, Alejo…

—Dime.

—Pide una tablet. Quien te vea paseando un cuaderno en una empresa tecnológica…

—Vale. —¿A quién narices había que pedírsela?

Sonrió; sonrió con sorna, segura de sí misma, canalla, sabedora de que, probablemente, el machito adinerado que tenía delante de ella se revolvía por dentro por tener que ser secretario. Sonrió, pero quiso ser amable.

—¿Y cómo te gusta a ti el café?

—Cortado, sin azúcar.

—¿Leche de vaca?

—Sí, qué vintage, ¿eh?…

Lanzó una sonora carcajada que a punto estuvo de hacerme sonreír.

—Vale, es bueno saberlo.

—Si vas a traerme tú el café, la leche me gusta templadita.

—No te sueltes tanto. —Con una sonrisa espléndida bajó la mirada hacia su ordenador, que emitió el clásico sonido de encendido—. Buenos días. Te veo en un rato.

Salí, dejé la libreta sobre la mesa y salí disparado hacia el baño. Mejor no te cuento que el baño de la empresa era más bonito y estaba muchísimo más limpio que el de mi casa.

Vivir con mis hermanos postadolescentes…, qué bajo había caído.

 

 

Para un tipo como yo, que se consideraba sobrecualificado para el puesto que estaba ocupando, fue perturbador darme cuenta de que, por más interés que trataba de poner a lo que escuchaba en las reuniones, no entendía la mitad de lo que se comentaba. Una persona normal habría llenado el cuaderno de preguntas para ponerse al día más tarde, aceptando la propuesta de Marieta de ahondar en todo aquello que no comprendiera, pero mi orgullo me lo impedía. Siempre he tenido una idea un tanto perversa de la eficacia: pedir ayuda no forma parte del proceso. Así que, cuando después de cada reunión mi jefa me preguntaba si tenía alguna consulta, yo ponía cara de tenerlo todo controlado y negaba.

—Todo en orden.

—No pasa nada si aún hay algo que no domines. Lo repasamos y así…

—No, no. Prefiero empezar cuanto antes con el total de mis funciones.

No me pasó desapercibida la expresión de perplejidad que se le dibujaba. Intentando ser el más guay, estaba siendo el más pedante. Por no hablar de que, por muy preparadito que yo me pensara que estaba, no había Dios que se creyera que podía hacer un trabajo tan diferente al mío sin tener que hacer ni media pregunta. A veces la estupidez se demuestra abriendo la boca y se prolonga con el silencio.

Todo aquello entraba en guerra con mis intenciones de triunfar sobre aquella situación que yo juzgaba tan desfavorable. Tenía que comportarme como si papá estuviera viéndome en una especie de Gran Hermano. Tenía que ser el puto Tony Stark con o sin traje de Ironman. Bueno, mejor con el traje. Tenía que ser infalible.

Seguí en una especie de trance, dejándome llevar por la jefa y su vestido de flores que iba de sala en sala, hasta que, en la reunión de temas «para comentar con la central», algo me hizo resucitar. Se estaba hablando de cómo se percibía la empresa, echándose flores sin parar, y desde fuera, yo, sentado detrás de Marieta (porque no me quise sentar a su lado para que no notase que me la pelaba de lo que hablaran), sentí el deseo irrefrenable de compartir mi opinión, aunque a todas luces era una mala idea.

—No podemos olvidar que estamos posicionados como la aplicación más fiable si quieres encontrar a alguien con quien tener una relación —comentaba una de las personas de Relaciones Públicas, Comunicación o Márquetin. Vete tú a saber; los confundía a todos—. Eso nos coloca como líderes en…

—Y es genial —interrumpió Marieta con educación—, pero estamos olvidando la otra cara de las aplicaciones para ligar: también queremos que la gente que solo quiere echar un polvo se la descargue.

¿Me sorprendió? Me sorprendió.

—Pero para eso ya están todas las demás —le respondió la chica que estaba haciendo la presentación—. Nosotros nos diferenciamos en el mercado por…

—Somos una aplicación para ligar, no una casamentera judía ortodoxa que solo busca el matrimonio. ¿Qué pasa con la gente que no cree en el amor o que no lo busca?

Una especie de risa sarcástica salió de mi garganta y Marieta se volvió a mirarme, pero yo disimulé haciendo como que tomaba notas. Estaba escribiendo mi nombre sin parar.

—No sé. Yo entro a la aplicación —dijo mi jefa con naturalidad— y todo lo que encuentro son perfiles de tíos que buscan una relación, quieren hijos y que dicen que les gusta pasear por la playa.

—Dime desde dónde te conectas para darme una vuelta, porque a mí solo me salen «aún no sé lo que quiero» y «fluyamos», que no me puede dar más rabia. Fluyamos, fluyamos…, ¿qué pasa? ¿Hemos pasado de ser sólidos a líquidos y no me he enterado? —dijo Ángela, la CTO, a la que me habían presentado aquella misma mañana—. ¿Cuál es el problema de que fomentemos las relaciones de largo recorrido?

—¡Que me aburro! —se quejó Marieta.

Esta vez el «ja» sí que se me escapó bastante articulado y ella, en lugar de conformarse con mirarme, me instó a compartir mis impresiones con el resto.

—Parece que te resulta gracioso.

—Bueno…, es que… estoy de acuerdo con Marina.

—Mariana —puntualizó la chica que estaba haciendo la presentación.

—Mariana, perdón. Estoy de acuerdo en que ya hay demasiadas aplicaciones para buscar un pinchito de una noche.

—¿Ha dicho «pinchito de una noche»? —quiso saber Marieta con una sonrisa, dirigiéndose a los demás—. No me lo puedo creer.

—A ver, la cosa ya está suficientemente jodida como para… —puntualicé.

—¿Qué cosa está jodida? —preguntó curiosa mi jefa.

—Bueno, ya sabes. Esta modernidad en la que todo tiene que ser rápido y fácil y parece que nada vale la pena de verdad. Las relaciones son otra cosa.

—¿Y qué son?

—Partamos de la base de que yo no creo que vaya a encontrarse algo realmente estable ni fiable dentro de una aplicación. Ni de la vuestra ni de ninguna. El mundo real está ahí fuera, parapetarse detrás de un móvil me parece cobarde, frío y… una transacción. ¿No es como si se estuviese comprando una relación online?

—¿Nunca has usado una? —insistió.

—Jamás.

—¿En qué planeta dices que vivías?

Todos reímos.

—No, en serio —quise defender mi postura—. Hay un problemón increíble ahora mismo con esto de las relaciones líquidas. La gente no es que no quiera formalizar una relación, es que parece que incluso está mal visto.

—¿No estás de acuerdo con las relaciones líquidas? —volvió a preguntar.

—¡No! ¡Claro que no! ¿Quién, siendo completamente sincero, quiere echar un polvo y que la otra persona le olvide en cuanto terminen de follar? A nadie le gusta sentirse usado.

—¿Cómo que sentirse usado? Que el sexo es algo supernatural. Y, sorpresa, hace ya tiempo que no está mal visto tener sexo fuera del matrimonio. Yo misma si busco, busco diversión, compañía de una noche, unas copas y adiós —respondió con una sonrisa—. Bienvenido al siglo XXI, Alejo. Las prioridades han cambiado.

—Muy agradecido por que compartas una información tan íntima conmigo, pero, punto y aparte…, ¿la gente ya no quiere encontrar alguien con quien sentar la cabeza?

—Me parece increíble estar teniendo esta conversación con un tío —murmuró.

—Y yo con una piba —se me escapó.

Noté cómo algunos de los presentes contenían la respiración, pero yo seguí defendiendo mi postura.

—El trabajo, el individualismo, el retraso cada vez mayor a la hora de decidirnos a casarnos o tener hijos…, vamos a acabar con el mundo.

—¿Te refieres a un planeta Tierra claramente sobrepoblado?

—No le hagas ni caso —me pidió Ángela con una sonrisa—. Es de esas que creen que el amor es el opio del pueblo.

—No puedes estar hablando en serio. —Me reí—. ¡Diriges una aplicación que defiende que puedes encontrar el amor para toda la vida!

—Eh, eh, eh. Que puedes encontrar el amor. —Levantó un dedo, queriendo dejarlo claro—. Pero no el amor para toda la vida. Ese concepto está obsoleto.

—¿Por qué?

—¡Pues porque el mundo ha cambiado! —respondió como si fuera obvio—. Porque socializamos más, han cambiado los roles, se han puesto en duda ciertas costumbres y… puedes encontrar el amor y puede ser para siempre, pero que no lo sea no significa que no haya sido amor.

—Ah, te pones romántica —me burlé.

—En absoluto. A mí el amor, como bien apuntaba Ángela, me parece el opio del pueblo. —Sonrió.

—¿Y cuál es entonces tu objetivo vital?

—¡Debes de estar de coña! —Se rio abiertamente. Cuando lo hacía parecía muchísimo más joven, una adolescente jugando a los negocios—. Dejar una huella en el mundo, tratar de que mi paso por aquí no sea ni infructuoso ni negativo. Quiero realizarme, viajar, vivir…

—¿Y eso excluye tener una pareja?

—Yo lo que quiero es estar tranquila —sentenció con una sonrisa—. Quiero entrar y salir, venir a la oficina cuando quiera, aunque sea domingo, pasarme el fin de semana en chándal sin ducharme y seguir siendo completamente independiente. No quiero tener que preocuparme por otra persona. ¿Te acuerdas de que tenéis que recordarme que me hidrate y me alimente? Tengo de sobra con cuidarme a mí misma y no decepcionarme por el camino.

—Tienes una idea perversa de las relaciones.

—¿Te das cuenta de que hablas de «relaciones» y no de «amor»? Yo creo que tu concepto tampoco es muy romántico.

—¿Y entonces qué es?

—Mecánico —sentenció—. Tú no has puesto en duda el orden con el que tus padres hicieron las cosas y, como a ellos les debió de ir bien, quieres repetirlo, aplicarte el molde.

—¿Y qué pasa si es así? ¿Es que soy menos tío por creer en la vida en pareja?

—No. —Se rio, con el ceño fruncido—. Pero quizá la vida termine dándote la sorpresa de que tratar de seguir el patrón de otros solo lleva a la imitación vacía.

—La imitación es la forma más sincera de admiración —respondí satisfecho, creyendo que sería mía la última palabra.

—La copia nunca podrá sustituir al original y, discúlpame, además soporta bastante mal las comparaciones.

Durante unos minutos de silencio, nos dimos cuenta de que habíamos acaparado la atención de todos, que nos observaban entre curiosos y divertidos. A mí al principio me había parecido interesante y hasta gracioso, pero me daba la sensación de que aquello no iba a hacerme precisamente más popular dentro de la empresa. Marieta recogió el cetro de poder que había dejado a un lado mientras dialogábamos y, después de un carraspeó, siguió:

—Gracias, Alejo. Me gusta que participes en las reuniones y que se genere debate, pero la próxima vez, en vez de gorjear como un pajarillo, pide el turno de palabra, que no comemos.

Asumí que en aquella «lucha» había ganado ella, pero pensé que lo había hecho con falacias. Sabía de muchas chicas que enarbolaban discursos como el suyo, pero siempre terminaban sucumbiendo a la idea de las relaciones convencionales, con boda, hijos y bautizos con el faldón bordado del abuelo. Estaba seguro de que Marieta era de esas y que terminaría dejando el puesto para poder cuidar de sus hijos.

No me juzgues. Era duro de mollera. Entendía la vida de una manera y me costaba plantearme que hubiera otras fórmulas correctas. Para el Alejo de entonces las cosas eran blancas o negras: o pensabas como yo o en realidad estabas equivocado y te autoengañabas.

 

 

—Hola, Alejo.

Una chica con el pelo rapado y de color verde lima me sonrió delante del escritorio donde yo estaba intentando desentrañar el significado de unas siglas a las que se refería un mail que Marieta me había rebotado para que «me encargase de ponerlo en su agenda».

—Hola…, perdona, no sé tu nombre.

—Me llamo Gisela.

—¿En qué puedo ayudarte, Gisela?

Me di repelús. Parecí un mayordomo inglés. Ese no era el tono que quería para mi trabajo. Carraspeé y cambié la expresión facial a una un poco más ceñuda.

—Iba a mandarte un mail, pero he pensado que era mejor acercarme, presentarme y decírtelo en persona; así, si te surge alguna duda sobre lo que te voy a pedir, lo hablamos.

—Pues tú dirás.

—Verás, necesito que programes una videoconferencia con Marieta y el equipo de NN. Convócalos a todos, y a Lorena y Fabián, del Departamento Legal en España. También a J. Milles y S. Williams, del Departamento Legal de la matriz. El resto del departamento la seguirá desde su escritorio, uniéndose sin cámara, pero necesitamos la sala multimedia. Vamos a compartir una presentación con ellos y a grabar la reunión.

La miré fijamente, mordiendo el interior de mi labio inferior. «No dejes que el enemigo huela tu miedo», me dije. Asentí.

—Muy bien —sentencié.

—¿Quieres que te lo mande mejor por escrito para que no te baile ningún nombre? —Hizo una mueca, como dudando—. Sí, es mejor que te lo mande por escrito. Perdona por venir aquí y abordarte a las bravas.

—No, no. No te preocupes —asentí seguro de mí mismo, probablemente para darme ánimos—. Lo anoto aquí ahora mismo y lo pongo en cola. Tendrás que esperar a que te toque el turno, claro.

No me pasó desapercibida la mirada que me echó, mitad inquietud, mitad sorpresa.

—Eh…, vale, pero no dudes en escribirme si al final tienes alguna pregunta. No estás aún familiarizado con las salas y…

—No, no, de verdad, Gisela. No tienes de qué preocuparte.

«Yo ser el mejor asistente de la historia. Tú no tener que preocupar».

La despedí con una sonrisa autómata y cuando la vi alejarse, echando miradas hacia mi mesa claramente confusa, me escabullí hasta la cocina buscando un momento de soledad y espacio para respirar profundamente sin que nadie me viese.

Me comí, de cara a la pared, dos bollos y tres barritas de muesli, y bebí, para que pasase todo, dos zumos de naranja, fresa y plátano que estaban cojonudos. Por favor, qué hambre tenía. Lo de aquel piso compartido con mis hermanos iba a terminar en desnutrición severa. Tenía los trescientos euros para la compra, pero, no sé por qué, me resistía a soltarlos. Era como si al dárselos fuera a perder la batalla.

El teléfono estaba sonando cuando volví a mi mesa. Bueno, el teléfono exactamente no, porque todo se hacía a través de una aplicación en el portátil que la empresa me había facilitado. Me puse los auriculares, con los que me recordaba a la Britney Spears de los dosmiles, y respondí:

—¿Sí?

—Hola, Alejo, romanticón —se burló la voz. Iba a responder que ese comentario estaba bastante fuera de lugar, en un tono gélido y distante, hasta que se identificó—: Soy Ángela. ¿Me puedes pasar con Marieta o está ocupada? No me responde, pero está en su despacho y… necesito que me dé el visto bueno a una cosa ya mismo.

Miré por encima de mi hombro y vi a Marieta mover el cuello, como para crujírselo a sí misma, frente a su ordenador. Parecía libre, pero se me olvidó mirar su agenda antes para confirmarlo. Si no tenía una reunión es que estaba disponible, ¿no?

—Te la paso.

Llamé a Marieta, pero no lo cogió. Me volví a mirarla: estaba observando la pantalla del ordenador con el ceño fruncidísimo. Cuando la llamada se cortó, volví a intentarlo. Contestó, mirándome.

—¿Qué pasa?

—Te paso a… Ángeles.

—Será Ángela.

—Eso —respondí, pillado.

La escuché bufar, aunque tampoco entendí el motivo. Qué poca paciencia. Solo era un nombre… Hice lo que el manual decía que debía hacer para pasarle la llamada y volví orgulloso a mis quehaceres: intentar averiguar qué cojones me pedía todo el mundo en sus mails.

La puerta del despacho se abrió y Marieta se acercó a mi mesa, moviéndose como si en realidad los pies reptaran sobre el suelo de cemento pulido de la oficina. Era evocador y daba miedo, todo a la vez.

—Dime —le dije solícito.

—Vaya llamada más corta, ¿eh? —Abrió mucho los ojos, como queriendo evidenciar algo.

—Sí, eso parece.

—No me has pasado a Ángela —me aclaró—. La has debido de dejar en espera.

—Claro, para pasártela después.

—No me la has pasado.

—Pues le pasará algo a esto. —Señalé el ordenador—. Yo he seguido los pasos del manual.

—Pensaba que estabas familiarizado con estos softwares. —Arqueó las cejas.

—Em…, el de mi anterior empresa era más moderno.

—Vaya. —Puso la mano en la cadera—. Si quieres, en la reunión del viernes, se lo dices a Ángela y su equipo, que lo pusieron en marcha.

Ups.

—Alejo —suspiró—, ¿has mirado mi agenda antes de pasarme la llamada?

Ay…

—No, pero como era Ángeles…

—Ángela.

—Eso. Como era Ángela, pensé que era importante.

—Seguramente lo era, pero ella sabe que si tengo… —Puso los ojos en blanco—. Da igual. Estoy perdiendo el tiempo. Dile que estoy preparando la reunión de internacional y que luego la llamo, pero que si es superurgente hable con el cabeza de departamento que toque mientras tanto.

Marieta se dio la vuelta y, sin añadir nada más, se metió en su despacho. Miré la agenda por curiosidad: «Preparación reunión internacional. Por favor: no molestar. No pasar llamadas durante una hora».

Ups…, bis.

A los cinco minutos, Ángela volvió a llamar.

—Alejo…, me has tenido un buen rato en espera…, ¿pasa algo?

—Eh…, es que Marieta no podía. Me ha dicho que no podía, es verdad. Esto…, que delega en los otros departamentos, dice.

A Ángela no le hizo falta confesar que dudaba mucho de que esas fueran las palabras de Marieta; se notó en su silencio. Mi plan para ser el mejor asistente del mundo estaba fallando. En la reunión había quedado como un caballero andante anacrónico y rancio (lo vi en sus miradas), mi trabajo se me daba mal y se me estaba acumulando mucho desastre ya. Si me hubiese visto papá, se hubiese echado unas buenas risas. Creo que hasta se habría encendido un puro, y eso que solo fuma en ocasiones especiales.

Otra lección: que estés superpreparado en tu campo no significa que puedas desempeñar cualquier trabajo. Cada uno tiene su idiosincrasia. Ninguno es sencillamente fácil.

Aún no me había repuesto del bochorno cuando el teléfono volvió a sonar. Qué barbaridad, aquello parecía un call center. Miré en la pantalla y me apareció que la llamada entrante venía rebotada desde el teléfono de Marieta, que aún no debía de haber quitado el desvío de su teléfono al mío. Descolgué:

—¿Sí?

—¿Hola? —La voz de una mujer mayor.

—Hola.

—Ay…, tú eres nuevo, ¿verdad? Yo no he hablado contigo antes.

—Sí, soy el nuevo asistente de la señora Durán.

—Ay, la señora Durán. —Se rio—. ¿Ella te ha escuchado llamarla así?

—Sí. No le gustó, es verdad.

—Nada, no te preocupes que yo no le digo nada. ¿Puedo hablar con Marieta, por favor? Es una llamada personal. Familiar.

—Eh…

Un flashback me cruzó la cabeza y escuché: «Lo primero es que, si llama mi madre, no me la pases. Es muy importante».

—Ahora mismo no se la puedo pasar, señora, pero, si me deja el mensaje, le devolverá la llamada en cuanto pueda.

—Hum…, qué raro. Qué ocupada está. Seguro que no ha ni desayunado…

Pues…, aparte del café con el que la había visto pasearse por la sala de trabajo común…, no. Casi podía afirmar que no había desayunado. Ay, madre, el Tamagotchi, que, si se me moría, me dejaba sin trabajo.

—Dile que nos han cambiado la hora del médico de pasado mañana a mañana a las nueve, pero que no hace falta que venga, que ya voy yo con su abuelo, que total es quitarle los puntos del corte que se hizo.

—Vale. —Lo garabateé en un papel y me volví a sentir orgulloso. Al final, ya lo decía yo, iba a cogerle el tranquillo rápido a aquello—. Anotado. Le pasaré el mensaje en cuanto esté disponible.

—Gracias, majo.

—Que tenga buena tarde.

En el mismo momento en el que colgué, entró una nueva llamada. Entre todos me iban a volver loco. Así no se podía trabajar…

Ah, espera, que mi trabajo era responder al teléfono.

—¿Sí?

—Hola, buenos días. —Una voz femenina, joven y encantadora contestó—. ¿Me puedes pasar a Marieta, por favor? Es urgente.

Miré su agenda para no cometer el mismo error y vi que ya no tenía nada. Su hora reservada había terminado. Me volví y la encontré tecleando concentrada en el ordenador.

—Claro, deme un segundo.

Estudié en silencio de nuevo el manual y conseguí poner la llamada en espera y llamar a Marieta.

—Dime, Alejo. —De reojo la vi responder con el manos libres.

—Tienes una llamada.

—¿Quién es?

Ay…

—Pues… no lo ha dicho.

Levantó la cabeza, con la mirada en el infinito.

—Cuenta la leyenda que, si no lo dicen, tienes el magnífico poder de preguntárselo —respondió.

Me habría reído si la situación no fuese tan humillante. Yo era consultor financiero, por el amor de Dios.

—Ya…, pues… no lo he hecho.

—Pásame —suspiró—. No te preocupes.

Cuando le di al botón que tocaba, que no era el mismo que había pulsado cuando quise transferir la llamada de Ángela, claro está, me volví a mirar al despacho, donde Marieta estaba ya hablando con su interlocutora. Ole por mí. Un diez para el equipo de Alejo.

El teléfono me dio una tregua durante un buen rato en el que pude concentrarme en hacer un listado de todas las cosas que no estaba haciendo porque, básicamente, no sabía cómo. Acababa de terminarlo cuando Fran se dirigió a mí con una sonrisa. Esta fue desapareciendo según alternaba la mirada entre el interior del despacho de Marieta y la mesa que yo ocupaba.

—Hola, Alejo.

—Hola, Fran.

—¿Ha desayunado?

—Sí. Deliciosos los bollos de canela, por cierto.

—¿Qué?

Me miró y su gesto siempre afable mutó durante un par de segundos a una máscara en la que se leía que yo era profundamente imbécil.

—Me refería a ella. A Marieta.

—¿Cómo? —pregunté esta vez yo.

—¿Se ha levantado de la mesa desde que ha llegado?

—Sí, para echarme la bronca. —La segunda parte de la frase la murmuré.

—Ya…, ¿y sabes con quién está al teléfono?

—¿Aún está al teléfono? —Me extrañé. Le había pasado la llamada hacía una eternidad.

—Ay, Dios… —musitó Fran—. ¿Era su madre?

—No, no. Ella me dijo que a su madre no había que pasársela. Llamó justo antes por una cita médica con su abuelo y ya le dije que le dejaría el recado.

Fran arqueó ambas cejas.

—¿Su madre? ¿Por una cita médica de su abuelo?

—Sí —aseguré—. Pero, de todas formas, creo que esta información no le compete a nadie más que a ella.

Se mordió el labio de arriba en un gesto con el que parecía estar haciendo acopio de toda su paciencia y fue hacia el despacho.

—¡Eh, eh! —intenté pararlo.

Me fastidió que no admitiera mi autoridad en cuanto a la gestión del tiempo de la jefa, así que me levanté y fui detrás de él, porque se me olvidó momentáneamente que Fran era el director de Recursos Humanos y socio de la empresa, y porque yo lo había visto hacer en todas las películas. Abrió y me abalancé hacia el hueco que dejó entre su cuerpo y el marco de la puerta.

—Perdona, Marieta, he intentado pararle, pero…

—¿Es tu madre?

—Sí, mamá, pero es que…, no, espera, déjame decir que…, mamá…, ya, pero… —Me lanzó una mirada de odio a mí y una penitente a Fran para musitar después—: Socorro.

Nueva lección para nuestro héroe: como me enteraría más tarde, la madre de Marieta era terriblemente joven. Solo se llevaban dieciséis años. Así que había ignorado la llamada de su abuela, con la que se había criado y que, por cierto, no molestaba nunca, y le había pasado felizmente la llamada de su madre, que parecía estar recitándole sin clemencia la alineación del Real Madrid de los últimos cincuenta años. Fran tuvo que orquestar una opereta para que ella pudiera colgar el teléfono.

De haber podido, me habrían dejado sin postre el resto de la semana, porque estaba visto que Like¡t no era el tipo de empresa en la que te amonestan como es debido. Y menos mal, porque no se me estaba dando demasiado bien…, por decir algo.

7

Artes de Maquiavelo

Hasta un capitán orgulloso sabe cuándo lo han rebajado a grumete y necesita un salvavidas. Y yo no me estaba ahogando, pero tenía hambre, la nevera vacía, dos hermanos listillos y la necesidad de dar la sensación de saber valerme por mí mismo, así que… urgía encontrar un camarada que me echase un capote sin que yo tuviera que confesar que no entendía nada, que llevaba todo el día metiendo la pata y que tenía unas quince reuniones por agendar porque no sabía cómo hacerlo como es debido. Podría decir que soy la hostia de listo y busqué la mejor opción, pero estaría faltando a la verdad. Lo que pasó fue que se me presentó la ocasión como por arte de magia. Marieta decía que a ella se le daban bien las personas; yo aprendí aquella tarde aciaga, la tarde de mi primer día completo en Like¡t, que lo mío era la manipulación.

Después de mi flagrante fracaso en la mañana, no me vi con ánimo de compartir mesa con los jefes, los tres socios, porque yo era como el lobo que en lugar de ser feroz era torpe y no soplaba para echar abajo sus casas, solo se tropezaba con ellas y no quería admitir el error. Así que me serví mi bandeja cuando todo el mundo estaba ya sentado y me quedé solo en una mesa. Detrás de ella, había otra donde se sentaban Fran, Ángela, Selene y otro chico al que no conocía. Un asiento libre esperaba a que lo ocupase Marieta. Me pareció de mala educación sentarme dándoles la espalda y mirando hacia la barra donde se disponía la comida, aunque fue mi primera intención, así que sonreí sin enseñar los dientes, low profile, y me senté a dar cuenta de lo que más me había hecho ojitos de entre todo lo que el bufet de Like¡t me ofrecía aquel día: unos wraps de pechuga de pollo rellena de queso y espinacas y boniato al horno en bastones con virutas de parmesano y especias. La verdad es que todo estaba buenísimo.

Marieta entró bufando, pasó como una exhalación por las bandejas de comida, se sirvió un plato repleto de todo un poco y cogió una botella de agua. Bien, el Tamagotchi iba a rellenar su barra de vida con un poco de energía. No iba a morir de inanición…, al menos no aquel día.

Estaba un poco pálida a pesar de ser septiembre; no es que su piel brillara bajo la luna llena, pero daba muestras de no haberse pasado el mes de vacaciones al sol, eso seguro. ¿Habría tenido vacaciones o las habría pasado yendo a la oficina? No, tenía pinta de ser de las que, a pesar de sentirse abducidas por el trabajo, sabían cómo disfrutar, cómo desconectar. Lo decía el modo en que sonreía. Mamá decía que podíamos saber mucho de las personas si observábamos su sonrisa y cómo abrazaban. Mi progenitora era muy sabia, aunque un poco hippy. Marieta sonreía sin esfuerzo, como si aquella fuera la posición natural de sus labios. Hasta sus ojos parecían tener la forma idónea para ser más bonitos combinados con una sonrisa, aunque… ¿cuáles no lo son? Eso también lo pensaba mamá.

Era guapa, Marieta. Supongo que era guapa a su manera…, nada que ver con el concepto de belleza de colegio privado. Haciendo un símil con la cultura pop de nuestra generación, no era una Serena van der Woodsen en Gossip Girl, a pesar de ese look tan «moda alternativa con gusto y bien combinada». Era más bien una…, no sé, uno de esos personajes que nunca fueron parte de los guais, pero que cuando crecieron se convirtieron en un pibón y… «Alejo, deja de mirar a tu jefa».

Sin embargo, en lugar de mirar directamente hacia un punto lejano, no pude evitar que mis ojos viajaran por su mesa, donde fui saltando de un comensal a otro.

De espaldas tenía a Selene, la más joven de la mesa, o al menos eso parecía. Llevaba una media melena, de color oscuro, con un frondoso flequillo que le tapaba la frente y las cejas. Iba vestida como una moderna Amélie y tenía una sonrisa bonita, ingenua, poco atractiva para alguien como yo, porque el candor nunca me había llamado la atención. A su lado, el chico que no conocía, con el pelo corto por delante y largo por detrás, contaba una historia que los tenía a todos absortos y muy animados. ¿De qué se trataría? Llevaba una blusa azul por dentro del pantalón vaquero, ajustado, con un cinturón color marrón. Y he dicho blusa y no camisa porque juraría que la prenda era de señora y de los años noventa.

Frente a ellos, Ángela y Fran. Ángela era una chica normal, podría decirse que anodina. Tampoco me habría fijado en ella en una discoteca, pero no tenía pinta de frecuentar los mismos clubes que yo (era más de sala de conciertos y festivales, y yo era de «tardeo que se complica» en barrios bien). Tenía el pelo castaño a la altura de los hombros, ondulado, y una figura que algunos habrían definido como de «guitarra española» y otros de «contrabajo». Vamos, que tenía carne de donde coger. Piernas largas pero redondeadas; caderas voluminosas y acolchadas; pechos redondos y, así sin querer mirar demasiado, grandes; unos brazos carnosos; unos muslos poderosos; una cara redondita con ojos grandes y sonrisa amplia. Supongo que era guapa, aunque me pasaba lo mismo con ella que con Selene: había cierta candidez en su rostro, y eso no iba conmigo.

Fran era guapete, supongo. Un tío grande, robusto pero con pinta de no haber levantado la voz jamás. Tenía cara de ser un pibe majo y cuerpo del típico amigo al que siempre invitas a jugar al pádel o al baloncesto o a una pachanguilla, porque es diestro, pero no un tipo de gimnasio. Estaba comiéndose una lasaña con gusto y de vez en cuando miraba a su izquierda y sonreía. Esa sonrisa le cambiaba el gesto por entero. El rostro le mudaba a uno aún más amable, los ojos le brillaban, el sonido de la risa le llenaba el pecho cuando pinchaba con la cucharilla de postre el costado de Ángela, haciéndola rabiar, y pedía el turno para hablar, soltándole chascarrillos a Marieta. Una buena elección como director de Recursos Humanos, era fácil verlo.

Marieta, que lo mandaba callar con una sonrisa de oreja a oreja, se quejaba sin importarle quién escuchase que su madre le había contado con pelos y señales, y sin dejarse ni un detalle, toda la ropa que se había comprado el fin de semana. ¿Sería natural su color de pelo? Esa frondosa melena del color del fuego, un poco naranja madura, un poco fresa…, las cejas también eran…

ESPERA.

ESPERA, ESPERA.

Rebobina.

Volví a concentrarme en Fran. Había algo, algo allí…, una expresión soterrada, un brillo que intentaba ser disimulado, un temblor en sus cimientos cuya reverberación llegaba hasta mi médula. Un eco. Eso era. Un eco de reconocimiento. Algo en lo que podía sentirme identificado, en lo que podía ver a mis amigos, algo que…

FRAN ESTABA ENCOÑADO HASTA LAS PUTAS CEJAS.

Pero ¿cómo era posible que no me hubiera dado cuenta? Fran estaba enamorado de alguien que se sentaba en aquella mesa. ¿De Marieta?

No pude disimular una mueca de desagrado. No me hacía gracia pensar que esos dos pasasen su tiempo libre fornicando, porque… vaya plan, ¿no? El trabajo no se mezcla con el placer. Qué ascazo. Pero… ¿era eso? No. No era eso. Es que yo estaba habituado a que las chicas me miraran de determinada manera y Marieta no lo hacía.

Me llevé la mano instintivamente a la boca del estómago. ¡Era verdad! ¡Era eso! Marieta no me miraba así. Por eso me sentía inquieto en su presencia, por eso no terminaba de saber cómo comportarme: ella no reaccionaba como yo estaba acostumbrado a que las mujeres lo hicieran a mi alrededor. A veces ni siquiera me miraba. ¿Sería lesbiana?

(Sí, yo era de esos que, si no gustaban a alguien, dudaban enseguida de su orientación sexual).

Pero volviendo al tema…

—¡Para, Fran! —se quejó Ángela.

Bingo.

Un hombre sensato hubiera desestimado la idea o, al menos, la hubiera rumiado durante algún tiempo, pero yo no era sensato. Yo, si quería algo, lo cogía; eso me hacía sentir un hombre decidido, dueño de mí mismo, caudillo, guía y oficial de mi propio destino. La triste verdad es que era maquiavélico, manipulador y un poco narcisista. Pero solo un poco, porque en el fondo tenía muy claro que aquello estaba mal.

 

 

Me deslicé dentro del baño, que por cierto era unisex, justo después de Fran. Lo había visto pasar con un cepillo de dientes en la mano, así que era la situación perfecta. Había un poco de trasiego, pero no tardamos mucho en quedarnos solos. Yo llevaba también el estuche con el cepillo de dientes con el logo de la empresa que me habían regalado en Recursos Humanos el día anterior y simulaba estar haciendo tiempo para usar el lavabo.

—¿Qué tal? —me preguntó amable cuando me coloqué a su lado.

—Bueno, bien, haciéndome al puesto.

—Ya. Es cuestión de tiempo…

Empezó a cepillarse, dejando claro que no iba a añadir nada más, y yo estudié el terreno, armado con mi cepillo, para asegurarme de que no hubiera nadie más a mi alrededor.

«Movimiento al fondo…, detengan maniobra».

Una chica salió de uno de los cubículos, se lavó las manos y se marchó con una sonrisa.

«Al ataque».

—Pero estoy muy contento de estar en una empresa como esta, tan moderna. Me encanta que estéis tan al día en tantas cosas. Como con las relaciones entre empleados, por ejemplo.

—¿Hum? —No me miró al responder, pero noté cómo su espalda se tensaba.

Bien. Me encanta que los planes salgan bien.

—¡Sí! Ya sabes. Otras empresas prohíben que sus empleados mantengan relaciones personales. ¿Cuánto tiempo lleváis Ángela y tú?

Fran parpadeó acusando el golpe y se inclinó sobre el lavabo para escupir la pasta de dientes. Tardó un poco en enderezarse, pero cuando lo hizo ni siquiera se tomó la molestia de enjuagar los restos de dentífrico de alrededor de sus labios.

—¿Cómo?

Era como si le estuviera dando una crisis de ansiedad y echase espuma por la boca.

—A ver, que es una frivolidad, pero demuestra que Like¡t se enfoca en lo que realmente importa, como…

—Ángela y yo no estamos juntos.

Fingí sorprenderme muchísimo y morirme de la vergüenza.

—Hostia…, joder…, em…, lo siento. Qué cagada.

—No, no pasa nada. Es que somos muy amigos. Hay gente que…, bueno, que confunde esa complicidad con algo más.

—En serio, Fran, lo siento. —Me puse la mano en el pecho—. Joder, qué corte.

Maquiavelo me miraba desde las alturas haciéndome un gesto de bendición.

—De verdad, no te preocupes.

—Es que… —Abrí el grifo, humedecí mi cepillo de dientes, cerré el grifo y me quedé allí, mirándolo como consternado—. Perdóname. Vi tanta química, cómo la mirabas, y pensé que…, vamos, pensé que llevabais años juntos. Me he equivocado, pero es que desprendéis algo, no sé…

—Una preciosa y larga amistad.

—Más allá de eso. —Fingí avergonzarme de nuevo de lo que acababa de decir y cerré los ojos—. Olvídalo. Me estoy metiendo en camisa de once varas.

Fran se quedó visiblemente aturdido por aquella conversación, pero no añadió nada más. Bien. Había picado. Después de unos segundos de no saber dónde poner las manos, se acordó de lo que estaba haciendo y se enjuagó la boca, se secó y se despidió con un hilo de voz. Me miré en el espejo y pensé: «Muajajaja», como reían los malvados. Estaba concentrado en la limpieza de mis dientes cuando Fran volvió a entrar en el baño.

—Alejo…

Me sequé la cara, tiré la toalla de mano (toallas de mano, aquella empresa era como el spa al que iba mamá con sus amigas) al cesto donde descansaban las sucias y me enderecé con cara de circunstancias.

—Lo siento, en serio.

—No es eso. Dime…, ¿por qué lo decías, concretamente? No me gustaría dar a la plantilla una sensación equivocada.

—Bueno…, es que no sé si…

Se apoyó en el lavabo y cruzó los brazos sobre el pecho.

—Tú y yo no hemos empezado con buen pie —sentencié.

Movió la cabeza, dándome a entender que no debía preocuparme por esas cosas. Yo seguí:

—Y, bueno…, aún no hay confianza y nosotros no somos amigos.

Arqueó una ceja.

«Atención, atención: ejecutar la maniobra con extrema precaución».

—Sé que eres el jefe de Recursos Humanos y que…, bueno, tienes potestad para despedirme.

—No es que tenga ganas de despedirte, pero, bueno, si necesitas confirmar si está en mi mano el poder de hacerlo, lo está.

—Ya…, pues…, ¿prometes no despedirme por lo que te voy a decir?

—No —negó con vehemencia y se le dibujó una sonrisa socarrona—. En absoluto.

Me encogí de hombros, me volví hacia el cristal y me peiné con calma.

—Alejo…

—Necesito este trabajo.

Me parecía que era la frase que más había dicho en los últimos dos días. Más que «hola», «adiós», «por favor» o «gracias». «Necesito este trabajo» ganaba por goleada.

Suspiró.

—Prometo no despedirte, siempre que no lo merezcas de manera directa.

—Explícame eso de «merecer el despido de manera directa».

—Que me hagas un comentario que alguien pudiera considerar que fomenta un discurso de odio, por ejemplo.

—Ya…, pues no creo que se adscriba a ese caso, aunque podrías considerar que me estoy metiendo donde nadie me llama.

—Ser cotilla no es motivo de despido.

—Yo no diría «cotilla», pero aun así me voy a arriesgar.

—Soy todo oídos.

—¿Estás soltero?

—Me halaga muchísimo tu interés, pero no me gustan los hombres.

—No es una invitación. —Puse los ojos en blanco.

—Es una pregunta demasiado invasiva para nuestra política de comportamiento social.

—Lo siento, pero tú has insistido en el tema.

—Pero ¿para qué quieres saber si estoy soltero?

—Tú responde.

—Estoy soltero.

—Entonces… tú…

—Entonces yo…

—Parece que estás completamente enamorado de Ángela.

Como si le hubieran sacado dos litros de sangre, esa fue su reacción. Su rostro perdió todo el color y los ojos su brillo. Pensé que iba a darme una hostia. Que conste que creo que me la merecía.

—¿¡Qué!? —preguntó espantado pero disimulando el temor.

—Que si no estáis juntos y estás soltero, por mucho que llevéis décadas siendo amigos, hay que ser ciego para no darse cuenta.

—Pero a ver…, ¿parece o lo estoy? —Intentó confundirme, sonando como sonaría un padre al que pillas en una falta e intenta evadir la responsabilidad con malabares verbales.

—Bueno, pues, si hay que escoger una de las dos, me decanto por la idea de que estás enamorado de Ángela.

—Y de quién esté o no enamorado te parece un buen tema de conversación ¿porque…?

—¡Oye! ¡Que has insistido tú!

En ese momento sí puso cara de querer soltarme un guantazo. No había ninguna duda de lo que le apetecía hacer conmigo e implicaba que mi cabeza terminase metida en el retrete más cercano.

—Alejo, de verdad, ¿es una novatada? Quiero decir…, ¿te ha dicho Marieta que me gastes una broma o…?

—No, no, no. No es nada de eso. Perdona la metedura de pata de antes y perdona que, ante tu pregunta, me haya tomado la licencia de ser sincero. No tocaba. Dejémoslo aquí.

—Hombre, aquí, justo aquí, no lo vamos a dejar.

—Como tú veas —suspiré haciendo como que estaba pasando un mal rato.

—Pero ¿por qué dices eso?

—Porque he visto cómo la miras.

—¿Y cómo la miro?

Segunda fase de la estrategia. Miré alrededor con aire confidente, me subí a la bancada (error, estaba un poco mojada) y suspiré.

—De una manera… No sé. Es difícil de explicar. Te he visto mirarla y me has hecho preguntarme si alguna vez miraré a alguien de ese modo.

—Pero ¿¡de qué modo, Alejo!?

—Con tanto amor. Pero del de verdad. Olvídate de películas o canciones. La miras como se habla del amor en toda la literatura universal.

—¿Con cursilería y perversidad?

Esa era buena.

—¡No, Fran! En serio…, no te quedes con eso dentro.

Chasqueó la lengua y se preparó para salir de allí. Mayday, mayday.

—Tienes un modo bastante extraño de socializar —me dijo—. No es que vaya a reprocharte tu interés por establecer nuevas relaciones sociales en la oficina, pero conmigo desde luego ese no es el modo. Empiezas a ganarte esa fama de romántico desfasado que circula por ahí.

—No voy a volver a decir que has sido tú quien ha insistido en mi metedura de pata. Debería haberte invitado a jugar un partidito de pádel antes de tratar estos temas.

—Mejor de baloncesto. Buena tarde, Alejo.

—¡Fran, Fran! Pero ¡no te lo tomes así! ¡No podrás mantenerlo en secreto siempre! ¡Necesitas…!

La puerta del baño se cerró conmigo dentro. Solo.

Fuck.

Fuck.

Fuck.

De vuelta a mi mesa, me dejé caer en la silla y agarré el calendario de mesa de la empresa (con fotos de gatos) e intenté adivinar cuándo iban a despedirme. Para no hacerlo demasiado cantoso, lo más probable es que esperasen un par de semanas. ¿Cuánto tiempo podría apañarme con el sueldo que me pagasen por ese tiempo trabajado? Bueno, bien mirado, así no tendría que vérmelas con las consecuencias de todas las cosas que no sabía hacer y que estaba dejando enterradas en el fondo del cajón. Tenía dieciséis mails por contestar y ya no sabía cómo fingir que estaba terriblemente ocupado. Seguiría postulando a ofertas de trabajo como un loco. Alguna tendría que responder. Lo difícil sería comunicar mi despido a mi familia. Pufff. Papá se iba a poner como un loco y…

Una sombra cayó sobre mi mesa, grande y silenciosa. Miré al frente.

—¿Qué quieres decir con que no podré mantenerlo en secreto siempre? —susurró.

Por dentro sonreí como el gato de Cheshire. Nunca pierdas la esperanza, hermana.

—¿Podemos ir a un sitio más tranquilo? —le pedí.

—No —sentenció—. Baja la voz y respóndeme.

—Me refería —susurré aún más bajo— a que pongamos que lo que te he dicho es cierto.

—Pongamos. A modo de experimento.

—Eso. A modo de experimento. Hagamos ese supuesto.

—¿Entonces?

—Entonces, si eso fuera cierto, siendo ella una de tus mejores amigas, también una de las mejores amigas de Marieta y compañera de trabajo…, el equilibrio es precario. La honestidad es el único camino para la victoria. Además, no deberías callarte lo que sientes por ella por miedo a que te diga que no.

—¿Crees que me diría que no? Quiero decir… en el supuesto.

—En el supuesto, en el supuesto —asentí—. Pienso que, suponiendo que la situación fuera la que te he dicho, sería normal que no actuases por miedo a…

Bufó, me hizo un gesto con la cabeza y ambos nos encaminamos hacia la cafetería, con la actitud de dos malos detectives secretos.

—Pero ¿qué narices me estás intentando decir? —preguntó a bocajarro cuando se cercioró de que la puerta estaba cerrada y nosotros suficientemente lejos de ella.

—Pues que no creo que merezcas sufrir en silencio el…

Puso la palma de la mano alzada entre nosotros y negó con la cabeza, enérgico.

—Si vamos a hablar de estas cosas, hagámoslo como toca, ¿no crees? Déjate de parafernalia y no me cuentes rollos. Si quieres algo, dilo. Será la única manera de entendernos y no parecer un anuncio de crema para las hemorroides.

—Se te nota mogollón. Si me he dado cuenta yo, ¿cuánto tardará el resto de la gente en notarlo y comentarlo? En el caso de que eso no haya sucedido ya. Si te gusta, si quieres estar con ella, tienes que hacer algo. Actuar.

—Actuar, sí, claro.

Puso los ojos en blanco y bufó.

—Esto es una pesadilla. —Le escuché murmurar a la vez que se sentaba en una de las sillas del comedor.

—Me imagino que es incómodo hablar de esto con el nuevo, pero míralo por el lado positivo. No os conozco de nada, con lo que ni tengo prejuicios ni la mirada viciada.

—Ni yo tengo confianza para hacerte confesiones sentimentales. Qué falta de profesionalidad, joder, que soy el director de Recursos Humanos…

—Ha sido un malentendido. Ninguno de los dos tenía intención de que esta conversación terminara así, te lo aseguro. —Madre mía, qué buen mentiroso podía ser…—. Pero ha sucedido y no tiene más importancia. No hagamos las cosas más grandes de lo que son.

—Pero ¿en qué se me nota?

—Eres el director de Recursos Humanos, pero permíteme que te hable con honestidad llegado este punto: tronco, ¿otra vez? Que la miras con unos ojos de gacela que lo que no sé es cómo Marieta no te ha dicho nada.

Se tapó la cara y yo casi (CASI) sentí lástima por él y el mal rato que estaba pasando.

—A ver, si quieres —temí estar precipitándome, pero todo estaba saliendo tan rodado que ya nada podía pararme—, yo puedo ayudarte. Puedo ser tu Cyrano de Bergerac, pero sin enamorarme de ella por el camino.

Me miró como si acabase de proponer sodomizarlo con la pata de una mesa.

—Vale, vale. —Le enseñé las palmas de las manos—. Tranquilo, solo era una idea.

—Pero, vamos a ver, que esto no son Los Bridgerton. ¿Cómo me vas a ayudar?

—Pues no sé lo que son los Bridgerton, pero, pibe, pues ayudándote. Favoreciendo situaciones o…, o… provocándolas directamente. Dándote consejos… Cuatro ojos ven más que dos, sobre todo cuando el par extra no está metido en el asunto y puede ver la situación desde fuera.

—¿Y tú qué ganas con todo esto?

—No quiero chantajearte, si es lo que estás pensando. —Fingí consternación—. No soy tan…

—¿Manipulador? Un poco sí que lo eres, que te he visto venir. Pones una carita así como de…

—Sí, puede que sí, pero es que necesito este trabajo.

—Empezamos a entendernos. ¿Qué quieres?

—Querer, querer, no quiero nada. Yo lo haría por amor al arte. Por amor al amor, mejor dicho. Además, que siempre es agradable estrechar lazos con alguien de la oficina.

Levantó las cejas y leí en su rostro un magnífico «soy majo pero no tonto» que me animó a ser un poquito más sincero.

—Tú me ayudas un pelín con el curro sin que tenga que admitir delante de la jefa que soy un inútil y yo te hago de Cyrano con Ángela.

—¿Qué te hace pensar que no puedo enamorarla yo solo?

—Que según mis cálculos hace al menos quince años que sois amigos y no estáis esperando a vuestro primogénito.

Eso le hizo sonreír. ¡Por fin!

—Will Smith hizo una peli malísima en la que ayudaba a ligar a tíos. Dime que no tienes intención de hacer lo mismo.

—Ah, no. Tú solo necesitas un asesor, no un maestro.

—¿Un asesor?

—Un amigo, pero no porque no tengas uno bueno o no tengas suficientes. Ya te lo he dicho: necesitas un nuevo amigo, que vea desde fuera lo que es complicado vislumbrar desde dentro. Un confesor.

—Creo que quieres decir un confidente.

—Eso.

Suspiró con todo el pecho, que se elevó y volvió a bajar con la fuerza con la que lo haría el de un oso.

—¿Hay trato?

—Siento como si estuviera firmando con sangre en un pergamino hecho con piel humana, pero, en fin, si no, te despido y andando.

Me reí. Él se rio.

—Ríete, ríete —murmuró.

—Este es el comienzo de una gran amistad —certifiqué.

Puso cara de no tenerlo demasiado claro y yo me carcajeé porque me hacía gracia, porque era buen tipo y porque mis planes habían salido a pedir de boca. Había que seguir explotando aquella habilidad para manipular. Quizá las cosas empezarían a mejorar.

—Ahora que vamos a ser amigos: parece que te has meado. —Señaló mi pantalón.

—Ya. Es que, mientras trataba de que me vendieras tu alma, me he sentado en el banco del baño y estaba empapado. ¿Se me ve mucho?

—Mucho —asintió.

—Bueno, es el menor de mis problemas. Tengo dieciséis mails que no entiendo y no sé qué cojones de meeting con videollamada, proyección y conexión en directo tengo que organizar.

—Anda, sal. Vamos a tu mesa.

—Pero sal pegado a mí, tío, que se van a pensar que me he meado.

Efectivamente, aquel fue el comienzo de una gran amistad.

8

De pijos y malotes

Cuando era pequeño y me quejaba de estar aburrido, la abuela siempre levantaba la mirada del libro que estuviera leyendo y decía: «Cuando el diablo está aburrido, mata moscas con el rabo». En aquel momento no lo entendía, pero con los años me hice una idea de lo que significaba, y podía decir sin margen de error que era exactamente lo que estaba experimentando en Like¡t. Ponerme al día para no meter la pata estrepitosamente me tuvo tan ocupado durante unos días que fui incapaz de pensar en planes maléficos. Tampoco es que yo fuera como un villano de película, de esos que quieren hacer el mal por hacer el mal, pero no quería perder mi puesto como heredero del príncipe Maquiavelo. ¿O no estás un poco de acuerdo en que hay (bastantes) situaciones en las que el fin justifica los medios?

Pues sí, y aquella era una de ellas. En mi lista de prioridades estaba solucionar lo del curro de mierda, independizarme de nuevo y poder volver a pagar la matrícula del gimnasio high level al que iba antes y, por encima de todo, por el amor de Dios, que nadie se enterara de mi desgracia, que, por cierto, había escondido hasta a mis amigos. Quería lo que quería: encauzar el plan vital que se me había desmoronado, a poder ser, sin tener que mirar más allá de mi persona. Ya sería solidario y esas cosas cuando tuviera lo mío arreglado.

Lo que quiero decir es que hacerme con todos los procedimientos de mi nuevo trabajo me costó tanta atención que no pude centrarme en nada más durante días. Para mi total vergüenza, seguía sin ninguna oferta de otras empresas para un puesto más acorde conmigo, por más que revisara mis solicitudes en todas las plataformas de búsqueda de empleo cada día en el trayecto a casa, antes de cenar, al acostarme…, se había convertido en una pequeña obsesión, junto con aprender algunas de mis nuevas funciones. Algunas. En aquel momento lo más importante era parecer un buen profesional, no serlo.

Además de ir familiarizándome con el trabajo, también estudié a Marieta con detenimiento. No como quien decide conocer al enemigo, sino como quien ha visto las ventajas de ser bueno en calar a las personas para tener más facilidad de salirse con la suya. Vamos, quería manipularla y manipularla bien. Ella era vivaracha, activa, una suerte de loca que parecía tener la cabeza llena de voces que gritaban ideas para mejorar, prosperar y crecer. Algunas eran un absoluto sinsentido, pero también resonaba el eco del genio que, poco a poco, descubriría que era. Tenía la capacidad de concentración más desarrollada que había tenido oportunidad de ver. En ocasiones se pasaba hasta cinco horas sentada delante del ordenador olvidándose no solo del mundo exterior, sino de sus propias funciones vitales. Un día, incluso, la vi salir escopetada de su despacho y al volver, sin detenerse en su carrera de vuelta a su escritorio, la escuché decir:

—Recuérdame que el ser humano tiene que mear.

Lo que me faltaba. Una tía que parecía mirarme con una indiferencia casi ofensiva y a la que tenía que mencionarle, de vez en cuando, la necesidad de ir al baño. Un Tamagotchi pelirrojo con vestiditos vaporosos de flores y una nula capacidad de priorizar la autoconservación si esta rivalizaba con el trabajo. Genial como jefa. ¿He comentado que a veces no llevaba sujetador? No, porque estaba pensando que iba a sonar como un puerco, como efectivamente ha sonado.

Fran, por su parte, atendía mis dudas con diligencia y discreción. Yo le mandaba una petición de auxilio por el sistema de mensajería interna y él acudía a mi mesa en cuanto podía con la excusa de pedirme cosas inventadas.

—Primo —me dijo una media mañana mientras tomábamos una taza de café rápido en la cafetería—, yo estoy cumpliendo como un cabrón, pero tú te estás durmiendo en los laureles.

—Estoy en la fase de investigación —mentí.

Pero lo cierto es que yo era un cabronazo y se me había olvidado por completo mi parte del trato…, y no se lo merecía. Todos los días, a la hora de la comida, Fran venía a por mí. Me hizo un hueco en su mesa e intentaba hacerme partícipe de todas las conversaciones. No es que Selene, Ángela o la misma Marieta me ningunearan; ellas se comportaron como si hubiera estado siempre allí, pero sin hacer tampoco un esfuerzo meritorio por hacerme sentir incluido.

Así que, en cuanto me llamó al orden, me puse a investigar de verdad. En los minutos que me quedaban libres, observaba. En las comidas, callaba y observaba. En las reuniones, anotaba y observaba. Y cuanto más observaba, más cuenta me daba de que, para Ángela, Fran era solamente un colega. No creo que se hubiera planteado jamás que Fran tenía un pene entre las piernas, hablando mal y pronto.

—No te voy a mentir. La cosa está difícil.

Fran no pareció sorprendido, y aquello me dio muchísima lástima, muchísima para un tío egoísta y manipulador como yo. Nunca me consideré un romántico, como se comentaba por allí, pero es cierto que creía en el ideal del amor tradicional y creía en él a la antigua usanza, como me lo habían contado y como lo había visto en casa. Nunca me había planteado que un concepto como el amor, tan grande y universal, pudiera cambiar tal y como el mundo lo hacía junto con la sociedad…

—No pareces sorprendido —le dije.

—No lo estoy. —Una sonrisa resignada se dibujó en sus labios—. Como bien apuntaste, llevamos quince años siendo amigos y no estamos esperando a nuestro primogénito…, lo tenía más que asumido.

—No seas así, hombre.

Suspiró, mirando a nuestro alrededor. Casi era la hora de la comida, pero había clase de yoga y buena parte de la plantilla que se sentaba cerca de mi mesa se había apuntado aquel día, Marieta incluida. Acercó una silla y se dejó caer a mi lado con un suspiro masculino.

—No voy a decirte que estoy enamorado de ella desde la primera vez que la vi, pero casi. Así que he tenido tiempo para darme cuenta de que hago mejor mirando a otro lado.

—Eso no tiene sentido, tío. —Crucé las piernas, el tobillo sobre la rodilla contraria y le di un sorbo al refresco que me había traído amablemente para tener una excusa para charlar un rato—. Eres un pibe guapo y bien plantado, ¿por qué no ibas a gustarle? No necesitas nada que un cambio de estilo no pueda hacer por ti.

—¿Necesito un cambio de estilo? —Se miró, patidifuso.

—Zapatillas y sudadera no parecen armas de seducción.

—Eres un estirado y, por cierto, cada vez que dices «pibe» muere un gatito en el mundo. ¿Se puede ser más pijo madrileño? —se burló—. Mira a tu alrededor. La gente viene vestida con comodidad, sin ínfulas. El que debería darle una vuelta a su look eres tú, señor traje a medida y carita afeitada.

Lancé una carcajada discreta. Me gustaba esa forma honesta y carente de protocolo con la que Fran se relacionaba. Me hacía sentir cómodo.

—¿Por qué nunca le has dicho nada? —insistí—. De verdad, eres un pibe con planta.

—Lo que he sido siempre es un «pibe» sensible… —dijo con tonillo—, y con sensible no quiero decir que llore viendo películas, que también. He comprendido muy bien a la gente que me rodea desde pequeño, empatizo con facilidad, entiendo las emociones de los demás, sé ver a la gente…

—Más a mi favor.

—No me estás entendiendo. Conocí a Ángela en segundo de la ESO. Llevaba el pelo siempre recogido en un moño y tenía un mal genio… Me gustó enseguida. No se amilanaba ante nadie y, a la vez, era capaz de ser colega de todo el mundo, daba igual su tribu urbana. Ella iba por el patio saludando a todo el mundo.

—No suele ser el carácter de los informáticos…

—¡No seas superficial! —se burló—. ¿Qué tendrá que ver?

—Tronco, si te dedicas a estar frente a un ordenador el noventa por ciento de tu tiempo, no pega que te guste demasiado la gente.

—La gente no te gusta a ti, que eres un pijo rancio. ¿Ahora los pijos también decís «tronco»?

Aquello me sorprendió. Lo de pijo, no lo de tronco.

—Tronco se ha dicho toda la vida, pero yo flipo: ¿yo? ¿Pijo rancio?

—No, qué va, eres un hippy.

—Pues deberías ver a mis amigos.

—No quiero ni imaginármelos. ¿La pulserita esa de cuero que llevas en la muñeca os la comprasteis todos en un viaje a Tarifa con las novias?

—Te odio.

Ambos nos reímos.

—Siempre le gustaron los malotes, ¿sabes? A Ángela, digo.

Lo miré sorprendido.

—Define malotes. No me la imagino colgada de un pandillero.

—Pues ha habido de todo. A los quince fue un macarra con moto quien le robó el primer beso. Después el guay del instituto, con el que se enrolló en una fiesta y que la negó tres veces antes del amanecer. En la universidad tuvo algunos novios duraderos, pero a cada cual más cuadro: el que le dijo que tenía que perder peso para ser más guapa; el que no quiso llamar a lo suyo relación, pese a que estuvieron juntos dos años y se moría de celos si ella se relacionaba con otros; el que estaba enganchado a los videojuegos…

—Joder. —Hice una mueca.

—Ángela no ha tenido suerte en el amor —sentenció—. A pesar de que no conozco a nadie que lo haya buscado con más ahínco.

—Porque cree que no lo merece.

Fran me miró sorprendido.

—Vaya, tío, eso ha sonado muy sensato.

—¿Por qué pareces sorprendido?

—No te pega nada decir estas cosas.

Los dos nos echamos a reír.

—Joder. —Miré la pantalla del ordenador—. Tengo cinco mails de Gisela.

—Pueden esperar. Pronto vas a dominar el arte de saber a quién puedes hacer esperar.

—Entonces ¿nunca ha tenido una relación sana?

—Sí —asintió—. Estuvo saliendo con un chico durante cinco años. Lo dejaron hace dos porque se dieron cuenta de que se habían convertido en amigos y compañeros de piso. Fue una ruptura cariñosa y amable, de esas que habría que poner en los cines antes de la película para que la gente supiera que estas cosas se pueden hacer bien.

—¿Y tú?

—Estuve con una chica durante… ¿cuatro años? Sí, unos cuatro años.

—Déjame adivinar: empezasteis un año después que Ángela y su chico y lo dejasteis casi a la vez.

Me interrogó con la mirada.

—¿Y tú cómo sabes eso?

—Porque estuviste esperando casi un año a que Ángela rompiera con ese chico, pero, al ver que no lo hacía, te animaste a seguir con tu vida. Después, cuando te dijo que iba a romper con su novio, rompiste tu relación también con la esperanza de que tuvierais vuestro momento.

—Agh, qué asco me das.

Me reí y me atreví a darle un golpecito amistoso en el brazo.

—¿Qué tal en el curro? —me preguntó de golpe.

—No cambies de tema…

—No, en serio, ¿qué tal? ¿Te da menos asco?

—No me da asco. —Me reí—. Es solo que… no es lo mío. Eso lo sabemos todos.

—¿Y qué es lo tuyo?

—Las finanzas. La consultoría. Esas cosas. No me he pasado la vida estudiando para terminar de asistente. Te juro que no pensé que me vería en esta situación jamás…

—Lo dices como si fuese un trabajo de segunda…

—¿No lo es? —Me encogí de hombros—. Me sabe mal decirlo, pero un poco sí.

—Qué va. —Negó con la cabeza—. Y parece mentira que lo digas cuando sabes el esfuerzo que supone.

—Que me haya costado hacerme al puesto no significa…

—Que te está costando, querrás decir. —Me sonrió—. Bah, déjalo. Me estás cayendo bien y no quiero terminar esta conversación con la sensación de que eres un esnob de mierda.

—Estudié en la Universidad Pontificia de Comillas, querido. Claro que soy un esnob.

—Otro prejuicio —apuntó—. Vienes bien surtido.

—¿Por qué no le dijiste nada a Ángela cuando lo dejó con su novio? ¿Por qué no te animaste a decirle: «Quizá deberíamos intentarlo nosotros»?

—Por lo mismo por lo que tú dices que la cosa está difícil. Para ella soy uno de sus mejores amigos y eso…, ESO…, a sus ojos me despoja de mi posible estatus de hombre soltero deseable.

—Pues sí que está la cosa chunga.

—¿Qué cosa está chunga?

Los dos nos giramos alerta hacia Marieta, que tenía la habilidad de aparecer de la nada de la manera más silenciosa posible. Era una ninja que, en aquella ocasión, vestía unas mallas de yoga de color negro y un top de manga larga a conjunto bastante ceñido y lucía una trenza despeinada que le caía a un lado, sobre el hombro, derramándose en mechones sueltos de fuego aquí y allá. Ojo con la jefa.

—Nada —sentenció Fran—. Nuestras agendas. Le estaba diciendo que tiene que bloquearnos algunos huecos la semana que viene para hablar del viaje de equipo.

¿Viaje de equipo?

—Ah, sí. ¿Se lo habéis contado? —Me señaló, mirando a Fran.

Una gotita de sudor le recorría el cuello, pero yo no debería haberme dado cuenta de eso ni de que debajo de ese top se le marcaban los pezones. Lo siento. Soy un guarro.

—Aún no. Ya se lo cuentas tú, que para eso eres su jefa.

—Te voy a arrancar la palabra «jefa» de la lengua a base de tortura medieval —se quejó Marieta antes de bajar la mirada y dedicármela solamente a mí, que seguía sentado en la silla—. Resérvame un ratito en la agenda esta tarde para que nos tomemos un café y te cuente, porque el viaje de equipo te va a dar algo de trabajo extra.

—Vale.

—Voy a darme una ducha. —Señaló el pasillo que llevaba hacia «el gimnasio», aunque no sé por qué le pongo comillas, si estaba mejor surtido que muchos gimnasios—. Me he dejado la mochila en el despacho y no era cuestión de volver en toalla cruzando toda la estancia. Tengo la cabeza para sujetarme el pelo.

Desapareció con una sonrisa dentro del despacho, del que emergió enseguida cargada con una bolsa de deporte. A continuación se dirigió a las duchas. Fran me dio un par de palmaditas en el hombro y me animó a ir a la cafetería, pero me disculpé diciéndole que antes quería echar un vistazo a una cosa. Y no mentí, aunque no era «una cosa» lo que quería mirar. Sí, quería mirarle el culo con esas mallas, pero miré mucho más. Miré a Marieta y a su pelo, esa corona de fuego trenzada sobre su hombro. A Marieta y al andar distraído de sus piernas. A Marieta y a… ¿Por qué cojones no me miraba como el resto y era completamente inmune a mis infalibles encantos?

9

El arce japonés

Era uno de esos días de septiembre en los que el otoño manda una carta de presentación. Soplaba un viento fresco que, más que ser agradable, empezaba a poner la piel de gallina. Cuando entré en el edificio de las oficinas, las nubes, de un color gris oscuro, espesas, como en un cuadro del protorromanticismo inglés, se movían a gran velocidad, pero, lejos de perderse en el horizonte, traían de la mano más oscuridad. Ni siquiera me había tomado la primera taza de café cuando el sonido de la lluvia golpeando la claraboya de cristal inundó el espacio. Era un espectáculo maravilloso y tuve que admitir que, como espacio, aquel trabajo no estaba tan mal. No me gusta confesarlo, pero me quedé ensimismado, presa de una sensación difícilmente definible como otra cosa que no fuera calma. Y no hay calma ante la batalla, y yo tenía que seguir peleando por encontrar un empleo a mi nivel.

Marieta recorrió con gracia los pasillos que formaban las mesas de la sala. Era una especie de ninfa jefa del bosque, con su cabellera pelirroja revuelta y suelta y aquella indumentaria tan…, no sé, que parecía tan suya. Llevaba un suéter ligero y dado de sí, que colgaba de uno de sus hombros con descaro y cuyo color beige daba énfasis al naranja de su pelo, una falda granate con flores pequeñas del mismo color que la parte de arriba y unas botas Dr. Martens. Ninguna chica de mi grupo de amigas hubiese lucido nunca aquel estilo, aunque era algo bastante normal. Quizá yo no me había mezclado nunca con gente que no fuera de mi rollo. Dio un par de golpecitos en la esquina de mi mesa al pasar y sonriendo me dijo que le diera diez minutos y entrara a hablar con ella.

—Te he dejado tirado ya al menos tres veces. De hoy no pasa que charlemos.

Otro hubiera temido aquel «charlemos», pero a mí ya me había dejado, como bien había dicho, tres veces tirado. Ese misterioso «viaje de equipo» seguía planeando sobre nuestras cabezas y ya empezaba a nombrarse en los corrillos del café. Al parecer, me iba a traer trabajo y, ahora que comenzaba a no meter la pata en todos mis quehaceres, mi perfeccionismo laboral me atosigaba preguntándose cómo sería capaz de atender las nuevas tareas sin perjudicar las rutinarias. «¿Perfeccionismo laboral?», dirás. Pues sí. Hasta que me dio la pataleta y renuncié, fui uno de los mejores de mi equipo, por no decir el mejor. Y no lo digo porque fuera un genio; se me daba bien y me entregaba al cien por cien, en cuerpo y alma. «Pues si eras tan bueno, ¿cómo es que no te dieron el ascenso?». Bienvenido al sector de las finanzas: las vacaciones están mal vistas, las bajas laborales prácticamente son un término desconocido y con quién fuiste a clase puede ser determinante para el futuro de tu carrera. Yo tenía buenos contactos, pero no había hecho una buena jugada, eso había que admitirlo. «¿Que te quieres ir? Pues a tomar por culo, querido Alejo, hay veintiséis mil nuevos licenciados muriéndose de ganas de ocupar tu puesto por mucho menos dinero». Eso lo entendí después. Mi ego me hacía sentir bastante imprescindible. Like¡t me enseñó, entre otras cosas, que nadie lo es, en ningún sentido.

Fui a la cafetería con un poco de pereza. No te voy a engañar y a decirte que en un par de semanas me había convertido en el mejor asistente del mundo. Hacía mi trabajo sin cagadas espectaculares (también es que había empezado tan fuerte que mantener el nivel de ineptitud era complicado) y estaba apreciando el ambiente relajado y las ventajas de trabajar en una empresa como aquella. Eso no significa que no hubiera días en los que la idea de ir a por un café para mi jefa no me resultara tedioso y humillante. Y no lo hacía porque fuera obligatorio, lo hacía porque había aplicado a mi trabajo una máxima que me facilitaba la proactividad: ¿qué te hubiera gustado a ti que hiciera tu asistente?

Yo nunca tuve una asistente personal. Había trabajado con una secretaria de departamento a la que podíamos pedirle algunas cosas, pero que atendía mayoritariamente al sénior mánager, con lo que era fácil hacerme una idea de lo que haría un ayudante…, una idea superficial. Una de esas cosas era llevar un café a la mesa de su jefe de buena mañana y sin que se lo pidieran.

Llamé con los nudillos al despacho y entré mientras Marieta, a la que había apodado en mis adentros como la ninfa de hierro (solo por el hecho de que no se derritiera por mí, deduzco), me pedía que pasase con voz melodiosa. Dejé sobre la mesa un café con mucha leche vegetal, dulce como un algodón de azúcar y caliente como el infierno, tal y como le gustaba, y un platito con un par de bollitos que parecían estar aún calientes. Ella sonrió.

—Gracias, Alejo, pero, si me traes un café, tráete uno para ti también.

—Mira, como en Armas de mujer.

—Un buen referente para toda mujer que aspira a escalar en el mundo de los negocios —bromeó—. ¿Vas a por él?

—Ya me he tomado uno.

Arrugó la nariz con gesto de desaprobación.

—Llegas muy pronto. No me gusta que hagáis horas extra si no es necesario.

—Es la costumbre. Cuesta creerlo, pero se me ha metido entre ceja y ceja que se entra a las nueve y, aunque me ponga el despertador más tarde…, llego aquí como tarde a las nueve y cuarto.

—Eso es que no te acuestas demasiado cansado.

«O que quiero quitarme la jornada de encima cuanto antes», pensé.

—Bueno…, tú dirás —la animé a hablar.

Señaló la silla que había frente a su mesa y me observó mientras me sentaba y depositaba mi cuaderno frente a ella. Me estaba analizando con interés casi científico, como si yo fuera un espécimen de otra ralea.

—Pide una tablet a Recursos Humanos, por favor.

—Siempre se me olvida —me excusé.

—Y no entiendo que prefieras venir en traje. Y con corbata.

—Es mi concepto de «ropa para trabajar».

—Pero es incómoda —insistió.

—Estoy muchísimo más cómodo en pijama o en ropa interior, pero no me parecería un atuendo del todo adecuado para la oficina —bromeé.

¿Quería, inconscientemente, que mi imagen en ropa interior asaltara su cabeza como si fuera un ejército de hunos? Y no tan inconscientemente también.

—Unos vaqueros están a medio camino entre el máximo protocolo y el despido por comportamiento poco apropiado.

Sonreí. Siempre tenía una respuesta en los labios. Le miré la boca. Esos labios pintados de color rosado terroso, tan gruesos y…

—Veré qué puedo hacer —me interrumpí a mí mismo.

—Dile a Selene que te dé una tablet, en serio. Soy muy de tomar notas en papel, pero si viene un cliente y te ve con la libretita en mi despacho… Vamos, es que salimos en las noticias.

—Vale —respondí con cierto desdén.

—A ver, ¿qué sabes del viaje de equipo?

—Nada —negué—. Soy completamente virgen.

«Alejo, deja de hacer esos comentarios, la madre que te parió».

—Se trata de una actividad anual a la que acude básicamente quien quiere. Está programada con la intención no solo de hacer equipo y afianzar las relaciones interpersonales dentro de la plantilla, sino para premiar también a los trabajadores.

—¿Y en qué consiste?

—Son unos días de vacaciones pagadas. —Sonrió—. Así de sencillo. Nos vamos todos a un hotel, cada año en un lugar diferente, donde podemos hacer actividades todos juntos… o no.

—No sé si lo termino de entender. ¿Son las típicas dinámicas de grupo?

—No. Son días de vacaciones pagadas —repitió—. Dependen del margen de beneficio que se haya repartido el año anterior. Se dedica un tanto por ciento, siempre el mismo, sobre el beneficio de Like¡t España, que se invierte en estos días de vacaciones.

—¿Estamos hablando de vacaciones para toda la plantilla?

—Para todo el que quiera.

—¿Y quién no va a querer ir?

—A veces hay gente que no puede —me explicó—. Por cuestiones familiares o de conciliación, también por economía. Al personal que no viene se le da un plus, un bonus, en compensación. La cosa está mal… Hay gente que prefiere el bonus.

Yo preferiría el bonus, sin duda. Empezaba a entenderlo.

—¿Y hay represalias si eliges no ir?

—¿Represalias? —Se rio—. Alejo, por Dios. Llevas ya un tiempo aquí, ¿crees que hay represalias?

—No. Al menos no conscientemente.

—Ni inconscientemente tampoco —aseguró—. De la organización de este viaje se ocupa parte del equipo de Recursos Humanos, pero van a necesitar que les eches una mano para ultimarlo.

—Vale, ¿qué necesitan?

—Ni idea. —Se encogió de hombros—. Ellos te lo dirán.

—¿Cuándo es?

—La semana que viene no, la siguiente.

—Guau.

—Ya, por eso tenía prisa en contártelo. —Se sonrojó un poco—. Perdona que no haya encontrado tiempo hasta ahora.

—No pasa nada. Siempre y cuando no llegue tarde a echar una mano…

«Tus ganas locas, Alejo».

—No, no. Si lo que van a necesitar de ti son tonterías para ultimar la organización, pero supongo que va a serte un poco molesto tenerlos pidiendo la vez.

Asentí sin saber ni siquiera a qué estaba diciendo que sí. Mi cabeza estaba en el bonus y en cómo iba a representar el renacimiento de mi colchoncito. Con suerte, quizá, podría…

—¿Alejo?

—Sí, dime.

—Que se te va el santo al cielo. Te decía que si tienes alguna duda.

—Em, bueno…, pues muchas.

—¿Por ejemplo?

Pensé un segundo…

—¿Qué pasa con el trabajo mientras tanto? Quiero decir, ¿se paraliza la empresa?

—No. Nunca nos vamos tantos. Coincide que se suelen quedar varias personas de cada departamento. No se les exige el rendimiento de todo el equipo, por supuesto, pero lo hacemos coincidir con la primera semana de octubre, en la que, al cumplir con el programa internacional, solemos tener menos trabajo.

—¿Y qué pasa conmigo? Quiero decir…, ¿atiendo llamadas y ya está?

Arqueó las cejas.

—Ah. Ya. Tú. —Hizo una mueca—. ¿No quieres venir?

—Pues… la verdad es que me vendría muy bien ese bonus.

Marieta cogió aire entre los dientes, buscando la manera de decirme algo. Algo que no iba a gustarme, estaba claro.

—Alejo, estás haciendo un buen trabajo intentando ponerte al día con tus obligaciones, y me consta que te habrá supuesto mucho esfuerzo alejarte de los prejuicios que te despierta el puesto, pero no puedes cobrar el bonus. Llevas demasiado poco trabajando con nosotros. No sería justo que una persona que lleva en la empresa unas semanas cobrara parte de los beneficios del año pasado, como el resto.

—Entonces tampoco estoy invitado al viaje, imagino. Es un «premio» que no me he ganado.

Nunca me había fijado en lo negras que parecían sus pestañas maquilladas en comparación con su pelo, su tez y el color ambarino de sus ojos, pero un pestañeo lento y confuso me dio la oportunidad de apreciarlo. Marieta tenía un tipo de belleza algo silvestre, como esos ramilletes de flores que cogen las niñas cuando… «Pero ¡¿qué dices, Alejo?!».

—Evidentemente, no llevas el suficiente tiempo trabajado, pero creo que sería positivo que vinieras. Te haría bien hacer equipo. He visto que has hecho buenas migas con Fran, pero si vas a pasar tiempo aquí, y espero que así sea porque pensar en formar a otro para tu puesto me pone de muy mal humor, te haría bien tener más colegas. Colegas que no formen parte del equipo directivo.

Ups. ¿Me estaba ganando fama de trepa quizá?

—Resumiendo: que tengo que ir.

—Resumiendo: no te voy a obligar y no habrá represalias, pero deberías.

Bueno. Unos días de vacaciones. Había que ver el lado positivo: unos días sin ver a mis hermanos y el altar hecho con latas de Mahou vacías que habían construido en el salón. Unos días sin tener que prepararme la cena con cosas congeladas y enfrentarme a la furia de los fogones de gas.

—¿Y dónde vamos este año?

—A Lanzarote, a un hotel muy bonito en Puerto Calero, donde tenemos reservada una zona completa con suites con vistas al mar y circuito de spa. Todo incluido.

Había que estar ciego y sordo para no darse cuenta de que a Marieta le hacía sentir muy bien poder hacer aquello con y por su equipo. Probablemente se acordaba de los trabajos mal pagados en esas empresas en las que eres un número más, un alma menos, donde lo importante es ganar, donde no se reparte, donde «el negocio es el negocio», y le hacía feliz haber construido un oasis de todo ese capitalismo extremo en medio del propio sistema capitalista. Le sonreí.

—Suena genial.

—¡Vaya por Dios! —Se rio—. No esperaba tu beneplácito.

—¿Por qué?

—Se rumorea por ahí que has viajado mucho, que eres un tipo «de mundo».

—¿Y eso cómo lo saben?

—Alguien ha bicheado tu Instagram y ha visto fotos tuyas en medio planeta, mojito en mano… Negaré ante notario que hayamos sido Ángela y yo.

—Eso debe ir en contra de algún punto del estatuto del trabajador.

—Averígualo y me dices —respondió divertida.

—¿Y qué que haya viajado?

—Pues que habrás visto maravillas que dejan nuestro plan a la altura del viaje de fin de curso de unos alumnos de bachillerato.

Eso me hizo reír, no sé por qué. Reír y ser sincero.

—Nunca he estado en Lanzarote y hablan muy bien de sus paisajes y sus playas. Será genial tener unos días de vacaciones inesperados y… con los gastos pagados.

Marieta se puso de pronto a rebuscar entre los papeles de su escritorio. Sus movimientos parecían estar siempre propiciados por una necesidad vital de acometerlos.

—Es un coñazo que la gente aún sea tan analógica en una empresa tecnológica y sigan usando papel. Es muy poco ecológico y es más difícil…

—Tienes la mesa llena de pósits.

—No es lo mismo…, ¡aquí está!

Me pasó un fajo de hojas.

—Esto me lo dio Recursos Humanos para que lo aprobara, y ya está. Te envío también el archivo ahora mismo. Pídele a Selene acceso a la web del viaje para que puedas subir las actividades que hemos seleccionado y que estén incluidas. A lo largo de la mañana, sin prisa.

—Okey.

Me levanté con el legajo en la mano y la observé acercarse la taza de café por primera vez y dar un trago.

—¿Algo más?

—Por ahora no, gracias.

—Dentro de un rato te traigo un par de botellas de agua. Me he dado cuenta de que bebes muy poco y…

Levantó la vista del ordenador y dejó la taza en su platito con una sonrisa bastante burlona en los labios. No pude evitar mirar la mancha de carmín que había dejado sobre la loza blanca, al borde de la taza.

—¿Qué soy, como las flores, que necesitan agua y aire puro?

—¿Flores? —Me reí entre dientes—. Tú eres un arce japonés.

—¿Por qué un arce japonés? —Arrugó la naricilla en un aniñado gesto de duda.

—Ah. —Le sonreí—. Búscalo y lo sabrás. No vas a ser la única que tiene algo que enseñarle al mundo, ¿no?

No. No era la única, pero sería la más importante para mí, aunque eso, supongo, no es ninguna sorpresa. Esta es una de esas historias en las que lo que va a pasar ya se sabe, pero lo importante es cómo es capaz de cambiarle a uno la vida. Y ese uno soy yo. El arce japonés, por cierto, es famoso por el color de sus hojas: rojo fuego.

10

Deseo

Dejémonos de tonterías y vayamos al grano. Marieta me molaba. Bueno, molar quizá sea una palabra que implica más cosas de las que en aquel momento mediaban entre mis ojos y ella. Por decirlo de algún modo educado, Marieta despertaba mi deseo. Me atraía. Me hacía gracia. Me la ponía como una baguette de hace cinco días.

Aparecía por mi cabeza cuando menos lo esperaba, paseando por mis pensamientos tal y como se desplazaba por la oficina, etérea. Quizá no era el tipo de chica en la que me hubiera fijado en un primer momento, pero a fuerza de verla caminar por la sala de trabajo no pude escapar a su atractivo. Era guapa, salvaje, libre, y todo eso me parecía tan sexy…

No quiero irme por las ramas, pero como hay confianza voy a ser honesto: un día tonto me toqueteé pensando en que Marieta me la comía en su despacho… y ya no hubo marcha atrás. O admitía frente al espejo que me ponía burro o cada vez sería más difícil de entender qué me pasaba con ella.

Me dije a mí mismo que era por su pelo, porque hay ciertas fantasías sexuales adheridas a las pelirrojas o… yo qué sé. Después pensé que era por la ropa que se ponía. Hasta a mí me dio asco darme esa excusa. Ella podía vestirse como le daba la gana. Mis ojos eran el problema, justo donde nacía el deseo.

Cuando fui capaz de confesarme sin tapujos que mi jefa me excitaba (quizá no era ella, sino la idea que tenía de ella, y eso me hacía pensar que estaba salvado), fue más fácil encapsular el problema y dejar de darle tanta importancia. Aunque me fastidiara. Aunque me viniera fatal. Aunque estuviera convirtiéndola en un mito sexual. Aunque me jodiera que no me mirara con la misma atención que otras mujeres.

Marieta me excitaba y yo a ella no. Nada. Nothing. Rien. Nichts.

Parecía ser completamente inmune a mis encantos. Y eso, para un tipo como yo, solo podía significar una cosa: un reto.

Para ser justo, debo decir que el trabajo se volvió algo más agradable con los días. Nada facilita más las cosas que empezar a saber qué te traes entre manos, así que el hecho de tener un plan (haz esto muy bien, prospera y nunca confieses ante tu familia y amigos que eres asistente personal y papá te conseguirá un puesto a tu nivel) y tener cada vez más claras mis labores me dotó de cierta seguridad.

 

 

Marieta llevaba un pantalón baggy negro, con un cinturón de piel desgastada con pinta de ser vintage, una camiseta blanca, una americana arremangada del mismo color que los pantalones y un colgante dorado que no supe identificar cuando me senté frente a ella en la mesa, pero en el que mantuve la mirada fija mientras ella me hablaba.

—… entonces, tengo que buscar un hueco esta semana para verme sí o sí con ellos, porque les he ido dando largas para centrarme en la actualización y hasta yo, que no entiendo una mierda de programación, cierro los ojos y veo el fraseo este que usan para…, bah. Horror. Búscame un buen hueco. Un par de horas. Y… ¿hola?

Chasqueó los dedos frente a su pecho, como rompiendo la tela de araña invisible que tenía atrapada mi mirada en su collar.

—No te estaba mirando las tetas —me salió de pronto.

Arrugó el rostro en un gesto de horror.

—Ay, Alejo, por Dios, no me lo había ni planteado hasta que lo has dicho.

Se agarró el pecho con las manos en un movimiento automático. Joder…, que se soltase las tetas, por favor…

—Estaba mirando el colgante, que no sé lo que es.

—Es un coño. —Resolvió mi duda con naturalidad para pasar a otra cosa—. Pero ¿has escuchado algo de lo que te he dicho?

—¿Un coñ…? Sí. Que estás harta de la actualización y que te cierre en agenda un par de horas con Iñigo y con Laura en una sala de trabajo. Lo de la sala de trabajo lo he añadido yo.

—Bien añadido. Parece que vas pillando el ritmo. Aunque… bonito traje —respondió con sorna.

—Gracias. Bonita americana. ¿Tienes que ir hoy al juzgado?

—Graciosísimo —se burló con una sonrisa—. Tengo una videollamada con San Francisco, y ya sabes cómo son.

No tenía ni idea de cómo eran, pero me sorprendía el tono, tan natural, tan poco impostado, que Marieta daba a asuntos como una videollamada con uno de los socios de la matriz. Sonaba importante. Era importante. Pero para Marieta… como quien dice que se ha puesto la ropa interior buena porque tiene que ir al médico.

—¿Por qué me miras así? —quiso saber.

—Así, ¿cómo?

—No sé. Si lo supiera, no te lo preguntaría.

—No te miro de ninguna forma.

—Sí —asintió entornando los ojos—. Me miras como si quisieras entender a alguien que habla en una lengua que no dominas. ¿Tú entender mi idioma?

—No es eso. —Me reí—. Es que… Bueno, no sé si me tomaría muchas confianzas si te hago este comentario.

—Me has preguntado si tengo que ir al juzgado porque llevo un blazer, me parece que ya has sobrepasado esa línea.

Sonreí y asentí.

—Hablas de cosas de trabajo que podrían resultar muy grandilocuentes como quien recita la lista de la compra.

Ah, qué sonrisa dibujaron los labios de Marieta… Deliciosa, como imaginaba que podría sonreír después de hacer que se corriera con mi boca y…

… Mierda. ¿Qué era eso?

Novedad.

Ese cosquilleo solo podía deberse a que se me estaba poniendo morcillona. En el trabajo. «Mecagoenmisombramala. Disimula, tío, disimula. No le prestes atención. Di algo».

—Ahora eres tú quien me mira raro. —Lancé la pelota hacia su tejado de nuevo.

—No te miro raro, es que… ¿no es lo normal? Lo que hago, digo: dar importancia a las cosas que la tienen en mi escala de valores.

—¿Y cuál es esa escala de valores?

—Oh, oh. Ahora sí que has chocado con la barrera de información que no deseo compartir, querido Alejo.

—Lo he notado. Valla electrificada, ¿verdad?

Sonrió y no contestó, solo miró el ordenador, buscando con total seguridad si debía tratar algún tema más conmigo o si podía despacharme. Pareció acordarse de algo y puso cara de fastidio.

—Te voy a tener que pedir una de esas cosas para las que seguro que no estás preparado ni mentalizado.

—Dispara.

—Anoche me di cuenta de que en el último viaje se me rompió la cremallera de mi maleta y no la he llevado a arreglar. Ni siquiera sé si valdrá la pena, así que mejor me compro una nueva. Me compras una nueva, quería decir. ¿Tienes mi número de tarjeta?

—No, pero no sabía que podía echar mano a tu tarjeta. Tengo un par de caprichos pendientes…

«Como alquilar un piso en el que mis hermanos pequeños no merodeen, por ejemplo».

—Estás muy graciosito hoy. —Sonrió, pero dejando claro que quizá había llegado el momento de parar—. ¿Has venido a trabajar o al Club de la comedia?

—Perdona.

Era posible, solo posible, que, desde que me había admitido que me ponía burro, me estuviera soltando un poco en un intento inconsciente de iniciar un coqueteo con ella. Solo posible.

—Necesito una maleta que no exceda las dimensiones de cabina, porque no quiero facturar, unos botecitos de esos de viaje para llevar líquidos como el champú y demás y…, ah, mierda, un bañador. Necesito un bañador.

—¿No tienes bañador? —me sorprendí.

—Tengo un bañador con el que no me gustaría que me viera nadie, porque es el que llevo usando para ir a la piscina a nadar durante los últimos seis años y un par dados de sí que creo que ya he paseado demasiado. Incluso tengo un par de biquinis que no quiero ponerme delante de la plantilla porque somos molones, pero no tanto.

Ufff. Se me puso un poco más morcillona. Ni siquiera sé cómo imaginé esos biquinis… Creo que más bien no los imaginé, no sé si me explico.

—¿Qué talla? —Le di un manotazo a la imagen que se había formado en mi mente, queriendo seguir siendo profesional.

—Pues… ni idea. —Se rio—. Ya te he dicho que soy una adulta disfuncional.

—Es imposible que no te sepas tu talla.

—Suelo necesitar una M, pero he notado que después del verano algunas prendas me quedan un poco más prietas, así que no sé si decirte que una L.

—¿En serio quieres que te escoja yo el bañador? ¿Y que decida la talla que llevas?

—No quiero que lo hagas. Necesito no hacerlo yo. Por mí como si manipulas mentalmente a Ángela para que lo solucione ella. Necesito una maleta, botecitos para las cosas de aseo y un bañador. Un par de bañadores, mejor. ¿Lo tienes?

«Lo tengo, pero no quiero levantarme ya por si se me nota el pene en el pantalón del traje».

Seguí hablando, dándole tiempo a mis bajos a volver a un estado de reposo total. Pensé en la tía abuela Luz, que tenía una verruga con un pelo negro del grosor del tronco de un pino adulto en la zona del bigote, que también lucía frondoso.

—Vamos a un buen hotel, no creo que necesites llevar champú y gel, Marieta.

Estaba claro que iba a tener que vérmelas con labores incómodas, pero la de personal shopper no la esperaba. Y me incomodaba un poco, por lo que me imagino que mi tono fue ostensiblemente más tenso que el que había usado antes.

—Quiero llevarme la mascarilla para el pelo y el hidratante corporal, además de la crema para la cara… ¿Crees que puedo?

Touché.

—Vale, pues tengo toda la información. ¿Presupuesto para la maleta y demás?

—La maleta cómprala buena. No me importa demasiado que sea cara. Los bañadores búscalos… No sé, en tiendas normales. Donde se compre los bañadores tu novia. —Cerró los ojos, arrepentida—. No, espera, no debería haber dicho eso.

Arrugó la nariz.

—No pasa nada. No tengo novia.

—¡No! ¡No me lo digas! No me interesa. No es correcto hablar sobre la vida privada de los trabajadores o que parezca que se les sonsaca información personal. Recursos Humanos se va a enfadar, no se lo cuentes.

Lo peor: parecía sincera. No le interesaba en absoluto si yo tenía novia. Nada mejor para bajarme el amago de erección.

—Descuida —gruñí—. ¿Necesitas algo más?

—No. Muchas gracias. Voy a preparar la reunión con San Francisco.

Me levanté, dibujé una mueca que quería ser una sonrisa educada y salí de su despacho. Dejé la libreta sobre la mesa y seguí andando hasta la cafetería, donde me perdí durante unos minutos, tras los que aparecí de nuevo en el despacho de Marieta, al que entré tras golpear el cristal de la pared las tres veces de rigor. Dejé encima de su mesa un plato, me incliné hacia la nevera Smeg y saqué un botellín de agua.

—Un sándwich de pollo, una manzana y un poco de agua. Solo has tomado un café esta mañana.

Sonrió.

—Anoche me comí una pizza entera yo sola y estaba pensando repetir una hazaña similar para esta noche. No te preocupes por si no me nutro. No intento guardar la línea.

—No me preocupo. Si no me equivoco, parte de mi trabajo es facilitar que no te olvides de tus funciones vitales, así que aquí lo tienes. Si no lo quieres comer, no te apetece o equis, eso ya no me incumbe. Si necesitas algo, estoy en mi mesa.

No sé por qué me molestaba tanto que me parase cuando conseguía soltarme, que el Alejo que tenía tanto éxito con las mujeres no consiguiera ni una miradita coqueta por parte de Marieta y que la polla se me hubiera puesto tonta…

Pero me molestaba.

Lo de ser asistente personal ni siquiera estaba ya en el podio de honor de cosas que me jodían cualquier atisbo de buen humor.

Verme a mí mismo en la web de Oysho y Women’Secret buscando bañadores que comprarle a mi jefa me produjo un profundo desaliento. Me acordé de que mi padre aún no se había dignado a hablar conmigo para demostrarme, claro está, cuánto le seguía doliendo la desilusión de tener un primogénito «vividor». Si supiera a qué me estaba dedicando… No sé si hubiera mejorado su opinión sobre mí o la hubiera estropeado para siempre.

—Hola, Alejo.

Ángela se acercó a mi mesa con una sonrisa que evidenciaba que, aunque no tuviera ninguna intención erótica conmigo (y estaba seguro de que no la tenía), causaba el efecto en ella que no conseguía en Marieta. ¿Me excitaría por ello mi jefa? ¿Porque la sentía inaccesible? ¿Sería por la erótica del poder?

—Hola, Ángela. Marieta está ocupada preparando una reunión para esta tarde. ¿Quieres que le deje algún recado?

—Vaya, vaya. Alguien se está haciendo al puesto, ¿eh?

No estaba seguro de que aquello fuera bueno, así que no fui capaz de responder.

—Venía a hablar contigo. Verás: Marieta es bastante mala haciendo maletas. Una vez se olvidó la ropa interior.

Empezaban a no sorprenderme esas cosas. La semana pasada había salido del despacho desesperada, pidiéndome que le ayudase a buscar el móvil, que sabía que lo había tenido en la mano, pero que comunicaba cuando se llamaba. Se estaba llamando con su móvil. Las personas con muchas ideas viven en un estado de ruido total, y Marieta convivía con un hilo de pensamiento que la ensordecía.

—Vale —le respondí a Ángela—. ¿Y qué puedo hacer?

Me pasó un papel como quien trafica con droga.

—Dile que te has tomado la licencia de descargarte una lista de necesidades para que le sea más fácil hacer la maleta.

—Me va a arrancar la cabeza —le murmuré—. Me va a decir que si pienso que es idiota.

—No, no te lo va a decir. A ti no. Entra dentro de tus funciones de «facilitarle la vida», ¿no? Si se lo digo yo, sí se va a mosquear y… no me apetece tener que buscar un centro comercial para que ella se compre en Lanzarote todo lo que ha olvidado que necesitaba.

—Qué desastre… —se me escapó.

—Un poco —añadió con gesto comprensivo—. Yo no sé cocinar. Fran odia el enfrentamiento. Selene es incapaz de depilarse las cejas sin dejárselas hechas un cristo. Eugenia, de diseño, no seguirá jamás el ritmo de ningún estilo musical. ¿Qué se te da mal a ti, Alejo?

—Disimular —confesé.

—Bien, pues a Marieta se le da mal ponerse por delante en su lista de prioridades. El trabajo y los demás siempre están por delante. No es un caso perdido, solo una mujer muy ocupada que ha escogido qué quiere que le preocupe.

Y ahí me tuve que callar.

—Vale. —Dibujé mi mejor sonrisa, una dulce pero socarrona, y me preparé para manipularla como hacía la serpiente de El libro de la selva—. Yo le doy la lista y tú le escoges un par de bañadores.

—¿Te ha pedido que le compres bañadores? —Inclinó la cabeza, aguantándose la risa.

—Sí. No hagas leña del árbol caído. Yo le paso la lista y tú le escoges los bañadores.

—Ni de coña, amigo. —Se rio con fuerza—. Nada me parece más divertido que el hecho de que se los escojas tú. Y lo de la lista, Alejo, ¿no quieres mostrar proactividad?

Maldita Ángela. No era inmune a mis encantos, pero era una jodida manipuladora. Como yo. No se puede robar a un ladrón.

Busqué en internet qué colores favorecían a las pelirrojas y me di de bruces con un artículo que hablaba de aquellos que contrastaban más con su color de pelo: azules, morados y verdes. Encontré un bañador esmeralda, con el pecho en triángulo, pero tirantes normales (no cogido al cuello) y unas aberturas en los costados que me pareció que le quedaría increíblemente bien (y con el que me apetecía mucho verla, la verdad), y uno morado, sencillo pero muy escotado, que se cerraba en el pecho con un arito dorado. Quién me ha visto y quién me ve. Nunca pensé que tendría buen gusto para la ropa de baño de mujer.

Compré una maleta Rimowa de cabina en color verde botella y un set de botes de viaje en Amazon. Busqué su dirección en el directorio de información al que tenía acceso como su asistente y lo dejé todo encargado para que le llegase a tiempo. Durante el proceso, mientras manejaba su información, me sorprendió que viviera en un lugar como Moratalaz. Me había formado la idea de que, cuando alguien ganaba la cantidad de dinero que debía de haberse embolsado ella con la venta internacional de Like¡t, lo primero que haría sería comprarse un chalet o un pisazo de lujo en una zona noble de la ciudad, pero ella seguía viviendo en el barrio en el que, por lo que había comentado, se había criado. Recuerdo a la Marieta de aquellos días como un ser extraño, casi mitológico, hecha con pedazos de aquello que yo creía que era, de su verdadera naturaleza y de lo que sus amigos veían cuando la miraban.

A las seis y media la sala de trabajo estaba prácticamente vacía. Normalmente, esperaba a que Marieta hubiera terminado lo que tenía en agenda para marcharme, a no ser que ella misma me hubiera dicho que iba para largo o me pidiera directamente que me fuera, así que hice tiempo mandándole un mail con toda la información de los pedidos que le llegarían a casa, el día estimado de la entrega y añadiendo, de paso, la lista para hacerse la maleta que me había dado Ángela. Me respondió tan rápido que no me dio tiempo ni a echar un vistazo a su despacho, donde debía de estar hablando con los socios de la casa madre, en la oficina de San Francisco.

 

Hola, Alejo:

Gracias. Pero para la próxima vez, por favor, programa el envío para que llegue a la oficina. Paso bastante poco tiempo en casa entre semana, y el edificio no tiene portero.

 

Marieta

 

Le respondí un poco molesto.

 

Hola, Marieta:

Como te indico en el mail, los paquetes llegarán a tu casa el sábado, es una fecha estimada (que es lo máximo a lo que se comprometen en los envíos, a estimar la fecha). Por eso he puesto tu dirección y no la de la oficina.

 

Alejo

 

Esperé unos segundos y… voilà. Respuesta.

 

Vale, Alejo. Lo siento. Lo he leído por encima.

Todo correcto.

Márchate a casa. Ya cierro yo.

 

Marieta

 

Suspiré. Esa cabeza loca un día se olvidaría de respirar y moriría ahogada. Apagué el equipo, recogí mis cosas, hastiado por la idea de tener que coger el tren de cercanías para llegar hasta mi casa (o la que en aquel momento era mi casa, mejor dicho) y me marché. Cuando ya salía me volví para despedirme con un gesto y apagar la luz de la sala, y…

La vi.

A Marieta, la mujer. La chica en la treintena. La olvidadiza. La preocupada por aquellas cosas que había decidido que debían preocuparle. Y lo que vi, lejos de parecerse a esa hada etérea de melena roja que visitaba mis fantasías sexuales, lejos de alimentar la imagen del mito erótico de la jefa joven que a veces lleva vaqueros ceñidos y a la que no le importa que el top de encaje se le vea a través de una blusa extremadamente grande para ella…, fue a la chica de treinta años que intentaba que todo funcionase a la vez y que los engranajes no fallasen nunca y cuyos hombros cedían a veces a la presión.

Parecía cansada. Agotada, más bien. Sobre su mesa, detrás del ordenador, se adivinaba un plato en el que reinaban los restos de una manzana, el sándwich a medio comer y una botella de agua vacía.

Chasqueé la lengua contra el paladar.

No era mi problema. Mi jornada había acabado y ella me había pedido que me fuera. Era mayorcita para saber cuándo debía irse a casa. Acabaría la reunión y se marcharía a descansar. A su hogar, en Moratalaz, cerca de su familia. Se pediría una hamburguesa a domicilio y la comería delante de la televisión en pijama o algo parecido que le dejase la sensación de un estómago y una mente felices. Quizá se pasaría por casa de sus abuelos y picaría algo de lo que su abuela hubiera dejado apartado para ella. Sí. Algo así. No debía preocuparme.

Era adulta y no era mi problema.

Me fui. Con un nudo de empatía recién estrenada en el estómago, pero me fui.

No te enfades conmigo. Por aquel entonces yo aún no discernía entre cuidar a alguien que me importaba, ejecutar bien mi nuevo trabajo o sufrir el síndrome del caballero andante que salvaba a la damisela que no necesitaba ser salvada.

11

¿Puedo hacer algo por ti?

Mis hermanos se habían comido para merendar unos bocadillos en la cantina de la universidad, después de pasar la tarde estudiando en la biblioteca. Aunque me costase muchísimo reconocerlo, eran una versión formal y sana del primogénito y príncipe destronado de la familia. A decir verdad, ellos son más guapos, además de más altos, pero juraré ante un notario no haber dicho semejante sandez.

Abrí la nevera y un yogur sabor maracuyá me guiñó un ojo con sensualidad. ¿Quién compra yogures de ese maldito sabor? Y con trozos. La vida no me sonreía.

—Decidme que hay más comida que la que estoy viendo en la nevera —grité desde la cocina.

—Si no has hecho la compra, no.

—¿Estaba bueno el bocadillo, cabrones?

—Panceta con tomate. Buenísimo. Yo ya ni ceno.

Les deseé una almorrana a ambos. Estaba a punto de comerme el yogur, manda cojones (qué iba a cenar seguía siendo un misterio, pero era problema del Alejo del futuro), cuando el teléfono de casa sonó. Ni siquiera recordaba que hubiera una línea fija en funcionamiento, porque nos solían llamar siempre al móvil. Por eso ninguno contestó con celeridad. Estábamos flipando.

—¿Lo cogéis o qué?

Ni siquiera me respondieron. Estaban completamente enganchados a una telenovela que ponían en un canal que ni siquiera sabía que se podía sintonizar, así que me acerqué yo con la esperanza de que el teléfono dejase de sonar antes de llegar hasta él…, pero no lo hizo.

—Dígame.

—Buenas noches, Alejo.

La voz grave de papá hizo vibrar mi tímpano y… el corazón me dio un vuelco.

—¿Está bien mamá?

—Me sorprende bastante este súbito interés, pero no voy a dejarme llevar por la esperanza.

—No vaya a ser… —rumié entre dientes.

—Dejaste un buen trabajo por una pataleta infantil y esperabas que nosotros te solucionáramos la papeleta. Me quedan quejas para rato.

Cerré los ojos y apoyé la frente en la pared, sin contestar.

—¿Qué tal el trabajo?

—Muy bien —respondí mecánicamente.

—Me ha contado tu madre que se trata de una empresa joven pero con proyección internacional.

—Sí —asentí, aunque no me viera, aún con los ojos cerrados y la cara pegada a la pared—. Es una empresa española que comenzó siendo una startup prometedora y que ahora forma parte de un conglomerado multinacional. Trabajo en dirección.

«Bien, Alejo, ni una mentira por el momento».

—¿Y qué es lo que haces, concretamente?

Comprar bañadores online.

—Soy la mano derecha del CEO, pero lo siento, papá, he firmado un contrato de confidencialidad que me impide hablar de los detalles. Estamos en un sector muy competitivo y… cualquier fuga de información puede ser importante.

Yeah.

—Ya. Lo comprendo. Los negocios son los negocios. ¿Es un buen sitio para trabajar?

Por primera vez desde hacía un par de años escuché en la voz de papá algo parecido a la calidez paternal. No es que fuera un ogro o que jamás nos hubiera dado cariño, qué va. Lo recuerdo tirado en el suelo en el poco tiempo libre que tenía jugando conmigo a hacer carreras con los coches teledirigidos que me traía Papá Noel. Lo tuve para mí solo durante casi once años, hasta que nacieron los mellizos. Lo que sí fue siempre papá es exigente. Creo que es cosa de su generación; pensaban que matándose a trabajar, ganando dinero, permitiendo caprichos a su prole, esta entendería el valor del esfuerzo. Algo salió mal en algunos casos… No había más que verme a mí. Me daba la sensación de que papá había albergado algunas esperanzas en mí, que esperaba que cumpliera con ciertos hitos a los treinta (promocionarme en el trabajo, casarme, meterme en una hipoteca… Esas cosas que a los padres les hacen pensar que su hijo es un adulto funcional), y yo no había cumplido. La vida es diferente a cuando nuestros padres tenían treinta años. Las frases del tipo «yo a tu edad ya tenía un hijo y había pagado la mitad de la casa» lamentablemente no sirven, pero en aquella conversación no sería yo quien se lo explicara. Yo solo quería… lo que, en el fondo, deseamos todos los hijos: que nuestros padres nos miren con orgullo.

Pero, aunque había resultado ser un hijo decepcionante tras un despunte de relativo éxito en lo mío, papá seguía ahí. Quizá él no iba a dejarse llevar por la esperanza, pero yo un poco sí.

—Es un buen sitio —afirmé con honestidad—. Cuidan tanto al trabajador que el primer día pensé que el director de Recursos Humanos me estaba tomando el pelo cuando me comentó lo que estaba a mi disposición. Es una empresa con uno de esos conceptos de trabajo con los que seguro no estás de acuerdo.

—¿Por qué?

—Porque tienen una sala para echarse una cabezadita si lo necesitas, por ejemplo. Y en tu primer día te dan una mantita suave con el nombre de la empresa bordado. Entre otras cosas.

Hubo un silencio en el que, sin saber leer la mente, era fácil imaginar que papá estaba pensando que, en tal caso, era el lugar perfecto para alguien tan acostumbrado a los mimos como yo. Me reí con sordina.

—Entonces ¿estás a gusto?

—Bueno, el sueldo no es como en mi anterior trabajo, pero estoy seguro de que con mi formación no tardaré en ascender.

Pfff.

Papá lanzó una carcajada que me devolvió a la realidad. Yo podía reírme de mis mentiras, pero ¿por qué narices se reía él?

—¿Qué te hace tanta gracia? —pregunté airado.

—Tú. Me hacéis gracia tú y tu optimismo. Son las siete y veinte de la tarde, y ya estás en casa.

—Sí, ¿y?

—¿Se ha quedado alguien en la oficina cuando te has ido?

—Solo mi… solo el CEO.

¿Por qué cojones me costaba tanto decir «la CEO»?

—Pues ahí lo tienes. Nunca ascenderás como deseas si decides que otros se queden trabajando por ti. Pero algo es algo. Al menos estás ya centrado.

—Sí, eso parece —respondí con un hilo de voz.

—Te paso a tu madre, que quiere mandarte un beso. Cuídate, Alejo. Y hazme sentir orgulloso.

«Hazme sentir orgulloso». Injusto, egocéntrico y autoritario. Eso me pareció aquello.

La conversación con mamá duró apenas unos segundos. Un reparto de besos, «¿Qué tal?». «Todo bien». «¿Nos veremos durante el fin de semana?». «No lo sé».

A decir verdad, hacía mucho que no respondía que sí a ningún plan, ni siquiera a los que mis amigos proponían por WhatsApp, y, aunque no me apetecía especialmente, uno no debía descuidar a sus amigos de toda la vida, ¿no?

Cuando colgué, las palabras de mi padre seguían resonando en mi cabeza. «… si decides que otros se queden trabajando por ti…».

Yo no podía ascender en la empresa y lo sabía. Nunca estaría en la parte más alta de la jerarquía laboral de Like¡t. No tendría acciones ni participaciones de esta. Like¡t no iba a hacerme rico. No estaba perdiendo absolutamente ninguna oportunidad de futuro marchándome a casa a la hora a la que me marchaba. Todos lo hacían. Una de las normas era no hacer horas extra si se podían evitar, no porque la empresa no quisiera pagarlas, sino porque quería trabajadores felices, que son los más comprometidos y diligentes.

Entonces… ¿por qué me sentía mal? Quizá porque todos estaban implicados con la empresa. Quizá porque había visto la expresión de Marieta al marcharme y la había ignorado a conciencia. Quizá porque sentía que todos daban más que yo y, por tanto, había algo que me estaba perdiendo. Algo que no estaba haciendo. Alguien que no estaba sabiendo ser. Malditos Boy Scouts.

Cogí el móvil del bolsillo del pantalón de traje. Ni siquiera me había dado tiempo a ponerme cómodo, más allá de quitarme la americana y aflojarme la corbata, pero había sido mejor así. Dicen que el hábito no hace al monje, pero había algo en mi «uniforme de trabajo» que me volvía más resuelto y profesional. O me lo estoy inventando sobre la marcha. Busqué el teléfono de la oficina y lo marqué en el fijo. Dio un tono, dos, tres… Al sexto la voz de Marieta respondió:

—Sí, ¿dígame?

—Hola, Marieta, soy Alejo.

—Am. Hola. ¿Te has dejado algo?

Me apoyé en el mueble (horroroso y oscuro, cómo no) sobre el que se encontraba el teléfono en el mastodóntico pasillo de aquella casa antigua y sonreí con cansancio.

—No, qué va. Es que… me he quedado un poco intranquilo por dejarte allí sola.

—No me va a comer el coco, tranquilo.

—Ya sé que no te va a comer el coco —me quedé con ganas de llamarla idiota—, pero, dado que mi trabajo es hacer tu vida más fácil y, como habrás visto, últimamente soy un hombre comprometido con mi puesto, llamo para saber si puedo hacer algo por ti. Quizá pedirte algo para picar o… no sé.

El silencio crepitó como en las antiguas líneas telefónicas, donde siempre parecía que alguien escuchaba desde otra habitación. Solo duró unos segundos, pero admito que me inquieté, sin saber muy bien por qué.

—No —terminó añadiendo Marieta—. No puedes hacer nada por mí, pero gracias por llamar.

—De nada.

La llamada se cortó, pero no me lo tomé a mal, porque tampoco consideré que hubiera nada que añadir. Me quedé allí, apoyado, en mitad del largo pasillo, con el teléfono en la mano, pensando por qué escuchar la voz de Marieta tan extenuada me hacía sentir culpable. No había nada que yo pudiera hacer por ella. Ya me lo había dicho dos veces…

—¿Qué haces ahí parado? —me preguntó Manuel, que parecía ir hacia la cocina para… no sé para qué, porque no teníamos nada más que café y unas infusiones que a todas luces debían de tener los mismos años que mamá.

—Nada —respondí—. Acabo de llamar al trabajo. La…, em…, una compañera se ha quedado sola en la oficina cuando me he ido y quería saber si seguía allí.

—¿Con fines eróticos? —Levantó las cejas.

—¿Qué dices? —Le di un empujón suave en el hombro—. De verdad, cómo sois los adolescentes.

—Hombre, una compañera, la oficina vacía, llamar para asegurarse de si sigue allí… sola… La industria del porno ha montado trilogías con menos.

—¡Hay que abolir el porno! —gritó Alfon desde el salón—. O al menos regularizarlo. Los jóvenes están educándose sexualmente a través de él, y eso fomenta conductas tóxicas y violentas, además de minimizar el placer femenino e idealizar unos estereotipos físicos imposibles de alcanzar para la mayoría.

Manuel y yo nos quedamos mirándonos, sin saber qué decir, pero Alfon parecía haberse quedado a gusto con su perorata y no quiso añadir nada más.

—Tiene razón —murmuré.

—¿Entonces?

—Entonces ¿qué?

—Que si vas a ir a ver a tu compañera o te quedas ahí parado.

No sé si fue la mención a unas intenciones eróticas en las que no había pensado o las palabras de mi padre, pero cuando quise darme cuenta estaba de camino al maldito polígono de Vallecas.

12

El consejo

Lo bueno de quedarse hasta más tarde en la oficina a finales de verano, principios de otoño, era la luz. A través de la claraboya de la sala de trabajo principal una luz azul se derramaba sobre los muebles y, gota a gota, caía sobre el suelo de madera. La sensación de soledad se mitigaba en esos momentos, en una atmósfera casi irreal, o eso me pareció cuando entré en la sala. No era un espacio deshabitado, era una realidad calmada, un dragón que dormía y te dejaba pasear por su piel reluciente. Debe de haber una palabra japonesa para designar ese momento en el que la contemplación de algo natural y sencillo, pero bello, te hace olvidar lo que te preocupa. Si la hay, yo no la conozco. Ni siquiera estoy seguro de lo que me preocupaba entonces, aunque esa sensación de peso sobre mis hombros me acompañaba a todas partes. Como si llegase tarde a una cita que se me había olvidado.

Eran ya las ocho cuando cerré la puerta con firmeza. Apenas quedaba rastro del sol y los rincones criaban triángulos de oscuridad bajo sus ángulos. Me había quitado la corbata, pero seguía llevando el traje azul marino que había lucido durante todo el día. Era uno de mis preferidos porque había que ser muy distraído o miope para no ver cómo, cada vez que me levantaba de la mesa, algunos ojos me perseguían. ¿Era presumido o me encantaba que el mundo me reafirmara sin necesidad de tener que cumplir con todos aquellos «estándares» que me hacían sentir un fracasado?

—Te dije que no hacía falta. —La escuché decir en cuanto estuve lo suficientemente cerca.

—Lo dijiste, sí, pero sonabas muy cansada.

Entré en el despacho y me quité la americana en un ademán rápido. Ella se había quitado también la chaqueta, que reposaba en el respaldo de la silla. A través de la camiseta blanca de punto fino podía entreverse el encaje de su ropa interior.

—Estoy cansada —confesó—, pero de verdad que no puedes hacer nada para ayudarme, Alejo. Has venido para nada.

—Para nada no. Algo habrá. Y, si no lo hay, pues te hago compañía.

Bufó y apoyó la frente en la mesa.

—No voy a discutir contigo —murmuró desde allí abajo, derruida—. Si te quieres quedar, quédate. Ya no puedo más. No me quedan fuerzas.

—¿Qué pasa?

Levantó la cabeza para mirarme y me sorprendió ver aquella expresión desvalida en sus ojos. Marieta era como una especie de leona que cazaba para su manada y ahora… parecía un gatito pidiendo caricias, aunque no creo que se diera cuenta. Marieta intentaba mostrarse siempre invencible.

—La reunión con San Francisco no ha ido muy bien —declaró.

—¿Y eso?

—Bueno…, dicen que han estado estudiando el rendimiento de la app en España y que hay un claro estancamiento en cuanto al número de usuarios y descargas.

—Vuestra intención era ser la aplicación que empujase a la gente a los brazos del amor verdadero. Es posible que lo hayáis conseguido y…

—Y muramos de éxito, ya. Por mucho que trabajemos en pro de las relaciones duraderas, el mundo es mundo. Las parejas rompen. Y nuevas generaciones cumplen la edad mínima para descargar la aplicación. No. No es eso.

—¿Entonces?

—Un estudio de mercado les ha indicado que hemos dejado de parecer «transgresores». Habrá que cambiar la estrategia de comunicación local.

—Bueno —le dije—, al menos hay un camino claro de posible mejora.

—Me han pedido que despida a la actual directora de Comunicación y Márquetin —me confesó, y pensé que se la veía agobiada—. Dicen que quizá ya ha dado a la empresa todo lo que tenía que dar.

—Pensé que uno de los argumentos que os había convencido para venderos a esta multinacional fue que tenían muy claro cómo gestionar las crisis y los supuestos casos de bloqueo, y que sus ideas eran muy similares a las vuestras.

—Y así fue. Tengo que despedir a Carla.

Apoyó la barbilla en el puño y me miró.

—Qué marrón —murmuré.

—Lo es.

—¿Lleva trabajando aquí mucho tiempo?

—Casi desde el principio.

—¿Las primeras campañas fueron cosa suya?

—No. —Se arrepintió de su vehemencia y siguió diciendo—: Bueno, ella aprobó las propuestas, pero fueron cosa de su equipo. Carla hace ya un par de años que no está…, no parece estar muy comprometida con el proyecto. La notamos desconectada, con poca iniciativa y menos ganas.

—¿Le habéis dado un toque?

—Dos. —Suspiró hondo, agobiada—. Uno por cada una de las últimas evaluaciones.

No sabía qué decir, nunca había sido jefe. Había tenido la responsabilidad de guiar a los recién llegados al equipo, pero eso no puede compararse con la decisión que tenía que tomar Marieta. Supongo que tenía margen de maniobra, que podía negarse a hacerlo, y, por eso mismo, sufría tanto. En una parte de la balanza estaba la lealtad a su equipo; en la otra, la responsabilidad para con su criatura, Like¡t. Alargué la mano por encima de la mesa y le di un par de palmaditas amistosas en el dorso de la suya. No había nada que yo pudiera decirle para compartir la carga, de modo que…

—¿Te apetece una hamburguesa? —le ofrecí.

Me miró desconcertada. Supongo que ni en un millón de años hubiera imaginado una respuesta semejante a lo que me estaba contando, pero, sorprendentemente, pareció que le apetecía muchísimo una hamburguesa. Me encargué de pedir mientras Marieta, en silencio, descansaba la frente sobre una de las mesas de la cafetería. Tardé lo mío en escoger la hamburguesería porque, a pesar de que se trataba de comida rápida, quería la opción de mejor calidad.

—Si vamos a comer una hamburguesa, que sea una buena, no una de esas guarras —murmuré.

Además, pagaba la empresa… Encargué una doble para mí, con patatas gajo, y una smash con todos los extras posibles para ella y con ración de patatas normales.

El cáterin que nos traía el menú cada día hacía horas que había retirado las sobras de la comida, pero aún nadaba en el espacio el aroma de aquella comida casi casera. Se lo dije, le comenté que en la cafetería siempre olía rico, pero ella estaba a años de distancia de allí y solo pudo contestar un sombrío: «¿Hummm?».

—Si hay que despedirla, hay que despedirla, Marieta. Los negocios son así —solté de pronto.

—Hay condicionantes —me aseguró, apoyando la mejilla en la mesa mientras me echaba un vistazo.

Me coloqué a su lado, apoyado en la mesa de espaldas y mirándola con la cabeza ladeada.

—Está pasando por una mala racha —insistió.

—¿De dos años?

—Sí. Problemas personales. La voy a despedir cuando más necesita algo que la distraiga, salir de casa, hablar con gente…

Mi cara lo dijo todo por mí.

—¿Qué? —quiso ahondar.

—¿Maribel te daba consejos sobre cómo gestionar la empresa?

—Si te refieres a tu predecesora, creo que quieres decir Mati. Eres horrible para recordar los nombres, Alejo.

—Ay, joder, sí. —Me reí—. Mati, eso.

—Sí. A veces sí me daba consejos, pero no sobre cómo gestionar la empresa, sino sobre cómo…

—Sobrellevar la gestión de la empresa. Lo he entendido. —Suspiré y me enderecé.

Con la mejilla aún apoyada en la mesa me vio caminar hasta una de nuestras neveras, de la que saqué dos botellines de cerveza.

—¿Bebes? —le pregunté.

—Muy poco, pero trae esa cerveza.

Las abrí con dos golpes de muñeca y regresé junto a ella. Cuando le tendí la cerveza ya estaba incorporada, deseando escuchar por dónde podría ir el consejo de un chico de familia bien, con formación en finanzas, que, claramente, había caído en desgracia. O, al menos, eso leí en su expresión.

—¿Lo has hablado con Fran? —pregunté primero.

—Sí, claro —asintió antes de dar un trago directamente del botellín—. Lo hemos hablado mil veces. Es el director de Recursos Humanos, de modo que él lo ve un poco más claro que yo: una persona que no rinde en el equipo es un lastre, por mucho cariño que le tengamos. Yo, sin embargo, como estoy libre de tener que tomar ciertas decisiones que él sí toma a menudo…, estoy menos curtida en esto. Y me sabe mal.

—Ya —afirmé.

Me senté sobre la mesa con las piernas colgando, con aire adolescente, mientras me bebía mi cerveza con aparente calma. Buscaba dentro de mi cabeza sin parar situaciones similares con las que comparar aquel brete y poder dar un consejo basado en una experiencia, pero no encontraba nada y me daba un poco de vergüenza. Ella estaba esperando claramente un consejo, un buen consejo. Sentía que estaba a punto de demostrarle a otra persona, además de a mi padre, que yo era un poquito fraude.

—Entiendo tu dilema. Por una parte, tienes que pensar en el bien de la empresa…

—… y acatar ciertas órdenes de la matriz —puntualizó.

—Sí, pero, por otro lado, quieres cuidar a tus empleados y que quede patente para estos que trabajan en un lugar seguro. Que puedan sentirse, por decirlo de algún modo, en casa.

—Es… exactamente eso. —Y Marieta pareció contrariada por el hecho de que hubiera entendido la situación.

Sentí, no sé por qué, que demostraba ser más imbécil de lo que soy y eso me incomodó, pero no cedí a la tentación de callarme. Ya se sabe: vale más la pena callarse y parecer tonto que abrir la boca y demostrarlo.

—Son intereses contrapuestos, está claro —seguí—. Like¡t es tu proyecto, en el que has invertido mucho tiempo y esfuerzo y por el que has estado peleando hasta tener el control de la empresa en España, pero esta decisión se enfrenta al bienestar de una de tus empleadas. Además, existe la posibilidad de que este despido ejerza una suerte de efecto dominó y se enrarezca el ambiente porque el resto de la plantilla tema por sus puestos.

—Justo.

—Ya…, pues tengo una pregunta. —Arqueé una ceja.

—Adelante.

—¿Dónde queda lo que es mejor para ti?

—¿Cómo?

—Like¡t es ya parte de una multinacional y, como tal, por mucho que te guste la idea de que esta sea una gran familia…, hay que tomar decisiones duras. Entiendo que no puedes posicionarte al cien por cien en un lado ni en el otro, pero ¿por qué no te centras en ponerte en tu piel? ¿Qué es lo que te va a hacer sentir mejor como CEO de Like¡t? ¿Qué es más coherente con tu experiencia a la cabeza de la aplicación desde sus inicios? ¿Cuáles son los aspectos prioritarios para ti como presidenta de Like¡t España?

—No me esperaba esto —dijo pestañeando, sorprendida.

—¿Y qué te esperabas?

—Que me dijeras que Carla tenía que irse a la puta calle y que me dejase de estupideces de familias unidas.

—Es lo que pienso, pero no me has pedido mi opinión, me has pedido un consejo. Y mi consejo es que pienses en la decisión que te haga dormir mejor.

Me encogí de hombros y me terminé de un trago la cerveza, así, como si nada. Como si no estuviera, de pronto, muchísimo más cómodo allí, como si no acabara de aportar algo que podía tener valor, como si no tuviera una chispa de esperanza de estar haciendo un buen trabajo…

 

 

Cenamos sentados frente a frente en la cantina. Hasta aquel momento me parecía imposible que alguien pudiera comerse una hamburguesa y mancharse tanto. Había chorretones de kétchup, mayonesa o grasillas varias surcándole la barbilla, en su ropa, en sus dedos y en la mesa. Era un espectáculo dantesco del que, no obstante, no podía apartar los ojos.

—¿Qué? —masculló con la boca llena—. ¿Qué miras con esa cara?

—Pero ¿tú te has visto comer?

—Comer comida rápida con estilo debería estar penado con cuatro años de cárcel y una multa de diez mil euros. Primer aviso.

Bueno…, al menos quedaba claro que ella no consideraba que yo comía como si me acabaran de rescatar de la selva después de décadas sin contacto humano… No me preguntó más acerca de la decisión que iba a tomar. De algún modo dedujo que no me iría hasta que no hubiera resuelto aquello, y estaba decidido a estar allí hasta que se fuera a casa, así que… solo le pregunté si podía ir adelantando algo.

—Deberías irte a casa —me pidió.

—Debería hacer muchas cosas, pero tengo por costumbre decepcionar a las personas que esperan que cumpla con mis deberes, así que es mejor que me des algo que hacer o terminaré molestándote.

Me pasó unas cuantas notas que había tomado en un papel sucio y medio arrugado y me pidió que programase las reuniones pertinentes y las colocase en la agenda.

—No sé yo. Suspendí paleografía.

—¿Qué narices es la paleografía? —me preguntó extrañada.

—La ciencia que estudia las escrituras sobre superficies suaves, como los jeroglíficos egipcios que me acabas de pasar en este papel mugriento.

—Pero ¿de dónde sacas estas respuestas?

—Mi madre es catedrática de Historia y… siempre me ha gustado leer todo lo que me recomienda. Soy un tío curioso.

—No tienes pinta de ser un tío curioso. —Entornó los ojos.

—¿Y de qué tengo pinta?

—Pues…

Sonrió. Cuando sonreía se le marcaban más los pómulos, que los tenía altos, equilibrados y elegantes. Le sentaba bien sonreír, aunque su atractivo no dependía en absoluto, en mi opinión, de su candidez o simpatía.

—Dilo, dilo —la animé.

—Me temo que cruza la línea entre jefa y asistente.

—Oh, qué lástima —añadí con tono jocoso—, me he perdido escucharte decir que tengo pinta de pijo relamido.

—Y presumido.

Ambos lanzamos una carcajada a la vez, lo que nos hizo reír más. Podría haberme quedado allí, riéndome, un rato más. Era evidente que Marieta no tenía ganas de quedarse sola y tener que tomar decisiones, y que a mí su compañía cada día me gustaba más, pero quizá por eso no tardé en levantarme y sentarme frente al ordenador.

Puse música. Necesitaba algo que me despejase la cabeza. Era como si una idea en estado gaseoso estuviera expandiéndose en mi cerebro, creándome incomodidad, pero sin mostrar aún su nombre. Y dicen que un hombre no puede enfrentarse a sus demonios si no les pone nombre.

De mi ordenador empezó a salir esa música que escuchaba cuando quería mecerme en ella. Hay canciones que te empujan hacia el exterior, otras que te invitan a mirar adentro y un buen puñado que, quizá por los recuerdos que evocan o por su propia melodía, son como el vaivén suave de una hamaca mecida por una mano invisible. Sonó «Creep», de Radiohead, y después sonaron muchas más del mismo grupo. Cuando ya casi terminaba «Jigsaw Falling into Place», Marieta salió del despacho y me pidió que mandase un taxi a casa de Fran.

—Ya has tomado una decisión —dije tontamente orgulloso de ella—. No era una pregunta.

—Ya lo he notado, creidito.

Los dos reímos y, sin más, busqué el número para pedir un taxi…, lo que me llevó un tiempo indeterminado más de lo que hubiera tardado Mati, estoy seguro. Algunas cosas aún me costaban un poco.

 

 

Cuando Fran llegó, no se molestaron en cerrar el despacho. De alguna manera yo ya parecía formar parte activa de aquello; era como si Marieta hubiera decidido incluirme al pedirme (de un modo quizá pasivo, pero pedirme, al fin y al cabo) un consejo. No obstante, no me inmiscuí. No participé de la conversación. No me hice notar; me vi haciéndolo en mi imaginación y parecía un gilipollas, así que el único movimiento que hice, cuando adiviné que se disponían a contactar con San Francisco por videollamada, fue golpear discretamente los nudillos contra el cristal del despacho y llamar la atención sobre la mancha de kétchup que Marieta tenía en la camiseta blanca, a la altura de la teta izquierda.

—Te has manchado. Ponte mejor la americana.

—Iba a ponérmela.

—Por si acaso.

Cuando iba a cerrar la puerta, me pidió que no me fuera aún. Durante unos segundos se me pasaron muchas posibilidades por la cabeza del porqué de esta petición: que me dijese que me quedase a la reunión, que mi buen consejo merecía que yo formase parte de aquello y que me presentase al equipo de San Francisco; que esperase porque quería invitarme a tomar algo, que… Imaginé muchas cosas, pero ninguna la acertada.

—Lo menos que puedo hacer es llevarte a casa —se ofreció.

Me lo pensé. Quizá no era tan bueno como las otras opciones, pero no era una mala situación. Los dos juntos y solos en su coche, charlando fuera de la oficina, conociéndonos un poco más, ganándole espacio a la seriedad de nuestra relación jefa-asistente para entrar en el cercado de la confianza… Sí, sonaba muy bien, pero cuando miré a Fran, que esperaba a su lado alisando su polo para que se notasen menos las arrugas que delataban que había estado tirado en el sofá, negué con la cabeza. Los tres en el coche ya no era lo mismo: eso me situaría en el asiento de atrás, como los niños.

—No, no hace falta. Te pilla en dirección opuesta.

—Voy a llevar también a Fran de vuelta. Subida ya en el coche no me importa…

—No. No te molestes. Otro día.

—Em…, vale. Pues… llama a un taxi. Lo paga la empresa.

Y a eso no dije que no.

 

 

Cuando llegué a casa recibí un mensaje de Marieta contándome que la videollamada había ido bien, que la conversación con Fran la había calmado y que habían tomado la decisión adecuada, que no siempre era la más fácil de tomar. Carla debía irse, pero iban a hacerlo bien, con cariño, con respeto y el bonus anual. Me pedía discreción y por supuesto iba a tenerla, pero quería algo más. Yo quería algo más. Quería derramar algo del líquido en el que se había convertido esa idea gaseosa en mi cabeza y que aún no podía poner en palabras, de modo que cogí el teléfono y, después de mucho pensar, contesté: «Cuenta con mi discreción; va con el puesto. Y por si nadie te lo ha dicho hoy: lo estás haciendo genial».

En mi cabeza sonaba bien. No se me ocurrió pensar que fuera mansplaining o que pareciera la palmadita cariñosa que se le da a un perrito que acaba de hacer bien un truco. Todo eso se me pasó por la cabeza cuando ya era tarde y miraba el techo de mi dormitorio. Por la noche, los pensamientos se disfrazan con ropa circense y disponen un espectáculo de malos presagios con los que batirse en duelo con el sueño.

Me pregunté si Marieta me hubiese ofrecido llevarme a casa si no hubiera estado Fran como comodín y todas mis sinapsis neuronales contestaron en coro que no. Pero si no pasaba nada, si yo solo era su asistente, si era inmune a mis encantos, ¿por qué no?

13

Chivato

Un revuelo palpable recorría la oficina de vez en cuando. Era una de las últimas jornadas antes del viaje de equipo que emprenderíamos el sábado por la mañana hasta el domingo siguiente. Mientras Recursos Humanos ultimaba los preparativos, para los que les serví de «becario», el resto de la plantilla parloteaba en cuanto podía sobre qué iba a meter en la maleta.

Marieta, con total seguridad, no había dedicado demasiada energía a pensar en ello, a pesar de que yo sí había invertido algún tiempo en pensar cómo le quedarían los bañadores que escogí para ella. Esa idea seguía cruzándose recurrentemente por mi cabeza en momentos inesperados, como en aquel instante, mientras la veía salir de su despacho etérea, flotando, con ese pelo rojo fuego… ¿Sería pelirroja de verdad?

—¿Le diste lo que te pasé?

Ángela apareció de la nada, como si hubiera esperado agazapada detrás de un escritorio a ver pasar a Marieta para abordarme, y lo hizo saltando como el payaso de las cajas sorpresa, muy sonriente, con muy buen aspecto y con ojillos brillantes. Me pegó un susto de muerte.

—¿Qué? —respondí horrorizado.

«Calma, Alejo. No te leen la mente. No saben que te estabas preguntando si tu jefa tiene el vello púbico naranja».

—La lista para hacerse la maleta…, ¿se la diste?

—Sí, sí. Se la pasé en un mail junto con otras cosas, como si hubiese sido idea mía.

—Así no vale. —Miró vigilante hacia donde Marieta hablaba con algunas personas del equipo de desarrolladores.

—Si quieres, voy a su casa y la ayudo para que no se le olvide nada —murmuré con sorna.

—Mati lo hacía.

Arqueé las cejas.

—Estaba de coña —aclaré.

—Yo no.

—¿Su anterior asistente le hacía la maleta?

—Sí, pero, bueno…, no era una asistente… —Buscó las palabras mirando a nuestro alrededor, como si volaran por encima de nuestras cabezas y tuviera que cazarlas—. No era una asistente como tú, por resumir.

—¿Y eso por qué? —me ofendí.

—Pues porque… se llevaban muy bien.

—Marieta y yo nos llevamos muy bien. Esta mañana le he contado un chiste.

—Odia los chistes, Alejo. A eso me refiero: os lleváis bien, pero me estoy refiriendo a ser uña y carne y conocerse muy muy bien.

Me pasé la lengua por el interior de la mejilla, algo celoso. Pero ¡si yo no quería ser asistente! ¿Por qué me picaba aquello?

—¿Algo más? —le pregunté con los ojos entornados, dejándole claro que no me apetecía seguir hablando con ella.

—Mira que eres sieso, Alejo —se burló antes de desaparecer hacia su mesa de un visible buen humor que me hizo sospechar.

 

 

Encontré a Fran en el almacén, buscando algo y hablando a media voz consigo mismo.

—Habría jurado que había una por aquí…

—¡Fran! —Cerré la puerta a mis espaldas cuando entré.

—¡Ah!

El director de Recursos Humanos y mi único «colega» en la empresa dio un saltito en el sitio y se agarró la sudadera a la altura del pecho, antes de fruncir el ceño y regañarme:

—Por favor, Alejo, por el amor de Dios. No me acorrales por la espalda y grites mi nombre, que mi tío Pepe está muy delicado del corazón y yo siempre me he parecido mucho a él.

Me hizo sonreír.

—¿Sabes eso que dicen de que todos tenemos un niño interior? Pues tú no. Tú tienes una anciana, de esas que se ponen el pañuelo alrededor de la cabeza para no despeinarse.

—Ja, ja. Me troncho. ¿Qué pasa? ¿Por qué me hostigas a escondidas, como si quisieras venderme droga?

—Pues… la verdad es que Ángela lo hizo conmigo para comentarme una cosa sobre Marieta y… por inercia lo he hecho igual.

—Ya te digo yo que igual no lo has hecho. Ella tiene más gracia.

—Escúchame…, justo sobre eso quería hablarte. Hoy Ángela está muy contenta.

—Ya la he visto. Muy bien.

Me dio la espalda de nuevo y siguió trasteando por los estantes que tenía frente a él, en busca de algo. Tendría que haber aprovechado para pedirle la maldita tablet, pero se me olvidó.

—Muy bien no. Así te va. Mucho te quiero, perrito, pero de pan poquito.

—¿Quién es la anciana ahora? —respondió sin volverse.

—¿Te ha dicho por qué está de tan buen humor?

—No. Nos hemos estado cruzando toda la mañana, pero no nos hemos parado a charlar. Oye, Alejo, ¿desde ahí ves si hay por aquí una caja de folios?

Di un paso, la saqué un poco de la estantería y se la señalé.

—Apúrate a sonsacarle información en la comida. Ahí está pasando algo. Te lo digo yo.

Desaparecí tal y como hice aparición en escena. En esa empresa lo primero que te enseñaban era a moverte como un ninja.

 

 

Ensalada de brotes verdes, arroz basmati, curri de langostinos, pavo al cava con verduritas y falafel… El menú de aquel día llenaba cada rincón de la cafetería de un aroma que se podía paladear… Eso o yo venía con mucha hambre, porque la noche anterior había cenado macarrones con aceite y sal. Seguía negándome a entregar los trescientos euros para la compra y mis hermanos se estaban haciendo fuertes; era cuestión de tiempo que doblegaran mi voluntad. Fran me señaló un asiento libre a su lado en cuanto me hube servido curri y arroz y lo ocupé enseguida.

—¿Qué tal? —saludé con mi tono habitual, quizá poco entusiasta—. Que aproveche.

—Gracias —farfulló Marieta con la boca llena de falafel.

—Eso repite —le murmuré.

—Iré a eructar al lado de tu mesa para que no te lo pierdas.

—Marieta, por el amor de Dios —se quejó Fran—. Que es tu asistente.

—¿Y qué? Nos comunicamos así. No me va a denunciar por acoso laboral, ¿a que no, Alejo?

—¿Cuánto me das para que no lo haga?

Los dos nos sonreímos y casi me la puso un poquito dura el orgullo de haber hecho que sus labios se arquearan de aquella manera.

—De qué buen humor estáis hoy, ¿no? —se burló Ángela.

—¡Mira quién habla! —respondió rápido Fran—. Llevas todo el día con una sonrisa de oreja a oreja que lo que no sé es cómo no te duele la cara.

Y, dicho esto, me miró muy poco disimuladamente, orgulloso de sí mismo y de haber seguido mi consejo. Le faltó guiñarme el ojo. Toda esa gente estaba tarada, por el amor de Dios.

—Es yoga facial —mintió Ángela con una sonrisilla.

—A esta le pasa algo —insistió Marieta dándole un codazo a Selene, a la que tenía a la izquierda.

—Yo lo sé —respondió esta juguetona.

Todos la miraron expectantes, pero Ángela me echó un vistazo, algo incómoda.

—Ah, creo que sobro —dije cogiendo mi bandeja con la intención de cambiarme de mesa.

—¡No seas bobo! —se quejó Marieta—. No desvíes la atención hacia tus ojitos de gacela.

¿Le gustaban mis ojitos de gacela? Tenía que sacar más partido a mi mirada cuando estuviera con ella, pero… ¿cómo? ¿Y si me ponía rímel? Volví de mis pensamientos intrusivos sobre cómo conseguir que mi jefa se derritiera por mí para ver que, efectivamente, habían cambiado de tema, pero porque Ángela no se sentía cómoda hablando de lo que fuera que le pasaba delante de mí.

—No soy bobo —irrumpí—. Está claro que quiere contaros algo, pero yo no soy su amigo y está en su derecho de medir la información que da sobre su vida delante de mí. —Porque probablemente Ángela sabía que usaría todo cuanto supiera para chantajearla en algún momento. Piensa el ladrón que todos son de su condición. Y tenía razón—. Voy a… —miré alrededor—, voy a socializar.

—Socializas como el culo. —Marieta me lanzó un granito de arroz.

Como empezaba a ver que era costumbre, se había servido un poquito de cada cosa.

—Pues más a mi favor. Tendré que practicar.

Miré a Fran y quise mandarle por telequinesis que me debía una. Segundos después me sentaba con un grupo de personas de varios departamentos que me miraron como si acabase de desembarcar en la orilla de una playa en Nueva Guinea, habitada por una tribu que no ha tenido contacto con el resto de la civilización jamás.

—¿Qué tal? Soy Alejo. ¿Vais a Lanzarote?

—Alejo, ¿tú eres tonto? —respondió Tote—. ¿Cuántas veces vas a presentarte a la gente?

—Las que haga falta.

Sonreí como en un anuncio del dentífrico más recomendado por los dentistas. No me juzgues. Lo hice lo mejor que pude. Con el rabillo del ojo vi que la conversación se había reanudado de manera animada en la mesa que acababa de dejar, pero Marieta parecía no prestar atención. Por primera vez…, por primera bendita vez, la descubrí mirándome. Estaba demasiado lejos para comprobar si ya había una chispa de curiosidad sensual en sus ojos, pero algo me decía que… no.

 

 

Fran me mandó un mail un rato después de que volviese a mi mesa mientras trataba de ordenar toda la información sobre el viaje que su equipo me había mandado. Tenía que organizar un dosier para enviar al día siguiente a todos los contactos de la lista de distribución «Lanzarote» y, entre tanto archivo, me estaba haciendo la picha un lío. Estaba mejorando, pero eso no significa que, de una semana para la otra, me convirtiera en el asistente ideal. Además, es muy complicado mejorar en algo que te avergüenza. No sé si porque me imaginaba el pastel o por procrastinar un poco, me lancé a abrir el correo electrónico de Fran y me sorprendió que fuera tan escueto. Solo había que leer una línea: «Ángela ha conocido a alguien. Estás despedido».

Bufé. Por si fuera poca la movida que tenía…

Respondí: «Te veo en el baño cuando termine la hora punta del cepillado de dientes».

 

 

—Tenemos que dejar de vernos a escondidas, mi amor —quise bromear al encontrarlo frente al espejo.

—Míralo él, qué gracioso.

—¡Oye! ¡Ni que le hubiera presentado yo a ese tío!

—No te voy a despedir por eso, tonto del higo. —Se rio con amargura—. Pero como Cyrano no vales un duro.

—He estado centrado en saber hacer mi trabajo para que no me despidierais con un motivo real, perdóneme usted.

—Vamos a ver. —Me colocó la mano en el hombro—. ¿Tú crees que, después de haber esperado diecisiete años, unos días iban a marcar una verdadera diferencia?

—Quién sabe. No lo sé. —Me quedé mirándolo y su gesto me invitó a reflexionar—. Bueno. No. Sinceramente, no iban a marcarla.

—Bien. Gracias por tu honestidad.

—Que conste que no tengo intención de hurgar en la herida.

—Ya lo sé. Solo quería hablarlo contigo para decirte que… que lo dejes estar. Que si alguna vez se te pasó por la cabeza realmente hacer algo para juntarnos, que sepas que es una iniciativa absurda. Y no te preocupes, que seguiré echándote una mano cuando tengas una duda para no dejarte con el culo al aire delante de la jefa. Aunque ya veo que estáis haciendo buenas migas.

—Sí, bueno, pero parece que nunca estaré a la altura de Mati.

—Nunca estarás a la altura de Mati. La llamábamos Morgana. Era como una bruja que, por algún tipo de magia negra, siempre se adelantaba a sus necesidades.

—Puedes llamarme Merlín si quieres.

—¿Merlín? —Sonrió con ironía—. Houdini te voy a llamar, porque tienes el don de hacer desaparecer llamadas en espera.

Puse los ojos en blanco.

—Ángela ha conocido a alguien, vale, pero tú mismo me dijiste que las historias no le suelen durar nada —añadí, cambiando de tema.

No quería ahondar en mi escasa habilidad para las cuestiones telefónicas.

—Sería un amigo de mierda si esperase que esta vez no le funcionase tampoco.

—Es que estás enamorado de ella; eso ya es ser un amigo de mierda.

—Eso no es verdad. No quiero ser un amigo de mierda y me estoy cansando de apretar los dientes cuando pongo el hombro para que llore los malos amores y de ser el colega con el que se ríe mientras disimulo que la quiero.

—¡Claro! Estás cansado de quererla en silencio, porque ha llegado el momento de quererla en voz alta y con la boca bien llena.

Me dedicó una mueca teñida de un desprecio bastante burlón.

—Madre mía, qué intensidad, Alejo…

—¡¡Sal de la friendzone!! —le animé.

—No. No voy a salir de ningún sitio, voy a asumir mi papel y punto. Espero que le vaya genial, porque así… así a lo mejor a mí también me libera de esta condena.

Fran sonrió de nuevo con tristeza haciendo de sus labios un nudo apretado y me golpeó suavemente con el puño en el costado.

—No temas, cariño mío, no dejaremos de ser amigos por esto —aclaró.

—Ah, ¿somos amigos?

Se fue del baño riéndose, pero yo me quedé allí unos segundos más y no porque quisiera evitar que nos vieran salir juntos. Era solo que… tenía cierto malestar y no era físico. Era un nudo en el estómago, una sensación desagradable con la que no estaba acostumbrado a lidiar. Creo que era empatía. Qué horror.

 

 

Entré en el despacho de Marieta tras tres golpecitos en el cristal y me recibió sonriente. Se acababa de retocar el pintalabios color coral y llevaba uno de sus vestidos de tirantes estampados con pequeñas flores, aunque se había echado por encima una chaqueta de punto, porque hacía un poco de frío. Solía ocurrir en cuanto el sol dejaba de calentar directamente el edificio.

—Parece que está entrando el otoño —me dijo.

—¿Quieres que vaya a tu casa a ayudarte a hacer la maleta?

Lo solté a bocajarro porque no quería salir de allí sin decírselo y quitarme de encima los asuntos incómodos cuanto antes siempre me había parecido la mejor opción. Pero no salió como esperaba. Bueno…, salió como esperaba, pero no como deseaba, porque Marieta dibujó una cara de absoluto espanto y contestó:

—¡Claro que no!

—Me ha dicho Ángela que Mati lo hacía.

—Mati hacía muchas cosas que quizá excedían las responsabilidades de su puesto.

Me senté frente a ella sin que me lo pidiera y se mostró bastante sorprendida.

—¿Qué haces ahí? ¡Largo! Tengo que trabajar.

—Yo también. No sabes el lío que tengo con el dosier del viaje. Ya no sé si vengo o si voy, pero antes necesito aclarar esto.

—¿Aclarar qué?

—¿Por qué te espantas si me ofrezco a ayudarte a hacer tu maleta?

—¿Por dónde empiezo?

—Por donde tú quieras. —Crucé los brazos sobre el pecho.

—Porque está lejos de tus responsabilidades como asistente.

—Según como lo mires.

—Como lo estoy mirando ahora. Sigo: porque es una propuesta que implica horas fuera de tu horario laboral, porque tendrías que acceder a mi casa, a mi ropa, a mis enseres personales en general y… Señor, pero ¿usted quién es?

La miré alucinado.

—¿Qué dices? —pregunté asustado.

—Es un meme muy famoso que sacaron a partir de un caso de El diario de Patricia… ¿No sabes…? Da igual. ¡Porque no! No te quiero ver doblando mi ropa interior.

—¿Crees que me seduce la idea de doblar tu ropa interior?

«Muchísimo, pero estoy intentando que no se me note».

—Alejo, ¿qué perra te ha dado con querer hacer mi maleta, si puede saberse?

—Pues que parece que soy un asistente de segunda.

—¡Hace unas semanas ni siquiera querías ser asistente!

—Y no es que quiera, es que, si lo soy, al menos quiero ser uno muy bueno.

—Aún pierdes llamadas en espera, céntrate mejor en aprender a usar el servicio de telefonía y…

—¿Y tú harás tu maleta sola? Al menos seguirás la lista que te mandé.

Me clavó los dos ojos como dos banderillas. Estaba planteándome que quizá no era la conversación ideal para mantener con mi jefa cuando Marieta me interrogó sin rodeos:

—¿Ha sido Ángela?

Levanté las cejas y parpadeé intentando poner cara de póquer.

—¿A qué te refieres?

—¿Ha sido Ángela la que te ha estado calentando la cabeza con el tema de la maleta? Y no mientas.

—No miento. —Esa fue mi respuesta.

Cuando sé que estoy a punto de meter la pata, mi única herramienta suele ser la de intentar distraer al adversario contestando cosas absurdas.

—¿Te ha estado diciendo Ángela que me insistieras con el tema de mi maleta? La pregunta es sencilla.

—¿Es el tardígrado el animal más resistente del planeta?

—Yo la mato.

Cuando quise darme cuenta, Marieta y Ángela protagonizaban una riña bastante similar a la que podrías ver en el patio de un instituto, sin drama pero encarnizada en cuanto a reproches.

—Pues no me arrepiento —se defendía Ángela.

—Pues deberías.

—Siempre se te olvida algo.

—Es mi problema.

—¡Y el mío! Que luego me toca ir a buscar tiendas.

—Perdóname, amiga de mierda.

—Yo no soy una amiga de mierda, solo quiero disfrutar de la piscina.

—Yi ni siy ini imigui…, traidora.

—¡Chivato!

Y esto último me tocó a mí, que no supe qué hacer más que levantar la mano y saludar a todos los que me miraban entre divertidos e intrigados. «Sí, he sido yo. No busquéis otro culpable».

14

El arte de socializar

A Marieta se le olvidaron el cepillo del pelo, la pasta de dientes, el pijama y algunas cosas más que no quiso concretar cuando me pidió que fuera a comprar en el duty free al menos el peine y el dentífrico. Necesitaba hacerse con ellos antes de que Ángela se diera cuenta y saliese con el clásico: «Te lo dije».

—Ella no va a decírtelo, pero yo sí: «Te lo dije» —respondí airado—. Esto no hubiera pasado si me hubieras dejado ayudarte con la maleta.

—Al final voy a pensar que sí tenías interés en meter mano a mi ropa interior.

—Es solo curiosidad inmobiliaria. Quiero saber cómo viven los ricos.

—No sé, tendrás que preguntárselo a uno. Mira, ahí está Fran. Dicen las malas lenguas que cobró unos millones de euros en la venta.

No lograba explicarme todavía por qué me sentía celoso de la tal Mati. No lo entendía…, aunque empezaba a sospechar que lo que intentaba de una manera bastante torpe era acercarme a ella.

Aquella escapada a Lanzarote era la situación ideal, una excusa para vincularme a Marieta a través de otra cosa que no fueran los cafés. Por el amor de Dios…, con un máster con mención de honor y sirviendo cafés…

La plantilla estaba animada con el viaje y era fácil verlo… y oírlo. Armamos un revuelo considerable en la recepción cuando entramos en el hotel. Éramos casi cuarenta personas y ocuparíamos todas las habitaciones del Club Preference, con una piscina exclusiva para nosotros y un bar junto a la misma donde comer y tomar copas durante todo el día, además de poder disfrutar del resto de las instalaciones, como los demás huéspedes. Casi todo el mundo compartía habitación (casi, porque los socios no, claro; Fran, Ángela y Marieta tenían sus propias habitaciones, como todas las demás, pero con una cama de matrimonio para ellos solos). Todo el mundo se había organizado para ser compañero de cuarto de la persona con la que mejor congeniaba, menos yo, que casi no conocía a nadie.

En el colegio, la universidad, el máster, el trabajo… Siempre fui alguien bastante popular. No me costaba sentirme arropado por un buen grupo de gente que se mostraba abiertamente interesada en estar junto a mí. No sabía lo que era sentirse marginado… Bueno, no lo supe hasta ese día, cuando me vi solo rodeado por todas esas personas que chocaban las manos con sus roomies, felices como chiquillos que comparten litera en un campamento. En aquel mundo al revés que era Like¡t, yo era el bicho raro.

Pero tuve suerte. Mi compañero de habitación resultó ser Tote, el chico al que le gustaba combinar faldas de colegiala con pantalones de traje tres tallas más grandes que la suya. A pesar de que nuestros criterios sobre moda no tenían absolutamente nada que ver, solo me hizo falta el ratito que invertimos en repartirnos el espacio del armario para saber que el experimento de compartir habitación iba a salir bien.

—Te tenías que haber sentado con nosotros en la comida ya el primer día —me dijo después de reírse de un chiste que hice a raíz de una de sus camisetas de rejilla.

—El primer día la jefa me mandó a casa castigado.

—¿Y eso? —Frunció el ceño, divertido.

—Porque, según ella, ponía cara de estar manipulando heces. ¿O eso fue el día siguiente? No lo sé. Me ha costado un poco hacerme con el puesto.

Fuimos a comer y me presentó al resto de la pandilla, que eran todos esos a los que yo llamaba modernos. Aunque los nombres de cada uno me bailaban en la cabeza, yo actuaba como si estuviese superatento, pero esa no era la realidad. Miraba de reojo a todos los rincones intentando localizar a Marieta, pues le había perdido la pista hacía un rato, desde que dejamos la recepción. Pero no había rastro de ella y… me tuve que integrar. Básicamente, porque uno no puede quejarse de sentirse desplazado y luego estar a por uvas cuando muestran interés en integrarte.

Y, bueno, no sé si fue cosa de la cerveza que tomamos, de la brisa del mar o de la increíble temperatura de Lanzarote a principios de aquel mes de octubre, pero después de un rato me sentí relajado y a gusto como hacía mucho que no me había sentido con un grupo de colegas. ¿Un grupo de colegas? Imagino que por aquel entonces solo podía identificarlos como compañeros de trabajo, pero hoy me doy cuenta de lo amables que fueron siempre conmigo.

Después de comer algo, el grupo se fue dividiendo. Algunos querían echarse la siesta, otros, ir a la piscina, unos cuantos, deambular por el hotel para conocerlo bien. No obstante, quedamos en volver a vernos a las cinco y media en la piscina que teníamos frente a nuestras habitaciones y a la que solo podíamos acceder nosotros. Y, sin saber muy bien qué hacer, con las manos hundidas en los bolsillos y una sensación vaga de torpeza social, fui dando vueltas por el hotel, porque antes muerto que dar la sensación de que me pegaba a Tote como si fuese un amuleto de la suerte. Uno tiene una imagen que salvaguardar y a los tíos interesantes la soledad no nos molesta.

Después de vagar arriba y abajo, de pasar por la habitación, de cambiarme de ropa y, básicamente, hacer tiempo, me la encontré. Sin más, sin esperarlo. Suele ser así con todas las cosas de la vida: puedes invertir todo tu tiempo y energía en buscar algo que se te presentará con toda naturalidad solo cuando hayas dejado de andar a la caza. En una mesa, a la sombra y ataviada con un bañador que NO le había escogido yo, estaba Marieta. Si ya me costaba mirarla como una figura de autoridad (lo que no significa que no le tuviera respeto o que no lo mereciera, solo demuestra lo intoxicada que está la imagen de poder a través de la mirada masculina, como habría añadido mi hermano Alfon), con aquel bañador negro de pronunciado escote redondo y el pantalón palazzo de talle alto, se alejaba unos años luz más de ese barrio en el que vivían las mujeres a las que yo no debía intentar ligarme.

Estaba increíble. Cómo refulgía el naranja de su pelo con aquella luz; eclipsaba a cualquiera que estuviera sentado a su lado, que en este caso eran Fran y Ángela. Qué guapa estaba con la cara lavada y las mejillas sonrosadas, descalza, jugando con el dedo gordo de su pie derecho con la superficie de cemento pulido del suelo. Tenía la maldita habilidad de aparecer siempre de súbito, pero como si los directores de escena hubieran cuidado cada detalle y hubieran añadido unos jirones de nubes a su alrededor.

Me quedé embobado porque me parecía tremendamente sexy. No voy a poner más excusas. Tre-men-da-men-te se-xy. Y nunca me habían gustado especialmente las pelirrojas, yo era más de rubias. Y nunca me habían gustado especialmente las hippies, yo era más de niñas de papá. Y nunca me habían gustado especialmente las mujeres que ostentaban puestos de poder, yo era más de tener la sartén por el mango. Pero allí estaba, a punto de que se me cayera la puta baba, tan embobado que no me di cuenta de que ella también me estaba mirando y, sobre todo, de cómo me estaba mirando.

Fue como si me viera por primera vez. Como si yo fuera un nuevo sabor, un nuevo color, un olor que nunca antes había llegado a sus sentidos. Marieta me miró como si acabase de entrar en su película, como si el guion hubiera cambiado, como si hubieran sustituido a un actor por otro para interpretar a mi personaje. Juraría que Marieta me había descubierto en aquel preciso instante. Y me gustó la sensación.

—¡Alejo! —Tote me llamó a mis espaldas—. Están cerrando el bar, así que hemos decidido ir todos a la habitación de Jordi, que tiene terraza. Ve y pide cuatro cervezas más antes de que cierren.

—Marchando…

No quería irme, tampoco tenía excusa para quedarme, pero, sobre todo, cuando me volví de nuevo hacia ella, Marieta ya no me estaba mirando.

Pasé por su mesa y saludé a Fran con una palmadita en el hombro.

—Ey, ¿qué tal? ¡No te hemos visto el pelo en todo el día! —me saludó.

—Estaba socializando. Como la jefa dice que lo hago tan mal…, soy un trabajador aplicado y pongo más énfasis en perfeccionar aquellas herramientas que no domino.

Con esa respuesta quería, es obvio, picarla, que me mirara de nuevo, llamar su atención, pero Marieta, muy concentrada de repente en el líquido que quedaba en su copa, no hizo acuse de recibo.

—¿Vas a la habitación de Jordi con todos? —me preguntó Ángela en tono muy amable—. Son gente muy maja. Me alegro de que hayas hecho buenas migas con ellos.

—Sí, es que comparto habitación con Tote y…, bueno, me los ha presentado a todos. Ya era hora de que me relacionara con más gente aparte de vosotros, no quiero cultivar fama de tiralevitas y chupaculos.

—¿Tiralevitas? —se descojonó Fran.

—Sí, tiralevitas. Hay que leer más, machote.

Los dos nos reímos y yo volví a buscar la mirada de Marieta, que ahora parecía enfrascada en su móvil.

—Luego os veo, tío.

—¿Tío? ¡Es tu director de Recursos Humanos! —se mofó Ángela.

—Pero ya somos amiguitos.

Intentamos chocar las manos, pero como no lo teníamos preparado aquello fue un desastre que dejé atrás señalando la barra y añadiendo que tenía que hacerme con unas cervezas antes de que cerraran.

—¿Nos tomamos una copa esta noche después de la cena? —me ofreció Fran.

—Claro.

Claro que sí. ¿Cómo iba yo a perder la oportunidad de que Marieta me mirase otra vez?

 

 

Aquella noche escogí unos vaqueros y una camisa liviana blanca que me arremangué hasta el codo. Quería repetir estilo por si había sido eso lo que había conseguido que mi jefa me mirase por fin como se mira algo que te apetece, pero, cuando me crucé con ella en el vestíbulo que distribuía la entrada a los diferentes restaurantes, no surtió efecto. ¿Me miró? Sí, lo hizo, pero de pasada, casi rehuyéndome. Me habría encantado hacerle una broma que dejase entrever lo favorecida que me parecía que estaba con aquel vestido negro de tirantes, largo, y las sandalias doradas atadas al tobillo, pero no me dio demasiada oportunidad, y yo sospeché que algo no iba bien. ¿Me había descubierto y perdido en el mismo instante?

Nosotros cenamos en el restaurante italiano; ellos, en el grill. Me zampé una pizza margarita y compartí con Tote una ensalada de burrata y unas bruschette, y, para cuando terminé, ya me apretaba el botón del pantalón.

—Yo esto necesito bajarlo con un gin-tonic —les dije palmeándome el vientre.

—¿Cómo podía saber lo que bebías antes incluso de dirigirte la palabra por primera vez? —respondió Tote.

A todos nos hizo gracia.

Nos acomodamos en el patio que daba a los jardines y a las piscinas comunes para tomar algo. Me pedí una ginebra con tónica y vigilé por si veía pasar a los tres socios, porque le había prometido una copa a Fran (guiño, guiño, como si no se me notaran las intenciones), pero no los vi por ningún lado. Podría haberle mandado un wasap, pero no tenía su número. Como siempre nos comunicábamos a través del mail o la mensajería instantánea interna…

—Oye, chicos, le dije a Fran que luego me tomaría algo con él. ¿Alguno tiene su número?

Todo el grupo me miró enternecido.

—Alejo, angelito, en esta empresa hay muy buen rollo, pero el director de Recursos Humanos y socio no va dando su número personal a la plantilla.

—Es que no somos sus amiguitos, como tú.

—Pues porque andáis cortos de habilidades sociales —repuse—, a ver si espabiláis, chavalada. Menos mal que me tenéis a mí.

Estallaron risas y carcajadas y me levanté con la excusa de ir al baño, por si los veía pasar, pero nada. Al volver a la mesa me habían pedido otra copa y me vi en la obligación, al menos, de fingir que me la bebía. Tenía la cabeza en otra parte, en una preocupación un poco ansiosa e insegura, dándole vueltas a si había podido hacer algo que hubiera molestado a Marieta y explicase por qué ahora parecía rehuirme, pero no daba con nada. Y cuanto menos encontraba, más angustiado me sentía. Yo angustiado por si le había sentado algo mal en nuestros días de vacaciones pagadas. ¿Qué mierdas, Alejo?

 

 

Eran las doce y media cuando dije que me caía de sueño y me despedí hasta el día siguiente, pero, en lugar de ir directamente a la habitación, me puse a pasear, atravesando la oscuridad de los jardines del hotel hasta desorientarme. Seguí el sonido del mar, llegué al muro que separaba el hotel del camino pedregoso que conducía hasta el agua, me ubiqué y volví para entrar en mi habitación. Era una noche con una luna oronda, casi llena, que vibraba de tanta luz que desprendía. Y, aquí y allá, palmeras y arbustos de baja estatura recibían unos hilos plateados de luminiscencia nocturna y el impulso de unos jirones de brisa que lo revolvían todo. Pensé que habría sido una noche perfecta para acercarme a ella. Habría sido una noche para brindar, conocerla un poco mejor, saber si en realidad la deseaba o sentía solo la respuesta caprichosa ante aquello que no podía tener. Pero esa noche no había sido nada más que unas copas con los compañeros. De todas formas…, ¿me serviría de algo saber si era una cosa o la otra? Quiero decir…, si averiguaba que Marieta era un caprichito que me gustaba a la vista o si me atraía de verdad…, ¿iba a hacer algo? Lo que me faltaba. Intentar enrollarme con mi jefa era el único lío en el que aún no me había metido.

Enfilaba el pasillo donde se encontraba mi habitación y ya sacaba la llave del bolsillo cuando una puerta se abrió de par en par y una animada conversación se escapó por su vano.

—Ya, sí, claro. ¡Que no quiero ni más cerveza ni más partidas de chinchón! Yo lo único que quiero es dormir.

—¡Aburrida!

—Mañana será otro día.

—La verdad es que lo de las cartas tampoco suena a planazo —respondí cuando reconocí las voces.

Marieta se asomó, buscando al dueño de aquella respuesta, agarrada aún al marco de la puerta y sujetándola para que no se cerrase.

—¿Ese es Alejo? —Escuché decir a Fran.

—Sí, tío, soy Alejo, al que has dejado tirado.

—¡Haberme escrito, payaso!

Se notaba que también habían bebido unas copitas…

—¡No tengo tu número!

—¡Fallo mío! —gritó—. ¿Quieres entrar? Y, sobre todo, ¿sabes jugar al chinchón?

—A mí dejadme. Yo me voy a dormir. Por hoy ya he tenido suficiente —respondí.

—Mañana recuperamos, campeón.

—Bébete un vasito de agua —lancé hacia el interior de la habitación.

Me quedé tan cerca de Marieta que pude percibir su perfume de jazmín.

La habitación estaba a oscuras, pero se recortaban las siluetas de Selene, Ángela y Fran, sentados en la terraza que daba a la parte más estrecha de «nuestra» piscina.

—Hasta mañana —les dije.

Respondieron animados, dando muestras de que la noche no había acabado para ellos, y miré a Marieta, con el pelo largo y ondulado, salvaje, despeinado, que me observaba amparada por la oscuridad del pasillo, que recibía tan solo la luz de las farolas del exterior.

—¿Te vas a tu habitación? —le pregunté.

—Sí.

—La mía está ahí delante.

—La mía en la otra dirección.

Se sucedieron unos segundos de silencio incómodo que atajó ella misma:

—Buenas noches, Alejo.

Intuí que sus ojos me evitaron cuando se dio la vuelta hacia el pasillo. Dudé durante unos microsegundos si atrapar su muñeca, girarla hacia mí y preguntarle qué le ocurría, pero algo me dijo que era mejor dejarlo pasar.

—Buenas noches, señorita arce.

Se volvió, parcialmente, pero se volvió, y, durante unos segundos, pude ver en sus labios un atisbo de sonrisa.

—Duerme la mona, cantamañanas.

Algo se relajó en mi estómago, allí plantado, viéndola marchar. Su vestido volaba según avanzaba y su pelo se mecía al ritmo de sus pisadas. Era consciente de que ella sabía que estaba allí, como un pasmarote, mirando cómo se marchaba, pero me daba igual. Estaba, de pronto, muy contento, aunque esa alegría se fue disipando cuando escuché que su puerta se cerraba, a tres habitaciones de distancia. Solo quedó una sombra insignificante de gozo infantil.

«Alejo, por el amor de Dios, ¿qué te ocurre?».

Pues me ocurría que Marieta había pasado de mirarme diferente a evitarme. Me había parecido que había mostrado una suerte de espejismo… de deseo. Y yo prefería que me mirase raro, pero que al menos me viese.

Venían curvas.

15

Tonterías

Nos cruzamos en el bufet de desayuno y pensé que me estaba volviendo loco. En serio. Pensé que se me había ido la pinza. Me encontré a Marieta mirando intensamente unas tortitas que parecían recién hechas y, al notar que alguien se colocaba a su lado, se volvió y me sonrió. Así, sin más, como si el día anterior no me hubiera mirado como si un campo de fuerza maligno me rodease.

—¿Con qué crees que están más buenas las tortitas? No me decido y no quiero que se me enfríen en el plato.

—Con sirope de arce o con chocolate y plátano.

—Me gusta cómo piensas.

Se acercó al mostrador hasta colocar sobre su plato cinco tortitas, una encima de la otra, y llenar un tarrito de chocolate para untar.

—Voy a por el plátano. Estoy sentada fuera, ¿te sientas conmigo?

—Claro.

No pude decir nada más. «Claro». Mientras merodeaba por allí mirando con qué llenar mi plato, iba pensando también los posibles motivos por los que el día anterior la había notado tan rara. A lo mejor, cuando bebía buscaba evitar a todos los trabajadores por debajo del equipo directivo. Aunque… por la noche había estado con Selene. Además, eso no le pegaba nada. Era defensora de la naturalidad y en una ocasión me había dicho que no bebía demasiado. Así que eso no podía ser.

¿Estaría estresada por nuestro desembarco en el hotel? Quizá era como la profe en una excursión de adolescentes y estaba preocupada por nuestro comportamiento. Pero… toda la plantilla era tranquila, sanota. No tenía conocimiento de que hubiera alguna manzana podrida y me hubiese extrañado mucho que, de haberla habido, no la hubieran despedido para que no «contagiase» a los demás.

A lo mejor, sencillamente, tenía doble personalidad. O algún tipo de trastorno. Tampoco pasaría nada y lo explicaría todo…, pero, conociéndola, ¿no me lo habría dicho ya?

Para cuando llegué a su mesa no lo había resuelto, pero había decidido obviarlo por completo para no hacer la bola más grande. Me senté, le sonreí y me serví café solo (y un poco aguado) de una jarra que había sobre la mesa.

—Pareces descansado —me dijo.

—Ah, es que he descansado. Esto es un gustazo.

—¿Estás a gusto? —me preguntó.

—Mucho.

—Pareces sorprendido al decirlo.

—Lo estoy. Pensaba que el resto de la plantilla estaba formado por individuos marcianos y modernos, de una generación con la que no tenía nada que ver, y que para ellos yo sería como un dinosaurio.

—Si no usas náuticos, está todo bien —se burló.

—¿Qué les pasa a los zapatos náuticos?

—Pues que son horribles. —Se metió en la boca un buen trozo de ese pastel con cinco pisos que había montado con el chocolate, el plátano y las tortitas—. No sabes cómo está esto.

Lo farfulló poniendo los ojos en blanco y me pregunté si se le pondría una cara parecida al gozar del sexo. Podía usar esa u otra expresión, pero no tenía ninguna duda de que Marieta era una de esas mujeres que gozaban el sexo con la sensación de ser completamente libres solo cuando estaban follando. Al menos así me parecía: una mujer salvaje, como una de esas canciones que escuchas con auriculares y a toda potencia porque de otro modo no se les hace justicia. Nada instrumental, nada cultureta, algo para desmelenarse, pero que nunca querrías que tus amigos pijos te pillaran escuchándola. Algo así como si me pusiese a tope «What a Feeling», de Irene Cara. Repetía con un pantalón ancho, vaporoso y de talle alto como el del día anterior, pero esta vez en color blanco, como el bañador de un solo tirante que llevaba puesto.

—¿Me mandaste a comprar bañadores para tenerme entretenido? —le pregunté, porque empezaba a intrigarme el asunto.

Se miró a sí misma con sorpresa, como si no pudiese creer que llevaba un bañador puesto.

—Oh, vaya. ¿No es de los que me compraste?

—Ya te vale. Pasé mal rato escogiéndolos.

—También los metí en la maleta, no te apures. El de ayer es antiguo, pero este me lo ha regalado Ángela. Creo que no se fiaba de que hubiera traído más de uno. —Sonrió para sí mientras cortaba de nuevo su torre de tortitas—. ¿Quieres?

«¿Que te pongas los bañadores que te compré? Sí. El morado tiene que quedarte increíble…».

—No, gracias. He cogido… —miré mi plato. Ni siquiera sabía con qué lo había llenado— todo esto que no tengo ni idea de por qué he cogido.

—Otra cosa que no sabía de ti: te descentras en los bufés.

—Solo en los de desayuno. En la oficina también me pasa. Se llama el síndrome del croissant.

—¿En serio?

—Claro que no.

Los dos nos reímos y ella llamó al camarero para pedirle, en un tono dulce y cariñoso, si podía traernos un poco más de zumo. Un silencio cómodo se instaló en la mesa. Me gustaba poder estar en silencio con ella, pero también me ponía nervioso. Cuando alguien te está empezando a gustar todo puede ser cierto y mentira a la vez.

Mareé con el tenedor los huevos revueltos mientras alternaba la mirada entre el plato y ella. Estaba muy bonita. Bonita en un aspecto casi onírico. Como si fuese un hada, pero, si lo fuese, Marieta sería Titania, de El sueño de una noche de verano.

¿QUÉÉÉÉÉÉ?

—Yo no sé si es la brisa del mar, el solecito o dormir en una cama de hotel, pero tengo una tontería encima… —confesé, porque prefería decir algo coherente a hablar de ninfas del bosque.

—¡A mí me pasa un poco lo mismo! —exclamó asombrada—. ¡No me lo puedo creer! ¿A ti también?

—¡Mucho! —Me reí—. A lo mejor nos drogaron anoche.

—Ah. —Esbozó una mueca entre arrepentida y divertida—. No hizo falta ninguna mano negra, ya nos envenenamos nosotros mismos bebiendo copas.

—Eso también es cierto.

—¿Y a ti qué te pasa? —Me pinchó con el tenedor que acababa de dejar limpio limpio—. ¿Qué forma adquiere esa «tontería»?

—Pues no sé. Tengo pensamientos… enrevesados. Me descubro a mí mismo soñando despierto.

—En plan ¿qué?

—En plan moñas.

—¿Te imaginas llevando a una dama al altar?

—No sé cómo lo haces, pero eres capaz de hacer que eso suene mal.

Lanzó una carcajada y rebañó con un trozo de tortita todo el chocolate que pudo, como si no quisiera desperdiciar ni una gota.

—Tienes pinta de ser de los que quieren casarse.

—Lo soy, pero no tengo prisa.

—¿Quieres todo el kit de adulto funcional?

—¿Qué lleva? —Le seguí el rollo.

—Chalet, esposa elegante, niños rubios y perro de anuncio de papel higiénico.

—Prefiero los galgos. Además, las protectoras están llenas porque los abandonan muchísimo.

Me miró como si hubiera dado la única respuesta correcta, y yo me anoté un tanto en un marcador imaginario.

—¿Y tú? ¿Quieres casarte? Aunque no sé si debería estar haciéndole estas preguntas a mi jefa.

—Estamos de vacaciones. Aquí los cargos se relajan un poco.

—Entonces ¿puedo meterme contigo, tirarte vestida a la piscina, obligarte a tomar chupitos…?

—No te pases. —Me miró de soslayo—. Es solo que… mi cargo y el tuyo están unidos por un cable de acero.

—Ajá —respondí acercándome la taza de café a los labios.

—Pues aquí, en lugar de un cable de acero, es una cuerda de nailon. ¿Qué te parece?

—Que se te dan muy bien los símiles. Ahora escupe: ¿quieres casarte?

—Hum…, no me muestro reacia al matrimonio en sí, pero me parece una institución clásica a la que no hemos puesto suficientemente en duda.

—¿Y eso qué quiere decir? —me burlé.

—Que creo en tener un compañero, pero no sé si el concepto «marido» va conmigo. Ni siquiera sé si podría tener una relación a tan largo plazo.

—Se podría sacar mucha tela de ahí.

—Seguro.

Y esa respuesta pareció cerrar el asunto. De modo que, aunque me hubiera encantado ahondar, por no romper el hilo que nos unía, fuera del material que fuera, quise volver sobre nuestros pasos hasta retomar el asunto que más me interesaba.

—Oye, no me has dicho qué te pasa a ti.

—¿A mí? —preguntó sin mirarme—. ¿Qué me tiene que pasar?

—Me refiero a lo de antes, a lo de la tontería que nos ha entrado. A mí me ha dado una tontería romántica, ¿y a ti?

Marieta me lanzó una mirada sin erguir la cabeza, inclinada sobre el plato, lo que hizo que sus pestañas parecieran más densas y su labio inferior más grueso. En el silencio que siguió a mi pregunta, me pareció que contenía la respiración, pero quizá solo fuera un espejismo provocado por mis ganas de sentir que ese hilo, esa cuerda, ese cable, se convertía en un lazo suave, algo amable con lo que atar las manos a tu amante para jugar en la cama. Seguro que Marieta solo estaba buscando las palabras con las que explicarlo, que ese silencio nada tenía que ver conmigo, pero… a mí me había dado tiempo a imaginar cómo pasaba una cinta de raso alrededor de sus muñecas…

De pronto, un rayo de sol partió la mesa por la mitad y Marieta, como libre del hechizo, levantó con placer la barbilla en busca del calor templado de aquellas horas de la mañana.

—Ah, qué gusto —dijo con los ojos cerrados.

—¿Tu tontería es fotosensible?

Sonrió. Yo no quería soltar mi presa. Ella no quería ser cazada.

—Mi tontería es ver las cosas desde una perspectiva… sorprendente.

—¿Como en un viaje lisérgico?

—A veces hace falta cambiar de contexto para ser sensibles a la belleza de algunas cosas.

—¿De cosas o de personas?

Para devolver la mirada hacia mí tuvo que guiñar un ojo, porque el sol le daba directamente; el otro le brillaba con un color ambarino, feroz. Volvieron a sucederse unos segundos de silencio que se hicieron tan eternos como solo pueden resultarle a alguien que está esperando escuchar algo concreto.

—¿Cosas o personas? —insistí.

Como un niño. Desesperado por escuchar algo, lo que fuera, pero que rompiera el embrujo de aquella afasia que alimentaba mis esperanzas de que sus ojos me hubieran descubierto como nunca lo habían hecho. Hasta yo noté que mi voz sonaba ansiosa. ¿De dónde salía aquella voz? ¿Era mi tono de apareamiento? Quizá solo se adecuaba a la intimidad que quería crear entre nosotros.

Marieta callaba, y yo tenía ganas de zarandearla, de envolverla con mis brazos, acercarla a mi pecho y oler de nuevo ese perfume de jazmín. Deseaba susurrar en su oído que, como el lobo feroz del cuento, quería devorarla. Pero me mantuve con cordura y quieto, observándola. Vi cómo se humedecía los labios como si la mejor superproducción cinematográfica lo hubiera grabado a cámara lenta para mí. La punta de su lengua, sonrosada, recorrió su labio superior hasta el arco que se formaba en medio y después bajó inmediatamente, mojó el centro de su labio inferior y lo hizo desaparecer entre sus dientes. Me pareció tan erótico que quise gritar.

—Ay, Alejo, Alejo… —advirtió con tono bajo.

—Es solo una pregunta.

—Entonces esperas solo una respuesta, ¿qué más da?

—Quiero saberlo.

Una pausa. Una sonrisa diferente, algo traviesa, y, por fin, contestó:

—Te quedan bien las camisas blancas.

Abrí la boca, sin estar seguro de qué había decidido mi cerebro que debía responder por mi parte en aquella ocasión, pero no tuve la oportunidad. Fran se dejó caer en una silla frente a Marieta, tapándole el sol y terminando con el extraño influjo de lo que quiera que nos había envuelto.

—Joder, qué sed —se quejó este—. Y cuánto sol. Si solo son las nueve y media.

—Se llama resaca —sentenció Marieta, acercándole lo que quedaba de zumo en su vaso—. Ahora vienen refuerzos de vitamina C.

El camarero llegó, llenó los vasos de zumo, y, a los pocos segundos, Selene se acomodó en la mesa con un plato lleno de bollería. Ángela fue la última; acercó una silla de otra mesa y se comió en nuestra compañía una tostada con tomate y jamón.

La conversación se animó. Las voces subieron. Estallaron las carcajadas, los chascarrillos, los planes y alguna anécdota del día anterior. Sin embargo, lo único que yo era capaz de escuchar era ese «te quedan bien las camisas blancas» que había escapado de entre sus labios húmedos.

La melena pelirroja y larguísima caía hacia un lado, sobre el hombro que su bañador dejaba al descubierto. Las pocas pecas que cubrían sus mejillas le daban el aspecto de un rubor artificial puesto por el mejor maquillador del mundo. Sus ojos. Joder, qué ojos. Ojos de gata. Ojos entre el color miel, el verde y el amarillo. Ojos de depredadora, rodeados de unas espesas y oscuras pestañas que, con la luz del sol incidiendo sobre ellas, se mostraban tal y como eran, sin añadidos ni disimulo, de un sombrío color cobrizo.

«Marieta, ten piedad conmigo».

16

Un salto mortal

Al parecer, tendría que haberme apuntado a las actividades que me interesaba hacer cuando el equipo de Recursos Humanos me pasó toda la información, ya que habían delegado en mí la base de datos en la que se anotaba quién quería hacer qué. Fenomenal. Otro triunfo del Alejo asistente personal. Fran se descojonó cuando fui a buscarlo a la piscina para decírselo. Y vaya sorpresa me llevé. Coño con Fran. La verdad es que en bañador el tío ganaba. Mientras él me explicaba que, bueno, que no pasaba nada, que echara de nuevo un vistazo a las excursiones y avisase al concierge del hotel, yo le miraba con el ceño fruncido y expresión frustrada.

—¿Se puede saber por qué me miras con ese desprecio? —me preguntó interrumpiendo su discurso.

—Tío…, pero ¿por qué no te sacas partido, macho? ¡Si estás genial!

—Joder. —Echó un vistazo alrededor, avergonzado, como queriendo que nadie me hubiera escuchado—. Otro con la misma historia.

—¿Quién te ha dicho lo mismo? —Arqueé una ceja.

—Ayer, Marieta y… y Ángela.

La ceja derecha se unió a la izquierda, allí a lo alto, y las comisuras de mis labios quisieron subir.

—¿Qué? —exigió.

—Ángela te dijo…, ¿qué exactamente?

—Déjalo. Me da vergüenza.

—¿Te dijo que te saques partido porque… estás muy bien?

—Quizá.

Sonreí.

—¡Fran! ¿Cuándo pasó eso y por qué no he sido informado?

—Ayer, aquí en la piscina, pero es una tontería. Siempre dicen cosas así… las dos. Marieta y ella. No significa nada.

—Sí significa —quise animarlo. Me convenía tener un Fran con buen humor—. ¿Qué te dijo exactamente?

—Pues lo de siempre… me dijo que tengo…, hum…, un buen cuerpo que… escondo bajo ropa…, em…, fea. Ropa fea.

Le palmeé el hombro, que empezaba a estar rojo.

—Son buenas noticias, pero ponte más crema, que vas a terminar siendo un carabinero.

—¿De la policía italiana?

—No, el marisco. Lo que me cuentas suena genial. Olvida lo de la ropa fea, aunque es posible que esté de acuerdo con Ángela en ese punto.

—Sigo siendo solo un amigo para ella. Anoche estuvo hablando sobre ese tío con el que está quedando. Al parecer, se conocieron y ya estuvieron viéndose casi todos los días de esa semana porque resulta que tienen una conexión brutal. Eso dijo. Conexión brutal.

—Espero que no haya entrado en detalles.

—Es Ángela. Por supuesto que ha entrado en detalles.

—¿Y no hay ningún fleco al que agarrarse? —pregunté sin querer darme por vencido.

—El tío no la tiene como un pepinillo de los de aperitivo, para mi absoluta desgracia.

—Joder, Fran, no necesitaba tantos datos.

—Pero ibas por ahí, ¿no?

—Sí, sí —asentí—. Iba por ahí. Pero lo cierto es que… deberías sacarte más partido, tío. En serio. Cuando te he visto he pensado: «Joder con Fran, qué tapadito se lo tenía».

—Es solo que… que siempre me ha gustado el deporte. —Se encogió de hombros—. Parezco muy tranquilo, pero por dentro soy puro nervio y me ayuda a… a centrarme, a dormir bien, a sentirme con más energía. Ya sabes.

—Ya, pues genial, pero tu estilo lo echa todo a perder. Primer consejo: bañador más corto. Esos bañadores de surfista dejaron de estar de moda allá por el 2002.

—Tú estabas en el colegio, ¿no?

—Segundo consejo. —Le ignoré—. Invierte en unas gafas de sol clásicas, atemporales, un modelo que no haya cambiado con los años. Las Rayban Wayfarer grandes, por ejemplo.

—¿Ahora quieres vestirme?

—Quiero ver cómo a Ángela le palmea el chocho al verte.

Un silencio del tamaño de un águila imperial nos sobrevoló.

—Vale —asumí—. Me he pasado mazo.

—Pero mazo —ratificó.

—Perdona, no quería hablar del chocho de tu futura mujer.

—¡No digas tonterías!

—¿Ya está con las tonterías?

El hada romana (o quizá céltica), la ninfa griega, la apsará hindú, Lilith, la maga. Allí estaba. Se nos apareció como si fuera un ser mitológico, con el pelo completamente suelto, que debía haberse secado al sol después de bañarse en la piscina, tomando así volumen y ondulándose a su placer. El bañador blanco había desaparecido y… allí estaba el que yo había escogido para ella, el morado, y cómo le quedaba, por el amor de Dios.

—¿Te has cambiado? —le preguntó Fran.

—Sí. Es que el bañador que me regaló ayer Ángela es muy bonito, pero a los fabricantes no se les ocurrió ponerle un forro decente, así que creo que le he enseñado el chocho a José Antonio, de nóminas, y a Juanra, de comunicación.

—¡¡Marieta, por favor, que está aquí tu asistente!! —la amonestó Fran.

«Tranquilo, tío. Su asistente se la ha imaginado desnuda y en posiciones poco honrosas muchas veces ya».

—¡Ay, de verdad, relájate un poco! —se quejó esta—. ¿Qué estáis haciendo los dos aquí? ¿Es que no sabéis que escuchitas en reunión son de mala educación?

—Estaba dándole unos consejos estilísticos —dije en tono sobrado.

—Ah, ¿sí? Pues que te los dé él a ti también. Igual en el término medio encontramos la virtud.

—¿Qué le pasa a mi estilo?

Me miré. No lo entendía. Llevaba un bañador verde con bailarinas hawaianas estampadas y una camiseta blanca.

—¿Es por mi bañador?

—Es por tu bañador. —Sonrió.

—No me dijiste nada en el desayuno.

—Me fijé cuando te levantaste al final y… guau. Es que me dejaste sin palabras.

Eso significaba una pérdida de puntos para el equipo de Alejo, estaba seguro.

—Me lo regaló mi ex.

Y lo terminé de arreglar.

 

 

Tote entró en la habitación y me encontró de pie frente al armario.

—Chaval, pareces la niña de The Ring versión colegio de pago. Qué mal fario, ahí plantado…

—¿Tú piensas que mi ropa es demasiado arriesgada?

Mi compañero de habitación casi se atragantó con su propia saliva.

—¿Qué dices, loco? Si parece que la has robado del vestuario de Gossip Girl.

—Esa referencia, mira tú por dónde, sí que la he pillado y como respuesta diré: ja, ja, ja.

—¡Que no! Que no es demasiado arriesgado ni aquí ni en ninguna realidad cercana a la nuestra.

Le señalé mi bañador y él asintió.

—Es el típico bañador que se pondría tu padre intentando ser molón —me aclaró.

—Me lo regaló mi ex.

—Eso no lo digas por ahí.

—Ya me he dado cuenta. —Puse cara de asco—. Pero tú entiendes que este es mi rollo, ¿no? A mí me gusta vestir así.

—Tú no sabes lo que te gusta —apuntó muy seguro de sí mismo—. Porque nunca has innovado. Has seguido con la idea que te han inculcado de lo que es ser un tío de tu clase, y ya está. Que no digo que esté mal, ojo, pero podrías arriesgar un poquito más. Divertirte.

—Divertirme, ¿cómo?

—Quitándote el traje para ir a trabajar, por ejemplo.

—Eso no lo veo claro. Más —le animé a seguir hablando.

—Pues…, hum…, jugando. Vete de compras y pruébate cosas que nunca te habías planteado que podrían gustarte. Y ya está.

—Vale. Y con lo que tengo ahora, en este armario, ¿cómo puedo divertirme?

—Aquí diversión no hay. Al menos en tu parte, pero… a ti te da igual vestir sin personalidad, la naturaleza te hizo guapo.

 

 

Esa noche cené con mi nuevo grupo de «amigos», que me recordó que llevaba demasiado sin ver a los míos, a los de toda la vida. Había sido una época algo convulsa, con muchos cambios, había tenido que concentrarme en otras cosas y… no quería contarles ni que estaba compartiendo piso con mis hermanos ni que trabajaba como asistente personal. Pero eran mis amigos…, ya tocaba verlos…, aunque me apeteciera poquito tirando a nada. Estaba seguro de que se habrían enterado de que mi ex y yo habíamos roto, pero, como ellos no me escribieron para tratar el asunto, yo tampoco.

Después de cenar, repetimos la experiencia de la noche anterior y nos sentamos en el porche que daba a los jardines, junto a la barra nocturna de bebidas, para tomar una copa antes de dormir. Ángela, Marieta, Selene y Fran pasaron por allí y terminaron uniéndose a nosotros, ocupando sillas aquí y allá. La casualidad quiso que una chica que tenía sentada enfrente decidiera retirarse en aquel momento y le cediera el asiento a Marieta, que no encontraba silla. Mientras ellas se despedían, me atusé la camisa azul claro, la arremangué y crucé las piernas con el gesto más masculino de mi repertorio, pero, al levantar los ojos, me encontré a Ángela, que me miraba con curiosidad, justo detrás de mi jefa.

—Hola, Alejo —murmuró despacio, algo desafiante, como quien dice: «Te he pillado».

Le devolví el saludo con un gesto y una sonrisa, sintiéndome cazado, pero sin saber muy bien en qué. Marieta llevaba un vestido verde oscuro con unos tirantes tan finos que parecían alambres. Una banda superior algo fruncida quedaba ajustada a su pequeño pecho, y el vestido según se acercaba a las tibias, donde terminaba, era más holgado. Bajo la mesa sus coquetos pies estaban cubiertos por unas sandalias de plataforma negras. No me había dado cuenta de que llevaba las uñas pintadas tipo arcoíris, cada una de un color.

Le di un toquecito con el pie en cuanto vi que Ángela se marchaba al otro lado de la mesa y dejaba de vigilarme, pero ella no hizo acuse de recibo. Volví a intentarlo con más ahínco, planeando hacerle una broma sobre su estatura y los tacones que había escogido, pero no me respondió. Parecía estar enfrascada en la conversación que mantenían a su lado Tote y Mariana sobre los colores corporativos (es posible sacar a los trabajadores de Like¡t, pero difícil sacar Like¡t de estos), aunque, si prestabas la suficiente atención…, ¿no cabía la posibilidad de que me estuviera ignorando a propósito?

Se me hizo evidente otra vez que Marieta no quería relacionarse conmigo, y aquello no cambió durante el resto de la velada. Hubo un momento en que me pareció que insistir sería humillante.

Para cuando llegué a mi habitación, volví a repasar de manera exhaustiva todo lo que había hecho durante el día para tratar de averiguar si algo había podido molestarla. Ahora, viendo las cosas con perspectiva, mi angustia podría parecer la respuesta a estar desarrollando un apego ansioso por ella, pero era más bien que quería su atención y no tenerla me hacía sentir… mal. Como un niño que va a intentar dar un salto mortal y quiere que su madre contemple la hazaña…, pero sin el salto, sin la madre, con morbo y mi jefa en medio. Qué desastre. Yo solo quería que me hiciera caso.

 

 

A la mañana siguiente fuimos de excursión al parque nacional del Timanfaya en buggies, porque Tote me había convencido de que era un planazo que no debía perderme. La verdad es que fue divertido, pero… al levantarme me sentí un poco alicaído (por no decir amargado). Tenía un curro que no me gustaba, mentía a mis amigos y a mi familia sobre qué hacía y cómo estaba, todos mis planes se habían esfumado dejándome sin mapa y mareado, no me acordaba de la última vez que eché un polvo y Marieta me evitaba. Y, claro, ella no estaba apuntada a aquella excursión.

El paisaje desértico del parque y los aledaños del volcán mejoraron mi humor, pero, a pesar de haber disfrutado, me faltaba algo. Si fuese un alimento, sería uno sin sal…, sin sal, sin lactosa, sin gluten… Sería un copo de avena pura, que, oye, bien, pero así, a palo seco…

La noche se había tornado algo fría cuando, después de una ducha, salí en busca de Fran. Había escrito una nota para que me la dejasen en la habitación en la que me decía que le gustaría que cenáramos para ponernos al día. También me daba su número de teléfono. Acepté, claro. Era socio, director de Recursos Humanos y mejor amigo de mi jefa: a quien buen árbol se arrima, buena sombra le cobija. Eso, y que el pibe me caía bien.

Nunca me he considerado un tipo bajo, pero tampoco soy tan alto como Fran. Mamá siempre decía que era elegante, porque la elegancia para ella era un término ligado a la contención… Y yo no era ni demasiado llamativo ni demasiado alto ni demasiado de nada.

«Hijo, a ti te hicimos con la cantidad de ingredientes perfecta».

Y a mí eso, en lugar de hacerme sentir bien, me creaba una sensación de vacío. Su primogénito había resultado ser la respuesta a todos sus deseos, pero no sabía cómo mantener su reinado. Pues bien, que me desvío…, lo que quería decir con todo esto es que al lado de Fran me daba la sensación de parecer un niño, un adolescente, a lo sumo. Me hizo gracia pensar que el primer día que lo vi pensé que se cuidaba menos que yo y ahora que ya lo conocía envidiaba la densidad de su barba de tres días, la anchura de su pecho y su estatura. Ojo, no es que me quejase de mi físico. Por aquel entonces yo, con treinta y dos años, estaba muy bien. Siempre he tenido una complexión atlética que he aderezado con ejercicios que no es que me gustasen especialmente, sino que estaban destinados a marcar los músculos que quería marcar. Pero, claro, Fran tenía un pecho que parecía un Volkswagen Golf con las cuatro puertas abiertas.

—Te sacas poco partido. —Moví la cabeza en un claro gesto de decepción—. Si yo tuviera ese pecho, creo que no me abrocharía ni un botón de las camisas. Iría en plan Rambo.

—¿En plan Rambo no es ir sin ropa interior?

—Eso es «comando».

—Ah, es cierto —asintió sin darle ninguna importancia a lo que le estaba diciendo.

—No cambies de tema.

—Mira. —Levantó la vista de la carta y me sonrió—. Tengo muchos intereses en esta vida, pero entre ellos no se encuentra ser un ejemplo de estilo en el sector, así que busco la comodidad.

—Tampoco te estoy pidiendo que te pongas corsés con huesos de ballena.

—Eres más raro… —musitó.

—Una camisa blanca, así de repente. Una vaquera de tejido fluido.

—Tienes complejo de estilista.

—Qué va. Mi pasión secreta son los inmuebles. Me vuelve loco ver anuncios de casas en venta —le confesé.

—¿Y tú dónde vives?

—¿Quieres saber dónde vivo? —Arqueé una ceja.

—Sí. —Apoyó los codos en la mesa y le dio un buen trago a la copa de cava que nos habían servido nada más sentarnos, cuando nos trajeron el pan y la mantequilla.

—Pues podría vivir en un piso de mi tía abuela en la calle Velázquez, que Dios la tenga en su gloria —miré hacia el cielo, teatral—, y que no tuvo hijos: seis habitaciones, cuatro baños, trescientos ochenta y tres metros cuadrados con tres balcones a la calle y terriblemente luminoso. Pero no. Podría vivir en el piso de mis padres en Recoletos, algo más oscuro y un poco más pequeño, poco, no te creas: trescientos treinta metros cuadrados. Pero no. También podría vivir en su chalet de La Moraleja, en cuyo jardín hay un bar…, pero resulta que vivo en la casa de mis abuelos en Chamberí, en el Chamberí clásico. Un piso viejo, sin reformar, con un pasillo que si recorres dos veces te convalidan la compostelana.

—Qué exagerado… —se burló—. Que vives en Chamberí, tío.

—Con mis dos hermanos pequeños, universitarios.

Arqueó las cejas.

—Es una larga historia —respondí a su pregunta silenciosa.

—Tengo tiempo —dijo cruzando los dedos y apoyando sobre estos la barbilla.

—No, no quiero malograr esta cita. Me gustas mucho.

—No eres mi tipo —respondió muy resuelto—. No me gustan los hombres, pero, si me gustasen, no serían como tú.

—¿Por qué? ¿Qué me pasa?

—Es ese aire de colegio privado…, no me va.

—Vaya por Dios. Y yo que pensaba que era sexy.

Los dos nos reímos.

—Te lo cuento, pero sé discreto: en mi anterior trabajo le dieron el ascenso que yo creía merecer a otro y me calenté. La cosa salió mal y, cuando quise darme cuenta, estaba firmando el finiquito de mi baja voluntaria. Mi novia, por cierto, me dejó ese día también y me echó de casa. Al parecer la movida le vino de lujo, porque quería aceptar un puesto en Berlín que a mí no me hacía ninguna gracia. Yo quería que nos casáramos y que se cogiera jornada reducida cuando tuviéramos hijos. Ahora veo que me hubiera aburrido como una ostra, pero soy de ideas fijas. Tengo treinta y dos años, supongo que pensé que ya me tocaba.

—Buen resumen.

—Gracias. —Fingí una reverencia—. Pero ahora hablemos de lo que importa: Ángela.

—Yo vivo en Moratalaz.

Bufé.

—Eres un maestro cambiando de tema. Ya sé que vives en Moratalaz. Te envié un taxi a tu casa hace una semana o así.

—No, si lo decía porque como dices que te gusta tanto la inversión inmobiliaria… ¿O solo te interesa el centro de Madrid?

Nos retamos con la mirada.

—¿Qué pasa con Ángela? —insistí.

—Una cosa muy rara —sentenció, ordenando nervioso los cubiertos—. Dice que miras a Marieta como si te la quisieras comer.

Abrí mucho los ojos hasta que noté que se me resecaban y recordé que tenía que pestañear.

—Dime que no… —me pidió.

—Claro que no —mentí—. Qué cosa más absurda. En cualquier caso —tragué un sorbo de cava, queriendo parecer tranquilo—, la miraré con cierta admiración. Es una loca que tiene una alfombra con forma de tigre de colores en su despacho y a la que hay que recordar que debe alimentarse e hidratarse cada equis horas, pero empresarialmente la ha liado parda, en el buen sentido.

Se humedeció los labios y respiró profundo.

—Menos mal.

—¿Te preocupaba?

—Un poco. Ya me preocupa pensar en Ángela como pienso. Imagínate que nuestra CEO se enrollase con su asistente.

—¿Qué pasa? ¿Crees que tengo posibilidades? —Fingí estar de broma, pero en realidad lo pregunté muy interesado.

—Vete tú a saber. Marieta tiene un gusto bastante ecléctico con los hombres. Nunca se sabe por qué va a darle.

—¿Es muy ligona?

—Es una información que no te voy a dar porque, aunque estamos construyendo una bonita amistad a partir de un secuestro emocional por tu parte hacia mi persona, no compete en nuestra relación. Siguiente pregunta.

—¿En serio te preocupaba?

A mí también me preocupaba aquella fijación. No lo culpaba.

—No es personal, Alejo, y en la empresa no nos sentimos con la potestad de decirle a nuestra plantilla con quién tiene que acostarse o de quién debe enamorarse, pero lo cierto es que implicarse emocionalmente con alguien con quien trabajas no suele terminar bien.

Opinaba exactamente lo mismo que él, pero ya se sabe lo que se dice: el morbo tiene razones que la razón no entiende. ¿O el dicho dice «corazón» en lugar de «morbo»? Es lo más probable.

—Cuéntame qué tal vas con Ángela. —Quise cambiar de tema a uno que nos uniera y que no causara problemas.

—Como siempre, bien. Pero ya te dije que quiero dejar aparcado ese tema, si puede ser, para siempre. El jueves podríamos salir en plan «pandilla de tíos» de copas por Arrecife, a ver si ligamos.

—No te vas a olvidar de Ángela liándote con otra tía una noche —sentencié.

—¿Eres experto también en cuestiones del corazón? —preguntó en un tono travieso.

—No. Ni mucho menos.

—¡Pero si eres un romántico! Además, te querías casar con una tía. Eso suena a que estabas locamente enamorado.

—La verdad es que eso que la gente, las películas, las grandes novelas rusas y la sapiencia popular llaman amor me es bastante desconocido.

—¿Y por qué cojones querías casarte con una tía de la que no…? Pero, a ver, que me aclare. ¿No te has enamorado nunca?

—Sí, claro que sí.

—¿Entonces?

—Me he encaprichado, he creído en proyectos en común, me he ilusionado, me he apasionado, he estado colgado por…, pero si me preguntas si «he amado» te diré que no, que con «locura» no.

Más me valdría haberme callado. No se puede escupir al cielo porque luego siempre te cae encima.

Cenamos solomillo de cerdo con setas y parmentier de patatas. Delicioso. De postre, los dos tomamos la tarta de queso. Después bebimos unas copas con los demás y unas cervezas en la terraza de su habitación, donde me enseñó a jugar al chinchón. Y no. Marieta no me dirigió la palabra en todo el día. No tuvo que negármela, se las arregló muy bien para no coincidir conmigo ni en un pasillo.

17

Todo es fácil

Luis Miguel cantaba «no culpes a la noche, no culpes a la playa, no culpes a la lluvia», pero la cosa terminaba peor para él que para mí, porque no pudimos culpar a la noche, a la playa y a la lluvia, pero… qué día. Qué noche la de aquel día, como tradujeron la película de los Beatles en España. De algo tenía que servir este viaje. Por algo te estoy contando lo de Lanzarote, ¿no?

Amaneció un día gris en un lugar donde tienen trescientos treinta días de sol al año, pero eso tampoco nos desanimó, todo lo contrario, dio paso a una tormenta de ideas. En aquel momento ya estaban fraguados los grupos y las alianzas y, de entre todos los presentes, siempre habría alguien a quien se le ocurriera un plan. Al grupo que parecía capitanear Tote, mi compañero de cuarto, se le había ocurrido ir a la cueva de los Verdes y después a un mirador desde donde decían que se podía ver la isla de La Graciosa, aunque con aquella climat

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