Casa de agua

Marina Closs

Fragmento

Casa de agua

La casa

Estábamos debajo de los techos y debajo de las cruces que flotaban como apariciones sobre nuestras cabezas. La casa de madera comida por la boca del liquen. El sueño de las madréporas cayendo silenciosamente desde los ventanales.

Estábamos, en aquella casa acaracolada, al principio de todas las vorágines.

Nuestras

costumbres

asombrosas: los sapos, los gansos y gallinas. Las ranuras de luz celeste que se abrían en lo oscuro y mostraban el camino de las hormigas sobre los muebles.

Nuestra casa era: un circuito de vapor

azul. Paredes de un musgo vivo, con madréporas introduciéndose por las grietas.

Cuando el diluvio mojaba, cuando los remolinos de viento surgían y doblaban los troncos de afuera, los que estábamos adentro de la casa esperábamos mirando...

Cuando la tierra azarosa giraba aplastando las luces, abriendo hemisferios vastos de oscuridades, la casa quedaba enclavada en el centro, con las ventanas pequeñas y hundidas, y brillo debajo de los aleros.

La casa era para siempre: una porción de viento y una porción de pasto. Un paraíso de habitaciones cerradas. Entonces, si nos olvidábamos de que la oscuridad tejía cintas, era posible caminar y caminar. Por la casa. Como si todos los pasillos continuasen para siempre. Buscábamos las ventanas, asomábamos nuestros rostros. Afuera veíamos: peñascos y caídas. Relámpagos y ruinas.

Debajo de la casa corrían, en cambio, los ríos de todos los mundos. Si levantábamos una rosa de los vientos y la acercábamos mucho a los ojos, podíamos notar las direcciones en las que el agua nos estaba atravesando.

Los ríos andaban:

En dirección oeste, hacia donde estaban las casas de los parientes, inolvidables por sus pasillos estrechos.

En dirección solamente norte. Por donde se iba al mundo de los que nos habían abandonado.

En dirección abismo, no hacia otra tierra, sino hacia la presencia de algo que se desplomó.

En dirección central, como algo que huía y desaparecía debajo de nuestros zapatos.

El suelo en aquella casa debía pisarse siempre con cuidado. Andar era un peligro. Los ríos eran pasadizos largos que todo se lo llevaban. Hasta la posición de los muebles variaba apenas, a cada segundo, por vibraciones sucedidas en el Más Allá.

El piso a veces amanecía húmedo; cuando estaba seco, crujía. Había que pisar con temblor, pensando en el destino. Porque podía, a cada momento, abrirse un orificio por el que todo nuestro mundo se precipitara.

El suelo del que estábamos asidos se hendía y resquebrajaba a nuestro paso. Las paredes estaban desgarradas de centellas y de tajos de oscuridades. ¡Ah!, las ventanas tan ajustadas y tristes, con las gotas de agua, gris o azul. Afuera se movían los hombres, amparados en rebaños de animales grises: bueyes con mejillas manchadas de lodo, gansos pálidos y atemorizados.

Más allá, por el cristal de las ventanas, veíamos las figuras de los árboles nostálgicos. El nombre de estos árboles era notófagos o Devoradores del Viento. Las ramas parecían no brotar de los troncos, sino de la violencia de las ráfagas. Crecían solitarios y dilatados, el paisaje los extendía y se los llevaba. Debajo de sus ramas los caminos estaban siempre repletos de sombras y de bueyes.

En nuestra casa ahora, adentro, en la cocina:

los relámpagos cortaban la leche que hervía en las ollas de Yemelia. Yemelia era nuestra sirvienta. Viajaba por la casa, limpiando las losas. Corría a quitar las ollas de las llamas.

Se arruinaba toda la leche y su extensión redonda.

Toda la casa olía a triste leche percudida

por el ruido inconmovible de los truenos.

—Hay que cuidar, hay que cuidar la leche porque se envenena con facilidad.

Al cuidado de la leche en las ollas se encontraba Yemelia. Nosotras, en cambio, yo y mi hermana Zenona, salíamos a ocuparnos de las vacas. Mientras ordeñábamos, teníamos la orden de vigilar que en la leche ninguna estrella apareciese reflejada.

Solo esa leche,

solo la leche pura, hervida, sin estrellas

era plausible de beberse. El resto llevaba en el fondo siempre algún destello de veneno.

—Por no cuidar la leche, por no honrarla, es que a veces los huesos se nos retuercen —nos decía Yemelia—. Por la violencia que recibe la leche en sus vasijas es que, en los umbrales de sus vidas, las muchachas se enferman.

Allá, en la cocina, entonces, un mundo de ollas y de fuego. Aquí, en el salón, como una rosa blanca: los Retratos. Más allá, los jarrones subidos a las vitrinas. Los espejos, sangrantes como cuchillas. Las ventanas abriéndose hacia la niebla.

—¡Bábushka! ¡Abuela! ¿Qué hay en aquel jarrón?

—¿Quién sabe? —decía ella—. Quizá polvo de viejas construcciones. Lodo. Secretos de algún abuelo.

Pero mi madre empezaba a hablar:

—¡Niños! —y aún más segura—: ¡Ahí arriba hay cuerpos de hijos míos que se malograron!

¿Y cuántos eran? Yo contaba los jarrones, el temblor continuo de mi madre. ¿Cuántos? Me quedaba mirándolos. Para no contarlos, me mordía las puntas de los dedos...

—No hay que contar más nada. ¡Nada! —mi madre rogaba—. ¡Aunque más no sea por el peligro de que cada vez haya menos!

—¡Los números dan cansancio! —decía nuestra bábushka.

Ella nos cerraba los ojos y nos recostaba sobre una almohada. Pero mi hermana y yo los abríamos y contábamos las flores que se habían metido por las grietas del techo.

—Los eternos peligros para un niño son la leche y los números. Si beben la leche que no es pura, mueren de un mal en los huesos. Si pronuncian los números, toda su razón se va en el espejismo de contar.

—Yo tenía un hermano —decía mi madre y miraba muy seria a la bábushka—, yo tenía un hermano que… ¿puede decirse? ¡Se fue! ¡Nos desapareció! ¡Contando los postes de un cerco!

Para consolarla, mi hermana y yo nos acercábamos. Apoyábamos nuestras mejillas en su regazo.

—No hay que contar más nada —nos pedía—. Es pecado original. Y contar las paredes con sus tablas y contar las grietas en el piso es mal augurio.

Pero allá, en nuestros ojos cerrados, no contar

era imposible: sabíamos a ciencia cierta el número de todo.

Allá, en nuestra ciencia secreta…

en nuestro vicio, los números se hacían sitio detrás de nuestros párpados.

Íbamos entonces a refugiarnos a la cocina. Allí, contábamos las cebollas, los estantes rotos. Contábamos, hasta sin deseos de contar. Empezábamos sin darnos cuenta, como por hastío.

Oíamos a mi madre maldiciendo todo, llorando de desgracia.

—Allá afuera está el mundo. ¡Es peligroso! ¡Quiero dormir, quiero dormir! ¡Toda la casa está hundida! Quiero que ya no resista. ¡Que toda la casa se desmorone con el viento!

La madre

Ciertos días, mi madre enviaba a alguno de los hijos a los fosos misteriosos, a los palacios bajos de los brujos, los antiguos buscadores de remedios.

Ciertos días, a cierta hora: ella se quejaba de dolor de cabeza. La leche hervía en las ollas y se asomaba a mirarnos.

—Estamos malditos —mi madre decía—. La casa entera cruje y se nos retuerce.

Semión, mi hermano mayor, había salido al mundo con mi padre. Zenona y yo mirábamos las ventanas, asustadas por la brisa y por la niebla.

Ese día, madre me pidió que caminara hasta los brujos que vivían en los pozos de las casas vecinas y buscara para ella algún remedio. Cansada de rascar paredes, de oír la corriente de los ríos sonando bajo el suelo, yo aproveché la ocasión. Como siguiendo el tintineo subterráneo, llamé a los gansos en sus corrales para que me escoltasen durante el paseo. Para evitar la sensación terrible de estar en la lluvia solos, los niños teníamos la costumbre de caminar por los senderos en rebaños.

Yo, habiendo corrido con los gansos, habiendo soñado que me rascaba el cuerpo, con los gansos sonriendo y conversando, me había sentado en el suelo y miraba la carne parpadeante de las estrellas. La lluvia había dejado un segundo de caer sobre mí. Ahora un rocío suave y apenas frío me mojaba el cabello.

Volví a levantarme y vi debajo del cielo: hombres viejos entre grupos de animales. Doblé por un sendero. Marché con los gansos furtivos. Anduvimos por entre los ríos, tropezando y desvaneciéndonos.

Más allá de aquella casa nuestra, la casa clara, de evaporaciones, estaba el mundo, es decir: los caminos plagados de hombres y lodo, las casas levantadas sin impulso. Sobre los techos, los gallos cantaban o paseaban por entre los cables. Iban pisoteando una flora de helechos y hundían sus picos entre los pétalos.

Los gallos estaban humedecidos por la acidez del rocío y paseaban por los techos en un silencio de enamorados. Golpeaban en el vidrio con sus picos y llamaban a las hijas hasta la ventana.

—¡Cuánto húmedo disperso por el mundo!

La vida de las hijas era insoportable. Los gallos golpeaban los vidrios. Las jóvenes, desde adentro de las casas, trataban de espantarlos:

—¡Fuera! ¡Gallos míos! —se las oía maldecir.

El paisaje se ajaba y se abría. Recorrí con los gansos los pasadizos. Flores densas y tortuosas tapaban ciertas grietas en los cementerios. Se abrían hongos plateados entre las tablas de los techos.

En donde

vivían los brujos,

golpeé temerosa la puerta.

Había silencio en el mundo. La lluvia había pasado entre las cosas como un envejecimiento.

—¿Hay alguien en casa? —pregunté.

Como nadie respondía, comencé a buscar. Las ventanas estaban cerradas. Las puertas tapiadas parecían desiertas.

—No hay nadie —me dije. Y quise irme. El cielo estaba negro, lleno de pupilas de lobos. Me detuve en seco y pensé que los brujos estarían dormidos en las salas más bajas.

—Antes de marcharnos —dije a los gansos— debemos buscar un poco más.

Fuimos por alrededor de la casa, asomándonos a cada uno de los pozos. Llamamos a los sabios, a los brujos, a los preparadores de ungüentos.

—¡Vengan a bendecirnos! —yo pedía—. ¡Nuestra madre se nos arrodilla! ¡La leche en las ollas nos envenena!

De pronto,

en las salas profundamente bajas, hallé a un grupo de sabios acurrucados:

—¡Soy una muchacha pobre! —les grité—. ¡Vengo a buscar remedio!

Avancé hacia ellos yo, la noche oscura, aureolada de gansos. El cielo se iba volviendo cada vez más azul.

—¡La leche volvió a caer enferma! —les dije—. Se aja, se nos corta en las ollas. Estropea las lozas. Mi madre parece volverse loca: abre las ventanas porque jura que la lluvia no está afuera, sino en las paredes.

Uno de ellos tomó finalmente mi mano. Me preguntó mi nombre. Yo le dije:

—Olga —y tosí—. ¡Olga! —repetí, asfixiada por la culpa de estar mintiendo.

—¡Hola! —me dijeron ellos—. Olga —me llamaron entonces—. Sal por la mañana a donde la lluvia se arroja. Recoge durante siete días un ramo de flores antes de que tu madre despierte. Luego, cuelga los ramos de flores secos sobre las ollas de leche, separa algunas flores para ella y ponlas bajo su almohada...

—Cuelga… —repetía yo, aturdida— bajo las ollas… sobre la almohada.

Alargué la mano para entregarles una moneda.

—Ahora vete —me dijeron—. Y todos tus gansos también.

Así salí de las sombras del pozo. Miré el cielo y vi las nubes densas, iluminadas por relámpagos. En las calles, el aloe reposaba fresco y pálido. De los techos de las casas colgaban hileras de plantas meciéndose.

—¡Vendrá la tormenta! —dijo una vecina.

En los umbrales de las casas, las mujeres mayores salían a recoger la ropa de los tendederos.

—Otra lluvia como esta —decían— y el cielo se derrumbará.

Asustada por el agua que empezaba a caer, corrí echándome de cabeza contra la niebla. Vi, a la luz de los relámpagos, el cerco de mi casa triste:

luz de mi guarida.

Era justo la hora en que Yemelia salía al jardín a poner fuego en las lámparas del patio.

Salía con un frasco en la mano:

una llama lenta y tensa.

En el umbral de la casa, me esperaba Zenona:

—¡Nuestra madre se nos debilita ! ¡La leche en las ollas se nos retuerce!

Entré precipitadamente y caminé hacia el fondo. El piso crujía, mi cabello goteaba asombroso. Yemelia vino también y nos pidió que las dejáramos a solas.

—Voy a cantar para su madre una canción de cuna.

La hermana Olga gritaba en los sótanos, pedía que la busc

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