1
Hallstatt
Un roto para un descosido...
Un guante para una mano...
Una llave para su cerradura...
Y mi corazón... ¿Por qué demonios se había tenido que quedar sin dueño?
¿Qué pensaría de mí el señor Müller? Nos conocíamos hacía poco más de media hora y yo no había podido parar de llorar a moco tendido, aun sintiendo que la infinita mucosidad se iba transformando en estalactitas crecientes. ¡Pero qué frío hacía en ese pueblo, si estaba arreciando!
Mientras cargada con mi maleta de mano seguía al trajeado hombre por la callejuela desértica, escuchando el único sonido de mis zancos y el castañeteo de mis dientes y, claro está, mi lloriqueo imparable, abrí el pañuelo y me moqué sin cortarme ni un pelo. Ahora al menos parecía que alguien más estuviera por ahí tocando la trompeta. Qué lugar más saborío, la virgen. El señor Müller, alto como un pino, pero por delante más viejo que la Tana, se detuvo y se giró con cara de tortura y resignación, haciendo que yo también refrenara mi camino borroso.
―¿Ya está mejor, Dulce María? ―se interesó, quizá con la falsa esperanza de reconfortarme para fulminar de una vez mi llanto.
―Sí, estoy mejor, señor Müller. ―Oí que murmuró algo para sí, aunque no supe qué. Intenté recomponerme cogiendo aire. A ver, tenía que ser considerada y pensar que ese pobre agente inmobiliario no tenía la culpa de na. Aunque ahora él era mi único paño de lágrimas en esa tierra desconocida que pisaba, formada por tiroleses, montañas nevadas y bailes saltarines, que Dios se apiade de él―. Es que, qué coraje, mi novio, José, el que ya le he mencionado, que casi ha terminado un doctorado en abogacía, me ha dejado y me ha tratado como una cuajá. ―Müller comprimía el ceño otra vez, sabía que no entendía ni papa mis expresiones, pero a mí me daba igual, yo solo necesitaba a un oyente, o a una estatua―. ¡Yo!, que llevo años por montera sin parar de bailar mi flamenco y to lo que me echen con mi grupo Las Camelias. Vale que no gane ni pa una bolsa de pipas, ni mucho menos para independizarme, pero ya se sabe que la gloria llega tarde. ¿O no? ―Müller comprimió su vetusta boca y movió su cabeza a ambos lados como si no opinara lo mismo, y al ver su gesto volví a sollozar desconsolada. ¿Pero qué clase de consuelo ofrecían esos austríacos? ¡Mátame o déjame libre, por Dios!
―Pero, señorita Dulce María, no me ha dejado hablar. ―¿Hablar? De verdad ese hombre quería dejarme en el sitio, qué malaje―. La gloria no le llega a todo el mundo. Pero usted se lo ha trabajado y ahora ha tenido la suerte de recibir una herencia, y de repente está aquí, en Austria. Puede ser que este camino inesperado sea lo que le hace falta para triunfar, para encontrar el éxito.
Al oír aquello empecé a enjugarme las últimas lágrimas. ¡Sííí! Sus palabras tenían sentido. Veía la luz.
―Bueno, en realidad, el legado era para mi padrastro ―conseguí decir―. Louisa era su abuela. Pero él...
―¿Su abuela?, ¿de verdad? ―me interrumpió―. Juraría que usted tiene los mismos ojos que Louisa, de ese azul media noche y rasgados.
―No no, era la abuela de mi padrastro... ―le respondí con una sátira sonrisa―. Le decía que él me lo ha cedido todito a mí si consigo vender la pastelería ―le expliqué resuelta mientras notaba la elasticidad de la media barra de carmín que me había puesto en los labios sin escatimar.
―Y comprendo perfectamente por qué se lo ha cedido, créame, todo es poco ―farfulló él. Yo me quedé mirándolo parpadeante. Fite[1], y parecía mudo...
En fin, ser tan atrevido no creo que fuera algo muy bueno en su trabajo que dijéramos; pero, oye, allá él, porque ahora, por listo, le quedaban tres tazas de que le hablara de José. Bien que en este momento le iba a dar una tregua porque debíamos ponernos en marcha cuanto antes, la gloria estaba a puntito de encontrarme y tenía que estar preparada. Reanudamos la marcha por un sutil empujoncito que le hice en la espalda y Müller volvió a encabezarla.
Al pasar por un escaparate pude verme reflejada con esa extrañísima pinta de muñeco de nieve amorfo. Llevaba el anorak verde caqui, o más bien caca, gigante de mi madre, que se había empeñado en que me lo llevara. Se lo puso por última vez hacía veinte años para ir a la nieve. Pero es que encima por debajo me sobresalía mi falda de lunares rojos, acompañado de medias negras y tacones. «Ay, qué poco arte...», pensé sin pena ni gloria de no verme arreglá. Bien que tampoco había ojos por ahí que pudieran deleitarse.
―Ahora, en serio, ¿me puede decir por qué no hay nadie en este pueblo de cuento cursi? ―le pregunté mientras, avanzando, observaba curiosa el derredor.
―Disculpe, pero Hallstatt no es cursi, es el pueblo considerado como el más bonito de toda Europa y el más bonito del mundo a orillas de un lago. Su nombre es céltico, quiere decir «sal». Y, por cierto, de eso tenemos abundantes minas aquí.
―Vale, todo genial. Pues supongo que en el increíble Hallstatt ―dije histriónica casi atragantándome―, si no pertenecen a la familia de los yetis, aunque por poco, estarán todos hibernando bajo un buen dique de mantas. ¡Qué hartura de frío! ―Me froté las manos heladas.
Desde que había irrumpido ese increíble lugar formado por un inmenso lago de agua esmeralda ensombrecido por impactantes montañas nevadas, mis luceros solo habían avistado unas desérticas casitas alineadas, todas ellas pintadas de amarillo, salmón y naranja, con sus tejados geométricos y esos perfiles blancos pintados a la perfección en cada marco de puertas y ventanas. Era como un rótulo que dijera: «Hola, somos repelentes». Pero ¿dónde estaba la gente que habitaba esas pulcras moradas?
―Señorita Dulce María, su padrastro no es de aquí, ¿verdad?
―No, qué va; en su infancia vivía más al sur, creo. Y piense que ya lleva veinte años en España, de los cuales quince se los ha pasado metido en mi casa el muy porculero. Pero, bueno, no me quejo de que me halla quitado el rinconcito del chaise longue, y también una parte del cariño de mi madre; al menos me lo ha pagado enseñándome a hablar su idioma. Y no es del todo mala persona ―sonreí al recordar al cachondo de Paul haciéndome gestos ridículos y exagerados cuando intentaba enseñarme palabras en alemán―. Creo que a lo largo de su vida me dijo que había pisado este sitio algún verano, si no recuerdo mal.
