UNO
Daisy
Ruedo hacia él y apoyo el mentón sobre su pecho.
—Buenos días. —Me lanza una sonrisa cansada y me rodea con el brazo—. ¿Cómo has dormido?
—Creo que bien.[1] —Asiento—. ¿Verdad?
Killian Tiller se encoge de hombros y hace un gesto con los labios.
—No me pegaste una paliza cuando me metí en la cama anoche, lo que me pareció estupendo.
Le sonrío orgullosa y él suelta una carcajada sin dejar de mirarme. La gente normal no atiza con los codos en un acto reflejo a sus novios cuando dichos novios estadounidenses se les meten en la cama en mitad de la noche.
—¿A qué hora quieres que salgamos para el mercado de agricultores? —Me siento y me acerco más a él.
Esboza una sonrisa incómoda.
—Tengo que trabajar…
—¡Es sábado! —Frunzo el ceño.
—Lo sé. —Vuelve a encogerse de hombros—. Es un momento un poco delicado…
—Tills. —Hundo los hombros—. ¿Tiene que ver con mi hermano?
—Dais, sabes que me apartaron de todo lo que tenía que ver con él…[2] —Frunce los labios y niega con la cabeza—. Piénsalo… Si yo no voy, podrás tirarte el rato que quieras en la sección de verduras de hoja.
Le lanzo una mirada medida.
—Eres muy pesado con esa sección.[3]
Suspira, preparándose para la conversación que hemos mantenido ya cincuenta veces.
—Una hoja es solo una hoja, Daisy…
Niego con la cabeza.
—No lo es.
—Sí lo es. —Niega él también—. No son más que un puñado de hojas a las que unos botánicos excéntricos les han puesto un nombre…
—Una lechuga romana tiene un aspecto y una función muy distintos de, pongamos, una col rizada. —Le lanzo una mirada, y él niega con la cabeza muy testarudo, solo para mosquearme.[4]
—¿Estarás en casa para la cena?
—Debería.
Asiente, se inclina hacia mí, me besa como durante años siempre quise que hiciera, y luego sale de la cama para ir a ducharse.
Él tiene casa, pero en realidad vive aquí conmigo en mi piso de Kensington Gardens Square.[5]
Llevaba cerca de un mes viviendo sola, y un día llegué a mi casa y me encontré que habían allanado mi piso.
La puerta reventada, el cerrojo forzado, estaba todo patas arriba… No faltaba nada, al menos a primera vista.
Llamé a la policía porque al parecer es lo que hace la gente normal[6] si algo va mal. No llaman a su hermano[7] ni a sus Chicos Perdidos,[8] sino que llaman a la policía.[9] Así que llamé a la policía.[10]
Y, después, se presentó Killian Tiller.
Llamó a mi puerta destrozada y se abrió despacio. Yo estaba allí, sentada en un banco junto a mi vecino, Jago,[11] que miró con suspicacia al hombre que había en la puerta.
Me puse en pie de un salto cuando lo vi y un escalofrío extraño me recorrió el cuerpo, una especie de alivio y de tristeza entremezclados. Recuerdo ser muy consciente de que yo llevaba unos 501 viejos y anchotes y una camiseta corta negra. Calcetines desparejados y el pelo recogido de cualquier manera en una coleta alta casi imperceptible, porque me corté el pelo cuando corté lazos con todo el mundo.
—Lo he oído en la radio… —me dijo Tiller con el ceño fruncido mientras se llevaba la mano al bolsillo de atrás para sacar su placa y enseñársela a Jago.
—Te presento a Killian Tiller… —Lo señalé con la cabeza—. Es un… —Miré a Tiller con los ojos entornados y él arqueó las cejas de ese antiguo modo juguetón—. Un viejo amigo, más o menos.
Jago asintió, me dijo que le llamara más tarde, que podía quedarme en su casa si quería, y se fue.
Tiller miró a su alrededor.
—Tus labores domésticas han perdido mucho.
Puse los ojos en blanco y él me lanzó una sonrisita. Se alegraba de verme, me di cuenta.
—¿Te lo has encontrado así? —Empezó a tocar con un boli para no alterar nada—. ¿Has movido algo?
Negué con la cabeza y él sacó el móvil al instante para empezar a hacer fotos.
—¿Alguna idea? —Me miró.
—¿Si ha sido Julian, preguntas? —Enarqué las cejas a la defensiva.[12], [13]
Apretó la mandíbula.
—Lo has dicho tú, no yo.
—No, no ha sido Julian. —Lo fulminé con la mirada y él se limitó a asentir mientras daba algunas vueltas más.
—¿Qué tal has estado? —me preguntó mirándome de lejos. Los brazos cruzados y el semblante serio.
—Hombre… —Paseé la mirada por mi salón destrozado—. He estado mejor.
Él reprimió una sonrisa.
—Antes de que pasara esto, ¿cómo estabas?
—Bien. —Fruncí los labios—. Supongo.
—¿Has sabido algo de él?
Negué con la cabeza.
—Lo último que supe es que huyó de Londres[14] porque Scotland Yard lo busca. —Le lancé una mirada lúgubre.
—Bueno… —Encogió sus hombros estadounidenses—. Ha robado un montón de obras de arte.
—Lo sé.
—Incumplido un montón de leyes.
—Lo sé. —Asentí con impaciencia.
—Secuestrado a un par de críos.
—Lo sé, Killian —medio grité. Y, a continuación, se me suavizó la voz—. Ya no nos hablamos.[15]
Asintió una vez y rompió el contacto visual.
—Lo siento. —Y lo decía en serio, se lo noté—. Necesitas una cerradura nueva—me dijo mientras lo señalaba.
Fruncí los labios y asentí.
—Bueno, ¿llamo a un cerrajero entonces?
—Yo lo haré —replicó al instante. Me miró a los ojos con calma.
Negué con la cabeza y le sonreí, agradecida.
—Bueno, eso no forma parte de tu trabajo.[16]
Hizo un gesto con los labios, como si le pareciera divertido.
—Ya, pero esto tampoco, así que… —dijo señalando mi piso.
—¿Pasabas por el barrio, entonces? —pregunté con las cejas enarcadas.
—Sí… —asintió serenamente—. Algo así.[17]
Aún hoy, si tuviera que representar con imágenes ese momento, escogería la de un retoño diminuto emergiendo de la tierra.
Esa noche dormí en casa de Jack,[18] Tiller me llevó en coche y, luego, a última hora de la tarde siguiente, se presentó en mi piso con una cerradura nueva y una caja de herramientas.
En cuanto llegó, Jack, que se había pasado todo el día conmigo,[19], [20] abrió los ojos como platos y articuló con los labios:
—Me cago en mí, está buenísimo.
—Cá-lla-te —le contesté articulando también en silencio.
Jack hizo un círculo con el índice y el pulgar, y metió el otro índice varias veces.[21]
—Lárgate… —Señalé hacia la puerta y mi mejor amigo se rio como una gallina mientras se me acercaba para darme un beso en la mejilla.
—Llámame.
—Vamos a discutir —le grité cuando se iba.
—¿Por qué vais a discutir? —preguntó Tiller mientras levantaba la vista de su caja de herramientas.
Le lancé una sonrisa rápida.
—Por nada.
Me acerqué y me quedé junto a la puerta que él arreglaba porque es que nosotros y las puertas… ¿sabes? Yo tenía el corazón hecho mierda. Echaba de menos a mi hermano, echaba de menos a Christian. Estaba sola y estaba asustada, y Tiller estaba de rodillas en mi piso arreglando algo que no había roto él.
Ese hombre sabía lo que hacía. Lo cual, vamos a ver, desde luego que sabía, se había ofrecido a hacerlo, pero hasta entonces yo nunca había observado a un hombre arreglar nada.
El taladrar, el limar, el atornillar… Dios bendito, fue una tortura. Me mordí el pulgar porque de no haber mordido nada, me habría quedado mirándolo sin más, con la boca permanentemente abierta porque Tiller era… Tiller es Tiller, ¿sabes? Es divino con ese pelo rubio y esos ojos azules y esos hombros, y ese acento. Llevo derritiéndome por él desde los dieciséis años, más o menos, y me estaba fundiendo otra vez en mitad de mi propia cocina.
Levantó los ojos para mirarme.
—Bueno… —Tosió superdespreocupadamente—. ¿Estás saliendo con alguien?
—No.
Me crují la espalda al tiempo que estiraba las manos por encima de la cabeza. Un poco porque tenía la espalda dolorida, un poco porque toda yo estaba dolorida de una manera que no podía solucionar sola. Odiaba estar sola. Me había pasado toda mi vida deseando desesperadamente estar sola y ahí estaba, tan sola como había deseado estar siempre y no sabía qué hacer con tanta soledad.
—¿Y tú? —pregunté con ligereza—. ¿Hay alguien?
Tiller me miró fijamente una fracción de segundo más larga de la cuenta, creo, y luego negó con la cabeza.
—Pues no.
—Oh. —Asentí una vez. Me aclaré la garganta—. Oye, ¿quieres tomar algo? —Me aparté de la pared y me abalancé hacia la nevera, sin esperar respuesta.
Tiller volvió la vista para mirarme con esa carita seria que me parecía tan sexy,[22] desvió los ojos hacia la nevera y después volvió a mirarme a mí. Asintió una vez y luego se concentró en la puerta con exagerada intensidad.
Nos serví dos copas de vino más que generosas y me di cuenta de que él había reparado en ello, porque cruzamos miradas cuando le tendí su copa y me dio la sensación de que se estaba preparando, como si se encontrara al borde de un precipicio y se estuviera convenciendo a sí mismo para saltar.
Tiller dio un buen trago y me devolvió la copa, siguió trasteando con la cerradura, y recuerdo que me resultó tan claramente sexy y provocadora la sublime falta de atención que me prestaba, que en ese momento empecé a preguntarme si lo hacía a propósito. Lo de no mirarme. Las cejas tan fruncidas por la concentración que prácticamente fulminaba la puerta con la mirada…
Pasado un ratito, se puso de pie. Cerró la puerta con llave y volvió a abrirla.
—Todo en orden… —Me lanzó una sonrisa rápida. Parecía nervioso. Qué mono.
Alargué la mano y cerré la puerta con llave y el sonido de la cerradura resonó a nuestro alrededor y abrió de par en par el viejo abismo de mi interior.
—Gracias —le dije en voz baja.
Tiller me miró a los ojos.
—De nada.
Luego asintió una vez, volvió a arrodillarse en el suelo y empezó a guardar sus herramientas.
Fue más o menos en ese momento de la tarde cuando empecé a preguntarme si toda esa tensión sexual que creía estar sintiendo era por completo producto de mi imaginación. ¿El taladro en realidad era solo un taladro? ¿El deseo que me parecía haber sentido entre nosotros era unilateral? No sé por qué, pero entonces me recorrió por dentro esa vieja sensación que tenía a veces al poco de morir mis padres, de que era una chiquilla indefensa, sola en el mundo entero. En realidad, solo me sentí así durante unos cuantos meses después de lo que sucedió ese día en la playa, pero casi todas las noches soñaba lo mismo, de vez en cuando todavía lo sueño: yo en la arena, ellos mueren igualmente, pero Julian muere con ellos y yo me quedo allí sola, viva, pero soy huérfana de verdad y estoy sola de verdad. Soy todo lo que mi hermano dijo que yo era.
Así es como me sentí cuando mi hermano salió de esa habitación del hospital y así es como empecé a sentirme de nuevo al ver a Tiller guardando sus herramientas allí delante de mis narices, por eso en cuanto lo sentí, quise que se marchara, necesité que lo hiciera. No quería que me viera la cara, que viera que estaba triste, que viera que no había cambiado en absoluto; que me acostaría con él allí mismo del mismo modo en que lo haría con Jago o con el camarero de la cafetería de enfrente, que usaría sus cuerpos como un tablón de madera contrachapada para cubrir el abismo y no volver a caer por él.
Me arrodillé a su lado y le ayudé a recoger las cosas más rápido, recogí una broca y soplé el serrín que la manchaba y…
—¡Ay! ¡Mierda! —Me llevé la mano al ojo al instante.
—¿Estás bien? —Tiller frunció el ceño, preocupado.
Me puse de pie trastabillando, me abrí paso a tientas hasta el baño de invitados y él me siguió corriendo, y recuerdo ver con el ojo bueno que estaba más preocupado de lo que requería una motita de serrín.
Me eché agua en el ojo, hice todo lo posible para eliminarla. Y, entonces, noté una mano en mi cintura que me hacía darme la vuelta.
—Déjame ver. —Me sujetó el rostro con ambas manos y con mucho cuidado me abrió el ojo con el pulgar.
Nuestros rostros estaban suficientemente cerca para que yo sintiera el calor residual de su cuerpo.
Cuando me acuerdo de esa noche, eso es lo que recuerdo mejor. La calidez que me hizo sentir.
—Creo que te lo has quitado… —dijo, pero la voz le salió un poco ronca.
Me recorrió con los ojos, se apretaba la lengua contra el labio inferior, no despegaba sus ojos de los míos y luego se inclinó hacia delante… muy despacio… Fue una inclinación de lo más medida.[23] Me observó todo el rato para asegurarse de que yo no cambiaba de opinión.
Como si fuera a hacerlo, teniendo su cara acercándose a la mía por fin como siempre había deseado que hiciera.
Le rodeé la cintura con las manos y lo atraje hacia mí, nuestros labios se encontraron y toda su prudencia saltó por los aires.
Voy a serte sincera: había fantaseado con acostarme con Killian Tiller más veces de las que podía contar desde que tenía unos dieciséis años. Por eso, estar allí y así, cargaba con años de expectativas y Tills no defraudó.
No bajó el ritmo en ningún momento, no se detuvo, no vaciló ni una sola vez. Me subió a su cintura y lo hicimos en el lavabo de mi baño bajo unas luces increíblemente terribles, del tipo de luces que delatan todos tus defectos, y no le vi ni uno solo.
Luego, después, se sentó contra la pared de mi diminuto baño y fijó la vista en el techo; se le veía pensativo, preocupado de nuevo.
—Joder… —Negó con la cabeza.
—¿Qué? —Me senté y volví a ponerme la camiseta.
—Lo siento… —Empezó a fruncir el ceño—. No tendría que haberlo hecho.
—¿El qué?
Me señaló vagamente con un dedo.
—¿Hacerlo conmigo? —Parpadeé.
Asintió deprisa, se pasó las manos por la cara, agobiado. Volvió a ponerse la camiseta de cualquier manera, se levantó.
—No quería, en fin, aprovecharme de ti…
Lo miré confundida.
—Tiller, te he puesto el equivalente de tres copas de vino en una sola porque quería que esto pasara.
Me lanzó una mirada impasible.
—Llevo años intentando llevarte a la cama, Tills… —le dije intentando rebajar la tensión. No me gustaba lo tenso que estaba—. ¡Tiller! —me reí, porque estaba siendo monísimo—. Solo ha sido sexo.
Y entonces recuerdo que me miró con suspicacia, como si yo estuviera diciendo tonterías.
—Eso no existe.
—¡Claro que sí! —Negué con la cabeza, riéndome—. ¡Desde luego que sí! ¡Acabamos de hacerlo!
Soltó una bocanada de aire como si hubiera estado conteniéndola.
—Te juro por Dios que he venido exclusivamente para arreglarte la cerradura.
Le lancé una sonrisa diminuta.
—Te creo.
No tardó mucho en irse, y al rato me mandó un mensaje diciendo que lo sentía y que si necesitaba ayuda con cualquier cosa, que le escribiera.
Y… ¡no te lo vas a creer! Al cabo de unos días, se me atascó el fregadero.
Así empezamos. Primero la cerradura, luego el fregadero embozado. Luego mi nevera empezó a gotear y necesité una nueva. Luego me quedé tirada con el coche por falta de gasolina… a propósito.
Y después empecé a hacer cosas como sacudir una bombilla hasta que el filamento de tungsteno se rompía y luego volvía a ponerla, fingiendo que no sabía cómo se cambiaba una bombilla.
—Sabes que puedes pedirme que venga para tener sexo, ¿verdad? —me preguntó esa noche mientras me tiraba del pelo, juguetón. Lo cual hice, durante más o menos una semana. Porque cuando paraba, lo echaba de menos.[24] Y fue una semana estupenda. Tiller venía muchas noches después del trabajo, a «echar un polvo» como diría Julian. Y a mí ya me venía bien, porque tenía la universidad y ningún amigo, excepto Jack,[25] y estaba soltera y sola, y estar sola me recordaba que, en realidad, estaba verdaderamente muy sola. Sin familia, con solo dos amigos y un guardaespaldas que se negaba a renunciar.[26]
Y fue entonces cuando luego alguien llamó a la puerta de mi piso una noche, sin previo aviso.
—¿Qué estás haciendo aquí? —le solté bruscamente a Tiller, mirando de reojo el vino y las flores que llevaba en las manos.
—Es San Valentín. —Se encogió de hombros.
Yo también lo hice.
—Lo sé.
—Quiero pedirte una cita —me dijo rodeándome para entrar en casa.
Cerré la puerta.
—¿Qué?
—¿Qué? —Se rio divertido—. Tampoco puede ser una sorpresa tan grande, hemos dormido juntos casi todas las noches durante… dos semanas.
—Lo sé. —Puse los ojos en blanco—. Pero eso es…, en fin, algo superficial, ¿no?
Cierto dolor le cruzó la carita.
—Para mí, no.
—Tills… —Suspiré—. Siempre he… Contigo, sabes que yo… —Lo señalé con un gesto y tragué saliva porque es demasiado atractivo—. Sabes que lo he hecho, pero sigo sin haber, en fin, superado de verdad lo de… —No pude decir su nombre, sigo sin poder hacerlo. Siempre se frena en seco en mis labios como si decirlo en voz alta pudiera significar que estoy permitiendo que parte de él me deje,[27] de modo que señalé con un gesto impreciso el fantasma de Christian Hemmes, que me sigue a todas partes.
Y, entonces, Tiller ladeó la cabeza y me lanzó media sonrisa.
—No te estoy pidiendo que te cases conmigo, Dais. Solo es una cita.
Así que salimos. Y ocurrió algo extrañísimo: me lo pasé auténtica y feliz y verdaderamente de maravilla. No me había divertido tanto en meses. Y no hicimos nada especial, acabamos en Nando’s porque todos los restaurantes de Londres estaban llenos y él no había pensado en reservar, porque no creía que yo le fuera a decir que sí a la hora de la verdad, así que nos quedó Nando’s[28] y entonces dimos un paseo y escuchamos música country, lo cual en ese entonces, que era febrero, me parecía una mierda y le tomé el pelo por lo mucho que le encantaba, pero ahora estamos casi en noviembre y puedo cantarte las letras de todas las canciones de Thomas Rhett, por no hablar de Dan + Shay.
Esa noche volvió conmigo a casa y vimos El sexto sentido, escogí una peli más o menos de miedo porque esperaba que significara que se quedaría a dormir, y cuando la estábamos viendo me rodeó con el brazo y parecía nervioso cuando lo hizo, no me miró, no despegaba los ojos de la pantalla, y sí que se quedó a dormir.
A Tiller le resulta fácil dormirse, llegados a este punto ya me he dado cuenta. Creo que es porque es innatamente bueno, no tiene preocupaciones, viene a ser la personificación de Hakuna Matata, está siempre relajado, y para cabrearlo le digo que creo que es porque pasaba los veranos con su abuelo en Venecia y fumaba demasiada hierba y él dice que pare de decirlo tan fuerte todo el rato y que, si me lo contó, fue porque se encontraba coaccionado y yo le dije que de coacción nada y él contestó que hubo unas manillas involucradas, así que técnicamente… Esto viene a ser todo lo que necesitas saber de la historia. A lo que iba es que a Tiller le resulta fácil dormirse.
Y esa noche de San Valentín, mientras lo miraba fijamente (a él, que podría decirse que es uno de los hombres más preciosos que he visto en toda mi vida entera), en ese preciso instante, hice un trato conmigo misma: dejaría atrás a Christian Hemmes. Lo dejaría tan atrás como pudiera, aunque nunca podré del todo, no lo creo, pero Christian estaba ahí en ese rincón, era esa inmensa estatua como si estuviera en un altar que yo misma había construido de él, o para él, en mi salón y siempre estaba allí, proyectando una sombra sobre todo, decolorando todas las maneras en las que yo podría ser potencialmente feliz sin él, porque no quiero estar sin él, quiero estar con él. Ya lo hacía, sigo haciéndolo, desde luego que sigo haciéndolo, pero no puede ser. Queremos cosas distintas. Él quiere estar ahí en el meollo de todo y yo… En fin, la verdad es que lo echo de menos, si te soy sincera. Aunque es porque está relacionado con mi hermano y probablemente, en realidad, lo echo de menos más que nada de una forma parecida al síndrome de Estocolmo, porque es todo cuanto he conocido y me da miedo no tenerlo y por eso no cuenta. Y por eso no importa que ame a Christian, que lo hago,[29] porque el amor no basta y no es todo cuanto necesitas y nosotros somos prueba de ello.
De modo que decidí justo entonces, esa noche del Día de San Valentín, que iba a echar a Christian. No podía seguir viviendo en mi salón. No sabía cómo echarlo, no sabía cómo desmontar el hecho de quererlo,[30] no creo que pueda. Creo que, sin querer, lo amé de una manera que lo convirtió en mi rodilla mala para siempre, de modo que tal vez es una estatua que no puedo derrumbar y ante la que siempre haré una reverencia y veré bajo cierta luz celestial, pero quizá es una estatua a la que puedo subir a un carrito para sacarla de la estancia principal y desterrarla al cuarto de invitados, el mismo lugar donde viven todos mis pensamientos, los que tienen que ver con mi hermano y lo mucho que lo echo de menos y lo asustada que estoy sin él, y lo mucho que desearía que él viniera a buscarme y me obligara a volver a casa, pero no lo hará así que yo tampoco. En fin, ¿y si Christian no es más que otra cosa que nunca seré capaz de desmontar? Al menos puedo meterlo en un cuarto, cerrar la puerta con llave y llevarla colgando del cuello. Visitarlo cuando me haga falta (si tengo que hacerlo), pero luego cerrar la puerta y adiós. Eso es lo que hice esa noche, cerré la puerta y fijé la vista al frente, y al frente estaba Tiller.
Y eso fue hace casi nueve meses.
Compro dos cafés en el puesto de abajo, pero llevo mis propias magdalenas porque las mías son mejores que las de allí, y luego cruzo la calle hacia el Escalade negro que siempre está aparcado enfrente de mi casa.
Doy unos golpecitos a la ventana y se baja.
—Para de seguirme —le digo a Miguel mientras le tiendo un café y una magdalena.
—Basta de semillas de chía, te dije que no me gustaban.
—No. —Niego con la cabeza—. Te hace falta el potasio.
—Pues dame un plátano… —Frunce el ceño mientras le pega un bocado igualmente—. Y no. —Me lanza una sonrisa radiante y yo pongo los ojos en blanco, luego le paso mi café sin decir nada para poder agacharme a atarme el zapato.
—¿Adónde vamos hoy? —me pregunta cuando vuelvo a ponerme de pie y me devuelve el café.
—No vamos a ninguna parte. —Le lanzo una mirada antes de señalarme a mí misma—. Yo me voy al mercado de agricultores con Jack.
Asiente.
—¿Qué ruta vas a tomar?
—Oh, la ruta No Te Importa, es superbonita. —Le lanzo una sonrisa.
—Dímelo.
—No.
—Venga, dímelo.
—Déjame en paz… —Lo fulmino con la mirada mientras me voy.
—¿Misty Way? —me pregunta.[31]
Le hago una peineta con una mano y abro la puerta del coche con la otra.
—¿Eso es un sí? —insiste exasperado.
—¡Sí! —gruño.
—¿Sabe tu hermano que él sigue contigo? —pregunta Jack al cabo de unas horas, señalando a Miguel con la cabeza mientras se mete en el reservado de detrás del nuestro.
—Supongo que sí. —Me encojo de hombros—. Eso o Julian se ha resignado a que Miguel se haya convertido de repente en un empleado nefasto que desaparece un montón de horas cada día.
—Es bastante dulce. —Jack se encoge de hombros, intentando ayudar.
—Es bastante innecesario… —digo en voz alta, suficientemente alta para que Miguel me oiga—. No me hace falta un guardaespaldas, ¡estoy saliendo con un agente de la policía! ¡Ahora soy normal!
—¡Pareces de lo más normal! Gritando de esta manera en una cafetería, idiota louca… —contesta Miguel y yo hago un puchero.
Jack alarga la mano y aprieta la mía.
—Dime, ¿qué tal estás hoy?
—¿Hoy? —Le pongo ojitos, me encojo de hombros como si no supiera de qué me habla. Jack pone los ojos en blanco—. ¿Qué pasa hoy? —Sigo adelante.
Me lanza una mirada, señala mi plato con la cabeza. Guiso para desayunar.
Aparto el plato. De todos modos no está tan bueno como los que hacía yo antes.
30 de octubre. El cumpleaños de mi hermano.[32] Apenas he pensado en él una sola vez.
—¿Vas a mandarle algo?
—Desde luego que no. —Niego con la cabeza.
Jack se encoge un poco de hombros.
—Sería una bonita ofrenda de paz…
—No quiero una ofrenda de paz —miento.
Y sé que no servirá. Si ha habido alguna vez algo que hubiera podido conseguir que mi hermano y yo volviéramos a estar bien, ya ha pasado y no ha cambiado nada.[33]
—Venga. —Doy una palmada—. Tengo que irme a preparar la cena.
—Qué rico estaba —anuncia Tiller, mientras me atrae hacia su regazo y se recuesta en la silla.
—Era un pollo asado… —Pongo los ojos en blanco y él me abraza con más fuerza.
—¿Qué tal te va con ese tipo,[34] Jacko? —Tiller lo señala con el mentón.
—Bueno, bien… —Jack intenta no sonreír demasiado—. Llevamos juntos un mes ya, un poco más…
—¿Y cómo decís que se llamaba? —Tiller nos mira a los dos.
—August Waterhouse —anuncio.
—Productor. —Tiller asiente—. Ya está. Me acuerdo. Qué bien, tío. Me alegro de que esté yendo bien.
Jack sonríe y abre la boca para decir algo antes de pasear la mirada por nuestro piso.
—¿Por qué hay tantas rosas por todas partes?
Miro alrededor, solo en el comedor hay seis ramos.
—Oh… —Me encojo de hombros—. Tiller no para de mandarme flores.
Tiller suelta una carcajada.
—No. No lo hago.
Me vuelvo para mirarlo.
—¿Qué?
—Que no te mando flores. —Señala hacia las flores—. Estas no son mías.
—¿Estás seguro? —Frunzo el ceño.
—¿Si estoy seguro de que no te mando flores? —Me lanza una mirada—. Pues sí.
—Pero a veces apareces con flores…
—Ya. —Se encoge de hombros—. Porque me las encuentro junto a la puerta…
Parpadeo.
—¿Nunca me has mandado rosas?
—¿Creías que te estaba mandando flores todo este tiempo y nunca me has dado las gracias, ni una sola vez? —Se sienta más erguido.
—Ay, por Dios. —Pongo los ojos en blanco y me revuelvo en su regazo—. Son rosas, no el diamante Hope. Tú me las pasas, yo digo gracias. Es un intercambio perfectamente aceptable.
Jack se pone de pie y empieza a revisar un ramo.
—No hay tarjeta… —le digo. Nunca hay tarjeta. Me vuelvo hacia Tiller—. Pensaba que eran tuyas.
Tiller se revuelve, se tensa un poco bajo mi cuerpo. Me abraza distinto. Su cara se pone en modo preocupación. Me mira a mí y luego a Jack.
—¿Hemmes? —sugiere.
Niego con la cabeza.
—No hemos hablado desde…[35] —Se me atraganta el recuerdo, de modo que miro a Tiller a los ojos para serenarme—. Desde esa noche aquí.
Cambia la cara, esa noche fue dura para él, pero asiente.
—¿Romeo? —aventura Jack.
—Me odia. —Les lanzo a los dos una sonrisa valiente.[36]
Tiller me coloca la mano en la parte baja de la espalda y suspira.
—¿Tu hermano?
Niego con la cabeza.
—También me odia.[37]
Una nube se cierne sobre la estancia y necesito ahuyentarla, de modo que me pongo en pie de un salto y empiezo a recoger los platos.
—Seguramente será un error… —Me encojo de hombros.
—¿Qué? —Jack y Tiller fruncen el ceño al unísono.
—Pues que alguien tendrá mal apuntada la dirección e intenta mandarle flores al pibón del piso de arriba.
Jack pone los ojos en blanco.
—Dais, tú eres el pibón del piso de arriba.
Me inclino y le toco la cara a Tiller; está preocupado.
—No es nada, Tills. Solo es un pobre disléxico que está tirando el dinero… —Me encojo de hombros con ligereza—. No son para mí.
DOS
Christian
Pensé mucho en ello, en por qué hice lo que hice… Por qué la dejé, me fui de ese piso como si ella no fuera lo único en lo que pienso desde que terminamos por primera vez esa noche en el cumpleaños de Jules. Como si ella no siguiera siendo lo único en lo que pienso aún hoy.
Es demasiado tarde. Está con otra persona.
Parece estúpido últimamente cuando lo pienso, por eso hago todo lo que puedo por no hacerlo.
Daisy para mí fue una absoluta sorpresa. Me enamoré de ella sin querer, y la perdí sin querer. No estaba listo. No estaba listo para amar a alguien como resultó que la amo a ella.
Es que nunca la vi venir, no podría haber escogido amarla en una rueda de reconocimiento hasta que sucedió y entonces lo fue todo: lo primero en lo que pensaba, lo último en lo que pensaba, lo que pensaba entremedias; el nombre que pronunciaba en sueños, el cuerpo en el que pensaba cuando estaba con otros cuerpos, la fragancia que intento perseguir cada vez que cruzo un Selfridges para poder respirar algo que huela como ella y sentirme cerca de ella de nuevo, pero nunca puedo encontrarlo.
Cuando me pidió que lo dejara todo con ella, toda la mierda de la vida en la que nacimos… No sé por qué no lo hice, es que no me lo esperaba… Eso, y que no tengo nada más, supongo. No tengo un plan de vida. Mi plan de vida se me presentó delante cuando tenía quince años.
Jo y yo haciendo esta mierda juntos.
Menos «él primero y yo segundo», más colaboración entre iguales, pero bueno, que él se está volviendo bastante arrogante últimamente…
Aunque en realidad no me importa, si te soy sincero. Es un negocio, y formo parte de él porque me toca.
Casi desearía ser como el tío Harv, que se piró a Australia y todo eso con lo del deporte, pero destrozaría a mamá y, a decir verdad, mamá ha tenido suficientes cosas ya en esta vida que la han destrozado.
De modo que me quedé… me quedé con lo que ya conocía, aunque me dejó muy tocado. Me quedé en Londres, a solo unas calles de donde vivía Daisy, pero ya no vive porque siguió adelante con lo que dijo. Dijo que se iría y que lo dejaría todo atrás y lo hizo. Se ha hartado. Se ha largado de esta vida y, seguramente, sea lo mejor para ella. Mejor es como estaríamos todos si hubiéramos solucionado nuestras mierdas, pero no podemos porque es puto difícil dejar lo único que conoces, incluso queriendo, y de esto no te quepa duda: algunos días, de verdad que quiero.
Me alegro por ella, parece que está bien. Vamos a ver, estoy hecho una puta mierda. La he cagado un montón de veces desde que rompimos, pero estoy contento por ella. Mientras ella esté contenta…
Parece feliz.
Taura dice que lo es.
Después de todo lo que ha pasado, se merece ser feliz.
¿Yo? Yo me quedo mirando todas las margaritas que crecen por doquier, ahora veo The Great British Bake Off para dormirme por las noches; veo su rostro cada vez que cierro los ojos, aunque llevo ya casi dos meses, más o menos, saliendo con Vanna Ripley.
Es un jaleo, ella es un poco un castigo, y yo debería ser más sensato, pero está buena y es complicada de una manera que logra distraerme lo suficiente para no pensar en la persona de la que estoy enamorado en realidad.
Antes de ella estuve dando tumbos. Casi tuve una noche peligrosa con una Parks desolada en Nueva York, pero al final no lo hicimos (fui yo quien lo frenó, si puedes creerlo), pensé en Daisy, en el daño que le haría si se enterara, que no se enteraría. ¿Cómo iba a enterarse? Como si le hubiera importado, además, ahora está con el poli ese que siempre la rondaba. Pero pensé en ella de todos modos; me hizo frenar en seco.
Me arrellano en una de las butacas de terciopelo rojo de la sala de lectura y biblioteca de Sketch; llegamos tarde. Nos ha azotado una horda de paparazzi saliendo de mi piso y otra a las puertas del restaurante, y te mentiría si no admitiera que estoy bastante convencido de que los ha avisado ella misma.
Es un incordio, si te soy sincero, Vanna, pero ¿cómo cojones pasas el rato en la ciudad donde vives cuando la chica de tus sueños no te habla y está refugiada con otra persona?
Salgo a cenar con su hermano, es uno de mis pasatiempos últimamente. Saludo a Jules con el mentón al tiempo que nos damos la mano.
—Feliz cumpleaños atrasado, tío…
Vanna le da un beso en la mejilla antes de sentarse a mi lado y sonreírle secamente a la chica que tiene delante, la acompañante de Julian.
—Os presento a Josette Balaska —dice Julian, señalándola vagamente.
Es una mujer atractiva. Bajita, el pelo rubio casi blanco, la piel pálida, con los ojos como morados, aunque no parece que lleve lentillas.
—Entonces tú eres el famoso Christian Hemmes. —Alarga la mano con una sonrisa cómplice. Estrechamos las manos—. Me han contado que le salvaste la vida.
Me encojo de hombros.
—Algo así…
Julian pone los ojos en blanco ante mi falsa modestia y Vanna se revuelve en su asiento porque no está acostumbrada a no ser el centro de atención.
—Te presento a Vanna. —La señalo con la cabeza.
—Un placer… —Josette alarga la mano y Vanna se queda mirándola antes de dársela a regañadientes.
Josette le sonríe con cordialidad.
—Bueno, ¿cuánto tiempo lleváis juntos?
—Uy, no est… —empiezo a responder, pero Vanna me interrumpe.
—Dos meses. —Se pasa el pelo por encima de los hombros.
Julian y yo intercambiamos una mirada y él aparta los ojos, divertido, antes de avisar a una camarera y pedirle una botella de su mejor tinto.
—Yo no bebo vino tinto —le dice Vanna a Julian, claramente aburrida.
—Pues bebe otra cosa. —Suelta un bostezo sin mirarla.
Rodeo la silla de Vanna con el brazo.
—¿Qué quieres?
—Sorpréndeme —contesta sin apartar los ojos del móvil.
Pido una botella de champán para ella, y se me acerca y me besa como si tuviera algo que demostrar, luego mira a Josette de reojo, después a Julian y, finalmente, otra vez a mí.
—¿Cómo lo salvaste?
Reprimo una sonrisa al tiempo que pongo los ojos en blanco.
—Me ayudó a encontrar una cosa —ofrece Julian.
—¿Cuál? —pregunta Vanna, guardando el móvil.
—Un cuadro —contesta él mientras se sirve más vino.
Vanna exhala por la nariz y vuelve a coger el móvil.
—Qué aburrido.
Josette y yo cruzamos una mirada. Supongo que ella lo sabe.
—Claro. —Me encojo de hombros—. No hay para tanto…
Total era un cuadro valorado en cuarenta y cinco millones de libras que llevaba doce años desaparecido y que Scotland Yard estaba dispuesta a intercambiar por la libertad de Julian.
Realmente, ese par de meses fueron una absoluta locura.
Jules huyó en enero. Llegó hasta la República Dominicana y luego se escondió hasta que tuvo trazado un plan.
Los chicos y yo viajamos a Hawái para surfear y a la vuelta hice escala en Playa Rincón. Jules me contó que quería encontrar un Van Gogh, negociar su vuelta a Londres y obligarles a retirar todos los cargos.
Yo no tenía mucho más que hacer en ese entonces, y echaba de menos a su hermana. Quería encontrar una manera de sentirme cerca de ella sin arrastrarla de vuelta a todo lo que había dejado atrás.
Así que me apunté.
Al final lo encontramos, por eso ha vuelto. Y sin un solo cargo contra él.
En algún momento de la velada, Vanna se levanta y se va al baño. Julian espera hasta que no pueda oírnos y me lanza una mirada.
—Lo siento, tío, pero es imposible que el sexo sea lo bastante bueno como para aguantarla…
Suelto una carcajada.
—No está tan mal.
Josette niega con la cabeza.
—Es la persona más desagradable con la que he cenado en mi vida, y eso que una vez compartí accidentalmente una comida con un neonazi.
La señalo con el mentón.
—Parece una buena historia…
—No me cabe duda de que a estas alturas todas las historias te parecen buenas, hermano. —Julian me lanza otra mirada—. La precisión con la que ha escogido ponerse eso en los labios justo antes, sujetando esos dos tubos como si no fueran del mismo color… ¿Te estás metiendo drogas duras para aguantarlo?
—Si te está reteniendo contra tu voluntad… —Josette me lanza una mirada—. Parpadea dos veces.
—Muy bien… —Pongo los ojos en blanco—. Decidme, ¿cómo os conocisteis vosotros dos?
—Oh —Julian inclina la cabeza hacia ella—, somos viejos amigos…
—Amigos es un término muy amplio. —A Josette le brillan los ojos—. Vivo entre Berlín y Nueva York, sobre todo. Hago escala en Londres a menudo. Intentamos sacarle el máximo partido.
Le pincha en las costillas y él le pega un codazo. No es exageradamente íntimo, ni siquiera con las chicas que se está tirando.
La única chica a la que le he visto abrazar es a su hermana, así que supongo que últimamente no abraza a nadie. La echa de menos, salta a la vista.
Y voy a decirte una cosa, conociéndolo como lo conozco (que a estas alturas es bien, por cierto), cuanto más conozco a Julian, más obvio resulta: no fue solo que él rompiera las reglas de Daisy, ella rompió las de él.
Lo veo en cómo Jules esquiva el nombre de su hermana, cómo se va de donde estemos cuando pregunto por ella. Que lo hago, le pregunto a Miguel sistemáticamente, miro a escondidas su Instagram, agobio a Tausie para sacar pistas, aunque en realidad nadie me da mucho, solo migajas. Pero me permite continuar. A Julian le duele, sin embargo. Parpadea cada vez que alguien dice el nombre de su hermana. Aparta la mirada y toma aire.
Lo entiendo. A mí también me duele, pero por encima de todo me alegro de que esté bien. Sé que él también, aunque no lo dice porque puede ser así de gilipollas.
Sigue pagándole el sueldo a Miguel, aunque finge no fijarse en el trabajo que lleva a cabo en realidad porque también sabe ser así.
Me pregunto cómo se siente Daisy al respecto. Estará molesta, supongo. Los guardaespaldas no son normales, ella lo decía mucho.
Pero eso es parte del problema, supongo. Se apartó de esta vida para ser normal, pero ella es ella. La chica más preciosa del mundo entero, la que tiene tarros de miel por ojos, la persona más inteligente allá donde vaya. Ella nunca será normal, por mucho que lo intente.
TRES
Julian
Cada día pienso en lo que pasó con ella en el hospital. Lo llevo alrededor del cuello como si fuera un yugo que me aplasta y me recuerda qué cojones soy, que mi estúpida hermana se equivoca, que no sabe una mierda, que soy tan malo como dicen que soy, y prueba de ello son todas y cada una de las cosas que le dije ese día, porque no eran solo palabras hirientes; quise tocarla y hundirla.
Dais y yo nos conocemos demasiado bien como para no destrozarnos el uno al otro. Y yo sabía mientras les decía que no eran unas putas palabras ciegas y desafortunadas, yo sabía lo que estaba haciendo. Sabía que al decírselas no solo conseguiría que se sintiera triste y sola en ese momento, sino que además era probable que le arrebataran toda la sensación de seguridad que me he pasado la vida construyendo para ella.
Por eso sé que se equivoca. No hay nada de bondad en mi interior, solo en el suyo, y no discutí cuando me dijo que quería ser normal, que ni siquiera sé qué coño significa…
¿Quería irse? Pues muy bien. Que la jodan. Se ha ido, no la necesito. Aunque sea mi mejor amiga, aunque abandonarla ese día me sentara como partirme por la mitad.
Tuve que irme de Londres bastante rápido después de aquello, Scotland Yard me soplaba en la nuca y esas mierdas.
Supongo que al final salió bien. No sé qué clase de mierda habría llegado a hacer sin Daisy manteniéndome a raya cuando me enfadaba de esa manera.
Fue de camino a casa, tras salir del hospital, cuando recibí la llamada de Declan. Me avisó para que no volviera al Recinto, que la policía estaba allí y me esperaba con una orden de detención.
Koa y yo abandonamos el coche, y llegamos a pie al hangar que los Bambrilla tienen en Clavering.
Volamos hasta la pista de aterrizaje que la familia Onassis tiene en el norte del estado de Nueva York. Me planteé durante un minuto muy duro ir a visitar a una persona, pero me pareció demasiado peligroso. Condujimos hacia el sur, hacia Florida. Pagué a un tipo en Key Largo para llegar a Nassau, de Nassau a Cayo Romano. De Cayo Romano a Baracoa, de Baracoa a Haití. Estuvieron a punto de pillarme en Cabo Haitiano, pero nos escapamos, logramos cruzar la frontera de la República Dominicana, gracias al puto cielo. No hay extradición con el Reino Unido. De modo que nos instalamos en Playa Rincón.
¿Y sabes qué? Con lo mucho que critico a mi hermana con lo de su puta vida normal de ensueño, no estuvo nada mal.
Surfeaba, pescaba mi propio pescado. Salvé a un cachorrito que querían sacrificar. Muy guapo, la verdad. Un crestado rodesiano que nació sin cresta. El tipo del criadero quería matarlo, así que me lo quedé yo. No tenía mucho más que hacer, de modo que lo adiestré que flipas. Ahora es un perro guardián de la hostia, feroz que te cagas, muy protector conmigo, que es exactamente lo que quieres cuando te has dado a la fuga.
¿Lo más difícil de todo? No saber si Dais estaba bien.
La odio, ¿verdad? Lo hago. Pero me he pasado toda mi vida cuidándola. Toda mi vida se ha enfocado en mantenerla con vida, así que no importa (y que la jodan por esto), no importa si ella se ha hartado porque yo no puedo. Es mi niña, aunque ella ya no quiera serlo. Sigue siéndolo.
Pero no tuvimos contacto, allí estábamos solo Koa y yo, él rompiendo los corazones de la mitad de isleñas y yo enseñando a mear donde tocaba al puto perro. No supe nada de mi hermana hasta que Christian apareció por aquí y me dijo que estaba saliendo con el poli.
Reaccioné como si me hubiera jodido, pero en realidad sentí cierto alivio. Sin mí ni Christian cerca y ella tan concentrada en conseguir una puta vida normal… Sé que Miguel sigue vigilándola, pero ahora desde más distancia. Que Tiller esté en su cama tendría que haberme hecho enfadar, que haber hecho que la traición de ella fuera mucho peor, pero si soy sincero, debo decir que me alivió saber que estaba a salvo.
La historia es de las buenas, pero la versión corta es que Christian, Koa y yo encontramos el cuadro, en Rotterdam nada menos. Hubo un sustillo a medio camino. Pero lo logré. Se lo entregué a la Interpol tras cerrar el trato de que retirarían todos los cargos contra mí y voilà, vuelvo a estar en Londres. Se lo entregué a Tiller, de hecho. Él no es de la Interpol, pero yo sabía que él se lo haría llegar. Albergué la esperanza de que informara a mi hermana de que yo había vuelto, pero no sé si lo hizo. Ella no vino a casa para ver cómo estaba. Que tampoco necesitaba que lo hiciera, ni siquiera quiero que lo haga, la verdad.
En fin, el primer punto en la agenda del día era echar de la ciudad al puto Eamon Brown, pero supongo que se enteró de que yo estaba volviendo y se largó jodidamente rápido. Se esfumó del mapa. No he sabido nada de él desde entonces, así que supongo que tampoco salió mal del todo.
Llevo en casa unos tres meses ya, y me da la sensación de que ya empieza a ser hora de que encuentre algo que hacer. He mantenido un perfil bajo durante un tiempo. Estoy un poco aburrido.
Dios sabe que Scotland Yard sigue vigilándome, pero no me importa el reto. Aunque me pillen, siempre habrá otro cuadro de valor incalculable que encontrar. Ahora que lo pienso, quizá hasta tenga unos cuantos en el sótano de mi casa…
CUATRO
Daisy
Tercero de Medicina no es para bromas.
Me han enviado al Mary Saint Angela para las prácticas.
La duración de las prácticas varía en función del campo: empecé con seis semanas de prácticas en Psiquiatría y aquello fue más agotador de lo que podrías imaginarte. Luego siguieron cuatro semanas en Medicina de Familia, que no resultó mucho mejor.
Justo ahora voy por la quinta semana de las seis que me tocan para el bloque de Ginecología y Obstetricia.
Los días son largos y las tareas desagradecidas, pero llevo una bata blanca y tengo un busca, así que mola bastante.
—Tú has follado… —me dice Eleanor Wells, cuyos brillantes ojos de color zafiro me repasan de arriba abajo con suspicacia.
Pongo los ojos en blanco y suelto la mochila encima del banco para buscar un coletero.
—Mi novio vive conmigo, no me digas que te sorprende.
—¿Cómo puedes tener tiempo para el sexo ahora mismo? —Exhala ruidosamente por la nariz—. Cuando yo estaba en tercero, iba por los sitios con un gotero intravenoso enganchado a mi cuerpo permanentemente. Mi única relación era con mi vibrador… —Me quita de las manos la barrita de muesli casera[38] que me estoy comiendo y se la acaba en dos bocados—. ¿Cómo puedes tener tiempo para el sexo?
—¿Cómo puedes no tenerlo tú, El? —pregunta Warner (el típico HBP).[39] No sé si Warner es su nombre o su apellido. Tiene una melena estupenda, unos ojos como piscinas, es de lo más elocuente, y estoy convencida (aun a falta de experiencia personal para demostrarlo) que su pene es seriamente más pequeño de lo que sugiere su ego—. Es la parte más importante de la vida. Nos moriríamos sin sexo.
—¿Puede ser que estés confundiendo el sexo con el oxígeno? —pregunta Alfie Farran.[40]
—¿Qué me dices de los eunucos, pues? —pregunta Grace Pal,[41] cruzándose de brazos.
Estos son mis compañeros, supongo. A todos nos han asignado el mismo residente, que a mí me ha parecido muy bien porque dicho residente es Eleanor Wells.
No caigo muy bien al resto porque soy claramente su favorita. Tengo bastante claro que nuestra relación se podría considerar, a nivel académico, inapropiada. No sé cómo nos hicimos amigas; a decir verdad, creo que me vio discutiendo en la escalera con Miguel mi primer día aquí y me preguntó si me estaba acosando y si necesitaba ayuda, y me pareció tan divertido y casi agradable, y su implacable pasión por las chuches[42] la convirtió en alguien adorable y considerablemente menos amenazadora de lo que debería resultar una chica que se parece a Olivia Munn.
Decidí ser sincera con respecto a la historia de mi familia con los de mi grupete. Un poco más con Wells que con el resto, pero se van enterando de cosas porque hablamos como si estuviéramos solas.
—No nos moriríamos literalmente sin sexo —bufa Warner—. Es evidente.
—¿Solo metafóricamente? —digo lanzándole una mirada a Wells mientras recojo mi mochila para guardarla. Abro la taquilla y algo cae de dentro.
Me miro los pies.
Un ramo de margaritas.
—¡Oh! —gorjea El—. ¡Alguien te ha mandado flores! Qué detalle…
Las miro con el ceño fruncido. Margaritas. Eso es nuevo.
—¿Qué? —pregunta—. ¿No te gustan?
—¿Son tuyas? —pregunto, supongo que demasiado rápido.
—¿No? —Se echa a reír mientras las coge—. No hay tarjeta.
Se encoge un poco de hombros, impertérrita, como haría cualquier persona normal, porque para una persona normal las flores no son más que flores, pero para mí de algún modo resultan vagamente amenazadoras.
Miro al resto.
—¿Habéis visto a alguien por aquí?
Todos niegan con la cabeza y me miran raro porque ellos son normales, y me entra el miedo de que yo no lo seré jamás de verdad.
Cojo las flores que Wells todavía tiene en la mano y las meto de cualquier manera en la taquilla. Saco el móvil y llamo a Tiller.
Me salta el contestador.
—Hola, soy yo. Hoy he encontrado unas margaritas en mi taquilla, en el hospital. ¿Has sido tú? Ya sé que dijiste que no, pero ¿has sido tú? Porque…, bueno, da igual, será una coincidencia. No pasa nada, no te preocupes. Voy a… adiós. Que tengas un buen día, te quiero, adiós.
Sonrío a Wells intentando demostrarle que estoy tranquila[43] y me la devuelve, con la boca fruncida porque se está comiendo un Dib Dab a las nueve de la mañana.
Su mecanismo de afrontamiento para esta vida es el azúcar. Y no dormir.
Cafeína y azúcar en vena.
Eleanor coge los informes del puesto de enfermería mientras mira el móvil y luego vuelve la vista para comprobar que todos la seguimos.
Tendrá veintimuchos. De buena familia, eso seguro. Se le ve en lo mucho que se contiene. Buena educación, padres estupendos. Tiene demasiada confianza en sí misma y sus habilidades, no solo como profesional de la Medicina, sino como mujer y como humana en general, así que seguro que tuvo unos padres estupendos. Ni medio trauma con su madre.
—¿Por qué te has puesto tan rara con las flores? —pregunta mientras acepta el café que le ofrece Alfie. Él es mi favorito del grupo. Es muy dulce y, la verdad, muy atractivo. Piel oscura, ojos cálidos que le engullen toda la cara, inteligente pero callado, un poco santurrón porque siempre le lleva cafés a Wells, pero a veces también me trae a mí, así que no me importa mucho. Si yo fuera Wells, me lo tiraría. Aunque quizá es ilegal, no lo tengo claro.
—No me he puesto rara con las flores. Es que estaban en mi taquilla, ¿cómo han llegado a mi taquilla?
—Pues tendrás un admirador secreto. —Se encoge de hombros—. Quizá son de esa paciente de la semana pasada, la que tenía ese forúnculo en el labio y tú se lo drenaste…
—Ay, joder… —Warner niega con la cabeza—. Hasta yo quise regalarte flores por encargarte de aquello.
Los fulmino a ambos con la mirada.
—Fue una puta asquerosidad y merezco más que margaritas por ello.
—A ver, técnicamente no nos dedicamos a esto por la gloria, pero… sí, no. Con esta estoy de acuerdo. —Me lanza una mirada de disculpa y luego chasquea los dedos dos veces—. Grace…
Grace Pal levanta sus ojos de color chocolate oscuro que siempre parecen nerviosos. Tiene una cara que me recuerda a un zorro de dibujos animados y nunca tengo claro si me parece algo bonito o no.
Wells alarga la mano, a la espera. Grace le planta un paquete recién abierto de gominolas Jelly Tots en la palma.
—Gracias… —Wells se para delante de la cama de la señora Green y le hace un gesto a Grace—. Adelante.
—La señora Green es una mujer de treinta y siete años que acude a las treinta y seis semanas por deshidratación debida a una gastroenteritis; sus antecedentes obstétricos son relevantes por un parto vaginal espontáneo a término en 2015. Sus antecedentes ginecológicos son relevantes por…
El día avanza bastante rápido para ser un turno de doce horas. Adoro la sensación de quitarme el uniforme, un poco porque normalmente da asco al final de la jornada y puedo ponerme ropa limpia, pero, sobre todo, porque me genera la sensación de haber hecho algo bueno y en lo que merece la pena destinar mi tiempo y mi día.
Saco la mochila de la taquilla, tiro las margaritas a la papelera y salgo al vestíbulo, buscando mis llaves, y me doy de bruces contra mi novio.
—Tills. —Lo miro atónita—. ¿Qué estás haciendo aquí?
Tiene cara de agobiado.
—Me he encontrado esto en la puerta cuando he llegado a casa.
Me muestra una caja, que destapa.
Un puñado de margaritas marchitas.
Se me hunde el corazón en el pecho y asiento una vez.
—No es una coincidencia.
Tiller niega con la cabeza.
—Venga. —Señala hacia su coche con la cabeza—. Tenemos que irnos.
—¿Adónde? —Frunzo el ceño, aunque ya sé la respuesta.
Me lanza una larga mirada.
—A ver a tu hermano.
CINCO
Julian
Las cenas realmente han perdido mucho en esta casa desde que mi hermana se fue.
Pedimos comida a domicilio todas las noches y no pasa nada, pero es que no es lo mismo que una comida casera.
Esta noche toca indio, está bastante bien, supongo.
Hasta ahora, nunca había tenido que organizar comidas, de modo que tiendo a pedir de más.
—¿Has contado cuántos éramos antes de pedir? —Christian me mira y yo paseo la vista por la estancia.
Christian saca diez envases de pollo a la mantequilla.
—Somos ocho —me dice mientras saca cinco saagwalas de cordero y cuatro kormas de pollo.
Pongo los ojos en blanco y me encojo de hombros mientras me siento.
Y justo después, un extraño escalofrío recorre la estancia y todo el mundo se queda callado. Romeo me pega una patada por debajo de la mesa y levanto la vista.
En la puerta del comedor está mi hermanita pequeña y su novio, el poli.
—Bueno —digo, sacando mi pistola y dejándola encima de la mesa. Espero que ella lo vea como una amenaza de verdad y no como la amenaza vacía que es en realidad—. Mirad quién viene por aquí.
Daisy pasea la vista por la estancia y frunce el ceño al ver la mesa.
—¿Cuánta comida has pedido?
Qué pesada.
—La cantidad perfecta. —Me cruzo de brazos.
—¿Para qué, para toda Camboya?
Christian ahoga una sonrisa.
Ella se acerca a la mesa y todo el mundo está como petrificado, como si estuvieran viendo un fantasma.
Rome no quiere mirarla a los ojos. La odia más que yo. Lo cual, supongo, significa que no la odia en absoluto.
Se fija mejor en la comida de la mesa y pregunta horrorizada:
—¿Es de Karma Marsala?
—Sí. —Frunzo el ceño.
—¿Por qué no has pedido a Khan’s?
—Porque Karma Marsala está bien. —Me encojo de hombros.
—Khan’s es mejor, eso es verdad —se mete Kekoa.
—Pues sí —asiente TK.
Y yo pongo los ojos en blanco y, joder, lo retiro, sí que la odio.
—¿Qué estás haciendo aquí? —le pregunto mientras me pongo de pie.
Abre la boca para decir algo y luego se fija en PJ, a mis pies.
—¿Tienes perro? —Va corriendo hacia él.
—No… —Niego con la cabeza—. Es un perro guardián, Daisy. Puede ser feroz, no le gustan nada los desconoci…
Se tira al suelo para mimarlo y él, el puto traidor, se pone panza arriba para que le pueda rascar la puta tripita.
—Te ha dejado como el culo —susurra Koa.
—¡Es monísimo! —gorjea Daisy—. ¿Cómo se llama?
—PJ —gruño fulminándolo con la mirada.
—Ah, ¿por qué? —me pregunta sin mirarme.
—Pequeño Julian.
Ahora sí que me mira frunciendo el ceño.
—Eres un puto narcisista.
—No lo soy…
—¿Por qué no le has puesto un nombre de verdad?
—¡Este nombre es de verdad!
—No hace falta que todo tenga que ver contigo…
—¡Es mi puto perro! —grito más fuerte de la cuenta.
Se pone de pie, vuelve junto a Tiller y entonces, no te lo vas a creer, el jodido perro la sigue, moviendo la cola y todo.
Una vez lo vi arrancándole la oreja de un bocado a un poli corrupto en Brasil.
—¿Por qué cojones estás aquí? —pregunto con voz fuerte, haciendo caso omiso de las miradas que me lanzan la mitad de los presentes por hablarle de esta manera.
Se coloca delante de Tiller para hacerle de escudo.
Muy lista, supongo. Sé que Rome podría matarlo sin pensarlo si le diera la oportunidad.
—¿Me estás enviando flores? —contesta con otra pregunta.
La miro de arriba abajo y me río irónico.
—Me estás vacilando, ¿verdad?
Se cruza de brazos.
—Lo estás haciendo, ¿sí o no?
—¿Para qué cojones iba a enviarte flores? —escupo.
—No lo sé… —Tiller la rodea y me fulmina con la mirada—. ¿Quizá porque te salvó la puta vida?
—Oh. —Enarco las cejas—. Mirad quién ha encontrado la voz.
Daisy agarra a Tiller por la muñeca.
—Vayámonos… —Tira de él para marcharse, pero él no se mueve y me mira a los ojos por encima de la cabeza de ella.
—Alguien le está mandando flores —me dice Tiller y Christian lo mira con el ceño fruncido.
—¿Y? —pregunta Declan.
—¿A quién le importa? —se mete Romeo y él y Daisy intercambian una mirada. Ella parece triste, él parece herido. Pronto se intercambiarán los puestos, es la danza que bailan siempre.
A Tiller le importa una mierda una cosa y la otra. No parece inmutarse por estar en una sala con los tipos más buscados de Londres. Solo tiene ojos para mí.
—Alguien las deja en la puerta de nuestro piso —dice.
Christian se estremece al oír el «nuestro» de esa frase. No lo ha superado. Ha notado que Daisy ni siquiera lo mira y me doy cuenta de que él cree que eso significa que ella sí lo ha superado, pero él no conoce el rostro de Daisy como lo conozco yo. Yo sé darme cuenta por cómo parpadea de que apenas puede mantener la compostura y que si lo mira se vendrá abajo.
—Vale. —Asiento—. Pero son flores, no granadas, así que…
—Quiero irme… —Levanta la mirada hacia Tiller, el disgusto se refleja en sus ojos cuando tira de la manga de él, y ¿sabes ese dolor que notas y que te llega hasta los huesos cuando la estás cagando y sabes que la estás cagando y le estás haciendo daño a alguien que quieres, pero por algún motivo no puedes parar? Pues eso pasa.
Tiller no desvía la mirada, pero sí alarga la mano hacia ella y la coloca detrás de él, agarrándola de la mano. La protege de mí y la mitad de los presentes se ponen tensos.
—Empezaron siendo rosas…
—Oooh. —Pongo los ojos en blanco—. Mierda, eso sí parece peligroso…
—Vete a la mierda —dice Daisy asomando la cabeza para fulminarme con la mirada.
—Fueron rosas durante meses, ¿verdad, Dais? —Tiller vuelve la mirada hacia ella.
—Unos tres —le contesta. A él y no a mí. He perdido el privilegio de establecer contacto visual con ella.
—Hoy han sido margaritas, se las han dejado en la taquilla del hospital… —prosigue él y siento que se me frunce el ceño. Eso no me gusta—. Y luego me he encontrado esto en el portal al llegar a casa.
Tira una caja encima de la mesa, delante de mí.
Le lanzo una mirada larga e impasible antes de apartar la tapa a regañadientes.
Margaritas marchitas.
Siento un retortijón. Me dan náuseas. Sin duda es una amenaza. Sin embargo, no dejo que se me note en la cara.
Vuelvo a mirar a mi hermana.
—¿Dónde está el problema? Te encantan las manualidades, úsalas para hacer un popurrí.
Suelta una carcajada que es todo dolor, no le ha parecido nada divertido, a continuación, se da la vuelta y se va.
Tiller adelanta el mentón y asiente un par de veces.
—Imagínate si fueras siquiera un cuarto del hombre que ella asegura que eres…
Me lanza esa especie de sonrisa, como si le hubiera decepcionado (no sé por qué eso me ha dolido, pero lo ha hecho) y luego se va tras ella.
Espero hasta oír la puerta principal cerrarse de un portazo y después miro a Christian.
—¿Se las mandas tú?
—No. —Frunce el ceño. Parece preocupado.
Miro a Rome.
—¿Tú?
Niega con la cabeza, traga saliva, nervioso. Esto le volverá loco también. Para él, nadie puede herir a Daisy aparte de él.
Señalo a Decks con el mentón y él pone los ojos en blanco.
—Vete a la mierda…
—Vale, muy bien. —Asiento—. Parad todo lo demás… Llamad a todos los floristas, jardineros, todos los botánicos, todos los putos horticultores de las Islas Británicas que hayan cultivado o vendido rosas y margaritas durante los últimos tres meses. —Miro a Miguel—. ¿Cómo cojones se te ha escapado esto?
El comentario lo ofende, me doy cuenta. Me mira con el ceño fruncido.
—No me deja entrar.
—Pues entra por la fuerza —ladro.
Pone los ojos en blanco.
—Uy, claro, estoy convencido de que eso funcionaría de maravilla.
Le lanzo una mirada y señalo la puerta por la que acaba de salir ella.
—Ya sabes dónde está la puerta, colega. Venga, aire.
Miguel me fulmina con la mirada otra vez, pero se pone de pie y se va.
—Las rosas y las margaritas son flores que se envían bastante a menudo —dice Declan con cautela.
Lo miro y niego con la cabeza.
—Me importa una puta mierda, hermano. —Paseo la mirada por el comedor—. Encontrad al responsable. Llamad a los Boroughs, preguntad a todo aquel que conozcamos si
